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Día: 18 de septiembre de 2020 (página 1 de 1)

Cuatro consultoras privadas ejercerán de «hombres de negro» de cara al rescate de la Unión Europea a España

El diseño del rescate que el gobierno de Pedro Sánchez enviará a Bruselas el 15 de octubre tendrá la firma de las cuatro grandes firmas de consultoría del mercado (las conocidas como Big Four), es decir, Deloitte, PricewaterhouseCoopers, Ernst & Young y KPMG, según publica hoy “El Confidencial”. Estas son las cuatro consultoras preferidas por la Comisión Europea, que están unidas por unas descaradas puertas giratorias. Leer más

También en África lo que ha causado estragos en la población ha sido el confinamiento y no el coronavirus

En África la pandemia ha funcionado de manera parecida a otros lugares. Ha habido muchos más histéricos que enfermos. Las previsiones también eran aterradoras para unos sistemas de salud inexistentes o en manos de “benefactores” extranjeros, es decir, del colonialismo sanitario. Los cadáveres se iban a amontonar en las calles.

Los augurios más optimistas del Imperial College de Londres predijeron “sólo” 300.000 muertes. Los “expertos” de la Organización Mundial de la Salud volvieron a hacer el ridículo: 10 millones de “casos” en seis meses (1).

Muchos países africanos adoptaron medidas draconianas para ganarse el favor de las instituciones financieras internacionales, como el Banco Mundial. Si no confinaban no había más dinero. También debían agradar a las multinacionales farmacéuticas y las ONG para que el dinero y los equipos sigan llegando.

Otros lo hicieron por imitar lo que hacían sus amos, e incluso trataron de apretar aún más la soga. Cerraron las fronteras, las escuelas, los negocios y los barrios populares. Impusieron toques de queda y prohibieron las reuniones y celebraciones colectivas.

En Uganda paralizaron hasta el funcionamiento del transporte público. El gobierno de Kampala realizó más de 350.000 pruebas de coronavirus. Las previsiones eran de 68.000 muertes si no tomaban ninguna medida y el balance real es de… 60 muertes (2) para una población del tamaño de España.

Un continente con una población de 1.300 millones de habitantes ha tenido menos muertes atribuidas al virus que Reino Unido. No es posible hablar en serio de epidemia con cifras de esa escala, por lo que hay que volver a analizar el reverso, los estragos de las medidas represivas aprobadas, con la advertencia de que el impacto del confinamiento en cualquier africano es considerablemente peor que en un país europeo.

En África se ha vuelto a cumplir el viejo principio sanitario de que es peor el remedio que la enfermedad.

El confinamiento ha multiplicado exponencialmente el hambre, las muertes por hambre y las enfermedades asociadas al hambre, que son fácilmente olvidables cuando sólo se habla de una única enfermedad.

En Uganda, donde no hay ninguna epidemia, las fronteras siguen cerradas, lo mismo que el toque de queda. El presupuesto de salud se consumió en sólo tres meses.

Como en el resto de África, la atención exclusiva al coronavirus impide la detección y tratamiento de otras enfermedades, como la malaria o la tuberculosis. En Angola contabilizan 126 muertes atribuidas al coronavirus, lo que contrasta con las 2.500 muertes por paludismo en el primer trimestre de este año.

La mortalidad maternal se ha disparado instantáneamente, pasando de 92 muertes en enero a 167 en marzo.

El temor es que más personas mueran por otras enfermedades diferentes del monotema pandémico de la OMS.

Lo mismo que en los demás países histerizados, los suicidios se han disparado. En países como Angola, Kenia y Uganda, la policía ha matado a las personas para imponer el toque de queda y otras han sido golpeadas y tiroteadas. La policía es más peligrosa que cualquier pandemia.

En Malawi la pandemia llegó en pleno periodo electoral y el gobierno quiso utilizar el confinamiento para impedir su celebración. Las protestas lograron que se pudieron celebrar mítines multitudinarios.

Los modelos de los “expertos” de pacotilla auguraban que sin confinamiento habría a 16 millones de infecciones, 483.000 hospitalizaciones y 50.000 muertes. Hasta la fecha sólo se han contabilizado 176 defunciones.

También han tenido la fortuna de realizar pocos tests, por lo que se han producido muy pocos ingresos hospitalarios.

En Malawi también han descubierto que el coronavirus no nada nuevo, como dijeron al principio los “expertos”, porque la población ya estaba inmunizada de manera natural por una exposición previa a resfriados y gripes comunes.

En África ocho de cada diez personas trabajan por cuenta propia, sobreviven con ingresos marginales como vendedores ambulantes o jornaleros. Si los estragos del confinamiento no han sido mayores es porque muchos de ellos se lo han saltado y han seguido trabajando clandestinamente.

Los efectos a largo plazo de los toques de queda se harán sentir próximamente. Una organización benéfica estadounidense predice 2,3 millones de muertes infantiles debido al hambre y a la interrupción de los servicios durante el confinamiento. En las clínicas de Zimbabwe han disminuido los nacimientos en más de una quinta parte, lo que podría dar lugar a 12.200 muertes maternas adicionales (3), ya que las mujeres tienen más probabilidades de morir en el parto por complicaciones si no están en un entorno médico.

La OMS augura que este año se producirán 200.000 muertes adicionales por tuberculosis.

El paludismo (y no el coronavirus) es la principal causa de muerte en el África subsahariana. Un artículo de Nature Medicine, escrito por los fantoches del Imperial College de Londres, predice que este año se duplicarán las muertes por paludismo: “Sólo en Nigeria, la reducción de la gestión de casos durante seis meses y el aplazamiento de las campañas de utilización de mosquiteros tratados con insecticidas de larga duración podrían provocar otras 81.000 muertes”.

El confinamiento es una medida brutal, y no sólo para África. Sus consecuencias se seguirán padeciendo a largo plazo, incluso cuando al mundo se le haya pasado la histeria y quiera olvidarse de ello.

(1) https://www.aljazeera.com/news/2020/04/africa-coronavirus-cases-hit-10-million-months-200417055006127.html
(2) https://www.worldometers.info/coronavirus/country/uganda/
(3) https://www.thelancet.com/journals/langlo/article/PIIS2214-109X(20)30229-1/fulltext

El metilfenidato no es suficiente (la continua invención de nuevas enfermedades)

Distopía: Del lat. mod. dystopia, y este del gr. δυσ- dys- “dis-2” y utopia “utopía”. 1. f. Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana (Dicccionario de la Real Academia Española)

Jörg Blech, licenciado en Biología y Bioquímica, escribió en el 2003 un interesante libro llamado “Los inventores de enfermedades, cómo nos convierten en pacientes”.

Para que de entrada, a los amantes distópicos pandémicos no les salga la bilis por la boca, vale la pena citar unas palabras que el autor inserta en el prólogo: “No estoy en absoluto en contra de la medicina moderna. Me vacuno contra la gripe y cumplo las pautas de prevención contra el cáncer. El dilema radica en que la medicina ha ampliado su radio de acción de tal forma que se hace cada vez más difícil identificar la propia salud. Lo escribí porqué quiero seguir siendo una persona sana”.

Entre las variadas invenciones de enfermedades, en su análisis centrado básicamente en Alemania, establece con meridiana claridad los intereses económicos de las multinacionales farmacéuticas con los acuerdos que se toman en distintos congresos aparentemente “científicos” en los cuales, de un día para otro, como en el caso de la hipertensión arterial que la Asociación Alemana de la Hipertensión compuesta por médicos y empleados de empresas farmacéuticas pasó los valores históricos de 160–100, a 140-90, y de este modo en un solo día se triplicaron los “enfermos” sujetos a medicación.

Del mismo modo, siguiendo los mismos pasos amparados en diversos “congresos científicos” se han ido inventando miles de enfermedades o, en algún caso se han “desinventado” como la homosexualidad que a partir del año 1974 en la Asociación Americana de Psiquiatría se decidió, mediante votación, que no era una enfermedad y de este modo de un día para otro se “curaron” millones de personas. Podríamos seguir con las aberraciones de las sociedades de pediatría que en los años 50 y 60 aseguraban “científicamente pagados por las multinacionales” (Nestlé en primer lugar) que la leche materna era transmisora de enfermedades y lo mejor era la leche en polvo para los recién nacidos.

Podríamos seguir con la patologización de los ciclos naturales en las mujeres y recientemente con la invención de la andropausia para los hombres.

De todo ello, si hay algo que clama justicia es el invento del SHDA o, en español, Trastornos por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

José Ramón Ubieto, psicoanalista y profesor de la Universitat Oberta de Catalunya, y Marino Pérez, catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo, escribieron en 2018 el libro Niñ@s hiper, en el cual denunciaron que “poniendo una etiqueta de TDAH en todo el movimiento infantil hemos hecho del TDAH una epidemia”. Epidemia de la cual son víctimas más de 250.000 menores en España, y la cifra va en constante aumento, según el Instituto Nacional de la Seguridad Social.

La situación en Estados Unidos en la última década los casos han aumentado un 53 por ciento y el TDAH se sitúa como el segundo diagnóstico más frecuente en menores, donde el 20 por ciento de los estudiantes de secundaria están diagnosticados como a tales. Este aumento de diagnósticos ha puesto en alerta a psiquiatras y psicólogos de este país, que consideran que “las cifras de diagnóstico son un desastre nacional de proporciones peligrosas” (1).

José Ramón Ubieto, en el citado libro, argumenta que “la prescripción médica depende en muy buena medida de los servicios de orientación y salud mental, quienes normalmente reciben un informe de la escuela en el que se describe un posible caso de TDAH… Hay alternativas a la medicación para el TDAH”, que se debería abordar desde la Psicología para reconducir conductas y “analizando el contexto escolar específico”, ya que la prevalencia actual del TDAH “disminuiría sólo modificando las estrategias educativas, como que no se pida a los niños que estén 50 minutos sentados en una silla y concentrados”.

Asimismo afirma que la medicación para el TDAH “tiene efectos secundarios en la salud como problemas en las arterias, riesgo cardiovascular, dificultad para ganar peso y retraso del crecimiento, además de una percepción de pérdida de responsabilidad de la persona ante dificultades”.

Con anterioridad, en 2014, Marino Pérez, Catedrático de Psicopatología, Héctor González Pardo, Doctor en Biología, ambos de la Universidad de Oviedo, y el psicólogo Fernando García de Vinuesa editaron un interesante libro: “Volviendo a la normalidad”, en el cual desmitificaron de forma contundente el Trastorno por Déficit de Atención con y sin hiperactividad y el Trastorno Bipolar infantil. Lo que sí que existe, y es a su juicio muy preocupante, es el fenómeno de la “patologización de problemas normales de la infancia, convertidos en supuestos diagnósticos a medicar” , concluyendo que el TDAH es un diagnóstico que carece de entidad clínica, y la medicación, lejos de ser propiamente un tratamiento es, en realidad, un dopaje.

Pero las estructuras corporativas como la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, ya en el año 2007, cuando publicaron “La intervención de los trastornos mentales” acusó a dichos científicos de “inmorales” por contradecir las versiones oficiales ordenadas por la industria químico-farmacéutica. Industria que alarga sus tentáculos a miembros de comités científicos de asociaciones como la FEAADAH algunos de los cuales han estado financiados por de AstraZeneca, Lilly, Esteve, Bristol-Myers Squibb, Janssen-Cilag, Pfizer, GlaxoSmithKline, Janssen-Cilag, Novartis y Solvay.

En 2013 en el I Encuentro de Investigación Traslacional en Enfermedades Mentales y Neurodegenerativas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, los principales ponentes, eran tanto representantes de la industria farmacéutica como de la sanidad. Concluye la información sobre el citado evento: “Para todos los asistentes, este congreso les permitirá actualizarse en materia de innovación terapéutica, aprender qué se está haciendo, cómo y dónde se está desarrollando y cuándo estará disponible en el mercado” (2).

Volviendo al TDAH, el milagro que según los educadores que prefieren a los niños y niñas quietecitos y sin rechistar sentaditos en su silla, es una droga cuyo principio activo es el metilfenidato, droga que sin el más mínimo pudor “aconsejan” y así lo plasman en un informe escolar que luego irá a parar a manos de cualquier médico del servicio nacional de salud o de una consulta privada, los cuales expenderán la correspondiente receta junto a las instrucciones para la drogadicción de los menores, sin el más mínimo escrúpulo.

Aunque, si tuvieran aunque solo fuera la curiosidad de leer atentamente las 17 páginas de la Ficha Técnica sobre el metilfenidato elaborada por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad en su última revisión de 14 de mayo de 2018, encontrarían que: “… Se desconoce la etiología específica de este síndrome (TDAH), y no existe una única prueba diagnóstica… Para un diagnóstico adecuado es necesario recurrir a la psicología clínica y especializada, y a los recursos sociales y educativos… La seguridad y eficacia del uso de metilfenidato a largo plazo no se ha evaluado de forma sistemática en estudios controlados… Se desconocen las consecuencias clínicas a corto y largo plazo de estos efectos cardiovasculares en niños y adolescentes, pero, por los efectos observados en los datos de ensayos clínicos, no se puede descartar la posibilidad de complicaciones clínicas… Efectos hematológicos. La seguridad del tratamiento con metilfenidato a largo plazo no se conoce totalmente…”

En la misma Ficha Técnica, podemos leer las reacciones adversas de la citada droga, entre las cuales consideradas como muy frecuentes está la cefalea y como frecuentes están: mareo, taquicardia, arritmia, dolor faringolaríngeo, diarrea, boca seca, artralgia, hipertensión, tos, nasofaringitis, pérdida de apetito, reducción moderada de aumento de peso y altura… y en cuanto al tratamiento para posibles intoxicaciones se remarca “el mantenimiento de una circulación y un intercambio respiratorio adecuados”.

A pesar de estas aseveraciones, la presión de los laboratorios farmacéuticos y sus acólitos continúan la campaña de intoxicación en la cual, al parecer, se sienten “liberados” maestros y padres. Podríamos llegar a la conclusión que el metilfenidato es un bálsamo para estos docentes y padres descerebrados, a costa de la salud de sus pupilos e hijos.

Dicho esto, al parecer, no es suficiente para adiestrar a los niños y niñas, ya no basta con que estén quietecitos y adormilados, sino que además ahora, la pandemia coronavírica, con una total semejanza a las manipulaciones sobre el TDAH, les ha impuesto, además de la pastillita blanca, bozal, equidistancia, aislamiento y, el sometimiento cognitivo de que son pequeñas personas extremadamente peligrosas. Ya no es suficiente estarse quietecito, no se pueden intercambiar cromos, lapiceros, cuentos… so pena de convertirse en pequeño delincuente y castigado por ello.

Están fabricando nuevas generaciones humanas deshumanizadas, mediante la medicación y los diagnósticos diabólicos los cuales, según Marino Pérez, “más que nada, el diagnóstico es tautológico. Si un padre preguntara al clínico por qué su hijo es tan desatento e inquieto, probablemente le respondería porque tiene TDAH, y si le preguntara ahora cómo sabe que tiene TDAH, le diría porque es desatento e inquieto. Por lo demás, insisto, no existe ninguna condición identificada neurobiológica ni genética, y sí muchas familias donde no se asume que la educación de los niños es más difícil de lo que se pensaba”.

La explicación que alude a un problema con raíces neurobiológicas, asociado a un desequilibrio de neurotransmisores con un componente genético, es la más extendida en la actualidad sobre el TDAH impulsada por la industria bio-farmacéutica a pesar de que la hipótesis biológica del TDAH carece de pruebas. A día de hoy aún no se ha identificado ningún marcador fiable de TDAH (3).

Pero, como en todo lo que acontece últimamente con la pandemia y los famosos tests del coronavirus, puestos constantemente en entredicho respecto a su fiabilidad, pero con gran entusiasmo de la industria químico-farmacèutica, así también la invención de un “test” para medir el TDAH recibió el premio WITSA Emerging Digital Solutions por su proyecto Analyzing human behavior using immersive technologies, otorgado por la Alianza Mundial de Servicios y Tecnologías (WITSA) propuesto por la Asociación de Empresas de Electrónica, Tecnologías de la Información, Telecomunicaciones y Contenidos Digitales (AMETIC). La industria electrónica también quiere sacar tajada y convertirse en diagnosticadora de enfermedades. Todo a mayor gloria del capital aunque mayormente se trate de lo que en lenguaje jurídico se denominaría “falsedad documental”.

Esta nueva inclusión de la realidad virtual como medio terapéutico para el TDAH responde claramente más a la necesidad económica del sistema social actual que a la necesidad de las personas etiquetadas con un diagnóstico quimérico y configurado socialmente de forma política y económicamente interesada (4).

Por la década de 1920 Karl Kraus, como augur escrutando el futuro, escribía: “En cuanto los adversarios se hayan superado mutuamente sin tregua, los carros de combate y los gases dejarán su puesto a las bacterias y nadie se resistirá ya a la genial idea de utilizar las plagas como instrumentos bélicos, en vez de considerarlas como secuelas de la guerra. Pero como ni así podrán los hombres prescindir de ciertos pretextos románticos para justificar su maldad, el general en jefe, cuyos planes serán puestos en práctica por el bacteriólogo, como hoy en día lo hace el químico, seguirá vistiendo uniforme”.

Debemos seguir luchando para conseguir que los maestros sean pedagogos, los médicos sean acompañantes durante la enfermedad, los científicos sean contribuyentes al equilibrio bio-lógico y eco-lógico del mundo, los padres sean amigos y confidentes de sus hijos/as, los hombres y mujeres de la clase obrera sean de nuevo camaradas, y que los niños y niñas puedan volver a jugar, reir, correr, saltar sin bozal, collar y correas para que sean capaces más adelante de enfrentarse a la distopía.

(1) https://www.redaccionmedica.com/secciones/psiquiatria/los-casos-de-tdah
(2) https://www.farmanews.com/
(3) Singh I, Wessely S. Childhood: a suitable case for treatment? Lancet Psychiatry 2015;2(7):661-6
(4) http://collections.plos.org/disease-mongering

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