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Día: 26 de enero de 2013 (página 1 de 1)

Biografía de Marx (Parte 10)

En las luchas
revolucionarias
El marxismo se formó y desarrolló como ciencia
indisolublemente ligado a la práctica revolucionaria. Marx y Engels no
sólo enseñaban a las masas, sino que también aprendían de ellas. Contribuyeron
singularmente al auge del marxismo los períodos revolucionarios, los períodos
de desbordante y fecunda actividad histórica de las masas, los momentos
cruciales, los más importantes y decisivos en la historia de la sociedad.
La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió
con la revolución democrático-burguesa de febrero en Francia, que tuvo
repercusiones en otros países de Europa. Asustado por el incremento del movimiento
revolucionario, el Gobierno belga detuvo a Marx y lo expulsó del país. Marx se
trasladó entonces a París para participar allí en la lucha revolucionaria. A su
llegada a París, Marx facultado por los comités de Londres y Bruselas, procedió
a reorganizar el Comité Central de la Liga de los Comunistas, siendo elegido su
presidente. Formaron parte de éste, además de Marx y de Engels, K. Schapper, G.
Bauer, J. Moll y W. Wolff.
Marx y sus partidarios se manifestaron resueltamente contra
el poeta alemán Herwegh, que había formado en París una legión armada alemana
para invadir Alemania y llevar a este país, desde Francia, las llamas de la
revolución. Oponiéndose a esta aventura, a esta exportación de la
revolución
, Marx exhortaba a los obreros, comprendidos los militantes de la
Liga de los Comunistas, a regresar individualmente a Alemania con el fin de
organizar allí a las masas para la lucha revolucionaria.
Al comenzar la revolución en Alemania, Marx y Engels redactaron
marzo de 1848 un documento de gran importancia: Reivindicaciones del
Partido Comunista en Alemania
, aprobadas por el nuevo Comité Central de la
Liga y difundidas luego en todo el país. Este documento resumía las principales
tareas de la revolución en Alemania: la instauración de una república
democrática única; el establecimiento del sufragio universal; el armamento
general del pueblo; la abolición de todas las cargas feudales; la
nacionalización de las fincas de los príncipes y demás posesiones señoriales;
la nacionalización de las minas, ferrocarriles y demás medios de transporte; la
implantación del impuesto de utilidades progresivo; la separación de la Iglesia
del Estado, etc. La realización de la plataforma política de la Liga de los
Comunistas debía llevar a la eliminación del fraccionamiento político y
económico de Alemania, dividida en 38 Estados, grandes, pequeños y minúsculos,
a la supresión radical de todos los vestigios feudales, al triunfo de la
revolución democrático-burguesa y a la creación de condiciones más favorables
para la lucha del proletariado por el socialismo.
A principios de abril de 1848, Marx, Engels y sus
correligionarios más cercanos abandonaron París y se trasladaron a Alemania,
donde había estallado la revolución. Se quedaron en Colonia, centro de la
provincia del Rin, una de las regiones avanzadas de Alemania, donde había
bastantes obreros y cuya legislación vigente ofrecía mayores posibilidades para
la prensa, para realizar el plan de Marx: la edición de un gran diario
revolucionario.
A la par que preparaba la publicación del periódico, Marx
realizaba una enérgica labor política de partido. Ya estando en París, él, por
mediación de los militantes de la Liga de los Comunistas residentes en
Maguncia, había dado los primeros pasos para centralizar las sociedades obreras
y agrupar al proletariado alemán en una organización política de masas. Después
de su llegada a Colonia, varios militantes de la Liga fueron enviados en
calidad de emisarios para que organizasen comunas de la Liga y sociedades
obreras legales. Sin embargo, la organización de comunas tropezó con enormes
dificultades. En Alemania, fraccionada políticamente y atrasada desde el punto
de vista económico, donde la gran industria estaba aún en embrión y predominaba
la artesanía, la clase obrera era todavía demasiado débil, no estaba organizada
y carecía del desarrollo político necesario. Debido a la falta de condiciones
favorables para formar en aquel período el partido obrero, los representantes
de vanguardia del proletariado, encabezados por Marx y Engels, para no
verse convertidos en una secta, únicamente podían actuar en política como ala
izquierda, proletaria, del partido democrático. Por eso, Marx y Engels consideraban
que en aquel período era admisible la colaboración de los comunistas con los
demócratas pequeño-burgueses en el seno de una sola organización, criticando,
no obstante, su inconsecuencia y sus constantes vacilaciones. Marx y Engels exigían
que los comunistas, como combatientes de vanguardia del campo democrático, no
olvidasen, ni por un instante, las tareas particulares del proletariado, para
el que la revolución democrático-burguesa no era sino una etapa imprescindible
de la lucha, y no la meta final. La bandera de la Nueva Gaceta Renana,
fundada por Marx y Engels, era la bandera de la democracia, pero de una
democracia que destacaba siempre, en cada caso concreto, su carácter
específicamente proletario. Ateniéndose a esta táctica, Marx recomendó a los
miembros de la Liga de los Comunistas y a las organizaciones obreras por ellos
dirigidas que ingresaran en las sociedades democráticas que iban surgiendo en
Alemania. El mismo Marx ingresó en la Sociedad Democrática de Colonia y fue
elegido miembro del Comité Provincial Provisional de las sociedades
democráticas de Renania y Westfalia. Simultáneamente, Marx orientaba a sus
partidarios a organizar sociedades obreras y educar políticamente al
proletariado, a crear las condiciones para la formación de un partido
proletario.
El 1 de junio de 1848 empezó a publicarse la Nueva
Gaceta Renana
, con el subtítulo de órgano de la democracia.
Componían la redacción Carlos Marx (redactor-jefe), Federico Engels, H.
Bürgers, E. Dronke, G. Weerth, F. Wolff y W. Wolff. Mediante el periódico, Marx
y los demás miembros de la redacción dirigían políticamente las actividades de
los militantes de la Liga de los Comunistas, diseminados por toda Alemania.
Después de los sucesos de marzo en Alemania la pervivencia de la Liga como
organización secreta había perdido todo sentido. La Nueva Gaceta Renana no
tardó en hacerse muy popular no sólo en Alemania, sino también en el
extranjero. En sus páginas, Marx y Engels analizaban los
acontecimientos más importantes de los borrascosos años de 1848 y 1849 y daban
consignas de lucha, orientando a las masas al logro de los principales
objetivos de la revolución. El periódico defendía, con gran energía y valor sin
precedente, los intereses de las masas populares, que luchaban en las calles de
París y de Viena, en las ciudades y aldeas de Alemania y Francia, de Italia y
Hungría, de Bohemia y Polonia. La Nueva Gaceta Renana no sólo
se titulaba con perfecto derecho órgano de la democracia alemana, sino también
de la europea.
Marx y Engels consideraban que la tarea primordial
de la Nueva Gaceta Renana en Alemania consistía en luchar
infatigablemente para disipar las ilusiones muy difundirlas entre el pueblo, de
que la revolución había culminado con las batallas de marzo y lo único que
quedaba por hacer era gozar de sus frutos. El periódico explicaba cada día a
las masas que las luchas decisivas estaban por venir y fustigaba colérica y
apasionadamente la política traidora de la burguesía alemana, que después de
las jornadas de marzo había empuñado el timón del gobierno orientándose hacia
un entendimiento con la reacción feudal y absolutista de Prusia. Marx y Engels desenmascararon
la traición de la burguesía a los campesinos, al renunciar ésta a abolir sin
indemnización las cargas feudales, y su política de opresión de otros pueblos.
Todos los pueblos que se alzaban en defensa de una causa progresista,
democrática, encontraban en la Nueva Gaceta Renana su fiel más
ardiente defensora.
La Nueva Gaceta Renana denunciaba con
mordaz ironía el cretinismo parlamentario de los diputados de las asambleas
nacionales de Berlín y de Francfort, que, en vez de pasar a acciones
revolucionarias, audaces y decisivas, se entregaban a discusiones vacías.
Marx estimaba que la premisa esencial para el triunfo
efectivo y completo de la revolución era la implantación de la dictadura
revolucionaria del proletariado: Toda estructura provisional del Estado
después de la revolución exige una dictadura, una dictadura enérgica
. Marx
exhortaba al pueblo a que ajustase las cuentas con severidad a los enemigos de
la revolución, que reagrupaban sus fuerzas con el fin de hacer girar hacia
atrás la rueda de la historia. Asignaba al proletariado un papel especialmente
importante en la lucha revolucionaria y laboraba para que la clase obrera de
Alemania se convirtiese en el destacamento más consecuente y decidido de todo
el campo democrático. Marx censuraba la posición sectaria, ultraizquierdista
por su forma y oportunista por su contenido, del socialista auténtico Andreas
Gottschalk, presidente de la Sociedad Obrera de Colonia, y la política
reformista, mezquina, de Stephan Born, dirigente de la Sociedad Obrera de
Berlín, y más tarde de la Fraternidad Obrera, porque, con su táctica errónea,
apartaban a los obreros de la lucha por el logro de los principales objetivos
de la revolución democrático-burguesa.
El carácter proletario de la Nueva Gaceta Renana,
se manifestó con singular brillantez con motivo de la insurrección de junio de
1848 los obreros parisienses. Marx concedió una gran importancia histórica a
esta insurrección, viendo en ella la primera guerra civil entre el proletariado
y la burguesía. Glorificó el valor sin precedente de los insurrectos y
estigmatizó, lleno de indignación, la crueldad de la contrarrevolución
burguesa.
Después de la derrota del proletariado francés, cuando la
contrarrevolución levantó cabeza también en otros países de Europa, Marx
y Engels trabajaron enérgicamente para movilizar a las masas. Marx tomó
parte activa en el Congreso provincial de las sociedades democráticas del Rin,
celebrado en Colonia en agosto de 1848. El Congreso confirmó unánimemente en
sus funciones al Comité provincial anteriormente elegido, uno de cuyos
dirigentes era Marx.
A finales de agosto, Marx hizo un viaje a Berlín y a Viena
para establecer contacto con obreros avanzados y demócratas de izquierda, a fin
de impulsarlos a luchar contra las monarquías prusiana y austríaca. Marx se
proponía asimismo colectar dinero para la Nueva Gaceta Renana, a la
que, por haber salido en defensa de los insurrectos de junio, habían abandonado
los últimos accionistas. En Viena, Marx conferenció con los dirigentes de las
organizaciones democráticas y obreras de Austria. Además, participó en una
reunión de la Sociedad Democrática de Viena e hizo en la Sociedad Obrera dos
informes: uno sobre las relaciones sociales en la Europa Occidental y otro
sobre el trabajo asalariado y el capital.
A su regreso a Colonia, Marx, así como los demás miembros de
la redacción, puso todo su empeño en organizar a las masas populares para que
pudieran rechazar las embestidas de la contrarrevolución. Ya antes de su
llegada, el 13 de septiembre de 1848, la Nueva Gaceta Renana convocó en la
Frankenplatz de Colonia una asamblea popular, en la que se eligió un Comité de
Seguridad, en el que entraron Marx y Engels. Entre los asistentes a la
asamblea se distribuyeron las Reivindicaciones del Partido Comunista en
Alemania. El 17 de septiembre se celebró en Woringen, cerca de Colonia, otra
asamblea de muchos miles de obreros y campesinos, convocada por la Nueva Gaceta
Renana y la Sociedad Obrera de Colonia. El 20 de septiembre, el Comité de
Seguridad de Colonia convocó una asamblea popular más con motivo del
levantamiento en Franckfort. El gobierno, preocupado por el impetuoso ascenso
del movimiento de las masas en Renania y por la enorme influencia que adquiría
la Nueva Gaceta Renana, concentró de antemano sus tropas en espera
de un pretexto para efectuar una sangrienta matanza. El 25 de septiembre fueron
detenidos, con fines de provocación, los más destacados dirigentes de los
obreros de Colonia. Apreciando con serenidad el momento, Marx y sus partidarios
lograron que la indignación de las masas no desembocara en una insurrección
prematura y aislada en la excelente fortaleza prusiana. Fracasada la
provocación, el Gobierno de Prusia declaró el 26 de septiembre el estado de guerra
en Colonia, desarmó y disolvió las milicias populares y suspendió varios
periódicos, empezando por la Nueva Gaceta Renana. Algunos miembros de la
redacción, y entre ellos Engels, tuvieron que abandonar la ciudad para
burlar a la policía, que tenía orden de detenerlos. Una amplia campaña de
protesta obligó al gobierno a levantar el 3 de octubre el estado de guerra. El
12 de octubre, la Nueva Gaceta Renana volvió a venderse en las
calles de Colonia. Marx tuvo que hacer grandes sacrificios materiales para
reanudar la publicación del periódico, invirtiendo en éste la herencia paterna
que acababa de recibir.
La ausencia de Engels hizo que Marx tuviera que
dedicar más tiempo a sus obligaciones de redactor. Consagraba también muchas
energías a la Sociedad Democrática y a la Sociedad Obrera. El Comité de la
Sociedad de Colonia, pidió a Marx que fuese su presidente, pues Moll, dirigente
de ésta, se había visto obligado a emigrar a Londres para evitar que le
detuviesen, y Schapper estaba en la cárcel. Al aceptar provisionalmente este cargo,
Marx, el 16 de octubre, pronunció un discurso en una reunión del Comité de la
Sociedad e informó a los obreros del desarrollo de la insurrección de Viena.
En su artículo La caída de Viena, escrito el 6 de noviembre
de 1848, demostró que la causa fundamental de la derrota de los insurrectos
había sido la traición de la burguesía. Denunciando los planes de la
contrarrevolución, Marx declaró que en Prusia se preparaba un golpe de Estado y
exhortó a las masas a emplear en la lucha contra la ofensiva de la
contrarrevolución los métodos más eficaces y decisivos.
Como Marx había previsto, la reacción prusiana, animada por
el triunfo de la contrarrevolución en Viena, decidió dar un golpe de Estado. El
9 de noviembre, el rey de Prusia firmó un decreto en virtud del cual la
Asamblea Nacional trasladaba su sede de Berlín a la pequeña ciudad provinciana
de Brandenburgo. Se veía claramente que preparaba la disolución de la Asamblea.
Debido a ello, Marx hizo un llamamiento a los diputados de la Asamblea para que
detuvieran a los ministros y pidieran ayuda al pueblo y a los soldados.
A fin de poner en movimiento a las masas populares, Marx
lanzó el 11 de noviembre la consigna de negarse a pagar los impuestos. Esto
hubiera minado la base financiera de la contrarrevolución y movilizado a las
masas populares para una activa resistencia a las autoridades. El 14 de
noviembre, el Comité Democrático Provincial, dirigido por Marx, exhortó a todas
sus organizaciones de la provincia del Rin a incitar a la población a negarse a
pagar los impuestos. Bajo la presión de las masas, la Asamblea Nacional votó el
15 de noviembre un decreto, sancionando la negativa al pago de los impuestos,
que debía entrar en vigor a partir del 17 de noviembre. Con este motivo, el
Comité Regional hizo el 18 de noviembre un segundo llamamiento, en el que se
lanzaban nuevas consignas: resistir en todas partes y por todos los medios a la
recaudación de los impuestos, organizar milicias populares para rechazar al
enemigo, y formar comités de seguridad. Marx, que era el alma del movimiento en
la provincia del Rin, desarrolló una gran actividad a fin de movilizar a las
masas para la lucha contra la ofensiva de la contrarrevolución. Pero la
Asamblea Nacional, que era la única que podía centralizar los focos diseminados
del movimiento, decidió limitarse a una resistencia pasiva, legal. Valiéndose
de ello, la contrarrevolución consumó el golpe de Estado, dando el 5 de
diciembre, el decreto de disolución de la Asamblea Nacional.
En su artículo La burguesía y la contrarrevolución de
diciembre de 1848, Marx hizo un análisis de las enseñanzas de la revolución de
marzo en Alemania y denunció la cobardía y la traición de la burguesía alemana.
Marx cifraba sus mayores esperanzas en el proletariado francés, que con su
revolución triunfante impulsaría de nuevo a la revolución en Europa. Marx veía
un peligro para la revolución europea no sólo en la Rusia zarista -entonces
principal baluarte de la reacción europea-, sino también en la Inglaterra
aristocrático-burguesa. Marx se equivocaba al pensar que en Francia se
avecinaba la revolución proletaria y exagerar la decrepitud del
capitalismo. Pero semejantes errores de los gigantes del pensamiento
revolucionario 
-escribió Lenin, refiriéndose a Marx y Engels- que
trataban de elevar y supieron elevar al proletariado del mundo entero por
encima de las tareas pequeñas, habituales, mezquinas, son mil veces más nobles,
más sublimes e históricamente más valiosos y veraces que la vil sabiduría del
liberalismo oficial
.
A medida que iba fortaleciéndose, la contrarrevolución
prusiana redoblaba las persecuciones contra Marx y la Nueva Gaceta
Renana
. Marx y Engels, que acababan de regresar de Suiza, tuvieron que
comparecer el 7 de febrero de 1849 ante un tribunal, acusados de injurias
a las autoridades
. Al día siguiente, Marx volvió a comparecer ante el
tribunal. Esta vez se le acusaba, al igual que a otros dirigentes del Comité
Democrático de la provincia del Rin, de haber exhortado al pueblo a que no
pagase los impuestos y de incitar a la rebelión. Lo mismo que el
día anterior, Marx no apareció ante el tribunal como acusado, sino como
acusador. El tribunal se vio obligado a emitir fallos absolutorios en los dos
procesos.
Al movilizar a las masas a combatir la ofensiva de la
contrarrevolución, la Nueva Gaceta Renana ponía cada vez más
de manifiesto su carácter verdaderamente proletario. A principios de abril,
Marx empezó a publicar en ella su obra Trabajo asalariado y capital. En esta
obra, uno de sus primeros trabajos de economía, investigó Marx las relaciones
económicas que constituyen la base material de la lucha de clase del
proletariado y de las masas trabajadoras en la sociedad capitalista y mostró
con gran nitidez la explotación capitalista y la depauperación absoluta y
relativa de la clase obrera bajo el capitalismo, conjugando magistralmente el
riguroso análisis científico de los complejos problemas de la Economía política
con una sencilla exposición, perfectamente comprensible para los obreros.
En relación con los cambios en la situación política y con
el aumento de la conciencia política de las masas obreras, en la primavera de
1849 cambió también la táctica de Marx y Engels. La experiencia política
adquirida por las masas obreras en las luchas revolucionarias y el hecho de que
los obreros avanzados se hubiesen apartado de la democracia pequeño-burguesa,
que se había desenmascarado a sí misma, y sus anhelos de unirse en escala
nacional, puestos de relieve en muchos congresos de las sociedades obreras de
distintas regiones de Alemania, permitían ya plantear prácticamente la tarea de
constituir una organización independiente del proletariado. A mediados de abril
de 1849, Marx y Engels, lo mismo que la Sociedad Obrera de Colonia,
dirigida por ellos, se salieron de la Sociedad Democrática, rompiendo
orgánicamente con la democracia pequeño-burguesa, para adherirse a la
organización nacional de los obreros, que se estaba formando, y convertirla en
un partido político, cuyo núcleo debían ser los comunistas. En la preparación
ideológica para crear ese partido desempeñó un gran papel la obra Trabajo
asalariado y capital, publicada en la Nueva Gaceta Renana. Carlos Marx y sus partidarios
procedieron a reforzar los vínculos que les unían con los miembros de la Liga
de los Comunistas dispersos por toda Alemania. A este fin, Marx hizo un viaje
por las ciudades de Westfalia y del Noroeste de Alemania, enviando emisarios al
Centro y al Este del país.
Sin embargo, a la sazón se libraban en Alemania las últimas
batallas entre las fuerzas de la revolución y las de la contrarrevolución. La
insurrección, en cuyas banderas estaba inscrita la consigna de defensa de la
constitución del Imperio aprobada por la Asamblea de Fráncfort, había estallado
a principios de mayo en Dresden, en varias ciudades de Renania y Westfalia, así
como en el Palatinado y Baden. Para ayudar a las masas populares alzadas en
armas, Marx y Engels trazaron un plan orientado a extender todavía
más la insurrección, a centralizar la dirección de la misma y a desplegar las
acciones revolucionarias con audacia y rapidez. Este plan tomaba en
consideración la perspectiva general de la lucha revolucionaria en Europa, el
nuevo ascenso de la revolución en Francia e Italia y la guerra revolucionaria
en Hungría. Sin embargo, los demócratas pequeño-burgueses que encabezaban la
insurrección demostraron una vez más que eran incapaces de acciones
revolucionarias decididas. Su cobardía y constantes vacilaciones permitieron a
las tropas prusianas aplastar, uno por uno, todos los focos de la insurrección.
Después de reprimir los dispersos focos de la insurrección
en Renania, la contrarrevolución, envalentonada, se ensañó con la Nueva
Gaceta Renana
. Pretextando que Marx había renunciado a la ciudadanía
prusiana en 1845, y, a su regreso a Alemania, en 1848 le había sido denegada la
petición de que se le reintegrara ésta, el Gobierno prusiano ordenó que fuese
deportado del país como extranjero, por haber infringido el
derecho de hospitalidad
. Contra los demás miembros de la redacción fueron
incoados inicuos procesos. De hecho, eso era el fin de la Nueva Gaceta
Renana
. El último número del periódico, correspondiente al 19 de mayo de
1849, apareció impreso en tinta roja. En él se publicó un mensaje de despedida
de la redacción A los obreros de Colonia. El mensaje terminaba así: Los
redactores de la Nueva Gaceta Renana se despiden de vosotros dándoos
las gracias por la simpatía que les habéis demostrado. Su última palabra será
siempre y en todas partes ésta: ¡Emancipación de la clase obrera!
Después de una breve estancia en Frankfort, Baden y el
Palatinado, Carlos Marx, que esperaba un nuevo ascenso de la revolución en
Francia, se trasladó a París. En el Palatinado, Engels se alistó en
el destacamento voluntario de Willich y tomó parte en cuatro batallas contra
las fuerzas de la contrarrevolución.
En París, Marx restableció y amplió sus relaciones con los
demócratas franceses y las asociaciones obreras. Cuando fracasó el levantamiento
de los demócratas pequeño-burgueses el 13 de junio de 1849, el Gobierno francés
expulsó de París a Marx, quien, el 24 de agosto, se trasladó a Londres, adonde
poco después llegaban Engels y otros miembros del Comité Central de
la Liga. Así empezó el período londinense de la emigración de Marx que duró
hasta el fin de sus días.
La derrota de la revolución de 1848 se explica por las
particularidades de una época histórica, en que el carácter revolucionario de
la burguesía moría ya en Europa, mientras que el proletariado no estaba aún
maduro para tomar las riendas de la lucha.
Fue durante la revolución cuando se mostró con fuerza singular
el genio de Marx, su gran energía, su indomable voluntad, su abnegación y
apasionamiento de luchador revolucionario por la causa del proletariado, por
los intereses de todos los trabajadores y todos los oprimidos. Era la primera
vez en la historia que un dirigente revolucionario asentaba su política sobre
una base científica. Las revoluciones de 1848-1849 no sólo fueron la primera
prueba histórica del marxismo, sino también un potente manantial para su
desarrollo y enriquecimiento ulteriores.

Biografía de Marx (Parte 9)

La organización del partido obrero

En París Marx y Engels mantuvieron inicialmente un estrecho contacto con Proudhon pero pronto tuvo que pasar a la crítica porque éste se mantuvo siempre en el terreno de la teoría y la utopía, incapaz de avanzar más allá y adoptar posturas realmente revolucionarias. Algunas de las ideas originarias de Proudhon eran innovadoras e influyeron al comienzo sobre Marx y Engels, que en La sagrada familia hicieron una valoración positiva de ellas: Proudhon somete la base de la economía nacional, la propiedad privada al primer examen serio, absoluto, al mismo tiempo que científico. He aquí el gran progreso científico que ha realizado, un progreso que revoluciona la economía nacional y plantea, por primera vez, la posibilidad de una verdadera ciencia de la economía nacional. La obra de Proudhon ‘¿Qué es la propiedad?’, tiene para la economía nacional la misma importancia que la obra de Siéyès ‘¿Qué es el tercer estado?’, para la política moderna.
Pero Proudhon era por completo ajeno al proletariado. Sus tesis expresaban la ruina del artesanado y la pequeña burguesía. Sostuvieron también una lucha implacable contra las nebulosas concepciones idealistas, reformistas y pequeño-burguesas de Proudhon. En diciembre de 1846, Marx ya criticó a Proudhon en una larga carta a Paul Annenkov exponiendo concisamente su propia concepción materialista de la historia. El libro de Marx Miseria de la Filosofía responde a la Filosofía de la miseria de Proudhon, escrito en 1847, con una crítica detallada de sus concepciones.
Miseria de la Filosofía fue otro importante paso de Marx en la elaboración de los fundamentos teóricos del comunismo científico -el materialismo dialéctico y el materialismo histórico-, la primera exposición en letras de imprenta de sus tesis principales. En esta obra hizo Marx el balance de los primeros resultados de la revisión crítica de la economía política burguesa, revisión iniciada ya por él durante su estancia en París. Puso al descubierto el principal defecto de la economía política burguesa, que estimaba inmutables y eternas la sociedad capitalista y las leyes económicas a ella inherentes. Contrariamente a los economistas burgueses y a su acólito Proudhon, Marx consideraba las categorías de la economía política como una expresión teórica de las relaciones sociales, como categorías históricamente transitorias, llamadas a desaparecer con las condiciones que las habían engendrado. Al denunciar la inconsistencia de las recetas proudhonianas de mejoramiento del capitalismo. Marx demostró que la explotación, la miseria y las crisis acompañan necesariamente al capitalismo y sólo pueden ser suprimidas si se suprime el modo de producción capitalista. Concretando su idea de la misión histórica del proletariado, Marx destacó la enorme importancia de la lucha económica de los obreros y su ligazón indestructible con la lucha política, esbozando por vez primera la táctica de la lucha de clase del proletariado.
Tanto en la Miseria de la Filosofía como en las conferencias que dio para los obreros de Bruselas en diciembre de 1847 y que fueron publicadas por la Nueva Gaceta Renana en 1849, con el título Trabajo asalariado y capital, Marx formuló importantes tesis de su economía política. Fueron necesarios muchos años de investigación para desentrañar las claves de la economía de la sociedad capitalista, sintetizar la rica experiencia de la lucha de la clase obrera y dar a su doctrina económica un carácter acabado, rigurosamente científico.
La lucha de Marx y Engels contra el socialismo auténtico, contra la doctrina de Weitling, la de Proudhon y otras tendencias pequeño-burguesas contribuyó a que los obreros avanzados empezaran a comprender el comunismo científico.
Marx se encontraba inmerso en un proyecto de organización de nuevo tipo que agrupara a los comunistas y a los obreros de vanguardia de distintos países sobre la base de un programa revolucionario y una teoría científica. Contando con Engels, aspiraba a hacer su nueva teoría revolucionaria patrimonio de las masas obreras, a pertrechar al proletariado con la comprensión de los objetivos y los medios de la lucha. Entonces Bruselas ofrecía grandes comodidades a este respecto. Bélgica era como una estación intermedia entre Francia y Alemania. Los obreros e intelectuales alemanes que se dirigían a París pasaban habitualmente algunos días en Bruselas. Desde allí la literatura ilegal se repartía clandestinamente por toda Alemania. Entre los obreros residentes temporalmente en Bruselas algunos eran personas extraordinariamente inteligentes.
Desde que Marx comprendió que para transformar radicalmente el régimen social existente había que apoyarse en la clase obrera, en el proletariado, el cual, en su propia existencia, encuentra toda clase de estímulos para su lucha contra este régimen, se dirigió a los círculos obreros, esforzándose con Engels por penetrar en todos sus lugares de reunión, en todas las organizaciones donde se agrupaban. Porque ya entonces existían tales organizaciones, si bien dispersas y sometidas a la influencia de la burguesía.
Muchos historiadores no han reparado en el trabajo de organización de Marx, al cual presentan como un pensador de gabinete. No han captado el papel de Marx en cuanto organizador y, por tanto, no han examinado una de las facetas más interesantes de su fisonomía. Si no se conoce el papel que Marx desempeñó como inspirador del trabajo de organización de 1846 y 1847, es imposible comprender el que tuvo luego como organizador en 1848 y durante la época de la I Internacional.
Desde el fracaso de mayo de 1839, la Liga de los Justos había dejado de existir como organización central. Únicamente quedaron círculos aislados, organizados por antiguos miembros de la Liga de los Justos, uno de ellos en Londres.
Marx y Engels tuvieron que empezar desde cero. En Bruselas crearon la Sociedad de educación obrera, donde Marx dio unas conferencias sobre economía política a los obreros. Además de cierto número de intelectuales entre los cuales destacaban Guillermo Wolf (a quien Marx dedicó más tarde el primer tomo de El Capital) y Weidemeyer, se encontraban igualmente en Bruselas obreros como Stephan Born, Vallau, Seiler y otros.
Apoyándose en esta organización, Marx y Engels lograron estrechar sus relaciones con los círculos de Alemania, Londres, París, Suiza. Poco a poco, el número de militantes partidarios de las tesis de Marx y Engels aumentaba. Con el fin de agrupar a todos los elementos comunistas Marx concibió entonces un plan: transformar esta organización nacional puramente alemana en una organización internacional. Al principio era necesario crear en Bruselas, en París y en Londres un grupo, un núcleo de comunistas, que estuvieran completamente de acuerdo entre sí. Estos grupos tenían que designar comités encargados de mantener relaciones con otras organizaciones comunistas. De este modo se estrecharía la unión con otros países, y se prepararía el terreno para la unión internacional de estos comités. A propuesta de Marx, estos últimos se llamaron comités de correspondencia comunista. Algunos historiadores se han figurado que estos comités eran simples oficinas de corresponsales desde las que enviaban correspondencias litografiadas. O bien, como escribió Mehring en su último trabajo sobre Marx:

Al no tener su propio órgano, Marx y sus amigos, se esforzaban en llenar como les fuera posible esta laguna por medio de circulares impresas y litografiadas. Al mismo tiempo, intentaron asegurarse corresponsales regulares en los grandes centros donde vivían los comunistas. Existían oficinas de este tipo en Bruselas y Londres, y se proponían establecer una en París. Marx escribió a Proudhon pidiéndole su colaboración.

Sin embargo, basta leer la respuesta de Proudhon para ver que se trataba de una institución que no tenía nada que ver con una corresponsalía normal. Y, si recordamos que este intercambio de cartas tuvo lugar en 1846, tenemos que deducir que, mucho tiempo antes de que desde Londres propusieran a Marx que entrara en la Liga de los Justos ya desaparecida, en Londres, en Bruselas y en París, existían ya organizaciones cuya iniciativa emanaba, sin ningún género de dudas, de Marx.
Los comités de correspondencia tenían una larga tradición en el movimiento revolucionario europeo, habiendo surgido de las filas de la propia burguesía revolucionaria. En 1792 por Thomas Hardy había fundado la sociedad londinense de correspondencia; cuando al Club de los jacobinos le prohibieron organizar secciones en las provincias, también organizaron comités de correspondencia. Es el mismo proyecto que luego Lenin puso en funcionamiento en Rusia con el periódico Iskra como método de organización. Al fundar sus sociedades, Marx también tenía intención de convertirlos en comités de corresponsales.
En el segundo semestre de 1846 existía en Bruselas un comité de corresponsales perfectamente organizado, que cumplía las funciones de órgano central y al cual se le rendían cuentas. Comprende un número bastante grande de miembros y, entre ellos, muchos obreros. Formaban parte de él Marx, Engels, Guillermo Wolff, Edgar Westfalen, José Weydemeyer, Fernando Wolff, el comunista belga Felipe Gigot y otros. A mediados de 1846, el Comité Comunista logró entablar relaciones con los cartistas ingleses, con los dirigentes de la Liga de los Justos de Londres, con las comunas parisinas de la Liga y con diferentes grupos comunistas de Alemania. En París existía otro comité organizado por Engels que realizaba una propaganda intensiva entre los artesanos alemanes; en Londres existía otro dirigido por Schapper, Bauer y Moll. Seis meses más tarde éste fue a Bruselas para invitar a Marx a entrar en la Liga de los Justos y, como demuestra una carta de 20 de enero de 1847, acudió a Bruselas no como delegado de la Liga de los Justos, sino como delegado del comité de corresponsales comunistas de Londres, para presentar un informe sobre la situación de la sociedad londinense. Después de este viaje fue cuando Marx se convenció de que la mayoría de los londinenses se habían liberado de la influencia de Weitling. Probablemente, por iniciativa del Comité de Bruselas, resolvieron convocar un congreso en Verviers, ciudad situada cerca de la frontera alemana, de manera que a los comunistas alemanes les resultaría fácil la asistencia. Finalmente se desplazó a Londres, ciudad que presentaba mejores condiciones.
Entonces, dio comienzo una lucha de distintas tendencias. Principalmente en París, donde trabajaba Engels, esta lucha fue muy viva. Una corriente está representada por Grün, quien defiende el comunismo alemán, o verdadero comunismo, del cual encontramos una mordaz caracterización en el Manifiesto Comunista. Engels sostiene otra plataforma. Naturalmente, cada uno de los adversarios se esforzaba por reunir la mayoría de votos posibles. Y Engels cree a menudo hacerse con la victoria no sólo porque ha triunfado, tal como lo comunica al comité de Bruselas, al convencer a los que dudaban.
Durante el verano de 1847, el congreso se reunió en Londres. Marx no asistió. El representante por Bruselas fue Guillermo Wolf y Engels representó a los comunistas parisienses. Los delegados eran poco numerosos, pero nadie se inmutó por ello. El congreso acordó reorganizar la Liga, que pasó a llamarse Liga de los Comunistas. La vieja consigna ¡Todos los hombres son hermanos! fue sustituida, a propuesta de Marx y Engels, por la de ¡Proletarios de todos los países, uníos! A partir de entonces, esta consigna, expresión del principio del internacionalismo proletario, es un llamamiento de combate de los proletarios en su lucha contra la esclavitud capitalista. Adoptaron unos estatutos, redactados por Engels, cuyo primer punto formulaba clara y netamente la idea esencial del comunismo: El objetivo de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, el dominio del proletariado, la supresión de la antigua sociedad burguesa, basada en el antagonismo de clase, y la fundación de una nueva sociedad sin clases ni propiedad individual.
Los estatutos de la organización fueron adoptados con la condición de que serían sometidos al examen de los distintos comités, y que serían adoptados de un modo definitivo en el próximo congreso, con las modificaciones que fuera necesario aportar a los mismos.
El principio del centralismo democrático aparecía como fundamento organizativo. Cada uno de sus miembros debía profesar el comunismo y llevar una vida conforme con los objetivos de la Liga. El núcleo fundamental de la organización estaba constituido por un grupo determinado de miembros. Recibía el nombre de comunidad. Había comités regionales. Las distintas regiones del país se unían bajo la dirección de un centro cuyos poderes se extendían a todo el país. Estos centros tenían que rendir cuentas al comité central.
Esta organización se convirtió en el modelo para todos los partidos comunistas de la clase obrera al principio de su desarrollo. Pero tenía una particularidad que luego desapareció, aunque la encontremos nuevamente entre los alemanes hacia 1860. El comité central de la Liga de los Comunistas no se elegía personalmente en el Congreso. Sus plenos poderes como centro dirigente eran transmitidos al comité regional de la ciudad designada por el congreso como lugar de residencia del comité central. De este modo, si el congreso designaba Londres, la organización de esta región elegía un comité central de por lo menos cinco miembros. Ello aseguraba su estrecha relación con la gran organización nacional. Este es el tipo de organización que más tarde encontramos entre los alemanes, tanto en la propia Alemania como en Suiza. Su comité central siempre estaba ligado a una ciudad determinada designada por el congreso, y que llevaba el nombre de ciudad de vanguardia.
El congreso aprobó igualmente elaborar el proyecto de una profesión de fe comunista, que sería el programa de la Liga. Las diferentes regiones tenían que presentar su proyecto al congreso siguiente. Además, se decidió proceder a la edición de una revista popular. Este fue el primer órgano obrero que se declaró abiertamente comunista. En la primera página de este órgano, aparecido un año antes de la publicación del Manifiesto comunista, figura la consigna: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
La revista no apareció más que una vez. Los artículos del primer y único número fueron escritos principalmente por los representantes de la Liga Comunista de Londres, y ellos mismos realizaron la composición tipográfica del mismo. El editorial está escrito de una forma muy popular, con un lenguaje simple. Expone las particularidades que distinguen la nueva organización comunista de las de Weitling y de las organizaciones francesas. Ni una sola vez se menciona la Federación de los Justos. Se consagra un artículo especial al comunista francés Cabet, autor de la famosa utopía Viaje en Icaria. En 1847, Cabet había realizado intensa propaganda con el fin de reunir a la gente que se establecía en América, y así crear en suelo virgen una colonia comunista, según el modelo de la que había descrito en su novela Icaria. Incluso fue especialmente a Londres para convencer a los comunistas de esta ciudad. El artículo somete su plan a una crítica detallada, y recomienda a los obreros que no abandonen el continente europeo, porque únicamente en Europa se instaurará el comunismo. Hay, también, un artículo que, según Riazanov, fue escrito por Engels. La revista finaliza con un resumen político y social, cuyo autor indudablemente es el delegado del comité de Bruselas en el Congreso, Guillermo Wolf.
A finales de noviembre de 1847, se reunió en Londres el segundo congreso. Esta vez asistió Marx. Antes de la reunión de este congreso, Engels le había escrito desde París que había esbozado un proyecto de catecismo o profesión de fe, pero que creía más racional titularlo Manifiesto Comunista. Marx probablemente aportó al congreso las tesis que había elaborado. En el congreso no todo discurrió plácidamente. Los debates duraron varios días y Marx tuvo muchas dificultades para convencer a la mayoría de la justeza del nuevo programa. Este fue adoptado en sus rasgos fundamentales y el congreso encargó especialmente a Marx que escribiera en nombre de la Liga de los Comunistas no una profesión de fe, sino un manifiesto, como había propuesto Engels.
Al mismo tiempo que actuaban en la Liga de los Comunistas, Marx y Engels contribuían activamente a que se formara en Bruselas la Asociación Democrática, cuya finalidad era la unificación de las fuerzas democráticas de todos los países. Los fundadores del marxismo estimaban que el proletariado debía apoyar todo movimiento progresista, democrático. En la Gaceta Alemana de Bruselas, que gracias a ellos llegó a ser órgano de la propaganda democrática y comunista, Marx y Engels publicaron una serie de artículos en los que preparaban a los obreros alemanes para la revolución democrático-burguesa que iba madurando en Alemania, explicándoles que no debían ver en ella su objetivo final, sino una condición indispensable para iniciar la revolución proletaria. Los artículos que escribieron en este período encierran ya, en germen, la idea, que posteriormente formularon, de la revolución permanente.
Marx y Engels concedían gran importancia a los preparativos del II Congreso de la Liga de los Comunistas, en cuyo orden del día figuraba la cuestión del programa de la organización. En el Congreso, celebrado en Londres a fines de noviembre y comienzos de diciembre de 1847, quedaron aprobados definitivamente los Estatutos de la Liga y se debatió el programa, siendo aceptados por unanimidad los principios que Marx y Engels defendían, y se encomendó a ambos que redactaran el manifiesto.
Aprovecharon su estancia en Londres para fortalecer las relaciones que Engels había establecido ya con los cartistas en 1842-1843 y Marx en 1845, cuando ambos hicieron un viaje a Inglaterra. Marx y Engels ampliaron también sus vínculos con los demócratas y los comunistas de otros países. Asistieron a un mitin internacional consagrado al aniversario de la insurrección polaca de 1830. En el discurso que en este mitin pronunció Marx, abogando por el internacionalismo proletario, desarrolló la idea de que únicamente la victoria del proletariado llevaría a la liberación de todas las nacionalidades oprimidas, a la eliminación de todos los conflictos y guerras internacionales y cimentaría sólidamente la auténtica fraternidad de los pueblos. Engels formuló en este mismo mitin la tesis que después ha sido el principio rector del proletariado en la cuestión nacional, diciendo: Ninguna nación puede ser libre si continúa oprimiendo a otras.
En febrero de 1848 apareció en Londres el Manifiesto Comunista, obra inmortal de Marx y Engels. En este documento programático del comunismo científico, se hizo por vez primera una exposición concisa de la teoría revolucionaria del proletariado: En esta obra -decía Lenin- está trazada, con claridad y brillantez geniales, la nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica, como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria del proletariado, creador de una sociedad nueva, de la sociedad comunista.
El Manifiesto está todo él consagrado a fundamentar científicamente la inevitabilidad histórica de la destrucción del capitalismo y su sustitución a consecuencia de la revolución proletaria y del establecimiento del dominio político del proletariado, por una nueva sociedad, por la sociedad sin clases.
Marx y Engels demostraron que, a medida que las relaciones de producción de la sociedad capitalista fueran convirtiéndose en trabas más y más insoportables para el desarrollo de las fuerzas de producción, la burguesía, que defendía la propiedad privada sobre los medios de producción, iría dejando de ser la clase progresiva que había sido en el pasado y se haría una clase más y más reaccionaria, un freno para el avance de la humanidad hacia un régimen superior, hacia el comunismo.
Desarrollando la idea de la misión histórica del proletariado, Marx y Engels demostraron que la clase obrera cumpliría su misión de sepulturera del capitalismo y de creadora de una nueva sociedad, de la sociedad sin clases, mediante la lucha de clases, la revolución proletaria y el derrocamiento de la dominación de la burguesía.
En el Manifiesto está formulada la idea del papel dirigente del Partido Comunista como condición indispensable para el éxito de la lucha, para la victoria del proletariado, y se muestra que el partido constituye el destacamento más resuelto de la clase obrera, su destacamento de vanguardia, que los comunistas tienen sobre el resto de los obreros la ventaja de estar pertrechados con la teoría revolucionaria que les da una clara visión de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario. Al desenmascarar las calumnias y mentiras difundidas por la burguesía acerca de las ideas y los propósitos de los comunistas, los fundadores del marxismo definen en el Manifiesto los verdaderos objetivos del partido del proletariado, que son el derrocamiento de la dominación burguesa y la conquista del poder político por el proletariado.
El Manifiesto expresa una de las más notables ideas del marxismo en la cuestión del Estado: El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante: eso es, precisamente, la dictadura del proletariado, afirmaba Lenin. La tesis sobre la dictadura del proletariado es núcleo principal del marxismo.
El Manifiesto Comunista analiza el internacionalismo proletario, proclamado por Marx y Engels. Los fundadores del comunismo científico decían: el dominio del proletariado hará desaparecer el yugo nacional, liberará a la humanidad de las guerras de conquista y de rapiña. Marx y Engels subrayan que la nueva sociedad que remplazará al capitalismo será incomparablemente superior a éste. Mientras que en esta última rige el principio: los que trabajan no adquieren nada y los que adquieren no trabajan, en la sociedad comunista, como predecían Marx y Engels, el trabajo será un medio de hacer más holgada y fácil la vida de los trabajadores.
El cese de toda explotación será en ella la base material de la unidad armónica del individuo y la sociedad, de la verdadera libertad de la persona y del desarrollo multifacético del ser humano, de su capacidad y de su talento. En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus contradicciones de clase, vendrá una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos.
Al formular el programa de los comunistas, el Manifiesto critica las distintas doctrinas socialistas de aquella época, que eran un obstáculo para la difusión de las ideas del comunismo científico y la organización del partido proletario.
El Manifiesto no sólo ofrece un programa científicamente argumentado, sino que, además, esboza los fundamentos teóricos de la táctica del partido proletario. El principio fundamental de esta táctica lo define diciendo que los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de este movimiento. Los fundadores del marxismo enseñan a los comunistas a apoyar todo movimiento progresista, revolucionario, dirigido contra los regímenes sociales y políticos reaccionarios. Termina el Manifiesto del Partido Comunista con un valiente llamamiento a la revolución proletaria: Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!
El Manifiesto del Partido Comunista, obra memorable de Marx y Engels, está penetrado de una noble inspiración creadora, de una arrolladora pasión revolucionaria. No sólo es la síntesis de toda la fecunda obra anterior de los fundadores del marxismo, sino también un gigantesco paso adelante en el desarrollo de la teoría revolucionaria del proletariado. Esta obra clásica remata el proceso de formación del marxismo iniciado en 1844 con los artículos de los Anales franco-alemanes, y pone sólidos cimiento para su ulterior desarrollo.
La doctrina de Marx no hubiera podido aparecer si no hubiera estado ya formada la nueva clase revolucionaria, el proletariado, si no se hubiera manifestado las contradicciones internas irreconciliables propias de la sociedad capitalista. El marxismo nació de la profunda síntesis de 1a experiencia del movimiento obrero. Sus fuentes teóricas fueron la filosofía clásica alemana de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la economía política clásica inglesa y el socialismo utópico francés. Lenin decía de la gran proeza científica de Marx: Todo lo que había creado el pensamiento humano, lo analizó, lo sometió a crítica, comprobándola en el movimiento obrero, y sacó de ello conclusiones que las gentes encerradas en el marco burgués o atenazadas por los prejuicios burgueses no podían sacar.
La doctrina de Marx, heredera de todo lo mejor que había creado el pensamiento científico, constituyó una verdadera revolución en la filosofía y la economía política, en el desarrollo del pensamiento socialista. Gracias al nacimiento del marxismo, se crearon, por vez primera, condiciones para unir el socialismo con el movimiento obrero. La doctrina de Marx es el arma espiritual del proletariado en su lucha por liberarse de la esclavitud capitalista.
Engels subrayaba constantemente que era a Marx a quien pertenecía el mérito principal en la elaboración de esta doctrina revolucionaria: Marx -decía Engels- era un genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento. Sin él nuestra teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso es muy justo que lleve su nombre.
Es un documento de agitación modélico, como no se ha escrito otro. Como retórica política, dice Hobsbawn, el Manifiesto Comunista tiene una fuerza casi bíblica, un irresistible poder como literatura. Poco común en la literatura alemana decimonónica, está escrito en párrafos cortos, apodícticos. Sus frases lapidarias se transformaron casi naturalmente en aforismos memorables, que se conocen mucho más allá del mundo del debate político, desde el inicial un fantasma recorre Europa, hasta el final los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. El queda absorbido por su fuerza de convicción, su brevedad concentrada y su atracción intelectual y estilística. Pero sobre todo, el texto atrapa al lector porque entiende fácilmente que el capitalismo que Marx describía en 1848 en esos pasajes de sombría elocuencia, es el mundo en que vivimos 150 años después.
La primera edición del Manifiesto fue reimpresa tres veces en pocos meses, apareció seriada en el Deutsche Londoner Zeitung y corregida y aumentada a 30 páginas en abril o mayo de 1848. Pero desapareció tras la revolución de 1848. Nadie hubiera predicho ningún futuro extraordinario para el Manifiesto en el decenio de 1850 y a principios del de 1860. Un impresor alemán, emigrado a Londres, preparó una pequeña edición privada, probablemente en 1864, y la primera edición alemana, también pequeña, apareció en Berlín en 1866. No parece haber traducciones entre 1848 y 1868, salvo una sueca, de finales de 1848, aparentemente, y una inglesa de 1850. Ambas se esfumaron sin rastro.
La influencia de Marx en la I Internacional, el surgimiento de dos partidos de la clase trabajadora en Alemania, fundados ambos por antiguos miembros de la Liga Comunista, que tenían a Marx en alta estima, condujeron a que resurgiera el interés en el Manifiesto y en sus otros escritos. Por otra parte, en marzo de 1872 el juicio por traición contra los dirigentes de la socialdemocracia alemana Guillermo Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner, le dio al Manifiesto una publicidad inesperada. Entre 1871 y 1873, aparecieron por lo menos nueve ediciones del Manifiesto en seis idiomas y en los siguientes 40 años, ha escrito Eric Hobsbawn, conquistó el mundo, impulsado por el ascenso de los nuevos partidos socialistas, en los cuales la influencia marxista creció rápidamente a partir de 1880. Se convirtió en el documento político más importante de toda la historia. Se lanzaron 55 ediciones en alemán, 34 en inglés (22 traducciones a los idiomas del imperio Habsburgo) y 70 ediciones rusas antes de la revolución de 1917. Incluso antes de la revolución rusa el Manifiesto conoció varios cientos de ediciones en más o menos una treintena de idiomas.

Biografía de Marx (Parte 8)

Contra el socialismo utópico
Durante los diez días que Engels estuvo en París con Marx comenzó su colaboración con el plan de su obra común La Sagrada Familia o Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y Cía., que vio la luz en febrero de 1845. Este libro, enfilado contra los hermanos Bauer y otros jóvenes hegelianos, es una crítica demoledora de las posiciones de los neohegelianos. La mayor parte de La Sagrada Familia se debe a la pluma de Marx.

Al hacer la crítica de los conceptos idealistas y subjetivistas de los hermanos Bauer y sus correligionarios, que únicamente consideraban agentes de la historia a unos cuantos elegidos, Marx y Engels formularon una de las tesis principales del materialismo histórico: los auténticos artífices de la historia no son los héroes, sino las masas populares; eran ellas, cada vez más amplias a medida que corría la historia, quienes impulsaban conscientemente el desarrollo histórico de la sociedad.

En La Sagrada Familia se formula, ya casi ultimada, la concepción de Marx y Engels acerca de la misión histórica del proletariado. Contrariamente a los socialistas utópicos, que sólo veían en el proletariado una masa impotente y mártir, Marx y Engels consideraban que la clase obrera era una fuerza social capaz de llevar a cabo la transformación revolucionaria de la sociedad. La idea de la misión histórica del proletariado fue la piedra angular del armonioso edificio del comunismo científico. Lo fundamental en la doctrina de Marx -decía Lenin- es el esclarecimiento de la misión histórica del proletariado como creador de la sociedad socialista Gracias a este descubrimiento genial, el socialismo se convirtió de utopía en ciencia, adquiriendo por vez primera una base real y ligándose a los destinos de la clase revolucionaria en desarrollo. Con La Sagrada Familia se sentaron los cimientos de una nueva concepción revolucionaria y materialista de la ideología del proletariado.

No obstante, la propaganda de esta nueva concepción, que iba madurando en Marx y Engels, tropezaba con grandes dificultades. Después de la publicación del primer número doble, los Anales franco-alemanes dejaron de salir. Ello se debió, principalmente, a las profundas divergencias surgidas en el seno de la redacción entre Marx y el radical burgués Arnold Ruge. Las discrepancias en cuestión llevaron a la ruptura y a una polémica abierta entre ellos -en el periódico alemán ¡Adelante! (Vorwarts!), editado en París- en torno a la apreciación de la insurrección de los tejedores de Silesia (junio de 1844). Ruge decía que aquella insurrección había sido un motín ciego e insensato, mientras que Marx aplaudía con entusiasmo la primera acción del proletariado alemán, advirtiendo satisfecho manifestaciones de conciencia de clase en la actuación de los obreros insurrectos. Influido por Marx, el periódico empezó a adquirir una orientación comunista y una notoria tendencia antiprusiana.

Debido a la presión ejercida por el gobierno prusiano, Marx, lo mismo que algunos otros colaboradores del periódico, fue expulsado de Francia y se trasladó en febrero de 1845 a Bruselas. Al enterarse de que el gobierno prusiano hacía gestiones para que el gobierno belga lo entregase a las autoridades alemanas, Marx renunció en diciembre de 1845 a la ciudadanía prusiana, aunque nunca adoptó ninguna otra nacionalidad.

En la primavera de 1845 llegó a Bruselas Engels, que había concluido su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra. Al sintetizar en este libro la experiencia de lucha de los obreros ingleses, Engels fundamentó la idea de la misión histórica del proletariado. Posteriormente, refiriéndose a sus entrevistas con Marx en la capital belga, Engels escribió: Cuando volvimos a reunirnos en Bruselas, en la primavera de 1845, Marx […] había desarrollado ya, en líneas generales, su teoría materialista de la historia, y nos pusimos a elaborar en detalle y en las más diversas direcciones, la nueva concepción descubierta.

Para elaborar con detalle la ciencia sobre la sociedad, Marx y Engels empezaron a redactar una nueva obra común, La Ideología Alemana. En abril de 1846, la obra estaba casi acabada, pero nadie quiso editarla. No se publicó en su integridad hasta 1932 en la Unión Soviética en alemán.

En La Ideología Alemana aparecen formuladas, en sus rasgos más importantes, las principales tesis del materialismo histórico, gran descubrimiento de Marx, que constituye un cambio radical, una verdadera revolución en el modo de comprender la historia universal. Este descubrimiento transformó la historia en ciencia.

Después de demostrar la tesis del materialismo histórico acerca del papel determinante que tiene la producción de los bienes materiales en la vida de la sociedad, Marx y Engels esclarecieron la dialéctica del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Fueron los primeros en formular, en La Ideología Alemana, su tesis sobre las formaciones económico-sociales. Al poner de manifiesto la regularidad objetiva del proceso histórico, demostraban que, al igual que el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, éste sería sustituido por otro régimen social nuevo: por el socialismo.

En La Ideología Alemana se fundamenta la tesis de que, en las sociedades integradas por clases antagónicas, la lucha de clases es la fuerza motriz del desarrollo. Para el paso del capitalismo al socialismo, son condiciones indispensables la lucha de clase del proletariado y la revolución socialista. Para suprimir la sociedad capitalista, el proletariado, como cualquier clase que aspire al dominio, debe, ante todo, conquistar el poder político. Esta tesis de Marx y Engels encierra el germen de su doctrina sobre la dictadura del proletariado. En La Ideología Alemana se esbozan los contornos de la futura sociedad comunista.

El comunismo, que era para los socialistas utópicos el sueño quimérico en un espléndido futuro, es para Marx y Engels una finalidad condicionada objetiva e históricamente que se alcanza con medidas prácticas de carácter revolucionario. En el libro someten a una profunda crítica la filosofía idealista de Hegel y de los jóvenes hegelianos. Al mismo tiempo que reconocían los méritos de Feuerbach en la lucha contra el idealismo, Marx y Engels demostraron que el materialismo feuerbachiano era contemplativo y metafísico, haciendo hincapié en la ligazón indisoluble entre la teoría y la práctica revolucionarias, así como en el eficaz papel transformador de la teoría. Esta idea está expresada con la máxima concisión y claridad en las Tesis sobre Feuerbach, escrita por Marx en 1845: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

La Ideología Alemana también critica la teoría pequeño-burguesa, reaccionaria y utópica conocida bajo el nombre de socialismo auténtico. La obra constituye una importante etapa en la formación de los fundamentos filosóficos del comunismo científico, o sea, del materialismo dialéctico y del materialismo histórico. Este descubrimiento genial, la mayor conquista del pensamiento humano, hizo por vez primera de la filosofía una ciencia que reflejaba fielmente las leyes objetivas del desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano. La única filosofía auténticamente científica, la filosofía marxista, es un arma no sólo para conocer el mundo, sino también para transformarlo.


La nueva teoría revolucionaria no podía abrirse paso entre las masas obreras más que luchando con intransigencia contra la ideología burguesa imperante en la sociedad capitalista y contra las numerosas formas de comunismo pequeño burgués, entonces tan en boga, que desviaban a los obreros del camino de la lucha de clases y los llevaban al terreno de la utopía y de las quimeras. En las cartas y circulares del Comité de Bruselas, Marx y Engels sometieron a una crítica fulminante el llamado socialismo auténtico (Moses Hess, Carlos Grün, Hermann Kriege y otros), los cuales, con su prédica del amor y la fraternidad, pretendían reconciliar al proletariado con la burguesía. El más importante de los auténticos era Carlos Grün que había conocido a Proudhon en París en 1844. Su obra Die Soziale Bewegung in Frankereich und Belgien fue la primera que dio a conocer a Proudhon a los revolucionarios alemanes. Grün era un hombre de letras polifacético que, como Proudhon, ocupó durante un corto y decepcionante período un puesto de parlamentario en la Asamblea Nacional Prusiana, en 1849 y pasó gran parte de su vida en el exilio, hasta su muerte en Viena en 1887.

Hermann Kriege (1820-1850) era otro de aquellos que irónicamente Marx y Engels calificaban de auténticos. Estudiante y luego periodista, había sido presentado por Feuerbach a la Liga de los Justos para colaborar en el Comité bruselés de correspondencia. La Circular contra Kriege, escrita por Marx y Engels en mayo de 1846 fue un documento muy importante y da perfecta idea de su lucha contra el socialismo auténtico, que sustituyó la lucha de clases por una empalagosa saturación de amor, como escribió Engels muchos años después. En esencia, diría Marx en La ideología alemana que los alemanes habían importado la literatura socialista francesa a Alemania, pero no habían importado las condiciones materiales que habían dado lugar a esa literatura.

Kriege desapareció en Estados Unidos; tras la revolución de 1848 todo el movimiento desapareció, como dijo Mehring sin dejar huella.

Mucho más consistentes e influyentes eran las teorías de Guillermo Weitling (1808-1971). Sastre de profesión, Weitling era uno de los primeros artesanos revolucionarios alemanes, representante destacado del socialismo utópico de aquel tiempo. Como muchos artesanos de aquella época, iba de una ciudad a otra y, en 1835, ya había estado en París, donde en 1837 se instaló durante un largo tiempo. A finales de 1838, escribió, a petición de sus camaradas, el artículo La humanidad tal como es y tal como debe ser, en el cual defendía un tipo de socialismo vulgar e igualitarista. En 1842 publicó su principal obra, Las garantías de la armonía y de la libertad, en la cual exponía las opiniones adelantadas ya en 1838.

En París se afilió a la Liga de los Justos y estudió las teorías de Lamennais, representante del socialismo cristiano, de Saint-Simon y de Fourier. También mantuvo contacto con Blanqui y sus correligionarios. Luego tuvo que huir a Suiza, donde, después de una infructuosa tentativa para llevar la acción propagandística a la zona francesa y luego a la alemana, empezó a organizar con algunos camaradas círculos entre los obreros y emigrados alemanes.

En Suiza encontró a Bakunin, sobre quien ejerció una poderosa influencia. En la primavera de 1943 le detuvieron en Zurich, le abrieron un sumario con varios acusados, entre ellos Bakunin, que se encontró complicado en el asunto y tuvo que huir.

Tras cumplir su condena, Weitling fue enviado nuevamente a Alemania en mayo de 1844. Después de toda clase de vicisitudes, consiguió llegar a Londres, por Hamburgo, donde fue recibido con grandes honores. En su honor se organizó una gran asamblea a la cual asistieron, además de los socialistas y cartistas ingleses, los emigrados franceses y alemanes. Fue la primera gran asamblea internacional en Londres. Proporcionó a Schapper la ocasión para organizar, en octubre de 1844, una sociedad internacional denominada Sociedad de los Amigos democráticos de todos los pueblos. Se propuso como objetivo el acercar a todos los revolucionarios de cualquier nacionalidad, reforzar la fraternidad entre los distintos pueblos, y conquistar los derechos sociales y políticos. Estaba dirigida por Schapper y sus amigos.

Weitling permaneció en Londres casi un año y medio y, al principio, gozó de gran influencia entre la sociedad obrera londinense, en la cual tenían lugar apasionadas discusiones, especialmente sobre los temas ligados al momento actual. Pero pronto chocó con una fuerte oposición. Durante su separación, sus antiguos camaradas (Schapper, Bauer, Moll) ya se habían familiarizado con el movimiento obrero inglés y habiendo aprendido las doctrinas de Owen. Sin embargo, siempre preservó una gran influencia entre los obreros de toda Europa y seguía siendo uno de los hombres más populares y conocidos no sólo entre los obreros, sino también entre los intelectuales alemanes. El célebre poeta Heine nos dejó una descripción de su encuentro con Weitling:

Lo que más hería mi orgullo era la descortesía de este muchacho respecto a mi persona durante la conversación. No se había quitado el sombrero, y mientras yo permanecía de pie, él estaba sentado en un banco, con su rodilla derecha a la altura del mentón; con la mano libre no dejaba de frotarse la rodilla. Primeramente tomé esta postura irrespetuosa por una costumbre contraída durante el ejercicio de su oficio de sastre, pero pronto me desengañó. Cuando le pregunté por qué no dejaba de rascarse la rodilla, me respondió con todo indiferente, como si se tratara de la cosa más corriente, que, en las diferentes prisiones alemanas donde había estado, le tenían encadenado; pero como la anilla de hierro que le rodeaba la rodilla era a menudo demasiado estrecha, le había quedado una picazón que le hacía rascarse la rodilla… Confieso que retrocedí algunos pasos cuando este sastre, con su repugnante familiaridad, me narró estas historias sobre cadenas de prisiones… ¡Extrañas contradicciones en el corazón humano! Yo, que, un día, besé en Munster respetuosamente las reliquias del sastre Jean de Leyde, las cadenas que llevó, las tenazas con que le torturaron, yo que me entusiasmé por un sastre muerto, sentía una repulsión invencible hacia este sastre vivo, hacia este hombre que, sin embargo, era un apóstol y un mártir de la misma causa por la cual había sufrido el glorioso Jean de Leyde.


Aunque esta descripción no honra al poeta, muestra la profunda impresión que Weitling le produjo. Heine aparece como un gran señor del pensamiento y del arte que considera con curiosidad, no exenta de repugnancia, al tipo luchador que todavía le es extraño. Con esta curiosidad ociosa es como los poetas examinan a un revolucionario. Por el contrario, un intelectual como Marx se comportaba con Weitling de otro modo. Para él, Weitling era el portavoz inteligente de las aspiraciones de este mismo proletariado al cual acababa de formular su misión histórica. He aquí lo que escribía sobre Weitling antes de conocerle:

¿Qué obra sobre el tema de su emancipación política podría oponer la burguesía (alemana), comprendidos sus filósofos y sus publicistas, a la obra de Weitling:

 ¿Las garantías de la armonía y de la libertad? Que se compare la seca mediocridad y el abotargamiento de la literatura política alemana a este brillante comienzo de los obreros alemanes, que se comparen estas botas de siete leguas del proletariado naciente con los zapatos de la burguesía, y descubrirán en el doliente proletariado al futuro atleta de estatura gigantesca.


Marx y Engels consideraban muy importante ganarse a los círculos obreros que se encontraban bajo la influencia de Weitling. Tenían que intentar trabar conocimiento con él. En el verano de 1845, durante su corta estancia en Inglaterra, ambos conocieron a los cartistas ingleses y los emigrados alemanes pero no se sabe si se encontraron también con Weitling, que entonces vivía en Londres. No establecieron estrechas relaciones con él hasta comienzos de 1846, cuando Weitling fue a Bruselas, donde Marx se había establecido en 1845, cuando fue expulsado de Francia.

Marx y Engels realizaron numerosos esfuerzos para ponerse de acuerdo con él en una plataforma común. Hicieron todo lo posible para que renunciara a sus confusas ideas y llegase a comprender el comunismo científico.

Weitling no era un utopista al estilo de Fourier y los demás, sino que -influenciado en parte por Blanqui- no creía en la posibilidad de llegar al comunismo por medio de la persuasión sino únicamente por la violencia. No atribuía ninguna importancia a la acción propagandística. Cuanto más rápidamente se destruya la sociedad existente más rápida será la liberación del pueblo. El mejor medio para conseguirlo es provocar el desorden extremo, la anarquía social existente. Cuanto peor vayan las cosas, mejor. Para atraer a las masas juzgaba necesario explotar el sentimiento religioso. Escribió un Evangelio de los pobres pecadores para hacer de Cristo un precursor del comunismo, al que representaba como un cristianismo desprovisto de todos los ingredientes marginales que se la habían ido añadiendo a lo largo de los siglos.

Había elaborado con todo detalle el plan de una nueva sociedad bajo la forma de una sociedad comunista dirigida por un pequeño grupo de hombres buenos. Era un obrero muy inteligente que se había formado a sí mismo, que poseía un talento literario considerable, pero que tenía todos los defectos de los autodidactas. El autodidacta se dedica a sacar de su interior algo ultranuevo; inventa cualquier aparato extremadamente ingenioso, y, posteriormente, con la experiencia, constata que ha gastado su esfuerzo y un tiempo considerable en descubrir el Mediterráneo. Busca un perpetuum mobile cualquiera, inventa un modo de hacer feliz al hombre, o transformarlo en sabio en un abrir y cerrar de ojos. Weitling pertenecía a esta especie de autodidactas. Quería descubrir un medio que permitiera a los hombres el asimilar casi instantáneamente cualquier ciencia. Quería inventar un idioma universal. Hecho característico: otro autodidacta, un obrero, Proudhon, también había emprendido esta tarea. A veces es difícil discernir qué es lo que más deseaba Weitling, lo que prefería, si el comunismo o el idioma universal. Auténtico profeta, no soportaba ninguna crítica, y alimentaba una particular desconfianza hacia las personas cultas, a quienes sus manías no interesaban.

El elemento más seguro, el más revolucionario, capaz de destruir esta sociedad, era, según Weitling, el lumpenproletariado, los vagabundos e incluso los delincuentes. Para Weitling, el proletariado no era una clase particular con intereses particulares. Era solamente una parte de la población pobre, oprimida y, entre estos elementos pobres, el más revolucionario era el lumpenproletariado. Weitling sostenía que los ladrones representaban uno de los elementos más firmes en la lucha contra la sociedad existente.

Pero Weitling ya no era entonces un joven candoroso, como dijo Engels. Por todas partes veía trampas, rivales y envidiosos de su superioridad. Aunque Marx le acogió en su casa en Bruselas con una paciencia casi sobrehumana, no logró atraérselo a las filas revolucionarias. El crítico ruso Paul Annenkov, que pasó entonces por Bruselas camino de Francia, cuenta que durante una reunión tuvo lugar una violenta discusión entre Marx y Weitling. Dando un puñetazo sobre la mesa, Marx le gritó a Weitling: La ignorancia nunca ha ayudado a nadie y nunca ha tenido ninguna utilidad. Según una carta del propio Weitling, en aquella reunión Marx sostuvo que era necesario depurar las filas de los comunistas y criticar las ideologías inconsistentes; declaró que era necesario renunciar a todo socialismo que se apoyara únicamente en la buena voluntad; que la realización del comunismo debía estar precedida de una época en la cual la burguesía detentaría el poder. Como Bakunin, Weitling estaba en contra del trabajo preparatorio de tipo propagandístico, bajo el pretexto de que los pobres siempre estaban dispuestos para la revolución, y que, por consiguiente, esta última podía realizarse en cualquier momento mientras hubiera jefes resueltos. Por consiguiente, otra de las divergencias de Marx y Engels con Weitling podía resumirse en el principio de que sin teoría revolucionaria no puede haber ningún movimiento revolucionario.

En mayo de 1846 se consumó la ruptura. Weitling partió hacia Londres, de donde pasó a América, lugar en el que permaneció hasta la revolución de 1848. Tras su traslado definitivo a los Estados Unidos en 1849, Weitling renunció al comunismo y se vinculó aún más estrechamente al mutualismo proudhoniano.

La herencia de Carrillo

Juan, desde Puerto III. Puerto Santa María, a 12-2012


La herencia de Carrillo

Hace unos meses murió Santiago Carrillo, ex-Secretario General del PCE. Lo primero que hay que decir es que los elogios y homenajes que recibió de los políticos y próceres del arco constitucional español fueron muy merecidos, dados sus amplios servicios prestados para la institucionalización y legitimación del fascismo sin Franco. Recordemos algunos de estos méritos:

-Socialista de crianza y raigambre (su padre, Wenceslao, fue uno de los dirigentes del PSOE que traicionaron la República entregando Madrid a Franco), tras la formación de las Juventudes Socialistas Unificadas Carrillo pasó a endosarse el honroso título de “comunista”. Nunca llegó a serlo. Tras la guerra y en el exilio, se encaramó a la dirección del PCE y desde allí fue borrando sus señas de identidad comunista en cuanto a funcionamiento, línea política y espíritu combativo, sustituyéndolas por el compadreo, el ordeno y mando, la supeditación a la burguesía, el pacifismo, la reconciliación, etc.

-Liquidó de mala manera la guerrilla popular de posguerra, dejando tirados a no pocos guerrilleros sin la menor explicación política coherente y, sobre todo, sin ofrecerles una línea alternativa para poder proseguir la lucha y la resistencia contra un régimen de miseria, terror y opresión, más allá de la participación en las instituciones fascistas y la preparación de una difusa huelga general.

-Acabó físicamente con numerosos cuadros del PCE, desafectos con la deriva socialdemócrata que imprimía al Partido, por la vía de enviarlos al interior y denunciarlos a la policía y guardia civil.

-Carrillo fue, junto con falangistas notorios como Dionisio Ridruejo, un adelantado en predicar la “reconciliación nacional” con los verdugos y explotadores. Siguiendo esta línea “reconciliadora”, preconizó la alianza y supeditación de la clase obrera a sectores supuestamente “democráticos” del propio régimen fascista, así como con banqueros, empresarios, la iglesia, etc. Todo ello en aras de la “unidad nacional” frente al “franquismo” (a estas alturas, el PCE ya no hablaba de fascismo) y a una no menos falsa “revolución burguesa” pendiente en una España ya plenamente industrializada.

-Toda esta trayectoria de renuncia a la lucha revolucionaria cristalizó en su apoyo incondicional a la farsa de la “reforma” y a la monarquía durante la llamada “transición democrática”, en lo que constituye todo un ejemplo de posibilismo, entreguismo y oportunismo político. La República, la violencia popular frente al fascismo, la revolución socialista, el derecho de autodeterminación, la depuración de cuerpos represivos, la memoria histórica, etc. quedaron atrás, amortajados en la bandera rojigualda; se dio la circunstancia chusca de que el programa del PSOE en la famosa “Transición” llegó a ser más radical que el del propio PCE.

-La culminación de este proceso llegó en la bufonada de la detención pactada de Carrillo y su Comité Central y con la farsa de la legalización del PCE a punto para participar en las primeras elecciones del fascismo coronado. He ahí el premio a su entreguismo: un puesto en las nuevas instituciones supuestamente democráticas donde, a decir del ya degenerado PCE, se podrían resolver “pacíficamente” todos los graves problemas que padecían los trabajadores; unos trabajadores, por cierto, que protagonizaban en esos momentos una efervescencia de huelgas y movilizaciones desconocidas desde la II República y recibiendo, por ello, los tiros y palos de las F.O.P. y los paramilitares.

Seguro que me dejo más “méritos” de Carrillo en el tintero. Baste decir como conclusión que el PCE y el propio Carrillo recibieron una justa, aunque insuficiente, respuesta por parte de los obreros, los jóvenes y demás trabajadores: su “éxito” electoral apenas resistió una legislatura, iniciando un declive institucional que le condujo al cadáver político que es hoy día, diluido en I.U., convertida ésta, a su vez, en la izquierda del PSOE.

El propio Carrillo, al final de su vida, volvió al regazo del PSOE que le vio nacer… un camino, por cierto, similar al de la mayoría de los “polis-milis” en Euskal Herria… Políticas semejantes, destinos semejantes.

Diciembre 2012
Juan García Martín

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