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Día: 6 de noviembre de 2018 (página 1 de 1)

Aparece la fosa común del campo de concentración franquista de Albatera

Fue el campo de concentración más importante de la España de la posguerra. Allí fueron a parar una vez acabó el conflicto bélico destacados cargos republicanos, alcaldes, militares o artistas que se habían quedado sin billete en el último buque que salió de Alicante camino del exilio, el Stanbrook.

Pese a que la crueldad y el horror se dieron cita en el que antes de su reconversión había sido el campo de trabajo más emblemático de la República (destinado a presos que incluso contaban con permisos de fin de semana), el de Albatera es actualmente uno de los más desconocidos de los casi doscientos que llegaron a existir. Ahora, el arqueólogo e investigador Felipe Mejías arroja luz sobre un enclave que el franquismo se apresuró en borrar.

Pese a ello, gracias al trabajo que ha venido realizando el también historiador para la cátedra Interuniversitaria de Memoria democrática de la Comunidad Valenciana ha podido dar con la ubicación de la fosa común, «o pequeñas fosas» del campo de Albatera, situado actualmente en el término municipal de San Isidro. En esta localidad ha desgranado este sábado sus indagaciones en las XI Jornadas sobre el Campo de Concentración que ha organizado la Coordinadora de Asociaciones por la Memoria Histórica de Alicante (Coahmi).

«La única forma de saber dónde están los muertos es preguntando a la gente», explica Mejías, quien detalla el proceso que ha seguido hasta dar con el hallazgo. Anteriormente, otros investigadores iniciaron el mismo cometido, pero se encontraron «con el miedo o ignorancia» de los propietarios de las tierras agrícolas donde se asentó el campo, un terreno en el que solo ha quedado en pie la caseta de los guardias o «cuina». Sin embargo, los contactos de Damián Sabater, conocido por renunciar a la alcaldía de San Isidro en marzo de este año tras cumplir su programa electoral, le abrieron varias puertas.

Así, Felipe Mejías ha podido hablar con un antiguo operario y tres propietarios. En concreto, con un agricultor que en los años 50 labrando se topó con «un cráneo con pelo y cuero cabelludo a metro y medio de profundidad»; en otro emplazamiento, el descubrimiento macabro fue el de «un brazo con los huesos todavía en conexión anatómica»; y otro testimonio dio con un fémur. En definitiva, «todos coinciden en señalarme un sitio concreto» de un área que en su conjunto abarca los 700 metros de largo.

Era la época en la que llegaron a esta zona del sur de la provincia de Alicante colonos procedentes de otros puntos del país para cultivar las tierras dentro del proyecto del Instituto Nacional de Colonización del Ministerio de Agricultura. «Esa gente trabajaba todos los días en el campo y cuando se encontraban con huesos humanos los encargados les decían que eso eran muertos de la guerra que no había que hacer caso», rememora Mejías.

Otros de los testimonios de esos años los aportaron unos niños que contaron siendo ya adultos que iban con frecuencia a esa zona con sus bicicletas a coger dátiles y que un día vieron una fosa abierta con cadáveres «y cuando volvieron al día siguiente ya la habían tapado a la mitad». Esta pista y la aportada por labradores que al cavar se encontraron con cemento oscuro, «que seguramente sea cal viva», tendría la lectura para el arqueólogo de que la fosa podría estar en varias capas «lo que indicaría filas superpuestas».

Asimismo, el operario le ha contado a Mejías que trabajando allí en 1977 cuando el Ministerio de Agricultura le encargó trazar zanjas en todos los bancales para evacuar el agua de una zona de saladar «salieron varios muertos en varias zanjas separadas en intervalos de ocho a diez metros entre cada zanja», pero el descubrimiento «volvió a silenciarse». Además, otros testimonios como los de los hijos de los dueños de esas tierras le han puesto en la pista de las palmeras donde siguen estando los agujeros de los disparos de los vigilantes de las torres.

Los planes de Mejías, responsable para la provincia de Alicante de localizar fosas comunes, pasan ahora por realizar «un estudio en mayor profundidad» del campo cuya ubicación exacta y perímetro tiene localizado gracias a unas fotografías aéreas de 1946 realizadas por los americanos. «Es curioso, porque en ellas se ve la estructura de un campo que desde el terreno no se percibía porque lo habían arrasado y solo permanecían algunos escombros», explica. Tiene  previsto con la ayuda de un georradar terminar de hacer la prospección que se ha iniciado de la fosa o pequeñas fosas comunes encontradas para acabar finalmente excavando el terreno, «localizar los cuerpos y entregárselos a los familiares».

En un lugar que pasó de dar cabida como campo de trabajo republicano a 1.600 presos -sin que se registrara ningún fallecido- a 16.000 según Ginés Saura, miembro de Coahmi, ¿cuántas personas podrían permanecer enterradas? «Imposible saberlo de momento», responde Felipe Mejías. En el registro civil de Albatera constan ocho muertos durante los seis meses que permaneció abierto el campo –de abril a octubre de 1939-, según el historiador Miguel Ors. Pero como apunta el también historiador Francisco Moreno, «los testimonios orales hablan de muchas más víctimas». «Por fusilamiento las estimaciones que tenemos son entre 10 y 30 personas aproximadamente», apunta Mejías.

A este respecto cuenta en un documental Eduardo de Guzmán, un periodista anarquista preso, que lo pusieron en formación junto con otros compañeros y «fusilaron delante de nosotros a tres muchachos». No obstante, «lo más seguro es que los principales motivos de muerte en el campo fueran de enfermedad, penuria, deshidratación y hambre», aclara Mejías.

Entre las fallecidas se encuentra la hija del histórico dirigente del PCE Santiago Carrillo, presa en este campo junto con su primera mujer. «Allí mi hija contrajo una enfermedad que acabó con ella. La niña era pequeña y no había leche, no había nada y las condiciones fueron realmente trágicas», recuerda en el documental Rejas en la memoria. En anteriores jornadas organizadas por la Coamhi pasó el poeta comunista Marcos Ana, quien recordó cómo se fugó del campo de Albatera para acabar siendo detenido en Madrid y convertirse en el preso que más tiempo paso en una cárcel franquista.

Otros de los testimonios, que también ha fallecido, es el de Juan Ramos, recuerda Saura. Estuvo preso en el campo con 14 años y tiempo después en un documental reconoció la cara de Rudolph Hess, ministro de confianza de Hitler, del que recuerda que cuando fue a beber agua del suelo tras varios días deshidratado le dio una patada en el estómago.

La dureza del día a día la contó en los años 80 Juan Caba quien tras revelar que a él y a otros republicanos capturados les llevaron desde Alicante a Albatera en un vagón de tren abarrotado con cien personas donde murieron varios por asfixia, llegaron al campo donde «las torturas y vejaciones» fueron una constante y el hambre el principal problema. Les entregaban cada dos o tres días «una lata de sardinas de 125 gramos y un chusco de 200 gramos para cada 5 personas».

El trabajo de investigación de Felipe Mejías, condensado en un artículo de 60 páginas que publicará en breve, incluye documentación gráfica que hasta ahora no había visto la luz como la fotografía que acompaña el artículo.

La imagen está fechada en febrero de 1938, cuando el campo de Albatera todavía era republicano. En contra de la opinión que todavía está extendida de que el campo anterior a Franco era de concentración, tanto Mejías como Saura niegan la mayor. «Era de trabajo, de rehabilitación de presos por razones de delincuencia común o políticas», explica Saura. «El campo republicano tenía barracones donde dormían bajo techo, enfermería, y con un régimen de visitas de familiares», explica Mejías. «Incluso algunos por buen comportamiento tenían los fines de semana libres y volvían el lunes», añade. «Era un campo emblemático para la República, del que se sentían orgullosos por representar un sistema penitenciario novedoso», concluye el arqueólogo.

Pero fue acabar la guerra civil y el bando nacional aprovechó la infraestructura para cercar a miles de personas que habían quedado atrapadas en el lado perdedor. A partir del 1 de abril de 1939 hasta que Franco ordena su cierre el 27 de octubre de ese año, «pasó a ser un campo de concentración puro y duro», señala Mejías quien duda de que, como apuntan algunos historiadores, fuera también un campo de exterminio. «No estaba pensado para ese fin, el de exterminar a gente como ocurrió con los nazis, pero lo cierto es que sí que dejaron morir a la gente de hambre y sed».

«Yo pienso que el campo de Albatera tenía una semejanza con esos campos de exterminio, aunque quizás lo que tenía era menos estructura, porque esto era muy artesano en todo», reveló en su momento el preso Narciso Julián.

https://www.eldiario.es/cv/alicante/comun-esconde-horrores-concentracion-Albatera_0_831866998.html

Ucrania: el ‘auge de la ultraderecha’ sería imposible sin el apoyo de los medios de intoxicación

Por fin -ya era hora- el Washington Post nos dio una alegría el mes pasado al dar un vuelco de 180 grados a las posiciones que viene manteniendo desde 2014 sobre Ucrania (*), tanto el periódico como los altavoces mediáticos del imperialismo, en general.

Hasta ahora decían que no era para tanto. Los nazis no habían desempeñado ninguna función relevante en el Golpe de Estado de la Plaza Maidan. Ahora Joshua Cohen publica un artículo titulado “Las milicias de extrema derecha ucranianas desafían al gobierno por un enfrentamiento”.

Naturalmente, el alcance del artículo es muy pequeño, pero menos da una piedra. Según Cohen los fascistas están desatando una oleada de furia mientras el gobierno de Kiev cierra los ojos. Eso es algo que sabemos desde el siglo pasado y no ha cambiado.

Los matones de un grupo nazi llamado C14, cuyo número deriva del lema de catorce palabras “Debemos asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos”, golpearon a un político socialista, celebraron el cumpleaños de Hitler apuñalando a un militante pacifista y, como tienen la impunidad garantizada, se vanagloriaron de ello en su sitio web.

Otros nazis, dice Cohen, irrumpieron en los ayuntamientos de Lvov y Kiev atacaron exposiciones de arte, manifestaciones antifascistas, por la paz y los derechos de los homosexuales, así como un desfile del Día de la Victoria que conmemoraba la derrota de Hitler en 1945.

El gobierno de Kiev no ha hecho nada para detenerlo por razones que deberían ser obvias para todos. Respaldado por Estados Unidos, el Golpe de Estado de Maidan no sólo expulsó al presidente Viktor Yanukovich, que había ganado unas elecciones certificadas por la OSCE, sino que partió el país por la mitad, precisamente porque nazis como los de C14 estaban a la cabeza del movimiento.

Cuando la resistencia se opuso al golpe en Crimea y en zonas del este del país, en su mayoría de habla rusa y con base en los votantes de Yanukovich, estalló la guerra civil. Como el ejército ucraniano estaba colapsado, el nuevo gobierno golpista no tenía a nadie más en quien confiar, sino a los neofascistas que le habían ayudado a alcanzar el poder.

Se formó una alianza entre los oligarcas de arriba y los esbirros neonazis de abajo. Los fascistas no tienen el apoyo popular. Dmytro Yarosh, el cabecilla pirómano de la coalición para la supremacía blanca conocida como el Sector Derecho, recibió menos del uno por ciento de los votos cuando se postuló a la presidencia en mayo de 2014.

Pero el Estado es débil y está repleto de nazis en puestos clave. Andriy Parubiy, fundador del Partido Social Nacional de Ucrania, es el Presidente del Parlamento, mientras que el nazi Arsen Avakov es ministro del interior. Como señala Cohen, el resultado es la pasividad del gobierno, por un lado, y una creciente ola de violencia nazi, por el otro.

Al comienzo de la guerra civil, por ejemplo, los nazis quemaron a más de 40 personas vivas en un edificio sindical en Odessa, un hecho atroz minimizado por los altavoces mediáticos del imperialismo.

El Washington Post ha estado afirmando lo contrario durante más cuatro años. Ha sostenido que Rusia exageraba el papel de los nazis en Ucrania para desacreditar el Golpe de Estado, legitimar la anexión de Crimea y su propia supuesta interferencia en la Guerra del Donbas.

Diez días después del Golpe de Estado, el Washington Post aseguró a sus lectores que los informes rusos sobre “gamberros y fascistas” no tenían “ninguna base real”.

Una semana después, dijo que “el nuevo gobierno, aunque salpicado de políticos de derechas, está dirigido principalmente por políticos moderados y proeuropeos”.

Luego calificó a Bandera como “un personaje polémico” y citó a un empresario de Kiev: “Los rusos quieren llamarlo fascista, pero creo que fue un héroe para nuestro país. Putin lo está usando para tratar de dividirnos”.

Los nazis ucranianos veneran a Stepan Bandera, un colaboracionista cuyas fuerzas mataron a miles de judíos durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial y a casi 100.000 polacos.

En 1941 Bandera y los suyos dieron la bienvenida a Ucrania de los nazis, a pesar de que los nazis odian a los eslavos, y continuaron colaborando con ellos durante toda la ocupación.

En Ucrania los nazis organizaron un desfile de 15.000 antorchas en honor de Bandera y garabatearon un símbolo de las SS en una estatua de Lenin. También destruyeron un monumento a los ucranianos que lucharon por lo que los partidarios de Bandera consideran el lado equivocado de la Segunda Guerra Mundial: la URSS.

El New York Times no es mejor cloaca que el  Washington Post. En lugar de atacar a Ucrania, se ha dedicado a atacar a Rusia, acusando a Putin de “alarmismo” por lanzar “duros epítetos” como “neonazi” contras los dirigente ucranianos.

El diario Guardian, uno de los principales críticos de Putin, dijo sobre los nazis de Svoboda que “en la última década, el partido parece haberse suavizado, evitando la xenofobia”. Se apoyó en una declaraciones del embajador de Estados Unidos en Kiev, Geoffrey Pyatt, quien se mostró “positivamente impresionado” por la evolución de Svoboda en la oposición y su comportamiento en la Rada, el parlamento ucraniano. “Han demostrado su buena fe democrática”, según el embajador.

El fundador de Svovoda, Oleh Tyahnybok, dijo en un discurso de 2004 que quien gobernaba entonces en Ucrania era “la mafia judía de Moscú” y que los partidarios de Bandera habían luchado contra soviéticos, alemanes, judíos y otros enemigos que querían arrebatarles “nuestro Estado ucraniano”.

Pero lo que mejor refleja la campaña de intoxicación del imperialismo sobre Ucrania es un artículo publicado en el sitio web de Foreign Policy en mayo de 2014, titulado “Por qué judíos y ucranianos se han convertido en aliados improbables”.

El artículo comienza con el habitual remordimiento por Svoboda y Sector Derecho y lamenta que este último siga adorando al “controvertido” Bandera, cuyos partidarios “lucharon junto a los nazis desde 1944 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial”.

Pero, continuaba el artículo, por muy malos que sean los nazis ucranianos, Rusia es aún peor. “A pesar de la presencia sustancial de nacionalistas de derecha en Maidan durante la revolución, muchos miembros de la comunidad judía en Ucrania están descontentos de ser utilizados por Putin en su guerra de propaganda. La prueba de ello es una carta abierta firmada por 21 dirigentes judíos ucranianos declarando que el verdadero peligro era Moscú”.

“Sabemos que la oposición política está compuesta por varios grupos, algunos de los cuales son nacionalistas”, decía aquella carta. “Pero incluso los más marginales no dan muestras antisemitismo u otras formas de xenofobia. Y sabemos con seguridad que nuestros pocos nacionalistas están muy bien controlados por la sociedad civil y el nuevo Gobierno ucraniano, lo que es más de lo que se puede decir de los neonazis rusos, que se sienten alentados por sus servicios de seguridad”.

Aquellos judíos ucranianos salían, pues, en defensa de los nazis, a los que lavaban la cara porque estaban libres de antisemitismo y otras formas de xenofobia. “Excusatio non petita, acusatio manifesta”, decían los clásicos. Demasiadas explicaciones para justificar algo que no existía era marginal.¿Banderas confederales en el Ayuntamiento de Kiev? Sólo son símbolos. ¿Manifestaciones nocturnas con antorchas con retratos de Bandera colgados de los edificios públicos? Eso es libertad de expresión (y así sucesivamente).

El autor de la carta judía fue Josef Zissels, que tiene relaciones muy estrechas con los nazis ucranianos desde hace tiempo. Se define a sí mismo como “zhydobanderivets”, un acrónimo que se puede traducir más o menos como “un discípulo judío de Bandera”. Este nazi-judío criticó al diputado californiano Ro Khanna por enviar una carta al Departamento de Estado pidiendo que presione a los gobiernos de Polonia y Ucrania que tratan de revisar el relato acerca del ”holocausto” en sus países respectivos.

A la mayor parte de los judíos del este de Europa la deriva nazi les trae muy malos recuerdos. Enviaron una carta de agradecimiento a Khanna por su iniciativa en la que expresaban “su profunda preocupación por el aumento de los incidentes antisemitas y las expresiones de xenofobia e intolerancia, incluidos los ataques contra las comunidades romaníes” y “proclamando firmemente que el Sr. Iosif Zissels y la organización VAAD no representan a los judíos en Ucrania”.

Como vemos, los judíos no actúan al unísono, como creen los antisemitas. Un judío ruso estaba tan indignado contra Zissels y otro oligarca judío ucraniano, Igor Kolomoisky, que dijo que quería colgar a ambos “en Dnepropetrovsk frente a la Sinagoga de la Rosa Dorada hasta que dejaran de respirar”.

Resumiendo, el artículo de Foreign Policy sobre la alianza entre los judíos y los nazis ucranianos era un montaje, otro más.

Ahora los medios de intoxicación, como el Washington Post, no pueden ocultar por más tiempo la verdadera naturaleza del gobierno de Kiev.

(*) https://www.washingtonpost.com/news/democracy-post/wp/2017/06/15/ukraines-ultra-right-militias-are-challenging-the-government-to-a-showdown/

La bandera de la Confederación de Estados Unidos ondea en el ayuntamiento de Kiev

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