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Operación Cóndor: cuando la burguesía transforma en tópico la verdad histórica

Pinochet y el rey Juan Carlos de Borbón
Juan Manuel Olarieta

El tópico es la mejor manera de digerir una verdad histórica que resulta incómoda para el discurso ideológico de la clase dominante. La encuadra en un marco de referencia donde la puede manejar.

Por ejemplo, en 2016 el periódico francés Le Monde (*) definía el Plan Cóndor de una manera tópica, como un plan conjunto de seis dictaduras sudamericainas para eliminar a los oponentes políticos de izquierda.

Es sorprendente la enorme capacidad de los plumíferos de la burguesía para resumir un acontecimiento tan significativo del siglo XX en una frase simple y sencilla que, naturalmente, tiene capacidad de penetración y es la que circula ahora mismo.

Sin embargo, toda ella es absolutamente falsa; de principio a fin:

a) el Plan Cóndor no concierne únicamente a Latinoamérica
b) no concierne sólo a las dictaduras, ni es consecuencia de ellas
c) su objetivo no era eliminar sólo a los oponentes políticos de izquierda

El primer documento del Plan Cóndor del que hay constancia documental es de diciembre de 1975, pero un informe reservado del Comité de Relaciones Externas del Senado de Estados Unidos, fechado en 1979 y basado en archivos de la CIA, deja constancia de que en 1974 ya se planificaron los primeros crímenes que, por lo demás, debían cometerse en Europa y no en América Latina.

En septiembre de 1974 el ministro de Defensa de Allende, el general Carlos Prats, y su esposa, fueron asesinados en Buenos Aires cuando explotó una bomba bajo su coche.

Aparte de llamar la atención sobre le fecha, dejamos al criterio del lector si el general Prats y su esposa formaban parte de la oposición a los golpistas chilenos y si, además, pueden ser calificados “de izquierda” cuando el general también ocupó el mismo cargo en el gobierno anterior.

Dos agentes de la CIA (USA) y la DINA (Chile), Michael Townley y su mujer Mariana Callejas, confesaron su participación en el crimen, que no pudo llevarse a cabo sin la complicidad de Argentina.

En octubre de 1975, el vicepresidente de Allende y dirigente de la democracia cristiana chilena, Bernardo Leighton, y su mujer, sobrevivieron a un intento de asesinato en Roma.

Un demócrata cristiano y su esposa no se pueden calificar como “oponentes políticos de izquierda” y el escenario queda muy lejos de América Latina. Nunca se hubiera podido ejecutar sin la complicidad de la OTAN, la Unión Europea e Italia.

En Tucumán, Argentina, se cometieron numerosos crímenes dentro del llamado “Operativo Independencia”, una acción criminal que tuvo lugar en febrero de 1975, 13 meses antes del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Hasta la fecha se han juzgado a 17 asesinos por 266 asesinatos, dentro de las cuales había seis mujeres embarazadas.

El escenario es Argentina, pero es anterior a la dictadura de Videla. El terrorismo de Estado no es, pues, consecuencia de la dictadura militar. En el juicio sobre el caso el fiscal pidió expresamente que en la sentencia se debía declarar que “en la provincia de Tucumán, durante la implementación del Operativo Independencia, no existió un conflicto armado interno”.

En septiembre de 1976 fue asesinado en Washington Orlando Letelier, ministro de Defensa y de Relaciones Exteriores del gobierno de Allende,  y a su secretaria, Ronni Moffitt. Las investigaciones pusieron al descubierto las primeras piezas del Operativo Cóndor que, como es obvio, no quedaban circunscritas a Latinoamérica.

El ministro fue asesinado mediante un coche bomba colocado por Townley y un grupo de terroristas cubanos anticastristas. Una semana después de su muerte, el hombre del FBI en el Cono Sur, Robert Scherrer, envió un cable a su cuartel general en el que ya aparecía el nombre del operativo y sus fases sucesivas.

Los grupos especiales de los países miembros, decía el documento, deberían viajar por cualquier parte del mundo hacia países no miembros, para llevar a cabo operaciones de castigo, incluido el asesinato.

El Plan Cóndor llegó a España, donde la DINA intentó secuestrar a miembros del MIR que se habían exiliado. En junio de 1980 Noemí E. Giannetti de Molfino, madre de la Plaza de Mayo exiliada en Perú, fue secuestrada en Lima, y tras un largo viaje (Bolivia, Argentina, Brasil y España) apareció en un hotel madrileño envenenada por la Triple A.

Todo este tipo de crímenes no se pudieron cometer sin la complicidad de los países en los que se cometieron, por ejemplo sin la complicidad del gobierno español, que dejó pasar por la frontera a los secuestrados y a su secuestrada y jamás investigó el crimen de Gianetti.

Los crímenes del Plan Cóndor, como todos los crímenes fascistas, no tienen por objeto matar a militantes de “la izquierda”, sino que son indiscriminados. Su objetivo es sembrar el terror, que es la esencia misma del fascismo.

(*) http://www.lemonde.fr/ameriques/article/2016/05/28/en-argentine-quinze-ex-militaires-condamnes-pour-le-plan-condor_4928072_3222.html

Los Papeles del Pentágono: lo que va de la realidad a la gran pantalla

La última película de Steven Spielberg sobre los Papeles del Pentágono (“The Post”) es una excusa para que los espectadores, sobre todo los más jóvenes, descubran un período de la historia del siglo XX, la Guerra de Vietnam, que influyó mucho en los más veteranos.

El guión relata la filtración a la prensa (New York Times y Washington Post) en 1971 de una masa gigantesca de material documental sobre la Guerra de Vietnam. Es lo más viejo del mundo: la historia oficial, todo lo que sobre Vietnam habían contado en Estados Unidos desde los tiempos de Truman, era mentira, pero algunos tragan con carros y carretas, hasta que llega la maravillosa prensa “made in USA” y les saca de su estupor.

¿Qué había contado esa prensa antes de la filtración de 1971? Las mismas mentiras que los portavoces de la Casa Blanca, los políticos y los parlamentarios.

Luego llega Hollywood para que saquemos la siguiente conclusión y nos la metamos en nuestra cabeza: una prensa libre como la que disfrutan en Estados Unidos (y no en otros países como la URSS) es imprescindible porque sirve de contrapeso al poder político y bla, bla, bla, bla, bla… Los verdaderos héroes de la democracia no son los políticos sino los periodistas y bla, bla, bla, bla….

Vean una de las primeras mentiras: los Papeles del Pentágono son 4.000 volúmenes de documentos que ningún periódico ha publicado nunca, entre otras razones porque es materialmente imposible.

La segunda mentira: el filtrador, un espía con mala conciencia llamado Daniel Ellsberg, tampoco filtró todos los papeles sino sólo algunos. Por ejemplo, no informó de que el presidente Johnson estaba negociando la retirada con los malvados (el Vietcong).

La tercera: la publicación de los Papeles no supuso ningún riesgo para la prensa porque lo autorizó expresamente el Tribunal Supremo. El levantamiento del secreto para que se pudieran difundir íntegramente no se levantó hasta… 2011. Sólo pasaron 40 años más.

La cuarta es muy importante: el Tribunal Supremo autorizó la publicación parcial de algunos de los documentos porque en Estados Unidos las movilizaciones contra la guerra eran un clamor popular, una insurrección cotidiana. De lo contrario hubieran dado el acostumbrado carpetazo.

Moraleja: sin una lucha tenaz en la calle, no hay leyes, ni derechos, ni tribunales, ni libertades, ni democracia, ni nada de nada.

Robert MacNamara
Aquí ya hemos desnudado en más de una ocasión al Washington Post, entre otros estafadores, sobre los que podemos seguir contando batallitas sin parar, como su silencio en el caso Irán-Contra: el presidente Reagan vendiendo armas clandestinamente al eterno enemigo iraní en 1981 para financiar así a los terroristas que luchaban contra el gobierno sandinista en Nicaragua (también clandestinamente).

El Washington Post conoció desde el primer momento que su país estaba financiando a los teroristas nicaragüenses (¿les suena esto?) y no lo publicó. ¿Dónde quedó su heroísmo?, ¿dónde estaba la prensa independiente?, ¿dónde los contrapesos del poder político?

Pero la cosa es aún más fuerte: la afamada editora del periódico, Katherine Graham (Meryl Streep en la pantalla), había pasado un fin de semana en compañía del no menos famoso Henri Kissinger hablando de los papeles antes de su publicación. Nadie se los filtró; ya los conocía.

En la película la larga velada se resuelve con un cara a cara entre Graham y Robert MacNamara, secretario de Defensa de 1961 a 1968 bajo las presidencias de Kennedy y Johnson. La editora demuestra mucha familiaridad con el jefe del Pentágono y le reprocha haber ordenado la compilación de toda la gran masa documental y, a pesar de ello, continuar con la guerra de agresión que los imperialistas no podían ganar.

Al aspecto fundamental de todos los Pepeles del Pentágono, las movilizaciones populares, hay que sumarle, pues, el otro punto capital: que en las altas esferas todos sabían, al menos desde 1971, incluida la prensa, incluido MacNamara, que habían perdido la guerra. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si creyeran que la podían ganar?

La deducción es: la publicación de los Papeles del Pentágono no se hizo con propósitos pacifistas, sino para presionar a la Casa Blanca a fin de que buscara una salida honrosa, negociada, que disimulara una derrota en toda regla. No se trataba de la paz sino de guardar las apariencias.

No podemos dejar de mencionar al presidente Nixon, porque la publicación de los papeles se produce dos años antes del Golpe de Estado periodístico de Watergate. Nixon es el presidente más amortizado del siglo XX y en Washigton sus alias circulaban de boca en boca: “Dick” el mentiroso, el tramposo, el estafador…

Nixon abandonó la paridad del dólar con el oro, bombardeó Camboya salvajemente (más de medio millón de toneladas) sin autorización del Congreso, negociaba con la URSS y con China, orquestó el Golpe de Estado contra Allende en Chile en 1973… La película deja claro que en 1971 los demócratas ya preparaban la caída de su presidente, como ahora preparan la de Trump.

¿Qué deben esperar de la película? Una extraordinaria puesta en escena, como todas las de Steven Spielberg, un sionista de primera línea, que en 2006 financió al criminal Estado de Israel con un millón de dólares por la criminal agresión contra Gaza. Spielberg está en la línea de todos los demócratas “made in USA”. Forma parte de eso mismo que denuncia.

La niña de 14 años violada y asesinada por los falangistas en Pamplona jamás será olvidada

Con apenas 14 años, la menor Maravillas Lamberto fue secuestrada junto a su padre y fusilada. Antes de morir fue violada delante de su progenitor. Los verdugos fascistas, conocidos e identificados por los lugareños, nunca pagaron por sus crímenes. No tenían alma ni corazón. Mucho menos piedad. Sólo les movía el placer de humillar y matar, independientemente de la edad o situación de la víctima. Nada, absolutamente nada, parecía detenerles.

Maravillas lo experimentó en carne propia. Nunca mejor dicho. Nunca tan terriblemente dicho. Tenía 14 años. Y ellos, los verdugos que enarbolaban la bandera franquista, la violaron repetidamente delante de su padre. Cuando se cansaron, o parecían cansarse, la sometieron por última vez. Y entonces sí, también con su progenitor de testigo, la fusilaron. Para ella ni siquiera hubo una cuneta: según distintos relatos, sus restos fueron arrojados a los perros.

“La noche los vio entrar
eran hombres sin luz
venían a todo gritar
eran la muerte azul”

Así dicen las primeras estrofas de “Maravillas”, escrita y cantada por el músico navarro Fermín Valencia. Este frío sábado de febrero, la canción-himno recorrió el aire gélido de Lezkairu, uno de los barrios más nuevos de Pamplona. La emoción también estaba en el aire, donde se mezclaba con la rabia y el dolor: desde esta mañana, la plaza de esta zona de la capital navarra lleva el nombre de Maravillas Lamberto. El acto, tan emotivo como simbólico, fue impulsado por el ayuntamiento.

En una Navarra que suma 3.500 víctimas del franquismo, el nombre de esta niña resume los sufrimientos de cada una de ellas. “Es un símbolo de la fuerte represión que hubo en este territorio”, comenta el presidente de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra (AFFNA-36), Jokin de Carlos Mina, también presente en el acto. Junto a él estaba Josefina Lamberto, la única hermana de Maravillas que aún vive y que entonces, cuando la muerte llegó a su casa, tenía siete años. Es, por tanto, el último relato viviente del horror vivido aquel 15 de agosto de 1936 en Larraga, el municipio situado a unos 40 kilómetros de Pamplona donde vivía junto a su familia.

Era de noche. De repente, sonó la puerta. El mensaje era claro: o la abrían, o la tiraban. Así lo advirtieron los dos guardias civiles del puesto de Artajona que se presentaron en el hogar de la familia Lamberto. “Hicieron levantar a mi padre, que estaba en la cama. Mi hermana Maravillas, que sabía lo que estaba pasando esos días en el pueblo, les preguntó qué le iban a hacer”, recuerda Josefina.

Los temores ya rondaban desde hacía varios días. Vicente Lamberto, marido de Paulina Yoldi y padre de Maravillas, Josefina y Pilar (ya fallecida), era un humilde campesino afiliado a UGT. Con eso era suficiente para que los falangistas del pueblo lo pusieran en la diana. Primero amenazaron con expulsarle de Larraga. Luego optaron por ir a buscarle a casa, despertarle a punta de metralleta y llevárselo para siempre. Maravillas pidió ir con él. Los captores, que sabían cómo transcurrirían las horas posteriores, cogieron a la niña y la subieron al camión. En este secuestro participaron, además de los dos agentes de la Benemérita, el falangista Julio Redín Sanz y otro hombre que fue identificado como “el hijo del churrero de Larraga”.

El relato más terrible de la represión franquista en Navarra se completa con una serie de hechos difíciles de describir con palabras. Vicente fue encerrado en el calabozo del ayuntamiento, y Maravillas fue subida a la Secretaría. Allí comenzaron las violaciones. “En el pueblo cuentan que se oían sus gritos”, dice el presidente de AFFNA-36. El calvario duró, como mínimo, lo que dura una noche de verano. “A la mañana siguiente –apunta Josefina-, los vecinos vieron salir a mi hermana con la ropa destrozada”.

Maravillas y su padre fueron llevados hasta el término municipal de Ibiricu, situado a unos 40 kilómetros de Larraga. Según reconstruye el historiador Iñaki Egaña en el libro “Los crímenes de Franco en Euskal Herria. 1936-1940” (Editorial Txalaparta), el vehículo se detuvo a la altura del kilómetro 12 de la carretera de Estella a Etxarri Aranaz. “La volvieron a violar delante de su padre y luego los mataron a ambos”, añadió De Carlos Mina.

En ese contexto, Egaña incluye en su obra el testimonio de un vecino de la zona que fue recogido en su momento por el historiador navarro José María Jimeno Jurío. “Tardaron en descubrir el cadáver de Maravillas una semana. Lo descubrieron por el olor. Era verano, tiempo de mucho calor, y se descompuso. Además, los perros le habían comido los gordos de las piernas. Porque estaba desnuda del todo. Desnuda del todo. Eso ya nos acordamos bien. Hubo que matar a los perros por eso. Tratamos de cogerla para llevarla a enterrar a esa huerta nuestra, pero no se podía. Estaba destrozada por los perros y los gusanos. Así que bajaron al pueblo, trajeron de la trilladora de Ibiricu gasolina y la quemaron. No quedó nada de ella. Hasta el pueblo bajó el olor de carne quemada”, describió el lugareño.

Siguiendo la tónica habitual, los autores de este crimen disfrutaron la absoluta impunidad. De nada sirvió que en Larraga todos conocieran sus nombres. En cualquier caso, Josefina se niega a bajar los brazos. No lo hizo cuando era una niña y vio cómo se llevaban a su hermana y a su padre. Tampoco cuando los franquistas, para aumentar el dolor y el daño, les robaron la tierra que trabajaban. Su madre incluso acabó en la cárcel. Tras ser puesta en libertad, se marchó a vivir con sus dos hijas a Pamplona, la ciudad que hoy, por fin, dedica una plaza a Maravillas.

“La muerte no fue capaz

de sepultar tu mañana
ni podrá pintar de olvido
la acuarela de tu alma”
Así continúa la canción de Fermín Valencia que este sábado volvió a conmover a los presentes en la plaza de Lezkairu. “Desde el ayuntamiento hemos hecho distintas cosas en torno a la memoria, pero posiblemente este acto sea, a nivel emocional, el más sentido”, confesaba a este periódico el concejal de EH Bildu y tercer teniente de alcalde Joxe Abaurrea, una de las personas que se involucró para conseguir que la plaza de este barrio lleve el nombre de Maravillas. “Su historia es un ejemplo de hasta dónde puede llegar el nivel de brutalidad de un ser humano –subrayó el responsable municipal-. Del mismo modo, también nos muestra hasta dónde fue capaz de llegar el régimen fascista”.

La historia no termina ahí. Josefina, que acabó haciéndose monja y fue una de las fundadoras de la asociación AFFNA-36, consiguió llevar los asesinatos de su hermana y su padre hasta un juzgado de Buenos Aires: desde hace cuatro años, el caso de la familia Lamberto forma parte de la querella contra los crímenes del franquismo presentada en Argentina. Las esperanzas, en cualquier caso, siguen siendo pocas. “Sabemos quiénes siguen mandando en este país, y también sabemos que nunca va a haber justicia para los nuestros”, afirma el presidente del colectivo memorialista. 82 años después, la sombra de la impunidad sigue cubriendo el cielo de Navarra.

http://m.publico.es/politica/2031584/maravillas-lamberto-la-nina-violada-y-asesinada-por-falangistas-jamas-sera-olvidada-en-pamplona

 

Norman Bethune: un comunista canadiense en ‘La Desbandá’

Norman Bethune, a la derecha
“España es una cicatriz en mi corazón”
(Norman Bethune)

“Imaginaos ciento cincuenta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio hacia una ciudad situada a cerca de doscientos kilómetros de distancia. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. Y este camino, encajonado entre los altos picos de la Sierra Nevada y el mar, cortado en sus mismos tajos, sube y baja, desde el nivel del mar a las montañas, en declives de más de 30 metros”. Quien escribe este párrafo no se lo imaginó. Lo vivió. Lo fotografió. Lo contó. Y ayudó a muchos de esos hombres, mujeres y niños a salvar sus vidas. Es Norman Bethune, un médico canadiense que llegó desde Barcelona a Almería, con un camión con sangre para practicar transfusiones, el 10 de febrero de 1937, en plena desbandá del pueblo malagueño.

“En Almería supimos la noticia de la caída de Málaga y nos aconsejaron que no siguiésemos nuestro camino”, cuenta Bethune en su relato “El crimen del camino Málaga-Almería”, que fue reeditado en 2014 por la Consejería de Aministración Local y Relaciones Institucionales. Él y su ayudante, Hasen Sise, continuaron a bordo de la UVI móvil de aquel momento. Un cambión ambulancia pintada de gris, conducida por otro canadiense, con el siguiente letrero: “Servicio permanente de transfusión de sangre”. “Llévate a este, mira este niño. Este va herido. Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados; niños sin zapatos, con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio. Doscientos kilómetros de miseria. Imaginaos lo que serían cuatro días de andar escondiéndose en el puerto”. ¿A quién elegir? ¿A quién ayudar ante la multitud de padres clamando ayuda? El doctor y sus ayudantes terminaron desmontando el interior de la ambulancia y la usaron para trasladar a los más necesitados, sobre todo a los niños.

En 2014 el Centro Andaluz de Fotografía publicó las únicas fotos que dan testimonio de aquel horror, acompañada por una publicación trilingüe (español, inglés y francés) que contiene, junto a las imágenes, las narraciones del propio Bethune y de cómo vivió la tragedia que sufrieron los civiles malagueños, e incluso, testimonios de quienes entonces eran unos niños recopilados por Jesús Majada. “Yo me encontré con ese horror de casualidad. Me dedicaba a estudiar cómo los extranjeros veían a los andaluces y tuve noticias sobre un médico que había escrito un libro sobre el crimen del camino Málaga-Almería. Lo encontré en una biblioteca de Cataluña”.

El profesor Majada no tenía ni idea en ese momento de lo que habían vivido estas personas a pesar de que llevaba treinta y tantos años viviendo en Málaga. Hasta que un día, delante del televisor, horrorizado por las imágenes de la guerra de Yugoslavia, se dijo: “Esto es lo mismo que lo que vi en aquellas fotografías”. Nada decían los libros de esa historia tan cercana que, sin embargo, sí estaba presente en muchas familias malagueñas. “Era una historia muy viva que estaba silenciada”, añade Majadas. Entonces tampoco se hablaba de memoria histórica. Ni cuando se expuso por primera vez esta muestra, hace diez años, que ha recorrido ya una docena de ciudades españolas y ha pasado por Montreal y México.

Durante cinco días, sin apenas descansar ni dormir, este médico canadiense salvó vidas y ayudó a muchas familias desfallecidas y hambrientas, “a costa de poner él mismo en riesgo su propia existencia y la de sus heróicos ayudantes”, escribe el director general de Memoria Democrática de Andalucía, Luis Naranjo, en el prólogo del libro reeditado. Héroes, sin embargo, ignorados en España. “Hasta hace muy poco el hospital principal de Málaga se llamaba Carlos Haya, el aviador que bombardeó la ciudad”, recuerda Majada. “Bethune debe ser recuperado como parte importante de la memoria democrática de este país, ya que representó como pocos los valores de solidaridad, resistencia y lucha por la libertad y la justicia que constituyen el mayor patrimonio histórico de las clases trabajadoras”, añade Naranjo.

“Deliberadamente arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados. Cuando se habían alejado los aviones levanté del suelo los cadáveres de tres niños que habían estado tres horas de pie en una cola frente al Comité Provincial de Evacuación, esperando su ración de una taza de leche condensada y un pedazo de pan, único alimento disponible. La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían”, escribió Bethune. “¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento?”, se preguntaba el médico. “Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo”.

En 1938, Bethune viajó a China para unirse al Ejército Popular, donde ejerció como cirujano de campaña. Las condiciones insalubres en las que operaba le provocaron una septicemia que le causó la muerte el 12 de noviembre de 1939. En China es una figura legendaria. En Canadá, un genio. En España, de momento, un desconocido.

http://www.asturbulla.org/index.php/politica/republica-e-historia/24485-norman-bethune-el-medico-que-ayudo-a-las-victimas-de-la-desbanda

Más información:

– La fascinante historia del doctor Bethune, el pionero de la donación de sangre en la Guerra Civil española que es venerado en China

– Mao Zedong: En memoria de Norman Bethune
– Exposición de posters chinos de Norman Bethune
– La desbandá: el ametrallamiento indiscriminado de los malagueños que huían de la Guerra Civil 

Bethune en Almería con la primera ambulancia para la realización de transfusiones de sangre que él diseñó

Mao Zedong con Norman Bethune, conocido por ‘Baiqiuen’ en China

‘Recuerdo el sufrimiento y la necesidad que pasé en la carretera’

Emilio Chamizo. Huyó con 5 años.

El recorrido: Los padres de Emilio y sus cuatro hijos salen de Ardales cuando ven que está a punto de caer el frente republicano que hay allí. Al poco tiempo de llegar a Málaga, cuando es inminente su ocupación por los nacionales, han de salir para Almería. El padre se pierde en el trayecto y la madre no consigue pasar de Motril. La familia se reencuentra, de vuelta, a la altura de Rincón de la Victoria.

Su historia: El frente republicano retiene a los nacionales en Ardales, donde residen José Chamizo, panadero de profesión, su mujer Rafaela, y sus cuatro hijos, Pepa (10 años), Aurora (8), Emilio (5) y Rafael (2). Preocupados por el cariz que van tomando los acontecimientos, deciden marchar para Málaga. Pronto caerá también este frente y el resto. El día 7 de febrero, las tropas nacionales e italianas están ya a las afueras de Málaga. La única salida posible es Almería.

Desde su corta edad, a Emilio le sorprende, sobre todo, la cantidad de gente que avanza por la carretera. “Iba igual que cuando va una romería. Es que no se cabía de tantísimas criaturas como íbamos andando, porque no era Málaga sola, era Málaga y la provincia la que venía”. También recuerda los bombardeos y la angustia por buscar un refugio. “Mi padre nos metía en un agujero hasta que ya terminaba aquello, que solía ser por la noche. Caminábamos más de noche que de día”.

La sed del pequeño Emilio le lleva a separarse de sus padres cuando contempla que un grupo de personas está sacando agua de un pozo. “Mi padre vio que me despistaba y fue en mi busca. Pero yo me fui a buscar a mi madre y, entonces, ya no volvimos a ver a mi padre”. Rafaela se hace cargo, sola, de sus cuatro hijos y sigue adelante, pero no puede evitar que le embargue el temor de que su marido pueda ser alguno de los muertos que encuentra por la carretera. “Mi misma madre me decía: ‘Ay, ¿será tu padre?’ y yo levantaba la cabeza a los cadáveres para mirarles la cara”.

En Motril, les resulta ya imposible continuar. Allí han llegado las tropas italianas, que les cortan el paso. La vuelta será a pie porque no hay camiones para todos. En el camino de regreso se reencuentran con el padre, que marcha a lomos de un burro. “Nos subió a mi hermano de dos años y a mí y ya nos volvimos para Málaga”.

http://www.diariosur.es/malaga/desbanda-testimonios-huida-20180206145526-nt.html

‘No llevábamos tres pasos andados cuando una bomba voló la casa’

Dolores Jiménez. Huyó con 11 años.

El recorrido: Huye con su padre José, su madre Dolores y su hermano José, de dos años. En el trayecto, en un momento de confusión, el grupo se divide en dos. Su padre y su hermano consiguen llegar a Valencia. Ella y su madre son interceptadas por las tropas nacionales en Almuñécar y deben regresar a Málaga antes de tiempo.

Su historia: Un colchón le sirve a la familia Jiménez como improvisada maleta para ocultar todo lo que tienen de valor. El rumor en la calle es insistente. “Vinieron diciendo a mi madre y a mi padre que venían los fascistas matando a los hijos delante de los padres”. No esperan para comprobar si es verdad. Deciden llenar el colchón de alhajas y empezar a andar. Ella tiene 11 años, su hermano José, tan sólo dos. Los cuatro comienzan el recorrido, pero pronto sus destinos se separan. Su padre, José Jiménez, vendedor de pescado, es un hombre recio, acostumbrado a andar, y lleva al pequeño a hombros. “Empezó a andar y andar con el niño a cuestas y al final se perdieron”.

La pequeña Dolores se queda sola con su madre. “Por la carretera iba la gente chillando, la gente llorando, buscando a la familia. Nosotros íbamos buscando a mi padre y a mi hermano. Le preguntábamos a mucha gente que le conocían de Málaga si los habían visto…, pero nada”.

Ante los insistentes bombardeos, madre e hija deciden adentrarse campo a través. El hambre les pasa factura y provoca desvanecimientos a la joven. El cansancio también hace mella. “Mi madre iba con los pies hechos polvo, los pies iban echándole sangre”. Es entonces cuando se cobijan en una casa, atestada de refugiados. Uno de los hombres, al parecer un miliciano, decide salir del cortijo y empieza a disparar al cielo, contra los aviones que sobrevuelan la zona. “Todo el mundo empezó a gritar: ‘¿Pero qué ha hecho usted? Tuvimos que salirnos deprisa y corriendo de allí porque entonces los aviones y los barcos se dieron cuenta de que aquello estaba lleno de gente. Y fue salir, no llevábamos ni unos metros andando, cuando la casa entera cayó. Habían tirado una bomba encima”.

Sin embargo, no es el episodio que más impacta a Dolores. “Una de las veces me voy a orinar a un lado y entonces siento llorar a un niño. Miro y es una criaturita, con la madre muerta al lado, que no se me olvida que llevaba una chaqueta azulina. Me impactó mucho. Mi madre me dijo que me tranquilizara porque de esas cosas íbamos a ver uchas por el camino”.

Pasado el pueblo de Salobreña, aparecen camiones llevándose a algunos refugiados. Algunas personas le aconsejan a su madre que suba a la pequeña a uno de los vehículos, pero se niega. “Ella se opuso. Les dijo: ‘Si yo voy andando, va mi hija andando. Mi madre no se quería separar de mí”.

El recorrido de Dolores acaba antes de tiempo, en Almuñécar. Allí las tropas italianas les cortan el paso y las obligan a dar media vuelta. Su padre y su hermano sí llegan hasta Valencia, pero no volverán hasta acabada la guerra. “Mi padre no sabía ni leer ni escribir, pero nos escribió otra persona y nos dijo que estaba vivo y que el niño estaba bien”. Ella y su madre, mientras tanto, deben hacer frente a la miseria que les espera en Málaga. Su casa ha sido desvalijada y todo lo que tienen de valor quedó en aquel colchón, que dejaron tirado en el camino.

http://www.diariosur.es/malaga/desbanda-testimonios-huida-20180206145526-nt.html

‘A Motril llegamos que no podíamos más. Íbamos muy despacito porque no podíamos ni andar’

José Quesada. Huyó con 17 años “A Motril llegamos que no podíamos más. Íbamos muy despacito porque no podíamos ni andar”

El recorrido: José consigue llegar a Almería con su hermano Víctor (21 años), a quien encuentra por el camino huido del frente de Alfarnate. También le acompañan todas sus hermanas: Angelita (25), Concha (23), Mari Pepa (19) y Consuelo (13), el bebé de 10 meses de Concha, el marido de ésta y el novio de Mari Pepa. El grupo se separa a medio camino y José y Víctor se quedan con Angelita y el bebé, pero ella no puede seguir y regresa con el niño a Málaga. Angelita será fusilada en marzo en el cementerio de San Rafael. José y Víctor lucharán hasta el final de la guerra en el frente republicano de Sierra Nevada.

José Quesada Chendre es de los últimos en abandonar Málaga. A las 4.20 de la madrugada del 8 de febrero decide salir de un refugio en el paseo de los Tilos y empezar a caminar hacia Almería. “El día 7 pusieron un cañón en la zona de Teatinos. Entonces nos metimos en el refugio. Estuvimos todo el día allí y no sabíamos qué ocurría fuera. Llegaba gente a la entrada y llamaba a su familia para irse, pero no contaban nada. Ya de madrugada, llegó otra persona buscando a su familia y uno de los que estaba dentro le dijo: ‘De aquí no sale nadie hasta que no cuentes qué pasa fuera’. Entonces lo dijo: ‘Que están aquí; que los fascistas están ya aquí”.

La familia de José Chendre (su hermana Angelita -25 años-, su hermana Concha –23- con su marido Juan y su hijo de 10 meses; su hermana Mari Pepa –19- y su novio Antonio, y su hermana Consuelo –13-) gana terreno a marchas forzadas, con las tropas nacionales pisándole los talones. “Llegando a Nerja, miraba la gente para atrás y veían muchas luces. Decían: ‘Uy, qué luces vienen por ahí; ¿qué será? ¡¡Es un pueblo!!’. Pero era que venían los fachas”. Por el camino, se reencuentran con otro hermano, Víctor (21 años), miliciano en el frente republicano de Alfarnate, que huye también para no caer prisionero.

El camino se hace cada vez más tortuoso. Entre la marea de gente, se pierden sus hermanas Concha y Consuelo y sus respectivas parejas. Angelita lleva en brazos al bebé de Concha y es incapaz de proseguir. “Nos dijo que nos salváramos mi hermano Víctor y yo, y ella se quedó en una casa en Nerja. Seguí andando, cambié de idea y quise volver a recoger a mi hermana, pero ya estaban allí los italianos. En ese momento, me extravié de mi hermano. Pero al rato escucho: ‘¡¡Pepito!!! Y era mi hermano; me cogió de la mano y tiramos. Recuerdo que pasaban los camiones de italianos y que nos tirábamos en la cuneta para que no nos vieran. No sé cómo no perdí la cabeza… Yo le dije a mi hermano que se fuera, pero él no me dejó”. Angelita conseguirá regresar a Málaga, pero nada más llegar será delatada por haber sido delegada de su empresa por la CNT. El 4 de marzo de 1937 es fusilada en el cementerio de San Rafael.

Por el camino, José pierde los zapatos y apenas puede ya andar. Al llegar a Motril, su hermano le compra unas alpargatas, pero se le pegan a las heridas y cada paso se vuelve aún más insufrible. Cuando alcanzan el río Guadalfeo, ya ha pasado lo peor. “El agua iba ya baja, nosotros fuimos de los últimos en cruzar. Luego me contaron la de gente que se había ahogado allí”.

La recta de Adra se hace eterna. Ya no tienen que temerle a los barcos, pero de vez en cuando los Junkers alemanes siguen sobrevolando la caravana. “Había un autobús de línea lleno de mujeres y críos y lo bombardearon. Cuando yo pasé por allí estaba hecho polvo. Otra familia que se había metido en una vaguada, también estaba muerta”.

El sábado 13 de febrero, llegan a Almería en un camión que les recoge al ver el mal estado en el que se encuentra José. “Tenía los pies reventados. Mi hermano se fue al cuartel y a mí me dejaron en un edificio donde había una sola cama, que me dieron a mí. Me hice con una pastilla de jabón y un cubo. Calentaba el agua y metía los pies, así me los curé”. Su hermano Víctor está decidido a enviarlo a Valencia, pero José se niega. “Me dijo: ‘En un barco de estos o en un tren de esos te vas. Te vas para Valencia o donde te lleven’. Yo no, yo no, yo me voy al frente contigo y me fui voluntario con él porque yo no iba tranquilo de lo que había visto”.

Durante toda la guerra, José no llega a coger un fusil. Como jefe de transmisiones en la 54 Brigada Mixta, 213 batallón en Sierra Nevada sólo tiene un teléfono. “El 28 de marzo de 1939, a las 7.40 de la tarde, el comandante dijo que había que entregarse. Por la carretera que iba hacia la costa de Granada, por Órgiva, iba primero el comandante, dos enlaces con bandera blanca y todos los demás, detrás. Teníamos esperanza, creíamos que habían hecho un armisticio”. Un campo de concentración en Padul (Granada) es su próximo destino. Con el paso de los meses, su hermana Conchita consigue unos documentos que les da la libertad y que les permite regresar a Málaga, donde pueden rehacer su vida.

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‘Vi una mujer muerta en un terraplencito y un niño de pecho mamándole. Eso lo vi yo’

Miguel Escalona. Huyó con 10 años.

El recorrido: Miguel hace el camino con otros 10 niños de un internado hasta Almería. Posteriormente terminará en Barcelona y finalmente en el exilio. Regresa a Málaga en el 39, terminada la guerra.

Su historia: El comienzo de la guerra sorprende a Miguel en un internado en Torremolinos. La muerte de su padre en un accidente en 1931 deja en una situación muy precaria a su madre, que debe sacar adelante a siete hijos.

Dos semanas antes de la ocupación de la capital por los nacionales, los responsables del internado deciden evacuar a los niños hasta una casa en Nerja. Sin embargo, la caída de los frentes republicanos convence a los superiores del centro de que ha llegado la hora de marchar.


“Eran las 10 o las 11 de la mañana y cada uno con su bultito con su ropa hecho un paquetito. Estábamos todos allí esperando a los autobuses para llevarnos, cuando se presentaron los aviones. Todo el mundo salió corriendo. Cuando se volvió al sitio, estaban incendiados los paquetes porque habían tirado bombas incendiarias”. Del grupo de 80 niños, Miguel sólo consigue reencontrarse con otros nueve. Juntos deciden seguir a la multitud que avanza hasta Almería. “¿Los nombres de los niños? Pues, sí, algunos recuerdo. Uno era Antonio Rodríguez Cantarero, su hermano Manolo Rodríguez Cantarero, Antonio Barbas Campos, Antonio Solamo García. El que más tenía 12 o 13 años, yo era el más pequeño que tenía 10”.

Los niños avanzan asustados, pegados unos a otro. La caravana prosigue su huida y nadie repara en ellos. “Andábamos sobre todo de día. De noche nos tumbábamos en las cunetas y cuando venían los aviones nos tirábamos al suelo. Íbamos descalzos, sin alpargatas y nos atábamos trapos en los pies”. Para subsistir, los pequeños se adentran en los cultivos o no dudan en comer los restos que dejan los demás. “Íbamos andando y comiendo caña de azúcar y lo que cogíamos por el camino. Inclusive yo recuerdo haber comido cáscara de haba pisoteada”.

Miguel tiene grabada una imagen que refieren otros supervivientes de la huida. “Yo vi, yo vi a una mujer al lado de la carretera, en un terraplencito, una mujer muerta y un niño de pecho mamándole, eso lo vi yo”.

Los niños no se atreven a cruzar el río Guadalfeo, que va muy crecido y en el que pierden la vida centenares de personas. “El río llevaba mucha agua. Habían hundido el puente o algo así y tuvimos que ir unos pocos kilómetros hacia arriba para ir a parar el mismo sitio al otro lado porque no había forma de cruzar. Tuvimos que andar el camino dos veces”.

Ya en Adra, aparecen las primeras camionetas recogiendo a gente. Miguel recuerda una ambulancia que subía a los refugiados que se encontraban en peores condiciones, pero no puede precisar si es la del médico canadiense Norman Bethune.

El Socorro Rojo Internacional les acoge cuando llegan a Almería. “Allí nos dieron de comer, nunca se me ha olvidado que nos dieron patatas con carne y nos prepararon y nos montaron en trenes al día siguiente para ir a parar a Barcelona”. En la Ciudad Condal, aún bajo poder republicano, permanece Miguel hasta febrero de 1939, cuando se produce la caída de Cataluña. Es entonces cuando, de nuevo, debe emprender otro éxodo, pero esta vez se trata de cruzar la frontera francesa. “También salimos andando, íbamos seis niños, entre ellos, dos hermanos de Madrid, Pablo y Benito Gómez Zorrilla. Pasamos mucha fatiga y mucha hambre. Fue parecido a lo de la carretera de Almería”.

Con apenas 12 años, Miguel Escalona termina en un campo de concentración en Angulème. Pero un día recibe una noticia. Una familia francesa quiere acoger a un niño español. “Francisco, que era el intérprete que había en la oficina, dijo mi nombre y salió corriendo. Había un coche en la puerta y me dijo: ‘Chico, ¿te quieres marchar con esta familia? Y yo dije: ‘Ahora mismo’. Miguel sólo tiene palabras de agradecimiento para sus padres de acogida, que lo trataron “como un hijo más”. Sin embargo, terminada la guerra decide volver a Málaga. “Me acordaba mucho de mi familia y mi madre me decía en las cartas que no me fuera, yo no me figuraba lo que era esto”. En su regreso a Torremolinos, descubre que su familia ha sufrido represalias y que a su madre y a sus hermanas les habían obligado a beber aceite de ricino y las habían rapado. “En Torremolinos habían matado a muchísima gente”, concluye.

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‘Nos juzgaron sin tener por qué juzgarnos y nos juzgaron a muerte’

Francisca y Remedios Macías. Huyeron con 14 y 13 años.

El recorrido: La familia, integrada por los padres, seis hermanos, cuatro sobrinos y la abuela, parte de Marbella hacia Churriana y, de allí, hacia Almería. Pasarán tres años entre Castellón y Murcia, de donde regresan al terminar la guerra para rehacer una vida nueva en Málaga capital.

Su historia: El 17 de enero cae Marbella en manos de las tropas nacionales, que avanzan por la costa. Días antes, la familia Macías comienza su peregrinar hacia Málaga. El grupo está compuesto por la madre, Manuela León, el padre, Francisco Macías, y cinco de sus hijos menores (María –17-, Francisca –15-, Remedios –14-, Ana María –12- y Francisco –9-); así como por cuatro sobrinos, la hermana mayor, Manuela, a la que acompaña su marido, Francisco. También va con ellos una de las abuelas, de 81 años y el novio de María.

Al llegar al río Fuengirola, deciden tirar hacia el norte, pero se encuentran con el frente nacional y han de bajar de nuevo. Finalmente, se instalan en Churriana. “Venía gente de todos sitios, de los pueblos, de Cádiz, de la Línea…”, recuerda Remedios. A medida que pasan los días, la situación se hace insostenible y ya parece inevitable la caída de la capital. “Llegamos a Málaga por la noche, buscábamos a una familia de mi madre, pero ya se había ido. Málaga estaba desierta, no había luces, no había nada. Mi madre dijo, buenos nenas, ¿qué hacemos aquí? Pues vámonos y que sea lo que Dios quiera”.

La familia no duerme la primera noche y consigue cubrir el trayecto hasta Vélez-Málaga, donde les sorprenden, al amanecer, los primeros bombardeos de los cañoneros Cervera, Canarias y Baleares. Se esconden en los cañizales o en las alcantarillas.

“Llegamos a un sitio que eran unos olivos –relata Francisca. Entonces allí ya no eran los barcos; allí llegó la aviación. Llegaron cuatro o cinco aviones. Mi madre dijo de descansar sentaditas debajo de un olivo y empezaron a bombardear. Tiraban las bombas a los olivos porque sabían que estaban las criaturas allí. No quiero ni acordarme. Sentí los chillidos y los lamentos. Lo que había allí, aquella sangre, yo no lo vi porque no quería verlo”.

Francisca no puede contener los nervios. No quiere sentarse para descansar ni quiere probar bocado. “No pude comer por todo el camino. La gente comía caña de azúcar, pero yo no. Yo sólo quería seguir adelante. Recuerdo que llevaba una cafetera roja en la mano y que la gente decía: ‘¡Esa niña! ¡Que esconda la cafetera que nos van a ver!”. Tampoco hay demasiado tiempo para tomar la escasa comida que encuentran en el trayecto. “La gente, si nos veía sentarnos para tomar, a lo mejor, un poco de arroz que habíamos encontrado nos decía: ‘Qué hacéis, para delante, para delante, que allí vienen’”.

A veces, avanzan de noche, casi sin ver el suelo que pisan. En una de las ocasiones que están en el campo, deciden bajar a la carretera. “Entonces, el marido de mi hermana Manuela nos tiró por un barranco. Primero tiró a mi hermana Remedios. Y mi madre chillando: ‘Ay mi niña, que ha caído al mar’. Porque el mar estaba tan cerca que, de noche, no se distinguía de la carretera. Luego me tiró a mí y me desolló la espalda. Aquello estaba muy alto y tenía picos. Nosotros no le decíamos nada a mi madre para que no sufriera: ‘No mamá, no nos hemos hecho nada, que estamos bien’”.

En la Herradura, la abuela les pide que la abandonen porque no puede seguir. “Decía: ‘Ay, dejadme aquí, dejadme aquí, que ya no puedo más, no puedo más…’ Entonces la dejamos en una casita. Allí había una mujer que nos dijo que la dejáramos allí, que ella no se iba a ir y que no le iba a pasar nada”.

En el trayecto se les suma una vecina de Marbella, que acaba de dar a luz y que marcha agotada. Todos juntos llegan al río Guadalfeo. Un hombre a caballo les aconseja que no crucen, y que le sigan, que hay un puente más arriba por el que pueden atravesar. “En esos momentos no pensábamos en nada, sólo en Almería, creíamos que Almería era la salvación”.

A la salida de Adra, Remedios se encuentra un niño de unos dos años en la cuneta, liado en una toquilla. “Era rubio, muy blanco. Estaba allí como dormidillo y lo cogí. Se lo conté a mi cuñado y él empezó a preguntar entre la gente que de quién era el niño y nadie decía nada. Nos lo llevamos, y una señora por la carretera nos dijo que era de una mujer que iba delante. La alcanzamos y, me acordaré toda la vida, iba con los pies muy liados de tenerlos destrozados y estaba en estado. Llevaba un niño chico en brazos y otro tirándole del vestido. Mi cuñado le preguntó si el pequeño era de ella y le dijo que sí. ‘Mire usted es que no puedo más, mire usted cómo llevo las piernas es que no puedo más’. Mi cuñado entonces le dijo que se instalara por allí, que ya no había peligro y que la iba a esperar a la entrada de Almería y, que si llegaba sin el niño, la iba a denunciar”.

El día 16 de febrero llegan a su destino. Todos los lugares para alojarse están llenos y los vecinos no les abren las puertas. “Llegamos a aquel almacén donde había muchísimas personas. Los piojos nos los quitábamos por millares. No teníamos ni donde lavarnos ni donde ponernos más ropa”.

A la semana son evacuados hacia Castellón en un tren de mercancías. “Pasamos por Valencia. El personal se volcó allí. Salían las muchachas de las fábricas a comerse el bocadillo y nos lo echaban por las ventanillas del tren e igual las naranjas, sacos de naranjas…”

Su periplo durante los dos próximos años les llevará también a un pueblo de Murcia y, al final de la guerra, de vuelta a Málaga, donde deciden no regresar a Marbella e iniciar una nueva vida. Ya en la estación de Málaga, separan del grupo a Francisco, novio de María, que está embarazada. Posteriormente, será juzgado y fusilado. “Cuando llegamos, no teníamos nada para vivir y mi madre empezó a trabajar y nos metió a nosotras internas para poder comer”, concluye Remedios.

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‘Era para que hubieran sacado un Guernica. Lo sacas en un lienzo e impresiona al mundo’


José Martos. Huyó con 6 años.

El recorrido: La familia de José llega hasta Salobreña, donde deciden regresar. Huyeron su padre Antonio Martos, su madre, Ana Rodríguez y sus hermanos Antonio (9 años) y Francisco (6 meses). Otro hermano, Diego, se queda con una tía de la madre en la barriada de La Araña.

Su historia. Yo tenía seis años, pero era consciente de que huíamos de los fascistas”. Aquella tarde del 7 de febrero, el barrio de pescadores de La Malagueta se echó a la calle. “Todo el mundo tiró para delante”. Un petate con una sábana es lo único que llevan, pero la comida empieza a escasear pronto. “Ya a la altura de Rincón empezamos a comer cañadú. A mi madre, del susto, se le había perdido el pecho. Para dar de comer a mi hermano pequeñito, cogía, masticaba cañadú y mi hermano, como un pajarito, chupaba de la boca de mi madre. Así lo alimentaba”.

“A mi madre, del susto, se le retiró la leche. Cogía, masticaba cañadú y mi hermano chupaba de la boca de mi madre. Así lo alimentada”

La familia avanza unida, sin separarse. Los niños van cogidos a la ropa de los adultos y el bebé, a horcajadas sobre el cuello del padre. “Eso era una marea, de banda a banda de la carretera. La gente se llamaba: ‘¡Juan!, ¡Pedro!, ¡Antonio!… ¡¡No te pierdas!!!, ¿Dónde estás?’ Así por toda la carretera, todo el mundo. Niños, niñas, mayores… y, aún así, se perdían”.

A medida que recorren el camino, van encontrando más muertos a su paso. En Maro, un cuerpo bocabajo les llama la atención. “No sé si fue por la ropa o por las hechuras, pero mi padre le dice a mi madre: ‘¡Ana!. Parece Joaquín. Mi padre le dio la vuelta y era mi tío. No sé si fue la metralla”.

Aún les queda por delante la etapa más dura del trayecto. Los bombardeos de los barcos Cervera, Canarias y Baleares se vuelven encarnizados a la altura de La Herradura. “Cuando llegamos a esa cuesta, vimos allí el panorama más grande encima de la Tierra. Estaba todo lleno de muertos. En el centro de la carretera encontramos muchos bultos y, encima había una niña de no más de tres años llorando. Alrededor estaba su familia, a la que habían matado. Como mi madre no había tenido niñas, que ha tenido siete hijos, quería cogerla, pero mi padre dijo que no. ¿Dónde metemos a la niña? Cuando llegamos a Almuñécar comentamos lo ocurrido a otras personas y uno de ellos la enseñó; ellos la habían recogido”.

Es precisamente en este pueblo donde interrumpen momentáneamente su avance para pasar unos días con la familia de la madre. Esas jornadas perdidas les impedirán llegar a Almería. Cuando deciden retomar el camino y una vez pasado el río Guadalfeo, los adultos deciden regresar. “Llegaron los italianos y uno de los jefes, uno de los mandos, que tenía la voz cantante nos dijo que no temiéramos, que la guerra no existía, que había terminado: ‘No teman ustedes que no va a haber represalias, ni nada de nada. Ustedes van a ir en unos camiones para Málaga”.

De vuelta a La Malagueta, la familia Martos pudo retomar su vida normal, aunque nunca olvidó aquellos días huyendo hacia Almería.

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