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Día: 22 de noviembre de 2017 (página 1 de 1)

El antiguo Primer Ministro de Qatar explica cómo se fraguó la Guerra de Siria

Hamad Bin Jassim
En una entrevista a la BBC el antiguo Primer Ministro de Qatar, Hamad Bin Jassim, ha confirmado que la Guerra de Siria fue coordinada desde el principio por Estados Unidos, Gran Bretaña, Turquía, Arabia saudí, Jordania y Emiratos Árabes Unidos, además del propio Qatar.

Todo comenzó tras la victoria de Hezbollah contra Israel en 2006 en el sur de Líbano. Jassim admite que los demás países pusieron a Qatar al frente de lo que debía parecer una guerra “civil” en Siria entre distintos bandos.

A través de Turquía, Qatar se encargó de hacer llegar a los opositores sirios toda clase de armamento y se crearon dos cuarteles generales para dirigir las operaciones de los insurrectos del que formaron parte los servicios de inteligencia de los países involucrados, incluidos Israel, Marruecos y Francia.

El primero estaba en la base que la OTAN tiene en Inçirlik, Turquía, y su radio de acción era el norte de Siria. El Pentágono se encargó de destinar 6 satélites espaciales de reconocimiento para controlar los movimientos del ejército regular sirio sobre el terreno.

El segundo cuartel general estaba en la base aérea Rey Hussein de Jordania y coordinaba las operaciones en el sur de Siria.

El presupuesto para la guerra fue de 137.000 millones de dólares, que Jassim considera malgastado por los cabecillas de los distintos grupos de la oposición, que se quedaron con el grueso de los desembolsos.

Otra parte importante del dinero se gastó en tratar de sobornar a militares del ejército regular sirio a fin de que desertaran de sus posiciones. Un oficial sirio podía llegar a cobrar entre 15.000 y 30.000 dólares por su traición.

Para conseguir que traicionara el Primer Ministro sirio, Riyad Farid Hijab, utilizaron a un primo suyo que vivía en Jordania desde hacía tiempo y los saudíes le entregaron 50 millones de dólares.

El comandante de la Guardia Republicana, Manaf Tlass, traicionó a su país a cambio de obtener el apoyo de Emiratos Árabes Unidos. En esta ocasión utilizaron a su hermana, Madihi Tlass, que tenía nacionalidad francesa y era la viuda del capitalista sirio-saudí Kram Aja. Los ejecutores materiales de su deserción fueron los servicios secretos franceses.

Una de las sorpresas de Jassim es cuando desvela el importante papel desempeñado por el libanés Saad Hariri a la cabeza del grupo de presión prosaudí de Beirut. La otra es el papel desempeñado por los kurdos irakíes y, en particular, por Massud Barzani.

El “mea culpa” del qatarí es tan amplio que alcanza a su propio país como factor altamente corrosivo tanto en la Guerra de Siria como en la destrucción de Egipto, Libia y Yemen, actuando por encargo de Washington.

Estados Unidos planeó fabricar aviones soviéticos para cometer atentados de falsa bandera

McGeorge Bundy
Estados Unidos planeó fabricar aviones soviéticos para atacar sus propias bases o las de sus aliados, lo que serviría de excusa para desencadenar una guerra contra la URSS, según muestran los documentos sobre el asesinato de Kennedy desclasificados recientemente (1).

Uno de ellos es el acta de la reunión celebrada el 22 de marzo de 1962 para discutir la cuestión planteada por el Fiscal General sobre la posibilidad de fabricar o adquirir aviones soviéticos.

La reunión fue convocada por el “grupo especial” que, según la enciclopedia de la CIA, incluía al Fiscal General, Robert Kennedy, al director de la CIA, John McCone, el consejero de seguridad nacional, McGeorge Bundy, y el presidente del Estado Mayor Interarmas, Lyman Lemnitzer.

Aunque no formaban parte de dicho grupo, también asistieron a la reunión el Presidente Kennedy y el secretario de Estado, Dean Rusk. Los presentes expusieron tres argumentos para una operación de esas características:

(A) un avión así se podría utilizar en una operación para inducir a engaño en el aire
(B) también serviría para lanzar un ataque sorpresa contra instalaciones enemigas
(C) en una provocación en la que el avión soviético simularía atacar instalaciones estadounidenses o aliadas a fin de suministrar la excusa para una intervención de represalia

La táctica de utilizar falsos aviones soviéticos en un ataque simulado apareció por vez primera en la obra de Robert Dallek “An Unfinished Life: John F. Kennedy, 1917-1963”, publicada en 2001.

Según Dallek, la idea de fabricar u obtener aviones soviéticos partió del director de la CIA, McCone, aunque los documentos desclasificados se la atribuyen al Fiscal General, Robert Kennedy.

Más que aclarar el asesinato de Kennedy, los documentos que van saliendo a la luz son una colección de manejos de falsa bandera, complots y planes del espionaje, más o menos rocambolescos o sanguinarios, cuyos destinatarios son siempre la URSS y Cuba.

Otra nota común de todos ellos es que se trataba de agresiones, de mayor menor intensidad, que podían ir desde los atentados terroristas hasta la guerra nuclear.

En octubre el Miami New Times desvelaba (2) que en abril de 1962 la CIA tuvo la original idea de desatar una “campaña cubana de terror comunista” en Miami y otras localidades de Florida, e incluso en Washington. La campaña estaría dirigida contra gusanos cubanos exiliados.

“La explosión de algunas bombas de plástico en lugares cuidadosamente elegidos, le detención de un agente cubano y la publicación de documentos que prueben la implicación cubana también serían útiles para proyectar la idea de un gobierno irresponsable”, le decía el general Edward Landsdale al general Maxwell Taylor.

(1) https://www.archives.gov/files/research/jfk/releases/docid-32977055.pdf
(2) http://www.miaminewtimes.com/news/jfk-docs-cia-plotted-to-bomb-miami-kill-refugees-and-blame-castro-9782696

Una profesora universitaria entre las francotiradoras del ejército regular sirio

Recientemente, el Ejército sirio ha dado a conocer el caso de una profesora universitaria convertida en la primera francotiradora de las Fuerzas de Defensa Nacional, una milicia civil que lucha al lado de las Fuerzas Armadas.

“Ruwaida es una profesora universitaria que escogió llevar un rifle en lugar de un bolígrafo, que se alistó en las Fuerzas de Defensa Nacional y que escogió cambiar el bolígrafo por un fusil de francotirador”, señaló un informe de la agencia Shaam Times.

“Ella es la primera mujer francotiradora en las Fuerzas de Defensa Nacional. Cursó estudios de postgrado de literatura árabe y se convirtió luego en profesora. Más tarde, decidió abandonar la universidad y unirse a la milicia., donde descubrió su habilidad en el manejo de las armas. Al igual que su autor favorito, el escritor Mohammed al Magut, que es de su misma ciudad, ella posee fuertes convicciones patrióticas y nacionalistas”.

“Todos los grupos étnicos y religiosos deben unirse para poner fin a la crisis en el país y, por lo tanto, decidí combatir el terrorismo junto con mis compatriotas masculinos”, afirmó.

“Todos los formadores me aconsejaron convertirme en francotiradora porque tenía una gran capacidad para disparar con precisión. Me sentí muy contenta cuando supe que me convertiría en una. Trabajé duro y con perseverancia y recibí un curso de formación y un entrenamiento”.

“Tras completar mi curso me uní a las tropas en Hama, Salameh y Palmira y luché contra los terroristas vinculados a Al-Qaeda allí.


“Hasta que la paz vuelva a Siria, la diferencia entre una francotiradora y una profesora es que esta última contribuye al desarrollo del país educando a la gente y trayendo un futuro brillante para los niños. Ésta es una tarea teórica. Los francotiradores están trabajando de una manera más práctica eliminando a los terroristas”.

http://spanish.almanar.com.lb/148832

En Vietnam la clase obrera recurre a las huelgas salvajes (y 2)

Eric Bell

Hay observadores exteriores que ven las huelgas en Vietnam, y se alegran: se han dado más huelgas en Vietnam que en cualquier otro país asiático en el curso de los diez últimos años, evitando las estructuras oficiales de los sindicatos y sin disminuir. ¿Pudiera ser el núcleo de un nuevo movimiento obrero? Algunos, con una visión más bien teleológica de la conciencia de clase, así lo afirman. Anita Chan y Kaxton Siu son los principales partidarios de esta idea. Las huelgas, argumentan, construyen la conciencia y animan a los trabajadores. Tales propósitos son temerarios por lo que respecta a su visión de lo que el gran número de huelgas nos dice de los trabajadores: que su conciencia de clase ha superado ampliamente a la de los trabajadores chinos, por ejemplo. Un “punto de vista estrecho sobre los derechos legales en China tiene un efecto limitador sobre la conciencia de los trabajadores”, mientras que “los trabajadores vietnamitas han desarrollado una habilidad para organizar huelgas y elaborar estrategias y valiosos conocimientos de experiencias preciosas en la solidaridad colectiva en las acciones sindicales”. A partir de aquí, la situación no puede por menos que mejorar: “Cuando esto se produzca [¿necesariamente?], el régimen autoritario actual en Vietnam se verá seriamente contestado”.

Tal vez existan algunos elementos que prueban eso. Las huelgas salvajes parecen tener similitudes con los “sindicatos champiñón”, “formados al inicio o en el desarrollo de una huelga, y se disuelven rápidamente (poco importe que la huelga acabe con un triunfo, una derrota o un compromiso”. Se han dado muchos ejemplos a través de la historia: Argentina a finales del siglo XIX, los trabajadores de la yuta en Calcuta en los años 20, Nigeria en los años 50, Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XIX o los trabajadores judíos en Estados Unidos a principios del siglo XX. En todos estos ejemplos, las organizaciones sindicalistas aparecieron siempre que había un conflicto, una huelga o una explosión de protesta laboral, pero se desintegraban (algo esperado) una vez que la cuestión quedaba solucionada. Los “sindicatos champiñón” han sido unos de los precursores de lo que fue un movimiento obrero bastante sólido en Occidente en las décadas siguientes.

Como ha sido demostrado de manera convincente, el movimiento obrero histórico que alcanzó su cénit revolucionario en Occidente entre las dos guerras mundiales, antes de llegar a diversos acuerdos institucionales de compromisos sociales, es el producto de un contexto histórico y geográfico específico, que permitió un crecimiento estable capaz de financiar tales acuerdos (el Estado providencia, etc.). Las oportunidades presentes en aquella época y en este espacio ya no existen y no pueden ser recuperadas o recreadas. La estructura de acumulación del capital ha cambiado. La acumulación de capital a largo plazo y estable ha sostenido estos movimientos y finalmente sus instituciones comunes. Pero esto ya no es factible para los países industrializados más recientes, como China y Vietnam, en donde los cambios en la composición industrial y la caída de las tasas de beneficio hacen que los salarios sean “ilegítimos” o insostenibles, en el sentido de que no pueden colaborar a la creación, aunque sea por algunas décadas, de un sector de obreros industriales de altos ingresos. Además, dicho resultado en Occidente ha limitado sin duda la acción sindical, creando consenso en torno al límite de lo que podría ser exigido y legitimando las reivindicaciones salariales y la relación asalariada. No hay ningún motivo para que el modelo de sindicalismo socialdemócrata de posguerra, hoy en ruinas, pueda ser relanzado.

Otros piensan que hoy no es un modelo posible ni deseable, considerando positivas las huelgas salvajes por otros motivos. Soe Lin Aung, por ejemplo, considera las huelgas salvajes en el este de Asia y en el Sudeste, en particular en Myanmar, incluyendo China y Vietnam, y las coloca en una “época de disturbios”. Hay algo que es mejor, dice el autor. Esto no se parece al antiguo sindicalismo occidental, obrerista y tripartito, e incluso puede ser algo muy opuesto, contra las ONG y las centrales sindicales que sueñan con copiar dicho modelo, pero algo sucede. Eli Friedman, en un reciente artículo crítico sobre sindicalistas en China que intentan seguir los modelos del sindicato occidental, celebra el hecho de que las iniciativas colectivas de negociación en China están muertas, afirmando que la “situación es excelente”. Las iniciativas colectivas de negociación han terminado siempre aumentando el poder del Estado y del Capital a expensas de los trabajadores, de cualquier manera, por lo que no debemos llorar su muerte, considera. Por el contrario, es una oportunidad de luchar por alternativas más radicales, como la Renta Básica Universal.

Razones para el pesimismo

¿Pero es esto realmente el inicio de algo nuevo? Las alternativas radicales que Friedman imagina no están, como él admite, en el orden del día en China. La situación no es excelente. En Vietnam, una mirada mas atenta sobre las huelgas salvajes revela que pueden bloquearse no importa donde.

Estas huelgas se han convertido en una práctica reconocida y aceptada de facto en Vietnam. A mediados de los 90, el Estado y sus órganos se mostraban nerviosos respecto a las huelgas, pero el gobierno se ha relajado al respecto poco a poco. Ahora se consideran como una parte normal de las relaciones laborales, en tanto que no tienen repercusiones más allá de los centros laborales. Por consiguiente, pocas huelgas sobrepasan los problemas ligados al pan y a la mantequilla. Al igual que en China, son de “naturaleza explícitamente reivindicativa”, planteando “exigencias locales muy específicas a los poderes existentes”. Y a pesar de ser “notablemente eficaces” en la consecución de reivindicaciones inmediatas, “también son acciones cortas que llevan a resoluciones rápidas. El resultado es que los problemas se repiten, y que los trabajadores tienen que responder una y otra vez para luchas por exigencias fundamentales”. Se trata de negociaciones colectivas mediante conflicto, pero sin impacto duradero.

Las únicas excepciones son algunas huelgas contra la política gubernamental. Por lo general suponen un acontecimiento, y están muy cubiertas por los medios nacionales e internacionales. En la historia reciente, la ola de huelgas por el salario mínimo de 2005-2006 es citada habitualmente como su punto álgido. Estas huelgas empezaron en diciembre de 2005 para protestar contra el salario mínimo en las fábricas extranjeras, congelado desde hacía siete años a pesar de la inflación. Tras las huelgas el salario mínimo aumentó un 40%, y se instrumentó un acuerdo para aumentos anuales del salario mínimo. Los papeles jugados por los dos diarios de trabajadores han sido también subrayados en la mayoría de los análisis de esta ola de huelgas. Estos dos periódicos, “Trabajo” y “Trabajar” son parte del sindicato del Estado, el VGCL, pero estuvieron del lado de los trabajadores durante la huelga. Actuaron como un canal de expresión clave para las reivindicaciones, y como medio para los trabajadores de seguir las discusiones del gobierno a medida que iban evolucionando.

Esta ola de huelgas ha llegado en un momento muy concreto, sin embargo: cuando Vietnam se preparaba para la entrada en la OMC. Por ello, periodistas y otros han gozado de más libertad para señalar estas cuestiones, como medio de poder probar a la comunidad internacional que Vietnam estaba preparado para poder unirse a la organización. Después de que en 2007 entrara en la OMC, estas libertades fueron recortadas y desde 2008 la prensa laboral ha tenido menos libertad para presionar por cuenta de los trabajadores. Además, el acuerdo de aumento anual del salario mínimo, puesto en marcha como consecuencia de las huelgas, implica que el ministerio de Trabajo, el VGCL y la Cámara de Comercio e Industria de Vietnam negocian entre ellos el importe de ese aumento anual. Era ciertamente una victoria, pero que lejos de crear una conciencia militante, daba al estado la legitimidad en el arbitrio de las relaciones laborales.

En 2015 más de 90.000 trabajadores de Ciudad Ho Chi Minh se opusieron a una modificación de la ley sobre la seguridad social. Con anterioridad, los trabajadores estaban autorizados a retirar sus pensiones (a las que habían contribuido en sus años de trabajo) a modo de pago único cuando dejaban de trabajar, generalmente hacia finales de los años 30, como se ha mencionado arriba, cuando muchos trabajadores volvieron a las zonas rurales. Muchos dependían de este pago, empleándolo como capital para crear microempresas en su ciudad natal, para pagar la educación o la formación, o en caso de crisis como enfermedades en la familia. La nueva ley habría obligado a los trabajadores a esperar la edad oficial de la jubilación, 55 años para las mujeres, 60 para los hombres, antes de poder disponer de sus pensiones. De forma comprensible, esto era inaceptable para los trabajadores que abandonaban su actividad laboral antes de la edad oficial, por lo que se opusieron a la ley.

La huelga alcanzó el éxito y la ley fue modificada para permitir a los trabajadores escoger entre su pensión al dejar de trabajar o esperar la edad de la jubilación. El hecho de que los trabajadores hayan forzado un cambio de política nacional mediante huelgas puede ser algo a celebrar. Sin embargo, esta huelga no pedía nada nuevo. Ello depende aún de la legitimidad de las relaciones laborales reglamentadas por el Estado, y no ofrece ninguna visión política más allá de la esperanza de que el Estado pueda escuchar a los trabajadores y actuar en su nombre. Por otra parte, la huelga no ha sido más que una pequeña victoria, dejando problemas de fondo sin resolver en el sistema de seguridad social y en la ley, como explica Angie Ngoc Tran. En primer término, las empresas rechazan a menudo pagar su parte exigida, sin consecuencias para ellas, mientras que otras abandonan el país llevándose su contribución a la seguridad social y dejando sin nada a los trabajadores. En segundo lugar, la caja de seguridad social tiene un importante déficit, y podría quedar bloqueada en el curso de los próximos años. En tercer lugar, el pago único a los trabajadores no es más que una ventaja a corto plazo. Los trabajadores lo saben, pero tienen poco margen de maniobra.

Hay pocos signos de que estas huelgas puedan superar alguna vez la situación actual. Todos los años se da una huelga que causa la animación de los observadores, pero todo queda reducido a unos centenares de huelgas anuales. Hay pocos elementos para pensar la creencia romántica según la cual la participación en huelgas y otros litigios pueda generar naturalmente una “explosión de conciencia” de consecuencias duraderas. Ello no representa necesariamente un refuerzo del poder obrero. Mientras que el activismo obrero crea una presión sobre el Capital y el Estado para cambiar las cosas, ello no se corresponde con la autonomía de los trabajadores por lo que respecta a la “seguridad en el empleo, el derecho a la libre asociación, el control del proceso productivo y el poder de negociación institucional con los empleadores”.

Las huelgas salvajes en Vietnam no deben ilusionar más allá de cierta medida, al menos todavía. Pretender que sean representativas de algo por llegar, algo a la vuelta de la esquina, recuerda al falso optimismo de los estudios mundiales sobre el trabajo, un intento constante de descubrir y celebrar un contra-movimiento global o una mundialización contra-hegemónica, proyectando las esperanzas de los sabios sobre la clase obrera y haciendo falsas afirmaciones sobre su conciencia de clase.

Aunque sea erróneo suponer que la ausencia de condiciones para un movimiento obrero anula todo intento de derrocamiento del actual sistema, es igualmente erróneo suponer que la presencia de huelgas localizadas, rotativas, como se hacen desde dos décadas, represente un desafío para el sistema, al menos en un porvenir próximo. Bien podemos tener voluntad o necesidad de creer en los proletarios vietnamitas, más cercanos al núcleo de la producción mundial que los de muchos otros países, pero debemos ser sinceros en cuanto a la situación actual. No nos engañemos pensando que el conflicto laboral vietnamita es el punto de partida sobre el que hay que estar atentos, o que los trabajadores de la industria en Vietnam son el sujeto revolucionario esencial del presente o del cercano futuro. Las tendencias recientes es que los empleos fabriles vietnamitas se hacen más informales, temporales y dispersos, no haciendo más que disminuir la probabilidad de que algo que recuerde al movimiento obrero histórico aparezca aquí.

http://chuangcn.org/2017/05/dinh-cong-tu-phat-wildcat-strikes-in-post-socialist-vietnam/

 

En Vietnam la clase obrera recurre a las huelgas salvajes (1)

Eric Bell

Las condiciones laborales bajo el capitalismo colonial francés en Indochina (que incluye Vietnam, Camboya y Laos) eran, como es de suponer, terribles. A principios del siglo XX, huelgas y militancia sindical comenzaron a surgir en las grandes industrias, en especial en las plantaciones de caucho, fábricas textiles, puertos y ferrocarriles, al mismo tiempo que el movimiento sindical se desarrollaba. Ello continuó durante la ocupación japonesa de Vietnam durante la Segunda Guerra mundial y la Primera Guerra de Indochina (1946-1954). Estos rechazos al trabajo no fueron iniciados por grupos relacionados con los comunistas de Ho Chi Minh. Existían sindicatos trotskistas y autónomos, así como huelgas salvajes de trabajadores no afiliados, además de las acciones de los grupos afines al Partido Comunista de Vietnam y sus antecesores.

Los acuerdos de Ginebra de 1954 dividieron Vietnam entre el norte “comunista” y el sur anticomunista. El gobierno sudvietnamita legalizó el derecho de formar sindicatos en 1956, aunque en la práctica fueran suprimidos, llegando a la represión manifiesta y al arresto de dirigentes sindicales a principios de los años sesenta. Sin embargo, durante la Segunda Guerra de Indochina y hasta su final en 1975, Vietnam del sur conoció numerosas luchas obreras, incluyendo la huelga general de Saigón de dos días en 1964. Existía un movimiento dinámico, con distintas federaciones sindicales en competencia. Además de la Confederación General del Trabajo (Tong Lien Doan Lao Dong Viet Nam), que recibía el apoyo del norte, la AFL-CIO hizo un gran esfuerzo para construir un movimiento obrero anticomunista en Vietnam del sur, la Confederación General de Trabajadores Trabajo (Tong Lien Doan Lao Cong Viet Nam), apoyados por la CIA y otras Secretarías del Estado norteamericano. Había también otras federaciones sindicales más pequeñas, incluyendo organizaciones católicas y budistas.

Se sabe menos respecto al norte durante éste período. Después de que los comunistas se establecieran en Hanoi, el sector privado del norte, compuesto principalmente de pequeñas empresas, fue sacudido por conflictos laborales, pero desaparecieron en su mayor parte con la introducción de una nueva legislación laboral a mediados de los años 50. Hubo pocas huelgas tras esto, y solamente la federación de sindicatos legales formaba parte del aparato del estado y de su gestión. Los trabajadores gozaban de un elevado nivel de seguridad en el empleo. Una disciplina benévola en el sector estatal hacia que los trabajadores no asistieran al trabajo durante semanas, o durmieran y cocinaran en sus lugares de trabajo, sin ser sancionados. De la misma manera, tenían poca participación en las decisiones de producción.

Tras el final de la Segunda Guerra de Indochina en 1975 y la reunificación del país al año siguiente, Vietnam entró de forma casi inmediata en una crisis económica. Ello llevó al abandono finalmente de la economía planificada y a la adopción de una economía de mercado gracias a las reformas conocidas con el nombre de Doi moi. Las reformas se anunciaron de forma oficial en 1986, pero otras mas pequeñas se venían introduciendo progresivamente desde 1979. El capital extranjero comenzó a entrar en el país hacia finales de los años 80. Desde 1994 hubo alrededor de unas cien huelgas registradas, principal pero no exclusivamente en empresas con participación extranjera.

En Vietnam las huelgas fueron legalizadas en 1994 (al contrario que en China, en donde las huelgas no son oficialmente ni legales ni ilegales, pero son en general consideradas como ilegales). En el curso de los años siguientes a la legalización se registraron un pequeño número de huelgas. Sin embargo, desde mediados de la primera década del 2000 se dieron alrededor de 300 a 500 huelgas anuales, según estadísticas oficiales del gobierno. Estas cifras deben tomarse con precaución, porque no existe definición oficial de huelga y ninguna metodología regularizada para el registro de cifras. La mayoría de huelgas, entre el 60% y el 80% del total anual, se producen en Ciudad Ho Chi Minh y las dos provincias industriales vecinas de Binh Duoing y Dong Nai. Estas tres regiones del sur forman en conjunto el núcleo económico del país. Numerosas zonas industriales y una gran parte del FDI (inversión extranjera directa) que entra en Vietnam están centradas ahí. Aunque las huelgas se dan más frecuentemente en empresas con capital extranjero, se hacen más habituales en las empresas privadas nacionales. Las huelgas en las empresas públicas son más raras, aunque no sean desconocidas. Parecen haber disminuido desde 1995, lo que se corresponde con los procesos de privatización y despido de trabajadores.

Los huelguistas son generalmente jóvenes, mujeres procedentes de regiones rurales, reflejando la composición actual de la clase obrera industrial de Vietnam. Alrededor del 80% de obreros fabriles en las zonas francas de exportación son mujeres jóvenes entre los 18 y los 30 años. La mayoría de los trabajadores abandonaron o salieron de los procesos productivos a finales de los años 30 y regresaron a las zonas rurales, agotados por la intensidad del trabajo de fábrica. Esto se agravó por la imposibilidad de realizar ahorros que permitieran una vida familiar en la ciudad. Y a ello contribuyó el sistema de registro de hogares (ho khau), que hizo el acceso a los servicios públicos en la ciudad difíciles para los emigrantes (similar al sistema hukou de China). Tras regresar a sus lugares natales, numerosos extrabajadores emplearon sus “pensiones” para intentar crear pequeñas empresas o invertir en otros medios de producción, como la compra de una pequeña parcela o de material agrícola.

Pese a la legalización de la huelga, ninguna ha sido nunca legal. Convocar jurídicamente una huelga implica pasar a través de numerosos procesos burocráticos: los trabajadores deben solicitar a un “Consejo de Conciliación Laboral” su demanda de resolución del problema, y luego esperar siete días a una respuesta. Si la respuesta de ese Consejo es insatisfactoria, deben apelar a un “Consejo de Arbitraje” y esperar otros diez días. Si esto sigue siendo insatisfactorio, los trabajadores pueden entonces pedir al sindicato de su centro de trabajo la organización de una huelga. Pero los representantes de los centros de trabajo son menudo también miembros de la dirección de la empresa, y el sindicato está dirigido por el Estado, bajo la Confederación General de Trabajo del Vietnam (VGCL). El comité ejecutivo del sindicato de la empresa decide sobre la huelga e informa de ello a la oficina laboral y al sindicato provincial, comunicando el día en que tendrá lugar la huelga y sus motivos. Esto, claramente, proporciona a la empresa un aviso para que puedan tomar sus medidas y minimizar el impacto.

No es extraño que los trabajadores vietnamitas raramente recurran a ésta vía legal. En lugar de ello, todas las huelgas han sido salvajes. Legalizar las huelgas e instalar un sistema de negociación colectiva (lo que los observadores del espectro político preconizan desde hace tiempo en China) ha fracasado claramente a la hora de frenar la oleada de huelgas salvajes y otras formas de resistencia en Vietnam. En dichas huelgas, los trabajadores se presentan al trabajo por la mañana y rechazar entrar, aparentemente sin aviso previo. Pese a esta apariencia de espontaneidad, estos movimientos están a menudo bien organizados desde antes. Los dirigentes de la huelga ilegal suelen hacer circular hojas anunciando la acción a otros trabajadores. Esas acciones son habitualmente impulsadas por un pequeño grupo de trabajadores, pero al final toda la plantilla se desplaza y se concentra ante la empresa. La gran mayoría de los trabajadores se concentran en torno a reivindicaciones salariales, pero algunas huelgas exigen también un mejor trato, como alimentos en buen estado o más pausas para ir al baño.

A lo largo de los años 90 y en la década posterior, los funcionarios locales del ministerio de Trabajo y del sindicato VHGL acudían inmediatamente a los centros de trabajo, intentando persuadir a los trabajadores para reiniciar el trabajo. Ahora, sin embargo, se muestran más distendidos, permitiendo a los trabajadores y a los gestores intentar resolver el problema por sí mismos. Y a menudo lo hacen con numerosas huelgas que no duran más de uno o dos días antes de negociar rápidamente un compromiso. Si no se alcanza una resolución tras algunos días, los responsables locales del estado y del sindicato se implican y contribuyen a la negociación.

http://chuangcn.org/2017/05/dinh-cong-tu-phat-wildcat-strikes-in-post-socialist-vietnam/

Verdades y mentiras sobre los nazis en Argentina

Darío Herchhoren

A partir de la derrota de Alemania en la guerra mundial (mayo de 1945) muchos jerarcas nazis intentaron huir a lugares seguros donde refugiarse y evitar ser capturados para ser juzgados por crímenes de guerra. Entre los países que podían garantizarles refugio e impunidad estaba la República Argentina, que estaba gobernada por un presidente militar que simpatizaba con los germanos.

¿Era eso un indicio de que los argentinos eran nazis, o que estaban de acuerdo con los campos de exterminio? Seguro que no. Lo que pasaba necesita un explicación: Argentina era un país, donde el imperio británico campaba a sus anchas. Hasta el año 1943, la producción agrícola superaba ampliamente la producción industrial; pero precisamente, en ese año, por primera vez en la historia argentina, la producción industrial superaba la producción agrícola.

Esto era consecuencia directa de la guerra mundial, ya que la potencia militar y económica que irradiaba Inglaterra, comenzaba a menguar a manos de otro imperialismo, que crecía en forma exponencial, y desplazaba a los todopoderosos ingleses. Era el imperialismo norteamericano. No hay que olvidar que el territorio inglés había  sido escenario de la guerra aérea que Alemania había llevado y ello había causado enorme destrucción tanto en la industria como en su omnipresente marina mercante. Los bombardeos alemanes contra Inglaterra produjeron el hundimiento de millones de toneladas de naves pertenecientes a su marina y ello contrajo su comercio exterior lo cual fue aprovechado por una semicolonia como era Argentina para aflojar los violentos vínculos que la ataban al imperio inglés.

El pueblo argentino era profundamente antibritánico, y veía con simpatía cómo el imperio inglés era castigado duramente por los alemanes. Funcionaba el sentimiento de  que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Baste para ello ver cómo los argentinos recibieron a la tripulación del acorazado de bolsillo alemán Graff Spee que se había batido con bravura contra tres destructores de la marina británica en la famosa batalla del Río de la Plata, hundiendo a dos de ellos, y como el capitán Hans Lambsdorff ordenó hundir al Graff Spee, antes de que el restante destroyer a su vez lo hundiera, dadas las graves averías que había sufrido. El recibimiento a los marinos alemanes fue apoteósico, y se los trató como a héroes (que lo eran). Hay que tener en cuenta que la industria de la carne, principal renglón de exportación de Argentina, estaba en manos de frigoríficos ingleses, y que los granos que producía la feraz tierra argentina estaba en manos de empresas inglesas como la Forestal, la Guillermina o la Gallareta. Los ferrocarriles de la República Argentina estaban en manos de empresas inglesas, e Inglaterra manejaba la economía del país.

Pero el 4 de junio de 1943, el ejército da un golpe de estado y destituye al Presidente de la República Ramón Castillo, y finalmente  se designa al General Edelmiro Farrell como nuevo presidente, quien elige el nuevo gobierno y nombra ministros y secretarios de estado, entre los cuales está el coronel Juan Domingo Perón, que asume la Secretaría de Trabajo y Previsión. Esto le permite tener un trato permanente con los sindicatos de trabajadores, que le transmiten sus necesidades y anhelos.

Pero volvamos a los nazis.

En 1945 se produce el colapso de Alemania, y la industria argentina que comienza crecer como nunca a raíz del conflicto mundial necesita técnicos de todo tipo que no tiene. Eso hace de acicate para que muchos técnicos, ingenieros, químicos, físicos, y en general investigadores alemanes e italianos, que trabajaron para las industrias de guerra alemanas e italianas, comenzaran a llegar a Argentina por miles, que son acogidos de buen grado. En el mes de febrero Juan Domingo Perón, ya general, gana las elecciones del día 24 del año 1946, por una mayoría abrumadora, y ello hace que la llegada de alemanes e italianos, algunos de ellos nazis y fascistas, se instalen en Argentina, donde se les da nacionalidad y sobre todo seguridad.

Tuve ocasión hace ya muchos años de conversar con el coronel alemán Hans Rudel que había sido piloto de la Luftwafe (fuerza aérea alemana) y con el general Aldo Bianchi piloto italiano y diseñador de los bombarderos italianos Ansaldo y de los cazas Caproni, y los dos que eran excelentes técnicos se hicieron cargo de la dirección de la fábrica militar de aviones de la provincia de Córdoba.

En la misma provincia fueron internados los marinos del Graff Spee, y se emplearon en la fabricación de motores marinos, y en un pueblo de los suburbios de Buenos Aires llamado Villa Ballester, se instalaron muchos técnicos alemanes.

Cabe ahora la pregunta: ¿podía Argentina que necesitaba técnicos para desarrollar su industria desaprovechar la ocasión de utilizar a los alemanes e italianos simplemente por su posible pasado nazi o fascista? Creo sinceramente que no. El gobierno de Perón, no tenía otros, y en ese año de 1946 en que asume la presidencia de la República Argentina, crea más de mil escuelas técnicas en todo el país; pero los estudios duran seis años, y hasta ese momento no se podía reemplazar a los técnicos extranjeros por los nacionales. Quiero dar un dato que es significativamente elocuente: A la caída de Napoleón Bonaparte, centenares de oficiales franceses quedan sin trabajo, y el General José de San Martín los acoge en el ejército que estaba creando para luchar por la independencia de Argentina. ¿Debió rechazarlos acaso porque eran bonapartistas? Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Gulag: otro descenso a un infierno lleno de… papeles

La historia del gulag la escribió -de una vez y para siempre- la maquinaria de propaganda del imperialismo durante la Guerra Fría y no hay nada más que decir. Es imposible convencer a nadie de lo contrario. Ni siquiera se puede matizar: Stalin (o el comunismo, que viene a ser lo mismo) mató a 100 millones de personas (mucho más que Hitler).

Tampoco debemos suponer que dicha maquinaria era algo sofisticado. Sería un error. Era lo más parecido a Radio Macuto y el relato siempre se construyó a base de lo que los historiadores llaman “fuentes indirectas”, opositores, anticomunistas, antiguos convictos… Es algo puramente emocional y sentimental. La mayor parte de ellos aprovechan el Informe Secreto de Jruschov, presentado en 1956, por aquello de que “no hay peor cuña que la de la propia madera”.

El gulag es como un organismo vivo. Lo interesante no es lo que haya de verdad o de mentira sino su propia biografía, cómo nace, crece, se desarrolla y -hay que esperar- que algún día muera, como cualquier otra fábula literaria. ¿O se convertirá en un zombi inmortal, en nuestra peor pesadilla?

Cualquier lector atento de este tipo de leyendas se apercibe inmediatamente de su carácter fantástico, y lo mismo debería haber ocurrido con un profesional de la historia porque en una fecha tan temprana como 1948 Timasheff se apoyó en las listas electorales para demostrar que la población del gulag nunca pudo superar los dos millones de represaliados.

Hay que aclarar, además, que el acrónimo “gulag” se refería a todo el sistema penitenciario, tanto a los presos contrarrevolucionarios como a los de derecho común, tanto a los campos de trabajo como a las zonas a las que se desterraban a los convictos, donde no permanecían encerrados.

A pesar de los pesares, en los años cincuenta las estimaciones de Dallin y Nicolayevski, que luego retoman tanto Conquest como Courtois, es que en 1940 había diez millones de convictos en los campos de trabajo, una cifra imposible a la que, sin embargo, el Informe de Jruschov respaldó.

En 1965 Conquest se convierte en la referencia bibliográfica de aquella fábula, extrapolando las fuentes indirectas e interesadas e ignorando los documentos originales. Según Conquest, a comienzos de 1939 había un mínimo ocho millones de reclusos en la URSS, la policía detuvo a siete millones entre enero de 1937 y diciembre de 1938, un periodo en el que ejecutaron a un millón de presos y en el que se produjeron otros tres millones más de muertos.

El apogeo de los millones llegó en los setenta con el represaliado anticomunista más famoso de todos, Alexander Soljenitsin, el Premio Nóbel de Literatura (no de historia), que se paseó por todas las televisiones del mundo, incluida la franquista, para inflar las cifras hasta los 12 millones de presos en 1941.

Cuando se abrieron los archivos y se demostró que todo era falso, no importó. En 1990 Conquest se mantuvo en sus trece y la Wikipedia también. ¿A quién le importa la realidad cuando tenemos una ficción mucho más adecuada?

El historiador Stephen G. Wheatcroft comenta que en los momentos de mayor represión, la tasa de reclusión en la URSS fue del orden del 0,5 por ciento de la población, muy inferior al 2,8 por ciento de la de Estados Unidos, donde siete millones de presos trabajan a la fuerza en cárceles privadas.

Estados Unidos ni siquiera se puede excusar, como la URSS, con las invasiones que llevaron a cabo los imperialistas y los nazis sobre su suelo.

A la Policía Nacional no se le puede hablar en valenciano

El 1 de marzo la policía denunció a un padre de familia en Benidorm por dirigirse a dos agentes de ellos en valenciano, en un control que había efectuado en las inmediaciones del colegio donde iba a recoger a su hijo de 7 años.

Los hechos ocurrieron a las 13.30 horas cuando, en un control, los policías se acercaron al vehículo donde el conductor les respondió en valenciano. Según relata al diario, estos le dijeron “con malas maneras” que les hablara en castellano porque no lo entendían. “Yo les dije que estaba en mi derecho de hablar mi lengua y que también es oficial junto al español en la Comunidad Valenciana, a lo cual su respuesta fue pedirme la documentación y cachearme con las manos apoyadas en el coche en presencia de todos los niños y padres”.

El acta que levantaron los policías indica textualmente: “Realizando un control en vía pública el arriba denunciado cuando los actuantes proceden a identificarlo se dirige hablando en Valenciano. En retiradas [sic] ocasiones se le dice que no hablamos valenciano y que se dirija a los actuantes en castellano a lo que se niega en retiradas [sic] ocasiones manifestando que realizamos un servicio de chulería”.

El boletín se remitió a la subdelegación del Gobierno de Alicante y no fue firmado por el denunciado. Este aseguraba haberse sentido “humillado y vejado” por la “forma” en la que le “trataron unos policías que tendrían que saber el valenciano”. “Me trataron como si hubiera cometido un delito muy grave”, añadía.

http://www.lavanguardia.com/local/valencia/20170302/42462307490/denunciado-hablar-valenciano-policias-nacionales-benidorm.html

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