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Día: 14 de marzo de 2018 (página 1 de 1)

El ‘gran padrino del Kremlin’ deja un reguero de sangre por donde pasa

Bush y Berezovsky
El 4 de marzo el coronel del GRU, la inteligencia militar rusa, Serguei Skripal fue envenenado en Salisbury, Gran Bretaña, con un gas nervioso. A pesar de admitir que no tiene pruebas de que el envenenamiento haya sido obra de Rusia, May no ha perdido el tiempo. Ha expulsado a 23 diplomáticos rusos, ha suspendido todos los contactos de alto nivel con Moscú y ha reunido al Consejo de Seguridad de la ONU.

Lo peor de todo es que Inglaterra boicoteará los mundiales de fútbol que se celebran este verano en Rusia que, a este paso, jamás podrá convocar ninguna reunión deportiva internacional, ni juegos olímpicos porque siempre ocurrirá un incidente que justificará el boicot.

Skripal traicionó a su país trabajando para el MI6, la inteligencia británica.​ En 2004 fue detenido, condenado por alta traición y encarcelado. Tras un intercambio de espías, en 2010 se estableció en Gran Bretaña.

A los que tienen memoria, el envenenamiento de Skripal les recordará el de Alexander Litvinenko, otro espía ruso intoxicado hace 12 años, que también fue obra de Rusia, como es bien sabido porque así lo dijeron los tribunales… británicos.

Como eso es lo que dijo entonces y lo que dice ahora la prensa “seria”, no suena a conspiranoico para nada; es más bien lógico: Rusia mata a los traidores allá donde se encuentren.

Pero lo lógico no siempre se acompasa con lo histórico, y en 2006 un espía francés, Paul Barril, comandante del GIGN (fuerzas especiales de la policía francesa) y fundador de la célula de inteligencia del Elíseo, sostuvo que el asesinato de Litvinenko había sido obra de los matones del espionaje estadounidense y británico.

Incluso Barril afirmó que tal asesinato no era una obra aislada sino que formaba parte de un operativo conjunto, llamado “Beluga”, para desacreditar a Moscú y a Putin personalmente ante los medios de comunicación occidentales.

La confesión de Barril formaba parte de una larga entrevista con el empresario suizo Pascal Najadi, que publicó dos libros al respecto:  “The Phony Litvinenko Murder” y “Litvinenko Murder Case Solved”. Según el policía francés, Litvinenko habia sido asesinado por un italiano que le suministro polonio 210, una sustencia radiactiva que acabó con su vida.

Barril mezclaba en el crimen a Berezovsky, uno de los oligarcas desplazados por la llegada de Putin al Kremlin en 1999 que después pasó a colaborar con la CIA y el MI6 en la Operación Beluga.

Pues bien, Litvinenko era el camello de Berezovsky, el hombre que llevaba el dinero de un lado a otro para financiar periódicos, periodistas y reportajes contra Putin y Rusia, con la asistencia de la empresa de relaciones públicas Bell Pottinger.

En 2007, cuando Berezovski vivía en Gran Bretaña como “perseguido político”, un tribunal de Moscú le declaró culpable de cometer un desfalco de grandes proporciones en Aeroflot, la línea aérea rusa. No obstante, en tres ocasiones los tribunales británicos negaron su extradición a Rusia.

No hay salsa en la que el magnate ruso no estuviera presente. Era íntimo de Neil Bush, el hermano pequeño de la saga del mismo apellido. Estuvo en medio de las Guerras de Chechenia. En Ucrania, durante la Revolución Naranja de 2005, dice la Wikipedia, financió la campaña electoral de Yushchenko (1). Según la BBC,​ Berezovski financió las manifestaciones y estuvo en contacto diario con los principales dirigentes de la oposición.

Fue asesinado en 2013, un crimen al que se pueden ir sumando otros, como el de la periodista Anna Politovskaia, todos ellos opositores de Putin y, como es “lógico”, asesinados por orden suya.

Más crímenes: en 1996 el periodista Paul Klebnikov publicó un artículo en la revista Forbes titulado “¿El padrino del Kremlin?”. El padrino de la mafia era Berezovski, protegido por Gran Bretaña, a pesar de que mandaba asesinar a todos sus adversarios.

Berezovski denunció a la revista ante los tribunales por difamación. Forbes se retractó, pero no logró acallar a Klebnikov que amplió su investigación con un libro en cuyo titular habían desaparecido los signos de interrogación: “El padrino del Kremlin”. Esta vez Berezovski no le denunció en los tribunales, pero en 2004 Klebnikov fue asesinado.

Durante una comparecencia parlamentaria el titular del Foreign Office, Boris Johnson, comparó los asesinatos de Litvinenko y Skripal y calificó al Kremlin como “una fuerza disruptiva y maligna”.

Por su parte, el secretario de Defensa, Gavin Williamson, acusó a Putin de tener “intenciones hostiles” y recalcó que la postura agresiva del Kremlin hacia el Reino Unido se había acrecentado.

Pero esos dos asesinatos no son casos aislados: el martes, 9 días después de Skripal, encontraron muerto en su casa a Nikolai Glushkov, el socio de Berezovsky.

La policía británica cuenta 14 rusos asesinados en los últimos años en las islas. Para convencernos de que todos esos crímenes son obra de Putin sólo tienen que mostrarnos una prueba, una sola, porque hasta ahora, después de 12 años de “investigaciones”, no fabrican más que conjeturas (2).

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Bor%C3%ADs_Berezovski_(empresario)

(2) http://www.russia-direct.org/opinion/litvinenko-report-another-proof-wests-intransigence-putin

Gran Bretaña se prepara oficialmente para una guerra contra Rusia

El 21 de febrero el Ministro de Defensa británico, Gavin Williamson, anunció que Gran Bretaña se estaba preparando oficialmente para una guerra contra Rusia.

Actualmente su Estado Mayor está cambiando su estrategia militar, para pasar de una guerra contra “terroristas no gubernamentales” (Al-Qaeda) a una guerra contra tres países, Rusia, China y Corea del norte, a los que aún no se atreven a llamar “terroristas gubernamentales”.

Williamson reconoció que para ello necesitará un aumento masivo del gasto militar, por lo que habrá que ahorrar en otras áreas del gasto público, como los servicios de salud y educación.

Al día siguiente el titular del Times fue: “Rusia es una amenaza mayor para nuestra seguridad que los terroristas” (*). El artículo estaba firmado por Deborah Haynes, la redactora jefe de defensa.

La amenaza que representan para Gran Bretaña estados como Rusia y Corea del Norte es mayor que la amenaza del terrorismo, “lo que marca un cambio importante en la política de seguridad”, escribía Haynes.

Es un cambio con respecto a la estrategia de seguridad nacional publicada en 2015, que enumeró por primera vez el terrorismo internacional, y está en línea con la decisión del mes pasado de Estados Unidos de reconocer la “competencia estratégica” de países como China y Rusia como su objetivo principal en lugar de la lucha contra el terrorismo.

Para cambiar de estrategia se necesita más dinero y un cambio en la estructura de las fuerzas armadas como parte de una revisión de la defensa para hacer frente al desafío de un conflicto entre Estados, “algo que Gran Bretaña no ha tenido que considerar en una generación”.

Al más puro estilo de la Guerra Fría, la excusa es que los rusos se les han adelantado. “La actividad de los submarinos rusos en el Atlántico Norte es diez veces mayor que antes”. Además, los rusos se han infiltrado en el Mediterráneo, en Siria… Ya están por todas partes.

(*) https://www.thetimes.co.uk/article/russia-is-a-bigger-threat-to-our-security-than-terrorists-5mjrmr58n

Stalin, Churchill y el mundo que se repartieron en Yalta (una fantasía histórica)

El 9 de octubre de 1944 Churchill llegó a Moscú para reunirse con Stalin. A causa de las elecciones presidenciales estadounidenses, la conferencia tripartita con Roosevelt se había aplazado temporalmente y Churchill mostraba mucha prisa. Estuvo pidiendo la entrevista con Stalin desde finales de septiembre.

La delegación soviética estaba “con la mosca detrás de la oreja”. La insistencia de Churchill por viajar a Moscú les desconcertaba. ¿Qué pretendían los británicos?, ¿por qué querían reunirse con ellos sin la presencia de Roosvelt?

De la primera conversación entre ambos conocemos la versión falsaria de Churchill que aparece en sus Memorias. Es el famoso reparto porcentual de influencias en los Balcanes, donde los británicos se quedaban con el 90 por ciento de Grecia y concedían el 75 de Bulgaria y el 90 por ciento de Rumanía a los soviéticos, mientras Yugoslavia y Hungría se las repartían al 50 por ciento.

Como es evidente, los países interesados no pintaban nada, los grandes se reparten el mundo a costa de los pequeños, los soviéticos son igual de imperialistas que los británicos, los soviéticos también se repartieron Polonia en 1939 con los nazis (Pacto Molotov-Von Ribbentrop), después se repartirían el mundo en Yalta con la complicidad de Roosvelt…

No hay cretino que no haya repetido estas gilipolleces una y mil veces. No hay más que recurrir a un buscador para convencerse de ello. Es increíble que alguien pueda dar algún significado al hecho de que dos países se repartan en porcentajes cuantitativos algo tan sutil como la “influencia” sobre un país soberano. Pero tratándose de Stalin o de la URSS cualquier cosa es posible (sobre todo si procede de un farsante como Churchill).

Cuando se celebra la reunión de Moscú, el Ejército Rojo ya llevaba un mes en Rumanía y Bulgaria, por lo que Churchill no podía ceder ni negociar nada. Había quedado completamente fuera de juego, lo mismo que Estados Unidos.

Es cierto que los británicos pataleaban a causa de ello y se quejaban de que la URSS había actuado unilateralmente durante la ocupación militar de ambos países. Pero exactamente eso es lo que ellos habían hecho en Italia, a donde llegaron en el verano de 1943. En la Italia ocupada Estados Unidos y Gran Bretaña hacían y deshacían sin contar con la URSS para nada y dejando en el poder a la mayor parte de los cuadros del régimen fascista de Mussolini.

Aparte de mentir, en sus Memorias Churchill concede a la entrevista de Moscú una importancia que no tiene, en absoluto, porque en Moscú no estaban dispuestos a hablar de nada con él sin que Estados Unidos estuviera delante. Para ellos se trataba de una mera preparación de la reunión de Yalta, en la que Roosevelt sí estaría presente.

Al no estar presente, la URSS se negó a adoptar ningún acuerdo unilateral con Churchill, y mucho menos un reparto del mundo.

Casi todo lo que dice Churchill en sus Memorias sobre aquella reunión es falso. Incluso el orden del día fue muy distinto del que describe. La primera cuestión que trató con Stalin fue la de las futuras fronteras polacas y, en cuanto a los Balcanes, no llegaron a ningún acuerdo.

Al día siguiente las conversaciones no mejoraron, a pesar de los intentos de Anthony Eden, también presente, por regatear con Molotov. Ni siquiera coincidían en las preferencias. A uno (Eden) le interesaba hablar de los Balcanes; al otro (Molotov) de Polonia. En otras palabras: los británicos querían chantajear a Stalin con Polonia para llegar a un acuerdo sobre los Balcanes.

Pero Churchill volvió de Moscú con los bolsillos vacíos. Absolutamente vacíos; no hubo acuerdo, no hubo reparto… Nada de nada.

Ahora bien, el falso relato que hizo Churchill de su entrevista con Stalin tiene varias secuelas históricas. Una de ellas es el Tratado de Yalta, que no sería otra cosa que la formalización del reparto por escrito, según los estafadores.

Es una calumnia idéntica a la anterior: en Yalta nadie se repartió nada porque no había nada que repartir.

La otra secuela es el fracaso de la revolución en Grecia, uno de los tópicos favoritos del trotskismo desde hace 70 años. La explicación es que Stalin debía y podía ayudar a la revolución en Grecia en 1945 y no lo hizo por el reparto del pastel que había llevado a cabo con Churchill previamente.

Más concretamente, a Stalin se le imputa su pasividad ante la masacre cometida contra los antifascistas y comunistas griegos en diciembre de 1944 en Atenas.

Explicar aquel acontecimiento es complejo, como es complejo todo lo que concierne a los Balcanes. A mediados de septiembre, el Ejército Rojo estaba en Bulgaria, en la frontera con Grecia. Las tropas alemanas corrían el riesgo de quedar cercadas. Sólo podían huir a través de Yugoslavia.

Entonces, según otras memorias, las del nazi Albert Speer, el general Alfred Jödl pactó con los británicos. Los alemanes mantendrían el puerto de Salónica frente al Ejército Rojo para dar tiempo a los británicos a desembarcar en el sur de Grecia y ocupar la península. Los británicos se comprometían a no atacar a los alemanes
para que pudieran retirarse ordenadamente. Los nazis solo debían preocuparse del Ejército Rojo y de la guerrilla.

Gracias al acuerdo, los británicos pudieron desembarcar sin oposición, relevar a los ocupantes nazis y aplastar a la guerrilla. Para ser más exactos, la matanza de Atenas fue cometida por tropas británicas transportadas en barcos estadounidenses desde Italia, donde los aliados dejaron de combatir a los nazis para atacar a los antifascistas griegos.

La estrategia militar del Ejército Rojo era muy diferente a la del británico. Consistía en aplastar a los nazis. Por eso, desde Bulgaria no se dirigió hacia Grecia sino hacia Yugoslavia, donde unió sus fuerzas a la guerrilla antifascista.

Desde el siglo XIX Grecia era un punto estratégico de gran importancia para el Imperio Británico. Durante toda la guerra Churchill había insistido en desembarcar en el Mediterráneo y, más concretamente, en los Balcanes.

Al fracasar sus planes, desde mayo de 1944 venía realizando enormes esfuerzos diplomáticos para que le dejaran las manos libres en Grecia, lo que dio lugar a un cruce de cartas entre los tres dirigentes (Churchill, Roosverlt, Stalin) durante más de dos meses, de las que no se desprende ningún tipo de acuerdo.

Es posible que Churchill interpretara el silencio de los otros dos (Roosvelt y Stalin) como una aceptación tácita de los planes que perseguía desde setiembre de 1943. Pero, lo mismo en Grecia que en Italia, tras de sí la guerra imponía los hechos consumados: en los territorios ocupados mandaba el primero en llegar.Sobre Grecia Churchill no alcanzó, pues, ningún acuerdo con Stalin. Con quien pactó fue con el III Reich. Él pensaba en la posguerra más que en la propia guerra. El verdadero enemigo no era el III Reich sino los comunistas griegos. Para implementar su política, en Londres volvían al punto de partida: había que romper la alianza y buscar una paz por separado con los alemanes, sin la presencia de la URSS.El relato de Churchill ha servido, además, para eximir de responsabilidad al único responsable de la masacre de los antifascstas en Atenas en diciembre de 1944: él mismo, con la complicidad de Roosvelt.

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