Mark Rutte asumió el cargo de Secretario General de la OTAN en un momento de profunda crisis: Guerra de Ucrania, regreso de “papá” Trump a la Casa Blanca y una dependencia estratégica de Europa respecto de Estados Unidos que ha acabado resultando un lastre.

Rutte está empeñado en evitar la retirada de Estados Unidos de la OTAN. No se trata de un simple cálculo táctico, sino de una cuestión vital para la Alianza, que está hundiendo a muchos países europeos en la confusión. Europa carece de fuerza militar. Desde la inteligencia hasta la vigilancia, pasando por el transporte estratégico y la defensa antimisiles, siguen dependiendo de Estados Unidos.

La reputación de Rutte ha caído en picado desde que calificó a Trump de “papá” en la cumbre de la OTAN del año pasado. Para muchos cabecillas europeos, el colapso de su credibilidad no es sólo un fiasco personal, sino que revela la preocupación por la supervivencia misma de la OTAN. Rutte está en dificultades. Las críticas se han multiplicado en varias capitales y en el Parlamento Europeo.

Su brutal declaración ante los eurodiputados (“Si alguien piensa que Europa puede defenderse sin Estados Unidos, que siga soñando”) no era mentira, pero políticamente fue un torpedo por debajo de la linea de flotación de la Unión Europea.

La mordaz pregunta de Nathalie Loiseau (“¿Es usted el Secretario General de la OTAN o el embajador de Estados Unidos ante la OTAN?”) expresa un malestar creciente en las capitales europeas.

Las críticas no se refieren sólo al tono, sino a la legitimidad misma de su papel. Se supone que el Secretario General de la OTAN es el garante del equilibrio de la Alianza, no el abogado personal de Trump, ni el representante de un país en detrimento de otros.

En el centro de la controversia está la estrategia de Rutte, a menudo denominada “diplomacia de la adulación”. El neerlandés es un lacayo de manual. Su comentario sobre “papá” Trump, se ha convertido en el símbolo de un estilo de dirección que muchos europeos consideran sumiso e incluso infantil.

Las alianzas se basan en la credibilidad sobre los cánones compartidos. Cuando el jefecillo de la OTAN elogia públicamente a un presidente estadounidense que amenaza a sus aliados con sanciones comerciales, pone en duda el artículo 5 o frivoliza con anexiones territoriales, como en el caso de Groenlandia, desaparece la frontera entre la diplomacia y la adulación. La complacencia puede generar calma a corto plazo, pero corre el riesgo de enviar un mensaje negativo a los europeos: la coerción funciona.

En Francia resurgen los llamamientos para abandonar la OTAN, en la más pura tradición gaulliana de autonomía estratégica. Pero, ¿están realmente preparados los europeos? Ningún gobierno europeo importante está considerando seriamente la marcha, pero porque no tienen ninguna alternativa. Las amenazas de retirada son -más bien- señales de frustración que estrategias de salida realistas.

Los cabecillas europeos critican la deferencia de Rutte hacia Trump, pero son incapaces de hacer otra cosa. Las declaraciones sobre la necesidad de hacerse cargo de la seguridad propia rara vez van acompañadas de un calendario. Con razón, los defensores de Rutte dicen que su franqueza sólo revela una verdad incómoda que Europa se ha negado durante mucho tiempo a afrontar.

La pregunta básica sigue siendo: ¿el malestar de la OTAN es el resultado de un fracaso de dirección o la expresión de un declive estructural más profundo? Los hechos sugieren que inervienen ambas cosas.

Estructuralmente, la Alianza está debilitada por un reparto asimétrico de la carga, industrias de defensa europeas fragmentadas y un sistema político estadounidense cada vez más escéptico hacia las alianzas y el multilateralismo. Pero es precisamente en estos momentos cuando la dirección se vuelve más importante.

La estrategia de Rutte favorece la supervivencia de la Alianza manteniendo el vínculo transatlántico, aunque eso signifique alimentar el resentimiento europeo, evitando cualquier choque con Trump. Su éxito en obtener el aumento del gasto en defensa al 5 por cien del PIB para 2035 es tangible. Pero aumentar los presupuestos no garantiza ni la cohesión política ni la eficacia militar. Una alianza que paga más pero está políticamente marginada puede mejorar financieramente, pero seguirá siendo estratégicamente débil.

Ni Rutte ni nadie en Europa tiene una estrategia para la OTAN más allá de las divagaciones de Trump. Sólo están preocupados para que la crisis no parezca tan grande como realmente es.

Mientras, Trump no respeta ni a los débiles ni a los aduladores. Arrastrará a Rutte por el suelo como si fuera un limaco echando babas.