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Día: 13 de marzo de 2017 (página 1 de 1)

Cómo contribuye Twitter a la falsificación de las elecciones

Eso que la burguesía califica como “política” es como todo lo demás, falso, porque se basa en algo que es inherente a su propia condición de clase: la apariencia y la superficialidad.

Hay, pues, una política superficial, aparente, que se basa en la publicidad y en la colusión con los medios de comunicación, y otra subterránea, clandestina, que sólo aparece cuando los micrófonos se apagan.

Los políticos burgueses, lo mismo que las empresas capitalistas, se apoyan en las apariencias, en una determinada imagen “de marca” que no tiene nada que ver con la realidad.

Como el mismísimo Trump, por ejemplo, tienen una cuenta en Twitter para aparentar un contacto inmediato y directo con sus conciudadanos, mientras abren otras falsas en las que se explayan con mayor libertad. Por eso se produce esa paradoja: en las primeras, las verdaderas, no dicen la verdad, mientras que es en las falsas donde dicen lo que realmente piensan.


El político de verdad empieza en cuanto el micrófono se apaga. Ahí es donde se muestra tal cual es realmente.

Lo mismo ocurre en Twitter, tanto con los políticos como con los partidos. Hay perfiles verdaderos y perfiles falsos, pero si quieres saber la verdad tienes que ir a estos últimos.

En una cuenta falsa un partido puede decir lo que le da la gana, mientras que la verdadera le compromete.

Los verdaderos maestros en el arte de la falsificación son los de Podemos, un partido virtual donde los haya. Pero la proliferación de cuentas falsas es característica de todos los partidos burgueses, hasta el punto de que se ha creado un blog, llamado Bots de Twitter (*), para denunciarlas.

Los partidos y los políticos tienen dos perfiles en internet lo mismo que tienen dos caras en la vida real y no es que una sea verdadera y la otra falsa, puesto que ellos mismos son los que las abren: ambas son falsas y si abren dos es porque quieren decir dos cosas distintas.

Son como Jekill y Míster Hyde; tienen su lado oscuro, que se pone de manifiesto, sobre todo, en las épocas electorales, ya que viven de ellas. Las elecciones son su habitat y el sello de calidad de una democracia -dicen ellos- se mide por sus elecciones.

Si a esa banda de farsantes les tomamos la palabra y equiparamos la democracia a las elecciones, entonces estaremos obligados a concluir que unas elecciones falsas conducen a una falsa democracia. Si las promesas electorales son falsas, si el dinero gastado en las elecciones no es el real, si llevan a cabo un trabajo subterráneo en internet, ¿qué tienen de auténtico los partidos burgueses?, ¿qué tienen de verdad las elecciones? Si todo es falso, ¿pueden ser un reflejo veraz de la realidad, de una determinada opinión?, ¿o más bien es todo mentira, una falsificación?

En 2015, durante las elecciones andaluzas, Twitter tuvo que suspender por fraude varias cuentas abiertas por los partidos políticos que se presentaban a ellas. Las cuentas desaparecieron, pero las elecciones no. Nadie dijo que eran un fraude.

Sin embargo, los pucherazos informáticos de los partidos han llegado a tal extremo de que pagan a empresas para generar los fraudes, una mecánica que ya funciona de forma automática, por medio de programas que generan miles de mensajes como si fueran reales. Hay políticos falsos, con cuentas falsas que emiten mensajes falsos por las redes sociales, que crean falsos seguidores, falsas tendencias (“trending topics”)…

No sólo en internet. Todo en la política burguesa es falso, lo que en Argentina denominan “trucho” y en la jerga informática anglosajona “trolleo”. Especialmente en épocas electorales los partidos contratan “troll centers” con expertos a sueldo dedicados a jornada continua a falsificar la realidad en internet. Las farsas electorales se han profesionalizado e institucionalizado y nadie parece sorprenderse por ello.

(*) https://botsdetwitter.wordpress.com/

Cuando los narcotraficantes de la CIA y la DEA operaban en Venezuela

El general Guillén Dávila
Durante la segunda mitad del siglo XX, el aparataje antidrogas y de inteligencia norteamericano ha protagonizado múltiples escándalos que lo involucran al narcotráfico de escala global. Son los dos más poderosos cárteles de droga del mundo.

Con la libertad operativa que le otorgó durante décadas los gobiernos de la Cuarta República (estando el puntofijismo hasta el cuello en materia de narcotráfico), Venezuela no quedaría exenta de ser utilizada como una plataforma del narcotráfico internacional capitaneada por estos cárteles norteamericanos.

Varios casos explotaron en la opinión pública durante la década de los 90, más por rencillas dentro del cártel que por otra cosa, que develaron el estrecho vínculo de la CIA y la DEA en la exportación de drogas desde Venezuela, mediante la infiltración y posterior control a lo interno de las fuerzas armadas.

Las denominadas “operaciones antidrogas” en Latinoamérica sirvieron de excusa para que la CIA penetrara a los cuerpos de seguridad del Estado, condicionando sus decisiones y controlando su funcionamiento, sus altos mandos, ascensos y operaciones en el territorio. Todo.

En Venezuela (dada su ubicación geográfica principalmente) habían cavado profundo, así como en Colombia, Bolivia o Perú.

En los años 80 la CIA tenía su “hombre más confiable” en el general Ramón Guillén Dávila, según reseñara el Miami Herald en aquel entonces. Sí, es el mismo Ramón Guillén Dávila que en el año 2007 fue detenido por participar en un plan conspirativo pensado para asesinar al presidente Hugo Chávez.

Dávila era jefe de la unidad antidrogas de la Guardia Nacional y trabajó estrechamente con la CIA y la DEA en “operaciones antidrogas” para supuestamente desmantelar redes de narcotráfico con origen en Colombia. El 29 de noviembre de 1993, durante el programa de noticias estadounidense 60 Minutes, el ex jefe de la DEA para aquel entonces, Robert C. Bonner, afirmó que Ramón Guillén Dávila y la CIA habían trabajado en conjunto para contrabandear -al menos- 22 toneladas de cocaína a Estados Unidos.

Un cargamento (de 800 libras) incautado ese mismo año en el Aeropuerto Internacional de Miami por agentes aduaneros de Estados Unidos, terminó por develar el trabajo en conjunto, y sobre todo, lo que alertara el periodista de investigación Michael Levine durante esos años: Ramón Guillén Dávila contaba con la protección de la CIA y sus operaciones de narcotráfico internacional desde Venezuela eran supervisadas por la agencia de inteligencia en cuestión. Al parecer a la DEA la habían dejado fuera de ese negocio: el motivo real de las acusaciones de Bonner.

Durante ese mismo año el Departamento de Justicia de Estados Unidos inició una investigación que implicaba a dos agentes de la CIA en Venezuela en el envío de 2.000 libras de cocaína a Estados Unidos desde Venezuela. Los investigadores federales que seguían el caso determinaron que el beneficiario de la operación era uno de los brazos del Cártel de Medellín, comandado por Pablo Escobar. El escándalo fue tal que el agente Mark McFarlin, agregado de la CIA en Caracas, fue expulsado de la organización. El otro agente implicado, cuya identidad no fue revelada, también habría sido sometido a procedimientos disciplinarios, según comentó un portavoz de la CIA llamado Dave Christian. Pero ya el negocio estaba hecho y el dinero cobrado.

Tratándose de una pugna entre cárteles, reseñó The New York Times que en el año 1989 los agentes de la CIA en Venezuela, Jim Campbell y Mark McFarlin, se reunieron con la agregada de la DEA, Anabelle Grimm, para discutir envíos de cocaína a Estados Unidos (mediante su operador Ramón Guillermo Dávila), para supuestamente recabar información sobre cárteles colombianos. Aunque la agregada se opuso, los agentes de la CIA continuaron con la operación sin que ella notificara a sus mandos superiores que la agencia de inteligencia estaba traficando cocaína. La omisión es también una forma de complicidad.

Pero aunque la exportación de drogas desde Venezuela comandada por la CIA y la DEA es lo suficientemente grave y despoja de credibilidad las acusaciones en contra de Venezuela como un supuesto “narcoestado”, hay otro dato que refleja las otras esferas del negocio: hasta el año 2005 que la DEA operó en Venezuela, 215 hectáreas cultivadas de distintas drogas había en Venezuela. No es casualidad.

Desde ese año hasta 2012, la ONU ha calificado a Venezuela como territorio libre de cultivos ilícitos, poniendo en relieve la frontal lucha contra el narcotráfico que ha emprendido el Gobierno Bolivariano desde que la DEA se fue del país. Distinto a Colombia, país donde opera libremente la DEA desde el año 1999, que no ha dejado de aumentar su producción y exportación de drogas hacia Estados Unidos. Tampoco es casualidad.

http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/02/23/cuando-los-narcos-de-la-cia-y-la-dea-operaban-en-venezuela/

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