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Día: 1 de noviembre de 2019 (página 1 de 1)

Sánchez y el austromarxismo

Bianchi

Eso que, indebidamente, se llama «clase política» -la española en este caso-, en lo concerniente a ese diapasón y piedra de toque que es y supone Catalunya (nos negamos a escribir «problema catalán» al igual que no decimos «conflicto vasco»), pelea, colegialmente, por ver quién la tiene más larga y demuestra ser más español -y patriota, por tanto- que nadie. El presidente Sánchez, en lugar de desmarcarse del ultramontanismo cazurro de lo que llaman las «tres derechas» (PP, C,s y VOX), decide competir por ver quién es más montaraz y basto: «Catalunya no será independiente nunca», le oímos decir a este figura que suscribió sin despeinarse con Rajoy, cuando era presidente, la aplicación del artículo 155 de la Constitución española a Catalunya. No les da para más, o así gobierna cualquiera.

Y es que con tal de no admitir que el sintagma «España» es un Estado políticamente fallido (gustan de hablar de «Estados fallidos» y lo tienen delante de sus  narices), el (pen)último asidero de Sánchez ha sido volver a definir, muy de refilón (en 2017 se extendió más) y refiriéndose a Catalunya, como «nación cultural», como si hubiera una reedición de la finisecular Renaixença catalana. Se aviene, a trancas y barrancas, a aquilatar el concepto «España» como, o bien una «nación de naciones», lo cual es una antítesis, o bien un «Estado multinacional», lo cual es cierto, pero deja de serlo en cuanto se despoja a esas naciones de su quintaesencia básica: formar un Estado soberano.

Sospechamos que Sánchez -ni demás psociolistos de pacotilla- no haya oído hablar del «austromarxismo» de principios del siglo pasado cuyo origen fue el Partido Socialdemócrata de Austria con los Karl Renner (que llegó a Presidente), Max Adler, Hilferding, y, sobre todos, Otto Bauer (1881-1938) -no confundir con el amigo coevo de Marx Bruno Bauer-. Fueron ellos -los austromarxistas vieneses- quienes acuñaron la fórmula «autonomía (nacional) cultural» dentro de la estructura de un Estado plurinacional cuyo objetivo era -adviértase- detener la galopante desintegración del vetusto Imperio Austro-Húngaro, es decir, preservarlo, tal y como pretende la oligarquía española, españolista y españolizada. Y ello, repetimos, con tal de sostenella y no enmendalla y no admitir lo evidente, a saber, que Catalunya, Euskadi y Galicia son naciones… sin Estado, que son naciones oprimidas políticamente al margen de su renta per cápita, que lo que no existe es la entelequia llamada «España».

Bauer casi excluía las clases y la lucha de clases en esas «autonomías culturales» que serían una «comunidad de destino» (José Antonio Primo de Rivera añadiría «en lo universal») siempre bajo el capitalismo.

Sánchez, en realidad, y sin proponérselo, por supuesto, es un romántico que piensa en lo que Miguel de Unamuno (en absoluto favorable a ningún tipo de «autonomía» en su tiempo) denominara «regionalismo cultural» (y Fraga Iribarne «peculiaridades regionales» con sus sanas costumbres) evocando la «patria chica» (su Bilbao natal, su «Bocho»), pero también dejó escrito en 1908 que la unión impuesta por la fuerza «desde fuera» no vale. Pues eso.

Bona nit.

La aplicación informática de una empresa israelí se utilizó para espiar a través de WhatsApp

Una aplicación informática de la empresa israelí NSO Group se utilizó para espiar a través de WhatsApp a funcionarios de al menos 20 países.

Los funcionarios del gobierno de varios aliados de Estados Unidos han sido blanco de software pirata que utiliza los mensajes de WhatsApp para espiar los teléfonos de los usuarios.

El martes WhatsApp presentó una demanda contra el grupo israelí NSO, el desarrollador de estas herramientas de piratería informática. El correo electrónico propiedad de Facebook afirma que el grupo NSO construyó y vendió una plataforma pirata que explota una vulnerabilidad en los servidores propiedad de WhatsApp para ayudar a sus clientes a vigilar los teléfonos móviles de al menos 1.400 usuarios entre el 29 de abril y el 10 de mayo de este año.

La aplicación del Grupo NSO proporcionó acceso a la información almacenada en los ordenadores portátiles de los funcionarios públicos y del personal militar.

Algunos objetivos espiados se encontraban en Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, México, Pakistán e India.

WhatsApp también acusa a NSO Group de vigilar a 100 defensores de derechos humanos, periodistas y otros miembros de la sociedad civil de todo el mundo.

NSO es una empresa con sede en Herzliya, al norte de Tel Aviv, el Silicon Valley de Israel. En mayo admitió que su tecnología fue comercializada mediante licencias a los gobiernos con el único propósito de luchar contra la delincuencia y el terrorismo.

Los piratas explotaron una brecha de seguridad insertando aplicaciones en los teléfonos, simplemente llamando a los usuarios de la aplicación, utilizada por 1.500 millones de personas en todo el mundo.

Pudieron activar el micrófono y la cámara en dispositivos Apple o Android para escuchar o ver el entorno de los propietarios, sin que se dieran cuenta.

https://www.reuters.com/article/us-facebook-cyber-whatsapp-nsogroup-idUSKBN1X82BE

Manifestaciones y disturbios

Juan Manuel Olarieta

Recién nombrado intendente de la región metropolitana de Santiago de Chile, Felipe Guevara ha dicho al asumir su cargo que “las manifestaciones bienvenidas sean, lo que no puede confundirse con disturbios”.

Es muy frecuente confundir las manifestaciones, que son un derecho, con los disturbios, que son un delito. La causa es evidente y muy típica, tanto en Chile como en España: la reconversión de los derechos en delitos.

El mejor ejemplo de ello es el propio Guevara, al que ponen a la cabeza del mantenimiento del orden público en la capital chilena precisamente porque es un fascista.

Uno de los rasgos típicos del fascismo es ese: se habla de los derechos como si se tratara de delitos. De esa manera no es que el Estado vulnere los derechos de las personas; lo que pretende es impedir que se cometa un delito, que siempre es algo reconfortante para las cadenas de intoxicación.

Las manifestaciones son bastante más que un derecho fundamental. No sólo son legales sino que son legítimas porque expresan el descontento de la población y todos los estados de ánimo que lo acompañan: indignación, odio, rencor…

Una manifestación se diferencia de la Cabalgata de los Reyes Magos, o de una procesión de Semana Santa, o del Día del Orgullo Gay, o de una marcha cicloturista porque los asistentes acuden enfadados. Por eso gritan. Los servicios de orden deberían servir para impedir la entrada a una manifestación de quienes no estuvieran cabreados y jodidos. Los que quieran salir a la calle a divertirse y hacer el payaso deberían llamar de otra manera a sus convocatorias.

En un país democrático no tiene ningún sentido que la policía acuda a las manifestaciones, y mucho menos infiltrados, aparentando que también se manifiestan.

En un país democrático no tiene ningún sentido que los antidisturbios vayan a las manifestaciones armados hasta los dientes, con porras, con cascos, con escudos, con rifles, con gases, con bolas de caucho… Si los manifestantes ejercen un derecho, ¿a qué van de esa guisa?, ¿para qué envían helicópteros como si acudieran a una guerra?

En un país democrático la policía no puede presentarse en el lugar de la convocatoria de una manifestación de antemano, exigir a todo el mundo que se identifique, tomar sus datos personales, sacar fotos o grabar vídeos.

Las manifestaciones siempre son pacíficas. Cuando se producen escenas de violencia, como es frecuente, la causa es siempre la misma: la policía carga contra quienes ejercen un derecho para impedir que lo ejerciten.

No se puede confundir a las víctimas con los victimarios. En las manifestaciones es siempre la policía la que persigue a los manifestantes, y no al revés. Por eso en España los viejos se regodean de los tiempos en que corrían delante de los grises.

En esas carreras es la policía la que lleva las porras y los manifestantes huyen del terror policial, de los golpes, de los disparos, de las agresiones y de las detenciones.

Vivimos bajo el terror policial como los peces viven sumergidos en el agua. Digerimos el lenguaje de la dominación que emplean intendentes como el chileno Felipe Guevara. Nos consideramos a nosotros mismos como culpables por ejercer un derecho. Nosotros somos los alborotadores, los violentos y los radicales.

Estamos a punto de perder la guerra porque tragamos con todo. Ya no nos quedan reservas. Nos hemos acostumbrado al terrorismo de Estado como lo más normal del mundo. Si acudimos a una manifestación y no nos pegan, volvemos a casa con una sensación de vacío, como si nos faltara algo…

Las claves de la crisis política en Bolivia que ha puesto a Evo Morales contra las cuerdas

Pablo Stefanoni

Las elecciones presidenciales del 20 de octubre sumieron a Bolivia en una crisis política. Ese día, el presidente Evo Morales buscó un cuarto mandato en la contienda más abierta desde su llegada al Palacio Quemado en enero de 2006, con 54 por ciento de los votos. Desde entonces, el “primer presidente indígena” triunfó, elección tras elección, con más de 60 por ciento de los votos y enormes distancias respecto de sus contrincantes, y conectó como ninguno de sus antecesores con la Bolivia indígena y popular. Pero en esta ocasión la coyuntura era diferente: por primera vez, existía la posibilidad cierta de una segunda vuelta. Para evitarla, Morales debía obtener más de 50 por ciento de los votos o 40 por ciento con diez puntos de diferencia sobre el segundo.

La noche del 20 de octubre concluyó con el balotaje (1) como un resultado probable: la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) fue cortada cuando el conteo alcanzaba el 83 por ciento de las actas y la diferencia era de siete puntos. La encuesta en boca de urna de la empresa Viaciencia –la única autorizada– dio resultados similares. Al día siguiente, cuando se completó la TREP, ya se anunciaba un ajustado triunfo en primera vuelta para Morales. Estos guarismos fueron confirmados días después por el conteo oficial, que culminó con Morales obteniendo 47,08 por ciento y Carlos Mesa, 36,51 por ciento; es decir, una diferencia de 10,54 puntos porcentuales, 0,57 por encima de la necesaria para ganar en primera vuelta.

¿Qué pasó entonces? Por un lado, la oposición venía preparada para denunciar fraude en cualquier escenario que no fuera de balotaje. Pero la suspensión de la TREP y el significativo aumento del porcentaje de Morales, junto con el margen exiguo para lograr la fórmula del “40 más 10”, contribuyeron a que, en un clima de fuerte polarización, la mitad de Bolivia quedara convencida de que hubo una alteración de los resultados, más allá de la posibilidad de confirmarlo revisando acta por acta (están en internet), y de que el presidente buscaba quedarse en el poder a como diera lugar.

Que un conteo rápido como la TREP no llegue al 100 por ciento no es necesariamente motivo de alarma. Pero, como mostró el periodista Fernando Molina, en este caso el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y el gobierno dieron al menos cuatro explicaciones diferentes para justificar la suspensión del conteo: que no querían que se superpusiera el conteo rápido con el oficial –que ya comenzaba a esa hora–; que hubo una alerta de ataque cibernético y se paró por seguridad; que siempre se para en alrededor de 80 por ciento; que no se incluyó el 17 por ciento de las actas porque esas regiones alejadas que supuestamente faltaban no tienen internet para poder enviar las fotos correspondientes.

Para peor, el vicepresidente del TSE, Antonio Costas, renunció indicando que no fue consultado ni informado sobre la orden de cortar la TREP y señaló que “no fue una buena decisión”. Su renuncia fue enigmática: dijo que lo hacía por una cuestión de principios pero que no había habido una alteración de los resultados. Al mismo tiempo, el gobierno acusaba a la oposición “racista” de querer invisibilizar el voto rural que, supuestamente, explicaba el salto del candidato del Movimiento al Socialismo (MAS) en el último tramo del conteo.

Más allá de la discusión “fina” sobre el escrutinio –el gobierno propuso una auditoría de la Organización de Estados Americanos (OEA)–, hay tres problemas de fondo detrás de una crisis que está provocando una profunda grieta entre la Bolivia rural y la urbana, incluso con enfrentamientos físicos.

Evo Morales llegó a esta elección con su legitimidad erosionada por la derrota en el referéndum del 21 de febrero de 2016 (21F), cuando su propuesta de cambio constitucional para habilitar la reelección indefinida fue derrotada por escaso margen. Tras ese traspié, el oficialismo se dedicó durante meses a evaluar “otras vías” para la reelección y lo consiguió a través de un fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional. Por eso ahora la denuncia de fraude –que debe ser probada– se confunde con la denuncia sobre la “ilegitimidad” de Morales para postularse, lo que construye un enredo de difícil salida. Para “borrar” lo más posible los resultados del referéndum, el presidente boliviano necesitaba un triunfo contundente. Pero si bien obtuvo ventaja sobre Mesa, apenas pasó la barrera mágica de los diez puntos de diferencia para evitar un balotaje (1) en el que podría perder. Es decir, este resultado no solo no logró hacer olvidar el del 21F, sino que lo trajo explosivamente al presente.

El MAS no logra incorporar en su imaginario la posibilidad de salida del poder como un acontecimiento no catastrófico. Evo Morales nunca abandonó fácilmente los cargos que ocupó: fue el único diputado del MAS que internamente tenía la posibilidad de reelección indefinida y tras ganar la Presidencia se mantuvo como máximo ejecutivo de la Federación Especial de Trabajadores Campesinos del Trópico de Cochabamba (organización matriz de los cultivadores de coca). En ese sentido, pese al discurso oficialista, Morales nunca fue “un campesino más”. Y más recientemente, su imagen fue construida incluso como la de un líder excepcional (“Hay un solo Fidel, un solo Gandhi, un solo Mandela y un solo Evo”, dijo en una oportunidad el ahora ex-canciller David Choquehuanca). Esto, sumado a una idea clásica de revolución, aunque construida en un marco democrático, dificulta la idea básica de alternancia democrática, con el MAS como eje potencial de una oposición, que en caso de derrota luche contra cualquier intento de debilitar las conquistas sociales, materiales y simbólicas indudables de estos 14 años de “Revolución Democrática y Cultural”. La democracia seguiría así la metáfora del tranvía, en el que alguien se sube, llega a su destino (el Estado) y luego se baja.

Dentro de una oposición que en líneas generales es democrática (el propio Mesa es un centrista moderado) y hoy más numerosa que en el pasado, aparecen grupos radicales con discursos revanchistas, racistas y violentos. La aparición de cuestionadas figuras del pasado, como el ex-ministro Carlos Sánchez Berzaín (2), prófugo en Estados Unidos por su responsabilidad en la masacre de civiles durante la Guerra del Gas, no ayuda a la oposición y refuerza el discurso oficialista contra la “vuelta al pasado”. La decisión del flamante Comité de Defensa de la Democracia (Conade), que agrupa a las principales fuerzas opositoras, de rechazar la auditoría internacional y luchar por la anulación de las elecciones puede contribuir, también, a radicalizar la situación, posiblemente con escasas posibilidades de victoria opositora. (Extrañamente, Bolivia es el único país de la región en el cual el secretario general de la OEA, Luis Almagro, es visto por muchos como un “populista”, casi chavista, por haber avalado la postulación de Morales).

En este marco, Bolivia puede avanzar hacia una versión soft de lo ocurrido en Venezuela: una situación en la que el gobierno se impone, pero con fuertes déficits de legitimidad, en el marco de un desconocimiento mutuo entre oficialismo y oposición y con una radicalización de esta última. No obstante, como escribió Fernando Molina, es cierto que el nivel de violencia en Bolivia es mucho menor, no hay crisis económica (por el contrario, la macroeconomía es uno de los puntos fuertes de Morales) y la clase política es más pragmática y menos ideológica que la venezolana.

No obstante, existe el riesgo de una mayor polarización y enfrentamientos callejeros entre oficialistas y opositores, así como un excesivo uso estatal de los movimientos sociales como fuerza de choque contra quienes protestan; de hecho ya hubo varios heridos. Morales respondió usando la misma expresión que Lenín Moreno o Sebastián Piñera –golpe, desestabilización–, llamó “delincuente” a Mesa, acusó a los jóvenes de protestar por plata o por “notas” (un supuesto y no comprobado beneficio de los estudiantes universitarios por ir a las marchas) y llevó su discurso al terreno de la dicotomía “Patria o muerte”. Todo esto ocurre tras una campaña electoral estadocéntrica, en la que los movimientos sociales, sin la épica de antaño, se limitaron a seguir las iniciativas trazadas desde el aparato estatal, con sus inercias y formas tradicionales de conservación del poder. La oposición, por su parte, rechaza la auditoría y llama a “radicalizar” los bloqueos y paros en las ciudades para “asfixiar al Estado” (de hecho, ya fueron quemadas algunas sedes locales del tribunal electoral).

Es significativo que referentes como el argentino Juan Grabois argumenten que hay que desechar cualquier observación sobre la elección en nombre de la “estabilidad de Sudamérica” (curiosa figura en la pluma de un líder social). Esta es la otra cara de la moneda de quienes comenzaron a denunciar fraude antes de que se comenzaran a contar los votos. Lo cierto es que Morales tuvo durante sus 14 años de gobierno elevadísimos niveles de legitimidad (hasta el punto de ganar en 2014 en la región de Santa Cruz) y que su erosión se debe, en gran medida, a la decisión de no respetar los resultados de un referéndum.

Esta es, sin duda, una mala noticia, en un contexto en el que la crisis del “oasis” chileno (con su combinación desigualitaria de colonización mercantil de todos las dimensiones de la vida social y jerarquías de vieja data) y el triunfo del Frente de Todos en Argentina parecen estar dándoles una nueva oportunidad a los progresismos latinoamericanos.

https://nuso.org/articulo/Bolivia-Evo-Morales-Carlos-Mesa-elecciones/

(1) Se denomina “balotaje” a una segunda vuelta de unas elecciones
(2) Carlos Sánchez Berzaín fue ministro de Defensa durante la presidencia de Gonzalo Sánchez de Lozada, que ocupó el cargo de 1993 a 1997. Tuvo que dimitir tras su segundo mandato (2002-2003) a causa de la matanza cometida durante la “guerra del gas” de 2003 y huyó a Estados Unidos.

Bashar Al-Assad no quiere convertir a Turquía en un enemigo de Siria

Ayer en una entrevista a la televisión siria, Bashar Al-Assad aseguró que no quería convertir a la vecina Turquía en un enemigo, a pesar del despliegue militar turco en el norte del país, que ha provocado un enfrentamiento entre ambos ejércitos.

«Debemos asegurarnos de no convertir a Turquía en un enemigo», dijo Assad en la entrevista. «Aquí es donde entra en juego el papel de los [países] amigos», dijo en referencia a Rusia e Irán.

Sin embargo, desde hace dos días se están produciendo combates muy violentos entre soldados sirios y turcos en Tell Al-Ward, cerca de la ciudad de Hassakah, en el norte de Siria.

En la entrevista el presidente sirio calificó a su homólogo turco Erdogan como «enemigo» por su política hostil contra el gobierno de Damasco.

A lo largo de la Guerra de Siria, con más de 370.000 muertos desde su estallido en 2011, Turquía ha apoyado a los grupos yihadistas contra el gobierno de Damasco. El ejército turco y las milicias asociadas a él también han llevado a cabo operaciones militares al otro lado de la frontera.

La ofensiva lanzada el 9 de octubre permitió que Turquía capturara una franja fronteriza de 120 kilómetros a expensas de la principal milicia kurda de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG).

La operación se suspendió en virtud de dos acuerdos separados con el gobierno turco.

Ankara quiere crear una zona de seguridad de unos 30 kilómetros de profundidad en territorio sirio, con el fin de evitar los movimientos kurdos a través de la frontera.

El objetivo es también repatriar a algunos de los 3,6 millones de refugiados sirios acogidos por Turquía desde 2011.

La ofensiva de Ankara dio a Damasco la oportunidad de desplegarse, por primera vez desde 2012, en varias zonas del norte de Siria como resultado de la petición de ayuda de los kurdos, que fueron abandonados por Washington a su suerte. El 7 de octubre Trump ordenó la retirada de sus tropas, lo que fue percibido como una traición por los kurdos.

«La entrada del ejército sirio [en el norte] significa la entrada del Estado», dijo Assad en la entrevista, añadiendo que la recuperación de la soberanía nacional en estas áreas y el desarme de las milicias kurdas será gradual.

En cuanto al acuerdo entre Ankara y Moscú, que prevé patrullas conjuntas turco-rusas a lo largo de la frontera, el Presidente sirio lo calificó de temporal. «Debemos distinguir entre objetivos estratégicos […] y enfoques tácticos», añadió.

Assad también se refirió a la situación en la región de Idleb, en el noroeste del país, que fue objeto de un acuerdo entre Rusia y Turquía en septiembre de 2018, que sigue siendo letra muerta. «Los turcos no han respetado ese acuerdo, pero gradualmente liberaremos Idlib […] mediante operaciones militares», dijo. 

La región de Idleb es el último gran bastión yihadista en Siria.

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