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Día: 18 de junio de 2025 (página 1 de 1)

Tanto para matar como para curar hay que enriquecer el uranio

Cuando el mundo oye hablar de “programa nuclear iraní” piensa inmediatamente en gigantescos misiles que están diseñados para achicharrar en masa a poblaciones civiles, como hizo Estados Unidos con las de Hiroshima y Nagasaki en 1945.

La asociación del uranio con las armas de destrucción masiva es automática porque los medios de intoxicación nunca han contado que, además, el uranio es fundamental en la medicina moderna, por poner un ejemplo. Con el uranio ha nacido un nuevo tipo de terapias que se pueden ver en los letreros de los hospitales: “medicina nuclear”.

Tanto para matar como para curar hay que enriquecer el uranio que, como materia prima natural tiene un 0,7 por cien de uranio-235, que es el isótopo utilizado en las reacciones nucleares. El enriquecimiento consiste en aumentar la proporción de uranio-235 en comparación con el uranio-238, que es más abundante pero no es fisible.

El uranio se considera “enriquecido” cuando contiene una proporción superior al 0,7 por cien. Por ejemplo, el uranio utilizado en los reactores nucleares suele contener entre un 3 y un 5 por cien de uranio-235, mientras que el uranio utilizado en el armamento puede estar enriquecido por encima del 90 por cien.

Aunque en la práctica médica no se utiliza el uranio directamente, forma parte del proceso de producción de otros isótopos radiactivos, como el tecnecio-99m, que luego se separan y purifican para su uso en aplicaciones médicas.

Al impedir a Irán enriquecer el uranio, las potencias occidentales e Israel exigen al gobierno de Teherán que abandone la medicina moderna y condene a millones de personas a la enfermedad y la muerte.

Irán es uno de los mayores productores mundiales de radiofármacos utilizados para el diagnóstico y el tratamiento del cáncer. Se encuentra entre los cinco principales exportadores mundiales de fármacos radiactivos y suministra medicamentos nucleares a quince países, incluidos algunos europeos.

Las sanciones impuestas a Irán prohíben la importación de radiofármacos. Sin un programa nuclear, Irán no podría diagnosticar y tratar a personas con enfermedades, como el cáncer.

Para diagnosticar ciertas enfermedades y fabricar medicamentos contra el cáncer, se necesitan isótopos médicos, que no se pueden fabricar sin enriquecer uranio. Las tomografías computerizadas y las tomografías por emisión de positrones (TEP) utilizan trazadores radiactivos para obtener imágenes del cuerpo. La radioterapia, que requiere isótopos médicos, que a su vez requieren uranio, es una de las más conocidas terapias contra el cáncer.

Irán siempre ha acordado limitar el enriquecimiento a fines médicos y energéticos, y estos son precisamente los términos del acuerdo que Estados Unidos rompió en 2018. Irán cumplió plenamente dicho acuerdo, que autorizaba el enriquecimiento con fines pacíficos. Los países occidentales saben que Irán necesita uranio por razones vitales y también que necesita enriquecer la materia prima.

Eso significa que Israel, con el apoyo de Estados Unidos y los países occidentales, bombardea Irán por negarse a aceptar un acuerdo que habría destruido una industria esencial para la economía iraní y causado la muerte de muchas personas.

Por lo demás, tanto la OIEA como la inteligencia de Estados Unidos han reconocido que Irán no es una amenaza nuclear, por más que los medios digan otra cosa. Por ejemplo, en marzo la directora de inteligencia, Tulsi Gabbard, aseguró que “Irán no está construyendo un arma nuclear y que el máximo dirigente Jamenei no ha autorizado un programa de armas nucleares, que suspendió en 2003”.

Las guerras sirven para proteger a los militares de sí mismos

La “cúpula dorada” se infiltró entre los decretos que firmó Trump a finales de enero, un nombre inspirado en el escudo israelí antimisiles, cuya ineficacia se muestra hoy a las claras. Como tantas ensoñaciones militares, no sirve ni siquiera como fuegos de artificio para las fiestas patronales.

Los militares occidentales quieren encubrir su ineptitud tecnológica actual con magnos proyectos de futuro, regados con generosos derroches de dinero público. Es otra “guerra de las galaxias”, una versión corregida y aumentada de los delirios de Ronald Reagan y George Bush. Mucho ruido y pocas nueces.

Estos proyectos sólo sirven para gastar dinero. Siempre cuestan 50 veces más de lo presupuestado, los plazos se dilatan un año tras otro y al final se abandonan cuando la hucha se seca. Sin embargo, cumplen otras funciones importantes, como la de poner la guerra, las famosas “amenazas”, en primer plano y tapar los problemas realmente importantes.

Los ríos de tinta sobre esas “oscuras amenazas” multiplican el gasto militar y reavivan la carrera de armamentos, donde el adversario (Rusia, China, Corea del sur, Irán) es siempre quien lanza la primera piedra. A Estados Unidos no le queda más remedio que defenderse de una agresión injusta.

El pretexto invocado es proteger a la población; el verdadero es proteger las instalaciones militares, los arsenales, los submarinos, los cuarteles… Las guerras sirven para proteger a los militares de sí mismos.

“El espacio se convertirá en un nuevo campo de batalla”, anunció Trump en 2019, antes del comienzo de la Guerra de Ucrania. El objetivo del Pentágono es desplegar satélites con misiles sobre territorio chino o ruso.

El 20 de mayo Trump anunció que la “cúpula dorada” estaría operativa “en un plazo de dos años y medio a tres años” y que costaría 175.000 millones de dólares “una vez terminada”, aunque la Oficina de Presupuestos del Congreso estima que solo la constelación de interceptores espaciales podría costar 542.000 millones de dólares.

El escudo pretende proteger el suelo estadounidense de misiles balísticos intercontinentales con armas convencionales o nucleares, capaces de recorrer los 10.000 kilómetros que lo separan de Corea del norte, China o Irán. Pero también de misiles hipersónicos y misiles de crucero rusos, que pueden maniobrar a varios miles de kilómetros de una aeronave o un barco, evadiendo la cobertura de los radares antimisiles convencionales.

“La tasa de éxito es muy cercana al 100 por cien, lo cual es increíble”, afirmó Trump con entusiasmo durante su presentación. En efecto, tiene razón, es increíble, porque incluso los huthíes logran lanzar misiles balísticos a través del sofisticado escudo Arrow 3 de Israel, desarrollado en conjunto con Estados Unidos (y el territorio estadounidense es 460 veces más grande que Israel).

Un escudo antimisiles incita al adversario a multiplicar sus lanzamientos para aumentar las posibilidades de éxito, que es lo que está ocurriendo actualmente en Oriente Medio, donde los drones y los misiles vuelan formando auténticas bandadas en busca de un mismo objetivo. Se lanzan cien proyectiles confiando en que, al menos, llegará uno de ellos. Es más que suficiente y no hay ninguna “cúpula” que pueda impedirlo.

Rusia descarta la prórroga del tratado sobre reducción de misiles

En una entrevista con la agencia de noticias Tass publicada el viernes, el viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Ryabkov describió la “cúpula dorada” como un elemento “profundamente desestabilizador” que crearía nuevos obstáculos en el camino hacia el control de armamentos.

Es improbable que Rusia y Estados Unidos, cuyas relaciones siguen siendo muy tensas, alcancen un nuevo acuerdo de limitación de los arsenales nucleares, dijo Ryabkov. El actual expira el 5 de febrero del año que viene.

Sus declaraciones se encuentran entre las más pesimistas hasta la fecha de Moscú respecto a las perspectivas de un nuevo acuerdo o la prórroga del ya hay firmado, que limita el número de ojivas estratégicas a 1.550 para cado uno.

En 2023 Putin anunció que Moscú suspendía su participación en las negociaciones de desarme, sin retirarse formalmente del tratado, exigiendo a Washington que pusiera fin a su apoyo a Ucrania y solicitando un acuerdo multilateral que incluyera a Francia y Gran Bretaña.

Si el tratado actual no se prorroga ni se sustituye por otro, puede comenzar una nueva carrera armamentísta en medio de una creciente tensión internacional, con guerras en Ucrania, en Cachemira, en Oriente Medio…

Ryabkov describe las relaciones entre Rusia y Estados Unidos como “simplemente en ruinas”. En el contexto actual, no hay razón para renovar el tratado en su totalidad, dice. “Programas profundamente desestabilizadores como la ‘cúpula dorada’ […] crean obstáculos adicionales, difíciles de superar, para la consideración constructiva de una posible iniciativa en el ámbito del control de armas nucleares”, añadió.

La Federación de Científicos Estadounidenses afirma que si Rusia decidiera abandonar el tratado, podría aumentar su arsenal nuclear hasta en un 60 por cien.

En 1972, en pleno apogeo de la Guerra Fría, Moscú y Washington acordaron limitar el desarrollo de armas estratégicas y el riesgo de escalada mediante la firma del Tratado de Misiles Antibalísticos. Aquello se acabó. Medio siglo después, la carrera de armamentos se ha reactivado.

El estallido de la guerra en Oriente Medio sella la derrota de Ucrania

El estallido de la guerra en Oriente Medio sella la derrota de Ucrania, que ha desaparecido hasta de las noticias, a pesar de que la guerra entre Israel e Irán le concierne directamente. A Zelensky le preocupa el aumento de los precios del petróleo, que va a beneficiar a la economía rusa (1), lo que podría impulsar su esfuerzo bélico.

El Presidente ucraniano exige que no se reduzca la ayuda a Ucrania como consecuencia de la guerra de Oriente Medio, “en un momento en que el apoyo europeo se estanca sin el compromiso estadounidense” (2). Si aún les queda algo en sus arsenales, los países occidentales se lo van a entregar a Israel.

Estados Unidos ha tirado la toalla. No le importan ni Ucrania ni la OTAN. Ahora mismo sus intereses se concentran en Israel. El nuevo jefe del Pentágono, Pete Hegseth, dijo en la reunión de ministros de Defensa de la OTAN: “La razón por la que estoy aquí es para asegurarme de que todos los países de la OTAN entiendan que cada hombro tiene que contribuir, con el 5 por ciento de su PIB, como un reconocimiento de la naturaleza de la amenaza”.

Los principales apoyos de Ucrania son países en bancarrota, como Alemania. Las tropas alemanas han iniciado su primer despliegue permanente en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial. Una unidad de combate pesado de 4.800 soldados y 200 civiles se ha desplegado en Lituania, fronteriza con Rusia.

Pero Alemania atraviesa una crisis histórica. “Se rinden cada vez más empresarios”, advirtió la cadena ARD el pasado mes de mayo. La economía alemana perdió casi 200.000 empresas el año pasado. Los alemanes están “especialmente preocupados por el elevado número de cierres en sectores prometedores” (3), mientras que la industria de armamento, asegura IG Metall, “no es un generador de empleo que pueda reemplazar las inversiones necesarias en infraestructura técnica y social” (4).

El apoyo a Ucrania depende de países europeos en ruinas. Como comentamos ayer, lo mismo que Alemania, en Francia no queda ni un céntimo en la hucha para la compra y producción de nuevas armas. Desde principios de año el Ministerio de las Fuerzas Armadas ha dejado de realizar pedidos a las fábricas militares.

(1) https://abcnews.go.com/International/wireStory/zelenskyy-warns-oil-price-surge-russias-war-effort-122840939
(2) https://www.timesofisrael.com/zelensky-calls-for-aid-to-ukraine-not-to-decrease-in-wake-of-israel-iran-war/
(3) https://www.tagesschau.de/wirtschaft/unternehmen/insolvenzen-hoechststand-100.html
(4) https://www.fr.de/wirtschaft/ig-metall-vorstand-koehlinger-wir-brauchen-impulse-die-wieder-zur-zuversicht-fuehren-93787202.html

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