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Día: 25 de octubre de 2016 (página 1 de 1)

Brzezinski anuncia el fin de la era de dominación mundial de Estados Unidos

Uno de los mayores estrategas del imperialismo, Zbigniew Brzezinski, propone que Estados Unidos llegue a un acuerdo amistoso con Rusia y China. Así lo ha escrito en un artículo publicado por “The American Interest” titulado “Hacia un reorientación mundial”(*). Como suele suceder, casi ningún medio se ha hecho eco de este viraje, que expresa un punto de vista muy importante dentro de los círculos más influyentes de Washington.

Lo mismo que Kissinger, además de dirigir la política exterior de Estados Unidos a finales de los setenta, durante el mandato de Carter, Brzezinski es un teórico del imperialismo estadounidense. Su obra más conocida, “El gran tablero” la escribió para establecer los puntos fuertes de la hegemonía estadounidense. Ahora considera que dicha hegemonía es imposible de sostener.

“Como su era de dominación mundial se termina, Estados Unidos tiene necesidad de realinear la arquitectura mundial de poder. Cinco verdades fundamentales que conciernen a la redistribución emergente del poder político mundial y la explosión de violencia en Oriente Medio señalan la llegada de un nuevo realineamiento mundial. La primera de esas verdades es que Estados Unidos aún son política, económica y militarmente la entidad más poderosa del mundo, pero teniendo en cuenta los cambios geopolíticos complejos en los equilibrios regionales, no es ya la potencia imperial en el mundo entero”, afirma Brzezinski en su artículo.

En contradicción con lo que había escrito tras la caída de la URSS, ahora Brzezinski dice que “nunca hubo una verdadera potencia mundial dominante hasta el surgimiento de América en el escenario mundial […] La nueva realidad mundial decisiva fue la aparición en la escena mundial de América, al mismo tiempo, como la más rica y militarmente como el jugador más poderoso. Durante la última parte del siglo XX ningún otro poder se le ha acercado siquiera. Esta época ha tocado a su fin”, añade en la revista.

¿Qué es lo que ha cambiado? Brzezinski apunta la emergencia de Rusia y China, el debilitamiento de Europa y el despertar político violento de los musulmanes tras el fin del colonialismo.

Sus referencias al islam son significativas, demostrando un conocimiento que va mucho más allá de los tópicos y vulgaridades para el consumo de los periodistas aborregados y las primeras planas. En sus escritos Brzezinski siempre concede una gran importancia estratégica a los países de Asia central y en este caso amplía su propuesta para incluir a Turquía e Irán entre los países con los que Estados Unidos tiene que mejorar sus relaciones diplomáticas.

La clave de su propuesta estratégica ya la apuntó en “El gran tablero”: la esencia de la política imperialista debe dirigirse a tratar de “impedir que los vasallos se coaliguen” o, dicho de otra manera, divide y vencerás. El imperialismo necesita que sus vasallos se mantengan ocupados en interminables querellas intestinas; de lo contrario se volverán en su contra y lo harán, además, unidos.

En los últimos años, Estados Unidos no ha seguido esa pauta. Ha logrado que se formen importantes coaliciones internacionales entre quienes quieren escapar de sus garras y, sobre todo, ha logrado que todos ellos vayan poniendo sus ojos en Rusia como vía de escape frente a la presión de Washington en los terrenos político, económico y militar.

La línea que Hillary Clinton se propone seguir es más de lo mismo, a la vista del discurso que pronunció en 2010, publicado por el revista “Foreign Policy”, en el que introdujo la doctrina del pívot hacia Asia, esencial para entender el desplazamiento del interés del imperialismo hacia el Pacífico. En resumen, decía Clinton, durante años habían invertido un enorme esfuerzo en escenarios como Afganistán e Irak, cuando son los países del Extremo Oriente los que se han convertido en el motor del capitalismo mundial. Estados Unidos debe volcar sus energías en las oportunidades que brindan los mercados más dinámicos del Pacífico.

Estados Unidos desplaza sus fuerzas, pues, de Oriente Medio y Asia central hacia el Extremo Oriente, pero desde luego en ninguna parte del mundo va abandonar ni un ápice de su influencia sin plantar batalla. Es obvio que, como dice Brzezinski, por todas partes se van formando coaliciones en su contra. Progresivamente Estados Unidos se va convirtiendo en un país aislado que no cree en la diplomacia como fuerza porque lo fía todo a su potencia militar. No tiene amigos ni los quiere. Por eso no tiene otra posibilidad que recurrir a la guerra para preservar su hegemonía.

(*) http://www.the-american-interest.com/2016/04/17/toward-a-global-realignment/

El fin del sueño occidental en Turquía

Hakan Karakurt

Dos meses y medio han pasado desde el fallido intento de golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en Turquía. El objetivo era derrocar al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogán, debido a su tendencia a perseguir una política exterior independiente respecto de la OTAN y Estados Unidos. Su visión de política exterior es la de integrar económicamente a Turquía con sus vecinos y formar alianzas políticas regionales que beneficien a todos los lados, mientras que por el otro lado quiere una colaboración equitativa tanto con Estados Unidos como con la Unión Europea. Erdogán rechaza la imposición de políticas de Estados Unidos y la Unión Europea, y en su lugar quiere multipolaridad para crear un mundo más justo y equilibrado. El rechazo de Turquía para unirse al embargo económico impuesto sobre Rusia e Irán ha molestado especialmente a Estados Unidos y la Unión Europea.

Estados Unidos percibió a Turquía como una comisaría para ser usada después de que Turquía se uniera a la OTAN en 1952. Las prioridades de seguridad de Estados Unidos nunca tuvieron en consideración a los intereses de Turquía. Para ellos, era preferible la débil Turquía que normalmente aceptaba las demandas de Estados Unidos aunque fueran contrarias a los intereses turcos hasta 2002. Pero el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Turquía terminó cuando el ejército turco lanzó una operación militar en el norte de Siria para barrer al Califato Islámico de la frontera turca con el consentimiento de Rusia.

Irónicamente, Turquía comenzó la operación el 24 de agosto de 2016, el día que el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, visitaba Turquía. No hay duda de que el acuerdo entre Rusia y Turquía sobre el conflicto sirio apuntando a preservar la unidad territorial y modelar el futuro del país solamente dependiendo de fuerzas nativas, fue pactado cuando Erdogán visitó Rusia el 9 de agosto de 2016.

El objetivo esencial de Estados Unidos para dividir Siria, una estrategia muy clásica de Estados Unidos que alimenta la estabilidad en Oriente Medio mediante el respaldo a grupos étnicos (YPG) y sectarios (Al-Nosra), está a punto de ser derrotado por la alianza de nueva fundación entre un miembro de la OTAN, Turquía, ¡y Rusia!, el principal rival de Estados Unidos.

La arrogancia de Estados Unidos y el aguante y premonición de Rusia, crearon una alianza no declarada entre Rusia y Turquía, que no solamente cambió el equilibrio de fuerzas en Siria, sino también el gran juego tanto para Estados Unidos como para las potencias euroasiáticas.

La Unión Europea considera a Turquía como un gran mercado para los productos de la Unión Europea (38 por ciento de las importaciones turcas) y como una zona intermedia entre la Unión Europea y los países de Oriente Medio. Entre los europeos, al igual que la rusofobia sin sentido, la turcofobia es todavía muy común. Tras el fallido golpe, en vez de apoyar al gobierno legítimo electo democráticamente, la Unión Europea mantuvo silencio y los principales medios de comunicación europeos acusaron al presidente turco de escenificar el golpe para consolidar su poder autoritario. La Unión Europea trató de forzar al gobierno turco para que  retrasara el régimen sin visados para turcos, mientras abría las puertas -con facilidad- para los ucranianos que actualmente están regidos por un “gobierno pro-europeo”. Así, durante la ceremonia de apertura del parlamento turco el 1 de octubre, Erdogán declaró que 30 años de negociaciones para unirse a la Unión Europea fueron sólo una distracción y que el juego con la Unión Europea casi ha llegado a su fin.

El presidente de Turquía y el gobierno, percibiendo el futuro del país como los embustes en políticas euroasiáticas, están dando pasos para redistribuir las posiciones del país. No obstante, tras la fundación de la Turquía moderna en 1923, las élites gobernantes y una importante porción de la nación turca, como descendientes de un gran imperio que gobernó durante más de 6 siglos, han considerado la occidentalización como el principal objetivo para reestablecer un Estado poderoso. Por tanto, las instituciones gubernamentales, estructuras económicas y formaciones militares copiaron a Estados Unidos y la Unión Europea. El pueblo turco consideraba a Estados Unidos y la Unión Europea como aliados y modelos a seguir, y esperaba y creía que, un día en el futuro, su país se integraría en el eje occidental.

El fracasado golpe militar el 15 de julio de 2016, marcó el fin de esos sueños pro-occidentales en Turquía. El apoyo de Estados Unidos y la Unión Europea para los orquestadores del golpe despertó al pueblo turco que llegó a considerar al golpe como un ataque extranjero directo.

Las opiniones anti-americanas y anti-Unión Europea subieron vertiginosamente. El mes pasado, dos encuestas de opinión en Estados Unidos y la Unión Europea fueron publicadas por una empresa y fundación de investigación independiente. La encuesta de opinión realizada por “MAK Consulting” se enfocó en las relaciones turco-estadounidenses a ojos del pueblo turco. Los resultados fueron impactantes. El 90 por ciento de los encuestados estiman a Estados Unidos como no fiables aun cuando Turquía es un miembro de la OTAN. Este porcentaje era solo del 50 por ciento antes del intento golpista. Según el CEO de la empres a encuestadora, el pueblo turco cree que pueden derrotar a Estados Unidos y, si no se declara la ley marcial, entonces la embajada de Estados Unidos puede ser atacada por ciudadanos enfadados.

Otra encuesta de opinión muy interesante fue realizada por Tavak (en inglés, Turkey Europe Education and Science Research Foundation) sobre las relaciones Turquía-Unión Europea. Solo el 22 por ciento de los participantes creen que Turquía conseguirá convertirse en miembro de pleno derecho de la Unión Europea. Casi la mitad de los participantes sugirieron que la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) y los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, y Suráfrica) ofrecen un nuevo camino para Turquía en vez de la Unión Europea. Desafortunadamente el 60 por ciento de los participantes sostienen que la islamofobia es la razón más importante para el rechazo de la Unión Europea al reconocimiento de Turquía como miembro de pleno derecho.

Es muy interesante que los musulmanes turcos vieran su destino en la alianza con otros países no-musulmanes (OCS y BRICS). Tras el colapso del mundo bipolar, todos fuimos testigos de una nueva fase de imperialismo encabezado por Estados Unidos disfrazado bajo mágicas pero vacías palabras (globalización, liberalismo, humanitarianismo, democracia, y auto-determinación) que solamente apuntaban a extender la hegemonía de Estados Unidos por todo el mundo en contra de los intereses de todas las demás naciones. Los objetivos irresponsables y presumidos de Estados Unidos, sin duda serán derrotados por la colaboración de las grandes naciones de Eurasia. El fin del conflicto llegará tal como sostiene la ideología protestante de Estados Unidos, ¡pero Estados Unidos no saldrá victorioso! La intervención militar de Rusia en Siria y la alianza encubierta ruso-turca para preservar la unidad territorial de Siria ha detenido los planes de Estados Unidos en Oriente Medio. Según se incrementa la colaboración de las naciones euroasiáticas, veremos más derrotas de Estados Unidos en otras regiones del mundo.

Fuente: http://katehon.com/es/article/turquia-dice-no-los-eeuu-y-la-ue

El momento del giro en la política exterior de Rusia

Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores
Juan Manuel Olarieta
A la vista de la intervención de Rusia en la guerra desatada por los imperialistas contra Siria, son muchos los que se preguntan por qué no hizo lo mismo en Libia, por qué no trató de impedir la caída de Gadafi. El mero planteamiento de la duda es muy interesante y quizá se podría responder diciendo que el motivo es que Siria no es Libia o, quizá más exactamente, que Siria no representa para Rusia lo mismo que Libia. Siria es el corazón de Oriente Medio y está a una hora de vuelo desde Rusia: forma parte de su zona de seguridad.

Para no caer en simplificaciones, hay que recordar aspectos ilustrativos, como el hecho de que Rusia no interviene en Siria desde el principio y que si entendemos por intervención, la intervención militar, ésta sólo se produce después de cuatro años de guerra. Tanto la caída de Gadafi como la de Bashar Al-Assad se inician con la Primavera Árabe, por lo que forman parte del mismo proyecto imperialista y basta recordar las declaraciones de los dirigentes rusos en 2011 para darse cuenta de cuáles eran sus posiciones entonces: decían lo mismo que los estadounidenses, o los británicos, o los franceses. No es, pues, de extrañar que algunos metan en el mismo saco a Rusia que a Estados Unidos, o a Francia, o a Gran Bretaña.

Pongamos el ejemplo de Lavrov para ver el vuelco en la política exterior rusa. En una entrevista a la radio Ejo Moskvy, el 4 de marzo de 2011 el ministro ruso de Asuntos Exteriores calificó el levantamiento en Libia como una “explosión popular espontánea” causada por las condiciones económicas internas del país y un ejercicio autoritario del poder. Así se pueden poner numerosos ejemplos de otros países árabes víctimas de la Primavera y otros dirigentes rusos, cuyas declaraciones eran intercambiables con las estúpidas que escuchábamos por aquí.

Por lo tanto, es evidente que en cinco años ha habido un cambio muy radical en la política exterior rusa. Lo que no puedo admitir, ni como hipótesis, es que Rusia no supiera quiénes estaban cocinando realmente las Primaveras Árabes, por lo que concluyo que entonces su política era la de seguir haciendo concesiones, que es la política más vieja y errónea que se conoce ante el imperialismo: la del Pacto de Munich, la de la división de Checoslovaquia, la del Anchluss de Austria, la de la guerra civil española…

Hace décadas que Rusia lleva haciendo concesiones al imperialismo. Es la esencia de su política exterior desde 1956, desde los tiempos soviéticos, la principal de las cuales fue suponer que la voracidad de Estados Unidos se apagaría desmantelando la URSS y el Pacto de Varsovia, la máxima prueba de “buena voluntad” por parte del Kremlin. Esa política rusa (y soviética) no sólo no ha frenado al imperialismo, sino todo lo contrario, ha estimulado su agresividad.

Al mismo tiempo, la política de hacer concesiones demuestra un factor muy importante en la situación internacional: que Rusia ha estado y está a la defensiva, por lo que el ritmo de los acontecimientos lo marcan en Washington.

Pero si eso es importante hay algo que lo es aún más: el objetivo militar y estratégico de Estados Unidos no son los países secundarios del escenario mundial sino Rusia (y China). Durante años Rusia ha tenido sobradas muestras de que Estados Unidos no va a parar jamás hasta lograr su destrucción (y la de China), un objetivo que, como se está demostrando, es independiente del régimen social existente en ambos países.

Dice el refrán que “a la fuerza ahorcan” y Rusia no hubiera cambiado nunca su política de concesiones si los imperialistas no se hubieran plantado delante mismo de sus narices, sobre todo desde del golpe de Estado fascista en Ucrania en 2014. El máximo ejemplo de ese cambio fue la anexión de Crimea. Por fin, los rusos habían dicho “basta”.

Por lo tanto, la Guerra de Siria está relacionada estrechamente con la del Donbas. A partir de 2014 Rusia se dio cuenta de que lo que el imperialismo estaba discutiendo en Siria no era un asunto regional, propio de los países árabes y de Oriente Medio, sino internacional: en Siria se juega el futuro de la propia Rusia y en cuanto el Kremlin se ha plantado, fulminantemente, el imperialismo ha padecido una de sus más severas derrotas desde 1945, sólo comparable a la de Vietnam.

En Siria la guerra sigue y es muy posible que los imperialistas no dejen que nunca llegue la paz, pero sus planes ya han fracasado… en parte, porque realmente el verdadero plan del imperialismo es la guerra misma. Tal y como hoy lo conocemos, el imperialismo sólo se puede sostener por la guerra.

El pleno del Comité Central del Partido Comunista de China está marcado por la corrupción

Ayer inició sus sesiones el VI Pleno del Partido Comunista de China, donde los aproximadamente 400 miembros del Comité Central debatirán, especialmente, sobre la situación interna del Partido y del país. El lema central de la reunión lo dice casi todo: “Gobernar el partido de una manera convincente” porque desde hace muchos años la credibilidad del PCCh es prácticamente nula, dentro y fuera de sus filas, como es lógico en un país capitalista dirigido por un partido que se sigue calificando de “comunista”.

En una reunión tras otra, la corrupción sigue siendo el tema estrella de los dirigentes que, como en España, únicamente alcanzan a hablar sobre ella y de la “lucha” contra ella. Desde la llegada al poder en 2013, la campaña lanzada por Xi Jingping ha llevado a la cárcel a cientos de miles de afiliados, “tigres” y “moscas”, grandes jefes y pequeños cuadros.

La lucha contra la corrupción es de tal envergadura que ha bloqueado cualquier otro debate. El país está paralizado. Ante el temor de ser acusados de corrupción, los funcionarios están paralizados. Las reuniones, los regalos, los gastos, los viajes, los proyectos, las cenas… Todo está bajo sospecha. La dirección quería dar pasos aún más decididos en la misma línea que las demás potencias capitalistas: reconversión, privatización, desregulación, apertura al exterior… No ha podido llevar a cabo nada de eso porque el PCCh está completamente paralizado.

La lucha contra la corrupción es la excusa perfecta para depurar a los viejos y que lleguen los nuevos, los fieles e incondicionales a Xi Jingping, por lo que como en cualquier otro país capitalista, los periodistas hacen quinielas sobre los que salen y los que entran.

Xi ha descrito al Partido Comunista de China como un “arma mágica”. Pronto cumplirá un siglo de historia, tiene casi 90 millones de afiliados, el doble que toda la población española. Sin embargo, su presencia en la sociedad es ínfima en la actualidad. Como en cualquier otro país capitalista, es más bien un aparato del propio Estado, una organización burocrática, que reúne en sus filas a los dirigentes centrales y locales de las instituciones públicas.

La magia de los “comunistas” chinos es muy vieja. No engaña a nadie. Lo mismo que la dirección política en Rusia, el Partido Comunista de China es de ideología nacionalista, muy condicionado desde su misma fundación por el vasallaje colonial impuesto a China desde comienzos del siglo XX y ahora por asegurarse las mejores relaciones posibles con los vecinos, especialmente en la cuenca del Pacífico y Asia central.

A los “comunistas” chinos les retratan acuerdos como el que firmaron solemnemente en 2013 con María Dolores de Cospedal, la secretaria general del PP español, por el que ambas organizaciones iniciaron un diálogo característico: los españoles se comprometían a no intervenir en los “asuntos internos” de China y a cambio los chinos se encargaban de todo lo demás, es decir, de favorecer la cooperación en los ámbitos económico, comercial, científico, tecnológico y cultural.

¿Dónde está la magia? Los chinos sólo quieren que les dejen en paz; los españoles sólo quieren que alguien les saque las castañas del fuego, o sea, del hundimiento económico.

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