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El Estado no tiene padres (reconocidos)

Nicolás Bianchi

Y por ello ni es huérfano ni está por encima de las clases sociales. Los recientes autos de la Audiencia Nazional han desestimado las indemnizaciones solicitadas por las víctimas de familiares de ETA ocasionadas por los grupos paramilitares, especialmente los GAL, es decir, lo que se conoce en cualquier manual de Derecho Político como «terrorismo de Estado». La tesis es que «la única violencia ejercida es la de ETA». Y a tomar por saco, que diría un castizo.

Hace ya bastantes años, por 1991, la Audiencia Nazional sentenció que los GAL no constituyeron un grupo paralelo de poder inserto en los aparatos del Estado. El fallo indicaba que no fue posible determinar la estructura interna, ni la escala jerárquica de los GAL, ni sus fuentes de financiación, con lo lo que quedaba en la oscuridad la famosa X del por entonces juez-estrella Garzón. Se condenaba a los policías Amedo y Domínguez por asociación ilícita y no por pertenencia a banda armada. La absolución del Estado como responsable civil presuponía que los condenados actuaron como particulares e impidió que se investigase por la financiación pública -a través de los fondos reservados del Estado- de los atentados de los GAL. Como dijo un portavoz del PNV de entonces, «por la sentencia pareciera que Amedo y Domínguez fueran empleados de una empresa de seguridad y no funcionarios de la Seguridad del Estado». O sea, que actuaban a título individual contratando a amigos matones para ejecutar sus acciones criminales. Y no como «chivos expiatorios» con el fin de evitar sentar en el banquillo al, a la sazón, Gobierno del PSOE y a altos responsables de los aparatos del Estado. Julio Anguita, por ejemplo, entonces coordinador general de Izquierda Unida, manifestó estar en «profundo desacuerdo», o algo así, con la sentencia, pero dijo «acatarla». Un primor el Califa…

Años más tarde, un instructor del Tribunal Supremo notificó un auto de procesamiento contra José Barrionuevo, primer ministro del Interior del presidente Felipe González, y Rafael Vera, exsecretario de Estado para la Seguridad, estableciendo que consintieron la organización de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) y se integraron en esta banda armada en «funciones directivas». La resolución decreta -decretaba- el procesamiento de Barrionuevo por detención ilegal (secuestro de Segundo Marey el 4 de diciembre de 1983), malversación y relación con banda armada, delito este que se atribuye, también, a Vera, que era quien manejaba los fondos reservados, uno para ti, dos para mí, y patada a seguir. Aquí tenemos que el juez ya identifica a Barrionuevo y Vera con las personas «presuntamente integradas o relacionadas con bandas armadas que planeen, organicen, ejecuten, cooperen o inciten» de modo directo a la realización, entre otros delitos, de detenciones ilegales bajo cualquier condición.

Sea lo que fuere o dijeran distintos tribunales, el quid de la cuestión está en que el Estado (fascista) no reconocerá asociación ilícita y no digamos «pertenencia a banda armada» a nadie -aunque sea funcionario como Amedo o el paripé de Barrionuevo y Vera a las puertas de la prisión de Guadalajara con el caluroso abrazo del prestidigitador González, «el cuervo», como le llamara el recién desaparecido Javier Krahe- que se le relacione con los aparatos del Estado y, en consecuencia, con el «terrorismo de Estado» (si acaso el «monopolio de la violencia» de Max Weber). Y siendo esto así, y es así porque me sale de los willies, ¿cómo indemnizar a quienes se reclaman víctimas de este supuesto terrorismo si no lo hay? Sería tanto como reconocer que, efectivamente, lo hubo y, por lo tanto, es legítimo y están en su derecho estas víctimas de los GAL en pedir justicia. Sería admitir que los GAL son tan banda armada como la banda armada ETA. Y no, va a ser que no, a pesar de la instantánea que se pudo ver de Barrionuevo y Vera entrando en la prisión de Guadalajara. Sólo existe una «banda armada» y terrorista: ETA. Las indemnizaciones a sus víctimas (que buen negocio hacen con este chollo que les ha caído del cielo, nomás y como quien dice). Los GAL pasaban por ahí y mataban gente por deporte no constituyendo «banda armada», sino vulgares malhechores, así que el Estado no se siente en la obligación de nada, y menos de familiares de «terroristas», que estos sí constituyen «banda armada» y seguro que comulgan con sus ideas disolventes y subversivas.

No se entiende bien la actitud de estos familiares, que no van por dinero, a diferencia de las otras «víctimas» con sus excepciones, claro es, sino porque se les reconozca como víctimas… ¿de quién? ¿Del Estado español fascista? Si es esto, ¿cómo esperar algo? Y si no lo es, si resulta que es un Estado de Derecho, como les gusta fardar, y sucede que tampoco reconocen más víctimas que las del «terrorismo de ETA», entonces, ¿qué es? ¿Qué es esto? ¿Un acertijo? ¿Todavía andamos así?

El pueblo sabe perfectamente quienes son los terroristas y no hace falta ir a ningún recurso y menos a tribunales dependientes de la mayor banda armada y organizada: el Estado español fascista.

Los capos del PSOE-GAL se despiden a las puertas de la cárcel de Guadalajara

Comparaciones

Nicolás Bianchi

Las comparaciones están bien siempre que las cantidades o las situaciones comparadas sean más o menos homogéneas; si no es así, suelen ser odiosas, como suele repetir el tópico, que no por tópico, es menos cierto. No se pueden confundir, y menos comparar, churras con merinas, ¿no es cierto? Viene esto a cuento de la, al parecer, decisión de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, de quitar del callejero madrileño los nombres de militares, jerifaltes y civiles fascistas que suscita, por una parte, la reacción del facherío indígena e íncola y, por otra, la indignación, vamos a decir, de la «progresía».

Antes de seguir, decir que manda eggs que la decisión consistorial sea noticia, es decir, que sea noticia lo que se tenía que haber hecho -eliminar del callejero madrileño y del resto del Estado todo rastro franquista- hace mucho tiempo. De la caverna es previsible su reacción facha y su teoría (?) de que en ambos bandos se cometieron atrocidades y que, por lo tanto, si quitamos la calle General Yagüe, por ejemplo, también habría que quitar la calle Largo Caballero, verbigracia. El «pijoprogresismo» -término acuñado por, a todo esto, el tea party español, pero que tomamos prestado-, tratando de hilar más fino, hace más el ridículo que la fachongada, pues gusta de COMPARAR la situación de España y la de la Alemania nazi bajo Hitler. Y esgrimen su argumento favorito y ya muy sobado que comienza -y acaba- con una pregunta: ¿alguien -que sea demócrata, se sobreentiende- se imagina que en Berlín -o en Múnich- haya calles o monumentos dedicados a Hitler o a Goebbels o a Göering a día de hoy? Respuesta de fachas y pijoprogres: no. Pero hay trampa en la pregunta que seguro ya ha adivinado el lector/a. Y es que en Alemania -y en media Europa- el nazismo perdió la guerra y hubo un Nürembreg, bien que bastante descafeinado por los norteamericanos, pero, vaya, lo hubo (como también en Japón, dato que suele olvidarse) lo que explica que en Berlín y en toda Alemania no haya ni una puta calle, travesía o alameda,  con el nombre de los jerarcas nazis. Cosa distinta e INCOMPARABLE es lo que pasó en España y no hace casi ni falta recordar, pero por si acaso lo haremos no sin antes exclamar aquello de qué tiempos estos, señores, en que hay que recordar lo que es evidente. Pues bien, en el Estado español ¡¡no hubo ni derrota del fascismo, ni Nürembreg ni cristo que lo fundó salvo la Iglesia que bendijo la «cruzada»!! Lo que explica que todavía haya en las calles -y en los muros de muchas Iglesias- nombres de facciosos que ganaron la guerra del 36-39 del siglo pasado.

En Alemania, en Europa, hubo lo que aquí no hubo, pasó lo que aquí no pasó. De acuerdo en que el tiempo pasa y los tiempos cambian, cómo no, propio de idiotas sería negarlo, pero, ESENCIALMENTE, las magnitudes SON INCOMPARABLES (*) sub speciae eternitatis, latinajo que significa «al margen de la duración», es decir, del tiempo que pase, y ello porque el tiempo, por sí mismo, no cambia nada: son los hombres quienes cambian las cosas y la Historia, aun, muchas veces, sin saberlo.

Así dicha la cosa, se explica un poco mejor, o eso creemos. Buenos días.

(*) Comparable sería el, vale decir, hitlerismo con el franquismo, o el fascismo italiano, fenómenos homogéneos pero no similares, pero no lo sería, en absoluto, las consecuencias de un nazismo y mussolinismo derrotado a un franquismo que no lo fue. Y, como decía aquél, de aquellos barros estos lodos.

Las negociaciones secretas de Fidel Castro con Kennedy

Fidel Castro con Nixon
Recientemente el sobrino del asesinado presidente Kennedy ha relatado las negociaciones secretas mantenidas hace 50 años entre Fidel Castro y su tío para normalizar la relaciones diplomáticas entre ambos países. Es muy posible que detrás del sobrino esté la mano de Obama, quizá para ponerse a la altura de Kennedy y decir que él ha logrado llegar a donde el otro no pudo.

No obstante, el sobrino recuerda algunos hechos significativos sobre los que merece la pena volver, ya que se inscriben en el contexto de la Guerra Fría y de uno de los episodios más dramáticos de ella: la crisis de los misiles de Cuba, que estalló en 1962. El sobrino dice que tras la crisis su tío trató de normalizar las relaciones con Cuba. También relata el viaje de Fidel Castro a Moscú aquel mismo año, donde se entrevistó con Jruschov, tras la cual regresó con el mismo propósito que Kennedy: normalizar las relaciones con Estados Unidos.

Para lograr su propósito, Kennedy comisionó al abogado James Donovan y a John Dolan, consejero del ministro de Justicia, es decir, de su hermano Robert Kennedy, a fin de que negociaran la liberación de los 1.500 mercenarios que invadieron Bahía Cochinos.

Fidel se entrevistó con ambos emisarios y les manifestó su disposición a reanudar unas relaciones diplomáticas basadas en la soberanía, la reciprocidad y la no injerencia en los asuntos internos.

Lo mismo que en la actualidad, la prensa gringa había cumplido a la perfección su papel intoxicador respecto no sólo a la revolución cubana sino a lo que más les gusta: el ataque personal a Fidel, al que pintaban como un borracho, un pervertido sexual, un tipo violento y caprichoso. Por ello Kennedy les pidió a sus negociadores que se fijaran en la personalidad de Fidel y le contaran todo lo posible acerca de su carácter. La respuesta de Nolan fue la esperada: “Nuestra impresión diverge de la imagen generalmente transmitida. Castro jamás ha sido irritable, borracho o sucio”. Él y Donovan le describen como una persona equilibrada, bien informada, acicalada y un conversador elocuente.

En su informe los dos emisarios se muestran sorprendidos del enorme apoyo que tenía el gobierno revolucionario: “Confirmaron los informes internos de la CIA respecto a la irresistible popularidad de Castro ante el pueblo cubano como consecuencia de los numerosos viajes con Castro [a través de la isla] y tras haber sido testigos de las ovaciones espontáneas que ha recibido cuando entraba en los estadios de baseball”.

Kennedy era plenamente consciente del resentimiento existente en Cuba contra Estados Unidos. En setiembre de 1963 encomendó a William Attwood, antiguo periodista y diplomático estadounidense acreditado ante la ONU, que abriera negociaciones secretas con el gobierno de La Habana. El secreto era imprescindible ya que el restablecimiento de relaciones con la Isla supondría una bomba, sobre todo teniendo en cuenta las elecciones previstas para el año siguiente.

Al mismo tiempo, abrió un segundo canal de comunicación con Cuba a través del periodista francés Jean Daniel quien, antes de viajar a la Isla, se entrevistó con Kennedy en la Casa Blanca para recibir instrucciones.

En La Habana Castro le dijo a Daniel que la coexistencia entre países capitalistas y socialistas era posible y que si Kennedy normalizaba sus relaciones con el gobierno cubano pasaría a la historia como un presidente aún más grande que Lincoln.

Respondiendo a los reproches de Kennedy sobre su alianza con Moscú, Castro le dijo que la hostilidad de Estados Unidos contra Cuba había empezado bastante antes del acercamiento de Cuba a la Unión Soviética, cuando no existía el pretexto del comunismo.

La CIA se oponía al restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países. Jamás admitiría la normalización y como estaba al corriente de las conversaciones secretas, se esforzó por boicotearlas. En abril de 1963, para sabotear las negociaciones, la CIA trató de envenenar a Castro sin que Donovan y Dolan se enteraran.

Al mismo tiempo, a través de los gusanos cubanos de Miami, la CIA inicia los preparativos para asesinar a Kennedy, al que acusan de “traición”. También incorporan al plan a un capo de la mafia, como Santos Trafficante, al que la revolución de 1959 había privado de los casinos que tenía en La Habana.

El día del asesinato de Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, Castro se estaba entrevistando con Daniel en La Habana. Al enterarse de la noticia, Castro se volvió y le dijo al periodista francés: “Ya está. Es el final de su misión de paz”.

Tras el asesinato de Kennedy, Castro pidió a Adlai Stevenson, William Attwood y otros que pidieran al nuevo presidente, Lyndon B.Johnson, que retomara las negociaciones secretas con La Habana, sin ningún éxito. Lo mismo intentó Robert Kennedy, que se mantenía como ministro de Justicia del nuevo gobierno. Todo resultó inútil.

Entre bastidores Dean Rusk, secretario de Estado, inició una campaña de aislamiento de Robert Kennedy, a quien consideraba demasiado insistente en lograr un acuerdo con Cuba. Finalmente, cuando Robert se decidió a iniciar la carrera hacia las elecciones presidenciales, fue asesinado igual que su hermano y, seguramente, por las mismas manos.

Fuentes: Robert Kennedy, JFK’s Secret Negociations with Fidel, http://www.ipsnews.net/2015/01/opinion-jfks-secret-negotiations-with-fidel/; Sabotaging U.S.-Cuba Détente in the Kennedy Era, http://www.ipsnews.net/2015/01/opinion-sabotaging-u-s-cuba-detente-in-the-kennedy-era/

Los financieros que auparon a Hitler al poder

Durante el proceso de Nuremberg, el ministro de Economía del III Reich, Hjalmar Schacht, pidió reciprocidad: si a él le sentaban en el banquillo por financiar el hitlerismo, también deberían sentarse a su lado Ford, la General Motors y el banquero británico Norman Montagu por los mismos motivos. Pronto el servicio secreto estadounidense le visitó para ofrecerle inmunidad a cambio de silencio. A pesar de las protestas soviéticas, el Tribunal le absolvió.

El apoyo de los imperialistas anglosajones a la Alemania nazi siempre se ha tratado de mantener en secreto. Al mayor crucero fabricado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial Hitler le puso su nombre de un financiero suizo, Wilhelm Gustloff, asesinado “en extrañas circunstancias” en Davos en 1936. Como buen suizo, Gustloff era un intermediario entre Schacht y los financieros anglosajones.

Otro fallecido en 1947 en circunstancias no menos extrañas, “problemas estomacales”, fue el general de las SS y tesorero del partido nazi Franz Schwartz poco antes de abandonar el campo de Ratisbona. Dos años antes Schwartz había quemado en la sede del Estado Mayor del partido nazi en Munich los comprobantes de las transferencias bancarias efectuadas por los capitalistas anglosajones a favor de los nazis alemanes.

A pesar de los asesinatos y las hogueras, las pruebas de la complicidad de los monopolistas estadounidenses y británicos con el III Reich han ido apareciendo. Durante 20 años el historiador italiano Guido Giacomo Preparata se ha especializado en la investigación de estos lazos. Los nazis no se financiaron a sí mismos, tampoco fueron financiados sólo por los monopolistas alemanes. Según Preparata la mayor parte de los medios procedieron del exterior y tienen nombres y apellidos sonoros. Morgan y Rockefeller promocionaron en Wall Street las acciones del monopolio químico IG Farben a través del banco Chase National. El gigante siderúrgico Krupp que impulsó el rearme alemán estuvo bajo el control de la Standard Oil de Rockefeller a través de la banca Dillon y Reid (Vereinigte Stahlwerke Alfred Thiessen).

En 1933, cuando era evidente que AEG había financiado a Hitler, el 30 por ciento de las acciones pertenecían a su socio americano, General Electric. Durante 14 años (1919-1933), asegura Panata, el capital financiero anglosajón se involucró de manera activa en la política interna de Alemania para fomentar a una organización ultrarreaccionaria a la que esperaban utilizar como peón. “Inglaterra y Estados Unidos no crearon el hitlerismo, pero sí las condiciones en las cuales ese fenómeno apareció”, concluye el historiador italiano.

El historiador alemán Joachim Fest defiende la misma tesis. En el otoño de 1923 Hitler viajó a Zurich y volvió “con un cofre lleno de francos suizos y dólares fraccionarios”. Era la víspera del llamado “golpe de la cerveza” con el que Hitler lanzó una primera tentativa de hacerse con el poder por la fuerza. El donante era sir Henry Deterding, el patrón de la petrolera anglo-holandesa Shell. No fue la única entrega. Otro de los pagos lo hizo a través del suizo Wilhelm Gustloff.

El tribunal que juzgó el golpe de Estado hitleriano reconoció que para prepararlo el partido nazi había recibido 20.000 dólares de los industriales de Nuremberg pero la estimación de los gastos era 20 vences superior a esa cifra. A pesar de que a Hitler le condenaron a cinco años de cárcel por alta traición, sólo cumplió unos pocos meses. Al salir compró la mansión Berghof y relanzó de nuevo el periódico “Völkischer Beobachter”. Desde entonces los monopolistas que sostenían a Hitler (Thyssen, Vogler, Schröder y Kirdorf) volcaron el dinero a espuertas en el proyecto nazi. Los funcionarios y provocadores nazis empezaron a cobrar en moneda extranjera. De los patrocinadores más importantes, Vogler y Schröder no eran exactamente alemanes sino más bien capitalistas estadounidenses. Su capital procedía del otro lado del Atlántico. Otro de los financieros de Hitler era Max Warburg, director de IG Farben y hermano de Paul Warburg, director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Lo mismo cabe decir de Carl Bosch, jefe de la división alemana de la Ford. Todos estos grandes monopolistas siempre supieron que el “anticapitalismo” nazi era pura demagogia.

En 1931 un periodista del Detroit News viajó a Alemania para entrevistar a Hitler, un político prometedor, y quedó sorprendido por el retrato que Hitler tenía encima de su mesa de trabajo: era Henri Ford. “Lo considero como mi inspirador”, dijo Hitler al periodista americano. Pero más que un inspirador Ford era un mecenas generoso de los nazis. Ambos, Ford y Hitler, hablaban el mismo lenguaje antisemita. En los años veinte Ford pagó una edición de medio millón de ejemplares del “Protocolo de los Sabios de Sión”, el libro de cabecera de la reacción oscurantista europea. Los envió a Alemania, así como dos de sus libros “El judaísmo mundial” y “Las actividades de los judíos en América”. En 1938 el III Reich le condecoró con los más altos honores: la Gran Cruz del Águila imperial. Durante el acto Ford lloró de emoción. Desde aquel momento Ford asumió la financiación del proyecto nazi Volkswagen como fuera el suyo propio.

Cuando estalló la guerra, una ley aprobada por Estado Unidos prohibió toda clase de colaboración con “el enemigo”, pero Ford no se dió por enterado. En 1940 se negó a ensamblar los motores de los aviones de combate ingleses y su nueva fábrica en Possy, Francia, comenzó a fabricar motores para los aviones de la Luftwaffe. Las filiales europeas de Ford siguieron fabricando camiones para la Wehrmacht y su filial en Argel suministrada camiones y blindados a Rommel.

Cuando al final de la guerra la aviación aliada bombardeó Colonia sólo los edificios de Ford quedaron en pie. No obstante, Ford y General Motors obtuvieron compensación del gobierno de Estado Unidos por los daños “causados a sus propiedades en territorio enemigo”. La General Motors tenía uno de los holdings automovilísticos más importantes de Alemania, Opel, que fabricaba los camiones militares Blitz, un modelo que sirvió de base a los nazis para crear los “gazenwagen” o cámaras de gas rodantes. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial las inversiones de las empresas estadounidenses en sus filiales alemanas alcanzaban a un todo de 800 millones de dólares, de los que 17,5 eran de Ford.

Algunos historiadores se preguntan por qué el Presidente Roosvelt envió a Suiza a Allen Dulles, uno de los jefes del servicio de inteligencia OSS, el antecedente de la CIA. ¿Trató de negociar por separado con los nazis? En enero de 1932 Hitler, entonces un político prometedor, se entrevistó con el financiero británico Norman Montagu en presencia de varios políticos estadoundenses, entre ellos los hermanos Dulles. Es posible, pero no se puede afirmar con rotundidad, que el británico se comprometiera a financiar al partido nazi de manera encubierta. La presencia de Allen Dulles así lo indica. Al fin y al cabo los Dulles estuvieron en las operaciones más oscuras del imperialismo, desde el apoyo a los nazis hasta el asesinato de Kennedy.

Las fuentes historiográficas apuntan a que desde la campaña electoral alemana de 1930, el papel de Dulles en Suiza era el de hacer llegar el dinero de los imperialistas occidentales a Hitler. También el monopolio químico IG Farben puso mucho dinero en los bolsillos de Hitler, pero IG Farben no era otra cosa que una filial de la Standard Oil de Rockefeller y fue precisamente Rockefeller quien envió a Dulles a Suiza a negociar con los nazis. Al final de la guerrra fue Dulles personalmente quien interrogó al general Wolf sobre el destino de las reservas de oro nazis. Le ordenaron recuperar al menos una parte de los gastos ocasionados.

La masacre de Rosewood

En los años veinte del siglo pasado, Rosewood era una pequeña localidad en las ciénagas del noroeste de Florida con una población de 150 habitantes, siendo todos ellos negros, excepto una familia blanca.

El nombre de Rosewood procede de los cedros del pantano. Los negros trabajaban como leñadores o en el aserradero y muchas de las negras limpiaban las casas de los blancos en un pueblo cercano.

Los trabajadores eran propietarios de sus tierras, lo que les proporcionaba una posición social relativamente independiente que los blancos de los alrededores no podían admitir, por más que la esclavitud hubiera sido abolida 50 años antes.

En 1922 el Ku Klux Klan convocó una manifestación en un pueblo cercano y poco después, en otro mataron al maestro de una escuela blanca.

El día de Año Nuevo de 1923 una joven blanca de un pueblo cercano, Fanny Taylor, acusó falsamente a un negro de forzar la entrada de su casa, violarla y golpearla. Si ya era muy grave que un negro levantara la mano contra un blanco, si además era mujer y con una acusación sexual de por medio el caso tomaba un sesgo dramático.

Una hora después se organizó el linchamiento. Unos 1.500 blancos de los pueblos cercanos se trasladaron a Rosewood para aterrorizar a los negros. Decían buscar a Jesse Hunter, un fugitivo de un grupo local de presos encadenados, pero en realidad desencadenaron su furia contra todos los hombres, las mujeres y los niños de Rosewood.

La orgía de linchamientos se prolongó durante una semana. Los negros fueron violados, mutilados y torturados. Se produjeron tiroteos e incendios y sólo dos edificios quedaron en pie. Los negros tuvieron que huir. Muchos se escondieron en los pantanos próximos. El pueblo de Rosewood desapareció para siempre de la faz de la Tierra. Los blancos se apoderaron de las tieras que habían sido propiedad de los negros.

En 1993 se creó una fundación para investigar y recordar la matanza. Hasta el año siguiente el Congreso de Florida no reconoció el crimen e indemnizó a los 9 supervivientes y a los descendientes con 150.000 dólares.

Tres años después el director de cine John Singleton rodó la película “Rosewood” que rememora el linchamiento, aunque pasó desapercibida por los circuitos comerciales.

Los tribunales españoles se pasan la ley por el forro de los cojones

El artículo 15.2 de la Ley de Memoria Histórica obliga a las administraciones públicas a retirar escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, la Guerra Civil y de la represión de la dictadura.

En 1959 la Falange levantó en Vigo la Cruz do Castro, una construcción de 12 metros de altura que justificaba la Guerra Santa contra la República.

La Asociación Viguesa pola Memoria Histórica do 36 pidió al Ayuntamiento de la ciudad, gobernado por Abel Caballero, alcalde del PSOE, algo absolutamente inusual y extraordinario: que cumpla la ley y derribe la Cruz do Castro.

Pero el Ayuntamiento de Vigo se pasó la ley por el forro de los cojones, como han dicho gráficamente las asociaciones de defensa de la memoria histórica.

Entonces la Asociación Viguesa pola Memoria Histórica pidió lo mismo a los tribunales: que cumplan con la ley y derriben la Cruz do Castro.

Pero el 5 de junio el Tribunal Superior de Justicia de Galicia se volvió a pasar la ley por el mismo forro que el Ayuntamiento del PSOE.

Lo curioso es analizar los argumentos de dicho Tribunal para tomar el pelo al personal. Según los magistrados el monumento que en 1959 se erigió para la exaltación del franquismo ha perdido cualquier «simbología fascista» ya que ha desaparecido su «carga política». ¿Por qué? El Tribunal no lo dice, pero ha debido ser por arte de magia.

¿Acaso los jueces españoles creen en la magia? Naturalmente que sí. Lo mismo que el PSOE que gobierna en Vigo. Lo que pasa es lo que lo llaman de otra manera: milagros.

Tanto el PSOE como los jueces gallegos utilizan el mismo argumento milagrero para hacer desaparecer el carácter fascista de un monumento en 1959 y reconvertirlo en un símbolo “puramente religioso” en 2015. Para ambos la Cruz do Castro es una construcción religiosa “puesto que es evidente que se trata de una cruz latina”.

Pero como todos los trapaceros, los jueces caen en sus propias argucias cuando sentencian que la memoria que se ha de conservar y la que se ha de derribar no es la que dice la ley sino la que imponen ellos por sus santos cojones, es decir, una memoria religiosa. Pero, ¿vivimos en un Estado Laico o en un Estado Islámico (perdón, nacional-católico)?

Los magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Galicia han dejado claro que en un Estado Islámico (perdón, nacional-católico), como España, lo fascista y lo religioso es lo mismo. Antes (en 1959) y ahora (en 2015).

El mito de la masacre de la Plaza de Tienanmen

Mientras la revista trotskista española “Sin Permiso” sigue ejerciendo de fiel portavoz del imperialismo al denunciar la “tragedia” de Tienanmen (1), ocurrida en Pekín en 1989, el antiguo diplomático australiano Gregory Clark afirma en un reciente artículo que dicha tragedia es un mito y una operación de intoxicación informativa por parte del imperialismo británico (2).

Clark, que actualmente reside en Japón, donde dirige una universidad, la califica como una de las operaciones más espectaculares de desinformación por parte del Reino Unido, casi a la altura del mito de las armas de destrucción masiva con las que justificaron la agresión a Irak. Los hechos, escribe Clark, ni siquiera ocurrieron en la misma Plaza de Tienanmen sino en las calles adyacentes.

El artículo lo escribe Clark con motivo del 26 aniversario de aquella matanza y sostiene que las tropas chinas no ametrallaron a los estudiantes chinos indefensos en la noche del 3 al 4 de junio de 1989, aportando como prueba varios testimonios de testigos presenciales de los hechos, entre ellos un equipo de TVE, un corresponsal de la agencia Reuters y los propios manifestantes, quienes siempre reconocieron que en la Plaza sólo entró una unidad del ejército chino para pedir a los pocos centenares de estudiantes que permanecían en ella que abandonaran el lugar.

La falsificación de la historia comenzó con un artículo publicado seis días después de los hechos en el diario de Hong Kong South China Morning Post, cuando Hong Kong aún era colonia británica, por un supuesto estudiante del que nunca más se supo. Este tipo de historias anónimas y rumores son una de las técnicas tradicionales de los imperialistas británicos encargados de las operaciones de desinformación.

A pesar de ello, el 12 de junio el New York Times retomó el bulo, al que añadió fotos que mostraban 400 autobuses de transporte de tropas incendiados, seguidas por la más conocida, que mostraba a un estudiante plantado delante de un carro de combate en actitud de pretender detener su avance hacia el centro de la Plaza para proteger a los manifestantes.

A raíz de la “noticia” del New York Times, el mito adquirió vida propia y empezó a circular por todas las televisiones, constituyendo una de las noticias más relevantes de Asia en el pasado siglo, e incluso todo un icono del hombre que protesta contra un gobierno despótico, como el de Pekín, o la lucha en condiciones muy desiguales, la humanidad contra la maquinaria de guerra… algo más bien propio de filósofos de cátedra que de las crónicas políticas de finales del siglo pasado.

La intoxicación imperialista transmitió que los estudiantes quemaron los autobuses de tropas encolerizados después de que comenzaran a disparar. En realidad, fueron quemados antes, como se comprobó al observar los cadáveres calcinados y colgados de cuerdas sobre los pasos de cebra de la calzada. Un fotógrafo de Reuters logró tomar las imágenes, que jamás han sido publicadas. Otras fotos muestran a los soldados chinos gravemente afectados por las quemaduras que buscan refugio en las casas vecinas. Algunos de ellos abrieron fuego contra la multitud que se congregaba por los alrededores, causando un número indeterminado de muertos.

La embajada de Estados Unidos en Pekín publicó en internet los informes puntuales de los acontecimientos según se iban produciendo. Inicialmente el gobierno chino quiso enviar tropas desarmadas para evacuar la Plaza de los estudiantes congregados en ella, que eran cada vez menos numerosos. Bloqueados por la multitud, las tropas armadas llegaron en autobús y fueron recibidos por los estudiantes con bombas incendiarias, con un resultado aterrador. Algunas unidades militares trataron de calmar a los soldados, presas del pánico. Uno de los informes de la embajada relata el asesinato por los estudiantes de un soldado del ejército chino que trataba de entrar en la Plaza para explicar la carnicería que estaba ocurriendo en los alrededores.

En lo que concierne al estudiante que se plantó delante de los carros de combate, el propio fotógrafo dijo que tomó la imagen desde la ventana de la habitación del hotel en el que se hospedaba al día siguiente de los hechos y que los tanques no trataban de entrar en la Plaza sino de abandonar la zona.

El conocido escritor taiwanés Hu Dedjian estaba en la Plaza en aquel momento en huelga de hambre y explicó así lo sucedido: “Algunos dicen que 200 personas murieron en la Plaza y otras gritan que fueron 2.000. También hay historias de carros de asalto aplastando a los estudiantes que trataban de salir. Debo decir que yo no vi nada de eso. Esa noche yo estuve en Tienanmen hasta las 6 y media de la mañana. No he dejado de preguntarme: ¿vamos a utilizar la mentira para atacar a un enemigo que miente?”

Un detallado informe de la Columbia Journalist Review, titulado “El mito de la masacre de Tienanmen y el precio a pagar por una prensa pasiva” se lamentaba de la preferencia de los medios de comunicación por las historias sangrientas. Sin embargo, nada de eso parece haber desacreditado la leyenda oficiosa de la masacre de Tienanmen.

Una parte de la responsabilidad incumbe al propio gobierno de Pekín, lo cual siempre fue asumido de manera expresa. Entonces se hallaba más que nunca bajo la férula de Den Xiaoping que dos años antes había expulsado del gobierno a Hu Yaobang, antiguo Secretario General del Partido Comunista de China, porque se había escorado excesivamente hacia Estados Unidos. En 1989 la división interna aún no se había superado y los partidarios de Den Xiaoping seguían temiendo que Estados Unidos manejara ciertas riendas dentro del país, lo cual no era descabellado del todo.

En el desencadenamiento de las protestas Tienanmen concurrió mucha frustración por la deriva capitalista de China, alimentada sin duda por manejos del imperialismo que luego se hicieron típicos en otros países, desde las revoluciones de colorines hasta las primaveras árabes.

No cabe duda que la protesta era absolutamente legítima, ni tampoco que se agrupó de manera pacífica y que inicialmente contra ella no intervinieron ni la policía ni las tropas del ejército. El secretario general del Partido Comunista de China, Zhao Ziyang en persona, trató de negociar con ellos personalmente. Pero a medida que durante seis semanas la concentración se prolongó, fue perdiendo fuelle porque la pasividad del gobierno chino sorprendió a los imperialistas que movían los hilos desde la trastienda. Necesitaban carnaza y empujaron a los peones que aún les quedaban en las calles a la provocación.

No se sabe la manera en que los estudiantes se apoderaron de las bombas incendiarias, ni tampoco quién las fabricó. Pero es un arma completamente desconocida en las protestas chinas.

(1) http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=8055
(2) Tiananmen Square Massacre is a Myth, All We’re ‘Remembering’ are British Lies, http://www.ibtimes.co.uk/tiananmen-square-massacre-myth-all-were-remembering-are-british-lies-1451053

La quintaesencia de la política atlántica

 Natalia A. Narochnitskaia

Natalia Alexeievna Narochnitskaia es una historiadora especialista en relaciones internacionales, diputada de la Duma en Moscú y miembro del Club de Izborsk. El presente artículo es el acta del discurso que pronunció con motivo del aniversario del Tratado de Yalta.

La historia siempre ha estado sometida a interpretaciones complejas y contradictorias, pero jamás se había transformado tan cínicamente en instrumento político. La tarea política de transformar el significado y el sentido de la Segunda Guerra Mundial ha generado una alteración y a veces una falsificaciòn evidente de la historia. Se trata de implantar en el espíritu de las nuevas generaciones la idea de que esta guerra se llevó a cabo exclusivamente para el triunfo de la “democracia americana” y no para la conquista de espacios geopolíticos, como ocurrió en el pasado y como se repetirá en el futuro, la idea de que esta guerra no fue una lucha cruel que tuvo por objeto la existencia histórica de los pueblos.

De manera deliberada se inculca en la conciencia social, tanto en Occidente como en Rusia, una supuesta identidad entre el Reich hitleriano y la URSS stalinista, así como la imagen de la guerra como combate entre dos totalitarismos rivalizando por alcanzar la dominación mundial.

La lógica de tal concepción implica que el sistema de Yalta-Postdam se debe asimilar desde el principio a una reliquia obsoleta de la doctrina del equilibrio de fuerzas y, de manera inmediata, a un producto intermedio de la lucha entre dos regímenes totalitarios igualmente odiosos el uno y el otro. Occidente se vio obligado a acomodarse temporalmente con uno de ellos para empezar a aplastar al otro y, acto seguido, durante medio siglo trató de debilitar y eliminar a su antiguo aliado.

He aquí literalmente las palabras que oímos en la boca del presidente Georges Bush tras la celebración por la invitación a unirse a la OTAN, dirigida a Lituania: “Sabíamos que se borrarían las fronteras trazadas por el arbitrio de los dictadores y que desaparecerían. No habrá más Munich ni Yalta”. De manera sintomática, tanto en Rusia como en Occidente, se pondrá cara de no haber oído esa declaración, de no comentarla e incluso de omitir el enunciado de ese discurso que hizo época. Sin embargo, ese discurso contiene la quintaesencia misma de la geopolítica atlántica del siglo XX en el Viejo Mundo. La fórmula pronunciada por el Presidente de Estados Unidos, “ni Munich ni Yalta”, significa literalmente: “Europa oriental jamás formará parte de la zona de influencia ni de Alemania ni de Rusia; será una esfera de influencia de Estados Unidos”.

No nos vamos a sacrificar a la moda política y nos abstendremos de comparar los objetivos de los demás miembros de la coalición anti-hitleriana con las aspiraciones de Hitler. No obstante, es desagradable abstenerse de todo comentario. Las palabras de Bush representan una formidable confirmación de una evidencia: lo que los alemanes no lograron realizar con dos guerras mundiales, los anglosajones lo han conseguido cumplir a finales del siglo XX. E incluso no evocaré el hecho de que el mapa de expansión de la OTAN se parece como dos gotas de agua al mapa dibujado por los pangermanistas en 1911, conforme al cual la Alemania del Kaiser se precipita hacia el este, soñando con Ucrania, el Cáucaso, la región del Báltico y el control sobre el Mar Negro…

El principal resultado de Yalta y Postdam, jamás reconocido en público, fue la imposición de hecho de la URSS como sucesor del Imperio de Rusia en el terreno geopolítico, combinado con la restauración de su potencia militar y su influencia internacional. Esta situación nueva induce a su vez la inevitabilidad de una resistencia “fría” al resultado de la Victoria, que correspondió a la restauración en el sitio y el lugar de la Gran Rusia, de una potencia capaz de contener los designios de Occidente. Y hoy la Rusia no-comunista padece la experiencia de una presión geopolítica que crece sin cesar.

Es significativo que después de 70 años se vuelvan a evaluar y destacar los resultados de Yalta, que fueron favorables a la URSS, aquellos que se pagaron con una dura lucha de sacrificio del pueblo soviético contra la agresión hitleriana.

¿De qué clase de democracia y de qué Unión Europea hablaríamos en la actualidad, si los numerosos pueblos de Europa del este se vieran privados de su lengua y cultura, y reducidos a meros recursos para el proyecto de otros?

Se pone en cuestión el estatuto del distrito de Kaliningrado y de las islas Kuriles, pero no se ha modificado en favor de Francia el trazado de sus fronteras con Italia y las islas del Dodecaneso se entregaron a Grecia (todo eso no habría podido suceder sin el consentimiento de la URSS, aunque en Grecia Gran Bretaña llevó al poder a fuerzas anticomunistas militantes). Por el contrario, nadie recuerda nada sobre un retorno al seno de nuestro país de los territorios perdidos en el transcurso de la revolución, tras las intervenciones extranjeras, las agresiones abiertas y las ocupaciones, así como por el hecho del crecimiento de ciertos Estados por la anexión de territorios que jamás antes les habían pertenecido.

El nuevo ciclo, el viejo y toda la vida igual

Leemos y escuchamos tantas veces, especialmente a Otegi y luego a Errejón, que ha empezado un nuevo ciclo que nos hemos planteado: ¿en qué se diferencia del anterior? Como nunca nos lo explican, hemos llegado a la conclusión de que estamos entendiendo mal: lo que ha empezado es un nuevo circo, con nuevos números, nuevas atracciones, nuevos payasos y trapecistas. Si fuera el circo de toda la vida resultaría aburrido a más no poder. Para que el público que ya ha visto la actuación vuelva a pasar por caja siempre hay que cambiar algo. Los pequeños cambios previenen los grandes, los necesarios y los imprescindibles. Las nuevas atracciones son propias de quienes quieren que el circo siga siendo el mismo circo, el de siempre.

Para llevar la contraria, aquí empezaremos a hablar no de las nuevas atracciones sino del circo mismo, de toda esa banda a la que llaman “clase política”, que son más de lo mismo, la de toda la vida, un compendio de caciques provincianos, cotillas, garrulos, zafios, ramplones, mediocres y… no podemos seguir en esta línea porque, es tal el desprecio que nos transmiten, que agotaríamos los insultos del diccionario y acabaríamos en los juzgados.

Cuando vemos y oímos a personajes como Rajoy, Aznar, Pedro Sánchez, Cayo Lara, Rita Barberá y demás miembros de “la casta”, entendemos mejor a aquellos personajes fatuos y grotescos de la Restauración que en tiempos del franquismo se convirtieron en oscuros y sucios burócratas, absorbidos por el día a día y la rutina de estar sentados todos los días en una oficina llena de legajos.

Para encontrar un prototipo del político español basta abrir el callejero de Madrid y tomar un nombre al azar: Romero Robledo, por ejemplo, ministro de la Gobernación (Interior) durante la Restauración, presidente de las Cortes… en fin un señorito andaluz que jamás conoció otro oficio que ese, el de político. Como ministro del ramo, Romero Robledo no inventó el pucherazo sino que lo elevó a la categoría de arte electoral. Como en aquella época no había urnas se utilizaban pucheros y al acabar la jornada electoral se volcaba el contenido de las papeletas que, por casualidad, siempre caían del mismo lado: el que desde Madrid ordenaba aquel ministro.

De ahí procede la palabra, auténtica sabiduría popular que conserva la memoria histórica mejor que los archivos, de donde han desaparecido los documentos y cartas relativos a las manipulaciones de Romero Robledo, quien ha pasado a la historia, por cierto, con el nombre sarcástico de “El Gran Elector”. Lo mandó quemar todo, pero eran tantos los papeles que no pudo borrar el rastro de sus manejos por completo.

En aquella época los apaños electorales eran curiosos. Algunos diputados salieron elegidos por una circunscripción en la que no se habían presentado. ¿Qué más da? ¿No quería Usted ser diputado? ¿Qué importancia tiene que lo sea por Segovia y no por Córdoba? En un país dominado por la superficialidad todo da lo mismo. ¿No quería Usted ser diputado? ¿Qué importancia tiene que lo sea por el partido conservador o por el liberal? Entonces si no te gustaba un partido te pasabas al otro, como hizo el propio Romero Robledo varias veces. O creabas el tuyo propio. Más allá del nombre era difícil encontrar la diferencia entre unos y otros.

Es lo mismo que comentó Adolfo Suárez, cuando le cesaron de uno de los cargos que ocupó bajo el franquismo. Quería ser ministro de algo. ¿De qué? Da lo mismo. Lo importante era ser ministro.

La superficialidad política tiene cosas singulares. Lo mismo que hoy, también la Restauración procedía de un golpe de Estado. Montado en su caballo, con el sable en la mano, en 1874 el general Pavía introdujo a las tropas en Las Cortes para acabar con la Primera República. Pero eso nunca importó nada a los diputados que vinieron después. Todo era normal. A nadie se le ocurrió impugnar la legitimidad de aquel régimen político en el que medraron personajes como Romero Robledo.

Cuentan los cronistas que cierto día Romero Robledo empezó a discutir con un conocido catedrático (y parlamentario a la vez) en los pasillos del Congreso y le dijo: “En efecto, Usted es una persona extraordinaria, pero yo soy aún más extraordinario que Usted; para discurrir Usted necesita el apoyo de los libros y las bibliotecas, y yo no los necesito; si Usted hubiera sido andaluz, se hubiera Usted aburrido mucho en el mundo, y yo, en cambio, lo habría pasado muy bien”.

Era característico de la clase dominante de aquella época. Romero Robledo presumía de tener una casa muy grande en Madrid, tanto como de que en ella no había libro alguno. No necesitaba ningún tipo de información para hablar durante horas en el Congreso. A pesar de ello, como los demás fantoches, acumulaba títulos, como el de presidente de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, Presidente del Círculo de Bellas Artes o académico de la de Ciencias Morales y Políticas. En fin, Romero Robledo impartía lecciones de moralidad y acumulaba títulos al mismo ritmo que vaciaba su cabeza.

Como buen ministro del Interior, para apañar las elecciones y otras tareas propias del cargo, tenía una tropa legal y otra paralela. Entonces la llamaban “la partida de la porra”. La integraban los peores sujetos reclutados de los bajos fondos de Madrid, la “manolería”. Las altas esferas (marqueses, políticos, financieros) se mezclaban así con las más bajas (cesantes, quinquis, rufianes). El jefe era el ministro, pero el dinero lo ponía el Duque de Sesto. Muchas páginas se han escrito sobre la unidad dialéctica del palo y la zanahoria, y bastantes coinciden en Romero Robledo. Donde no llegaba el pucherazo, el enchufe y la recomendación, llegaba la intimidación.

Antes de la Restauración, durante el reinado de Amadeo de Saboya, a pesar de su juventud, Romero Robledo ya fue subsecretario de Gobernación en el Ministerio de Sagasta. Estuvo, pues, entre quienes prohibieron la Primera Internacional por decreto. Eran sujetos de esa calaña, profundamente inmorales, los que calificaban de “inmoral” al movimiento obrero, que entonces era tanto como decir “terrorista”. También era todo normal, lógico, de cajón, propio de quienes han hecho de “la política“ su profesión y han logrado que los demás, la inmensa mayoría, aborrezca esa “política“. Lo peor de todo es que no conocen otra. Todo les parece más de lo mismo. Incluidos nosotros.

En la antesala de la Guerra Fría

Apasionante el artículo que publica Yuri Rubtsov, profesor de la Universidad Militar del Ministerio ruso de Defensa (*). Los documentos secretos que pone encima de la mesa demuestran que los imperialistas aún no habían acabado una horrible guerra y ya estaban haciendo planes para la siguiente.

Cuenta Rubtsov que poco después de acabar la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1945 el mariscal Zhukov estaba en Berlín tratando de cumplir con uno de los acuerdos aprobados por los aliados en las reuniones que celebraron en plena guerra: desarmar y disolver a las unidades militares alemanas y enviarlas a los campos de prisioneros.

Incumpliendo dichos acuerdos, Gran Bretaña estaba haciendo todo lo contrario: estaban preservando la capacidad de combate de las unidades militares del III Reich. La inteligencia militar soviética había captado un telegrama secreto enviado por Churchill al mariscal Montgomery, comandante de las fuerzas británicas, en el que le encomendaba recoger el armamento alemán y conservarlo preparado para devolvérselo a los nazis en el caso de que continuara la ofensiva soviética en Europa.

Por dicho motivo, en el Consejo Aliado de Control, compuesto por Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia, Zhukov protestó contra las actividades británicas. Dijo que la historia del mundo conocía pocos ejemplos de una traición de esas dimensiones y que Gran Bretaña se negaba a respetar los compromisos contraídos con el resto de naciones que, además, eran sus aliadas. Por su parte, Montgomery negó las acusaciones, aunque algunos años más tarde admitió que eran ciertas y que había recibido instrucciones en tal sentido y las había ejecutado.

Desde 1917 Churchill estaba obsesionado por la revolución socialista, a la que consideraba como un peligro mortal para el “mundo libre” y quiso abrir un frente en el este para contener la ofensiva soviética contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Consideraba la caída de la Alemania nazi como una amenaza y pretendió que fueran las tropas británicas las que tomaran Berlín y que fueran los estadounidenses los que liberaran Checoslovaquia y Praga, mientras que Austria quedaría controlada por todos los aliados en pie de igualdad.

En abril de 1945 Churchill encargó al Estado Mayor de su ejército la Operación Impensable, nombre en clave de un conflicto de las potencias occidentales con la Unión Soviética cuyo objetivo era “imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y del Imperio Británico”. El 1 de julio de 1945 era fecha prevista para la invasión de la Europa ocupada por el ejército soviético. Por lo tanto, cuenta Rubtsov, ya en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, Churchill se preparaba para atacar a la Unión Soviética por la espalda.

La Operación Impensable pretendía desencadenar una guerra total para ocupar aquellas regiones de la Unión Soviética que hubieran tenido una importancia crucial en su esfuerzo bélico, a fin de dar un golpe decisivo a las fuerzas armadas soviéticas, haciendo imposible que la Unión Soviética pudiera continuar los combates.

El plan también tenía en cuenta la posibilidad de que el ejército soviético iniciara una retirada estratégica al interior de su territorio, siguiendo tácticas militares que ya habían utilizado en las guerras precedentes.

Dichos planes fueron estimados irrealizables por el Estado Mayor británico, dada la superioridad numérica de las fuerzas terrestres soviéticas, en una proporción de uno a tres en Europa y en Oriente Medio, a donde también alcanzaría la agresión contra la Unión Soviética. Por dicho motivo, Gran Bretaña necesitaba contar con las unidades del III Reich recién derrotadas.

El gabinete de guerra declaraba: “El ejército ruso ha desarrollado un alto mando capaz y experimentado. El ejército es extremadamente robusto, vive y se desplaza con medio de supervivencia más ligeros que todos los ejército occidentales y emplea tácticas audaces fundadas en gran parte en el desprecio de las pérdidas para la realización de su objetivo. El equipo ha mejorado rápidamente durante la guerra y ahora es bueno. Sabemos lo suficiente sobre su desarrollo como para asegurar que no es, ciertamente, inferior al de las grandes potencias. La facilidad que los rusos han demostrado en el desarrollo y la mejora de las armas y los equipos existentes y en su producción en masa, ha sido chocante. Ha habido casos conocidos en los que los alemanes han copiado las funciones básicas del armamento ruso”.

Los planificadores británicos llegaron a una conclusión pesimista. Efectivamente, el informe declara: “Si nosotros nos lazamos a la guerra contra Rusia, debemos estar preparados a comprometernos en una guerra total, que sería a la vez larga y costosa”. La superioridad numérica de las fuerzas terrestres soviéticas dejaba poco margen para el éxito. La evaluación, firmada el 9 de junio de 1945 por el jefe de Estado Mayor del ejército, concluye: “Está más allá de nuestro alcance lograr un éxito rápido pero limitado y nos veremos comprometidos en una guerra prolongada con posibilidades muy aleatorias. Por otra parte, esas probabilidades se convertirían en fantasías si los americanos se abandonan y se comportan de manera indiferente, atraídos por la guerra en el Pacífico”.

El 8 de junio el Primer Ministro recibió una copia del informe. Como era sagaz, Churchill no podía hacer gran cosa, dada la superioridad del ejército soviético. Incluso con una bomba nuclear en la despensa del ejército estadounidense, Harry Truman, el nuevo Presidente americano, tuvo que tenerlo en cuenta.

En un encuentro con el ministro soviético de Asuntos Exteriores, Molotov, Truman cogió el toro por los cuernos. Lanzó una amenaza apenas disimulada de empleo de las sanciones económicas contra la Unión Soviética. El 8 de mayo, sin previo aviso, el Presidente estadounidense ordenó reducir considerablemente los suministros, hasta el punto de que los buques americanos que navegaban con rumbo a la Unión Soviética regresaron a sus puertos. Poco tiempo después, anuló la orden de reducir los suministros. De lo contrario, la Unión Soviética no hubiera emprendido la guerra contra Japón, algo que Estados Unidos necesitaba imperiosamente. Pero la relación bilateral quedó comprometida. El memorándum firmado por el secretario de Estado Joseph Grew el 19 de mayo de 1945 declaraba que la guerra contra la Unión Soviética era inevitable. Llamaba a tomar una posición más firme en las relaciones con Moscú. Según él, era conveniente empezar la lucha antes de que la URSS pudiera reponerse de la guerra y restaurar su inmenso ejército, su potencial económico y territorial.

Los militares estaban impulsados por los políticos. En agosto de 1945, con la guerra contra Japón en plena ebullición, sometieron al general L.Groves, que estaba al frente del programa nuclear estadounidense, un plan de objetivos estratégicos en la URSS y en Manchuria. El plan contenía un listado de las 15 ciudades más grandes de la Unión Soviética: Moscú, Bakú, Novosibirsk, Gorki, Sverdlovsk, Cheliabinsk, Omsk, Kuibyshev, Kazan, Saratov, Molotov (Perm), Magnitogorsk, Grozny, Stalinsk (actual Donetsk) y Nijny Tagil.

Los objetivos militares se describían en términos de geografía, potencial industrial y prioridades de ataque. Washington abría un nuevo frente, esta vez contra su aliado. Lo mismo que Londres, olvidó inmediatamente que habían combatido codo a codo con la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, así como los compromisos adquiridos en las Conferencias de Yalta, Postdam y San Francisco.

(*) Yuri Rubtsov, Operation Unthinkable – Allies Were Bearing Secret Malice, http://www.strategic-culture.org/news/2015/05/25/operation-unthinkable-allies-were-bearing-secret-malice.html

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