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Mes: agosto 2013 (página 1 de 1)

Antifascistas sólo a partir de las 8 de la tarde

Juan Manuel Olarieta

Hace
unos días un militante de UJC del barrio de Tetuán (Madrid) fue
agredido en la estación del metro de Estrecho. Parece ser que el
agresor, que exhibía una estética nazi-fascista, arremetió a golpes
contra el joven comunista por ir vestido con una camiseta con el lema
“Antifascista Siempre”.

Otro militante de la misma organización ya fue
agredido hace unas semanas durante las fiestas de Leganés (Madrid) por
militantes de las juventudes del PP. No sabemos si llevaba la misma
camiseta u otra diferente. Es un detalle importante para saber si nos
encontramos en presencia de una guerra estética, es decir, si en la
estética también han empezado las guerras, lo cual sería una novedad en
la historia que habría que tomar en consideración para incorporarla al
materialismo histórico.

El comunicado que con motivo de esta guerra estética
ha difundido UJC es como el muro de las lamentaciones de Jerusalén,
donde los creyentes introducen papelitos con sus buenos deseos entre las
grietas de las piedras.

Primero UJC se lamenta de que el fascista atacante
pudiera darse a la fuga sin que los guardias de seguridad hicieran nada
por impedirlo. Luego también se lamenta de que las autoridades no pongan
los medios necesarios para atajar «este tipo de situaciones», que es
una manera con la que posiblemente se quieran referir a «este tipo de
crímenes»
. O por lo menos eso creo yo, porque no me imagino que la
propia organización afectada por el crimen haya querido disminuir
deliberadamente la importancia del ataque, rebajándolo a la condición de
mera «situación».

Como no podía ser de otra forma, en el comunicado
llega finalmente esa retórica de las «condenas» que se ha impuesto en
España de un tiempo a esta parte. Es como cuando te asaltan en la calle
para que firmes un comunicado de condena. Yo siempre firmo, pero no
porque esté en contra de todo, no, sino porque no hay nada más
gratificante que sentirte en la condición de juez (independiente, claro,
por encima del bien y del mal), que es como un pequeño dios que se
dedica a investigar, juzgar y sentenciar los crímenes porque así es como
acaba con ellos, condenándolos, o sea, enviándolos al infierno.

La «condena» es un tipo de lucha no violenta que me
entusiasma especialmente. ¿Condenas la violencia de género? ¿Y al
fascismo? ¿Y la tortura? ¿Y el terrorismo? ¿Y el paro? ¿Y los recortes?
Si los problemas se resolvieran con comunicados de condena, España sería
el paraíso. El problema es que nunca han hecho caso a nuestras
«condenas», que yo sepa, y es algo muy serio porque a veces se trata
sólo de una condena vulgar y corriente, pero la mayor parte de las
veces, como en el comunicado de UJC, expresan su «más firme» condena;
nada menos. Si yo fuera una autoridad pública estaría muerto de miedo.
Pero las autoridades de este país, según parece, son unos valientes y no
tienen miedo de ir al infierno después de tantas condenas como se
emiten a diario.

La retórica del comunicado de UJC prosigue como es
habitual en estos casos: con el exabrupto del «fascismo», que se ha
puesto de moda otra vez en España. La UJC dice que el fascismo ha vuelto
a actuar impunemente en las calles de Madrid, donde vuelve a mostrar su
cara más violenta. ¿De veras esa es la cara más violenta del fascismo o
es la más violenta que conoce UJC? Yo conozco otras muchas que son aún
peores. Les harían poner el grito en el cielo y redactar muchos más
comunicados para expresar su «más firme condena».

Todo se aclara cuando UJC habla de «estética
nazi-fascista»
o califica al fascismo como una «ideología criminal». Que
se lo digan a su camarada apalizado. ¿Realmente los golpes se los
propinó una estética? ¿Una ideología quizás? ¿Fue también la II Guerra
Mundial cuestión de estética o de ideología? Y la guerra civil española,
¿tenía algo que ver con la estética o la ideología? Dicho de otra
manera: ¿qué le dolió más al joven comunista: los golpes o la estética y
la ideología de su agresor? Por ejemplo, si los golpes se los hubiera
propinado alguien con estética UPyD, ¿le hubieran dolido menos?

Pero la sangre no llega al río. El exabrupto
«fascista»
sólo aparece en este tipo de comunicados cuando la cosa se
pone fea, cuando hay agresiones, torturas, etc. Cuando eso no ocurre,
todo vuelve a la normalidad, que es siempre la democracia, las
elecciones, el pluripartidismo, las libertades y los derechos humanos.
El fascismo es de quita y pon, típico de un Estado camaleónico,
demócrata por la mañana y fascista en cuanto el sol se pone.

Si eso es así, si este Estado es camaleónico, no
cabe duda de que el lema que el joven comunista llevaba en su camiseta,
eso de “Antifascista Siempre”, es un error porque no es camaleónico, es
decir, no está a tono con este país. Debería poner: “Soy antifascista
sólo a partir de las 8 de la tarde”
. No tiene sentido serlo por las
mañanas.

Lo mismo podemos decir del agresor que, seguramente,
es otro camaleón, uno de esos demócratas de las juventudes del PP. Lo
que ocurre es que su estética y su ideología, que son fascistas, le
incitan a cometer ese tipo de ataques.

Otro de los papelitos que UJC mete en el muro de las
lamentaciones de Jerusalén es su deseo de que las autoridades atajen
estas «situaciones» tan condenables. Pero, ¿a quién reconoce UJC como
«autoridad» en este país? ¿Considera UJC que la «autoridad» es algo
distinto del mamporrero del barrio de Estrecho que vestía con estética
nazi-fascista?

Es un error que ya cometieron Stalin, Voroshilov y
compañía cuando los fascistas empezaban a atacar: no sólo no emitieron
un comunicado para expresar su «más firme condena» sino que, además,
tampoco acudieron a la autoridad de la Sociedad de Naciones para
atajarlo. Así nos luce el pelo.

Si UJC va a recoger firmas, desde ahora les digo que
cuenten con la mía (pero sólo a partir de las 8 de la tarde) y quedo a
la espera del siguiente comunicado de condena.

El artículo se puede descargar en pdf aquí:

Recordamos a los lectores del blog que los artículos de Olarieta pueden descargarse aquí:

Los revisionistas españoles tratan de ocultar la vigencia de la Resistencia Antifascista

El mejor homenaje: continuar la lucha

Los revisionistas españoles tratan de ocultar la vigencia de la Resistencia
Antifascista

Juan Carlos Delgado de Codes, Secretario General provisional del PCE(r)

(Sobre el comunicado de hoy de los CJC recordando a las
13 Rosas Rojas. Memoria selectiva)



En 1939, Roberto Conesa fue partícipe del asesinato de las 13 rosas. En 1979,
participó en el asesinado de Delgado de Codes, Secretario General del PCE(r).

¿Diferencias?


Las 13 Rosas Rojas eran heroínas ejemplares de la resistencia contra el
fascismo, mientras Juan Carlos Delgado de Codes era un blanquista y
pequeñoburgués. O eso al menos nos enseñan los CJC a través de sus
comunicados. 


Los CJC son la muestra más exaltada del bipolarismo. Defienden a unos
antifascistas y a otros los mandan a la hoguera, que nada se sepa de ellos.


Tan pronto están “homenajeando” a la resistencia antifascista, como más tarde
están denunciando como terroristas a aquellos que continuaron esa resistencia.
Esa resistencia antifascista no continúa, porque para ellos ya no hay nada a lo
que resistir. 


Nuestros revisionistas dicen querer que nombres como los de la 13 Rosas Rojas
no se borren. Es decir, que no quieren sepultar esos nombres de la resistencia
obrera y popular contra el fascismo en este país de 1936 a 1975. 


¿Y quién quiere borrar los nombres de la resistencia antifascista? El fascismo,
sin duda. ¿Y qué es lo que le permite al fascismo deshacerse de esta? El cuento
de la transición. Del que ellos son cómplices a través de su silencio. 


Realmente sin el caramelo de la transición ni siquiera hay motivo para hablar
de la memoria del movimiento antifascista. Más que nada porque no habría ningún
pretexto por el cual esa resistencia hubiese finalizado. Esa resistencia
antifascista tendría que ser continuada. No sería una memoria a la que “homenajear”
(a través de blogs de internet), sino sería el presente. La resistencia
antifascista continuaría hoy hasta alcanzar su fin: la ofensiva contra el
fascismo y la posterior derrota de este. 


Pero para los CJC la historia deja ciertos vacíos, como el niño que coge un
lápiz para dibujar y en medio del dibujo lo suelta para ver la televisión. Los
hechos se muestran incompletos.


Los revisionistas establecen una línea histórica de la resistencia antifascista
española desde 1936. Pasan por las batallas más importantes de nuestra Guerra,
luego por la lucha republicana en la resistencia francesa y en la defensa de la
URSS. Nos hablan del maquis en España, las agrupaciones de guerrilleros, sus
enlaces, la lucha clandestina de las organizaciones obreras y populares, la
organización en el exilio etc… Y toda una historia de guerrillas urbanas y de
un temple de acero de aquellos que sufrieron las consecuencias de esta lucha:
como Julián Grimau. Incluso nos hablan del gran papel que jugó el PCE de José
Díaz, al que ellos pretenden continuar, eso sí, folclóricamente, no continuando
su papel como dirigente del movimiento antifascista. 


Porque los CJC “homenajean” a todos y a cada uno de estos combatientes y exigen
que se les recuerde. Lo que pasa es que no cuentan que ellos son los propios
culpables del olvido de la resistencia antifascista.


Si seguimos el hilo histórico del que estamos hablando, nos daremos cuenta que
en 1975 se produce un parón. Ya no hay hilo. La historia de resistencia
antifascista no continúa. Se queda ahí, se detiene para siempre: queda para el
recuerdo, para la memoria, para los “homenajes” a través de Internet. La Guerra
Popular Antifascista queda entonces como motivo de homenaje e historietas, una
mera estética… lo mismo han hecho con la revolución bolchevique. 


A partir de entonces nuestros revisionistas no quieren saber nada de la
historia. El niño ha dejado de dibujar y se ha puesto a ver la televisión. Y
toda la lucha obrera y popular duerme hasta 2009 cuando el PCPE descubre que
hay una crisis capitalista y que ya no queda otra alternativa que la Revolución
Socialista (a diferencia de antes que propugnaban la República Antimonopolista
y el Frente de Izquierdas). España empieza de nuevo en el 2007, con la crisis
sistémica. ¿Lo demás? ¿Lo que hay entre 1975 y 2007? Como si no hubiera
sucedido. Quizás porque durante esas fechas sus dirigentes estaban bailándole
el agua a la socialdemocracia reformista y en consecuencia, al régimen. 

1. España es un ente abstracto. 


Como España ha perdido su historia y su sentido, no hay ningún elemento
nacional que incorporar a la línea revolucionaria en España. Solamente la mera
importación de consignas universales. Es decir, que sirven para España, para
Portugal, para Grecia y para Alemania: la lucha de la clase obrera contra el
monopolismo. 


Si bien esta consigna es correcta, no puede quedarse en una mera abstracción.
Habrá que explicar muy bien que forma toma, por ejemplo, el monopolismo en
España y esto no podemos hacerlo sin el materialismo histórico, sin la
historia. Y tendremos que darnos cuenta de que los que hacen posible que el
monopolismo se instaure en nuestro país son los que se levantan contra la
República Popular en 1936. Si no, nos quedaríamos en abstracciones
internacionales, pero sin línea particular. 


El Camarada G. Dimitrov acertadamente identifica este error:

“La teoría revolucionaria es la experiencia condensada, generalizada del
movimiento revolucionario; los comunistas deben utilizar cuidadosamente en sus
países no sólo la experiencia de las luchas pasadas, sino también, la de las
luchas actuales de otros destacamentos del movimiento obrero internacional. Pero,
utilizar acertadamente esta experiencia, no significa, en modo alguno,
trasplantar mecánicamente, en forma acabada, las formas y los métodos de lucha
de unas condiciones a otras, de un país a otro, como se hace con harta
frecuencia en nuestros Partidos. La imitación escueta, el limitarse a copiar
los métodos y las formas de trabajo, aunque sean los del mismo Partido
Comunista de la Unión Soviética, en países donde todavía impera el capitalismo,
puede, con las mejores intenciones del mundo, dañar más que favorecer, como ha
ocurrido en realidad no pocas veces. Precisamente, la experiencia de los
bolcheviques rusos debe enseñarnos a aplicar de un modo vivo y concreto la
línea internacional única de la lucha contra el capital a las particularidades
de cada país, extirpando implacablemente, poniendo en la picota, entregando a
las burlas de todo el pueblo las frases, los patrones, la pedantería y el
doctrinarismo. ”


Hoy en día podemos escuchar decir incluso a los más reaccionarios reformistas
que la transición fue una falacia. Lo dicen incluso periodistas del El País y
de los medios que precisamente no destacan por ser los más revolucionarios. Lo
dicen en La Tuerka, lo dice Julio Anguita e incluso los más variopintos
filósofos apolíticos. ¿Quién se cree la historia oficial de los fascistas?


¿Quién puede negar hoy que la transición no fue más que una maniobra del
fascismo? ¿Quién puede negar que no fue más que una reforma de un régimen
monopolista en crisis? ¿Cuáles eran las tareas del movimiento antifascista ante
esta situación?


G. Dimitrov y la III Internacional, que son los que  desarrollaron el
concepto marxista-leninista de fascismo, es decir, le dieron un significado y
un estudio científico (a través del materialismo histórico), ya avisaron de lo que
podía suceder en un Estado fascista en crisis, que era la situación en la que
se encontraba el fascismo español en los años 70 (donde empieza ese vacío
histórico de nuestros revisionistas). 

“En unos países, principalmente allí, donde el fascismo no cuenta con una
amplia base de masas y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de
la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide
inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos
burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países,
donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el
fascismo establece el monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo,
bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los
partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el
momento en que se agudezca de un modo especial su situación, intente extender
su base para combinar -sin alterar su carácter de clase- la dictadura
terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo.”


¿Acaso la incorporación del PSOE y del PCE al régimen fascista en los 70, no es
un pilar fundamental para el cuento de la transición? ¿Es esto una democracia burguesa
con tintes fascistas o es, al contrario un Estado fascista con tintes
democrático-burgueses?


Los CJC no responden a esta pregunta. Porque no quieren hablar de la
transición. Porque no quieren hablar de la historia. No saben explicar cómo
desaparece el fascismo en España y solo pueden hacerlo mediante teorías
abstractas, como siempre. Por ejemplo que el fascismo y la democracia burguesa
son formas de dominación de cualquier Estado burgués y mientras más
autoritarismo y represión hay, se están usando formas de dominación fascistas y
mientras más aperturismo y democracia se están usando métodos democráticos
burgueses. Teoría falsa puesto que la democracia-burguesa y el fascismo son
formas de dominación, por lo tanto son siempre represivas y autoritarias. La
cuestión está en que unas son formas de dominación correspondientes a la etapa
premonopolista del capitalismo y las otras a la etapa imperialista. Esto es lo
que dicen los comunistas de la III Internacional, es decir, los que se
enfrentaron a sangre y fuego con el fascismo. 


Pero como decimos, ni PCPE, ni PCOE ni ninguna banda revisionista quiere hablar
de los 70, porque ellos en los 70 o estaban en el PCE o estaban escondidos
debajo de las piedras cuando el régimen impuso el terror por todo el país. O
estaban con los que besaron la bandera de Franco y la Corona del Rey designado
por Franco o estaban con el rabo entre las piernas. 


Claro, luego ellos rompieron con el PCE en los 80, no por motivos de la
traición de Carrillo a la clase obrera y al pueblo español, no, sino por
motivos de la traición al prosovietismo que estaban haciendo los
eurocomunistas. Como vemos, España y su historia nunca les han interesado. Solo
la URSS, las banderas rojas y el folclore socialista (que en ese momento
representaban sus hermanos del este, sería una vergüenza llamarlos soviéticos).
“Cuando la URSS cayó, cavamos una trinchera y nos resguardamos en ella”, decía
Carmelo Suarez (Secretario General del PCPE) hace unos meses. 


En cuanto a los del PCOE, también manifestaban ese prosovietismo capitulador.
Incluso hoy en día se les puede ver rescatando ese mote de “¡pro-chinos!” (qué
era como los revisionistas llamaban a los que se oponían a la traición jruschevista)
cuando intentan atacar a los comunistas. 


El PCOE se funda antes de la transición, de la reforma del régimen, de la
mentira que perpetuo el monopolismo en este país…¿Y qué hizo para
detenerlo? 


Por cierto, en aquella época el PCOE defendía la “democratización de España”.
Ese “etapismo” del que les gusta hablar últimamente a todos estos grupos, es el
que ellos profesaron por mucho tiempo. De todos modos, “etapistas” o no, hay
una regla general en el revisionismo: quedarse solo en los papeles. 

2. El Movimiento Antifascista del 36 se difumina en los 70 sin motivo
aparente



Como revisionistas, como burguesía disfrazada dentro del movimiento obrero, nos
reproducen en la teoría y en la práctica todas y cada una de las chapuzas
historiográficas del fascismo: España dejó de ser fascista y pasó a ser un
Estado democrático-burgués, el Rey ni pincha ni corta y no importa nada que un
país sea monárquico o republicano y la Guerra “Civil” y la posterior
resistencia antifascista son cosas del pasado y no hay que reabrir viejas
heridas.


No hay que reabrir viejas heridas, estas fueron cerradas en la transición. La
Resistencia contra el fascismo, que era el movimiento revolucionario de la
clase obrera y el pueblo, acaba en 1975 (cuando Carrillo se casa con el Borbón)
y no hay nada más que hablar. Siguen la máxima de la ideología burguesa
del carpe diem. Vivamos el presente y no
hablemos del pasado. 


Historiografía burguesa y revisionismo se unen. No es raro. Unos son los
enemigos externos y otros los enemigos internos, dentro de las propias filas
del proletariado. 


Sin embargo vemos como en todas las manifestaciones y concentraciones que se
dan a lo largo y ancho del país, salen jóvenes con la bandera republicana, la
bandera de la resistencia. Vemos como cada día hay decenas de personas que
condenan el golpe de Estado del 18 de Julio, que no quieren que esto quede como
una derrota. Por eso hablan de la III República. Pero hay un vacío creado
intencionadamente, como decimos, para no ligar el presente con el pasado y para
así no darle forma a la línea revolucionaria en este país. 


Si el enemigo de 1936 era el mismo que en 1940, el mismo que en 1950, el mismo
que en 1965, el mismo que en 1975 y, como se ve cada día, el mismo enemigo que
lo fue en 1980 y lo es en 2013 (el monopolismo y sus formas de dominación
fascistas), la resistencia antifascista también tiene que tener una
continuidad: una historia paralela. Y es que efectivamente la hay. 


Porque el PCPE y el PCOE nos cuenten que hay un vacío histórico desde 1975
hasta hoy, no significa que esto sea así. Por mucho que, al igual que los
burgueses, tengan la total libertad para difundir esto en su propaganda, en sus
webs y ante nuevos jóvenes que intentan captar. 


Por tanto, si los socialdemócratas están aceptando incluso que en la transición
se da una reforma del propio Estado. ¿Cuál debería haber sido la tarea
principal del movimiento antifascista que nació en 1936? Denunciar la farsa.
¿Había otra alternativa?

3. Nuestros revisionistas mienten, la resistencia que ellos traicionaron:
continúa. 



El PCPE y el PCOE no lo cuentan, pero hubo organizaciones antifascistas de todo
tipo que denunciaron la maniobra del régimen. Por ejemplo: el Partido Comunista
de España (reconstituido), los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de
Octubre, el Socorro Rojo, la Organización Democrática de Estudiantes
Antifascistas, la Unión de Juventudes Antifascistas, Pueblo y Cultura, Mujeres
Antifascistas etc… En definitiva, una serie de organizaciones que denunciaron
la farsa hasta las últimas consecuencias (a las cuales se le impusieron la
persecución y la ilegalidad).


Estamos hablando de hombres y mujeres que no salieron de la nada. Muchos venían
de organizaciones traidoras y claudicadoras, incluso del mismo PCE. Y en un
proceso que duró años, intentaron retomar la dirección e impulsar ese
movimiento antifascista traicionado.


La represión fascista recayó entonces sobre su enemigo natural: los
antifascistas que no se vendieron. Los legítimos continuadores de las 13 Rosas
Rojas y José Díaz. No eran legítimos porque lo dijesen los papeles, no, sino
porque lo demostraron con hechos, en la calle. 


Al final hay que darle la razón a Roque Dalton cuando decía: 

“La política se hace jugándose la vida o no se habla de ella. Claro, se
 puede hacerla sin jugarse la vida, pero uno suponía que sólo en el campo
enemigo.”


Y es cierto, por supuesto, que el movimiento antifascista perdió a una gran
parte de su fuerza durante la transición. ¿Pero quién tiene la culpa?


¿De quién es la culpa de que hoy en día no se hable de la actualidad de la
resistencia? ¿De los propios antifascistas? ¿O de los que defienden y propagan
el cuento de la transición? O sea: de los que le hacen el juego al
fascismo. 


No será la culpa de los 31 asesinados o de los 1300 encarcelados de las
anteriores organizaciones citadas (de los cuales algunos continúan en las
cárceles). Ni tampoco del Movimiento de Liberación Nacional Vasco y parte del
Catalán y Gallego que siguieron la lucha (con decenas de muertos y centenas de
presos actualmente, recordemos). Mucho menos culpa de los 600 muertos durante
la transición en las manifestaciones contra el régimen.


Gracias a nuestros revisionistas el movimiento obrero y popular en este país no
se encuentra a sí mismo, porque le han robado su historia. Le han aturdido. Y
el movimiento obrero y popular tiene que reencontrarse con su pasado para
entender su presente. Su significado: la lucha contra el mismo enemigo.


En las manifestaciones por toda Europa, aún resuenan consignas como el “No
pasarán”. La consigna del pueblo madrileño se ha internacionalizado, pero el
movimiento que la engendró ha sido traicionado. 


¿Cómo hablarles a los progresistas venezolanos de su lucha sin Bolívar y la independencia
del Imperio Español? ¿Cómo hablarles a los revolucionarios cubanos sin la lucha
en el Bayamo contra el colonialismo a finales del siglo XIX? ¿Y a la
resistencia francesa contra el nazismo sin 1789? Es imposible.


Porque el Movimiento Antifascista en este país no solamente nace como expresión
del movimiento obrero y popular contra el fascismo y el monopolismo, sino que,
además, tiene unos objetivos muy claros: la recuperación de la República
Popular que los fascistas nos robaron para así poder realizar la tarea histórica
del socialismo. Por el carácter monopolista de este Estado, ya no caben medias
tintas. Sin la Dictadura del Proletariado no se puede hablar de una República
Popular y sin República Popular no podemos hablar de la Dictadura del
Proletariado. No hace falta decir que la lucha por el derecho de
autodeterminación del pueblo vasco, catalán y gallego va estrechamente unido a
los objetivos estratégicos de la resistencia antifascista.


El silencio intencionado del revisionismo deja estos objetivos como inconclusos.
Para ellos la historia de la resistencia antifascista se pierde en los 70 para
siempre, solo porque ellos, los del PCPE y el PCOE, no hicieron nada en los 70
para parar la reforma del régimen. 


La burguesía no considera a la Historia como una ciencia porque a través de
ella su chiringuito se cae a pedazos en todo el mundo. 


Aquel 20 de Abril de 1979, cuando Juan Carlos Delgado de Codes se encontraba en
la puerta del metro de Lavapiés, fue rodeado por tres policías. Uno de ellos
acercó la pistola a la sien de Juan Carlos (que estaba desarmado) y disparó. Su
delito: continuar la resistencia.

Decíamos al principio que el responsable de su asesinato fue el mismo que el de
los fusilamientos de las 13 Rosas Rojas. Casualmente 40 años después. Es decir,
que cuando los revisionistas del PCPE dicen que nuestro país ya había dejado
atrás el fascismo y se había incorporado a las magníficas bendiciones y
derechos de la democracia-burguesa (aunque no expliquen cómo se da este
proceso), la misma bota que aplastaba antes a los revolucionarios, seguía
haciéndolo.

Para el revisionismo hay héroes de la resistencia antifascista que son de
primera y héroes de segunda (o tercera o incluso olvidados y silenciados).
Mientras más alejados en el tiempo están, mejor, así no tendrán que ser
consecuentes y responder con actos a aquellos que denuncian.

En definitiva: la Resistencia Antifascista en España no es ninguna memoria que
llorar, señores de los CJC, está más viva que nunca y cumplirá el papel por el cual
nació. Hablamos de su “homenaje” a las 13 Rosas Rojas entre comillas porque no
hacen ningún homenaje.

El mejor homenaje: continuar la lucha.

Emilio Moyano Aguado


Informes Políticos a los 4 Congresos del PCE(r) y biografía del Camarada Arenas

Los camaradas de Espai Alliberat nos han remitido a nuestra dirección estos textos tan valiosos y que tan cuidadosamente han maquetado ellos. Desde aquí les felicitamos por este gran trabajo y por la fantástica labor que desempeñan con el blog. 
¡Un afectuoso saludo!

Informe Político presentado al I Congreso del PCE(r)

Informe Político presentado al II Congreso del PCE(r).

Informe Político al III Congreso del PCE(r).

Informe Político presentado al IV Congreso del PCE(r).

Biografía política del Secretario General del PCE(r) Manuel Pérez Martínez “Camarada Arenas”.

Sobre la estrategia y la táctica de la revolución proletaria

M.P.M. (Arenas)
Antorcha núm. 3, junio de 1998





«Sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la
misión de combatiente de vanguardia»

Esta frase de Lenin se ha repetido tantas veces entre nosotros,
que algunos la han convertido en una fórmula capaz de resolver por sí misma
hasta los problemas más difíciles o escabrosos. Otros, en cambio, se refieren a
ella para subrayar nuestras carencias teóricas, como si en este terreno quedara
todo por hacer o debiéramos partir de cero, proponiendo por su parte algunas
teorías completamente desconectadas de las experiencias del movimiento
revolucionario y de la vida real. Por otra parte, encontramos también a los
que, al mostrarse contrarios a todo vanguardismo y dirigismo,
no sólo desdeñan la importancia de la teoría y del debate en torno al programa
revolucionario, sino que para ellos ese tipo de debates carece de toda
significación práctica. Por lo general, estos practicistas identifican la labor
teórica y la crítica revolucionaria de las ideas y concepciones burguesas, con
la práctica teórica que realizan algunos charlatanes, por lo
que no es de extrañar que anden desorientados.

Lenin resaltaba que para Marx todo el valor de su teoría residía
en que por su misma esencia es una teoría crítica y revolucionaria
. Y esta
última cualidad es, en efecto, inherente al marxismo por entero y sin ningún
género de duda porque dicha teoría se plantea directamente la tarea de poner al
descubierto todas las formas de antagonismo y explotación en la sociedad
moderna, estudiar su evolución, demostrar su carácter transitorio, la
inevitabilidad de su conversión en otra forma, y servir al proletariado, para
que éste termine lo antes posible y con la mayor facilidad posible, con toda
explotación (1). En la teoría de Marx y Engels está contenida la
estrategia y la táctica de la revolución proletaria, una estrategia y una
táctica que son válidas para el proletariado de todos los países. De ellas
partimos los comunistas para elaborar la línea política y el programa de la
revolución (para lo cual debemos tener en cuenta las condiciones específicas de
nuestro país, las tradiciones de lucha del proletariado, etc.), de manera que
cuando nos referimos a la estrategia y la táctica (a la teoría general), lo
primero que pensamos es que no tenemos necesidad de inventarlas o elaborarlas,
ya que éstas hace tiempo que fueron elaboradas, fundamentadas científicamente,
por el marxismo. Claro que esto no nos exime de la obligación de tener que
estudiarlas y asimilarlas, de modo que podamos aplicarlas en la práctica y en
cada situación concreta como lo que resultan ser: una guía para la
acción
. Esta guía nos proporciona el conocimiento de las leyes y
contradicciones fundamentales que determinan la evolución y el cambio brusco de
la sociedad, en particular las leyes que rigen en la aparición, desarrollo y
transformación de la sociedad burguesa en una sociedad nueva esencialmente
distinta: la sociedad comunista.

Como es bien sabido, la estrategia y la táctica de lucha del proletariado
revolucionario de todos los países, formuladas por Marx y Engels, están
fundadas sobre los sólidos cimientos del materialismo histórico, en la economía
de Marx y en su teoría de la lucha de clases y de la dictadura del
proletariado. La concepción del materialismo histórico nos demuestra, a decir
de Lenin, cómo en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de
un sistema de vida social surge otro más elevado
 (2). La
economía de Marx nos ofrece la radiografía de la
sociedad burguesa, su estructura económica y social, sus leyes y contradicciones
específicas, que la distingue de los demás sistemas económico-sociales, en
tanto que la teoría de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado
expresa el antagonismo, la lucha de intereses contrapuestos, que enfrenta al
proletariado y a la burguesía y el modo en que habrá de ser resuelto. Tales
son, muy a grandes rasgos, las concepciones, las leyes, principios e ideas que
definen la estrategia y la táctica del proletariado revolucionario de todos los
países, por lo que si alguno quisiera o tuviera necesidad de encontrar una
nueva estrategia y una nueva táctica deberá buscar en otra parte, no en los
textos del marxismo, sino en los textos de los revisionistas y otros teoricistas.

I

Aparentemente, son contados los textos marxistas que tratan sobre la
estrategia o sobre lo que generalmente se entiende como los fines u objetivos
últimos
 de la lucha proletaria, mientras que abundan los dedicados a
la táctica. Si estudiamos, por ejemplo, a Lenin encontramos que, con la
excepción de sus trabajos dedicados a la divulgación o defensa de las
concepciones e ideas de Marx y Engels, la mayor parte de su voluminosa obra
está dedicada a la elaboración del programa y la táctica del partido, y eso aun
cuando, como es sabido, la revolución en Rusia no tenía como meta inmediata de
la acción revolucionaria la toma del poder por la clase obrera, por lo que, si
nos dejamos llevar por esa primera impresión a que hemos aludido (la falta de
una estrategia), su atención debería haber estado centrada en la formulación de
una estrategia diferenciada, distinta a la definida por Marx y
Engels. Es lo que siempre han tratado de hacer los revisionistas, para quienes
los textos clásicos de Marx y Engels, incluso hoy día los de Lenin, son algo viejos,
están desfasados, han sido superados por la
evolución histórica o están pasados de moda. De ahí que no
desaprovechen ninguna ocasión para revisarlos y proponer en su lugar -basados
en algunos aspectos nuevos, pero siempre secundarios de la evolución del
régimen capitalista, o bien en las necesidades momentáneas del movimiento
obrero- una estrategia nuevaoriginal o muy creadora.
Y es que en la literatura marxista-leninista se da por sentado que el
proletariado revolucionario de cualquier país no tiene más objetivo estratégico
que la demolición del Estado de la dictadura burguesa y la construcción de otro
Estado nuevo de dictadura del proletariado, a fin de poder comenzar la obra de
edificación comunista. Todas las obras de Marx y Engels no contienen, en
realidad, sino la fundamentación teórica de esa estrategia, que aparece
resumida o abreviada en El Manifiesto Comunista elaborado por
ambos y en otras importantes obras en las que abordan cuestiones de la táctica
revolucionaria, aunque, como es lógico suponer, en esto último (en lo
relacionado con la táctica) el análisis y la solución concreta de los problemas
dependen más de las condiciones de cada época y de cada país. Esto explica que
haya sido en este terreno donde Lenin y Mao hayan centrado más su atención. Sólo
si se tiene en cuenta en forma objetiva 
-escribe Lenin- el
conjunto de las relaciones mutuas de todas las clases, sin excepción, de una
sociedad dada y, por tanto, también el grado objetivo de desarrollo de esta
sociedad, lo mismo que las relaciones mutuas entre ellas y otras sociedades, es
posible disponer de una base para una táctica correcta de la clase de
vanguardia
 (3).

Como vemos, Lenin se refiere expresamente a táctica correcta,
dando por sentado que la estrategia no puede ser otra distinta de la que ya
hemos comentado. ¿Podría ser de otro modo? ¿Puede tener el proletariado de
cualquier país otro objetivo distinto al derrocamiento del poder de la
burguesía y el establecimiento de su propio poder? Los revisionistas siempre
han utilizado esa necesidad que se le plantea a la clase obrera de disponer
de una base
 sobre la que establecer una táctica correcta, para
introducir en el seno del movimiento la ideología y la política liberal burguesa
y conducirlo por el camino trillado del reformismo y la conciliación de clases. Determinar
de cuando en cuando la conducta que se debe seguir, adaptarse a los
acontecimientos del día, a los virajes de las minucias políticas, olvidar los
intereses cardinales del proletariado y los rasgos fundamentales de todo el
régimen capitalista, de toda la evolución del capitalismo y sacrificar esos
intereses cardinales por ventajas reales o supuestas del momento: ésa es la
política revisionista
 (4).

Otros oportunistas de la misma escuela que los revisionistas, sólo que
más radicales o izquierdosos, complementan la labor de
confusión y división que realizan aquéllos dentro del movimiento obrero
parloteando sin cesar de la dictadura del proletariado y
tachando de reformista la táctica verdaderamente
revolucionaria, marxista-leninista, que habrá de permitir a la clase obrera
aproximarse y finalmente alcanzar su objetivo. Esos charlatanes de izquierda hacen
así el juego a los derechistas más contumaces y les dejan todo el campo libre.

Para que esto no suceda, el Partido Comunista tiene que plantear
correctamente y ponerse al frente de la lucha por los intereses inmediatos de
los trabajadores a la vez que defiende dentro del movimiento sus intereses u
objetivos futuros. Esa lucha por los intereses inmediatos de las masas no entra
en contradicción con la defensa de sus intereses últimos, y de hecho, los
posibilita. También la defensa intransigente de los objetivos revolucionarios
supone la única garantía para la obtención de mejoras inmediatas, pues une y
fortalece al proletariado frente a sus enemigos y dota a su movimiento de una
perspectiva clara, por lo que jamás ha de hacerse ninguna concesión en el
terreno de los principios, debiendo ser éstos salvaguardados en todo momento. A
ello habrá de contribuir la aplicación de una táctica acertada de lucha que se
corresponda a las circunstancias internas e internacionales de cada momento.
Sobre este particular conviene recordar lo que decía Lenin quien, retomando una
idea de Marx, llama a tener en cuenta como parte de la táctica, en cada etapa o
fase de desarrollo social, la dialéctica de los periodos de estancamiento político
y de los cambios bruscos: Por una parte, aprovechando las épocas de
estancamiento político o de desarrollo a paso de tortuga, el llamado
‘pacífico’, para desarrollar la conciencia, la fuerza y la capacidad combativa
de la clase avanzada, y por otra parte, encauzando toda esta labor de
aprovechamiento hacia el ‘objetivo final’ del movimiento de dicha clase,
capacitándola para resolver prácticamente las grandes tareas en los grandes
días
 que concentran en sí veinte años (5).

II

Un rasgo que podríamos considerar común a todo proceso revolucionario es
que éstos se efectúan siempre a través de etapas diferenciadas. En unos casos,
el comienzo de una etapa coincide con la culminación de toda una fase de
desarrollo histórico, económico y social; tal sucede con las revoluciones
socialistas iniciadas como continuación de la revolución democrático-popular.
En otros, se trata del final de una fase y del comienzo de otra en el
desarrollo de una misma revolución. El proceso revolucionario nunca es lineal,
sino zigzagueante y se efectúa por etapas, en oleadas y a
través de saltos. En todo esto influye enormemente la situación general del
capitalismo y la fuerza con que puede contar en un momento dado el movimiento
revolucionario, no sólo dentro del país, sino también a escala internacional,
lo que a su vez obliga al proletariado revolucionario a revisar su táctica:
bien para emprender una ofensiva o para replegarse ordenadamente en espera de
una situación más favorable que le permita proseguir su avance. Naturalmente,
esto exige que se mantenga firme en sus concepciones y principios
revolucionarios así como en las posiciones políticas que haya podido conquistar.

Es en estas condiciones, particularmente, cuando se debe poner cuidado
para no confundir el objetivo final de la lucha con los
objetivos que se pueden alcanzar para una determinada etapa del proceso
revolucionario. Estos otros objetivos pueden ser también estratégicos para
dicha etapa, lo que no quiere decir que no exista ninguna otra o que nos
debamos proponer marchar desde ella siempre en línea recta hasta el
objetivo final
, sin reparar en las nuevas circunstancias que, por otra
parte, sin ninguna duda, habrá que cambiar en uno u otro momento. De aceptar
esa concepción tan unilateral, estrecha, rígida, del proceso revolucionario
¿qué haríamos, por ejemplo, en una situación de receso generalizado del
movimiento o, como ha sucedido recientemente, cuando la revolución ha sufrido
una severa derrota en todo el mundo? ¿no habría que fijar como objetivo estratégico inmediato
la recomposición de las fuerzas revolucionarias? ¿no exigiría el cumplimiento
de esta tarea una etapa más o menos prolongada de trabajo orientado según la
táctica definida por Marx y Lenin para los periodos llamados pacíficos,
en los que el movimiento marcha a paso de tortuga? La etapa que
siguió a la terminación de la guerra antifascista y revolucionaria de 1936-39
en España, no obstante el corto periodo de la guerrilla, tuvo ese carácter de repliegue y
de reposición de fuerzas, pero en lugar de eso lo que se produjo, por
influencia revisionista, fue una verdadera liquidación del Partido y el
movimiento, lo que ha hecho mucho más difícil y prolongada esa labor. Pero
incluso en una situación de ascenso revolucionario ¿se puede saltar por encima
de la fase preparatoria, del nivel de conciencia de las amplias masas del
pueblo y pasar de un día para otro, del régimen burgués al socialismo? ¿se puede
plantear la implantación de la dictadura del proletariado desde la situación
del régimen capitalista sin que medie un periodo de lucha política que permita
capacitar a las masas en el democratismo más consecuente, que las lleve a
comprender la necesidad del socialismo y que las prepare realmente, en base a
sus propias experiencias, para ejercer el poder?

Tomemos el ejemplo de la revolución rusa de 1917, que es el que mejor
puede servirnos para poner en claro este problema de las etapas que hemos
encuadrado en la categoría de la estrategia entre comillas, es
decir, en el concepto de la estrategia considerada dentro de las distintas
etapas, fases o periodos por los que necesariamente atraviesa todo proceso
revolucionario.

III

El hecho de que la revolución rusa, como la definiera Lenin desde un
principio, tuviera un carácter democrático-burgués, no socialista, no invalidó
la estrategia proletaria orientada al derrocamiento de la burguesía y al
establecimiento del poder obrero; tan sólo obligaba a adoptar una táctica
acorde con la correlación de las fuerzas sociales en presencia que les
permitiera aproximarse al objetivo y capacitar al mismo tiempo al proletariado para
resolver prácticamente las grandes tareas en los grandes días que concentran en
sí veinte años
. Sobre este particular, Lenin ya había mostrado la
imposibilidad de que la burguesía rusa pudiera llevar hasta el fin la
revolución democrática así como su inclinación al compromiso con la reacción,
lo que ofrecía a la clase obrera la posibilidad de encabezar y dirigir la
revolución democrática y de llevarla hasta sus últimas consecuencias, es decir,
hasta su transformación en revolución socialista. La democracia tiene
una enorme importancia en la lucha de la clase obrera contra los capitalistas
por su liberación
, escribió Lenin. Y continuaba:

Pero la democracia no es, en modo alguno, un
límite insuperable, sino solamente una de las etapas en el camino del
feudalismo al capitalismo y del capitalismo al comunismo […]

La democracia es una forma de Estado, una de
las variedades del Estado. Y consiguientemente, representa, como todo Estado,
la aplicación organizada y sistemática de la violencia sobre los hombres. Esto,
por una parte. Por la otra, la democracia significa el reconocimiento formal de
la igualdad entre los ciudadanos, el derecho igual de todos a determinar el
régimen del Estado y a gobernar el Estado. Y esto, a su vez, se halla
relacionado con que, al llegar a cierto grado de desarrollo de la democracia,
ésta, en primer lugar, cohesiona al proletariado, la clase revolucionaria
frente al capitalismo, y le da la posibilidad de destruir, de hacer añicos, de
barrer de la faz de la tierra la máquina del Estado burgués y de sustituirla
por una máquina más democrática, pero todavía estatal, bajo la forma de las
masas obreras armadas, como paso previo hacia la participación de todo el
pueblo en las milicias.

Aquí la cantidad se transforma en calidad;
este grado de democratismo se sale ya del marco de la sociedad burguesa, es ya
el comienzo de su reestructuración socialista (6).

Esa es la verdadera concepción del marxismo-leninismo acerca de la
táctica de la revolución proletaria en relación con la democracia. De ahí que
Lenin no previera una etapa prolongada de revolución democrático-burguesa y
concibiera el proceso revolucionario de Rusia de manera diferente a como se
había dado en los países de Occidente, pero no de manera distinta a como la
concibiera Marx en su tesis sobre la revolución permanente; que,
por cierto, nada tiene que ver con la concepción trotskista. Fue este mismo
planteamiento lo que le llevó a formular la táctica del gobierno
obrero-campesino como un tipo especial de alianza de clases revolucionaria
dirigida por el proletariado y cuyo fin no era otro que el establecimiento de
la dictadura proletaria. Este programa, como es sabido, se cumplió en la
práctica antes incluso de lo que se esperaba. A ello contribuyeron una serie de
circunstancias como la guerra imperialista, la bancarrota del Estado zarista y
el hecho de que los obreros y campesinos se hallaban armados. Sobre esta base
surgieron los Soviets, las organizaciones políticas de masas que habrían de
desempeñar tan importante papel en el desarrollo de los acontecimientos.

¿Qué deben hacer los Soviets de diputados obreros?, pregunta Lenin entonces, y he aquí su
respuesta: Deben ser considerados como órganos de la insurrección; como
órganos del poder revolucionario 
[…] necesitamos un poder
revolucionario, necesitamos (para cierto periodo de transición) de un Estado
[…] pero
no como el que necesita la burguesía -con los órganos de poder en forma de
policía, ejército, burocracia- separados del pueblo y en contra de él. Todas
las revoluciones burguesas se han limitado a perfeccionar esta máquina del
Estado, a hacer pasar esa máquina de manos de un partido a las del otro. Si se
quiere salvaguardar las conquistas de la presente revolución y seguir adelante,
si se quiere conquistar la paz, el pan y la libertad, el proletariado debe,
empleando la palabra de Marx, ‘demoler’ esa máquina del Estado ‘ya hecha’ y
sustituirla por otra nueva, fundiendo la policía, el ejército y la burocracia
con todo el pueblo en armas
 (7).

Repárese en que en este largo pasaje que acabamos de citar, Lenin se está
refiriendo a la necesidad del Estado para cierto periodo de transición y
no para una etapa política cualquiera; es decir, se está refiriendo al Estado
de la dictadura revolucionaria del proletariado y no, como podría parecer a
simple vista, a un gobierno provisional nacido de una alianza de clases. Esta
alianza existió durante un corto periodo y desempeñó el papel de dictadura
democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos, pero no llegó a
constituirse en Estado. Su función principal consistió en facilitar el
establecimiento de ese nuevo Estado que estaba surgiendo y que en aquellas
circunstancias sólo podía ser ya el Estado de la dictadura del proletariado.

La dictadura revolucionaria-democrática del proletariado y de los
campesinos ya se ha realizado en la revolución Rusa (en cierta forma y hasta
cierto grado); puesto que esta fórmula sólo prevé una correlación de clases y
no una institución política concreta llamada a realizar esta correlación, esta
colaboración
 (8).
Es en ese momento cuando la cantidad se transforma en calidad,
cuando el grado de democratismo se sale ya del marco de la sociedad
burguesa, es ya el comienzo de su reestructuración socialista
. Este
fenómeno que describe Lenin se produjo durante el periodo de la dualidad
de poderes
 que marca la existencia de la dictadura
democrático-revolucionaria de los obreros y campesinos, representados en los
Soviets, y el gobierno provisional contrarrevolucionario burgués, el cual
habría de dar paso, tras la insurrección de Octubre, al poder único de los
Soviets en los que los representantes de los obreros obtendrían la mayoría que
les permitió ejercer el poder sin compartirlo con ninguna otra clase. Así
nacería el nuevo Estado, la nueva institución política en la que se funden
la policía, el ejército y la burocracia con todo el pueblo en armas
.

Lenin explica, en el mismo texto que hemos citado más arriba, en contra
de los que le acusaban de putchismo y de los que conciben como un
juego
 la toma del poder, la absoluta necesidad de ganar a las masas
así como la actividad que a tal fin desplegaron los bolcheviques en vísperas de
la insurrección:

En mis tesis -se refiere a las Tesis de
Abril- me aseguré completamente contra todo salto por encima del movimiento
campesino o, en general, pequeñoburgués, que no ha culminado, contra todo juego
a la ‘toma del Poder’ por parte de un gobierno obrero, contra cualquier
aventura blanquista, puesto que me refería directamente a la experiencia de la
Comuna de París. Como se sabe, y como indicaron detalladamente Marx en 1871 y
Engels en 1891, esta experiencia excluía totalmente al blanquismo, asegurando
completamente el dominio directo, inmediato e incondicional de la mayoría y la
actividad de las masas sólo en la medida en que la propia mayoría actuase
conscientemente.

En las tesis reduje la cuestión, con plena
claridad, a la lucha por la influencia dentro de los soviets de diputados y
obreros, jornaleros, campesinos y soldados. Para no dejar ni sombra de duda al
respecto, subrayé dos veces, en las tesis, la necesidad de un trabajo de
paciente e insistente ‘explicación’, que se adapte a las necesidades prácticas
de las masas (9).

Ahí aparece expuesta, en líneas generales, la táctica bolchevique para el
tránsito de la democracia más consecuente al establecimiento del gobierno
obrero con el que culmina el proceso revolucionario anterior, tras una etapa de
acumulación de fuerzas y de preparación de las mismas para ejercer el poder. El
que este proceso se diera en un país y en unas circunstancias particulares, que
puede que no se repitan, no resta validez a esa táctica, sobre todo, en lo que
se refiere a su aspecto estratégico, a la necesidad de observar las
etapas o fases por las que atraviesa todo el proceso. Esto resulta importante a
la hora de determinar las consignas u objetivos políticos que corresponden a
cada una de esas etapas, especialmente en lo que se refiere a la preparación
política de las masas.

¿Puede, acaso, considerarse que el partido debe asumir la iniciativa y la
dirección en la organización de las acciones decisivas de las masas 
-escribe Stalin-basándose sólo en que su
política es, en general, acertada, si esta política no goza aún de la confianza
y del apoyo de la clase, a causa, pongamos por ejemplo, del atraso político de
ésta, si el partido no ha logrado convencer aún a la clase de lo acertado de su
política, a causa, pongamos por ejemplo, de que los acontecimientos no estén
todavía lo suficientemente maduros? No, no puede. En tales casos, el partido,
si quiere ser el verdadero dirigente, debe saber esperar, debe convencer a las
masas de lo acertado de su política, debe ayudar a las masas a persuadirse por
experiencia propia de lo acertado de su política
(10). Stalin abunda
en esta idea fundamental de la táctica comunista en la que venimos insistiendo
recordando algunos pasajes de las obras de Lenin que no dejan lugar a ninguna
duda sobre este aspecto: Si no se produce un cambio en la opinión de la
mayoría de la clase obrera, la revolución es imposible, y ese cambio se
consigue a través de la experiencia política de las masas
 […] La
vanguardia proletaria está conquistada ideológicamente. Esto es lo principal.
Sin ello es imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el triunfo. Pero de
esto al triunfo hay todavía un buen trecho. Con la vanguardia sola es imposible
triunfar. Lanzar sola a la vanguardia a la batalla decisiva, cuando toda la
clase, cuando las grandes masas no han adoptado aún una posición de apoyo
directo a esta vanguardia, o al menos de neutralidad benévola con respecto a
ella… sería no sólo una estupidez, sino, además, un crimen. Y para que
realmente toda la clase, para que realmente las grandes masas de los
trabajadores y de los oprimidos por el capital lleguen a ocupar esa posición,
la propaganda y la agitación, solas, son insuficientes. Para ello se precisa la
propia experiencia política de las masas
 (11).

IV

En España, como señala el proyecto de Programa de nuestro Partido,
no existe ninguna etapa revolucionaria intermedia, ningún peldaño
de la escalera histórica anterior a la revolución socialista
. El desarrollo
industrial, la transformación capitalista del campo, etc., la entrada, en suma,
del capitalismo en la fase monopolista, imperialista, última de su desarrollo,
ha terminado hace ya tiempo con los remanentes del régimen semifeudal y ha
creado las bases económicas y sociales que hacen posible y necesario el paso al
socialismo. Por consiguiente, el objetivo estratégico que persigue el
partido es la expropiación de la oligarquía financiero-terrateniente, la
demolición del Estado fascista e imperialista y la implantación de la República
Popular
. Como vemos, aquí queda claramente establecido que en España no
queda más revolución pendiente que la socialista, y en consonancia con ese
objetivo estratégico se avanzan algunas de las medidas que van a permitir
acercarnos a ese periodo de comienzo de la reestructuración socialista.
Para ese comienzo, no pueden ser lanzadas consignas netamente socialistas,
tales como poder obrero o dictadura del proletariado, que ni
serían comprendidas ni aceptadas por las grandes masas. A esa etapa
corresponden consignas de carácter democrático-revolucionario que pueden ser
compartidas por amplios sectores de la población, no sólo por el proletariado,
aunque, ciertamente, sólo la clase obrera está interesada y luchará por llevarlas
a cabo de manera consecuente hasta el final, es decir, hasta propiciar el salto
de la cantidad de democracia a la nueva cualidad socialista una vez que se
han creado todas las condiciones para ello, para que ese salto sea realmente
revolucionario, encuentre una sólida base de masas, y no sea un salto en el
vacío.

Aquí cabe preguntar: ¿cuál va a ser el contenido de clase de esa República
Popular
 que habrá de ser construida sobre los escombros del viejo
Estado de la reacción?, ¿puede ser confundida con una república
democrático-burguesa?, ¿acaso un Estado socialista no puede adoptar una forma
republicana, o puede no ser popular y democrático? No entraremos a considerar
la posibilidad de que hoy día, bajo el capitalismo monopolista de Estado, se
pueda retroceder en la historia hacia la restauración de un Estado de
democracia burguesa, ya que éste es un absurdo teórico que
muchas veces ha sido rebatido por nosotros. Centremos la atención en el
concepto de lo popular así como en el análisis de clase que
sirve de base a nuestra posición política.

Según la concepción marxista, ese concepto designa a las clases y capas
sociales que en un momento dado pueden estar, objetivamente, interesadas en
luchar unidas por sus intereses comunes. Sin embargo, esa coincidencia momentánea
no ha de llevarnos a perder de vista las contradicciones y las luchas de
intereses distintos, y hasta contrapuestos, que se dan en el seno del pueblo.
Cuando, por causas que no vienen al caso exponer aquí, dichas contradicciones
se agravan y se hacen antagónicas y un sector de la población se pasa al campo
del enemigo, de la contrarrevolución, deja automáticamente de pertenecer al
pueblo, por lo que éste deberá ejercer la dictadura sobre dicho sector. La
dictadura no se aplica jamás contra las masas populares que defienden la
revolución, es decir, contra el pueblo, por la sencilla razón de que son éstas,
precisamente, las que sostienen al nuevo poder.

En general, se puede decir que en España no existe una burguesía nacionalpopular o
democrática que esté interesada en un cambio profundo de la sociedad. Esto se
debe al hecho de que las transformaciones económicas y sociales
correspondientes a la revolución burguesa hace tiempo que han sido realizadas
por el capital monopolista. Quedan aún por resolver algunos problemas como, por
ejemplo, los relacionados con la opresión de las nacionalidades y otros de
carácter superestructurales (culturales, etc.), pero tales problemas que aún
están por resolver no hacen de la burguesía española, en ninguna de las naciones
que componen el Estado, una clase revolucionaria. De manera que ya
sólo quedan, junto a esos remanentes de la revolución burguesa, algunas capas
de la pequeña burguesía en rápido proceso de proletarización, especialmente en
el campo. El proyecto de Programa del Partido resume esta cuestión de
la estrategia y la táctica como sigue: Entre esos sectores, los más
próximos al proletariado son los semiproletarios y pequeños campesinos cargados
de deudas por los bancos. En la perspectiva de sus intereses futuros, todos
esos sectores están objetivamente interesados en la revolución socialista,
aunque vacilan (oscilan) continuamente entre las posiciones consecuentemente
democráticas y revolucionarias del proletariado y el reformismo burgués
.

Pues bien, es de suponer que, con la instauración de la República y la
nueva etapa del proceso revolucionario a que dará lugar, se producirá una
polarización política dentro del pueblo. Con la aplicación de esas medidas de
carácter democrático-revolucionario se abre un periodo de lucha política que
sólo podrá conducir, en un corto espacio de tiempo (aunque éste dependerá de la
correlación de las fuerzas en pugna) a la instauración de un gobierno obrero
apoyado en las grandes masas armadas del pueblo trabajador, el cual habrá de
proseguir las transformaciones económico-sociales, políticas, culturales, etc.
De esta manera se habrá consumado el salto, se habrá establecido la
dictadura proletaria sobre los enemigos de las conquistas populares y éstas
podrán seguir adelante profundizando en esas conquistas bajo la
dirección de la clase obrera en el poder.

En el proyecto de Programa, este proceso que hemos descrito queda
explicado de la forma que sigue: Con la instauración de la República
Popular se inicia el periodo que va desde el derrocamiento del Estado burgués a
la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado y que marca una
corta etapa de transición política, la cual habrá de estar presidida por un
gobierno provisional que actúe como órgano de las amplias masas del pueblo
alzado en armas
. Entre las medidas que se proponen en el proyecto de Programa del
Partido para que sean aplicadas inmediatamente por el Gobierno provisional, hay
algunas que no dejan ni la menor sombra de duda respecto de su carácter
verdaderamente democrático y revolucionario: Creación de consejos
obreros y populares como base del nuevo poder; disolución de los cuerpos
represivos de la reacción y armamento general del pueblo; nacionalización de la
banca, de las grandes propiedades agropecuarias, de los monopolios industriales
y comerciales y de los principales medios de comunicación
. El proyecto de Programa del
Partido explica, además, que sólo un gobierno revolucionario formado
por los representantes de las organizaciones populares, que actúe como órgano
de la insurrección popular victoriosa, poseerá la fuerza y la autoridad
necesarias para organizar las elecciones a una asamblea (constituyente) de
representantes del pueblo. El nuevo gobierno llevará a cabo la demolición
completa de la vieja máquina estatal de la burguesía, arrasará desde los
cimientos los pilares sobre los que se asienta la dominación y los privilegios
del capital (pues ésta es la condición primera de toda revolución
verdaderamente democrática y popular) y emprenderá inmediatamente las
transformaciones económicas y sociales necesarias, facilitando así el
establecimiento del poder popular y, dentro de él, la hegemonía política del
proletariado
.

Vemos, pues, que el gobierno provisional y todas las medidas que habrá de
tomar obedecen a una necesidad, la que corresponde a esa corta etapa de
transición
que deberá permitir el establecimiento de la dictadura
proletaria. Para ello contará con el apoyo y la participación activa de todos
los trabajadores dirigidos por su vanguardia y organizados en sus partidos,
sindicatos, milicia, etc. De ahí que se pueda asegurar que ese gobierno será
democrático, mil veces más democrático que cualquier gobierno burgués y, aunque
no constituirá todavía un Estado, en el sentido estricto, institucional,
de este concepto, deberá proceder dictatorialmente contra la reacción y arrasar con
todos los privilegios, siendo legitimado para ello por la nueva correlación
de clase
 surgida de la revolución.

Este periodo a que se refiere el texto citado y que se inicia tras el
derrocamiento del Estado fascista y monopolista no puede ser confundido, por
tanto, con una etapa de revolución democrático-burguesa, ni siquiera de nuevo
tipo
, puesto que el poder económico y político en que basa la burguesía su
dominación, ha sido (o está siendo) demolido, lo que quiere decir que debemos
inscribirlo dentro de la táctica destinada a alcanzar el objetivo final de la
revolución. Esta táctica, aparte de cubrir las necesidades políticas,
organizativas, etc., que ya hemos referido, correspondientes a ese periodo de
transición, se basa en la consideración de que existen sectores populares,
además de la clase obrera (tales como los pequeños campesinos, los
semiproletarios y los pueblos oprimidos de las nacionalidades) que están
también interesados y pueden tomar parte activa en la lucha por el
derrocamiento del Estado fascista e imperialista u observar una posición de
neutralidad. La táctica del Partido busca atraerlos al lado del
proletariado, al objeto de derrocar por la fuerza a la oligarquía financiera y
terrateniente, ganar a la pequeña burguesía o tratar de neutralizarla
. A
continuación de este párrafo, el proyecto de Programa hace hincapié
en la idea que ya hemos explicado: El Partido no se puede proponer
conducir directamente a la clase obrera, desde la situación presente, a la toma
del poder. Para eso son necesarias determinadas condiciones interiores y
exteriores, una potente organización y abundantes experiencias políticas, tanto
por parte de las masas como del propio Partido. Todo esto habrá de aparecer o
se irá creando en el curso de la lucha revolucionaria y en el proceso mismo de
derrocamiento del régimen capitalista
.

En todo este proceso, la lucha política por el poder se destaca como la
cuestión más importante, verdaderamente decisiva, y toda la labor y la táctica
del Partido no tienen otro objeto o finalidad más que preparar las condiciones
que permitan a la clase obrera aproximarse y acceder, finalmente, al poder.
Para ello se deberán tener en cuenta las condiciones tanto generales (internas
y exteriores) como las concretas de cada situación o periodo por el que
atraviesa el movimiento. No hacerlo así sólo puede ocasionar fracasos y reveses
y hacer, por consiguiente, mucho más lenta y costosa la marcha.

Es en esa perspectiva de lucha por el poder, y ateniéndonos en todo
momento a las condiciones políticas imperantes, a la correlación de fuerzas, al
grado de conciencia política y combatividad de las masas, etc., donde se debe
situar la lucha de resistencia frente al fascismo, el capitalismo y el
imperialismo y por la obtención de verdaderas mejoras económicas, sociales y
políticas de carácter democrático para las masas populares. El Partido plantea
la lucha por esas reivindicaciones, tales como las libertades políticas, de
expresión, asociación y manifestación, los derechos sindicales y sociales de
los trabajadores, el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas por
el Estado español, la amnistía para los presos y exiliados políticos, etc.,
como parte de su táctica orientada a poner aún más al descubierto y aislar al
régimen fascista y ofrecer un programa de lucha común que permita la unidad o
el reagrupamiento de las fuerzas populares. A tal fin habrá de contribuir
también la lucha armada de resistencia, así como el boicot activo y sistemático
a los partidos, sindicatos y mascaradas electorales organizadas por el régimen.
Estos son, en resumen, los objetivos, las tareas, el programa y las
consignas que corresponden a este momento, y el Partido debe luchar por ellos
con firmeza y ahínco, en la seguridad de que están en el camino justo.
Notas:

(1) Lenin: Apéndice III del libro Quiénes son los amigos del pueblo
y cómo luchan contra los socialdemócratas
.


(2) Lenin: Tres fuentes y tres partes integrantes
del marxismo
.
(3) Lenin: Carlos Marx.
(4) Lenin: Marxismo y revisionismo.
(5) Lenin: Carlos Marx.
(6) Lenin: El Estado y la revolución.
(7) Lenin: Tesis de Abril, 29 (11) de Marzo
de 1917.
(8) Lenin: Cartas sobre táctica.
(9) Lenin: Cartas sobre táctica.
(10) Stalin: Cuestiones del Leninismo.
(11) Lenin: Obras completas, tomo XXV;
citado por Stalin en Cuestiones del Leninismo.

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