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Día: 1 de abril de 2019 (página 1 de 1)

El mayor glaciar de Groenlandia está aumentando de tamaño

Un equipo de investigadores del Jet Propulsion Laboratory de la NASA ha descubierto que el glaciar Jakobshavn fluye más lentamente, engrosando y moviéndose hacia el océano en lugar de retroceder (1).

El glaciar Jakobshavn es el mayor de Groenlandia. Está situado en la costa oeste, tiene cerca de 65 kilómetros de largo y casi dos kilómetros de espesor. Drena alrededor del 7 por ciento de la capa de hielo de la isla.

Según el documental “Chasing Ice” (Persiguiendo el hielo), dirigido en 2012 por Jeff Orlowski, este glaciar podría haber sido el origen del iceberg con el que colisionó el Titanic en 1912.

Debido a su tamaño e importancia para el supuesto aumento del nivel de las aguas oceánicas, los científicos lo han estado observando durante muchos años. El rápido retroceso del glaciar comenzó a principios de la década de 2000 con la pérdida de la plataforma de hielo, una extensión flotante del glaciar que ralentiza su flujo.

Ahora la tendencia ha cambiado porque desde 2016 una corriente oceánica ha traído agua más fría. La temperatura del agua cerca del glaciar es más fría de lo que ha sido desde mediados de los años ochenta. Esta fuente de agua fría se encuentra en el Océano Atlántico Norte, a más de 1.000 kilómetros del glaciar.

Los investigadores creen que el agua fría se ha puesto en marcha por un cambio de fase en la Oscilación del Atlántico Norte (NAO), que cambia de caliente a fría cada cinco a veinte años.

Recientemente la NAO ha entrado en una fase fría, bajando la temperatura del Océano Atlántico. Aunque los últimos inviernos fueron relativamente suaves en Groenlandia, fueron mucho más fríos y ventosos de lo habitual en el Océano Atlántico Norte. Bajo la influencia de la NAO, cerca de Groenlandia el Océano Atlántico se ha enfriado alrededor de un grado centígrado entre 2013 y 2016, abriendo el camino para un rápido enfriamiento de la corriente oceánica en el suroeste de Groenlandia y propulsando aguas más frías que alcanzaron al glaciar Jakobshavn en el verano de 2016.

Hasta ahora se pensaba que una vez que los glaciares habían comenzado a replegarse, nada podía detenerlos. Este estudio muestra que no ocurre así. Ahora bien, los científicos dicen que esta inversión de tendencia no es sostenible, y que rápidamente, con el cambio de la NAO a la fase cálida, el glaciar Jakobshavn reanudará su rápido declive.

Pero si ya se han dado un primer batacazo con este descubrimiento, no hay que descartar el segundo. Mientras, “La Vanguardia” sigue a lo suyo. Asegura que el crecimiento del glaciar “no desmiente el calentamiento climático”(2). Que quede claro.

Los demás medios se han callado como perros. Nada de nada. Mejor que no se entere nadie.

(1) https://www.nature.com/articles/s41561-019-0329-3
(2) https://www.lavanguardia.com/natural/cambio-climatico/20190328/461308466186/glaciar-jakobshavn-groenlandia-crece-dudas-cambio-climatico.html

Gure Esku Dago: la vía catalana a… el talego

Este fin de semana Gure Esku Dago organizó un jolgorio con la insólita pretensión de “legalizar el derecho a decidir”, otro ejemplo de que hay quien se esfuerza por convertir las reivindicaciones populares en un entretenimiento.

Quienes tienen la sartén por el mango ya han demostrado que no hay ningún “derecho a decidir” o, en otras palabras, que ese derecho es y será siempre ilegal, de modo que insistir en ello en pleno juicio ante el Tribunal Supremo es tan delirante como el propio juicio.

A los precedentes catalanes no les ha servido de nada excusarse diciendo que el 1-0 sólo había sido una broma, que no iban en serio. Con los de la sartén no hay bromas que valgan cuando se trata de la sacrosanta unidad de la patria.

A diferencia de Catalunya, Gure Esku Dago quiere orquestar otra farsa de referéndum, aunque esta vez de manera “legal” porque la legalidad siempre debe ir por delante, no vaya a ser que en Madrid se enfaden tanto como acostumbran y vuelvan a apelar al juez Llarena.

Sólo hace falta legalizar el referéndum, celebrarlo y que en Madrid suelten la sartén para admitir el resultado de la consulta. Para ello van a recurrir a los “agentes sociales” e incluso a “toda la ciudadanía”, que es como mentar al hombre del saco. No asustan a nadie. Todos sabemos que Gure Esku Dago son inofensivos.


No es cierto, como pretenden, que “cuantos más seamos, más lejos llegaremos” porque primero deberían decir a dónde quieren ir, no sea que acaben en la cárcel de Soto del Real, que es donde acaban quienes hacen las cosas con un exquisito respeto por la legalidad.

En castellano la campaña “Egin dezagun posible” se traduce como “Hazlo
posible”, pero sería más clarificador si se pudiera traducir como “Haz
lo posible”.

No. Lo único que puede “hacerlo posible” es acabar con un Estado que niega a Euskadi su legítimo derecho a la autodeterminación.

Nuevo auge del movimiento talibán

Juan Ignacio Castien

Los talibán están ganando apoyos de nuevo y haciéndose con el control de numerosos territorios. Su capacidad para reconstruirse como movimiento, tras la desbandada de 2001 y la debilidad de los primeros años posteriores a la intervención internacional, revela, desde luego, una cohesión organizativa y un compromiso ideológico muy superiores a los de las huestes de un clásico señor de la guerra.

También nos muestra una sensible capacidad para aprovechar el profundo descontento de una gran parte de la población con el estado de cosas imperante. Como en otros muchos lugares del mundo musulmán, parece que este apoyo se alimenta en parte del resentimiento que muchos sienten hacia el tren de vida privilegiado de los extranjeros, sus colaboradores y la élite en el poder, que tanto contrasta con la miseria cotidiana de la mayoría. En efecto, la cuantiosa presencia internacional, civil y militar, ha supuesto una importante inyección de dinero, no solo en ayudas directas, sino también a través de los salarios del personal expatriado, unos salarios que alcanzan niveles estratosféricos, si se los compara con los ingresos del afgano medio.

Pero la distribución de estos ingresos entre la sociedad afgana, a través de compras, alquileres, salarios, propinas y sobornos, ha sido obviamente muy desigual, quedando confinada a aquel sector de la población en mayor contacto con los extranjeros. Ha surgido, así, una nueva fuente de desigualdad y, por lo tanto, un nuevo medio para el desarrollo de relaciones clientelistas. Asimismo, el estilo de vida liberal de los extranjeros y de una minoría de afganos privilegiados, tan alejado del puritanismo tradicional, refuerza aún más este resentimiento, al igual que también ocurre en otros lugares. Al rechazo que genera ya de por sí la infracción que supone contra las normas tradicionales, se le añade ahora el convertirse en un signo de privilegio, y, acaso del disfrute de aquello que se desearía poseer, aunque no se esté dispuesto a admitirlo.

De este modo, el auge del movimiento talibán debe también mucho a esta peculiar inserción del país dentro de la economía global. Algo similar ocurre con el amplio uso que los talibán hacen de los beneficios derivados del cultivo del opio. En este aspecto, se ha ido produciendo una llamativa alianza entre ellos y las redes mafiosas dedicadas al narcotráfico y al contrabando. Con todo, esta alianza parece responder más a maniobras tácticas del uno y del otro lado. Desde el punto de vista talibán, constituye no solo una generosa fuente de recursos, sino que también les proporciona toda una red de conexiones, de las que les es muy útil servirse. Desde las organizaciones criminales, la alianza les proporciona clientes y protectores, cuya ayuda puede resultarles de utilidad. En un sentido más amplio, el debilitamiento del Estado que conlleva la actividad guerrillera puede facilitar asimismo sus operaciones. Pero estos beneficios mutuos no deben hacernos olvidar tampoco las contradicciones existentes entre ambos sectores. A más largo plazo, la fortaleza de las organizaciones mafiosas choca frontalmente con el proyecto talibán de un régimen autoritario y puritano, que pondría coto a sus actividades.

Por otra parte, estos acuerdos con las organizaciones delictivas parecen enmarcarse dentro de una política de alianzas más amplia, integrada a su vez dentro de una compleja estrategia de reconquista del poder. El reto al que se enfrentan los talibán resulta un tanto novedoso para ellos. Frente a su avance fulgurante de hace dos décadas, realizado en un ambiente de fuerte disgregación social, ahora tienen que vérselas con un Estado mucho mejor organizado, respaldado además por una potente coalición internacional. El cambio de escenario les ha forzado a desarrollar una nueva línea de conducta, labor en la que han mostrado una manifiesta destreza. Su objetivo consiste ahora en la captura progresiva de localidades rurales. Para ello se hace preciso quebrantar las estructuras estatales existentes allí, no solo combatiendo a la Policía y al Ejército Afganos y a sus aliados extranjeros, sino también procediendo a la eliminación, el amedrentamiento o la expulsión de cualquier posible colaborador del gobierno, etiqueta bajo la que puede incluirse a funcionarios, notables locales, trabajadores sociales y maestros de escuela. Estas operaciones pueden tener un distinto alcance. Quizá conduzcan a la conquista plena de un territorio o quizá, al menos por el momento, queden reducidas a la creación de estructuras administrativas paralelas a las gubernamentales, que pueden empezar a ir interviniendo cada vez más en la vida cotidiana de la gente, que ahora recurrirá a ellas para solventar sus conflictos, defenderse de abusos y obtener ciertos servicios públicos. Este mismo hostigamiento puede dirigirse contra ciertas autoridades tradicionales, como, en especial, los consejos de ancianos. El pragmatismo de estos notables locales suele conducirles a buscar un entendimiento con las autoridades, lo que puede indisponerles con los insurgentes. En un sentido más amplio, la acción de estos últimos, al recrear nuevos liderazgos locales, vinculados además a una organización exterior, no deja de implicar, al menos en determinados casos, una subversión de las estructuras previamente existentes.

Esta estrategia parece corresponderse muy bien con la composición humana de este movimiento neo-talibán. Como ocurrió hace dos décadas, el núcleo duro de combatientes fuertemente ideologizados, al que se suman pequeños contingentes de extranjeros, se ve reforzado por elementos mucho más variopintos, como los parientes y allegados de éstos y gentes relativamente marginales en la estructura social, como jóvenes pobres del campo, a los cuales se les ofrece ahora la posibilidad de obtener una fuente de ingresos, un mayor poder y prestigio y una identidad más satisfactoria. En correlación con esta compleja composición social, los motivos de los combatientes para haberse unido a la insurrección parecen ser igualmente diversos.

La hostilidad hacia unas autoridades lastradas por la corrupción y el autoritarismo y apoyadas por infieles es una motivación obvia. Pero a ella se suman agravios más concretos. Puede tratarse de los sufridos por antiguos simpatizantes de los talibán, o sospechosos de serlo, o por las poblaciones pashtún a manos de miembros de otras etnias. Pueden tener que ver también con las complejas luchas entre facciones en el plano local y pueden igualmente hallarse relacionados con los “daños colaterales” derivados de la acción de las fuerzas afganas y de sus aliados internacionales. Todos estos agravios más concretos son ahora encuadrados dentro de un planteamiento más general, en donde reciben un nuevo sentido. Pero al ocurrir esto, se les inviste igualmente de una trascendencia global de la que previamente carecían. Se los ubica dentro de una batalla mundial entre el Islam y la infidelidad. Se pasa, así, del conflicto entre intereses concretos al conflicto entre principios morales e ideológicos. Todo se vuelve entonces más rígido y menos propicio al acuerdo. Es éste, por lo demás, un fenómeno harto frecuente.

En cuanto a las actitudes de la población local, éstas parecen ser muy complejas. La hostilidad o, al menos, la escasa simpatía hacia las autoridades y sus aliados extranjeros pueden ciertamente predisponer a ciertos sectores a apoyar a los insurgentes. Pero la baza con la que juegan estos últimos estriba, sobre todo, en su capacidad para constituirse como una fuerza a tener en cuenta en sus vidas, como un agente al que deben recurrir para solventar sus problemas y conflictos cotidianos. En la medida en que logran este objetivo, la presencia de los talibán puede empezar a ser percibida como un dato más de la realidad, al que es preciso adaptarse y del que es preciso obtener el mayor beneficio posible, conforme al pragmatismo localista de la mayoría de la población. Por otra parte, el propio discurso de los talibán ha experimentado ciertos cambios, que les permiten adaptarse mejor al nuevo contexto. El nacionalismo afgano, enfrentado a los ocupantes extranjeros, ha adquirido una gran preminencia. Al tiempo, al menos por razones tácticas, se produce una atenuación de los aspectos más puritanos del movimiento, como la imposición en las áreas bajo su control de la obligación de llevar barba para los varones o la destrucción de cualquier imagen humana. Una hábil labor de propaganda, sirviéndose de los métodos más modernos, ha ayudado a difundir estos planteamientos entre capas muy amplias de población.

Todavía hoy son frecuentes los atentados en la capital. A ello se ha unido una notable capacidad militar y el logro de una importante cohesión interna, gracias a un control centralizado sobre las fuentes de recursos, que dificulta la fragmentación de la organización en clientelas regidas por distintos señores de la guerra. Hasta el momento las escisiones ocurridas han sido de poca trascendencia, a pesar de la existencia también de grupos semiautónomos, en especial, las llamadas Redes Haqqani y Mansur. Todo ello ha hecho del movimiento talibán un enemigo realmente imponente. Empero, parece poco probable que puedan llegar a dominar la casi totalidad del país, como ya ocurrió hace quince años. La razón es muy sencilla: hoy en día sería muy difícil que recibieran un apoyo tan abierto de Pakistán como en aquella época. Tampoco se puede contar con que los Estados Unidos y sus aliados vayan a quedarse de brazos cruzados en el caso de que amenazen con tomar las ciudades más importantes. Seguramente, si percibieran este peligro recurrirían a bombardeos desde el aire y prestarían un apoyo más decisivo al Estado Afgano y a las facciones más ligadas al mismo. Pero si bien un triunfo total de los talibán no parece probable, sí es, en cambio, muy posible que alcancen ciertos éxitos parciales. Puede que se hagan fuertes en algunas regiones, sobre todo en el sur. Y puede también que se vayan infiltrando algunas de ellas, aprovechando incluso eventuales negociaciones de paz con una parte de este movimiento. A este respecto, por más que una negociación resulte deseable, tampoco puede olvidarse que a través de la misma podría acabar propiciándose una vuelta al control de una parte del aparato de Estado por parte de los talibán, quienes podrían servirse entonces de esta posición para desarrollar, aunque fuera parcialmente, la misma agenda retardataria que en su anterior experiencia al frente del gobierno, aunque ello dependería también de la capacidad de contención de las otras fuerzas políticas.

Las perspectivas no resultan, por tanto, especialmente alentadoras en estos momentos, pero tampoco son totalmente catastróficas. Si el país alcanza una cierta estabilidad, pese a todos los peligros que se ciernen sobre él, y si dispone de la adecuada ayuda exterior, podrá quizá, con el tiempo, desarrollarse económicamente lo suficiente como para financiar un entramado de instituciones públicas y privadas capaces de ir erosionando el actual poderío de las redes clientelistas y mafiosas. En este sentido, el futuro está abierto. Pero esta indeterminación ilustra de nuevo la peculiar dinámica de la historia de Afganistán en los dos últimos siglos. A lo largo de la misma, las tendencias modernizadoras y regresivas han mantenido un enfrentamiento sempiterno. La historia de la modernización afgana se ha asemejado, por ello, a una suerte de trabajo de Sísifo, en donde los progresos y las regresiones se han ido alternando en el tiempo. Es más, cada vez que se ha intentado un progreso demasiado rápido, se ha producido luego una regresión más intensa. El sistema tradicional, más o menos transformado, se ha fortalecido con las crisis provocadas por las intervenciones extranjeras o por los propios desequilibrios generados por la modernización. Pero no por ello la sociedad ha dejado de transformarse y de avanzar, a pesar de todos sus estancamientos y retrocesos. La gran cuestión que se plantea en estos momentos estriba en si la modernización que al final se va a ir produciendo será una modernización realmente capaz de garantizar unos mínimos niveles de bienestar, seguridad y libertad para el conjunto de los afganos. De lo  contrario, el país podría quedar condenado a la condición de “espacio vacío”, de un territorio desorganizado y dual, en donde la miseria de la mayoría contrastaría con la de una pequeña minoría vinculada a los negocios especulativos y a las actividades ilícitas. Ésta es la gran disyuntiva del momento.

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/el-resurgir-de-los-taliban/

Turquía ya no cree en las buenas palabras para ‘resolver la crisis en Siria’

El sábado Erdogan dijo que su país “resolverá la crisis siria” en el campo de batalla con el objetivo de ampliar la base electoral de su partido, Justicia y Desarrollo, en plenos comicios municipales.

“La prioridad postelectoral de Ankara es resolver la cuestión siria, si es posible sobre el terreno y no alrededor de la mesa de negociaciones”, dijo Erdogan en Estambul en la primera de sus seis reuniones electorales.

Las declaraciones de Erdogan se producen en un momento en que el Ministerio de Defensa turco anunció en una declaración que su fuerza aérea había lanzado ese mismo día un importante ataque contra las posiciones del PKK en el norte de Irak.

“Como parte de la Operación Pence lanzada el 30 de marzo, la Fuerza Aérea Turca atacó el cuartel general, los refugios y los búnkeres del grupo terrorista PKK en el distrito de Qandil, en el norte de Irak, donde los dirigentes terroristas estaban listos para atacar a las fuerzas armadas turcas”, dice la declaración.

El Ministro de Defensa turco, Hulusi Akar, y el Jefe de Estado Mayor, general Yasar Güler, inauguraron un centro en la provincia sudoriental de Sanliurfa para prestar apoyo militar al este del Éufrates, en el norte de Siria, si fuera necesario.

A fin de aumentar el número de sus puestos de observación en la zona de desescalada de la provincia siria de Alepo, el ejército turco ha desplegado fuerzas especiales y tanques en la provincia fronteriza de Hatay para facilitar su entrada en territorio sirio.

Fuentes locales de Alepo han advertido en repetidas ocasiones contra la intensificación de las actividades militares de Ankara, pero también contra la creación de bases militares turcas en la provincia con el pretexto de establecer puestos de observación.

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