La cumbre del G20, organizada por Sudáfrica el año pasado, marcó un punto de inflexión en las relaciones con Washington. La tensión se intensificó: acusaciones estadounidenses sobre el gobierno interno, boicot a la delegación estadounidense y negativa de Washington a reconocer una transferencia regular de la presidencia.

En cada etapa la brecha entre Pretoria y el gobierno de Washington se acentuó, transformando un acontecimiento diplomático en un choque de principios. Tras la cumbre del año pasado, Trump anunció la exclusión de Sudáfrica del G20 para este año. Esta escalada diplomática ha llevado a Pretoria a tomar represalias: se largan antes de que los echen.

Sudáfrica lo ha anunciado en el Foro de Davos y el ministro de Finanzas, Enoch Godongwana, lo ha presentado no como una capitulación, sino como una evaluación pragmática de los obstáculos que Washington impuso a la participación sudafricana.

La cuestión central se refiere a la acreditación de las delegaciones. Según Godongwana, Estados Unidos controla un instrumento crucial: la capacidad de acreditar o denegar el acceso a la delegación sudafricana a las reuniones del G20. Sin esta acreditación oficial, la presencia de representantes del país se vuelve imposible, incluso la más simbólica. Este mecanismo transforma el ejercicio de una función dentro del G-20 en una cuestión de reconocimiento unilateral, en lugar de un derecho establecido.

Aceptar una presencia sin acreditación durante la presidencia estadounidense equivale a aceptar una participación de segunda categoría. Al optar por retirarse, el gobierno sudafricano preserva su dignidad institucional al tiempo que se niega a someterse al dictado impuesto por Washington.

La estrategia sudafricana se basa en un cálculo político: en 2027 la presidencia del G20 pasará a Reino Unido y el ministro sudafricano cree que Londres no adoptará la misma postura que Estados Unidos.

Esta transición de poder ofrece a Sudáfrica la oportunidad de reincorporarse al foro en condiciones que respeten su condición de miembro fundador del continente africano.

Como tantos otros gobiernos, Pretoria cree que las tensiones actuales con Washington se deben a la personalidad errática Trump. No hay una ruptura definitiva. Al aceptar una salida voluntaria en lugar de una exclusión impuesta, Sudáfrica mantiene su pertenencia al G20, evitando la humillación de ser excluida.

Esta distinción, aunque sutil desde un punto de vista legal, es de considerable importancia para la diplomacia sudafricana. Permite a Pretoria presentar su decisión como el resultado de una decisión soberana y no como la consecuencia de una sanción estadounidense.