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Día: 14 de octubre de 2021 (página 1 de 1)

El ejército canadiense dirigió la campaña de propaganda durante la pandemia

La pandemia ha sido una de las más intensas campañas de propaganda que ha conocido la historia, mayor que las de tiempos de guerra, incluidas las dos guerras mundiales del siglo pasado. En Canadá dicha campaña ha sido dirigida por el ejército, con el CJOC (Mando de Operaciones Conjuntas) al frente, dirigido entonces por el teniente general Mike Rouleau.

Blanco y en botella: hemos sido víctimas una guerra que tenía más que ver con la población propia que con los virus. El CJOC reconoce que la intoxicación propagandística era necesaria para evitar la desobediencia civil de los canadienses y reforzar los mensajes del gobierno. Vamos hacia una militarización de la sociedad civil.

El general Jon Vance, entonces Jefe del Estado Mayor de la Defensa, detuvo la iniciativa propagandística del CJOC después de que varios de sus asesores cuestionaran el plan. Vance llamó entonces al general de división retirado Daniel Gosselin para que investigara por qué el CJOC desató una operación de propaganda dirigida contra la propia población.

La investigación de Gosselin está fechada el 2 de diciembre del año pasado y la ha publicado el periódico National Post (*). El plan del CJOC se basaba en técnicas publicitarias similares a las utilizadas durante la guerra de Afganistán. Consistió en “dar forma” y “explotar” la información.

Gosselin revela que el plan no era simplemente el fruto de especialistas en propaganda militar “apasionados”, sino que el recurso a operaciones de información muestra “claramente una mentalidad que impregna muchos niveles del CJOC”. Sus miembros consideraron la pandemia como una “oportunidad única” para ensayar dichas técnicas entre la población canadiense.

El contralmirante Brian Santarpia, entonces Jefe de Estado Mayor del CJOC, resumió la actitud del mando de la siguiente manera: la pandemia “es una oportunidad de aprendizaje para todos nosotros y una oportunidad para empezar a integrar las operaciones de información en nuestra rutina”.

El mando militar la consideraba como “una oportunidad para supervisar y recopilar información pública para mejorar la concienciación para una mejor toma de decisiones del mando”, dice Gosselin, quien también señala que el personal del CJOC tenía una “palpable actitud despectiva” hacia los consejos y las preocupaciones planteadas por otros jefes militares.

Una iniciativa separada, no vinculada al CJOC, pero supervisada por oficiales de inteligencia del ejército, recogió información sobre las redes sociales en Ontario. Pusieron en marcha un plan propagandístico para cambiar las actitudes y comportamientos de los canadienses, así como recoger y analizar la información de las redes sociales.

También recopilaron datos sobre las manifestaciones de Black Lives Matter y sus dirigentes. Los oficiales superiores dijeron que la información era necesaria para garantizar el éxito de la Operación Láser, la misión del ejército para ayudar a los ancianos afectadas por el confinamiento en los asilos y contribuir a la distribución de vacunas en algunas localidades del norte.

Los dirigentes de Black Lives Matter cuestionaron que los militares reunieran información por su cuenta, señalando que se portaron bien y siempre respetaron las normas disciplinarias de la pandemia.

En su informe Gosselin exculpa al gobierno, que no autorizó la campaña. Los mandos militares creían que no necesitaban obtener la aprobación de la autoridad civil para desarrollar su plan. Sin embargo, el ejército canadiense reconoce que “las políticas y doctrinas de operaciones de información y de objetivos están destinadas a los adversarios y tienen una aplicación limitada en el ámbito nacional”.

Para forzar el confinamiento domiciliario, en septiembre del año pasado los militares falsificaron una carta del gobierno de Nueva Escocia en la que se advertía de la presencia de lobos sueltos en una zona concreta de la provincia. La carta se distribuyó entre los vecinos para que permanecieran encerrados en sus domicilios, lo que provocó llamadas de pánico a los funcionarios, que no sabían que los militares estaban detrás del engaño.

Como en otros países, en Canadá el ejército está implementando estrategias agresivas propias de la guerra de la información y tácticas para influir en los canadienses. Estas tácticas incluyen el uso de analistas de defensa y generales retirados para difundir mensajes de relaciones públicas militares y criticar a quienes plantean cuestiones sobre el gasto militar.

El ejército canadiense ha gastado más de un millón de dólares para formar a los oficiales en las mismas técnicas de modificación del comportamiento que utilizaba la empresa Cambridge Analytica, implicada en varios escándalos de manipulaciones electorales.

Hace varios meses, el Jefe del Estado Mayor de la Defensa en funciones, el general Wayne Eyre, y la viceministra de Defensa, Jody Thomas, reconocieron en un documento interno que las iniciativas de propaganda se les habían ido de las manos. Una nota de 9 de junio de este año, firmada por Eyre y Thomas, admite “la realización de OI (operaciones de información) como parte de una operación nacional sin dirección o autoridad explícita del CDS/DM para hacerlo, así como la producción no sancionada de informes que parecían estar dirigidos a vigilar las actividades de los canadienses”.

(*) https://nationalpost.com/news/national/defence-watch/military-leaders-saw-pandemic-as-unique-opportunity-to-test-propaganda-techniques-on-canadians-forces-report-says/

En Japón no ha habido confinamiento ni tampoco pandemia

Las cifras demuestran que en el sudeste asiático tampoco ha habido pandemia. Incluso en países como Taiwán la mortalidad se redujo el año pasado. Los que esperaban otra cosa se estrujan los sesos para buscar explicaciones. Cualquier cosa antes que reconocer su error.

Como ya hemos expuesto en otras entradas anteriores, en Japón ha habido más muertes por suicidio que por coronavirus (18.000), especialmente preocupante ente los jóvenes, a causa del cierre de las escuelas y colegios.

La baja tasa de mortalidad de Japón sorprende a los “expertos” porque el gobierno de Tokio no adoptó prácticamente ninguna medida de restricción sanitaria, excepto el cierre de fronteras, que no explica nada porque, a pesar de tener a China muy cerca, los pocos casos reconocidos han tenido un origen interno.

Este verano pasado el país celebró los Juegos Olímpicos sin que se apreciara ningún cambio en el patrón de contagios, enfermedades o muertes. Los hospitales no se colapsaron, ni con los autóctonos ni con los foráneos.

También celebraron fiestas multitudinarias en la calle, como en marzo la de los cerezos en flor, que congrega a miles de personas en las calles.

El crucero Diamond Princess, del que ya nadie se acuerda, estaba atracado en el puerto de Yokohama al comienzo de la pandemia, es decir, que Japón tenía todos los ingredientes para haber padecido una pandemia de vastas proporciones… si la teoría fuera correcta.

Japón no ha conocido el confinamiento domiciliario y este año cerró durante 112 días los negocios. Por lo tanto, si la teoría del contagio fuera correcta, el año pasado las cifras de la pandemia se hubieran disparado. No fue así.

Japón tiene una de las poblaciones más envejecidas del mundo, sin que la pandemia haya tenido ningún efecto visible entre los ancianos.

La concentración de la población y el hacinamiento en grandes ciudades también es muy elevada en Japón.

Los japoneses tienen un elevado índice de consumo de tabaco, lo que no ha redundado en una enfermedad caracterizada como respiratoria.

La campaña de vacunación no era necesaria en absoluto.

Las explicaciones de los expertos de pacotilla son un chiste. Se han olvidado de que cuando los hechos no confirman una hipótesis, hay que descartarla y cambiarla por otra.

Argelia financiará la llegada a Mali de los mercenarios rusos

Argelia ha decidido ayudar a la Junta Militar de Mali a financiar la llegada a su país de un millar de mercenarios rusos de la empresa privada Wagner, según Algerie Part, un medio cercano a la seguridad argelina.

En tablero saheliano y norteafricano comienza a definirse: Francia se aleja de Argelia, o lo que es lo mismo, se acerca a Marruecos y Rusia desembarca, no sólo en Mali, sino también en Argelia.

El panorama se completa con las acusaciones de la Junta maliense sobre el apoyo de Francia a los yihadistas, de la que ya hemos hablado en otra entrada. El gobierno de Argel y la Junta de Bamako comparten más de 1.300 kilómetros de fronteras desérticas y coinciden en su deseo de perseguir a los yihadistas hasta sus guaridas más recónditas.

Argelia ha roto sus relaciones diplomáticas con Marruecos, donde sospechan que Wagner adiestraría a una fuerza de élite compuesta por militantes del Frente Polisario y ciertas milicias tuaregs con el fin de llevar a cabo operaciones relámpago contra el muro de defensa marroquí.

El gobierno de Argel ha cerrado el espacio aéreo a los aviones militares franceses. Por su parte, París arremete contra Argelia y deja en mal lugar al presidente Tebboune, interlocutor privilegiado del Elíseo desde su elección hace dos años.

El plan francés para crear un eje diplomático entre París y Argel capaz de someter a Mali y Libia tras la salida de las tropas francesas del Sahel, ha fracasado.

De rebote, las relaciones entre los marroquíes y los rusos están en su punto más bajo.

“Las autoridades argelinas han puesto en marcha en secreto un proceso de negociaciones para forjar una alianza más profunda con los militares malienses. Para ello, Argelia ha informado a la junta maliense de que incluso está dispuesta a financiar parte del acuerdo de seguridad que los militares malienses quieren concluir con los militares rusos de la empresa privada Wagner”, dice Algeria Part.

El pasado mes de septiembre se iniciaron conversaciones extraoficiales para proponer a los militares malienses una participación argelina en la financiación del acuerdo con la empresa militar Wagner.

Argelia está dispuesta a financiar entre el 50 y el 70 por ciento del acuerdo con Wagner para entrenar y equipar a un ejército maliense, que está en guerra contra varios grupos islamistas armados que hacen estragos en las vastas regiones del norte del país. Además, los rusos se ejercerían labores de protección personal de los miembros de la Junta Militar de Mali.

La agencia Reuters reveló que el grupo Wagner cobraría unos 9,15 millones de euros al mes por sus servicios en Mali.

(1) https://mondafrique.com/lalgerie-financerait-leffort-de-guerre-des-mercenaires-russes-au-mali/
(2) http://www.maghreb-intelligence.com/lalgerie-finance-linstallation-des-mercenaires-russes-wagner-au-mali-en-contrepartie-dune-discrete-aide-militaire-au-polisario/

Quién va a pagar el precio del ‘covid’ y cómo se lo van a hacer pagar

El misticismo medieval pobló las cabezas de millones de personas con relatos de vírgenes, santos y milagros, mientras el misticismo contemporáneo es económico, e incluso estadístico, lleno de cifras, números y porcentajes. Hoy los milagros son económicos.

Pero en esencia ambos son iguales, fábulas que se resumen en clichés, como el de “la salud está por encima de la economía”. Los que opinan así deberían preguntarse por qué los trabajadores acuden puntualmente a su puesto de trabajo con fiebres, dolores y lesiones.

Otra de las fábulas que quedará para siempre en la mística moderna es “la crisis del covid”, una consigna en la que el famoso “covid” dejará de tener un significado sanitario y empezará a tenerlo económico, porque no hay manera de que la humanidad se libere de los grilletes de la economía: “Te ganarás del pan con el sudor de tu frente”.

Pronto las facultades de economía empezarán a enseñar a los alumnos que “la crisis es consecuecia del covid” porque lo más ilógico es darle una vuelta de 180 grados al asunto, poniendo el efecto como causa (y al revés).

Si, como decía Marx, hay capitales ficticios, también hay mercancías ficticias, como el “covid”, que tienen su precio (“coste” lo llaman) y que deben pagar los trabajadores, naturalmente, pero también los capitalistas.

La diferencia es que los capitalistas siempre, tarde o temprano, recuperan dicho precio a costa de los trabajadores, por lo que éstos siempre pagan en última instancia todos los gastos.

Lo mismo ocurre a escala internacional. Unos países pretenden resarcirse del “covid” a costa de otros y para eso los “expertos sanitarios” deben dejar su sitio a los “expertos económicos”.

“Las perspectivas [económicas] para los países de bajos ingresos se han oscurecido considerablemente”, dijo el martes Gita Gopinath, economista jefe del Fondo Monetario Internacional en una rueda de prensa donde habló de vacunas y del PIB mundial con la misma desenvoltura.

Lo que Gopinath quería reconocer es que el precio de la pandemia lo van a pagar “los países de bajos ingresos”, es decir, justamente aquellos que no tienen dinero para pagar. Ese tipo de países se convertirán en un fardo que frenará el crecimiento mundial.

El capitalismo podría crecer más y más rapidamente, pero en todas partes la miseria y los miserables lo impiden. Por eso los “expertos” como Gopinath tienen que rebajar las expectativas. La reducción a la baja es “marginal”, dijo Gopinath, “pero oculta revisiones significativas para algunos países”.

La economista también se refirió a la “interrupción de la cadena de suministros”, es decir, al cierre de puertas en el mercado mundial con el mismo pretexto de siempre, la pandemia. Las puertas se cerraron y aún no se han abierto, o al menos siguen entornadas. Es otra de las causas de la reducción de las expectativas que los capitalistas tenían sobre la llegada de la “nueva normalidad”.

El banco Goldman Sachs reduce las previsiones de crecimiento para Estados Unidos del 5,6 al 4 por ciento para el año que viene.

Alemania reduce sus propias previsiones de crecimiento a 2,4 para este año a causa de la “interrupción de la cadena de suministros”.

El Banco Central Europeo prepara un programa de urgencia (otro más) para rescatar a Italia de la quiebra. El dinero de la pandemia ya se ha acabado y hace falta más.

Junto con Grecia, España es el país donde más ha crecido la deuda, tanto pública como privada, desde la pandemia. La deuda pública ha pasado de representar un 95 por ciento del PIB en 2019 a un 125 por ciento este año.

En el mundo la deuda triplica el PIB en un momento en el que los tipos de interés comienzan a subir.

Es posible que se acuerden de aquellos tiempos en los que, por imposición de Bruselas, se llegó a cambiar la Constitución para impedir un déficit por encima del 3 por ciento del PIB. Pues sepan que el año pasado todos los países de la Unión Europea tuvieron déficits superiores, excepto Dinamarca.

Sabemos quiénes van a pagar el precio del “covid”, los trabajadores y jubilados, y estamos casi convencidos de cómo se lo van a hacer pagar: reducciones salariales, horas extras, precariedad, recortes, privatizaciones, precariedad… Lo mismo de siempre pero a lo bestia.

Corea del norte en ‘El juego del calamar’

La serie de Netflix “El juego del calamar”, una producción surcoreana de 9 capítulos, se ha convertido en todo el mundo en la más vista de la plataforma. Es como los libros más vendidos o las películas más taquilleras: por sí mismo no significa que sean buenas, pero tampoco lo contrario.

Estrenada el mes pasado, la serie muestra una evidencia de la sociedad surcoreana actual y, por extensión, del capitalismo, donde los estragos van más allá de la miseria. Los protagonistas no sólo no tienen nada, sino que están esclavizados por las deudas.

Entre casi 500 concursantes, sólo uno puede ganar un premio de 40 millones de dólares que le sacará de la bancarrota. Basta ganar en varios juegos infantiles que todos los niños del mundo conocen y pueden practicar.

Como no puede ser de otra forma, entre los participantes hay una norcoreana, Kang Sae-byeok, que ha huido al sur y, aunque el resto del mundo crea otra cosa, el norte no es tan hermético como dicen los medios por aquí; también están viendo la serie y también es un éxito.

Por eso los medios del norte la están comentando. El sitio norcoreano Arirang Meari afirma que la serie muestra una “sociedad desigual donde las personas sin dinero son tratadas como piezas de ajedrez por los ricos”.

“Hace que la gente se dé cuenta de la triste realidad de la bestial sociedad surcoreana, en la que los seres humanos se ven empujados a una competencia extrema y su humanidad está siendo aniquilada”, apunta un artículo de Arirang Meari.

En febrero del año pasado un diario pronorcoreano de Japón elogió los Óscar logrados por la película surcoreana Parasite, a la que calificó como una obra maestra que “expuso crudamente la realidad” de la brecha entre ricos y pobres en el sur de la península.

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