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Un lacayo de las multinacionales farmacéuticas se encarga de regular las vacunas

El zorro se encarga de cuidar a las gallinas. Biden va a renovar el mandato de Robert Califf al frente de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA). Califf es cardiólogo. Ya fue comisionado de la FDA durante los últimos 11 meses del gobierno de Obama y mantiene vínculos multimillonarios con los grandes monopolios farmacéuticos.

Antes de renovar su mandato, Califf se tuvo que someter a una audiencia ante el Senado. “Una de las principales razones por las que la industria farmacéutica es hoy tan poderosa, es su estrecha relación con la FDA y otros organismos públicos estadounidenses”, dijo Bernie Sanders durante la sesión.

No es la FDA la que dirige a las farmacéuticas, sino al revés. “¿Qué clase de consuelo puede dar al pueblo estadounidense cuando usted mismo ha estado tan estrechamente vinculado a la industria farmacéutica?”, le preguntó Sanders.

Califf es consultor de más de una docena de monopolios farmacéuticos. Los contratos que tiene firmados con ellos suman muchos millones de dòlares, sin contar las inversiones que mantiene en ellas, que suman 8 millones de dólares.

“En un momento en que el pueblo estadounidense paga los precios más altos del mundo por los medicamentos recetados y mientras las empresas farmacéuticas siguen siendo el interés especial más poderoso en Washington, necesitamos una dirección en la FDA que finalmente esté dispuesta a enfrentarse a la codicia y el poder de la industria farmacéutica”, dijo Sanders en un comunicado.

“Las empresas farmacéuticas no sólo han gastado más de 4.500 millones de dólares en grupos de presión y cientos de millones de dólares en contribuciones de campaña durante los últimos 20 años, sino que también han creado una puerta giratoria entre la FDA y la industria”, continuó el senador.

“Sorprendentemente, nueve de los últimos 10 comisionados de la FDA pasaron a trabajar para la industria farmacéutica o a formar parte del consejo de administración de una empresa de medicamentos con receta”, añadió.

“Desafortunadamente, el doctor Califf no es la excepción a esa regla”, lamentó Sanders. Después de dejar la FDA en 2017, cobró honorarios de consultoría de Merck, Biogen y Eli Lilly.

“Es exactamente la estrecha relación que Big Pharma ha explotado para regular a la FDA, en lugar de que la FDA los regule a ellos”, agregó. “La pandemia de covid-19 ha dejado más claro que nunca la elección entre los beneficios farmacéuticos y la salud de nuestra gente. En este momento crítico, el doctor Califf no es el dirigente que los estadounidenses necesitan en la FDA y me opondré a su nombramiento”.

Además de Sanders, al menos otros dos senadores demócratas se opusieron a su nombramiento por sus vínculos con la farmafia. Uno de ellos, Joe Manchin, dijo el mes pasado que el nombramiento “no tiene sentido mientras la epidemia de opioides sigue causando estragos en las familias de todo el país sin fin a la vista”.

La crisis de los opioides ha sdo una masacre con receta médica supervisada por la FDA. Los médicos ya han matado a medio millón de estadounidenses en los últimos años.

—https://www.commondreams.org/news/2021/12/14/citing-multimillion-dollar-big-pharma-ties-sanders-vote-no-bidens-pick-fda-chief

La mayor parte de los ‘pacientes covid’ ingresaron por otro motivo en los hospitales ingleses

El 65 por cien de los pacientes calificados como “covid” en los hospitales ingleses, ingresaron por otro motivo y se les cambió la etiqueta cuando dieron positivo en alguna de las pruebas de detección.

En las dos semanas anteriores al 21 de diciembre, los hospitales ingleses registraron 563 nuevos pacientes ingresados “con coronavirus”, pero sólo 197 (el 35 por cien) fueron tratados principalmente por “covid”. Los otros 366 (65 por cien) dieron positivo sólo después de haber sido admitidos por otra enfermedad (*).

En Londres, donde el temor a un aumento de los ingresos hospitalarios debido a la variante ómicron se utiliza para justificar más restricciones, las cifras son aún más altas, ya que el 70 por cien de los ingresos hospitalarios debidos al “covid” se diagnostican después de que el paciente ya haya sido ingresado por otras afecciones.

La distinción entre las personas que ingresan en el hospital “a causa del covid” y las que dan positivo después de haber ingresado por otras razones, es importante porque pone de manifiesto hasta qué punto las cifras del covid están infladas.

No sólo ocurre en términos de “casos” sino también de muertes. Muchas personas con comorbilidades mucho más graves no mueren a causa del “covid”, pero se contabilizan como tales.

En Inglaterra sólo el 5 por cien de las camas hospitalarias están ocupadas por pacientes de “covid” y la tasa de ocupación hospitalaria es actualmente del 89 por cien, una cifra muy habitual en invierno.

(*) https://www.dailymail.co.uk/news/article-10339555/Two-thirds-new-Covid-hospital-patients-England-tested-positive-admitted.html

Regreso al futuro: hace 25 años no tuvimos suficiente con el ‘mal de las vacas locas’

Es posible que muchos ya no se acuerden del “mal de las vacas locas” que técnicamente se llamaba “encefalopatía espongiforme bovina” y en los seres humanos “enfermedad de Creutzfeldt-Jakob”, exactamente uno de los efectos adversos de las actuales vacunas.

Entre 1996 y 2014 la enfermedad de las vacas locas se cobró 231 víctimas, la mayor parte de las cuales en Reino Unido. La causa fue el cambio en la alimentación de un ganado, que es herbíboro, con harinas obtenidas de cadáveres de bovinos y de animales. Convirtieron a los animales al canibalismo.

El cerebro acumuló una conformación anormal de las proteínas priónicas que destruía las células cerebrales.

A partir de entonces dimos por supuesto que la Unión Europea tomaría medidas y que el ganado no volvería a ser alimentado con harinas de origen animal. Así se hizo inicialmente. Los cadáveres y despojos de animales muertos tienen que ser eliminados. El Reglamento de la Comisión Europea de 16 de enero de 2013 prohíbe “alimentar a los rumiantes con proteínas animales”.

Pero es muy caro alimentar al ganado con pienso de origen vegetal. El precio de la soja se ha triplicado. Además, normalmente, los piensos son de importación, es decir, dependen de los suministros del mercado mundial, de aranceles y de subvenciones públicas que intentan abaratar los precios de la alimentación en Europa.

En 2017 el Acuerdo Económico y Comercial Global entre Europa y Canadá obligó a Bruselas a reducir drásticamente esos aranceles, aunque sólo 14 de los 27 países europeos lo han ratificado, entre ellos España, naturalmente.

En Canadá se permiten ciertas proteínas animales procesadas procedentes de rumiantes: la leche o los productos lácteos, la gelatina derivada exclusivamente del cuero o la piel y sus productos, la sangre y los productos sanguíneos, la grasa extraída purificada y otros productos que han sido sometidos a un procesamiento adecuado.

La prohibición de la alimentación del ganado con harina y piensos de origen animal sólo afecta al que está destinado al consumo humano y los controles veterinarios no son capaces de impedir la venta de dicho tipo de alimentción, por lo que un 17 por ciento de ella acaba en ganado destinado al consumo humano.

Al fraude y los piensos de origen canadiense hay que sumar la relajación de la normativa comunitaria, una vez olvidadas las vacas locas: el 7 de septiembre Bruselas volvió a autorizar el uso de proteínas transformadas de aves de corral en piensos para cerdos, y viceversa.

El mundo come la comida basura que le dictan los monopolios alimentarios, del mismo modo que otros monopolios dictan las normas de la sanidad mundial y de los fármacos. Si la comida basura no es necesariamente nutrición, las inyecciones de los monopolios farmacéuticos tampoco lo son. Capitalismo y alimentación son incompatibles; capitalismo y salud también.

Recortes y privatización: en Francia cada vez hay menos hospitales y menos camas hospitalarias

En 2020 el número de camas hospitalarias siguió disminuyendo en Francia, a pesar de la pademia, según un estudio estadístico del Ministerio de Sanidad publicado el 29 de septiembre. El número de camas disminuyó un 1,5 por ciento en el año, lo que supone unas 5.700 camas de hospital menos.

El año anterior Francia ya había perdido 3.400 camas de hospitalización completa y 4.000 en 2018. Desde 2013 se han cerrado 27.000 camas de hospitalización completa, reconoce el Ministerio.

“Este descenso continúa una tendencia observada desde hace varios años, que refleja la voluntad de reorganizar la oferta en un contexto de desplazamiento hacia la atención ambulatoria, pero también de limitaciones de personal que no permiten mantener las camas”, añade el estudio.

El turno ambulatorio es el argumento para fomentar la atención extrahospitalaria. El Ministerio se congratula de que en 2020 la capacidad de hospitalización a domicilio haya aumentado un 10 por ciento.

La reducción de la duración de la estancia en el hospital es algo positivo para muchos pacientes, pero hay muchas dudas sobre la atención que se prestada en el propio domicilio. En realidad la atención ambulatoria favorece al sector privado frente al hospital público. ¿Realmente tienen gente que los atienda?, ¿Está la vivienda adaptada a los ancianos o dependientes?, se pregunta Fanny Vincent, profesora de la Universidad de Saint-Étienne.

El número de camas de cuidados críticos (reanimación, cuidados intensivos y monitorización continua) aumentó el año pasado. Pero aunque se instalaron 786 camas de reanimación adicionales, la tendencia general no cambia: sigue habiendo menos plazas hospitalarias en el país.

Además, cada vez hay menos hospitales: “Bajo el efecto de la reorganización y la reestructuración, el número de entidades geográficas de carácter público o privado ha seguido disminuyendo (25 establecimientos menos el ao pasado)”, dice el estudio. “El descenso es más acusado en los hospitales públicos”, añade.

Francia ha visto cerrar 78 hospitales públicos desde 2013, principalmente pequeños hospitales locales.

(*) https://drees.solidarites-sante.gouv.fr/publications/etudes-et-resultats/entre-fin-2019-et-fin-2020-la-capacite-daccueil-hospitaliere

Querido Mario Antiplandemia: hace ya casi un año que no eres el mismo…

Hablas todo el tiempo de que los hospitales se saturaban todos los inviernos pero no te preguntas por qué, no quieres ver que saquearon la sanidad pública en beneficio de la privada. Y siguen haciéndolo.

Pese a lo confuso de la situación tú tienes muy claro que no hay un nuevo virus, o si lo hay, que no es ningún peligro para la salud. Y nos miras con soberbia a los “borregos” que intentamos tener cierto cuidado. Creo que estás viendo sólo un lado, el de tu libertad individual. Y pese a esto, vas de la mano de los que históricamente fueron lo opuesto de la libertad, los de la banderita de españa. Y de un colectivo de funcionarios armados que se dicen por la libertad, pero trabajan obedeciendo órdenes del estado.

Comprendo que en este contexto desolador necesites luchar por tus derechos, y hacer parte de algo, pero creo que no estás teniendo una perspectiva amplia. Te veo pasar horas devorando información de unas fuentes que están propagando una especie de ideología delirante. Y me da miedo a donde nos pueda llevar esto.

Dices que el problema es la partitocracia, pero no parece que te llegue información de otras formas de democracia directa, que existen. Lo explicas todo por la corrupción de individuos que, según tú, son la encarnación misma del mal. No quieres ver que independientemente de quien maneje los hilos, el sistema en el que vivimos nunca benefició a las mayorías. Y mucho menos ahora, en su declive.

Quieren confundirnos, quieren separarnos. Para que no percibamos que antes de todo esto, este modo de vida ya no se sostenía para la gran mayoría. Ya no teníamos para pagar la gasolina ni la hipoteca. Y todos esos “políticos valientes” que dicen que van a salvar la situación, no hacen más que echar mierda para que su lobby coja ventaja.

De verdad que no comprendo por qué de pronto me miras con soberbia… Yo no tengo la culpa de todo esto. Todxs somos capaces de comprender y responsabilizarnos. Unos y otros solo quieren que miremos para otro lado, y aún por encima tenernos maniatadxs. Dividirnos y enfrentarnos. Y lo están consiguiendo.

Ya no puedo más, te lo pido por favor: vuelve a ser tú mismo, dame una mano.

El capitalismo ha transformado la medicina en un negocio sometido a las leyes del mercado, no de la salud

Hacia 1900 se rompió la unidad entre la docencia y la investigación científica que había sido tradicional hasta entonces. Los centros de investigación se superpusieron a las universidades. Ocurrió en Gran Bretaña con la cátedra Balfour, en Francia con el Instituto Pasteur y en Estados Unidos con una red de instituciones y fundaciones privadas como Carnegie, Rockefeller, Ford y otras. El gobierno de Estados Unidos sólo financiaba la enseñanza, no la investigación.

En algunos países eso supuso el desdoblamiento de la ciencia en un terreno público, la enseñanza, y otro privado, la investigación. El Estado se encargaba de la primera y el capital privado de la segunda. A partir de entonces la universidad empieza a desempeñar un papel subordinado, retórico. Deja de ser el lugar en el que se crea nuevo saber para adoptar una función reproductora del que se gesta en los centros especializados dedicados a la innovación científica. El laboratorio impone su propio método a la universidad, que deja de ser universal (universitas); comienza la era de los especialistas, los que saben mucho de un poco y nada de lo demás.

La financiación externa de los laboratorios sólo fue la primera fase; la segunda los convirtió en unidades de producción, en empresas capitalistas por sí mismas. El modelo volvió a ser el Instituto Pasteur. Entre 1857 y 1873, Pasteur registró siete patentes de fermentación de vinagre, cerveza y vino, más otra para el filtrado de bacterias por el procedimiento de Chamberland. Pero no pudo patentar la vacuna contra el carbunco (ántrax) porque la ley francesa de propiedad intelectual de 1844 prohibía los registros de remedios farmacéuticos, incluidos los destinados al uso veterinario.

Para rentabilizar la vacuna del carbunco, Pasteur cometió uno de sus típicos fraudes: burló la prohibición mediante un procedimiento monopolista que mantenía en secreto el procedimiento de elaboración. El negocio lo discutió con Gambetta, el presidente del gobierno, a fin de obtener subvenciones del Ministerio de Agricultura y expandir el negocio.

La propaganda sobre el éxito de la vacuna fue tan fulminante que Pasteur tuvo que crear otro laboratorio anexo para fabricarla que ya no era experimental sino industrial, capaz de suministrar 200.000 dosis mensuales mediante un complejo entramado burocrático, que incluía un departamento comercial (1). Con el tiempo, el Instituto Pasteur se transformó en un laboratorio industrial, una de las mayores multinacionales farmacéuticas.

Sólo hubo una excepción al desdoblamiento entre la docencia y la investigación, que fue la medicina, un fenómeno que queda ilustrado en el informe Flexner, que dio un giro completo a la teoría y la práctica de la medicina en Estados Unidos y, a partir de allí, en el mundo entero. Abraham Flexner era un oscuro pedagogo cuando en 1908 el Instituto Carnegie le encargó un informe sobre la capacitación de los médicos en Estados Unidos y Canadá. El encargo le llegó por recomendación de su hermano mayor, Simon, que había sido uno de los pioneros en la creación de la Fundación Rockefeller, director del Instituto Rockefeller de Investigación Médica, además de patólogo en la Universidad Johns Hopkins y en la de Pensilvania.

En 1902 John D. Rockefeller había creado el General Education Board, la primera gran fundación educativa de Estados Unidos. Flexner entró a formar parte de su personal. Su tarea aparente consistía en evaluar el estado de las universidades en norteamérica, y el de la educación médica en particular.

Flexner era una marioneta y su informe un plagio. Es esencialmente el mismo que había elaborado la Asociación Médica Americana dos años antes y que nunca se había publicado. En su tarea Flexner fue guiado por N.P. Colwell, miembro de dicha Asociación, quien quería asegurarse de que Flexner llegaba a las conclusiones previstas. Incluso el pedagogo acabó la redacción de su informe (2) en las oficinas centrales que la Asociación tenía en Chicago.

La coalición de esa Asociación con Carnegie y Rockefeller llevó unas determinadas tesis sobre la práctica uniforme de la medicina a todo el mundo. Los médicos pasaron a ser clones unos eran de otros: como los remedios, los médicos también se fabricaban en serie y la medicina se acaba codificando en protocolos de actuación, diagnósticos, definiciones y vademécums compilados en gruesos volúmenes. El canon llegó impuesto por el dictado de una Asociación Médica que ni tenía carácter oficial, ni tampoco representaba al conjunto de la profesión. Por ejemplo, ni las mujeres ni los negros podían formar parte de ella.

Con su informe, Flexner se limitó a dar aire al desembarco del capital monopolista en la medicina y la farmacopea norteamericana, a la creación de la industria de la salud, un sector económico emergente a cuyas normas debía someterse de manera uniforme el ejercicio de la medicina. En 1910 en Estados Unidos ejercían más de 60.000 profesionales dispersos por un vasto territorio, uno de los porcentajes de profesionales por habitante más altos del mundo. Como consecuencia de ello, la atención sanitaria se acercaba al ideal: médicos por todas partes y precios asequibles de la atención sanitaria. Esa abundancia de médicos se debía a que no se necesitaba un permiso oficial del Estado para ejercer, de modo que cualquiera podía poner una consulta, y también a las facilidades de matriculación en las escuelas de medicina, que eran muchas y de propiedad privada.

Estados Unidos pasó de disponer de 166 escuelas de medicina en 1910 a sólo 77 en 1940. Fue un cierre selectivo que afectó a la mayoría de las pequeñas escuelas rurales; sólo permitieron la apertura de dos escuelas para negros. En 1963 Estados Unidos mantenía el mismo porcentaje de médicos por habitante que en 1910, a pesar de un incremento enorme de la demanda. De los 375.000 médicos en activo en 1977, sólo 6.300, el 1,7 por ciento, eran negros.

El plan de 1910 consistía en fomentar el mercado de la enfermedad, la medicina debía convertirse en un negocio y el médico debía modificar su posición en la pirámide social: de un profesional muy cercano al paciente, se conviritió en parte integrante de una élite selecta cuyos honorarios muy pocos podían satisfacer, lo cual abrió un fantástico mercado secundario: el de los seguros médicos. Las relaciones entre ambas partes, médico y paciente, cambiaron radicalmente. Antes el médico visitaba al paciente; ahora el paciente visita al médico.

Para imponer un canon uniforme, el Estado comienza a intervenir: cuál es la auténtica medicina y cuál se debe vilipendiar, quién es médico y quién es sólo un curandero, qué conocimientos médicos se deben impartir, cómo se deben impartir y en dónde se deben impartir. Ni cualquiera puede fundar una facultad de medicina, ni cualquiera puede ejercer la medicina. Para que alguien se pueda llamar médico primero debe disponer de un título académico que sólo el Estado puede otorgar; para que alguien pueda ejercer la medicina primero debe disponer de una autorización que sólo el Estado puede otorgar, todo lo cual va cuidadosamente reglamentado y supervisado, además, por corporaciones profesionales del tipo de la Asociación Médica Americana, al servicio de los intereses de grandes empresas capitalistas de la farmacia, del equipamiento médico, de los seguros médicos, etc.

Los herbolarios también desaparecieron o fueron marginados. La formación médica, como las demás enseñanzas codificadas, son un instrumento de dominio sobre la ciencia sancionado por el Estado, que le proporciona al mecanismo una apariencia de objetividad y neutralidad.

A partir del informe de Flexner los hospitales se vinculan a las facultades de medicina y a la investigación médica. No ha sucedido con ninguna otra profesión. Las facultades de derecho no comparten la misma sede que los tribunales, ni las escuelas de ingeniería están en los talleres, ni la enseñanza de la economía en la bolsa. Había que abandonar la medicina tradicional, el saber empírico y lo que Flexner calificaba como “dogmas históricos” que impiden la “libre búsqueda de la verdad”.

En la industria farmacéutica, la dinastía Rockefeller había comenzado con William Avery Rockefeller, quien acumuló su fortuna engañando a los incautos con elixires compuestos por alcohol, cocaína y opiáceos que embotellaba como pócima milagrosa para cualquier clase imaginable de patología (3). Era un tráfico de drogas en una época en la que cualquier clase de droga era aún de venta legal y libre.

En 1910, junto con algunos conglomerados farmacéuticos, Rockefeller controlaba hospitales, universidades e investigación. La medicina y sus áreas afines se convirtieron en un modelo de control y regulación monopolista, bajo la cobertura oficial de instituciones públicas como la FDA (Food and Drug Administration), un departamento del gobierno de Estados Unidos que hoy dicta la política sanitaria, alimentaria y farmacéutica en el mundo entero.

No obstante, la naturaleza pública de la FDA es engañosa ya que el 75 por ciento de su presupuesto lo cubren las empresas farmacéuticas, es decir, que son éstas las que realmente controlan a un organismo aparentemente público, y no al revés.

Los abigarrados protocolos de la FDA imponen lo que es una droga que hay que prohibir, lo que es un alimento que se puede ingerir y lo que es un fármaco que se debe prescribir. Dicen lo que es sano y lo que es pernicioso; lo que deben hacer y lo que no, tanto los médicos y pacientes como los gobiernos; lo que es salud y lo que es enfermedad, siempre basándose en criterios que sólo son realmente científicos si coinciden con los intereses económicos de las empresas farmacéuticas.

(1) Maurice Cassier: Appropriation and commercialization of the Pasteur anthrax vaccine, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, vol.36, 2005, pgs.722 y stes.; del mismo autor: Producing, controlling and stabilizing Pasteur’s anthrax vaccine. Creating a new industry and a health market, en Science Context, vol.21, 2008, pgs.253 y stes.

(2) Abraham Flexner: Medical education in the United States and Canada. A report to the Carnegie Foundation for the advancement of teaching, en Bulletin num.4, Boston, Massachusetts, 1910 (http://www.carnegiefoundation.org/files/elibrary/flexner_report.pdf).

(3) En 1900 la mayor parte de los fármacos patentados se componían de alcohol y derivados del opio y la cocaína; en otros casos contenían productos tóxicos organofosforados. El fraude fue denunciado por el periodista Samuel Adams en una serie de artículos publicados por la revista Collier’s Weekly entre octubre de 1905 y febrero del año siguiente, luego recopilados en un libro titulado “The great american fraud: Articles on the nostrum evil and quacks”, que sigue siendo una referencia del periodismo de investigación.

Enfermedades, clases sociales y lucha de clases: el caso de la pelagra

El año pasado Mariví Cascajo Almenara, del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo, publicó un artículo sobre la pelagra (1), que es muy interesante porque ese tipo de análisis no proliferan, ya que hay mucho que esconder bajo la alfombra impoluta de la ciencia y, sobre todo, de la medicina.

Antiguamente a la pelagra se le otorgaron otros nombres, como “lepra asturiana” o “italiana”. Actualmente es bastante desconocida, pero en el siglo XVIII y durante más de 200 años causó enormes estragos entre la población más pobre del sur de Europa, y lo mismo ocurrió a principios del siglo XIX en el sur de Estados Unidos.

Originalmente, recuerda Cascajo, la pelagra se consideró, y así se trató, como una enfermedad infecciosa, a pesar de que ya en 1735, un médico español, Gaspar Casal Julián, sugirió el origen dietético o nutricional de esta dolencia.

Es evidente que, tampoco aquí, apareció ese invento que ahora llaman “consenso científico” sino todo lo contrario: existieron dos doctrinas contrapuestas, de donde surgió un debate que es el verdadero motor del conocimiento.

Durante años la ciencia hizo caso omiso a la hipótesis nutricional, escribe la científica, por una razón que a mi modo de ver es evidente: el Estado burgués puede aceptar que una determinada enfermedad sea infecciosa, pero nunca que sea consecuencia de inadecuadas condiciones de vida, alimentación y trabajo.

A comienzos del siglo XX se produjo algo premonitorio que marca el rumbo de la ciencia moderna: intervino el gobierno de Estados Unidos, que encargó un informe para que los expertos le confirmaran lo que querían oír: que la pelagra es una enfermedad infecciosa. Configuradas de esa manera, las enfermedades son como “brotes” silvestres. No se le puede culpar a nadie de ellas, ni al capitalismo, ni a la pobreza, ni al hambre.

Dicha doctrina no se impuso, pues, por motivos científicos sino políticos.

En 1914 Joseph Goldberger sostuvo, por el contrario, que la enfermedad es consecuencia de la desnutrición de los más pobres de la sociedad, especialmente en las regiones rurales. Tuvo que luchar durante el resto de su vida contra la tesis infecciosa dominante.

Charles B. Davenport

Las poblaciones pobres del sur de Estados Unidos se alimentaban casi exclusivamente a base de maíz, lo que impedía la absorción de la niacina (ácido nicotínico) y de un aminoácido, el triptófano. Para evitarlo, los pueblos precolombinos, mayas y aztecas, ablandaban el grano con una solución de agua y cal (2).En 1937 Conrad A. Elvehjem demostró que, en efecto, la pelagra era consecuencia de la falta de vitamina B3 o niacina que se encuentra en la carne fresca y la levadura.

Los errores médicos no sólo forman parte de ciencia sino que tienen un coste en vidas humanas, que en el caso de la pelagra se cuenta por millones. El remedio no estaba en ningún fármaco ni en ninguna vacuna sino en lograr que la población se alimentara correctamente.

Como ocurre en la actualidad, en 1914 el gobierno de Estados Unidos actuó bajo la coartada de los criterios seudocientíficos de determinados expertos podridos hasta el tuétano. En aquella época su cabecilla era un perro de presa, Charles B. Davenport, profesor de la Universidad de Chicago, que hoy es un perfecto desconocido pero entonces era quien marcaba la pauta de la ciencia en Estados Unidos.

Davenport sostenía la naturaleza hereditaria de la pelagra. En 1902 había creado la Oficina de Registro Eugenésico, que contaba con la financiación de los grandes monopolios estadounidenses, entre ellos el de Rockefeller. Se trataba, pues, de un científico racista al más puro estilo de aquella época.

El experimento oficial sobre la pelagra se llevó a cabo con presos que fueron utilizados como cobayas humanas y la tesis nutricional de Goldberger se confirmó, pero se mantuvo en secreto durante 20 años porque lo más funcional para el capitalismo era defender la naturaleza infecciosa de aquella enfermedad.

(1) https://www.eldiario.es/andalucia/lacuadraturadelcirculo/Pelagra-antigua-enfermedad-vuelve_6_855374456.html
(2) M.Á.Almodóvar: El hambre en España. Una historia de la alimentación, Oberon, Madrid, 2003, pgs.29 y 30.

La era de la salud pública nació en la URSS

El concepto y, sobre todo, la práctica de la salud pública no han existido siempre sino que son una conquista de la Revolución de Octubre. Algo tan sencillo como esa práctica cotidiana y actual que consiste en acudir a un centro médico para cuidar nuestras enfermedades gratuitamente se la debemos al esfuerzo de los bolcheviques. La atención médica ha existido siempre… para unos pocos privilegiados; la atención a los obreros, los campesinos y la población, en general, sólo existen desde 1917 y sólo existirá en el futuro si somos capaces de defenderla al menos con tanta energía como pusieron otros en conseguirla.

La primera red sanitaria general de la historia fue obra de Nikolai A. Semashko, fundador del partido bolchevique y primer comisario (ministro) de Sanidad desde 1918 hasta 1930. En su libro sobre la “Protección de la salud en la URSS”, publicado en 1934, Semashko estableció tres principios básicos que debía reunir el servicio soviético de salud: unidad en la organización, participación de la población en la totalidad del trabajo de protección de salud y medidas profilácticas, es decir, la prevención.

La sanidad soviética, por tanto, no era un servicio especialmente destinado a los obreros y campesinos sino una tarea en cuya planificación participaban activamente los sindicatos obreros, las cooperativas agrarias, los soviets y la población en general, es decir, millones de personas que atendían y eran atendidos por la red sanitaria más grande que nunca se había puesto en funcionamiento, alcanzado a cada uno de los rincones de la extensa URSS, incluidos los más alejados y remotos.

La implantación del modelo de medicina soviética en el mundo capitalista fue obra del suizo Henry E. Sigerist que, entre otros, impartió cursos en el Instituto de Historia de la Medicina de la Universidad John Hopkins de Estados Unidos. Sigerist viajó varias veces a la URSS y estudió meticulosamente su sistema sanitario, del que se convirtió en su divulgador más entusiasta: “Los estudios que he hecho durante tres veranos en la URSS -escribió- fueron quizás los más inspiradores de toda mi carrera. Admito francamente que estoy impresionado por todo lo que vi, por el esfuerzo honesto de una nación entera para darle atención médica a todo el pueblo”. El médico suizo siempre reconoció honestamente las aportaciones pioneras de la revolución socialista a la medicina mundial, que describió en su libro “Socialized Medicine in the Soviet Union” publicado en Nueva York en 1937.

Durante la I Guerra Mundial Sigerist fue movilizado como médico del ejército francés, lo que le permitió comprender el carácter imperialista de aquella terrible masacre y, a la vez, valorar la trascendencia histórica de la revolución de 1917: “Un nuevo orden político, económico y social ha nacido de allí y ha modificado muy profundamente las formas de la atención médica […] Puesto que la salud es un bien al que todos tienen derecho el servicio médico es gratuito […] La medicina preventiva tiene prioridad decisiva […] El servicio médico se lleva a la población cada vez más por centros médicos, dispensarios, policlínicos […] La cultura física se ha hecho popular […] Lo que está sucediendo allá es el inicio de un nuevo período de la historia de la medicina”.

Médico e historiador de la medicina, Sigerist se convirtió en un socialista convencido. Sin llegar a ser nunca un marxista militante, gracias al estudio de la medicina se apercibió de que el socialismo era una forma superior de vida para la humanidad. Para el médico suizo el sistema sanitario soviético no sólo era un modelo válido de atención sanitaria que había que llevar al mundo entero; era algo mucho más importante que eso: la sanidad soviética culminaba una larga evolución histórica de los servicios de salud.

En 1938 escribió el artículo “Medicina socializada” para la “Yale Review” donde decía que “el pueblo tiene derecho a la atención médica y la sociedad tiene la responsabilidad de cuidar a sus miembros […] Cada ciudadano debe tener una asistencia médica gratuita, los médicos, como los demás trabajadores de la salud, deben recibir un salario”. La salud no es sólo un problema técnico de asistencia al enfermo sino que se promueve activamente proporcionando condiciones de vida decentes, buenas condiciones de trabajo, educación, cultura física y formas de esparcimiento y descanso.

En 1943 en su libro “Civilization and desease” (Civilización y enfermedad) escribió que el mundo se disponía a dar el paso “de la sociedad de competencia a la sociedad de cooperación; irá hacia el socialismo”. La obra incorpora importantes tesis del materialismo histórico sobre la enfermedad en dos capítulos en los que analiza los determinantes materiales y económicos de la enfermedad. El libro le convirtió en un referente para los estudiantes y jóvenes médicos progresistas de todo el mundo. El 30 de enero de 1939 la revista “Time” ya había publicado su retrato en portada, calificándole como el historiador de la medicina más importante del mundo.

A través de Sigerist la influencia de la medicina soviética alcanzó a Estados Unidos. Con la ayuda de conocidos investigadores, el médico suizo creó la “American Soviet Medical Society”, que presidió Walter B. Cannon, amigo de Pavlov y profesor emérito de Fisiología de la Universidad de Harvard. La asociación editó la revista “The American Review of Soviet Medicine”. La promoción de la comprensión entre los pueblos era su modo de ayudar al intercambio cultural y científico.

Sin embargo, durante la caza de brujas de la posguerra fue ferozmente atacado por la Asociación Médica Norteamericana y el círculo más reaccionario de estudiantes de medicina de la Universidad Johns Hopkins. Fue purgado por la Comisión del Servicio Civil Gubernamental, lo que le impidió ocupar cargos públicos en lo sucesivo. Entonces decidió regresar a Suiza, donde comenzó a redactar su obra cumbre “Historia de la Medicina”, de la cual llegó a publicar el primer volumen.

Por influencia de la Revolución de Octubre y de Sigerist, en Inglaterra también apareció un movimiento en favor de la nueva medicina social y en 1930 Major Greenwood fundó la Asociación Médica Socialista que influyó decisivamente en el programa sanitario del partido laborista. Posteriormente con la ampliación del campo socialista en 1945 y la llegada del partido laborista al gobierno, los obreros británicos pudieron disfrutar de una red pública de atención sanitaria como la que ya disfrutaba la URSS desde hacía décadas.

Desde Suiza, Sigerist hizo varios viajes a Londres que culminaron en las Conferencias de Health-Clark en 1952, pronunciadas en la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical. Hasta su muerte en 1957 la ingente obra de Sigerist, que llena las bibliotecas de las facultades de medicina, inspiró la creación del nuevo sistema público de salud británico y otros parecidos en el mundo entero.

El remate de este proceso que se inició en la URSS también acabó en la URSS, en 1978, en Alma-Ata, durante la asamblea de la Organización Mundial de la Salud, cuando el bloque de países socialistas logró aprobar una resolución en la que, por primera vez, se definía a la medicina como un servicio público, con un único voto en contra: el de Estados Unidos. En medicina este principio se conoce como la Declaración de Alma-Ata y dice lo siguiente: “El pueblo tiene el derecho y el deber de participar individual y colectivamente en la planificación y aplicación de su atención en salud”.

Hoy en cada dispensario médico, hospital o clínica pública del mundo siguen latiendo -inmortales- los principios de la Revolución de Octubre y su éxito al llevar a toda la humanidad algo tan preciado como es la salud.

(artículo publicado por vez primera en 2010)

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