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Mes: junio 2014 (página 1 de 2)

Los oportunistas no nacen: se hacen

Juan Manuel Olarieta

Ni siquiera eso es cuestión de cromosomas: los oportunistas se hacen. Pero no se hacen a sí mismos, como ellos creen, sino que el Estado burgués -quienes llevan sus riendas- los hacen porque los necesitan. Ellos sólo se dejan hacer. Son los sujetos pasivos.

Un Estado necesita su oposición, como el organismo necesita sus propios anticuerpos. Si la burguesía no tiene una oposición, la crea como un traje a la medida porque necesita un determinado tipo de oposición, una oposición domesticada, no una oposición verdadera. Si no hubiera oposición, tampoco habría democracia. Es más, lo que demuestra que hay democracia es que hay oposición, ese tipo de oposición leal que es tan necesaria para la supervivencia del moderno Estado monopolista.

Pero nadie se convierte en oposición de la noche a la mañana. Los aspirantes a opositores tienen que pasar su Via Crucis; no se lo dan todo hecho sino que tienen que poner algo de su parte. En fin, tienen que demostrar cierta valía, cumplir determinadas funciones que son paradójicas: pronunciarse en contra del Estado que defienden.

Se les llama oportunistas porque son gentes sin principios, o sea, que al principio son muy radicales pero acabarán adocenados. Los oportunistas aparecen cuando al Estado, lo mismo que al mando a distancia, se le acaban las pilas y se echa de menos un recambio. Su ascenso es el termómetro que detecta el malestar social. La gente está harta, descontenta y reniega de todo, pero sobre todo del viejo andamiaje oficial, de los gastados partidos e instituciones. Hacen falta caras nuevas, modernas, que digan cosas que no estamos acostumbrados a escuchar. A veces ni siquiera son necesarias migajas para ilusionar a la gente y que todo vuelva a su cauce.

La crisis es a los oportunistas lo que la mierda a las moscas. Proliferan en esos ecosistemas. Por eso nunca hay sólo un único oportunista sino varios al acecho de su oportunidad, a la espera del momento de trepar. A medida que la crisis se profundiza, los oportunistas se multiplican como la gangrena. No debe sorprender que algunos de ellos logren un puñado de votos porque el gran oportunista de los tiempos recientes siempre fue Felipe González, que logró 10 millones de ellos en 1982.

Los del PSOE de hace 30 años sí que eran oportunistas de verdad, no los de ahora. Aquello sí que fueron campañas de imagen, no el circo de ahora. Para ser oportunista hay que ser joven, tener recorrido por delante, ya que, de lo contrario, no te da tiempo para dar el cambiazo. Los viejos no cambian, mientras que a Felipe González le pusieron de «primer secretario» con 33 años. Se preparaba la transición.

Hasta que ocupó su cargo, la secretaría del PSOE era colectiva, algo que está reñido con el marketing moderno, eso que procede de las universidades gringas y que llaman «liderazgo». La política burguesa es electoralismo puro; votamos a personajillos y fantoches, no a partidos, ni a programas. ¿Cómo promocionar a una dirección colectiva? De ahí que con Felipe González en el PSOE se acabaran los órganos colegiados de dirección.

El oportunista es fruto de un diseño. En la transición los oportunistas como Felipe González exhibían una cuidada imagen descuidada: pelo largo, patillas y chaqueta de pana. Lo de menos es lo que uno sea; lo que vale es una imagen que sea nueva, distinta. Por eso en tiempos de la transición al PSOE se le llamaba «renovado». Ya no era el de la guerra, sino un partido a la última moda, lo mismo que la movida madrileña y su lema «Enamorado de la moda juvenil» que cantaba Radio Futura:

Y yo caí enamorado de la moda juvenil
de los precios y rebajas que yo vi
enamorado de tí.
Sí, yo caí enamorado de la moda juvenil
de los chicos, de las chicas, de los maniquís
enamorado de tí.

En la transición la tele no era tan importante y quienes te vendían eran periódicos y revistas. Por ejemplo, el Congreso del PSOE en Suresnes lo promocionó hasta Pedro Rodríguez, un conocido columnista del diario de los sindicatos franquistas «Pueblo», que hizo una reseña del mismo en octubre de 1974. El PSOE necesitaba al franquismo casi tanto como el franquismo al PSOE.

Como toda la política burguesa y demás modas, los oportunistas son de usar y tirar. Tienen fecha de caducidad. Más tarde o más temprano se quedan obsoletos para que la rueda de la política siga funcionando. Son la respiración asistida: estiran un poquito más la agonía, necesitan ganar un tiempo precioso que les permita llegar hasta las próximas ilusiones.

Sí, he escrito ilusiones y no elecciones porque la política burguesa vive de ilusiones más que de elecciones. Me imagino que el lector se habrá apercibido, como yo, de lo siguiente: todos los partidos políticos quieren cambiar las cosas, lo cual significa que todos ellos reconocen que las cosas están mal. Es más, hay partidos y elecciones precisamente porque hay que cambiarlas. Sin embargo, las cosas no van a cambiar nunca mediante los votos, porque para eso están las elecciones: para que todo siga como hasta ahora. De lo contrario, ¿con qué cambio nos engañarían en las siguientes elecciones?

Para quienes votan, la verdadera elección es sólo una: o bien votas a alguien que nunca va a poder poner en marcha su programa electoral, porque nunca va a gobernar, o bien votas a alguien que va a traicionar su programa electoral en cuanto gobierne. Ésta última es siempre mayoritaria, es decir, que la mayoría vota a un oportunista que le va a engañar. Pero casi todos saben que hablar de elecciones y engaños es un redundancia. Lo importante es la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos: el engaño es mayor cuantos más sean los votos. No me refiero a hayan engañado a más votantes sino al aspecto cualitativo del fraude, que se convierte en un fiasco. Las elecciones de 1982 son el mejor ejemplo de ello.

Pero, ¿como lograr muchos votos? Los que buscan votos en la blandenguería política se equivocan de estrategia. En la transición Felipe González, el PSOE y la UGT eran extremistas y radicales, la izquierda de la izquierda. A nadie se les calentaba la boca tanto como a ellos. Cuando Felipe González se oponía a la reforma del franquismo para exigir la ruptura, le acusaban de incitar a la violencia, o sea, al terrorismo. Pero en la política burguesa no importa lo que digan de tí; el caso es que hablen. En eso los tiempos no han cambiado nada: si los franquistas te atacan es para promocionarte.

No hay más que recordar los mítines de Felipe González en contra de la OTAN, entonces el asunto de moda: «OTAN de entrada no», fue el lema de la campaña electoral que recaudó 10 milones de votos. Naturalmente que muy poco después Felipe González nos metió en la OTAN de cabeza y otro del mismo equipo, Javier Solana, fue secretario general de la OTAN, que fue el criminal que ordenó el bombardeo de Yugoeslavia con armamento radiactivo, y así sucesivamente.

De Suresnes (1974) al gobierno (1982) sólo transcurrieron ocho años. Pero mientras en París prometieron construir el socialismo, en Madrid lo que hicieron fue iniciar la reconversión industrial. En Suresnes el PSOE se pronunció en contra de la Unión Europea, pero quien introdujo a España en ella fue el gobierno de Felipe González…

Etcétera. ¿O hay que seguir contando batallitas?

Kyrie Eleison

Nicolás Bianchi

Nací y crecí bajo dos polos: el yo y el Absoluto. Mi búsqueda de lo Último no era una especulación filosófica ni científica sino una liberación y una autorrealización, una religión, un nirvana tras sucesivas metempsicosis y karmas. Al principio, invocaba muchos dioses pero en especial a uno por encima del resto, una suerte de henoteísmo védico, un Absconditum. Ni mitos ni leyendas, ni animismos ni primordiales: lo Último dizque Lo Más de lo Más. Un cristiano diría: la Hostia Bendita.

El Último Principio es absoluto misterio. No es comprensible ni se compadece con las categorías humanas. Ve pero no es visto. Conoce, pero es incognoscible. Está más allá de todo ser empírico.Es la verdadera realidad de todo ser. El resto es sólo un fenómeno subjetivo de Él. Es el principio cósmico y antrópico que llena el universo y pluriverso. Los católicos dirían: el Pantócrator o teofágicas eucaristías.

Los que creemos fanáticamente en ÉL, es decir, LO MÁS DE LO MÁS, el non plus ultra, el finisterre místico, los que libamos el soma iniciático, también practicamos oraciones y doxologías contemplativas, como si nos guiáramos por Upanishad leídos por gurús y yoghis con sus mantras y hare krishnas, hare, hare, rama hare…

Meditamos sobremanera luego de años de contemplación, oración y renuncia al mundo y sus vanidades. Como el santo Antonio en el desierto egipcio o Simón el Estilita, moda que hizo que el desierto –morada de peligros y demonios que vivían tranquilamente- se poblara de eremitas como hoy el Everest está lleno de alpinistas aficionados para sacarse una foto restando emoción y mérito a la proeza. Yo no. Yo me llamo Jeremías que viene del griego “Jeremian”: soledad, llanto, devoción.

Los, vale decir, mandamientos de lo ÚLTIMO ULTIMÍSIMO, lo ulterior y transmundano y sobrenatural, se condensa en estas tesis (que no son de Feuerbach, precisamente): ÉL es el yo y la conciencia pura. ÉL es el fundamento y la base del mundo. ÉL transciende todo nombre y forma visible. ÉL es el centro de unidad y es omnipotente. ÉL es no-dualista en su autoconciencia. ÉL es la esencia de todas las cosas. ÉL es el valor supremo. ÉL es alcanzable sólo místicamente. ÉL está más allá de toda definición y categoría humana. Y, por último y décimo, ÉL es el origen creador, sustentador y controlador de todas las cosas. Estos preceptos se resumen en uno solo, a saber: ÉL es la HOSTIA. Y no decimos “ELLA” porque hasta las Bernardas Albas de este país están a su servicio.

Como epopte de ÉL, capitidisminuido, mi “yo” es espástico y estocástico, apofántico y antífono, apocatástico y anagnórico, paroxístico y apocalíptico (sobre todo para los no integrados y ni ganas). ¿Y quién es ÉL? ¿A qué dedica su tiempo libre? ÉL es el ESTADO DE DERECHO “sub specie aeternitatis”. ¿De qué pensaban que hablaba? ¿De la FIFA?

Pequeño homenaje a Labriola 110 años después

Juan Manuel Olarieta

Es una excusa tan buena como cualquier otra, aunque no sea una cifra redonda: se cumplen 110 años de la muerte del marxista italiano Antonio Labriola que -supongo- seguirá pasando desapercibido para que la manipulación de su obra, lo mismo que la del marxismo, continue su camino.
¿Se dejarían algo en el tintero los clásicos del marxismo? Si podemos transitar de Marx y Engels a Lenin, ¿para qué queremos a Labriola? Lo tenemos casi todo ya cocinado, no hay más que repetir las citas de unas obras muy completas…
Con el pensamiento de Labriola ocurre lo mismo que con el cálculo infinitesimal 150 años antes: existían todas las condiciones necesarias que apareciera una nueva ciencia y, naturamente, apareció de forma paralela e independiente en la obra de dos científicos como Newton y Lebniz. Siempre ha ocurrido así en cualquier tipo de disciplina científica. En palabras de Marx se puede decir que la tarea del científico no es la de una parturienta sino la del partero: sacar a la luz algo que está en pleno proceso de gestación.
Es algo que confirma el carácter científico del marxismo: en el siglo XIX existían las condiciones materiales e intelectuales suficientes para alumbrar una nueva ciencia, la historia, a la que Marx y Engels llamaron materialismo histórico. Tenía que aparecer otra ciencia y apareció, no por obra exclusivamente de Marx y Engels sino de ellos y de otros autores de manera paralela e independiente.
Uno de ellos fue Labriola, un autor que es casi una generación más joven que Marx y Engels y que tuvo la fortuna de encontrar en ellos lo que personalmente andaba buscando tiempo atrás: una explicación científica de la historia, que era la asignatura que impartía en las universidades de Nápoles y Roma. Labriola nunca fue un filósofo ni un historiador sino un científico de la historia, alguien que buscaba una explicación a la historia.
Hasta el siglo XIX los historiadores eran como hoy los periodistas: coleccionistas de hechos, más o menos fantásticos, atribuidos a personajes que también eran más o menos del tipo del Cid Campeador en el poema épico. Desde un principio todo el esfuerzo de Marx y Engels estuvo volcado en acabar con ese tipo de relatos que, como Hollywood, «se basaban en hechos reales», pero ahí acababa todo parecido con la realidad. Marx y Engels llevaron a cabo una «revolución intelectual», escribe Labriola. Su gigantesco esfuerzo por desentrañar los resortes del capitalismo, el mayor que ha conocido la historia del pensamiento humano, con diferencia, no tiene otro sentido que el de explicar la historia, lo cual encierra dos descubrimientos decisivos. El primero es que vivimos en la historia, es decir, que toda la realidad es histórica, cambiante. El segundo es que si el hombre es capaz de entender la historia también es capaz de dirigirla, lo cual -como siempre- hay que entender a la inversa: sólo podemos dirigir la historia si la entendemos.
Lo histórico se opone a lo natural, si esto se concibe -erróneamente- algo como fijo e inmutable, otro viejo esquema que también se había derrumbado en el siglo XIX, la «segunda revolución intelectual», dice Labriola. Es un punto en el que resulta imprescindible recordar aquello que Marx escribe en El Capital: la diferencia entre la naturaleza y la historia es que podemos actuar sobre la segunda pero no sobre la primera.
Es la esencia misma del materialismo, que ahora los seudomarxistas combaten. El marxismo defiende el materialismo y, por consiguiente, no sólo pone en el centro a la materia (y no a la práctica) sino que la pone al principio. Para que haya madera antes tiene que haber un árbol. El trabajo, dice Marx, metaboliza las condiciones naturales y las convierte en condiciones sociales. Eso signifca que hay lugares a los que el ser humano no ha llegado, y ni siquiera conoce de su existencia, aunque cada vez llega más lejos y conoce más. Lo que está al principio, pues, no es la práctica sino la materia. No es casualidad que la economía hable de materia «prima», o sea, de la primera materia.
La historia empieza cuando los seres humanos transforman el árbol en madera con su trabajo. Después la práctica no acaba nunca, de tal modo que sigue transformando unas condiciones sociales en otras diferentes, mejores, más favorables. Por eso Labriola pone a la práctica en el centro no sólo de la historia sino de la ciencia de la historia.
La filosofía de la praxis, que es la esencia del materialismo histórico, todo lo pone a ras de suelo. En una comparación muy típica del siglo XIX Labriola pone el ejemplo de la fisiología, cuyo objeto no es el estudio de la vida sino de los seres vivos. De ahí que la historia no sea otra cosa que «la historia del trabajo», entendiendo que eso «abarca a todo el hombre histórico y social» y que no es una pura actividad sino «conocer en tanto obramos». Podríamos decir que no es tanto la vida sino las condiciones de vida, que se componen de pequeñas cosas, no de hazañas ni grandes aventuras. La historia y la ciencia de la historia empiezan cuando alguien como Engels escribe acerca de algo que a nadie le había interesado jamás: la situación de clase obrera en Inglaterra.
El problema de la historia es que padece el pernicioso influjo de la actualidad, que nos arrastra con el espejismo de toda esa inmundicia de personajes y personajillos a los que ponen en primera plana de las noticias. La historia se escribirá en contra de todas esas noticias y no recordará a ninguno de esos energúmenos que aparecen en ellas. La historia empieza a convertirse en ciencia cuando busca a los verdaderos protagonistas de la misma, que son las masas, o sea, esos millones de trabajadores anónimos que están haciendo la historia ahora mismo en las oficinas del paro, en los polígonos industriales, en los desahucios, en las pequeñas reuniones, en las minúsculas concentraciones… en todas esas cosas, en fin, a las que nadie presta ninguna importancia, salvo los marxistas.

‘La roja’ desteñida

Nicolás Bianchi

Apodo, por cierto, –«La Roja»-, cuyo titular histórico es Chile. Nadie esperaba que España fuera eliminada a las primeras de cambio. ¿Nadie? El fútbol no es una ciencia exacta, pero sí ofrece ciertos sí­ntomas que pueden predecir un resultado.

No vamos a hacer un análisis exhaustivo del desastre «nacional» -no parece este sitio el más adecuado aunque este blog no hace ascos a nada y toca todas las teclas-, pero sí­ dar dos o tres pinceladas para terminar con lo que nos interesa y ya se verá.

Si a lo meramente deportivo vamos, lo primero que saltó a la vista del aficionado fue el precario estado fí­sico de los internacionales. El combinado estatal llegó al Mundial de Brasil con la lengua fuera, jadeante, luego de un Campeonato extenuante. Tal vez esto explique (?) la estratosférica prima ofrecida a los jugadores para «animarles». En este punto, el chascarrillo bien podría decir así: les ofrecemos una pingüe prima descomunal si ganan, y si pierden o hacen el ridículo, se pagan ustedes la estancia aquí o les multamos igual que se quitan puntos en el carné de conducir por infracción cometida. Es un chascarrillo, ya lo hemos dicho.

Por no hablar de los amistosos -promovidos por Villar, presidente de la FEF- jugados en tomar por saco para hacer caja. O la falta de liderazgo ni en el campo ni en el banquillo con un Xavi asfixiado, un Iniesta opacado, un Xabi Alonso despistado y un Casillas destartalado. El declive español ha ido en paralelo al declive detectado en el Barcelona a lo largo de una Liga que, por otra parte, pudo ganarla en el último partido. Del seleccionador, Del Bosque, sólo cabe decir que ha sido leal al esquema culé -el célebre «tiqui-taca»– y, también, al grupo de futbolistas que le encumbraron a lo más alto. Después del descalabro, se «humanizó» declarando que, así como él mira por el conjunto, los jugadores miran sólo por lo suyo, algo que ya intuíamos, ¿no es cierto?

Más se perdió en Cuba, lo que no es óbice para los desgarramientos patrióticos por semejante derrota en el planeta fútbol. Estamos acostumbrados hasta el extremo de que nos entra la risa. Quienes no se ríen tanto son los medios de comunicación -de alguna manera hay que llamarlos para entendernos- que han visto cómo se esfumaba el gran evento comercial del año. Desde enero los principales grupos de Comunicación han venido apostando por el Mundial de Fútbol en la confianza de que supusiera uno de los salvavidas publicitarios del año. Comercialmente hablando, no es lo mismo, ni muchí­simo menos, caer en la previa (tres partidos) que llegar a la final (siete partidos). Y es que con tres partidos el interés comercial decae ostensiblemente. Las grandes marcas planifican sus inversiones de manera creciente a medida que España va avanzando rondas.

El impacto inmediato será para Mediaset, dueño de los derechos, que dejará de ingresar unos quince millones de euros por la caída de la inversión en publicidad. Pero no será el único:los diarios verán volatilizarse una pasta gansa en euros en sus ingresos de junio-julio. Los más perjudicados serán los deportivos, ya que TVE (a excepción de la mentada Mediaset) no ha apostado por el Mundial y la radio puede asumir mejor el desplome por sus menores costes. En el caso de la prensa escrita, los más afectados serán Prisa Noticias y Unidad Editorial, por sus dobles ofertas de diarios generalistas y deportivos. Los presupuestos de «AS» y «Marca» (de ahí­ que últimamente inserten casi hasta porno) se desplomarán junto a los de «El País» y «El Mundo», dos empresas que ya tienen serios problemas de liquidez, aparte de los semisilenciados eres practicados, y que esperaban, como se dijo, el salvavidas del Mundial como agua de mayo.

A ver si va a ser esto lo que lamentan con trenos reales -la guita- mientras fingen jeremiadas dolientes dándose golpes en el pecho por la patria afligida.

Se ha acabado el circo, ahora hablemos del pan.

La ideologia antiterrorista

Nicolás Bianchi

El llamado “terrorismo” es una “lacra” hasta que o bien triunfa, o bien es derrotado. Es entonces que se le explica, se le comprende, se le entiende y, sobre todo, se le historiza. Hay numerosos ejemplos acerca de los que ayer eran “terroristas” y hoy son héroes y hasta Jefes de Estado. Es lo que tiene la lucha de clases y la guerra de clases en sus fases agudas o atenuadas, agrias o mitigadas. En el Estado español –concepto este, ya lo dije, acuñado por el franquismo que aspiraba a crear un “Estado Nuevo” fascista more mussoliniano-, al no haber ruptura democrática, se considera que ETA siempre fue “terrorista”, antes y después del advenimiento místico de la “democracia”. El monopolio de la violencia weberiana –como nos recuerda siempre el atormentado y ríspido gauleiter Joseba Arregui- es del Estado y no hay más que hablar. Quien se oponga a él, con las armas en la mano, sobre todo si son armas obreras, es un terrorista, un forajido (fora exitus, un marginado). Si bien el torturador y colaborador de la Gestapo nazi Melitón Manzanas no ha sido considerado –o igual sí y no me he enterado- un demócrata, el hecho de que fuera ejecutado por ETA lo convirtió, automáticamente, en un “mártir” y una “víctima del terrorismo”. O Carrero Blanco. La lucha armada de no importa qué sigla –siempre que sea revolucionaria- tiene la extraña virtud de convertir en demócratas a sus víctimas aún a pesar de ellas mismas. Una rara metamorfosis. Hasta Jesucristo redijo al pescador Pedro que no blandiera la espada en Getsemaní cuando fue prendido por los romanos, o sea, que iban armados, al menos según San Marcos.

Hace ya algunos años el prestigioso y nada sospechoso de complicidad con organizaciones armadas, el antropólogo santurtziarra Juan Aranzadi, acuñó el vocablo “Ideología Antiterrorista” para desenmascarar la mixtificación que suponía presentar la compleja problemática política contemporánea como una lucha maniquea entre la Democracia y el Terrorismo, entre el Bien y el Mal. Es decir, un combate escatológico entre Buenos y Malos. Otrosí, la historia entendida y contada como un tebeo. La “intelligentsia” dominante no da más de sí. De la secularización de la teología en conceptos políticos modernos –del iusnaturalismo al iuspositivismo, del derecho divino agustiniano a Kelsen- , como decía Carl Schmitt, se vuelve otra vez a la teología política: buenos y malos, amigo-enemigo, el Eje del Mal y Occidente (cristiano), choque de civilizaciones, fundamentalistas y civilizados, terroristas y demócratas… Una interpretación hollywoodiense de la historia, un neoinfantilismo de la misma propio de una película de Spielberg.

¡Policías! ¡Vuestro sitio está en ‘Podemos’!

Juan Manuel Olarieta

Hace sólo dos años Pablo Iglesias era muy radical. Seguía siendo un payaso, lo mismo que ahora, pero muy radical, casi de extrema izquierda, como dice la caverna. El 14 de noviembre ante las cámaras de televisión calificó a los policías de matones. Entonces aún le quedaba mucho para trepar hasta donde está ahora. No era diputado sino sólo el presentador del programa de televisión La Tuerka, que es tanto como decir la segunda división del famoseo político.

Iglesias se refería a la detención de una colaboradora de su programa durante la huelga general. Entonces decía cosas como ésta: «A los que gobiernan este país les huelen los pies a franquismo y a muchos policías se les debería caer la cara de vergüenza cuando en lugar de proteger a la gente se convierten en matones al servicio de los ricos».

Al año siguiente ya había ascendido en su fulgurante carrera como estrella de la televisión, pero seguía siendo el mismo payaso radical, casi de extrema izquierda, como dice la caverna. En julio de 2013 en el programa «Te vas a enterar» de Cuatro, calificó a los antidisturbios como «pistoleros uniformados cometiendo delitos ante las cámaras» y «dando palizas». El motivo era que aquellos pitoleros uniformados habían cargado contra una manifestación en protesta por los planes de Sanidad sobre reproducción asistida.

En unos pocos meses las cosas han cambiado mucho. A la policía se le ha caído la cara de vergüenza, o por lo menos la careta. Ya no son matones ni pistoleros uniformados. Iglesias ha podido conocerles mejor y, por fin, ahora puede opinar con pleno conocimiento de causa. Conclusión: no se puede hablar en esos términos de la misma manera que antes.

En este país a la hora de lanzar acusaciones contra la policía la gente tiene la manía de generalizar, y es un error. Durante un acto público celebrado el miércoles en Bruselas Iglesias manifestó que «hay policías que quieren poner grilletes a banqueros y corruptos». Lo mismo repitió en su blog: «A la policía no se le paga para que piense, sino para que obedezca. Es indudable que habrá policías crueles que disfruten pegando y policías de extrema derecha encantados de cargar contra gente de izquierdas, pero también es indudable que habrá agentes demócratas y sensibles que preferirían detener a banqueros antes que a la gente que protesta».

No se puede meter a todos los policías en el mismo saco. Es verdad que hay policías de extrema derecha que son, a la vez, unos sádicos que tienen orgasmos múltiples cada vez que agarran la porra con la mano. Pero no todos son así. También los hay sensibles, que son tan demócratas y de izquierdas como los de «Podemos». ¿Os acordáis de aquello del poli bueno y el poli malo? Pues de eso se trata. Como en todas partes, en la policía hay de todo porque, aunque no lo parezca, los policías también son seres humanos. Tienen su corazoncito.

Por eso mismo ayer «Podemos» se dirigió a la policía animándoles a sumarse a su proyecto político, al que califican de «regenerador», al estilo de Joaquín Costa, como si aún estuviéramos en 1900. Por lo menos a mí no me caben dudas de que el mejor lugar para la policía está en «Podemos».

Según estos campeones del famoseo político, «cuando la policía se convierte en guardaespaldas de los poderosos en lugar de en protectores de los ciudadanos es que nuestra democracia tiene un serio problema». Los de «Podemos» conocen bien a la policía, por lo que en su comunicado repiten los mismos consejos sabios de Iglesias: «A muchos de ellos también les gustaría poner las esposas a los políticos y banqueros corruptos en vez de tener que seguir sus órdenes y arrestar a quienes denunciamos esta situación. Hagámoslo posible. ¡Podemos!»

Pero me parece que esto es una contradicción que no acabo de entender: si a los policías no les pagan para que piensen, ¿por qué piensan?, ¿acaso piensan gratis?, ¿piensan por su cuenta?, ¿piensan diferente de quienes les pagan? Es más: ¿cómo podemos saber si los policías piensan realmente?, ¿acaso «Podemos» no sabe sino que sólo lo sospecha, es decir, que «Podemos» funciona igual que la policía, por meras sospechas?

(Al Excelentísimo Señor Fiscal: quien ha llamado matones y pistoleros a los policías ha sido Pablo Iglesias, no yo, que en este artículo me he limitado a reproducir sus palabras. Si quiere meter a alguien a la cárcel, métale a él, joder, que siempre nos toca a los mismos. ¿O hay que salir por la tele para tener carta blanca?)

La dieta de las lentejas

Nicolás Bianchi

Es la dieta de quienes aspiran a ser intelectuales para engrosar el «stablishment» y reforzarlo aparentando elegir por una opción en el supermercado de las ideologías, como falsa conciencia, que esconde el «pensamiento único», como le llaman ahora a la ideología dominante, otrosí la burguesía (dicen que el proletariado «ha desaparecido», pero la burguesía, desde luego, no; será que se explota a sí misma), y sus estertores decadentes bien que, vale decir, es una decadencia que goza de no mala salud y se regodea con regusto mórbido hundiendo lo que de sano pueda quedar en el cuerpo social mientras se hunde ella misma. Metida de lleno en arenas movedizas bracea agónicamente luchando por sobrevivir. Se hunde más en la ciénaga, pero no lo sabe o, mejor, finge no saberlo. Sólo falta un brazo misericordioso que la finiquite por el bien de la salud pública, un empujón. Pero no se deja. Prefiere morir matando. Se resiste a pasar al Museo de la Historia. De hecho tiene motivos:llevan trescientos años con la manija en la mano. Incluso todavía cree, en la última excrecencia ideológica fabricada en sus laboratorios de «neolengua» -que diría el anticomunista Orwell-, que la Historia tocó a su fin con ella y sus proezas. Un pecado de soberbia castigado por su propia religión en la que nunca han creído, en el fondo, estos calvinistas de hogaño.  Su última tabla de salvación ideológica -la fáctica es la militar-, aparte del olvidado posmodernismo como antigualla que ya anticipara el dramaturgo Alfonso Sastre en los años 80 del siglo pasado, es el relativismo. No el escepticismo positivo -que no positivista a lo Comte- que preconizara Marx en su época para desbaratar residuos supersticiosos, ni un pirronismo cínico -pero también positivo, en cierto modo- de corte individualista anarquizante, sino el peor de los relativismos: nada es verdad o mentira, sino que todo es según el color con que se mira. La burguesía, desde que dejó de ser revolucionaria, ya no tiene principios que defender que no sean etiquetas hueras incoloras, inodoras e insípidas: Estado de Derecho, elecciones, pluralismo y demás juegos prestímanos en los que no cree pero trata de que creamos creando el ilusionista circense «ilusiones» y encantamientos como los que sufría nuestro señor el bueno de Don Quijote hasta que, ya muribundo, se «desencantó». No hay que esperar tanto.

Se volvió -la burguesía- una «clase discutidora» (y represora de quienes son «indiscutibles», es decir, de quienes todavía tienen principios y pelean por ellos). Para ella no existe la verdad (objetiva) sino el punto de vista, la «opinión» (la doxa), el parecer y el… relativismo. Y ello empapuzado con barniz democrático.  El truco es simple pero efectivo:salimos a la calle, con micrófono, hicimos encuesta, pulsamos pareceres, y, ya ven, recogimos opiniones… para todos los gustos. Todo es relativo, pero muy democrático. Quien no lo vea así es un dogmático. Ahora se trata de convertirlo en hábito como quien va a misa, no por creencia, sino por costumbre, ritual, liturgia, sin saber ni lo que hace o dice, maquinalmente.

Las lentejas son un manjar con infamia en el refranero. Primero, una disyuntiva coactiva: «si quieres las comes y si no las dejas». Como diciendo: tú mismo, chaval, eres libre. Lo lógico es catarlas y calarlas (cata y cala), pero hay algo de chantaje subrepticio en ello.  El intelectual puede venderse -como Esaú engañado por el ladino Jacob- «por un plato de lentejas».  Pero ya no hay engaño ni autoengaño: se prestan, se venden, se prostituyen. Son los «lentejistas». Es la «dieta lentejista». No falta quien aspira a más, se cree más guapo y eleva el precio:quiere dos platos de lentejas. Intelectuales de alto standing.

Teoría de la conspiración

Después de un año del hipócrita escándalo del espionaje masivo en internet, me quedo con las palabras de Obama ante el Senado: «Os aseguro que nadie está escuchando vuestras conversaciones». Muchos creyeron que Obama mentía, como acostumbran a hacer de manera sistemática los presidentes de Estados Unidos, pero no se trataba de eso, como aclaró Dianne Feinstein, presidenta del Comité de Inteligencia del Senado: los espías no vigilaban el contenido de las conversaciones sino «sólo» los metadatos. Le faltó añadir lo que todo buen sofista y jurista diría en un caso así: para eso no hace falta autorización judicial.

Ojo al dato: quienes nos espían no tienen los mismos gustos que nosotros, que sólo prestamos atención al contenido de nuestras conversaciones. Ellos prefieren los metadatos a los datos. Es como si en una carta no les interesara el contenido de la misma sino «sólo» el sobre que la contiene, el sello, el remitente, el lugar de franqueo, la saliva con la que se pega la solapa… Sin embargo, las personas funcionamos al revés: cuando recibimos una carta solemos tirar el sobre a la papelera. Eso es lo que no nos interesa. Sólo queremos saber el contenido, no el continente.

Un marxista petardo vería aquí otra de esas famosas y maravillosas unidades dialécticas: la carta y el sobre, contenido y continente, datos y metadatos. Pero las cosas no funcionan así, no hay tal unidad: a unos les interesa una parte del asunto (el dato) y a los otros la otra (el metadato). Sin embargo, en cualquier discusión siempre hay alguien que dice que se atiene a los hechos o a la realidad, o sea, al dato. Pero ¿de qué realidad habla?, ¿qué parte de la realidad le interesa?, ¿los datos o los metadatos?

De eso se trata: ¿en qué nos fijamos?, ¿a qué parte de la realidad le prestamos atención?, ¿qué es lo que nos atrae de los muchos acontecimientos de la realidad? Nada menos que en «El Capital» el mismísimo Marx aborda este asunto cuando se refiere al fetichismo de las mercancías, de las cuales dice que ocultan bastante más (metadatos) de los (datos) que aparentemente vemos. Resulta que las mercancías, como los sobres, guardan un secreto en su interior: donde los demás no veían más que cosas, Marx dice que también hay «relaciones de producción», o sea, relaciones entre personas, obreros y capitalistas, trabajo, plusvalía…

Sin embargo, la ideología burguesa es tan sumamente superficial que se apoya en lemas tales como «no hay más cera que la que arde», «esto es lo que hay» o «no hay buscarle tres pies al gato». Los marxistas vemos fantasmas por todas partes que los demás no ven, no quieren ver o no son capaces de ver. Así funciona la ideología. Cuando alquien saca una carta del buzón caben dos posibilidades. La primera es que no sea capaz de ver nada más que un sobre que, además, no le interesa porque cree que no hay nada dentro. Por el contrario, si no está abducido por la ideología burguesa, supondrá que algo tiene que haber en su interior, tendrá curiosidad y lo abrirá.

Eso debería ser lo más normal, sobre todo sabiendo -como sabemos- que la burguesía vende gato por liebre. Entonces, ¿por qué nos resignamos con lo que hay? ¿Por qué admitimos que nos den gato por liebre? Antes se solía hablar de la «cruda realidad», es decir, de una realidad sin cocinar. Pero ahora vivimos en tiempos de envoltorios, de metadatos, que crean muchos aspectos diversos de la realidad, y eso nos confunde (nos confundimos y nos confunden). Una actitud científica (y por lo tanto marxista) ante la realidad debería tener en cuenta la mayor parte de sus aspectos, tanto si son explícitos como si van disimulados en el interior de un sobre. Esta actitud es fundamental en la lucha de clases contemporánea ya que la política, igual que la mermelada de frambuesa en los supermercados, va dentro de recipientes opacos.

La politiquería institucional es la única política que algunos tienen en cuenta como realidad, a pesar de que sabemos que es justamente la parte más superficial de la política: partidos, elecciones, parlamento… Hasta el más incauto se habrá dado cuenta de que toda esa politiquería está dominada por los portavoces, las ruedas de prensa y los gabinetes de imagen, es decir, por técnicos que la envuelven exteriormente ante los medios de comunicación. Son ellos los que elaboran toda la parafernalia oficial, empezando por el lenguaje, la puesta en escena y el protocolo. Es lo más parecido al teatro. La politiquería burguesa es el fetiche, el sobre que disimula un contenido algo diferente, que es el que un científico (y un marxista) debería tratar de averiguar.

Alguien diría que «las apariencias engañan», pero tampoco es eso: nos dejamos llevar por ellas. Para evitarlo hay que mirar detrás del telón de este ridículo teatro de la política burguesa para ver qué realidad es la que se oculta detrás. Todo el esfuerzo de la burguesía, por el contrario, se encamina a saciar nuestra curiosidad con «la más completa información», pero siempre ocurre lo mismo: lo único que sabemos con certeza es que la versión oficial es mentira. A partir de ahí hay que empezar a buscar la verdad.

El objetivo de la «versión oficial» es impedir que asomes el ojo por detrás del telón. Si te empeñas en fisgar te llaman «conspiranoico» cuando ellos pasan las 24 de horas del día conspirando contra nosotros, como el caso Snowden demostró el pasado año.

El mundo no sólo se divide entre espías y espiados sino entre conspiradores y conspiranoicos. Una de dos: o formas parte de la conspiración, o te esfuerzas por descubrirla.

Ciudadanía e inmigración

Nicolás Bianchi

El gran revolucionario burgués de la Revolución francesa, Robespierre, pensaba que un hombre no puede ser libre si no goza de los medios de subsistencia para una vida humana digna. Y, en coherencia, abría su país a cuantos lo necesitaron, a la inmigración. Justo lo contrario de lo que pasa hoy con una burguesía contrarrevolucionaria.

Podría decirse que la historia de la Humanidad, al menos un jalón, en su dimensión ético-política, es la historia de la conquista de la ciudadanía. En el momento de la Revolución francesa -esa zancada histórica-, se deja de ser súbdito y se populariza la palabra «ciudadano» (en la actualidad los politicastros y politiquillos se llenan la boca cada dos por tres hablando de la «ciudadanía» y los «ciudadanos/as» obviando que vivimos ¡¡bajo un Reino!!, una monarquía que acaban de refrendar el PPSOE en Las Cortes españolas, en perfecto y vergonzante oxímoron político, lo que se la suda, por descontado) para expresar un ideal de vida compartido. Llamar al otro «ciudadano» equivalía a afirmar la libertad e igualdad. Ya no había «excelencias» ni «ilustrísimas» ni, por supuesto, «altezas» ni «majestades». Por primera vez en la historia, aunque sólo sea en la idea, porque entonces la burguesía tenía ideas, la ciudadanía deja de ser un privilegio reservado a unos pocos para convertirse en un ideal asequible y universalizable: de súbditos a la república de ciudadanos con el individuo pensado como sujeto de derechos. Condorcet decía: «soy francés, pero antes que nada soy hombre». Y Voltaire, que no vio la explosión revolucionaria, gustaba de decir: «políticamente soy ciudadano de Francia, pero filosóficamente soy ciudadano del mundo». Una suerte de cosmopolitismo con el que soñara Kant. Todavía no había nacido Marx para aguar la fiesta con aquello de la lucha de clases -concepto que no acuñó él-, pero jamás insaculó, metió en el mismo saco, a un Saint-Just con un Thiers y admiró la nobleza y belleza de los ideales revolucionarios burgueses en tanto en cuanto quebraban las castas (hoy tan de moda) del Antiguo Régimen.

Es indudable que se trataba de una ciudadanía, vale decir, de «baja calidad» comparada con los estándares actuales. Y más aburrida porque no había fútbol. El sufragio era censitario (o sea, votaban los que tenían cierto caudal, de ahí que se animara a la gente a enriquecerse para poder votar) y la mujer no contaba amén de que la «igualdad» era ideal frente a la desigualdad real pero la generosidad de aquellos principios universales y sinceros resiste la aluminosis de barro con que se cimentan las Constituciones posmodernas de perra gorda de hogaño dizque papel mojado -en su parte dogmática y orgánica, salvo para amenazar como el artículo octavo de la Constitución española de 1978, que, por razones de edad generacional, ya casi nadie votó, que esa es otra, y los que sí teníamos edad, en su día, no la votamos)- como sabe cualquiera que no sea un bausán alienado o interesado.

John Locke, teórico del liberalismo burgués progresista, luchaba contra la idea de una nacionalidad impuesta y, al contrario, a favor del derecho libre a la inmigración e incluso a la libre elección de lugar de residencia y trabajo. Esto se explica por el colonialismo imperante y la demanda de mano de obra en las colonias de los ya incipientes o consolidados imperios. De la metrópolis a las colonias. Y no al revés, como hoy. Con la diferencia de que hoy ponen vallas que llaman «concertinas». O te expulsan una vez exprimido.

Los católicos igual que los nazis

El 6 de junio el Irish Daily Mail publicaba (1) que, en la década de los treinta, médicos y científicos irlandeses vacunaron en secreto a más de 2.051 niños en instituciones benéficas gestionadas por monjas católicas. El empleo de niños como cobayas humanas se ha destapado como consecuencia de la aparición de los cuerpos de 800 bebés en una fosa séptica en una antigua casa de acogida en Tuam, en el condado de Glaway.

El primer ministro Irlandés, Enda Kennedy ha ordenado una investigación exhaustiva sobre el escándalo. Los niños abandonados y tutelados en hogares irlandeses de acogida en aquella década se cuentan por miles. De ellos más de 2.000 fueron utilizados como conejillos de Indias en vacunaciones forzadas y clandestinas. La depuración de responsabilidades concierne tanto a los científicos como a las instituciones católicas de beneficencia.

Los niños, recién nacidos muchos de ellos, procedían de familias muy humildes, cuyos padres no podían hacerse cargo de su manutención. En algunos casos fueron acogidos en internados católicos y, en otros, entregados en adopción en terceros países. La investigación se encamina a comprobar si las instituciones católicas eran una tapadera para encubrir experimentos con nuevos fármacos.

La investigación también afecta de lleno a la multinacional farmacéutica Burroughs Wellcome, ahora llamada GlaxoSmithKline. Los viejos historiales médicos que se han logrado conservar muestran que entre 1930 y 1936 en Irlanda 2.051 niños y bebés de los hogares de la beneficencia fueron vacunados contra la difteria por cuenta de Burroughs Wellcome.

Los registros también confirman que no es que no hubiera ninguna clase de consentimiento, sino que ni siquiera se preocuparon de solicitarlo. La estimación de los recien nacidos que fallecieron como consecuencia de los experimentos o de sus efectos secundarios tampoco se conoce exactamente, aunque al menos hay constancia de 800 bebés arrojados a una fosa séptica. Pero podría tratarse de la punta del iceberg. Por ello el primer ministro irlandés, Enda Kenny, ha exigido información sobre si aún hay más fosas comunes con enterramientos colectivos de niños o recién nacidos. Dichas fosas se buscan en terrenos anexos a monasterios, antiguos colegios e internados religiosos.

Las sospechas sobre un escándalo aún mucho más amplio proceden de que una revisión de los archivos públicos de las instituciones sanitarias comarcales y municipales, e incluso en el mismo Dublín, no ha detectado ningún caso de vacunación, ni de campaña controlada o autorizada por las organismos competentes de la Administración, y lo que resulta más sospechoso es que tampoco en la multinacional GlaxoSmithKline hay ninguna constancia de dichas vacunaciones infantiles, ni siquiera en sus dependencias centrales en Londres.

Sin embargo, los informes de los experimentos se publicaron en las revistas médicas de la época. Se llevaron a cabo en paralelo a los experimentos médicos de los nazis en los campos de concentración, que dieron lugar a que en Nuremberg se tuviera que redactar un Código Deontológico sobre la práctica de la medicina. Pero los experimentos médicos con seres humanos no fueron sólo responsabilidad de los nazis, ni se acabaron con la II Guerra Mundial. Así lo demuestra que en 1964 se tuviera que repetir una declaración similar en Helsinki.

La salud es un negocio capitalista como otro cualquiera. El empleo de cobayas humanas en experimentos médicos es, pues, una lacra del capitalismo típica de las multinacionales farmacéuticas, especialmente trágica en los países del Tercer Mundo. GlaxoSmithKline está involucrada en varios casos turbios con vacunas. En 2009 fue la causante -con la complicidad del gobierno británico- del desastre sanitario causado por las vacunaciones masivas con Pandermix contra la gripe H1N1, que provocaron narcolepsia, especialmente en los niños y adolescentes hasta los 19 años de edad, que fueron el 80 por ciento de los vacunados. La narcolepsia causada por el Pandermix es un trastorno del sueño que está resultando incurable y ha obligado al gobierno británico a indemnizar a los afectados por ella (2).

Al mismo tiempo resultó condenada por no haber alertado sobre el riesgo de suicidio asociado al consumo del antidepresivo Seroxat y también ocultó los datos negativos referentes a otro de sus fármacos, Avandia, que se utiliza en todo el mundo para tratar la diabetes. En setiembre de 2010 Europa y Estados Unidos recomendaron la suspensión de la venta de este fármaco.

(1) Thousands of children in Irish care homes at centre of ‘baby graves scandal’ were used in secret vaccine trials in the 1930s, http://www.dailymail.co.uk/news/article-2650475/More-mass-baby-graves-Ireland-Prime-Minister-Enda-Kenny-orders-investigation-memorial-800-dead-babies-planned.html
(2) Brain-Damaged UK Victims of Swine Flu Vaccine to Get £60 Million Compensation, International Business Times, 2 de marzo de 2014, http://www.ibtimes.co.uk/brain-damaged-uk-victims-swine-flu-vaccine-get-60-million-compensation-1438572

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