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Mes: agosto 2014 (página 2 de 2)

No sólo los cometas tienen cola

No todos los astros con cola son cometas. Venus, por ejemplo, tiene una cola filiforme, semejante a la de un cometa, que se extiende a lo largo de millones de kilómetros. En su punto más cercano a la Tierra, cada 584 días su cola interactúa con la magnetosfera de la tierra.

La magnetosfera de Júpiter, con forma de elipse alargada, se extiende hasta la órbita de Saturno, a la increíble distancia de 680 millones de kilómetros que es cuando están más próximos. Cuando la nave espacial Pioneer 10 cruzó la órbita de Saturno, también estuvo detrás de Júpiter con relación al Sol. En ese momento los especialistas de la misión se sorprendieron al descubrir que no podían detectar ninguna partícula cargada procedente del Sol, lo que indica que la magnetosfera de Júpiter atenúa el viento solar a una distancia de varios cientos de millones de kilómetros.

Compuesta de plasma, la cola de cometa de la Tierra, también conocida como magnetosfera, cambia de forma y de fuerza adaptándose a las cargas eléctricas procedentes del Sol (viento solar). La cola de la magnetosfera terrestre está orientada en dirección opuesta al Sol, lo mismo que la cola de los cometas, debido a los efectos eléctricos de los iones a altas velocidades.

Cuando la Luna atraviesa el plasma ionizado que rodea la Tierra, la capa de polvo de su superficie adquiere una carga negativa, que hace que se repelan y se alejen de la superficie. La diferencia de carga eléctrica entre el lado visible y el invisible de la Luna crea un «viento» de iones que fluye del lado oscuro, cargado negativamente, hacia la cara soleada, cargada positivamente. Los campos eléctricos entre los dos hemisferios presentan una diferencia de al menos 1.000 voltios.

La cola del planeta Mercurio ha sido un descubrimiento inesperado, ya que los especialistas en planetología ignoran la física del plasma. La teoría del universo eléctrico establece que la cola de un cometa se forma cuando la vaina de cometas de plasma acumula suficiente potencial eléctrico para descargar, procediendo a iluminarse. Independientemente de su propia composición, los cometas se comportan como objetos cargados eléctricamente y envueltos en plasma.

La cola de Mercurio contiene una alta concentración de átomos de sodio. En 2008, después de haber medido la cola de sodio y Mercurio, los astrofísicos del Observatorio McDonald, en Texas, encontraron que era tan largo como cuatro lunas llenas. Uno de los aspectos más interesantes de sus observaciones es que el sodio parece provenir de dos «puntos calientes» a una alta latitud sobre Mercurio.

Cuando la nave espacial Messenger pasó a toda velocidad cerca de Mercurio, los puntos calientes se localizaron donde, según los expertos, la materia se había retirado de la superficie del planeta por la «presión de radiación» del Sol. Como Mercurio no tiene atmósfera ni campo magnético que le proteja del Sol, la Luna podría ayudar a explicar esos fenómenos. Si las diferencias de voltaje de la Luna se explican por la electricidad, las peculiaridades de Mercurio también se pueden aclarar por la hipótesis eléctrica. Io, la luna de Júpiter, también podría servir como un modelo para los puntos calientes de Mercurio.

Orbitando cerca de Júpiter, Io es bombardeada por una radiación electromagnética tan intensa, que levanta casi una tonelada por segundo de gas y otros materiales de su superficie. A través de la plasmaesfera de Júpiter, Io actúa como un generador eléctrico. Una corriente de más de tres millones de amperios en 400.000 voltios fluye entre el entorno eléctrico de Júpiter y Io.

Quizá Mercurio conozca algo similar. Los puntos calientes podrían ser los focos de un plasma denso en los que Mercurio se conecta con el Sol. La erosión catódica de Mercurio podría proporcionar un motivo de que su cola parezca una estructura filamentosa que recuerda las corrientes de Birkeland.

El concepto de cola filamentosa inducida por el cambio de carga eléctrica no se aplica sólo al Sistema solar. Lo mismo que las galaxias, las estrellas también tienen cola. Mira, una estrella gigante roja, tiene una cola que se estira a lo largo de 13 años-luz. La galaxia ESO 137-001 tiene una cola de más de 200.000 años-luz de larga. Parece que todos los cuerpos celestes están movidos por el plasma que los rodea. Puesto que el Universo está compuesto en un 99,99% de partículas cargadas, podemos decir que el plasma impera en todas partes.

Fuente: Stephen Smith, Comets are not the only objects with tails, 8 de agosto, https://www.thunderbolts.info/wp/2014/08/08/16273/

La lucha contra la opresión nacional es un campo de minas

Juan Manuel Olarieta

La lucha contra la opresión nacional es el típico campo de minas al que la burguesía arrastra a las organizaciones del proletariado para aplastarlas de una manera bastante sencilla. El proletariado se introduce en la trampa movido por un poderoso cebo: en definitiva, se apresta a defender una causa aparentemente justa, que es la de las naciones oprimidas. De esa manera, se desangra a medida que van explotando bajo sus pies todos y cada uno de los explosivos que la burguesía ha ocultado cuidadosamente.

Una de esas minas es la de que la opresión justifica casi cualquier cosa. Las naciones oprimidas (y las colonias) son intocables por el mero hecho de serlo. Cuando no es sólo la opresión de una nación sino la de un continente entero y cuando la naturaleza política de los movimientos populares a duras penas va más allá de la liberación nacional, parece obligado callarse la boca: ningún extranjero (sobre todo si es originario de un país colonizador) puede hacer otra cosa que lamentarse y seguir la corriente.

En Latinoamérica la inmunidad se extiende a la burguesía nacional, que juega el papel de víctima como nadie, de tal manera que una crítica a Bolívar, por ejemplo, se convierte en un ataque a Venezuela o incluso a toda América Latina. La figura de Bolívar debe quedar como la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro en plena Semana Santa. Marx tuvo que equivocarse. Necesariamente. Quien resulta intocable no es Marx sino Bolívar.

La burguesía ha convertido a Bolívar en una figura de culto, en un mito Libertador y en los años sesenta los revisionistas hicieron lo propio, lo que les caracteriza (seguidismo respecto de la burguesía) reconvirtiendo al héroe de una clase social en el héroe de la otra. Según el revisionismo Venezuela necesitaba menos Marx y más Bolívar. El país no estaba maduro para el socialismo sino que debía atravesar uno de esos procesos previos de liberación nacional y de lucha contra el imperialismo que conducen siempre a una línea política muy cómoda: luchamos contra un enemigo extranjero (el imperialismo) de la mano de «los nuestros» (la burguesía).

¿Qué tenía Bolívar que Marx no supiera apreciar?, ¿estaba mal informado alguien tan meticuloso como él que hizo de la información una obsesión? Algunos lo explican recurriendo al «eurocentrismo», lo que es harto significativo. Las opiniones de Marx sobre Bolívar podrán ser erróneas (que no lo son) pero no como consecuencia de ningún eurocentrismo. Por el contrario, la defensa a ultranza de Bolívar es típicamente burguesa y lo más significativo es que no creo que nadie en Catalunya -por ejemplo- saque las uñas porque alguien llene de lodo a una figura como Prat de la Riba.

Sobre México Marx y Engels no escribieron absolutamente nada. Se limitaron a referirse al país incidentalmente en unos pocos escritos y cartas, todas ellas redactadas entre 1848 y 1864. Caben en una pequeña cuartilla y sobra papel. En sus comentarios Engels afirma algo sobre la situación previa del país que nadie ha desmentido, por lo que habrá que darlo por bueno: a medidos del siglo XIX México se encontraba desgarrado por «perpetuas guerras civiles» y a punto de caer en el «vasallaje industrial» de Inglaterra. Cuando Estados Unidos se apoderó de Texas y California el país centroamericano fue «lanzado al movimiento histórico», escribió Engels, del mismo modo que la historia moderna de España empieza con la invasión por las tropas napoleónicas de 1808.

Lo que diferencia a Marx y Engels de la burguesía nacionalista es que ellos no exponen ningún proceso histórico de manera unilateral. Engels refiere los dos aspectos divergentes de la conquista de Texas y California. Alude a la vulneración de «principios morales» como la independencia o la justicia, que son los únicos que las plañideras nacionalistas lamentan, pero valora otros aspectos que, incluso, resultan favorables a México, según Engels. Por consiguiente, no se pronuncia contra México, como dicen los nacionalistas, sino a favor de México. No se refiere al beneficio de Estados Unidos sino al del propio México.

Engels no tiene las estrechas miras de la burguesía (la pérdida de una parte del territorio), sino que lleva su análisis muy lejos: la apertura de las minas de oro de California -dice- interesa al desarrollo de América entera porque se trata de un acontecimiento histórico de primera magnitud. Junto con el ferrocarril que de costa a costa unió a Nueva York con San Franciso, California imprimió una nueva orientación al comercio mundial incorporando por primera vez al Océano Pacífico al comercio mundial («a la civilización», dice Engels).

Para los cortos de vista los artículos de Engels se prestan hoy a una manipulación estúpida, también típica del cretinismo burgués, por lo que parece necesaria otra aclaración: en aquella época, mediados del siglo XIX, el capitalismo no había entrado en su etapa imperialista y Estados Unidos no desempeñaba el papel que hoy desempeña, ni en América Latina ni en el mundo, sino más bien todo lo contrario, era la locomotora más avanzada de América, mientras que no cabe decir lo mismo de México. Es cierto que la «doctrina Monroe» (América para los americanos) no era nada inocente (América para los norteamericanos). Estados Unidos trataba de expulsar a Inglaterra (y a los europeos, en general) del continente. Sin embargo, ¿hubiera sido preferible para México el vasallaje industrial de Inglaterra al que se refería Engels?

A mediados del siglo XIX la situación de México era tan lamentable que en 1863, después de perder Texas y California, el país entero cayó bajo las garras de Maximiliano, que estableció un imperio… francés. Pero no sólo fue México. En aquella época las fronteras no tenían el significado que ahora tienen y países enteros se compraban y se vendían como mercancías. Francia vendió Luisiana, Rusia vendió Alaska, España vendió Florida… y si no había acuerdo sobre el precio, un país aún podía expandir sus dominios a las bravas, como hizo Estado Unidos con Puerto Rico (a costa de Puerto Rico y de España) en 1898.

Salvo en la época de la Unión Soviética, en el derecho internacional siempre ha imperado la «ley de la bandera», según la cual las fronteras de un país llegan hasta donde la fuerza del ejército sea capaz de sostenerlas. El caso reciente de Crimea ha vuelto a demostrar que las fronteras son una especie de termómetro que mide la capacidad de un ejército y, por consiguiente, de un Estado. ¿Qué opinión puede merecer un Estado y un ejército que no son capaces de defender sus fronteras? Pues bien: despues de perder Texas y California, México siguió perdiendo más territorios y no reaccionó hasta la gran revolución de 1911. El México que hoy conocemos no empieza con el «Grito de Dolores» de 1810 sino un siglo después.

Rehenes políticos

Nicolás Bianchi

La lucha armada de ETA y, por extensión, la del segmento más concienciado políticamente del pueblo vasco, no ha sido tanto –a mi juicio- la brega por la liberación nacional, puesto que Euskal Herria nunca ha sido una colonia de la “metrópolis” española, como la permanente denuncia, empleando vías armadas o pacíficas, de una nación sin Estado que grita su derecho a la autodeterminación y, en su caso, la independencia y, por ende, a formar un Estado. El carácter que adopte este futuro Estado es ya otro cantar que sólo la lucha de clases, en primer término, aparte otros factores, decantará (más que una “sociedad” indiscernible).

En Euskadi no se han enfrentado, militarmente hablando, dos ejércitos. Si así fuera, los militantes de ETA hubieran ido uniformados para enfrentarse a un enemigo que SÍ va uniformado como las FSE. He aquí una diferencia. Otra es que un voluntario de una organización armada que aspira a la independencia de su pueblo –ahora sí cabe hablar de liberación nacional o MLNV- o a la revolución política (que implica la social), está dispuesto a matar y morir por su causa, que no es cualquier causa sino la más democrática de todas, es decir, el derecho a decidir de la población de un territorio geográfico y un marco político concreto y no otro, mientras el ocupante, el invasor, el que oprime nacionalmente a un pueblo determinado, quien va uniformado, quien representa una autoridad “política” ilegítima por antidemocrática y fascista, está dispuesto a matar pero no a morir, ah, esto no. Y ello porque no tiene ninguna causa que defender salvo la de una soldada, esto es, un interés particular frente a una causa desinteresada exceptuando unos objetivos políticos por los que se juega la vida que la hipócrita burguesía tanto consagra otrosí sus piscinas. En conclusión: el carácter político del enfrentamiento armado lo da el enemigo que disimula tal carácter llamando “terrorista” a quienes se resisten a la opresión. Esto ha pasado toda la puta vida y no digo nada nuevo. Para ello, como es sabido, cuentan con la maquinaria propagandística para cloroformar y lobotomizar a eso que llaman la “opinión publica”. Conviene recordar estas cosas, pinten bastos o la ocasión la pinten calva, salvo que estemos hablando de otra cosa. Como también conviene no olvidar –otra diferencia- que ETA (o los GRAPO en su día) que no es un ejército uniformado, no hace prisioneros uniformados del enemigo ni tiene cárceles ni territorios liberados, no es –no era- una guerra convencional (hoy ninguna lo es), aunque me hablen de “cárceles del pueblo” y secuestrados, pero no es lo mismo, mientras que las fuerzas de ocupación invasoras y uniformadas, sí. Que me demuestren lo contrario.

Pues bien, si es verdad, como se viene diciendo, que vivimos nuevos tiempos de cambio de ciclo, es preciso poner en primer lugar y no posponer la lucha por la excarcelación de todos los presos políticos vascos y no vascos. Especialmente los más chantajeados, o sea, los que están enferm os o han cumplido sobradamente su condena. Ellos son la verdadera memoria histórica de los pueblos. Y las auténticas víctimas directas de la opresión terrorista.

Los escritos de Marx sobre el colonialismo

Juan Manuel Olarieta

La burguesía nacionalista, especialmente en Latinoamérica, siempre ha deplorado los escritos de Marx y Engels relativos a la colonización, que consideran como un apoyo al expansionismo europeo, un embellecimiento fruto de una supuesta deformación eurocéntrica que llevó a los fundadores del socialismo científico a convertirse en unos vulgares apologistas de las conquistas y el saqueo del Tercer Mundo.

Es típico de la obnubilación patriotera que considera siempre mejor lo autóctono que lo foráneo: aquí estábamos muy bien hasta que desde fuera llegaron los colonos (o los emigrantes). Los males de una nación siempre proceden de fuera. Los extranjeros son tanto peores en cuanto que los nacionalistas son capaces de vestir lo propio con las mejores galas. En el caso de la colonización, las críticas a la rapiña siempre han solapado la verdadera situación previa a la conquista. Los nacionalistas han creado la falsa impresión de que los problemas de la India, por ejemplo, empiezan con la colonización británica. A veces los problemas también acaban con la propia colonización.

Ellos nunca reconocerán la evidente superioridad (tecnológica, económica y militar) de los colonialistas, ni que la relativa facilidad con la que se extendió el colonialismo en todo el mundo fue -en parte- consecuencia de la profunda descomposición de las sociedades locales, que distaban mucho de ser idílicas. Por ejemplo, en el caso de la India, dice Marx, antes de la llegada de los británicos el asesinato era uno de los «ritos religiosos».

Poner de manifiesto esos aspectos no disimula en absoluto los horrores y crímenes en masa que el colonialismo desencadenó en África, Asia y América. Es necesario hacerlo así para comprobar la manera sesgada en que, a diferencia del proletariado, la burguesía expone la historia.

En sus artículos Marx no escribió postales a la manera turística sobre los parajes exóticos de la India. Se interesó por la sociedad y profundizó en su historia anterior, lo cual no está nada mal para un subcontinente que carecía de ella, es decir, de historia, debiendo recordar a la burguesía nacionalista que Marx precisa que se trata de «historia conocida», o sea, que Marx trata de conocer algo desconocido y es de los pocos que en aquella época -lo mismo que en la actualidad- se interesan por ello y no por monumentos de piedra como el Taj Mahal.

Para tratar de reconstruir la historia de la India Marx se remonta a los tiempos en que fue presa de conquistadores extranjeros, como los árabes, los turcos, los tártaros o los mongoles: «Lo que llamamos historia de la India no es más que la historia de los sucesivos invasores que fundaron sus imperios sobre la base pasiva de esa sociedad inmutable que no les ofrecía ninguna resistencia». En la medida en que la dominación no encontraba resistencia, a los conquistadores les interesaba preservar la sociedad tal cual la encontraron, hasta el punto de que los de fuera acabaron siendo asimilados por los de dentro, lo cual Marx califica como una la ley «inmutable» de la historia: «Los conquistadores bárbaros son conquistados por la civilización superior de los pueblos sojuzgados por ellos».

Al llegar los británicos la India estaba envuelta en una guerra interna, «y mientras todos luchaban contra todos irrumpió el conquistador británico y los sometió a todos». Tras la colonización, dice Marx, la India pasó de un «despotismo asiático» a un «despotismo europeo cultivado» que, además, fue «infinitamente más intenso» que el anterior. El despotismo británico, dice Marx, mantuvo «esclavizada» a la India «con ayuda de un ejército hindú sostenido a costa de la misma India», algo que los nacionalistas tampoco suelen reconocer: la colonización es imposible sin la pasividad e incluso el apoyo de una parte -al menos- de la población local y los sectores sociales que la dirigen.

En la época en la que se escribieron los artículos de Marx sobre la India, hacia 1850, resultan extraordinariamente sorprendentes porque no se dirigían al lector europeo, sino al americano, que sólo 60 años antes también había padecido los estragos del colonialismo británico. Salvo los aficionados a la geografía y las exploraciones, nadie conocía (y menos en Nueva York o Chicago) aquel lejano país poblado por nativos sometidos a la esclavitud, férreamente divididos en castas que apaciguaban su rebeldía con ancestrales supersticiones místicas.

Pero el colonialismo británico tuvo un aspecto diferente de todas las conquistas que hasta entonces se habían impuesto en la India: los invasores no fueron absorbidos por la sociedad local, convirtiéndose en «los primeros conquistadores de civilización superior a la hindú» hasta el punto de que, precisamente por ello, «resultaron inmunes a la acción de esta última».

Marx tenía razón: es una verdadera la ley «inmutable» de la historia. Lo mismo que los demás «pueblos sin historia», también la India estaba destinada a convertirse en una «presa fácil» para cualquier agresor que se dignase fijar su atención en el país. Había sido conquistada por los británicos del mismo modo que antes lo había sido por otros pueblos, un fenómeno que no se puede entender de una manera unilateral sino en toda su amplitud, como un proceso contradictorio y paradógico de destrucción y construcción a la vez: «Las páginas de la historia de la dominación inglesa en la India apenas ofrecen algo más que destrucciones. Tras los montones de ruinas a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin embargo, esa obra ha comenzado».

En contra de lo que afirman los patrioteros, Marx describe con una claridad pasmosa tanto la destrucción de la sociedad tradicional hindú como su contrario, la construcción de otra nueva sociedad sobre las ruinas de la anterior. Si los nacionalistas no estuvieran tan cegados por sus prejuicios de clase, deberían interesarse especialmente por lo que Marx expone al respecto: paradógicamente el colonialismo británico puso (impuso más bien) los cimientos para edificar «la unidad política de la India» y, por consiguiente, para que el país pudiera lograr su independencia. La espada británica -escribió Marx- es la primera condición para la regeneración de la India, que se fortalecerá y perpetuará con aportaciones como el ferrocarril o el telégrafo eléctrico: «El ejército hindú, organizado y entrenado por los sargentos ingleses, es una condición sine qua non para que la India pueda conquistar su independencia y lo único capaz de evitar que el país se convierta en presa del primer conquistador extranjero».

La torpeza de los nacionalistas queda al descubierto sólo con tener en cuenta que Marx aludía a la independencia de la India con un siglo de antelación, algo que parecía impensable a mediados del siglo XIX. Pero hace ya mucho tiempo que la India logró su independencia, y lo realmente sorprendente es que los independentistas sigan sin querer aprender de la historia real y prefieran inventarse otra diferente.

Tinto de verano

Nicolás Bianchi

En una sociedad dividida en clases, al margen de la mayor o menor agudización de lucha de clases que haya entre ellas, lo que existe, objetivamente, son los intereses distintos y contrapuestos y su expresión político-ideológica traducida en principios políticos. Podrá haber diferentes niveles de lucha de clases en su desarrollo, pero jamás desaparecerá la misma (ni siquiera bajo el socialismo, véase China) justamente porque lo que hay es lucha entre contrarios y no armonía, como quería el socialismo utópico bienintencionado. No se trata, por supuesto, de que el obrero, cuando acude al tajo, le ladre al patrón y le recuerde su condición de explotador y vampiro de la sangre trabajadora. No haremos caricatura. Normalmente ocurre lo contrario, es decir, el asalariado, sabedor de que no es dueño más que de su fuerza de trabajo pero no de los medios de producción que son propiedad del empresario capitalista, se humilla y calla hasta que la situación se le hace insostenible y busca la unidad de la clase obrera y trabajadora tratando de organizarse como mejor modo de enfrentar el modo de producción capitalista que se defenderá pagando a esbirros uniformados y aristócratas con overol (buzo). Porque no es cierto que el empresario sea un “trabajador”. Éste, sea pequeño o grande, invierte un capital con la única idea de obtener una ganancia, un beneficio, lo que parece lógico, sí, pero a costa del sudor de sus empleados que son los que realmente trabajan y son productivos. Sin mano de obra no hay capital que valga. Y es porque las relaciones sociales de producción son capitalistas que existe explotación de las clases trabajadoras y la extracción de plusvalía, independientemente, pero no sin influjo, del desarrollo de las fuerzas productivas. No se me escapa que este “sermón” ya no está de moda y suena jurásico, pero todavía es hoy el minuto en que nadie, en lo fundamental, puede refutármelo. Nadie salvo los monos que se vistan de seda.

Como ven, me puse conferenciante, homilético, impertinente. Y esto en estío, en tiempo de verano, de relax. Lo siento, pero me importuna oír decir –cambio ahora de registro- de alguien que, si sale elegido en unos comicios, gobernará para todos, ”los que me votaron y los que no”. Esto es falso, mendaz. En un régimen de partidos políticos se es partidista. Si, por ejemplo, Bildu decide allá donde ganó por mayoría, quitar la bandera española y colocar sólo la ikurriña, eso es un acto partidista que no busca, ni siquiera aunque lo pretendiese, contentar a todos, precisamente porque… es imposible. Y no tanto por la decisiva lucha de clases, que no siempre está en primer plano en según qué tipo de sociedades, como por la defensa de unos principios políticos que responden a clamores populares. El rival –el enemigo si nos ponemos schmittianos- haría exactamente lo mismo en sentido contrario.

En la sociedad de clases siempre se gobierna contra alguien igual que nunca llueve a gusto de todos. La cuestión es saber quienes son la mayoría y, por supuesto, quién detenta el poder. Quién oprime y quién está oprimido. Y quién se deja oprimir para conservar la piscina.

Ni leninismo ni liberación nacional

Juan Manuel Olarieta

En un reciente artículo un militante de Primeira Linha, Mauricio Castro, tergiversa las concepciones marxistas sobre las naciones y las luchas nacionales para exponer las suyas propias, que son las de la burguesía nacionalista. Por mi parte no voy a seguir su mismo proceder, es decir, no voy a tratar de exponer lo que la burguesía sostiene acerca del problema nacional. De lo que se trata aquí es de restaurar el pensamiento de Marx y Engels al respecto.

En la cuestión nacional Marx y Engels expresaron el punto de vista del proletariado que, como no podía ser de otra forma, es el opuesto al de la burguesía y, por consiguiente, también es un punto de vista opuesto al que Castro y su grupo defienden. Los intentos de Castro por disimular la naturaleza de clase de las posiciones nacionalistas como si fueran las de Marx y Engels son paralelas al intento opuesto, es decir, a hacer pasar a Marx y Engels como nacionalistas y, en definitiva, como burgueses.

Los movimientos nacionalistas que pretenden apoyarse en el marxismo padecen la ilusión de analizar la historia desde el punto de vista nacional, incluso a veces de manera exclusiva, de tal forma que en la historia no son capaces de ver otra cosa que naciones, problemas nacionales y luchas nacionales. Para ello Castro asimila la lucha de clases a la lucha nacional cuando afirma que la explotación, la opresión y el dominio de unas naciones sobre otras constituyen un aspecto de la misma totalidad social y universal.

En definitiva, para la burguesía nacionalista las luchas nacionales son el motor de la historia. Pero ocurre que el marxismo sostiene todo lo contrario y fundamenta la historia sobre unas bases científicas diferentes, de tal manera que a partir de aquí es imposible entenderse siquiera porque no se trata de que la burguesía y el proletariado tengan una concepción distinta de los movimientos nacionales sino una concepción distinta de la historia, de toda la historia, y es obvio que las naciones y las luchas nacionales no son otra cosa que una parte de la historia.

El punto de vista de la burguesía que tan claramente expone Castro es el opuesto al punto de vista de Marx y Engels. Por eso, como él bien dice, en Marx y Engels la cuestión nacional «no fue un tema central» y también por eso mismo tuvieron una «comprensión parcial» del fenómeno nacional y del nacionalismo. Lo que Castro no acaba de rematar, porque su punto de vista de clase se lo impide, es aclarar cuál fue el «tema central» de Marx y Engels, es decir, el hilo conductor a través del cual analizaron el problema nacional que, como es bien sabido, son las clases y la lucha de clases.

No obstante, según confesión propia, Castro no pretende centrarse exactamente en Marx y Engels sino en Lenin, con lo que pone de manifiesto el nudo de este asunto, que también tiene una naturaleza de clase porque la esencia del leninismo conduce a defender que en las condiciones del imperialismo el proletariado debe ponerse al frente de los movimientos nacionales, es decir, que quien debe dirigirlos no es la burguesía sino el proletariado.

El nuevo aspecto que las luchas nacionales adquieren bajo el imperialismo es lo que ha conducido a que, como en el caso de Castro, la burguesía trate de disfrazar sus posiciones de clase con los ropajes del marxismo, o dicho de otra manera: cuando los grupos nacionalistas, como Primeira Linha, se disfrazan de marxistas, lo que tratan es de que la burguesía siga dirigiendo la lucha contra la opresión nacional, poniendo al proletariado bajo su batuta. El nacionalismo y la lucha nacional son la coartada para que el proletariado siga sometido a la burguesía.

El planteamiento marxista-leninista es justo el contrario: el proletariado dirige los movimientos nacionales con su propia organización de vanguardia, con su propia ideología y su propio programa, que es una parte de la revolución socialista. Las posiciones leninistas se enfrentan a las pretensiones de la burguesía de dirigir al proletariado y pretenden todo lo contrario: dado que la lucha nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo y dado que en las condiciones del imperialismo la burguesía no puede dirigirla, la única clase capaz de dirigir los movimientos nacionales es el proletariado.

Son, pues, dos posiciones diametralmente opuestas. En el caso de grupos como Primeira Linha la burguesía trata de dirigir al proletariado; en el caso de los comunistas, es el proletariado quien trata de dirigir a la burguesía. A partir de aquí se desprende todo lo demás: mientras proletariado dirige de una manera transparente y no oculta sus objetivos, la burguesía se hace pasar por lo que no es, tergiversa, manipula y retuerce la historia para que se acomode a sus pretensiones. Esa es la esencia del artículo de Castro, cuyos ataques no se ciñen a Marx, Engels y Lenin, sino que se extienden al conjunto de los dirigentes más destacados del movimiento obrero y comunista internacional.

Por mi parte creo que bastará con poner un ejemplo para ilustrar lo que Castro considera como una de esas «contradicciones» de Marx y Engels en su planteamiento de la lucha contra la opresión nacional. Cuando Hungría se independizó de Austria tras la revolución de 1848, Marx y Engels apoyaron al movimiento independentista húngaro. No obstante, de manera inmediata los checos se levantaron a su vez contra los húngaros para lograr exactamente lo mismo, pero Marx y Engels se opusieron esta vez a las pretensiones de los checos.

¿Por qué? La explicación la dieron Marx y Engels y conduce a aclarar algo que los nacionalistas ni quieren ni pueden: el movimiento nacionalista checo estaba dirigido por el zarismo, uno de los focos más importantes de la reacción europea en aquella época. Pero la burguesía analiza las luchas nacionales «en sí mismas», ocultando todo lo demás, como si fueran entes metafísicos porque eso le permite un doble juego. El primero es sacar adelante su propia estrategia: utilizar al movimiento nacional para sus propios intereses de clase. El segundo es tratar confundir diciendo que los ataques a la burguesía son ataques a la nación o a la lucha nacional.

Fuera de las clases y de la lucha de clases, los movimientos nacionales no son nada más que una abstracción puesta fuera de contexto y, por consiguiente, de la historia. Se puede decir aún más claramente, para que no quepan dudas: extraer a un movimiento nacional de la historia es una manipulación. Si, como hace Castro, se extrae no sólo uno sino todos los movimientos nacionales de la historia para criticar a los comunistas, el asunto alcanza cotas de aberración que sólo son posibles en la clase social a la que pertenece el autor del artículo.

La coherencia de clase no tiene nada que ver con la incoherencia nacionalista que los burgueses como Castro han creído encontrar en Marx y Engels. Esa coherencia es la misma con la que el marxismo analiza cualquier otro movimiento social y consiste en preguntar: esa lucha, ¿quién la dirige? Es lo mismo que preguntar: esa lucha, ¿hacia dónde se dirige?, o ¿contra qué o contra quién se dirige? Si se obtiene respuesta a la primera pregunta, se obtienen también a las demás. Por lo tanto, si el movimiento nacional lo dirige la burguesía, la opresión nacional no se va a acabar nunca porque la burguesía no es hoy la clase social capaz de resolverlo, como el artículo de Castro pone de manifiesto. La burguesía no es la solución a la opresión nacional sino parte de esa misma opresión.

(*) Mauricio Castro, Leninismo y liberación nacional, http://www.lahaine.org/index.php?p=79113

Los puntos sobre las íes

Nicolás Bianchi

Hay veces en que, no por sabido, se olvidan los glacis o meollos. Por ejemplo, el paro laboral. Y su obscena utilización como arma arrojadiza puramente electoral. El PP usa la alta cifra de desempleo contra el gobierno del PSOE como si éste fuera el culpable del mismo. Y no el modo de producción capitalista. Un capitalismo en crisis estructural y no coyuntural. Los tiempos de bonanza –como la “industria del ladrillo”– son la excepción y no la norma. En los años 80 tuvo que ser el PSOE quienes gestionaran las brutales reconversiones industriales pues que con un gobierno del PP hubieran sido imposibles y poco menos que se hubiera tomado el Palacio de Invierno. Para el trabajo sucio, mejor la “izquierda”, el PSOE. Hoy ocurre algo similar sólo que el PSOE también está desacreditado. La crisis actual no sería mejor “gestionada” –un término impúdicamente mercantil como si fuéramos grey en manos de oficinistas- por el PP que por el PSOE: el problema es el capitalismo siendo estos partidos parte del problema. Y ello porque están en el mismo barco y viven del mismo cuento.

Como también es una falacia decir que el paro es un “problema” y no una solución para el capitalismo. Es cierto que preferirían un 10% de paro permanente al 20% que sufren, pero no tanto por esa cifra en sí sino por las repercusiones desestabilizadoras para el sistema que pudiera haber. El ”ejército de reserva” de los parados siempre fue un exutorio, un alivio, para el Capital, como decía Marx. Eso frena los salarios.

Marx también decía que, hablando del trabajo enajenado, el obrero es más pobre cuanto más riqueza produce. Un trabajador que es tratado como una mercancía –una “cosa”– que vende lo único que tiene: su fuerza de trabajo a quien es propietario –y toda propiedad es un robo- de los medios de producción en contradicción con el carácter social de la producción, lo pinten como lo pinten. Igual que en la religión: cuanto más pone el hombre de lo mejor de sus virtudes más nobles en un Dios imaginario, fantástico y ensoñado, más vacío y menoscabado se siente: ¡un producto de su mente! Alienación religiosa. El trabajo –dice Marx, lo siento, pero es que con Marx soy muy palizas- es externo al trabajador, no pertenece a su ser. No es feliz, salvo que gane el Athletic. Sólo está contento fuera del trabajo –un domingo comiendo rabas con la compañera, hijos y amigos- y enajenado dentro de él. Su trabajo no es voluntario, sino enajenado. ¿Me pongo apocalíptico? Tal vez. Un animal come pero no “trabaja” (si no eres un buey). Un humano trabaja –“fuerzatrabaja”– para comer. El trabajo no es un fin en sí mismo, sino un medio para satisfacer sus necesidades ¡fuera del trabajo! Si se fijan, el obrero, en horas de asueto, casi nunca habla de su trabajo, si lo tiene, claro, o que le pregunten qué tal le va, es algo “extraño” para él –y hasta “siniestro”-. Por eso juega a la lotería o al cupón pro-ciegos, confiando en la suerte para salir de la maldición bíblica del trabajo… enajenado bajo el capitalismo (los ricos nunca juegan a la lotería).

Un capitalismo cruel y sanguinario que enajena todavía más: solicitarle un trabajo (precario) para recordarnos lo que somos: esclavos modernos. Pero, bueno, en peores imaginarias hemos estado…

¡No me cuentes historias!

Nicolás Bianchi

Así, con esa expresión, suele despacharse a quien parece estar contándote una película, una mentira, una “historia”. La historia, con minúscula, como milonga. Tampoco el teatro se libra de estos desdoros. En las gradas de un campo de fútbol no es infrecuente oír, cuando un futbolista simula tirarse dentro de área rival para provocar un penalti inexistente, que ese jugador “ha hecho teatro”, o sea, no es real lo que hemos visto, aunque, a favor del teatro, diremos que la intención es engañar no tanto al espectador como al árbitro que es, realmente, quien “pica” (o no) y/o decide. Y, sin embargo, algo de teatro sí hay en estos lances. Está el público-espectador que juzga pero no decide, y los actores dizque el jugador que interpreta un “papel” con el fin de que otro actor, el árbitro, sea engañado. En cualquier caso, todos los personajes representan unos roles y cada quien “en su papel”.

Sucede parecido cuando se habla de “memoria histórica” o, como decía Maurice Halbswachs allá por 1920, ”memoria colectiva” o, como propusieron Fentress y Wickman, ”memoria social”. Están los historiadores como actores –y guionistas- de la función, luego el público que somos nosotros y, al final, o desde el principio, el árbitro como juez y parte. Por ejemplo, Garzón, juez estrella hoy estrellado, ese “Roy Bean”, como prohombre justiciero que levanta fosas y cunetas para hacer justicia a las víctimas de la guerra civil del bando republicano y antifascista. En Chile se le adora, en Euskal Herria se le odia y, en el Estado español, para la “izquierda” apesebrada y de pacotilla, de mentirijillas, los de la ceja, pasa por un héroe quien no va a hacer otra cosa que dar la última paletada de tierra a los muertos por la causa popular. Quien usurpa el papel de juez y árbitro al pueblo, que es soberano. Los papeles están cambiados.

La Historia, ahora con mayúsculas, son dos cosas, al menos: lo sucedido en el tiempo (los hechos acaecidos) y el relato de lo sucedido, o sea, cómose cuenta lo acaecido. Y quién lo cuenta. La historiografía se divide en dos hogaño y hodierno: la académica, otrosí profesional, que inaugurara Ranke, para quien “hecho histórico” y “verdad” son la misma cosa, como buen positivista finisecular (los “Annales” y el marxismo hablarían de la “historia condicionada” ergo la “verdad”), y la “historiografía mediática” vulgo historietas que contaba la periodista (¿) Victoria Prego en TVE “narrándonos” la Transición (modélica y exportable) en Hispanistán. La que vale es esta última contada deshistorizadamente y au dessus de la mèlee. La clave de bóveda fue este arquitrabe: callar lo realmente ocurrido (lo histórico) para no reabrir heridas (históricas) en pro de la reconciliación (lucha de clases abolida) de las “dos Españas”. Y que se piense –que se no piense- que Merlín fue un personaje real y Líster un futbolista. Lo nodal es la equidistancia, es decir, todos fueron culpables (en la guerra). Ambos bandos cometieron atrocidades. En los folletines había maniqueísmo, buenos y malos, igual que nos enseñaban los curas en el nacional-catolicismo. Hoy, no: todos fueron unos mal bichos. Conclusión: borrón y cuenta nueva, aquí paz y después gloria hasta que dure este tinglado de la antigua farsa.

¿Llamarán “terroristas” a los voluntarios de ETA en la historia de Euskal Herria dentro de veinte años? Menos mal que ya estaré picha arriba.

Aroma de corrupción entre la burguesía catalana

Juan Manuel Olarieta

Hace un año y medio el militante de «Podemos» y antiguo fiscal del Estado Carlos Jiménez Villarejo publicó un artículo sobre el caso Banca Catalana (*), que conocía muy bien porque fue quien lo «investigó» en 1984: un agujero de 20.000 millones de las antiguas pesetas. Eran los primeros tiempos del gobierno del PSOE.

Lo primero que hay que poner de manifiesto es el carácter oportunista de Villarejo, que entonces guardó silencio porque le importó más su carrera en la fiscalía. Ha tenido que esperar a asegurarse su jubilación para publicar la denuncia, cuando ya no tenía la obligación profesional de denunciar. El mundo al revés.

Pero el artículo de Villarejo tampoco era información exactamente, sino un relato inconexo de corruptelas en el que el fondo de asunto, el capitalismo monopolista de Estado, quedaba enterrado. No hace falta ser fiscal ni investigar mucho en la corrupción para que aparezca siempre la estrecha conexión del capital con el Estado (del que formaba parte Villarejo), la necesidad que tienen los monopolios de recurrir al Estado para competir unos con otros (y con el exterior), así como el chantaje de crear otro Estado si el que tienen no les da lo que necesitan.

Aunque ambos están estrechamente relacionados, el caso Banca Catalana fue mucho más importante que el actual caso Pujol y ambos demuestran la verdadera naturaleza de la burguesía catalana y su juego con el Estado español: la corrupción en Catalunya es el precio que ha tenido que pagar el Estado para mantenerse como tal en Catalunya y para que en Madrid la burguesía catalana (Unió, Convergencia, ERC) sostuviera a la monarquía y a los gobiernos del PSOE.

Hablando de capitalismo lo más normal es que siempre aparezca un precio, o sea, uno que paga y otro que cobra. Al tiempo que la burguesía catalana se convertía en uno de los puntales más importantes del Estado fascista, el precio pagado por el PSOE en los ochenta sirvió para engordar política y económicamente a aquella burguesía. En las condiciones actuales del capitalismo monopolista de Estado una cosa (la política) siempre va ligada a la otra (la economía). No es posible competir (políticamente) sin competir (económicamente) y eso un figurante como Villarejo en una organización de figurantes como «Podemos» deberían saberlo.

Es el catecismo: los partidos típicamente oportunistas nunca tendrán ninguna oportunidad política sin un tinglado capitalista a su lado que les ponga el dinero encima de la mesa, lo cual es especialmente cierto en el caso de los «independentistas», como el BNG o Bildu. Si no disponen de uno, lo tienen que crear, y ese ha sido siempre el llamado «problema de la corrupción» que han padecido los trepas y advenedizos.

En Catalunya la quiebra de Banca Catalana no fue lo que cuenta Villarejo. No fue un asunto personal de los consejeros que, como Pujol, se lucraron sino algo de más calado: el intento de la burguesía catalana de crear algo que nunca tuvo, un grupo financiero propio ligado a un proyecto político. Pero llegó tarde, no sólo porque en los tiempos del monopolismo queda ya muy poco sitio para nadie más, sino porque la banca estaba en crisis y el PSOE se embarcó en un plan de rescate del conjunto del sistema financiero. Sobraban más de la mitad de los bancos.

El PSOE hizo dos cosas en favor de la burguesía catalana: no sólo pagó las deudas con dinero público, faltaba más, sino que manipuló el sistema judicial para que ningún financiero ni político catalán se tuviera que sentar en el banquillo. Como recordó Villarejo, el Fiscal General del Estado prohibió llevar a los tribunales a los implicados en el caso Macià Alavedra aunque cínicamente reconoció que los hechos desprendían “un aroma de corrupción”.

Fue un chantaje mutuo, un acuerdo entre caballeros que contribuyó a asegurar la «gobernabilidad», a reconducir los acontecimientos tras el golpe de Estado del 23-F. Ganaron tiempo, engordaron las arcas (las economicas y las electorales), e incluso arrinconaron al PP, los voceros del centralismo en Catalunya, a quienes relegaron a la marginalidad política. Lo mismo sucedió con otro tipo de organizaciones, típicamente reformistas y de «izquierda», que son tentáculos de la burguesía catalana.

Si tuviéramos memoria histórica recordaríamos la Operación Roca de 1986, otro eslabón del esfuerzo de la burguesía catalana por meter las narices en «Madrid», que para los nacionalistas (catalanes, vascos y gallegos) es una entelequia como El-País-de-Nunca-Jamás. El nombre de Roca sonará como abogado de Cristina de Borbón en el caso Noos. ¿Cómo es posible que la Corona ponga su defensa en manos de un catalanista como Roca? Por lo mismos motivos por los que la referida Cristina empezó su carrera con La Caixa de Catalunya.

¿Se acuerda alguien de todo eso? ¿Se acuerda alguien de que quien llevó de la mano a Roca en su Operación madrileña no era otro que Florentino Pérez? Pero, ¿no es Florentino Pérez un representante típico del monopolismo más vinculado al centralismo madrileño? ¿Acaso no es el presidente del Real Madrid? Al mismo tiempo, ¿no ascendió como testaferro de la Banca March?

La Operación Roca llegó el mismo año en que los tribunales tapaban definitivamente el fraude de Banca Catalana y fue otro fracaso más a apuntar en el pasivo del balance. La Operación Roca fracasó por los mismos motivos por los que fracasó Banca Catalana: iban con retraso, llegaban tarde a la historia.

Pero no todo fueron pérdidas…

Algún eslabón se ha tenido que romper ahora para que alguien haya logrado hundir a un puntal de la transición como Pujol. La historia de la transición ya no se va a poder escribir como hasta la fecha. No sólo Pujol: el propio sistema impuesto durante aquella época (en Catalunya y fuera de ella) ha dejado de ser un poco menos honorable (si es que alguna vez tuvo una pizca de honorabilidad).

Pero no se ha roto un único eslabón sino muchos, por no decir todos: el Estado que pusieron en pie durante la transición se ha venido abajo. El rey abdica, la prensa (El País, El Mundo, La Vanguardia) padece una purga a gran escala, el PSOE naufraga, llegan caras nuevas para sotener los podridos pilares y en el horizonte están a punto de aparecer los nuevos alineamientos de España en el seno del imperialismo.

Nada va a ser como antes. La burguesía catalana ya no espera nada de El-País-de-Nunca-Jamás y vuelve a la carga de la única manera que le queda. Desde «Madrid» la caverna les ha enseñado los dientes cuando preparaban una Diada triomfant para después del verano, una exhibición que les debía llevar a la consulta soberanista en unas condiciones pletóricas. Han hundido su buque insignia. Lo que quizá no se hayan dado cuenta es que han hundido mucho más que eso y con el tiempo se acabarán arrepintiendo. El-País-de-Nunca-Jamás funciona así: quien fabrica más separatistas en Barcelona es el separador de Madrid.

Lo que está claro es que todos y cada uno de los mimbres con los que se tejió el actual tinglado político se han venido abajo. La crisis es galopante, por supuesto la crisis capitalista, pero también la crisis política.

(*)
http://www.elplural.com/opinion/persecuci%c3%b3n-a-catalu%c3%b1a-nada-m%c3%a1s-lejos-de-la-realidad-el-agujero-de-20-000-millones-fue-asumido-por-el-estado/

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