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Día: 28 de enero de 2018 (página 1 de 1)

Stalin y Eisenstein: un debate abierto sobre cine, historia y batallas políticas

Por aquí es demasiado pedir que alguien sea capaz de escribir algo mínimamente sensato sobre la URSS sin incurrir en una imbecilidad tópica. Ha sido el caso de las reseñas sobre el genial cineasta soviético Serguei Eisenstein, en las que nunca falta una mención a la censura impuesta por Stalin sobre la película “Iván el Terrible”, por una razón obvia: Stalin se veía asimilado a un Iván cuyo apodo lo decía todo. Terrible.

Ninguno de los que escriben esas bobadas tiene ni la más lejana idea de quién fue Iván el Terrible, aunque imaginarán que sería una versión rusa a medio camino entre Calígula y Robespierre. Es como preguntarles si saben quién fue Juana la Loca o si realmente creen que estaba loca. Sin embargo, les consta fechacientemente que Iván el Terrible sí era realmente terrible, que a Stalin le molestaba que le compararan con él y que eso es precisamente lo que pretendía hacer el sibilino de Eisenstein…

En la URSS los debates sobre el arte y la literatura siempre fueron particularmente enconados porque no son otra cosa que los mismos debates políticos metamorfoseados. Esos debates se recrudecieron tras la Segunda Guerra Mundial y Stalin tuvo un papel protagonista en ellos, cuidadosamente silenciado por Jruschov y los suyos a partir de 1953.

Un reflejo de ese debate es el denostado artículo de Zdanov sobre arte y literatura, en el que -además de Stalin- participaron Molotov, Eisenstein y Cherkasov, que es -por cierto- el actor que encarna a Iván el Terrible en la película de Eisenstein.

No es sencillo resumir los términos del debate, pero hay que empezar diciendo que la comparación con el Iván el Terrible no le podía importar lo más mínimo a Stalin porque prefería eso a que le comparan con Pedro el Grande o Catalina la Grande porque mientras estos seguían los cánones occidentales, el zar Iván era un “oriental” y eso a Stalin le parecía bien. No tenía ese tipo de complejos.

Dentro del debate, los participantes estaban de acuerdo en cosas que aquí muchos también pondrían encima de la mesa. El principal de ellos es que para un revolucionario el arte no es un fin en sí mismo (“ars gratia artis”, el lema de la Metro Goldwyn Mayer) sino que está al servicio de las masas y no de los directores, los productores, los actores o los exhibidores.

El segundo es que eso no justifica cualquier mediocridad panfletaria, sino todo lo contrario. El debate de 1947 tenía por objeto elevar la calidad artística del cine soviético, tanto como su contenido político, ideológico e histórico. El PCUS reprocha a Eisenstein que en la segunda parte de la película Ivan el Terrible muestra su ignorancia de la historia que relata, lo cual en un país capitalista no importa, pero en la URSS era fundamental. ¿O debían los comunistas admitir que una película transmitiera cualquier clase de falsedades sobre el pasado con la excusa de que se trata de ficción?

Eisenstein no pintaba al ejército de Iván IV, o Iván Grozni, como le llamaba el PCUS, como un ejército (“oprichnina”) progresista sino como una banda de matones y al propio zar como una especie de Hamlet, un hombre dubitativo, lo cual no era cierto.

Después de criticar la película, el PCUS pasa a criticar al Ministerio de Cinematografía y a su ministro Bolchakov, que “gasta mucho dinero en el cine pero no hace nada por mejorarlo”. El ataque continúa por los vidriosos temas del amiguismo y el compadreo, tan típicos del arte y los artistas, incluso los soviéticos:

“Los trabajadores del arte deben comprender que quienes adoptan una actitud irresponsable y superficial respecto a su trabajo se arriesgan a situarse fuera del alcance del arte soviético progresista, porque las exigencias culturales y las exigencias del público soviético se han desarrollado. El gobierno continuará cultivando entre las personas el buen gusto y estimulará la exigencia sobre las obras de arte”.

Que el PCUS no estuviera de acuerdo con la película y la criticara, no significa que hubiera censura, porque también criticó otras películas de Eisenstein, incluidas las más coocidas, como La Huelga, Acorazado Potemkin, Octubre y La Línea General, todo lo cual está cabalmente documentado entre los acuerdos aprobados. Incluso se conservan actas de las entrevistas de la dirección del PCUS (Stalin, Molotov y Zdanov) con los cineastas.En una de ellas Stalin se disculpa con ellos, que le habían escrito y no había podido responderles de la misma manera. El inicio de la reunión demuestra que no se trataba de censura sino de crítica y que la decisión sobre la película era de los propios cineastas: “¿Qué pensáis hacer con la película?”, una vez recibida la crítica, les pregunta Stalin. Eisenstein le responde que han decidido dividir la segunda parte en otras dos. Pero, ¿habéis estudiado la historia?, insiste Stalin. “Más o menos”, le contesta el cineasta.

Era lo peor que le podía decir. Stalin se da cuenta de que a Eisenstein le pasa como a tantos otros: no tiene ni la más remota noción de lo que tiene entre manos. Ni se ha molestado en documentarse sobre un acontecimiento fundamental en la historia de Rusia que Stalin le detalla, insistiendo en la importancia de la “oprichnina” de Iván el Terrible, que marca el fin de los ejércitos feudales y el surgimiento de un ejército regular, moderno, avanzado.

Cuando Stalin le indica a Eisenstein que ha pintado dicho ejército como si fuera el Ku Kux Klan americano, el cineasta le suelta un chiste: los del Klan llevaban capuchón blanco y nosotros lo hemos puesto negro.

Las actas no dejan lugar a dudas del contenido del debate, así como el tono del mismo, que en ocasiones es de risa. Molotov le reprocha a Eisenstein que ha tratado de hacer un retrato sicológico de Iván el Terrible. Stalin añade que Iván fue un zar “extramadamente cruel” pero que deberían haber explicado los motivos de ello.

Como todos los documentos originales del PCUS, las actas no tienen desperdicio y el lector salta de una sorpresa a otra, como cuando Stalin le recuerda a Eisenstein que en aquella época el cristianismo desempeñó un papel progresista.

El actor Cherkasov admite que la crítica les ha ayudado y que tras recibirla otro director de cine, Pudovkin, había realizado una buena película sobre el almirante Najimov. “Estamos convencido de que nosotros no lo haremos peor”, añade el actor, quien dice que está trabajando sobre la figura de Iván el Terrible tanto en el cine como en el teatro. “Estoy enamorado de este personaje y pienso que nuestra alteración de las escenas será correcta y verídica”, concluye.

En un momento dado, Eisenstein pide un voto de confianza: la primera parte nos ha salido bien y eso nos indica que podemos hacerlo bien también en la segunda, y lanza una pregunta muy significativa: “¿Hay más instrucciones sobre la película?” Es algo muy inusual para lo que estamos acostumbrados, aunque mucho más sorprendente le resultará a más de uno la respuesta de Stalin: “Yo no te doy instrucciones sino que te expreso la opinión de un espectador”.

La segunda parte de la película no fue censurada. Quedó inconclusa porque Eisenstein no pudo acabarla ya que murió pocos meses después de esta reunión.

Los grandes exitos del capitalismo frente a los enormes fracasos del socialismo

La intoxicación burguesa impulsa una opinión corriente: la de que el socialismo no ha funcionado y, por lo tanto, no funcionará nunca en el futuro. No queda otra que el capitalismo, aunque esté en crisis. El capitalismo no tiene alternativa y todos deberíamos conformarnos con la crisis, aguantarla y sobrellevarla lo mejor posible.

Naturalmente, es una falsedad histórica. El remedio a las crisis del capitalismo siempre ha sido el socialismo. Por ejemplo, tras la crisis financiera de 2008, Islandia adoptó cuatro medidas de socialización:

a) no se gastó el dinero público en rescatar a los bancos, los dejó caer y luego los expropió y socializó
b) el país se declaró en quiebra y no pagó una parte de la deuda exterior, lo que fue aprobado dos veces por referéndum
c) impuso restricciones a los movimientos de capitales, que han durado hasta marzo del año pasado
d) devaluó la corona islandesa

Al año siguiente el primer ministro, Geir Haarde, tuvo que dimitir. En 2011 fue juzgado por llevar a su país a la quiebra. Le absolvieron de tres de las cuatro acusaciones que le imputaban. Sólo le quedó una condena por un delito insignificante: no convocar reuniones del consejo de ministros para analizar la crisis y las medidas a adoptar.

Si eso hubiera ocurrido en la URSS en 1936 lo hubieran calificado como una horrosa purga stalinista. Pero de Islandia no se puede decir eso sino todo lo contrario, porque es un modelo ideal de democracia.

Las decisiones de política económica no las pueden tomar superestructuras fantasmagóricas, como el FMI, o tipos al filo de lo imposible, como Montoro. En absoluto. Hay que reunirse y votar. Lo mismo que en Suiza, en Islandia convocaron dos referéndums para decidir si pagaban las deudas o no (y naturalmente el resultado salió que no).

La intoxicación pone a Islandia como modelo de política económica, a pesar de que si esas mismas medidas las hubiera adoptado Venezuela, las hubieran presentado como todo lo contrario: un escándalo, un fracaso del chavismo… Por el contrario, a pesar del “socialismo”, Islandia no fue objeto de sanciones ni de bloqueo económico. Recibió ayudas cuantiosas del FMI, e incluso de Rusia.

El lavado de cerebro sigue con el feminismo burgués de un portavoz del imperialismo tan cualificado como The Economist, para quien Islandia es “el mejor país del mundo para ser mujer” (1), y sería mejor todavía si acabaran con una brecha salarial del 14 por ciento entre trabajadores de distinto sexo.

La moda islandesa ha calado tan hondo que ha ocurrido algo absolutamente insólito: ha pasado de ser un lugar inhóspito y remoto que nadie visitó jamás, a convertirse en un destino turístico preferente. Es como Pamplona en los sanfermines: hay siete veces más turistas que islandeses.

La isla salió de la crisis bastante rápidamente, con crecimientos salariales por encima del 8 por ciento nominal. En 2016 su PIB se creció más de un 10 por ciento. Pero sigue siendo un país capitalista y, como dice la prensa económica especializada, no hace más que “esperar con calma su próxima crisis”(2).

Es algo que repiten muy frecuentemente los mismos que afirman que el socialismo ha fracasado: el capitalismo puede ir de una crisis a otra peor, pero nadie dice lo mismo. ¿Consideran los capitalistas que sus crisis son un gran éxito?, ¿consideran el paro como un éxito?, ¿y los desahucios?

(1) http://www.economist.com/blogs/graphicdetail/2016/03/daily-chart-0
(2) http://www.eleconomista.es/economia/noticias/8161070/02/17/Islandia-espera-con-calma-el-proximo-crash-su-PIB-se-dispara-mas-de-un-10.html

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