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Día: 4 de julio de 2018 (página 1 de 1)

La batalla del sur, ¿es la última de la Guerra de Siria?

La historia de la Segunda Guerra Mundial muestra que los imperialistas no pueden ser derrotados, sino aplastados. Como las lagartijas, no es suficiente con cortarles el rabo porque se reproducen. La Guerra de Siria va a demostrar de nuevo que la victoria no es suficiente.

Ya hemos explicado aquí que los altavoces de Estados Unidos e Israel no se resignan y su volumen es tan elevado que no dejan oir nada más que sus cantinelas: no hemos sido derrotados (ni nosotros ni los yihadistas) sino que hemos negociado la retirada, nos vamos porque nos da la gana…

¿Con quién han negociado? Con Rusia. ¿Qué han negociado? La protección de los intereses de Israel. ¿Qué creen que han conseguido? Que los iraníes se vayan de Siria, algo que es imposible porque nunca estuvieron allá… oficialmente. Luego no pueden escenificar una retirada sin contradecirse a sí mismos.

Lo mismo cabe decir de Hezbollah: estuvieron pero ya se han largado discretamente, lo cual para los israelíes es como una victoria o, al menos, el fin de una pesadilla: sólo el ejército sirio estará presente a una distancia de 40 kilómetros desde el límite de la parte ocupada del Golán.

Por eso los altavoces de Estados Unidos e Israel hablan de un golpe a Hezbolah e Irán. Simulan satisfacción a raudales.

Pero el plan israelí no era ese. Lo que pretendían era sustituir en la frontera del Golán al ejército sirio por las mesnadas yihadistas, es decir, acabar con el acuerdo de alto el fuego de 1974, firmado bajo la supervisión de las ONU y lo que han visto en estos años de guerra ha sido la posibilidad de que tener a sirios, iraníes y libanes junto a su frontera. Una auténtica pesadilla.

El fin de esa pesadilla es lo que en Washington y Tel Aviv interpretan como una victoria.

El ejército sirio ya no necesita refuerzos. El número de frentes abiertos se ha reducido considerablemente y ya no exigen una movilización a gran escala. Por eso Damasco ha reanudado los permisos a los soldados que se suspendieron en 2011 e incluso ha reducido su fuerza en 11.000 reservistas que recientemente regresaron a la vida civil.

La batalla del sur es, sin duda, la última gran confrontación, ya que el norte del país se liberará mediante negociaciones diplomáticas a gran escala en las que participarán los rusos y los turcos, además de los sirios y posiblemente los estadounidenses (que llevan un tiempo anunciado que se largan).

El ejército sirio ha preparado la batalla del sur separando la región de Deraa de la de Quneitra, a fin de impedir los contactos entre los mercenarios de las dos zonas y, sobre todo, neutralizando el riesgo de una intervención militar israelí en su ayuda.

Después de muchas vacilaciones, Jordania ha indicado que no tiene intención de abrir sus fronteras a los mercenarios ni a quienes les ayudan. El centro de mando de la OTAN cerca de Ammán, que estaba bajo la supervisión de oficiales del Pentágono y que ha dirigido gran parte de las batallas durante los últimos siete años, ya no es necesario y no ha intervenido en la batalla del sur, entre otros motivos porque las posiciones yihadistas eran militarmente insostenibles.

Abandonados a sus propias fuerzas, en los últimos días los mercenarios yihadistas han mostrado su enorme fragilidad.

La batalla del sur de Siria terminará, pues, con una victoria aplastante de las fuerzas de Damasco y sus aliados. A los estadounidenses e israelíes no les queda otra que disimular lo más posible con subterfugios, para lo cual cuentan con la ayuda de los plumíferos de los medios, encargados de poner el acento en que quienes se retiran del campo de batalla son iraníes y libaneses.

Siria en el orden del día de la cumbre entre Trump y Putin

Dos semanas antes de la cumbre entre Trump y Putin, los ojos están puestos, entre otros puntos, en la batalla que hay entablada en el sur de Siria.

La guerra de Siria empezó en Deraa y puede acabar en el mismo lugar. El ejército regular sirio avanza rápidamente y podría llegar al paso de Al-Nassib, fronterizo con Jordania, en los próximos días.

La prensa libanesa vendida al imperialismo asegura que dicho avance forma parte de un acuerdo negociado entre Trump y Putin que, además, toma en consideración los intereses israelíes en la región.

Ya saben: el imperialismo nunca reconoce una derrota, y menos del tamaño de la Guerra de Siria.

Más bien parece todo lo contrario: el fulgurante avance pretende impedir cualquier negociación sobre el sur de Siria y, desde luego marginar a Israel antes de la cumbre.

Los únicos que negocian son los representantes del llamado “ejército sirio libre”, para lo cual utilizan a Rusia. No tienen otra opción porque son montajes “de usar y tirar”. Han sido abandonados por Estados Unidos y la vecina Jordania, algo que no se esperaban.

Al “ejército sirio libre” la gasolina le ha durado tanto como las subvenciones procedentes de Washington, Bruselas, Riad y Ankara. La tropa que presentaron como el brazo armado de una rebelión popular contra un “régimen sanguinario” desapareció hace mucho tiempo y lo que quedaba de ella se integró en grupos yihadistas afiliados a Al-Qaeda, o se alió al Califato Islámico, o se puso bajo el paraguas de Turquía.

Como es costumbre, la prensa imperialista dice que la población huye en masa, aterrorizada ante el avance del ejército regular, algo que no hizo cuando estuvo bajo el terror yihadista.

Es al revés: los habitantes de Deraa celebran la llegada del ejército y reciben a los soldados con demostraciones de alegría.

Sutilmente las marionetas del imperialismo, incapaces de derrotar al gobierno por la fuerza, envían señales a Rusia, e incluso al propio Bashar Al-Assad, de que están dispuestos a participar en las conversaciones para alcanzar una solución política.

Ahora la contrapartida es que Damasco se distancie de Irán y no permita su presencia militar en una región, como el sur de Siria, que es muy sensible porque limita con Israel y Jordania.

Después de venderse al mejor postor, la oposición siria también se ha vuelto muy “nacionalista”.

Odio, discurso de odio, delito de odio, grupo de odio

El odio y sus conexos, como el llamado “discurso de odio”, son uno de los mejores ejemplos de la basurilla intelectual que fabrican las facultades de sociología de Estados Unidos, las ONG, los periodistas, los grupos reformistas y los movimientos LGTB, entre otros.

Lo políticamente correcto está de moda y el odio se ha quedado fuera. Le han dado sustantividad propia y lo han convertido en un delito por sí mismo. Hay fiscalías y grupos de la policía dedicados especialmente a perseguir este tipo de delitos. Cabe suponer que si los grupos de estupefacientes han erradicado las drogas, los grupos antiodio acabarán con el odio y el rencor, y harán realidad el mandato bíblico de “amaos los unos a los otros”.

Esta imbecilidad intelectual cumple numerosas funciones de control social, diversión ideológica y ataque a la libertad de expresión.

El recurso al odio es una explicación extremadamente subjetiva de un fenómeno social, de una conducta personal y de un delito del estilo que difunde la telebasura, como “mentes criminales”.

Te radicalizas porque lees páginas radicales en internet. De ese modo, tienes que tener cuidado porque puedes acabar en la extrema derecha o en la extrema izquierda. Así los “expertos” aseguran que los yihadistas cometen crímenes atroces porque leen ese tipo de propaganda y se “reconvierten”. Si leyeran a Bakunin pondrían en práctica la acción directa y si leyeran a Mao, la guerra popular prolongada.

Por eso es imprescindible acabar con el odio, el extremismo y las páginas extremistas en internet, que es su incubadora. “El discurso del odio invade la red”, decía el año pasado un informe del Ministerio del Interior (1).

Es la típica falsedad propagada al unísono desde un Ministerio tan propenso, como el de Interior, cuyas tonterías los medios jalean para crear una (falsa) alarma: internet es el moderno Sodoma y Gomorra, un ámbito especial de criminalidad repleto de piratería y pornografía.

Convierten a lo que es puramente virtual en real. Por ejemplo, es habitual el empleo de expresiones como “ataque” o “agresión” para referirse a mensajes aparecidos en las redes sociales. Alguien se ha debido quedar hipnotizado: un mensaje no es una paliza ni una cuchillada.

El segundo paso es convertir lo virtual en viral. Es otro vuelco de 180 grados. Quieren aparentar que un determinado mensaje se ha expandido por la red, cuando en realidad lo que expande el mensaje es la censura y la represión.

En fin, es una cadena que luego pasa de lo viral a lo “visible”, otra expresión absurda de la jerga moderna.

Un mensaje no es en sí mismo viral; lo viral es la represión. Los delitos cometidos en el ejercicio de la libertad de expresión, como el de enaltecimiento (artículo 578 del Código Penal), requieren publicidad. Pero un mensaje en Twitter no es público; alguien lo convierte en público. Quien ha elevado a Casandra Vera a los altares de la fama no es un chiste, sino la policía, los tribunales y los medios de comunicación.

Además de constituir un delito por sí mismo (artículo 510 del Código Penal), el odio es una circunstancia agravante (artículo 22.4 del Código Penal) en cualquier otro delito, como en el Caso Altsasu.

Por estúpida que resulte, la ideología dominante se propaga como la peste a golpe de subvenciones, ONG y prensa. En el caso del odio ha llegado al delirio, como se comprueba en la noticia del diario ecuatoriano “El Universo” de la semana pasada, donde se informa de que el actual Presidente de la República, Lenín Moreno, había denunciado por un delito de odio a su predecesor Correa porque le llamó “Efialtes” en su cuenta de Twitter (2).

Hay que recurrir a Herodoto para averiguar que Efialtes fue un ateniense de hace 2.500 años que, durante la batalla de las Termópilas, envió a los persas a masacrar a los espartanos que defendían el desfiladero. Es, pues, sinónimo de traidor, el Malinche azteca o el Caín bíblico.

La leyenda es común a muchos pueblos: los extranjeros no nos derrotaron porque fueran más valientes, sino porque uno de los nuestros nos traicionó…

Si dos políticos que ocupan los cargos de máximo relieve de un país, tienen que recurrir a los tribunales llevándoles este tipo de “delitos”, es porque estamos rodeados de gilipollas, y no se trata sólo de periodistas, sino de juristas (jueces, abogados, fiscales, profesores universitarios) y de todos esos colectivos seudoprogres.

A pesar de la represión, el odio aumenta a través de internet, que es su correa de transmisión. “Las redes sociales han permitido el aumento de los ataques y casos de odio en Estados Unidos”, asegura el SPLC (Southern Poverty Law Center).

Además internet pone en contacto a unos odiadores con otros, los recluta y los organiza, de tal modo que el referido SPLC ha registrado unos 900 grupos de odio en Estados Unidos, que Rick Halperin uno de esos “expertos” de pacotilla de una universidad metodista, atribuye a los mensajes de Trump: “Todo empieza con el Presidente”, sostiene Halperin. “Ha demostrado quién es: un intolerante, un mentiroso, una persona que odia”(3).

La conclusión es obvia: si todo empieza con Trump, para acabar con el odio primero deberíamos acabar con él… Pero no podemos. Lo que sí podemos hacer es censurar internet de manera que el odio, el racismo, el yihadismo y el extremismo no se propaguen.

Ahora bien, la censura está mal vista y es antipática si llega desde fuera, sobre todo desde el Estado y sus funcionarios. Lo mejor -y más barato- es que internet se autocensure: que los buscadores se autocensuren, poner a Facebook y Twitter a vigilar a sus usuarios, cerrar los servidores a saco…

(1) https://politica.elpais.com/politica/2017/06/08/actualidad/1496913111_575299.htm
(2) https://www.eluniverso.com/noticias/2018/06/20/nota/6821237/denuncian-rafael-correa-supuesto-delito-odio-tras-llamar-efialtes
(3) https://mundohispanico.com/noticias/aumenta-racismo-y-odio-en-redes-sociales-experto-lo-atribuye-a-trump-video

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