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Efecto Gamonal: el ejemplo de una lucha popular exitosa cumple cinco años

Este 10 de enero de 2019 se cumplen cinco años desde que el barrio burgalés se levantó en armas contra el proyecto del bulevar de la calle Vitoria. La revolución popular acabó en revuelta callejera pero convertida en un referente de la protesta ciudadana

Los antecedentes estaban ahí, frescos aún en la memoria de la ciudad. Gamonal ya se ha había levantado en 2005 contra la construcción de un aparcamiento subterráneo en Eladio Perlado. Sin embargo, a casi nadie se le pasó por la cabeza que el proyecto del bulevar de la calle Vitoria, en el que se incluía un aparcamiento, iba a acabar del mismo modo, con una sublevación popular reconvertida en revuelta callejera. Y mucho menos que Gamonal ascendería a referente de la protesta ciudadana.

Todo comenzó con una movilización pacífica de los vecinos del barrio burgalés, cuando aquel 10 de enero de 2014 se iniciaban las obras para transformar la calle Vitoria en un bulevar de dos carriles de circulación, con amplias aceras, zonas ajardinadas y espacios infantiles. En el subsuelo se iba a construir un aparcamiento, con 254 plazas de garaje, que saldrían a un precio de 19.200 euros, pero no de venta sino de concesión a 40 años.

El proyecto no convencía a los vecinos, quienes consideraban que no era el momento de invertir 8 millones de euros en una reforma que iba a mejorar muy poco la calidad de vida del barrio y que, además, no solucionaría el principal problema: la falta de aparcamiento. Al contrario, lo agravaba. Y así se lo habían expresado al Ayuntamiento de Burgos, a través de solicitud de reuniones, pero sin éxito. Así que en la tarde de aquel viernes de enero, desafiando al frío, salieron a la calle a protestar.

Y lo que empezó como una manifestación pacífica acabó en batalla campal. Con la calle Vitoria en obras, y una importante zanja a la altura de San Bruno, que sería epicentro de futuras concentraciones y donde nacería el #efectogamonal, la noche del 10 al 11 de enero fue la primera de cuatro sesiones consecutivas de disturbios.

Contenedores en llamas volcados en mitad de la calle; mobiliario urbano destrozado; lunas de entidades bancarias reventadas; piedras y botellas volando; carreras y detenciones policiales… La calma llegó de madrugada, pero a primerísima hora de la mañana ya había vecinos en la “zona cero”, para impedir la entrada de las máquinas de la adjudicataria de las obras, la UTE Bulevar Calle Vitoria (formada por Copsa y Aroasa, esta última propiedad de Arranz Acinas).

En esa “zona cero” fue donde, en días sucesivos, se iba informando a los vecinos sobre la revuelta: los detenidos, las reacciones del Ayuntamiento, las acciones de protesta a llevar a cabo. Se hicieron manifestaciones hasta la Comisaría de Burgos para exigir la liberación de los detenidos (cuya cifra alcanzó el medio centenar durante todos los disturbios) y, como ocurriese el primer día, al finalizar las mismas en la calle Vitoria volvían los altercados.

Con Burgos convertido en el foco de la noticia, incluso internacional, el alcalde Javier Lacalle salió a los medios de comunicación el domingo, condenando la violencia y ratificándose en la intención del Ayuntamiento de continuar con el proyecto. Y Gamonal volvió a registrar disturbios esa noche del 12 de enero. También la del lunes 13 y, ya el martes, el alcalde tuvo que claudicar y paralizar temporalmente las obras para abrir un periodo de reflexión, afirmó..

Para entonces, el #efectogamonal era ya era imparable. Burgos seguía abriendo informativos, ocupando portadas de periódicos y ofreciéndose como modelo del hartazgo ciudadano ante una clase política que, en plena crisis económica, no tenía problemas en recortar servicios y acusar a los ciudadanos de vivir por encima de sus posibilidades, mientras proyectaba obras faraónicas con la vista puesta en las elecciones de 2015.

Así que, finalmente, Javier Lacalle decidía dar carpetado al proyecto del bulevar de la calle Vitoria, decretando el viernes 17 de enero la suspensión definitiva de las obras. “Hemos entendido el mensaje”, afirmaba en su comparecencia a los medios, y pedía que la calma volviese a Gamonal; que los ciudadanos regresasen a sus casas pues las únicas máquinas que iban a volver a entrar en la calle Vitoria lo harían para cerrar la zanja de la discordia.

Y así sería días más tarde, cuando se comenzaron los trabajos para cerrar la zanja, dando por olvidado un proyecto que le costó al Ayuntamiento 274.000 euros, la cantidad pagada a Copsa y Aroasa en concepto de beneficio industrial. No hubo indemnización por la rescisión unilateral del contrario, y eso que la UTE llevó a pedir más de 1,6 millones de euros, pues esta se ajustaba a derecho.

A esa cantidad se suman los 240.000 euros de la redacción del proyecto, encargado a MBG Ingeniería y Arquitectura, empresa propiedad de la familia de Antonio Miguel Méndez Pozo (Grupo Promecal, Inmobiliaria Río Vena), socio empresarial en numerosas ocasiones de Copsa, Aroasa y Arranz Acinas, las tres empresas ejecutoras del bulevar.

https://www.burgosconecta.es/burgos/bulevar-revolucion-popular-20190110170548-nt.html

136 víctimas del terror franquista en Zaragoza relatan su trágica experiencia

“La historia que me contaron en el instituto no tiene nada que ver con la que he conocido ahora, no era para nada consciente de lo que había pasado”, explica Ana Sebastián, una joven abogada que ha formado parte del equipo de diez letrados de ALAZ (Asociación Libre de Abogados de Zaragoza) que ha dedicado los últimos seis meses a recoger los testimonios de 136 damnificados por la sublevación franquista, la dictadura y la represión de los primeros años de la transición en la Oficina de Atención a las Víctimas del Franquismo que el ayuntamiento de la capital aragonesa puso en marcha a finales de junio.

Muchos de esos testimonios resultan estremecedores. Desde la octogenaria que recuerda con nombres y apellidos a quienes en el verano de 1936 se llevaron delante de sus ojos a su padre y a su tío, a los que nunca más vería, poco antes de que miembros de los regulares rifeños (los moros de Franco) violaran a una de sus primas, hasta los sindicalistas, comunistas y miembros de otras organizaciones de izquierdas que fueron torturados en las dependencias de la Jefatura Provincial de Policía, pasando por ciudadanos anónimos que corrieron la misma desdicha sin haber llegado a integrarse en ninguna organización opositora a la dictadura.

“Resulta gratificante ayudar a abrir esta caja de Pandora tan difícil de abrir”, explica Sebastián, a quien en estos meses de trabajo le ha impactado tanto “la cantidad de gente que no ha podido hablar de lo que sufrió y que ha vivido con miedo durante décadas” como conocer a “gente que fue torturada en la transición y que no ha podido ser reparada”.

“Han vivido siempre con eso, son hechos que han quedado impunes”, anota la abogada.

Esos 136 testimonios, todos sobre hechos ocurridos en el partido judicial de Zaragoza y en su práctica totalidad narrados en primera persona por sus víctimas directas, servirán de base para dos procedimientos penales cuya finalidad es quebrar la impunidad de los crímenes del franquismo: por una parte, la presentación de una querella en los juzgados de Zaragoza antes de que termine este mes y, por otra, la unión de los relatos a la querella contra altos cargos del franquismo que desde hace diez años instruye en Argentina la jueza María Salvini.

Los hechos relatados por las víctimas, localizados en Zaragoza ciudad (la mitad) y en pueblos como Belchite, Fuentes de Ebro, Leciñena, Magallón, La Puebla de Alfindén o Quinto de Ebro, serían técnicamente constitutivos de delitos de asesinato y de desaparición forzada en concurso con genocidio y de torturas en concurso con crímenes contra la humanidad, según estiman los abogados de ALAZ.

“Son crímenes imprescriptibles que los poderes del estado español tienen la obligación de perseguir conforme vienen reiterando el Comité de Derechos Humanos, el relator especial de para el Derecho a la Verdad, la Justicia, la Reparación y las Garantías de No Repetición y el Grupo de Trabajo contra las Desapariciones Forzadas, todos de la ONU, y los demás organismos internacionales con competencias sobre la materia”, señalan fuentes de ALAZ, que consideran que en este caso, como vienen sosteniendo numerosas instancias supraestatales, no serían de aplicación los efectos exoneradores de la Ley de Amnistía de 1977.

Los abogados han trabajado en coordinación con los equipos jurídicos y de atención psicosocial de entidades como el Grupo de Acción Comunitaria, la Asociación Pro-Derechos Humanos de España y Ceaqua, con el Instituto Vasco de Criminología, con investigadores de la Universidad de Zaragoza y con asociaciones memorialistas.

El equipo jurídico está trabajando ahora en la calificación jurídica de los hechos que contiene cada relato y en la identificación de los responsables directos y de quienes dirigían las instituciones a las que estaban vinculados los represores y los torturadores, que será contra quienes se dirija la querella.

“Las víctimas han señalado a más de veinte autores de torturas cometidas en los 70, hasta 1977”, indica Sebastián, que explica cómo, junto a las agresiones físicas, buena parte de los denunciantes sufrieron una represión económica en la que la confiscación de propiedades convivía con “multas vitalicias que les impedían crecer económicamente”. Ese tipo de medidas, señala, “entran dentro del tipo penal de los crímenes de guerra”.

De resultar probadas en sede judicial las torturas en la antigua Jefatura Provincial de Policía de Zaragoza que han denunciado varias de las 136 víctimas, daría lugar a la eventual catalogación del edificio, en el que hoy se ubica la Jefatura Superior de Policía de Aragón, como “lugar de memoria” en aplicación de los artículos 5.g y 20 de la reciente Ley de Memoria Democrática de la comunidad.

El primero otorga esa calificación a los “lugares de detención e internamiento” en relación “con la guerra y la dictadura franquista”, mientras que el segundo establece su integración “en el patrimonio cultural aragonés con la categoría que les corresponda en función de la normativa” y obliga a las administraciones titulares de los mismos a “colaborar” en la catalogación.

El 23 regula los “medios de difusión e interpretación de lo ocurrido” en ellos, con una señalización específica, y su incorporación a “los contenidos curriculares y a las actividades docentes en los niveles educativos correspondientes”.

La puesta en marcha de la Oficina de Atención a las Víctimas del Franquismo forma parte del proceso iniciado con la aprobación en el pleno de Zaragoza, a propuesta de Cha, con el apoyo de ZeC, la abstención de PSOE y C’s y la única oposición del PP, de la iniciativa de la querella.

Un total de 3.544 personas murieron en la capital aragonesa como consecuencia de la represión franquista, según las investigaciones del historiador Julián Casanova en su libro “Pasado Oculto”, que eleva a 8.523 los fallecidos por esa causa en toda la comunidad. No obstante, trabajos posteriores, como los de Antonio Peiró en Eva en los infiernos, llevan a situar por encima de los 12.000 esa última cifra.

Zaragoza forma parte de la Red de Ciudades contra la Impunidad Franquista, en la que se integran otras como Barcelona, Pamplona, Vitoria, Durango, Elgeta y Mondragon, que también han llevado a los tribunales tanto la represión como los bombardeos sobre población civil sufridos en sus términos.

https://www.publico.es/politica/memoria-publica-130-victimas-zaragozanas-franquismo-denuncian-torturadores-represores-asesinos.html

El enterrador de Paterna

Darío Herchhoren

Hace pocos días escuché en un programa de radio el relato que una hija hace de la labor de su padre, enterrador en el cementerio de Paterna, en la provincia de Valencia.

Según el relato de esa hija, su padre era un hombre de izquierda, que tras la guerra civil española de 1936 a 1939 consiguió a duras penas un trabajo de enterrador en el cementerio de Paterna, donde eran ejecutados por los fascistas, vencedores de la guerra los presos republicanos que en general eran militantes del Partido Comunista, o sindicalistas de la UGT, o antiguos alcaldes de pueblos que pertenecían a esos partidos, o maestros de escuela. Todos ellos, habían cometido el grave pecado de defender al gobierno legítimo de la República contra los facciosos fascistas.

Sigue relatando la hija que su padre antes de enterrar a los fusilados cortaba un trocito de la tela de algunas de sus prendas, o algún botón, y los guardaba en una caja para que si algún familiar reclamaba información sobre el lugar de su enterramiento el enterrador abría la caja y ese familiar podía reconocer si entre esos pequeños trozos de tela había alguno que perteneciera al fusilado.

Pero lo que realmente me causó una sensación espeluznante, fue una anécdota que esa hija contó. Dice que su padre, una vez retirado el pelotón de fusilamiento, se dio cuenta de que uno de los fusilados se movía. Inmediatamente buscó al cura que siempre estaba presente en los fusilamientos y con temor le contó lo que había visto. El cura le espetó entonces sacando una pistola y poniéndosela en la cabeza «tira rojillo que si no acabarás como esos tíos», y acto seguido se acercó al moribundo y lo remató en el suelo.

Hechos como este fueron frecuentes en la genocida guerra civil española. Recuerdo lo que contó un joven periodista portugués que entró en la plaza de toros de Badajoz, donde fueron picados y fusilados alrededor de tres mil quinientos prisioneros republicanos, y cuyos cadáveres fueron quemados en la misma plaza. Ese periodista que aún vive y tiene 90 años relató que ante el espanto que le produjo esa visión se acercó a un sacerdote católico, buscando una explicación sobre lo que había visto, y que el mismo le respondió «algo habrán hecho».

No es mi intención relatar estos actos de barbarie, sino resaltar el papel jugado por la iglesia católica en la contienda civil.

Hay infinidad de testimonios que nos cuentan como curas católicos remataban a los moribundos que no habían sido «bien fusilados», de monjas con pistolas que custodiaban a las presas republicanas.

La iglesia católica española es tan responsable de los crímenes franquistas como el propio Franco, y aún está por llegar el día en que esa iglesia pida perdón por esos hechos, y que la (in) justicia española se digne investigar sobre esas complicidades aberrantes.

Los rusos añoran la URSS más que nunca en los últimos años

El número de rusos que lamentan la desaparición de la URSS ha vuelto a alcanzar este año el máximo de la última década, según el centro de investigación de la opinión pública rusa Levada.

El número de encuestados que dijeron añorar la URSS no había superado el 61 por ciento durante la última década. Ahora el porcentaje ha subido al 66 por ciento. El año pasado fue del 58 por ciento.

Los que más suspiran por la URSS son los jóvenes de entre 18 y 24 años de edad, así como los mayores de 55 años. La desaparición del socialismo (52 por ciento), la pérdida del sentimiento de pertenencia a una superpotencia (36 por ciento) y el aumento de la desconfianza y la tensión mutua (31 por ciento), son los que preocupan principalmente a los rusos.

El apoyo a Stalin también es mayor que nunca y en las manifestaciones sus retratos son una constante. Más de la mitad de los rusos opina que el dirigente bolchevique desempeñó un papel positivo en la historia del país. El año 2016 fue declarado el “Año de Stalin”.

En pleno siglo XXI en Rusia se siguen construyendo numerosos monumentos a su memoria. Muchos de ellos son pequeños bustos. En algunas ciudades se ponen sus retratos Stalin en los autobuses y los vecinos los llaman “stalinobuses”, una práctica que se ha generalizado para celebrar del Día de la Victoria en la Segunda Guerra Mundial.

En Penza, a 640 kilómetros al sureste de Moscú, abrieron un Centro Stalin.

‘Abrí la fosa de mi padre con mis propias manos’

“Yo tenía 18 meses cuando fusilaron a mi padre. Mataron a ocho de mi familia. Los falangistas fueron a buscarles a las eras, al campo, donde estaban todos trabajando. Iban a por mi padre, querían tomarle declaración, dijeron. Pero mi abuelo dijo: ‘Donde va mi hijo voy yo’. Y su sobrino, lo mismo. Y así, se los llevaron a todos. Ya no les volvimos a ver”, recuerda Esperanza Pérez Zamora.

Acaba de cumplir 77 años y hace 35 estaba recorriendo pueblos, buscando pistas sobre el paradero de sus familiares para abrir las fosas donde se encontraban. Hoy, incluso el partido que tanto criticó la memoria histórica, ahora en el poder, apoya y planea subvencionar las exhumaciones. Pero entonces, cuando Esperanza Pérez empezó a hacerlas, justo después de la muerte de Franco, solo expresar en público el deseo de abrir las fosas del franquismo era peligroso.

“Muchos me insultaban. ‘Puta comunista’, me decían. O directamente, me cerraban la puerta en las narices en cuanto les decía por qué estaba allí. Todavía había mucho miedo. Solo me ayudaron mujeres en una situación parecida. Alguna me cogía de la camisa por el pecho, me metía dentro de su casa y me contaba en voz muy bajita lo que sabía. Una señora me dijo: ‘Subía la gente a ver a los muertos como en una procesión. Los habían dejado mal enterrados. Fue una vergüenza…”.

Esperanza tardó tres años en encontrar a todos sus familiares. “En el momento en que salió Adolfo Suárez, fui a por ellos. Mi marido, que es taxista, dejó de trabajar para llevarme de un pueblo a otro, a preguntar a la gente si sabía algo. Tenía que volver muchas veces a la misma casa para que me contaran cosas. Al principio estábamos muy solos, pero luego nos fueron ayudando familiares de otros fusilados”.

Esperanza tenía a sus familiares repartidos por varias fosas en distintos pueblos. El paradero de su padre se lo dijo el mismo asesino. “Me dijeron el nombre del falangista que le había matado y esa misma noche fui a verle. Era 1977. ‘Soy la hija de Juanón y sé que usted le dio el tiro a mi padre. Mañana a las nueve de la mañana más le vale que esté usted en las tierras que tiene en Villamuriel para que me diga exactamente dónde está enterrado’, le dije. Se quedó blanco. Al día siguiente se presentó allí con la Guardia Civil. Los agentes me pidieron un montón de papeles, pero al final, el asesino señaló el sitio”.

Esperanza abrió tres fosas en Villamuriel, cuatro en Villamediana, cinco en Magaz, dos en Valdespina y una en Valoria la Buena, todas en Palencia. “En total recuperamos unos 150 cuerpos. Teníamos una pala, un azadón y un cepillo. Pero todo lo hacíamos con las manos, con las uñas, un día y otro día, hasta que terminábamos. Luego metíamos los restos en sacos. La excavadora que utilizamos alguna vez, la pagamos a escote entre los familiares”. Aún guarda aquellas facturas. “Es lo mejor y lo más difícil que he hecho en mi vida. Pero fue muy duro. En la primera exhumación pensé que me iba a dar algo y que me iba a morir allí mismo yo también. Tener una calavera en la mano y pensar que es de tu padre es terrible. En Villamediana, por ejemplo, los restos estaban cubiertos de cal y las faldas de las mujeres se veían todas blancas. Aún conservaban larguísimas trenzas. También encontraba botas, cucharas, monedas…”.

Esperanza calcula que en total debió poner de su bolsillo un millón de pesetas. “Por cada cuerpo que sacábamos teníamos que pagar 1.000 pesetas al Ministerio de Sanidad, por eso no declaramos a todos. Entonces no había ADN y enterrábamos a muchos juntos. Vendimos los dientes de oro de uno y nos dieron 14.000 pesetas para seguir exhumando. Otro señor que se enteró de lo que estaba haciendo me dio 20.000 pesetas y así íbamos tirando. Era mucho dinero y muchos trámites: había que ir a la sede del Ministerio de Justicia a Madrid, y a Sanidad, y luego hablar con el alcalde del pueblo…”

En cuanto terminó las exhumaciones, se puso con las pensiones. “Empecé a buscar a viudas de fusilados para explicarles que podían pedir la pensión. A algunas les daba todo tanto miedo que no querían ni llevarse los papeles para no tenerlos en casa. ¡Y Franco ya había muerto! Otras no sabían escribir y para firmar tenía que llevarlas yo con la mano sobre el papel”.

En 1979 ya había terminado su misión, exhumado a sus familiares, celebrado dos funerales y enterrado a los fusilados en cementerios. “El día que terminé sentí mucha felicidad y mucha tristeza. Ese día le pude decir a mi madre: ‘Ya está’, y lloramos las dos todo lo que nos dio la gana. Me abrazó como nunca me había abrazado y solo por eso ya valieron la pena todos los malos ratos”, explica Esperanza. “Tuve muchas pesadillas. Por la noche, en la cama, me veía a mí misma dentro de una tumba, rodeada de huesos. Miedo creo que no tuve nunca. Cuando murió Franco, abrimos una botella de champán y luego me vine como una fiera a España a buscar a los míos. Entonces estaba en Bélgica. Todo lo que quedó de nuestra familia después de la guerra se había refugiado en otro país. Creo que he sido valiente. Y estoy muy orgullosa de haber hecho lo que hice”.

https://elpais.com/politica/2012/04/07/actualidad/1333834735_777733.html

¿Ha cambiado el fascismo?

Darío Herchhoren

Lenin enseñaba que el imperialismo es la fase superior del capitalismo. Pero al decir «fase superior» no quería decir con esto que el capitalismo se había superado, sino al contrario se había hecho más cruel, más rapaz y más feroz todavía.

Siguiendo ese concepto de Lenin podemos decir sin lugar a errar, que el fascismo es la fase superior del imperialismo. Las ideas fascistas no nacen en Italia con Benito Mussolini, sino en Francia,  son producto del pensamiento del marqués de Gobineau, qe asustado por las revoluciones populares francesas de 1844 y 1848, propone una serie de medidas para poner remedio drásticamente a tanto «alboroto». Posiblemente el reinado de Luis Napoleón estuviera inspirado en esas ideas.

Pero es recién con la llegada de Mussolini y sus camisas negras al poder en Italia en 1922, cuando el fascismo muestra toda una panoplia de medidas de tipo social, económico y político que lo caracterizan cabalmente.

El fascismo italiano suprime el derecho de huelga, la libertad de prensa, la libertad de sindicarse a los trabajadores, suprime los partidos políticos, y crea un remedo de poder legislativo que era el gran consejo fascista, donde se integraban los patronos y grandes empresarios, los «productores» (así se llamaba a los trabajadores), la iglesia católica, y los grandes de Italia (la vieja nobleza). No hay que olvidar que Mussolini era en realidad un primer ministro, y que en Italia había un monarca que era Victor Manuel II, de la dinastía Saboya.

El fascismo italiano al igual que el nazismo  alemán, desarrolló una economía planificada, al igual que lo hicieron los bolcheviques en la URSS, con la pequeña diferencia, de que tanto en el fascismo como en el nazismo, la mayor parte de los beneficios se los llevaba el capital privado, que se beneficiaba de la prohibición de huelgas y de los bajos salarios que se pagaban. Igual ocurrió en Alemania.

Pero hay algo que imprimía un carácter peculiar al fascismo y al nazismo, y era su defensa a ultranza del papel del estado en la economía. En esto eran intransigentes. Se trataba de un capitalismo de estado, donde el estado favorecía al gran capital, y a cambio este obedecía los mandatos del estado.

Es decir, que el estado fascista, el estado nazi y también más luego el estado impuesto en España por la falange y el nacional catolicismo eran fuertemente intervencionistas en la economía de sus respectivos países.

Estas eran las señas de identidad de los regímenes fascistas europeos sin excepción. Así fue en Italia, en Alemania y en España aunque en este último país, esa política se hizo más débil a partir de la entrada del Opus Dei en los círculos de poder del franquismo.

Pero en la actualidad, las ideas fascistas imperantes en Europa se han modificado y han perdido un elemento fundamental, que es el carácter «romántico» que les imprimía un sello particular. Ya no se habla de ideas vaporosas como «una unidad de destino en lo universal» (así llamaba Primo de Rivera a España), ni se habla de «caminos imperiales», ni en Italia donde ahora gobierna una rara amalgama de fascistas y una sedicente izquierda se habla del «mare nostrum», ni sus gobernantes aparecen con el águila imperial, ni en España aparece el «águila de San Juan». No nada de eso: Ahora el fascismo que nos acecha se ha entregado totalmente al imperio yanqui; un imperio ya en decadencia, que ha perdido su supremacía económica a manos de China, y que va perdiendo su supremacía militar a manos de Rusia. Ya el estado ha vuelto a lo que se llamó el estado gendarme, y el fascismo ahora es liberal en lo económico.

Aquí volvemos a lo que enseñaba Karl Marx: La historia se repite dos veces; una vez como tragedia y otra vez como farsa. El fascismo ya no es lo que era; ya no tiene la capacidad que tenía de hipnotizar a las masas, ni de entusiasmar a la chusma. Ahora sus consignas causan hilaridad. Pero estemos alerta, el fascismo sigue siendo peligroso y criminal.

¡Vivan las cadenas y mueran los negros!

Juan Manuel Olarieta

Lo único que no se le puede reprochar a la reacción española es que no sea fiel a sí misma desde hace siglos, al menos desde la Contrarreforma, algo que no se puede predicar de los “progres” ni de los posmodernos, tipo Errejón, que nunca sabes si son carne o pescado, pero de quienes no cabe duda que no son lo que dicen ser.
Desde la Inquisición, los reaccionarios hispánicos se gustan a sí mismos y no admiten cambios que no sean para echar el freno y regresar al pasado, cuanto más pasado mejor. Por eso España es una galaxia con mucho pasado y ningún futuro… si las cosas siguen como hasta ahora, o sea, si no hay una revolución.
Cada vez que en España ha caído la monarquía, a la reacción no le ha importado desatar una guerra civil y matar a cuantos ha sido necesario.
La diferencia es que antes no le importaba reconocerlo, mientras que ahora se ha vuelto hipócrita.
Los progresistas españoles (los de verdad, no la bazofia “progre” de ahora) siempre tuvieron que apoyarse en un desmoronamiento del Estado para empujar la historia hacia adelante.
Así ocurrió hace 200 años, cuando Francia invadió la península y los liberales (hoy denostados) aprovecharon para publicar la primera Constitución, de la que se desprendía una agradable sorpresa: los españoles tienen derechos (los mismos derechos).
Aquello no gustó nada a la reacción cavernaria, que acusó a los liberales de “negros”, es decir de lo peor que se le podía tildar a alguien en aquella época. Hoy los llamarían “terroristas”.
En aquellos tiempos la reacción no disimulaba; no le gustaba la libertad (de los demás), ni tampoco los derechos (de los demás). Su consigna era “¡Vivan las cadenas!” porque eso es lo que siempre han pretendido: poner cadenas (a los demás).
Hoy la cosa no ha cambiado. España ha cumplimentado su regreso al pasado y estamos otra vez en el mismo agujero del que nunca hemos logrado salir, en 1939, que es la fecha preferida por la reacción actual.
Lo único que ha cambiado son las invocaciones y la retórica. Hoy todo se hace en nombre de la constitución, la libertad y los derechos. También oigo hablar mucho de un concepto que hace 200 años era subversivo: la nación.
Lamentablemente hay quien cree que la nación es un concepto reaccionario, mientras que otros creen que es algo ahistórico, por encima de la historia o que siempre ha existido.
Pues bien, si hace 200 años la reacción española gritaba “¡Muera la nación!” es porque la nación (española) tenía un contenido subversivo, ligado a la eliminación de los privilegios feudales y a un programa revolucionario como la milicia nacional, es decir, al armamento del pueblo, e incluso al patrimonio nacional, o sea, la expropiación de los bienes del rey para entregárselos a la nación.
Ahora los reaccionarios le han dado una vuelta de 180 grados al asunto y se desviven por eso que ellos consideran como “la nación española”. Para ellos España es una nación que identifican con el fascismo y con los símbolos fascistas.
Por eso cuando el patán de Errejón habla de “arrebatar a la ultraderecha los símbolos nacionales” se refiere a que los antifascistas hagan lo mismo que sus enemigos, o sea, enarbolar la bandera fascista y defender la unidad del Estado.
La España antifascista no tiene nada que ver con eso. No tiene nada que ver con Errejón ni con Vox, empezando porque defiende la libertad y se atiene a un principio clave: “un pueblo que mantiene sometidos a otros, no puede ser libre”.
Hoy como hace 200 años, la España antifascista defiende los derechos de los oprimidos, los individuales y los colectivos, y jamás aceptará que quede integrada en un nuevo Estado, republicano, popular y democrático, ninguna nación que voluntariamente no quiera formar parte del mismo.

Las leyes para la (des)memoria histórica de Polonia

Borrar la memoria histórica es como borrar la historia, arrancar las páginas de los libros. En Polonia no es que no se pueda hablar bien del “comunismo”, sino que no se puede ni mencionar. Para ello utilizan un eufemismo, “el régimen”, en alusión a la etapa comprendida entre 1945 y 1989.

Por supuesto, en 2009 prohibieron los símbolos comunistas, las estatuas de Lenin han desaparecido, y también los nombres de las calles, pero no por eso que ahora califican como “nacionalismo” (antiruso). También Rosa Luxemburgo ha sido erradicada de la toponimia urbana.

Ahora los nombres de las calles recuerdan al Papa Juan Pablo II, al mariscal Jozef Pilsudski, desde 1926 hasta su muerte en 1935 cabeza visible de una Polonia reaccionaria, o al general Wladyslaw Anders, héroe de la Batalla de Monte Cassino y cruzado del anticomunismo.

¿Purgas? Ríase Usted de Stalin. En 1997 y 2006 el Parlamento polaco aprobó leyes para impedir que entraran en la administración pública -y sobre todo en la enseñanza- los antiguos colaboradores del ”régimen”.

Han pasado 30 años, pero en Polonia la batalla por la (des)memoria histórica no descansa ni un minuto. En septiembre de 2016 entró en vigor una ley que prohíbe toda referencia al comunismo en los espacios públicos. En un año las autoridades locales debían cambiar los nombres de las calles y plazas que se refieren a “personas, organizaciones, eventos o fechas que simbolizan el comunismo”.

Pero no se confundan: cuando en Polonia hablan de “comunismo” se refieren al movimiento obrero, es decir, a todos y cada uno de los avances de la humanidad desde que en 1848 se escribió el “Manifiesto Comunista”: los polacos que lucharon contra el zarismo a principios del siglo XX, los que lucharon contra el fascismo en España, los que resistieron a la ocupación nazi…

Nadie se escapa a esta furia de la Inquisición, típicamente católica, para lo cual han creado el Instituto de la Memoria Nacional cuya primera tarea ha sido crear una “lista negra” de indeseables en su página web.

El Ministerio de la Memoria es el Ministerio de la Verdad impuesta por decreto.

Lo malo de todo este asunto es que no sirve para nada: todos los sondeos de opinión confirman que en Polonia la población recuerda con agrado y nostalgia la época dorada de 1945 a 1989, sobre todo a medida que la crisis capitalista les azota en la espalda con el látigo del desempleo, los salarios de hambre, la subida de los alquileres y las pensiones de hambre.

Rusia revisa a la URSS sobre el envío de tropas a Afganistán

Piotr Akopov

Rusia ya no considera que la entrada de tropas en Afganistán en 1979 merezca una condena política y moral. La Duma está dispuesta a adoptar una declaración de anulación de la condena de la Guerra de Afganistán que fue emitida en su momento por el Parlamento soviético. Esto es necesario no sólo para los veteranos de aquella guerra, sino también para nuestra sociedad en su conjunto.

En menos de tres meses estaremos celebrando los 30 años de la retirada de nuestras tropas de Afganistán y, en ese aniversario, Rusia revisará la evaluación oficial de la guerra. La decisión se tomó durante las audiencias parlamentarias celebradas el miércoles [22 de noviembre] en la Duma. Se ha aprobado un proyecto de declaración y resolución de la Duma, que se adoptará en vísperas del 30 aniversario de la finalización de la campaña en Afganistán, el 15 de febrero de 2019.

¿Por qué es necesario no sólo celebrar este aniversario, sino también invertir la decisión tomada durante la era soviética? Porque desde diciembre de 1989, cuando el Congreso de los Diputados del Pueblo de la URSS adoptó una resolución condenando la intervención en Afganistán, no ha habido ninguna otra evaluación formal a nivel estatal. Y resulta que, debido a la continuidad natural de Rusia con la URSS, seguimos compartiendo esta actitud:

“El Congreso de los Diputados del Pueblo de la URSS respalda la valoración política del Comité Supremo de Asuntos Internacionales de la URSS sobre la decisión de introducir tropas soviéticas en Afganistán en 1979, y considera que esta decisión merece una condena moral y política”.

La condena política y moral no es simplemente un reconocimiento del hecho de que estábamos equivocados: es la autoflagelación.

En aquel momento, en medio de la Perestroika, la condena de la “aventura afgana” fue uno de los golpes más poderosos, no sólo contra el PCUS, sino también contra la Unión Soviética.

El cliché propagandístico occidental de que “la guerra criminal en Afganistán socavó la autoridad de los dirigentes soviéticos, inmovilizó al país y fue la razón principal del colapso de la URSS” a lo largo de la década de 1990 fue inculcado sistemáticamente en nuestro pueblo, incluso por los reformadores económicos y concienzudos que lo reflejaron en nuestro país. Lo que significa que muchos incluso creían en ella. Criminal, colonial, cruel, injusto, sin sentido… lo que no hemos oído hablar de la guerra en Afganistán, aquel llamado “Vietnam soviético”.

Luego se produjeron las dos guerras chechenas, y la actitud hacia la guerra de Afganistán comenzó a cambiar gradualmente. Luego se produjo el ataque estadounidense contra Afganistán, sin ninguna razón ni invitación de las autoridades del país. Afganistán no atacó a Estados Unidos (incluso considerando que el saudí Osama bin Laden, que se escondía en las montañas locales, organizó los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, su caza no justificó la invasión y ocupación de un Estado independiente) y la guerra civil que estalló a varios miles de kilómetros de Estados Unidos no es motivo suficiente para intervenir por parte de una de las facciones. La presencia estadounidense en Afganistán, que ha durado 17 años -el doble que la nuestra- ha cambiado aún más la actitud de los rusos hacia esta guerra.

Es decir, si simplemente distinguen entre los veteranos, por un lado, y el aspecto político de la cuestión, por otro -los chicos sólo cumplían órdenes y luchaban con valentía, por lo que recibieron apoyo público, compensación y respeto, pero la guerra en sí fue un error y una estupidez-, ahora están empezando a cuestionar las razones de la decisión de enviar tropas.

En febrero de 2015, en el aniversario de la retirada de nuestras tropas, Vladimir Putin presentó por primera vez una nueva evaluación política del despliegue de tropas en una reunión con veteranos afganos: “A medida que pasan los años y se conocen más y más hechos, somos cada vez más conscientes de la razón y la causa de la introducción de las tropas soviéticas en Afganistán. Por supuesto, hubo muchos errores, pero hubo amenazas reales a las que los dirigentes soviéticos estaban tratando de poner fin en ese momento mediante la introducción de tropas en Afganistán”.

Esta declaración lacónica no debe tomarse a la ligera. Porque puso fin a las elucubraciones del estilo “Brezhnev y el Politburó llevaron al país a una aventura innecesaria e injustificada” o “Los rusos siempre atacan a todo el mundo, son agresivos y, a través de Afganistán, se dirigían al Océano Índico”.

Sobre las razones que llevaron a la adopción de la extremadamente difícil decisión de intervenir en Afganistán, ya hay montañas de literatura científica o no hay mucha, incluso sobre la base de los archivos desclasificados del Politburó. Y está claro que no puede ser agresividad o aventurerismo.

Había verdaderos temores de que la guerra entre islamistas y comunistas en Afganistán se extendiera a Asia Central (poblada por los mismos grupos étnicos que el norte de Afganistán). Hubo una rivalidad geopolítica con Estados Unidos en el Gran Oriente Medio (para ellos muy lejos y para nosotros como vecinos -Irán y Afganistán para nosotros son como Canadá o México para Estados Unidos). Pero no hubo violación del derecho internacional -fuimos invitados por el gobierno legítimo (que controlaba la inmensa mayoría del país en ese momento) o incluso por un plan para expandir el área de influencia de la URSS (Afganistán había sido parte de ella durante muchas décadas). La URSS no llevó a los comunistas al poder en Kabul, sino que luchó contra las consecuencias de la guerra civil, que no había comenzado con ellos. Sin embargo, Estados Unidos puso deliberadamente una trampa a la URSS incluso antes de que nuestras tropas entraran. Más tarde, Zbigniew Brzezinski escribió francamente sobre este tema, recordando el suministro de armas a los muyahidines de Pakistán en el verano de 1979:

“El mismo día, escribí un memorando al Presidente explicando que, en mi opinión, esta ayuda conduciría a una intervención militar soviética. No presionamos a los rusos para que intervinieran, pero deliberadamente aumentamos la probabilidad de que lo hicieran”.

Nuestro periódico [Vzglad] ya ha informado de todo esto, así como de la larga y difícil historia de las relaciones con Afganistán, subrayando que era hora de reconsiderar la condena oficial de los motivos de la introducción de las tropas.

Y ahora ha llegado el momento. El pasado mes de abril, Vladimir Putin aprobó la propuesta del Presidente del Comité de Defensa de la Duma, Vladimir Shamanov, de hacer un balance político de la Guerra de Afganistán antes del 30 aniversario de la retirada de las tropas soviéticas en forma de decisión parlamentaria:

“Estoy de acuerdo con los afganos. Las celebraciones deben tener lugar y las evaluaciones deben llevarse a cabo. Estoy completamente de acuerdo contigo”.

Está claro que el próximo mes de febrero, Putin hablará tanto de la Guerra de Afganistán como de los motivos de la introducción de tropas. Por el momento, la Duma se está preparando. En la audiencia del miércoles [22 de noviembre], se aprobó un proyecto de declaración y decisión que revocó la condena “moral y política” expresada en 1989.

“Debemos afirmar inequívocamente que la Duma considera necesario reconocer que la condena moral y política de la decisión de introducir tropas soviéticas en Afganistán en diciembre de 1979, expresada en la resolución del Congreso de los Diputados del Pueblo del Consejo Supremo de la URSS en 1989, es históricamente infundada […] reconocer que la condena política y moral es nula y sin valor”, dijo el diputado Nikolai Jaritonov, que presentó el proyecto.

El proyecto de declaración afirma que la decisión de introducir tropas soviéticas en Afganistán se tomó en estricto cumplimiento de las normas del derecho internacional y “de conformidad con el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación entre la URSS y la República Democrática de Afganistán, teniendo en cuenta las reiteradas peticiones de los entonces dirigentes afganos de intervención directa soviética en el conflicto”.

Además, la declaración rinde un homenaje a los soldados soviéticos: “Nos sometemos a su coraje, lealtad y patriotismo y, por nuestra parte, haremos todo lo posible para evitar que se repitan los trágicos acontecimientos de este conflicto, y los veteranos de la guerra en Afganistán recibirán a su vez el merecido reconocimiento del Estado, así como medidas de apoyo social en el nivel necesario”.

Además, los diputados desean pedir al Ministerio de Educación que cambie la interpretación de los acontecimientos de la Guerra de Afganistán en los libros de texto.

Esta rehabilitación de la Guerra de Afganistán es necesaria no sólo para los excombatientes “afganos”, sino también para que recuperemos el respeto por nuestra historia. La guerra no puede ser “buena”, siempre es mala y terrible. Pero hay una diferencia entre guerras agresivas, estúpidas o sin sentido y guerras, aunque no patrióticas, sino forzadas. Por supuesto, habría sido mejor para todos que no hubiera habido una guerra en Afganistán, pero se debió a la situación en el propio Afganistán, a la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética y a la situación internacional en su conjunto. Ni política ni moralmente teníamos motivos para arrepentirnos: no regamos Afganistán con napalm y no tratamos de consolidar los miles de kilómetros de nuestras fronteras para mantener nuestra dominación mundial. Incluso hemos logrado salir de Afganistán de tal manera que las personas que nos apoyaron siguen en el poder, algo que los estadounidenses no pueden y no quieren hacer.

Además, a diferencia de nosotros, no condenan ninguna de sus guerras, ni política ni moralmente, aunque la gran mayoría de ellas hayan sido abiertamente criminales y agresivas. No necesitamos imitar a los americanos, sólo necesitamos conocer y respetar nuestra historia, sin sustituir sus páginas pesadas por caricaturas, dibujadas por manos extranjeras.

https://vz.ru/politics/2018/11/21/951712.html

Fascismo e imperialismo: el mito de la ‘autarquía’ del III Reich

En su etapa actual, el capitalismo es un modo de producción dominado tanto por los monopolios como por las finanzas, que no son más que dos caras de la misma moneda, a las que hay que añadir el protagonismo del Estado, que antes no tenía la misma intensidad, más la concurrencia por los mercados internacionales entre las grandes potencias imperialistas.

Una definición del fascismo que no tenga en cuenta esos cuatro ejes al mismo tiempo es, pues, absurda y no conduce a ninguna parte. A ellos hay que añadir otros dos más, que no son los menos importantes: el desafío del movimiento obrero y la aparición de la URSS. No es ninguna casualidad que el modelo más feroz del fascismo aparezca en Alemania que, después de Rusia, tenía las mayores y mejores fuerzas proletarias organizadas.

La nueva etapa del capitalismo se inicia con la Primera Guerra Mundial, que pone en funcionamiento los cuatro pilares del monopolismo al mismo tiempo: la difusión de una moneda fiduciaria, descomunales presupuestos de guerra, pillaje del oro, créditos, endeudamiento, inflación y, para colmar el vaso, reparaciones económicas a los países derrotados, empezando por Alemania.

En 1917 la Revolución de Octubre salvó a Alemania de convertirse en un país paria, sometido a las demás potencias. El papel que los demás imperialistas le tenían reservado era el de constituir un baluarte frente a la URSS y al movimiento obrero, que en la posguerra inició tres insurrecciones sucesivas.

Ese -y no otro- es el marco de Alemania en tiempos de la República de Weimar (1919-1933) y en del surgimiento del nazismo, llamado primero a ser una batallón de choque contra los trabajadores y los comunistas y luego, una vez que el terreno quedara diáfano, tomar el poder e intensificar la explotación de la fuerza de trabajo hasta los límites que conocemos.

El III Reich no surgió de la nada, ni contra los planes de las potencias occidentales, o sin contar con ellas, sino que fue diseñado por ellas. En Alemania nunca hubo autarquía. Los vencedores de la guerra mundial tenían que apretar a Alemania sin ahogarla. Negociaban, sobornaban y chantajeaban a unos y a otros. Presionaban por un costado para aflojar en el otro. Antes y después de 1933 los imperialistas negociaron con los nazis, lo cual no significa que estos siguieran las pautas que les indicaban en Londres o París (y de ahí el estallido de otra guerra en 1939).

En 1921 fijaron la cuantía de las reparaciones económicas, pero no lo hicieron los alemanes, como es obvio, sino sus rivales imperialistas. Ascendían a 6.600 millones de libras pagaderas en 30 años y en especie, sobre todo en carbón, o sea, un expolio. La ocupación del Ruhr, donde estaba el 80 por ciento de las minas alemanas de carbón, obligó a los alemanes a aceptar lo que los imperialistas les pusieron encima de la mesa.Era imposible pagar y todos (acreedores y deudores) lo sabían. Pero no se trataba de cobrar sino de someter. Alemania era un país cuyo destino debía ser el de cualquier deudor moroso, sometido a la mendicidad y al dictado de los bancos británicos, franceses, suizos y estadounidenses.

La maquinaria productiva de Alemania se había parado al final de la guerra y, además, aparecieron unas cifras de inflación que la historia nunca había conocido. En 1920 se cambiaban 20 marcos por cada libra; un año y medio después se necesitaban 1.000 marcos, luego 35.000 y así sucesivamente, hasta los 500.000 millones.

Fue otro gigantesco expolio. Con el dinero prestado por el Banco Central, los capitalistas especulaban con el valor de su propia divisa, al más puro estilo “nacionalista”. Los impuestos se pagaban con una moneda que no valía nada, lo mismo que los salarios o las deudas. Como el marco no valía nada, se podía pagar cualquier cosa… excepto las reparaciones.

Fue, pues, una ruina calculada que obligó a reaccionar a los imperialistas que pusieron al frente de la oficina de cobro a Dawes, un general del ejército estadounidense, como quien manda a un matón de la mafia a asustar a un deudor esquivo.

En torno al matón se formó un comité que recibió su nombre y celebró la primera reunión en París en 1924, ordenando la creación de una nueva moneda alemana. Creo que no hace falta enfatizar en que los asuntos económicos de Alemania no eran competencia de los alemanes sino de los imperialistas, pero a muchos se les olvidan estas cosas al hablar de que el fascismo tiene algo que ver con el “nacionalismo” (e incluso con la autarquía).

Es más, lo que el gobierno alemán quería era crear un nuevo marco, al que llamó Rentenmark con la misma paridad que tenía con la libra, es decir, 20 marcos por libra. Pero los imperialistas no apoyaron este plan de la única manera que era posible, con oro y divisas extranjeras.

Entonces los matones impusieron su nueva moneda, el Reichmark, con la misma cotización frente a la libra esterlina de 20 a 1, pero bajo el control de los imperialistas occidentales a través de un banco emisor independiente del gobierno alemán: el Reichsbank, modelo del luego famoso Bundesbank y demás bancos centrales “independientes”, o sea, dependientes del capital financiero internacional.

Además, Alemania debía pedir un préstamo para pagar la primera cuota de las reparaciones de guerra. Es un precedente del “estilo griego” de hace unos pocos años: un país arruinado que pide un préstamo y contrae deudas para pagar otras deudas anteriores…

Asi es como la inflación llegó a su fin en Alemania, pero no fue gracias a Alemania sino a sus rivales, que cada vez eran menos rivales porque la revolución socialista estaba a las puertas de toda Europa central. Alemania era el modelo; había que apoyar a Alemania; eran necesarios más préstamos.

Comenzó una orgía de créditos públicos y privados. En términos marxistas se llama importación de capital y tiene muy poco que ver con el “nacionalismo” y la autarquía. En 1925 la afluencia de capitales extranjeros provocó una reactivación de la economía alemana. Las exportaciones alemanas aumentaron y en 1927 alcanzaron el nivel de 1913.

La reactivación dio a Alemania la oportunidad de reembolsar el préstamo de Dawes sin tener que utilizar sus propios recursos. Los extranjeros pagaron las deudas extranjeras. El ministerio alemán de Asuntos Exteriores lo explicó así: “Cuanto más nos endeudemos en el extrajero, menos tendremos que pagar en concepto de reparaciones”. Para que Alemania no quebrara quienes debían preocuparse de las reparaciones eran los acreedores extranjeros.

Entre 1921 y 1931 Alemania pagó 19.100 millones de marcos en concepto de reparaciones, mientras que contrajo 27.000 millones de marcos de deudas, lo que en otras palabras significa que el apoyo exterior a Alemania fue mucho más allá de las reparaciones de guerra y sólo se explica por la necesidad de hacer frente a la URSS y al movimiento revolucionario en Europa.

Como buenos “nacionalistas”, los demagogos nazis se lamentaban de que las desgracias de Alemania procedían “de fuera”; lo que no decían es que los remedios procedieron el mismo lugar que, además, era muy cercano: bastaba cruzar la frontera con Suiza, el país que siempre lava más blanco.

Es muy extraño leer historias de aquella época en las que se habla de la “autarquía” y el “aislamiento” de los regímenes fascistas como el de Hitler o el de Franco. El objetivo de esas concepciones es blanquear el papel de los imperialistas occidentales y, especialmente, el de Estados Unidos, en la Segunda Guerra Mundial.

Una parte de las exportaciones de capital enviadas por Estados Unidos a los nazis no eran transacciones comerciales corrientes sino flujos que pasaban por las manos del espionaje. Demuestran un compromiso político, y no sólo económico, con el nazismo. Por ese motivo Roosvelt envió a Suiza a Allen Dulles. Quien luego fuera conocido por dirigir a la CIA no sólo era un espía sino un abogado de los monopolistas de Wall Street que vigilaba sus inversiones en el III Reich. El lema del imperialismo se puede resumir en vigilar y negociar.

El flujo clandestino de dinero significa también que la cuantía de las exportaciones de capital están infravaloradas. De 1924 a 1929 se estiman oficialmente en 15.000 millones de marcos en inversiones a largo plazo y otros 6.000 millones de marcos en inversiones a corto plazo.

El 70 por ciento de las primeras (préstamos a largo plazo) era capital estadounidense y propiciaron el rearme alemán: siderurgia, petróleo, nitrato, caucho… A comienzos de la Segunda Guerra Mundial las inversiones de los grandes monopolios estadounidenses en sus filiales alemanas sumaban 800 millones de dólares, de las que 17,5 correspondian a Ford.

Varios monopolios que se consideran “alemanes”, como es el caso de IG Farben, estaban en poder de accionistas extranjeros.

La mayor parte de la financiación del partido nazi procedía del extranjero y sus funcionarios cobraban en moneda extranjera, sin que su “nacionalismo exacerbado” supusiera ningún obstáculo.

Los únicos apellidos que hoy asociamos a los nazis son Goebbels, Goering, Himmler, Keitel, Rommel, Hess… Pero no son todos; ni siquiera son los más importantes. Esos eran los que cobraban, pero ¿quién puso el dinero para pagarles a ellos?

Los nazis que en 1939 desataron la Segunda Guerra Mundial tienen apellidos alemanes tanto como estadounidenses. Eran financieros como Du Pont, Morgan, Rockefeller, Lamont y otros. A ellos se les podían añadir los nombres de los industriales, como Henri Ford, condecorado por Hitler, así como los suizos, que cumplieron un papel propio tanto como intermediario.

Lo que acabamos de decir del Plan Dawes se puede reproducir de su continuador, el Plan Young.

La burguesía ha llenado de anécdotas la historia del fascismo para ocultar las cuestiones de fondo y sus protagonistas. Por eso nadie investiga el viaje de Hitler a Zurich en 1923 y el dinero que allí le entregaron (posiblemente Henry Deterding, el patrón de la petrolera Shell) para dar el Golpe de Estado de aquel año.

Tampoco pregunta nadie por la entrevista entre Hitler y el financiero británico Norman Montagu un año antes de llegar a la Cancillería.

A nadie le suena el nombre de Wilhelm Gustloff, un banquero suizo que, a la vez, era dirigente de primera hora del aparato nazi en el exterior.

Tampoco suena el nombre de Max Warburg, director de IG Farben, cuyo hermano era el directeur del Banco de Reserva Federal de Nueva York, Paul Warburg.

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