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Día: 9 de marzo de 2019 (página 1 de 1)

El fracaso de las negociaciones entre Estados Unidos y Corea del norte

3.000 periodistas se desplazaron a Hanoi para retransmitir en vivo y en directo la crónica de un estrepitoso fracaso: las negociaciones entre Estados Unidos y Corea del norte, a las que han seguido las intoxicaciones sobre nuevas rampas de lanzamiento de misiles descubiertas por fotografías tomadas vía satélite, que difunde la NBC (1) y de la que Público se hace eco (2).

Quieren dar a nteder que las conversaciones han fracasado a causa del descubrimiento cuando, en realidad, era el motivo de conversación. Si no hay negociación, seguirán descubriendo más misiles y más pruebas de lanzamiento de misiles en el norte de la península coreana.

No obstante, hay que decir que las rampas de lanzamiento no son de misiles sino de un nuevo satélite espacial que el gobierno de Pyongyang se dispone a poner en órbita en las próximas semanas.

En este tipo de casos descrifrar el plan de Pyongyang importa menos que el de Estados Unidos y para entenderlo es suficiente poner a Corea en relación con Irán. Entonces parece obvio que tanto en un caso como en el otro el objetivo es imponer una tenaza sobre China.

El plan contra China es un calco del que se ha tendido sobre Rusia, en cuyas fronteras los imperialistas han clavado sus afilados colmillos en forma de bases militares. Está copiado de una estrategia que ya se puso en marcha durante la Guerra de Corea, desatada un año después de la Revolución china.

Los intereses de China y ambas Coreas, incluida la del sur, son parecidos. El objetivo es sacudirse de encima la presencia agobiante de Estados Unidos. Los discursos de Kim Jong-un reinciden sobre la necesidad de preservar la independencia y la soberanía. Para el gobierno de Seúl será complicado poner en funcionamiento el complejo económico de Kaesong en la frontera norte a causa de las sanciones económicas.

El sur se ha convertido en el mejor aliado de los gobiernos de Pyongyang y Pekín. Es quien ha mostrado más interesés en el éxito de las negociaciones, cuyo nudo tiene más que ver con la economía que con las armas nucleares.

El centro de gravedad del capitalismo se desplaza cada vez más hacia el Extremo Oriente, donde muchos ven a Estados Unidos como un estorbo.

Pero las negociaciones siguen bajo cuerda. Estados Unidos no puede funcionar en el Extremo Oriente como en Oriente Medio.

(1) https://www.nbcnews.com/news/north-korea/north-korea-rebuilding-long-range-rocket-site-photos-show-n979721

(2) https://www.publico.es/internacional/detectada-actividad-instalacion-misiles-norcoreana.html

La hegemonía imperialista de Estados Unidos es la capacidad que tiene para influir sin ser influido

La capacidad intoxicadora de las grandes cadenas del periodismo es tal que pueden darle una vuelta de 180 grados a la historia hasta el punto de que las víctimas aparecen como culpables y al revés.

La víctima es Estados Unidos, un país siempre rodeado de enemigos y envidiosos, agredido y atacado, obligado a defenderse, que no quiere la guerra, pero le obligan… Es la fábula de Pearl Harbour en 1941.

Estados Unidos se entromete en los asuntos internos de todos los países de mundo, pero nadie puede hacer lo mismo en Estados Unidos. La intoxicación empieza cuando cualquier injerencia se magnifica como “casus belli”. Pero si la guerra es necesaria, ni siquiera hace falta injerencia porque son capaces de inventarse una.

Es el caso de la intervención del Kremlin en la elección presidencial de 2016. Tres años después la comisión del Senado que la ha investigado no ha encontrado absolutamente ninguna prueba (1).

Pero la falta de pruebas no es noticia ni lo será nunca, de manera que la mentira puede seguir funcionando en el vacío con los mismos efectos que si fuera verdad, a saber, que Estados Unidos (y el mundo entero) se defienden de una agresión procedente de Rusia.

Dicha mentira, repetida sin desmayo, no sólo tiene efectos coyunturales sobre la actualidad sino que distorsiona la historia. Desde la Revolución Rusa de 1917 Estados Unidos ha estado interfiriendo en los asuntos internos de la URSS/Rusia, una política que ha recibido el nombre de “Guerra Fría”.

De 1917 a 1933 Washington no sólo no reconoció oficialmente al gobierno soviético sino que, además, envió 8.000 soldados a Siberia para participar en una “guerra civil” que tenía por objeto derribarlo por motivos más que conocidos.

La llegada de los nazis al gobierno en Alemania y la posterior guerra mundial cambiaron temporalmente la ecuación, hasta 1945, cuando Estdos Unidos institucionalizó la injerencia con las bases militares de la OTAN, las operaciones encubiertas de la CIA y una red de radios de onda corta que emitían las 24 horas diarias en todos los idiomas soviéticos, empezando por el ruso.

Hasta hace 30 años la injerencia imperialista se justificó por la existencia de la URSS como país socialista. Pero la situación no cambió cuando la URSS desapareció, sino todo lo contrario. Bajo la bandera de “promover la democracia”, Estados Unidos aprovechó que le abrieron las puertas y en tiempos de Yeltsin intentó convertir a Rusia en una colonia económica, política y mediática, una situación que Putin sólo ha remontado parcialmente.

En 1996 Yeltsin ganó unas elecciones que tenía perdidas gracias al apoyo político, mediático y económico de Clinton. Los imperialistas se apoderaron de empresas estratégicas, infraestructuras, minas, yacimientos y bancos. Crearon nuevos medios de comunicación y se apoderaron de otros ya existentes. Tejieron una tela de araña de ONG al servicio del espionaje…

Es una obviedad constatar que los medios de difusión rusos informaron de las elecciones de 2016 en Estados Unidos. También es obvio constatar que numerosas centros de investigación, sobre todo estadounidenses, han medido el impacto electoral de dicha información. Finalmente, es harto conocido -para quien quiera enterarse- que dicho impacto ha sido prácticamente nulo porque la capacidad de Estados Unidos para influir en una elección en Rusia es muy superior a la de Rusia para influir sobre Estados Unidos.

Por eso precisamente se dice que Estados Unidos es una potencia hegemónica: porque influye sobre cualquier país muchísimo más de lo que ese país puede influir sobre ella.

A finales del pasado año Aaron Maté publicó un artículo en The Nation con conlusiones muy contundentes: “Nuevos estudios demuestran que los expertos se equivocan sobre la participación de los medios sociales rusos en la política estadounidense”. Como es natural, Maté calificaba a la información de los medios rusos como “propaganda” y decía de ella que había sido de reducidas dimensiones, nada sofisticada, propia de aficionados “y en su mayor parte no relacionada con las elecciones de 2016”.

Pero que a nadie le quepa ninguna duda: la intoxicación logra que el mundo -casi en su totalidad- comulgue con ruedas de molino.

(1) https://www.nbcnews.com/politics/congress/senate-has-uncovered-no-direct-evidence-conspiracy-between-trump-campaign-n970536
(2) https://www.thenation.com/article/russiagate-elections-interference/

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