La web más censurada en internet

Etiqueta: Internacionalismo (página 1 de 5)

Solidaridad internacionalista con los presos políticos y los represaliados en España

Iván Leszno

Hace unos meses fui invitado por unos compañeros de Italia a denunciar la falta de derechos y libertades en España, enfocado en el caso del colectivo La Insurgencia, del cual he formado parte. Los 12 procesados que formábamos el colectivo seguimos estando condenados a prisión, a una multa inasumible, a años de inhabilitación, al pago del juicio farsa al que fuimos sometidos en la Audiencia Nacional y a la eliminación de nuestro trabajo. Desde mi grupo de apoyo hemos denunciado muchas veces que decenas de miles de condenas como la mía siguen en pie y que es deber de todo solidario brindar apoyo al caso.

Cabe señalar la poca trascendencia que esta lección de solidaridad ha tenido en España. Puede ser porque el debate que había hace un año sobre la represión, las libertades democráticas, los presos y represaliados políticos se haya ido apagando hasta parecer que aquí no ha pasado nada.

Ahora tenemos otro gobierno, el mismo que estaba cuando empezó la crisis y que no ha tocado ni una coma de la legislación (y no me refiero sólo a la Ley Mordaza, la cual no me han aplicado) que nos ha llevado a tantas personas a ser injustamente condenadas a prisión. Pero no voy a enrrollarme con esto.

La cuestión es que la denuncia del caso ha traspasado fronteras hasta llegar a Génova, donde estuve hace unos días para encontrarme con nuestros compañeros italianos del Centro Social Pinelli.

Me pasé todo el camino desde el aeropuerto de Milán hasta Génova intercambiando experiencias sobre España e Italia con el compañero que vino a recogerme.

Al compi le parecía que en nuestro país contamos con más democracia y libertad que en el suyo. Sin ánimo de competir, le empecé a entrar en detalle con la represión de la policía al pueblo catalán durante el referéndum democrático. No daba crédito. Me respondía que las imágenes y vídeos que llegaron a Italia ya habían dejado en muy mal lugar al Estado español, pero que enterarse de cómo la policía entró a los colegios para robar las urnas era demasiado. Yo le replicaba que allí al menos habían conseguido algo tan importante como fue derrotar al fascismo durante la segunda guerra mundial, creando un Estado nuevo, algo que aquí no hemos hecho. Me habló de lo prematuro del eurocomunismo en Italia y de la destrucción del movimiento popular italiano y la liquidación del PCI, de la responsabilidad de Togliatti al amnistiar a los fascistas, de cómo el fascismo no fue destruido del todo.

Llegamos a la conclusión de que al suceder esto en Italia y de que el fascismo continuase en España, es imprescindible crear puentes solidarios entre los represaliados de uno u otro país. Cuando le di a conocer la situación de los presos políticos (juicios farsa, desatención sanitaria, censura, criminalización…), en concreto la de los dos Manueles (CamaradaArenas y Arango), me decía: «Tío, se entiende que esto pasase en 1419 ¿Pero todavía pasa en España en 2019?»

Cuando fuimos a cenar por la noche con más compañeros genoveses, me di cuenta de una diferencia muy importante que tenemos los italianos y los españoles a la hora de debatir sobre política, historia, economía o cualquier tema de actualidad. Ellos debaten a pleno pulmón sobre cualquier cosa y hasta cantan a gritos canciones antifascistas de todo tipo, ya seaen casa o en una plaza llena de carabineros. Cuando les conté que en España estamos habituados a debatir bajito en cualquier parte y a no cantar según qué cosas en según qué sitios, alucinaban.

Un compañero que me insistía en las semejanzas entre los dos países, me respondió con mucha rabia: «A los fascistas hay que eliminarles, pero de verdad. Que no quede ni uno de su estirpe, para que no tengamos a ninguno que cuando crezca reclame nada de sus padres y abuelos, o si no, nos ocurre como en Italia con la familia Mussolini». La cara de odio de clase con la que me comentaba esto se me quedó grabada en la memoria.

Al día siguiente celebramos el acto en el Pinelli, un centro en el que organizan montones de actos y actividades populares como talleres de boxeo para chavales sin recursos, jornadas de convivencia… Había una exposición en la que enseñaban con orgullo fotos originales de partisanos de la ciudad durante la liberación antifascista de Génova. El ambiente era estupendo, de mucho compañerismo.

Dimos comienzo al acto. Dos compañeros que hablaban castellano perfectamente se encargaron de hacer de intérpretes. Quise dejar claro desde el principio que yo no estaba allí para darles ninguna lección de sabiondo ni en calidad de mártir ultrarrevolucionario, sino que había ido con la intención de aprender de ellos y de su experiencia contra la represión en Italia.

Les desarrollé los por qué, para qué, cómo y cuándo se organiza el colectivo La Insurgencia, la repercusión de la crisis económica en España, el carácter fascista del Estado, la falsa transición, la ilegalidad de la Audiencia Nacional que se creó por decreto ley como continuación del Tribunal de Orden Público, la de la sacrosanta Constitución que se impuso por medio de una asamblea legislativa, la monarquía heredada de Franco y el resto del sinfin de mierdas que los españoles tenemos que escuchar todos los días como las reglas eternas de esta «democracia».

Proseguí con la represión al colectivo. Los 7 años y pico que nos pedían en un principio a cada uno de los 12 procesados, la vigilancia de la policía, el juicio en el que el fiscal comparó a los GRAPO y a nosotros con yihadistas, la represión recibida tras la condena (censuras e intoxicaciones de todo tipo y de todas partes, prohibiciones de actos y entrevistas, amenazas de muerte…), la continuación de la campaña de mi grupo de apoyo tras la reducción de la condena que conseguimos gracias a la denuncia organizada por todo el Estado entre represaliados y solidarios y la situación de aflojamiento de la represión en la que ahora nos encontramos en España y que no tardará nada en acabar debido al empeoramiento de la crisis.

Durante el debate estuvimos intercambiando impresiones sobre ese supuesto auge del fascismo en Europa del que tanto se ha habla en los últimos años.

Todos concidíamos en general en que el fascismo no se trata de un partido único, aislado del Estado y controlado por un líder lunático, ni tampoco de una ideología, sino de la forma de dominación política de la burguesía financiera en la época del imperialismo, que esto se cumple tanto en Italia como en España y que por lo tanto es un fenómeno universal (sin dar a entender que todos los países capitalistas sean fascistas ni mucho menos).

Cuando me pedí el turno de palabra y les pregunté qué harían ellos para cambiar la situación en Italia y de qué manera organizarían el movimiento popular, me respondían qué no sabían qué hacer. Esto me impactó un poco.

Pensé en lo que ha servido la participación de los partidos de «izquierdas», los partidos «comunistas» degenerados y los sindicatos vendidos en la falsa democracia de los bancos y las grandes empresas.

Entonces me terminaron por responder en italiano: «Lo que sí sabemos es que salir de tu casa para votar y quedarte de brazos cruzados durante cuatro años no sirve de nada».

Les puse de ejemplo la forma en la que estamos tratando de construir el movimiento popular en España: organizando asambleas y colectivos antifascistas, democráticos e independientes, vecinales, juveniles, de estudiantes, de jubilados, grupos de apoyo, contra el paro y los desahucios, de trabajadores en lucha, contra la represión y por la solidaridad, centros sociales y culturales, al margen de las instituciones del régimen, por el boicot de las elecciones, con objetivos a corto, medio y largo plazo… Y dijeron estar de acuerdo con el contenido y la forma, que eso es lo que tratan de hacer en el Pinelli y que es lo que seguirán haciendo y mejorando.

Al día siguiente, antes de marchar a Málaga, ya me estaban invitando volver a Génova dentro de un tiempo y a pasarme por Roma para exponer el caso en la capital. Porque esto no puede quedar así, me insistían.

Seguiré yendo allí donde me reclamen para aportar mi grano de arena contra este régimen económico, con el espíritu de aquel compañero que decía que la solidaridad es la ternura de los pueblos.

Aprendamos del ejemplo de estos compañeros. Nos hace mucha falta en España.

La justificación histórica del nacionalismo burgués en la lucha contra el imperialismo

Juan Manuel Olarieta

Es una concepción muy extendida que, como los archivos de un ordenador, la historia también se puede borrar. Pero por extendida que esté, es errónea. Es absolutamente imposible. La historia es una evolución, un desarrollo y una metamorfosis, un cambio en la forma, una transformación de un acontecimiento en otro.

Si, es cierto, el feudalismo desapareció para dejar paso al capitalismo, pero aún subsisten instituciones feudales, como las monarquías dentro de los Estados burgueses más avanzados.

En los países con una trayectoria más dilatada en el tiempo, el pasado no ha esfumado, incluso el más remoto; está enterrado. Cualquier arqueólogo sabe que basta excavar un poco para adentrarse miles de años en la historia.

El materialismo histórico no se llama de esa manera sólo porque tenga en cuenta la historia, sino porque, además, considera que la historia está presente, según la gráfica expresión de Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”(1).

Si, es cierto, la URSS también desapareció, pero su peso en la historia del siglo pasado ha sido tan gigantesco que sus efectos se siguen haciendo sentir, dentro y fuera de Rusia. La URSS llegó a la historia para quedarse de manera definitiva. Como el Cid Campeador, sigue ganando batallas después de desaparecida.

Cuando se han cumplido 100 años de la Revolución de Octubre es importante recordarlo e insistir en ello: la URSS cambió de manera radical y definitiva las relaciones internacionales, a costa de un sacrificio gigantesco, con millones de muertos. No fue sólo porque el proletariado, que es una clase esencialmente internacional, mantiene una concepción distinta a la burguesía también sobre ese aspecto, sino por algo mucho más acuciante: los imperialistas nunca admitieron la existencia de la URSS como Estado.

A la URSS los más fuertes no le regalaron su derecho a permanecer en la historia, bien entendido que los soviets nunca trataron de estar ahí de cualquier manera, sino con una personalidad propia, con sus propios principios y sus propias reglas, empezando por las que deben regir en las relaciones entre distintos países, naciones y Estados.

Por eso el primer decreto que aprobó el gobierno soviético fue el Decreto sobre la Paz que, como la propia Revolución de Octubre, cambió el mundo para siempre, de manera irreversible. Hasta entonces el derecho internacional era el derecho de la guerra; desde entonces es un derecho para impedirla. Hoy hasta las guerras se hacen por la paz, en su nombre, naturalmente prostituyéndola.

Hasta 1917 las guerras eran choques militares entre un puñado de grandes potencias donde el resto del planeta era “tierra de nadie” con la que podían disponer como les diera la gana. Las conquistas y las anexiones de esas tierras no eran verdaderas guerras porque los “salvajes” estaban fuera de la civilización y de las normas por las que se rige.

La descolonización, el acceso de la independencia de los pueblos del Tercer Mundo y el movimiento de los países no alineados fueron consecuencia del papel activo de la URSS en el mundo y, principalmente, de la victoria frente al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. En la Carta de la ONU, aprobada en 1945, la URSS impuso nuevos principios fundamentales sobre las relaciones entre los países que hoy nadie se atreve a discutir siquiera.

En pleno siglo XXI esa “pesadilla” que se llamó la URSS sigue “oprimiendo” el cerebro de la burguesía, a la que le gustaría desembarazarse de tales fantasmas “del pasado” y con ellos de algunas de las materializaciones que subsisten, que son bien reales, entre ellas los pueblos, las naciones y los Estados surgidos de la descolonización del Tercer Mundo.

A diferencia del pasado, de hace 100 años, hoy el imperialismo no puede imponerse sin someter a esos países, confirmando así el pronóstico leninista de que en esta etapa superior del capitalismo se intensificará “el yugo nacional” (2), como así ocurre hoy por doquier, sumando -e incluso fusionando hasta cierto punto- las contradicciones de clase con las aspiraciones de poblaciones enteras a su liberación. En el futuro, vaticinó Lenin, “la revolución socialista no será única ni principalmente una lucha de los proletarios revolucionarios de cada país contra su burguesía; no, será un lucha de todas las colonias y de todos los países oprimidos por el imperialismo, de todos los países dependientes, contra el imperialismo internacional”(3).

La política de los imperialistas es justamente la contraria, como cabe esperar. Ha consistido siempre en romper los lazos de unión de los países socialistas y el movimiento obrero con el los países del Tercer Mundo con múltiples subterfugios y la colaboración de los grupos oportunistas, como la Guerra de Siria está poniendo de manifiesto con absoluta claridad.

La Revolución de Octubre acabó con el papel pasivo que el Tercer Mundo había jugado hasta entonces en la historia: “En la revolución actual empieza un periodo en el que todos los pueblos orientales participarán en la decision de los destinos del mundo”, escribió Lenin. Esta revolución -advirtió- durará “muchos años y exigirá muchos esfuerzos” y se trata, además, de una tarea cuya solución nadie va a encontrar en “ningún libro comunista” porque no se trata de “luchar contra el capital sino contra las superviviencias del medievo”.

Lo que si es seguro es que en los países avanzados la vanguardia no puede llevar a cabo el paso al comunismo por sus propias fuerzas. Necesita apoyarse en la lucha de las naciones y los países dependientes y oprimidos. Los comunistas, concluye Lenin, “tendrán que apoyarse en el nacionalismo burgués que despierta en estos pueblos, nacionalismo que no puede menos que despertar y que tiene su justificación histórica”(4).

Los oportunistas de pacotilla deberían reflexionar un poco sobre el significado de esas palabras de Lenin, pensando en los nacionalistas burgueses que les rodean, tanto en Catalunya como en Siria, y que están haciendo por la revolución proletaria y la lucha contra el imperialismo mucho más de lo que ellos serán nunca capaces de reconocer.

(1) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.11.
(2) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.142.
(3) Lenin, II Congreso de las organizaciones comunistas de los pueblos Oriente, Obras Completas, tomo 39, pg.338.
(4) Lenin, idem, pg.342.

El actor Danny Glover rinde homenaje al Che en Cuba

El actor estadounidense Danny Glover, un conocido luchador que ha sido varias veces detenido en su país por motivos políticos, ha participado en un homenaje al Che Guevara en Santa Clara, la ciudad cubana cuya liberación encabezó en 1959 al frente de las fuerzas armadas revolucionarias.

Jorgelina Pestana, presidenta del Asamblea Provincial del poder popular en la ciudad de Santa Clara, entregó al actor una estatua del Che Guevara y una revista especial que recoge la huella de Fidel Castro en aquella provincial del centro de la Isla.

Tras depositar una flor delante del nicho que alberga los restos del Che, Glover pronunció un breve discurso en el que glosó su admiración hacia el dirigente guerrillero que murió heroicamente en Bolivia.

“El recuerdo de esta visita permanecerá en mí. Es un lugar que quería visitar cuando planificamos este viaje a Cuba”, dijo el actor estadounidense, que estaba acompañado por su mujer, Elaine Cavalleiro, y por James Early, un intelectual y luchador político estadounidense.

“El Che siempre evoca una pasión extraordinaria para todos aquellos que asumen el desafío de cambiar la historia. Son momentos especiales. Cuando uno está en este sagrado sitio, el corazón empieza a latir más rápidamente. Haber venido hasta aquí será uno de los momentos más importantes para mí”, confesó emocionado.

Mucho antes de ser actor, Glover ya era un luchador comprometido, una faceta que nunca ha abandonado. Muchos actores aprovechan su fama para apoyar determinadas causas políticas, pero el caso de Danny Glover es al contrario. Es hijo de militantes políticos y desde su juventud participó, junto con su mujer, en el movimiento negro estadounidense.

Además de títulos comerciales, en su carrera como actor hay varias películas de denuncia política y social, como Bopha! (1993) o Boesman & Lena (2000), contrarias al apartheid sudafricano, un tema que trató en otras películas como Mandela (1987), donde encarnó al dirigente africano,  En busca del sueño americano (1996), Freedom Song (2000), o la genial Manderlay (2005) de Lars Von Trier.

En 2002 debutó como director con el drama Sólo un sueño, al que siguió Toussaint, una película basada en la biografía del hombre que dirigió la revolución de los esclavos en Haití en el siglo XVIII. Glover realizó la película con dinero del gobierno bolivariano de Venezuela.

50 años de la Conferencia Tricontinental

Mensaje a la Tricontinental
Ernesto ‘Che’ Gevara
Ya se han cumplido veintiún años desde el fin de la última conflagración mundial y diversas publicaciones, en infinidad de lenguas, celebran el acontecimiento simbolizado en la derrota del Japón. Hay un clima de aparente optimismo en muchos sectores de los dispares campos en que el mundo se divide.

Veintiún años sin guerra mundial, en estos tiempos de confrontaciones máximas, de choques violentos y cambios repentinos, parecen una cifra muy alta. Pero, sin analizar los resultados prácticos de esa paz por la que todos nos manifestamos dispuestos a luchar (la miseria, la degradación, la explotación cada vez mayor de enormes sectores del mundo) cabe preguntarse si ella es real.

No es la intención de estas notas historiar los diversos conflictos de carácter local que se han sucedido desde la rendición del Japón, no es tampoco nuestra tarea hacer el recuento, numeroso y creciente, de luchas civiles ocurridas durante estos años de pretendida paz. Bástenos poner como ejemplos contra el desmedido optimismo las guerras de Corea y Vietnam.

En la primera, tras años de lucha feroz, la parte norte del país quedó sumida en la más terrible devastación que figure en los anales de la guerra moderna; acribillada a bombas; sin fábricas, escuelas u hospitales; sin ningún tipo de habitación para albergar a diez millones de habitantes.

En esta guerra intervinieron, bajo la fementida bandera de las Naciones Unidas, decenas de países conducidos militarmente por los Estados Unidos, con la participación masiva de soldados de esa nacionalidad y el uso, como carne de cañón, de la población sudcoreana enrolada.

En el otro bando, el ejército y el pueblo de Corea y los voluntarios de la República Popular China contaron con el abastecimiento y asesoría del aparato militar soviético. Por parte de los norteamericanos se hicieron toda clase de pruebas de armas de destrucción, excluyendo las termonucleares pero incluyendo las bacteriológicas y químicas, en escala limitada. En Vietnam se han sucedido acciones bélicas, sostenidas por las fuerzas patrióticas de ese país casi ininterrumpidamente contra tres potencias imperialistas: Japón, cuyo poderío sufriera una caída vertical a partir de las bombas de Hiroshima y Nagasaki; Francia, que recupera en aquel país vencido sus colonias indochinas e ignoraba las promesas hechas en momentos difíciles; y los Estados Unidos, en esta última fase de la contienda.

Hubieron confrontaciones limitadas en todos los continentes, aún cuando en el americano, durante mucho tiempo, sólo se produjeron conatos de lucha de liberación y cuartelazos, hasta que la revolución cubana diera su clarinada de alerta sobre la importancia de esta región y atrajera las iras imperialistas, obligándola a la defensa de sus costas en Playa Girón, primero, y durante la Crisis de Octubre, después.

Este último incidente pudo haber provocado una guerra de incalculables proporciones, al producirse, en torno a Cuba, el choque de norteamericanos y soviéticos.

Pero, evidentemente, el foco de las contradicciones, en este momento, está radicado en los territorios de la península indochina y los países aledaños. Laos y Vietnam son sacudidos por guerras civiles, que dejan de ser tales al hacerse presente, con todo su poderío, el imperialismo norteamericano, y toda la zona se convierte en una peligrosa espoleta presta a detonar.

En Vietnam la confrontación ha adquirido características de una agudeza extrema. Tampoco es nuestra intención historiar esta guerra. Simplemente, señalaremos algunos hitos de recuerdo.

En 1954, tras la derrota aniquilante de Dien-Bien-Phu, se firmaron los acuerdos de Ginebra, que dividía al país en dos zonas y estipulaba la realización de elecciones en un plazo de 18 meses para determinar quiénes debían gobernar a Vietnam y cómo se reunificaría el país. Los norteamericanos no firmaron dicho documento, comenzando las maniobras para sustituir al emperador Bao-Dai, títere francés, por un hombre adecuado a sus intenciones. Este resultó ser Ngo-Din-Diem, cuyo trágico fin -el de la naranja exprimida por el imperialismo- es conocido de todos.

En los meses posteriores a la firma del acuerdo, reinó el optimismo en el campo de las fuerzas populares. Se desmantelaron reductos de lucha antifrancesa en el sur del país y se esperó el cumplimiento de lo pactado. Pero pronto comprendieron los patriotas que no habría elecciones a menos que los Estados Unidos se sintieran capaces de imponer su voluntad en las urnas, cosa que no podría ocurrir, aún utilizando todos los métodos de fraude de ellos conocidos.

Nuevamente se iniciaron las luchas en el sur del país y fueron adquiriendo mayor intensidad hasta llegar al momento actual, en que el ejército norteamericano se compone de casi medio millón de invasores, mientras las fuerzas títeres disminuyen su número, y sobre todo, han perdido totalmente la combatividad.

Hace cerca de dos años que los norteamericanos comenzaron el bombardeo sistemático de la República Democrática de Vietnam en un intento más de frenar la combatividad del sur y obligar a una conferencia desde posiciones de fuerza. Al principio, los bombardeos fueron más o menos aislados y se revestían de la máscara de represalias por supuestas provocaciones del Norte. Después aumentaron en intensidad y método, hasta convertirse en una gigantesca batida llevada a cabo por las unidades aéreas de los Estados Unidos, día a día, con el propósito de destruir todo vestigio de civilización en la zona norte del país. Es un episodio de la tristemente célebre escalada.

Las aspiraciones materiales del mundo yanqui se han cumplido en buena parte a pesar de la denodada defensa de las unidades antiaéreas vietnamitas, de los más de 1.700 aviones derribados y de la ayuda del campo socialista en material de guerra.

Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones, las esperanzas de victoria de todo un mundo preterido, está trágicamente solo. Ese pueblo debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva en el sur, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo.

La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o la victoria.

Cuando analizamos la soledad vietnamita nos asalta la angustia de este momento ilógico de la humanidad.

El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartidos por todo el orbe. ¡Ya lo sabemos, señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, sí, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya buen tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista.

Preguntemos, para lograr una respuesta honrada: ¿Está o no aislado el Vietnam, haciendo equilibrios peligrosos entre las dos potencias en pugna?

Y, ¡qué grandeza la de ese pueblo! ¡Qué estoicismo y valor, el de ese pueblo! Y qué lección para el mundo entraña esa lucha. Hasta dentro de mucho tiempo no sabremos si el presidente Johnson pensaba en serio iniciar algunas de las reformas necesarias a un pueblo –para limar aristas de las contradicciones de clase que asoman con fuerza explosiva y cada vez más frecuentemente–. Lo cierto es que las mejoras anunciadas bajo el pomposo título de lucha por la gran sociedad han caído en el sumidero de Vietnam.

El más grande de los poderes imperialistas siente en sus entrañas el desangramiento provocado por un país pobre y atrasado y su fabulosa economía se resiente del esfuerzo de guerra. Matar deja de ser el más cómodo negocio de los monopolios. Armas de contención, y no en número suficiente, es todo lo que tienen estos soldados maravillosos, además del amor de su patria, a su sociedad y un valor a toda prueba.

Pero el imperialismo se empantana en Vietnam, no halla camino de salida y busca desesperadamente alguno que le permita sortear con dignidad este peligroso trance en que se ve. Mas los “cuatro puntos” del Norte y “los cinco” del Sur lo atenazan, haciendo aún más decidida la confrontación.

Todo parece indicar que la paz, esa paz precaria a la que se ha dado tal nombre, sólo porque no se ha producido ninguna conflagración de carácter mundial, está otra vez en peligro de romperse ante cualquier paso irreversible, e inaceptable, dado por los norteamericanos.

Y, a nosotros, explotados del mundo, ¿cuál es el papel que nos corresponde? Los pueblos de tres continentes observan y aprenden su lección en Vietnam. Ya que, con la amenaza de guerra, los imperialistas ejercen su chantaje sobre la humanidad, no temer la guerra, es la respuesta justa. Atacar dura e ininterrumpidamente en cada punto de confrontación, debe ser la táctica general de los pueblos.

Pero, en los lugares en que esta mísera paz que sufrimos no ha sido rota, ¿cuál será nuestra tarea? Liberarnos a cualquier precio.

El panorama del mundo muestra una gran complejidad. La tarea de la liberación espera aún a países de la vieja Europa, suficientemente desarrollados para sentir todas las contradicciones del capitalismo, pero tan débiles que no pueden ya seguir el rumbo del imperialismo o iniciar esta ruta. Allí las contradicciones alcanzarán en los próximos años carácter explosivo, pero sus problemas y, por ende, la solución de los mismos son diferentes a la de nuestros pueblos dependientes y atrasados económicamente.

El campo fundamental de la explotación del imperialismo abarca los tres continentes atrasados, América, Asia y África. Cada país tiene características propias, pero los continentes, en su conjunto, también las presentan.

América constituye un conjunto más o menos homogéneo y en la casi totalidad de su territorio los capitales monopolistas norteamericanos mantienen una primacía absoluta. Los gobiernos títeres o, en el mejor de los casos, débiles y medrosos, no pueden oponerse a las órdenes del amo yanqui. Los norteamericanos han llegado casi al máximo de su dominación política y económica, poco más podrían avanzar ya; cualquier cambio de la situación podría convertirse en un retroceso en su primacía. Su política es mantener lo conquistado. La línea de acción se reduce en el momento actual, al uso brutal de la fuerza para impedir movimientos de liberación, de cualquier tipo que sean.

Bajo el eslogan, “no permitiremos otra Cuba”, se encubre la posibilidad de agresiones a mansalva, como la perpetrada contra Santo Domingo, o anteriormente, la masacre de Panamá, y la clara advertencia de que las tropas yanquis están dispuestas a intervenir en cualquier lugar de América donde el orden establecido sea alterado, poniendo en peligro sus intereses. Esa política cuenta con una impunidad casi absoluta; la OEA es una máscara cómoda, por desprestigiada que esté; la ONU es de una ineficiencia rayana en el ridículo o en lo trágico; los ejércitos de todos los países de América están listos a intervenir para aplastar a sus pueblos. Se ha formado, de hecho, la internacional del crimen y la traición.

Por otra parte las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución.

Asia es un continente de características diferentes. Las luchas de liberación contra una serie de poderes coloniales europeos, dieron por resultado el establecimiento de gobiernos más o menos progresistas, cuya evolución posterior ha sido, en algunos casos, de profundización de los objetivos primarios de la liberación nacional y en otros de reversión hacia posiciones pro-imperialistas.

Desde el punto de vista económico, Estados Unidos tenía poco que perder y mucho que ganar en Asia. Los cambios le favorecen; se lucha por desplazar a otros poderes neocoloniales, penetrar nuevas esferas de acción en el campo económico, a veces directamente, otras utilizando al Japón.

Pero existen condiciones políticas especiales, sobre todo en la península indochina, que le dan características de capital importancia al Asia y juegan un papel importante en la estrategia militar global del imperialismo norteamericano. Este ejerce un cerco a China a través de Corea del Sur, Japón, Taiwan, Vietnam del Sur y Tailandia, por lo menos.

Esa doble situación; un interés estratégico tan importante como el cerco militar a la República Popular China y la ambición de sus capitales por penetrar esos grandes mercados que todavía no dominan, hacen que el Asia sea uno de los lugares más explosivos del mundo actual, a pesar de la aparente estabilidad fuera del área vietnamita.

Perteneciendo geográficamente a este continente, pero con sus propias contradicciones, el Oriente Medio está en plena ebullición, sin que se pueda prever hasta donde llegará esa guerra fría entre Israel, respaldada por los imperialistas, y los países progresistas de la zona. Es otro de los volcanes amenazadores del mundo.

El África, ofrece las características de ser un campo casi virgen para la invasión neocolonial. Se han producido cambios que, en alguna medida, obligaron a los poderes neocoloniales a ceder sus antiguas prerrogativas de carácter absoluto. Pero, cuando los procesos se llevan a cabo ininterrumpidamente, al colonialismo sucede, sin violencia, un neocolonialismo de iguales efectos en cuanto a la dominación económica se refiere.

Estados Unidos no tenía colonias en esta región y ahora lucha por penetrar en los antiguos cotos cerrados de sus socios. Se puede asegurar que África constituye, en los planes estratégicos del imperialismo norteamericano, su reservorio a largo plazo; sus inversiones actuales sólo tienen importancia en la Unión Sudafricana y comienza su penetración en el Congo, Nigeria y otros países, donde se inicia una violenta competencia (con carácter pacífico hasta ahora) con otros poderes imperialistas.

No tiene todavía grandes intereses que defender salvo su pretendido derecho a intervenir en cada lugar del globo en que sus monopolios olfateen buenas ganancias o la existencia de grandes reservas de materias primas.

Todos estos antecedentes hacen lícito el planteamiento interrogante sobre las posibilidades de liberación de los pueblos a corto o mediano plazo.

Si analizamos el África veremos que se lucha con alguna intensidad en las colonias portuguesas de Guinea, Mozambique y Angola, con particular éxito en la primera y con éxito variable en las dos restantes. Que todavía se asiste a la lucha entre los sucesores de Lumumba y los viejos cómplices de Tshombe en el Congo, lucha que, en el momento actual, parece inclinarse a favor de los últimos, los que han “pacificado” en su propio provecho una gran parte del país, aunque la guerra se mantenga latente.

En Rhodesia el problema es diferente: el imperialismo británico utilizó todos los mecanismos a su alcance para entregar el poder a la minoría blanca que lo detenta actualmente. El conflicto, desde el punto de vista de Inglaterra, es absolutamente artificial, sólo que esta potencia, con su habitual habilidad diplomática –también llamada hipocresía en buen romance– presenta una fachada de disgustos ante las medidas tomadas por el gobierno de Ian Smith, y es apoyada en su taimada actitud por algunos de los países del Commonwealth que la siguen, y atacada por una buena parte de los países del África Negra, sean o no dóciles vasallos económicos del imperialismo inglés.

En Rhodesia la situación puede tornarse sumamente explosiva si cristalizan los esfuerzos de los patriotas negros para alzarse en armas y este movimiento fuera apoyado efectivamente por las naciones africanas vecinas. Pero por ahora todos los problemas se ventilan en organismos tan inocuos como la ONU, el Commonwealth o la OUA.

Sin embargo, la evolución política y social del África no hace prever una situación revolucionaria continental. Las luchas de liberación contra los portugueses deben terminar victoriosamente, pero Portugal no significa nada en la nómina imperialista. Las confrontaciones de importancia revolucionaria son las que ponen en jaque a todo el aparato imperialista, aunque no por eso dejemos de luchar por la liberación de las tres colonias portuguesas y por la profundización de sus revoluciones.

Cuando las masas negras de Sudáfrica o Rodesia inicien su auténtica lucha revolucionaria, se habrá iniciado una nueva época en el África. O, cuando las masas empobrecidas de un país se lancen a rescatar su derecho a una vida digna, de las manos de las oligarquías gobernantes.

Hasta ahora se suceden los golpes cuartelarios en que un grupo de oficiales reemplaza a otro o a un gobernante que ya no sirva sus intereses de casta y a los de la potencias que los manejan solapadamente pero no hay convulsiones populares. En el Congo se dieron fugazmente estas características impulsadas por el recuerdo de Lumumba, pero han ido perdiendo fuerzas en los últimos meses.

En Asia, como vimos, la situación es explosiva, y no son sólo Vietnam y Laos, donde se lucha, los puntos de fricción. También lo es Camboya, donde en cualquier momento puede iniciarse la agresión directa norteamericana, Tailandia, Malasia y, por supuesto, Indonesia, donde no podemos pensar que se haya dicho la última palabra pese al aniquilamiento del Partido Comunista de ese país, al ocupar el poder los reaccionarios. Y, por supuesto, el Oriente Medio.

En América Latina se lucha con las armas en la mano en Guatemala, Colombia, Venezuela y Bolivia y despuntan ya los primeros brotes en Brasil. Hay otros focos de resistencia que aparecen y se extinguen. Pero casi todos los países de este continente están maduros para una lucha de tipo tal, que para resultar triunfante, no puede conformarse con menos que la instauración de un gobierno de corte socialista.

En este continente se habla prácticamente una lengua, salvo el caso excepcional del Brasil, con cuyo pueblo los de habla hispana pueden entenderse, dada la similitud entre ambos idiomas. Hay una identidad tan grande entre las clases de estos países que logran una identificación de tipo “internacional americano”, mucho más completa que en otros continentes. Lengua, costumbres, religión, amo común, los unen. El grado y las formas de explotación son similares en sus efectos para explotadores y explotados de una buena parte de los países de nuestra América. Y la rebelión está madurando aceleradamente en ella.

Podemos preguntarnos: esta rebelión, ¿cómo fructificará?; ¿de qué tipo será? Hemos sostenido desde hace tiempo que, dadas sus características similares, la lucha en América adquirirá, en su momento, dimensiones continentales. Será escenario de muchas grandes batallas dadas por la humanidad para su liberación.

En el marco de esa lucha de alcance continental, las que actualmente se sostienen en forma activa son sólo episodios, pero ya han dado los mártires que figurarán en la historia americana como entregando su cuota de sangre necesaria en esta última etapa de la lucha por la libertad plena del hombre. Allí figurarán los nombres del Comandante Turcios Lima, del cura Camilo Torres, del Comandante Fabricio Ojeda, de los Comandantes Lobatón y Luis de la Puente Uceda, figuras principalísimas en los movimientos revolucionarios de Guatemala, Colombia, Venezuela y Perú.

Pero la movilización activa del pueblo crea sus nuevos dirigentes; César Montes y Yon Sosa levantan la bandera en Guatemala, Fabio Vázquez y Marulanda lo hacen en Colombia, Douglas Bravo en el occidente del país y Américo Martín en El Bachiller, dirigen sus respectivos frentes en Venezuela.

Nuevos brotes de guerra surgirán en estos y otros países americanos, como ya ha ocurrido en Bolivia, e irán creciendo, con todas las vicisitudes que entraña este peligroso oficio de revolucionario moderno. Muchos morirán víctimas de sus errores, otros caerán en el duro combate que se avecina; nuevos luchadores y nuevos dirigentes surgirán al calor de la lucha revolucionaria. El pueblo irá formando sus combatientes y sus conductores en el marco selectivo de la guerra misma, y los agentes yanquis de represión aumentarán. Hoy hay asesores en todos los países donde la lucha armada se mantiene y el ejército peruano realizó, al parecer, una exitosa batida contra los revolucionarios de ese país, también asesorado y entrenado por los yanquis. Pero si los focos de guerra se llevan con suficiente destreza política y militar, se harán prácticamente imbatibles y exigirán nuevos envíos de los yanquis. En el propio Perú, con tenacidad y firmeza, nuevas figuras aún no completamente conocidas, reorganizan la lucha guerrillera. Poco a poco, las armas absolutas que bastan para la represión de las pequeñas bandas armadas, irán convirtiéndose en armas modernas y los grupos de asesores en combatientes norteamericanos, hasta que, en un momento dado, se vean obligados a enviar cantidades crecientes de tropas regulares para asegurar la relativa estabilidad de un poder cuyo ejército nacional títere se desintegra ante los combates de las guerrillas. Es el camino de Vietnam; es el camino que deben seguir los pueblos; es el camino que seguirá América, con la característica especial de que los grupos en armas pudieran formar algo así como Juntas de Coordinación para hacer más difícil la tarea represiva del imperialismo yanqui y facilitar la propia causa.

América, continente olvidado por las últimas luchas políticas de liberación, que empieza a hacerse sentir a través de la Tricontinental en la voz de la vanguardia de sus pueblos, que es la Revolución Cubana, tendrá una tarea de mucho mayor relieve: la de la creación del Segundo o Tercer Vietnam del mundo.

En definitiva, hay que tener en cuenta que el imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y que hay que batirlo en una gran confrontación mundial. La finalidad estratégica de esa lucha debe ser la destrucción del imperialismo. La participación que nos toca a nosotros, los explotados y atrasados del mundo, es la de eliminar las bases de sustentación del imperialismo: nuestros pueblos oprimidos, de donde extraen capitales, materias primas, técnicos y obreros baratos y a donde exportan nuevos capitales -instrumentos de dominación-, armas y toda clase de artículos, sumiéndonos en una dependencia absoluta.

El elemento fundamental de esa finalidad estratégica será, entonces, la liberación real de los pueblos; liberación que se producirá, a través de lucha armada, en la mayoría de los casos, y que tendrá, en América, casi indefectiblemente, la propiedad de convertirse en una Revolución Socialista.

Al enfocar la destrucción del imperialismo, hay que identificar a su cabeza, la que no es otra que los Estados Unidos de Norteamérica.

Debemos realizar una tarea de tipo general que tenga como finalidad táctica sacar al enemigo de su ambiente obligándolo a luchar en lugares donde sus hábitos de vida choquen con la realidad imperante. No se debe despreciar al adversario: el soldado norteamericano tiene capacidad técnica y está respaldado por medios de tal magnitud que lo hacen temible. Le falta esencialmente la motivación ideológica que tienen en grado sumo sus más enconados rivales de hoy: los soldados vietnamitas. Solamente podremos triunfar contra ese ejército en la medida en que logremos minar su moral. Y ésta se mina infligiéndole derrotas y ocasionándole sufrimientos repetidos.

Pero este pequeño esquema de victorias encierra dentro de sí sacrificios inmensos de los pueblos, sacrificios que deben exigirse desde hoy, a la luz del día y que quizá sean menos dolorosos que los que debieron soportar si rehuyéramos constantemente el combate, para tratar de que otros sean los que nos saquen las castañas del fuego.

Claro que, el último país en liberarse, muy probablemente lo hará sin lucha armada, y los sufrimientos de una guerra larga y tan cruel como la que hacen los imperialistas, se le ahorrará a ese pueblo. Pero tal vez sea imposible eludir esa lucha o sus efectos, en una contienda de carácter mundial y se sufra igual o más aún. No podemos predecir el futuros pero jamás debemos ceder a la tentación claudicante de ser los abanderados de un pueblo que anhela su libertad, pero reniega de la lucha que ésta conlleva y la espera como un mendrugo de victoria.

Es absolutamente justo evitar todo sacrificio inútil. Por eso es tan importante el esclarecimiento de las posibilidades efectivas que tiene la América dependiente de liberarse en forma pacífica. Para nosotros está clara la solución de esta interrogante; podrá ser o no el momento actual el indicado para iniciar la lucha, pero no podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello, de lograr la libertad sin combatir. Y los combates no serán meras luchas callejeras de piedras contra gases lacrimógenos, ni de huelgas generales pacíficas; ni será la lucha de un pueblo enfurecido que destruya en dos o tres días el andamiaje represivo de las oligarquías gobernantes; será una lucha larga, cruenta, donde su frente estará en los refugios guerrilleros, en las ciudades, en las casas de los combatientes -donde la represión irá buscando víctimas fáciles entre sus familiares- en la población campesina masacrada, en las aldeas o ciudades destruidas por el bombardeo enemigo.

Nos empujan a esa lucha; no hay más remedio que prepararla y decidirse a emprenderla.

Los comienzos no serán fáciles: serán sumamente difíciles. Toda la capacidad de represión, toda la capacidad de brutalidad y demagogia de las oligarquías se pondrá al servicio de su causa. Nuestra misión, en la primera hora, es sobrevivir, después actuará el ejemplo perenne de la guerrilla realizando la propaganda armada en la acepción vietnamita de la frase, vale decir, la propaganda de los tiros, de los combates que se ganan o se pierden, pero se dan, contra los enemigos. La gran enseñanza de la invencibilidad de la guerrilla prendiendo en las masas de los desposeídos. La galvanización del espíritu nacional, la preparación para tareas más duras, para resistir represiones mas violentas. El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.

Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aún dentro de los mismos: atacarlo donde quiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite. Entonces su moral irá decayendo. Se hará más bestial todavía, pero se notarán los signos del decaimiento que asoma.

Y que se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario; con ejércitos proletarios internacionales, donde la bandera bajo la que se luche sea la causa sagrada de la redención de la humanidad, de tal modo que morir bajo las enseñas de Vietnam, de Venezuela, de Guatemala, de Laos, de Guinea, de Colombia, de Bolivia, de Brasil, para citar sólo los escenarios actuales de la lucha armada, sea igualmente gloriosa y apetecible para un americano, un asiático, un africano y, aún, un europeo.

Cada gota de sangre derramada en un territorio bajo cuya bandera no se ha nacido, es experiencia que recoge quien sobrevive para aplicarla luego en la lucha por la liberación de su lugar de origen. Y cada pueblo que se libere, es una fase de la batalla por la liberación del propio pueblo que se ha ganado.

Es la hora de atemperar nuestras discrepancias y ponerlo todo al servicio de la lucha.

Que agitan grandes controversias al mundo que lucha por la libertad, lo sabemos todos y no lo podemos esconder. Que han adquirido un carácter y una agudeza tales que luce sumamente difícil, si no imposible, el diálogo y la conciliación también lo sabemos. Buscar métodos para iniciar un diálogo que los contendientes rehuyen es una tarea inútil. Pero el enemigo está allí, golpea todos los días y amenaza con nuevos golpes y esos golpes nos unirán, hoy, mañana o pasado. Quienes antes lo capten y se preparen a esa unión necesaria tendrán el reconocimiento de los pueblos.

Dadas las virulencias e intransigencias con que se defiende cada causa, nosotros, los desposeídos, no podemos tomar partido por una u otra forma de manifestar las discrepancias, aún cuando coincidamos a veces con algunos planteamientos de una u otra parte, o en mayor medida con los de una parte que con los de la otra. En el momento de la lucha, la forma en que se hacen visibles las actuales diferencias constituyen una debilidad: pero en el estado en que se encuentran, querer arreglarlas mediante palabras es una ilusión. La historia las irá borrando o dándoles su verdadera explicación.

En nuestro mundo en lucha, todo lo que sea discrepancia en torno a la táctica, método de acción para la consecución de objetivos limitados, debe analizarse con el respeto que merecen las apreciaciones ajenas. En cuanto al gran objetivo estratégico, la destrucción total del imperialismo por medio de la lucha, debemos ser intransigentes.

Sinteticemos así nuestras aspiraciones de victoria: destrucción del imperialismo mediante la eliminación de su baluarte más fuerte: el dominio imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica. Tomar como función táctica la liberación gradual de los pueblos, uno a uno o por grupos, llevando al enemigo a una lucha difícil fuera de su terreno: liquidándole sus bases de sustentación, que son sus territorios dependientes.

Eso significa una guerra larga. Y, lo repetimos una vez más, una guerra cruel. Que nadie se engañe cuando la vaya a iniciar y que nadie vacile en iniciarla por temor a los resultados que pueda traer para su pueblo. Es casi la única esperanza de victoria.

No podemos eludir el llamado de la hora. Nos lo enseña Vietnam con su permanente lección de heroísmo, su trágica y cotidiana lección de lucha y de muerte para lograr la victoria final.

Allí, los soldados del imperialismo encuentran la incomodidad de quien, acostumbrado al nivel de vida que ostenta la nación norteamericana, tiene que enfrentarse con la tierra hostil; la inseguridad de quien no puede moverse sin sentir que pisa territorio enemigo; la muerte a los que avanzan mas allá de sus reductos fortificados; la hostilidad permanente de toda la población. Todo eso va provocando la repercusión interior en los Estados Unidos; va haciendo surgir un factor atenuado por el imperialismo en pleno vigor, la lucha de clases aún dentro de su propio territorio.

¡Cómo podríamos mirar el futuro de luminoso y cercano, si dos, tres, muchos Vietnam florecieran en la superficie del globo, con su cuota de muerte y sus tragedias inmensas, con su heroísmo cotidiano, con sus golpes repetidos al imperialismo, con la obligación que entraña para éste de dispersar sus fuerzas, bajo el embate del odio creciente de los pueblos del mundo!

Y si todos fuéramos capaces de unirnos, para que nuestros golpes fueran más sólidos y certeros, para que la ayuda de todo tipo a los pueblos en lucha fuera aún más efectiva, ¡qué grande sería el futuro, y qué cercano!

Si a nosotros, los que en un pequeño punto del mapa del mundo cumplimos el deber que preconizamos y ponemos a disposición de la lucha este poco que nos es permitido dar: nuestras vidas, nuestro sacrificio, nos toca alguno de estos días lanzar el último suspiro sobre cualquier tierra, ya nuestra, regada con nuestra sangre, sépase que hemos medido el alcance de nuestros actos y que no nos consideramos nada más que elementos en el gran ejército del proletariado, pero nos sentimos orgullosos de haber aprendido de la Revolución Cubana y de su gran dirigente máximo la gran lección que emana de su actitud en esta parte del mundo: “Qué importan los peligros o los sacrificios de un hombre o de un pueblo, cuando está en juego el destino de la humanidad”.

Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.

[La Conferencia Tricontinental, en la que participaron 500 delegados procedentes de los países del Tercer Mundo, se celebró entre el 3 y el 15 de enero de 1966 en La Habana]

El Califato Islámico provocó las violaciones de Año Nuevo en Alemania

Desde el primer momento fue bastante evidente que las violaciones contra mujeres de Año Nuevo en Colonia y otras ciudades de Alemania estuvieron sincronizadas, como artefactos explosivos predestinados a reventar al mismo tiempo, un determinado día a una determinada hora.
No respondían al perfil de otras tantas agresiones sexuales cometidas de forma individualizada. Ni antes ni después esos hechos se han vuelto a reproducir en la misma forma. Tanto el ministro alemán de Interior Thomas de Maizière, como el de Juticia, Heiko Maas, han reconocido que se trataba de “una nueva dimensión del crimen” y que todo estaba “organizado y predestinado”.
Lo que no dijeron es quién lo había organizado, contra quién se había organizado y por qué motivos. El 12 de enero el diario suizo “Les Observateurs” aseguró que las instrucciones partieron del Califato Islámico.
La policía alemana fundamenta sus sospechas en el descifrado de los mensajes de los yihadistas que han circulado por las redes sociales en varios idiomas que, según el diario suizo, contenían un llamamiento dirigido no sólo a los refugiados sino a todos los musulmanes que viven en Europa.
Los medios de comunicación alemanes empiezan a salir del mutismo “políticamente correcto” que habían mantenido hasta finales del año pasado sobre lo que realmente está ocurriendo con los refugiados, dice “Les Observateurs” con buen criterio, porque se trataba justamente de eso: de acabar con la ola de solidaridad de los alemanes hacia los refugiados, de invertir la situación, de volver a los ghettos, a la discriminación y al racismo institucionalizado.
De la avalancha que llegó a Europa el año pasado cabe decir lo mismo que de las violaciones: no son actos espontáneos sino que responden a un plan bien meditado. En el flujo de cientos de miles de personas no hay un antes y un después. Da la impresión de que a todos ellos se les ocurrió venir a Europa en las mismas fechas. Al mismo tiempo.
Da la impresión de que tampoco se dispersaron aleatoriamente por el Continente sino que todos llevaban una ruta determinada de antemano.
El plan, del que el artículo de “Les Observateurs” forma parte, sigue adelante. No es más que una reedición corregida y aumentada del III Reich. Es el viejo fascismo de toda la vida, es la xenofobia, es el racismo, son los campos de concentración… Eso es lo que aplauden quienes dicen no ser racistas, pero…
… Pero esta vez tampoco vamos a admitir la más mínima insinuación ni contra los emigrantes, ni contra los refugiados, ni contra nadie. No vamos a tolerar otra farsa, como la quema del Reichstag o de los albergues, para justificar los progroms, la caza de brujas, las persecuciones, el saqueo de los bienes y ningún tipo de discriminación por razones de origen.
No debemos dejar pasar mi media. Nosotros nos diferenciamos de los fascistas en que somos internacionalistas y desde aquí hacemos un llamamiento a todo el proletariado europeo, a todos los antifascistas y a todos los solidarios para seguir defendiendo a los emigrantes y refugiados como lo que son, una parte de nuestra clase, de nosotros mismos:

¡ Proletarios del mundo, uníos!

La ley del embudo en Euskal Herria

El señor Gil de San Vicente es un conocido y reconocido demagogo cuya abigarrada escritura es un reciclado de distintos tipos de basuras intelectuales, entre las que prevalece un trotskismo sazonado por encima con virutas vasquistas. La presentación de su última escoria, “El problema español y el nacionalismo del Partido Comunista de España” (*) provoca muchas pésimas sensaciones, la mejor de las cuales es repugnancia.

Es natural que alguien así se haya propuesto “dar la vuelta a la historia del problema español” cuando lo que en realidad hace es dar la vuelta a la historia; y punto. Manipularla, falsificarla, retorcerla, desfigurarla… Inventarse la historia e inventarse historias son típicos tanto del trotskismo como del nacionalismo, del vasco y del español.

Sólo el lenguaje (“el problema español”) ya denota el origen de clase de tales bodrios. Es la terminología de la intelectualidad burguesa que cavila sobre la “España invertebrada”, sobre “España como problema”, sobre el “ser de España” y su “esencia imperecedera”. Toda esta diarrea intelectual sólo demuestra una cosa: que lo mismo que todos los burgueses, Gil no sabe lo que es España.

En el caso de Gil es posible que el problema se haya originado en su cuna pero, en cualquier caso, le conduce a una contradicción: la chabacanería vasquista, de la que él es un buen ejemplo, se lamenta de que los españoles les digan lo que tienen que ser, pero al revés la cosa no funciona, y algunos vascos se han atribuido la tarea de decirles a los españoles lo que han sido, lo que son, lo que deben ser, lo que tienen que ser, lo que pueden y lo que no pueden.

Este tipo de escritos proliferan porque la burguesía de un pueblo expoliado de sus derechos, como el vasco, acumula mucho resentimiento desde hace años y tiene ganas de revancha. Quiere hacer con “los españoles” lo mismo que han hecho con ellos, pagarles con su propia moneda. Por ejemplo, los vascos pueden ser nacionalistas, pero los españoles no.

No seré yo quien niegue que esa discriminación tiene un cierto fundamento porque ambos nacionalismos (el vasco y el español) no se pueden poner en el mismo plano, ya que responden a situaciones políticas opuestas. Como siempre que ocurren ese tipo de simplificaciones (“todos son iguales”) hay que dejar bien claro que uno (el nacionalismo vasco) es reactivo frente al otro (el nacionalismo español), que es dominante sobre él, le oprime y le mantiene en una situación de subordinación.

Eso es cierto. Ahora bien, requiere una explicación que Gil no expone, lo cual conduce -por más que con su verborrea disimule cuanto pueda- a una verdadera ley del embudo según la cual los españoles tienen que pasar de ser imperialistas, de tenerlo todo, a no tener nada.

Eso es intolerable y, por mi parte, no estoy dispuesto a admitir ni la más leve insinuación en tal sentido. A los grupúsculos liliputienses y a sus compinches, como Gil, estoy dispuesto a tolerarles su bazofia trotskista, su anticomunismo, su manipulación de la historia, sus fraudes, su patrioterismo chabacano y muchas cosas más, excepto que con sus porquerías pretendan enfrentar a vascos y españoles, y divulgar que la conquista de los derechos de unos supone una pérdida para los otros.

Lo digo por un motivo bien sencillo de entender: se llama internacionalismo de verdad, que nada tiene que ver con las elucubraciones de Gil. Creo que no hará falta reiterar que el internacionalismo es lo contrario del nacionalismo, de cualquier clase de nacionalismo, y que conduce a dejar bien claro lo siguiente:

Primero: somos realmente los internacionalistas (y no los nacionalistas) los únicos que defendemos de una manera consecuente la lucha contra la opresión nacional, entre otras cosas porque no sólo defendemos la de una de ellas, sino las de todas

Segundo: la lucha contra la opresión nacional se dirige contra un Estado, no contra ninguna otra nación, ni pueblo

Tercero: el pueblo español está interesado en lo mismo que los pueblos oprimidos; por lo tanto, no pierde absolutamente nada, sino al contrario, gana, con cuantos derechos conquisten las nacionalidades oprimidas

En todas sus variantes, la burguesía de las nacionalidades oprimidas (la vasca, la catalana, la gallega) no tiene claro ninguno de esos principios elementales que derivan del internacionalismo. Es más: se oponen a ellos. Creen que han patentado la lucha contra la opresión nacional en el Registro correspondiente de la Propiedad Intelectual.

No se trata de un problema ideológico, de dos teorías o puntos de vista diferentes, el nacionalismo y el internacionalismo. Se trata de algo mucho peor: ninguna de las burguesías nacionalistas logrará nunca sus objetivos porque no saben cuál es el origen de su problema, contra quién están luchando. Les duele algo, se lamentan, lloran pero no saben por qué. En consecuencia, tampoco pueden saber cómo remediarlo y de ahí sus peligrosas divagaciones.

En su insondable mediocridad, que denota su marchamo clasista, imaginan que la causa de sus problemas son “los españoles” y quizá todos partidos “españoles” como el PCE u otros que son “españolistas”, como les gusta decir. Quizá sea cosa de diglosia, del idioma español, que se impone al vernáculo y le oprime. O quizá de la cultura española, que solapa a la vasca y no permite que se desarrolle.

El texto de Gil es buena muestra del seguidismo que el patrioterismo vasco hace del patrioterismo español en todos y cada uno de sus pequeños y grandes complejos: el idioma español no es sólo el idioma de España, ni es patrimonio de los españoles.

Cualquiera es capaz de entender que el aprendizaje de otro idioma no va, per se, en detrimento del materno y que una cultura, per se, nunca puede obstaculizar a otra. No se conocen casos así. La opresión nacional no es un problema cultural, y mucho menos es un problema de cualquier tipo de cultura, sino en todo caso de un determinado tipo de cultura que, como cualquier ideología, expresa y sirve a un tipo muy determinado de clase social, de política y de Estado.

Donde hay un oprimido tiene que haber un opresor, y si los primeros quieren liberarse de los segundos deben identificarle exactamente porque de lo contrario inventarán fantasmas, molinos de viento que ocultan a los verdaderos opresores contra quienes deben combatir.

Los diversos grupos patrioteros que forman parte de la burguesía liliputiense prefieren buscarse enemigos ficticios, de cartón, antes que enfrentarse con quien realmente tiene la sartén por el mango, que es España, la única España realmente existente, un Estado con una determinada naturaleza de clase.Las consecuencias son obvias: frente a un enemigo de cartón, coaliciones de cartón, como Iniciativa Internacionalista, y formas de lucha acartonadas, como las electorales.

Con tanto cartón, más que a una batalla política, los liliputienses nos llevan a las fallas. Ya sólo nos queda prenderle fuego a los “ninots” y hasta el año que viene, hasta las siguientes fiestas, o hasta las siguientes elecciones.

(*) https://www.boltxe.eus/2015/12/04/el-problema-espaol-y-el-nacionalismo-del-partido-comunista-de-espaa/#Prlogo-al-libro-El-nacionalismo-imperialista-del-Partido-Comunista-de-Espaa-Crtica-de-una-historia-de-dominacin

Los chinos que combatieron en las Brigadas Internacionales

Un centenar de chinos, venidos de todas partes, lucharon como brigadistas en la guerra civil española. El matrimonio de científicos taiwaneses Hwei-Ru y Len Tsou ha investigado durante más de diez años la vida de trece de ellos y las ha hilvanado en el libro Los brigadistas chinos en la guerra civil. La llamada de España (1936-1939) que ahora ve la luz en España y también en la propia China. Esta es su historia.

Emigrantes, obreros, médicos, masajistas, periodistas, pequeños comerciantes… «Nosotros, los chinos, hemos combatido en los frentes de todos los lugares». Es lo que le dijo Zhang Ji, un voluntario en nuestra guerra, a Yan Jiazhi, el primer chino que llegó a España tras el inicio de la contienda. Se trataba de un masajista residente en París sobre el que documentos de los archivos de la Internacional Comunista señalan que no se pudo confirmar su condición de militante. «Los que en esos momentos llegaban a España para combatir, con riesgo para sus vidas, -señalan los Tsou- no eran, evidentemente, personas corrientes».

Lo extraordinario se convierte en el hilo conductor de sus historias. Recuerda Laureano Ramírez Bellerín, Premio Nacional de Traducción y coordinador de la edición española del libro editado por Catarata, la sorpresa que le produjo conocer quiénes eran y cuál fue la vida de aquel puñado de chinos, que los autores del hallazgo desglosaron en su casa de Barcelona gracias a la mediación de otro chino de la Ciudad Condal.

«El matrimonio, ella ingeniero químico y él especialista en semiconductores y por tanto nada que ver con la investigación histórica, llevaba años en Nueva York dedicándose a lo suyo hasta que, ojeando un álbum publicado por la Brigada Lincoln, que conmemoraba su 50 aniversario, advirtieron que algunos de los muchos nombres citados en sus páginas parecían chinos. Entonces -relata el profesor- empezaron a tirar del ovillo y se embarcaron en un trabajo de reconstrucción de aquellos acontecimientos que duró más de diez años y les condujo por tres continentes (Europa, América y Asia) y multitud de archivos. En España visitaron, entre otros, los de Salamanca, de Asuntos Exteriores y de la Biblioteca Nacional; los más importantes de EE.UU. y, por entonces, se abrieron los nacionales rusos donde hay muchísimo material sobre la guerra civil». Los autores habían publicado su investigación en Taiwán en 2001 y el profesor, titular de la Universidad Autónoma de Barcelona, se comprometió a traducirlo «porque esto debía conocerse en España». Consiguió para ello fondos de la UAB y creó un equipo de traducción formado por tres chinos y la española Maialen Marín Lacarta, al que se unió un investigador responsable de la difusión.

Cuenta este traductor, que ha trabajado codo con codo con los investigadores, que le llamaron la atención las edades de las personas que vinieron a la guerra, unas cuantas cercanas a los 50, «con lo que significa a esos años embarcarse en semejante aventura, y las de los más jóvenes, alrededor de los veinticuatro, uno de los cuales acabó en el frente de Gandesa». Su nombre era Chen Wenrao. Había llegado en junio de 1937 desde Nueva York, donde entre otros trabajos había tenido el de camarero, y una vez en el cuartel general de las Brigadas Internacionales en Albacete fue enviado durante un mes a un campo cercano para realizar la instrucción; luego fue trasladado al Batallón Lincoln y, después, pasó a engrosar las filas del 24 Batallón de la XV Brigada. El relato de su final ha quedado escrito por los Tsou: «Los brigadistas atacaron Gandesa a cuerpo descubierto y sus cadáveres cubrieron el valle. Allí murió Wenrao. Nadie los enterró. Permanecen en ese lugar y forman parte de la tierra española».

Chen Wenrao era de Guangdong, pero también hubo brigadistas de Qingtian, pueblo al este de China donde nació más del 70% de los chinos que hoy vive en España. Es el caso de Zhang Shuseng, «que debía de hablar bien español, ya que combatía con soldados españoles». Tenía, según explica el profesor Ramírez, «un hermano en Valencia que estaba en el Ejército de la República y por ahí aparecen otros nombres de los que se podía seguir la pista. De hecho, muchos de estos emigrantes chinos en Cataluña, concretamente de una asociación de Tarragona, mostraron interés en hacer ahí un pequeño monumento que recordara a su compatriota que había luchado en la guerra española».

El rostro de otro brigadista, Tchang Jaui Sau, fue portada de la revista Estampa. Este combatiente llegó desde la planta de automóviles de Renault y era miembro del Partido Comunista de Francia. Se embarcó en nuestra guerra incivil para, según escriben los autores, «combatir al fascismo y luchar por la libertad».

Xie Weijing había sido miembro del Partido Comunista alemán y llegó a ocupar el cargo de comisario político del Batallón de Artillería, el cargo más alto que ocupó un voluntario chino de las Brigadas Internacionales. «Era periodista y pertenecía también al Partido Comunista chino. Intervino en todas las publicaciones izquierdistas de la época. Era el que tenía la idea de hacer una unidad china, sobre todo por facilitar las tareas administrativas, en las Brigadas con los voluntarios y los que servían en el ejército de la república, alrededor de unos cien que andaban disgregados, pero nunca se llegó a concretar». Xie Weijing volvió a China y llegó a ser viceministro de Defensa.

Hwei-Ru y Len Tsou no llegaron a encontrar a ninguno de sus protagonistas vivos. En total, trece combatientes chinos de al menos ese centenar que, como subraya Ramírez, no eran una multitud, pero si «un número significativo, si tenemos en cuenta que no vino nadie de muchos países mucho más próximos, y tan solo un japonés de una nación vecina a la suya». Por cierto, el nipón, que se llamaba Jack Shirai, había llegado desde San Francisco y fue cocinero, a su pesar –«Yo he venido a luchar y no a manejar cazuelas»-, el más famoso de las Brigadas. Lo mató una bala perdida mientras llevaba comida a la zona de combate.

La última sorpresa la encontraron los Tsou siguiendo la pista del brigadista médico Tio Oen Bik, cuando descubrieron el grupo de “los médicos españoles» que lucharon en la guerra china con Japón. «Los llamaban así porque todos habían estado en la guerra civil española, pero no había entre ellos ningún compatriota nuestro, eran todos checoslovacos, polacos, alemanes… Después de España, se marcharon a China a seguir en el combate contra aquellas ideas que representaban el auge de Hitler y Mussolini, y si hubiera habido otras batallas por esta causa hasta allá se hubieran marchado. Recientemente, se ha celebrado en China un congreso muy interesante con algún descendiente de aquellos médicos, y constituye otra línea de investigación sobre la que aún se sabe muy poco. Pero esa es otra historia».

Para Laureano Ramírez, los chinos fueron otros brigadistas más, bien mandados por las organizaciones a las que pertenecían, bien por propia voluntad. “Pero lo importante -destaca- no es su huella en España, sino la impresión que les quedó a ellos y que duró toda su vida. Nunca ninguno de ellos se pudo quitar a España de la cabeza”.

‘La línea política lo decide todo’

Lyle J. Goldstein es un experto de la Marina de Guerra y profesor de la Escuela de Guerra Naval de Newport, especializado en China, pero destaca por la lucidez de sus escritos, que no abunda en los estudios estratégicos de los países occidentales.

Recientemente ha publicado una crítica (*) de las concepciones estratégicas que prevalecen, sobre todo en Estados Unidos, acerca de las estrechas relaciones tejidas entre Rusia y China que son, sin duda, el elemento que prevalece de la diplomacia actual.

La impresión es que la estrategia del imperialismo estadounidense se quedó donde la dejó Kissinger en 1970, cuando viajó con Nixon a visitar a Mao Zedong, y se caracteriza por situar a la URSS (o Rusia) como principal enemigo y a su alianza con China como un componente puramente temporal. Al final ellos creen que se impondrán las divergencias entre ambos países.

Es obvio constatar que los estrategas del imperialismo no tienen en cuenta factores políticos e ideológicos, es decir, que para ellos los vínculos entre Estados están por encima de ese tipo de consideraciones, por lo que la naturaleza socialista o capitalista de la URSS (Rusia) o China es irrelevante.

El artículo de Goldstein toma buena nota de los progresos navales de China y su creciente presencia en regiones estratégicas tan insospechadas para un país asiático como el Mar Negro o Yemen. Los océanos son la asignatura pendiente del ejército chino y a ellos destinan buena parte de sus preocupaciones.

No obstante, lo que hace de China un “coloso” es su alianza continental con Rusia, en la que están involucrados los países de las Ruta de la Seda, es decir, Asia central, de donde Estados Unidos ha ido saliendo progresivamente para trasladar el peso de sus energías al Extremo Oriente, el “pivot to Asia” de Obama.

El vacío dejado por Estados Unidos en Asia central está haciendo que cada uno de los países experimente el mismo impulso característico, que es el de sumarse a la alianza continental entre Rusia y China.

El ejemplo más importante es Irán, uno de los países característicos del “Eje del Mal” desde hace 35 años, con el que Estados Unidos ha tenido finalmente que capitular. Pero Irán siempre estuvo del lado del “Mal” y, por lo tanto, cercano a Rusia y China.

Por eso es mucho más característico el caso de Pakistán, que hasta el día de hoy era una marioneta de Estados Unidos y, sin embargo, ha iniciado el proceso de incorporación a la Organización de Cooperación de Shanghai con Rusia y China, y lo que es más importante aún: con India.

Este viraje demuestra hasta qué punto el imperialismo estimula esos rencores históricos entre países vecinos que, cuando se abandonan a sus propias fuerzas, encuentran intereses comunes y, por lo tanto, colaboración mutua.

A diferencia de las corrientes estratégicas que prevalecen entre los imperialistas, Goldstein considera que la colaboración chino-rusa tiene un carácter estratégico, por lo que es perdurable y temible para Estados Unidos, algo que cualquier observador ha sido capaz de admitir.

Pero para demostrar su tesis Goldstein va más allá y se apoya en otro artículo de la revista china de ciencia militar que menciona un acontecimiento histórico al que no se le ha prestado la atención que merece: el apoyo de la URSS a China durante la guerra contra la ocupación japonesa, es decir, entre 1934 y 1945.

La celebración este año del 70 aniversario de la victoria antifascista en la Segunda Guerra Mundial ha puesto otra vez de manifiesto el peso de las tradiciones sobre los Estados a lo largo de generaciones.

A pesar de que ni Rusia ni China son ya países socialistas, siguen analizando la historia y, más en concreto, algo tan relevante para ellos (y para todos) como la Segunda Guerra Mundial, de la misma manera, un punto de vista que los países capitalistas no admiten. Sobra decir que el punto de vista soviético (y ruso) y chino era correcto entonces y sigue siéndolo ahora.

Hoy en Rusia y China la Segunda Guerra Mundial se sigue estudiando, incluso en las academias militares, como una guerra contra el fascismo y un ejemplo de colaboración de dos países de naturaleza política diferente (URSS socialista, China capitalista) para lograr un objetivo común: la derrota del fascismo y, en el caso, de Asia, la del militarismo japonés.

Los militares chinos se remontan a la invasión japonesa de China y a su salvaje ataque contra Nanjín, la capital nacionalista, en diciembre de 1937, poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Además, recuerdan la ayuda que los soviéticos prestaron entonces a los nacionalistas chinos, como también la prestaron a los republicanos españoles en aquel mismo momento. La califican como “impresionante” ya que comprendía el envío de 1.000 aviones y sus correspondientes pilotos, que acudieron en auxilio de China de manera voluntaria. Sobra recordar que muchos de ellos cayeron en el combate.

“De bien nacidos es ser agradecidos”, dice el refrán y, por su parte, Goldstein reafirma la generosidad soviética: “El Ejército Rojo podría haber utilizado esas mismas aeronaves como una fuerza de reserva vital”, escribe. Pero no lo hizo.

Hay más todavía: la ayuda prestada por la URSS a los nacionalistas chinos en su guerra contra Japón, dice Goldstein, fue superior a la que prestaron a los comunistas en esa misma guerra en un momento -hay que recordarlo- en el que la Internacional Comunista seguía en pie.

No es de extrañar que tanto los estrategas chinos como Goldstein recuerden ahora el apoyo de la URSS a la China nacionalista porque está preñado de lecciones militares, por supuesto, pero también políticas. Vale para explicar acontecimientos históricos, como la ayuda paralela de la URSS a la Segunda República española a los cretinos que se niegan a reconocerla, pero también acontecimientos de actualidad, como la ayuda rusa a Siria.

En 1945 lo mismo que en 2015, una estrategia correcta (política y militar) es invencible porque acaba conquistando apoyos y aliados en todo el mundo. Por su naturaleza de clase la burguesía no puede entender que quien presta apoyo recibe lo mismo: apoyo. El internacionalismo no le cabe en la cabeza. Con el apoyo no se trafica, ni se vende, ni se compra. Eso es algo que Rusia y China han aprendido de su pasado y de otra clase social: el proletariado.

En una revolución lo mismo que en una guerra, lo único que permite acumular fuerzas, eso que ahora llaman las “mareas”, es una estrategia adecuada. Como decía Mao, “la línea política lo decide todo“. Es algo que sólo el proletariado conoce.

(*) http://nationalinterest.org/feature/russia-china-beware-the-budding-eurasian-colossus-14163

Stalin ordenó la ejecución de Franco

Kim Philby
El viernes los Archivos Nacionales de Reino Unido publicaron cientos de miles de documentos sobre el conocido «Círculo de Cambridge», el grupo de universitarios británicos reclutados por los servicios secretos soviéticos en los años treinta del siglo pasado.

La existencia de estos informes del instituto de inteligencia interior MI5 y del Ministerio de Exteriores se mantuvo en secreto hasta 2013 y ahora se pone a disposición de investigadores y el público en general.

Los documentos abordan los infructuosos intentos del espionaje británico para identificar a Kim Philby, el cerebro que trabajaba para el servicio secreto soviético en las entrañas del MI6, el Servicio Exterior Secreto británico.

En la identificación de Philby como espía fue decisiva la pista aportada por el desertor soviético Walter Krivitsky, según señala un informe del Foreign Office incluido en los documentos públicados.

De acuerdo con Krivitsky, Stalin dio órdenes en 1937 de ejecutar a Franco y la OGPU (policía secreta) encargó la misión a un «periodista inglés de buena familia, idealista y fanático antifascista».

Este individuo era Philby, quien cubrió la Guerra Civil española como periodista del Times y otras publicaciones británicas desde el mismo cuartel general de Franco, según sostiene el autor del informe y corroboraron posteriores historiadores.

El mismo documento da por sentada la amistad entre Maclean y «el joven enviado a España», añadiendo otro eslabón a la cadena de sospechas que situaron en 1951 a Philby en el núcleo de espías de Cambridge.

Fuente: http://mundo.sputniknews.com/europa/20151023/1052827340.html

100 años de la Conferencia de Zimmerwald

Karl Liebknecht
Este mes se cumplen 100 años de la Conferencia de Zimmerwald, que se se celebró entre el 5 y el 8 de septiembre de 1915 en Zimmerwald, un pueblo cercano a Berna, en Suiza, donde se reunieron 38 militantes de diversas organizaciones obreras de 12 países distintos, que se hicieron pasar por ornitólogos.

Era la primera que tenía lugar desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Cuando Karl Liebknecht se enteró de la convocatoria, envió desde la cárcel en Alemania una carta de saludo a la conferencia:

“No puedo estar allí porque me encuentro encarcelado y encadenado por el militarismo. Aún así, mi corazón, mi mente y todo mi espíritu están con ustedes.

Tienen dos tareas solemnes ante ustedes, una se desprende del deber y la otra desde el sagrado entusiasmo y la esperanza:
 

Un ajuste de cuentas inexorable con los desertores y traidores de la Internacional en Alemania, Gran Bretaña, Francia, y el resto del mundo.

Comprensión mutua, aliento y el estímulo para aquellos que son fieles a su bandera y han decidido no ceder una pulgada al imperialismo internacional, aun al precio de ser suprimidos. Y orden en las filas de quienes que estén decididos a aferrarse, mantenerse firmes y luchar con los pies firmemente plantados sobre las bases del socialismo internacional.

Los principios de nuestra actitud hacia la guerra mundial se pueden explicar brevemente como un caso especial de nuestra visión del orden social capitalista. En pocas palabras, espero que todos nosotros estemos unidos en esto.

La tarea es, sobre todo, establecer las conclusiones prácticas que se derivan de estos principios, y hacerlo sin vacilaciones en todos los países.

¡No a la paz civil! ¡Sí a la guerra civil!”

La idea de la reunión partió de los socialistas italianos, que no habían logrado reunir a la Segunda Internacional para que condenara la guerra como un choque entre los propios imperialistas.

La Segunda Internacional traicionó al movimiento obrero y tomó partido por la burguesía, el imperialismo y la guerra. Falló en el momento decisivo y el hilo de la continuidad revolucionaria con Marx y Engels quedó cortado. Había muerto, aunque nadie extendiera un certificado de defunción.

Frente a ella, en Zimmerwald no se logró una postura unitaria, abriéndose dos posturas. La mayoritaria es la típica de los reformistas que se niegan a romper con el imperialismo y quieren cambiar las cosas “desde dentro”. Eran pacifistas que querían resucitar la Internacional para lograr la paz.

La minoritaria eran los “derrotistas”, encabezados por Lenin, que consideraban que la Internacional estaba agotada y querían crear una nueva, enfrentada a la guerra y que llamara a reconvertirla en una guerra revolucionaria contra la burguesía.

Zimmerwald fue la primera repuesta de amplitud internacional del proletariado ante la matanza de los campos de batalla, ante la inmunda carnicería en la que el capital obligaba a participar a las masas de toda Europa.

Mientras el reformismo colaboraba con la burguesía en la gran matanza, el movimiento obrero empezó a levantarse. En Gran Bretaña, en febrero de 1915, comienzan las primeras grandes huelgas de la guerra. Al mismo tiempo estallan en Alemania los primeros motines contra el hambre, organizados por mujeres obreras que protestan contra el racionamiento.

La conferencia de Zimmerwald está llena de enseñanzas para la actualidad. La única diferencia es que la guerra imperialista aún no ha alcanzado a quienes duermen un sueño profundo y quieren adormecer a los demás. Son parecidos a aquellos reformistas que no se atreven a romper y que, finalmente, querrán llevar a las masas a nueva carnicería en nombre de la patria y de su defensa.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies