La web más censurada en internet

Etiqueta: Memoria histórica (página 67 de 81)

Billy El Niño, el feo rostro de la tortura

Llevaba años escondiendo su rostro porque tenía mucho que ocultar. Pero ahora le han cazado. Es Antonio González Pacheco, ‘Billy El Niño’, policía y uno de los torturadores más sanguinarios del franquismo y luego de la transición.

La última vez que un fotógrafo lo tuvo a tiro -de su cámara, se entiende- fue en 1979.
Este torturador nació el 6 de octubre de 1946 en la localidad
cacereña de Aldea del Cano y está casado con María Puerto Márquez Ramos,
de 55 años. Del matrimonio han nacido dos hijas: Teresa María González
Márquez, juez titular del juzgado de instrucción número 8 de Gavá
en Barcelona y de Silvia María González
Márquez, también licenciada en Derecho.

Como ven, los cargos franquistas pasan de generación en generación. La policía franquista no sólo se sucedió a sí misma, sino en el aparato judicial. El año pasado la jueza de la Audiencia Nacional que le tomó declaración a Billy a petición de Argentina no fue otra que Concepción Espejel, alias ‘Conchi’ para su amiga Cospedal, la compañera de pupitre que estudió Derecho con Rajoy, la del PP, la misma que quiere intervenir en el caso Gurtel a toda costa… Son siempre los mismos, antes y ahora.

El torturador está
en busca y captura internacional, ya que España sigue siendo, como
siempre, el paraíso de la impunidad. La orden la ha tenido que dar la
jueza argentina María Servini de Cubrín.

No fue un torturador del franquismo exclusivamente, como quieren aparentar ahora, sino también de la transición ya que permaneció en activo en la policía hasta 1984, cuando le contrataron como jefe de seguridad de la antigua fábrica de Barreiros en Villaverde, un barrio obrero de Madrid.

En 1996 fundó la empresa ‘Spas Consultores’, radicada en su
domicilio particular. Es una empresa de ‘servicios de prevención de
atentados y secuestros’ que fundó con otro sujeto parecido a él mismo: su antiguo jefe y comisario de policía Jesús
Martínez Torres. Ambos participaron activamente en la guerra sucia contra el movimiento antifascista.

Para los fascistas Billy es un héroe. En julio de 1979, días antes de que tuviera que declarar como testigo por
los asesinatos de Atocha,
un centenar de policías le arroparon con una
cena de homenaje.
En junio de 1977 el ministro de Gobernación (Interior), Rodolfo Martín Villa, le
otorgó  la Medalla al Mérito Policial con distintivo
blanco. La transición le ascendió y le aseguró una jubilación tranquila. 

Los nazis drogaban a sus tropas para enviarlas a la guerra

Después de cinco años de investigar en archivos alemanes, el periodista y escritor alemán Norman Ohler acaba de presentar su último libro de investigación “La borrachera total. Las drogas en el Tercer Reich”. Según Ohler, Hitler, al que siempre describen como abstemio, dio órdenes de que estimularan a sus tropas con Pervitín, una metanfetamina conocida actualmente como “cristal” o “speed”. Entonces se vendía libremente en cualquier farmacia y se convirtió en la droga típica del II Reich.

Ohler ha estudiado documentos que hasta ahora habían permanecidos bloqueados y ha hablado con testigos presenciales, historiadores militares y médicos. El resultado es un libro de hechos precisos, revisado por el historiador Hans Mommsen, que ha escrito el epílogo.

Además de drogar a sus huestes, Hitler también comenzó a drogarse él mismo. Cuando en el invierno de 1944 ordenó su última ofensiva, hacía mucho tiempo que no pasaba ni un solo día sobrio. Casi incesantemente su médico personal Theodor Morell le inyectaba una variedad de drogas y preparados hormonales.

Entre abril y julio de 1940, más de 35 millones de tabletas de Pervitin e Isophan (una versión ligeramente modificada producida por la empresa farmacéutica Knoll) fueron enviadas al ejército y la fuerza aérea alemana. Las pastillas tenían de 3 miligramos de sustancia activa, y se distribuían directamente a las tropas. Las instrucciones recomendaban una dosis de 1 a 2 tabletas para mantenerse despierto.

Los efectos de las anfetaminas son similares a los de la adrenalina producida de manera natural, provocando un mayor estado de alerta. La sustancia aumenta la autoconfianza, la concentración y la indiferencia ante el peligro, mientras que al mismo tiempo reduce la sensibilidad al dolor, el hambre, la sed, y el sueño.

El Pervitin es una metanfetamina creada por la empresa farmacéutica Temmler. Se introdujo en el mercado en 1938 y se convirtió en un éxito de ventas entre la población civil alemana. De acuerdo con un informe del semanario Klinische Wochenschrift la droga llamó la atención de Otto Ranke, un médico militar y director en la Academia de Medicina Militar de Berlín.

En septiembre de 1939, Otto Ranke probó la droga en 90 estudiantes universitarios, y concluyó que el Pervitin podría ayudar a la Wehrmacht a ganar la guerra. Al principio el Pervitin fue probado en los conductores militares que participaron en la invasión de Polonia. Luego, se distribuyó entre las tropas que combatían en el frente.

Los médicos estaban preocupados porque el efecto de la droga disminuía entre los usuarios frecuentes y algunos experimentaban problemas de salud e incluso se produjeron algunas muertes. Leonardo Conti, el ministro de la salud, trató de restringir el uso de la droga. El uso del Pervitin fue limitado a partir del el 1 de julio de 1941, en virtud de la Ley del Opio, pero sólo para la población civil.

Las drogas fueron imprescindibles para los nazis. En enero de 1942, a 30 grados bajo cero, 500 soldados alemanes del frente oriental, intentan huir del Ejército soviético. Tras 6 horas de huida, con la nieve hasta la cintura, los soldados agotados se tumbaban en la nieve y se dejaban morir. Los oficiales decidieron dar Pervitin a sus tropas: “Después de media hora los hombres se sintieron mejor y empezaron a marchar ordenadamente”, informó el médico militar.

En marzo de 1944, hacia el final de la guerra, el vicealmirante Hellmuth Heye solicitó una droga mejor. Los farmacéuticos nazis empezaron trabajando en una píldora aun más potente para las tropas. Poco tiempo después, el farmacólogo Gerhard Orzechowski le presentó una píldora cuyo nombre en código era D-IX y que contenía 5 miligramos de cocaína, 3 miligramos de Pervitin y 5 miligramos de Eukodal, un analgésico a base de morfina. El medicamento fue probado en miembros de la tripulación de pequeños submarinos.

Además, los mandos también suministraban alcohol a las tropas. El alcohol, la droga de los civiles, se difundió ampliamente en la Wehrmacht como recompensa y se vendía habitualmente en los economatos militares. Pero el abuso del alcohol pasó su factura: el comandante en jefe del ejército alemán, el general Walther von Brauchitsch, informó que sus tropas estaban cometiendo “las infracciones más graves” por “abuso del alcohol”. El general refirió peleas, accidentes, maltrato de subordinados, ataques contra los oficiales superiores y “actos sexuales antinaturales” y concluyó que el alcohol estaba poniendo en peligro “la disciplina dentro de las fuerzas armadas”.

Ordenaron a los médicos encerrar a alcohólicos y drogadictos en instalaciones de tratamiento, donde eran evaluados según las instrucciones de la “Ley para la Prevención de la descendencia con enfermedades hereditarias”, sometidos a esterilización forzada y eutanasia. También se ejecutó a los contrabandistas que vendían alcohol metílico como si fuera licor.

Los opiáceos eran otra droga de consumo habitual de los soldados. La adicción a la morfina se generalizó entre los heridos y el personal médico militar durante toda la guerra. Un oficial médico que fue enviado a un pequeño pueblo en 1940, escribió: “Empezamos el día con una copa de coñac y dos inyecciones de morfina. Al mediodía, tomamos cocaína y por la tarde, a veces tomamos Hyoskin”, un alcaloide.

Fuente: http://pajarorojo.com.ar/?p=18367

El FBI desata la ofensiva contra los Panteras Negras

Lo realmente nuevo en el Partido de los Panteras Negras no fue el llamamiento a las armas. Ni siquiera fue lo más importante. Lo que les diferenció de otros, es que era una organización y que tenía el proyecto de organizar. Los Panteras Negras no convocaban a las masas a celebrar asambleas o manifestaciones, sino que las encuadraban por regiones, ciudades o barrios, en los que formaban células y comités.

Todo lo demás era consecuencia de ello especialmente el programa y la propaganda. El primero era muy sencillo, elemental, apenas diez puntos que semejaban más bien a un estricto código de conducta del militante, heredado de los movimientos precedentes: no se debía golpear a las mujeres, nada de drogas… Incluso un programa tan sencillo deja bien claro a las masas que los Panteras Negras no tenían ningún interés por reunir cualquier clase de fuerza o por sumar indiscriminadamente. En la organización no entraba quien quería; tenía reservado el derecho de admisión.

Una organización de esas características supone también un rearme ideológico, la difusión de propaganda, una tarea de formación de los militantes, la lectura y el estudio. La propaganda escrita no sustituye a la oral, que sigue siendo la más importante, sino que la complementa. Así se creó una intelectualidad negra de naturaleza militante, no académica, cuyo máximo representante fue Leroy Eldridge Cleaver.

La biografía de Cleaver es parecida a la de otros militantes de aquellos años. Trabajador e hijo de trabajadores en Little Rock, Arkansas, su familia emigra en busca de otro trabajo para acabar en un barrio marginal de Los Ángeles, un paso intermedio que conduce siempre a la cárcel que, para un revolucionario es una universidad.

En 1958 a Cleaver le condenaron, y no era la primera vez, a 14 años de cárcel por violación y tentativa de asesinato de una mujer blanca. En prisión se autocriticó y se unió a “Nation of Islam”, siguiendo luego los pasos de Malcom X cuando rompió con aquella organización. En la cárcel se convirtió en un intelectual cuyo pensamiento no era universitario sino carcelario, militante y revolucionario. Al salir de la cárcel le nombraron redactor de la conocida revista “Ramparts” y posteriormente en director de publicaciones de los Panteras Negras.

La mejor señal de que la línea los Panteras Negras era correcta es que 24 de sus dirigentes empezaron a ser perseguidos y detenidos, a pesar de ser una organización muy pequeña, de apenas 700 militantes repartidos a lo largo de Estados Unidos. La solidaridad y la lucha contra la represión adquieren una importancia creciente, no sólo en los juicios políticos sino también en cualquier clase de persecución policial o de asesinato en los barrios. La organización instala comedores populares en los barrios y recauda dinero para que las familias puedan visitar a los presos.

El 28 de octubre de 1967 la policía detiene a Newton tras un tiroteo en el que resulta gravemente herido. Un policía muere y otro cae herido. Le acusan de asesinato, con una previsible pena de muerte si le condenan. Es el detonante de una amplia campaña de solidaridad que se convierte en el motivo central de la actividad del Partido. Un abogado blanco, Charles R.Garry, asume su defensa. Bobby Seale le llama “el Lenin de los estrados”.

La telaraña de juicios sólo era una parte de la represión. Las fotos de los dirigentes del Partido llenan las paredes de las comisarías. Sus coches son seguidos sistemáticamente por la policía. Las oficinas permanecen vigiladas las 24 del día y periódicamente son registradas. El 25 de enero de 1968, a las dos horas de la madrugada, la policía invade la vivienda de Bobby Seale y su mujer, los levantan de la cama y los detienen por intento de asesinato. Por la noche detienen a otros 6 militantes, por los mismos motivos. El juez declara ilegales los registros domiciliaros y falso el atestado que le presenta la policía. Salen todos en libertad.

En una semana se produjeron 16 detenciones de militantes por motivos espúreos, lo que no frena la represión. El 16 de enero del año siguiente la policía vuelve a penetrar de madrugada en la vivienda de Eldridge y Kathleen Cleaver en San Francisco y les amenazan, así como a Emory Douglas, un miembro de la comisión cultural del Partido que está presente en ese momento. Tras un registro, no encuentran la documentación que esperaban y el montaje fracasa.

El Partido cae en la trampa que le tiende la policía, un combate cuerpo a cuerpo, una clara señal de falta de madurez. Pero sólo era una de tantas maniobras que la policía, y en especial el FBI, empiezan a tender de manera sistemática para acabar con la organización. Son las que luego se conocieron con el nombre de Cointelpro o Programa de Contrainteligencia, una nueva edición del que ya se había practicado durante la “caza de brujas” contra el Partido Comunista.

El FBI tenía, pues, una amplia experiencia política que iba mucho más allá de las detenciones, los juicios y las cárceles. En 1960 el programa Cointelpro se había dirigido contra 2.370 movimientos, como los independentistas puertorriqueños, los estudiantes revolucionarios e incluso contra el propio Martin Luther King. Los Panteras Negras padecen una campaña sistemática de cerco y aniquilamiento que aborda varios frente de manera simultánea:

Vigilancia. Cada militante de cada una de sus células es espiado, seguido, fotografiado y cada uno de sus correos intervenidos y cada una de sus conversaciones telefónicas grabadas. Estas acciones se llevan a cabo tanto de manera reservada como abierta, a fin de intimidar y hacer notar a cada uno de ellos la presencia agobiante del aparato represivo del Estado y sus enormes capacidades.

Correo. El FBI escribe y difunde cartas falsas para enlodar las relaciones políticas y personales entre los diferentes militantes. Además de falsas por su origen, las cartas contienen informaciones también falsas sobre una supuesta vida disoluta de los dirigentes, que manejan gigantescas cantidades de dinero, se emborrachan o dilapidan el dinero en el juego.

Ataques de falsa bandera. El FBI ataca las sedes de otras organizaciones en nombre de los Panteras Negras. También fabrica falsas octavillas, falsos comunicados y falsos carteles firmados con la apariencia de proceder del Partido para entregárselos a otras organizaciones políticas y crear conflictos entre unos y otros.

Redadas. Las detenciones por motivos ridículos se multiplican. Es una guerra de desgaste que obliga a un esfuerzo continuo en litigios y campañas de denuncia, un despilfarro de energías, de tiempo y de dinero que, al mismo tiempo sirve para enturbiar la imagen de la organización: “si le han detenido por algo será”.

Infiltración. La policía introduce a sus agentes y confidentes en la organización, que no sólo sirven para obtener información sino para sembrar el caos interno, las disensiones y las polémicas. Al mismo tiempo, los militantes honestos son acusados de ser infiltrados, lo que siembra la desconfianza.

Provocación. Algunas células llevan a cabo acciones incontroladas e ilegales que justifican una represión indiscriminada contra los demás.

Asesinato. El FBI provoca tiroteos o ejecuta fríamente a los dirigentes más destacados.

Drogas. El FBI puso a sus agentes a introducir las drogas en los barrios más combativos de las ciudades de Estados Unidos.

Son sólo algunos de los mecanismos que formaron parte de Cointelpro. El repertorio es mucho más amplio y en Estados Unidos se ha dirigido contra los Panteras Negras y cualquier clase de movimiento que no esté controlado por los aparatos del Estado.

‘La pantera es un animal que no ataca nunca’

Huey P. Newton
 Negros, esclavos y rebeldes (6)
De manera simbólica se coloca la fecha de inicio del movimiento por los derechos civiles en diciembre de 1955 cuando una negra de Alabama, Rosa Parks, ocupó un asiento en un autobús que estaba reservado para los blancos. Fue el inicio de una campaña que se podría calificar de resistencia pasiva, de boicot, desobediencia civil, manifestaciones y otro tipo de acciones, como sentadas. En ocasiones, con la colaboración de algunos blancos, lo negros se sentaban junto en los autobuses para romper la segregación.

El movimiento fue especialmente importante en el sur, donde el aparheid se aplicaba con más intensidad. Estaba dirigida por organizaciones del estilo de la NAACP y otros del mismo tipo, que no eran movimientos de masas sino más bien selectivos, de los sectores negros más acomodados y, especialmente, la pequeña burguesía. El prototipo más conocido fue Martin Luther King. Por su propia naturaleza, tampoco estaban muy organizados y sus objetivos siempre persiguieron eso que la burguesía califica como “igualdad”: romper las barreras de la segregación, incorporar a los oprimidos a una sociedad creada por sus opresores. Desobedecían las leyes para buscar su lugar dentro de ellas. Por ejemplo, querían votar. El sueño del que hablaba Martin Luther King era el mismo “sueño americano”.

Pero la lucha de clases no es cosa de uno sino de dos, por lo que ese tipo de movimientos no acaban como empiezan porque quien los moldea son las clases dominantes y, en particular, sus aparatos represivos. El movimiento negro, incluso el más tibio, el más pacifista, fue machacado, aplastado y reprimido con una brutalidad característica de Estados Unidos, que no vaciló en sacar al ejército a la calle.

Entonces el movimiento adquirió progresivamente un sesgo distinto. Se convirtió en un movimiento de las masas más oprimidas, de los barrios marginados de las grandes ciudades. De las reivindicaciones políticas pasaron a las sociales y las laborales. Fue un cambio imperceptible y nada meditado por la ausencia de una vanguardia revolucionaria. Incluso las organizaciones cambiaron de nombre y abandonaron el pacifismo. No querían; les obligaron a ello. El grupo “Nation of Islam”, que tenía unos 150.000 afiliados, crea unidades de autodefensa que se preparan para las batallas callejeras contra los antidisturbios.

Uno de los símbolos de aquel giro fue la ruptura de Malcom X con la “Nation of Islam” en 1964, llevando el centro de gravedad de la religión a la política y a la lucha de clases, si bien de una manera tan decidida como confusa. Como buen musulmán, Malcom X no sólo viaja a La Meca sino a África con la pretensión de que los países recién independizados planteen en la ONU el problema de los negros en Estados Unidos. No sólo habla de paz sino también de guerra. No sólo habla a los negros sino también a los blancos, a los amarillos, a los rojos y a los mestizos.

Malcom X no fue el único que aceleró el movimiento, ni siquiera el más importante. Hubo otros, como James Meredith o Stokely Carmichael, que acuñó la expresión “black power” (poder negro) como consigna que ya no pretende integrarse en la sociedad dominante sino que la rechaza y busca alternativas en otros lugares, como la nueva África que emerge. La situación de los negros en Estados Unidos también es colonial. “Black power”, el libro de Carmichael y Hamilton, lleva un subtítulo significativo: “La política de la liberación en América”. La alternativa es, pues, un problema de poder político que no se resuelve con la integración sino con la independencia.

Progresivamente el movimiento va desprendiéndose del lastre que arrastraba en sus inicios. El pacifismo deja paso a la autodefensa. Desde 1957 Robert E. Williams secretario del NAACP en Monroe, Carolina del norte, llamaba a defenderse de las agresiones del Ku Klux Klan. Cuando en 1961 el FBI iba a detenerle, se refugió en Cuba y luego marchó a la República Popular de China.

En torno a la autodefensa se creó en 1966 el Partido de los Panteras Negras. Sus máximos dirigentes fueron Huey P. Newton y Bobby Seale. El primero es hijo de la clase obrera de Luisiana, nacido en una familia numerosa y mantuvo enfrentamientos con la policía desde muy joven que le llevaron a la cárcel. Seal era un tejano que trabajaba como mecánico.

“La pantera es un animal que no ataca nunca”, solía decir Newton. Pero si le agreden -añadía- tiene los colmillos afilados para defenderse. Por eso eligieron a dicho felino como símbolo de su Partido y crearon pequeños comandos armados. Pero la autodefensa no es sólo armada, sino que comprende numerosos aspectos de la lucha contra la represión, como las detenciones, declaraciones y encarcelamientos, que los militantes debían conocer.

Bobby Seale

En Detroit lo mismo que en Vietnam

Negros, esclavos y rebeldes (5)
En julio de 1964 estalló una revuelta en el barrio negro de Harlem, en Nueva York, como consecuencia del asesinato por un policía (blanco) fuera de servicio de un adolescente (negro) de 15 años. Las manifestaciones se transformaron en motines, los coches ardieron, las tiendas fueron saqueadas y los negros salieron a la calle con piedras, barras de hierro y cócteles Molotov para defenderse de la policía.

Progresivamente las protestas se extendieron de Harlem a Manhattan, Brooklin y Bedford-Stuyvesant. Luego, el levantamiento pasó de Nueva York a otras ciudades como Rochester. Las calles se convirtieron en un campo de batalla durante cuatro días y cuatro noches consecutivas. En otras ciudades los ecos no se apagaron hasta 10 días después.

El balance fue terrorífico: 7 muertos, 800 heridos de los cuales 48 eran policías, más de 1.000 detenidos y millones de dólares en daños materiales. La prensa se abalanzó contra aquel movimiento, al que acusaron de salvajismo y barbarie.

Fue el comienzo de una ola. El verano del año siguiente se produjeron levantamientos en todos los barrios más humillados de las grandes ciudades de Estados Unidos. A mediados de agosto, el barrio de Watts, en Los Ángeles, ardió literalmente durante cinco días a causa de la detención de un negro al que la policía acusó de estar borracho.

El balance fue aún peor que el año anterior en Nueva York: 35 muertos, 800 heridos, 700 viviendas incendiadas, un perímetro de 77 kilómetros cuadrados devastados y 500 millones de dólares en daños materiales.

Además, de Los Ángeles los negros se sublevaron en más de 20 ciudades: Jacksonville en Florida, Sacramento en California, Omaha en Nebraska, Nueva York, San Francisco, Chicago… En Cleveland, Ohio, la policía no pudo contener la revuelta y el gobernador tuvo que llamar en su auxilio a la Guardia Nacional. A finales del verano habían muerto 12 manifestantes y 400 heridos fueron conducidos a los hospitales.

El detonante de los levantamientos era siempre parecido. En Chicago, por ejemplo, se inició como consecuencia de que la policía detuvo a unos menores que abrieron una boca de incendios para refrescarse con el agua.

El verano del año siguiente los desórdenes volvieron a las calles, afectando a más de 100 ciudades. En Newark, Nueva Jersey, las protestas se sucedieron del 12 al 17 de julio. Hubo 27 muertos, de los cuales 25 eran negros. Ingresaron en la cárcel unos 1.500 detenidos, los heridos ascendieron a 2.000, las bloques de viviendas incendiados sumaron unos 60 y muchos centros comerciales fueron saqueados. Las paredes de las calles aparecían con numerosos impactos de bala y los blindados patrullaban las calles con las ametralladoras apuntando a los peatones día y noche.

En Detroit la sublevación duró del 24 al 28 de julio y, en palabras de Robert Kennedy, fue la crisis más importante desde el final de la guerra civil. El Washington Post la calificó como la mayor tragedia en la larga historia de los levantamientos de los barrios negros.

Todo empezó con una redada de la policía en un café clandestino frecuentado por los negros, que desencadenó las correspondientes protestas seguidas del feroz despliegue de terror policial. Ante su impotencia el gobernador llamó a los paracaidistas y los tanques de la Guardia Nacional, que comenzaron un asalto a los barrios negros, calle por calle y casa por casa. En los combates participaron la 82 y 101 división que llegaban de combatir en las selvas de Vietnam. Dispararon indiscriminadamente contra los peatones y la gente sentada en las plazas y los jardines. Los helicópteros ametrallaron las ventanas de las casas y bloques enteros de viviendas se consumieron en llamas. Por la mañana las calles aparecían devastadas por el fuego y las barricadas.

La represión se extendió. Las comisarías y juzgados colapsaron. Habilitaron como centro de detención un garaje subterráneo de la policía en el que se hacinaron hasta 1.000 detenidos. En la cárcel de la ciudad, con plazas para 1.200 presos, se agolparon 1.700. A otros detenidos tuvieron que internarlos en los reformatorios de menores, en autobuses…

El balance es aterrador: 41 personas murieron, 2.000 fueron heridos, 3.200 detenidos, otros miles perdieron sus viviendas, 1.500 centros comerciales saqueados, 1.200 incendios, las fábricas de automóviles paralizadas, 7.000 millones en daños materiales…

Todos los levantamientos tenían varios rasgos en común, además de los sangrientos enfrentamientos con la policía. Es evidente que no se pueden disimular como si sólo hubieran sido “disturbios raciales” y que iban mucho más allá de los “derechos civiles” porque no cabían dentro del Estado sino que iban dirigidos en su contra. Por eso el Estado no dudó en asesinar fríamente a los personajes que creía más representativos del movimiento, como Martin Luther King o Malcom X.

También es evidente que el movimiento estuvo acompañado por un contexto favorable de luchas y protestas de otros sectores sociales, como los blancos, en contra de la guerra de Vietnam, de los que no se pueden separar.

Desde luego que nunca existió nada menos parecido a un movimiento pacifista negro. La propia dureza de los enfrentamientos muestra que los negros no tenían ningún miedo porque no tenían nada que perder. Estaban dispuestos a todo. Formaban parte del odio profundo de los sectores más oprimidos de Estados Unidos contra el capitalismo y sus instituciones políticas, empezando por el Estado. Pero lo más importante es la falta de organización de los levantamiento y, por lo tanto, de dirección.

Cabe decir que el movimiento nunca tuvo dirección y que la represión política hizo todo lo posible, incluidos los asesinatos selectivos, para que nunca pudiera tenerla. Hay luchas que, en definitiva, es la propia situación quien las convoca; pero las realmente importantes las convoca una determinada organización.

La diferencia es crucial. Las luchas del proletariado negro en Estados Unidos en los años sesenta son la mejor ilustración de la diferencia entre una revuelta y una revolución. Las primeras están destinadas a perder; las otras están destinadas a ganar.

El proletariado negro en Estados Unidos

Negros, esclavos y rebeldes (4)

En Estados Unidos el movimiento negro se fue organizando y alfabetizando paulatinamente. En 1905 se creó la NAACP (la Asociación para el Progreso de la Gente de Color), que pasó de 330 afiliados en 1912 a casi 100.000 en 1919. Otra organización de aquella época fue la UNIA (Universal Negro Improvement Association), fundada por Marcus Garvey, que llegó a agrupar a 5 millones de militantes.

De origen jamaicano, Garvey defendía la formación de una nación negra que agruparía todos los negros del mundo entero. En sus locales la UNIA impartía clases a los negros analfabetos y a quienes no podían estudiar. También celebraban debates y conciertos de música. El papel de Garvey en el movimiento negro estadounidense fue muy importante. Sacudió el complejo de inferioridad de los negros. Por primera vez les hizo sentirse orgullosos de tener la piel de color negro, de tener un origen africano y una cultura muy valiosa.

Su movimiento también tenía importantes limitaciones. Era partidario de un “capitalismo negro”, separado de los blancos. Los problemas de los negros, pensaba Garvey, se solucionarían cuando los negros se convirtieran en capitalistas. Para ello fundó empresas de todo tipo, las “Negro Factories Corporation”, que tenían tintorerías, droguerías y editoriales además de fábricas para producir muñecos, uniformes y ropa. También tenían un banco en régimen de cooperativa. Se recomendaba a cada sección del UNIA que comprara su propio edificio, se les llamaba Liberty Halls.

Bajo la influencia de Garvey, en 1930 se creó la “Nación del Islam” (NOI), que poco después empezó a ser dirigida por Elijah Muhammad. Sus miembros eran conocidos como “musulmanes negros”, en donde su concepción del islam era extraordinariamente puritano, muy influenciado por el protestantismo anglosajón. A la manera de Garvey, también eran partidarios de un “capitalismo negro”.

No obstante, el acontecimiento decisivo para los negros fue la fundación en 1919 del Partido Comunista de Estados Unidos, en el que la cuestión racial estuvo muy presente desde el origen. El Partido Comunista agrupó a los antiguos miembros de la ABB (African Blood Brotherhood o Hermandad de Sangre Africana), partidarios de que la autodefensa de los negros contra los linchamientos.

Además, los comunistas crearon un sindicato negro ANLC (American Negro Labour Congress) porque los trabajadores negros no eran admitidos en la AFL (American Federation of Labour).

Junto a los comunistas sudafricanos, los comunistas estadounidenses hicieron una aportación que enriqueció de manera definitiva el acervo ideológico de la III Internacional y del movimiento obrero internacional en lo que concierne a los problemas raciales y nacionales en la época del imperialismo, como batallas por la conquista de los plenos derechos democráticos.

En aquella época se empezó a formar un proletariado negro, como consecuencia de las restricciones que se fueron imponiendo a la inmigración procedente de Europa. La expansión del capitalismo necesitaba más mano de obra. Los negros dejaron de ser esclavos para integrarse en la clase obrera. Entre 1910 y 1920 el proletariado negro se duplicó, pasando de medio millón a un millón de trabajadores. El proceso fue acompañado de la emigración del campo a las ciudades y del sur hacia el norte.

Los negros empezaron a convertirse en una parte especialmente importante de lo que Marx llamó “ejército industrial de reserva”, la mano de obra menos cualificada y los trabajadores a tiempo parcial y eso que ahora llaman “trabajo precario” como si fuera alguna novedad.

El proletariado negro se vio especialmente sacudido por la crisis de 1929, empezó a organizarse en masa sindicalmente y participaron en las grandes movilizaciones obreras.

De la esclavitud forzosa a la esclavitud asalariada

John Brown
Negros, esclavos y rebeldes (3)
La esclavitud fue uno de los caballos de batalla de la guerra civil en Estados Unidos (1861-1865), propiciado por la disparidad entre los bandos en liza. Como escribió Marx, se enfrentaron dos formas distintas de explotar. El norte era un país capitalista industrializado, con un poderoso sector financiero, mientras el sur se apoyaba en la agricultura y la la mano de obra esclava. Hasta la fecha el llamado “compromiso Clay” había amortiguado las diferencias, al permitir que cada Estado decidiera si debía aceptar al esclavitud o no.

Pero cuando en 1854 Kansas abolió la esclavitud, fue invadido por 3.000 soldados procedentes de Missouri, que quemaron las casas de los negros, hasta el punto de destruir por completo en 1856 la ciudad de Lawrence. Los partidos se dividieron; mientras los republicanos apoyaron al norte abolicionista, los demócratas se mostraron favorables al sur esclavista.

Un movimiento guerrillero compuesto de negros y blancos aplastó a las tropas intervencionistas. En la batalla de Osawatomie, uno de los dirigentes guerrilleros, John Brown, un blanco abolicionista, defendió la ciudad contra 400 hombres armados. En 1859 Brown trató de formar zonas liberadas en las colinas de la parte occidental de Virginia. Junto con otros 20 combatientes tomó un arsenal y se apoderó de la ciudad de Harpers Ferry.

Pero no logró que los esclavos se unieran al movimiento. La unidad fue rodeada por una compañía del ejército al mando del coronel Robert E. Lee. Diez guerrilleros, entre ellos dos de los hijos de Brown, murieron en la batalla y él fue herido y obligado a rendirse. Fue detenido y acusado de traición y asesinato, siendo ahorcado el 2 de diciembre de 1859 en Virginia. “Una parte de la luz humana se ha apagado”, comentó entonces el escritor francés Victor Hugo.

Eran los prolegómenos de la guerra civil, donde las fuerzas abolicionistas marcharon a la batalla cantando un himno en honor a John Brown:

“El cuerpo de John Brown yace en su tumba
“pero su alma desfila junto a nosotros”

Tras la victoria electoral de Lincoln en 1861, los Estados sudistas crearon la Confederación de Estados de América, cuyo gobierno fue reconocido como legítimo por Francia e Inglaterra. Los del norte les declararon la guerra. El norte industrial estaba habitado por 22 millones de personas, mientras el sur apenas contaba con unos 5 millones de blancos y 4 de negros. En el norte, de un total de 2,1 millones de soldados, 180.000 erean negros.

En los valles de Mississippi y Carolina del sur, los negros ocuparon las tierras y gestionaron su cultivo. Tras la guerra, la situación no se pudo mantener y el ejército expulsó a los negros de las tierras ocupadas.

La abolición fue un acto formal, papel mojado. En el sur los blancos no admitieron la derrota, ni el fin de la esclavitud, ni que los negros tuvieron el mismo derecho de voto que ellos. Surgió el Ku Klux Klan, bandas parapoliciales que mantenían a los negros sometidos por el terror.

Otros negros contrajeron deudas con sus antiguos amos que los mantenían en la misma situación de dependencia. Se mantuvieron situaciones similares por medio de contratos de arrendamiento de tierras en los que los dueños eran los antiguos esclavistas y los inquilinos los negros.

La esclavitud forzosa fue sustituida por la esclavitud asalariada y el apartheid. “Iguales pero separados”, fue la fórmula que acuñó el Tribunal Supremo para legalizar la nueva situación. “Hecha la ley, hecha la trampa”. En 1870 las leyes de Jim Crow sancionaron la segregación racial, la separación entre negros y blancos en los restaurantes, los teatros, los transportes…

Las escuelas aún eran un terreno prohibido para los negros, lo cual tenía sus consecuencias sobre el voto, que no sólo dependía de un nivel de ingresos al que los negros nunca llegaban, sino también del nivel de estudios. Todo había cambiado para que todo siguiera igual… o peor.

Los linchamientos, las violaciones y toda suerte de persecuciones brutales contra los negros no cesaron nunca. Cuando en 1893 se celebró la exposición universal de Chicago, los negros organizaron una campaña: “¿por qué la América negra no tiene representación?”

Negros, esclavos y rebeldes (1)

La primera vez que la monarquía española llevó esclavos negros a América del norte fue en 1518. Muchos de ellos se resistieron, huyeron y fundaron pequeños Estados independientes en las zonas que los europeos blancos no ocuparon.

El comercio basado en la trata de esclavos era triangular. Comenzaba en el oeste de África y llegaba hasta Bahía (actual Brasil), Santo Domingo, Haití Cuba y Virginia. Luego los barcos regresaban cagados con el azúcar, el tabaco y el algodón que producían los esclavos en las plantaciones americanas. Tras descargar en Europa los barcos volvían a África cargados textiles y de quincalla.

Inicialmente dicho comercio estuvo dirigido por españoles y portugueses. Luego les sustituyeron ingleses, franceses y holandeses. Fue un elemento fundamental de la acumulación originaria de capital que condujo a la industrialización en Europa.

A mediados del siglo XIX en los Estados del sur de Estados Unidos los esclavos producían el 75 por ciento del algodón, la mercancía de exportación esencial para el país y la materia prima fundamental para el desarrollo de la industria textil en Europa, que entonces era el motor del capitalismo.

En el siglo XVII los negros tenían la posibilidad de comprar su libertad por un determinado precio. Inicialmente sólo eran una minoría en una sociedad de blancos. Las mujeres negras eran especialmente codiciadas por su función en la reproducción del comercio. Se las obligaba a tener entre 10 y 20 hijos de manera que el negocio de la esclavitud creciera indefinidamente.

Las violaciones, tanto por los blancos como por los negros, eran moneda corriente porque las mujeres negras evitaban quedarse embarazadas. No querían tener hijos para impedir verles sometidos a la esclavitud, golpeados, explotados y maltratados. En muchas ocasiones mataban a sus hijos recién nacidos, perjudicando así el negocio de los esclavistas.

Como la descendencia no era suficiente para sostener la avaricia de los esclavistas, los españoles pensaron abrir para la esclavitud un mercado de blancos. Necesitaban más fuerza de trabajo. Algunos blancos se convirtieron en esclavos a tiempo parcial que trabajaban un promedio de 7 años en las plantaciones en condiciones parecidas a los negros. Según una ley de 1640, cualquier mujer blanca que trabajara al servicio de un patrón y le desobedeciera podían convertirse en esclava.

Pero la esclavitud de los blancos no se impuso, por lo que la esclavitud no sólo fue un negocio y una condición laboral sino un sistema de dominación político e ideológico, el racismo, que se propagó a partir del siglo XIX. Las leyes regulaban minuciosamente la condición civil de los negros, saturada de prohibiciones: no podían casarse con blancos, no podían comprar tierras, no podían votar, no podían acudir a la escuela, no podían reunirse, no podían organizarse, no podían ocupar cargos cualificados…

En las sociedades que compartían con los blancos, los negros fueron relegados al último escalón. A su vez esa situación se justificaba por la supremacía de los blancos: los negros estaban al final porque su raza era inferior a la de los blancos, un escalón intermedio en la evolución biológica antes de descender al mundo animal.

La condición esclava no sólo estaba ligada al color de la piel sino a un determinado sector de la producción: la agricultura. En el sur de Estados Unidos el 90 por ciento de los negros trabajaba en el campo a mediados del siglo XIX. El aprendizaje estaba estrechamente ligado a la sumisión y su herramienta más significativa era el látigo, una variante de la tortura.

A finales del siglo XVIII el 40 por ciento de la población del sur de Estados Unidos eran esclavos de origen africano, un porcentaje que en el norte sólo suponía un 10 por ciento. En 1830 eran 3.777 las personas que poseían esclavos en los Estados del sur. En 1860 una tercera parte de la población blanca, 1.733 familias, tenían al menos un centenar de esclavos.

A finales del siglo XVIII, la independencia de Estados Unidos en 1775-1783 no supuso ningún progreso. Los negros no aparecían en la nueva Constitución. Las declaraciones de derechos no tenían nada que ver con ellos, ni con la esclavitud, que no se prohibió en el mundo hasta 1807. Para entonces habían sido brutalmente asesinados unos 30 millones de negros.

La prohibición del comercio de esclavos fue -más que nada- simbólica. Los negros aún deberían conquistar sus derechos más básicos y no serían los blancos quienes se los regalarían generosamente. Necesitarían de la lucha, del esfuerzo y de la sangre.

Pasando lista al desfile militar de Pekín

Después de Moscú, la conmemoración del fin de la Segunda Guerra Mundial hace 70 años ha tenido un epílogo en Pekín el 2 de setiembre. Si alguien creyó que el boicot de los imperialistas al acto de Moscú tenía su origen en Rusia o en Putin, ha podido comprobar su equivocación. También han boicoteado el desfile asiático, por lo que es interesante pasar lista, comprobar qué países han asistido, qué países faltaban y saber los motivos de dicha ausencia.

Por ejemplo, es normal que Japón no haya asistido al acto, lo cual significa que 70 años después el actual Estado no admite la rendición, que la firmó a regañadientes, que es heredero del mismo imperialismo que masacró y expolió a numerosos países asiáticos durante la guerra.

También es normal que a tales actos acudan los que lucharon contra el imperialismo, como Corea, incluida Corea del sur que, al menos para estos menesteres se sienten muy cercanos a China porque padecieron las mismas calamidades.

Lo que no tiene justificación posible es la posición de los países occidentales, excepto Chequia, que ni han celebrado la derrota del fascismo ni tampoco asisten a las celebraciones que organizan otros países. ¿Se sienten ahora más solidarios con el III Reich y con el Japón imperial?, ¿han cambiado de bando tardíamente?, ¿les gustaría reescribir la historia?, ¿cambiar el resultado de la guerra?

Un periodista se lo preguntó al portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnets, durante una rueda de prensa y el tipo le respondió que no estaba al corriente de que en Pekín se fuera a celebrar el 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial. No es que no les invitaran, sino que no sabía que en China se festejaran ese tipo de acontecimientos. Son algo tan insignificante para la historia… Prácticamente nada en comparación con la conquista de Iwo Jima.

Es una manera de reescribir la historia. Unos acontecimientos se ponen en primera plano para que otros parezcan insignificantes, incluso la propia victoria militar, y si la burguesía se ve obligada a falsificar y deformar unos hechos que ocurrieron hace 70 años, ¿qué no será capaz de hacer con la actualidad?

¿No se habían enterado? En el Pacífico hubo gigantescas batallas navales, como la de Midway, pero el papel de China fue irrelevante. ¿Estaban Ustedes al corriente de que China participó en la Segunda Guerra Mundial o se acaban de enterar?, ¿saben que desde 1931 fue un país ocupado por el imperialismo japonés y que, por consiguiente luchó durante mucho más tiempo que los estadounidenses?, ¿saben que si la URSS padeció 27 millones de muertos, China padeció otros 20 millones más?, ¿hay algún otro que haya aportado más a la derrota del fascismo?

¿No le ha hecho alguien a Ustedes sentirse en deuda con esos países por habernos liberado al mundo entero de la peste fascista durante varias décadas con tan tremendo coste de vidas humanas? Pues a diferencia de nuestras “democracias occidentales”, que no saben más que mirarse al ombligo, todavía hay -afortunadamente- en el mundo países, como Sudáfrica, que han acompañado a los chinos en su celebración y algunos militares han desfilado junto a sus tropas, y vamos a enumerarlos: Kirguistán, Venezuela, Cuba, Mongolia, México, Kazajistán, Egipto, Tayikistán, Pakistán, Serbia, Rusia, Bielorrusia, Camboya, Laos, Fidji y Vanuatu.

La inolvidable biografía de Harriet Tubman

La biografía de Harriet Tubman es la de todos los explotados y la de quienes lucharon contra la explotación. No se pudo recuperar hasta el estallido del movimiento negro en los años sesenta. Su nombre clandestino era “Moisés”, la figura mitológica del “Ferrocarril Clandestino”, la ruta Ho Chi Minh de los negros del sur de Estados Unidos en tiempos de la esclavitud. Sus viajes furtivos a los Estados esclavistas para liberar a las mujeres y los niños la convirtió en un icono de los movimientos negros de liberación.Su nombre originario fue Araminta “Minty” Ross y nació en 1822 en la plantación propiedad de Anthony Thompson en Maryland. Fue la quinta de 9 hermanos de Harriet “Rit” Green y Ben Ross, dos esclavos pertenecientes a dos familias distintas. Su padre Ben estaba al servicio de Anthony Thompson, un rico terrateniente viudo, mientras que “Rit” al de Edward Brodess, yerno del anterior.

Entre 1822 y 1824 Brodess obtuvo la propiedad de los niños esclavos de la familia, entre ellos la de Minty, vendiendo luego varios de ellos, rompiendo la unidad de la familia Ross. Desde los seis años de edad Minty fue alquilada para trabajar al servicio de varios propietarios, entre ellos la familia Cook. Una de las labores que le encomendaron fue la de atrapar las ratas que había en la plantación una parte de la cual era pantanosa. Para cazarlas debía sumergirse en las aguas, a veces heladas en invierno, por lo que enfermó gravemente.

“Dormía en el suelo, junto al fuego, y lloraba sin parar. Me preguntaba s era yo la única que entraba en casa y me metía en la cama de mi madre. Era extraño porque ella nunca tuvo cama. Sólo una tabla de madera clavada a la pared con paja por encima”, contó luego Minty.

Miss Susan, su dueña, estaba convencida de que a los esclavos había que azotarles regularmente con un látigo. Aquella esclavista brutal golpeaba a Minty en la cabeza, en la cara y el cuello. Al llegar a vieja, aún conservaba las cicatrices. Por lo demás, el trabajo era tan brutal como la vida. De adolescente una viga de hierro le fracturó el cráneo.

En una ocasión un vigilante le pidió ayuda para capturar a un negro fugitivo llamado Barnett y la joven se negó. Aunque Barnett logró huir, el vigilante le lanzó una pesada piedra, que en su trayectoria golpeó a Minty en la sien. Le volvieron a fracturar el cráneo, la llevaron ensangrentada e inconsciente a la mansión, pero como no había cama para tenderla, la pusieron sobre una tejedora, en la que permaneció dos días sin ninguna clase de cuidados médicos.

Aquel incidente cambió su vida y su carácter. Los dolores de cabeza ya nunca le abandonaron. Padecía frecuentes desvanecimientos y en medio de una conversación se dormía, aunque luego despertara de nuevo y continuara la charla. Otras veces no había manera de reanimarla.

Desde entonces las visiones, los sueños y la religión ocupó un lugar importante en la vida de Minty. Se convirtió en una mística. Rezaba frecuentemente y empezó a ayunar todos los viernes. Aunque pertenezcan a la misma secta metodista, el dios de los negros no era el de los blancos. El paraíso de estos estaba en el cielo; el de los anteriores estaba en la tierra.

Los metodistas negros se escinden de los blancos y en las iglesias son las predicadoras negras, como Lerena Lee, Maria Stewart o Sojourner Truth, las que empiezan a tomar la palabra para hablar de explotación y de liberación. Una pastora de Filadelfia, Zilpha Elaw, predica: “Cristo ha enviado a la mujer para anunciar al discípulo Pedro que ha regresado de entre los muertos”.

En febrero de 1831, tras negarse a comer, una joven esclava llamada Henny es golpeada y se revuelve lanzando jabón a los ojos de su dueña. La mata, la corta en pedazos con un hacha y luego esconde los restos en un armario. Unos meses después la ahorcaron en Cambridge, pero las peores pesadillas para los blancos no acabaron: una sedición dirigida por Nat Turner, un esclavo iluminado, mata por noche a los blancos a todos los blancos que puede, cuando dormían plácidamente. A Turner le ahorcan el 11 de noviembre en Virgina. Su cuerpo fue desollado, decapitado y troceado.

Entre 1830 y 1840 Minty trabaja para un constructor de barcos. En 1844 se casa con un hombre libre, un mulato llamado John Tubman, de quien toma el apellido. También aprovecha para ponerse el mismo nombre que su madre.

En 1849 su dueño Brodess muere a los 47 años de edad. Como ha dejado numerosas deudas, corre el riesgo de ser vendida a otro esclavista, por lo que huye de noche, abandona a su marido y conquista su libertad. Se instala en Filadelfia pero viaja frecuentemente a Maryland para liberar a su familia y amigos. Era muy extraño que un liberto se atreviera a viajar a zonas en las que los esclavistas les pudieran reconocer, capturar, azotar y, finalmente, ahorcar.

En Maryland logró liberar a unos 70 esclavos que huyen de la esclavitud por el llamado Ferrocarril Clandestino, una vía de escape que les trasladaba lejos del alcance de los esclavistas. Según censo de esclavos de 1850, la mayor parte de las fugas de esclavos se produjeron en Maryland. Los viajes se organizaron por medio de comunicaciones secretas que sólo un círculo muy reducido de negros conocían.

Los viajes eran de casi 150 kilómetros que se hacían de noche y a pie, por lo que podían prolongarse entre cinco días y tres semanas. Otros eran mucho más largos y acababan en Canadá. Para defenderse de los cazadores de esclavos y de sus perros, Harriet llevaba un revólver y no le asustaba tener que utilizarlo. En una ocasión contó la historia de que escapando con un grupo de esclavos, y cuando la moral estaba baja por la dificultad de las adversidades, uno de los hombre insistió en regresar a la plantación. Le apuntó con la pistola y le dijo: “Continúa o te mataré”. Días después el hombre se encontraba entre los que alcanzaron a llegar a Canadá.

El padre de Harriet, Ben Ross, logró huir en 1840. Tuvo una gran influencia sobre su hija y, una vez liberado, se convirtió en un militante del Ferrocarril Clandestino. Le capturaron en 1857 y su hija tuvo que regresar a Maryland para salvarle la vida. Logró llevarles hasta Canadá.

La habilidad de Harriet para viajar por los Estados esclavistas sin ser detectada siempre ha sido un ejemplo de clandestinidad y buena organización. Un blanco abolicionista como John Brown se interesó por la red de evasión que Harriet había puesto en pie. La Brown llamaba “general Tubman”. A su vez, Harriet apoyó su plan para crear un nuevo Estado con los negros que iban siendo liberados. Brown era partidario de utilizar la lucha armada y organizar un levantamiento general de los esclavos. En 1859 se apoderó de un arsenal en Harpers Ferry, Virginia, pero fracasó y fue ahorcado.

Durante la guerra civil, Harriet viajó a Carolina del sur, donde se trabajó para el espionaje unionista como cocinera, enfermera y exploradora.

En 1860 se trasladó de nuevo a su tierra natal para liberar a su hermana Rachel y a sus hijos Ben y Angerine, lo que finalmente pudo lograr después de varios intentos, cuando su hermana ya había muerto. Fue su última expedición liberadora.

Tras la guerra civil se estableció en Fleming, en el Estado de Nueva York, convirtiéndose en una dirigente del movimiento negro. Acogió en su casa a decenas de huérfanos, antiguos esclavos miserables. Hasta su muerte en 1913, ya muy anciana, jamás abandonó la lucha, ni la lectura. En Estados Unidos el movimiento negro la recuerda cada 10 de marzo, aniversario de su fallecimiento.

En Estados Unidos muchas organizaciones, sobre todo de mujeres negras, han seguido su ejemplo de lucha y llevan su nombre con orgullo.

En 1978 con su biografía se rodó la miniserie de televisión “Una mujer llamada Moisés” (A Woman Called Moses), basada en la novela de Gloria Naylor:

Primera parte:
https://www.youtube.com/watch?v=LndJrZcEKto
Segunda parte:
https://www.youtube.com/watch?v=emudKsEvdpo

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies