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Día: 3 de febrero de 2019 (página 1 de 1)

Aquí no hay que cambiar de gobierno, hay que cambiar de Estado

Juan Manuel Olarieta

El encefalograma de la política española es tan plano que casi todo gira en torno a la corrupción. Los partidos políticos se acusan -los unos- de ser más corruptos que los otros. Hay tantas operaciones contra la corrupción que el diccionario se ha agotado. Soy incapaz de diferenciar entre Gürtel, Malaya, Guateque, Tándem, Púnica… Perdí la cuenta allá por 2014 cuando la policía sostenía 82 operaciones contra la corrupción política que afectaban a 1.000 corruptos.

Cuando -sorprendentemente- hay algún político al que no le han pillado metiendo la mano en la caja, se dice de él que es “un buen gestor”. Si los medios quieren hacer referencia al gobierno de Estados Unidos también utilizan expresiones burocráticas como “la administración Trump” que se han metido en el tuétano de la infrapolítica moderna.

Es otra muestra más del encefalograma plano del universo en el que vivimos. Esta misma semana la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, ha dicho que la “izquierda sabe administrar” porque desde 2014 el ayuntamiento ha reducido la deuda a la mitad, es decir, porque “la izquierda” se dedica a pagar los agujeros que deja “la derecha”. Eso es tan importante que la alcaldesa saca pecho y convoca una rueda de prensa para anunciarlo.

Si un político se dedica a administrar como un apoderado, entonces queda la pregunta del millón: ¿quién es el que manda?, ¿quién tiene realmente el poder? Es imposible suponer siquiera que alguien como Pedro Sánchez es el que toma las decisiones en La Moncloa. Él no es más que un gestor y la tarea de los partidos políticos hoy es esa: admininistrar.

Los anglosajones tienen un buen dúo de vocablos para expresar esta situación: hablan de “policy” para referirse a la iniciativa y la planificación, a hacer cosas nuevas y distintas, y la “politics” que es el lodo de la politiquería, típica de Estados mediocres como España. Es el cotilleo político, los chacarrillos de taberna en los que los unos se entretienen con lo que dicen los otros.

La politiquería tiene dos componentes, superficialidad y apariencia, que en última instancia son sinónimos de falsedad. En cuanto se levanta la alfombra de la más simple administración pública aparece el laberinto de papeles, informes y organismos de expertos que rodean la toma de cualquier decisión para evitar que sea calificada de “arbitraria”, que es la esencia misma de la decisión política y de la política. Sin embargo, hoy la arbitrariedad está mal vista; contraviene el famoso “Estado de Derecho”, donde todo es previsible, está sometido a normas, reglamentos, circulares, decretos, procedimientos…

En la política moderna no importa lo que hagas, no importa si haces una cosa o la contraria; lo importante es hacerlo “bien” y eso no significa otra cosa que eso: que tomes tus decisiones siguiendo los cauces establecidos. La legalidad está por encima de todo.

En España habría que añadir un componente que diferencia a este Estado de cualquier otro del resto de Europa: una impronta cuartelera de la que no se ha desprendido desde el siglo XIX y que la derrota de la Republica en la guerra civil ha acabado consolidando. Aquí los políticos son chusqueros. “Todo por la patria”. Sufrimos un Estado edificado en torno a un ejército, y no al revés.

La falta de iniciativa, de criterio y de personalidad de los políticos alcanza tales grados que ni siquiera son capaces de escribir sus discursos por sí mismos. Para ese tipo de tareas tienen a alguien que se lo pone sobre el papel. Ellos sólo tienen que leer correctamente. Nadie les pide más.

Los políticos se arrastran pegados al suelo como los limacos. Por eso la política no cambia nada de lo que ya hay; se limita a administrar y los medios y los tertulianos no hablan de otra cosa que no sea la buena o mala administración de este o el otro.

Sigamos el hilo: en el Estado moderno la administración es tarea propia de funcionarios, que son quienes se mueven en los laberintos burocráticos de cualquier organismo público como pez en en agua y se burlan de los políticos recién llegados porque no saben ni dónde se enchufa el ordenador.

Además de funcionarios, los políticos se rodean de legiones de expertos que les asesoran en cada una de las decisiones que tienen que aprobar. Es corriente leer que un reputado catedrático de la universidad ha escrito el apartado económico del programa electoral de un determinado partido, lo cual parece que le revaloriza. Ese partido “sabe lo que hace”, dicen. En realidad, son tan ineptos que no son capaces de elaborar por sí mismos su programa, es decir, lo que quieren hacer. Hacen lo que otros dicen.

La mediocridad hispánica es típica de los fascistas. Las cadenas más reaccionarias siempre imputan a los políticos que carecen de titulación académica, lo cual es sinónimo de “falta de formación”. Por el contrario, para los mediocres la ostentación de diplomas universitarios es sinónimo de una “buena preparación”, por lo que se dedican a acumularlos y si no los tienen, los falsifican, o pagan por ellos, o sobornan a las universidades para que se los entreguen. Como buenos mediocres, son unos acomplejados. Son una cosa (borregos) pero quieren aparentar lo contrario.

Desde la transición, en España la mediocridad está considerada como una virtud: es el punto medio. Ni un extremo ni el otro. Es el centro, la UCD, el gobierno  de los subsecretarios cuyo máximo exponente fue Adolfo Suárez, ejemplo de fascista a la vez que borrego.

Aquí la política ha llegado a ser cosa de oficinistas y de papeleo. Es tan mediocre que también bosteza de aburrimiento, como cualquier otra rutina.

El laberinto burocrático es tan caótico que nadie sabe cuántos funcionarios hay en España. Según la Encuesta de Población Activa son más de tres millones, aunque el Registro Central de Personal de las Administraciones cuenta medio millón menos.

Los funcionarios en España son viejos, como la institución para la que trabajan. Sólo el 5 por ciento de ellos tiene menos de 34 años y no tardan mucho en adaptarse al medio. No les queda más remedio. Como un político, un funcionario no tiene color propio porque lo pierde en cuanto ocupa su plaza. Adopta el de la oficina donde trabaja, como los camaleones.

La mediocridad tira por la calle del medio: en España los funcionarios y los expertos se han reconvertido en políticos. Los funcionarios se infiltran en la política y los políticos en la función pública. Hay casi medio millón de políticos trabajando en los laberintos administrativos y empresas públicas, una cifra absolutamente desconocida en Europa. Es otro rasgo típico del Estado hispánico: el enchufe. El Estado recompensa y devuelve favores a determinados personajillos políticos con cargos muy bien remunerados y blindados. Naturalmente “a dedo”.

Una de las consecuencias es que en España los sueldos de la función pública son un 44 por ciento superiores a los que imperan en el sector privado, una ventaja que hay que añadir a que, como solía decirse antes, el funcionario “tiene la plaza en propiedad”. El despido es casi impensable.

En ocasiones, por pura ingenuidad, un político o un partido quiere hacer algo diferente. Pero no basta con las buenas intenciones. En las instituciones públicas no hay presupuesto para hacer cosas nuevas. Por ejemplo, en la mayor parte de los ayuntamientos el dinero se va en gastos corrientes, es decir, en hacer lo mismo que se ha hecho siempre, en mantener la rueda en funcionamiento. En Galicia la administración autonómica sólo dedica un 6,4 por ciento a inversiones.

Hay ayuntamientos que ni siquiera tienen dinero para pagar los gastos corrientes y viven de las subvenciones, es decir, que son municipios que se sostienen en pie gracias a la caridad, como los mendigos. En Madrid la comunidad autónoma tiene lo que falsamente califica como PIR (Plan de Inversiones Regionales) que sirve para pagar los gastos corrientes de los ayuntamientos sin dinero. Si el partido que dirige el ayuntamiento es diferente del que dirige la autonomía, se queda sin subvenciones; tiene que reducir actividades y en las siguientes elecciones se lo va a reprochar el bando contrario, precisamente aquellos que les han dejado sin un céntimo.

Es el encefalograma plano a escala municipal, lo justo para que las ruedas del Estado no se detengan. ¿Cómo puede un partido emprender cosas nuevas cuando a duras penas es capaz de mantener en marcha la vieja maquinaria que ya existe?

La única solución, pues, no es cambiar de gobierno sino cambiar de Estado, pero eso es algo que no se remedia con elecciones.

Europa cierra la puerta a los emigrantes pero se las abre a las armas nucleares de Estados Unidos

Manlio Dinucci

La “suspensión” del Tratado INF, anunciada el 1 de febrero por el secretario de Estado Mike Pompeo, lanza la cuenta atrás que, dentro de seis meses, llevará a Estados Unidos a salir permanentemente del Tratado. En todo caso, a partir de ahora, Estados Unidos se consideran libres para ensayar y desplegar armas de la categoría prohibida por el Tratado: misiles nucleares de alcance intermedio (entre 500 y 5.500 kilómetros), con una base terrestre.

A esta categoría pertenecían los misiles nucleares instalados en Europa en la década de 1980: los misiles balísticos Pershing 2, instalados por Estados Unidos en Alemania occidental, y los misiles de crucero lanzados desde tierra, instalados por Estados Unidos en Gran Bretaña, Italia, Alemania Occidental, Bélgica y los Países Bajos, con el pretexto de defender a los aliados europeos de los misiles balísticos SS-20, instalados por la Unión Soviética en su propio territorio.

El Tratado sobre Fuerzas Nucleares Intermedias, firmado en 1987 por los Presidentes Gorbachov y Reagan, eliminó todos esos misiles, incluidos los basados en Comiso (Sicilia).

El Tratado INF fue cuestionado por Washington cuando Estados Unidos perdió su ventaja estratégica sobre Rusia y China. En 2014 el gobierno de Obama acusó a Rusia, sin aportar pruebas, de haber probado un misil de crucero (acrónimo 9M729) perteneciente a la categoría prohibida por el Tratado. Y en 2015 anunció que “ante la violación por parte de Rusia del Tratado INF, Estados Unidos está considerando el despliegue de misiles terrestres en Europa”.

El plan fue confirmado por el gobierno de Trump: en 2018 el Congreso autorizó la financiación de “un programa de investigación y desarrollo para un misil de crucero lanzado desde tierra por una plataforma móvil de carretera”. Por su parte, Moscú negó que su misil de crucero violara el Tratado y, a su vez, acusó a Washington de haber instalado plataformas de lanzamiento de misiles interceptores (los del “escudo”) en Polonia y Rumanía, que pueden utilizarse para lanzar misiles de crucero con armas nucleares.

En este contexto, es necesario recordar el factor geográfico: mientras que un misil nuclear de alcance intermedio estadounidense con base en Europa puede llegar a Moscú, un misil similar con base en Rusia en su propio territorio puede llegar a las capitales europeas, pero no a Washington. Si se invierte el escenario, es como si Rusia instalara sus misiles nucleares de alcance intermedio en México.

El plan de Estados Unidos de desmantelar el Tratado INF contó con el pleno apoyo de los aliados europeos de la OTAN. El Consejo del Atlántico Norte declaró el 4 de diciembre de 2018 que “el Tratado INF está en peligro debido a las acciones de Rusia”, acusada de desplegar “un sistema de misiles desestabilizador”. El Consejo del Atlántico Norte declaró ayer su “pleno apoyo a la acción de Estados Unidos para suspender sus obligaciones en virtud del Tratado CNI” e instó a Rusia a utilizar los seis meses restantes para volver al pleno cumplimiento del Tratado.

El colapso del Tratado INF también se produjo con la contribución de la Unión Europea, que, en la Asamblea General de las Naciones Unidas del 21 de diciembre de 2018, votó en contra de la resolución presentada por Rusia sobre “Preservación y aplicación del Tratado INF”, que fue rechazada por 46 votos contra 43 y 78 abstenciones. La Unión Europea -de la que 21 de los 27 miembros forman parte de la OTAN (al igual que Gran Bretaña que sale de la UE)- se ha vuelto totalmente uniforme con la posición de la OTAN, que a su vez se ha vuelto uniforme con la de los Estados Unidos. En esencia, por tanto, la Unión Europea también ha dado luz verde a una posible instalación de nuevos misiles nucleares estadounidenses en Europa, incluida Italia.

En una cuestión de esta importancia, el gobierno [italiano] de Conte, al igual que sus predecesores, se ha alineado tanto con la OTAN como con la UE. Y en todo el espectro político, nadie ha levantado la voz para pedir al Parlamento que decida cómo votar en la ONU sobre el Tratado INF. Tampoco se ha alzado ninguna voz en el Parlamento para exigir que Italia cumpla el Tratado de No Proliferación y se adhiera al Tratado de Prohibición de Armas Nucleares de las Naciones Unidas, exigiendo a Estados Unidos que retiren las bombas nucleares B61 de nuestro territorio nacional [Italia] y que no instalen las aún más peligrosas B61-12 a partir del primer semestre de 2020.

Al tener en su territorio armas nucleares e instalaciones estratégicas como Estados Unidos, con los Muos y los Jtags en Sicilia, Italia se expone a peligros cada vez mayores como base de avanzada de las fuerzas nucleares de Estados Unidos y, por lo tanto, como objetivo de las fuerzas rusas. Un misil balístico nuclear de alcance medio tarda entre 6 y 11 minutos en alcanzar su objetivo. Un buen ejemplo de defensa de nuestra soberanía, consagrada en la Constitución, y de nuestra seguridad, que el Gobierno garantiza cerrando la puerta a los migrantes pero abriéndola en gran medida a las armas nucleares estadounidenses.

https://ilmanifesto.it/laffossamento-usa-con-la-complicita-delleuropa

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