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Día: 12 de agosto de 2017 (página 1 de 1)

La posición del proletariado frente a las contradicciones entre las potencias imperialistas

Juan Manuel Olarieta

En plena guerra mundial, en 1915, Lenin criticó un artículo publicado por A.Potresov en “Nashe Dielo” que se publicó con seudónimo dos años después en la prensa legal (*), es decir, en condiciones de censura. Se titulaba “Bajo pabellón ajeno” porque tenía por objeto establecer la posición del proletariado internacional ante el enfrentamiento de unas potencias imperialistas con otras, una situación tan debatida entonces como ahora en el seno del movimiento obrero y revolucionario internacional.

Las posiciones de Potresov se disimulaban, escribía Lenin, bajo banderas falsas, un falso marxismo y un falso internacionalismo, para lo cual recurría a algo muy típico, entonces y ahora, que era fundamentar sus argumentaciones en las tesis que Marx y Engels habían defendido en una época pretérita, la del capitalismo ascendente, llevándolas a la etapa descendente, imperialista, sin solución de continuidad.

En la guerra italiana de 1859 Marx y Engels habían tomado partido por uno de los bandos en disputa porque -decía Lenin- en aquella época la burguesía era progresista y en Europa existían importantes movimientos de liberación nacional enfrentados a grandes Estados feudales (“el mal principal”) que arrastraban a importantes masas populares (pg.151).

Lenin equipara las tesis de Potresov con las de Trotski (pgs.153 y siguientes), prototipos de seudomarxistas escolásticos que llenan sus escritos de comodines, frases y citas válidas para salir de cualquier apuro. Se podría decir que, como los curas en misa, recitan plegarias contra viento y marea, que valen lo mismo para un bautizo que para un funeral.

El marxismo es muy diferente: “El método de Marx consiste, ante todo, en tener en cuenta el contenido objetivo del proceso histórico en el momento concreto dado y en la situación concreta dada, a fin de comprender, ante todo, el movimiento de qué clase es el principal resorte de un posible progreso en esa situación concreta” (pg.146).

A diferencia de Potresov y los trotskistas, los marxistas no recurren a frases que, como se suele decir, están sacadas de contexto. Por eso Lenin escribe que en 1915 “la situación histórica objetiva es completamente distinta” de la existente 50 años antes (pg.152). Con la entrada del capitalismo en su fase imperialista, el posicionamiento de Marx y Engels no es válido (pg.145) por varias razones que deja apuntadas.

La primera es que bajo el imperialismo la burguesía ha pasado de ser una clase progresista a ser una clase reaccionaria, e incluso ultrarreaccionaria. Es una tesis leninista muy olvidada: el imperialismo conduce al fascismo.

La segunda es que el proletariado ha adquirido sustantividad política propia, de modo que no marcha a remolque de la burguesía, sino en contra suya y las guerras imperialistas no hay que analizarlas desde el punto de vista de la burguesía sino de la clase obrera (pg.146).

El internacionalismo y el punto de vista de clase, partidista, son algo “concreto” (pg.160) y consisten en la lucha contra la burguesía propia, mientras que el oportunismo adoptaba el punto de vista opuesto, nacional, consistente en la defensa de la propia burguesía frente al proletariado de otros países.

Para poner al lector en situación, Lenin plantea tanto situaciones reales del momento, como una hipótesis (pg.147): supongamos que dos grandes potencias tratan de repartirse África. Un caso así no tiene nada que ver con la época de lucha contra el feudalismo agonizante, ni hay ninguna burguesía progresista por ninguna parte. ¿Cómo confundir un movimiento de liberación nacional del siglo XIX con el reparto del mundo entre los imperialistas en el siglo XX?

El proletariado, concluye entonces Lenin, no se puede sumar a ninguna burguesía que tenga tales pretensiones. Tanto una burguesía como la otra “son las peores”, por lo que la tarea del proletariado es desear “en cada país” el fracaso de cada una de ellas (pg.147).

Bajo las condiciones del imperialismo, pues, la clase obrera está en una situación diferente a la que había a mediados del siglo XIX. En sólo 50 años habían cambiado las tareas inmediatas y las formas de lucha (pg.150) del proletariado. Hoy, desde que Lenin escribió aquello, no han pasado 50 sino 100 años y la situación objetiva ha seguido cambiando, lo cual supone admitir -con la misma claridad- que hay cosas que no han cambiado, es decir, que hay “factores determinantes” que siguen siendo idénticos a los de entonces.

Seguimos bajo la misma época imperialista a la que se refería Lenin. Seguimos bajo el peligro de que el imperialismo conduzca a una nueva guerra de dimensiones mundiales. También siguen existiendo oportunistas con los mismos planteamientos que entonces, que consisten siempre en colocarse “al lado de la burguesía” (pg.157).

A diferencia de los trotskistas, escolásticos y demás, el planteamiento que del imperialismo hace Lenin no es abstracto. Para averiguarlo no hay más que preguntar -a sensu contrario- por el planteamiento internacional de la burguesía, que no es cualquier clase de burguesía, que no es la burguesía en abstracto, sino su propia burguesía. De otra forma la clase obrera no podría transformar la guerra imperialista en guerra civil en cada país.

Yo personalmente escribo desde Madrid, y dado que este tipo de discusiones se plantean hoy en relación a países como Rusia, tengo que averiguar qué posición tiene la burguesía española frente a Rusia, a Putin, al Donbas, a Crimea, a las sanciones, a la guerra de Siria…

Si todos tenemos claro cuál es el posicionamiento de la burguesía española frente a Rusia, sabremos discernir -supongo- a un oportunista de un revolucionario de verdad, o sea, quién está al lado de su propia burguesía y quién no, o por utilizar las palabras de Lenin, quién lucha bajo un pabellón propio y quién bajo el ajeno.

(*) Lenin, Bajo pabellón ajeno, Obras Completas, tomo 26, pgs.137 a 161.

Corea del norte: de nuevo bajo la amenaza de una agresión nuclear

Pepe Escobar

Han saltados todas las alarmas. Hay una especulación desenfrenada sobre posibles” cabezas nucleares miniaturizadas por Pyongyang.

Cuidado con los perros de la guerra. Los mismas “inteligentes” que mostraron a bebés sacadas de incubadoras por los “malos iraquíes” o que quisieron convencer al mundo con armas de destrucción masiva inexistentes, ahora están vendiendo la idea que Corea del norte ha producido una cabeza nuclear miniaturizada capaz de funcionar en sus misiles.

Este el núcleo del análisis realizado en julio por la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos. Los “inteligentes” creen que Pyongyang tiene unas 60 armas nucleares. En la inteligencia estadounidense los programas de análisis sobre Corea del norte son prácticamente inexistente. Por lo tanto, estas evaluaciones son simplementes conjeturas al por mayor.

Pero la alarma ha crecido porque ahora estas conjeturas han ido acompañadas con una publicación de 500 páginas del Ministerio de Defensa de Japón. El libro blanco japonés destaca los “avances significativos” de Pyongyang en la carrera nuclear y su “posible capacidad” para desarrollar ojivas nucleares miniaturizadas para sus misiles.

Esta “posible capacidad” es una pura y simple especulación. El informe dice: “Es concebible que el programa de armas nucleares de Corea del norte podría haber avanzado considerablemente y es posible que Corea del norte esté en condiciones de alcanzar la miniaturización de su cabezas nucleares”.

Los grandes medios occidentales alimentaron una auténtica metástasis especulativa. Titularon con frenesí en periódicos y en televisión: “Corea del norte ha miniaturizado sus armas nucleares”. La gran prensa pretende conmover corazones y mentes de occidente con el factor miedo.

Convenientemente el “Libro blanco japonés” también exige condenar a China por “las acciones de Beijing, en los mares del Este y del sur de China”.

Así que echemos un vistazo a las piezas que se mueven de este juego. El Partido de la guerra de Estados Unidos, con sus miles de conexiones en el complejo militar-industrial y en los medios, quiere / necesita una guerra para mantener su maquinaria engrasada. Tokio, por su parte, apreciaría mucho un ataque militar pre-preventivo de Estados Unidos para, a continuación, condenar el inevitable contragolpe de Pyongyang.

Es muy esclarecedor que Tokio estime a China como una “amenaza” tan grave como Corea del norte. El ministro de Defensa Itsunori Onodera fue directo al punto: “Los misiles de Corea del norte representan una amenaza que profundiza el comportamiento amenazante de China en el Mar de China Oriental y el Mar del sur de China, Esto es una gran preocupación en Japón”.

De Pekín respuesta no se hizo esperar.

Kim Jong-Un, que ha sido demonizado hasta el infinito, no es tonto. No va a caer en un ritual de “seppuku” (suicido, harakiri) atacando unilateralmente a Corea del sur, Japón o algún territorio de Estados Unidos. El arsenal nuclear de Pyongyang representa el elemento de disuasión contra el cambio de régimen al estilo de “Saddam Hussein y Gadafi”. Como he argumentado en otras ocasiones, sólo hay una manera de tratar con Corea del norte: diplomacia. Hay que decírselo a Washington y Tokio.

Mientras tanto, la Resolución 2371 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tiene como objetivo impedir las principales exportaciones de Corea del norte: carbón, hierro, mariscos. Solo el el carbón representa el 40 por ciento de las exportaciones de Pyongyang, cerca del 10 por ciento de su PIB.

Sin embargo, este nuevo paquete de sanciones no toca las importaciones de petróleo y productos refinados de petróleo desde China. Esa es una de las razones porque Beijing las votó a favor.

La estrategia de Beijing es un intento, muy asiático, para encontrar una solución que le permita “salvar la cara”. Con la resolución 2371 gana tiempo y puede disuadir a la administración Trump, que ir contra Corea puede tener consecuencias terribles.

El canciller chino, Wang Yi, dijo con cautela que las sanciones son una señal de la oposición internacional a los programas de misiles y armas nucleares de Corea del norte. Lo último que necesita Beijing es una guerra en sus fronteras, que podría interferir negativamente en la expansión de las nuevas rutas de la seda.

Beijing siempre está dispuesto trabajar para la reconstrucción de las relaciones entre Pyongyang y Washington. Para China esto es una decisión política “más alta que el Himalaya”. Basta mirar hacia atrás cuando en 1994 se firmó el Acuerdo Marco, durante el primer mandato de Bill Clinton.

El acuerdo tenía como objetivo congelar –e incluso desmantelar– el programa nuclear de Pyongyang, y normalizar las relaciones diplomáticas de Estados Unidos con Corea. Un consorcio liderado por Estados Unidos iba a construir dos reactores nucleares para satisfacer la necesidad de energía de  Pyongyang, las sanciones se levantarían y ambas partes se comprometían con “garantías formales” contra el uso de armas nucleares.

Finalmente no pasó nada. El “acuerdo marco” se derrumbó en 2002, cuando Corea del norte fue coronada como parte de “el eje del mal” por Bush, Cheney y los neocon. Los coreanos saben, que la guerra de Estados Unidos contra su territorio nunca ha terminado. al menos formalmente. ¿La razón? El armisticio de 1953 nunca ha sido sustituido por un Tratado de Paz real.

Entonces, ¿qué sigue? Tres recordatorios.

1) Cuidado de las banderas falsas, serían el perfecto pretexto para la guerra contra Pyongyang

2) La narrativa actual es inquietantemente similar al griterío de los “sospechosos de siempre”. Son los mismos que atacaron a Irak o que quieren atacar Irán porque estaría a un paso de “la construcción de un arma nuclear”.

3) Corea del norte tiene billones de dólares en riqueza mineral sin explotar. En las sombras de estas maniobras hay corporaciones perfectamente identificadas que esperan beneficiarse con un jugoso botín después de haber destruido otro país.

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