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Etiqueta: Memoria histórica (página 34 de 81)

‘Jamás creí que con tan poca edad vería tanta injusticia’

Joaquín Fernández. Huyó con 10 años.

El recorrido: Salieron hacia Almería su padre Joaquín y su madre Encarnación, sus hermanos Eugenio (4) y Carmela (6 años), así como toda la familia por parte del padre, incluida una abuela de 70 años. Su hermano Salvador, de 16 años, salió días antes hacia Almería y luchará en un frente hasta el final de la guerra.

Su historia: “Nos fuimos con lo puesto. Había mucho miedo. La gente pasaba y decía que iba para la carretera de Almería; Salimos el día 7 a las 7.30 de la tarde. Era ya de noche”.

Joaquín camina con unos zapatos negros de charol. “Acabé andando con los pies. De los zapatos, sólo quedó la envoltura. En lo único que pensábamos eran en andar y en quitarnos de en medio”. Al día siguiente, a la altura de Torre del Mar, comienzan los bombardeos. Su hermano Salvador, de 16 años, ha salido días antes hacia Almería. De él ha aprendido que, cuando lanzan bombas, es mejor no meterse en ningún agujero o alcantarilla. “Me tenía dicho que me quedara al aire libre; que me tumbara en las zanjas que hay en las huertas para sembrar, porque así, si la metralla arrasa, te pasa por encima”. Es lo que hace cada vez que aparecen los cañoneros Canarias y Cervera en la costa o cuando sobrevuelan los aviones. “En uno de los tramos de la carretera apareció la aviación. Cada uno salió para un lado para esconderse y yo me tiré en una hondonada del terreno. Llevaba una taleguilla con un poco de ropa. A pocos metros había un carabinero que fue lanzado por una de las bombas. El pobre murió en el acto. A mí vino un trozo de metralla que dio en la taleguilla y que he tenido guardado hasta hace poco”.

La muerte se hace presente en cada tramo del camino, pero Joaquín no se amedrenta. “Había niños asustados, otros eran más fuertes. Yo era un niño fuerte, no conocía el miedo”. Por eso, cuando la gente comienza a gritar que una bomba ha volado un autobús lleno de personas, se asoma para comprobar que no hay dentro ningún familiar. “Aquello era para cerrar los ojos”.

En el trayecto, Joaquín pierde a su hermana Carmela, de su cuyo cuidado está a cargo. Entre el tumulto la pequeña, de seis años, se extravía. La familia se inquieta y empieza a buscarla entre los cientos de personas que huyen. “Íbamos despavoridos, chillando. ¡Carmela! Menos mal que pudimos recuperarla y seguir todos juntos”.

La carretera está atestada. Los refugiados avanzan pegados y la desesperación se desata cada vez que pasa un vehículo. “Iban las camionetas cargadas de criaturas, apiñadas… Yo he visto cómo una madre lanzaba a su hijo, de unos tres años, a una camioneta para que se lo llevaran”.

En el camino, comienza a ocurrir algo extraño y Joaquín se percata de ello. “A la altura de Nerja, empecé a ver a hombres motorizados con cazadoras de cuero. Avanzaban por la carretera, parecía que exploraran el camino. Eran militares”. Son los soldados de las tropas italianas, que cortan el paso a los refugiados que van en la cola del grupo. Cunde la decepción. “Para nosotros fue un jarro de agua fría. Después de tanta lucha, de tantas angustias… Todo el mundo se quedó pasmado”.

Aquella noche será la primera de los cuatro días de trayecto que pueden dormir. Pero al día siguiente, hay que volver a andar, esta vez, de vuelta, de regreso a Málaga. Allí les espera su casa, en el número 6 de la calle Miraflores, que sigue intacta, porque la familia que no salió hacia Almería se ha encargado de protegerla.

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‘A veces no nos dejaban ni dormir; teníamos que salir corriendo’

Benito García Blanco. Huyó con 21 años.

El recorrido: Huyó con otros compañeros del batallón del Ejército de la Malagueta hasta llegar a Almería. Allí recibió instrucción en el
campamento de Viator y luchó en el frente de Madrid hasta el final de la guerra. Toda su familia huye también a Almería y de allí a Alicante. Al terminar la guerra, regresan a Málaga.

Su historia: El domingo 7 de febrero Benito lo pasa todo el día en el cuartel. Está en un batallón del Ejército en La Malagueta, donde recibe instrucción. Al anochecer, con las tropas naciones e italianas cercando la ciudad, reciben nueva orden de sus superiores. “Formaron el batallón y tiramos para El Palo. No había consigna ninguna, sólo que había que huir. Pasamos El Palo, tiramos para Torre del Mar y allí ya se deshizo el batallón y cada uno tiró para un lado”.

Benito recorre todo el camino vestido de miliciano y armado; al igual que otros seis compañeros que le acompañan. Cuando llegan a Vélez Málaga, se encuentran el pueblo desolado. “La mayoría de las casas ya estaban abandonadas. Las familias se iban y las dejaban abiertas”. Los refugiados entran en ellas para buscar algo de comida. “Conseguir alimento estaba muy difícil. A veces encontrabas cosas por el camino. Un día encontramos en un cortijo una tinaja llena de aceite; era tan alta como una habitación. Cuando yo llegué, ya estaba casi por la mitad.

La gente cogía el aceite para hacer tortillas con harina. Pero el aceite estaba tan bajo que no se podía coger con cubos porque no teníamos soga. Entonces, nos turnamos para que cada 20 minutos uno se dejara coger por los pies con la cabeza para abajo y subiera el aceite”.

Optan por avanzar de noche por la carretera, mientras que, de día, prefieren hacerlo campo a través para evitar los cañonazos de los barcos y las bombas de los aviones. “A veces no nos dejaban ni dormir un poco porque las tropas nacionales venían atrás zumbando y teníamos que salir corriendo”. El grupo de hombres jóvenes adelanta con facilidad al resto del grupo, la mayoría, familias con niños. “Las mujeres se liaban las piernas con sábanas porque, de tanto andar, las llevaban hinchadas. Algunos hombres tampoco podían andar. Yo, como era joven, seguía”.

En ocasiones, se producen enfrentamientos entre los mismos refugiados. “Había grupos que discutían por cualquier tontería”. Los animales de carga se convierten en un bien codiciado, hasta el punto de que son el origen de peleas o objeto de robo. “Un día vimos un caballo que llevaba a dos hombres y a una mujer encima. Era un caballo que habían cogido por la carretera. Salieron unos cuantos de un grupo que iba junto al nuestro y querían que se bajaran para que descansaran otros que iban andando. Los que estaban subidos se negaron y se liaron a tiros. Nosotros llevábamos armas porque éramos militares, pero había gente que no lo era, y que también llevaba. Al final, los que iban en el caballo resultaron heridos y se subieron otras personas”.
En aquella ocasión, Benito no llega a desenfundar su arma, pero sí lo hace más adelante, a la altura de Salobreña. Allí, les sorprenden los nacionales. “Se formó un tiroteo, pero se aguantó. Después se retuvieron ellos y nosotros salimos corriendo”.
A la entrada de Almería, después de siete días de camino, les obligan a despojarse de todo el armamento. Durante tres meses, Benito recibe instrucción en el almeriense campamento de Viator, de donde parte para defender el frente de Madrid. “Cuando cae Madrid, a mí me pilla en un hospital porque resulté herido en una pierna durante un bombardeo”. Los nacionales le cogen prisionero y permanece un corto periodo de tiempo recluido en un edificio hasta que le dejan en libertad bajo la orden de que vuelva a Málaga. Él, sin embargo, marcha hacia Alicante, donde le espera su familia, que también había huido por la carretera de Almería. “Allí estuve mes y medio. Al final, regresamos a Málaga. En la estación, me detuvieron y me metieron en un campo de concentración en los callejones del Perchel”. Después de tres meses, pasa a un campamento de refugiados militares en Torremolinos, de donde sale por buena conducta. Benito asegura que no se tomó ninguna otra represalia contra él, es más, llegó a hacer el servicio militar una vez terminada la guerra.


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‘Se le cayó a una mujer el niño al río, quiso cogerlo y el agua se lo llevó’

Ana María Jiménez Palomino. Huyó con 16 años.

El recorrido: Marcha con su madre, Pepa, y sus hermanas María, Candelaria y Antonia. También les acompañan Eduardo, el esposo de María, y Alfonso, el novio de Candelaria y dos amigas del barrio de Capuchinos. Todos consiguen llegar a Almería, de donde parten en tren hacia al pueblo tarraconense de Torre del Español, de donde regresan terminada la Guerra Civil. Durante todo este tiempo su hermano Eduardo, de 10 años, permanece acogido en casa de una tía en Málaga.

Su historia. Entre las pretensiones de Ana María ese 7 de febrero de 1937 no estaban precisamente huir hacia ningún sitio. Recuerda que aquella mañana estaba aseándose y que su hermana Antonia, dos años mayor que ella, entró aterrorizada. “Mi familia estaba en la puerta de mi tía, desde donde se veían los Montes de Málaga. Yo estaba en mi casa muy tranquila lavándome los pies. En eso llegó mi hermana: ’Ana María, venga, sécate los pies, vámonos’, me dijo mi hermana. ‘¿Adónde nos vamos?, le pregunté. ‘Que están tirando bombas, que ya vienen los moros por ahí. De la puerta de la tita se ven los cañonazos y las luces. Y Alfonso ha dicho que nos vayamos y mamá no quiere, pero él le ha dicho: ‘Pepa, que tiene usted cuatro hijas, que vienen los moros!’”.

Pero su madre se resiste. Su hijo Eduardo está recuperándose en un sanatorio en Torremolinos de un pequeño accidente jugando a la pelota y no quiere marcharse sin él. Sus yernos deciden buscar una cabina para llamar al hospital y allí le dan una fatal noticia. “Nos dijeron que el niño se lo habían llevado a Rusia”.

Desolada, la madre consiente en abandonar la ciudad y, ya por la tarde, marchan todos en una pequeña camioneta que se queda sin gasolina a la altura de Rincón de la Victoria. “Mi cuñado entonces paró a uno que llevaba otro camión y le dijo que mi madre era una persona mayor y si se la podía llevar y dijo que sí”.

El resto del grupo prosigue caminando. “Con lo dormilona que era yo, yo creo que iba andando e iba dormida, porque yo iba que ya no podía”. La necesidad de comida se hace acuciante, pero Ana María recuerda especialmente la falta de agua. “Hubiera dado la vida por el agua; me dicen que con esa agua me voy a morir y me tomo el agua, porque es lo me faltaba, la comida es lo de menos. Encontramos queso de bola, seco, pero ni ganas de queso teníamos”.

En el paso del río Guadalfeo, Ana María contempla impactada cómo la corriente se lleva ante sus ojos a un niño de poca edad. “Se le cayó a una mujer el niño y la mujer quería cogerlo, pero el agua se lo llevó al angelito, tenía dos o tres años; y uno le dijo: ‘Señora, se va usted a ahogar también, deje usted a su hijo, déjelo, Dios ha querido que se lo lleve’. La mujer siguió adelante llorando”.

Los momentos más dramáticos de la huida los vive ya cerca de Almería. Los cañonazos hacen que el grupo se disperse y ella se adentra en el campo, donde le sorprende la noche. “Yo iba sola y empecé a andar. No se veía nada y yo andaba, pero no sabía por dónde andaba y me preguntaba que cuándo se iba a hacer de día. Estuve toda la noche andando y casi al amanecer me encontraron unos muchachos de la Cruz Roja que me echaron la linterna porque escucharon pasos y me dijeron: ‘Pero niña, ¿qué haces por aquí? ¡Si vas de vuelta para Málaga!”. Yo  llevaba todas las piernas heridas de pinchos y me las curaron”. Los voluntarios de la Cruz Roja la acompañan a la carretera y se hacen cargo de ella hasta que llegan a Almería. Allí, justo en la entrada de la ciudad, se encuentra con Eduardo y Alfonso, sus dos cuñados.

“Yo llegué un día después que ellos a Almería, sin comer, sin beber, sin nada. Mi madre cuando me vio se desmayó. ¡Natural, si iba toda vendada! Y fue llegar a Almería y tirar bombas. No vi más que los escalones del Teatro Cervantes, que era donde estaba mi familia”. Allí, descubren que su hermano Eduardo no está en Rusia, sino en casa de una tía en Málaga. No volverán a verlo hasta después de la Guerra Civil.

Tarragona es la próxima parada en el camino de la familia, adonde llega apiñada en un tren de mercancías. En un pueblo de esta provincia, en Torre del Español, residirán hasta 1939, cuando deciden regresar a Málaga. “Llegamos sin un céntimo, pero nada de nada y sin casa, porque la habían ocupado otras personas”.

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‘Fue un crimen, la guerra no tiene nada que ver con la población civil’

José Ginés. Huyó con 23 años.
El recorrido: José lucha en el frente que está defendiendo Málaga el mismo día 7 de febrero. A la mañana del día siguiente, cuando ya las tropas nacionales están en la capital, consigue salir de la ciudad. Tras su llegada a Almería, luchará en el frente de Motril hasta el final de la guerra.

Su historia: José Ginés nace en Cuevas de San Marcos en 1913, en una familia con un arraigada ideología de izquierdas. De padre agricultor, en su casa siempre se lee el diario ‘El Socialista’. Por eso, cuando estalla la Guerra Civil, José no duda en ir a defender la causa republicana en el frente de Ardales. En febrero de 1937, está sirviendo en el cuartel de Capuchinos de la capital. El 7, cuando apenas queda un día para que las tropas nacionales ocupen la ciudad, salen a combatir al Monte Coronado . “Estuvimos allí todo el día pegando tiros, pero cuando llegó la noche, el teniente Pérez nos dijo que nos fuéramos, que por la mañana estábamos copados”.

José decide hacer noche en una posada en la capital. Ya en la mañana del día 8, sale a la calle vestido de miliciano ante el estupor de un conocido. “Me dijo: ‘Pero tú que haces aquí, pero coño, si están entrando los fascistas por la calle Cuarteles”. El joven cabo se une a otros dos militares procedentes de Marbella y los tres deciden marchar de la ciudad. “Salimos con mucha dificultad de Málaga, ya huía muy poca gente. Desde las ventanas salían muchos tiros e íbamos pegados a las paredes”.

Una hora después, comienzan los cañoneos de los barcos desde la costa. Un tajo en una cantera les sirve para resguardarse. “Optamos por salir de la carretera durante el día, porque allí no se defendía uno ni de la aviación ni de los barcos”. El pequeño grupo avanza raudo y va adelantando a las familias que encuentra por el camino. Al día siguiente, José y sus compañeros de viaje ya están en Nerja. “Aquello era una lástima. Había niños, había viejos y enfermos, embarazadas, había de todo… en esa situación, corriendo, pero corriendo sin tranquilidad por el miedo a los aviones y a los barcos”.

A la altura de una fábrica de papel en los acantilados de Maro, José no soporta la sed y baja al río de la Miel a beber agua. En ese momento, aparece la aviación. “El arroyo estaba muy profundo. Se presentaron bombardeando, uno, otro… hasta cinco aviones. Cuando salí al puentecito a lo alto de la carretera… no hay palabras para describirlo. Eso no se puede describir más que viéndolo… de muertos… de heridos”. No volverá a ver a sus compañeros de viaje, ni siquiera en el cuartel cuando llega a Almería.

José continúa, solo, hasta Salobreña. Algunos refugiados empiezan a gritar que las tropas nacionales están justo detrás y cunde el nerviosismo. En ese momento, escuchan una gran explosión. “Habían volado el puente que pasa por el río Guadalfeo para impedir el paso momentáneo de los franquistas”. La lluvia de los últimos días o la apertura de una pequeña presa hace que el caudal vaya muy subido. José no se atreve a tirarse al agua. “Allí quedaron muchas personas y lo último que uno hace es suicidarse”. Más arriba encuentra un camino para pasar a la otra margen.

La sola visión de los camiones de las Brigadas Internacionales en la recta de Adra le llena de tranquilidad. “Me dije, ya estamos salvados, éstos vienen a retenerlos”. José entra en Almería desarmado, como todos los milicianos que van llegando. Es una ciudad caótica, que ha duplicado su población en apenas unos días. “No se podía andar por la calle. Había camiones repartiendo pan. Recuerdo que esa noche en el cuartel me pusieron lentejas.Por más que comía, quería más, no me hartaba”.

Él es uno de los milicianos que relevan a las Brigadas Internacionales en el frente de Lújar, en Motril, donde lucha hasta el final de la guerra civil. “Cuando acabó todo, yo ya era suboficial; escondí la pistola en el monte y me quité los galones”. Una orden de un requeté amigo suyo, Paco Gutiérrez, consigue sacarlo de un campo de concentración en Caparacena (Granada), bajo la condición de que se presente en el cuartel de Capuchinos para que comprueben su ficha y decidan si han de encarcelarlo. José prefiere marchar para el cuartel de su pueblo, donde le obligan a presentarse a diario. Él consigue eludir la prisión, pero no su madre. “A ella la pelaron y la encarcelaron un año tras un enfrentamiento con un familiar. La culparon de leer ‘El Socialista’”.

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‘Lloraba: ¡Mamá, mamá! Mi hermana no podía consolarme’

Carmen Ruiz. Huyó con 5 años.
El recorrido:  La madre de Carmen, Concepción García, decide subir a sus hijos en un autobús escolar hacia Almería. A Carmen le acompañan sus hermanos Teresa (14 años); Juan (12); Conchi (4 años) y Rafael (18 meses). Su otro hermano, Pepe, (16 años) permanece en Málaga con su madre. Su padre, José Ruiz Jurado, tras conocer la decisión de la madre, decide marchar también hacia Almería para buscarlos. Se reencontrará con ellos en Valencia.

Su historia. Carmen no ha olvidado su nombre. Se llamaba Leopoldo, era el director de un colegio de huérfanos por la zona de Pedregalejo y le gustaba que le llamaran camarada. Él fue el que convenció a su madre para que embarcara a sus hijos en un autobús hacia Almería. “Mi madre estaba colocada allí, donde planchaba y cosía. El director le dijo: ‘Concha, va a pasar una cosa muy grave porque los moros vienen matando a los niños y a las mujeres. Nosotros nos vamos a llevar a todos los niños que tenemos aquí”. Concepción no se lo piensa; sin consultárselo a su marido, recoge a sus hijos más pequeños en casa y acude al colegio, donde les espera un autobús amarillo. Teresa, de 14 años, será desde entonces la responsable de cuidar de sus hermanos Juan (12), Carmen (5), Conchi (4) y Rafael, de tan sólo 18 meses.

Cuando el padre y el hijo mayor, Pepe, vuelven de trabajar les sorprende la noticia. “A mi padre le dio un desfallecimiento. Mi hermano Pepe empezó a llorar y decía: ‘Mamá, ¿qué has hecho con los niños?’ Y ella le decía que lo que quería es que no nos mataran”. El padre, pescador de profesión y de ideología socialista, decide coger su bote y, pegado a la orilla, comenzar la búsqueda de sus hijos. José Ruiz llegará así hasta Almuñécar, donde debe abandonar el barco y continuar andando. No encontrará a sus hijos hasta 10 meses después.

Carmen y sus hermanos hacen la mitad del camino en autobús. “La carretera iba llena de personas, de burros. La gente llevaba máquinas, muebles, muchos bultos de ropa. Se querían subir en el autobús y allí no cabíamos ni los que íbamos dentro”. Para aquel grupo niños, la peor parte del trayecto comienza en Motril. Al intentar cruzar el río Guadalfeo, que va muy crecido, el autobús queda encallado. “Por allí iban caballos, personas, bultos… El profesor nos quitó de allí porque aquello era horroroso de ver y nos llevó para el monte”. Hace frío y ha llovido, pero los niños permanecen tumbados bocabajo en una loma, mientras los barcos insisten en su cañoneo. Algunos, incluso, se quedan dormidos. “El maestro, de vez en cuando, hacía recuento y se ponía con mucha pena: ‘Hoy faltan tres; hoy faltan dos’. No podía asistir a tantos, porque había tanta gente… Y los niños, si se asustaban, corrían y se metían entre las cañas de azúcar y, si no salían a tiempo, nos íbamos y allí se quedaban”.

Teresa, la hermana mayor, quiere evitar por todos los medios que alguno de sus hermanos se extravíe. “Se le ocurrió una idea muy buena. De tanto trapo como había por el suelo, hizo tiras una sábana; nos amarró a todos por la cintura y ella se quedó con los cabos en la mano”.


También se encarga de tranquilizar a sus hermanos. “Yo lloraba y decía: ¡Mamá, mamá, mamá!. La pobrecita de mi hermana ya no sabía cómo me iba a consolar. El hermanito de 18 meses también preguntaba por ella e inclusive pedía pecho porque todavía mamaba. Andábamos un tramo y le decía mi hermana:‘Detrás de aquel monte, allí está mamá’. Y llegábamos y mamá no estaba. Y llorar y llorar y de hambre, porque el angelito tenía mucha hambre; era muy chiquitito y lo que hacía mi hermana era que le machacaba cañadú y se lo ponía como si fuera un chupe para que chupara el caldito”.

Los niños avanzan sin zapatos y con la ropa hecha jirones de tirarse al suelo para resguardarse de las bombas. “Hacía mucho frío. Siempre íbamos mojados porque llovía y estábamos metidos en las cañas o tirados en el monte. Mi hermana me lió los pies porque los llevaba llenos de cortes de ir descalza sin zapatillas”.

Ya cerca de Almería, un grupo de milicianos les recogen con una furgoneta y los dejan en una plaza en la capital. “Nos dijeron que no nos moviéramos, y allí nos quedamos porque estábamos todos lacios; no nos podíamos mover aunque quisiéramos”.

El destino de los cinco hermanos es Macastre, en Valencia, adonde llegan tras un viaje de dos días en autobús. Allí residen en un internado con otros niños, sin noticias de sus padres. Pero un anuncio colocado en un periódico local por su hermana Teresa en el que cuenta que los cinco están vivos recibe una insospechada respuesta. “Una noche, a las 12, llegó un hombre preguntando por sus hijos. Cuando le dijo nuestros nombres, la muchacha que lo recibió se quedó de piedra. Mi padre no tenía manos para coger a tantos niños”.

Terminada la Guerra Civil, regresan a Málaga. El padre consigue entrar con un salvoconducto que le ofrecen unos conocidos en el que se asegura que es falangista desde el año 23. “Mi madre se quedó sin conocimiento cuando nos vio. Tuvieron que llamar a la casa de socorro”.

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‘Los aviones franquistas nos ametrallaban, éramos niños, mujeres y viejos’

Eran entonces niños o adolescentes. Hace once años dejaron su testimonio vital en el documental “Febrero 1937. Memoria de una Huida”, producido por Sur. En el 81 aniversario de aquel éxodo ocurrido durante la Guerra Civil, recuperamos sus vivencias.

Consuelo Torres. Huyó con 10 años. “Los aviones nos ametrallaban. Éramos niños, mujeres y viejos”.

El recorrido. La familia de Consuelo –su padre Juan Torres, su madre Consuelo Fernández y su hermano Juan (11 años)- sale la madrugada del 7 al 8 de febrero hacia Almería. De allí partirá en tren para Barcelona. La madre seguirá con sus hijos hacia Marsella y Casablanca. El padre no puede acompañarles porque está herido y acabará en un campo de concentración en Francia para fallecer finalmente a su llegada a Málaga. Consuelo Torres no regresa a Málaga hasta la muerte del general Franco. Nunca volverá a ver a su padre.

Su historia. Los continuos bombardeos sobre la capital durante los siete meses de asedio no hacen más que reafirmar a la madre de Consuelo de que hay que huir. Pero Juan, su padre, se niega una y otra vez, convencido de que no va a ocurrir nada malo. La mañana del domingo 7 de febrero, nueve aviones sobrevuelan la ciudad, pero esta vez no bombardean. Consuelo los observa desde la zona de El Ejido en la capital.


“Los aviones lanzaron programas en los que se podía leer: ‘Nosotros no somos lo que dicen los rojos; no os vamos a hacer nada; quedaros tranquilos; no salgáis de Málaga. Nosotros nos quedamos en mi casa”. Pero por la tarde el pánico se apodera de la ciudad. Los nacionales están a punto de entrar y el terror a las tropas moras que los acompañan es imposible de contener.

“Llegó la noche, eran las 10.30 o las 11. Estábamos acostados y mi madre escuchó muchos llantos, muchos gritos. Salió para preguntar que qué pasaba. ‘Que vienen los moros. Que ahí vienen, que vienen’, decían”. La madre de Consuelo le reprocha al marido no haber marchado antes y empieza a hacer el equipaje para salir. “Mi padre quedó en casa. Por la mañana iba a ir a cerrar una pensión que teníamos cerca de la cárcel de Málaga. Mi madre le dijo que ella iba a bajar al Centro con mi hermano Juan y conmigo y que ellos dos ya se reencontrarían en un sitio que habían previsto”.

La madre de Consuelo baja por la calle de la Victoria convencida de que a esas horas de la noche podrán encontrar un taxi, pero la escena que contemplan cuando llegan a la altura de la Aduana y de la calle Larios les sobrecoge.“Eso fue terrible, venía la gente de todos los pueblos de Málaga y venían corriendo. Mi madre dijo: ‘¿Pero esto qué es? Si aquí no hay taxi ni nada’. Y entonces nosotros seguimos por donde marchaban todos sin saber adónde íbamos”. Mientras avanzan por el Parque, la madre se encuentra con un vecino que va en carro hacia El Ejido para recoger a su familia y le pide que avise a su marido para que lo deje todo y les siga. Pocas horas después se reencuentran en el camino.

“Al principio íbamos andando porque no bombardeaban, pero, al amanecer, ya se veían los aviones. Ya no íbamos andando, ya íbamos corriendo”. Cualquier equipaje pasa a ser accesorio y empiezan a tirar los bultos en el camino. “La carretera era como una serpiente. Mucha gente se caía. Eran gritos, eran llantos, eran lamentos. El que quedaba herido, ése se desangraba. Ahí no había nadie que pudiera acudir. Yo, que tenía 10 años, vi a un matrimonio con un niño de pecho que se estaba muriendo. Hicieron un hoyo en la carretera y lo enterraron. Eso lo vi yo”.

Los cañoneros Cervera, Canarias y Baleares son implacables y siguen a la caravana desde la costa. “De noche nos deslumbraban. A veces tiraban contra la montaña; las rocas se desplomaban y había gente que quedaba allí”. La desbandada durante cada bombardeo provoca continuos extravíos entre la multitud. “Entonces mi madre y mi padre se pusieron de acuerdo. Mi madre le dijo que se iba a ocupar de mí y que él estuviera pendiente del niño. Pero mi padre fue a las cañas de azúcar y mi hermano le dijo que se venía con nosotras. En ese momento, llegaron los aviones y ahí es donde mi hermano se pierde”.

Abatida, la madre de Consuelo no quiere seguir andando. Cada vez que llega a un pueblo empieza a buscar al pequeño Juan con desesperación. “Había muchos niños perdidos y, cuando la gente los encontraba, los cogía y, por la noche, los metía en casas vacías. Mi madre iba allí preguntando por mi hermano y tocando a los niños que estaban dormidos o muertos. Se encontraba a niños llorando y llegó a recoger a cuatro, que vinieron con nosotros hasta Almería”.

Las cañas de azúcar, que les producen ampollas en los labios, se convierten en el único sustento. “En un monte vimos un chotillo. Un hombre salió corriendo y lo mataron a pedradas. Mi madre, que era muy dispuesta, fue a coger algo. Le dieron una pata y la limpió con un trapo. Se puso a buscar algo para hacer fuego, pero no encontró nada. Como teníamos hambre, chupábamos la carne cruda”.

El río Guadalfeo, de noche, resulta inabordable. Aun así, la gente se lanza sin temor a ser arrastrada por la corriente. “Vino un camión y dijeron que no cruzáramos; que esperáramos a que pasara y que siguiéramos justo por donde fuera el camión”.

Al día siguiente, una combate entre dos aviones sorprende a los que avanzan. Uno de los aeroplanos es abatido y cae en la playa junto a la carretera. “Sacaron a dos hombres rubios. La gente se fue a coger trapos porque estaban heridos. Ahí, como fuimos a ver eso, ahí encontramos a mi hermano. Un miliciano lo recogió en la carretera”.

El agotamiento es general. Consuelo avanza con los pies liados en trozos de tela porque se le han deshecho las suelas de los zapatos. “La planta del pie daba a la gravilla. Esa carretera era toda de gravilla”.

Desesperada por el cansancio de sus hijos, la madre le pide a dos milicianos que marchan a caballo que se los lleve y que los dejen en el siguiente pueblo. “Pero el caballo no llevaba montura y a mí me sangraban las piernecitas. Nos dejaron en un pueblo, pero se vino la noche.


Mis padres no venían y empezamos a llorar. La gente nos preguntaba si queríamos irnos con ellos, pero les decíamos que no, que nos habían dicho que esperáramos allí. Al final, de madrugada, los vimos”.

Nada más entrar en Almería, a los ochos días de la partida, la madre entrega a los niños que había encontrado en la carretera a unos milicianos por si los busca su familia. Unos conocidos les aconsejan que no se queden en la ciudad; que vayan directamente a la estación porque está a punto de salir un tren. “¡Madre mía lo que había en la estación!. Todos los refugiados de Málaga estaban allí. Nos metieron en una tartana. No sabíamos hacia dónde iba.

Mi madre preguntó cuál era el destino y le dijeron que Barcelona”. El estadio de Montjuic de la Ciudad Condal se llena de refugiados. Hombres y mujeres duermen en plantas diferentes, sobre el suelo. En la oscuridad de la noche, el padre cae por las escaleras y tiene que ser hospitalizado. La madre decide marchar con los hijos para Marsella y después para Casablanca. Consuelo no volverá a España hasta 50 años después. Su padre partirá para el exilio, donde le espera un campo de concentración y fallecerá en Málaga.

Nunca volverá a verlo.

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4 años de la tragedia del Tarajal: 14 emigrantes muertos y ningún guardia civil responsable

España no olvida la mayor tragedia sufrida por los migrantes que intentan llegar a las costas de la frontera sur en toda su historia. Ocurrió el 6 de febrero de 2014. Bordeando a nado el malecón de Tarajal, un espigón construido en Ceuta para separar Marruecos de España, casi 200 subsaharianos tantearon alcanzar la playa aquella oscura noche. El desenlace fue desolador. Sus brazadas frenéticas chocaron con un amplio contingente de guardias civiles equipados con material antidisturbios dispuestos a repeler su llegada.

Las imágenes y testimonios de aquel suceso dejó lugar a pocas dudas y, desde entonces, la polémica no se ha disipado. Los gritos de pavor a pocos metros del arenal se entremezclaban con el fragor de las armas en una secuencia de 10 minutos que se hacen interminables. Se habla de 14 muertos aunque nunca se sabrá el número exacto de fallecidos. Varios de ellos se hundieron en las aguas del Mediterráneo tras recibir el impacto de proyectiles disparados desde tierra. Todas las organizaciones humanitarias que trabajan en la febril frontera hispanomarroquí calificaron aquel suceso como “crimen” y pidieron responsabilidades. Sin embargo, hace pocos días, la jueza que lleva el caso cerró el sumario argumentando, entre otras cosas, que no había pruebas testificales suficientes. Lejos de lograrlo, el Comité Español de Ayuda al Refugiado (CEAR) acaba de presentar un recurso para reabrir el proceso.

Las aportaciones al sumario han sido innumerables pero ayer se difundió una desconocida, la de un joven camerunés que logró sobrevivir a la violenta carga. Su nombre es Hervé y su declaración testifical de seis minutos pone los pelos de punta. Narra que aquel 6 de febrero de 2014 se lanzó al mar sin saber nadar, pero pensó que merecía la pena arriesgarlo todo para llegar Europa. “Cuando estábamos nadando, en territorio marroquí, comenzaron a tirarnos  gas lacrimógeno que producía espuma en contacto con el agua”, relata en un video que ha sobrecogido al país. Después llegarían los disparos de balas de goma “a metro y medio” y los golpes con palos desde la lancha neumática de la Guardia Civil.

El impacto de su testimonio ha sido mayúsculo. Radios, televisiones y prensa escrita, que siempre han censurado el extremo celo con el que en ocasiones se emplean las fuerzas de seguridad españolas en la frontera más concurrida de Europa, mostraron ayer una prueba que pone en cuestión la versión de que “los agentes no dispararon indiscriminadamente sino que trataron de auxiliar a las víctimas” sostenida hasta ahora por el gobierno español. Un video de los hechos publicado hace menos de un año echaba por tierra esta declaración oficial.

La frontera del Tarajal, en Ceuta, está sometida a fuertes tensiones desde hace décadas. Los datos oficiales indican que cerca de 4.000 personas cruzan cada día por este paso para comerciar en la ciudad española de Ceuta, un enclave costero español en suelo marroquí. Los controles son cuantiosos y metódicos a ambos lados de la valla metálica que separa ambos países pero, en ocasiones, como ocurrió hace dos semanas, se producen avalanchas humanas que provocan fallecidos, la mayoría mujeres que trabajan como mulas para organizaciones ilegales de mercancías.

Este fue el motivo principal que ha empujado a 125 entidades sociales de toda Europa a solicitar ayer, coincidiendo con el aniversario de la tragedia del Tarajal, que las instituciones de la UE reconozcan oficialmente el 6 de febrero como “Día Europeo de las Víctimas de las Fronteras”. Lo formalizaron a primera hora de ayer, bajo un frío helador, en la oficina que el Parlamento Europeo tiene en Madrid. Ahora, dicen, deberán esperar al menos un mes para su propuesta pueda ser sometida a votación por el plenario de la cámara de Estrasburgo.

https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/mundo/8/tragedia-del-tarajal-aniversario-de-la-muerte-de-14-migrantes-a-manos-de-la-guardia-civil

 

3.000 republicanos fueron asesinados en Madrid en los 5 primeros años de terror franquista

Un estudio eleva a casi 3.000 las personas ejecutadas y enterradas en la necrópolis del Este del cementerio de La Almudena en los primeros cinco años de represión tras la guerra civil.

El informe, denominado “Listado de personas ejecutadas durante la posguerra (1939-1944) en la ciudad de Madrid” ha sido elaborado por un
equipo encabezado por el historiador Fernando Hernández para el Ayuntamiento de Madrid.

Este nuevo trabajo fija en 2.934 las personas fusiladas o ejecutadas mediante garrote, añadiendo, por tanto, 271 nombres a los de las 2.663 víctimas que habían sido consignadas en el estudio “Consejo de Guerra. Los fusilamientos en el Madrid de la posguerra (1939-1945)”, hecho público en 1997 por Mirta Núñez Díaz-Balart y Antonio Rojas.

Los autores han utilizado fuentes a las que antes no se había podido acceder, como los expedientes de enterramiento, lo que ha permitido completar los datos de filiación y circunstancias de la muerte de los ejecutados, desde certificados de defunción hasta copias de la sentencia del consejo de guerra. Comparando esos datos con los que figuran en libros de enterramiento y órdenes de inhumación han podido corregir erratas y errores de transcripción.

También se han basado en otros estudios previos de diferentes historiadores -realizados a partir de documentación depositada en diferentes archivos-  y en el trabajo continuado de la asociación Memoria y Libertad, que desde hace años actualiza el listado.

Se precisa en el estudio que “seguramente nunca se podría llegar a precisar de manera exacta la cantidad de personas ejecutadas en Madrid capital durante el periodo 1939-1944”, en vista, entre otras cosas, de la situación de caos reinante tras la victoria franquista, pero sus autores pueden acreditar que todos los que integran el listado murieron por fusilamiento, además de treinta y seis -como cifra provisional- mediante garrote en la prisión provincial de Porlier.

La mayoría de las ejecuciones realizadas en Madrid capital en la posguerra inmediata (1939-1944) se llevaron a cabo por fusilamiento en las inmediaciones del cementerio de la Almudena. Como se sabe, los presos varones procedentes de las cárceles madrileñas eran trasladados a Porlier, donde escuchaban la lectura de la diligencia de ejecución y eran entregados al piquete, formado por militares o guardias civiles.

En camiones se dirigían al cementerio, pasando por el puente de Ventas, hacia la tapia sur. Una vez efectuado el fusilamiento, y confirmada la muerte con el tiro de gracia del jefe de la fuerza, los cadáveres eran transportados al depósito del cementerio, donde eran colocados en cajas de ínfima calidad.

Después de la ejecución, un oficial del cuerpo de Sanidad Militar firmaba el acta de defunción, documento que era remitido por el Juzgado Militar de Ejecutorias al Registro Civil.

Por lo general, el mismo día de la ejecución las autoridades del cementerio rellenaban y firmaban una orden de inhumación para “sepultura de cuarta temporal” (en papel reutilizado de la República), llamadas posteriormente “de caridad”, es decir, gratuitas.

La rutina de fusilamiento de madrugada y enterramiento a lo largo del día se fue asentando. En la inmensa mayoría de casos, la fecha de la orden de inhumación coincide con la de muerte.

Respecto a las víctimas de garrote, el retraso podía llegar hasta los once días, previo paso del cadáver por el depósito judicial.

A los diez años de su enterramiento en sepulturas de cuarta, y salvo reclamación de familiares al objeto del cambio de sepultura –temporal de tercera clase, por ejemplo- los cadáveres eran exhumados y enviados al osario o fosa común.

Según el estudio, fueron ochenta las mujeres ejecutadas, todas ellas por fusilamiento, una cifra muy alta si se la comprara con la de otras ciudades con perfil de represión de posguerra como Barcelona.

Cuando había condenadas a muerte, los camiones que trasladaban a los presos desde Porlier a la tapia sur del Cementerio de La Almudena pasaban por la prisión de Ventas para recoger a las mujeres condenadas a muerte.

Además de su finalidad historiográfica, este novedoso estudio será muy útil para los familiares de las víctimas y para la memoria pública y social de los antifascistas.

Los investigadores reclaman en el texto la necesidad de la conservación y digitalización de las fuentes utilizadas, así como de su apertura a consulta pública, “en su calidad de textos de un futuro archivo imprescindible para el patrimonio memorial e histórico de la ciudad”.

http://www.nuevatribuna.es/articulo/historia/3000-tapia-cementerio/20180202124208148073.html

Juanín y Bedoya, los guerrilleros antifranquistas que resistieron en los montes de Cantabria

Juan Fernández Ayala, ‘Juanín’
Miguel Ángel Chica

Juan Fernández Ayala nació en Potes, en 1917, un niño como tantos, un niño de la pobreza, empezó a trabajar a los once años, la vida entonces era un lugar desapacible, se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas en 1934, que no fue un año cualquiera, y en julio de 1936, días después del alzamiento militar, se inscribió como voluntario en el ejército de la República. Lo enviaron al frente, formó parte del Batallón Ochandía, se le recuerda valeroso, insistente, hay muchas formas de pelear las guerras y él supo siempre cuál era la suya, y en agosto de 1937, cuando Santander fue vencida, también él cayó, lo apresaron los enemigos victoriosos, que lo sentaron frente a un tribunal militar y lo condenaron a muerte. Se salvó porque su hermano era un camisa vieja de la Falange con los contactos necesarios para conmutar sentencias. Le cambiaron la muerte por doce años de prisión, cumplió cuatro y quedó en libertad con la condición de presentarse todas las semanas en el cuartel de la Guardia Civil para que le dieran una paliza, escapó, se echó al monte, se convirtió en algo parecido a un ser mitológico, una de esas criaturas extrañas que acechan en los bosques, que sobreviven desollando conejos y cuidan de los niños perdidos. Bastaba su nombre, y a los vencidos les brillaban los ojos, como si su nombre fuera una puerta de acceso al pasado, donde se seguía librando la guerra, donde la República iba ganando. Se llamaba Juan Fernández Ayala, pero nadie le llamaba Juan. Era y fue siempre Juanín, el último guerrillero, abatido por la Guardia Civil un miércoles de abril de 1957. En una escaramuza quedó convertido en memoria.

En el país franquista que fue España después de la Guerra Civil había tres opciones para los derrotados: la cárcel, el exilio o el monte. Juanín no dudó. No lo había hecho en 1936, cuando se enroló en el ejército republicano, y no lo hizo cuando salió de la cárcel. A través de un hombre llamado Pepe el Falangista, bien colocado en el régimen y, por los extraños caminos de la vida, también su hermano, consiguió trabajo en el Patronato de Regiones Devastadas. Se instaló en Potes. La Guardia Civil sospechaba que estaba en contacto con miembros del Socorro Internacional y aprovechando que las condiciones de su puesta en libertad le obligaban a presentarse en el cuartel una vez a la semana, lo torturaban un día de cada siete para sacarle información. Pero aquel hombre testarudo no daba nombres y un día de julio de 1943 se perdió en el bosque y cruzó las montañas hacia Asturias para unirse a la Brigada Machado, que no se llamaba así en honor del poeta sino en recuerdo de su impulsor, Ceferino Roiz alias Machado. Eran un grupo de hombres que se resistía a perder la guerra. En Europa todavía se luchaba y estaban convencidos de que una victoria aliada provocaría un cambio político en España. Creían que la suerte de Franco estaba unida a la de Hitler y que una vez que las potencias del Eje fueran derrotadas las democracias europeas restaurarían la República. En aquellos montañeros feroces había estrategia: había que mantener encendida la llama que prendería el fuego llegado el momento.

El tiempo pasó, pesado, caducifolio, terminó la Segunda Guerra Mundial y Franco seguía en El Pardo. En algún momento fantasearon con matarlo aprovechando las estancias del dictador en los Picos de Europa para pescar el campanu. Franco viajaba acompañado por las cámaras del No-Do mientras los hombres de la Machado trazaban posibles atentados. Pero la desgracia, cuando llega, llega para quedarse. Franco volvía ileso una y otra vez a Madrid y aquellos guerrilleros emboscados fueron cayendo uno a uno, en redadas, disparos por la espalda, algunos, con mejor estrella, consiguieron cruzar a Francia. Juanín regresó a Potes, a los bosques conocidos, el mundo empezaba a cambiar, la geopolítica se había vuelto pragmática, las democracias europeas, con un ojo en la Unión Soviética, no parecían incómodas con un dictador fascista en Madrid. Ya no había política, ni estrategia, solo quedaba la resistencia. Y eso hizo Juanín, resistir. Cambiaron los términos. Los guerrilleros se convirtieron en maquis. La palabra convocaba al silencio. Cortaba conversaciones, agitaba la respiración. Juanín fue en Potes mucho más que un nombre. La Guardia Civil, incapaz de capturarlo, recurría a la guerra sucia. Cualquier sospechoso de ayudar al maquis pasaba por los cuarteles. La habilidad para sobrevivir de Juanín se hizo legendaria. Catorce veces fue cercado y catorce veces escapó del cerco. Cuando bajaba al pueblo, de incógnito, dejaba pagado en el bar un café para la Guardia Civil con una nota: “Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones”.

Francisco Bedoya Gutiérrez
Los guerrilleros no estaban solos. En los pueblos había redes clandestinas de ayuda. Se entregaban víveres, armas, municiones. Eran tan arriesgado como puede imaginarse. La resignación, sin embargo, tampoco es una compañía llevadera. En aquellas rondas en busca de apoyos Juanín conoció a Paco Bedoya (*), un muchacho doce años más joven, corpulento, con fisonomía de héroe de la antigüedad, aficionado a la música, con un hijo recién nacido, incapaz como él de resignarse. La madre de Bedoya solía acoger a los maquis en su casa y el muchacho, que apenas tenía siete años cuando empezó la guerra, se acomodó desde niño a la presencia de los hombres del monte. Bedoya fue detenido en 1948 y condenado a doce años de cárcel. Fue trasladado al Destacamento Penitenciario de Fuencarral. Escapó en 1952, cuando se enteró que su mujer y su hija habían emigrado a Argentina y su casa había sido consumida por el fuego. Regresó a Potes y marchó directo a las montañas, con Juanín. Hay simbolismo en su acción: Bedoya fue uno de los últimos, quizá el último guerrillero en echarse al monte. La dictadura, doce años después del 1 de abril de la victoria, estaba tan asentada como el cielo sobre las cabezas de los hombres que todavía se resistían a entregar las armas.

En los pueblos con emboscados los niños jugaban a guardias civiles y maquis. Lo que quedaba era el epílogo de una derrota postergada durante más de una década. Aquellos soldados sin ejército que se habían resistido a perder la guerra en 1939 se encontraban cada vez más acorralados. La política de terror impuesta en los pueblos por la Guardia Civil hacía cada vez más complicada su subsistencia. Juanín, Bedoya y los que quedaban sobrevivían a base de pequeños robos y secuestros. En un momento dado el régimen intentó romper la resistencia del bosque atacando a los familiares de los emboscados. La madre y la hermana de Juanín fueron encarceladas, como las madres y las hermanas de tantos otros. Juanín y Bedoya se quedaron solos en el monte, convencidos de que solo la resistencia tenía salida. La Guardia Civil montó entonces un cerco como no se había visto desde los tiempos de la guerra, una operación militar que abarcaba Cantabria, Asturias y las provincias de León, Palencia y Burgos.

Fue entonces cuando los nombres de Juanín y Bedoya se hicieron más grandes que los hombres que los contenían. Tardaron años en dar con ellos. Lo consiguieron en 1957. Se ha especulado durante años con la posibilidad de que Bedoya traicionara a Juanín. La teoría es descabellada y hoy, gracias al trabajo de distintos investigadores -Isidro Cícero, “Los que se echaron al monte”; Antonio Brevers, “Juanín y Bedoya”– sabemos que es falsa. Los hechos ocurrieron en un lugar conocido como la Curva del Molino. Era miércoles, un 24 de abril. Juanín y Bedoya ven acercarse a la pareja de la Guardia Civil formada por el cabo Leopoldo Rollán Arenales y el número Ángel Agüeros Rodríguez. Atardece. Los guerrilleros descienden en silencio hasta el cementerio. Esperan el momento preciso para cruzar la carretera y escapar en dirección a Vega de Liébana. Anochece. Juanín se adelanta. La sombra que le pertenece y que está a punto de abandonarlo salta la tapia del cementerio y llega a la carretera. A su espalda, el cabo Leopoldo Rollán Arenales le apunta con una pistola y tras un seco “alto a la Guardia Civil” abre fuego sobre el hombre que escapa. Juanín muere sobre la carretera con la yugular seccionada por una bala. Bedoya logra huir pero es abatido meses más tarde, en diciembre, en una emboscada en Castro Urdiales. Sus dos muertes pasaron a formar parte del patrimonio de la resistencia contra la dictadura. Nació hace 100 años, Juan Fernández Ayala, Juanín en el monte, y su memoria pervive.

http://www.eldiario.es/norte/cantabria/cantabrosconhistoria/Juanin-persistencia-memoria_6_731486851.html

(*) El guerrillero Francisco Bedoya Gutiérrez nació en Serdio, Val de San Vicente, Cantabria, en 1929 y murió en Castro Urdiales en 1957.

Harkis: si Roma no paga a los traidores, ¿qué porvenir les espera?

Entre las leyes que la historia cumple siempre rigurosamente se incluye la de que “Roma no paga a los traidores”. Nunca, porque en cualquier sociedad no hay cosa más despreciable que la traición.

En Argelia a los traidores los llaman “harkis”. Fueron los que durante la descolonización no se pusieron del lado de los suyos, sino del colonialismo. Tras la liberación fueron perseguidos en su propio país y ejecutados ignominiosamente. Unos 50.000 lograron huir a Francia, donde llevan una existencia infernal, junto con sus familias.

En África nadie les quiere por colaboracionistas y en Europa son despreciados por ser moros y musulmanes. Cada 19 de marzo se manifiestan regularmente contra los Acuerdos de Evian por los que Francia concedió la independencia.

Sin embargo, hay gente compasiva que se apiada de ellos, como el Presidente de la República, que el 25 de setiembre les recibió en el Elíseo con los honores propios de la ocasión. Macron lo había prometido durante su campaña electoral.

Pero “en política” hay que poner una vela a dios y otra al demonio. La historia siempre pasa factura, tarde o temprano. Es otra de sus leyes inexorables. Hace un año, cuando Macron estuvo en Argel tuvo que pagar el peaje correspondiente y calificar la colonización francesa como un crimen contra la humanidad, “una verdadera barbarie”, dijo, ese pasado que “debemos mirar de cara para presentar excusas”.

Con los años los colonialistas se arrepienten de sus crímenes, pero no mucho. Nunca hubieran sido lo que son sin sus colonias (y sus crímenes).

Los “harkis” ni siquiera pueden hacer ese doble juego y no les gustó nada que Macron los calificara de “criminales” porque hace 60 años ellos tenían una percepción opuesta de la situación política. Creían que ellos eran los buenos y que el FLN era una organización terrorista que ponía bombas y mataba a personas inocentes.

Hoy Catalunya también tiene sus “harkis”, que defienden el artículo 155 y se ven a sí mismos como españoles cien por cien, e incluso como ambas cosas. Se creen en el lado bueno de la contradicción, pero lo confunden con el lado fuerte. Son los esclavos que están de parte de sus amos, los que suponen que la historia es una foto fija y que la balanza se inclinará siempre del mismo lado.

Como los “harkis”, en el futuro vivirán una existencia indigna (en cualquier parte donde vivan). No sólo ellos, sino también sus familias, sus hijos y sus descendientes. El auténtico pecado original es la traición y pasa de una generación a otra.

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