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Autor: Redacción (página 772 de 1356)

Se disparan un 40 por ciento los trabajadores sometidos a los ERE en los siete primeros meses de este año

La ralentización de la economía tiene ya consecuencias directas sobre el empleo, ya no solo porque la creación se ha desacelerado en los últimos meses, sino también porque las empresas, ante el temor de una nueva crisis, han comenzado a hacer ajustes en sus plantillas.

Así, sonados son los ERE en el sector bancario, como los que Banco Santander y Caixabank han iniciado, pero también en la industria de la automoción, que es una de las mayores damnificadas. Grandes empresas de este sector han tenido, tienen o tendrán algún ERE, como la planta de Ford en Valencia, la de Nissan en Barcelona o Iveco en Madrid y Valladolid. Esto ha disparado un 40 por ciento el número de trabajadores afectados por un ERE en los siete primeros meses del año y son ya cerca de 45.000, el mayor alza desde 2012.

El método elegido por la mayor parte de empresas fue el de las suspensiones temporales en los contratos, que se incrementaron un 74 por ciento respecto al mismo periodo del año pasado y afectaron a tres terceras partes de los trabajadores, un procedimiento habitual en las empresas de la automoción cuando desciende la producción. Pero prácticamente uno de cada tres trabajadores afectados por un ERE (un total de 14.500) fue víctima de un despido colectivo, un 12,8 por ciento más. El 3 por ciento restante vio reducida su jornada laboral, lo que supone una caída del 46,7 por ciento.

La industria se sitúa a la cabeza de las regulaciones de empleo puestas en marcha en lo que va de año, hasta el punto de que concentró el 63 por ciento de los procesos, la mayor parte con suspensiones de jornada (el doble que un año atrás) en empresas dedicadas a la fabricación de vehículos. Le sigue el sector servicios, con 14.699 personas afectadas, la construcción, con 1.350, y el sector agrario, con 467. Por comunidades autónomas, Valencia está la primera en el ránking, consecuencia de los más de 6.000 trabajadores de Ford afectados por un ERE.

https://www.hoy.es/economia/trabajo/disparan-trabajadores-afectados-20191010162140-ntrc.html

43.000 hambrientos han muerto en México en cinco años

Durante el periodo comprendido entre 2013 y 2018, coincidente con el mandato del Presidente Enrique Peña Nieto, 43.766 mexicanos murieron de hambre, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

La cifra anterior sin embargo, fue inferior a la cifra de muertos de hambre que se dieron durante el mandato de Felipe Calderón (49.722) así como de Vicente Fox (51.278).

El año pasado en México la subalimentación alcanzó a 4,8 millones de personas, según el informe de la Unicef (ONU) titulado “Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe 2018”.

Solamente Brasil y Haití en América Latina y El Caribe, respectivamente, presentan un mayor número de muertes por desnutrición que México en el continente.

La Cruzada Nacional contra el Hambre instaurada por Enrique Peña Nieto en 2013 fue un fiasco. Teniendo en cuenta las proyecciones de disminución de fallecimientos, la tendencia mostró 44.225 defunciones por desnutrición.

Pero 6 años -incluido 2013- y más de 500 millones de pesos invertidos después, la tendencia muertal a causa de desnutrición bajó solamente un 1 por cien adicional, es decir en 459 muertos de hambre.

Cada muerte por hambre que se redujo durante el mandato de Enrique Peña Nieto costó más un millón de pesos, es decir, que con 500 millones se pudieron adquirir despensas alimenticias para casi 40.000 personas en 6 años.

La Secretaria encargada entonces de implementar la Cruzada contra el Hambre fue Rosario Robles, funcionaria que hoy se encuentra presa por “ejercicio indebido de la función pública”, una acusación a la que se podría sumar asociación ilícita y malversación de fondos publicos, entre otros.

https://todotexcoco.com/la-otra-desgracia-dejo-pena-nieto-438-mil-muertos-de-hambre-en-mexico-e3TQ4NTk2Ng.html

‘Bienvenido al infierno’: los emigrantes internados en los campos de concentración libios

Cuando entro en el campo de internamiento de migrantes de Triq Al-Sikka, en el centro de Trípoli, unos hombres con mirada inquieta presionan sus rostros contra una cerca de alambre de gallinero. “Bienvenido al infierno”, dice un marroquí, sin sonreír.

Triq Al-Sikka es el hogar de 300 hombres encerrados en condiciones de pesadilla. Muchos enfermos yacen inmóviles sobre colchones sucios en el patio, abandonados a su suerte, muertos o en recuperación. Tres de los seis retretes están bloqueados por las aguas residuales y, para muchos de presos, no es posible escapar porque no tienen calzado.

Se suponía que no debía ser así. Tras recibir informes de torturas y abusos en centros de detención y con el deseo de detener el flujo de personas a través del Mediterráneo, la Unión Europea ha contribuido desde 2016 con más de 110 millones de libras esterlinas para mejorar las condiciones de los inmigrantes en Libia. Pero las cosas están peor que antes.

Entre los detenidos se encuentra Mohammed, de Ghana. En julio sobrevivió a un ataque aéreo contra otro centro en Tajoura, en el suburbio sudoccidental de la capital, en el que murieron 53 de sus compañeros migrantes. Después de sobrevivir en la calle, el mes pasado consiguió un lugar en un barco de contrabando a Europa. Pero fue interceptado por la Guardia Costera. Mohammed cayó al mar y fue traído de vuelta a este campo. Su suéter azul aún está manchado de sal marina. Está desesperado por hablar con su esposa sobre aquello. “La última vez que hablamos fue la noche en que intenté cruzar el mar”, dice. “Los soldados se llevaron mi dinero y mi teléfono. Mi esposa no sabe dónde estoy, si estoy vivo o muerto”.

Las condiciones en Triq Al-Sikka son duras, pero otros centros son aún peores. Los detenidos cuentan la historia de los campamentos donde las milicias los asaltan por la noche y se llevan secuestrados a los migrantes para pedir un rescate que los devuelven a sus familias.

Decenas de miles de migrantes están dispersos en esta ciudad, muchos de los cuales duermen en las calles. Docenas de personas duermen todas las noches bajo los soportales de la autopista del centro de la ciudad.

https://www.theguardian.com/world/2019/nov/03/libya-migrants-tripoli-refugees-detention-camps

Las manifestaciones populares en Líbano han puesto a Hezbollah ante un callejón sin salida

Hassan Nasrallah, dirigente de Hezbollah
Líbano es un país singular fabricado por el imperialismo a su imagen y semejanza. En el reparto de mundo que siguió a la Primera Guerra y a la caída del Imperio Otomano, los imperialistas franceses crearon un nuevo país desgajado del resto del mundo árabe y, en particular, de Siria, formado por tres grupos confesionales principales: cristianos, sunistas y chiítas.

Además, entregaron la dirección económica del país a los cristianos, encargados de ser su correa de transmisión sobre el terreno, lanzando la campaña de que Líbano era “la Suiza de Oriente Medio”, un país fuera de las noticias porque nunca pasaba nada.

Lo cierto es todo lo contrario: Líbano es la caja de resonancia de Oriente Medio.

La historia de Oriente Medio en la última posguerra se puede dividir en dos mitades aproximadamente, cuya delimitación está marcada por la revolución iraní de 1979, que en Líbano coincide con la guerra civil. Desde el punto de vista económico, la primera de las etapas se caracteriza por la decadencia de la burguesía cristiana, paralela a la decadencia del imperialismo francés en Oriente Medio.

Mientras, la burguesa sunita, estrechamente asociada al petróleo del Golfo Pérsico (jaliji) y a los capitales generados a partir de ese maná, asciende capitaneada por las familias Hariri y Miqati que, por sí mismas, acumulan el 15 por ciento de la riqueza privada de Líbano.

Cuando la riqueza cambia de religión, a la pobreza le ocurre lo mismo, de tal modo que los antiguos feudos chiítas ya no son los más depauperados de Líbano. Los barrios cristianos y sunitas de Trípoli empiezan a aparecer en las estadísticas de la miseria cada vez con mayor frecuencia. La hermandad que los libaneses nunca alcanzaron por medio de plegarias, lo ha logrado el hambre, el auténtico cemento de las sociedades capitalistas.

Lo mismo ha ocurrido con los chiítas que, sin dejar de ser la población más pobre de Líbano, han experimentado un proceso de polarización social. De la mano del Presidente del Parlamento libanés y dirigente del partido Amal, Nabih Berri, se creó el “holding chiíta” que explota las remesas de capitales procedentes de la diáspora confesional en África, América, Australia y el Golfo Pérsico.

Aparentemente ningún protagonista quiere cambiar el reparto del poder político en Líbano: la Presidencia de la República para un cristiano, el Primer Ministro para los sunitas y la Presidencia del Parlamento para los chiítas. Sin embargo, los cargos en las patronales bancarias, industriales y comerciales han cambiado significativamente y en ellas lo que destaca es la presencia cada vez mayor de chiítas, que antes ni siquiera existía.

Aquí a los burgueses chiítas los calificaríamos de “indianos”, emigrantes de origen muy humilde que se han enriquecido en el extranjero, que controlan una parte del comercio exterior y reinvierten en el interior de Líbano.

El propietario del Middle East and African Bank, Kassem Hejeij, es un ejemplo de nuevo capitalista chií, hoy sometido a las sanciones de Estados Unidos por ayudar a Hezbollah a gestionar sus operaciones financieras en el mundo.

El esplendor económico chiíta es paralelo al político de Hezbollah. La capacidad de resistencia militar de Hezbollah es impensable sin un poderoso apoyo económico y, a la inversa, el holding chiíta también sería inconcebible sin el ascenso de Hezbollah. Son las reglas más elementales del capitalismo monopolista de Estado.

Por más que siga teniendo un carácter confesional, hace tiempo que Hezbollah dejó de ser el “partido de dios” para convertirse en un movimiento nacional. Su diputado Ali Fayyad señaló hace años que “Hezbolá ya no es un partido pequeño, es una sociedad entera. Es el partido de los pobres, sí, pero al mismo tiempo hay muchos empresarios en el partido, tenemos muchos ricos, algunos de los cuales pertenecen a la élite”.

Esta evolución explica la oposición de Hezbollah a las recientes movilizaciones populares en Líbano. Por un lado es cierto, como denunció Hassan Nasrallah, que el levantamiento tenía muchas de las características de las “primaveras árabes” y que, tras su salida de Siria, los imperialistas pretendían desestabilizar Líbano e Irak. Pero también es igualmente correcto, y lo admitió el propio Nasrallah, que las protestas populares eran fundadas y que debían ser atendidas por el gobierno.

En las manifestaciones de Líbano, como en las demás que se han venido produciendo en todo el mundo a lo largo del mes de octubre, se ha puesto de manifiesto el abismo entre los de abajo y los de arriba, es decir, el mundo real y el mundo oficial, los partidos políticos parlamentarios y las instituciones públicas. En una situción compleja, como la de Líbano, todas las confesiones religiosas han protestado unidas por la miseria contra todos los partidos confesionales, incluido Hezbollah. Lo que une a la población no es ya su religión sino sus condiciones materiales de vida y trabajo.

El dato más singular que se puede retener es que en ciertos barrios los militantes de Hezbollah que siguieron las órdenes de la dirección acabaron enfrentados con los manifestantes y que entre ellos había chiítas e incluso otros militantes de Hezbollah.

Las clases sociales están por encima de dios y, naturalmente, también del partido de dios.

La ‘huelga salvaje’ de los ferroviarios franceses es todo un síntoma de la crisis

Como cabía esperar, la huelga de finales de octubre de los ferroviarios franceses ha pasado desapercibida pero sólo tres de cada diez trenes entre París y el oeste de Francia pudieron circular.

200 trabajadores ferroviarios del centro de mantenimiento del AVE de Chatillon pararon espontáneamente, fuera del marco legal de la notificación obligatoria y bloquearon las vías del tren.

El origen de la huelga fue la conclusión del convenio colectivo, que se remonta a varios años atrás y que proporcionó a los trabajadores ferroviarios diez días adicionales de descanso que ahora la empresa quiere eliminar.

La situación en Francia no es tan diferente de la de Ecuador o Chile y las movilizaciones de los “chalecos amarillos” durante un año así lo expresan.

Lo más serio es que a medida que la crisis del capitalismo se exaspera, los sindicatos sólo dan pasos hacia atrás, algo que tampoco sorprende porque en las últimas décadas se han convertido en una parte del control sobre los trabajadores de las grandes empresas.

Los sindicatos ya no son lo que eran. No cumplen su papel de detonante de las reivindicaciones obreras y, lejos de organizar, su objetivo es el contrario. No hay más que ver que las movilizaciones obreras más importantes estallan en nuevos sectores económicos en los que no han conseguido asentarse, o bien con poblaciones obreras precarias o emigrantes.

No cabe duda tampoco de que las huelgas de los ferroviarios llevan agua al molino del gobierno, que pretende desguazar la SNCF, la empresa pública ferroviaria. Tendrá que venderla a precio de saldo porque las empresas privadas pretenderán apretar aun más el dogal de la explotación, subcontratar, bajar los salarios, precarizar el empleo y aumentar la jornada de trabajo.

En todo el mundo la crisis bancaria, la burbuja financiera y el colapso industrial no han hecho más que empezar. La SNCF es una empresa “al borde de la explosión social”, dice la prensa francesa.

El 5 de diciembre han convocado una huelga ferroviaria y el dirigente de los ferroviarios de la CGT, Jean Pierre Farandou, dice que es “reconducible”.

Ecofascismo: la naturaleza reaccionaria de los movimientos verdes

Svástica descubierta en 2001 en Berlín
Mientras la ecología es una ciencia, lo que habitualmente se hace pasar como tal es algo bien diferente y sus raíces son reaccionarias. El ecologismo no es moderno; es posmoderno, es decir, un desafío a la modernidad y al progreso. El origen de las ideologías verdes es el mismo que el del nazismo porque ambos comparten una misma identidad política, filosófica, cultural e ideológica.

Hace ya un cuarto de siglo un estudio de Peter Staudenmaier se extendió sobre ello, con un título definitorio: “Ecofascismo: lecciones de la experiencia alemana”. En 2011 tuvo una segunda reimpresión, recientemente traducida y publicada por la Editorial Virus (*).

La obra de Staudenmaier va acopañada de un artículo de Janet Biehl sobre el mismo asunto titulado “Ecología y modernización del fascismo en la extrema derecha en Alemania”, que lleva el asunto a la actualidad: la presencia de los neonazis en los movimientos ecologistas en Alemania.

Es, pues, un asunto conocido, por más que los ecologistas crean lo contrario de sí mismos: que son progresistas, de izquierdas, o incluso revolucionarios.

Staudenmaier sostiene que el ecofascismo surge en Alemania en la primera mitad del siglo XIX por obra de dos intelectuales herederos del romanticismo. El primero fue Ernst Moritz Arndt, cuya obra combina el nacionalismo xenófobo con el amor al terruño (la “patria chica”). El segundo fue Wilhelm Heinrich Riehl, un autor caracterizado por el repudio al mundo urbano y una visión mística del campo.

En la segunda mitad del siglo XIX el movimiento Völkisch impulsó las teorías de Arndt y Riehl, abogando por un retorno a la vida sencilla de los campesinos y atacando a la Ilustración, el progreso, la ciencia y la industria.

Precisamente fue un científico alemán, Ernst Haeckel, pionero de la ecología, quien más contribuyó a disolverla entre sus concepciones reaccionarias y protofascistas. En los escritos de Haekel la defensa del imperialismo alemán convive con el darwinismo social, el racismo y el antisemitismo. En esta ideología el núcleo, lo realmente importante, no son los seres humanos sino la naturaleza.

Haeckel introduce la palabra “ecología” del griego “oikos” que tanto puede significar “habitat” como “hogar”, aunque lo más importante es que cada pueblo tiene el suyo, que no puede ser invadido por otros.

En torno a Haeckel, al seudoecologismo y al misticismo se forma el movimiento Wandervögels (“aves migratorias”) que, con el tiempo, acaba nutriendo las filas nazis, cuyos dirigentes más conocidos, como Hitler, Himmler o Rudolf Hess, eran lo que hoy calificaríamos como animalistas: “Im neuen Reich darf es keine Tierquëlerei mehr geben”, dijo Hitler (“En el nuevo Reich no hay cabida para la crueldad hacia los animales”).

El III Reich aprobó las primeras leyes para preservar el medio ambiente, creó la primera reserva natural de Europa y mantuvo una política de desarrollo de la agricultura ecológica.

El fascismo ha llegado al siglo XXI sosteniendo esas mismas concepciones seudoecologistas, como se comprueba leyendo el manifiesto redactado por Brenton Tarrant, autor del atentado contra dos mezquitas en Nueva Zelanda en marzo de este mismo año, que se definió a sí mismo como “ecofascista”.

Para los fascistas el medio ambiente está sometido a una presión demográfica creciente de la población que solo se puede resolver mediante los conocidos mcanismos de la “ingeniería social”, a saber, el exterminio de las razas inferiores, la pena de muerte o la esterilización. Es la doctrina del bote salvavidas: cuando el transatlántico se hunde, sólo unos pocos pueden subirse al salvavidas porque si todos quisieran entrar, también se hundiría y morirían todos. Sólo los elegidos se pueden salvar…

(*) https://www.viruseditorial.net/ca/libreria/libros/492/ecofascismo

El control imperialista sobre el petróleo de Siria es un mecanismo de presión en las negociaciones de Ginebra

La ayuda de Rusia a Siria no se ciñe a los campos de batalla porque la economía es parte de la guerra moderna y la situación financiera del gobierno de Damasco es dramática, sobre todo mientras no consiga controlar los yacimientos de petróleo y gas del nordeste.

La decisión de Estados Unidos de mantener fuerzas en el noreste de Siria para proteger los campos petroleros impide que Assad tenga acceso a los fondos que necesita desesperadamente para reconstruir un país devastado después de ocho años de guerra civil.

A ello se suma las conversaciones entre el gobierno sirio y los grupos de la oposición en Ginebra, que comenzaron el miércoles que, según Rusia, podrían ser decisivas para finalizar la guerra.

La ocupación militar de los pozos de petróleo y gas por el ejercito de Estads Unidos es mecanismo de presión para que el gobierno de Damasco ceda en las negociaciones de Ginebra, es decir, gane en los despachos lo que no logrado en el campo de batalla.

Si el gobierno de Bashar Al-Assad claudica en Ginebra, Estados Unidos desbloquearía sus fondos y los de sus satélites en el Golfo y Europa. Mientras, Rusia (y posiblemente China) deberá sostener al gobierno de Damasco también en el terreno financiero.

“Si vemos un progreso político, puede haber más interés en apoyar la reconstrucción”, dice a la agencia Bloomberg el consultor Yury Barmin, experto en Oriente Medio del Grupo de Políticas de Moscú (*).

La ONU estima que los costes de reconstrucción en Siria ascienden a 250.000 millones de dólares y los dirigentes sirios no pueden contar con ninguno de sus dos principales donantes, Irán y Rusia, para obtener una financiación significativa.

La intervención militar rusa en Siria desde 2015 sostuvo a Al-Assad en un momento en el que sus fuerzas habían tenido que retroceder ante las huestes de Estados Unidos y sus cóplices.

Arabia saudí ha claudicado. Ya no pide la salida inmediata de Al-Assad, ya que la corrlación fuerzas en Oriente Medio ha cambiado significativamente. El papel de Rusia se ha vuelto cada vez más decisivo y la presencia de Estados Unidos ha disminuido.

La situación se aceleró cuando el presidente Donald Trump ordenó el mes pasado la retirada de las tropas estadounidenses que protegían a las fuerzas kurdas en el noreste de Siria, lo que llevó a una ofensiva turca que obligó a los kurdos a acudir a Damasco en busca de protección.

(*) https://news.yahoo.com/putin-faces-syria-money-crunch-040000435.html

La aplicación informática de una empresa israelí se utilizó para espiar a través de WhatsApp

Una aplicación informática de la empresa israelí NSO Group se utilizó para espiar a través de WhatsApp a funcionarios de al menos 20 países.

Los funcionarios del gobierno de varios aliados de Estados Unidos han sido blanco de software pirata que utiliza los mensajes de WhatsApp para espiar los teléfonos de los usuarios.

El martes WhatsApp presentó una demanda contra el grupo israelí NSO, el desarrollador de estas herramientas de piratería informática. El correo electrónico propiedad de Facebook afirma que el grupo NSO construyó y vendió una plataforma pirata que explota una vulnerabilidad en los servidores propiedad de WhatsApp para ayudar a sus clientes a vigilar los teléfonos móviles de al menos 1.400 usuarios entre el 29 de abril y el 10 de mayo de este año.

La aplicación del Grupo NSO proporcionó acceso a la información almacenada en los ordenadores portátiles de los funcionarios públicos y del personal militar.

Algunos objetivos espiados se encontraban en Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, México, Pakistán e India.

WhatsApp también acusa a NSO Group de vigilar a 100 defensores de derechos humanos, periodistas y otros miembros de la sociedad civil de todo el mundo.

NSO es una empresa con sede en Herzliya, al norte de Tel Aviv, el Silicon Valley de Israel. En mayo admitió que su tecnología fue comercializada mediante licencias a los gobiernos con el único propósito de luchar contra la delincuencia y el terrorismo.

Los piratas explotaron una brecha de seguridad insertando aplicaciones en los teléfonos, simplemente llamando a los usuarios de la aplicación, utilizada por 1.500 millones de personas en todo el mundo.

Pudieron activar el micrófono y la cámara en dispositivos Apple o Android para escuchar o ver el entorno de los propietarios, sin que se dieran cuenta.

https://www.reuters.com/article/us-facebook-cyber-whatsapp-nsogroup-idUSKBN1X82BE

Las claves de la crisis política en Bolivia que ha puesto a Evo Morales contra las cuerdas

Pablo Stefanoni

Las elecciones presidenciales del 20 de octubre sumieron a Bolivia en una crisis política. Ese día, el presidente Evo Morales buscó un cuarto mandato en la contienda más abierta desde su llegada al Palacio Quemado en enero de 2006, con 54 por ciento de los votos. Desde entonces, el “primer presidente indígena” triunfó, elección tras elección, con más de 60 por ciento de los votos y enormes distancias respecto de sus contrincantes, y conectó como ninguno de sus antecesores con la Bolivia indígena y popular. Pero en esta ocasión la coyuntura era diferente: por primera vez, existía la posibilidad cierta de una segunda vuelta. Para evitarla, Morales debía obtener más de 50 por ciento de los votos o 40 por ciento con diez puntos de diferencia sobre el segundo.

La noche del 20 de octubre concluyó con el balotaje (1) como un resultado probable: la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) fue cortada cuando el conteo alcanzaba el 83 por ciento de las actas y la diferencia era de siete puntos. La encuesta en boca de urna de la empresa Viaciencia –la única autorizada– dio resultados similares. Al día siguiente, cuando se completó la TREP, ya se anunciaba un ajustado triunfo en primera vuelta para Morales. Estos guarismos fueron confirmados días después por el conteo oficial, que culminó con Morales obteniendo 47,08 por ciento y Carlos Mesa, 36,51 por ciento; es decir, una diferencia de 10,54 puntos porcentuales, 0,57 por encima de la necesaria para ganar en primera vuelta.

¿Qué pasó entonces? Por un lado, la oposición venía preparada para denunciar fraude en cualquier escenario que no fuera de balotaje. Pero la suspensión de la TREP y el significativo aumento del porcentaje de Morales, junto con el margen exiguo para lograr la fórmula del “40 más 10”, contribuyeron a que, en un clima de fuerte polarización, la mitad de Bolivia quedara convencida de que hubo una alteración de los resultados, más allá de la posibilidad de confirmarlo revisando acta por acta (están en internet), y de que el presidente buscaba quedarse en el poder a como diera lugar.

Que un conteo rápido como la TREP no llegue al 100 por ciento no es necesariamente motivo de alarma. Pero, como mostró el periodista Fernando Molina, en este caso el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y el gobierno dieron al menos cuatro explicaciones diferentes para justificar la suspensión del conteo: que no querían que se superpusiera el conteo rápido con el oficial –que ya comenzaba a esa hora–; que hubo una alerta de ataque cibernético y se paró por seguridad; que siempre se para en alrededor de 80 por ciento; que no se incluyó el 17 por ciento de las actas porque esas regiones alejadas que supuestamente faltaban no tienen internet para poder enviar las fotos correspondientes.

Para peor, el vicepresidente del TSE, Antonio Costas, renunció indicando que no fue consultado ni informado sobre la orden de cortar la TREP y señaló que “no fue una buena decisión”. Su renuncia fue enigmática: dijo que lo hacía por una cuestión de principios pero que no había habido una alteración de los resultados. Al mismo tiempo, el gobierno acusaba a la oposición “racista” de querer invisibilizar el voto rural que, supuestamente, explicaba el salto del candidato del Movimiento al Socialismo (MAS) en el último tramo del conteo.

Más allá de la discusión “fina” sobre el escrutinio –el gobierno propuso una auditoría de la Organización de Estados Americanos (OEA)–, hay tres problemas de fondo detrás de una crisis que está provocando una profunda grieta entre la Bolivia rural y la urbana, incluso con enfrentamientos físicos.

Evo Morales llegó a esta elección con su legitimidad erosionada por la derrota en el referéndum del 21 de febrero de 2016 (21F), cuando su propuesta de cambio constitucional para habilitar la reelección indefinida fue derrotada por escaso margen. Tras ese traspié, el oficialismo se dedicó durante meses a evaluar “otras vías” para la reelección y lo consiguió a través de un fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional. Por eso ahora la denuncia de fraude –que debe ser probada– se confunde con la denuncia sobre la “ilegitimidad” de Morales para postularse, lo que construye un enredo de difícil salida. Para “borrar” lo más posible los resultados del referéndum, el presidente boliviano necesitaba un triunfo contundente. Pero si bien obtuvo ventaja sobre Mesa, apenas pasó la barrera mágica de los diez puntos de diferencia para evitar un balotaje (1) en el que podría perder. Es decir, este resultado no solo no logró hacer olvidar el del 21F, sino que lo trajo explosivamente al presente.

El MAS no logra incorporar en su imaginario la posibilidad de salida del poder como un acontecimiento no catastrófico. Evo Morales nunca abandonó fácilmente los cargos que ocupó: fue el único diputado del MAS que internamente tenía la posibilidad de reelección indefinida y tras ganar la Presidencia se mantuvo como máximo ejecutivo de la Federación Especial de Trabajadores Campesinos del Trópico de Cochabamba (organización matriz de los cultivadores de coca). En ese sentido, pese al discurso oficialista, Morales nunca fue “un campesino más”. Y más recientemente, su imagen fue construida incluso como la de un líder excepcional (“Hay un solo Fidel, un solo Gandhi, un solo Mandela y un solo Evo”, dijo en una oportunidad el ahora ex-canciller David Choquehuanca). Esto, sumado a una idea clásica de revolución, aunque construida en un marco democrático, dificulta la idea básica de alternancia democrática, con el MAS como eje potencial de una oposición, que en caso de derrota luche contra cualquier intento de debilitar las conquistas sociales, materiales y simbólicas indudables de estos 14 años de “Revolución Democrática y Cultural”. La democracia seguiría así la metáfora del tranvía, en el que alguien se sube, llega a su destino (el Estado) y luego se baja.

Dentro de una oposición que en líneas generales es democrática (el propio Mesa es un centrista moderado) y hoy más numerosa que en el pasado, aparecen grupos radicales con discursos revanchistas, racistas y violentos. La aparición de cuestionadas figuras del pasado, como el ex-ministro Carlos Sánchez Berzaín (2), prófugo en Estados Unidos por su responsabilidad en la masacre de civiles durante la Guerra del Gas, no ayuda a la oposición y refuerza el discurso oficialista contra la “vuelta al pasado”. La decisión del flamante Comité de Defensa de la Democracia (Conade), que agrupa a las principales fuerzas opositoras, de rechazar la auditoría internacional y luchar por la anulación de las elecciones puede contribuir, también, a radicalizar la situación, posiblemente con escasas posibilidades de victoria opositora. (Extrañamente, Bolivia es el único país de la región en el cual el secretario general de la OEA, Luis Almagro, es visto por muchos como un “populista”, casi chavista, por haber avalado la postulación de Morales).

En este marco, Bolivia puede avanzar hacia una versión soft de lo ocurrido en Venezuela: una situación en la que el gobierno se impone, pero con fuertes déficits de legitimidad, en el marco de un desconocimiento mutuo entre oficialismo y oposición y con una radicalización de esta última. No obstante, como escribió Fernando Molina, es cierto que el nivel de violencia en Bolivia es mucho menor, no hay crisis económica (por el contrario, la macroeconomía es uno de los puntos fuertes de Morales) y la clase política es más pragmática y menos ideológica que la venezolana.

No obstante, existe el riesgo de una mayor polarización y enfrentamientos callejeros entre oficialistas y opositores, así como un excesivo uso estatal de los movimientos sociales como fuerza de choque contra quienes protestan; de hecho ya hubo varios heridos. Morales respondió usando la misma expresión que Lenín Moreno o Sebastián Piñera –golpe, desestabilización–, llamó “delincuente” a Mesa, acusó a los jóvenes de protestar por plata o por “notas” (un supuesto y no comprobado beneficio de los estudiantes universitarios por ir a las marchas) y llevó su discurso al terreno de la dicotomía “Patria o muerte”. Todo esto ocurre tras una campaña electoral estadocéntrica, en la que los movimientos sociales, sin la épica de antaño, se limitaron a seguir las iniciativas trazadas desde el aparato estatal, con sus inercias y formas tradicionales de conservación del poder. La oposición, por su parte, rechaza la auditoría y llama a “radicalizar” los bloqueos y paros en las ciudades para “asfixiar al Estado” (de hecho, ya fueron quemadas algunas sedes locales del tribunal electoral).

Es significativo que referentes como el argentino Juan Grabois argumenten que hay que desechar cualquier observación sobre la elección en nombre de la “estabilidad de Sudamérica” (curiosa figura en la pluma de un líder social). Esta es la otra cara de la moneda de quienes comenzaron a denunciar fraude antes de que se comenzaran a contar los votos. Lo cierto es que Morales tuvo durante sus 14 años de gobierno elevadísimos niveles de legitimidad (hasta el punto de ganar en 2014 en la región de Santa Cruz) y que su erosión se debe, en gran medida, a la decisión de no respetar los resultados de un referéndum.

Esta es, sin duda, una mala noticia, en un contexto en el que la crisis del “oasis” chileno (con su combinación desigualitaria de colonización mercantil de todos las dimensiones de la vida social y jerarquías de vieja data) y el triunfo del Frente de Todos en Argentina parecen estar dándoles una nueva oportunidad a los progresismos latinoamericanos.

https://nuso.org/articulo/Bolivia-Evo-Morales-Carlos-Mesa-elecciones/

(1) Se denomina “balotaje” a una segunda vuelta de unas elecciones
(2) Carlos Sánchez Berzaín fue ministro de Defensa durante la presidencia de Gonzalo Sánchez de Lozada, que ocupó el cargo de 1993 a 1997. Tuvo que dimitir tras su segundo mandato (2002-2003) a causa de la matanza cometida durante la “guerra del gas” de 2003 y huyó a Estados Unidos.

Bashar Al-Assad no quiere convertir a Turquía en un enemigo de Siria

Ayer en una entrevista a la televisión siria, Bashar Al-Assad aseguró que no quería convertir a la vecina Turquía en un enemigo, a pesar del despliegue militar turco en el norte del país, que ha provocado un enfrentamiento entre ambos ejércitos.

«Debemos asegurarnos de no convertir a Turquía en un enemigo», dijo Assad en la entrevista. «Aquí es donde entra en juego el papel de los [países] amigos», dijo en referencia a Rusia e Irán.

Sin embargo, desde hace dos días se están produciendo combates muy violentos entre soldados sirios y turcos en Tell Al-Ward, cerca de la ciudad de Hassakah, en el norte de Siria.

En la entrevista el presidente sirio calificó a su homólogo turco Erdogan como «enemigo» por su política hostil contra el gobierno de Damasco.

A lo largo de la Guerra de Siria, con más de 370.000 muertos desde su estallido en 2011, Turquía ha apoyado a los grupos yihadistas contra el gobierno de Damasco. El ejército turco y las milicias asociadas a él también han llevado a cabo operaciones militares al otro lado de la frontera.

La ofensiva lanzada el 9 de octubre permitió que Turquía capturara una franja fronteriza de 120 kilómetros a expensas de la principal milicia kurda de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG).

La operación se suspendió en virtud de dos acuerdos separados con el gobierno turco.

Ankara quiere crear una zona de seguridad de unos 30 kilómetros de profundidad en territorio sirio, con el fin de evitar los movimientos kurdos a través de la frontera.

El objetivo es también repatriar a algunos de los 3,6 millones de refugiados sirios acogidos por Turquía desde 2011.

La ofensiva de Ankara dio a Damasco la oportunidad de desplegarse, por primera vez desde 2012, en varias zonas del norte de Siria como resultado de la petición de ayuda de los kurdos, que fueron abandonados por Washington a su suerte. El 7 de octubre Trump ordenó la retirada de sus tropas, lo que fue percibido como una traición por los kurdos.

«La entrada del ejército sirio [en el norte] significa la entrada del Estado», dijo Assad en la entrevista, añadiendo que la recuperación de la soberanía nacional en estas áreas y el desarme de las milicias kurdas será gradual.

En cuanto al acuerdo entre Ankara y Moscú, que prevé patrullas conjuntas turco-rusas a lo largo de la frontera, el Presidente sirio lo calificó de temporal. «Debemos distinguir entre objetivos estratégicos […] y enfoques tácticos», añadió.

Assad también se refirió a la situación en la región de Idleb, en el noroeste del país, que fue objeto de un acuerdo entre Rusia y Turquía en septiembre de 2018, que sigue siendo letra muerta. «Los turcos no han respetado ese acuerdo, pero gradualmente liberaremos Idlib […] mediante operaciones militares», dijo. 

La región de Idleb es el último gran bastión yihadista en Siria.

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