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Mes: mayo 2014 (página 2 de 2)

Al Capone: un aficionado

 Nicolás Bianchi
Cuando se habla del célebre Al(phonse) Capone siempre se dice que fue a la cárcel por un delito de evasión de impuestos, un delito «menor» en comparación con su «carrera» criminal como gangster de Chicago, ciudad que, «gracias» a Hollywood, jamás podrá desprenderse de ese halo «gang». Ni el delito era tan «menor» ni Capone era precisamente un pardillo. Ni Eliott Ness -el «intocable», en inglés «untouchable»: insobornable, como la serie de televisión de los años sesenta- fue quien lo «cazó».

Capone, viendo por donde le querían coger (por los sobornos y extorsiones, imposible), quiso «arreglar» sus «deudas» con el Fisco norteamericano pagando cierta cantidad de dinero incluso forzando entrar y purgar en la cárcel dos o tres años para evitar males mayores. O sea, como hoy el padre del futbolista Messi pone en «orden» sus cuentas con Hacienda… cuando es pillado en fraude al Fisco. O Iker Casillas y otros héroes de la patria, es decir, defraudo hasta que me pilles -si me pillas- y, en ese caso, díme lo que debo y lo pago hasta el próximo chiste. Exactamente igual que hacía el «popular» Capone, que no conoció a Montoro para que le ofreciera una amnistía fiscal.

Capone -una «madre» comparado con la casta de los González, Aznar matando gente y arrepintiéndose de no haber matado más, como el primero- apareció en un libro de contabilidad de un estanco que era una tapadera de otros turbios «negocios». Allí -investigado por delitos federales- aparecía una pingüe suma de dólares que Capone -su nombre no aparecía completo, igual que, en la contabilidad de Bárcenas, donde aparece A.C., pues no es Álvarez Cascos, militante del Partido Comunista, como se sabe, sino Arturo Cantalapiedra, escultor y alpinista en sus ratos libres)- no declaró a Hacienda (no digamos ya a la Seguridad Social, que allí ni existe, como quien dice), o sea, fraude fiscal, delito muy condenable social y penalmente por aquellos pagos.

Capone fue juzgado y condenado por un jurado popular (cambiado a última hora y sin que lo supieran los abogados de Capone que contaban con el veredicto comprado del jurado anterior). Es decir: a Capone se le condenó por figurar en una «contabilidad B» donde cobraba unos fondos que no declaraba ¡exactamente igual que los «papeles de Bárcenas», el contable de los capitostes del PP! ¿Es igual, es lo mismo?

Si no es lo mismo, parecido. Si Capone extorsionaba para «cobrar», estos se dejan «presionar» para lo mismo. No hay diferencia -lo dicen ellos mismos- entre corruptor y corrompido. Acaso, la diferencia, de haberla, es que Capone acabó en la cárcel (la famosa y cinematográfica Alcatraz) y los que aparecen -con siglas o expresamente y algunos admitiéndolo- en los «papeles de Bárcenas» (que parece que es cosa de hace siglos), o sea, un contable, con cantidades no declaradas, es decir, defraudadas al erario público, donde en Roma te mandaban a galeras, dizque al conjunto de los españoles -ellos que van de «españolazos»- ¡¡hacen exactamente igual que lo que hacía un gangster como Capone!!

Capone, un aficionado al lado de estos «profesionales».

Espías y tropas de choque alemanas: de Afganistán al este de Ucrania


El 25 de abril 13 observadores de la OSCE fueron capturados en Slaviansk (Ucrania) por los denominados separatistas pro-rusos. Así lo repitieron infatigablemente todos los medios de propaganda del imperialismo… con excepción de Rusia Today y algunos pequeños medios de información alternativos.

Sin embargo, al dia siguiente de la captura a la presentadora de un programa de la primera cadena de televisión austriaca ORF se le quedó la cara pálida cuando entrevistaba a Claus Neukirch, director adjunto del Centro de Prevención de Conflictos de la OSCE y éste le confesaba que los capurados no eran en realidad ni observdores ni de la OSCE, hasta el punto de que no iban negociar siquiera su liberación. Se lavaban las manos:

“Nosotros no hemos tenido ningún contacto con ellos. Para ser precisos, no son consejeros militares de la OSCE sino observadores militares que fueron allí alegando un mandato de la OSCE. Las negociaciones con Slaviansk no fueron conducidas por la OSCE sino por los ministerios de Defensa y Exteriores de Alemania. Ellos tienen allí tres militares y un intérprete. Es el gobierno de Ucrania el que ha invitado a los expertos”, dijo Neukirch.

Los pro-rusos siempre los calificaron de «espías de la OTAN» pero nadie les hizo caso, ni a ellos ni a la OSCE, a pesar del desmentido casi instantáneo. Se mantuvo la farsa incluso después de que fueran liberados el 3 de mayo.

Dos días después el diario alemán «Süddeutsche Zeitung» reconoció que uno de los cuatro alemanes secuestrados podría tener «ciertas conexiones» con los servicios secretos. Se refería al coronel Axel Schneider. Sin embargo, la noticia apuntaba que no pertenecía al personal del espionaje BND sino al del Centro de Verificación del Ejército Alemán en Geilenkirchen, localidad en la que también hay un centro del BND y del que recibe apoyo.

El embajador de Rusia ante Naciones Unidas, Vitali Churkin, calificó la presencia del espionaje alemán en el este de Ucrania como una provocación. Pero los capturados no eran sólo observadores, es decir, espías, sino una unidad operativa, es decir, que se formaban una tripe mezcolanza de espías alemanes del BND, fuerzas especiales (también alemanas) del KSK (Kommando Spezialkräfte) acompañados de los nazis ucranianos. Como dijo la agencia libanesa de noticias Almanar, se infiltraron «para preparar el próximo ataque contra Slaviansk».

Con 1.100 mercenarios el KSK es la mayor unidad militar especializada en Alemania. Se encuentra en estado de alerta para entrar en acción en cualquier momento y ya ha participado tanto en la ocupación de Afganistán como en los secuestros y torturas de Guantánamo.

Desde 2007 el KSK está siendo investigado por las torturas que padeció en Afganistán el germano-turco Murat Kurnaz, que permenció recluido allá durante 5 años. En una foto Kurnaz identificó a los responsables de sus torturas, que resultaron ser mercenarios del KSK. La fiscalía de Tubinga ha abierto una investigación y se han constituido, además, dos comisiones parlamentarias a causa de la implicación del espionaje. Los acusados podrían ser condenados a penas máximas de cinco años de cárcel.

Murat Kurnaz, turco criado en Alemania, acusó a los miembros del KSK de haberle torturado, amenazado de muerte y humillado en la ciudad afgana de Kandahar. Fue golpeado con la cabeza contra el suelo, le patearon, le aplicaron electroschocks y durante días no recibió comida.

Kurnaz viajó a Pakistán en octubre de 2001, poco después de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos en viaje de peregrinación, según afirmó en declaraciones ante una comisión del Parlamento Europeo. Pocas semanas más tarde fue detenido por mercenarios, que, según sus palabras, lo vendieron a los americanos «por precio entre 3.000 y 5.000 dólares».

De Pakistán fue llevado a Kandahar, Afganistán, y entregado a las tropas estadounidenses. En ese período fue interrogado y torturado por los mercenarios alemanes del KSK. En enero de 2002 fue internado en Guantánamo por las sospechas de que pertenecía a Al Qaeda. La sospecha nunca se confirmó por lo que fue liberado en agosto de 2006.

Dos años y medio de cárcel por una pintada a favor de los GRAPO

La Fiscalía solicita una pena de dos años y medio de prisión para los dos jóvenes de Calpe (Alicante) que fueron detenidos como autores de las pintadas a favor de los GRAPO que aparecieron en la nueva sede del Partido Popular de la localidad, organización a la que también calificaban de nazi.
Los dos jóvenes en proceso de ser criminalizados por las pintadas en la sede del PP son Dani y Laura, ambos de 25 años de edad.

El 12 de mayo los dos detenidos prestaron declaración en el Juzgado de Instrucción 2 de Denia. Serán juzgados el día 22 en el Juzgado de lo Penal número 3 de Benidorm, y podrían enfrentarse a una condena de hasta hasta a dos años y medio de prisión, según la petición formulada por la Fiscalía tras su declaración, que acusa a ambos de la comisión de dos delitos. Por un lado, uno de daños, por el que pueden ser condenados a la multa de 20 meses; y, por otro, un delito de amenazas según lo que tipifica el artículo 170 del Código Penal, que alude a los casos en los que las amenazas van dirigidas “a atemorizar a los habitantes de una población, grupo étnico, cultural o religioso, o colectivo social o profesional, o a cualquier otro grupo de personas, y tuvieran la gravedad necesaria para conseguirlo”.

La declaración de los dos detenidos respondía a la denuncia que contra ellos han interpuesto, como representantes del Partido Popular de Calpe, el alcalde, César Sánchez, y el primer teniente de alcalde, Paco Cabrera. Ambos han acudieron al Palacio de Justicia de Dénia a ratificar su denuncia. El PP cifra en 489 euros los desperfectos ocasionados a su sede, lo que hace que se acuse a los detenidos de un delito de daños, y no de una falta, al superar el importe los 400 euros.

Inicialmente, la Fiscalía chantajeó a los detenidos: si se declaraban culpables se les impondría -al margen de la multa- una pena de dos años por el delito de amenazas, por lo que al no tener antecedentes penales no tendrían que ingresar en prisión. Si no lo hacían, solicitaría para ellos tres años de cárcel. Finalmente, la fiscal dejó en dos años y medio, más la multa, su petición de pena.

Los hechos por los que se acusa a estos dos jóvenes acontecieron cuando de madrugada fueron sorprendidos por la Policía Local cuando realizaban fotografías a las pintadas que emborronaban la nueva sede del PP. Él llevaba un martillo en un bolsillo, con el que la acusación considera que pudo ocasionar los daños que, junto a las pintadas, se produjeron en los ventanales de la sede. También portaba una braga militar, según su versión; un pasamontañas, según la acusación. La versión de la Policía de Calpe añade que la chica llevaba además en el bolso varios botes de spray.

Era la segunda vez en tres días que la sede del PP sufría un ataque de este tipo. Y la novena ocasión en los últimos meses que se producen actos de este tipo en diferentes inmuebles de la población, tanto públicos como privados.

La sede del PP de Calpe queda apenas a 20 metros de la vivienda de los jóvenes. Ellos reconocen que acostumbran a tomar imágenes de las pintadas que aparecen en diferentes puntos del municipio y que las han difundido a través de redes sociales y blogs críticos con el gobierno local del PP.

Un equívoco histórico acerca de la práctica

Juan Manuel Olarieta
Hasta que Marx y Engels aparecieron en la historia, nada hubo más despreciado entre todos los pensadores anteriores que el trabajo, lo cual no era más que un desprecio clasista hacia los trabajadores, los esclavos y los siervos. Quienes viven de la explotación del trabajo ajeno, es decir, las clases dominantes y los intelectuales a su servicio lo que siempre han apreciado es el ocio y la vagancia. A través de sus intelectuales las clases dominantes siempre han rendido culto a las distintas formas de entretenimiento, de pasar el rato (la caza, el deporte, el arte), entre las que destaca una, la del pensamiento o, expresado en las generosas palabras de Marx y Engels, el «trabajo» intelectual que, dicho sea de paso, no sólo lo conciben como separado sino como enfrentado al manual.

La Biblia maldijo el trabajo como una consecuencia del pecado original («Os ganaréis el pan con el sudor de la frente») que es típica del mundo terrenal, mientras en el celestial nadie da un palo al agua. La Biblia condujo a Adam Smith a definir el trabajo como un sacrificio de la libertad, del descanso y la felicidad. Los trabajadores son despreciados por incultos, es decir, por tratarse de personas no cultivadas, en donde el «cultivo» es el cultivo del intelecto, considerado como la facultad distintiva y suprema del ser humano (animal racional, «Homo sapiens»), a lo que van aprejadas toda una serie de vicios que derivan de la falta de refinamiento, como la grosería y la mala educación.

El pensamiento siempre había girado sobre sí mismo, se trataba de teorías acerca de otras teorías, hasta que Marx y Engels lo sacaron de su ensimismamiento, poniendo a la práctica en el centro y al trabajo como el núcleo de la misma, un replanteamiento del asunto que ha sido la mayor conquista del pensamiento humano desde su mismo origen, una osadía de un alcance inimaginable aún hoy, todo un desafío a la historia que hasta entonces se había conocido y a quienes la habían escrito.

Una obra como «La situación de clase obrera en Inglaterra», escrita por Engels en 1845, es en sí misma revolucionaria no sólo por el asunto que trata, claramente expresado en el título, sino por lo que hoy calificaríamos como «posicionamiento». Marx y Engels toman partido, es decir, adoptan una perspectiva subjetiva y, por lo tanto, distinta que empieza y termina en la práctica, en el trabajo, en las condiciones de vida y trabajo de los trabajadores. Al mismo tiempo, este punto de vista es el único que acerca a la comprensión de la realidad en sí misma, objetivamente. Sólo a través del punto de vista del trabajo y del trabajador, es posible adquirir una comprensión realmente científica de la historia y de la realidad.

Sólo por este tipo de escritos se puede afirmar que con Marx y Engels acaba una etapa de la humanidad y empieza otra en todas y cada de las múltiples disciplinas del conocimiento humano, empezando por la física y siguiendo por la filosofía, la medicina o la historia porque, como dice Marx en la Tesis número 8 sobre Feuerbach, «la vida social es, en esencia, práctica». No fue un nueva formulación o una formulación distinta de las relaciones entre la teoría y la práctica sino de todo; todo había que ponerlo patas arriba.

El desprecio hacia la práctica condujo a un equívoco histórico acerca de la misma que es necesario aclarar porque llega hasta nuestros días. Los seudomarxistas son quienes mejor han sabido aprovechar a la perfección esa confusión. De ahí el intento de reconvertir a la dialéctica materialista en una filosofía de la praxis y la proliferación actual de una palabra que si antes era desconocida, ahora ha llegado a incorporarse al idioma castellano.

La palabra praxis es griega y sólo se utilizaba en alemán por influencia del idealismo clásico. En los escritos marxistas siempre se tradujo al castellano como práctica, por lo que nunca apareció como tal hasta épocas muy recientes. Parece, pues, que la práctica es lo mismo que la praxis y al revés, que la praxis es lo mismo que la práctica. Pero si nos remontamos a los orígenes de la antigua filosofía griega comprobamos que no es exactamente así y empezamos a entender el significado exacto que la práctica tiene en la dialéctica materialista.

Desde el mismo inicio de su «Ética a Nicómaco» Aristóteles sostiene que el ser humano siempre actúa con el propósito de conseguir alguna finalidad, pero apunta que había «grandes diferencias» entre esas finalidades, separándolas entonces en dos grupos fundamentales. Por un lado están las que forman parte del acto mismo, es decir, que éste es una finalidad en sí mismo. A este tipo de actos Aristóteles los llama praxis. Por el otro están aquellas otras en las que, además del acto, se persiguen los resultados que nacen de él, que son más importantes que el acto mismo. A estas actividades Aristóteles las llama poiesis.

En Aristóteles, pues, la praxis es un fin en sí misma y se puede traducir como comportamiento, especialmente como el trato mutuo entre las personas. De ella forman parte la ética y la política.

La poiesis es algo bien diferente, ya que la actividad es un medio para obtener un resultado. Se puede traducir como creación o producción. De ella forma parte la economía y también la técnica. La mayor parte del uso actual de la palabra «práctica» tiene este sentido, como cuando decimos que algo es muy práctico o que una convocatoria ha sido un éxito: ha logrado cumplir los objetivos previstos.

El desprecio de las clases dominantes hacia la práctica no se ha manifestado históricamente de la misma manera en ambos casos, sino sólo hacia la poiesis hasta el punto de que mientras de la poiesis ha desaparecido hasta la palabra, no ha ocurrido lo mismo con la praxis. La palabra práctica procede de praxis, no de poiesis, por el secular desprecio clasista hacia el trabajo y las actividades manuales productivas.

El idealismo alemán, especialmente Fichte, amalgama los dos términos aristotélicos pero sólo utiliza uno de ellos, el de praxis porque, como buen exponente de la intelectualidad burguesa, sigue despreciando el trabajo manual, del que únicamente aprueba el arte, las profesiones que antes se llamaban «liberales», como la arquitectura o la escultura. Fichte construye la práctica en torno a la praxis, es decir, en torno a una concepción burguesa de la ética, la política y el arte, es decir, del arte por el arte, del arte como un fin en sí mismo.

El planteamiento de Marx y Engels está absolutamente enfrentado a ese tipo de concepciones. Ellos no construyen el concepto de práctica en torno a la praxis sino en torno a la poiesis, es decir, al trabajo. Refundiendo la praxis y la poiesis, en la práctica de Marx los fines adoptan un carácter central aún más trascendente que en Aristóteles: toda la actividad humana es teleológica, a diferencia de la actividad animal. En varias obras, entre ellas «El Capital», Marx diferencia el trabajo de un arquitecto del de una abeja porque el primero previamente diseña los planos. Se trata de un rechazo de la práctica por la práctica, del practicismo ciego. De esta manera es como Marx y Engels abren a la reflexión, entre otros, un universo concreto, terrenal, presidido por las necesidades y los intereses, a los que a veces se califica justamente como «materiales».

También aquí Marx y Engels introdujeron otra diferencia fundamental con el pensamiento de las clases dominantes, presidido por lo que Adam Smith calificó como «riqueza de las naciones» y Galbraith como «sociedad opulenta», es decir, por la abundancia y el derroche. Para el marxismo, el motor de la evolución y de la historia son las necesidades y los necesitados. La práctica no es ciega porque se encamina a satisfacer las necesidades de las personas.

La burguesía califica de reduccionista o economicista el planteamiento de Marx y Engels porque su posición de clase le impide comprenderlo. El intelectual burgués se refiere al trabajo ajeno desde fuera y por eso separa el trabajo de cualquier otra actividad humana. Cree que no todo es trabajo ni que todos sean trabajadores. El trabajador tiene la perspectiva opuesta porque todo lo ve desde dentro, todo lo observa desde el punto de vista del trabajo; toda actividad es trabajo o ausencia del mismo. Por ejemplo, para la burguesía el deporte es ocio porque adopta el punto de vista del espectador, no el del deportista. Entonces, en tanto que espectador, la burguesía se considera a sí misma como neutral y objetiva, mientras que el punto de vista del trabajador -que es el del marxismo- es el del deportista, o sea, el de quien juega el partido. Es un punto de vista a la vez activo, subjetivo y partidista. Por consiguiente el marxismo no lo reduce todo a trabajo sino que todo lo analiza desde el punto de vista del trabajo, incluido el desempleo y el ejercicio de labores intelectuales, que también califica como una forma de trabajo, como trabajo intelectual exactamente.

Toda práctica es trabajo y, por lo tanto, poiesis. La praxis también es poiesis. En el sentido marxista la política, es decir, la lucha de clases, es poiesis en todos los sentidos posibles del término. El «trabajo político» de los marxistas se dirige al logro de un fin determinado, que es la revolución socialista. De ahí que, a diferencia del activismo político burgués, la actividad revolucionaria de los comunistas se oriente con un programa, una estrategia y una línea política. De ahí también que Lenin concibiera al partido comunista como una vanguardia cuya tarea consiste exactamente en dirigir. De ahí que una organización de esas características sea un destacamento de cuadros profesionales, directamente enfrentado a quienes hacen de su activismo un pasatiempos, a los aficionados que se divierten con sus juegos políticos.

El arquitecto no improvisa. Antes de construir tiene el edificio en la cabeza, dice Marx, lo cual es un rasgo específico de la actividad humana, que está mediatizada por la teoría. Lo que une la teoría a la práctica son los planos y los planes. El materialismo de Marx y Engels no es, pues, una teoría, ni tampoco una filosofía de la praxis sino -en todo caso- de la unidad entre la teoría y la praxis. Pero eso no es todo. Además, el marxismo se diferencia por la manera precisa en que la unión entre la teoría y la práctica se articulan dialécticamente en torno a las necesidades y a los intereses. Aunque el marxismo pone a la práctica en un primer plano, no se trata de cualquier clase de práctica, ni de una práctica ciega, sino de la unión entre la teoría y la práctica que se articula justamente en torno a las necesidades y a los intereses.

No es una declaración intenciones; no se trata de que haya que unir la teoría y la práctica, sino de reconocerlo así, porque históricamente la teoría y la práctica han estado unidas y siguen estándolo. Donde no hay una práctica no hay una teoría en el sentido marxista, es decir, de ciencia. Donde no hay una teoría tampoco hay una práctica en el sentido marxista, es decir, revolucionaria. Donde no hay programa no hay teoría ni tampoco práctica. Y así sucesivamente.

Es lo que sucede en España con esos grupos que han huido de la práctica para inventar la teoría, y con esos otros que están en la práctica pero carecen de teoría, o que quieren algo pero no tienen un programa para llevarlo a cabo, o no saben lo que quieren… Todas ellas son ajenas por completo al marxismo.

Es la conocida expresión de Lenin: «Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario posible», que también expuso a la inversa: «Una acertada teoría revolucionaria […] sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario».

No me gusta que a los toros vayas sin vacunarte

Nicolás Bianchi
 
 El título engaña, no va de toros -tal vez en otra ocasión-, sino de vacunas. En los años sesenta del siglo pasado, en plena guerra fría, acojonaban al personal con el empleo de la «bomba atómica» -una parodia genial fue la película de Stanley Kubrick «Teléfono rojo: volamos hacia Moscú» (Dr. Strangelove, 1964)- que podía ser usada por cualquiera de las dos superpotencias (EE. UU. y la URSS) al más mínimo roce o mosqueo geoestratégico entre ellos y/o sus aliados. No era, ciertamente, cosa de tomárselo a broma (el cinematográfico general norteamericano MacCarthur quería arreglar el «peligro rojo» a base de bombas atómicas), igual que, en la época medieval, la gente creía en el infierno y estaba, como Lutero, por ejemplo, aterrorizada. Hoy te ríes, pero entonces…

No hace mucho era el SIDA y no podías ni follar, ahora dan la vara con el cambio climático y recién las epidemias cual plaga bíblica egipcia que, por supuesto, se curan echando mano de la industria farmacéutica o «Farmafia» y de las vacunas. Resultado: todo dios asustado. No hay año que no sea declarado evento anual contra algo que se supone es una enfermedad, igual que el Año de la Madre, el Padre y Cristo que lo fundó (cosas del Cortinglé).

Todos los años, al acercarse las fiestas navideñas, indefectiblemente se «convoca» -esta es la palabra exacta- a la población ya carrocilla que padecen enfermedades crónicas a vacunarse. Y, si no lo haces, parece que vas a morirte pasado mañana (y, si te mueres, dirán que es porque no te has vacunado, o sea, por bobo y la culpa es tuya, que el Estado, la Administración ya te avisó y veló por tu salud). Y como ves que tu círculo se vacuna, pues tú también, por si acaso y no vaya a ser que… Además, no pierdo nada. Es posible, pero hay quien gana siempre.

Tenemos, pues, las vacunas con efectos taumatúrgicos y de efecto placebo: vacunarse tranquiliza. Y no lo negamos. Lo que afirmamos y declaramos es nuestro escepticismo ante la asunción acrítica de las vacunas como remedio y panacea esencial y metafísica -tarro de las esencias- de la salud pública e individual. Al igual que la propiedad privada que parece que ha existido siempre y no tiene origen ni historia ni desaparecerá jamás, lo que ni Adam Smith decía.

No es que se vacune a la gente a la fuerza, pero casi. Para obligar a vacunarse a alguien, primero habría que demostrar que la vacuna se dirige contra una enfermedad infecciosa, y no causada -como así entiende el stablishment- por una bacteria o un virus, sino que se puede propagar de unas personas a otras, por ejemplo, la sífilis, una enfermedad venérea. El cólera, verbigracia, no es una enfermedad infecciosa. Ni la polio. Esto no se combate con vacunas. Las mejoras en las condiciones socioeconómicas y ambientales de las poblaciones fue y es el elemento clave para disminuir la morbilidad y mortalidad infecciosa. Igual que la mortandad del tráfico se aminora incrementando la seguridad vial y no a base de multas. Al menos, eso.

Las vacunas ya nacieron en el siglo XIX con profesionales en contra de esta práctica médica, que no eran precisamente hechiceros (que tampoco eran, por otra parte, o no siempre, los farsantes carapintadas de las pelis de Jolivú). Ocurre que hacen poco ruido. La conclusión principal es que nos prefieren «clientes» permanentes que no «pacientes» eventuales. Y ello porque las vacunas, las pastillas, la yatrogenización, son la columna vertebral del sistema médico y farmacéutico donde las compañías farmacéuticas ganan lo que no está escrito en vacunas.

Sin novedad en Odessa

 Félix González

Los 46 abrasados en el edificio de Odessa a manos de los fascistas no supone ningún salto cualitativo, ni abre nuevas perspectivas en los acontecimientos, salvo para esa izquierda imbécil y cobarde que aún sueña con revoluciones de colores, a rayas o con indumentaria árabe, según la moda y la época del año. Nada hay nuevo en la matanza sobre todo de mujeres y adolescentes, siempre los mas vulnerables en esas situaciones, mediante el fuego. Ucrania conoció bien estas actuaciones durante la última Guerra Mundial, durante la cual poblaciones y villorrios enteros, visitados por los nacionalistas ucranianos, enrolados o no en las fuerzas invasoras nazis, fueron pasados a cuchillo y luego incendiados. Su culpa era ser polacos, o judíos, o rusos. Daba igual. Ancianos, mujeres y niños eran colgados con alambre de espino de los árboles.

Hoy gobiernan en Ucrania sus sucesores, mediante el golpe financiado por los EEUU y la participación de otros países europeos (como Polonia) que ha entrenado a los grupos armados.

¿Ignora la progresista, ignorante y miserable izquierda española quien fue Stepan Bandera? ¿O es que eso no lo quieren saber? Izquierda engangrenada que, puesta a olvidar, olvida hasta como sus abuelos pedían desesperadamente al mundo ayuda, socorro contra el genocida Ejército español rebelde, recibiendo como respuesta el desprecio y la indiferencia de los denominados países democráticos, que ya colaboraban discreta y eficazmente para la victoria de las fuerzas llamadas nacionales. A esa angustiosa llamada de socorro solamente respondieron algunos miles de hombres y también mujeres, que sintieron el deber de la solidaridad con sus hermanos, y acudieron a nuestro país. Esos miles de hombres y mujeres, y otros que no pudieron acudir a combatir, pero que ayudaron y colaboraron con una pasión que sólo la hermandad de clase puede producir, son los únicos que merecen nuestro recuerdo, junto con los gobiernos de México y la Unión Soviética.

Nada nuevo en Odessa, por tanto. Es lo de siempre. Es el poder del capital, el fascismo en acción, alimentado por esa potencia terrorista denominada EE.UU. y por los intereses ambiguos de la Unión Europea, ambos creadores del monstruo nazi. Ellos han incubado el huevo de la serpiente. Odessa es lo que la putrefacta progresía española quiere ignorar, porque es el espejo ante el que ven su cualidad miserable, su vileza. Hasta puede ser que adivinen el destino que les espera, cuando, andando el tiempo y los acontecimientos, el proletariado español se apropie del poder, y vuelva después de tantos años a tomar el destino del pueblo en sus manos. No es extraño que tengan miedo a la auténtica revolución social. Por eso, hacen como si el asesinato premeditado de 46 antifascistas no fuera con ellos, y prefieren ignorarlo, porque ser conscientes les obligaría a reflexionar y actuar…contra sus propios intereses.

Pero la matanza de Odessa si que ha tenido repercusiones en España, y muchas. ¿Acaso se han producido protestas, denuncias, pésames, solidaridades? ¿Se han expresado deseos de justicia o de venganza? Por desgracia, muy escasamente. La auténtica repercusión está en el tratamiento, en la forma con que los diversos medios han alimentado el conocimiento colectivo de un grave crimen. Esa es la novedad.

Porque ni siquiera durante los gobiernos franquistas se dio tal uniformidad y censura en la transmisión de información. Siempre quedaba esa forma de decir las cosas, esa sugerencia, esa metáfora que para el lector avezado indicaba que la realidad era mas grave o radicalmente diferente de lo narrado en el papel. La similitud en la descripción del asesinato de 46 personas en los principales medios de comunicación sin excepciones es un triunfo de coordinación, que demuestra la cohesión que la clase dirigente española ha impuesto en esos citados medios, y el alto nivel de organización de nuestros enemigos en la guerra social que se lleva a cabo en el Estado español. La descripción de la incineración de 46 personas cerradas en un edificio (rematando a palos a los que salían) como el “resultado de choques” y de “enfrentamientos” con los “rebeldes prorrusos” abre nuevas vías al surrealismo informativo, e incluso a la reescritura de acontecimientos históricos. Sin ir mas lejos, un par de ejemplos. Como ustedes saben, el resultado de los choques entre las fuerzas gubernamentales alemanas y los rebeldes judíos (y comunistas, y socialistas, y disidentes en general) se saldaron con 8 millones de muertos. Y también, acercando el foco informativo a España, ustedes también sabrán que el resultado de los choques entre las cabezas de los guardias civiles y las balas procedentes de algunos nacionalistas vascos produjeron en años pasados una abundante cifra de bajas. En esos choques, por lo general, suelen llevar la peor parte las cabezas de los guardias civiles. Y así. Dejo a la imaginación de los lectores la reescritura de otros conocidos acontecimientos y sucesos: la llegada de Colón al Nuevo Continente, la violación, los malos tratos, la invención de la aviación, los accidentes mortales de tráfico…

La prensa y las televisiones españolas han hecho y están haciendo con motivo de los sucesos en Ucrania un ejercicio gigantesco de falsificación informativa e histórica. Cierto es que a ello están acostumbrados, porque es su labor cotidiana y su deber mercenario. Pero, al contrario que el suceso en sí (que, repetimos, es el nazismo en acción), la información sobre la masacre odesita si que supone un salto cualitativo en los medios informativos de la burguesía española. Han declarado abiertamente su apoyo al gobierno golpista de Kiev, pero también, despojándose de inútiles melindres, su satisfacción con los métodos terroristas. Y no les guardamos rencor por ello, sino que expresamos nuestra satisfacción, (aún venciendo nuestra vergüenza, asco y odio, como dice un compañero), porque han tomado partido por la barbarie y el terror. Y siempre es de agradecer que las cosas estén claras. Y vuelvo a poner un ejemplo, sin ánimo de señalar. Cuando el día de mañana, un tal Mañueco, corresponsal de ABC en Kiev, niegue su colaboracionismo con la canalla nazi, alegando su profundo amor a la libertad y su democratitis de toda la vida, el fiscal (popular, por supuesto) verá facilitada su labor mostrando al jurado (si, también popular) los accesos de alegría desatada con la que el citado corresponsal informaba de los avances de los mercenarios de la Plaza Maidan y el triunfo del gobierno golpista ultranacionalista implantado por la CIA. El fiscal mostrará la cobertura y la manipulación de la información, la propaganda que tanto ABC, como EL PAIS, como LA VANGUARDIA; como EL MUNDO, tutti uniti, expandían, a la manera que Goebbels aprendió de los publicistas norteamericanos y que Hitler aplicó con tanto éxito que la propia prensa norteamericana los puso en funcionamiento tras la II Guerra Mundial. Esos futuros fiscales populares no tendrán dificultades en demostrar como los periodistas del régimen español se alinearon de forma militante en las escuadras del nazismo resucitado que aparece en Europa. Como los curas genocidas en la Croacia de los años 40, lo han dejado por escrito. Ellos sabrán lo que hacen.

Y trabajar es nuestra labor. Poco podemos hacer por los muertos de Odessa. Las derrotas de las clases populares se cuentan por miles, y los muertos por millones. Nada podemos hacer, ni siquiera lamentarnos. Nuestros hermanos encerrados en el edificio incendiado de los Sindicatos de Odessa han pasado a formar parte de las masas anónimas que tuvieron la grandeza de luchar por lo que creian. Poco mas podemos hacer que inclinarnos levemente en señal de respeto y recuerdo; y, después, reflexionar, pensar, planificar, conspirar, organizar, actuar, prever, planear el aplastamiento de nuestros enemigos de clase y el triunfo definitivo sobre el terror del capital. Aplastar, otra vez y para siempre, el huevo de la serpiente.

La unilateralidad o cómo vestir al muñeco

Nicolás Bianchi
El Tribunal Constitucional español ha denegado la libertad del dirigente abertzale Arnaldo Otegi aún habiendo superado las tres cuartas partes de la condena. A Otegi y cuatro más -no sólo él- presos por el «caso Bateragune» donde Otegi declaró, no precisamente un «Gora ETA» como en «El Proceso de Burgos» de 1970, sino que «ETA sobra y estorba» y, sí, probablemente, son otros tiempos, que se dice, otros ciclos. Es decir, se deniega la libertad de quien lideró el «giro estratégico» de la izquierda abertzale que posibilitó la pista de aterrizaje -desde Anoeta en 2004- a la organización armada ETA.

¿Cómo se entiende esto? Podríamos decir que el Gobierno español actúa con la lógica del escorpión, es decir, es consustancial a su naturaleza fascista perseguir y encarcelar -y, si hace falta, asesinar- cualquier disidencia, por decirlo finamente, que cuestione su sistema, por decirlo también finamente y no hablar del capitalismo que muere matando.

¿Lo estaba haciendo Batasuna o Sortu o Bildu? Por cierto que no, justamente lo contrario: lo estaba apuntalando, en plena crisis del régimen, logrando convencer a ETA, o a parte de ella, de que su tiempo ya había pasado porque llegó la hora de «hacer política», o sea, de tocar moqueta y demostrar que también los abertzales saben «gestionar» la administración desde las instituciones. Se ponen manos a la obra, y el Gobierno -esta vez del PSOE, tanto monta- encarcela a toda la dirección reunida en Segura (Gipuzkoa) donde estaban discutiendo el modo de que lo que es una rendición -y hasta una traición desde dentro- parezca otra cosa. O cómo vestir al muñeco.

¿Cuál es la respuesta a la cerrazón obtusa del Gobierno español que no sabe apreciar ese sensible detalle que es el «giro estratégico» de la izquierda abertzale? ¿Acaso decir a sus bases que lo hemos intentado pero con estos fascistas no se puede a no ser que te rindas y te humilles? ¿Diremos esto a nuestra parroquia? No, claro que no, pero ¿Por qué lo poensamos así? No, tampoco. Volver a vestir al muñeco. Y vivir, algunos, de esto. ¿Y qué diremos a nuestra gente, qué moto vender? Una entelequia: la UNILATERALIDAD. Por supuesto, incondicional y sin contraprestaciones. Otros, gente vulgar, le llaman «bajada de pantalones». Jamás se vio cosa parecida en el Derecho Internacional, claro que los de Bilbao somos la ostia.

Decía Oliver Tambo, dirigente del Congreso Nacional Africano (el partido de N. Mandela), en 1968 que no conocemos precedente alguno de cese unilateral (subrayado nuestro) de hostilidades ANTES DE QUE LAS NEGOCIACIONES HAYAN EMPEZADO (mayúsculas también nuestras).

Sucede que, incluso, filosófica y/o dialécticamente, la unilateralidad es una impostura que roza el infantilismo:mamá, Pepito no quiere jugar conmigo a las canicas. O una relación de lo que ya es una sesión de sadomaso: como no te mueves, latígame más, que me encanta.

La unilateralidad no existe. Ni siquiera el suicidio, acto individual donde los haya, es unilateral en cierto modo, siempre hay algo, algún motivo, que te empuja a hacer lo que haces. Hasta Dios se creyó en la necesidad de crear un mundo en una semana -otro Dios, más poderoso, lo hubiera hecho en un fin de semana- para que su vanidad fuera satisfecha con el reconocimiento de lo por Él (respetaremos la mayúscula porque lo contrario es falta de ortografía) creado, o sea, los mortales. Todo es bilateral o multilateral, pura dialéctica de unidad y lucha de los contrarios.


Quien sabe bien de esto es el Gobierno español, el que sea, que ante la «unilateralidad» de uno, él demuestra que hay «otro». Y así como el gesto unilateral del (antiguamente llamado, incluso por el expresidente Aznar) MLNV sí cuenta y vale para el facherío español, aunque siempre insaciable, y siempre que no se pidan contrapartidas y no digamos ya «negociaciones», ocurre que la decisión soberanista unilateral del Parlament catalán ¡ni cuenta ni vale ni cristo que lo fundó! Lo que viene bien en un caso no viene bien en otro: no se hizo la ley para el hombre, sino el hombre para la ley. Y la ley dice que la soberanía reside en el pueblo español (como si les importara algo a estos cínicos), según la Constitución. ¡¡Y a tomar por culo!!

Acabaremos con una perla que es un primor de lo que da de sí la costura de la burguesía enredada en su propia madeja mientras funge de «coherencia democrática». Un editorial del diario El País (13-1-2013) titulado «No al unilateralismo» (referido al catalán; el vasco pues sí, va a ser que sí) decía que «parece increíble que en Europa, y en pleno siglo XXI, haya partidos políticos responsables que se propongan iniciativas unilaterales». Y finaliza el editorial, en un alarde de lógica formal kantiana, diciendo que «las sociedades civilizadas (subrayado nuestro) se distinguen de las que no lo son por privilegiar la negociación, frente a los actos de fuerza«.

En otras palabras: la izquierda abertzale es «civilizada» porque, lejos de negociar nada, ni intentarlo siquiera, se entregan «unilateralmente», mientras que la burguesía catalana, con su «unilateralidad», demuestra hacer un «acto de fuerza». Fantástico, asombroso, prodigioso. Este es el nivel de esta gente.

¡Camarero: hay un futbolista comunista en la sopa!

Nicolás Bianchi

No es costumbre que los futbolistas, los deportistas en general, se pronuncien políticamente o muestren sus preferencias. Más bien todo lo contrario. Lo suyo es ser ídolos y héroes de la patria simbolizada en los encuentros que juega la selección nacional o combinado estatal. No hay más que ver a la denominada por el difunto y díscolo e irascible de temperamento San Luis Aragonés -ahora que está de moda canonizar a todo lo que se menea y muere- «La Roja» (mote usurpado a su propietario original que es Chile donde su selección es «La Roja» de siempre) cuando suena el himno nacional español (sin letra, lo que acompleja más). Al son del chunda-chunda, Raúl (antes) y el políglota Sergio Ramos, experto en destrozar Copas, amén de fiascos en Leman & Brother’s, elevan la vista al cielo poniendo los ojos en blanco y casi levitando mientras los jugadores del F. C. Barcelona como Puyol, Piqué o Xavi (este menos) no saben qué careto poner para que no se les note mucho que están allí porque no queda otra y que no sienten en absoluto los colores de España. O porque no tienen redaños para renunciar a ella, como hizo el futbolista catalán Oleguer Presas.

Si lo «políticamente correcto» es no decantarse, y no es paradoja, políticamente, oír a un futbolista declararse comunista es ya poco menos que hablar de un extraterrestre o rara avis en el circo futbolero. Pero haberlos, haylos. Es el caso -fue ya que se retiró en 2012 en el Nápoles- de Cristiano Lucarelli, futbolista italiano de élite muchas temporadas y gran «cañonero», como llaman en el Calcio a los goleadores.

Puede decirse que Lucarelli ya vino al mundo marcado. Nació en Livorno en 1975, ciudad industrial portuaria y cuna del Partido Comunista Italiano en 1921 (como escisión del PSI en un proceso muy parecido al PC español). Su padre, estibador, era militante comunista.

El Livorno -el año que viene se cumplirán cien años de su fundación como club- es una de las instituciones deportivas más politizadas del campeonato italiano (como la Lazio donde su jugador Paolo Di Canio, fascista confeso -por lo menos lo dice-, celebra sus goles saludando, nunca mejor dicho, a la romana, o sea, brazo en alto). Es un equipo -el Livorno, ciudad que da al Mediterráneo, no al Adriático, cerca de Pisa- que ha estado tantas veces en la Primera División (allí Serie A) como en la Segunda y hasta en la Tercera (2ª B nuestra). Si tuviéramos que buscar un equivalente suyo en la Liga española, tal vez podría ser el Celta de Vigo, con su puerto y sus luchas obreras incluidas, suben, bajan, descienden, ascienden… Más remoto quedaría el libertario St. Pauli de Hamburgo (bajó el año pasado). También, pero sin puerto pero con Valle del Kas, el Rayo Vallecano con un gran Paco Jémez y su barra brava antifascista «Los Bukaneros». El apodo del Livorno (que este año bajará, lamentablemente, como el Betis) es «Amaranta», o sea, los rojos rojísimos, como esa flor.

Lucarelli, ya consagrado (y que estuvo una temporada -la 1998-99- en el Valencia de Claudio Ranieri), se fue de motu propio a jugar al equipo de su pueblo, el Livorno, estando este ¡en la Serie B (la 2ª División nuestra)! Al año siguiente, 2004, subieron. Máximo goleador, Lucarelli festejaba sus «chicharros» con el puño izquierdo en alto. O exhibiendo camisetas del Che debajo de la oficial como cuando fue internacional Sub-21. Sabía que le traería problemas, pero le dabe igual. De hecho, denunció que equipos que descendieron en su día como el Módena, Empoli, Perugia o Ancona, también identificados con la izquierda, no bajaron por casualidad.

El Livorno no podía pagarle más que un modesto salario que Lucarelli aceptó rechazando ofertas millonarias -como la del Torino, por ejemplo, para que siguiera y donde jugó dos temporadas antes de irse al Livorno por voluntad propia- como quedó reflejado en el libro (que publicó su representante Carlo Pallavicino) «Quédense con sus millones». Y no sólo eso. En junio de 2007 Lucarelli terminó su ciclo en el equipo de sus amores y fichó por el Shajtar Donetsk ucraniano (estuvo un año) no sin antes hacer una promesa: invertir la mitad de su sueldo anual de cuatro millones de euros -¡¡hay que ser idiota para decirse comunista con este sueldazo, pues ya ven!!- en un diario local de su ciudad para la creación de nuevos empleos. Lo cumplió, sobra decirlo.

Lucarelli, ejemplo de lo que bajo el capitalismo se conoce como «triunfador», «ganador», jugando a dar patadas a un balón, ejemplo, digo, que no se desclasa y no olvida su gente ni sus orígenes proletarios. O sea, exactamente igual que los de aquí que pagan religiosamente a Hacienda y no defraudan al Fisco. Ni se chutan.

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