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Líbano pedirá apoyo militar a Rusia contra el Califato Islámico

El primer ministro libanés, Saad Hariri, planea viajar a Rusia para pedir ayuda a Putin, en la lucha contra el Califato Islámico. “Viajaré a Moscú el 11 de septiembre y tengo planes de reunirme con el presidente Putin”, anunció ayer el primer ministro de Líbano en una entrevista con la agencia rusa de noticias Sputnik, publicada en su edición en árabe.

Hariri tiene previsto pedir al Presidente ruso que ayude al gobierno de Beirut en la lucha contra el Califato Islámico con apoyo al Ejército libanés. Ha detallado que durante su encuentro con Putin, a quien ha calificado de su “buen amigo”, tiene previsto discutir la situación de Líbano y toda la región, pero ha asegurado que su conversación se centrará principalmente en la guerra de Siria.

Líbano espera que Rusia preste más soporte y ayuda a su Ejército en la lucha contra el terrorismo, afirma un alto mando libanés. “Lo abordaremos definitivamente, estamos de acuerdo sobre numerosos asuntos, pero Siria es una de las cuestiones donde no estamos de acuerdo y es normal”, ha enfatizado.

Desde el 2011 con el inicio de la crisis siria, grupos terroristas han tratado de infiltrarse en el territorio libanés y, cuando han logrado su objetivo, han provocado la muerte de civiles y soldados libaneses, así como daños materiales. En respuesta, el Ejército y Hezbolah llevan a cabo numerosas operaciones contra los terroristas para acabar con su presencia y evitar que perpetren atentados en su territorio.

Anteriormente, el gobierno libanés ya planteó que, en caso de extrema necesidad, pediría la asistencia de Rusia en la lucha antiterrorista. Moscú, por su parte, ha confirmado su voluntad para modernizar el Ejército y las fuerzas de seguridad de El Líbano y renovar sus equipos militares.

China y Rusia llevan a cabo maniobras navales conjuntas en el Mar Báltico

Según la agencia de prensa iraní Tasnim, el viernes Rusia y China iniciaron unas sorprendentes maniobras navales conjuntas en aguas internacionales del Mar Baĺtico, bautizadas “Joint Sea 2017”, una exhibición de fuerza para contener a la OTAN en una región en la que los imperialistas concentran un dispositivo militar cada vez más importante.

China nunca había aparecido en un escenario tan alejado de sus costas y el hecho de que las maniobras se celebren en el mar marca la pauta de su nueva estrategia militar, volcada hacia la Marina de Guerra, su gran asignatura pendiente.

Nada de lo que está ocurriendo es casualidad. A medida que Estados Unidos aprieta el dogal, los vínculos entre China y Rusia se estrechan cada vez más, desde el Mar Amarillo hasta los confines nórdicos de Europa oriental, donde la tensión con la OTAN es máxima.

Las maniobras navales quieren poner de manifiesto que el Mar Báltico no son aguas jurisdiccionales de la OTAN y que Rusia no puede dejar sus fronteras bajo la influencia de una alianza militar que da muestras continuas de hostilidad en la zona.

Los ejercicios se desarrollarán en dos etapas. En una primera, que durará el verano, se emprenderán misiones de defensa antiaérea y defensa antisubmarinos. La segunda acabará a mediados de setiembre en los Mares Ojotsk y de Japón.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltemberg, ha declarado que seguirán atentamente la evolución de los ejercicios militares en el Báltico y que pedirán explicaciones sobre otras maniobras militares entre Rusia y Bielorrusia previstas para el mes de setiembre próximo.

Desde su misma fundación, los planes militares de la OTAN han contado con un control absoluto sobre zonas marítimas vitales para Rusia, como el Báltico y el Mar Negro, o para China como el Mar de China Meridional. Preo si este último es para China una zona vital de tránsito, el Báltico es un eslabón débil desde los tiempos de la guerra civil en Rusia de 1919 a 1922.

Una tradición de calumnias contra Rusia

Manuel E. Yepe

Un enjundioso trabajo periodístico de Edward S. Herman, que publicó la revista Monthly Review en su edición de julio-agosto de 2017, proporciona abundantes datos acerca de la campaña por la demonización de Rusia que ha sido un objetivo central del New York Times y de la prensa de Estados Unidos en su conjunto desde hace un siglo.

Falsear noticias sobre Rusia es una tradición que se remonta, al menos, a los tiempos de la Revolución de Octubre de 1917. En un estudio acerca de la cobertura del New York Times y la prensa convencional (mainstream media o MSM) de Estados Unidos, sobre la revolución rusa, los entonces prestigiosos periodistas Walter Lippmann and Charles Merz, ambos conservadores, escribieron en el neoyorquino New Republic en marzo de 1920, que “desde el punto de vista del periodismo profesional, la divulgación sobre la revolución rusa ha sido poco menos que un desastre”.

Lippmann y Merz demostraron que el fuerte sesgo editorial en las noticias evidenciaba que los editores querían la derrota de los comunistas y en función de esa imagen denunciaron atrocidades que no ocurrieron y pronosticaron el derrumbe inminente de los bolcheviques por lo menos 91 veces. Hubo una acrítica aceptación de los partes oficiales y de confianza en las declaraciones de unas no identificadas “autoridades superiores”.

Esta manipulación mentirosa de las noticias que se hizo práctica habitual en el New York Times entre 1917 y 1920 fue repetida a menudo en los años subsiguientes. La Unión Soviética se convirtió en el objetivo enemigo hasta la Segunda Guerra Mundial, y el New York Times fue siempre hostil a Rusia. Al finalizar la II Guerra Mundial y siendo ya la Unión Soviética una importante potencia militar que pronto habría de ser rival de EEUU en materia del uso de la energía nuclear para fines bélicos, se inició la guerra fría.

Según el profesor emérito de la Universidad de Pennsylvania Edward S. Herman, “el anticomunismo se convirtió en la religión estadounidense y la Unión Soviética comenzó a ser acusada de aspirar a conquistar el mundo y necesitada de contención. Con esta ideología puesta a punto y bien establecidos los planes de Estados Unidos para su propia expansión global, la amenaza comunista ahora serviría para justificar el sostenido crecimiento de su complejo militar-industrial y de sus repetidas intervenciones, para hacer frente a las supuestas agresiones del imperio del mal”.

Uno de los primeros y más flagrantes casos de mentiras sobre este tipo de amenaza rusa fue la utilizada para justificar el derrocamiento del legítimo gobierno progresista de Guatemala en 1954 por un ejército mercenario financiado, organizado y dirigido por Estados Unidos que invadió el país desde Nicaragua, entonces gobernada por la dictadura de los Somoza, fieles lacayos de Estados Unidos.

Herman explica que  la acción fue provocada por las reformas del gobierno de Jacobo Arbenz que tuvo la osadía de aprobar una ley que permitía la formación de sindicatos, y planeaba comprar (en valoraciones de la tasa de impuesto) y distribuir a los campesinos algunas tierras no explotadas que eran propiedad de la United Fruit Company y otros grandes terratenientes. Estados Unidos, que había apoyado la anterior dictadura de José Ubico durante sus 14 años de duración, no pudo soportar este desafío democrático y el gobierno electo, encabezado por Jacobo Arbenz, fue enseguida acusado de una serie de villanías, y acosado por haber propiciado la toma del gobierno de Guatemala por Moscú.

Al finalizar la II Guerra Mundial y siendo ya la Unión Soviética una importante potencia militar que pronto habría de ser rival de EEUU en materia del uso de la energía nuclear para fines bélicos, se inició la guerra fría.

Tras el derrocamiento de Arbenz y luego de la instalación de una dictadura de derecha fiel a los dictados de Washington en el país, el historiador Ronald Schneider, tras estudiar más de 50.000 documentos incautados de fuentes supuestamente comunistas en Guatemala, demostró ante una corte que no sólo los comunistas nunca controlaron el país, sino que la Unión Soviética estaba demasiado preocupada por sus problemas internos para preocuparse por los de América Central.

En 2011, más de medio siglo después, el Presidente del país, Álvaro Colom tuvo que pedir disculpas por el “gran crimen del derrocamiento violento del gobierno de Arbenz en 1954”, pero jamás ha habido disculpa o incluso reconocimiento de Estados Unidos por su papel en el gran crimen, ni de los editores del New York Times por su complicidad. En los tiempos de la guerra contra Vietnam hubo infinidad de noticias falsas y engañosas en el New York Times y la prensa estadounidense en general, cuyas líneas editoriales eran sistemáticamente de apoyo a la política de guerra.

La situación recientemente creada en torno a supuestos nexos con Rusia de la campaña de Trump indica que el Pentágono, la CIA, los liberal-demócratas y el resto de los que integran el partido guerrerista han ganado una importante escaramuza en la lucha a favor o en contra de la guerra permanente, afirma Herman.

http://www.alainet.org/es/articulo/186977

Aviones de reconocimiento de la OTAN multiplican las provocaciones en la frontera de Rusia

La semana pasada los cazas rusos tuvieron que despegar hasta en seis ocasiones para interceptar aviones de reconocimiento de la OTAN muy cerca de las fronteras occidentales del país, según el sitio web del Ministerio ruso de Defensa.

El sitio publica una infografía en la que muestra a 20 aeronaves, a las que califica de “extranjeras”, aunque reconoce que no llegaron a violar el espacio aéreo de Rusia.

En los últimos meses los aviones de la OTAN, incluidos los españoles, han intensificado los vuelos de reconocimiento junto a las fronteras orientales de la OTAN con Rusia, especialmente al norte del Mar Báltico.

La OTAN trata de identificar el reciente despliegue ruso en la región de Kaliningrado de sistema de defensa antiaérea SS-400 de última generación, misiles tácticos Iskander y misiles tierra-mar Bastion y Bal.

Además del norte del Mar Báltico, la OTAN también vigila estrechamente la península de Crimea así como las bases rusas en Siria y las sonas de despliegue de la Marina de Guerra rusa en el Mediterráneo.

El año apasado el servicio de vigilancia electrónica de las Fuerzas Aeroespaciales rusas detectaron a más de 2.000 aviones militares, la mayor parte de ellos pertenecientes a la OTAN, de los que 800 eran de reconocimiento. Todos ellos fueron localizados junto a las fronteras de Rusia.

La trastienda de las Guerras del Cáucaso

La guerra de Chechenia forma parte de un plan de los imperialistas estadounidenses para reventar la Federación Rusa por intermedio de los yihadistas. A los imperialistas nunca les bastó con erradicar el socialismo de la URSS sino que necesitaban desmembrarla y crear una situación de inestabilidad en sus fronteras, primero en el sur, luego en el Báltico y finalmente en el Donbas. Estados Unidos ya controla Azerbayán y Georgia, país que ha dado su apoyo en numerosas ocasiones a los independentistas chechenos, a pesar de que históricamente las relaciones entre georgianos y chechenos han sido tensas. En respuesta, los rusos apoyan en Georgia a los separatistas de Osetia del sur.

Los anglosajones pretenden expulsar a Rusia de la Transcaucasia y, para ello, precisan desestabilizar la situación en el norte del Cáucaso. La desestabilización de Rusia mediante la manipulación de las tensiones políticas entre las poblaciones del Cáucaso y Asia central está en la pauta de Washington desde la época de la URSS. Una de sus primeras postulantes fue la francesa Helène Carrère d’Encausse, así como Alexander Benningsen, profesor de la Sorbona, y el orientalista británico Bernard Lewis.

Miembro de la Academia francesa, Hélène Carrère d’Encausse nació en París en 1929 con el apellido Zourabichvili. Proviene de una familia zarista que se refugió en Francia tras la Revolución de Octubre. Sus ancestros fueron funcionarios imperiales, llegado uno de ellos a presidente de la Academia de Ciencias en tiempos de Catalina II. Desde hace muchos años está considerada como una de las mayores expertas en asuntos soviéticos. Su obra más conocida, L’Empire éclaté (La explosión del Imperio) se publicó en 1978. En 1992 fue consejera del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, financiando las manipulaciones en el interior de los antiguos países del bloque socialista y de la recién desaparecida Unión Soviética. Dos años después fue diputada del Parlamento Europeo y vicepresidenta de la Comisión Asuntos Exteriores y Defensa. Fue una asesora muy cercana a Chirac en asuntos orientales durante su etapa como Presidente de la República Francesa. Sus escritos sobre la URSS (incluida una biografía de Lenin) gozan de gran reputación entre los círculos imperialistas.

La estrategia imperialista de manipulación de las poblaciones musulmanas de la URSS se concreta a partir de la invasión soviética a Afganistán en 1979. Afganistán fue el campo de entrenamiento de las redes de yihadistas organizadas, financiadas, entrenadas y mantenidas por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Gran Bretaña, Arabia saudí y Pakistán, de donde provienen los islamistas que portan la marca de Al Qaeda.

En aquella época, la política de Carter estaba bajo la dirección del consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, luego autor del libro “El gran tablero de ajedrez mundial: la supremacía estadunidense y sus imperativos geoestratégicos”, donde ya aludía (1997) a los Balcanes euroasiáticos. Brzezinski afirma en su obra que el interés de Estados Unidos como primera potencia verdaderamente mundial es asegurar que ninguna potencia rival llegue a controlar Eurasia o, lo que es lo mismo, que sólo la controlen ellos. El consejero de Carter también fue consejero de la sociedad petrolera BP Amoco, con reconocidos intereses en la zona: “Eurasia es el tablero sobre el que se desarrolla el combate por la primacía global […] La tarea más urgente consiste en velar para que ningún Estado o reagrupamiento de Estados tenga los medios para expulsar a los Estados Unidos de Eurasia o debilitar su papel de árbitro”. Brzezinski es partidario de la partición de Rusia en tres: la Rusia europea, la Rusia de Siberia, y la Rusia del extremo oriental, con vistas a desestabilizarla.

La CIA no ha dejado de provocar a Rusia para que lleve a cabo acciones agresivas contra los chechenos, tanto en el plano militar como diplomático. La injerencia imperialista tiende a prolongar el drama checheno haciendo al Kremlin único responsable del mismo.

El gobierno checheno en el exilio

La Guerra de Chechenia es una cuestión estratégica internacional: por allí pasa una red de oleoductos indispensables para la explotación rusa del petróleo del Mar Caspio. Los rivales de Rusia, especialmente Estados Unidos, están interesados en que el conflicto perdure y que se extienda incluso a todo el Cáucaso. Los esfuerzos que Estados Unidos despliega en la región son visibles. Ha instalado a sus peones en Georgia, cuyo ejército controlan, como controlan el espacio aéreo desde su base de Inçirlik, en Turquía.

La desestabilización de Rusia se juega en varios frentes simultáneamente. Lituania acoge en su territorio el Kavkaz Center (Centro Caucásico), desde donde Basaiev difundió el comunicado en el que reivindicaba la carnicería en la escuela de Beslán, además de los atentados contra los dos aviones civiles rusos perpetrados una semana antes. La masacre fue revindicada en internet por Basaiev pero su sitio no ha sido molestado. No satisfecha, Lituania pidió explicaciones a Rusia por el trágico desenlace de su ataque en Beslán, como si fuera Putin y no Basaiev el responsable de la masacre. Vilnius realiza así un doble juego para desestabilizar a Moscú y perturbar las relaciones euro-rusas.

En Chechenia, además del gobierno de Grozni, hay otro en el exilio en Londres. Un año después de la matanza de la escuela de Beslán, su máximo responsable, el yihadista Basaiev, fue proclamado viceprimer ministro de dicho gobierno checheno en el exilio. Su portavoz, Ahmed Zakaiev, disfruta de asilo político. En Washington su ministro de Relaciones Exteriores, Ilyas Ajmadov, también disfruta del asilo político de los imperialistas.

Una de las sedes de este gobierno está en un local de la la Freedom House que dirige el antiguo director de la CIA James Woolsey, y su financiación corre a cargo del Comité Norteamericano para la paz en Chechenia, copresidido por Zbigniew Brzezinski y por su ejecutor, Alexander Haig hijo. Estados Unidos también ha concedido asilo político a Ilyas Ahmadov, acusado de crímenes de guerra y ayudante del independentista Aslan Masjadov. Ahmadov fue contratado por la organización National Endowment for Democracy, donde participan el sionista Paul Wolfowitz (antiguo ministro de Defensa), Frank Carducci (antiguo director de la CIA) y el general Wesley Clark (antiguo Comandante en Jefe de la OTAN). Por eso, el New York Times no califica a los chechenos de terroristas sino de resistentes y, un año después de la masacre de Beslan, Basaiev, con una orden internacional de busca y captura, concedía una entrevista a una cadena estadounidense de televisión.

Cuando Ahmed Zakaiev fue detenido en Copenhague, Rusia solicitó formalmente su extradición implicándole, entre otros actos, en el secuestro de 1.000 personas en el Teatro Duvrobka de Moscú, que se había producido apenas una semana antes. Pero el embajador de Dinamarca en Moscú advirtió de que las leyes danesas no permitían su extradición a Rusia.

El oligarca ruso Berezovsky, perseguido por evasión fiscal, también está refugiado en Londres, bajo el asilo político del gobierno. Desde allí mueve varios de los hilos del ajedrez geopolítico del Cáucaso en interés de sus jefes. Como en Irak, de nuevo, petróleo y guerra van de la mano también en Chechenia.

Washington habla un doble lenguaje cuando pide al Kremlin que negocie con el gobierno checheno en el exilio: “¿Por qué no se reúnen ustedes con Osama Bin Laden, lo invitan a Bruselas o a la Casa Blanca para iniciar conversaciones, para preguntarle lo que quiere y dárselo, a fin de que los deje en paz?”, respondió Putin.

Nueva York no es Beslán, donde los muertos no importan casi nada a nadie

Las Guerras del Cáucaso (10)
En marzo de 2003 se celebró un referéndum que aprobó un proyecto de constitución elaborado por el gobierno ruso, concediendo a Chechenia el estatuto de república autónoma dentro de la Federación rusa. En septiembre Ajmad Kadirov fue elegido presidente y, al año siguiente fue asesinado por los comandos wahabitas de Basaiev.

El 29 de agosto de 2004 Rusia convocó elecciones en Chechenia. Los estadounidenses y sus aliados wahabitas trataron de sabotear los planes de Moscú por todos los medios posibles. Cinco días antes de las elecciones, el 24 de agosto, dos aviones, un Tupolev 154 de la línea Moscú-Sochi y un Tupolev 134 de la línea Moscú-Volgogrado, explotaron en pleno vuelo provocando la muerte de 90 personas. Las Brigadas Islamistas (Kataib al-Islambuli) se atribuyeron la acción. Una semana después la misma organización hizo estallar una bomba en el metro de Moscú, frente a la estación Rizhskaya, provocando 10 muertos y unos 50 heridos.

Sin embargo, el llamamiento de los imperialistas estadounidenses y sus aliados independentistas a boicotear el escrutinio obtuvo poco éxito, ya que el promedio de participación alcanzó el 79 por ciento. El general Alí Aljanov, candidato favorable a Rusia, ganó las elecciones sin dificultad. Los observadores internacionales atestiguaron unánimemente la limpieza del escrutinio, incluso los de la Liga Árabe, mientras los estadounidenses denunciaron una farsa organizada por el virrey de Putin. Mala perdedora, la prensa imperialista vio en aquel resultado la prueba de una manipulación.

Las rivalidades imperialistas quedaban al descubierto. Dos días después se celebró una cumbre ruso-germano-francesa en Sochi para apoyar a Putin. En ella Chirac y Schröder, que tenían puntos de vista muy diferentes sobre la guerra, le felicitaron por restablecer la democracia en Chechenia.

El respaldo europeo a Putin no frenó a los yihadistas. Tres días después de las elecciones, las sangrientas provocaciones wahabitas continuaron con una de sus operaciones más definitorias: el secuestro de 1.181 rehenes en la escuela de Beslán, en Osetia del norte, una República autónoma de la Federación Rusa.

El doctor Leonid Roshal, que ya había desempeñado el papel de negociador durante el secuestro del Teatro Duvrobka, llegó para negociar con los asaltantes. Sin embargo, sorprendentmente, éstos no plantearon ninguna petición. El macabro juego no consistía en negociar nada sino en crear una crisis, dejar que la situación se deteriorara. Se negaron a dar de comer y beber a los rehenes, que tuvieron que ingerir su propia orina para sobrevivir. Luego mataron a 20 de ellos cuando un miembro del comando fue herido por la policía rusa.

Al día siguiente, el antiguo presidente de Ingushetia, Ruslan Aushev, trató de mediar y obtuvo la liberación de algunos rehenes. El jefe del comando declaró que actuaba siguiendo órdenes de Shamil Basaiev. Al final del segundo día, empezaron a llegar a Beslán los periodistas extranjeros. Fue entonces cuando, inesperadamente, el jefe del comando exigió la presencia de varias personalidades para plantear que no daría de beber a los niños hasta que Putin anunciara por televisión la independencia de Chechenia.

Al tercer día, los secuestradores permitieron a los médicos a evacuar los cadáveres de 21 rehenes que empezaban a descomponerse debido al calor y la humedad. Se oyó entonces una explosión, sin que se sepa si se trató de un disparo hecho por el padre de algún alumno desde el exterior de la escuela o, lo que parece más probable, el estallido accidental de una de las bombas. La explosión desencadenó un tiroteo generalizado en medio del cual las tropas rusas se lanzaron al asalto, que causó 376 muertos, entre ellos 11 soldados rusos, 31 secuestradores y 172 niños.

Sólo un secuestrador sobrevivió y fue juzgado. Las autopsias revelaron que 22 de los 32 secuestradores eran toxicómanos que murieron en estado de abstinencia por falta de droga. La identificación de los atacantes sigue siendo incierta. La prensa imperialista volvió a arremeter con saña contra Putin, acusado de ser responsable de la carnicería por mantener una atroz guerra en Chechenia.

La operación había sido preparada por los servicios secretos británicos para debilitar a Rusia. Sin mencionar expresamente al Reino Unido, el Kremlin denunció que el asalto había sido preparado por una potencia extranjera y planteó la cuestión al Consejo de Seguridad de la ONU, que rehusó debatir un proyecto de resolución, limitándose a emitir un comunicado de condena del secuestro y de los atentados contra los aviones en el que exhortaba al mundo a cooperar con Rusia para detener y juzgar a los culpables. Pero el tratamiento del asunto en los gobiernos y la prensa mundial fue muy diferente al que recibió el 11-S. No se dieron por enterados y siguieron protegiendo a los secuestradores. El atentado había tenido lugar en Beslán, no en Nueva York.

El 8 de marzo de 2005 Masjadov fue abatido en el curso de una refriega con tropas rusas. Su familia había sido secuestrada en febrero al parecer por los hombres de Ramzan, el hijo del asesinado Kadirov.

El 13 de octubre de ese mismo año en la república rusa de Astemirov-Balkaria una unidad de 100 yihadistas chechenos y árabes dirigidos por Anzor Astemirov asesinó al menos a 24 funcionarios de policía y civiles.

Al año siguiente, el 10 de julio de 2006, días previos a la cumbre del G8 en Petersburgo, murió Basaiev en condiciones no esclarecidas. Las fuentes chechenas consideran que sucedió como consecuencia de una explosión accidental, mientras Moscú atribuyó la autoría a sus tropas.

Los imperialistas llevan de nuevo la guerra a Chechenia

El dirigente checheno Masjadov levanta el puño
Las Guerras del Cáucaso (9)

Entonces comenzó otra etapa de la historia de Chechenia, la primera guerra (1994-1996), que empezó como un enfrentamiento interno. En mayo de 1993 los enfrentamientos armados se trasladaron al centro de Grozni. Tres distritos de la capital proclamaron su lealtad a la oposición. Dudaiev envió a sus milicias para recuperar el control de estas zonas y, al mismo tiempo, con el fin de contrarrestar las acusaciones de dictador, anunció la celebración de elecciones legislativas en 1995 y presidenciales en 1996. En un atentado dirigido contra Dudaiev, falleció su ministro del Interior.

Yeltsin envía tropas para atacar Grozni, estabilizar la región, frenar las tendencias independentistas y garantizar la variante rusa de los oleoductos que cruzan el Cáucaso. La guerra se prolongó durante varios meses. La ofensiva acorazada se produce por tres frentes pero choca con una fiera resistencia. Grozni padece un bombardeo intensivo que destruye su centro histórico. La guerra costó más de 50.000 muertos y una importante cantidad de refugiados. Los chechenos se repliegan hacia las montañas y los rusos consiguen ocupar una gran parte del territorio.

Pero la guerra provocó una fuerte crisis política en el interior de Rusia. Actuó como aglutinante de la oposición a Yeltsin. Parte de las fuerzas armadas, de la cúpula de la Iglesia ortodoxa y de las masas se manifestaron en contra de una política vacilante hacia Chechenia que sólo respondía a los vaivenes de la correlación de fuerzas en el Kremlin. Negociaban cuando la popularidad del Gobierno era mínima (junio de 1995) o cuando estaba en juego su continuidad (elecciones de agosto de 1996) y, por otro lado, desencadenaron acciones militares extremadamente violentas (por ejemplo, la conquista de Samachki), como medio de afianzar su influencia en el país.

La guerra fue encarnizada, en especial para el pueblo checheno, pero también para el ejército ruso, objeto de las represalias de las milicias chechenas. En 1995 Basaiev dirigió durante dos días el secuestro de 2.000 personas en el hospital de Budionnovsk (sur de Rusia) que dejó un saldo de 150 muertos y 400 heridos, en su mayor parte pacientes o personal médico. En abril de 1996 Dudaiev fue ejecutado por el lanzamiento de un misil teledirigido por el ejército ruso. Su cuerpo no apareció.

El final de la primera guerra y el inicio de la segunda
En agosto de aquel año Yeltsin decidió modificar su estategia. Encomendó a Alexander Lebed, un general ruso, secretario del Consejo de Seguridad y opuesto a la intervención militar en el Cáucaso, negociar la paz con Yandarbiev. Son los llamados Acuerdos de Jasaviurt que establecieron el fin de las hostilidades, la retirada de los tanques rusos y una moratoria de cinco años sobre el estatuto político de Chechenia, tras el cual se convocaría un referéndum. El plan supone, de facto, la autonomía total.

Comienza una nueva etapa para Chechenia, que no dudó en utilizar los acuerdos alcanzados para actuar como si de un Estado independiente se tratase. Prueba de ello fue la proclamación, inmediatamente después del acuerdo, de la ley islámica, la declaración por parte del Parlamento checheno del ruso como idioma extranjero e incluso la solicitud de establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre los dos Estados.

En enero de 1997 unas elecciones presidenciales reconocidas tanto por la OSCE como por el Kremlin, otorgaron a Masjadov la presidencia del gobierno. El nuevo presidente tuvo que hacer frente a dos grandes problemas: la situación económica cada vez más precaria y los embates de los sectores wahabitas dirigidos por Basaiev.

En agosto de 1999 Putin fue elegido primer ministro y en diciembre Yeltsin renunció a la presidencia. Pero el acontecimiento más importante de aquel año fue la invasión del Daguestán, vecino de Chechenia, por Basaiev y sus seguidores. Fue un intento de provocar una nueva guerra a una escala aún más vasta con la esperanza de generar un levantamiento islámico en toda la región. Tras los chechenos estaban los wahabitas saudíes y Estados Unidos, interesados en desestabilizar la región e impedir la consolidación de la paz.

Empezó así la segunda guerra en la que el ejército ruso arrasó Grozni, bombardeada masivamente de septiembre a marzo del siguiente año. Cuando los rusos toman Grozni en la primavera de 2000, las operaciones militares de gran envergadura se trasladaron del llano a la montaña, donde continuó la resistencia. Aunque el ejército ejecutó duras operaciones de limpieza, los yihadistas redoblaron sus fulgurantes y demoledores golpes. En septiembre de aquel año Rusia padeció tres atentados que, en una semana de horror, dejaron 230 muertos.

A diferencia de la anterior, esta segunda guerra generó escasa oposición en Rusia. Estaba estratégicamente vinculada a la daguestaní y también complicó las relaciones con Georgia, una república sumida durante años en una profunda crisis. Se abrió así un nuevo frente de guerras chechenas añadido a otros conflictos del Cáucaso con epicentro en el corredor de Pankisi (frontera común checheno-georgiana).

En marzo de 2000 Putin inició su presidencia designando en junio al antiguo jurisconsulto musulmán (muftí) de Chechenia, Ajmad Kadirov, como presidente del gobierno local. Después del 11 de setiembre de 2001, tendrá un buen argumento para justificar la prolongación de la guerra en Chechenia como parte integrante de la guerra contra el terrorismo fundamentalista.

En octubre de 2002 se produjo el secuestro del teatro Dubrovka de Moscú, dirigido por Movsar Barayev, sobrino de Shamil y acusado de varios crímenes sanguinarios. La policía terminó con los 41 secuestradores pero también gaseó mortalmente a 129 de los 700 rehenes. Durante el asalto, las tropas rusas utilizaron un gas somnífero que no quisieron identificar.

Los rusos siempre afirmaron que el comando checheno recibió ayuda de numerosos cómplices en Moscú para preparar la operación. Una fuente gubernamental indicó que los insurgentes fueron informados sobre lo que ocurría fuera del teatro por un centro analítico. Ese centro recogía información de varias fuentes, incluido el cuartel general de la operación de rescate, la procesaba y enviaba instrucciones a los secuestradores. Es muy probable que se tratara de una agencia de espionaje imperialista, posiblemente británica o estadounidense, con el apoyo de algunos miembros de los propios servicios secretos rusos.

La penetración imperialista y wahabita en Chechenia

Shamil Basaiev
Las Guerras del Cáucaso (8)

El norte del Cáucaso constituye una región estratégica para las relaciones de Moscú con Transcaucasia (Georgia, Azerbaián, Armenia) y las antiguas potencias rivales en la zona, Irán y Turquía. Económicamente, Chechenia era la zona de paso del petróleo proveniente del Caspio y de los países de Asia central.

El bloqueo impuesto por Moscú y los problemas derivados del petróleo afectaron drásticamente a la economía chechena, ya extraordinariamente debilitada durante la era Gorbachov, que había llevado hasta las estribaciones del Cáucaso recortes de salarios, escasez de comida y desempleo. Luego, la primera guerra con las tropas federales rusas empobreció aún más a los chechenos. La penuria económica condujo a la aparición de dos fenómenos nuevos en la región:

— la consolidación de redes criminales que se lucraron con la independencia y desestabilizaron la sociedad chechena
— el debilitamiento de las órdenes sufíes, que fueron incapaces de funcionar en estas condiciones, siendo sustituidas por el wahabismo.

Estos nuevos fenómenos, si bien tienen raíces internas en la propia evolución de la sociedad chechena, fueron alentadas por el imperialismo, singularmente por Estados Unidos. El wahabismo en Chechenia comenzó a expandirse en los años ochenta, durante el desmantelamiento de la URSS por Gorbachov y luego tras la guerra de Kosovo. En plena bancarrota económica chechena, los wahabíes llevaron mucho dinero desde algunos países del Golfo y esto incrementó notablemente su popularidad en la región. A través de Arabia saudí, los imperialistas estradounidenses expandieron un nuevo tipo de religión y con ella su influencia política.

El dinero procedente de países tales como Arabia saudí, Pakistán y Afganistán era abonado a los que se convertían al wahabismo y a aquellos que reclutaban a otros para unirse a la secta militante. Directamente como estado o a través de religiosos prominentes y hombres de negocios, Arabia saudí apoyó el independentismo checheno bajo la supervisión de Estado Unidos. Como dijo el antiguo Secretario de Estado norteamericano James Baker: “Solo en la medida de nuestros intereses debemos oponernos al integrismo”.

El wahabismo se originó en Arabia saudí en la segunda mitad del siglo XVIII sosteniendo una interpretación estricta del islam que rechaza las innovaciones introducidas en la religión tras la muerte de Mahoma. Unió a las tribus de la península arábiga y a principios del siglo XX proporcionó los fundamentos sobre los que se construyó el moderno estado de Arabia saudí. Algunas interpretaciones wahabíes están vinculadas estrechamente al régimen saudí y denuncian todas las formas de disidencia que amenazan el orden político actual en el reino. Se opone la veneración de los santos, las peregrinaciones a los mausoleos y otras manifestaciones de religiosidad popular, algo muy habitual en las órdenes sufíes. También niega el papel del maestro, que es muy importante para los sufíes. Por todo ello, los wahabíes consideran al sufismo como una desviación de las enseñanzas islámicas originales.

Entre los musulmanes del Cáucaso, y entre los chechenos en particular, están muy extendidos los ritos funerarios. Cuando alguien fallece, existe un ritual de condolencias que es seguido por los parientes del fallecido y todo el pueblo. Sin embargo, los wahabíes creen que es inútil realizar un ritual de condolencias y que basta con enterrar al fallecido. Con la crisis los chechenos ni siquiera podían sufragar las costosas tradiciones funerarias. Así pues, muchos jóvenes comenzaron a pensar que los wahabíes enseñaban principios que tenían más relevancia para la vida actual en Chechenia y que las tradiciones funerarias se hallaban en oposición a los auténticos principios islámicos.

Tras la guerra de Kosovo, muchos yihadistas árabes se unieron a la lucha de los musulmanes de Chechenia por la independencia de la Federación Rusa. Además de la presencia de numerosos combatientes saudíes en las milicias chechenas, siempre, supuestamente, vinculados a Al-Qaeda, el máximo exponente del apoyo de los wahabitas al independentismo checheno fue el saudí Ibn al-Jattab, cuyo nombre real era Samir Saleh Abdalah Al-Suwailem. Tras la guerra de Kosovo, se trasladó en 1999 a Chechenia y participó con Basaiev en la invasión del Daguestán. Fue asesinado en circunstancias nada claras en 2002.

A través de Arabia saudí, la penetración wahabita fue un instrumento de presión de Estados Unidos dirigido contra Gorbachov y corrió paralela con el rearme de los talibanes en Afganistán. Como Osama Ben Laden, Basaiev, aunque checheno, era de religión wahabita y combatió como muyahidín en Afganistán contra los soviéticos, donde el ISI (los servicios secretos paquistaníes), lo entrenaron en secuestros y otras operaciones terroristas. El ISI servía de puente entre la CIA y los combatientes islámicos afganos. Allí se entrevistó con los ministros pakistaníes Aftab Shahban Miran y Nazerrullah Babar, más el jefe de los servicios secretos, Javed Ashar, todos ellos colaboradores de la CIA. Basaiev reaparece como peón de la CIA en 1991, cuando se unió a Yeltsin en las barricadas durante el intento de golpe del Comité de Emergencia en Moscú.

La influencia wahabí dividió a Chechenia. Los sufíes aún componen probablemente el 95 por ciento de la población. Las órdenes sufíes trataron de mantener la distancia con respecto a la guerra chechena. Muchos dirigentes religiosos optaron por abandonar Chechenia para buscar refugio en la vecina Ingushetia o en otras partes de Rusia, dejando el campo libre a los wahabitas, que aunque representan una minoría, son un grupo muy organizado con ambiciones independentistas, que está tratando de promover sus propios intereses (y los de sus patrocinadores) en Chechenia y en toda la región del Cáucaso. Los wahabitas tuvieron que enfrentarse con las órdenes sufíes locales. La política wahabí en Chechenia ha intensificado el independentismo, atrayendo la brutal represión rusa y extendiendo así su propia influencia frente a los sufitas. Tras ellos, antes y después de la caída de Gorbachov, siempre ha estado la larga mano de los imperialistas estadounidenses.

En agosto de 1994, tres meses antes de la intervención rusa, Dudaiev contaba con menos de 5.000 hombres armados y el gran muftí prohibió a los musulmanes que tomaran las armas. Sin embargo, disponía de un formidable arsenal de armas: un elevado número de aviones (unas 200 unidades, no todas operativas debido al reducido número de pilotos cualificados) y helicópteros, carros de combate, piezas de artillería, gran cantidad de fusiles y lanzagranadas, ametralladoras y fusiles, unas 20.000 granadas de mano y hasta 15 millones de balas. La aviación fue prácticamente destruida en su totalidad en los primeros días de la intervención rusa.

Chechenia en la caída de la URSS: ni independencia ni todo lo contrario

El general checheno Dzhojar Dudaiev
Las Guerras del Cáucaso (7)

Cuando se vislumbra el final de la etapa soviética, los imperialistas comienzan a meter la cuchara en el Cáucaso y se produce entre ellos una dura disputa. La guerra de Chechenia se desarrolla en paralelo a la ampliación de la OTAN hacia el este, lo que genera un clima de extrema tensión entre Rusia, Estados Unidos y sus aliados occidentales.

En 1988 a través de Norilsk Eugenia Gaier, los imperialistas promueven la creación de la Asociación de los Pequeños Pueblos (AsPP), de la que forma parte Chechenia. Por su parte, los chechenos impulsan en 1991 la creación de la Confederación de los Pueblos Montañeses del Cáucaso, una organización pancaucásica originariamente de carácter estrictamente cultural que experimentó una rápida transformación y pasó a convertirse en una formación básicamente política, dotada incluso de milicias armadas. Esta Confederación desempeñó un importante papel en las guerras del Cáucaso norte y la Transcaucasia, desplegando una intensa actividad política.

En la república checheno-ingush se constituyó, también en 1991, el Congreso Nacional del Pueblo Checheno (CNPC), organización de oposición informal al Gobierno central de Moscú, que tenía la independencia como objetivo. Estaba presidido por un militar soviético de origen checheno, el general Dzhojar Dudaiev, un veterano de Afganistán que había dirigido una unidad de bombarderos estratégicos soviéticos en Estonia entre 1987 y 1990.

En aquellos momentos, Doku Zavgaiev, primer secretario del PCUS y presidente del Soviet Supremo de Chechenia-Ingushetia, era el máximo dirigente de la República y respaldó el golpe de Estado del Comité de Emergencia en agosto de 1991. Dudaiev, por el contrario, se opuso. El fracaso del golpe en Moscú actuó como un revulsivo en Chechenia. Provocó otro golpe en Grozni, esta vez triunfante. Yeltsin vió entonces la oportunidad de librarse de la vieja guardia y el 15 de septiembre, con el apoyo del Congreso Nacional del Pueblo Checheno, ordenó la disolución del Parlamento, destituyó a su presidente y creó un Consejo Supremo Provisional con la tarea de asumir el poder hasta la celebración de elecciones el 27 de octubre.

Los ingushes no participaron en ellas. Dudaiev obtuvo el 85 por ciento del respaldo popular. Sin embargo, fueron los jefes de los clanes los que eligieron a Dudaiev como Presidente. La población chechena está dividida en 131 clanes, de los cuales 28 desempeñan un papel principal y esa estructura social arcaica se completa con los jefes religiosos y los ancianos. El 1 de noviembre se proclama la independencia de la República de Ichkeria (nombre autóctono de Chechenia) de la que Ingushetia permanece al margen.

También regresa Aslan Masjadov para participar en la creación de las Fuerzas Armadas, de las que es nombrado comandante en jefe. Masjadov tenía sobre sus espaldas una dilatada carrera militar. Antiguo oficial del ejército soviético, estudió en la Academia de Artillería de Leningrado y estuvo destinado en Hungría entre 1978 y 1981. Equipa al nuevo ejército checheno con el material que dejaron abandonado las tropas soviéticas.

Hasta entonces Yeltsin había defendido las declaraciones de independencia de todos los pueblos, ya que le resultaban útiles para debilitar el poder de su antecesor, Gorbachov. Pero tras el contragolpe de Estado, no reconoció los resultados electorales en Chechenia e impuso el estado de emergencia. Poco después, el Parlamento anuló la orden para evitar un enfrentamiento abierto con los dirigentes chechenos.

Desde el principio Chechenia vivió inmersa en una permanente crisis que afectó a todos los sectores del país y nunca hubo mecanismos institucionales para resolverla. La proclamación de independencia dio lugar al éxodo de los rusos residentes en la región, que se cifra entre 45.000 y 240.000 personas. La presidencia de Dudaiev se caracterizó por su tono personalista y autoritario. Las divisiones internas dentro de los independentistas, paralizaron a la nueva República. En junio de 1993 se produjo un choque entre el Presidente y el Parlamento; los diputados destituyeron a Dudaiev y al primer ministro Mamodaiev, y éstos ordenaron su disolución.

La nueva República articuló su política sobre dos grandes pilares. El primero, de índole religiosa, basado en el islam como elemento cohesionador, no sólo de la sociedad chechena, sino fundamentalmente de todos los pueblos musulmanes del Cáucaso norte, es decir, el panislamismo. El segundo, el reforzamiento de la CoPC para consolidar la unidad política de los pueblos del norte del Cáucaso. Sin embargo, la Confederación fue adoptando paulatinamente una actitud conciliadora en las relaciones con Moscú, en contra de las tesis antirusas propiciadas por los chechenos.

Entre 1991 y 1994 la respuesta rusa a la independencia de Chechenia fue ambigua: no se reconoció pero tampoco se adoptaron acciones en contra. De hecho, Moscú pareció aceptar la independencia. Practicó una política a la vez de conciliación (negociaciones con los dirigentes chechenos) y de desestabilización (bloqueo económico, apoyo a la oposición, ataques armados). En mayo de 1992, la misma Federación Rusa que negaba legitimidad a los dirigentes chechenos, firmaba con ellos un acuerdo por el que se aceptaba la retirada de las tropas rusas estacionadas en la zona y la distribución, a partes iguales, de los arsenales disponibles en su territorio. Para Moscú cualquier intento secesionista era inaceptable. El reconocimiento de la independencia chechena suponía un precedente para otros pueblos de la Federación, que provocaría su desestabilización.

La guerra ruso-turca de 1877

Las Guerras del Cáucaso (2)

La herencia de Shamil fue recuperada por un miembro de la hermandad Qadiriya, Kunta Hasi. En medio de la salvaje política de exterminio y deportación que estaban practicando los rusos, Kunta Haxi logró extender la influencia de esta cofradía, de la que era el dirigente reconocido en el Cáucaso. Los rusos persiguieron a los cofrades y los documentos rusos de la época narran con estupor las historias de centenares de musulmanes norcaucasianos que se dirigían al martirio entonando himnos religiosos sufíes o bailando las danzas rituales de las hermandades. Otros seguidores de Kunta Haxi formaron grupos guerrilleros en las montañas.

Hasta este momento toda la resistencia de los pueblos montañeses contra el zarismo presenta los tres rasgos característicos que ya hemos señalado antes. No se trata de una lucha nacional ni tampoco de una lucha exclusiva del pueblo checheno sino que -no obstante sus peculiaridades- hay que encuadrarla en el marco más general de las luchas campesinas contra el zarismo que no son exclusivas del Cáucaso sino que se exienden a toda Rusia. También se produjeron movimientos revolucionarios en las ciudades, el más conocido de los cuales es el de los “decembristas” de 1825, encabezado por la nobleza. En este clima de oposición al zarismo es donde surge también el populismo a mediados de aquel siglo. Lo que realmente singulariza a la resistencia del Cáucaso es su carácter anticolonial y su mensaje islámico.

La lucha de los pueblos contra el zarismo en el Cáucaso tampoco se puede desvincular de la rivalidad rusa con el Imperio Otomano, entonces máxima fuerza defensora del islam. En 1877 la guerra ruso-turca levantó otra campaña de resistencia de los pueblos musulmanes del norte del Cáucaso contra la dominación rusa. Cuando los otomanos desembarcaron en las costas del Mar Negro, entre sus tropas había numerosos norcaucasianos que habían estado refugiados en Anatolia. Los abjasios, cuyo territorio acababa de ser anexionado a Georgia por el zarismo, también se unieron a las tropas otomanas. También Daguestán y Chechenia volvieron a levantarse en armas, pero la guerra acabó con la victoria rusa y, tras ella, se produjo una nueva emigración masiva, ahora formada fundamentalmente por musulmanes de Abjasia.

Se acercaba la I Guerra Mundial, el capitalismo entraba en su fase imperialista. Fue entonces cuando empezaron a formarse los primeros grupos políticos nacionales en Transcaucasia. Antes no solamente no existían naciones sino que hasta la misma palabra era desconocida. Los términos que hoy traducen la palabra “nación” en las tres lenguas más importantes del área musulmana (turco, árabe y farsí) tienen un origen religioso. En el Corán la voz árabe “milla”, tiene el sentido de “palabra”, equivalente de la expresión “verbo” en la Biblia, que es la palabra de dios. Denota a un grupo de creyentes que acepta una predicación o un libro revelado y así pasó al turco “millet” para designar, en el Imperio Otomano, una comunidad religiosa. En árabe, lengua en la que “milla” y “milli” habían caído en desuso, en la época contemporánea se adoptó otra palabra del vocabulario religioso, “umma”, que en el Corán también designa a una comunidad de creyentes. Sólo a mediados del siglo XIX la palabra “milla” adquirió un sentido político para denominar a una comunidad nacional independientemente de su religión. Esta misma evolución lingüística se aprecia en farsí (mellat, melli) con una evolución incluso más tardía.

Hay una expresión menos religiosa, la de patria (“watan” en árabe, “vatan” en turco y en farsí), pero la traducción no es exacta porque “watan” designa el lugar de nacimiento de una persona, con una connotación sentimental y nostálgica, o lo que es lo mismo, la patria en el sentido de “patria chica”, sin connotaciones políticas.

Hasta el siglo XX esas palabras, en su nueva significación, son neologismos y cultismos que sólo se utilizan en las traducciones de idiomas extranjeros. Para los países islámicos es especialmente importante el idioma árabe, el equivalente al latín para los cristianos. Fue a través del islam y del árabe clásico como pueblos muy lejanos, que muy poco tenían que ver entre sí, crearon una cierta superestructura (el panislamismo) y la utilizaron en sus luchas como estandarte común. A finales del siglo XIX la utilizaron para luchar contra el imperialismo, cuya política era de división y reparto de la región en zonas de influencia. El II Congreso de la Internacional Comunista llamó a la lucha contra el panislamismo porque trataba de “combinar el movimiento de liberación contra el imperialismo europeo y americano con el fortalecimiento de los khanes, de los terratenientes, de los mullahs, etc.” No basta, pues, con tener en cuenta sólo uno de los caracteres de ese movimiento complejo, sino los dos.

Ismail Bey Gasprinski

Panturquismo e imperialismo

Por tanto, el nacionalismo sólo penetra en la región a finales del siglo XIX y exclusivamente entre los pueblos más avanzados. En Azerbaián se creó el partido “Hümmet” (Ayuda Mutua) y después el partido “Mussavat” (Igualdad), con elementos ideológicos tomados de fuentes diversas, entre ellas el panturquismo.

Hasta cierto punto se puede decir que el panturquismo es una versión laica, moderna y política del panislamismo, que lo hereda. Es causa y a la vez consecuencia del nacionalismo y su aparición sólo se explica, a su vez, por la entrada del capitalismo en su etapa imperialista. Mientras el Imperio Otomano, como el zarista, era un conglomerado heterogéneo de pueblos, de los cuales los turcos sólo eran una parte, existían sin embargo turcos fuera de las fronteras de dicho Imperio. Precisamente el panturquismo aspiraba a la unificación de todos los pueblos de origen, habla o cultura turcas, incluyendo tanto a los que eran de origen tártaro (descendientes de los mongoles) como a los de origen turco. Hasta el siglo XX los turcos no se llamaban a sí mismos con esa denominación. Era más bien un calificativo con el que eran conocidos por los demás. Pero la mayor parte de las veces, se empleaba la denominación de “turcos” para aludir a los musulmanes. Todavía hoy los españoles de Ceuta llaman “turcos” a los musulmanes, aunque sean de nacionalidad española (y por supuesto a los marroquíes). Lo mismo sucede en otros pueblos más próximos al Cáucaso. Hoy se suele hablar de “turcos” en sentido estricto para los que pueblan Turquía, mientras se reserva el de “turcomanos” para los de los demás países, pero siempre que se trate de pueblos de ese origen, especialmente los de Turkestán (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Kirguistán).

Los rusos tampoco distinguían con claridad entre unos y otros pueblos islámicos aplicándoles a todos el mismo nombre de “tártaros”, mientras reservaban el de “turco” para los súbditos del Imperio Otomano. Muchos pueblos tártaros habían acabado adoptando lenguas de origen turco y su cultura estaba muy influenciada por la turca. En resumen: aunque de origen distinto, tártaros y turcos del Imperio zarista tenían la misma religión y se sentían miembros de un mismo pueblo.

Es importante recordar que el panturquismo no nace en Turquía sino en Rusia a finales del siglo XIX. Su principal impulsor fue Ismail Bey Gasprinski (cuyo nombre real era Ismail Bey Gaspraly), un tártaro de Crimea que en 1883, había creado el diario “Targuman”. Gasprinski preconizaba la resurrección de los pueblos turcomanos, comenzando por la lengua, con el fin de alcanzar su unificación desde los Balcanes hasta China. Este panturquismo original aspiraba a la modernización de las sociedades islámicas del Imperio zarista a través de su alfabetización y educación para impulsar así una lengua literaria común capaz de forjar una conciencia nacional común. Naturalmente los panturquistas aspiraban a lograr posteriormente la independencia de la Rusia zarista como vía para una posterior anexión al Imperio Otomano. El movimiento panturco se extendió por las tres grandes regiones musulmanas del Imperio zarista: el Cáucaso, el Asia Central o Turkestán (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tajikistán) y las regiones tártaras (Crimea, el bajo Volga y los Urales).

Inicialmente el panturquismo de Gasprinski encontró poco eco en el Imperio Otomano. Pero la progresiva pérdida de la hegemonía otomana en los Balcanes acabó promoviendo la formación del Movimiento de los Jóvenes Turcos, cuyas pretensiones eran:

“turquizar” un Imperio Otomano multinacional
— compensar la pérdida de los territorios otomanos en los Balcanes con la absorción de las regiones turco-tártaras del Imperio zarista.

Se estableció una estrecha colaboración entre los Jóvenes Turcos y los seguidores de Gasprinski que veían en el Imperio Otomano al único gran Estado musulmán que podía liberarles del dominio ruso. Así pues, desde principios del siglo XX, los musulmanes de Rusia volvían sus ojos hacia Turquía, mientras que desde Estambul se veía con agrado la posibilidad de reconstruir un gran Imperio turco.

El panturquismo expresa la llegada de la conciencia nacional a los pueblos más avanzados de la región. Es un nacionalismo reactivo que expresa la oposición al imperialismo emergente de las grandes potencias occidentales. El nacionalismo turco en el siglo XIX fue una reacción al retroceso del Imperio Otomano frente a la superioridad del occidente cristiano. A su vez, el nacionalismo árabe que surgió en Oriente Medio era antiturco. Aunque era musulmán, afirmaba una identidad árabe (política) que le permitía atraerse también a los cristianos. Pero tanto en un caso como en otro, en el mundo musulmán el nacionalismo no surge de una afirmación positiva, sino de un sentimiento de opresión. Además, en vez de tomar un derrotero laico, está vinculado a la religión, predica la vuelta al islam, observándose una creciente politización del clero contra el imperialismo extranjero. Finalmente, frente al imperialismo, que divide y enfrenta a los pueblos de la región para imponerse, el nacionalismo adopta una forma panislamista y promueve la unidad y la solidaridad de todos los creyentes, independientemente de su nacionalidad, frente al imperialismo.

Por si no fuera suficiente, a este complejo panorama ideológico hay que añadir el político. En la I Guerra Mundial el Imperio Otomano se había alineado con las potencias centrales (con Alemania fundamentalmente), lo cual significa que en el otro lado de las trincheras estaba -otra vez- el Imperio Ruso. La I Guerra Mundial es una continuación de la lucha de rusos y turcos por conquistar el Cáucaso y, mientras los cristianos de Turquía apelaban al zar para que los rescatara, los musulmanes de Rusia hacían lo propio con el sultán de Constantinopla. Por ejemplo, los armenios de Turquía querían ser protegidos por Rusia; los azeríes de Rusia querían serlo por Turquía. Hay quien a eso le llama “nacionalismo” (y en cierto modo así es) pero parece claro que no se trataba más que de un intento de cambiar de dueño. Ya en la época imperialista, como escribió Stalin, los pueblos no podían conformarse con cambiar de dueño, sino que debían conquistar su derecho a la autodeterminación y a la independencia.

Tras la derrota de Turquía en la guerra imperalista, el otro bloque planeó su fraccionamiento para repartirse los despojos. Sólo la llegada al poder de Mustafá Kemal Ataturk lo impidió. En la nueva República de Turquía que sustituía al viejo Imperio Otomano, Ataturk impuso una nueva orientación que rechazaba el panturquismo y formalizaba relaciones de buena vecindad con la -también nueva- Unión Soviética.

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