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40 detenidos ayer durante la jornada de huelga general en Francia

Ayer se produjeron graves enfrentamientos entre manifestantes y policías en varias ciudades francesas durante la jornada de lucha contra la reforma de las pensiones. Al final de la tarde, la policía había realizado unas cuarenta detenciones en todo el país.

Francia vivió la mayor jornada de protesta desde 2010. Se convocaron más de 300 manifestaciones en diferentes localidades. La policía calcula el número de manifestantes entre más de un millón y cerca de un millón y medio. Las estimaciones de la CGT son de 3,5 millones de trabajadores en la calle.

Desde mediados de enero ha sido la sexta gran movilización convocada en Francia contra la reforma de las pensiones. El seguimiento ha sido masivo en el sector ferroviario, uno de los más movilizados históricamente, ya que solamente el 20 por cien de los trenes de alta velocidad operaban con normalidad y las conexiones internacionales fueron suspendidas por completo.

Los huelguistas bloquearon la salida de carburantes en todas las refinerías de Francia, así como la circulación en las vías de acceso de algunas ciudades. Los camioneros se encargaron de cortar algunas de las principales carreteras.

La huelga de los controladores aéreos ha hecho que entre el 20 y el 30 por cien de los vuelos sean suspendidos en ciudades como París, Burdeos, Lille o Lyon.

En el sector energético, consiguieron retirar de la red un total de 9,9 gigavatios de producción de electricidad de centrales nucleares, térmicas e hidroeléctricas, lo que equivale a aproximadamente el 18 por cien de la producción total.

Otro de los sectores donde más se ha extendido la huelga es el de la educación, donde una multitud de clases fueron suspendidas, pocos alumnos fueron a las aulas y se estima que más del 30 por cien del profesorado no acudió a su puesto de trabajo.

Cerca de un millar de manifestantes levantaron barricadas en París, en Port-Royal, hacia las 16.00 horas de la tarde, para frenar las cargas policiales. Luego atacaron e incendiaron dos sucursales bancarias.

En Nantes, donde la manifestación reunió entre 30.000 (según la policía) y 75.000 personas (según los sindicatos), se lanzaron proyectiles y se dispararon gases lacrimógenos en pleno centro de la ciudad, una hora después del inicio de la manifestación.

La marcha prosiguió hasta la isla de Nantes, donde los manifestantes habían levantado varias barricadas con material procedente de una obra. La policía detuvo a 11 personas durante la manifestación, la más tensa desde el inicio del movimiento contra la reforma de las pensiones en Nantes. Un coche Tesla y una agencia de trabajo temporal fueron destruidos.

En Rennes la manifestación se convirtió rápidamente en un enfrentamiento entre la policía y los manifestantes, que lanzaron de pintura, quemaron contenedores y colocaron barricadas en las calles, con rotura de los cristales de los centros comerciales.

Por la noche unos 200 manifestantes bloquearon la carretera nacional a la salida de Rennes con barricadas y filas de carritos de supermercado, a veces incendiados, antes de ser desalojados por la policía.

Al margen de este corte, varios comercios fueron saqueados, entre ellos una tienda de iluminación y una gasolinera.

En Guingamp también se produjeron graves enfrentamientos callejeros entre policías y manifestantes. Un manifestante resultó herido

Reino Unido registra el mayor número de huelgas en más de 30 años

El año pasado Reino Unido registró el mayor número de días laborables perdidos por conflictos laborales en más de 30 años, según mostraron ayer los datos oficiales. La crisis del coste de la vida llevó a los trabajadores a declararse en huelga para mantener el poder adquisitivo de los salarios.

La Oficina Nacional de Estadística (ONS) señaló que el año pasado se perdieron casi 2,5 millones de días laborables por acciones sindicales, la cifra más alta desde 1989, cuando se perdieron 4,1 millones de días (*).

Con la inflación en su nivel más alto de las últimas cuatro décadas, los trabajadores de diversos sectores, desde maquinistas hasta profesores y personal sanitario, han convocado huelgas en los últimos meses.

Los datos de la ONS indican que sólo en diciembre se perdieron 843.000 días de huelga, con el personal de las fuerzas fronterizas, unos 100.000 enfermeros y miles de trabajadores de ambulancias entre los que organizaron paros en vísperas o durante el periodo navideño.

Aunque se han resuelto algunos conflictos de menor envergadura, los más notorios muestran pocos signos de remitir.

Hasta medio millón de profesores, funcionarios y maquinistas se declararon en huelga a principios de mes en la mayor paralización de la actividad coordinada de los últimos diez años, y muchos sindicatos tienen programadas nuevas jornadas de huelga.

El gobierno británico se ha negado hasta ahora a ceder en lo que respecta a los salarios del sector público y, en su lugar, está endureciendo la legislación para dificultar la huelga en sectores clave.

Afirma que los aumentos salariales exigidos son inasequibles y que igualar la inflación no haría sino agravar el problema.

(*) https://es.investing.com/news/economic-indicators/el-reino-unido-sufre-el-peor-ano-de-huelgas-desde-1989-2357621

Huelga masiva de los trabajadores de la sanidad británica

Alrededor de 100.000 trabajadores de la sanidad y 10.000 conductores de ambulancias de Reino Unido están en huelga desde hoy para exigir mejoras salariales. Las negociaciones con el gobierno están estancadas, mientras que el sistema sanitario sufre graves tensiones.

Es una semana negra en el sector sanitario británico. Los británicos se enfrentan a una huelga masiva de un día en la sanidad, con nada menos que 100.000 trabajadores convocados, así como 10.000 conductores de ambulancias. El jueves, 4.200 fisioterapeutas irán a la huelga. Los trabajadores presionan al gobierno para impedir la pérdida de poder adquisitivo de los salarios.

Los trabajadores tienen previsto repetir la huelga mañana y los conductores de ambulancias, el viernes. Todo ello podría “provocar el peor trastorno hasta la fecha”, afirmó Saffron Cordery, subdirector ejecutivo de NHS Providers, quien pidió a los ciudadanos que utilicen los servicios de emergencia de forma sensata. En Reino Unido no están acostumbrados a que los sanitarios vayan a la huelga, pero en diciembre comenzaron las olas de protestas.

El Primer Ministro Rishi Sunak ha hecho de la reducción a la mitad de la inflación y de los tiempos de espera de los pacientes para acceder al sistema sanitario sus dos prioridades. La huelga podría provocar la cancelación de 55.000 citas médicas esta semana.

El sistema sanitario británico está gravemente saturado. Unos 7,2 millones de personas esperan actualmente tratamiento, según cifras de la Asociación Médica Británica (BMA). Los tiempos de respuesta de las ambulancias nunca habían sido tan largos como este invierno.

El gobierno británico prepara una ley de servicios mínimos contra las huelgas

Desde hace varios meses el gobierno británico se enfrenta a numerosas huelgas y, con el pretexto de evitar la parálisis del país, ha movilizado a 1.200 militares para sustituir a los conductores de ambulancias y policías de aduanas en huelga. Pero Rishi Sunak, el Primer Ministro británico, ha decidido pasar a la ofensiva contra los huelguistas este año, prometiendo “nuevas y duras leyes”.

El gobierno quiere introducir los servicios mínimos en varios sectores de la economía con el fin de contrarrestar las consecuencias de las huelgas. La medida «se aplicará a muchos sectores diferentes de la economía”, dijo Grant Shapps, ministro de las Empresas.

Los servicios mínimos se impondrían a los bomberos, los conductores de ambulancias y el sector ferroviario, según un documento publicado el jueves por el gobierno.

Reino Unido se ha visto sacudido en los últimos meses por numerosas huelgas, sobre todo de ferroviarios, pero también de conductores de ambulancias, enfermeros y policías de fronteras.

Los sindicatos reclaman salarios más altos ante el aumento del coste de la vida. La inflación en Gran Bretaña está en su nivel más alto en cuarenta años, con un máximo del 10,7 por cien anual, cerca del 10,2 por cien de la eurozona. Millones de obreros están en la pobreza a pesar de tener trabajo. La mitad de los hogares se saltan comidas. La inflación alimentaria es incluso superior a la general y se ha acelerado hasta el 16,5 por cien en un año.

Sin embargo, el gobierno se niega a subir los salarios y prefiere impedir las huelgas con los servicios mínimos. “Justo cuando pensabas que el gobierno no podía caer más bajo, los ministros dicen que están buscando acuerdos para detener las huelgas haciéndolas ilegales”, afirma el sindicato PCS, que promete “resistir”.

El Secretario General del TUC, Paul Nowak, condenó el “ataque al derecho de huelga […] Es un ataque a los trabajadores y es un ataque a una de las libertades más antiguas”. La amenaza del gobierno “no ofrece nada más para ayudar con los salarios y la crisis del coste de la vida”.

Aumenta el tiempo de trabajo de los conductores de los transportes de París

El tiempo de trabajo de los conductores de los transportes públicos parisinos (RATP) aumentará en 120 horas al año. En París el transporte de pasajeros (autobús, metro y cercanías) es un caos. Una cuarta parte de los autobuses están parados desde septiembre debido a las dificultades de contratación, el aumento del absentismo y las huelgas.

La empresa RATP ha arrojado el problema sobre los hombros de los trabajadores y el movimiento sindical da un paso hacia atrás con el apoyo de los dos sindicatos mayoritarios: FO y Unsa. La empresa se felicita por lo que califica como un “diálogo social renovado”.

Para vender la moto entre los 18.000 trabajadores, los sindicatos hablan de una mejora salarial de unos 372 euros brutos al mes. Los conductores de autobús y tranvía también se beneficiarán de un aumento del 20 por cien en su prima de cualificación, que asciende a 70 euros al mes.

El tiempo de trabajo de los conductores aumenta una media de 120 horas al año y los días libres se reducen de 121 a 115 anuales. La jornada laboral diaria también aumentará de 11 a 13 horas, y el tiempo de trabajo diario, de 6,42 a 7,22 horas. También será posible trabajar dos turnos en el mismo día. Si a partir de ahora hay accidentes, ya sabemos los motivos.

Ante la escasez de personal, el acuerdo de la RATP también quiere hacer más atractivos los puestos de trabajo. La empresa necesita contratar el mismo número de personas que el año pasado, es decir, unos 1.500 trabajadores.

El acuerdo pone fin a varios meses de huelgas en la red de superficie, que explota 354 líneas de autobús en París y la periferia interior. Sin embargo, no está claro que la RATP levante cabeza. Desde hace tres meses, un conflicto en los talleres de mantenimiento complica la circulación del metro, sobre todo en las líneas 10 y 12 y del RER (trenes de cercanías).

Las protestas sindicales también están lejos de haberse resuelto con todos los representantes de la plantilla. El sindicato CGT ha presentado un preaviso de huelga para la semana que viene, exigiendo un aumento salarial de 300 euros para todos los trabajadores.

Los trabajadores británicos van hacia una huelga general

La subida de precios ha esquilmado los bolsillos de millones de obreros en Reino Unido, algunos de los cuales están cayendo en la pobreza: en la mitad de los hogares se saltan comidas. Incluso más que la inflación general, la de los alimentos se ha acelerado hasta el +16,5 por cien en un año.

Los británicos, 14 millones de los cuales ya vivían por debajo del umbral de la pobreza antes de la pandemia y la inflación, acuden en masa a los bancos de alimentos. Algunas empresas, como los hospitales, están creando sus propias reservas de artículos de primera necesidad para los trabajadores más pobres de la sanidad.

Del mismo modo, la subida de los precios de la electricidad y el gas está obligando a 3 millones de hogares a dejar de calentar sus casas. El fenómeno está adquiriendo tales proporciones que este invierno se han abierto 4.300 “bancos de calor”, es decir, iglesias, ayuntamientos, salas de fiestas y otros lugares públicos con calefacción y abiertos a todos.

Huelgas en todos los sectores económicos

Es normal que los trabajadores se levanten en masa. Reino Unido lleva seis meses agitado por un movimiento social que sigue creciendo. Desde trabajadores de correos a ferroviarios, pasando por enfermeros y operadores de telecomunicaciones, las huelgas han paralizado el país durante días enteros, como ocurrió con el metro de Londres en junio y noviembre.

Los sectores con escasez de personal sufren aún más. El gobierno tuvo que llamar a 1.200 militares para sustituir a los policías de fronteras y conductores de ambulancias en huelga en Navidad.

El descontento no cesa. Se han emitido preavisos de huelga para enero en los ferrocarriles, las enfermeras y los conductores de ambulancias. En plena crisis de la carestía de la vida, se exigen aumentos salariales para hacer frente a la subida del coste de la vida.

Rishi Sunak y sus ministros han prometido no ceder ante los huelguistas y lo que califican de demandas salariales “poco razonables” en una entrevista. El gobierno no quiere oír hablar de subidas salariales. No propone nada nuevo ni concreto para responder a los huelguistas. Incluso hace lo contrario y propone endurecer el derecho de huelga.

Si los salarios subieran, Downing Street teme un bucle salarios-precios que alimente la inflación. Rishi Sunak también promete recortes fiscales tras el plan antiinflacionista de su predecesora Liz Truss, un programa sin financiación que provocó los ataques de los mercados a la deuda británica y disparó sus tipos de interés.

Para compensar este calamitoso episodio, el nuevo Primer Ministro, nada más tomar posesión de su cargo, emprendió una brutal vuelta a la austeridad. Su primer presupuesto supuso un ahorro de unos 55.000 millones de euros, repartidos entre subidas de impuestos y recortes del gasto público. El límite de las facturas de energía se redujo a seis meses en lugar de dos años. Privado de margen financiero, el Estado no parece dispuesto a amortiguar el choque energético e inflacionista como hacen Francia y Alemania con su población y sus empresas.

El desmantelamiento de la sanidad pública

El NHS (Servicio Nacional de Salud) es la ilustración más llamativa de las dificultades a las que se enfrenta Reino Unido. Según los médicos de urgencias británicos, entre 300 y 500 personas mueren cada semana a causa de los retrasos y la saturación de sus servicios. Detrás de estas estadísticas hay historias sobrecogedoras de pacientes que se ven obligados a esperar días para recibir tratamiento.

Los sindicatos de médicos denuncian las consecuencias de las decisiones políticas del pasado. Instan al gobierno a aumentar sus recursos, sobre todo para remediar la escasez de personal médico, patente desde la pandemia, que ya sacudió el sistema hospitalario. La huelga del sindicato de enfermeras, iniciada en diciembre y renovada en enero -la primera en un siglo- para obtener un aumento salarial del 20 por cien, que el gobierno se niega a concederles, cuenta con el apoyo de la mayoría de los británicos. Pero no del gobierno, que considera estas exigencias “inasequibles”, según la Ministra de Sanidad.

El miércoles Rishi Sunak se comprometió a reducir las colas de espera en los servicios de urgencias, sin precisar los medios que piensa destinar a ello. Las sucesivas medidas de austeridad de los gobiernos han sido culpadas del deterioro del NHS y, más ampliamente, de los servicios públicos.

Una crisis política generalizada

Reino Unido se encuentra en una crisis de esas que califican como “sistémica”. Es la consecuencia de la negativa a subir los salarios y la escasa inversión en servicios públicos e infraestructuras, con la posible excepción de la energía, ya que los británicos han seguido apostando por la nuclear y la eólica antes que muchos otros países. Se trata de una crisis que precede al Brexit; no es consecuencia de él.

2022 fue un año de crisis política en Reino Unido. Tras las chapuzas de Boris Johnson, cesado por sus ministros en julio, y la ineptitud de Liz Truss, que abandonó en octubre tras menos de dos meses en el cargo, los británicos tienen su tercer gobierno, presidido por Rishi Sunak.

Pero la recesión económica y sus terribles consecuencias sociales no han desaparecido. Este año el país entrará en recesión con un -1,4 por cien, el peor resultado de los países del G7. Es probable que las cosas empeoren aún más.

La inflación en Gran Bretaña está en su nivel más alto en cuarenta años, con una tasa anual máxima del 10,7 por cien, cercana al 10,2 por cien de la eurozona. Pero lo peor es que hace ya décadas que el colchón de protección social fue desapareciendo. Poco a poco.

Las huelgas obreras obligan a movilizar al ejército británico

Siguen las huelgas en Reino Unido, con subidas salariales como de costumbre, mientras que la inflación se mantiene alta, a pesar de un ligero descenso en noviembre hasta el 10,7 por cien interanual tras un máximo de 40 años en octubre (11,1 por cien).

Son muchos los sectores afectados, empezando por el sanitario, con las enfermeras en diciembre, que volverán a la huelga el 18 de enero durante dos días, así como los conductores de ambulancias los días 11 y 23 de enero. Además de la subida salarial, los profesionales de la medicina alertan sobre el estado del sistema sanitario británico, infradotado desde hace años y más presionado que nunca. Varias organizaciones de médicos han señalado la crisis de los servicios de urgencias, donde dicen que muchos pacientes mueren por falta de atención adecuada u oportuna, y han pedido al gobierno que responda al creciente descontento social.

Las huelgas también afectan a los operadores de telecomunicaciones y al transporte. Estas últimas se vieron perturbadas durante el periodo festivo por las huelgas de los ferroviarios, pero también de los guardias de tráfico de las autopistas británicas, el personal de limpieza de los trenes y algunos conductores de autobús en Londres. La mayoría de estas huelgas continuaron en enero. El 12 de este mes, la huelga se extenderá al metro de Londres, cuando los trabajadores de la línea Elizabeth, inaugurada en mayo, dejen de trabajar.

Además, una huelga de ocho días de la policía de fronteras a finales de diciembre provocó el despliegue de personal militar en varios aeropuertos de Reino Unido para sustituir a los funcionarios en huelga. Alrededor de 1.000 miembros del sindicato de Servicios Públicos y Comerciales (PCS), empleados del Ministerio del Interior, se declararon en huelga en los aeropuertos londinenses de Heathrow y Gatwick, así como en los de Birmingham, Cardiff, Glasgow y Manchester, y en el puerto de Newhaven, en el sur de Inglaterra.

Aunque los huelguistas mantienen la presión, el gobierno no piensa ceder. El Primer Ministro, Rishi Sunak, rechazó los aumentos exigidos por los trabajadores de los servicios públicos, como enfermeros, conductores de ambulancias y policías de fronteras.

El Ministro de Transportes, Mark Harper, también ha criticado a los ferroviarios en la cadena Sky. A mediados de diciembre, los miembros de los sindicatos TSSA y Unite votaron a favor de una oferta salarial mejorada de Network Rail, que incluía un aumento retroactivo mínimo del 5 por cien en 2022 y del 4 por cien en 2023. Dijeron que no habían recibido una oferta comparable de empresas ferroviarias privadas.

El secretario general de RMT, Mick Lynch, dijo que el gobierno estaba “socavando los esfuerzos para garantizar un acuerdo” al imponer condiciones excesivamente estrictas a los negociadores de los ferrocarriles. Los miembros de RMT rechazaron una oferta de Network Rail en diciembre.

Las huelgas gozan de una imagen positiva entre los británicos. Según una encuesta publicada a finales de diciembre, dos tercios apoyan las huelgas de enfermeros y el 63 por cien las de ambulancias. Sin embargo, la huelga ferroviaria es menos popular, apoyada por el 43 por cien de los encuestados.

Las leyes contra las huelgas obreras en Estados Unidos

Probablemente, el evento laboral estadounidense más importante de 2022 ha sido el intento de 115.000 trabajadores ferroviarios y sus sindicatos de negociar un nuevo convenio con las súper rentables empresas ferroviarias. Sin embargo, a partir del 2 de diciembre de 2022, esas negociaciones no han resultado bien para los trabajadores. El gobierno de Estados Unidos, la administración Biden y el Congreso demócrata controlado por Estados Unidos con la ayuda de prácticamente todos los republicanos, han intervenido repetidamente del lado de la empresa ferroviarias en las negociaciones.

A partir de septiembre pasado, esa intervención ha asegurado que los trabajadores no puedan hacer huelga para promover sus intereses y demandas. La semana pasada, tanto la administración como el Congreso han ilegalizado una huelga ferroviaria al aprobar una legislación a tal efecto.

El derecho de huelga de los trabajadores ha estado bajo ataque al menos desde 1947, cuando el Congreso aprobó lo que se llamó la Ley Taft-Hartley. Esa legislación garantizaba que el gobierno y los políticos se reservaran el derecho de obligar a los trabajadores a volver a trabajar durante 90 días en caso de que las negociaciones contractuales fracasaran y una huelga fuera inminente. Durante un período de “enfriamiento” de 90 días, como se le llamó, los mediadores del gobierno tuvieron la oportunidad de unirse a las negociaciones, tratar de intimidar a las partes para que llegaran a un acuerdo y hacer una recomendación sobre los términos de un acuerdo. Durante el “enfriamiento”, la gerencia, por supuesto, también tuvo 90 días más para prepararse para prepararse para derrotar una huelga una vez que terminaran los 90 días.

La Ley Taft-Hartley también limitó el derecho de huelga de muchas otras maneras. Prohibió las huelgas de solidaridad de los sindicatos. Ahí es donde los sindicatos se declaran en huelga para apoyar a los trabajadores de otros sindicatos que ya están en huelga. La ley de 1947 también requería que cualquier sindicato a punto de negociar, y potencialmente más tarde a la huelga, notificara al gobierno federal y le diera un “aviso” de la negociación pendiente y la posible huelga. Se estableció un órgano gubernamental especial, el Federal Mediation Service, para permitir la intervención directa del Gobierno en las negociaciones posteriores si así lo decidía. La Ley también incorporó en la legislación decisiones judiciales anteriores contra la huelga, incluida una decisión de la Corte Suprema anterior a 1947 que dictaminó que los trabajadores ya no podían participar legalmente en lo que fueron huelgas exitosas de “sentarse” de la década de 1930 y principios de la década de 1940.

La represión de las huelgas ferroviarias fue pionera

La Ley Taft-Hartley de 1947 y sus muchas disposiciones antilaborales se inspiraron en la anterior Ley de Trabajo Ferroviario antisindical y antihuelga de 1926 que se dirigía específicamente a los trabajadores ferroviarios y sus sindicatos. El derecho de huelga de los trabajadores ferroviarios ha sido así restringido y negado incluso antes de que lo fuera para el resto de la fuerza laboral del sector privado de Estados Unidos por la Ley de 1947.

Desde de 1926 y 1947 el derecho de huelga fue restringido aún más por la legislación del Congreso y la acción judicial. Los boicots secundarios (negativa a manejar mercancías de otra empresa) fueron prohibidos. Los tribunales dictaminarían que las cláusulas contractuales sindicales en sus acuerdos que les otorgaban el “derecho de huelga por quejas” eran nulas y sin efecto si había un procedimiento de quejas detallado en el convenio laboral. Los piquetes en las puertas de las empresas en una huelga se limitaron a unos pocos en cada puerta. Si los trabajadores hacen huelga en una empresa para obligarla a reconocer al sindicato y negociar, la dirección podría convocar una elección de reconocimiento sindical dirigida por el gobierno para poner fin a la huelga y luego prolongar el proceso de elección sindical de tres a nueve meses para dar tiempo a la empresa a acumular inventario y hacer otros preparativos. La gerencia podía contratar esquiroles permanentemente cuando los trabajadores sindicados se declararan en huelga. Los sindicatos ya no podían actuar en solidaridad con los trabajadores de otros sindicatos negándose a manipular los productos enviados por la empresa y los trabajadores en huelga (llamada prohibición de “carga caliente”). Hay innumerables otras medidas que limitan y previenen las huelgas del Congreso, las legislaturas estatales y los tribunales que se han convertido en ley.

En los últimos 75 años se ha construido una verdadera red legal en torno a los trabajadores y los sindicatos desde que la Ley Taft-Hartley les ató las manos, lo que dificulta la huelga; y si hacen huelga, a menudo para enfrentar penas de cárcel, grandes multas, el gobierno se hace cargo de sus sindicatos y la pérdida de sus empleos por parte de los trabajadores.

Los trabajadores ferroviarios en Estados Unidos siempre han sido un objetivo principal de la prevención de huelgas del gobierno. La Ley de Trabajo Ferroviario en 1926 estableció el patrón que se adoptó para el resto de la fuerza laboral de Estados Unidos con la Ley Taft-Hartley y las medidas antihuelga adicionales del gobierno de Estados Unidos que siguieron. La ley de 1926 se ha utilizado como base para que el gobierno de Estados Unidos “reduzca el auge”, como dicen, sobre los trabajadores ferroviarios y sus sindicatos no menos de 18 veces en el pasado. Así que nadie debería sorprenderse de que lo haya hecho por 19 vez en la actual disputa de la industria ferroviaria.

Los capitalistas estadounidenses y los representantes políticos del gobierno saben muy bien que la industria del transporte es estratégica y que los trabajadores estadounidenses, si así lo decidieran, podrían detener toda esa industria, y la economía en general, participando en una huelga prolongada para promover sus intereses en una negociación. No hay demasiadas industrias y trabajadores con ese tipo de poder. Los trabajadores ferroviarios son de esos. Los estibadores marítimos también. Los “teamsters” y los camioneros de larga distancia probablemente otro. Posiblemente también los trabajadores de la industria petrolera. Tal vez los trabajadores de sanidad si tuvieran un convenio a escala nacional. Pero ninguno pudo detener la economía más rápido que los trabajadores ferroviarios.

Desde 1980 el actual régimen capitalista neoliberal de Estados Unidos en Estados Unidos ha logrado romper la espina dorsal de los sindicatos industriales que alguna vez tuvieron un poder casi similar (automotriz, siderúrgico, eléctrico, carnicerías, etc.) al reubicar sus operaciones en el extranjero. El gobierno ha permitido ese esfuerzo de 40 años al proporcionar a las empresas de deslocalización incentivos fiscales adicionales para reubicarse, al aprobar acuerdos de libre comercio con países extranjeros que permitieron a las empresas de deslocalización enviar sus bienes producidos en el extranjero para venderlos en Estados Unidos sin tener que pagar aranceles en la frontera, y al desregular los bancos y los bancos en la sombra y los flujos de capital monetario para financiar su reubicación. Eso llevó a una ruptura de lo que una vez fueron convenios colectivos a nivel nacional por parte de los sindicatos industriales antes de 1980.

Un debilitamiento estratégico similar de los sindicatos de la industria de la construcción desde 1980 también destruyó su poder de negociación al permitir que el gobierno autorizara a las empresas de construcción crear lo que se llamó operaciones de “doble pecho” que permitieron a las empresas dessindicalizar todos las sedes obreras excepto las del centro de la ciudad. Junto con las operaciones de “doble pecho”, las medidas de apoyo que limitaban los piquetes y hacían ilegales los boicots secundarios aceleraron el colapso de los convenios regionales en la industria de la construcción en Estados Unidos y también rompieron el poder de negociación de los sindicatos de la construcción, junto con los sindicatos industriales.

Lo que quedó en la economía de Estados Unidos para el año 2000 fueron los sindicatos de funcionarios de servicios agregados principalmente en pequeñas unidades locales de negociación, con el consiguiente poder de presión limitado y sindicatos de empleados públicos en el gobierno que no pudieron ser deslocalizados. Los sindicatos del transporte como el ferrocarril, el transporte marítimo en los puertos y el transporte por camión, todavía eran potencialmente poderosos. Pero la Ley de Trabajo Ferroviario (sindicatos ferroviarios) y Taft-Hartley (estibadores y camiones) están ahí para evitar que los trabajadores y sus sindicatos ejerzan el poder potencial que tienen.

El gobierno y los capitalistas de Estados Unidos han ideado a lo largo de los años una “red” muy exitosa de medidas de huelga para atar al “Gulliver” laborl, mantenerlo de espaldas e incapaz de mover los brazos o defenderse por sí mismo.

Las actuales negociaciones ferroviarias de 2022 y la intervención del gobierno no son más que el último ejemplo de intervención conjunta de la empresa y el gobierno en las negociaciones laborales diseñadas para evitar que los trabajadores hagan huelga.

Esa intervención gubernamental comenzó en agosto de 2022 cuando el gobierno invocó la Ley de Trabajo Ferroviario e intervino en las negociaciones.

El último aumento de los trabajadores ferroviarios fue en 2019 hace tres años. Comenzaron a pedir prestado hace meses antes de que su convenio actual expirara el 1 de julio de 2022. En agosto habían acordado un nuevo convenio de cinco años con las empresas. En otras palabras, ya se les debían aumentos de tres años para 2020, 2021 y 2022 con efecto el 1 de julio para esos años. Sin embargo, aparte de los salarios, los temas clave en las negociaciones a partir de agosto fueron las vacaciones remuneradas, especialmente las bajas remuneradas por enfermedad, que aún no existen en la industria. Los trabajadores exigieron 15 días de baja remunerada por enfermedad en un nuevo convenio. La gerencia ferroviaria y los negociadores se negaron, diciendo que los trabajadores podían tomar sus días de bajas personales o sus vacaciones acumuladas un día a la vez en lugar de baja por enfermedad.

Pero los días de baja por enfermedad pagada eran solo la punta del iceberg. Cada vez que intentaban tomar días de vacaciones en lugar de la baja por enfermedad, la gerencia de la empresa ferroviaria les negaba el tiempo libre. Y si los trabajadores llamaban enfermos y usaban un día de vacaciones de todos modos, la gerencia los disciplinaba o les emitía “deméritos” que eventualmente se sumaban al expediente disciplinario. ¿De qué sirve el derecho a la baja por enfermedad, remunerada o no, si significa sanciones (suspensiones, degradaciones, reasignación de trabajo, incluso despidos) cuando se toma una baja?

Las empresas aprovechan los confinamientos de la pandemia

El abuso de la programación de bajas por parte de la administración ferroviaria se volvió especialmente agudo durante los años del covid. Las empresas ferroviarias, como muchas otras industrias y empresas, durante los confinamientos perdieron a muchos de sus trabajadores. Algunas estimaciones son que hasta el 30 por cien de la fuerza laboral ferroviaria dejó de tener empleo en 2020-21. Eso dejó al 70 por cien restante de los trabajadores para tomar el relevo. Eso a su vez significaba que se les exigía trabajar más horas y exceso de horas extras. Los problemas de seguridad crecieron como resultado del exceso de trabajo. El mantenimiento de la planta física de los ferrocarriles también se deterioró, lo que agravó la seguridad y la salud en el trabajo. Sin embargo, la administración ferroviaria vio un buen aumento de las ganancias ya que sus costos laborales se redujeron debido a la disminución del 30 por cien en la fuerza laboral (y, por supuesto, no tener que dar a los trabajadores que aún están en el trabajo ningún aumento durante tres años también).

La escasez de oferta de trabajadores en la industria ha contribuido significativamente a que la dirección se niegue a permitir el tiempo libre, remunerado o no; o restringir los días en que podría usarse y cuántos días consecutivos. Los trabajadores ferroviarios fueron obligados a trabajar más tiempo y se les negó tiempo libre cuando lo necesitaban. Las empresas argumentaron que era una cuestión de reglas de “derechos de gestión” y disposiciones contractuales que las empresas insistieron en que les daban el derecho de determinar, o limitar, el uso de cualquier baja como mejor les pareciera.

En resumen, los temas clave en las recientes negociaciones ferroviarias no fueron solo los pagos atrasados después de tres años sin aumentos. No era solo la necesidad de 15 días de baja por enfermedad remunerada cuando antes no había ninguno. ¡Se trataba del derecho a tomarse días libres cuando está enfermo o lesionado, o incluso para vacaciones y días de baja personal!

¿De qué sirve la baja pagada por enfermedad, o cualquier tiempo libre, ya sea pagado o no, si no puede tomarlo? Y si lo haces, legítimamente enfermo, y eres disciplinado. ¡Tal vez incluso despedido si acumulas suficientes “deméritos”!

Esta fue la situación ya que los convenios para 12 sindicatos ferroviarios expiraron en julio pasado. En agosto, los sindicatos y las empresas aún no pudieron llegar a un acuerdo. La gerencia continuó insistiendo en que tenían el “derecho de la gerencia” total para programar el trabajo y negar la baja, cuando están enfermas o no, dada la escasez de mano de obra en la industria. Los derechos de la gerencia no eran negociables, argumentaron. El derecho correspondiente de los trabajadores a una baja remunerada razonable y condiciones de trabajo no era el problema, argumentaron además. Los trabajadores y los sindicatos suplicaron diferir, por supuesto.

En agosto el gobierno de Biden invocó la Ley de Trabajo Ferroviario e intervino en las negociaciones sindicales ferroviarias. Biden nombró una PEB (Presidential Emergency Board), una junta de burócratas del gobierno, para revisar las negociaciones y hacer recomendaciones de compromiso. Mientras la Junta deliberaba durante más de un mes, hasta septiembre, las negociaciones entre las empresas ferroviarias y los sindicatos, por supuesto, se congelaron. ¿Por qué las empresas deberían acordar algo mientras el gobierno no emita su informe? En otras palabras, la intervención del gobierno estancó todo progreso en las negociaciones entre las partes.

Se puso peor.

El PEB de Biden emitió su decisión en septiembre. Esa decisión y su recomendación cayeron claramente del lado de las empresas y sus intereses. Pidió a las empresas que agregaran solo un día adicional de “baja personal”. No dijo nada sobre los problemas de programación y los derechos negados de los trabajadores a tomarse bajas. Y en lo que respecta a la propuesta de 15 días de baja remunerada por enfermedad de los sindicatos, la posición del PEB fue, para citar de la página 86 de su informe: “simplemente no estamos de acuerdo en que esta propuesta de baja por enfermedad […] esté justificada o sea apropiada”. Por supuesto, eso cerró la puerta, congeló la posición de la empresa y dio apoyo a la gerencia para negarse a discutir cualquier concesión de baja por enfermedad pagada en el futuro, o cualquier otra demanda sindical para el caso.

A todos los efectos, después de septiembre, la administración ferroviaria vio el informe y las recomendaciones del PEB del gobierno de Estados Unidos como la culminación y el final de las negociaciones.

Al igual que el anuncio en agosto de la intervención del gobierno, el informe PEB de septiembre aseguró que cualquier flexibilidad en la posición de las empresas ferroviarias con respecto a la baja remunerada por enfermedad, la programación del tiempo libre o el cambio de una cláusula de derechos de la gerencia para permitir que los trabajadores tomen su baja acumulada sin temor a represalias ahora había desaparecido por completo. La administración ahora se quedaría detrás de la protección del informe PEB y se negaría a hacer más concesiones.

Bajo la Ley de Trabajo Ferroviario, las partes negociadoras tenían, después del informe del PEB, otros 90 días para tratar de llegar a un acuerdo basado en el PEB y las recomendaciones de “compromiso” del gobierno. A la gerencia, por supuesto, le gustó el “compromiso”: solo una baja personal pagada y ninguna baja pagada por enfermedad o cambios en la práctica de programación. Y, dado que el PEB no dijo nada sobre las mejoras a las propuestas de costos compartidos de salud de las empresas, significaba que podían seguir adelante implementando un aumento de aproximadamente 100 dólares mensuales en la participación de los trabajadores en las primas mensuales del seguro de salud, de menos de 300 dólares mensuales bajo el convenio anterior a 398 dólares mensuales al final del acuerdo de cinco años.

El PEB tampoco formuló nuevas recomendaciones sobre los aumentos salariales retroactivos de los tres años anteriores o de los dos años restantes hasta el acuerdo. El “paquete salarial” total, incluidos los pagos atrasados y las bonificaciones anuales, ascendió a solo el 24 por cien en cinco años. El pago atrasado apenas cubrió la inflación de los tres años anteriores. Y para 2023 y 2024, los nuevos aumentos salariales serían solo del 4 y el 4,5 por cien, respectivamente, probablemente mucho menos que las tasas de inflación pronosticadas para los próximos años.

Sin embargo, esto no impediría que el presidente Biden, en una conferencia de prensa el 2 de diciembre, se jactara de que los trabajadores ferroviarios obtendrían un aumento salarial del 45 por cien del que él mismo era responsable. ¡Ambas afirmaciones, por supuesto, descaradamente falsas!

¡A finales de septiembre, el gobierno de Biden se había puesto firmemente del lado de las empresas y en contra de los sindicatos y los trabajadores! La administración ferroviaria se “congeló” por completo en los siguientes 90 días y no ofreció nada nuevo más allá de la mísera recomendación del PEB de un día adicional de baja pagada (que se tomaría como un cumpleaños libre o un día adicional de vacaciones).

A medida que se acercaba el día 90 y estaba claro que no habría acuerdo y que los trabajadores podrían hacer huelga en los cuatro sindicatos más grandes (y otros a su vez respetarían sus piquetes), los políticos se pusieron nerviosos. En noviembre, las empresas advirtieron al gobierno que comenzarían a cerrar parte del tráfico ferroviario para el primer fin de semana de diciembre. Nancy Pelosi, presidenta demócrata de la Cámara de Representantes, respondió públicamente diciendo que la Cámara redactaría una legislación para evitar una huelga ferroviaria y comenzó el proceso. Eso, por supuesto, congeló aún más a los negociadores de la compañía. ¿Por qué aceptar algo más en la hora 11 de negociaciones para llegar a un acuerdo cuando parecía que el gobierno aprobaría una legislación para hacer imposible una huelga y no podrían conceder nada más?

Una vez más, como en agosto y septiembre, la participación del gobierno hizo menos probable, incluso imposible, que las partes llegaran a un acuerdo. Al impedir una huelga, el gobierno estaba impidiendo el progreso en las negociaciones.

Todos los negociadores sindicales saben que la amenaza de una posible huelga a la hora 11 de negociación a menudo resulta en concesiones de última hora por parte de la dirección para evitar una huelga. Pero si esa amenaza de huelga fue eliminada por la intervención del gobierno y la amenaza adicional de no legislar sobre huelga, ¡entonces la posibilidad de concesiones de última hora para evitar una huelga ya no existía!

Los trabajadores no tienen amigos en ningún partido parlamentario

Biden, Pelosi, los demócratas y el Congreso en general estaban preocupados, dijeron, de que una huelga ferroviaria detuviera la desaceleración de la economía estadounidense y acelerara la probabilidad de que la recesión sea pronosticada para principios de 2023 incluso por la mayoría de los economistas convencionales. Además, una huelga significaba que los recursos clave para la producción y los bienes para los consumidores eran escasos. Eso aumentaría la inflación al mismo tiempo. Las diversas medidas de Biden para controlar la inflación en 2022 estaban demostrando ser un fracaso para amortiguar mucho los aumentos de precios, especialmente para alimentos, alquileres y combustible. Y la política de la Reserva Federal de elevar las tasas de interés a lo largo de 2022 aún no había tenido mucho impacto en la inflación para diciembre. Estas fueron las excusas dadas por los políticos para invocar la legislación antihuelga.

A principios de diciembre, la Cámara de Representantes de Estados Unidos, bajo la dirección de Pelosi, aprobó dos leyes. Una de ellas preveía la ilegalización de una huelga y, esencialmente, ordenaba a ambas partes que aceptaran las recomendaciones del PEB. Una segunda votación aplacó a los sindicatos al ordenar la adición de 7 días de baja por enfermedad pagada a las recomendaciones.

Pero esta segunda votación fue un fraude. Era una medida que los demócratas sabían muy bien que nunca pasaría el Senado de Estados Unidos, donde requería 60 votos. Incluso si se votara sobre la necesidad de solo 51 votos para ser aprobada, eso tampoco iba a suceder. El dirigente demócrata del Senado, Schumer, nunca intentó invocar la regla del Senado que habría permitido solo 51 votos. No sabía ninguna duda de que Manchin y Sinema, senadores demócratas, votarían en contra. La segunda votación para 7 días de baja por enfermedad pagada fracasó, como era de esperar, mientras que la primera prohibición de una huelga fue aprobada por el Senado controlado por los demócratas con una amplia mayoría de demócratas y republicanos.

Ni siquiera pudo obtener unos miserables 7 días de baja por enfermedad pagada para los trabajadores ferroviarios, que se aprobaron en su Cámara de Representantes controlada por los demócratas, cuando los periodistas le preguntaron el 2 de diciembre qué proponía hacer a continuación, Biden respondió: “¡Vamos a regresar y obtener vacaciones pagadas para todos los trabajadores!”

Al dividir los dos votos en la Cámara, uno para prohibir la huelga y el otro para aprobar los 7 días de baja, Pelosi y los demócratas se involucraron en una táctica similar a cómo, el año anterior, en noviembre de 2021, derribaron y presentaron su propio proyecto de ley de gastos Build Back Better. En ese caso anterior, separar el gasto en infraestructura de los programas sociales en Build Back Better también resultó en que se aprobara la parte de infraestructura y que el resto de las propuestas de Biden Build Back Better se archivaran para siempre. Si los programas sociales y la infraestructura hubieran permanecido en un solo proyecto de ley, ambos podrían haber sido aprobados. La misma táctica legislativa fue empleada por Pelosi y la Cámara de Representantes en el caso de las votaciones de negociaciones ferroviarias la semana pasada: la primera votación contra la huelga fue votada en contra, pero los 7 días de baja remunerada votaron en contra. Si los 7 días se hubieran incluido en el primer proyecto de ley de prohibición de huelga, bien podría haber pasado y los trabajadores ferroviarios podrían haber obtenido sus 7 días de baja remunerada. Aquellos que querían la prohibición de huelga, que estaban en ambos partidos, podrían haber aceptado los 7 días de baja remunerada como una medida necesaria para que se aprobara su proyecto de ley de prohibición de huelga preferido. Pero tales son las maniobras “demasiado inteligentes” de los políticos.

En el futuro, es poco probable que los sindicatos y los trabajadores intenten desafiar la legislación de prohibición de huelgas que se cierne sobre ellos como una espada de Damocles. Si se declararan en huelga, la gerencia y el Congreso probablemente impondrían multas a sus sindicatos que los romperían financieramente en los próximos años. Incluso podrían declarar a cualquier dirigente culpable de un delito grave si permitieran una huelga, sin mencionar a los propios huelguistas. Incluso podrían hacer un seguimiento haciéndose cargo de los propios sindicatos. El precedente que sentó Reagan con la Professional Air Traffic Controllers Organization (PATCO) en 1981, y otros precedentes menos conocidos, existen para que el gobierno se haga cargo de los sindicatos. Se llama hacer que el Departamento de Trabajo ponga a los sindicatos en una especie de “administración judicial” del gobierno, designe a algún burócrata para dirigir el sindicato durante años, durante los cuales no hay negociación ni huelga alguna. Sin embargo, si los cuatro sindicatos ferroviarios que no han aceptado el “acuerdo” de septiembre del gobierno decidieran ir a la huelga en este momento, la presión legal aumentaría enormemente para evitar que los otros 8 sindicatos ferroviarios honren sus piquetes. Si eso ocurriera, la huelga podría perderse.

Otros sindicatos independientes de la AFL-CIO como los “teamsters” (camioneros) también podrían aumentar la presión sobre los sindicatos ferroviarios en huelga, argumentando entre bastidores que una huelga solo conduciría a una legislación antisindical posiblemente más estricta, especialmente porque los republicanos se harán cargo de la Cámara de Representantes de Estados Unidos en enero.

Pero otros sindicatos estadounidenses no deberían equivocarse: los acontecimientos de los últimos seis meses muestran que no hay “amigos de los trabajadores” en ningún partido político, en el Congreso o en el gobierno de Biden cuando “se trata de empujar” en las negociaciones sindicales críticas. El Sindicato Internacional de Estibadores, ILWU, en la costa oeste, ahora en negociaciones, debe tener especial cuidado. También debería hacerlo la nueva dirección del sindicato Teamsters, que emprenderá negociaciones estratégicas con UPS Corp. el próximo año.

Estamos en un período en el que las élites gobernantes de Estados Unidos están dispuestas a atacar cualquier desafío a su hegemonía y poder a nivel nacional, así como internacional. A medida que esas élites se preparan para enfrentarse a los rivales mundiales de Rusia y China, no dudarán también en garantizar un control firme de las relaciones de clase en Estados Unidos. La reciente intervención del gobierno para negar a los trabajadores ferroviarios el derecho a la huelga no es más que la última y más visible expresión de la política de guerra de clases de las élites en casa.

Jack Rasmus https://norbertobarreto.blog/2022/12/06/trabajadores-ferroviarios-estadounidenses-bajo-el-pulgar/

Avalancha de huelgas obreras en Reino Unido antes de fin de año

La actual lucha de los trabajadores del servicio británico de salud (NHS) por la mejora de sus salarios afecta a 1,6 millones de trabajadores. La batalla salarial está inextricablemente ligada a la batalla por salvar y restaurar el NHS como servicio público de libre acceso para todos. Los recortes de los salarios reales, el aumento de la carga de trabajo y los casi tres años de represión laboral durante la pandemia han dejado al NHS con 130.000 puestos de trabajo sin cubrir sólo en Inglaterra. Faltan un 12 por cien de enfermeros y un 7 por cien de médicos.

Estas carencias se han combinado con déficits similares, pero más graves, en el sector de los servicios sociales (165.000 trabajadores menos) y una inversión insuficiente en edificios y equipos, lo que ha dado lugar a listas de espera interminables. Las largas esperas son ya habituales, incluso para la atención de urgencia: las ambulancias están aparcadas fuera de los hospitales esperando a que ingresen los pacientes y a menudo no están disponibles para acudir a las emergencias.

El personal sanitario y los trabajadores de las ambulancias se preparan para ir a la huelga a partir del jueves. Pero la reivindicación de un salario digno para el personal sanitario, un aumento del presupuesto del NHS y la lucha contra su privatización no es sólo para los trabajadores del NHS, sino para toda la clase obrera.

Los enfermeros del Servicio Nacional de Salud han votado mayoritariamente, por primera vez en 106 años del Colegio de Enfermería, a favor de un calendario de jornadas de huelga hasta enero.

La semana pasada el sindicato GMB y Unison, un sindicato de servicios públicos con 1,3 millones de afiliados, anunciaron que apoyaban la huelga en las empresas de ambulancias de Inglaterra y Gales. Los trabajadores de la sanidad tienen previsto formar piquetes para extender la huelga. El gobierno sabe que, una semana antes de Navidad, los piquetes de los trabajadores supondrían un desastre político. Las encuestas muestran que más de la mitad de los ciudadanos apoyan la huelga de los trabajadores.

Unos 70.000 trabajadores y docentes universitarios se declararon en huelga recientemente, organizando manifestaciones masivas en apoyo a los trabajadores.

La movilización del ejército contra los trabajadores

Ante la avalancha de movilizaciones, el Primer Ministro, Rishi Sunak, prepara nuevas leyes para “proteger a los ciudadanos de las huelgas”. Es un auténtico estado de excepción, con poderes de emergencia y la posibilidad de despedir a los huelguistas. Las leyes antisindicales se sumarían a las medidas para prohibir las protestas y manifestaciones en las calles.

El periódico The Sun informó el 3 de diciembre: “Rishi Sunak está considerando nuevos ‘poderes de emergencia’ para poner fin a un invierno de huelgas. Downing Sreet ha pedido a los ministros que frenen los intentos coordinados de los sindicatos de paralizar Gran Bretaña”. El artículo continúa diciendo: “Se añadirían medidas a la legislación que actualmente tramita el Parlamento para garantizar un nivel mínimo de servicio en los días de huelga en sectores clave, como el ferroviario. El paquete podría incluir facilitar a los empresarios la sustitución permanente de los huelguistas”.

Según el Times, las huelgas son “una prueba que Rishi Sunak y los conservadores no pueden permitirse fallar”. En un editorial sostiene que los conservadores deben demostrar que son capaces de enfrentarse a los grandes problemas. Y que “no hay reto más urgente que evitar la oleada de huelgas que amenaza con paralizar gran parte de los sectores público y privado”.

La decisión del gobierno de “exigir a los sindicatos que garanticen un nivel mínimo de servicios durante las huelgas es alentadora”. Según el Times, obligar a los trabajadores a prestar servicios los días de huelga podría conllevar “fuertes multas para los sindicatos que no cumplan sus exigencias”. Existen “razones para ampliar las obligaciones de nivel de servicio mínimo a sectores como el de enfermería”.

El redactor jefe del Telegraph, Ben Marlow, ha escrito: “El gobierno debe mantenerse firme y enfrentarse a los sindicatos. Es imperativo que los ministros aceleren la legislación sobre servicios mínimos para que la mayoría del país no pueda seguir siendo rehén de las tácticas de intimidación de una minoría, dispuesta a todo para llevarla a la ruina”.

La cadena Sky ha anunciado la movilización de 2.000 soldados por parte del gobierno para garantizar la posible conducción de ambulancias.

‘Las huelgas benefician a Putin’

90 representantes del CWU, el Sindicato de Trabajadores de la Comunicación, se enfrentan actualmente a graves acusaciones que han dado lugar a suspensiones y denuncias a la policía.

Los ministros aconsejan a los empresarios que se resistan a cualquier acuerdo laboral que los sindicatos puedan presentar como una victoria.

El pasado fin de semana Nadhim Zahawi, presidente del Partido Conservador, dijo que “esta huelga es exactamente lo que Putin quiere”. El Primer Ministro Sunak dice que todo el país debe presentar un frente unido a la guerra en Ucrania y que los trabajadores en huelga estaban dividiendo al país.

Pauline, enfermera de salud mental en Escocia, comentó: “Es deplorable utilizar a los trabajadores del NHS como peones en sus maniobras bélicas. Quieren desviar su propia implicación en la escalada de la guerra contra el esforzado personal del NHS y de enfermería». Pauline añadió que las huelgas forman parte de la defensa del sistema público de salud.

“Cuando los salarios no reflejan las cualificaciones y caen por debajo de la inflación cada año, es imposible retener y contratar personal. Algunos de los empleos requieren cuatro años de formación antes de poder empezar a trabajar. La falta de personal es peligrosa y desmoralizante. Significa que no se pueden alcanzar los niveles de atención que queremos ofrecer. Como resultado, la gente muere porque la falta de personal cualificado hace que no puedan recibir la atención adecuada”, añade la trabajadora.

El gobierno responde que no tiene recursos para pagar más a los trabajadores de la sanidad, pero el sueldo de los grandes jefes ha aumentado un 23 por cien este año. El año que viene el gobierno gastará 100.000 millones de libras (casi tanto como todo el presupuesto inglés de salud) en el servicio de la deuda de los grandes financieros que poseen bonos del Estado.

Diez años de la masacre de los mineros sudafricanos del platino

El 16 de agosto de 2012, en las minas de platino de Marikana, la policía sudafricana masacró a 34 huelguistas, en coordinación con la dirección de la multinacional británica Lonmin. Este asesinato fue presentado por la prensa occidental como un asunto exclusivamente “sudafricano”, relacionado con la intensidad de los conflictos sociales del país. Es una lectura que pasa por alto la integración de las minas de platino de Sudáfrica en las cadenas de producción mundiales. Los beneficios del “oro blanco”, esencial para la “transición ecológica” que los gobiernos occidentales dicen promover, se pagan con costes medioambientales y con una violencia múltiple en los lugares donde se extrae. Diez años después, en Marikana, nada parece haber cambiado. Ni para los mineros que arriesgan su vida por un bajo salario, ni para las comunidades que viven en chozas de hojalata cerca de las minas, en un entorno contaminado.

Un metal para un futuro más verde: así presenta el platino el Consejo Mundial de Inversiones en Platino. Esencial para la fabricación de catalizadores para automóviles, diseñados para limitar las emisiones de CO2, semiconductores y aleaciones magnéticas para discos duros, su importancia sigue creciendo con la “transición digital” que se está produciendo en Europa. En Maditlokwa, en la región de Marikana, el “oro blanco” evoca inmediatamente una realidad diferente. Tras la apertura de la mina en 2008, “aumentó el número de mujeres que sufrían abortos. Llegamos a comprender que la causa era el agua, contaminada por las actividades mineras”, dice Cicilia Manyane, presidenta de la Red de Comunidades Mineras en Crisis (MHCCN), que reúne a varios miembros de la comunidad.

Varios estudios han documentado la relación entre la minería en la región y la contaminación del agua, debido al uso de productos químicos en la extracción y el refinado de minerales, el vertido de residuos mineros y la insuficiente inversión de la empresa para prevenir los efectos. “Legalmente, no deberíamos beber el agua que llega a nuestros grifos. Ni siquiera deberíamos bañarnos en ella”, continúa.

Tharisa, la empresa minera que opera en el pueblo, dice que ha proporcionado a las comunidades locales un acceso regular al agua. La experiencia diaria dice a los residentes lo peligroso que es. “Cuando hervimos el agua, aparece un depósito blanco, como si la leche se arremolinara en el té”, comenta Christina Mdau, secretaria del MHCCN. “Nada ha cambiado.

Más de 30 mineros asesinados por la policía

La contaminación del agua por las actividades mineras es sólo una de las muchas quejas que los residentes y los trabajadores tienen contra las empresas del platino. En agosto de 2012, las reivindicaciones se plantearon en una huelga que fue reprimida violentamente por la policía. Más de treinta huelguistas murieron en la “masacre de Marikana”, que se ha convertido en un símbolo de las luchas sociales y medioambientales en el sector minero. “Nada ha cambiado”, nos dicen, desde aquella masacre.

La prensa internacional ha insistido en los determinantes nacionales de la masacre de 2012: la violencia policial, la intensidad de los conflictos sociales, la sulfurosa implicación de Cyril Ramaphosa, accionista de la multinacional Lonmin, figura clave de la política sudafricana y ahora presidente del país. En la víspera de la masacre, en un intercambio de correos electrónicos con la policía, había calificado a los huelguistas de “criminales” y declaró que se pondría en contacto con el Ministerio del Interior para garantizar que se actuara en consecuencia. Aunque la represión fue sin duda obra de la policía sudafricana, es imposible entender este clima incandescente de tensión social sin tener en cuenta las características de la industria del platino.

En el año de la masacre, la empresa perdió rentabilidad. Las multinacionales del platino sufrieron las consecuencias del proceso de financiarización posterior al apartheid, que tanto les había beneficiado inicialmente. La investigadora Samantha Ashman resume: “Desde 1996, el CNA ha reducido el control sobre el capital y el comercio, y ha permitido a los conglomerados trasladar sus listados al extranjero. Esta apertura del país a los mercados financieros internacionales debía facilitar el acceso a la financiación y al capital extranjero. Los accionistas de Lonmin, Anglo-American e Impala, los tres monopolistas del platino, disfrutaron inicialmente de buenos tiempos. Mientras los beneficios eran elevados y las agencias de calificación certificaban que el sector era rentable, el capital seguía fluyendo. Luego, la combinación de la caída de los precios del platino, la disminución de los rendimientos de las actividades mineras -con un platino cada vez más escaso y que requiere más inversión para su extracción- y la crisis más generalizada de 2008, supuso que las tasas históricas de rendimiento de las inversiones cayeran del 30 a alrededor del 15 por cien.

La dependencia de los activos extranjeros hizo que los gigantes del platino tuvieran que volver rápidamente a sus márgenes anteriores para tranquilizar a los inversores, prestamistas y agencias de calificación. Para preservar su acceso a los mercados de capitales, prometieron tasas de rendimiento de las inversiones “absolutamente inalcanzables”. Su modelo: “distribuir y reducir”, es decir, seguir distribuyendo importantes ingresos a los accionistas mientras se reduce el número de trabajadores, despedidos por miles después de 2008. Las presiones contables relacionadas con la evasión de impuestos en las Bermudas de varios cientos de millones de rands al año, documentadas por Dick Forslund, no ayudaron.

En este contexto, los conflictos sociales han aumentado en el cinturón del platino, una franja que atraviesa Sudáfrica de este a oeste y en la que se encuentran grandes cantidades del metal precioso. Por primera vez, tuvieron lugar fuera del marco de las organizaciones tradicionales. El sindicato mayoritario, el NUM, aliado histórico del CNA, había quedado desacreditado entre los trabajadores mineros por su negativa a emprender acciones frontales contra la empresa minera. La huelga de Lonmin en agosto de 2012 contrastó con los conflictos anteriores. Por un lado, los trabajadores que exigían un salario “digno” de 12.500 rands -más del doble de sus ingresos en ese momento- estaban decididos a luchar hasta conseguirlo. Por otro lado, la empresa minera, sometida a una intensa presión internacional, estaba decidida a recuperar el ritmo de producción. Todo estaba preparado para que el conflicto desembocara en una represión violenta.

La policia dispara contra los mineros

El 16 de agosto de 2012, al final de una huelga “salvaje”, la policía sudafricana abrió fuego contra los mineros que se dispersaban. La cobertura mediática de la masacre, en la que se mostraron imágenes insoportables de huelguistas ametrallados, tiende a hacer que el conflicto parezca un asunto enteramente sudafricano. La vulnerabilidad de las empresas del platino a los mercados financieros y la consiguiente política de despidos y compresión salarial en tiempos de recesión es, sin embargo, una cuestión transnacional. Tras lo ocurrido en Marikana, Moody’s advirtió que aceptar un “aumento salarial” generalizado para los trabajadores de las minas tendría “efectos negativos en términos de acceso al crédito para las empresas mineras”. De hecho, Lonmin se fue marchitando poco a poco en los años siguientes a medida que se otorgaban concesiones a los huelguistas, lo que desencadenó un círculo vicioso de retirada de los accionistas y devaluación de la bolsa. La multinacional fue finalmente vendida en 2018 tras perder el 98 por cien de su valor.

Cuando se conmemora el décimo aniversario de la masacre, al pie de la colina donde se retiraron los trabajadores en huelga, han desaparecido las treinta y cuatro cruces que se habían erigido para honrar a las víctimas. Siphiwe Mbatha, coautor junto a Luke Sinwell de un libro sobre los sucesos de 2012, considera que esto es una manifestación de un equilibrio de poder que sigue siendo desfavorable para los trabajadores de las minas.

La llanura, atravesada por las torres de alta tensión que alimentan la mina, está repleta de asentamientos informales de chabolas de chapa ondulada, sin agua corriente, donde residen la mayoría de los trabajadores que se turnan en los pozos y fundiciones. El aire está lleno de polvo, levantado por la actividad en los vertederos de escombros y el constante ir y venir de las camionetas en los caminos de tierra. Las relaciones con los servicios de seguridad de la mina son tan malas como siempre. Y el espectro de la violencia está siempre presente. El pasado mes de junio, una activista de la comunidad local fue asesinada a tiros en la puerta de su casa, mientras que un sindicalista fue asesinado en la cercana ciudad de Rustenburg tras estallar una importante huelga.

El desmantelamiento de Lonmin y su adquisición en 2018 por parte de la sudafricana Sibanye-Stillwater podría haber despertado la esperanza de una mejora en las condiciones de trabajo y de vida de los habitantes. Esto no ha ocurrido. La demanda de un “salario de supervivencia” de 12.500 rands ha sido atendida. Sin embargo, la disparada inflación (casi un 50 por cien desde 2013) relativiza este aumento, al igual que el creciente endeudamiento de los trabajadores, incluso con sus empleadores. Estas ganancias no se aplican a los trabajadores contratados, que están excluidos de las estructuras de negociación colectiva y que reciben sistemáticamente un salario inferior al de sus colegas contratados directamente.

Deterioro de las condiciones sanitarias de los mineros

Aunque se ha avanzado en la prevención de enfermedades como la silicosis y la tuberculosis, los trabajadores soportan la carga de años de trabajo sin protección. Estos problemas no son exclusivos de la región de Marikana. Las estadísticas sudafricanas muestran el deterioro de las condiciones de salud de todos los trabajadores del sector minero. David Van Vyk, investigador de la Fundación Bench Marks, es categórico. “En ‘La situación de la clase obrera en Inglaterra’, Engels informa que en el siglo XIX los trabajadores tenían una esperanza de vida de entre 40 y 60 años. Estamos en el siglo XXI y esta es la condición de los trabajadores mineros en Sudáfrica hoy en día. Un estudio realizado a 300.000 sudafricanos entre 2001 y 2013 reveló que la tasa de mortalidad de los ex mineros era un 20 por cien superior a la del resto de la población”.

Los miembros de la Asociación de Trabajadores de la Minería y la Construcción (AMCU, el sindicato ahora mayoritario en la región) cuestionan la política de vivienda de la empresa Sibanye-Stillwater. Algunos mineros siguen viviendo en albergues, donde los trabajadores comparten habitaciones y están sujetos a horarios de entrada y salida controlados. Hasta 2020, las invitaciones desde fuera de la mina seguían estando prohibidas. Ahora se permiten, pero sólo por un tiempo limitado. Un minero puede conseguir una habitación individual para recibir a su mujer, durante un máximo de un mes. “Nos consideran esclavos”, dicen. Por supuesto, los trabajadores son libres de negarse a vivir en estos albergues… a condición de que a menudo acepten vivir en chozas informales, como las del pueblo de Maditlokwa.

Los miembros de la Red de Comunidades Mineras en Crisis denuncian la contaminación y la degradación de las condiciones de vida en torno a la mina. Señalan con el dedo la responsabilidad de la empresa Tharisa, acusada de incumplir sistemáticamente sus compromisos.

La mina, que desplazó a los habitantes del pueblo hace unos años, sigue mordisqueando sus tierras. Ahora vierte sus escombros justo delante de la escuela primaria, levantando nubes de polvo, e instala sus vallas eléctricas a pocos metros de las casas. “Siempre tenemos miedo de que un niño, inconsciente del peligro, se electrocute”, dice un residente. El aire está lleno de dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno y polvo. Los residentes sufren de sinusitis crónica y enfermedades respiratorias. Las refinerías y las excavaciones a cielo abierto de la zona han superado sistemáticamente los niveles reglamentarios de contaminación atmosférica, incluso cuando éstos se incrementan gradualmente, muy por encima de las directrices internacionales, como se documenta en los informes de la Bench Mark Foundation.

Las empresas se aprovechan de las lagunas legales de la legislación sudafricana. Desde 2002, la ley hace responsables a las empresas de los daños medioambientales causados por sus operaciones. Pero es más ambiguo en el caso de las comunidades desplazadas por las actividades mineras, como fue el caso de los habitantes de Maditlokwa: se menciona la simple “compensación”, sin especificar su naturaleza. Del mismo modo, las obligaciones sociales de las empresas no están claramente definidas, sobre todo en materia de vivienda. Los planes sociolaborales (PSL), en cuya elaboración deben participar las comunidades locales, los sindicatos y las autoridades municipales, detallan sus compromisos sociales y medioambientales. El Departamento de Recursos Minerales y Energía se encarga de evaluar su cumplimiento para renovar las concesiones mineras. La población local se encoge de hombros ante estas obligaciones legales. Las autoridades sudafricanas permitieron a Sibanye-Stillwater hacerse cargo de Lonmin en 2018, siempre y cuando aplicara los PSL de la empresa, que incluía la construcción de varios miles de viviendas. Sin embargo, los compromisos más recientes de la empresa no incluyen ningún objetivo de vivienda. Recientemente, la empresa se negó a facilitar a Amnistía Internacional la documentación sobre el cumplimiento de sus normas de protección de la vida después de haber prometido hacerla pública.

Los metales del grupo del platino (MGP), incluidos el platino, el paladio y el iridio, desempeñan un papel fundamental en la “transición verde” -al igual que muchos metales raros- al permitir la producción de catalizadores para automóviles que reducen las emisiones. Una parte creciente de estos metales se destina al sector digital: se utilizan para mejorar la capacidad de almacenamiento de los discos duros y la eficiencia de los centros de datos. El conflicto ucraniano no ha hecho más que aumentar la centralidad de Sudáfrica en la producción de MGP: como mayor proveedor mundial, su principal competidor sigue siendo Rusia, ahora sometida a fuertes sanciones.

Maud Barret Bertelloni y Vincent Ortiz https://lvsl.fr/metal-vert-et-exploitation-des-mineurs-dix-ans-apres-le-massacre-business-as-usual-a-marikana/

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