Israel ha lanzado bombas de fósforo blanco contra la población libanesa. El fósforo procede de la planta de producción de glifosato de Bayer en Soda Springs, en Estados Unidos.
Israel ha lanzado bombas de fósforo blanco contra la población libanesa. El fósforo procede de la planta de producción de glifosato de Bayer en Soda Springs, en Estados Unidos.
Más de la mitad de los trabajadores del área metropolitana de Miami son inmigrantes. Es la mayor proporción entre las principales ciudades de Estados Unidos. Ahora una sentencia del Tribunal Supremo autoriza al gobierno de Trump restringir la concesión de permisos de trabajo en la frontera, lo que agrava los temores en el sur de Florida: una nueva ola de represión migratoria podría afectar a su fuerza de trabajo inmigrante.
El deterioro diplomático al que se enfrenta Israel a mediados de este año no es ni una crisis de reputación pasajera ni una fase política temporal que se disipará una vez que callen las armas. Estamos presenciando un cambio estructural y permanente en el panorama político. Durante décadas, Tel Aviv operó bajo la premisa del apoyo diplomático incondicional de Occidente, las campañas agresivas de información y la desvinculación de la integración económica regional respecto a la cuestión palestina podrían protegerlo permanentemente de las consecuencias de la ocupación colonial y la agresión militar.
La semana pasada publicamos las declaraciones de Lavrov afirmando que Estados Unidos ya no era un intermediario fiable en las negociaciones sobre la Guerra de Ucrania. Trump se había comprometido a desempeñar ese papel en las negociaciones de Alaska. Debía presionar a Zelensky para que se retirara del Donbas, a cambio de un alto el fuego declarado por Putin.
El nuevo programa de reclutamiento militar de Alemania no ha logrado -ni de lejos- alcanzar las cifras previstas por el ejército. En abril el ministro de Defensa, Boris Pistorius, declaró que los efectivos del ejército deberían aumentar de los actuales 184.000 a 460.000 para 2035, cifra que incluiría 260.000 soldados en servicio activo y 200.000 reservistas.
La semana pasada, durante su visita a la Casa Blanca, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, volvió a arrodillarse ante su padrino. Fue descarado. Primero elogió el ataque a Irán diciendo que Trump “es el dirigente del mundo libre que asume la responsabilidad del resto del mundo más allá de Estados Unidos”.
La reputación y la imagen la fabrican los medios de intoxicación manipulando tanto el lenguaje como los hechos reales. Estados Unidos tiene una buena imagen en el mundo porque es quien redacta las noticias y las maquilla, exactamente igual que encubre la porquería debajo del felpudo.
En 1970 Nixon inició la “guerra contra las drogas” y en 2001 Bush comenzó la “guerra contra el terrorismo”. Luego ambas se fusionaron y apareció un neologismo que ahora está de moda, el narcoterrorismo, para justificar cualquier matanza en cualquier lugar del mundo.
En 1973 el Golpe de Estado de Pinochet puso a la CIA en la picota, también en Estados Unidos. El Senado creó el Comité Church que, entre otros asuntos, investigó a dónde iba a parar el dinero de la central de inteligencia.
El Comité concluyó que, de manera encubierta, la CIA estaba financiando una buena parte de las becas, los cursos y la investigación científica. Durante los años sesenta la mitad de las subvenciones para la investigación internacional (excluidas las becas de las Fundaciones Carnegie, Ford y Rockefeller, que tenían sus propios lazos de la CIA) fueron financiadas en secreto o influenciadas por la CIA.
Durante la Guerra Fría el complejo militar industrial moldeando el desarrollo de disciplinas, como la antropología. La CIA financiaba a la Fundación Asia, que a su vez financiaba a la Asociación Americana de Antropología (1).
Los enredos de la antropología con las cenfrales de inteligencia han evolucionado de manera notable desde entonces porque los antropólogos se dieron cuenta de que, e varios países del mundo, su trabajo estaba siendo cosechado y a veces secuestrado por instituciones militares y de inteligencia para la lucha contrainsurgente.
Tras el triunfo de la Revolución Cubana el Pentágono impulsó el Proyecto Camelot, un plan de investigación social para “predecir y prevenir” las revoluciones en el mundo, especialmente en América Latina (2).
El Pentágono quería entender las condiciones económicas, políticas y sociales que hacían que un país fuera propenso a la revolución. Querían tener una especie de “mapa de riesgos” para poder intervenir antes de que el descontento social se convirtiera en un levantamiento insurreccional.
En países como Chile, el proyecto se presentó como una investigación académica neutral e inofensiva. Los investigadores entrevistaban a personas sobre sus creencias políticas y su opinión sobre la democracia, pero en realidad estaban clasificando a la población según su ”potencial subversivo”.
Las investigaciones de Camelot se utilizaron para la guerra sicológica, para influir en los comportamientos políticos y, de esa manera, para manipular las elecciones.
El proyecto se destapó en Chile muy rápidamente, levantando ua ola de indignación. Detrás de los universitarios y los sondeos estaba el Pentágono. Fue visto como una nueva forma de colonialismo, provocando un conflicto diplomático entre Chile y Estados Unidos. El diputado comunista Jorge Montes, exigió al gobierno chileno que cancelara los visados de los científicos sociales estadounidenses que trabajaban en el país.
Debido a la presión internacional y al repudio generalizado, el proyecto fue cancelado oficialmente. Fue un golpe muy duro para las investigaciones en ciencias sociales, ya que muchos universitarios fueron criticados por colaborar con espías y militares.
Al quedar al descubierto, los académicos en encogieron de hombros: “Yo no sabía nada”. Como tantos otros, se limitaban a cobrar y a “hacer su trabajo”. Lo demás no les importaba nada; el dinero no tiene color, y nadie persigue las subvenciones con más empeño que un investigador. Les gusta hablar de “libertad de cátedra”, pero sin financiación no hay artículos, ni revistas, ni conferencias, ni becas, ni premios.
A principios de la década de los setenta, a los antropólogos que trabajaban en operaciones de contrainsurgencia en Tailandia les ocurrió lo mismo que en Chile: su sucia tarea quedó al descubierto.
La Asociación Americana de Antropología también quedó al descubierto y cambió las normas deontológicas: a partir de entonces los antropólogos no podían colaborar con el espionaje.
Pero el dinero es muy goloso y los científicos no son inmunes a los cantos de sirena. En 2001 ya nadie se quería acordar de aquellas normas. Se produjeron los atentados contra las Torres Gemelas y el inicio de la “guerra contra el terrorismo”. La antropología podía volver a desempeñar un papel contrarrevolucionario de la mano del Pentágono y la CIA.
La Asociación Americana de Antropología ya no tenía tantos escrúpulos. Si hay físicos que fabrican bombas nucleares, también puede haber antropólogos que ayuden a luchar contra la revolución, las movilizaciones y las protestas, sobre todo si cuentan con cámaras de videovigilancia, móviles, bases de datos e inteligencia artificial.
Los militares y las centrales de inteligencia siguen vigilando y realizando seguimientos de los ciudadanos. Forma parte de la doctrina de la seguridad nacional, una política preventiva que se ha perfeccionado con el paso del tiempo gracias al trabajo de los científicos sociales.
(1) https://www.degruyterbrill.com/document/doi/10.1515/9780295752259/html
(2) https://pagina19.cl/destacado/el-proyecto-camelot-en-chile-1964-planificacion-para-la-contrainsurgencia/
Bajo el imperialismo, el capital adopta formas cada vez más parasitarias, como la construcción de campos de golf. El yerno de Trump, Jared Kushner, quiere construir un complejo hotelero en Albania y su hijo Eric un campo de golf en la provincia de Hung Yen, en el norte de Vietnam.