La web más censurada en internet

Etiqueta: Memoria histórica (página 31 de 81)

El franquismo asesinó a 202 presos recluidos en la cárcel de Carabanchel

Cárcel de Carabanchel, en Madrid
El régimen franquista ejecutó a miles de personas en la posguerra inmediata, pero la “máquina de matar” no se detuvo en 1944. A pesar de la amnistía de 1945, los tribunales siguieron dictando sentencias condenatorias, que en muchos casos desembocaron en la pena capital.

Después de “Los fusilamientos de La Almudena” y “80 mujeres. Las mujeres fusiladas en el Madrid de la posguerra”, Manuel García Muñoz publica “Detrás de las rejas. Ejecuciones en Carabanchel 1944-1975” (Editorial Renacimiento, Colección Espuela de Plata), un minucioso trabajo que concreta en 202 la cifra de antifascistas ejecutados, por fusilamiento o garrote, en la cárcel de Carabanchel desde su puesta en funcionamiento hasta la muerte de Franco.

“El origen de este libro está en mi interés por conocer más en profundidad aquellos terribles sucesos, siempre ocultos por el franquismo”, explica García Muñoz, quien formó parte de la comisión de expertos que elaboró el informe sobre las ejecuciones en la tapia del cementerio de la Almudena entre 1939 y 1944. Fue colaborador de Basilio Martín Patino -con quien realizó trabajos como “Queridísimos verdugos”– y desarrolló una larga carrera en el mundo audiovisual, desarrollando diferentes cometidos. Fue director de documentales como “Testamento de un pueblo”, Espiga de Oro en el Festival de Valladolid.

El libro ofrece un ilustrativo y pormenorizado relato de las ejecuciones, estructurado a partir de los datos obtenidos por el autor en diferentes archivos y registros, e incluye las declaraciones de los acusados y los testigos, los informes que dieron lugar a la detención y las sentencias de muerte, acompañado de numerosas reproducciones de documentos oficiales.

A partir de 1944, los tribunales militares continuaron juzgando y condenando a muchos procesados, tanto por hechos ocurridos durante la guerra como por hechos posteriores. La mayor parte de esas ejecuciones tuvieron lugar poco después del cierre de las prisiones de la capital, y una vez inaugurada la cárcel de Carabanchel. La última ejecución de un preso de Porlier fue en febrero de 1944, y las primeras en el recién estrenado recinto penitenciario el 22 de marzo. Félix Puertas, Luis Serra y Alberto Durán fueron los primeros.

A partir de 1945 la mayoría fueron condenados a muerte por pertenecer tanto a la guerrilla urbana (del Llano) como a la de la sierra. En años posteriores, por delitos comunes. En los años sesenta aparecen varios casos con acusaciones de “prácticas terroristas”.

En el listado figuran los nombres y referencias personales de 202 fallecidos. Todos estuvieron confinados en Carabanchel; todos fueron fusilados contra los espaldones de los campos de tiro situados en los cuarteles de Campamento (salvo los ejecutados a garrote vil en la prisión) y enterrados en el cementerio de Carabanchel Alto, donde aún permanecen los restos de algunos de ellos. “Cuando estuve revisando la documentación del cementerio de la Almudena comprobé que en 1944, de pronto, se detenían las inscripciones, cuando realmente se seguía fusilando gente en Madrid. Para este libro me dediqué a investigar en los Registros Civiles de Carabanchel Bajo y Carabanchel Alto, que fueron municipios independientes hasta 1948. En Carabanchel Alto encontré lo que buscaba, los registros de defunción de los fusilados”, explica el autor.

La lista incluye al dirigente comunista Julián Grimau (fusilado el 20 de abril de 1963) y Joaquín Delgado y Francisco Granados (muertos por garrote el 17 de agosto del mismo año). El último nombre reseñado en el libro, Jesús García Romero, murió en 1966.

A esa cifra de 202 ejecutados se han de añadir los nombres de José Humberto Baena Alonso, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, militantes del FRAP encarcelados en Carabanchel que fueron ejecutados en instalaciones militares del municipio madrileño de Hoyo de Manzanares.

https://is.gd/LiwsB0

El terror de los falangistas y la Guardia Civil en León: los ‘paseos’ de 1936

Las nuevas investigaciones sobre lo ocurrido en los primeros meses de la Guerra Civil Española apuntan cómo se desarrollaban los ‘paseos’. Incluso con documentos tan extraordinarios como la denuncia, con nombre y apellidos del delator, que provocó el del abogado izquierdista José Fuertes; siendo la primera vez que se publica uno de estas características. Los diarios de los Roa de la Vega cuentan también cómo se asesinó al famoso abogado del Estado Esteban Zuloaga, que apareció muerto con once tiros en la carretera de San Andrés. Además, las autoridades tuvieron que ‘imaginar’ que algunos ciudadanos habían desaparecido extrajudicialmente al emitir certificados de su paradero.

Por ‘paseado’, cuando no se refiere al participio del verbo pasear, hay que entender que se trata de todo aquel asesinado —en particular durante el período de la Guerra Civil—, que no fue sometido a un juicio previo ni ‘ajusticiado’ de modo regular por las autoridades gubernativas del momento. Es decir, que no ha sido procesado formalmente, aunque sí ha podido ser detenido.

Tanto en las listas publicadas de represaliados (fusilados tras consejo de guerra y ‘paseados’), como de presos ‘residentes’ en San Marcos, es común encontrar graves errores en publicaciones recientes. De lo que no  cabe la menor duda es de que las muertes reales son superiores a las publicadas y de que los leoneses presos en San Marcos fueron muchos más que los que aparecen en ellas. Sencillamente hubo cientos de leoneses de la capital que fueron retenidos en San Marcos, pero al no habérseles abierto proceso no figuran en lista alguna.

José Fuertes Martínez, el ‘paseado’ que no está en ninguna lista

Así sucede con el abogado, natural de Trobajo del Camino y residente en León (avenida del Padre Isla número 33), José Fuertes Martínez, quien, como tantos otros ‘desaparecidos’ tampoco figura en lista publicada alguna y que, sin embargo, también fue ‘paseado’. José Fuertes era un joven conocido abogado soltero de 24 años, que aparece citado en la prensa de la época junto a los casos profesionales en los que intervenía defendiendo a todo tipo de presuntos delincuentes. Además, como él reconoce en sus propias declaraciones, pertenecía a Izquierda Republicana y después de la Revolución del 34 intervino y recogió firmas para solicitar la libertad de los presos. También ayudaba en asuntos jurídicos a miembros del Sindicato Minero Castellano liderado en León por Antonio Fernández Martínez. En agosto de 1936 José Fuertes fue detenido. Un despiadado informe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia decía:

1º. A raíz del comienzo del Glorioso Movimiento Nacional fue detenido por su significación extremadamente izquierdista, y puesto más tarde en libertad, sin saberse más de él. Era mala persona en su conducta moral, pues se acompañaba continuamente de mujeres de vida pública, formando escándalos, por los que alguna vez fue presentado en esta Comisaría. En el aspecto religioso también era malo, pues no sólo no cumplía sus deberes en tal aspecto, sino que maldecía de ellos, y parece ser que en una ocasión con otros colocó una bomba en la casa de un sacerdote; en su ideología coincidía con las del partido de Izquierda Republicana, habiendo contribuido con dos pesetas para regalar un pergamino a Azaña; virtudes no se le conocía ninguna, en cambio tenía muchos vicios, pues además de lo expuesto solía embriagarse.

2º. Se dedicaba a dar mítines por varios pueblos, y en uno de ellos dado en Armunia, dijo que había que hacer desaparecer a la Guardia Civil, a la que odiaba como igualmente a los agentes de Policía. Fue siempre gran propagandista y especialmente durante el período preparatorio de las últimas elecciones, siempre de las ideas más avanzadas e incitaba a los obreros a la violencia.

3º. Después del Alzamiento Nacional, y antes de ser detenido, no se le vio actuar, pudiéndose asegurar que, dada su manera de ser y de pensar, no podía estar conforme con este Movimiento.

4º. Como arriba queda indicado, parece ser que estaba afiliado a la Izquierda Republicana, figurando también como socio del Ateneo Obrero, de tendencias marxistas.

5º. Carece en absoluto de bienes propios y el único medio de vida se lo daba su carrera de abogado, si bien, por su poco amor al trabajo, los ingresos debían ser pocos.

Además, José Fuertes había tenido unos días antes del ‘alzamiento’ más problemas con la Justicia. Otro informe de la Comisaría le acusaba de haber intentado violar a una mujer «que reclamó auxilio» el 8 de julio de 1936, ante lo que un mozo del hotel Nieto le amenazó con una escopeta de caza «al tratar de penetrar con una tanguista en dicho hotel» y se asegura que se negó «a firmar [José Fuertes] la comparecencia en esta Comisaría por no haber sido redactada por él como abogado, observando una conducta poco correcta con los funcionarios de servicio».

A pesar de lo aquí expuesto, el 22 de agosto de 1936 el juzgado de instrucción certifica que José Fuertes carece de antecedentes penales y tampoco ha sido condenado en ningún juicio de faltas. Éste explica en sus declaraciones que no tuvo parte activa en el ‘alzamiento’, y de este modo propone a varios testigos, algunos de reconocido prestigio y considerados ‘hombres de orden’ como el médico Olegario Llamazares, el farmacéutico Matías Robla Contreras, el procurador Manuel Menéndez Ramos o Sira San Pedro, viuda de Zarauz.

La denuncia del vecino que ‘condenó’ a Fuertes

Con lo que no contaba José Fuertes es que un personaje de Trobajo llamado Gumersindo de Toledo Fernández lo había denunciado el 16 de agosto. A Gumersindo se le puede localizar en los archivos durante el mes de agosto de 1936 efectuando numerosas aportaciones económicas para la suscripción Pro Fuerza; algunas en su nombre pero otras muchas a nombre «del pueblo de Trobajo», o «por orden de un tejero de Trobajo». Estas prácticas eran comunes que las realizaran importantes falangistas, como así las realizaba el conocido jefe de centuria Florentino Borge, quien enviaba a la Comisión Pro Fuerza, oro, dinero y todo tipo de suministros en especie desde San Emiliano.

Esos días de agosto de 1936 fueron terribles en cuanto a la presentación de denuncias. El propio doctor Eduardo Pallarés se queja amargamente de que su encarcelamiento se debe a una denuncia de otro reputado doctor llamado Joaquín Valcarce. Eduardo Pallarés acusa directamente al doctor Valcarce de ser el causante de la denuncia que lo llevó a prisión ese mismo 17 de agosto (causa 493/37, Archivo Intermedio Militar del Ferrrol, folio 44 vuelto): «Fui detenido por orden del médico presidente de la Cruz Roja Sr. Valcarce […]». Este delator era el oculista del hospital San Antonio Abad y sustituyó en la presidencia de la Cruz Roja de León al ex seleccionador nacional de la Selección de Fútbol Joaquín Heredia Guerra que a finales del noviembre del 36 sería ‘paseado’ cerca de Mansilla de las Mulas.

Y, sin embargo, esas denuncias tan difíciles de demostrar documentalmente existieron. Y para muestra, la que tal vez le supuso la muerte al abogado José Fuertes Martínez. En la fotografía se lee una de las primeras denuncias que se hacen públicas en España con el nombre y apellidos del delator. Las hay en los archivos, pero pocas, ya que la Guardia Civil se deshizo de muchos. Este tipo de documentos ofrecen consistencia al dato frente a la ‘memoria oral’, que no suele ser nada fiable en estos casos como se está demostrando con ellos.

Cuando encuentran el cuerpo de Fuertes, en el expediente de incautación se adjunta un certificado de defunción en el que se especifica que: «[…] natural de Trobajo del Camino […] fue hallado junto a otro en una huerta en las afueras de esta Villa, vestía gorra negra, mono y pantalón claro, gabuchas claras, piso goma, el cual se le encontró un mechero de mecha y un pañuelo en el bolsillo de color, que quedó en poder del Juzgado. Falleció […] a las dos horas a consecuencia de heridas de arma de fuego según resulta de dictamen facultativo […]».

Once tiros para el abogado Esteban Zuloaga

Otra de las historias versa sobre Esteban Zuloaga Mañueco, que se cuenta entre las víctimas de los abogados del Estado. Manuel Santamaría Andrés entre los catedráticos de Instituto. Aquilino Huerta del Río en el Ayuntamiento y otros tantos. Ahí residía la idea, porque las víctimas no fueron elegidas al azar. Así funciona el terror, como si se tratara de «una inevitable, aséptica y quirúrgica amputación que evitará que el cáncer se extienda por todo el cuerpo [o nación]», según palabras de los militares sublevados.

El caso es que este abogado del Estado (defensor de Alfredo Nistal, líder de la Revolución del 34 en León, y cuñado de José Pallarés Torres), realizó donaciones a la causa sublevada. Se le detecta en los archivos ofreciendo una segunda ‘donación’ de 250 pesetas (otras 200 ya las había entregado el 10 de agosto) a la ‘Suscripción’ el 24 de agosto.

Sin embargo, una semana más tarde un grupo de hombres vestidos de falangistas lo van a buscar y lo sacan de la casa de su cuñado José Pallarés Torres. Esteban Zuloaga, que había sido el abogado defensor del líder de la Revolución de Octubre en León, Alfredo Nistal, aparece muerto en una cuneta con once impactos de bala.

La noticia del asesinato conmociona a la ciudad. Hasta Roa de la Vega lo indica en su diario personal: «Viernes, 4 de septiembre. Aparece en la carretera de San Andrés el cadáver de Zuloaga muerto la noche anterior. D.E.P.»

Juan Manuel Roa, hijo de este ex alcalde monárquico Francisco Roa de la Vega, escribió en en su libro ‘La memoria olvidada’ lo que ocurrió con él en las páginas 339 y 340: «Tal fue el caso del Abogado del Estado don Esteban Zuloaga, que sufrió el más humillante de los paseos, por no hacer caso a los consejos que le dio mi padre, al que le llegó el soplo de que D. Esteban no se recataba de hablar en cualquier parte reprobando en voz alta las atrocidades que en León se cometían. Fue el mes de agosto del 36 cuando más cadáveres aparecían en las carreteras leonesas, y en el que mi padre se presentó en casa de Zuloaga, que también tenía su familia en zona roja, para decirle que las tropas nacionales no tardarían en conquistar San Sebastián, donde veraneaban su mujer y sus dos hijas, en una situación parecida a la nuestra. Le aconsejó, sin poder disimular el apremio, que saliera de León lo más pronto posible y se instalara en cualquier pueblo guipuzcoano próximo a la capital, para poder entrar en ella detrás de los soldados, como él también pensaba hacerlo cuando se acercasen a Celorio, pero añadió: «Tú debías quedarte en San Sebastián durante el mayor tiempo posible, prolongando el veraneo con Maravillas y las niñas, ya que no tienes hijos en el frente que te den preocupación, así podrás volver a casa cuando esto se apacigüe».

«No era fácil engañar a un hombre tan inteligente y suspicaz como era don Esteban Zuloaga; ¿pero qué te crees?, respondió, ¿piensas que me van a matar? No hubo manera de convencerle de que en León corría un serio peligro, y mi padre fue a decirle a D. José Pallarés, cuya esposa era hermana de doña Maravilla [quiere decir Enriqueta], para ver si ellos conseguían vencer la tenacidad de su cuñado, porque estaba seguro de que su compañero y amigo corría un gran peligro. No pudieron con él […] Don José Pallarés, llorando, se lamentaba de que no hubiese hecho caso del consejo de mi padre».

El asesinato a tiros de un abogado del Estado, que no parecía ser enemigo declarado sino simple servidor de la Administración, demuestra que cualquier excusa era válida para las ejecuciones extrajudiciales. Sólo haber defendido al líder de la Revolución del 34 en León, aparte de otras circunstancias y odios personales, serviría para condenarlo. Y, de paso, atenazar a toda la población leonesa para que se mantuviese sumisa a la nueva ‘causa’.

El ‘terror’ de los falangistas y la Guardia Civil

Por los archivos se conoce que los grupos incontrolados de falangistas, requetés, miembros militarizados de la CEDA e incluso grupos formados por los propios militares, se dedicaban a protagonizar todo este tipo de razzias contra «el adversario», cumpliendo órdenes, por acción directa u omisión, del Gobernador Militar. Lo que conocemos como policía, dependía del Gobierno Civil y de la Delegación de Orden Público. Las cúpulas policiales, al igual que el Gobierno Civil, estaban militarizadas. En León, la cúpula de la Guardia Civil formaba parte de los cuadros de Falange; es el caso de Luis Medina Montoro, donde ya tenemos constatación de su militancia en Jaén, de donde era nativo.

Un documento sobre Serapio Pedrejón nos demuestra cómo se solicita información sobre una persona a la que, como en muchas de las ejecuciones de ésa época, se la ha eliminado sin procedimiento alguno.

Las muchas autoridades que lo han eliminado son incapaces de tener constancia documental sobre el crimen, por lo que especulan con la posibilidad de que haya sido ejecutado valiéndose de la única fuente que poseen, que es la declaración de los funcionarios hecha a su mujer. Y escriben años después un documento ultrajante.

Este tipo de situaciones son las que impiden a los historiadores cuantificar el número de personas asesinadas. Serapio Pedrejón de la Fuente no aparece en ninguna lista de presos de San Marcos, ni de fusilados, ni de procesados. Sin embargo fue de los primeros en sufrir la más radical de las represiones. Como se constata en el documento, otra vez se repite el patrón sobre la actuación de la Guardia Civil, que es quien lo detiene y quien presuntamente se ‘deshace’ de él a los pocos días. Así funcionaba la máquina del terror.

Esta primera etapa de violencia dará paso en 1937 a otro tipo de ejecuciones ‘regulares’, que son las de las sentencias de muerte producidas tras juicio militar, y en especial sobre todos los huidos a zona ‘roja’ que lucharon en los frentes de batalla y que son capturados cuando cae el Frente Norte en octubre de 1937.

Javier González Fernández Llamazares http://www.ileon.com/actualidad/065744/los-paseos-en-leon-en-1936-los-asesinatos-de-los-abogados-fuertes-y-zuloaga

El apoyo de la multinacional IBM al franquismo durante la guerra civil

Hitler con Watson, el presidente de IMB
La dilatada historia de IBM, fundada en 1911 con el nombre de CTR (Computing Tabulating Recording Corporation), no está exenta de sombras que empañan sus muchas luces. Bajo el paraguas de la multinacional centenaria se inventaron el cajero automático, el disquete, el disco duro y aún hoy la empresa asombra al mundo con el desarrollo de su inteligencia artificial, llamada Watson en honor al más dirigente de la multinacional. Sin embargo, las vicisitudes empresariales llevaron a IBM a negociar con los regímenes fascistas en España y Alemania.

“En los primeros 3 meses de 1939, IBM vendió 700.000 tarjetas perforadas a España”, asegura el investigador estadounidense Edwin Black. El país estaba en plena Guerra Civil y el destinatario de aquellas cartulinas preparadas para contener información no era otro que el bando sublevado de Francisco Franco.

Hijo de judíos supervivientes de campos de concentración, Black es el autor de “IBM y el Holocausto”, un libro en el que se pone de manifiesto la colaboración de la compañía dirigida por Watson con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial a través de la venta de maquinaria y tarjetas perforadas que, entre otras cosas, se utilizaron para la organización de los campos de concentración. Sin embargo, aquella no era la primera operación de IBM en suelo europeo en tiempos bélicos.

“Si recibes tantas tarjetas perforadas en tan poco tiempo, estás preparado para multiplicar tus operaciones”, explica el investigador. Y el momento en que llegó esa venta masiva al bando de Franco no fue casual. El material tecnológico se recibió a comienzos de 1939, cuando apenas faltaban semanas para que Franco suscribiera, desde Burgos, el último parte de guerra dando por finalizada la contienda. “La ayuda de IBM fue clave para que Franco ganara la Guerra Civil”, sentencia Black.

Aquel parte del 1 de abril de 1939 fue el del célebre “cautivo y desarmado el Ejército Rojo”. Según Black, las tarjetas perforadas habrían sido utilizadas por Franco y los suyos precisamente para eso: dar caza y recluir a sus oponentes. “Se les dio un uso relacionado con el censo militar, pero también para las encarcelaciones y la organización de prisioneros en campos de concentración y, sobre todo, para que los servicios secretos [el SIPM, Servicio de Información y Policía Militar] persiguieran a republicanos”, desglosa el investigador.

Las tarjetas de IBM “fueron programadas para rastrear a los partidarios del Gobierno democrático para que pudieran ser detenidos”, añade el historiador Edwin Krales, que también ha indagado acerca del papel de la tecnológica en los grandes acontecimientos de la primera mitad del siglo XX. Estos contenedores de información eran la clave para que las tabuladoras Hollerith fueran útiles. “Configuraban las máquinas para cualquier cosa que estuvieran buscando”, explica Krales.

No obstante, Black aclara que la relación entre IBM y los regímenes de Hitler o Franco era estrictamente comercial. “IBM vendía estas tarjetas perforadas no por afinidad al fascismo, sino porque aspiraba al dominio mundial de la informática”, argumenta.

Con ello, Black no resta importancia a la colaboración del gigante tecnológico con el golpe militar en España o el Holocausto nazi. De hecho, a día de hoy, el autor se dedica a recorrer las facultades de Informática de medio mundo pidiendo, con las sombras de Watson y la multinacional como argumento, que el nombre del dirigente de IBM desaparezca de rincones honoríficos de las universidades. “IBM nunca ha pedido disculpas ni ha dado explicaciones por los miles de muertes que provocó en la Guerra Civil”, denuncia el investigador.

Si la Guerra Civil sirvió de campo de pruebas para que los contendientes de la entonces futura II Guerra Mundial experimentaran el potencial de su armamento, para IBM la oportunidad de vender su material al bando franquista no fue muy distinta. “La Guerra Civil se convirtió en el terreno de prueba para averiguar la eficacia de las tarjetas perforadas”, explica Krales.

Tras la Guerra Civil, prosigue, IBM seguía produciendo tarjetas perforadas que se usaron en los territorios ocupados por los nazis “para llevar a cabo sus redadas”. Hoy, una de estas tabuladoras se conserva en el Museo del Holocausto de Washington, y fue precisamente ante esta máquina donde Black se preguntó por primera vez cuál era la relación entre IBM y la Alemania nazi. Años más tarde, publicaría su investigación.

Volviendo a España, lo cierto es que una vez terminada la guerra antifascista, la relación entre Franco y la tecnológica estadounidense no se dio por concluida. Una noticia publicada el 4 de enero de 1946 por el diario ABC anunciaba la “entrega al Caudillo de un importante donativo” procedente de las arcas de IBM. “La International Business Machine Corporation, de Nueva York, hace donación de 109.000 pesetas para su reparto entre las clases más necesitadas”, explicaba la nota.

50.000 de esas pesetas iban a parar directamente a manos de Franco, según ABC, para que él fuera el encargado de repartirlas. El dictador agradecía entonces “los generosos sentimientos filantrópicos de Mr. Watson, recordando al propio tiempo que no es la primera vez que este señor envía donativos a España”.

Para Black, estas habituales donaciones que el propio Watson hacía a través de su empresa habrían sido más bien una suerte de pagos por los servicios prestados. “España se convirtió en un país neutral importante: era un interlocutor entre Nueva York y Alemania”, argumenta el investigador.

El comercio directo con Alemania e Italia (tanto con sus Gobiernos como con sus empresas) estaba completamente prohibido para las empresas estadounidenses. Sin embargo, España y Suiza eran las grietas perfectas por las que colarse: su condición oficial de países neutrales durante la Segunda Guerra Mundial los convertía en la puerta de entrada para que IBM introdujera sus tarjetas perforadas con destino final en las potencias del Eje. “España funcionó como un socio para IBM”, sentencia Black.

La relación comercial de IBM con el fascismo se habría extendido durante casi una década por medio de la venta de material tecnológico.

https://www.elconfidencial.com/tecnologia/2018-04-21/otra-historia-de-ibm-tarjetas-franquismo-guerra-civil_1552819/

 El fascismo está indisolublemente ligado al monopolismo y la técnica nunca ha sido un instrumento políticamente ‘neutral’.
No hay más que ver esta tarjeta perforada de IMB con el emblema nazi

Un billete de cero euros conmemora los 200 años del nacimiento de Marx

La ciudad alemana de Treveris ultima los preparativos para conmemorar los 200 años del nacimiento de Karl Marx el 5 de mayo de 1818. Dentro de las celebraciones, el ayuntamiento de la ciudad natal ha lanzado un billete de cero euros con la fotografía de quien, junto con Federico Engels, creó el socialismo científico.

El papel, que no tiene curso legal y de edición limitada, es de color morado, por el frente muestra la cara del revolucionario alemán y por el revés contiene imágenes de monumentos europeos como la Sagrada Familia de Barcelona, el Coliseo de Roma, la Puerta de Brandenburgo en Berlín o la Torre Eiffel de París.

¿Dónde encontrar el recuerdo? El billete se vende en la oficina de turismo de Treveris por tres euros y por el momento se han vendido 5.000 unidades, aunque hay planes de imprimir 20.000 más.

“El recuerdo refleja las críticas de Marx al capitalismo y, por supuesto, el billete de cero euros encaja perfectamente con el motivo”, indicó Norbert Kaethler, director gerente de la oficina de turismo de Treveris.

Además de los billetes, la ciudad alemana está vendiendo patos de goma con El Capital bajo el ala, tazas, cambiando las habituales siluetas de los semáforos y ultima la inauguración de una estatua de bronce de tres toneladas, financiada por el gobierno chino.

Marx, que fundamentó científicamente el tránsito del capitalismo al socialismo, pasó los primeros 17 años de su vida en Tréveris y la ciudad está orgullosa de su hijo más famoso.

El franquismo contra la cultura: la quema de libros en la España más negra (1936–1939)

Cuando se habla de quema de libros en el siglo XX, la imagen que suele venir a la retina es la Beberplatz de Berlín el 10 de mayo de 1933, escenario de una gran hoguera en la que ardieron miles de ejemplares de obras consideradas “antialemanas”. Ni que decir tiene que, a lo largo de la historia, ha habido muchos otros episodios de fuego purificador, desde el incendio de la biblioteca de Alejandría pasando por la quema de libros de Confucio en China durante la dinastía Qin, o el auto de fe de octubre de 1861 en Barcelona en el que fueron pasto de las llamas 300 volúmenes espiritistas, por citar solo tres de ellos. Menos conocido es el hecho de que, desde el golpe de julio de 1936 hasta el final de la guerra, numerosas piras se encendieron en las ciudades y pueblos de la España nacional en las que ardieron gran número de publicaciones tildadas de “antiespañolas” y “envenenadoras del alma popular”.En los primeras días del conflicto no se habían dictado todavía órdenes por parte de los nuevos gobernadores civiles sobre la prohibición de la literatura disolvente, pero el modus operandi de los sublevados incluía siempre la destrucción del “material peligroso” que constituían determinadas obras. Así, a la entrada de las fuerzas requetés en varias localidades de La Rioja, lo primero que hicieron fue depurar las bibliotecas y quemar los archivos de las distintas sedes sindicales, donde se suponía que existía “literatura perniciosa”.

En Córdoba, ya el 19 de julio una de las prioridades de los sublevados era también la limpieza de librerías y kioscos como lo señalaba el Jefe de Orden Público y teniente general de la Guardia Civil Bruno Ibáñez Gálvez en una nota publicada por el ABC de Sevilla el 26 de septiembre:

“En nuestra querida capital, al día siguiente de iniciarse el movimiento del Ejército salvador de España, por bravos muchachos de Falange Española fueron recogidos de kioscos y librerías centenares de ejemplares de esa escoria de la literatura que fueron quemados como merecían. Asimismo, muy recientemente, los valientes y abnegados Requetés realizaron análoga labor, recogiendo también otro gran número de ejemplares de esas malditas lecturas que deben desaparecer para siempre del pueblo español”.

En Palma, el primer día del golpe, el 19 de julio de 1936, según testimonio del cenetista Manuel Pérez (Osuna, Sevilla, 1887–Río de Janeiro, 1964), atrapado en la isla con motivo del congreso constituyente de la regional de la CNT en Baleares, los sublevados actuaron de forma similar:

“Ocupados los centros oficiales donde los rebeldes no hallaron la menor resistencia, se inició el asalto a las organizaciones obreras y a los locales donde tenían su residencia las agrupaciones de izquierdas. Nada escapó a la furia vandálica de las hordas fascistas. Después de destrozarlo todo: muebles, cuadros, instrumentos de trabajo, etc., recordando los autos de fe de la Santa Inquisición, hicieron hogueras con los libros que encontraron en las bibliotecas”.

La aversión a los libros llegó hasta extremos delirantes como recoge Josep Massot i Muntaner en Cultura i vida a Mallorca entre la guerra i la postguerra (1930–1950), (Abadia de Montserrat, 1978):

“L’odi contra els llibres m’ha estat confirmat per un testimoni de primer ordre: a Inca, per exemple, foren cremades totes les obres en català d’una biblioteca pública –entre les quals el primer volum del Diccionari Català–Valencià–Balear– i la biblioteca pública circulant de Sencelles –prou considerable– fou assaltada i, després de fer un caramull amb els llibres hom hi defecà al damunt”.

Por esas mismas fechas, en la localidad abulense de Barco, los libros de la Agrupación Socialista, los de la Sociedad de Oficios Varios y los de la Agrupación de Trabajadores de la Tierra “fueron destruidos por las Milicias a su llegada a esta localidad en los preliminares del Glorioso Movimiento Nacional”.

En Soria, el jefe de la Biblioteca Pública de la ciudad castellana, refiere, según José Andrés de Blas y Fernando Larraz en la primera entrega de “La Guerra Civil española y el mundo del libro. Censura y represión cultural (1936–1937)” que “en los primeros días del Movimiento Nacional, se dispuso la recogida inmediata de los pocos ejemplares que, sin destruir, quedaban en esta plaza, ya que, al pasar por Soria, la columna de requetés del general Mola, prendió fuego a los libros que había en un kiosco dedicado a dicho comercio y los que fueron recogidos después sufrieron la misma suerte en una dependencia de este Gobierno Civil”.

En la localidad cacereña de Herrera de Alcántara tuvo lugar una “expurga” de obras en la Biblioteca Municipal “verificada en los primeros días del Movimiento Glorioso” en la que se quemaron los libros considerados como literatura disolvente, según informó el consistorio del pueblo al Ministerio de Educación Nacional cuando este asumió las competencias en materia de bibliotecas.

En Córdoba se quemaron los libros de segunda mano de los puestos de la plaza de la Corredera como cuenta el escritor y abogado Carmelo Casaño Salido en su libro Nuestra ciudad (apuntes del recuerdo y las cosas) (Delegación de Cultura, Ayuntamiento de Córdoba, 1984):

“Un día desaparecieron los libros. Los compraron al peso y se los llevaron a Las Tendillas, para quemarlos, porque estaban celebrando las Misiones. La tarde de aquel domingo, después del sermón de un jesuita con bonete, ardieron, crepitando, los viejos libros que dormían en la Corredera. Definitivamente murieron todos: el Ars Amandi y La vida de San Esperanto. Él echó en la pira dos novelas de Hugo Wast, y todavía le duele la mano cuando lo recuerda”.

La censura de libros quedó bajo control militar en las primeras semanas de la guerra. De hecho muchos títulos incautados, que no fueron quemados, también fueron custodiados por las autoridades militares. El bando del 28 de julio de 1936, que declaraba el estado de guerra, imponía la censura previa de todo impreso o documento destinado a la publicidad o difusión. Posteriormente, la censura se estableció por orden del 29 de mayo de 1937 aunque se tendría que esperar hasta el 23 de abril de 1938 para su regulación con la Ley de Prensa, impulsada por Ramón Serrano Suñer y que tenía como objetivo que los españoles leyesen “noticias basadas exclusivamente en la verdad y en la responsabilidad”. Esta era la “noble idea” de la que debía impregnarse toda la prensa.

El periódico Arriba España de Pamplona en su primer número del 1 de agosto incitaba a la destrucción de libros en estos términos: “¡Camarada! Tienes obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas, ¡Camaradas! ¡ Por Dios y por la patria!” Su director era el clérigo falangista Fermín Yzurdiaga, que acabaría siendo Jefe Nacional de prensa y Propaganda.

La diatriba del órgano oficial de Falange Española en Navarra fue seguida al pie de la letra por los soldados requetés que ocuparon Tolosa, el 11 de agosto. Los franquistas apilaron en la plaza Zaharra de la localidad guipuzcoana los libros de la imprenta de Ixaka López Mendizábal, los volúmenes en euskera de la biblioteca municipal, los de las escuelas y los quemaron.

El 14 de agosto los soldados del coronel Yagüe entran en Badajoz y, según informaba el Jefe de la Biblioteca Provincial de la capital pacense, a requerimiento de Javier Lasso de la Vega al hacerse cargo de la Jefatura de Archivos y Bibliotecas, organismo creado a fines de marzo de 1938:

“Pocos días después de conquistada esta capital por las tropas nacionales, se realizó, por elementos heterogéneos afectos al movimiento, una visita de inspección y requisa por todas las librerías y kioscos en los que se recogieron cuantos libros de carácter extremista y pornográfico fueron hallados y se reunieron en la Oficina de Censura Militar donde una vez comprobada la tendencia perniciosa fueron condenados al fuego”.

La primera gran quema pública se produjo, sin embargo, en La Coruña el 19 de agosto de 1936. Más de 1.000 libros ardieron en varias hogueras en la dársena del puerto de la ciudad gallega, frente al Club Náutico. Se trataba de obras de autores como Blasco Ibáñez, Ortega y Gasset, Pío Baroja o Miguel de Unamuno junto a la biblioteca personal del diputado de Izquierda Republicana y presidente del Consejo entre mayo y junio de aquel año, Santiago Casares Quiroga (La Coruña, 1884–París, 1950) y la del centro de estudios sociales “Germinal” de la urbe coruñesa.

El acto presidido por un sacerdote apellidado Maseda (que hizo la selección de volúmenes a incendiar) fue recogido en el periódico El Ideal Gallego el 19 de agosto:

“A orillas del mar, para que el mar se lleve los restos de tanta podredumbre y de tanta miseria, la Falange está quemando montones de libros y folletos de criminal propaganda comunista y antiespañola y de repugnante literatura pornográfica”.

En Galicia también se incautaron los bienes de la sociedad “Alianza Republicana” de Carballo, en La Coruña, cuya documentación se conserva. Se decomisaron en los locales el Reglamento de la Sociedad y el Libro de Actas. El gobernador civil dispuso la destrucción del material confiscado con estas palabras: “Debo manifestarle que procede sean quemados los libros y demás documentos incautados y los fondos que existan deberán remitirlos a esta Delegación”.

La inquina en contra de las lenguas no castellanas provocó el asalto y la quema de los libros de la editorial gallega Nós y su director, Anxel Gasol, fue fusilado.

En Oviedo, tras la entrada el dia 8 de agosto de una Columna Gallega, de inmediato se clausura la B.P.C. (Biblioteca Popular Circulante) y parte de la directiva sufre la represión política o el exilio. La biblioteca es expurgada y las obras de Felipe Trigo, Blasco Ibáñez o José María Carretero arden en la Pedrera, seleccionadas por el poeta Casimiro Cienfuegos, entre otros.

En estos primeros meses de la guerra no solamente las bibliotecas y librerías fueron blanco de la ira de los sublevados sino que también la padecieron los propietarios en sus personas.

La primera disposición de la Junta de Defensa Nacional, organismo de gobierno de la España sublevada hasta el 30 de septiembre, sobre depuración de bibliotecas y el control de las lecturas fue la Orden del 4 de septiembre en la que acusaba al Ministerio de Instrucción republicano de haber difundido obras marxistas entre la infancia. Por ello era necesario hacer desaparecer esas publicaciones de escuelas y bibliotecas y obligaba a la destrucción de las mismas, autorizando solo aquellas “aquellas cuyo contenido responda a los sanos principios de la Religión y de la Moral, y que exalten con su ejemplo el patriotismo de la niñez”.

Ese mismo día Queipo de Llano hacía público su bando número 25 en cuyo segundo punto se obligaba a todos los establecimientos editoriales, a las librerías y a los kioscos radicados en la Segunda División Orgánica a entregar todas las publicaciones prohibidas a las autoridades militares en un plazo improrrogable de 48 horas. Y en el tercer punto se hacía extensiva esta obligación a todos los particulares, a entidades públicas y a corporaciones privadas.

Atendiendo a esta bando, los falangistas de Sevilla, según el testimonio del delegado de Propaganda, Antonio Bahamonde, recorrieron las editoriales y librerías. Las obras de autores que, según su criterio, eran de tendencia marxista, eran requisadas y destruidas allí mismo.

El carácter indiscriminado de la purga lo puso de manifiesto incluso un historiador poco sospechoso de afinidad con el bando republicano como Rafael Abella en La vida cotidiana durante la guerra civil. La España nacional (Planeta, 1973):

“En cuanto a la censura de libros, su implantación tuvo características inicialmente draconianas en expurgo de bibliotecas públicas y privadas y retirada de la venta de toda la literatura conceptuada de pornográfica, de marxista, de ácrata o de disolvente, término en el que incluía lo que era de matiz contrario a la línea del Movimiento. Desde Nakens a a Martín de Lucenay, desde Belda a Kropotkin se quemaron en grandes piras que, a modo de autos de fe, convirtieron en humo un montón de letra impresa considerada nefasta– y, en ciertos casos con razón–, para los españoles. Y digo en ciertos casos porque al socaire de esta depuración se destruyeron muchos libros de editoriales tachadas de peligrosas –Cenit, Oriente, Ulises, España– y otros tantos editados por Biblioteca Nueva, por Pueyo y por Espasa–Calpe. Entidades significadas en lo literario más que en lo social”.

El 23 de diciembre de 1936, la Junta Técnica del Estado –creada por Franco en octubre del mismo año y sucesora de la Junta de Defensa Nacional de España– promulgó un Decreto que declaraba ilícitas todo tipo de publicaciones socialistas, comunistas, libertarias, pornográficas y disolventes.

Esta disposición legal contemplaba sanciones contra aquellos que incumplieran su aplicación. Las infracciones implicaban una multa de 5.000 pesetas y si se reincidía aquella aumentaba un quíntuplo y además llevaba aparejada la pérdida de empleo público, o bien la inhabilitación del sancionado para el ejercicio de la industria editorial o de librería, así como el cierre del respectivo establecimiento.

En estos primeros meses de la guerra algunos libreros y bibliotecarios pagaron con la vida su compromiso con la cultura. Es el caso del librero Miguel d’Iom de Ceuta, asesinado en una de las sacas por los sublevados junto a otros militantes anarquistas de la ciudad. No fue un caso aislado.

En agosto la prensa cordobesa informaba de la detención del librero, editor e impresor Rogelio Luque (Priego, Córdoba, 1897– Córdoba, 1936), librepensador, naturista y esperantista. Editó y colaboró en numerosas revistas culturales como Popular, La Pluma, Biblis y Quijote y fundó, con su hermano la librería Luque que, con diferentes emplazamientos, pervivió hasta los años noventa. Los rebeldes lo fusilaron el 16 de agosto.

Pilar Salvo, maestra de Zaragoza, responsable de una biblioteca infantil fue asesinada en aquel mismo mes.

Juana María Capdeviele

Juana María Capdeviele Sanmartín (Madrid, 1905–Rábade, Lugo, 1936), pedagoga y bibliotecaria, fue la primera mujer jefa de una biblioteca de facultad (la de Filosofía y Letras) de la Universidad Central de Madrid, puesto al que accedió en 1933. Además desarrolló una importante labor como jefa técnica de la biblioteca del Ateneo de la capital española. En 1936 se casó con Francisco Pérez Carballo, el cual sería designado, tras la victoria del Frente Popular, gobernador civil de La Coruña.En el ejercicio de su cargo fue apresado y asesinado el 25 de julio. Al llamar al Gobierno Civil para tener noticias de su esposo, se le comunicó que sería recogida –estaba embarazada–, y conducida junto a él. Sin embargo, fue detenida y encarcelada y se la puso al tanto de la trágica suerte de su cónyuge. En la noche del 18 de agosto fue asesinada y se encontró su cuerpo con dos tiros en las proximidades de Rábade, en Lugo.

Los profesionales que habían permanecido en la zona gubernamental fueron sancionados a posteriori a medida que los franquistas iban ocupando los territorios. Así, María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900–Madrid, 1981), una de las máximas responsables del servicio de bibliotecas durante la guerra en Valencia y autora del Plan de Bibliotecas Públicas de 1938, fue expedientada por colaborar con la política republicana. Carmen Caamaño fue separada definitivamente del Cuerpo de Archivos y Bibliotecas por orden del 29 de julio de 1939 a causa de su militancia política, por citar solamente dos casos.

La primera biblioteca universitaria purgada fue la de Valladolid en 1937 de la que se quemaron miles de libros en varias hogueras y algo parecido sucedió en la de Santiago de Compostela donde los libros de Castelao sufrieron un destino incierto. Tales acciones contaron con el apoyo de rectores como el de la Universidad de Zaragoza, Gonzalo Calamita Álvarez.

El 16 de septiembre de 1937 se promulgó otra normativa sobre la formación de comisiones depuradoras de las bibliotecas públicas y centros de lectura en cada distrito universitario. En todos los distritos universitarios debían formarse comisiones depuradoras presididas por el rector o un delegado suyo y formada por un catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, un representante de la autoridad eclesiástica, un funcionario del Cuerpo de Facultativos de Archiveros y Bibliotecarios, un representante de la autoridad militar, otro de la Delegación de Cultura de FET de las JONS y otro de la Asociación Católica de Padres de Familia. Las comisiones debían retirar aquellos “libros, revistas, publicaciones, grabados e impresos que contengan en su texto láminas o estampados con exposición de ideas disolventes, conceptos inmorales, propaganda de de doctrinas marxistas y todo cuanto signifique falta de respeto a la dignidad de nuestro glorioso Ejército, atentados a la unidad de la Patria, menosprecio de la Religión Católica y de cuanto se oponga al significado y fines de nuestra Cruzada Nacional.

Estas comisiones, una vez analizados los fondos, debían enviar a la Comisión de Cultura y Enseñanza las listas con los títulos de las publicaciones que considerasen un peligro para los lectores. En la Comisión de El Ferrol participó el escritor Gonzalo Torrente Ballester. Después la Comisión de Cultura examinarían los listados haciendo la siguiente clasificación: por un lado las obras pornográficas de carácter vulgar sin ningún mérito literario. Por otro las publicaciones destinadas a propaganda revolucionaria o a la difusión de ideas subversivas sin contenido ideológico de valor esencial. Y finalmente, aquellos libros y folletos con mérito literario o científico, que por su contenido ideológico pudieran ser nocivos para los lectores “ingenuos o no suficientemente preparados para la lectura”. Los dos primeros grupos serían destruidos, mientras que el último permanecería guardado en los respectivos establecimientos en espacios restringidos. Estas obras sólo podrían ser consultadas con un permiso especial. La sala con libros prohibidos empezaron a proliferar a partir de entonces, los llamados infiernos. El infierno de la Biblioteca Pública de Oviedo no fue abierto al público hasta 1975.

Como se ha comentado anteriormente, uno de los motivos de la purga de libros era la destrucción de las publicaciones que “menospreciaban” la religión católica. En tal empeño, los rebeldes contaron con la colaboración, salvo en contadas excepciones, de las autoridades eclesiásticas. Un ejemplo de ello es la pastoral del obispo de Palencia, Manuel González y García (Sevilla,1877–Madrid,1940) “Lecciones de la tragedia presente. Preparando soluciones para la posguerra”, de noviembre de 1937 donde abogaba por la desinfección cultural y por la reconstrucción del pensamiento sobre las ruinas del liberalismo secularizador. El prelado acusaba al gobierno republicano de haber promovido la difusión de una literatura extranjerizante, anticatólica y pornográfica:

“Libros sobre cuestiones sexuales se vendían donde quiera rápidamente, y era una gran cantidad de prosa tóxica y pornográfica se ofrecía abiertamente en los quioscos. Ganapanes, aprendices, muchachas de servir, mozuelas de taller, elementos generalmente jóvenes y poco preparados, rodeaban los tenderetes de aquella baja mercancía, que el gobierno republicano ofrecía al pueblo para que… se ilustrase. La campaña pornográfica iba junto con la propaganda comunista. Había interés en debilitar el sentimiento y la dignidad de la institución familiar y de todas aquellas fuerzas morales que fuesen obstáculo a la demagogia moscovita”.

Manuel González García fue canonizado por el Papa Francisco en marzo del 2016 en Roma. A la ceremonia asistió una delegación española presidida por el entonces ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, el alcalde de Palencia, Alfonso Polanco Rebolleda y la presidenta de la Diputación, Ángeles Armisén Pedrejón. Las campanas de la ciudad castellana repicaron ese día para celebrarlo.

El jesuita Constancio Eguía Ruiz (Santander, 1871–?) se distinguió, igualmente, por su ataque al libro porque consideraba que las publicaciones difundidas durante la República eran una de las mayores responsables de la tragedia de la guerra civil. Arremetió contra los sellos más innovadores que se hicieron eco de la literatura antibelicista y social de entreguerras y de la teoría política y social como Zeus, Cenit, CIAP, Hoy, Caro Raggio e incluso contra firmas convencionales como Espasa–Calpe, Revista de Occidente y Dossat que se habían dejado arrastrar al incluir colecciones y títulos “malignos” para hacer negocio y estar en boga.

En mayo de 1938, el obispo de Salamanca Enrique Pla y Daniel (Barcelona, 1876– Toledo, 1968) publicó otra pastoral titulada Los delitos del Pensamiento y los falsos ídolos intelectuales, menos conocida que la de Las dos ciudades, un duro alegato contra el liberalismo, origen de todos los males y contra la libertades de prensa, creación y lectura.

La Iglesia “adora la Verdad, pero no es fetichista del libro, porque sabe que hay libros buenos y libros malos, libros benéficos y libros venenosos y corruptores. ¡El fetichismo del libro, de los intelectuales! ¿Podrán medirse los estragos que ha causado, sobre todo desde fines del siglo décimo octavo, el no querer distinguir entre libros buenos y malos y dar beligerancia a cuanto se presente en tipos de imprenta en tipos de imprenta? Esta ha sido la tesis del liberalismo”.

El papel de FET de las JONS fue también decisivo. Así, en 1938 el falangista Fernando García Montoto, furibundo partidario de la quema de libros, folletos, periódicos y de la eliminación física de sus autores en En el amanecer de España (Tetuán, Imprenta Hispana, 1938) denunciaba en estos términos las preversidades de ciertas obras:

“Significa que el libro y la prensa mal inspirados –verdaderamente estupefacientes del alma– habían intoxicado ya la conciencia colectiva, aletargándola. Significa, en fin, que el Enemigo estaba a punto de conseguir su objeto, de corromper la médula de un gran pueblo. Guerra, por tanto, al libro malo. Imitemos el ejemplo que nos brinda Cervantes en el capítulo sexto de su Obra inmortal”.

E incitaba a encender hogueras en todos los pueblos para destruir los libros envenenadores del alma popular:

“Y que un día próximo se alcen en las plazas públicas de todos los pueblos de la nueva España las llamas justicieras de fogatas, que al destruir definitivamente los tóxicos del espíritu almacenados en librerías y bibliotecas, purifiquen el ambiente, librándolo de sus mismas contaminadores. ¡Arriba España! ¡Viva Franco! ¡Viva España!”

La exhortación de García Montoto a hacer piras con los libros malignos fue seguida al pie de la letra por los falangistas que habían ocupado Madrid el 28 de marzo de 1939. Un mes después, el 30 de abril, tuvo lugar lo que el periódico Ya calificaba en su edición del 2 de mayo como “Auto de Fe en la Universidad Central”. Era la manera que tenía el Sindicato Español Universitario (SEU) de celebrar la Fiesta del Libro. El periódico nacionalcatólico reproducía el discurso que pronunció para la ocasión Antonio de Luna, catedrático de Derecho, que había permanecido en la ciudad durante la guerra formando parte de la Quinta columna. En 1940 fue apartado de su cátedra.

Don Antonio Luna comenzó su discurso con la lectura de un pasaje del Quijote y, finalmente, se leyó el acta del auto de fe, redactada en rudos y rotundos términos: “Para edificar a España Una, Grande y Libre, condenamos al fuego los libros separatistas, los liberales, los marxistas, los de la leyenda negra, los anticatólicos, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos. E incluimos en nuestro índice a Sabino Arana, Juan Jacobo Rousseau, Carlos Marx, Voltaire, Lamartine, Máximo Gorki, Remarque, Freud y al Heraldo de Madrid. Prendido fuego al sucio montón de papeles, con alegre y purificador chiporroteo, la juventud universitaria, brazo en alto, cantó con ardimiento y valentía el Cara al Sol.

Francesc Tur https://serhistorico.net/2018/04/04/el–bibliocausto–en–la–espana–de–franco–1936–1939/

Un fascista posa satisfecho tras quemar libros en Tolosa, Gipuzkoa

De los Juegos Olímpicos hitlerianos de 1936 a la Copa del Mundo de Fútbol 2018

Afortunadamente, los diplomáticos británicos, viejos zorros del imperialismo, ya no son lo que eran. Su mejor ejemplo es el mentecato de Boris Johnson, cabecilla actual del Foreign Office que hace unos días comparó a Putin con Hitler y ha reincidido en otra comparación del mismo nivel: la Copa del Mundo de Fútbol de este año en Moscú con los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.

El 14 de marzo la Primera Ministra británica Theresa May dijo que ningún alto funcionario o miembro de la familia real británica viajaría a Rusia este verano para la Copa del Mundo de 2018.

El intelecto de los miembros del gobierno de Londres no da para más. Cuando la semana pasada se lo contaron a Maria Sajarova, la portavoz de la cancillería rusa, volvió a responder de una manera ingeniosa, dando la vuelta al asunto. No hay tal equiparación: los diplomáticos británicos estuvieron presentes en los Juegos Olímpicos del III Reich pero no irán a la Copa del Mundo de Moscú.

Además de los representantes diplomáticos que en 1936 estuvieron presentes como parte de sus obligaciones, varios políticos y funcionarios británicos fueron allá por su propia voluntad, dijo Sajarova. “Conseguimos encontrar un folleto titulado ‘Los invitados de honor de los XI Juegos Olímpicos’. Lo tengo en mis manos. ¿Quién representó al Reino Unido en los Juegos Olímpicos de 1936?”, añadió la portavoz rusa, que leyó una lista de ocho asistentes.

“¿Qué hacían esos señores en casa de Hitler”, volvió a preguntar Sajarova. Era retórica: los británicos fueron a Berlín a mantener contactos con los dirigentes nazis.

“Las personas mencionadas participaron en eventos oficiales relacionados con los Juegos Olímpicos. Estaban en el estadio, estaban presentes en la ceremonia de inauguración. Habían mantenido contactos activos con funcionarios alemanes en Berlín”, resumió Sajarova.

A diferencia de los representantes del cuerpo diplomático acreditados en aquel momento en Alemania y presentes en los eventos deportivos como parte de sus funciones, “los miembros de la clase dirigente británica habían venido a Alemania por su propia voluntad”.

“Quiero destacar: en Berlín, en Hitler, en 1936, vinieron como representantes de la clase dirigente británica, como miembros de la Cámara de los Lores, como aristócratas. Quiero recordar que en 1936 Alemania todavía estaba envenenada por la ideología que conocemos”, dijo la portavoz, antes de recordar que el sistema de campos de concentración ya existía y que las leyes raciales de Nuremberg se aplicaban a quienes se oponían al régimen nazi, a los elementos que éste consideraba antisociales, etc.

Por razones políticas e ideológicas, la URSS no participó en los Juegos Olímpicos hasta 1952. Una de ellas fue la negativa del Comité Olímpico Internacional a tener contacto directo con la Unión Soviética, el mismo Comité Olímpico Internacional que había “apreciado mucho el nivel de organización de los Juegos Olímpicos de Berlín”, explicó Sajarova.

“Sr. Boris Johnson, ¿no le parece vergonzosa o nauseabunda la participación de tantos funcionarios británicos en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de 1936? Todas esas honorables personalidades británicas, esos señores, ¿qué hacían en la casa de Hitler? Explícaselo a tus ciudadanos”, concluyó Sajarova.

Los franquistas encarcelaron a más de un tercio de la población de León tras la guerra

Cuartel del Cid
En León más de una decena centros de detención recluían al menos 12.000 prisioneros tras la derrota republicana en la Batalla del Ebro, cuando vivían en ella unos 20.000 civiles y un par de miles de soldados.

Así lo desvelan unos informes de la policía franquista referentes a la investigación de una supuesta trama para liberarlos a todos. Es decir, más de un tercio de los habitantes de la capital leonesa estaban presos por la represión franquista.

Un informe, firmado por el jefe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia y fechado en 1941, se refiere a las sospechosas actividades durante la guerra del sombrerero Fausto Ríus García que vivía en la calle Ancha (ya llamada Generalísimo) del que se indica: “Ha sido dos veces detenido, la ultima por sus actividades sospechosas en unión de otros muchos de probada desafección al Régimen, con sospechas de que intentaban un levantamiento en León a base de los 12.000 prisioneros que había en las prisiones que se proponían libertar”.

Una cifra altísima para una ciudad con unos 20.000 civiles durante la guerra, de la que se sabe a ciencia cierta que tenía unos 30.000 habitantes en 1936, pero que tras dos años de guerra había perdido unos 10.000 habitantes: los jóvenes estaban fuera de ella movilizados en los distintos frentes o en ocupaciones de logística para los franquistas. Sólo habría que sumar a la cantidad de civiles (en su mayoría mujeres, mayores y niños de corta edad) un par de miles de militares entre los de los cuarteles, los guardias civiles y los mandos (oficiales y suboficiales) de la Legión Condor. Así, en aquella época León albergaba 34.000 almas, 12.000 de las cuales no eran libres (el 35 por ciento).

Lo sorprendente, y desconocido hoy en día por el tupido velo que se echó sobre aquellos acontecimientos, es comprobar dónde se situaban los centros de detención, clasificación e internamiento en la capital leonesa. Muchísima gente aún cree que sólo fue San Marcos, pero eso no era así, ya que había al menos tres o cuatro localizaciones más con miles de presos en las calles leonesas, y otros lugares en los que se procedía a retenciones más cortas e interrogatorios, o de los que aún se carecen de noticias fiables. Son datos extraídos de retazos de los archivos y de pocos conocidas declaraciones escasamente publicadas, ya que la investigación es extremadamente compleja al estar en paradero desconocido las versiones de los propios responsables carceleros y la forma tan vaga de definir lo que ocurría por parte de los franquistas.

La estructura de los centros de detención, clasificación e internamiento (también conocidos como campos de concentración) en León tenía entre tres y cuatro tipos distintos. Los más pequeños eran los propios calabozos de la comisaría en el edificio Zarauza donde estaba el Gobierno Civil (en las actuales calles de Padre Isla, Héroes Leoneses y mirando a lo que hoy sería Gran Vía de San Marcos) y del Cuartel de la Guardia Civil en la calle del Cid mirando a la plaza de San Isidoro; también habría que indicar el cuartel del Cid para los primeros días de cautiverio de mandos importantes del Ejército que quedaron en el bando republicano.

A estos se podrían añadir el Gobierno Militar (situado en lo que hoy es el Mercadona de Padre Isla), el propio Palacio de los Guzmanes, sede de la Diputación Provincial (a cuya primera planta se trasladó en abril de 1937 la Comisaría de Investigación y Vigilancia), y varios colegios de la ciudad que se usaron de forma provisional y durante muy poco tiempo como campos de clasificación; ya que algunos documentos se refieren a detenidos en ellos. Más de una decena de centros de internamiento en la ciudad, según ha podido descubrir en los archivos Francisco Javier Fernández-Llamazares.

Después estarían los campos de concentración con miles de presos preventivos sin sentencia y a la espera de liberación o juicio, como era el caso del Hospicio, Santa Ana o Ponce. “El hacinamiento insufrible, primero tras la caída del Frente Norte en octubre de 1937, y mucho peor tras la derrota republicana en la Batalla del Ebro entre agosto y noviembre de 1938, donde hubo que acondicionar o recurrir (independientemente de las instalaciones penitenciarias existentes) a instalaciones de la Diputación (entre ellas el Hospicio), a colegios como el actual Ponce (que era inmenso), fábricas abandonadas como la antigua de curtidos de Julio Eguiagaray, no la de Lescún como equivocadamente está publicado, y todo tipo de instalaciones militares”, explica el autor de “Crónicas de la burguesía leonesa, un episodio de la Guerra Civil en León” y “Los leoneses que financiaron a Franco”. De esos 12.000 presos muchísimos eran aragoneses y catalanes, tras la caída del Frente del Ebro, y asturianos de la del Frente Norte (y, por supuesto, leoneses, y de cualquier parte de España).

Un tercer tipo era la cárcel de Puerta Castillo. “Esa era la más seria, penitenciariamente hablando, no por dureza. Si te trasladaban allí sabías que lo más probable es que no fueras a morir paseado”, comenta Javier Fernández-Llamazares. “Los que estaban allí eran condenados con sentencia firme, y sabían lo que les podía esperar; en realidad tal y como andaba la cosa era, paradójicamente, un alivio para sus familias”. Allí había un alto porcentaje de presos leoneses porque eran de su propia jurisdicción.

Y luego está el ya demolido en los 60 Cuartel de la Fábrica, situado donde el Hotel Conde Luna y la actual Subdelegación de Defensa lo que fue el Gobierno Militar en la calle del General Lafuente, precisamente el comandante del Regimiento del Cid que se sublevó el 20 de julio de 1936. De éste edificio ha salido a la luz poca documentación que demuestre haber sido presidio de muchos reclusos, aunque queda mucho aún que investigar sobre él.

Lo que sí es también destacable era una de las mejores salidas para los reos de aquellos campos de internamiento y concentración: “Hubo un montón de batallones de trabajo, presos con condena firme que trabajaban realizando carreteras y todo tipo de obra civil para redimir condena y en condiciones más favorables que las del resto de presidiarios”, según el historiador y conservador del Archivo de la Banca Fernández-Llamazares.

Lo que se puede decir de lo descubierto por los investigadores, como Francisco Javier González Fernández-Llamazares es que San Marcos no era ni mucho menos el único centro de retención de la capital, por lo menos en capacidad. Sí que es cierto que pasaron muchos presos por allí (las cifras no oficiales ni demostradas hablan de entre 6.000 y 15.000 personas), pero porque este campo de concentración “servía principalmente, tras los primeros y terroríficos meses de la guerra entre paseos y fusilamientos, para clasificar a los detenidos y enviarlos a otros lugares”.

“En realidad San Marcos en 1937 tenía una capacidad de 600 presos, ya habían empezado a disponerse otros lugares como el Hospicio, el Colegio Ponce o la fábrica de Curtidos en Santa Ana —de la familia Eguiagaray; no hay que equivocarla con la de los Lescún, aunque es un error que se ha repetido demasiadas veces—, como campos de concentración de personas sin juicio”, apunta Fernández Llamazares. Para afirmar esto, se basa en el fragmento de una declaración de la causa 493/37 que encontró en el Archivo Intermedio de la Región Militar Noroeste mientras investigaba los encarcelamientos de los hijos de los propietarios de Almacenes Pallarés por parte de los militares sublevados:


“Que al médico Pallarés no le oyó decir ni una palabra, aunque lo pretendió, por ser uno de los que llevaba en cartera para sonsacarle. Que el Lenin [Modesto Pastor] era de muy malos antecedentes, hablaba siempre mucho contra los nacionales. Tiene el convencimiento el testigo de que estaban en combinación con los rojos y se hartaba de decir que el 1 de mayo [1937] iban a hacer en León la gran manifestación izquierdista. Que sobre este mismo plan podía seguir diciendo mucho, pero que no lo cree ya necesario, tanto ya cuando en su día se hizo extensa información que se entregó al teniente coronel jefe de los servicios de Orden Público [Ángel González Vázquez, quien había sustituido a Luis Medina Montoro]. Que ‘el del puño en alto’ [Ambrosio Santos] era también de muy malos antecedentes y se hartaba de hablar en el mismo sentido, siendo el  duplicado del anterior. Convencidos ambos de que a fines de abril entrarían los rojos en León para celebrar el 1 de mayo su triunfo, tenían la contraseña: ‘a morir’, a cuya señal se lanzarían los 600 presos a desarmar a los centinelas y a la calle con sus armas. Las salas todas se combinaban por medio de barberos, que eran los que traían y llevaban las contraseñas y noticias”.

San Marcos tenía seiscientos presos en el primer trimestre de 1937. ¿Qué había ocurrido si lo que se conoce según los estudios tradicionales allí estuvieron entre seis y quince mil presos? Para Javier Fernández-Llamazares la cosa está bien clara: “San Marcos era campo de concentración pero sobre todo de clasificación. Un lugar donde los presos esperaban a ser juzgados, y de ahí se les trasladaba tras la sentencia militar firme a otros penales: cárcel provincial en Puerta Castillo, Astorga, Valencia de Don Juan, San Simón en Vigo, el Monasterio de Celanova en Orense (donde hubo multitud de presos leoneses), o la espeluznante San Cristóbal de Pamplona entre otras. Por eso pasó tanta gente, pero en períodos relativamente muy cortos de tiempo, hasta que les llegara el juicio; o por desgracia el ‘paseo’ o el fusilamiento en los primeros meses”.

Además, Fernández-Llamazares calcula que ya en abril de 1938 podía tener más de dos mil: “Las instalaciones las iban ampliando y el hacinamiento, por otro lado y a pesar de que ampliaban instalaciones, crecía por momentos”. Lo que también es más que probable “a  falta de investigaciones más concretas”, es que el antiguo Colegio Ponce (que había sido la Escuela Normal de Maestras y en aquella época aún se conocía con ese nombre), el Hospicio y la Fábrica de Curtidos también tuvieron ampliaciones y un número bastante importante de reclusos que podrían superar el millar o millares dados los datos ofrecidos por las autoridades. “En realidad el número concreto en cada uno aún no lo sabemos. Lo sabremos el día que consultemos documentaciones en archivos militares, donde pueden aparecer listas y planos con el número de presos y metros cuadrados de las instalaciones”, reconoce.

Sobre el otro error de ubicar el campo de concentración de Santa Ana en la fábrica de los Lescún, Javier Fernández-Llamazares asegura: “Los Lescún y los Eguagaray estaban emparentados y tenían dos fábricas de curtidos seguidas en la calle Santa Ana: la primera era la de Lescún y la segunda de los Eguiagaray, que eran primos carnales. Pero la que utilizaron para campo de concentración fue la de los Eguiagaray, y ampliaron el campo con terrenos aledaños que también eran de los Eguiagaray y los rodearon con alambre de espinos, no sólo los presos estaban dentro de lo que era la fábrica de curtidos”.

“Se publicó que era la de los Lescún, pero es falso por la sencilla razón de que la fábrica de los Lescún estuvo operativa durante la guerra fabricando suelas y botas para el ejército como demostré en mis libros, aportando facturas de la requisa. Está claro que no se puede fabricar y tener presos al mismo tiempo y en el mismo recinto”.

Las cifras de víctimas relacionadas con esta represión que se estiman en San Marcos son enormes, aunque quizás necesiten una revisión con más documentación al salir a la luz la existencia de estos otros centros de internamiento. Según algunos historiadores, 791 de los detenidos que pasaron por allí fueron puestos ante pelotones de ejecución, 1.563 desaparecieron paseados y otros 598 murieron por diferentes razones, fueran enfermedades o torturas. Casi unas 3.000 personas en la ciudad de León. De ser precisas estas cifras, más de la mitad de todos los que se estimaron en 2008 que fueron represaliados en la provincia por las Asociaciones de Memoria Histórica: 5.800.

“De lo que no me cabe la menor duda es de que las muertes reales son superiores a las publicadas y de que los leoneses presos en San Marcos fueron muchos más que los que aparecen en las listas. Sencillamente, hubo cientos de leoneses de la capital que fueron retenidos en San Marcos, pero al no habérseles abierto proceso, no figuran en lista alguna”, explica el historiador especializado en la Guerra Civil en la ciudad. “Además hay que tener en cuenta que los estudios que se han hecho sobre San Marcos han fallado también en el listado de las personas que estaban presas, porque incluyen hasta los visitantes que iban a llevar comida y ropa y a hablar con los que sí estaban allí recluidos”.

“Es evidente cuando en el listado de entradas se ve a una señora que, días después, firma algunas órdenes en el Banco de Bilbao explicando que lo ha de hacer porque un familiar suyo está preso allí: si estuviera encerrada sería imposible que pudiera comunicarse con el banco. Y no es el único ejemplo, queda mucho que precisar y corregir sobre la cantidad de gente que estuvo en San Marcos. Pero es que no es fácil unir todas las piezas. Eso sí, allí pasaron cosas terribles, y lo que es verdad es que el Hospicio, el viejo Ponce y la fábrica de Curtidos de Santa Ana fueron bastante más grandes en número de presos de lo que se cree y peores respecto a las condiciones de hacinamiento durante más tiempo, cosa que se agravó al final de la Guerra porque ya no cabían más soldados capturados de la República. Y cada vez llegaban más según se iba hundiendo el frente republicano”.

León, al haber estado desde el principio en el bando franquista, y ser el nudo de comunicaciones del noroeste, se convirtió en uno de los nodos de clasificación y encarcelamiento de los republicanos capturados durante la Guerra una vez pasados los primeros meses de represión mortal. Y las cifras que se van descubriendo en los archivos oficiales y privados lo demuestran.

El número de personas despojadas de libertad por causa de la guerra en la provincia es seguramente aún mayor si se suman los campos y cárceles de Astorga, Valencia de Don Juan y Ponferrada y los batallones de trabajos forzados; y más aún las personas que pasaron por el territorio provincial para terminar en otros presidios. Conocer esos datos, que pueden ser de decenas de miles de presidiarios, queda por certificar en los archivos. Aunque es posible que no se conozca nunca con precisión.

Lo más curioso de toda esta historia, es que la investigación en la que se descubre la cifra oficial de 12.000 presos, la que acusaba a varios leoneses de conspirar para “intentar un levantamiento en León para libertar a los prisioneros” se saldó con el cierre del rollo judicial sin acusados en firme. Ni los jueces se lo creyeron, pero la cifra de los falsos acusadores sobre los presos en la ciudad más real no podía ser si querían convencer a los magistrados de meterlos a buen recaudo. Mentiras que escondían una terrible verdad, que evidencia la absoluta arbitrariedad de los franquistas a la hora de enviar a miles y miles de personas a un infame cautiverio.

https://www.ileon.com/historia/084043/mas-de-un-tercio-de-los-habitantes-de-leon-capital-eran-prisioneros-en-1938-y-1939

El apoyo del franquismo a los submarinos nazis durante la Segunda Guerra Mundial

Manuel Moncada Lorén

El franquismo ayudó a los submarinos nazis, que utilizaron los puertos de Vigo y Ferrol como centro logístico en el transcurso de la Batalla del Atlántico durante la Segunda Guerra Mundial.

Existen al menos 23 casos documentados de abastecimiento de sumergibles alemanes en Galicia entre 1940 y 1942, período en el que las manadas de lobos comandadas por el almirante Dönitz convirtieron el Atlántico en un abismo insalvable para los mercantes aliados.

Junio de 1940. Toda Europa se encuentra bajo el dominio del Eje. Tras desatar la Blitzkrieg (guerra relámpago) desde Polonia hasta Francia, Adolf Hitler contempla el canal de la Mancha, obstáculo tras el que se encuentra su siguiente objetivo: Londres.

Mientras ordena el inicio de los preparativos para la Operación León Marino (nombre que recibe el plan para la suspendida invasión de Inglaterra), Hitler libera sus manadas de lobos U-Boote desde los ocupados puertos franceses de Brest, Lorient, Saint-Nazaire y La Rochelle con el objetivo de asfixiar al Reino Unido destruyendo sus rutas de suministro marítimo.

Los puertos de la costa occidental francesa ofrecían a los submarinos alemanes una salida estratégica al corazón del Océano Atlántico. Allí, los sumergibles germanos actuaron impunemente contra los convoyes aliados en lo que se conoció como “tiempo feliz” para los U-Boote hasta 1942, año en el que los aliados perfeccionaron el uso del sonar, el radar y las cargas de profundidad.

La Península Ibérica había ido ganando importancia en los planes de Hitler y veía a España como un posible aliado para acabar con el dominio británico en los océanos. Una alianza con Franco ofrecía la posibilidad de atacar Gibraltar por tierra y poner un candado en el Mediterráneo para la Royal Navy. Esta idea llevó al führer a tratar de convencer al dictador español para que entrara en la guerra del lado del Eje.

La entrevista de Hendaya entre el general Franco y Adolf Hitler celebrada en octubre de 1940 no cambió mucho las cosas: Franco permanecía en su ambigua neutralidad, pero autorizaba el uso de los puertos españoles en el Atlántico por parte de los submarinos de la Kriegsmarine (Marina de guerra alemana) y el reclutamiento de una fuerza expedicionaria de voluntarios que combatiría en Rusia al lado del III Reich. La conocida en España como División Azul.

El almirante Karl Dönitz, máximo responsable de la guerra submarina del III Reich, formuló la estrategia puesta en práctica con éxito en el Atlántico, el ataque en manada o rudeltaktik.

La palabra alemana rudeltaktik describe la naturaleza de la táctica, en la que un gran grupo de submarinos o rudel (manada en alemán) ataca un convoy. Los mercantes ingleses, víctimas habituales de esta táctica, popularizaron el término en inglés wolf pack, o manada de lobos.

De igual forma, las formaciones de submarinos alemanes atacaban coordinadamente las rutas de convoyes en medio del Atlántico, causando estragos en las líneas de suministro aliadas durante la primera mitad de la Segunda Guerra Mundial, época en la que los mercantes aliados navegaban sin escolta.

El submarino alemán Tipo VII C fue el sumergible más utilizado por la Kriegsmarine en las operaciones de acoso de las rutas de suministro aliadas.

Lejos de los puertos aliados y fuera del alcance de los aeródromos, el Atlántico central se convirtió en un campo de tiro de buques mercantes para los silenciosos submarinos, que entre junio y noviembre de 1940 hundieron 1.600.000 toneladas de barcos y suministros vitales para el esfuerzo de guerra británico.

En previsión del apoyo logístico necesario para desarrollar la guerra submarina en el Atlántico, el alto mando de la Kriegsmarine había ordenado el despliegue de buques cisterna y barcos mercantes en puertos estratégicos de la costa atlántica española antes del estallido de la guerra.

Entre 1940 y 1942, hasta 23 submarinos alemanes utilizaron los puertos españoles para abastecerse gracias a los barcos mercantes amarrados allí previamente. El inicio de las hostilidades ofreció la excusa perfecta a los mercantes alemanes para permanecer anclados en los puertos gallegos y servir como buques de suministro para los submarinos.

Los mercantes alemanes Max Albrecht (fondeado en la ría de Ferrol) y Bessel (anclado en Vigo), ofrecieron apoyo logístico a las tripulaciones de los sumergibles germanos que volvían del combate en alta mar.

Estos barcos suministraron combustible, torpedos, raciones de comida y agua a los sumergibles, pero los españoles también asistieron a los alemanes heridos además de colaborar en reparaciones de emergencia, como la que tuvo lugar en el puerto de Ferrol el 12 de junio de 1942.

Tras haber resultado averiado en una incursión de bombarderos navales aliados, el submarino alemán U-105 fue remolcado por el personal de la Armada y puesto en dique seco para su reparación. Después de su puesta a punto volvió al puerto francés de Lorient, del que había partido originalmente.

La historia de los países que ante un conflicto bélico internacional han declarado su neutralidad o han asumido un papel de no beligerancia, destaca por la cantidad de veces que estos países supuestamente ajenos a la contienda han contribuido de forma más o menos evidente al esfuerzo de guerra de los bandos contendientes.

La situación privilegiada del noroeste peninsular como punto desde el que asaltar las rutas comerciales aliadas, ofreció a las manadas de lobos alemanes un enclave estratégico donde reabastecerse y constituye un ejemplo menos conocido de la contribución española al esfuerzo bélico del Eje durante la Segunda Guerra Mundial.

http://www.nationalgeographic.es/historia/2018/03/galicia-la-guarida-espanola-de-los-lobos-de-hitler

A 42 años del golpe criminal del general Videla en Argentina

Darío Herchhoren

Se cumplen 42 años del golpe criminal dado por las fuerzas armadas argentinas que abrió las puertas  del infierno para millones de mis compatriotas.

Como he sido testigo y víctima de esos hechos voy a expresarme en primera persona.

La muerte del General Perón siendo presidente de la República Argentina, y su reemplazo por su tercera esposa, que era a la vez la vicepresidente de la Nación, implicó la remoción del último obstáculo para que la derecha peronista se hiciera con las riendas del gobierno en alianza con sectores fascistas y con la anuencia de la gran patronal.

En paralelo a ello, nunca en la historia moderna de Argentina, los sectores populares habían acumulado tanto poder, y las organizaciones armadas Montoneros y Ejército Revolucionario del Pueblo llevaban acciones militares contra personas y entidades representativas de la gran burguesía.

La lucha de clases nunca había sido tan violenta como en esos años.

En respuesta a ello, aparecieron grupos fascistas como la Triple A, que ejecutaron a un gran número de militantes destacados de los sectores más comprometidos de la izquierda, y es así como fueron asesinados los diputados Rodolfo Ortega Peña y Alejandro Betanin y su esposa.

El clima de violencia que se respiraba en el país era el anuncio de que algo muy grave estaba por ocurrir. Y ocurrió.

El día 24 de diciembre de 1975, los representantes de las fuerzas armadas Joge Rafael Videla por el ejército, Emilio Eduardo Massera por la marina de guerra y Orlando Ramón Agosti por la fuerza aérea, se presentaron ante la presidente María Estela Martinez de Perón, y le dieron un plazo de tres meses para «pacificar» el país, y le advirtieron que de no hacerlo lo harían ellos.

Ello puso en marcha el reloj y fue la señal para que los sectores más cercanos al «partido militar» comenzaran a acelerar la situación para calentar el ambiente.

Comenzaron los desabastecimientos, los aumentos de precios de artículos de primera necesidad, los «ajusticiamientos» extrajudiciales; y la guinda  del pastel fue el fusilamiento de once «subversivos» en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Más tarde se supo que los supuestos «subversivos» eran once mendigos que estaban detenidos en comisarías de policía.

Estos crímenes ocurrieron el día 23 de marzo de 1976, víspera del golpe del día 24 de marzo de 1, y sirvieron de acelerador para algunos militares dubitativos.

En esos tiempos yo era abogado de una revista política que estaba en ciernes, que se llamaba Información, y que ya había lanzado un número cero, y que había previsto poner a disposición del público el número uno el día 24 de marzo de 1976, día del nefasto golpe.

En esa condición, yo tenía contacto con muy diversos periodistas  y corresponsales extranjeros.

Uno de los corresponsales extranjeros era el de la empresa alemana DPA (Deutsche Presse Agentur) que entrevistó unos días antes del golpe a un general de apellido Toscano, que era el jefe del IV ejército con sede en la ciudad de Rosario. Este jefe militar le confirmó que el golpe sería el 24 de marzo. Este mismo corresponsal al cual acompañé el día del golpe a la Plaza de Mayo, quiso acceder a la Casa de Gobierno (Casa Rosada), y fue interceptado por un capitán de la marina de guerra que le informó «que hay total libertad de  prensa, pero de la mitad de la plaza (Plaza de Mayo) para allá».

Una de las muchas cuestiones que mostraba el golpe era la total falta de sigilo de los golpistas, que se jactaban de sus preparativos.

Yo acostumbraba a almorzar en compañía de otros abogados y compañeros de militancia en un restaurante de la calle Tucumán, frente al Palacio de Justicia que se llamaba «Usía», y veíamos al futuro ministro de economía de la dictadura y uno de los mayores depredadores y saqueadores del país José Alfredo Martinez de Hoz, como en voz alta para que se le escuchara bien estaba formando su «equipo» de gobierno, y uno de ellos era Guillermo Walter Klein, que fue su subsecretario, y que al igual que Martinez de Hoz eran hombres de confianza de los bancos Morgan Stanley y Chase Manhatan Bank y del FMI.

Pero para poner en práctica una política económica de saqueo, robo y desfalco; y en definitiva hundir a las clases más pobres en más pobreza hacía falta una política represora sin límites, y como hacía falta se puso en práctica.

La dictadura es la responsable directa de la muerte de 35.000 personas, cifra que algunos organismos de derechos humanos ascienden a 50.000. Una enorme cantidad de estas personas permanecen desaparecidas, y seguramente nunca aparecerán.

Pero al acabar la dictadura, a consecuencia de la derrota militar de Malvinas, el gobierno de Raúl Alfonsin intentó procesar a los responsables y lo logró a medias. Muchos de ellos fueron procesados y condenados, pero Carlos Menem los indultó y recuperaron la libertad. Fue el gobierno de Néstor Kirchner que declaró nulos esos indultos, y los responsables fueron encarcelados y cumplieron y cumplen graves y largas condenas, algunas de ellas de prisión perpetua. Muchos de ellos han fallecido, y ahora el gobierno de Macri, que practica la misma política económica de la dictadura, se está planteando «atenuar» esa prisión convirtiéndola en prisión domiciliaria, que en la práctica es una no prisión.

Hay que recordar que la dictadura puso en marcha una máquina de terror como nunca se había visto. La aplicación de torturas tales como la electricidad en los genitales, la introducción de ratas vivas en las vaginas de las prisioneras, los vuelos de la muerte arrojando vivos al mar a los prisioneros previamente sedados, el ahogamiento, la cremación en masa y los fusilamientos, el robo del patrimonio de los presos, la apropiación de niños recién nacidos, fueron puestos en práctica por militares y policías que previamente fueron «alumnos» de la Escuela de las Américas, y que además fueron aleccionados por el coronel Beaufré «profesor» de la escuela francesa de represión en Vietnam y en Argelia en cursos impartidos en Buenos Aires en la Escuela Superior de Guerra, la escuela donde según sus estatutos se aprende a «defender la patria».

Todos estos acontecimientos han vacunado al pueblo argentino que a día de hoy rechaza en forma abrumadora toda posibilidad de volver a esas prácticas, y se prepara para recordar a los criminales y sus actos a 42 años de sus crímenes con grandes manifestaciones en todo el país, pero también contra su actual gobierno, que aplica sus mismos métodos económicos, que llevan inevitablemente a aplicar su misma represión.

Suiza concedió un préstamo millonario a Franco en plena Guerra Civil

Manifestación en Suiza de apoyo a la República
Muchos años antes de que la exdiputada de la CUP Anna Gabriel se refugiase en el paraíso de los evasores fiscales y los jerarcas nazis, los mandamases del país que es sede de la ONU se pasaron por “el Milka” la tan cacareada neutralidad suiza para realizar un préstamo millonario a Francisco Franco.

Además, Suiza fue el segundo país en reconocer al régimen franquista, unas semanas después de la conquista de Barcelona  y antes de que la guerra hubiese finalizado.

En una una entrevista, concedida a Rodrigo Carrizo Couto para Swissinfo, el periodista e historiador suizo Ralph Hug, especializado en la Guerra Civil española y el papel que Suiza y los voluntarios suizos tuvieron en la contienda, desveló que la Schweizerischer Bankverein (Sociedad de Bancos Suizos) concedió a Franco y los suyos un crédito por valor de 12 millones de francos suizos en octubre de 1938. Esta entidad, según Ralph Hug es “el ‘abuelo’ del actual UBS”.

La concesión de este pastizal buscaba conseguir un buen posicionamiento a la hora de obtener importantes ventajas económicas gracias a establecer lazos tempranos con la España franquista. Vamos, rascar la espalda a la bestia parda para hacer negocios en el futuro. Veamos la explicación de Hug:

“Si la política oficial de Suiza era la neutralidad, en los pasillos la realidad era muy distinta. En la contradicción evidente entre intereses económicos y valores democráticos, no es difícil ver cuáles pesaron más. En teoría, Suiza siempre ha defendido valores democráticos, pero en las sombras es evidente que se han ayudado a regímenes autoritarios y antidemocráticos”.

Exacto, quedaba casi medio año para el final de los combates. El 1 octubre de 1938 Negrín había impulsado una reorganización de las fuerzas militares de la República, llamando a filas a los reservistas de 1923-1926. El 28 de octubre las Brigadas Internacionales desfilaron por Barcelona, despidiéndose antes de abandonar España. El día 30 de octubre, Franco (con el dinero de los suizos ya a buen recaudo), lanzaba la “contraofensiva final” en el Frente del Ebro, pero la guerra no terminaría hasta el 1 de abril del año siguiente. Suiza realizó el préstamo seis meses antes de que la República fuese derrotada.

Evidentemente, las posiciones de cabeza en el infame ranking de los primeros países en reconocer diplomáticamente a Franco como líder legítimo del procés nacional-católico, las ocuparon la Italia fascista y la Alemania nazi. La medalla de bronce la obtuvo el Vaticano, y la pedrea se la quedaron los países que formarían posteriormente el Eje, la alianza de potencias fascistas. Japón, Hungría, Bulgaria y varios otros. Tras todos estos regímenes dictatoriales, llegaron la muy católica Irlanda y (el 14 de febrero de 1939) la virginal Suiza, una de las democracias más antiguas del mundo.

El ideólogo del reconocimiento suizo al gobierno ilegítimo español fue Giuseppe Motta, consejero federal durante nada menos que 29 años, desde 1911 hasta 1940 (a eso se le llama tenerle cariño al asiento), que era un nacionalista conservador con fuertes simpatías por el fascismo de Mussolini y el general Franco. Siendo ministro de exteriores, leemos en Swissinfo, utilizó los tendenciosos informes del embajador suizo en Madrid para “demostrar” que los republicanos tenían cuernos, rabo, comían niños pijos para desayunar y olían a azufre.

El reconocimiento de Franco realizado por el gobierno suizo fue incomprendido por la sociedad civil suiza y los medios de comunicación hablaron de “reconocimiento prematuro”. La izquierda suiza protestó, señalando que no había ninguna necesidad de reconocer a Franco antes que la guerra terminase. Pero, claro, la cosa ya estaba hecha y santa rita, rita, rita, lo que se da…

De los cerca de 800 voluntarios suizos que defendieron la II República española luchando contra el fascismo, 420 fueron condenados a varios meses de prisión al volver a Suiza, siendo privados de sus derechos cívicos.

Acababa el tiempo de los idealistas y llegaba el de los pragmáticos, el de que bancos, aseguradoras, compañías industriales o eléctricas del país alpino recuperasen el crédito concedido.

Los brigadistas suizos represaliados no fueron rehabilitados hasta 70 años después del fin de la Guerra Civil española, en 2009.

http://blogs.publico.es/strambotic/2018/03/francos-suizos-para-franco/

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies