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Día: 19 de julio de 2024 (página 1 de 1)

Periodista italiana condenada por burlarse de la baja estatura de Meloni

La libertad de expresión es una especie en vías de extinción en Europa. Giulia Cortese, una periodista italiana que se burló en internet de la pequeña estatura de la primera ministra Giorgia Meloni, ha sido condenada a pagar 5.000 euros en concepto de daños y perjuicios.

Meloni, que mide 163 centímetros, asumió el cargo en octubre de 2022. Desde entonces ha llevado a varios periodistas a los tribunales.

Cortese llamó “mujercita” a la dirigente fascista en una publicación en las redes sociales en octubre de 2021, y añadió: “No me asustas. Además, mides 4 pies de altura”.

El comentario fue una respuesta al anuncio de Meloni en Facebook de que había demandado a Cortese por publicar una foto manipulada de la Primera Ministra sentada frente a una fotografía de Benito Mussolini. Meloni, dirigente del partido fascista Fratelli d’Italia, estaba en la oposición en aquel momento.

Sin embargo, el procedimiento relativo a la comparación con Mussolini fracasó porque no constituía un delito, ha declarado Cortese esta mañana.

La periodista confirmó que el tribunal de Milán le había condenado a pagar 5.000 euros a Meloni por difamación. “El gobierno italiano tiene un grave problema con la libertad de expresión y la disidencia periodística”, comentó Cortese.

Meloni también demandó con éxito al periodista y escritor Roberto Saviano por difamación. En diciembre de 2020 el autor del libro “Gomorra” sobre la mafia de Nápoles la llamó “bastarda” en la televisión por su línea dura con los inmigrantes.

En octubre un tribunal le impuso una multa de 1.000 euros, aunque Meloni había solicitado 75.000 euros en concepto de indemnización.

En 2021 Meloni también demandó a dos periodistas del diario Domani por un artículo en el que afirmaba que había intentado utilizar su influencia para obtener, en nombre de un miembro de su partido, el suministro de mascarillas al sistema sanitario italiano.

Alemania: la guerra vuelve a ser el punto de inflexión histórico

En la reciente cumbre de Washington la OTAN ha aprobado el despliegue de misiles de largo alcance con capacidad nuclear en Alemania para 2026. Es una reedición de la crisis de los euromisiles de 1979-1983, un golpe mortal al Tratado INF y una amenaza libre a los rusos.

El principal peligro asociado con el despliegue de sistemas de ataque de largo alcance en Europa Central es su corta duración de vuelo. En la década de los ochenta, cuando Estados Unidos desplegó por primera vez misiles de crucero Pershing y Tomahawk con ojivas nucleares en Alemania occidental, aumentó significativamente los riesgos de una guerra termonuclear con la URSS. Con un tiempo de vuelo a Moscú de entre seis y once minutos, los soviéticos tendrían sólo unos minutos para identificar, analizar y responder a un ataque enemigo, lo que aumentaría significativamente las tensiones y los riesgos de una escalada accidental e irreversible.

Cuarenta años después los riesgos se han multiplicado. La OTAN exacerba las tensiones con Moscú al expandir armas nucleares a las fronteras orientales y librar una guerra total contra Rusia en Ucrania. Además, instala un escudo antimisiles balísticos en Ucrania, Polonia y Rumania.

La previsión de la OTAN es desplegar el misil de crucero “Tomahawk”, con un alcance de hasta 3.500 kilómetros, misiles de defensa aérea adaptados para ataque ofensivo SM-6, con un alcance de 400 kilómetros, y un “misil hipersónico” del que no han proporcionado más detalles por razones obvias: porque aún no han sido capaces de fabricar ninguno.

La mención de los “misiles hipersónicos” muestra que Estados Unidos juega de farol, pero todos saben sus trampas. No van a poder desplegar un misil de ese tipo antes de 2026 porque ninguno ha completado con éxito las pruebas preliminares después de varios años de trabajo.

La manera de ser y estar en Europa es la guerra

El despliegue de tales misiles, tanto los verdaderos como los fantasmagóricos, va más allá de la Guerra de Ucrania y replantea la cuestión del rearme y la guerra en el Viejo Continente. Como siempre desde hace más de un siglo, en el centro está Alemania, un actor clave al que ya le volaron el gasoducto Nord Stream en setiembre de 2022. Pero no aprendió la lección y toma medidas sin precedentes para prepararse para un escenario que alguna vez fue impensable.

Recientemente el ejército alemán confirmó la existencia de un plan denominado “Plan de Operaciones Alemania” (OPLAN DEU) para transformar el país en un verdadero centro logístico capaz de acoger y desplegar rápidamente fuerzas masivas de la OTAN.

La magnitud del operativo es asombrosa. Se habla de la posibilidad de movilizar hasta 800.000 soldados y 200.000 vehículos en caso de guerra contra Rusia.

La movilización alemana es parte de un esfuerzo más amplio de la OTAN. Durante mucho tiempo Alemania ha sido criticada por un insuficiente gasto militar, pero ahora ha dado un giro de 180 grados, descrito como un “Zeitenwende” (punto de inflexión histórico) por el Canciller Olaf Scholz.

La A2, una autopista de 480 kilómetros que cruza Alemania de oeste a este, se transforma en un gigantesco convoy militar. Pero es sólo un elemento de una red compleja: puertos, carreteras secundarias y diversas infraestructuras están integradas en una estrategia general de guerra.

El puente del Elba en Magdeburgo vuelve a ser una infraestructura crítica para la OTAN.

Sin embargo, estas ambiciones enfrentan desafíos concretos. En anteriores entradas hemos expuesto las dificultades para el reclutamiento de tropas, tanto en Alemania como en el resto de Europa.

La preparación alemana se extiende mucho más allá de sus fronteras. Es parte de una vasta red de “corredores terrestres” diseñados por la OTAN para entregar rápidamente refuerzos estadounidenses a posibles campos de batalla en Europa oriental. Desde Rotterdam hasta el Mar Negro, pasando por Italia y los Balcanes, estas rutas estratégicas configuran la nueva geografía militar del continente.

China suspende las conversaciones con Estados Unidos sobre control de armas nucleares

Ayer China anunció la suspensión de las conversaciones con Estados Unidos sobre control de armas nucleares, en represalia por la venta de armas de Washington a Taiwán.

Taiwán no es un Estdo independientes sino una provincia de China, un estatuto internacional reconocido por Estados Unidos, que no puede vender armas a Taiwan de la misma manera que China tampoco puede hacerlo con Hawai.

Se llama principio de no injerencia en los asuntos internos de otros Estados.

En junio Estados Unidos aprobó dos ventas de material militar a Taiwán por un valor total de unos 300 millones de dólares.

Durante una rueda de prensa, un portavoz de la diplomacia china, Lin Jian, indicó que “durante las últimas semanas y meses, a pesar de la firme oposición de China y las repetidas protestas, Estados Unidos continuó vendiendo armas a Taiwan y cometiendo actos que socavan gravemente la confianza mutua entre China y Estados Unidos”.

Por eso China “decidió suspender las discusiones con Estados Unidos sobre una nueva ronda de consultas sobre control de armas y no proliferación. La responsabilidad recae enteramente en Estados Unidos”, afirmó Lin Jian.

En noviembre del año pasado, China y Estados Unidos celebraron consultas reservadas sobre control de armas y no proliferación en Washington.

El gobierno de Washington se basa en un informe solicitado por el Congreso, en el que el Pentágono estimaba en octubre del año pasado que China estaba desarrollando su arsenal nuclear más rápidamente de lo que Estados Unidos había previsto.

Según estimaciones del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, Estados Unidos tiene alrededor de 3.700 armas nucleares y Rusia 4.500, frente a 410 de China.

“China está dispuesta a mantener comunicación con Estados Unidos sobre el control internacional de armas de acuerdo con los principios de respeto mutuo, coexistencia pacífica y cooperación para beneficio mutuo, pero Estados Unidos debe respetar los intereses fundamentales de China y crear las condiciones necesarias para el diálogo y los intercambios”, concluyó Lin Jian.

Los trabajadores mexicanos del metal continúan la huelga desafiando a los sindicatos

El 24 de mayo 3.500 trabajadores de la acería ArcelorMittal en Lázaro Cárdenas, México, un puerto del Pacífico en el estado de Michoacán, se declararon en huelga. Colocaron banderas en la entrada principal de la fábrica y bloquearon el acceso. También bloquearon el complejo minero Las Truchas, ubicado a 27 kilómetros de la fábrica.

ArcelorMittal, fundada por el magnate indio Lakshi Mittal, alguna vez clasificado por Forbes como el sexto hombre más rico del mundo y miembro de la junta directiva de Goldman Sachs, es la segunda empresa siderúrgica más grande del mundo. Ocupa el puesto 197 en la lista Fortune Global 500 de 2022 de las empresas más grandes del mundo, está valorada en aproximadamente 94.000 millones de dólares y obtuvo beneficios de 4.900 millones de dólares el año pasado.

La huelga fue declarada por la Sección 271 del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, comúnmente conocido como “Los Mineros”. Se inició debido al pago insuficiente de la participación en las ganancias adeudados a los trabajadores según la ley mexicana. Se trata de un problema recurrente que provocó una huelga de corta duración hace dos años. Los trabajadores también exigen el pago de una bonificación obligatoria.

La planta tiene 8.000 empleos directos y hasta 50.000 indirectos y produce el 30 por ciento del acero para el mercado mexicano. Abastece a industrias clave como la construcción, la automoción y la fabricación de electrodomésticos. El cierre de la producción, a su vez, afecta a la cadena de suministro estadounidense.

ArcelorMittal afirma que los bloqueos han provocado importantes pérdidas de producción, del orden de 500.000 toneladas de acero, y daños a su alto horno principal. Tres tribunales laborales han declarado que la huelga es ilegal. Pero los trabajadores han continuado. Ahora está prevista una audiencia sobre su legalidad para el 8 de agosto ante un Tribunal Constitucional.

Las sentencias de los tribunales también bloquearon la detención de nueve trabajadores procesados ​​por la empresa por iniciar la huelga.

La empresa ha amenazado con despedir masivamente a los huelguistas y anular por completo el convenio colectivo. Pero es un farol. El 8 de julio hizo una serie de concesiones. Primero pagar los beneficios adeudados a los trabajadores que determine un organismo independiente para el año 2021 y someter el asunto para los años 2022 y 2023 a un interventor elegido por el Ministerio del Trabajo y Previsión Social para los años 2023 y 2024.

Además, se compromete a pagar una cantidad neta de 40.000 pesos (2.056 euros) a cada trabajador, que se repartiría la mitad en bonos y la otra mitad en efectivo, y que también se concedería a los afiliados a los secciones 272 y 336 del sindicato.

Finalmente, cubre el 75 por ciento de los salarios por los días no trabajados por los huelguistas, retroactivo al 24 de mayo y se compromete a no presionar a los trabajadores ni a tomar represalias derivadas de la huelga.

Al día siguiente los trabajadores rechazaron la oferta de la empresa y queda por ver si hará concesiones adicionales.

Un sindicato podrido y vendido hasta el tuétano

Como acostumbra, el sindicato ha tenido un comportamiento vergonzoso. Se opuso a la huelga ya el 24 de mayo y la semana pasada solicitó la aceptación de la propuesta de la empresa, de la que -sin duda- era coautor.

El sindicato está dirigido por el infame Napoleón Gómez Urrutia, quien huyó de México durante 10 años tras acusaciones de malversación de 55 millones de dólares del sindicato.

Gómez Urrutia tiene una larga historia de colusión con el gobierno mexicano para suprimir beneficios, pensiones y salarios para los trabajadores mineros y siderúrgicos mexicanos.

El Sindicato de Mineros ha estado asociado durante años con el Centro de Solidaridad AFL-CIO, un instrumento de larga data para expandir el control del imperialismo estadounidense sobre los sindicatos y las luchas de los trabajadores en el extranjero. Gómez Urrutia es presidente desde hace mucho tiempo de la Confederación Internacional de Trabajadores (CIT), que tiene vínculos con los principales sindicatos de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, como la AFL-CIO y el USW (United Steel Workers), el sindicato siderúrgico británico.

También apoyó la campaña presidencial de 2017 de López Obrador. Se postuló y se convirtió en senador del Congreso por el partido Morena de López Obrador en 2018 y ejerció como presidente de la Comisión de Trabajo y Protección Social y secretario de la Comisión de Economía.

Gómez Urrutia ha estado presionando para reunirse con la recientemente electa presidenta de México, del partido Morena, Claudia Sheinbaum, en las últimas semanas, probablemente para buscar su influencia para poner fin a la huelga, pero sin éxito. En la prensa mexicana se especula que esto puede deberse en parte al hecho de que el nuevo cabecilla de los diputados de Morena, Ricardo Monreal, tiene otros contactos importantes en la burocracia sindical que se oponen a Gómez Urrutia.

En 2019 López Obrador se reunió personalmente con el dueño de la siderurgia, Lakshmi Mittal, para agradecerle por prometer invertir mil millones de dólares adicionales en Lázaro Cárdenas.

La huelga de los mineros se encuentra en una encrucijada peligrosa, ante la amenaza de un fallo que favorezca la confianza y represalias que les costarán sus salarios. Basta recordar los miles de despidos que se produjeron tras la ola de huelgas salvajes en Matamoros en 2019, después de que las empresas se comprometieran a no tomar represalias.

Los huelguistas deben evitar que su lucha se subordine a los cálculos venales de cualquier facción de la burocracia sindical, cuyos privilegios están vinculados en última instancia a la obtención de favores de las multinacionales, el gobierno y el imperialismo. No se puede confiar en estos lacayos de las grandes empresas.

Se deben formar comités de huelga inmediatamente bajo el control democrático de los propios trabajadores de base. Estos comités deberían supervisar todas las negociaciones y votaciones sobre los acuerdos, y exigir lo que los trabajadores realmente necesitan.

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