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Autor: Redacción (página 1198 de 1362)

Rockefeller decidió lo que comemos y lo que no

Reconocer que la forma de producir y distribuir alimentos también forja culturas alimentarias de un territorio ayudaría a esclarecer por dónde podrían ir los tiros de cómo debemos asumir, en revolución, el debate y la praxis correspondientes al trabajo en detrimento de la actitud pasiva de anaquel.

Parece la cresta de la inocencia (o de la estupidez, juzgue usted a continuación), pero en Venezuela encontramos puñados de gente que piensa que los alimentos consumidos a diario provienen de los anaqueles de los supermercados o, peor, de la nevera o la alacena de los hogares. Es quizá la inopia cultural subyacente en cierto sector del país que considera la producción de alimentos como un hecho mágico, como si se tratara de una manifestación divina (“te doy gracias, Dios, por estos alimentos”), lo que se manifiesta en las pocas urbes venezolanas y que golpea como un yunque debido a que permea como un mito en todo el tejido social del país.

Esta expresión cultural comenzó a forjarse en la medida en que ocurría una sistemática destrucción o dispersión de otras formas de producir alimentos por parte de las fuerzas mercantiles y comerciales de la burguesía transnacional y, en menor escala, de los Amos del Valle y los nuevos parásitos bajo la dirección de los apóstoles de Pedro Tinoco. Las consecuencias son visibles y cotidianas: el 90 por cien del territorio venezolano se encuentra deshabitado, en lo que sólo la Gran Caracas, Los Teques y los Valles del Tuy concentran el 35 por cien de la población total del país; y la producción de alimentos se encuentra en la responsabilidad de un 10 por cien de los venezolanos, campesinos todos. Esto sin contar con la importación masiva de agroconfeti y otros rubros subsidiados por el Estado con los pelucones de siempre (cuán corta es la perpetuidad) como intermediarios.

La mentalidad y consecuente comportamiento de supermercado, entonces, se debe a un aparato productivo atrofiado en su devenir y moldeado a imagen y semejanza de las ambiciones y beneficios de las corporaciones del agro. Nada raro cuando se piensa en Nelson Rockefeller y su relación con Venezuela, una que impuso consigo la infraestructura comercial necesaria para el saqueo cercado por alambres de púas, sangre campesina y patrones de consumo con clara tendencia: el engullimiento de un territorio y la satisfacción del gran negocio del hambre. Lo esencial de esta infraestructura todavía permanece, sobre todo en el aspecto cultural, lo dicho, aun cuando los dueños y sus mayordomos hayan cambiado de nombre a lo largo de las décadas.

El desarrollo sin ganancia no es desarrollo

Luego de la Segunda Guerra Mundial, Nelson Rockefeller fundó en 1947 la International Basic Economy Corporation (IBEC) con un capital de 2 millones de dólares, cuando ya era coordinador de la Oficina de Asuntos Inter-Americanos, una especie de sucursal pública del Departamento de Estado, durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. El presidente Franklin D. Roosevelt compró la propuesta del magnate de impulsar el financiamiento en provisiones de comida y servicios de salud para mantener a los países latinoamericanos en la esquina de los Aliados durante los años de la guerra.

Rockefeller, con apoyo de su fundación “filantrópica”, reunió una sarta de científicos, especialistas del agro y técnicos que promovían nuevas técnicas y tecnologías para producir alimentos, que prefiguraron elementos de la posterior Revolución Verde. Una de sus ambiciones era la de “modernizar” la economía alimentaria de América Latina. Y lo logró, con las dificultades que asomaran el destruir culturas, modos de producción y patrones de consumo para el beneficio corporativo.

El envío de científicos de la agricultura a Venezuela se tradujo en la coacción a campesinos para la producción de más leche, papas, trigo y vegetales varios, productos que Venezuela importaba en la época y que eran susceptibles de escalar en precios en el mercado debido a la austeridad característica de los tiempos de guerra. Aquella modernización consistió en la estrategia del IBEC para el desarrollo industrial, que consistía en mover productos alimentarios específicos en un mercado concreto para un target de consumidores: los recién paridos habitantes de las urbanizaciones y quintas de los centros de gozo (ciudades) que podían pagarlos.

Sin embargo, el sistema de distribución de los campos a las ciudades era deficiente. Pagar camiones que transportaran las mercancías en carreteras prácticamente inexistentes costaba más que producir. Rockefeller entonces decidió crear una infraestructura propia. Para esto, convenció a las firmas petroleras en Venezuela de desembolsillar 15 millones de dólares para “ayudar” a Acción Democrática y Rómulo Betancourt a confrontar la crisis de alimentos en el país, entre otros bienes y servicios, a cambio de poca restricción tributaria y cartas avales. En 1946 crearon la subsidiaria de IBEC: la Corporación Venezolana de Fomento (CVF). La idea era atacar la “vieja” agricultura e instalar la chatarra industrial dependiente de los dueños de la tecnología y el petróleo.

Una industria exclusivamente para el consumo

Cargill era consultada, y sus expertos se horrorizaban como lo hacen hoy algunos por la “primitiva, casi bíblica” agricultura venezolana que, paradojas del desarrollo, surtía de alimentos al campesino ya enmiseriado por el dogma del petróleo. Había que arrasar los rastros de producción que se anteponían al totalitarismo de la mercancía, por lo que las bodegas y pequeños abastos pasaron al olvido de la distribución y expendio y se concibieron los supermercados de la mano criolla de la familia Bottome (líder del grupo 1BC y aliado de Rockefeller), cuenta Juan Carlos Zapata en su libro sobre Tinoco.

En 1947 la CVF junto a capital de Bottome creó la subsidiaria Compañía Anónima Distribuidora de Alimentos (CADA). También fundó la Productora Agropecuaria Compañía Anónima (PACA), que sería la institución señera en concebir un plan de siembra nacional. La propuesta de modelo de granja (modelo farmer) del Medio Oeste estadounidense (Iowa) se impuso sin resultados positivos en Venezuela, dice el reporte citado por el investigador Shane Hamilton. Devino la quema de siembras enteras por plagas y altos precios de importación de tecnología.

Sin embargo, las ganancias vinieron del lado del consumo, la compra-venta de alimentos, y no en la producción en sí de los productos, por lo que se desatendió la nimia industrialización del campo, deformando críticamente el aparato de producción en donde IBEC había insertado capital, y que trajo como consecuencia directa la privación del campesinado venezolano de cualquier sustento alternativo.

Entusiasta de los avances científicos y la inversión de capital, Rockefeller convenció al presidente Truman de ponerlo como jefe de la Mesa de “Consejeros” de las Relaciones Internacionales en 1950. Empujó a la National Foreign Trade Council (el Consejo Nacional de Comercio Exterior) para estimular la participación corporativa y la inversión privada como política internacional anticomunista. Se afincaron en el nuevo modelo de distribución y expendio. Los supermercados se convirtieron en entidades políticas, forjadores de alianzas transnacionales y de cultura, ya que sirvieron de puntas de lanza encubiertas de la contrarrevolución durante la Guerra Fría en la región por la vía de patrones de consumo. De los modos de producción de alimentos en Venezuela (conuco, huertos, pequeños sembradíos) a los degradantes sistemas capitalistas. Alimentarse como lo hacen en Miami o Nueva York forma parte de los aservos imperiales más contundentes en sus arsenales.

A pesar de la inversión inicial de la CVF (Betancourt en su libro Venezuela. Política y petróleo habla de 23 millones de bolívares para comenzar), el retiro de IBEC del mercado interno venezolano fue suplido por Archer-Daniels Midland (cuyo lema era “Supermarket to the world”) y Wal-Mart. Al mismo tiempo, PACA cerró en 1953 incumpliendo sus objetivos y endeudando al país por importaciones tecnológicas.

El CADA de Las Mercedes era el Titanic de los supermercados, abierto desde 1954. El plan de esta red era insertarla donde hubiera mayor afluencia demográfica según la capacidad adquisitiva (urbanizaciones, zonas clase media) y que al mismo tiempo albergara la mayor población gringa posible acostumbrada a este tipo de compra y consumo.

Pero el proyecto tenía una pata rota, y por lo tanto susceptible de dependencia estatal por completo: cuenta el mencionado Hamilton que el 80 por cien de lo que importaba CADA provenía de compañías estadounidenses como White Rose Inc. de los hermanos Seeman, problema que no tenía la red de supermercados TODOS, con sede en Maracaibo, que se abastecía de alimentos (menos del 6 por cien eran productos importados desde EEUU) debido a las relaciones comerciales entre el Táchira, vasto territorio campesino, y la burguesía mercantil de Maracaibo, que domingo Alberto Rangel en Los andinos en el poder la describe desde sus inicios en el siglo XIX y que las resume con la siguiente frase: “La economía occidental tendió a unificarse bajo la égida de los financistas del Zulia”.

Esta ecuación no se desarrolló en el resto de las cadenas productivas y comerciales de Venezuela, lo que confirma el hiperatrofiamiento de los modos de producción. Para mediados de la década de 1970 Venezuela se había convertido en un gran supermercado con la aglomeración violenta de campesinos empobrecidos en los cordones citadinos, en donde aún persistían las bodegas, quincallas y abastos.

La familia Rockefeller no sólo había convertido un imperio monopólico del comercio de alimentos en Venezuela, Brasil, Argentina, Perú e Italia, sino que había deformado culturalmente los hábitos de consumo por lo producido en las grandes fábricas y fincas bajo el concepto de la Revolución Verde corporativa. El agroconfeti convertido en el menú del día.

No ocurrió un cambio de espejitos por oro, como se suele ridiculizar al acto colonial, sino una de las maneras de penetración imperialista por el hecho del consumo. Detrás del mamotreto comercial, un aparato productivo incipiente sustituyó a otras formas de creación alimentaria y, por arrastre esencial, cultural. El capitalismo también es una forma de extinguirse como sujeto mediante el engullimiento de mercancías.

Los patrones de consumo fueron imposiciones del agronegocio, anularon la diversidad y se deformaron el sentido del gusto con agroconfetis y alimentos que no forman pueblos sino que los subsume a un metabolismo cultural propio del capitalismo en su versión venezolana de la mina. Todo lo proveniente de una infraestructura viciada perteneciente a la idea foránea y mercantil del clan Rockefeller, es decir, propia de quien piensa en el alimento como mercancía, un trasunto para la acumulación capitalista. Es una infraestructura que no nos pertenece como dato cultural para la construcción de nuevos modos de producción sino como referencia de la guerra impuesta, la ignorancia como dermis ideológica y la mina que (por ahora y mientras tanto) somos.

En tiempos en que la discusión en torno a la productividad toma fuerza para concebir un nuevo modo de producción debemos decidir si queremos seguir viviendo en un supermercado (con todo lo que eso significa, con y sin guerra económica) o en un país en el que la dignidad no sea sólo una palabra. ¿Producir para el consumo acostumbrado y el anaquel o para cimentar una inédita cultura aún por explorar?

Ernesto Cazal http://misionverdad.com/la-guerra-en-venezuela/rockefeller-decidio-que-comemos-y-que-no

El máximo dirigente de la UGT es asesor de la multinacional Endesa

Josep Maria Álvarez
El secretario general de UGT, Josep Maria Álvarez, forma parte de un organismo asesor de la multinacional española de la energía Endesa, percibiendo unos 11.000 euros anuales por asistir a “encuentros mensuales”.

Álvarez fue elegido nuevo secretario general de UGT en España el pasado 12 de marzo y mantiene el cargo y el cobro de las dietas de la empresa.

También forma parte del mismo órgano asesor el secretario general de CCOO en Cataluña, Joan Carles Gallego.

Otro a sueldo de Endesa es el diputado de Junts pel Sí por Tarragona, Germà Bel, un neo-independentista que hasta hace poco no le hizo ascos a cobrar de una empresa tan característica del centralismo como Endesa.

Pero Álvarez es el miembro más antiguo del órgano asesor de la eléctrica, ya que formaba parte del consejo desde que Antón Costas, actual presidente del Círculo de Economía, lo presidía.

A diferencia de los sindicalistas, el presidente de la patronal Foment del Treball no quiso formar parte de órgano asesor “por no encajar en el trabajo de las patronales”.

Vivir para ver: por lo menos algunos representantes de la patronal tienen mucha más dignidad que los “representantes de los trabajadores”.

Serguei A. Lebedev, pionero de la informática soviética

 Pierre Vandeginste
Cuando participaba en los años treinta en el esfuerzo emprendido para la electrificación de la Unión Soviética, Serguei Alexeievitch Lebedev quiso automatizar la resolución de sistemas de ecuaciones que permitiesen estudiar centrales y redes eléctricas. Ello le conduciría a concebir, en la arruinada Ucrania de la posguerra, la Malaia Elektronnaia Schetnaia Machina, el primer ordenador socialista soviético.

Serguei Alexeievitch Lebedev es uno de esos oscuros héroes de la informática al que llevará largo tiempo ser acogido el panteón de la disciplina, junto a Charles Babbage, John Ven Neumann y Alan Turing. El papel de pionero de este desconocido ingeniero ruso es sin embargo indiscutible. No porque pueda reivindicar una auténtica primicia mundial en materia de creación de un ordenador. Más modestamente, Lebedev, padre de la informática soviética, concibió el primer ordenador digital, electrónico y con un programa grabado… en Europa continental. Su aislamiento en la Ucrania y Rusia de las postguerra, y las penosas condiciones materiales en las cual concibió este ordenador soviético ex nihilo, le convierten sin embargo en un romántico aventurero de la tecnología.

A 400 kilómetros al este de Moscú, Nijni Novgorod, rebautizada como Gorki entre 1932 y 1990, es hoy la tercera ciudad de Rusia, con cerca de dos millones de habitantes. Fue allí en donde Lebedev nació el 2 de noviembre de 1902, en una familia de enseñantes. Poco se sabe de su infancia. Lebedev hizo sus estudios en la Escuela Superior técnica de Moscú, donde se licenció en 1928. Su especialidad fue la electricidad de alta tensión. No era cualquier cosa. En la época, “la electrificación de la Unión Soviética” es la prioridad. ¿No había definido Lenin el comunismo como “el poder de los soviets más la electrificación de todo el país”? Para los ingenieros se trata de llevar la luz al pueblo, propulsarlo a la modernidad. La tesis de Lebedev, dirigida por el profesor K.A. Krug trata sobre la estabilidad de las redes eléctricas que conectan varias centrales entre sí.

En una primera etapa, Lebedev enseña en la misma escuela en que se forma, dando sus primeros pasos de investigador en el Instituto de Ingeniería Eléctrica, también dirigido por Krug. Sus trabajos relativos a la concepción de centrales y redes eléctricas exigen la solución de sistemas complejos de ecuaciones, y Lebedev comienza a interesarse por la automatización de estos cálculos. Se ve atraído en un primer momento por el cálculo analógico.

El analizador diferencial de Vannevar Bush, una máquina capaz de resolver de forma mecánica sistemas de ecuaciones diferenciales, operativa desde 1931 en el Massachusetts Institute of Technology, impresionó incluso en Moscú. En el entorno de Lebedev, dos colegas, I.S. Bruk y luego L.I. Gutenmahker, trabajan en este tipo de máquinas, y finalmente construyen una.

Llega la guerra, obligando al laboratorio de Lebedev a un repliegue de dos años en Sverdlovsk, 100 kilómetros más al este. Poco después de esta prueba, mientras la Unión Soviética cura sus heridas, Lebedev es nombrado en mayo de 1946 director del Instituto de Energía de la Academia de Ciencias de Kiev, capital de Ucrania. Su interés por el cálculo analógico sigue intacto y al principio, él y su equipo continúan realizando aparatos de este tipo.

A principios de 1947, Lebedev comienza sin embargo a apasionarse con el cálculo digital, denominación de la informática primigenia. Los historiadores de la informática Gregory Crowe y Seymour Goodman destacan que un baile de matemáticos, físicos e ingenieros llegados de las cuatro esquinas de Rusia transforman los seminarios de su laboratorio en la sala de partos de la informática soviética. Allí se habla de álgebra de Boole, de biestables, de impulsos, de registros magnéticos, de representaciones de dígitos en “coma flotante”, etc. Es a partir de 1947 cuando Lebedev toma la trayectoria que le llevará en cuatro años al 6 de noviembre de 1950, una fecha memorable. Ese día, en efecto, el MESM, Malaia Elektronnaia Schetnaia Machina o “pequeña máquina electrónica de cálculo”, primer ordenador soviético, produce sus primeros balbuceos.

Durante todo ese período, Lebedev prepara progresivamente el terreno, pone los cimientos, une los ladrillos teóricos y prácticos que le permiten formar su rompecabezas. Las condiciones materiales son rudas: Kiev es una ciudad devastada en donde todo es un problema, comenzando por la vivienda. Lebedev estará mucho tiempo viviendo con su esposa es una única habitación. Como apreciado profesional, el ingeniero debe en primer lugar reunir habilidades, e inventarlas si es  necesario. Luego, encontrar ingenieros eléctricos que hayan sobrevivido a la guerra no es una cosa sencilla. Y queda aún iniciarlos en los arcanos del cálculo digital, que se está inventando.

¿Y la influencia extranjera? Los historiadores de la informática han podido mal que bien evaluar lo que Lebedev y su equipo podrían conocer sobre los progresos realizados en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. Seymour Goodman considera que algunas publicaciones occidentales presentando máquinas precoces como el ENIAC, en la Universidad de Pensilvania, primer ordenador electrónico que se programó mediante cableado, o bien otros que describieran de forma sucinta los proyectos de auténticos ordenadores con programa grabado, como el EDSAC de la Universidad de Cambridge, pudieran haber sido accesibles en Kiev. Pero destaca también que, para obtener lo que necesitaba, Lebedev tendría que pelear continuamente con su jerarquía, a la que llevó tiempo entrever la superioridad de su costoso enfoque del cálculo analógico. Eso nos hace pensar que no debía de estar respaldado por una red de espionaje científico. Hay una certeza: la MESM no se parece a ningún ordenador occidental.

Harán falta dos años y medio de trabajos preparatorios para que Lebedev determine la arquitectura de su criatura, conciba y haga realidad decenas de piezas separadas y subconjuntos. En el verano de 1949 llega el momento del ensamblado. Lebedev obtiene un nuevo local en absoluto adaptado, pero que tiene la virtud de existir y de ser bastante espacioso. Su equipo se instala en los 500 metros cuadrados de un dormitorio en el antiguo monasterio de Feofania, a 15 kilómetros de Kiev. Allí también las condiciones son rudas. Feofania carece de todo. Afortunadamente, el equipo ha conseguido un camión para transportar el material y efectuar la recogida del personal desde Kiev, mañana y tarde. Cuando llueve, las carreteras no asfaltadas se convierten en auténticos barrizales, y los ingenieros se reúnen para empujar el camión y salir del atolladero. En el monasterio la jornada comienza con una recogida de leña cuando el rigor del clima hace vital el calor de las estufas.

A trancas y barrancas el trabajo avanza. A finales de 1949, se define la forma general de la máquina. Sus impresionantes contenedores ocupan una habitación de 50 metros cuadrados con una altura de dos pisos. Se comienza a instalar sus innumerables módulos y a tejer su inextricable red de interconexiones. Llegan los primeros ensayos. Como es normal, nada marcha según lo previsto y hay que improvisar, reinventar, utilizar sin cesar todo tipo de “chapuzas”. De esa forma, cuenta Anne Fitzpatrick, del laboratorio de Los Álamos, se acaba por hacer un agujero en el techo para facilitar la evacuación de la formidable cantidad de calor producido por este ingenio que alberga 6.000 lámparas de vacío y que consume hasta 25 kilowatios.

Sin embargo, Lebedev se ve adelantado en la línea de llegada.

¿Cuándo se entera el ruso de que el 21 de junio de 1948 en Manchester, Freddie Williams y su equipo han tenido la alegría de ver a su “Baby” balbucear su primer programa de factorización? No se sabe. Es cierto que esta máquina rudimentaria, también llamada Manchester Mark 1, sólo efectúa 7 instrucciones, entre ellas la sustracción y la negación. Pero no la adición, que tiene que realizar combinando las dos operaciones mencionadas. Sin embargo se trata, aunque en sus inicios, de un verdadero ordenador con programa grabado, conforme al esquema propuesto por John Von Neumann en junio de 1945 en su famoso “Primer borrador de informe sobre el Edvac”. El mismo Williams ha optado, como recomienda Von Neumann, por una memoria común a datos e instrucciones, 32 palabras de 32 bits.

En comparación con la “Baby” de Manchester, la MESM que prepara Lebedev mira más allá. La adicción y la sustracción son ejecutadas por circuitos “paralelos”, mientras la “Baby” trabaja en serie y más lentamente. Además, la multiplicación y la división están, desde el principio, en el menú. Una doble memoria de lámparas permite almacenar 31 números de 17 bits, y 63 instrucciones de 20 bits.

Por fin el 6 de noviembre de 1950 la MESM ejecuta con éxito su primer programa al ritmo de 50 instrucciones por segundo. Dos meses más tarde, se efectúa una demostración ante una deslumbrada delegación de la Academia de Ciencia de Ucrania. Lebedev no se para a gozar de sus laureles. Vuelve al trabajo y, perfeccionando su primera máquina, se implica en la consecución de la BESM, Bistrodeistvuiushchaia Elektronnaia Schetnaia Machina, la “máquina electrónica de calcular rápida”. Obtiene ahora un apoyo más importante por parte de la Academia, en donde cuenta con un aliado en la persona de Mijail Alexeievitch Lavrentiev, vicepresidente de la Academia de Ciencias de Ucrania. Lavrentiev batalla desde 1947 para convencer a su institución, así como a la Academia de Ciencias de la URSS de que la naciente informática está llamada a tener un gran porvenir, haciéndoles declarar esta disciplina una prioridad nacional. Argumento de peso: el desfile de científicos que se presentan ahora en Feofania para ejecutar allí sus primeros programas destinados a “calcular” trayectorias balísticas o explosiones nucleares.

Esta vez Lebedev tiene un competidor oficial, el equipo dirigido por Yuri Bazilevski, que trabaja en Moscú con una máquina denominada Strela [Flecha, en ruso]. Pero la BESM de Lebedev demostrará rápidamente su superioridad. Destinada al cálculo de alta precisión, esta nueva máquina representa los números en “coma flotante”, es decir, bajo la forma de una mantisa de 32 bits mas un bit de signo y un exponente de 5 bits mas un bit de signo. La memoria principal, única, dispone esta vez de 1024 palabras de 39 bits, susceptibles de almacenar un número o una instrucción. Un tambor de 5.120 palabras y cuatro bandas magnéticas de 30.000 palabras cada una completan el cuadro. Cuando es declarada adecuada para el servicio en abril de 1953 la BESM ejecuta unas 1000 instrucciones por segundo. Se la dotará con una nueva memoria, más rápida, a principios de 1955, que le permitirá alcanzar la velocidad de crucero de 8.000 instrucciones por segundo.

Hasta su muerte el 3 de julio de 1974, Serguei Alexeievitch Lebedev no cesará de inventar nuevas máquinas; ¡15 ordenadores en total! La BESM-2, en 1958, será la primera en ser producida de forma industrial. En la BESM-4 hace su aparición el transistor. ¿El canto de cisne de Lebedev? Fue la BESM-6, una máquina legendaria, capaz de conseguir un millón de instrucciones por segundo. Estuvo operativa en 1965, y después se fabricaron 350 ejemplares, que acompañaron a la conquista espacial soviética.

Fuente: http://www.larecherche.fr/savoirs/figure-du-passe/sergei-a-lebedev-pere-ordinateur-sovietique-01-05-2004-81488

Rusia no se ha marchado de la guerra de Siria

El general Sergei Rudskoi
En setiembre nos sorprendió la intervención rusa en la guerra de Siria; ahora nos sorprende exactamente que se hayan marchado. Eso se debe a que entonces no entendimos los motivos por los que entraron, ni tampoco los motivos por los que se han ido.

Si lo miramos de una cierta manera, los rusos no llegaron a Siria en setiembre, ni tampoco se han ido ahora. Siguen allá, aunque han suspendido los bombardeos.

Con la intervención aérea Rusia ha alcanzado todos los objetivos que se había propuesto, especialmente un protagonismo en la mesa de negociaciones que antes no tenía. El contraste con Libia así lo demuestra.

Desde 2013 el gobierno de Damasco venía pidiendo a los rusos apoyo militar en la guerra, por lo que cabe suponer que durante años el Kremlin se negó a participar en ella. Pero la situación en 2015 no era la de 2013.

Si en su momento no entendimos la campaña aérea es porque no hicimos caso a lo que Putin dijo en la televisión rusa cuando la anunció: se trataba de una participación limitada. No hicimos caso porque estamos acostumbrados a que los políticos nos engañen y, por lo tanto, a buscar sus “segundas intenciones”. Al menos en este caso no las había.

La intervención rusa ha sido muy limitada. Han bastado unos 50 bombarderos, algunos ataques de largo alcance desde territorio ruso y el Mar Caspio, así como lanzamientos de misiles desde la base naval de Latakia.

También ha sido muy limitada en el tiempo; menos de seis meses. Ahora Rusia no sólo se sienta en la mesa de negociaciones sino que es garante del alto el fuego que, como era de esperar, los “moderados” no respetan.

Dado que ambas potencias son garantes, el respeto del alto el fuego les compete a ambos y, naturalmente, Estados Unidos hace caso omiso de las violaciones de los acuerdos. Por eso, Kerry está hoy de visita Moscú.

Cualquiera que sea lo que se hable allá, el general Serguei Rudskoi ha anunciado que ellos sí van a imponer -por las buenas o por las malas- el alto el fuego, es decir, que si Estados Unidos no hace nada, ellos van a cumplir sus compromisos hasta el final.

Pero hasta aquí nos estamos refiriendo a la oposición “moderada” que, como se ve, lleva el mismo camino sanguinario que la otra, el Califato Islámico y el Frente Al-Nosra, a quienes los acuerdos de paz no les conciernen.

Por lo tanto, la guerra contra ellos continúa y aunque el periódico Alquds Alarabi había difundido que las milicias de Hezbollah también dejaban los campos de batalla, esta semana una entrevista con el ayatollah Nasrallah ha dejado bien claro que estarán en la guerra hasta el total exterminio de los salafistas.

De momento, ayer el ejército regular de Damasco ya se situó a 800 metros escasos de la ciudad de Palmira, que está a punto de caer.

La OTAN no puede con los talibanes en Afganistán

A punto de abandonar el mando, el general estadounidense John Campbell, jefe de la misión “Apoyo Resuelto”, llevada a cabo por la OTAN en Afganistán, se consideró “optimista” respecto al futuro de la lucha contra los talibanes en el país asiático.

Su optimismo nada tenía que ver con la realidad. A pesar del apoyo de las fuerzas estadounidenses, en la provincia de Helmand, en el sur del país, el ejército afgano (ANA) retrocede ante los combatientes talibanes. Hace poco se vio obligado a retirarse de dos distritos, en concreto los de Musa Qala y Nawzad.

De repente, la provincia de Helmand, conocida por su producción de opio y antiguo teatro de violentos combates entre las tropas de la OTAN, se escapa poco a poco del control de Kabul, que sólo mantiene su control en las zonas urbanas.

“Hemos retirado nuestras fuerzas de Nawzad y de Musa Qala, conforme a planes militares”, anunciaba el 22 de febrero Mohammad Rasul Zazai, portavoz del 215º Cuerpo de Ejército del ANA, explicando que “actualmente, para nosotros, Sangin, Marjah, Nad Ali y los alrededores de Lashkar Gah y de la carretera Kabul-Herat son prioritarios. Concentraremos todos los esfuerzos en esos lugares”.

Por su parte, la agencia Tolo News informó que el gobernador de la provincia, Mirza Kan Rahimi había evacuado los distritos de Nawzad y de Musa Qala por razones de “estrategia general”. “Tenemos planes para garantizar la seguridad de las zonas vulnerables”, aseguró.

La retirada de las tropas afganas de estos dos distritos fue criticada por el consejo provincial de Helmand. “Va a resultar difícil para el gobierno recuperar estas zonas y garantizar la seguridad”, ha considerado Hayatullah Mayar, uno de sus miembros.

La situación no es mejor en la vecina provincia de Uruzgan. El portavoz del gobierno provincial, Dost Mahammad Nayab, anunció el 1 de marzo que el ejército afgano ha tenido que retirarse de las posiciones que ocupaban en la región de Shahidi Hassas para desplegarse en el distrito de Deh Rawud.

“Queremos crear un batallón de reserva en Deh Rawud, y hemos pedido a nuestros soldados y policías de otros distritos dejar sus posiciones”, explicó M. Nayab. Este movimiento es necesario, ha dicho, para remediar la falta de efectivos sobre el terreno, debido a las pérdidas sufridas en combate, pero también a las deserciones.

“Algunos de ellos abandonaron el ejército y la policía, otros han muerto o resultado heridos, y algunos se han rendido a los talibanes”, afirmó. “Debemos controlar la situación a la espera de recibir nuevas tropas”, añadió este responsable.

Desaparecen 2.000 millones de dólares pagados por el Pentágono en Irak

El Departamento estadounidense de Defensa es incapaz de justificar el destino de 2.000 millones de dólares de dinero irakí en los años que siguieron a la invasión de 2003.

Según un informe de la oficina del Inspector General para la Reconstrucción de Irak (SIGIR), el Pentágono no puede justificar el destino unos dos tercios de una suma aproximada de 3.000 millones de dólares, puesta su disposición por el gobierno irakí para el pago de contratos aprobados por la Autoridad Provisional de la coalición, antes de su disolución en 2004 y su sustitución por un gobierno local.

La mayor parte de los fondos (2.800 millones de dólares) fue colocada en una cuenta bancaria de la Reserva Federal de Nueva York y 217,7 millones de dólares en una caja fuerte en el palacio presidencial de Bagdad. Según los documentos aportados por el Banco Central norteamericano, 2.700 millones de dólares han sido retirados de la cuenta neoyorquina por el Departamento de Defensa, pero no existe “precisión sobre los pagos o documentos financieros como facturas, para justificarlos”, destaca el SIGIR.

“Para efectuar los pagos únicamente era necesaria la aprobación escrita” del gobierno iraquí y el Pentágono no ha podido justificar el empleo de “unos 1.000 millones de dólares” del total de 2.800 millones. No puede tampoco justificar el empleo de 193,3 millones en efectivo, que quedaron en la caja fuerte durante la disolución de la Autoridad Provisional de la coalición que dirigió Irak entre 2003 y 2004. El SIGIR apunta que 24,4 millones fueron devueltos al gobierno iraquí, en marzo de 2008.

Para Mouzer Mahammad Salah, gobernador adjunto del Banco Central de Irak, Estados Unidos debe actuar para defender su “reputación […] y su papel en Irak en aquel tiempo”. Washington debe “encontrar el dinero” e investigar “a quienes hayan hecho esto”. Irak es uno de los países del mundo capaces de controlar la corrupción, según una investigación del Banco Mundial, citado en el mismo informe del SIGIR.

Las guerras imperialistas son como esas pastillas que ponemos en el caldo del cocido: no sólo cuecen sino que enriquecen.

http://www.lemonde.fr/elections-americaines/article/2012/01/30/les-etats-unis-ont-perdu-la-trace-de-2-milliards-de-dollars-d-argent-irakien_1636611_829254.html

Hasta el deporte ruso está bajo sospecha de fraude

El dopaje se ligó al deporte a partir de un determinado momento de su evolución: con la creciente profesionalización, a su vez consecuencia de otra transformación del deporte en un suculento negocio internacional en el que los medios de comunicación tienen una parte importante.

Sin embargo, es precisamente esa vinculación de la que los medios de comunicación no quieren hablar, como tampoco de la complicidad de las federaciones deportivas (nacionales e internacionales) y olímpicas en el asunto, es decir, tanto en el dopaje como en el negocio.

El domingo 6 de marzo la cadena alemana de televisión emitió el tercer capítulo sobre el dopaje de los deportistas en Rusia. Se titula “Confidencial Dopaje: Cómo Rusia fabrica sus ganadores” y da a entender que se trata de algo exclusivo de aquel país, donde todo lo que nos muestran -desde los tiempos de los planes quinquenales- es siniestro.

Los próximos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro tienen algo que ver en esta euforia por el deporte “limpio”. El asunto de Maria Sharapova ha llegado a los medios de la manera tópica en la que los casos de dopaje aparecen en el tenis. La antigua ministra francesa de Deportes ha denunciado el caso de Nadal para que la prensa patria se rasgue las vestiduras ante tamaña ofensa. El dopaje de la atleta del PP Marta Domínguez hundió el “prestigio” de nuestros medallistas…

A quienes han lavado el cerebro con eso de que el deporte no tiene nada que ver con la política, hay que contarles lo que afirma el diario francés L’Equipe: la gran atleta rusa Julia Stepanova ha pedido asilo político a Canadá y desde hace dos años vive escondida en Alemania, seguramente porque su vida corre peligro. ¿Quién no corre algún peligro en Rusia?

Stepanova dio positivo en un control de dopaje deportivo y, a pesar de ello, el Comité Olímpico le ha autorizado a participar en los próximos Juegos de Rio de Janeiro. Pero es muy probable que, como consecuencia de sus declaraciones, quien no pueda participar en ellos sea Rusia, es decir, que no participarán precisamente aquellos que no se han dopado.

La tenista Maria Sharapova confesó que tomaba meldonium, desde hacía diez años. El meldonium es un compuesto químico elaborado en 1975 en Riga, cuando Letonia pertenecía a la Unión Soviética, para proteger el corazón de las personas sometidas a estrés o que realicen grandes esfuerzos físicos. Es un fármaco barato, eficaz y sin efectos secundarios nocivos para el organismo. Facilita que los atletas se recuperen antes del esfuerzo realizado.

Algún lector estará cavilando sobre los motivos por los cuales los casos de dopaje afectan mucho menos a Estados Unidos que a otros países, cuando la población de Estados Unidos vive dopada permanentemente por unas u otras drogas. ¿Sólo sus deportistas no se drogan?

Para entender el dopaje la pregunta se debería formular de otra manera: ¿por qué las instituciones deportivas han prohibido el meldonium? Porque el meldonium sólo se consume en los países del este de Europa. El mercado de meldonium asciende a 70 millones de euros que, por sí mismos, suponen el 0,7 por ciento del presupuesto público de Letonia. Exagerando bastante, se puede decir que el meldonium es como el petróleo para Kuwait.

En fin, la consideración del consumo de meldonium como dopaje es una decisión puramente política, lo mismo que cualquier otra de las que se toman con los demás productos químicos. Unos son buenos para la salud, los recetan los médicos y son legales. Otros son malos, los recetan los narcotraficantes y son ilegales. Unos se fabrican con patente de Estados Unidos y otros de Letonia. La frontera entre unos y otros la pone Estados Unidos y no precisamente por motivos médicos.

La agencia estadounidense contra el dopaje creó una falsa ONG, llamada “Partnership for Clean Competition” que desde hace años conserva muestras de sangre y orina de deportistas que analiza en función de los resultados obtenidos en las competiciones, del lugar del origen del deportista y de las restos encontrados. En base a ello dictan las correspondientes “fatwas” farmaco-deportivas de una manera absolutamente discriminatoria. Los productos que toman los deportistas de determinados países son drogas y hay que prohibirlas porque falsifican la competición; las demás son productos beneficiosos para la salud.

En 2014 la falsa ONG analizó 8.300 muestras de orina tomadas a deportistas y encontraron meldonium en 182 de ellas. Todos ellos eran deportistas del este de Europa. Poco después, en octubre de aquel año, la agencia estadounidense contra el dopaje planteó por primera vez que el meldonium era una sustancia dopante en el orden del día del simposio anual de Fénix, en Arizona. A finales de año el meldonium ya era considerada como una sustancia “sometida a vigilancia”.

En abril del año siguiente los resultados sobre el meldonium se publicaron para que pudieran servir como “prueba científica” que justificara su prohibición dentro de la categoría S4, es decir, en la categoría de hormonas y moduladores metabólicos.

Como estaba previsto, en enero de este año se prohíbe su utilización a los deportistas, con la sanción de cuatro años de suspensión en caso de incumplimiento. Los deportistas del este de Europa, en especial los rusos, han empezado a caer como moscas. El deporte ruso está bajo sospecha. De nada sirve explicar que, aún admitiendo la prohibición, el meldonium tarda seis meses en desaparecer del organismo, por lo que la sanción se está aplicando con carácter retroactivo, es decir, se penaliza el consumo de una sustancia que antes del mes de enero no era considerada como dopante. Por lo tanto, seguirá habiendo “positivos” por dopaje de deportistas del este de Europa en cadena de aquí al mes de junio.

El médico del equipo olímpico finlandés y muchos otros expertos han asegurado que el meldonium no es una sustancia dopante y que mucho menos se la puede encuadrar en la categoría S4. Nadie entiende que sustancias equivalentes fabricadas y consumidas en otros países, especialmente en Estados Unidos, no tengan la misma consideración.

Lo patético de todo este asunto es que las instituciones deportivas de Rusia, empezando por el ministro del ramo, han dado la razón a los organismos internacionales antidopaje y han prometido que a partir de ahora van a vigilar más y mejor a sus atletas. Es verdaderamente lamentable.

El general Castres entierra el mito de los ‘rebeldes moderados’

El general Didier Castres
Caroline Galacteros

La verdad acaba siempre por resplandecer. Al principio hay algunas débiles señales (como el título de esta serie de artículos), y otras veces hay ruidos sordos que se hacen poco a poco más detectables, hasta que acaban por inundar por completo el debate público y alcanzan finalmente el núcleo duro de las tesis oficiales.

Cuando se trata de los rebeldes sirios, amablemente caracterizados desde hace algunos años de moderados, estamos todavía en la etapa de las señales débiles, pero la situación evoluciona en el buen sentido. No podemos por menos que alegrarnos por el reportaje “Una ojeada sobre Siria” (dirigido por Anthony Forestier, presentado por Sarah Soulah y difundido en France 2 el 18 de febrero), que presenta una nueva mirada sobre el conflicto sirio… cinco años después de su comienzo. Frente a las inconsecuencias de la política exterior nacional y a sus consecuencias militares difíciles de gestionar en el aspecto operativo, el propio “establishment” militar se atreve a señalar algunos hechos embarazosos. Los hechos son testarudos y están a mil leguas de la moralina que destila principalmente el Quai de Orsay desde hace tres años.

El general Didier Castres, subjefe de operaciones del estado Mayor de los Ejércitos, fue oído el 16 de diciembre de 2015 por la Comisión de Asuntos Extranjeros, de Defensa y de las Fuerzas Armadas del Senado. Y he aquí lo que el oficial francés saca a la luz del día.

“Las fuerzas de combate del Califato Islámico se estiman en unos 30.000 efectivos en Siria y en Irak, de ellos un 40 por ciento de combatientes extranjeros. Se enfrentan a 140.000 kurdos del norte de Irak, 7.000 kurdos sirios y 130.000 miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes. Además en Siria existe una constelación de diversos combatientes del orden de unas 100.000 personas, de los cuales Francia considera que 80.000 pertenecen bien a grupos terroristas designados como tales por las Naciones Unidas, bien a grupos salafistas extremistas”.

Aclaremos algunas cifras para medir la amplitud de la distancia entre los datos del mando militar y las gesticulaciones de nuestra cancillería.

Primera información: la potencia del Califato Islámico está ampliamente sobreestimada en nuestros medios de información. Disponiendo solamente de 30.000 hombres (otras fuentes hablan de 50.000) en Iraq y Siria, el Califato Islámico no supone un peso considerable en el aspecto militar. Su expansión territorial desde hace tres años muestra lo que numerosos observadores sirios (entre ellos el arzobispo de Alepo) han denunciado amargamente: los occidentales han hablado mucho, pero extrañamente han hecho poco para destruir esta hidra de color verde oscuro.

Segunda información: si los miembros del Califato Islámico están repartidos de una forma más o menos equilibrada entre Irak y Siria, se puede considerar que hay entre 15.000 y 20.000 combatientes del Califato Islámico principalmente alrededor de Raqqa. Son muchos menos que los otros terroristas islamistas presentes en Siria, de los que el general Castres nos dice que probablemente son alrededor de 80.000 en las zonas que nuestros medios y nuestros representantes políticos califican fácilmente de rebeldes. Tenemos pues una relación de 1 a 4 entre los islamistas del Califato Islámico y los otros (de los cuales una aplastante mayoría, alrededor del Frente Al-Nosra están afiliados oficiosa u oficialmente a Al-Qaeda, cuna original del… Califato Islámico). Las cancillerías oficiales, si tuvieran en cuenta las cifras que les proporcionan principalmente la inteligencia militar, debieran en consecuencia tener sus propósitos mucho más cercanos a los mantenidos por Sergei Lavrov o el mismo Bachar el-Assad. Pero negar la realidad es un pecado muy extendido, y es más fácil acusar a los periodistas de France 2 de repetir la propaganda del régimen sirio que admitir un sesgo político o un déficit de comprensión de la situación. Como, por otro lado, fue más fácil hace algunas semanas acusar a los periodistas de Canal+ de repetir la propaganda del Kremlin en su reportaje sobre la revolución de Maidan y la guerra civil ucraniana en el Donbass.

Tercera información. Quedan pues un poco más de 20.000 rebeldes denominados moderados, según la investigación militar francesa. Son pocos… sobre todo porque combaten en las mismas zonas que los 80.000 terroristas, de los que son en la práctica aliados sobre el terreno. Sobre este punto, invitamos a leer el artículo de Bouger les Lines sobre la escala de colores de los rebeldes que recuerda el mosaico de coaliciones en Siria en el seno de todas las falanges rebeldes, desde el verde pálido al más oscuro, que para algunos son rivales y para muchos avatares presentables de los grupúsculos más radicales, combatiendo juntos muy frecuentemente, principalmente con el Frente Al-Nosra, o por cuenta de éste.

La víspera de esta edificante audiencia del general Castres, el 15 de diciembre de 2015, el ministro de Defensa, Jean-Yves Le Drian prestaba también declaración ante esa misma Comisión del Senado. Si se cruzan las dos declaraciones y teniendo en cuenta que nuestro ministro no podía ignorar las informaciones de la inteligencia militar, la brecha entre ambas se hace inquietante.

“En Siria las dificultades se concentran en el Oeste, en la frontera con Turquía, en donde los ejércitos leales apoyados por Rusia y los pasdarans iraníes ganan terreno en los territorios controlados por los insurgentes, pero menos deprisa de lo que esperaban. La presencia rusa es significativa, con una cuarentena de cazas con base en Latakia. Rusia emplea igualmente su aviación a larga distancia, para los ataques contra Raqqa y Deir Eizzor por bombardeos que despegan del aeródromo de Mozdok, en el sur de Georgia, o con lanzamiento de misiles desde el crucero Moskva, en la orilla de Latakia. Se nota una inflexión de la acción militar rusa. Estimamos así que los ataques contra el Califato Islámico representan entre un 20 y un 30 por ciento del total de ataques rusos estas últimas semanas, contra un 5 por ciento anteriormente. Respecto al apoyo a los rebeldes, la acción militar norteamericana y francesa se ha reforzado, apoyada desde hace poco por los ataques británicos”.

Primera información: si se tienen en cuenta las cifras del ministro Le Drian y se las compara con las del general Castres, se deduce que Rusia repartió un 20-30 por ciento de sus ataques contra los 15-20.000 combatientes del Estado Islámico, y un 70-80 por ciento contra los 100.000 rebeldes (de los cuales 80.000 son terroristas islamistas). Los ataques rusos están pues en perfecta coherencia con las investigaciones militares francesas, lo que no es el caso de los ataques… franceses.

Segunda información. ¿Como comparar la declaración del ministro de Defensa sobre el refuerzo a la ayuda a los insurgentes con la del general Castres sobre los 80.000 terroristas entre los 100.000 rebeldes, sin llegar a la conclusión de la manifiesta imposibilidad de tal comparación?… salvo que se entienda que Francia y los países occidentales apoyan directa o indirectamente el terrorismo islamista.

En tanto que un alto el fuego muy parcial y frágil parece establecerse, pero que los perfiles de un acuerdo político de la cuestión siria parecen estar aún en el limbo, estas informaciones oficiales presentadas a la representación nacional nos dan medida de toda la inconsciencia y la ceguera que han llevado desde hace cinco años a Occidente a entrometerse en el Levante. Estos elementos son elocuentes, pero muy inquietantes. ¿Cómo no interrogarse sobre la función del Califato Islámico? El Califato Islámico y sus terroríficos y espectaculares modos de acción ¿no son, al menos parcialmente, el horroroso biombo que cristaliza la atención popular, mediática y política, el escondite de una empresa mucho mas grave de desestabilización profunda de la región y del mundo? El Califato Islámico hace olvidar a Al-Qaeda, que actúa en segundo plano, y como una eficaz cortina, a la manera de las raíces subterráneas. Sus múltiples avatares, ahora etiquetados como “rebeldes”, “insurgentes” o “islamistas moderados”, se han hecho, en contraste, recomendables, y prosiguen su metódico desmembramiento del Estado.

Fuente: http://galacteros.over-blog.com

La yihad en Rusia

La violencia en la región rusa del Cáucaso Norte, que ha vivido conflictos armados desde hace dos décadas, ha disminuido de forma sustancial en los dos últimos años, en parte porque la mayoría de los radicales de la zona se han unido a los combatientes extranjeros en Siria e Irak. En junio de 2015, casi todos los grupos insurgentes locales habían jurado fidelidad a Daesh, quien posteriormente designó a la región como nueva “provincia”, Vilayat Kavkaz. Algunos grupos pequeños en Daguestán y Kabardia-Balkaria todavía siguen siendo leales al Emirato del Cáucaso (EC), la violenta organización yihadista de la zona, pero sus apoyos y su capacidad son mínimos.

Rusia y Daesh están directamente enfrentados: los responsables de seguridad han anunciado que el pasado año evitaron varios atentados terroristas inspirados por el autoproclamado Estado Islámico, que ha prometido hacer daño a Rusia y ha reivindicado, además del derribo en octubre del avión en el que murieron sobre el desierto del Sinaí 224 rusos que volvían de Egipto, dos atentados en Daguestán. Además de proteger su seguridad nacional, el Kremlin debería hacer un esfuerzo mayor de desradicalización, prestar atención con la máxima urgencia a las reclamaciones legítimas en el Cáucaso Norte y abordar sistemáticamente las causas fundamentales de la violencia.

Las circunstancias de los seguidores de la yihad en el Cáucaso Norte cambiaron radicalmente en vísperas de los Juegos Olímpicos de 2014 en Sochi. Los servicios rusos de seguridad derrotaron y paralizaron al EC, que vio imposibilitadas sus operaciones y comunicaciones justo cuando lo que Daesh denomina su “yihad de cinco estrellas” adquiría cada vez más popularidad. Varios miles de habitantes de la zona se unieron a la lucha, desde su país y desde los lugares en los que está establecida su diáspora, en Europa y Oriente Medio. La exportación de la yihad a esta última zona le ha creado a Rusia nuevos enemigos y ha hecho que el problema deje de ser local para internacionalizarse.

Desde la represión del salafismo antes de los Juegos Olímpicos en Rusia, Turquía se ha convertido en uno de los destinos favoritos tanto de los yihadistas rusos que se dirigen a Siria como de los musulmanes conservadores y pacíficos que, con sus familias, han establecido allí su nuevo hogar. Los nuevos “muhajirun” (inmigrantes) procedentes de Rusia han formado comunidades cerradas, casi autosuficientes, sobre todo en torno a Estambul. Hasta los atentados inspirados por Daesh que golpearon suelo turco en 2015, las autoridades no se habían mostrado muy preocupadas por ninguno de estos grupos. Los enlaces del autoproclamado Estado Islámico que hablaban ruso y ayudaban a los recién llegados a cruzar la frontera con Siria trabajaban con gran eficacia. Se ha dicho que había varios agentes e ideólogos destacados del EC en el país, dedicados a facilitar el paso a grupos distintos de Daesh. Además, desde 2003 han muerto asesinados en Turquía ocho personajes vinculados a la insurgencia chechena, el más reciente en 2015, aparentemente por personas a sueldo de los servicios federales rusos de seguridad. Las autoridades turcas dicen que muchas veces les faltan pruebas suficientes para actuar con más decisión, pero dentro de la ley. No obstante, en los últimos tiempos han reforzado considerablemente la seguridad.

Los combatientes procedentes del Cáucaso Norte luchan en Siria e Irak no sólo con Daesh, sino también con Jabhat al Nusra, además de grupos rebeldes no afiliados. En general lo hacen bajo el mando de jefes chechenos, que tienen fama de ser combatientes intrépidos, por lo que es frecuente que se les encargue el mando de grupos pequeños o que enseguida asciendan a puestos de segunda y tercera categoría dentro de Daesh. Según las informaciones, Abu Omar (Umar) Shishani, el combatiente del Cáucaso Norte que ocupaba uno de los puestos más alto entre los yihadistas, resultó herido o muerto en un ataque reciente de Estados Unidos. Parece que sus logros militares, en especial al frente de operaciones para capturar la provincia de Anbar en Irak y varias partes del este de Siria, contribuyeron a que Abu Bakr al Baghdadi proclamara su califato y colocaron a Rusia en la mira de Daesh. En 2014, para tratar de reforzar su poder en la organización, Shishani y su ambicioso confidente y propagandista de Karacháyevo-Cherkesia, Abu Jihad, decidieron captar a los rebeldes del Cáucaso Norte. El resultado fue la deserción más numerosa de combatientes de la zona a Daesh.

Los servicios de seguridad rusos, al parecer, abrieron las fronteras para que los radicales locales se fueran de la zona antes de los Juegos Olímpicos, a pesar de que Rusia considera delito la participación en grupos armados en el extranjero que vayan en contra de “los intereses de la Federación Rusa”. Sin embargo, desde la segunda mitad de 2014, las autoridades han recortado las salidas y persiguen de forma sistemática a los encargados de reclutar gente y recaudar fondos y a los posibles combatientes, al tiempo que han intensificado la presión sobre los salafistas no violentos, especialmente en Daguestán. En Chechenia, el tratamiento de los salafistas ha sido siempre más duro. El Ministerio del Interior checheno lleva a cabo campañas periódicas contra ellos; se habla de numerosas detenciones en 2015 e incluso de desaparecidos en la última parte del año. El líder ingusetio, Yunus-Bek Yevkurov, ejerce una política de no enfrentamiento; evitó que el clero oficial se quedara con la mezquita salafista más importante en Nasyr-Kort y trata de consolidar la base de fieles en la república. En Kabardia-Balkaria, los fundamentalistas tampoco se quejan de acoso sistemático por parte de los servicios de seguridad.

Los salafistas de la región subrayan que la religión es un motivo fundamental para que los rebeldes del Cáucaso Norte se unan a la yihad en Siria. Al contexto religioso inmediato hay que sumar unos agravios más de fondo que impulsan la radicalización: los conflictos no resueltos, gobiernos que no suelen rendir cuentas ni ser transparentes, malas circunstancias socioeconómicas y un profundo sentimiento de injusticia y privación de derechos. La oportunidad que les ofrece Daesh da a los violentos una alternativa a emprender una aventura suicida en su propio país, y hace aún más atractiva la idea de marcharse a cumplir sus compromisos religiosos.

Los radicales convencen a los jóvenes de que hacer la hijjra (emigración) o luchar por Daesh es la obligación individual (fardh ‘ajn) de cada musulmán, y quienes no lo hacen incumplen su deber para con Alá. Además, Daesh se presenta como un proyecto político factible, con un gobierno islámico eficaz. Asegura que es un Estado igualitario en materia de bienestar y proporciona pisos y subsidios a las familias de los combatientes. También da la oportunidad de ascender por méritos y de ejercer una venganza muy pública por la supuesta humillación mundial de los musulmanes.

Para impedir que el Cáucaso Norte siga proporcionando refuerzos a Daesh, Rusia debe desarrollar una estrategia de desradicalización que aproveche los recursos intelectuales de varios ámbitos y varias disciplinas, con expertos en la región, responsables de seguridad, educadores y dirigentes religiosos moderados. Los líderes fundamentalistas respetuosos con la ley pueden desempeñar un papel crucial entre la gente joven. También es importante la creación de cauces controlados y seguros para el regreso y programas para prevenir la radicalización en las prisiones. Los relatos de quienes vuelven desilusionados de Siria e Irak son tal vez el arma más poderosa para evitar nuevos reclutamientos.

Fuente: http://www.esglobal.org/la-insurgencia-en-el-caucaso-norte-y-siria-una-exportacion-de-la-yihad/

La guerra del opio en Afganistán

Enrico Piovesana ha escrito un libro titulado “Afganistán, la nueva guerra del opio” sobre la connivencia entre el ejército estadounidense de ocupación y los traficantes de heroína en Asia central.

Durante muchos años Piovesana fue corresponsal de guerra en Afganistán de la agencia de noticias PeaceReporter, la sección periodística de la organización Emergency.

Tiene una amplia experiencia internacional. También ha sido corresponsal en Pakistán, Chechenia, Osetia del norte, Bosnia, Georgia, Sri Lanka, Birmania y Filipinas.

Algunos de sus reportajes han aparecido en l’Expresso, Il Corriere della Sera, La Stampa, Il Manifesto, Il Venerdi di Repubblica, Left y Oggi. Actualmente trabaja en la web “Il Fatto Quotidiano”.

La obra pone de manifiesto que la CIA sigue siendo el mayor traficante mundial de drogas. Si en el escándalo Irán-Contra se trataba de cocaína, en Afganistán está siendo la heroína. No hay un gramo de la droga, de los muchos que circulan por el mundo, que no pase antes por sus manos.

Como cualquier otra droga, la heroína cumple a la perfección numerosas funciones para el imperialismo:

– abarata los costes de mantenimiento de la maquinaria de guerra
– financia operaciones encubiertas, sustraídas al control de los parlamentos y de la prensa
– crea redes clientelares, mano de obra gratuita de colaboradores y espías

La cínica “prohibición” de las drogas, impulsada en los años veinte por Estados Unidos, al mismo tiempo que el alcohol, multiplica los efectos funcionales de las drogas con el dinero “negro” que nadie puede detectar, controlar ni fiscalizar.

Además, el dinero “negro” se tiene que lavar, una mordida de la que los bancos internacionales obtienen la mayor parte de sus beneficios y que les ha permitido salir -de momento- de la bancarrota de 2008.

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