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Declaración del Comité Central del PCE(r) (1984)

Cuando el régimen
inició su reforma, se prometían otros cuarenta años de dominación. Su objetivo
no era otro que salvar al régimen de Franco de la bancarrota en que se
encontraba y de alejar el peligro revolucionario, sin más que cambiar las
formas y adaptándolo a la nueva situación.
Creían que
utilizando a fondo la demagogia en combinación con los métodos terroristas de
siempre, iban a lograr desorganizar al movimiento de masas, iban a aniquilar a
los revolucionarios y así podrían seguir garantizando sus ganancias y descargar
el peso de la crisis económica sobre las masas trabajadoras.
Y a este juego
criminal se prestaron en cuerpo y alma todos los partidos y mafias sindicales a
cambio de un plato de lentejas o un puesto en el Parlamento.
Por el contrario,
nuestro Partido, señalaba entonces: “Del fascismo y del monopolismo no se puede
ir a la democracia burguesa porque ésta corresponde a la etapa de libre
competencia y de desarrollo del capitalismo; la historia no da marcha atrás”.
Apoyándonos en
estas tesis, absolutamente científicas, hemos venido durante años denunciando
en solitario el carácter fascista de la reforma, hemos propugnado el boicot a
todas las mascaradas electorales, hemos impulsado la lucha y la resistencia de
la clase obrera y las masas populares y, sobre todo, hemos apoyado
incondicionalmente a la guerrilla. Porque los comunistas tenemos claro que la
libertad del pueblo no puede ser obra de conciliábulos y cambalacheos entre
politicastros sino que hay que conquistarla con la lucha más consecuente.
No obstante,
haciéndose eco de la voluntad popular de verdaderos cambios políticos que
supusieran una ruptura con el régimen de Franco, en 1978 el PCE(r) elaboró el
Programa de los Cinco Puntos en el que se sintetizan esos objetivos mínimos:
1.- Amnistía y
libertades políticas y sindicales para todos
2.- Depuración de
fascistas y torturadores del aparato del Estado
3.- Medidas reales
contra el paro y la miseria del pueblo
4.- Fuera de la
OTAN y fuera bases yanquis
5.- Derecho a la
autodeterminación para las nacionalidades oprimidas por el Estado fascista
español.
Pero la democracia
de que hablaban los monopolistas, generalotes, obispos y toda la cohorte de
vendidos que les apoyaban, evidentemente no era la misma que el pueblo
reclamaba, y la respuesta fue decretar una política de exterminio contra
nosotros y contra todo aquel que no entrara por el aro. «Los terroristas
son el peor enemigo de la democracia», dijeron. Efectivamente, porque con
nuestra lucha por verdaderas libertades estábamos denunciando la maniobra; así
es que si no acababan con la resistencia, se descubriría el pastel y todo su
montaje se vendría abajo en poco tiempo. Y para su desgracia, se descubrió
pronto, porque a pesar de los crímenes, torturas y miles de detenciones, no lograron
acallar nuestra voz ni las armas de los guerrilleros… y el movimiento de
resistencia de las masas siguió creciendo.
Ya no podían seguir
dando más largas al asunto. “O buscan una salida política en base al Programa
de los Cinco Puntos o entramos en la guerra revolucionaria abierta”, decía
nuestro Partido. Sin embargo, ellos creían tener todavía un as en la manga y
decidieron jugarlo: así apareció Felipe. Venía prometiendo «cambio» y
diez millones se dijeron: a ver qué pasa, y le dieron su voto. Nuestro Partido,
no se hacía ilusiones pero decidió no darles ninguna excusa y señaló que el
cambio tenía que pasar por los Cinco Puntos. Los GRAPO, decretaron un alto el
fuego unilateral. Así se verían con más claridad las verdaderas intenciones del
cambio prometido. Y se vieron inmediatamente.
A los dos días
asesinaron a nuestro camarada Juan Martín Luna, y a partir de ahí se fueron
superando a sí mismos y a todos los anteriores cada día: enterraron la
demagogia electoral, empezaron las reconversiones, redujeron los fondos
destinados a los parados, «descubrieron» los altos valores de la
guardia civil, legalizaron la tortura, promulgaron nuevas leyes terroristas,
declararon la inocencia de los asesinos y torturadores de la policía y guardia
civil, tomaron militarmente barrios y ciudades; reprimieron a saco a los
obreros, a los jornaleros, a las mujeres y hasta a los minusválidos por
reivindicar su derecho al trabajo, nos ataron definitivamente a la OTAN y se
gastaron billones de pesetas en armamento; se negaron a toda negociación con la
guerrilla para encontrar una salida política y declararon oficialmente la
«guerra sucia». Y ahora, con el mayor descaro, Felipe declara que la
democracia está consolidada, que la transición ha terminado, que las reconversiones
se llevarán a cabo caiga quien caiga, que de la OTAN no se puede salir… y que
eso es lo que hay y todo el que no esté de acuerdo, es un enemigo de la
democracia y un terrorista y sobre él caerá todo el peso de la ley y de la
justicia… Es la política que siempre han practicado los sectores monopolistas
más reaccionarios. Es el programa de los Tejero y compañía.
Pero eso, lejos de
indicar fortaleza, no es más que el reconocimiento del fracaso total de la
maniobra reformista que ha llegado a su fin en un tiempo record sin haber
cumplido ni uno sólo de los objetivos que se habían propuesto y hoy se
encuentran más solos que nunca, sin ninguna carta que jugar y gobernando como
siempre lo ha hecho el fascismo en España: con el único respaldo de las
metralletas y por medio del terror.
Proceso de guerra revolucionaria abierta
En España, se ha
cerrado ya definitivamente toda perspectiva de democratización y de encontrar
una salida política que hiciera posible la defensa de los intereses obreros y
populares por medios pacíficos. Por el contrario, la reacción con sus
testaferros pesoístas al frente, ha declarado la guerra en todos los terrenos y
no deja al pueblo y a sus organizaciones de vanguardia más opción que rendirse
y someterse o responder en el mismo lenguaje. Ellos ya han definido claramente
cuál es su democracia y su libertad y han dicho: eso es lo que hay y si queréis
otra cosa, tendréis que pasar por encima de nuestros cadáveres. Efectivamente,
ya en España no puede haber libertades para el pueblo sin derrocar al régimen
fascista. Pero además, tampoco los problemas económicos de los trabajadores
tienen ya solución en el marco del sistema capitalista, de modo que hoy no se
puede poner freno al paro, a la miseria y a la explotación sin expropiar a los
monopolistas y poner el control de la economía en manos del pueblo y a su
servicio. Sólo por la vía revolucionaria se pueden encontrar las soluciones a
los problemas políticos, económicos, culturales, nacionales, etc. que padecen
las masas trabajadoras, y hacia ella se encamina el movimiento de masas con
paso decidido.
Y hay motivos más
que de sobra para estar seguros de que es la vía revolucionaria la única que va
a desarrollarse. Nosotros sólo vamos a detenemos en los tres aspectos que a
nuestro juicio son más destacables.
SE HA PRODUCIDO UN SALTO CUALITATIVO EN EL MOVIMIENTO DE
MASAS
Ese salto
cualitativo se concreta en que el movimiento de masas se ha liberado de toda
ilusión reformista y no espera nada de los de arriba; sólo confía en su lucha,
en su fuerza y en su unidad; y está resistiendo en todas partes.
Por el contrario,
es un movimiento nuevo que, como no podía ser de otra forma, tiene un carácter
democrático y hace de la asamblea su organismo de discusión y de toma de
decisiones frente a los chanchullos y conciliábulos de partidos y mafias
sindicales. Ha adoptado métodos de lucha y de resistencia cada vez más
radicales y una creatividad admirable para utilizar todo lo que pueda ser útil
a la defensa de sus intereses: desde el piquete a la recogida de alimentos,
desde el secuestro a la pegatina, desde el comunicado de protesta a la
desobediencia de las órdenes anti-obreras, desde la huelga a la bomba… y no
hay más que mirar un poco lo que está ocurriendo en Sagunto, en Gijón, en Vigo
o Ferrol o entre los jornaleros andaluces, para ver que éste, es un movimiento
nuevo, de carácter antimonopolista y, por tanto, antifascista: que
políticamente está indisolublemente ligado al Partido y a la guerrilla popular
(aunque todavía no se haya producido una ligazón orgánica a gran escala). Se ha
producido pues, un salto cualitativo en el movimiento obrero y popular que lo
sitúa definitivamente en la vía revolucionaria. No le dejan otra salida.
VICTORIA POLÍTICA DEL PARTIDO Y DE LA GUERRILLA
La oligarquía ha
tenido muy claro desde el principio que sin aniquilar al Partido y a las
organizaciones guerrilleras populares, no podría imponer su democracia. De ahí que éste fuera un
objetivo primordial de la maniobra reformista y en él se han invertido cientos
de miles de millones: han gastado ríos de tinta en echar basura y crear
confusión, han destinado miles y miles de policías, guardias civiles y
chivatos, han creado cuerpos especiales de asesinos y torturadores, han
promulgado cientos de leyes, han firmado tratados internacionales de
colaboración antiterrorista, han pagado mercenarios, mafiosos, drogadictos y
ultras para formar grupos parapoliciales, han aireado a los cuatro traidores
«arrepentidos» para sembrar la desmoralización, en fin, todo lo
imaginable.
Pero a pesar de
todo, los comunistas, revolucionarios y patriotas no hemos arriado la bandera
en ningún momento y una vez más los hechos han confirmado que, -como decía
Lenin- “la línea política lo decide todo”. En esa lucha a muerte no ha
triunfado la policía y todo el aparato represivo, sino que ha triunfado el
Partido y las organizaciones guerrilleras; no ha triunfado la maniobra
reformista sino la línea política revolucionaria.
Lo cierto es que
hoy, a este lado de la barricada, junto a las masas obreras y populares señalándoles
el camino a seguir, sólo está el PCE(r) y las organizaciones guerrilleras. Lo
cierto es que hoy es imposible paralizar nuestra actividad político-militar a
pesar de cualquier éxito policial aislado. Lo cierto es que hoy el movimiento
revolucionario organizado empieza a recoger los frutos de tantos años de
sacrificio y de siembra y necesariamente nos vamos a desarrollar. Lo cierto es
que hoy millones de obreros y de gentes del pueblo están enfrentados al régimen
fascista y a los monopolios en la línea de resistencia que nuestro Partido
viene señalando. Lo cierto, en definitiva, es que el Partido y la guerrilla son
un hecho, que su influencia política es inmensa, que van a desarrollarse
inevitablemente y que son la garantía de que ya en ningún momento se vaya a
producir la desmoralización ni la paralización del movimiento de resistencia de
masas, sino que, por el contrario, se va a ir politizando, organizando y
adquiriendo carácter revolucionario.
LA ACTUAL CRISIS ECONÓMICA SÓLO TIENE UNA SALIDA
REVOLUCIONARIA
Todos los factores
políticos expuestos anteriormente, tienen una base económica objetiva, que
tiene unas leyes de desarrollo que escapan al control de los propios
monopolistas, de los pesoístas y de todos los técnicos y economistas de la
burguesía. Y esta base es que el sistema capitalista entero se encuentra sumido
en una crisis total. Crisis que en España, por su mayor debilidad económica,
multiplica sus efectos negativos por todas sus secuelas de limitación de
exportaciones, encarecimiento de las materias primas, reducción de los
mercados… y en consecuencia, reconversiones masivas de todos los sectores de
la producción, encarecimiento del cesto de la vida, aumento de los impuestos y
naturalmente, aumento incesante de la represión y el terror como única forma de
imponer a las masas todas esas medidas.
Pero en contra de
lo que dicen los voceros de los monopolistas, ésta no es una crisis cíclica
más, sino la última del capitalismo, porque ya no tiene ninguna posibilidad de
recuperación, sino que se irá agravando y pudriendo e irá generando una lucha
de clases cada vez más aguda que necesariamente acabará en la revolución
socialista.
Para los
monopolistas, el panorama no puede ser más negro porque el campo socialista
tiene hoy tal fuerza política y tal poderío económico y militar que no sólo les
va ganando terreno en todos los aspectos de las relaciones internacionales,
sino que les impide cualquier veleidad de provocar una guerra con vistas a un
nuevo reparto de los mercados porque de ella saldrían inevitablemente
derrotados por las fuerzas revolucionarias. Hoy los monopolios ya no pueden
exportar su crisis a los países menos desarrollados llevándose las materias
primas y esquilmándolos porque gran número de éstos han hecho su revolución y
exigen precios justos y, por otro lado, en los que aún siguen bajo la bota
imperialista no hay uno donde no exista un movimiento revolucionario y
guerrillero que les obliga a mantener un aparato propagandístico, policíaco y
militar de tal magnitud, que lo que aún se siguen llevando les resulta cada vez
más caro.
Ahora tienen la
crisis en sus propios países y la enfrentan, por un lado, explotando más y más
a sus propios obreros y pueblos, y por otro, peleando como hienas entre ellos
para arrebatarse los mercados unos a otros: guerra del acero, guerra por los
caladeros de pesca, chantajes monetarios como la subida del dólar… Es el
sálvese quien pueda. Hoy ya el capitalismo no tiene ninguna posibilidad de
salir de la crisis y por el contrario, va generando un movimiento revolucionario
encabezado por las organizaciones guerrilleras y el Partido de la clase obrera.
Y esa situación general, en España es aún más grave.
Aquí ya, gobierne
quien gobierne tiene que aplicar la misma política fascista. No tienen ningún
margen de maniobra, ni la más tímida posibilidad de demagogia ni de reformismo.
Aquí la crisis exige una salida revolucionaria.
Los objetivos del Movimiento Político de Resistencia
Nuestro Partido, en
su Congreso Reconstitutivo (1975) señalaba que “en España se han creado las
condiciones materiales para realizar el socialismo, pero la existencia del
fascismo, hace que la principal contradicción social sea la que enfrenta al
pueblo contra ese enemigo y contra el monopolismo”. Esto que decíamos entonces,
no sólo sigue siendo correcto sino que hoy, es cuando nuestro análisis cobra
toda su importancia, pues hoy más que nunca, la inmensa mayoría de la población
está enfrentada al Estado fascista y a los monopolios.
La clase obrera
encabezada por su Partido puede y debe unir en un sólo frente todo ese
descontento y transformarlo en un movimiento revolucionario. Para ello, es
imprescindible dotarlo de un programa que resuma los intereses obreros y
populares abriéndole la perspectiva de una salida a los graves problemas que padece.
Y en España, ya no pueden proponerse a las masas otros objetivos que no sean el
derrocamiento del estado fascista y la expropiación de los monopolios porque
hoy ya, inevitablemente, la solución de los problemas de las masas pasa por
ahí. Todo lo que no sea impulsar la lucha en esa dirección, es colaborar con el
enemigo y facilitarle las cosas.
Nuestro Partido
propone para que sea difundido lo más ampliamente posible y sometido a estudio
y discusión el siguiente Programa a todo el Movimiento Político de Resistencia:
1º.- Amnistía total
y libertades políticas y sindicales para todo el pueblo y sus organizaciones de
vanguardia.
2º.- Formación de
un Gobierno Provisional Democrático Revolucionario que lleve hasta sus últimas
consecuencias la disolución del Estado fascista y todo su aparato
burocrático-militar. Armamento del pueblo.
3º.- Derogación de
la Constitución fascista y todas las leyes terroristas. Convocatoria de
elecciones libres a una Asamblea Popular que elabore la nueva Constitución.
Formación de consejos obreros. Creación de tribunales populares.
4º.- Expropiación
de los monopolios: las multinacionales, el capital financiero, los
terratenientes, las instituciones reaccionarias y los contrarrevolucionarios.
5º.- Fuera de la
OTAN. Desmantelamiento de las bases yanquis y reintegración de Gibraltar a la
soberanía nacional. Devolución de Ceuta y Melilla. Anulación de todos los
tratados reaccionarios y onerosos firmados con los imperialistas. Por una
política internacional de paz y de apoyo a la lucha de los pueblos oprimidos.
6º.- Derecho a la
autodeterminación de los pueblos vasco, catalán y gallego y respeto total de
sus derechos nacionales. Independencia de la colonia africana de Canarias.
Este no es el
programa de la revolución socialista que la clase obrera y los comunistas
anhelamos, sino que tiene ante todo un carácter antifascista, antimonopolista y
antiimperialista. Pero hoy, el cumplimiento de este programa es un paso
inevitable en el camino hacia el socialismo.
Los métodos de lucha y organización
A la vista de los
hechos, la inmensa mayoría tiene ya muy claro que en España los votos no van a
traer nunca ni la más tímida mejoría ni el más pequeño de les cambios; que la
reacción no va a ceder nada por las buenas y menos, cuando se encuentra con el
agua al cuello; que ellos utilizan los votos sólo para justificar su política
terrorista.
Pero también está
claro que el engaño de los pesoístas no va a volver a repetirse nunca más. Por
el contrario hay que impulsar, aún más y en todas partes, la resistencia
activa, la desobediencia civil y la lucha armada. Hay que promover asambleas en
las que democráticamente se discutan los problemas, las reivindicaciones y la
lucha a seguir. Donde se tomen acuerdos y elijan comisiones de delegados que
negocien con la patronal al margen de las mafias sindicales.
Hay que formar
piquetes que extiendan la lucha. Hay que ganar la calle, organizar huelgas y
manifestaciones y buscar la solidaridad de toda la población.
Hay que castigar a
los esquiroles, ocupar las fábricas, sabotear la producción o las cosechas,
destruir los stocks. Para ello, es imprescindible que en cada fábrica, en cada
tajo se formen pequeños grupos clandestinos que siguiendo el ejemplo de la
guerrilla realicen acciones de comando y busquen el apoyo de las organizaciones
armadas.
Hay que sabotear e
impedir toda maniobra electoral, referéndums y demás intentos de las mafias
sindicales para imponer «democráticamente» los planes de sus amos.
Hay que impulsar la
desobediencia de las órdenes anti-obreras sobre despidos, cierre de
instalaciones, traslados, etc., negarse a pagar los impuestos y los precios
abusivos, expropiar alimentos…
Nuestros amigos,
simpatizantes y todos los revolucionarios, deben impulsar la lucha
independiente de la clase obrera y la resistencia de las masas, pero no pueden
perder de vista ni por un momento que hoy más que nunca, la clase obrera
necesita un Partido revolucionario que la oriente, organice y encabece la
lucha.
El PCE(r) ha
demostrado con creces ser el Partido de la clase obrera y tiene una gran
influencia entre las masas que han hecho suya nuestra línea política. Pero hay
que hacer que esa influencia se transforme en organización poco a poco llevando
una labor partidista y dando pequeñas tareas a todo el que esté dispuesto. Hay
que ir consolidando una amplia red de propaganda que haga llegar la voz del
Partido a las fábricas y a todas partes de forma segura. Hay que ir recuperando
y ligando al Partido a todos los amigos y simpatizantes y establecer conexiones
seguras con ellos. Hay que crear círculos de lectura, células y organismos del
Partido a todos los niveles sobre la base de la más absoluta clandestinidad.
Nuestros amigos y simpatizantes deben estar presentes y encabezar si es posible
la lucha en las fábricas y tajos, deben participar en todo tipo de organismos
verdaderamente populares como asociaciones de vecinos, comités anti-OTAN, las
AFAPP, asambleas de parados, comités de apoyo a Nicaragua, etc.; hay que ser
conscientes de que para dirigir a millones de obreros y trabajadores en la
lucha contra el fascismo y el monopolismo, necesitamos de un Partido
revolucionario fuerte, enraizado en las masas por todas partes. Pero además, la
clase obrera necesita organizar su propio ejército. Un ejército capaz de hacer
frente a las fuerzas terroristas del régimen y que allane el camino a los
trabajadores para alcanzar sus objetivos políticos socialistas. Frente a la
contrarrevolución armada de los monopolios, el método principal de lucha no
puede ser otro que la lucha amada.
Las organizaciones
guerrilleras son el embrión de ese futuro ejército popular porque su actual
debilidad se va a ir transformando poco a poco en fortaleza y en mayor
capacidad operativa con la afluencia de nuevos combatientes.
Nuestro Partido
desde hace más de siete años ha venido apoyando a las organizaciones
guerrilleras y argumentando su necesidad. Ha promovido la creación de los GRAPO
y a ellos ha enviado un sinfín de sus mejores cuadros y militantes, y va a
seguir haciéndolo puesto que hoy es inadmisible que nadie se autotitule de
comunista si no está dispuesto a empuñar las amas, pues ésta es la forma más
eficaz de combatir al terrorismo fascista.
Pero conseguir el
desarrollo de las organizaciones guerrilleras no sólo es tarea de los
comunistas, sino de todos: de los obreros y de los jóvenes, de las mujeres y de
los estudiantes, de los más comprometidos y de los menos comprometidos. Todos
somos necesarios y todos hemos de aportar nuestra contribución por pequeña que
sea. Unos empuñando las armas o facilitando informaciones diversas, ya sea de
patronos, chivatos, torturadores o depósitos de armas o dinero; otros
proporcionando escondrijos, refugios o medios de transportes.
Sólo con la
combinación de la lucha de resistencia de las masas y la actividad
político-militar de las organizaciones guerrilleras y revolucionarias es como
se irá fraguando un potente Movimiento Político de Resistencia dirigido por el
Partido, capaz de vencer.
No obstante, es
obligado decir para aquellos que se dejan tentar por las prisas o por el
idealismo aventurero que no hay que esperar victorias espectaculares inmediatas
ni grandes saltos. En las condiciones actuales, la guerra revolucionaria en la
que estamos ha de tener necesariamente un carácter prolongado. Por el momento,
hemos vencido a los políticos y se han creado las condiciones para la
incorporación de las masas a la lucha de resistencia y para el fortalecimiento
de las organizaciones armadas y del Partido. Pero ahora, hay que vencer a los
generales y torturadores y esa victoria, sólo se dará en un largo proceso de
desarrollo y fortalecimiento del Movimiento Político de Resistencia.
Todavía, y por
largo tiempo, las fuerzas militares y represivas enemigas son infinitamente
superiores, pero inevitablemente están condenadas al fracaso porque mientras
ellos se agotan, el Movimiento Político de Resistencia se va a desarrollar con
cada día que pase hasta alcanzar primero el equilibrio y más tarde la
superioridad. Entonces, habrá llegado el momento de la insurrección general y
de la victoria total que enterrará de una vez por todas a la reacción fascista
y al monopolismo.
Entonces, habrá
llegado la hora en que el pueblo sea dueño de su destino y emprenda la
construcción de una nueva sociedad sin explotadores ni explotados. Luchar por
ese brillante futuro merece todos los sacrificios y toda la entrega que sean
necesarias, es un deber de todo revolucionario, de todo obrero, de todo joven,
de toda mujer trabajadora, de todo antifascista, de todo demócrata, y no pueden
prolongar ni por un momento más su incorporación a la resistencia más
consecuente.
¡VIVA
EL PCE(r)!
¡VIVA
LA LUCHA ARMADA REVOLUCIONARIA!
¡ADELANTE
EL MOVIMIENTO POLITICO DE RESISTENCIA!
¡VENCEREMOS!
Declaración del Comité Central del PCE(r)
Madrid, marzo de 1984




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Trotsky: el hijo pródigo del imperialismo

En torno a la figura de Trotsky existe mucho mito y muy poca realidad. A esto ha contribuido de manera muy importante la propaganda imperialista. En la lucha contra el comunismo y, particularmente, en la labor de destrucción y demonización de una figura histórica como la de Stalin, esta propaganda se ha valido, una vez más, del manido argumento de los buenos y los malos. Y si Stalin, como no se han cansado de repetirnos a lo largo de décadas y décadas, era el malo (y más que el malo, el propio diablo con cuernos y rabo), el bueno debía ser necesariamente Trotsky.

La leyenda que sobre Trotsky ha inventado el imperialismo no es más que una fabulación al servicio de las campañas contra Stalin, vale decir contra el comunismo, por cuanto el antiestalinismo no es más que otra forma de denominar el anticomunismo. Existe una incompatibilidad manifiesta en reivindicarse antiestalinista y comunista a un tiempo. El antiestalinismo es una criatura del imperialismo. Y quien de un modo u otro comparte la propaganda negra sobre Stalin no puede bajo ningún concepto formar en las filas del movimiento comunista.

Trotsky, el ‘legítimo heredero’ de LeninEUU

Una de las grandes mentiras de la historiografía burguesa es la de que el legítimo heredero de Lenin no era otro que Trotsky.

Dejaremos de lado, por el momento, lo que Lenin opinaba sobre Trotsky (aunque citaremos algunas de esas opiniones más adelante), para centrarnos en la relación que éste último mantuvo con el bolchevismo.

Un solo dato sintetiza de la forma más clara la naturaleza de esta relación: Trotsky se hizo bolchevique sólo un par de meses antes de la Revolución de Octubre. Fiel a su inveterado oportunismo, supo subirse a tiempo al carro que más le convenía. Es seguro que si los bolcheviques no hubieran tenido posibilidades de tomar el poder, Trotsky ni se hubiera planteado integrarse en sus filas, como no lo hizo a lo largo de más de una década. De hecho, esperó hasta el último momento para hacerlo, cuando vio confirmado que eran la única fuerza política que podía permitirle hacer carrera como líder revolucionario.

Desde febrero de 1917 hasta su incorporación a los bolcheviques, intentó, como siempre, nadar entre dos aguas, en la fracción de los llamados “interdistritales”, desde la que podía saltar a derecha o izquierda, según se desarrollaran los acontecimientos.

La legitimidad que el trotskismo reclama sobre el bolchevismo no tiene, por tanto, ningún fundamento. Trotsky y el trotskismo han sido siempre completamente ajenos, y, de hecho, hostiles, al bolchevismo. Trotsky, en numerosas ocasiones, a lo largo de más de una década, criticó del modo más acerado a los bolcheviques, acusando a Lenin de querer imponer en el Partido un régimen cuartelero, de querer implantar, no la dictadura del proletariado, sino la dictadura sobre el proletariado. Pronunciamientos de este tipo los hizo por decenas, y no les pueden ser desconocidos a quienes estén mínimamente familiarizados con la trayectoria de este personaje. Se puede decir que los argumentos que utilizó contra Lenin antes de hacerse pasar por bolchevique fueron aproximadamente los mismos que utilizó posteriormente contra Stalin. Hay un hilo conductor que une la lucha de Trotsky contra Lenin antes de 1917 y la que desarrolló después contra Stalin, aunque, en este caso, desarrolló esta lucha, paradójicamente, apoyándose en el propio Lenin.

En una carta a Nikolái Cheidze (líder menchevique) de 1913 (sólo cuatro años antes de la afiliación de Trotsky a los bolcheviques), decía cosas como ésta, cargadas del más radical odio a Lenin y al leninismo: “Los ‘éxitos’ de Lenin no me provocan más preocupaciones. Ahora no estamos en 1903, ni en 1908… En una palabra, todo el edificio del leninismo en el momento presente se levanta sobre mentiras y falsificaciones y lleva consigo el inicio venenoso de su propia disolución. No hay ninguna duda: si el otro bando [los mencheviques] actúa de forma inteligente, en un futuro muy próximo se iniciará una cruel disolución entre los leninistas […]”.

Y todavía al final de su vida, en la seudo-biografía que escribió sobre Stalin (y que no llegó a terminar, debido a un inoportuno accidente con un instrumento de escalada), le vuelve a salir la inquina antibolchevique y llega a afirmar que “lo que sigue siendo misterioso es cómo un Partido [el bolchevique] cuyo Comité Central se componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo pudo vencer”.

Dos cosas resultan muy chocantes en esta afirmación, y sólo una conclusión clara sacamos de ella. La primera, que en esta misma “biografía” dice que «un revolucionario de la contextura y los arrestos de Lenin sólo podía estar al frente del partido más intrépido, capaz de llevar sus ideas y acciones a su lógica conclusión» o que la «dirección bolchevique hubiera llegado a encontrar el camino recto sin Lenin, pero despacio, a costa de fricciones y luchas intestinas». ¿En qué quedamos? ¿Era el Partido Bolchevique un partido dirigido por elementos contrarrevolucionarios y, por lo tanto, es un “misterio” que llegara a tomar el poder? ¿O era un partido tan intrépido y revolucionario que hubiera sido capaz de tomar el poder incluso sin el liderazgo de Lenin? Lo que es un “misterio” es como alguien puede ser tan oportunista -y tan estúpido, todo hay que decirlo- como para contradecirse de una manera tan flagrante en el proceso de redacción de un mismo texto.

Por otro lado, no se entiende muy bien que Trotsky, quien reclamaba para sí la herencia bolchevique, hiciera afirmaciones como ésta o que la principal acusación que lanzara contra Stalin fuera la de que en los procesos de Moscú había exterminado a la mayor parte de la vieja guardia bolchevique. ¿Por qué se erigía en defensor de esa vieja guardia si él mismo, después de los procesos de Moscú, consideraba que se «componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo»?

Por último, la única conclusión clara que podemos sacar de estas palabras es que bajo el barniz de “bolchevique-leninista” (así se denominaban a sí mismos los trotskistas), Trotsky nunca dejó de ser un feroz antibolchevique y antileninista. Siempre vivió en esta esquizofrenia desde su afiliación a los bolcheviques. Por temperamento, por sus posiciones ideológicas, por su forma de entender la actividad política, tan aristocrática y elitista, no podía ser bolchevique. Pero debía hacerse pasar por bolchevique si quería cumplir algún papel en el movimiento comunista internacional. Finalmente, no consiguió ni una cosa ni la otra: no consiguió hacerse pasar por bolchevique; y el papel que cumplió respecto al movimiento comunista internacional no fue el de un líder, sino el de un enemigo.

Pero regresemos al período anterior a la Revolución de Octubre. A lo largo de este período, Trotsky no fue ajeno únicamente al bolchevismo; lo fue también respecto al propio Partido Socialdemócrata ruso en su conjunto. En su afán por mantener siempre una posición propia (su personalismo rayaba en la patología), Trotsky no terminó de integrarse en ninguna de las diferentes fracciones socialdemócratas; basculó entre unas y otras, si bien con una cierta inclinación hacia los mencheviques. Esta indefinición, este oportunismo llevó a Trotsky a vivir durante años al margen de la disciplina de Partido, sin ninguna relación con el trabajo práctico que éste desarrollaba en el interior de Rusia, fundando periódicos en el exilio para poder dar rienda suelta a su conocida grafomanía y dedicándose a lo único que sabía hacer: a ejercer de charlatán a tiempo completo (en Trotsky, encontramos muchas similitudes con el revolucionario virtual actual, es decir, con aquéllos que se dedican a aleccionar al personal en la red sobre las verdades del marxismo, pero que no desarrollan ni tienen intención de desarrollar ninguna actividad práctica en relación con la ideología que dicen defender). Después de un breve período de militancia juvenil, de un no menos breve paso por prisión, su extrañamiento en Siberia y la posterior marcha al exilio, sólo se dejó caer por el interior de Rusia en los momentos álgidos, con el estallido de la revolución de 1905 (tras la que pasó otro período de prisión y de destierro en Siberia) y la de febrero de 1917. El trabajo gris y ciertamente heroico que desarrollaban los militantes prácticos socialdemócratas en el interior no le merecía la menor atención. Lo suyo eran los grandes mítines, la trascendencia histórica (con la que siempre estuvo obsesionado) y la literatura de altos vuelos. De ahí que sólo se dignara a bajar del pedestal de seudointelectual en el que tan cómodamente se hallaba instalado para realizar alguna actividad realmente relacionada con la lucha revolucionaria cuando dicha actividad consistía en darse un buen baño de masas en algún soviet de San Petersburgo.

Lunacharski (quien fue compañero de Trotsky en los “interdistritales”) manifestaba lo siguiente: “Trotsky está, indudablemente, más inclinado a retroceder y observarse a sí mismo. Trotsky atesora su papel histórico y es posible que estuviese dispuesto a realizar cualquier sacrificio personal, sin excluir el mayor de todos –el de la propia vida–, a fin de permanecer en la memoria humana rodeado de la aureola del genuino líder revolucionario.» (Lunacharski, artículo titulado “A diferencia de Lenin”).

Podemos comparar esta trayectoria con la de quien la historiografía imperialista considera un usurpador del trono de Lenin. Hablamos, cómo no, de Stalin.

Éste, al contrario que Trotsky, fue bolchevique desde el minuto uno en que se conformó esta fracción en el seno de la socialdemocracia rusa; hasta 1917, fue principalmente un militante práctico (sin excluir la labor teórica, como su folleto “El marxismo y la cuestión nacional”), poco amigo de los lucimientos personales, y siempre dispuesto a abordar cualquier tarea que le encomendara el Partido. Es en Stalin, al igual que en otros muchos militantes socialdemócratas, en quien vemos encarnado el auténtico espíritu bolchevique. En Trotsky, por el contrario, se encarnaba lo peor del intelectualismo pequeñoburgués, una innegable tendencia al exhibicionismo y un no menos innegable narcisismo.

Trotsky, por cierto, tachaba a Stalin de estrecho de miras, de política e ideológicamente limitado, de aldeano, en suma. Lo cierto es que Stalin se sitúa muy por encima de Trotsky (como una secuoya respecto de una babosa), no sólo desde el punto de vista de la militancia práctica, sino también como teórico. Podemos contar a Stalin, sin ninguna duda, entre los más prominentes teóricos marxistas. Y podemos contarlo también entre los teóricos marxistas que con mayor sencillez y sentido pedagógico ha tratado las grandes cuestiones del pensamiento comunista. ¿Qué legado dejó Trotsky? Toneladas de frases altisonantes pero completamente vacías de contenido, un continuo desbarrar intelectual, pura morralla, en definitiva. Salta a la vista, para cualquiera que tenga un mínimo de conocimiento del marxismo, que Trotsky era una nulidad teórica absoluta. Hay que reconocerle una cierta habilidad literaria. Pero esto no le convierte en un teórico marxista. Saber escribir y hacer un correcto análisis de la realidad, son dos cosas muy diferentes.

Su conocimiento de la economía política marxista era de lo más superficial. El materialismo dialéctico ni lo conocía ni, por supuesto, sabía aplicarlo (lo que explica muchas de sus tonterías sobre la “revolución permanente” y su incapacidad para entender en qué consiste una táctica auténticamente revolucionaria). Krupskaia, en una crítica que hizo de un texto de Trotsky titulado “Lecciones de Octubre”, dijo de él: “El análisis marxista nunca fue el punto fuerte del camarada Trotsky”.

Trotsky, sencillamente, no era marxista ni podía serlo. Fue un intelectual pequeñoburgués que se vio arrastrado hacia al marxismo, pero nunca pudo comprenderlo y aprehenderlo verdaderamente. De aquí su inadaptación en el seno de la socialdemocracia rusa, el rechazo más o menos velado o más o menos explícito que le profesaban la mayoría de los miembros de todas las corrientes socialdemócratas. De aquí que terminara por convertirse en el mascarón de proa del anticomunismo. Acabó donde tenía que acabar: en el campo de la reacción.

En cuanto a su importancia histórica, Trotsky tampoco aguanta el tipo en la comparación con Stalin. Por un lado, tenemos a quien comandó de forma exitosa la primera experiencia de construcción socialista de la historia, al Ejército Rojo que derrotó, prácticamente en solitario, a los nazis, a quien contribuyó de manera decisiva a la instauración del socialismo en gran parte del globo. Por el otro, tenemos a un buhonero de la política, al líder de una fantasmal IV internacional, a una marioneta del imperialismo, de quien sólo conservamos recuerdo merced a la propaganda imperialista y merced al propio Stalin, en el sentido de que Trotsky no tiene entidad por sí mismo, sino únicamente como contrapunto a Stalin, como el ángel que el imperialismo necesitaba contraponer al diablo georgiano.

Y, por cierto, en relación a la legitimidad o ilegitimidad de Trotsky o Stalin como herederos de Lenin, se suele sacar a colación el llamado Testamento de este último. Al margen del grado de autenticidad que se le pueda atribuir a este documento, Lenin se limitó a achacar a Stalin que era excesivamente brusco, caprichoso y otros calificativos similares. Pero no deja a Trotsky en mejor lugar, a quien dirige adjetivos poco halagüeños y todos relacionados con su presunción, su altanería y, curiosamente, con su tendencia al burocratismo. Y, en cualquier caso, en este pretendido testamento, no se designa a Trotsky como su heredero (si es que podemos utilizar un término como éste en el seno del movimiento comunista), sino que se descarta tanto a uno como otro como futuros secretarios generales del Partido. De modo que tampoco este documento respalda la teoría sobre el “hijo pródigo” que, según algunos (básicamente, según los cuatro trotskistas que aún continúan en la brecha y según los historiadores anticomunistas), sería Trotsky para Lenin.

Para dejar las cosas bien claras, vamos a citar lo que dijo el propio Lenin sobre Trotsky.

“Trotsky […] no tiene precisión ideológica y política, porque su patente para el ‘no fraccionismo’ […] es simplemente una patente para volar libremente, de acá para allá, de un grupo a otro”.
“[…] escudándose en el ‘no fraccionismo’, Trotsky defiende los intereses de un grupo en el extranjero, que carece particularmente de principios definidos y no tiene base en el movimiento obrero de Rusia”.
“[…] no es oro todo lo que reluce. Hay mucho brillo y mucho ruido, pero ningún contenido en las frases de Trotsky”
(artículo de 1914, titulado “Ruptura de la unidad encubierta con clamores sobre la unidad”)

“Trotsky era un ferviente ‘iskrista’ en 1901-1903, y Riazanov describe su papel en el Congreso de 1903 como ‘garrote de Lenin’. A fines de 1903, Trotsky era un ferviente menchevique, es decir, se pasó de los ‘iskristas’ a los ‘economistas’ […] En 1904-1905 abandonó a los mencheviques y ocupó una posición vacilante, ora colaborando con Martov (el ‘economista’), ora proclamando su teoría absurdamente izquierdista de la ‘revolución permanente’. En 1906-1907 se acercó a los bolcheviques, y en la primavera de 1907 declaró estar de acuerdo con Rosa Luxemburgo”.
“En la época de la desintegración, después de largas vacilaciones ‘no fraccionistas’, se situó de nuevo a la derecha, y en agosto de 1912 formó un bloque con los liquidadores. Ahora ha vuelto a abandonarlos, aunque, en esencia, repite sus burdas ideas”.
“Jamás, ni en un solo problema serio del marxismo, ha sostenido Trotsky una opinión firme. Siempre se las ingenió para ‘deslizarse por entre las rendijas’ de tales o cuales divergencias, y para pasar de un campo a otro’ (El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914).

En una carta a Kollontai, en febrero de 1917, expresa Lenin de manera aún más rotunda qué opinión le merece Trotsky:

“¡¡Este Trotsky es un cerdo: frases de izquierda y un bloque con la derecha contra la izquierda de Zimmerwald!! ¡¡Hay que desenmascararlo […]!!”

Y en la misma línea y por las mismas fechas, esta vez en carta a Inesa Armand:

“¡¡Llegó Trotsky y este canalla se entendió en seguida con el ala derecha de Novi Mir contra los zimmerwaldistas de izquierda!! […] ¡¡Ese es Trotsky!! Siempre fiel a sí mismo, se revuelve, estafa, posa de izquierdista y ayuda a la derecha […]”

Basta con estas pocas citas para que no quede ni asomo de duda sobre cómo valoraba Lenin a su hijo pródigo.

Trotsky, el defensor de la democracia obrera y el antiburocratismo

Se ha solido presentar a Trotsky como el representante de la democracia obrera y como el antiburócrata por excelencia, una vez más, en contraposición a Stalin, el dictador sin escrúpulos y el paradigma del burocratismo. Y, una vez más, también nos encontramos ante una leyenda.

En el debate que a principios de los años 20 se desarrolló en torno al papel que los sindicatos debían jugar en el proceso de construcción de la economía soviética, ya se puso de manifiesto hasta qué punto Trotsky era cualquier cosa menos un irreconciliable enemigo del burocratismo. Trotsky defendía que los sindicatos debían ser absorbidos por el Estado, que debían convertirse en parte del aparato administrativo de éste.

Lenin y Stalin (el gran burócrata) se posicionaron contra este planteamiento. Consideraban que los sindicatos debían conservar una cierta independencia respecto al aparato del Estado, entre otras cosas, porque en aquel período ni siquiera se había iniciado la construcción socialista como tal, sino que apenas se estaban sentando las bases para hacerlo y, como es sabido, la NEP permitía, si bien dentro de unos límites, la economía capitalista, por lo que los sindicatos necesitaban de esa independencia para defender los derechos de los trabajadores. Trotsky, el antiburócrata, era partidario de la burocratización y hasta de la militarización de los sindicatos.

Respecto a su concepción del Partido, unas pocas frases del artículo de Krupskaia anteriormente citado: “Trotsky habla mucho sobre el Partido, sin embargo, para él, el Partido son los líderes, los jefes”. “Trotsky no reconoce el papel desempeñado por el Partido en su conjunto, como una organización única y cohesionada. Para Trotsky, el Partido es sinónimo de dirección central”.

Stalin, por su parte, redundando en este mismo planteamiento, en su artículo “La fisonomía política de la oposición rusa”, dice: “Trotsky no comprende lo que es nuestro Partido. No tiene una idea cabal de nuestro Partido. Mira a nuestro Partido como el aristócrata a la plebe o como el burócrata a los subordinados”.

Krupskaia, que en algún momento parece que tuvo cierta cercanía con los postulados de la llamada Oposición Unificada en los años 20 (fracción encabezada por Trotsky, Kamenev y Zinoviev), consideraba a Trotsky en un sentido totalmente contrario a la mentirología que durante décadas nos han vendido: como un burócrata y como un antidemócrata.

Sobre esto último, resulta muy esclarecedora la forma en que Trotsky ejerció el mando en el Ejército Rojo durante la guerra civil. Promocionó de manera excesiva a los antiguos oficiales del ejército zarista (y ésta fue una cuestión que enfrentó a Trotsky con Stalin, quien consideraba que era necesaria una mayor promoción de los mandos bolcheviques, aunque sin dejar de valerse de la experiencia militar de los oficiales zaristas, en espera de que fueran surgiendo nuevos cuadros militares)
e incluso llegó a fusilar a varios oficiales bolcheviques, lo que originó una dura polémica en el seno del Partido.

Trotsky, el perfecto demócrata, promocionaba a unos oficiales cuyo compromiso con la Revolución de Octubre era cuando menos dudoso, al tiempo que marginaba a los cuadros militares nacidos de esa revolución, cuando no los fusilaba.

Por otro lado, cabe hablar del libro de Trotsky “Terrorismo y comunismo” (recientemente editado y prologado por Slavoj Zizek), libro del que los trotskistas parecen avergonzarse, habida cuenta de que rehúyen hablar de él como si fuera la peste. Por lo visto, el contenido de este libro desmontaría la imagen del Trotsky comprometido con la democracia obrera.

En relación con este libro, lo que interesa analizar no es tanto lo que plantea política e ideológicamente como lo que Trotsky pretendía al escribirlo. Lo que éste pretendía es evidente: hacerse pasar por bolchevique. Pero, en su intento por ser más papista que el Papa, acaba desbarrando, como en él era habitual. Pretende hacer una defensa de la dictadura del proletariado y lo que consigue es caricaturizarla. Sitúa el foco de manera unilateral y excesiva en la dimensión represiva de la dictadura del proletariado. Y de aquí la caricatura.

En este libro, queda patente la falta de sintonía de Trotsky con el bolchevismo. Pretende escribir una obra bolchevique, pretende hablar como un bolchevique, casi parece intentar imitar el estilo literario de Lenin en algunos pasajes. Pero todo suena a impostura. Y, además, no acierta a hacer una exposición correcta del concepto bolchevique sobre la dictadura del proletariado.

Y que efectivamente este libro no es más que una impostura lo demuestra el hecho de que Trotsky, en el llamado “programa de transición” de la autodenominada IV internacional, no tiene empacho en defender todo lo contrario a lo que defendía en “Terrorismo y comunismo”. En este programa defiende la necesidad de que el socialismo se estructure en base a un sistema político multipartidista. Propone que, después del derrocamiento de la “casta burocrática estalinista”, los “partidos soviéticos” deberían ser legalizados, e ilegalizada esa casta burocrática. Lo hace en estos términos, cargados de prejuicios demócrata-burgueses: “es imposible la democratización de los soviets sin legalización de los partidos soviéticos”.

¿Cuáles serían esos “partidos soviéticos”? No pueden ser otros que el menchevique, el de los socialrevolucionarios y el propio partido trotskista. De forma que el proyecto trotskista respecto a la URSS consistía en legalizar a los partidos contrarrevolucionarios menchevique, socialrevolucionario y trotskista (los despojos de la revolución soviética, auténticos cadáveres históricos que no representaban a nada ni a nadie en la Unión Soviética) e ilegalizar a los bolcheviques, pues, por mucho que el imperialismo y el trotskismo digan lo contrario, no había en la URSS otro partido bolchevique que el que lideró
Stalin.

El proyecto trotskista era (y es) un proyecto, no sólo incoherente (capaz de defender una versión tan ridículamente radical de la dictadura del proletariado como la que se expone en “Terrorismo y comunismo”, para, unos años después, defender el sistema político multipartidista del llamado “programa de transición”), sino totalmente contrarrevolucionario.

El ‘internacionalismo’ de Trotsky: ¿posición revolucionaria o derrotismo menchevique?

También se nos ha presentado a Trotsky como el acérrimo defensor del internacionalismo y la revolución mundial, y a Stalin como un estrecho nacionalista, fanáticamente aferrado a su teoría del socialismo en un solo país.

Decía Stalin que el trotskismo era una desviación socialdemócrata (cuando el concepto socialdemócrata ya no tenía ningún componente revolucionario, pues los marxistas revolucionarios ya habían pasado a denominarse simplemente como comunistas) y que, detrás de su fraseología revolucionaria, no se escondía más que el planteamiento menchevique que consideraba imposible la construcción del socialismo en un país atrasado como la Rusia de principios del siglo pasado. Stalin tenía toda la razón. El “internacionalismo” trotskista no era más que una reformulación del derrotismo menchevique.

Bajo el liderazgo de Stalin, no sólo pudo construirse el socialismo, sino que la Unión Soviética, en menos de dos décadas, pasó de ser un país extraordinariamente atrasado a la segunda potencia económica mundial. Esto avala sobradamente el planteamiento de Stalin sobre la construcción del socialismo en un solo país.

Acerca de esta cuestión, no obstante, hay que hacer algunas puntualizaciones. Stalin jamás defendió que pudiera obtenerse la victoria definitiva del socialismo en un solo país. Esta victoria definitiva implica ya el paso al comunismo, y el comunismo sólo puede triunfar como revolución mundial. Aquí sí que no cabe la teoría de la “construcción del comunismo en un solo país”. Lo que Stalin defendía era que el socialismo podía construirse en lo fundamental en un país aislado, que era posible resistir el cerco capitalista por mucho tiempo y que, por lo tanto, era necesario centrarse en el fortalecimiento del socialismo en la URSS, pues este fortalecimiento era la condición necesaria para la extensión del socialismo a otros países. Una vez más, tenía razón: el campo socialista surgió bajo las premisas que defendía Stalin. Si se hubiera hecho caso del aventurerismo “internacionalista” de Trotsky y otros mencheviques camuflados, como Bujarin, que, en su período ultraizquierdista, defendía monstruosidades tales como que era concebible el sacrificio del Poder Soviético en aras de la revolución internacional, es seguro que la Unión Soviética hubiera tenido una historia muy corta.

Por otro lado, hay que decir que la Revolución de Octubre tuvo en sí misma la significación de una revolución internacional, teniendo en cuenta la extensión del territorio ruso y las decenas de nacionalidades que englobaba el imperio zarista. Rusia no era un pequeño país, falto de recursos y que pudiera ser estrangulado y pisoteado por cualquier potencia imperialista, sino un país muy rico en recursos, muy atrasado económicamente pero con unas posibilidades de desarrollo enormes (y el socialismo convirtió esas posibilidades en realidades concretas), con una extensión territorial que hacía imposible cualquier intento de invasión imperialista por un tiempo prolongado…

No eran pocas las dificultades a que se enfrentó el Poder Soviético para construir el socialismo, pero negar la posibilidad de hacerlo era una posición totalmente reaccionaria, digna de un derrotista menchevique como Trotsky. Este último, a la hora de defender sus posiciones, solía remitirse a algunos textos de Lenin, en los que éste incidía en la idea de que la construcción del socialismo en Rusia sería un proceso muy complicado si no se veía respaldado por la revolución socialista en otros países. Pero que un dirigente revolucionario, antes de 1917 o en los primeros años de la revolución soviética (y Lenin sólo llegó a conocer los primeros años de la revolución), albergara dudas sobre la viabilidad del socialismo en un solo país, era algo completamente normal. El conjunto de la dirección bolchevique compartía esas mismas dudas en aquel período. Pero Trotsky, insistió en la inviabilidad del socialismo en un solo país, continúo con sus diatribas derrotistas, cuando la revolución soviética ya había alcanzado un grado de estabilidad importante e incluso durante la década de los años 30, en los que el proceso de construcción socialista había obtenido importantísimos progresos. De aquí lo reaccionario del “internacionalismo” de Trotsky.

“¿Y qué hacer si la revolución internacional ha de demorarse? ¿Le queda a nuestra revolución algún rayo de esperanza? Trotsky no nos deja ningún rayo de esperanza, pues “las contradicciones en la situación del gobierno obrero… podrán ser solucionadas sólo… en la palestra de la revolución mundial del proletariado”. Con arreglo a este plan, a nuestra revolución no le queda más que una perspectiva: vegetar en sus propias contradicciones y pudrirse en vida, esperando la revolución mundial” (*).

Una marioneta del imperialismo

“Mis actividades son incomparablemente más peligrosas para Stalin que para Hitler”. Ésta es una de las frases que aparecen en una carta que Trotsky dirigió en 1940 al fiscal general de México. Sintetiza de manera muy clara, y de su propia pluma, qué papel desempeñó Trotsky en la lucha contra el comunismo. No estoy hablando de que Trotsky fuera formalmente un agente del imperialismo o que formara parte de la nómina de alguna agencia de espionaje o de seguridad de este o el otro país capitalista, si bien existen investigaciones que van en esta línea. Pero no es mi intención centrarme en esta cuestión.

Lo que pretendo analizar es a quién beneficiaba, objetivamente, la actividad de Trotsky. La respuesta es bastante clara: beneficiaba al imperialismo, servía al anticomunismo. La frase citada conduce precisamente a esta conclusión: las actividades de Trotsky eran «incomparablemente más peligrosas» para la Unión Soviética y para el PCUS que para un dictador fascista, para un representante (y qué representante) del capital monopolista alemán.

No puede caber ninguna duda respecto a que Trotsky se convirtió en una marioneta en manos del imperialismo y de que esta condición no parecía molestarle, a tenor de que, a sabiendas de las consecuencias que tenía su labor, continuó desarrollándola en la misma dirección y de modo cada vez más acusado, hundiéndose hasta el cuello en la charca de la colaboración con los capitalistas.

Esta carta al fiscal general de México no sólo contiene la perla anteriormente citada, sino que es todo un compendio de delación e intoxicación sobre el movimiento comunista tanto internacional como mexicano. La idea central que pretendía transmitir Trotsky era que los partidos comunistas de todos los países no eran en realidad más que sucursales de lo servicios de información soviéticos, señalando nombres y apellidos de militantes y dirigentes comunistas. También defendía la absurda idea de que estos servicios de información colaboraban estrechamente con los nazis.

Todos conocemos que la excusa del espionaje ha sido siempre una herramienta que se ha utilizado en los países capitalistas para perseguir al movimiento comunista. Podemos recordar el caso de Ethel y Julius Rosenberg, matrimonio comunista ejecutado en la silla eléctrica en EEUU, en 1953, acusados precisamente de espionaje. Podemos contar a Trotsky entre quienes colaboraron con estas campañas represivas y de intoxicación.

De esta carta podemos extraer pasajes como el que sigue: «Antes que nada, es esencial establecer categóricamente que la actividad de la GPU [organismo soviético de seguridad] está estrechamente ligada a la de la Comintern, o más específicamente de su apara­to, de sus elementos dirigentes y sus hombres de confianza. La GPU necesita una cobertura legal o semilegal para su actividad y un marco favorable para el reclutamiento de sus agentes; este marco y protección los encuentra en los llamados partidos «comunistas».

“La GPU y la Gestapo están conectadas de alguna manera; es posible y probable que para casos especiales ambas dis­pongan de los mismos agentes […]

“Como miembro del Comité Central, el representante de la GPU en el país tiene la posibilidad de relacionarse de manera plenamente legal con todos los miembros del partido, estudiar sus características, confiarles comisiones y arrastrarlos poco a poco al trabajo de espionaje y terrorismo, a veces apelando a la lealtad partidaria y otras al soborno […]

“Res­pecto a los Estados Unidos, Krivitski informó que la hermana de Browder, secretario general del partido, se convirtió en agente de la GPU por recomendación de su hermano.

“Para encontrar a los agentes mexicanos com­prometidos en la corrupción, el soborno y la preparación de los actos terroristas hay que buscar en el Comité Central del Partido Comunista y en la periferia de este Comité Central.

“No cabe la menor duda de que los anteriores y los actuales jefes del Partido Comunista saben quién es el director local de la GPU. Permítaseme suponer también que David Alfaro Siqueiros, que participó en la guerra civil española siendo un activo estalinista, debe saber tam­bién quiénes son los miembros más importantes y activos de la GPU, españoles, mexicanos y de otras nacionalida­des, que vienen a México repetidamente, especialmente vía París. Interrogar al ex y al actual secretario general del Partido Comunista, y también a Siqueiros, ayudaría mucho para descubrir a los instigadores del atentado [un pretendido intento de ejecución de Trotsky] y junto con ellos a sus cómplices”.

Las pruebas del colaboracionismo con la reacción de Trotsky las encontramos por decenas. Toda su obra de hecho se orienta en la misma dirección. Antes de 1917, no se dedicó más que a generar problemas en el seno de la socialdemocracia rusa y a combatir a su fracción revolucionaria, a los bolcheviques. Después de octubre de 1917 y de su sorprendente conversión al bolchevismo, continuó generando problemas al Estado soviético desde el minuto uno: es muy conocido cómo, en 1918, en las negociaciones de paz que la Rusia soviética entabló con Alemania, y en las que Trotsky fue el representante del gobierno soviético, se saltaba a la torera los acuerdos del entonces llamado Consejo de Comisarios del Pueblo y actuaba por libre, creando una situación, con su absurdo planteamiento de “ni paz ni guerra”, en la que los soviéticos se vieron obligados a firmar con Alemania un acuerdo de paz aún más deshonroso y perjudicial que el que Trotsky rechazó en un primer momento.

En política económica, se alineó con los sectores ultraizquierdistas, cuyos planteamientos, de haberse aplicado en el momento en que se propusieron, hubieran provocado una desafección absoluta por parte de los campesinos hacia el poder soviético y la consiguiente caída de los bolcheviques, habida cuenta de que el campesinado era la clase ampliamente mayoritaria en Rusia en 1917 y durante los años veinte.

Por no hablar de sus constantes actividades fraccionalistas en el seno del Partido, terminantemente prohibidas, pero que él continuó desarrollando sin ningún problema.

Se acusa a Stalin de haber sido un represor sin escrúpulos. Sin embargo, si uno lee la propia autobiografía de Trotsky, se extrae una conclusión bien diferente. Stalin tuvo demasiada paciencia, un exceso de paciencia respecto a Trotsky. En esta autobiografía, titulada “Mi vida”, este sujeto se jacta alegremente de sus actividades como dirigente del gobierno y el partido soviéticos. Y estas actividades, en un contexto como el que se daba entonces, con la Unión Soviética sometida al más feroz cerco capitalista, le deberían haber conducido al paredón muy poco después de la Revolución de Octubre. La justicia revolucionaria se demoró en exceso respecto a Trotsky. Ramón Mercader llegó con al menos 20 años de retraso.

Y tras su expulsión de la Unión Soviética, las actividades contrarrevolucionarias de Trotsky, continuaron in crescendo. Entre los hitos de estas actividades, nos encontramos que estuvo a punto de acudir como testigo en los procesos del llamado Comité Dies o Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU, cuyo objetivo era investigar las actividades de las redes de espionaje extranjeras o de los llamados “partidos extremistas”, incluyendo bajo esta denominación tanto a nazis como a comunistas, si bien se centró principalmente en la investigación de estos últimos, siendo precursor de lo que más tarde se conoció como el macarthismo. Trotsky finalmente no pudo prestar declaración en este comité -aunque, literalmente, ardía en deseos de hacerlo- porque, en el último momento, se le denegó el visado de entrada a Estados Unidos.

En un texto titulado “Por qué acepté presentarme ante el Comité Dies”, Trotsky dijo que no tenía intención de colaborar a los objetivos reaccionarios de este comité. Pero si tenemos en cuenta el contenido de la carta al fiscal general de México anteriormente citada, podemos imaginar que Trotsky hubiera servido muy bien a esos objetivos reaccionarios y que, incluso, hubiera superado con creces las expectativas de dicho comité; el anticomunismo no hubiera podido contar con un mejor colaborador para criminalizar al movimiento comunista estadounidense.

Por otra parte, casi en la víspera de la agresión hitleriana contra la URSS, y prácticamente desde su expulsión del país, se dedicaba un día sí y otro también a llamar a la insurrección contra lo que él llamaba “la casta burocrática” o los “termidorianos”, es decir, contra el partido y el gobierno soviéticos. Ahí está la “Carta a los obreros de la URSS, publicada en abril de 1940. En 1939, además, se posicionó también en favor de la independencia de Ucrania de la URSS, coincidiendo en esto con la extrema-derecha ucraniana, cuyo filonazismo era bien conocido. Y todo esto guarda mucha relación con lo que los trotskistas hicieron durante la guerra civil española. Hablo, cómo no, del POUM, partido que, si bien no estaba formalmente afiliado a esa fantasmal IV internacional y mantenía algunas diferencias con Trotsky, ideológicamente debe ser adscrito al
trotskismo.

En mayo de 1937, este partido, estando la II República en una situación ciertamente complicada, con las tropas franquistas y sus aliados italianos y alemanes avanzando en gran parte de los frentes, orquestaron en Barcelona un golpe de estado contra el gobierno del Frente Popular. Es decir, el gobierno del Frente Popular debía combatir en el frente contra los fascistas y en la retaguardia contra los trotskistas. Los trotskistas ejercían de manera efectiva de quintacolumnistas del fascismo. Una muestra más de que el trotskismo no es una variante del marxismo, ni un hijo descarriado del movimiento comunista, sino que siempre ha servido a los intereses del imperialismo, sea por acción, por omisión, por izquierdistas, por derechistas, por aventureros, por pura estupidez o porque estaban manejados de un modo u otro por las potencias imperialistas.

En relación con los famosos procesos de Moscú, que tienen todo que ver con esto que estamos hablando, a la luz de todos estos datos, las acusaciones de traición y terrorismo que se imputaron a personajes como Bujarin, Zinoviev o Kamenev, todos ellos aliados de Trotsky, aunque en algunos momentos tuvieran discrepancias con él (la ya mencionada autobiografía de este último revela algunas cosas sobre las relaciones entre estos sujetos), resultan totalmente creíbles. Debemos recordar que a estos procesos asistió el por entonces embajador de EEUU en la URSS, Joseph E. Davis, quien no siendo sospechoso en absoluto de connivencia con Stalin, reconoció que estos juicios no le resultaron el montaje que después se dijo que habían sido. Reflejó su opinión en un libro titulado “Misión en Moscú”, y lo hizo con las siguientes palabras:

El proceso “reveló las grandes líneas de un complot que estuvo muy cerca de lograr el objetivo de derrocar al gobierno soviético actual […]

“El testimonio extraordinario de Krestinski, de Bujarin y de los otros parecería indicar que los temores del Kremlin estaban bien fundados. Porque parece hoy evidente que existía a comienzos de noviembre de 1936 un complot para ejecutar un gope de Estado dirigido por Tujachevski para el año siguiente. Aparentemente la decisión estaba tomada y estaban decididos a ejecutar el golpe de Estado.

“Pero el gobierno ha reaccionado con mucho vigor y rapidez. Los generales del Ejército Rojo han sido eliminados y toda la organización del partido ha sufrido una purga y una limpieza completa. Apareció inmediatamente que a varios dirigentes les había picado el virus de la conspiración para derrocar al gobierno y trabajaban en connivencia con los agentes de los servicios secretos de Alemania y Japón.

“Este hecho explica la actitud hostil del gobierno respecto a los extranjeros, el cierre de diversos consulados extranjeros en el país, etc. Francamente, nosotros no podemos condenar a la gente en el poder por haber reaccionado como lo han hecho si estaban persuadidos de lo que el proceso revela actualmente”.

La propaganda imperialista y los trotskistas (siempre en comandita) se han dedicado durante años a difundir la idea de que estos juicios no contaron con ninguna garantía, que fueron una farsa, que incluso se drogó a los acusados o que se les sometió a un efectivísimo proceso de manipulación psicológica para que declararan lo que declararon. Y se ha terminado por aceptar esto como una verdad incontrovertible (como los millones de víctimas de la represión estalinista). Pero resulta que estos juicios no se realizaron a puerta cerrada, sino de forma pública, con la presencia de periodistas y personal diplomático de los países capitalistas y parece ser que la opinión de quienes asistieron a las sesiones difiere ostensiblemente de la falacia que nos han vendido siempre.

Y, por cierto, fue gracias a estos procesos, y esto sí que es una verdad innegable, que la URSS pudo afrontar la agresión hitleriana en unas condiciones adecuadas, con una estabilidad y una unidad de voluntad en lo militar, en lo político y en lo social imprescindibles para afrontar un conflicto y un drama como el que vivió la URSS en la II guerra mundial. En este sentido, los procesos de Moscú no sólo fueron conformes a derecho, como diría algún avezado jurista, sino una imperiosa necesidad. Por otro lado, quien esté interesado en procesos judiciales manipulados, en falsificación de pruebas, en imputaciones de delitos inexistentes, no hace falta ni que se vaya a Moscú ni que se retrotraiga 70 años atrás en el tiempo. En la calle Génova, imparten cátedra sobre estas cuestiones casi cada día.

Y, en relación con el carácter de marioneta del imperialismo que sin duda fue Trotsky, un último apunte: ¿qué dirigente soviético rehabilitó a Trotsky, y con Trotsky, a Bujarin, Zinoviev y otros? No fue otro que el agente de la CIA Gorbachov, el máximo responsable de la destrucción de lo que quedaba de la URSS y del campo socialista. Esto, por sí mismo, es suficientemente esclarecedor. El imperialismo los crea y ellos se juntan.

Otra de las grandes contribuciones de Trotsky a la causa anticomunista es la del concepto de totalitarismo y la equiparación del nazismo con el “estalinismo” (pongo estalinismo entre comillas porque éste no existe como corriente diferenciada del leninismo). La teoría de los “monstruos gemelos”, el nazismo y el comunismo, bajo el epígrafe de “totalitarismos”, tiene su origen en Trotsky, es un desarrollo de las posiciones que éste defendía. Son numerosos los artículos en los que incidió enesta idea (“Stalin es todavía el satélite de Stalin”, “Stalin, el comisario de Hitler”, “El acercamiento entre Stalin y Hitler está a la vista”, “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”, la carta al fiscal general de México, ya citada en este artículo, y otros muchos textos), la cual fue perfeccionada más tarde por otros agentes imperialistas como la sionista Hannah Arendt; y, desde entonces, llevan machacándonos incansablemente con la cantinela de que los “extremos se tocan”, los nazis y los comunistas son lo mismo y otras tonterías reaccionarias similares. Por lo tanto, el trotskismo, volvemos a insistir, no es una variante del marxismo; existe un nítido hilo conductor que lo une con la forma que la ideología burguesa ha adoptado en las condiciones del imperialismo de los últimos 70 años en su lucha contra el movimiento comunista; Trotsky elaboró en buena medida los fundamentos en los que se basa el anticomunismo.

Las causas de la demonización de Stalin, las razones de su reivindicación

Ya hemos dicho que la leyenda inventada sobre Trotsky por la propaganda imperialista no tenía otro objetivo que la demonización de Stalin. Analizar la figura de Trotsky implica la necesidad de analizar las causas de la demonización de Stalin.

¿Por qué esa inquina contra Stalin, por qué este empeño en destruirlo política, ideológica e históricamente a cualquier precio, imputándole todo tipo de crímenes que, por su magnitud, por su exageración, por su perversidad, resultan del todo increíbles y no pueden ser tomados en serio por ninguna persona cabal (hasta del asesinato de Lenin o de su propia esposa se le ha acusado)? Si diéramos por buenos los datos que los historiadores burgueses reportan sobre la represión “estalinista”, para los que Trotsky y los trotskistas han sido toda una inspiración, nos encontraríamos con que la URSS prácticamente hubiera quedado despoblada después de la II guerra mundial, teniendo en cuenta los 25 millones de soviéticos que perdieron la vida en aquel conflicto y los no sabemos cuántos millones más que exterminó Stalin en su “locura asesina”.

Soljenitsin, eminente premio Nobel, cuyos únicos méritos para obtener este galardón son su ultrarreaccionarismo y su anticomunismo visceral, hablaba, como apunta Olarieta en su artículo “El mito del gulag”, de que en la URSS, desde 1917 hasta la muerte de Stalin, se habrían exterminado por una u otra causa a 110 millones de personas (ahí es nada); Robert Conquest, como también apunta Olarieta en este mismo artículo, es más contenido en sus cifras: apunta unos 26 millones de muertos. En fin, de ser ciertas estas cifras, aparte de que en la URSS después de la muerte de Stalin debieron quedar cuatro gatos y un tambor, nos encontraríamos con que todo el territorio de la antigua URSS vendría a ser una fosa común gigantesca, por la que no se puede dar un paso sin tropezar con algún resto humano. La falsedad de todos estos datos, que no son fruto sino de la imaginación de cuatro “historiadores” que no saben lo que es salir de su despacho y de algún disidente filofascista como Soljenitsin, empeñados durante años en un “¿quién da más?” en cuanto a las cifras de la represión soviética o las famosas hambrunas, se pone de manifiesto por el simple hecho de que los archivos de la seguridad soviética fueron abiertos por Gorbachov en el año 89, y nada aparece en ellos que se acerque ni de lejos a lo que plantean estos “historiadores”. Por otro lado, si las cifras fueron tan elevadas, no sería difícil encontrar los restos de esas decenas de millones de víctimas. Aquí, en España, donde las cifras de la represión franquista fueron de en torno a un cuarto de millón de personas, aparecen fosas un día sí y otro también. Nada de esto ha ocurrido en el territorio de lo que fue la URSS.

El genocidio de los nazis está sobradamente respaldado por todo tipo de documentos y testimonios. El “genocidio” de la URSS es como una verdad revelada, como un dogma católico que no necesita someterse a ningún criterio objetivo, que no necesita de ninguna base material y que se ha dado por bueno por gran parte de la opinión pública de todos los países merced a un machaque constante durante siete décadas, en las que una mentira se ha sobrepuesto a otra y así ad infinitum.

Viene a ser como los rumores de ciertos pueblos, que se inician con un “fulanito es homosexual” y, en el devenir de ese rumor, se acaba diciendo que fulanito está liado con el cura del pueblo. El pueblo en este caso tiene dimensión planetaria y la exageración, la manipulación de la verdad y los añadidos creativos son aún más exagerados. Y si a esto se suma el interés del imperialismo por destruir el movimiento comunista internacional y a sus más importantes dirigentes, la magnitud de la mentira alcanza proporciones inconmensurables.

Para entender todo este montaje contra Stalin y contra el movimiento comunista internacional, necesitamos retrotraernos a lo que el dirigente soviético representaba después de la II guerra mundial, que es cuando la campaña anticomunista adquiere mayor intensidad, para no remitir ya nunca.

Stalin consiguió que la URSS, en apenas dos décadas, pasara de ser un país muy atrasado a la segunda potencia mundial en lo
económico, en lo militar y en lo político, debido esto último a su ascendencia entre los trabajadores de todos los países. La URSS, bajo el liderazgo de Stalin, derrotó prácticamente en solitario a los nazis. El famoso desembarco de Normandía no jugó apenas ningún papel en la derrota de los hitlerianos, teniendo en cuenta que el espinazo del ejército alemán ya estaba roto. Lo rompió la URSS en su contraofensiva, con un coste humano absolutamente brutal; como ya hemos dicho, 25 millones de soviéticos perdieron la vida en la II guerra mundial. Las llamadas potencias occidentales, lejos de colaborar a la derrota nazi, contemporizaron, en espera de que los nazis y los soviéticos se destruyeran entre sí, y así reforzar su propia posición. Se equivocaron en sus cálculos. La Unión Soviética salió de aquel conflicto más fuerte que nunca. Los imperialistas no esperaban este desenlace y temían seriamente por la supervivencia del sistema capitalista ante la pujanza de los comunistas.

Bajo el liderazgo de Stalin, surgió el campo socialista. Y la admiración que la figura de Stalin despertaba en millones de trabajadores de todo el mundo, representaba un fenómeno desconocido hasta entonces.

Todos estos elementos resultaban muy peligrosos para el capitalismo mundial. Era necesario desatar una campaña para acabar con la amenaza comunista. Y es a partir de ese momento que el antiestalinismo, estrechamente imbricado con la llamada “guerra fría”, se torna más agresivo. Había que destruir la figura de Stalin porque era la forma de destruir el movimiento comunista. Y para conseguir este objetivo valía y sigue valiendo todo; no hay crimen que no se le haya imputado a Stalin. Existe tal grado de exageración, que todo resulta caricaturesco y falso. Es inconcebible un ser humano con un grado de maldad y de crueldad como el que se le achaca a Stalin; parece ser que no hubo ni un minuto en su vida en que no estuviera planeando la destrucción o asesinato de algún adversario, cuando no de los miembros de su propia familia.

No tengo intención de entrar en una guerra de cifras sobre la represión en la URSS contra los elementos contrarrevolucionarios. No hay duda de que esa represión fue enorme y que no podía ser de otro modo. La Unión Soviética hubo de enfrentarse a una situación extremadamente conflictiva desde su mismo nacimiento. La Unión Soviética nace al calor de la I guerra mundial e inmediatamente se ve arrastrada a una guerra civil absolutamente cruel entre el nuevo poder surgido de la Revolución de Octubre y los elementos del viejo régimen, respaldados éstos por las potencias imperialistas, que también destacaron tropas en territorio soviético. Se ve sometida al más asfixiante cerco capitalista. El sabotaje de la economía soviética y las conspiraciones internas y externas contra el poder soviético fueron constantes. Tuvo que enfrentarse a la agresión hitleriana.

No pretendo hacer, sin embargo, una defensa acomplejada de la figura de Stalin, como las que suelen hacer ciertos “estalinistas”, en el sentido de que el pobre Stalin se vio obligado a hacer lo que hizo, o caer en las concesiones a los prejuicios burgueses diciendo aquello de que “yo defiendo a Stalin, pero hay que reconocer que se cometieron desmanes”, que es una forma absolutamente vergonzante y vergonzosa de defender al gran dirigente soviético.

He definido, en líneas muy generales, el contexto en el que se desarrolló la construcción del socialismo en la URSS y he intentado explicar los porqués de la represión soviética. Pero, eso, he intentado explicar, que no justificar esa represión soviética, pues los comunistas no debemos justificar nada ni mucho menos justificarnos ante la burguesía, casi pidiendo perdón por existir. Los comunistas nunca hemos defendido aquello de que “el fin justifica los medios”. Las justificaciones son para los curas y los moralistas. Los comunistas nos guiamos por un principio mucho más sencillo y menos hipócrita: el fin determina los medios.

En la URSS, se hizo lo que dictaban las circunstancias de la época. Ni más ni menos. Los comunistas no elegimos las condiciones en que se debe hacer una revolución. Éstas vienen dadas. Evidentemente, lo ideal es que el proceso revolucionario sea lo más incruento posible. Pero, en el terreno de la realidad, nos encontramos con que las revoluciones se desarrollan siempre en unas condiciones muy difíciles. Y esto determina que las revoluciones se hayan desarrollado y se habrán de desarrollar de forma cruenta. La lucha de clases determina este carácter cruento.

En el período que va de 1917 al XX congreso del PCUS (momento en que se produce el giro revisionista, también sobre la plataforma del antiestalinismo), no todo debió ser perfecto, ni tampoco podía serlo (toda actividad humana es necesariamente imperfecta). Pero todo marxista-leninista debe reivindicar este período. Y quien se muestre titubeante en esta reivindicación, quien recurra a argumentaciones tangenciales, quien caiga en los “sí, pero…”, lo único que estará demostrando es que los prejuicios burgueses, la propaganda imperialista y anticomunista con la que nos han machacado en todo tiempo y desde todos los frentes, se le ha introducido hasta el tuétano; y esto, en tanto no sea superado, le incapacitará para militar en el movimiento comunista.

No hago, desde luego, un llamamiento a aceptar de forma acrítica ninguna conclusión respecto a aquel período. Esto tampoco es propio de comunistas. Si por un lado tenemos a los “estalinistas” acomplejados, por otro también tenemos a quienes reivindican a Stalin, de un modo que podríamos definir como talibánico, sabiendo muy poco o nada sobre su papel histórico o sobre su obra teórica y práctica. Los primeros son incapaces de desprenderse totalmente de los prejuicios burgueses; los segundos padecen exactamente del mismo mal, pero lo ocultan bajo una pose de puros y duros estalinistas; y suele ocurrir que estos superestalinistas terminan en no pocas ocasiones yendo a dar con sus huesos en el revisionismo y en las peores formas del oportunismo político.

No hay que caer, por tanto, ni en posiciones acomplejadas ni en el talibanismo. Hay que hacer siempre un análisis profundo de todas las cuestiones. Ahora bien, no hay que hacer nunca este análisis desde la óptica de la ideología burguesa, nunca desde los prejuicios que nos han sido inoculados por el capitalismo.

Por último, del mismo modo que las razones por las que la propaganda imperialista ha engrandecido a un sujeto tan despreciable como Trotsky son las razones que deben llevarnos a señalarlo como un enemigo del movimiento comunista, las razones por las que esa misma propaganda ha demonizado a Stalin son las que obligan a cualquier comunista consecuente a reivindicarle y a restituirle en el lugar que le corresponde en la historia y en el movimiento comunista internacional. No hay ningún dirigente político que haya sido más denostado que Stalin. Nos corresponde a los comunistas desmontar las mentiras que sobre él se han construido. La rehabilitación de Stalin es parte fundamental de la lucha contra la ideología burguesa; es parte, por tanto, de la lucha por la reconstrucción del movimiento comunista. El antiestalinismo, ya lo hemos dicho, no es sino otro de los nombres que adopta el melifluo anticomunismo. Y como tal debemos combatirlo.

(*) Stalin: La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos, diciembre de 1924.

Biografía de Marx (Parte 18 y última)

Hasta 2025 no culminará la recopilación de las obras
completas de Marx y Engels
Los escritos de Marx y Engels son un iceberg del cual
sólo conocemos una mínima parte. Cuando murieron, tres cuartas partes de ellos,
aproximadamente, seguía inédita. En una carta a Danielson de octubre de 1868
Marx le decía: Yo mismo carezco de una recopilación de mis trabajos,
que fueron escritos en diferentes idiomas e impresos en diferentes lugares
.
Luego, en 1881, en uno de sus últimos años de vida, cuando Kautsky le preguntó
por la posibilidad de publicar una edición completa de sus obras, Marx respondió: Antes
que nada éstas deberían escribirse
. El marxismo, pues, está aún por
escribirse, pero empieza por los propios escritos de ambos que, aún hoy,
permanecen inéditos en una parte muy considerable, especialmente la
correspondencia y las anotaciones y comentarios que Marx y Engels hacían
de los textos que leían.
En particular, la correspondencia que Marx y Engels intercambiaron
en el transcurso de sus vidas y la que mantuvieron con los corresponsales con
los que estuvieron en contacto, es muy voluminosa. El número total de cartas de
este epistolario supera las 10.000 aproximadamente. Los historiadores ya han
encontrado más de 4.000 cartas escritas por ambos, de las cuales 2.500 son las
que se intercambiaron entre ellos y otras 10.000 son las escritas por ellos a
terceros. Además, sabemos de la existencia de otras 6.000, aunque no fueron
remitidas.
Desde los años treinta del pasado siglo, dos tercios de los manuscritos
los tiene el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam; otro
tercio está en Moscú.
La tarea de recopilarlos es ingente, pero no sólo por la enormidad de la
tarea, ni tampoco por motivos técnicos. Desde el principio se cebó sobre ellos
la censura de quienes debían haber impulsado su divulgación. Sobre la
publicación de los trabajos de los dos autores influyó inicialmente la fuerte
corriente reformista dentro del Partido Socialdemócrata alemán, que silenció y
ocultó sus escritos. Luego traficó con ellos: ni los publicaban ni dejaban
tampoco que otros los publicaran, algo especialmente grave porque algunos de
los que circulaban lo hacían en las versiones falsificadas que ellos habían
difundido. Los revisionistas como Bernstein se basaban en ellos para justificar
sus posiciones ideológicas. Entonces eran ellos los que conservaban buena parte
de la documentación y, desde luego, eran también los albaceas de los derechos
testamentarios y de autor de la herencia literaria de Marx y Engels,
incluida la biblioteca personal de ambos. Por ejemplo, Engels había depositado
en manos de Bernstein importantes manuscritos, entre otros, el original de La
ideología alemana
.
El marxista italiano Antonio Labriola exigió a la socialdemocracia
alemana poner al alcance de los lectores toda la obra científica y política de Marx y Engels.
Era un deber del partido alemán ofrecer una edición completa y crítica de todos
los escritos de los clásicos, acompañada en cada caso de prólogos descriptivos
y declarativos, índices de referencia, notas y remisiones. Había que incluir a
los escritos ya aparecidos en forma de libros o de opúsculos, los artículos de
periódicos, los manifiestos, las circulares, los programas y todas las cartas
que, por ser de interés público y general, tuvieran una importancia política o
científica.
En 1902 Franz Mehring divulgó algunos escritos inéditos, pero sobre las
ediciones preparadas por la socialdemocracia alemana de los textos de Marx y Engels siempre
acechó la sospecha de tergiversación que podían sufrir cuando sus contenidos se
cruzaran con los estrechos intereses de los reformistas.
A partir de 1904 los socialdemócratas austriacos (Max Adler, Otto Bauer,
Adolf Braun, Rudolf Hilferding y Karl Renner) empezaron a publicar en Viena Marx
Studien
, una revista ideológica de enorme alcance que dio a conocer algunos
de los documentos inéditos de nuestros clásicos. Hacia 1910 empezaron a
discutir el proyecto de unas obras completas de Marx y Engels.
Al año siguiente, los austromarxistas se reunieron en Viena con Riazanov, cuyo
nombre real era David B. Goldendach (1870-1937), un intelectual de Odessa que
entonces colaboraba con el archivo de la socialdemocracia en Berlín.
Establecieron por primera vez las primeras líneas editoriales para una edición
crítica de las obras de nuestros clásicos.
También aparecieron los primeros problemas de financiación. La
socialdemocracia alemana dejó claro que no estaban interesados en absoluto en
adelantar dinero para la edición.
Hacia 1917 Riazanov publicó dos volúmenes de escritos de los fundadores
del marxismo de la década de 1850, incluyendo alrededor de 250 artículos
desconocidos para el gran público de diarios como The New York TribuneThe
People’s Paper
 y Neue Oder Zeitung.
Tras la Revolución de Octubre los bolcheviques tuvieron,
finalmente, que comprar a precio de oro algunos de aquellos documentos para
darlos a conocer a los proletarios del mundo entero.
El primer intento sistemático de reunir y publicar todos los escritos de
los fundadores del marxismo se remonta a 1921, cuando en la Unión Soviética se
funda el Instituto Marx-Engels bajo la dirección del excéntrico Riazanov. El
Instituto Marx-Engels disponía de una biblioteca, un archivo, y un museo,
dividido en cinco secciones: Marx y Engels, historia del socialismo y
el anarquismo, economía política, filosofía e historia de Inglaterra, Francia y
Alemania. A lo largo de los años se le sumaron otros: Primera y Segunda
Internacionales, historia de la ciencia, historia de la sociología, historia
del derecho, la política y el estado, relaciones internacionales, historia del
marxismo en el movimiento obrero, etc.
El corazón del Instituto era su biblioteca. No sólo incluía estudios
sobre la historia del anarquismo, socialismo, comunismo y el movimiento obrero,
sino libros raros, incunables, diarios, octavillas, manuscritos y primeras
ediciones de clásicos, desde Tomás Moro. El Instituto recopiló esta colección
de diversas formas. Al comienzo, se proveyó exclusivamente de las bibliotecas
expropiadas en la propia Rusia después de 1917, como por ejemplo la de
Tanieiev, que contenía una excelente colección de autores socialistas y una
rara colección de impresos de la Revolución Francesa.
Por supuesto, estos suministros fueron insuficientes por la propia
censura del zarismo, que impidió la importación de libros de autores
prohibidos, incluyendo no sólo a socialistas o anarquistas sino incluso a
autores liberales, como el orientalista Renán, o historiadores sociales de la
Revolución Francesa, como Michelet.
El Instituto buscó otras opciones. Una fue la posibilidad de apropiarse
en otras bibliotecas de la Unión Soviética de libros que el Instituto
consideraba necesarios o únicos. Otra, que el Instituto fue designado el
depósito oficial de toda nueva edición de un libro, una norma equivalente a la
del British Museum. Una tercera es que se le otorgó un importante presupuesto
para viajar o designar corresponsales que compraran materiales por todo el
mundo. El Instituto creó una red internacional de personal extranjero
colaborador y autorizado para adquirir libros raros y manuscritos en todas las
capitales europeas. Además intentó desarrollar contactos permanentes con Japón
(instituto Ohara), España (a través de Wenceslao Roces) e Inglaterra.
En Viena adquirió dos grandes bibliotecas sobre socialismo, anarquismo y
movimiento obrero. Fueron las bibliotecas de Theodore Mautner y Wilhelm
Pappenheim: 20.000 libros más un archivo considerable de documentos,
manuscritos y papeles personales de Lasalle. También la de Carl Grünberg, con
más de 10.000 ejemplares de libros raros, folletos, panfletos y diarios del
movimiento obrero. En 1921 compraron la biblioteca del filósofo neokantiano
Wilhelm Windelband. En 1925 adquirieron la biblioteca más completa dedicada al
filósofo anarquista Max Stirner, propiedad del poeta, novelista e historiador
escocés John Henry Mackay: 300 manuscritos y 1.200 libros únicos. En enero de
1925 la biblioteca poseía 15.628 volúmenes escogidos, además de numerosos
manuscritos de Marx y Engels y miles de documentos capitales de la historia, de
la I Internacional, el sansimonismo, el fourierismo, todo Babeuf, Blanqui
y el movimiento obrero europeo, incluido un periódico obrero editado por
Lasalle en su juventud. Entre los documentos encontrados por el Instituto se
encontraban los periódicos originales en los cuales habían colaborado Marx y Engels,
incluyendo el Vorwärts, publicado por Marx en París en 1844 y el Rheinische
Zeitung
 de 1842-43. Ya en 1930 la biblioteca incluía 450.000
volúmenes, la mayoría raros o incunables.
Fue único en el mundo en su género. En una época de guerra civil y cerco
internacional, la financiación del ingente trabajo cultural del Instituto
soviético fue impresionante. Se transformó en un verdadero laboratorio para
investigadores, académicos, cuadros y militantes, en general. Inició una
política amplia de publicaciones accesorias que acompañaran el proyecto de
edición de las obras completas. Lanzaron dos publicaciones básicas: una anual,
el Archivo Marx y Engels y la revista semestral Letopisi
Marksizma
 (Anales del Marxismo) de que aparecieron trece
números entre 1926 y 1930. En cuanto a Anales del Marxismo, muchos
de sus artículos se publicaron en la versión alemana de Bajo la Bandera
del Marxismo
, que se empezó a editar en alemán en 1925. Aunque ambas se
iniciaron en ruso, inmediatamente se intentó traducirlas al alemán, en un
enorme esfuerzo político-ideológico como Archivo Marx y Engels.
Se preparó la publicación de una Biblioteca del Materialismo,
con ediciones críticas de Holbach, Hobbes, Diderot, La Mettrie, etc.; las obras
completas de figuras claves del movimiento socialista mundial, como Plejanov,
Kautsky (en 21 volúmenes en octava), Antonio Labriola, Karl Liebknecht, Rosa
Luxemburgo o Paul Lafargue. También iniciaron el lanzamiento de una Biblioteca
Marxista
, incluyendo ediciones anotadas de los clásicos del marxismo, entre
ellas una versión del Manifiesto Comunista, una Biblioteca
de Clásicos de la Economía Política
 con Adam Smith, Ricardo, Quesnay.
Por supuesto, ediciones anotadas de Hegel y Feuerbach.
En 1925 el Instituto firmó un convenio con la socialdemocracia alemana y
el Institut für Sozialforschung (conocida como embrión de la Escuela de
Frankfurt
) para constituir una sociedad editora encargada de publicar de
forma conjunta un volumen de estudios marxistas de aparición regular, el Archiv
Marx-Engels
, equivalente en alemán de su versión en ruso.
Otra de las tareas fue la de reunir a especialistas en lenguas
extranjeras (francés, inglés, alemán) para preparar la primera edición de las
obras completas de Marx y Engels.
La obra estaba planificada en cuarenta y dos volúmenes en octava, distribuidos
en cuatro secciones:
— las obras filosóficas, económicas, históricas y políticas, a excepción
de El Capital (17 volúmenes)
— El Capital con todos los borradores y manuscritos inéditos (13
volúmenes);
— la correspondencia de Marx y de Engels reproducida literalmente (10
volúmenes)
— el índice general (2 volúmenes).
Una primera recopilación se publicó en alemán bajo el epígrafe Marx-Engels
Gesamtausgabe
 (MEGA), que aún es la base para las traducciones de los
escritos de Marx y
de Engels que
se difunden en todos los idiomas del mundo. Entre los documentos más
importantes aparecidos entonces estaban La ideología alemana y
los Manuscritos filosófico-económicos.
Entre 1928 y 1946 se publicó en ruso la primera edición de las obras
completas, denominada Sochineniya, que, a pesar de su nombre,
reproducía solo un número limitado de los escritos en 28 volúmenes (33 tomos)
que, no obstante, conformaron entonces la compilación cuantitativamente más
consistente de ambos revolucionarios. La segundaSochineniya apareció
entre 1955 y 1966 en 39 volúmenes (42 tomos).
De 1956 a 1968, en la República Democrática Alemana, por iniciativa del
Comité Central del Partido Socialista Unificado, se imprimieron 41 volúmenes
(en 43 tomos) de la Marx Engels Werke (MEW) con numerosas
introducciones y notas. Sin embargo, aquella edición tampoco era completa,
aunque constituyó la base de numerosas ediciones análogas en otros idiomas,
entre las que están las Opere italianas, que nunca fueron
completadas y aparecieron sólo 32 de los 50 volúmenes previstos.
En 1975 comenzó otro intento de reproducir todos los escritos de ambos
revolucionarios, la llamada MEGA2, que se proponía reproducir de manera fiel y
con un amplio aparato crítico todos sus escritos. El proyecto se suspendió por
el derrumbe de los países socialistas en 1989.
En 1990, con el objetivo de completar la edición histórico-crítica,
distintos institutos de Holanda, Alemania y Rusia conformaron la Internationale
Marx-Engels Stiftung
(IMES, Fundación Internacional Marx Engels) con sede
en Amsterdam, cuyo enlace es:


De esta fundación forman parte la Academia de Ciencias de
Berlín-Brandeburgo, el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam,
el Instituto de Investigación Histórica de la Fundación Friedrich Ebert y los
Archivos de historia social y política de Rusia. Agrupa a investigadores y editores
de tres continentes con el objetivo de completar la edición de las obras
completas de ambos autores.
El proyecto cuenta con la colaboración de 100 editores de todo el mundo
interesados en la publicación de las obras completas. Los investigadores calculan
que podrá terminarse en 2025 y, por tanto, habrán transcurrido 100 años desde
que se emprendió la tarea en la Unión Soviética.
Tras una meticulosa fase de preparación en la que se perfilaron los
nuevos principios editoriales y después del traspaso de la editorial Dietz
Verlag
 a la Akademie Verlag, se retomó en 1998 la
publicación de la MEGA2.
El proyecto integral, en el cual participan investigadores que trabajan
en Alemania, Rusia, Japón, Estados Unidos, Holanda, Francia y Dinamarca, se
divide en cuatro secciones: la primera comprende todas las obras, los artículos
y los bosquejos, excluido El Capital; la segunda, El
Capital
 y todos sus trabajos preparatorios a partir de 1857; la
tercera, el epistolario; la cuarta, los resúmenes, anotaciones y notas al margen.
Hasta hoy, de los 114 volúmenes han sido publicados 52 (12 después de su
reanudación en 1998), cada uno de los cuales consta de dos tomos: el texto más
el aparato crítico, que contiene los índices y muchos datos adicionales.
Según la nueva línea editorial de MEGA2, los volúmenes ya no están
divididos, como en el pasado, en dos partes distintas, una con las cartas
escritas por Marx y Engels, y la otra con las recibidas por
ellos; todas las cartas siguen rigurosamente un criterio cronológico de
sucesión.

Biografía de Marx (Parte 17)

La doctrina de Marx es todopoderosa
porque es exacta
Estas
palabras de Lenin han sido confirmadas plenamente por la historia.
Han transcurrido casi dos siglos desde que nació Marx y más de cien años desde
que dejó de existir. Pero su nombre, al igual que el de Federico Engels,
su gran camarada de lucha, no sólo no ha sido olvidado, sino que es más querido
cada día por todos los trabajadores de nuestro planeta. La doctrina de Marx
muestra cada vez con más claridad su fuerza revolucionaria, transformadora.
El marxismo
es una doctrina viva, en constante desarrollo. Después de poner los cimientos
de esta doctrina, realmente grandiosa, Marx y Engels la fueron
puliendo durante decenas de años, analizando con espíritu crítico todos los
nuevos logros de la ciencia y sintetizando teóricamente las nuevas experiencias
de la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras.
Muertos Marx
y Engels, la historia, al llegar la época del imperialismo, planteó nuevos
y complejos problemas, a los que no se podía hallar una solución directa y
exhaustiva en las obras de los fundadores del marxismo. La tarea de seguir
impulsando el marxismo fue realizada por Lenin, discípulo y continuador de
la causa de Marx y Engels. Lenin consideraba deber suyo y tarea
del partido creado por él, defender el marxismo de todo género de
tergiversaciones y vulgarizaciones, desarrollarlo sobre la base de la rica
experiencia de la clase obrera de Rusia y de todo el mundo y plasmar en una
realidad viva la gran doctrina de Marx.
Un gran
triunfo del marxismo-leninismo fue la victoria en 1917 de la Revolución de
Octubre que abrió una nueva época en la historia de la humanidad: la época
del paso del capitalismo al socialismo en todo el mundo. El Estado socialista
creado bajo dirección de Lenin fue la encarnación de la teoría de
Marx acerca de la dictadura del proletariado, un nuevo tipo de Estado, que
asegura una auténtica democracia a todos los trabajadores. El país de los
soviets, fusionado por la unidad político-moral de sus pueblos y la irrompible
amistad fraterna de las diferentes naciones que lo componían, fue capaz de
resistir el potente empuje de las hordas hitlerianas, asestarles un golpe
demoledor y jugar el papel decisivo en la liberación de los pueblos de Europa
del fascismo.
El triunfo de
la Revolución Socialista de Octubre en 1917 situó a la clase obrera
en el centro de los acontecimientos de la época actual, confirmando la tesis
del marxismo acerca de la histórica misión liberadora del proletariado. La
consolidación del socialismo ejerció una influencia enorme en el movimiento
obrero internacional y acrecentó el prestigio científico del
marxismo-leninismo. Al propio tiempo, la historia demostró la esterilidad del
reformismo y la incapacidad de los gobiernos socialfascistas para consolidar
los cimientos del dominio capitalista.
El
acontecimiento histórico más importante acaecido después de la Revolución
Socialista de Octubre fue el que, después de la segunda guerra mundial, un
grupo de países emprendiese el camino del socialismo. La experiencia de estos
países enriqueció y concretó la comprensión tanto de las leyes generales como
de los diversos métodos y formas de la edificación socialista.
La Revolución
Socialista de Octubre había asestado ya un golpe muy rudo a todo el sistema del
dominio colonial. Después de la segunda guerra mundial vino el derrumbamiento
del sistema colonial del imperialismo. La formación del sistema socialista
mundial generó un tipo nuevo, socialista, de relaciones internacionales, basado
en los principios de la igualdad de derechos, el respeto a la soberanía
nacional, la colaboración multilateral y la ayuda mutua de los Estados
socialistas. Este nuevo tipo de relaciones internacionales es una brillante
encarnación del gran principio del internacionalismo proletario, proclamado por
Marx y Engels. Toda desviación del internacionalismo proletario trae malas
consecuencias para la causa del socialismo.
La historia
ha confirmado en la práctica la tesis marxista-leninista acerca de la necesidad
de que a la cabeza de las masas haya un partido proletario de nuevo tipo,
pertrechado con la teoría revolucionaria. El movimiento comunista, orientado en
sus comienzos por Marx, ha llegado a ser un movimiento verdaderamente mundial,
convirtiéndose en el más consecuente intérprete de los anhelos de todos los
explotados y oprimidos, y lucha por los intereses vitales de los pueblos. Al
elaborar su estrategia y su táctica, la vanguardia comunista impulsa y
enriquece la doctrina marxista-leninista. Los partidos comunistas vinculan
estrechamente la lucha por las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores
con la lucha por su meta final y armonizan sus tareas internacionalistas. La
clase obrera de los países capitalistas refuerza su lucha contra los monopolios
y contra la política reaccionaria y fascista de los gobiernos que les sirven.
La unidad
internacional de los comunistas crece y se robustece en la lucha contra el
imperialismo, contra todas las variedades del oportunismo y contra el
nacionalismo burgués. El imperialismo conduce directamente a las guerras de
rapiña. Al propio tiempo que luchan contra las guerras imperialistas, de
rapiña, los comunistas apoyamos las justas guerras de los pueblos, víctimas de
las agresiones imperialistas, en defensa de sus conquistas revolucionarias, por
la liberación nacional, las guerras de las clases revolucionarias contra las
fuerzas reaccionarias que, con ayuda de las armas, intentan mantener su
dominio.
No obstante,
los revisionistas acabaron prostituyendo, hasta hacerlo irreconocible, el
marxismo-leninismo y tanto la Unión Soviética como los demás países socialistas
sucumbieron y retornaron al capitalismo. Por eso, la defensa del pensamiento de
Marx no es un algo académico ni teórico sino la defensa misma de la clase
obrera internacional y de sus conquistas. Frente a los revisionistas no caben
las medias tintas; hay que desplegar una denuncia en toda línea porque sólo
ellos pudieron lograr lo que los fascistas no habían logrado en la guerra
mundial por la fuerza de las armas: acabar con el socialismo y sembrar la
confusión en el movimiento revolucionario internacional.
La lucha
contra el revisionismo y el reformismo, iniciada también por Marx y Engels,
es otra experiencia que no podemos dejar en el olvido. Dolorosamente, las
derrotas del movimiento obrero nos lo recuerdan a cada paso.

Biografía de Marx (Parte 16)

La
última década de la vida de Marx
En la actividad teórica de Marx en los años 70 ocupa el
lugar principal su trabajo en el segundo y tercer tomos de El Capital.
Reúne nuevos materiales, escribe nuevas variantes de diversas partes de su
obra. Al tratar de los problemas de la renta del suelo sigue observando el
desarrollo de la química, la biología y otras ciencias. Marx se interesa mucho
por el progreso de la técnica y, en particular, por los primeros experimentos
para la transmisión de la energía eléctrica a larga distancia. Sus trabajos de
matemáticas, iniciados ya en los años 50, adquieren ahora para Marx una
importancia propia. Después de su muerte, Engels tuvo la intención de
publicar sus manuscritos de matemáticas, en los que de una manera nueva,
original, se fundamentaba el cálculo diferencial.
En aquellos años, Marx dedicaba mucho tiempo al estudio de
la historia, sobre todo al de la historia de la propiedad comunal de la tierra.
Valoraba altamente el libro La Sociedad Antigua, de Morgan (1877);
en los vínculos tribales de los indios de la América del norte halló Morgan 1a
clave para comprender la estructura de la sociedad primitiva. Pensando escribir
un trabajo sobre esta obra de Morgan y sobre su trascendencia a la luz de la
comprensión materialista de la historia, Marx tomó muchas notas del libro,
agregándoles sus propias observaciones. Muerto Marx, estos materiales fueron
utilizados por Engels en su obra El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado
, considerada por él, en cierta medida, como
el cumplimiento del legado de su amigo.
Otras pruebas del enorme interés de Marx por la historia son
sus detallados Apuntes cronológicos sobre la India, escritos en
1879-1880, y sus apuntes de historia universal, más amplios aún, hechos en
1881-1882. Los apuntes cronológicos de Marx no son una simple enumeración de
los acontecimientos históricos de diferentes épocas y pueblos. Al examinarlos
desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y los explotados,
en sus comentarios, Marx fustiga a los enemigos de clase.
Cualquiera que fuese la rama del saber que Marx enjuiciara,
lo hacía siempre desde posiciones de partido, desde el punto de vista de la
clase más avanzada, cuyos intereses coinciden con la marcha objetiva del
desarrollo histórico. La ciencia era para Marx una fuerza
históricamente motriz, revolucionaria
, escribió Engels.
Refiriéndose al enciclopedismo de los conocimientos de Marx,
a la amplitud de sus intereses científicos, Paul Lafargue, esposo de su hija
Laura, escribía: El cerebro de Marx estaba pertrechado de una cantidad
inverosímil de hechos históricos, del dominio de las ciencias naturales y,
asimismo, de teorías filosóficas, y sabía utilizar a la perfección toda la masa
de conocimientos y observaciones que había acumulado durante un largo trabajo
intelectual… Su cerebro parecía un barco de guerra, en el puerto, con las
calderas a presión: siempre estaba dispuesto a zarpar en cualquier dirección
del pensamiento
.
El trabajo teórico de Marx estuvo hasta el fin de sus días
orgánicamente ligado a su actividad revolucionaria, pues, Marx era,
ante todo, un revolucionario… Su elemento era la lucha
, recordaba Engels.
Es indudable que El Capital nos revela un intelecto de fuerza
asombrosa y unos conocimientos enormes pero, como escribió Lafargue, todos
aquellos que conocían a Marx de cerca, opinaban que ni El Capital ni
ninguna otra obra suya muestran toda la grandeza de su genio y de su
saber: Él estaba muy por encima de sus obras.
Con la disolución de la Internacional, el papel de Marx como
jefe del movimiento obrero internacional, lejos de disminuir, siguió
elevándose, al tiempo que crecía el movimiento obrero. La I Internacional había
cumplido su misión histórica, dando paso a una época de desarrollo
incomparablemente más potente del movimiento obrero en todos los países del
mundo, a la época en que este movimiento había de desplegarse en amplitud y
crear partidos socialistas de masas sobre la base de cada Estado nacional.
Al plantear la fundación del partido proletario en cada país
como tarea histórica fundamental, Marx entendía que dicha tarea debía cumplirse
tomando en consideración las particularidades de cada país, su economía, su
vida política, la lucha de clases en él y el nivel teórico del movimiento
obrero, así como los obstáculos con que podría tropezarse. Engels, refiriéndose
a la enorme influencia de Marx en el movimiento obrero internacional, escribió
en 1881: Marx, gracias a sus méritos teóricos y prácticos, goza de tal
situación, que los mejores hombres del movimiento obrero de diversos países
confían plenamente en él. En los momentos decisivos le piden consejo y,
habitualmente, quedan convencidos de que su consejo es el mejor
.
En países tan atrasados económicamente como Suiza, Italia y
España, el principal obstáculo para la formación de los partidos proletarios lo
constituían los elementos pequeño-burgueses anarquistas. En un folleto
especial, titulado La Alianza de la democracia socialista, Marx
y Engels dieron a conocer la actividad escisionista de los
bakuninistas en la. Internacional y la labor de desorganización que desplegaban
en el movimiento obrero revolucionario de Suiza, Italia, Francia y Rusia,
España.
En Alemania, el obstáculo principal para la divulgación del
marxismo seguía siendo el lassalleanismo. Su influencia se dejaba sentir
también en el partido de Eisenach, fundado por Liebknecht y Bebel,
manifestándose con fuerza singular en 1875, cuando, a pesar de las advertencias
de Marx y Engels, dicho partido acordó, haciendo caso omiso de todo
principio, unificarse con los lassalleanianos. El proyecto de programa para el
Congreso de unificación que había de celebrarse en Gotha fue fruto de ese
compromiso. En su trabajo Crítica del programa de Gotha, escrito en
1875, Marx dio una caracterización implacable de dicho programa.
Al criticar las consignas y los conceptos erróneos,
anticientíficos y oportunistas de los partidarios de Lassalle, Marx planteó y
resolvió en su obra nuevos y muy importantes problemas teóricos. Los
lassalleanos fueron siempre (y su influencia quedará luego en la
socialdemocracia alemana) un partido político parlamentario que buscaba el control
del Estado y el dominio de las instituciones estatales a base de ir ganando
elecciones. Para Marx tal posición va en contra de su concepto de destrucción
del Estado. Por eso, aunque en el Programa de Gotha aparecían todos los
conceptos marxistas fundamentales, flotaba el Estado como una realidad que se
debía cambiar gradualmente por medios pacíficos y legales.
El primer punto que Marx ataca en su crítica es el trabajo
como fuente de toda riqueza y cultura. Acerca de la naturaleza, dice: El
trabajo es, en sí mismo, sólo la manifestación de una fuerza de la naturaleza,
el poder del esfuerzo humano. El trabajo del hombre sólo se transforma en una
fuente de valores de uso, y por tanto también de riqueza, si su relación con la
naturaleza, la fuente primaria de todos los instrumentos y objetos de trabajo,
es una relación de propiedad desde el principio, y si el hombre la trata como
algo que le pertenece
. Marx sostiene que el hombre es un esclavo porque
tiene que trabajar en la propiedad que pertenece a otros y sugiere una
alternativa: El trabajo llega a ser la fuente de toda riqueza y
cultura, solamente cuando es trabajo social
. Al llegar a este punto,
propone otro enunciado, que declara ser indiscutible: El desarrollo
social del trabajo, como fuente de riqueza y cultura, surge en proporción
directa al desarrollo de la pobreza y depravación entre los trabajadores y de
la riqueza y cultura entre los no trabajadores
.
Partiendo de las leyes del desarrollo histórico descubiertas
por él, Marx penetró a bosquejar la sociedad comunista: Toda la teoría
de Marx 
-decía Lenin- es la aplicación de la teoría del
desarrollo -en su forma más consecuente, más completa, más profunda y más rica
de contenido- al capitalismo moderno. Era natural que a Marx se le plantease,
por tanto, la cuestión de aplicar también esta teoría a la inminente bancarrota
del capitalismo y al desarrollo futuro del comunismo futuro… En Marx no
encontramos el menor intento de construir utopías, de hacer conjeturas en el
aire respecto a cosas que no es posible conocer. Marx plantea la cuestión del
comunismo como el naturalista plantearía, por ejemplo, la del desarrollo de una
nueva especie biológica, sabiendo que ha surgido de tal y tal modo y se
modifica en tal y tal dirección
.
Valiéndose de ese método, Marx en su Crítica del
programa de Gotha
 formuló una serie de tesis sobre el período
transitorio del capitalismo al comunismo y sobre las dos fases del comunismo.
En la primera fase del comunismo (denominada corrientemente socialismo) que
viene a ser el primer peldaño de su maduración económica, debe regir el
principio de distribución según el trabajo. Excepto las partes del producto
total destinadas a ampliar la producción y a los fondos sociales de consumo, el
trabajador recibe de la sociedad tanto cuanto le ha dado: En la fase
superior de la sociedad comunista 
-dice Marx- cuando haya
desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del
trabajo y, con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo
manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera
necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus
aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los
manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente
el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su
bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!
.
La teoría de las dos fases del comunismo fue un nuevo descubrimiento de Marx,
extraordinariamente importante, que muestra la fuerza genial de su previsión
científica.
La revolucionaria teoría de Marx sobre el Estado culmina en
la Crítica del programa de Gotha, donde argumenta la necesidad e
inevitabilidad histórica de un período de transición. El Estado de este período
debe ser la dictadura del proletariado.
En la Crítica del programa de Gotha, Marx,
además de examinar las cuestiones del período de transición y de las dos fases
del comunismo, toca otros problemas teóricos y políticos, cuya importancia y
actualidad perdura hasta ahora. Pone, por ejemplo, al desnudo lo erróneo y
políticamente perjudicial de la tesis lassalleana de que, para la clase
obrera, todas las demás clases no son otra cosa que una masa
reaccionaria
. Tal planteamiento del problema, simplista, esquemático,
conduce a aislar al proletariado de los campesinos y demás masas trabajadoras y
le impide cumplir su papel de luchador avanzado por la democracia y el
socialismo.
La Crítica del programa de Gotha es un
documento marxista esencial, de inapreciable importancia teórica. En él, Marx
da un nuevo paso gigantesco en el desarrollo de su teoría.
Como predecían Marx y Engels, la unificación en Gotha
fue un compromiso que abrió las puertas del partido a distintos elementos
vacilantes, pequeño-burgueses, y rebajó el nivel teórico y político de aquella
organización. Prueba de ello fue que casi todos los jefes de la
socialdemocracia alemana se manifestaron partidarios del sistema
socialista
 inventado por Eugenio Dühring, profesor de la Universidad
de Berlín. Aquel sistema era una mezcla ecléctica de conceptos
científicos anticuados y de teorías pequeño-burguesas.
Con el fin de permitir que Marx pudiera dedicarse a El
Capital
, Federico Engels se encargó de escribir un trabajo
criticando a Dühring. Sin embargo, Marx tomó una parte muy activa en la labor
de su amigo en el Anti-Dühring, escrito en 1878. Antes de entregar
el manuscrito a la imprenta, Engels se lo leyó entero a Marx, quien,
además, escribió el capítulo X de la sección sobre la economía política, donde
expuso concisamente un esbozo de la historia de la economía política. El Anti-Dühring,
original enciclopedia que aclara los problemas principales de la filosofía
marxista, la economía política y el comunismo científico, desempeñó un gran
papel en la defensa, el desarrollo y la propaganda del marxismo.
Marx y Engels advertían al Partido Socialdemócrata
Alemán de que la confusión teórica reinante en él podía acarrearle peligrosas
consecuencias políticas. La vida confirmó que Marx y Engels estaban
en lo cierto. La primera prueba seria, la prueba a que sometió al partido la
ley de excepción contra los socialistas, promulgada por Bismarck en octubre de
1878, reveló en su seno vacilaciones oportunistas tan fuertes, que ponían en
peligro la existencia misma de la socialdemocracia alemana como partido obrero.
En sus cartas a los dirigentes de la socialdemocracia alemana y sobre todo en
la famosa Circular escrita el 17 y 18 de septiembre de 1879, Marx y Engels criticaron
resueltamente tanto a los oportunistas descarados (Hochberg, Bernstein y otros)
como el sectarismo y las tendencias anarquizantes (J. Most y otros) en la
socialdemocracia germana. Los fundadores del marxismo explicaron a los
dirigentes de esta última el gran peligro que representaban en el partido los
elementos oportunistas, que trataban de convertir el partido obrero en un
partido pequeño-burgués reformista. Velando por la pureza de la teoría
revolucionaria y luchando contra todo oportunismo, tanto en el terreno teórico
como en el práctico, Marx y Engels ayudaron a la socialdemocracia
alemana a elaborar en las difíciles condiciones creadas por la ley de
excepción, una línea revolucionaria acertada. La táctica que los fundadores del
marxismo proponían a la social-democracia alemana consistía en crear una
organización ilegal y un órgano de prensa revolucionaria del partido, combinar
el trabajo ilegal con el legal, utilizar la tribuna parlamentaria para desenmascarar
la política del gobierno y hacer agitación entre las masas. Ellos confiaban,
ante todo, en las masas obreras, en su valor e iniciativa.
Como resultado de la crítica implacable de Marx y Engels y
de la presión de las masas obreras, la dirección del partido, que se había
desconcertado a raíz de la entrada en vigor de la ley de excepción, comenzó a
enmendar su línea política. Esto no quiere decir que en el partido cesara la
actividad de los oportunistas. El ala derecha anidó en el seno de la minoría
parlamentaria y de vez en cuando lanzaba ataques contra la línea del partido.
Al analizar las raíces del oportunismo, puesto de manifiesto en el interior del
partido, Marx y Engels las veían en la naturaleza de la pequeña
burguesía, en el espíritu mezquino y filisteo inherente a ella.
Marx y Engels prestaban a la socialdemocracia
alemana una atención particularmente grande porque, después de la derrota de la
Comuna de París, el proletariado alemán había quedado en cabeza del movimiento
obrero internacional. Ellos querían que la socialdemocracia alemana -el primer
partido basado en los principios de la Internacional- fuera un ejemplo para los
partidos obreros que comenzaban a formarse también en otros países.
Siguiendo de cerca la formación de estos partidos, Marx
y Engels deseaban ayudarles con sus consejos. Citaremos como ejemplo
que Marx participó directamente en la redacción del programa del Partido Obrero
de Francia, dictando a Julio Guesde, que le visitó en Londres en 1880, la
introducción al programa. Marx y Engels apoyaban la lucha de Julio
Guesde y Paul Lafargue contra los posibilistas, partidarios del reformismo
pero, al mismo tiempo, los criticaban por su proclividad a la frase revolucionaria,
y por su dogmatismo e insuficiente flexibilidad táctica, defectos inherentes
sobre todo a Guesde. Al producirse en 1882 la escisión entre los partidarios de
Guesde y los posibilistas, Marx y Engels la consideraron un
acontecimiento positivo, un progreso en el desarrollo del partido obrero.
Si en Francia, donde la clase obrera se veía sometida a la
influencia del medio pequeño-burgués circundante, la formación del partido
obrero iba acompañada de una aguda lucha interna, en Inglaterra eran todavía
más difíciles las condiciones para su constitución. En su mayoría, los obreros
ingleses se circunscribían a luchar por reivindicaciones económicas y por
reformas que no rompían las relaciones capitalistas existentes. Eso era porque,
si bien es verdad que desde la década del 70 su monopolio industrial empezaba a
decaer, debido a la competencia de Alemania y Estados Unidos, Inglaterra conservaba,
no obstante, su monopolio colonial, lo que permitía al capitalismo inglés
obtener enormes superbeneficios y arrojar unas migajas a la aristocracia obrera
inglesa. Marx estimaba que una de las causas del atraso político de los obreros
ingleses era su peculiar indiferencia por la teoría.
A comienzos de la década de los ochenta, debido a cierta
reanimación del movimiento obrero inglés y a los éxitos obtenidos por el
movimiento socialista en el continente, en Inglaterra también se manifestó
cierto interés por el socialismo. Por entonces apareció el folleto Inglaterra
para todos
, de Hyndman. Los capítulos de este folleto sobre el trabajo y el
capital no eran sino una versión de los capítulos correspondientes de El
Capital
, aunque ni esta obra ni su autor se mencionaran para nada.
Indignado por este proceder, Marx decía en una carta a Sorge: A todos
estos respetables escritores pequeño-burgueses, no especialistas, les inspira
un deseo irrefrenable: hacer dinero, cobrar fama, amasar capital político sin
pérdida de tiempo, aprovechando cualquier idea nueva, que un viento propicio
haya hecho llegar hasta ellos. En el transcurso de unas cuantas veladas ese
mozo robándome, sonsacándome ideas y deseando aprender del modo más fácil
.
Marx expresó personalmente su indignación a Hyndman. Este se justificó diciendo
que a los ingleses no les gusta que los aleccionen extranjeros.
Cuando el escritor, que se distinguía por lo sumamente confuso y ecléctico de
sus concepciones, quiso ser heraldo de las ideas socialistas y organizador del
partido, Marx, como es natural, acogió sus propósitos con extrema desconfianza.
La formación del partido obrero en Estados Unidos tropezó
con dificultades no menores. Ello se debía a las fluctuaciones en la
composición de la clase obrera norteamericana y a la posibilidad que entonces
se tenía de comprar a bajo precio tierra y hacerse granjero, así como al hecho
de que los obreros autóctonos ocupaban una posición privilegiada en comparación
con los emigrantes, cuyo salario era inferior, y con los negros, cuya situación
era aún peor. Las discordias nacionales y raciales, azuzadas por la burguesía,
dividían a la clase obrera. La lentitud con que las ideas socialistas se
difundían allí se debía también a que la mayoría de los propagandistas del socialismo
eran alemanes, lassalleanos los más de ellos. Los lassalleanos hacían la
propaganda en el espíritu dogmático, estrecho y rutinariamente sectario que les
era propio. Lo mismo que el inglés, el movimiento obrero estadounidense se
distinguía por su carácter eminentemente utilitario, por su indiferencia hacia
la teoría.
La falta de madurez teórica del proletariado norteamericano
hacía que muchos obreros se vieran influidos por reformadores sociales de
todas las especies, que les prometían algo tangible en un futuro inmediato. Uno
de esos reformadores fue Henry George, autor de El progreso y la
pobreza
, escrito en 1880, obra que hizo furor en su tiempo. Posteriormente,
la influencia de Henry George se dejó sentir también en Inglaterra. George
decía que a toda opresión le llegaría su fin en cuanto se nacionalizara la
tierra y fuera el Estado quien percibiese la renta del suelo. Marx decía en una
carta a Sorge: Todo eso no es sino un intento, disfrazado de
socialismo, de salvar la dominación de los capitalistas y, de hecho,
fortalecerla otra vez sobre una base más amplia que la que tiene ahora
.
Criticando la idea de George de que la nacionalización de la tierra era la
panacea contra todas las lacras de la sociedad capitalista, Marx señalaba que,
en determinadas condiciones, esa reivindicación podía presentarse en calidad de
medida transitoria, como se había hecho en el Manifiesto del Partido
Comunista
.
Al mismo tiempo que ponían al desnudo la insolvencia teórica
de las concepciones burguesas y pequeño-burguesas que influían todavía en la
clase obrera de Inglaterra y Estados Unidos, Marx y Engels luchaban
contra el sectarismo de los socialistas ingleses y norteamericanos. En sus
cartas a Sorge y a otros partidarios suyos les aconsejaban que no se
mantuvieran al margen del movimiento obrero -en espera de que éste se elevara a
la altura de un programa teóricamente claro, científico- y se sumaran a él para
predecir a los obreros las consecuencias de sus errores y enseñarles analizando
éstos.
Subrayando el carácter creador del marxismo y luchando
contra la actitud dogmática y libresca hacia su doctrina, viva y en constante
desarrollo, Marx y Engels decían: Nuestra doctrina no es un
dogma, sino una guía para la acción
.
Enriqueciendo sin cesar la teoría revolucionaria y velando
por su exactitud, Marx y Engels luchaban consecuentemente por la
creación de partidos auténticamente proletarios, portadores de teoría
revolucionaria y capaces de dirigir el movimiento del proletariado tanto en la
lucha por los intereses inmediatos, diarios, de los obreros y de las masas
trabajadoras como por su meta final: derrocar el capitalismo. Con sus consejos
y su crítica, Marx y Engels prestaban un apoyo efectivo a los socialistas
de Europa y América.
Lenin decía que en las cartas de los fundadores del
marxismo a los socialistas de distintos países podían apreciarse claramente dos
direcciones de consejos, indicaciones, enmiendas, amenazas e instrucciones.
Ellos exhortaron con la mayor insistencia a los socialistas
anglo-norteamericanos a que se fundiesen con el movimiento obrero y extirpasen
de sus organizaciones el estrecho y rutinario espíritu de secta. Ellos
enseñaron muy insistentemente a los socialdemócratas alemanes a no caer en el
fariseísmo, en el 
cretinismo parlamentario, expresión de Marx
utilizada en la carta del 19 de septiembre de 1879 para expresar el oportunismo
intelectual pequeño-burgués.
Al dar sus consejos e indicaciones a los socialistas de
distintos países, Marx y Engels tomaban en consideración las
condiciones en que se desarrollaba el movimiento obrero de este o aquel país y
las tareas concretas que tenía planteadas su proletariado. Los fundadores del
marxismo esgrimían la poderosa arma de la dialéctica materialista tanto en la
elaboración de la teoría revolucionaria como en el terreno de la política y la
táctica y en la dirección del movimiento obrero internacional.
Las indicaciones de los fundadores del marxismo acerca de
las tareas del proletariado en los distintos países y de los programas y la
táctica de los partidos proletarios encierran enorme interés teórico y
político. En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels hablaron
ya del partido como destacamento de vanguardia del proletariado. Estas primeras
tesis fueron completadas y desarrolladas por ellos basándose en la experiencia
de las revoluciones de 1848-1849, en las enseñanzas, todavía más ricas, de la
Internacional y de la Comuna de París, y, por último, en la experiencia que
aportó la formación de los partidos socialistas en los distintos países.
Estas tesis de los fundadores del marxismo acerca del
partido las desarrolló posteriormente Lenin, al formular su teoría del
partido como arma fundamental de la clase obrera en la lucha por la dictadura
del proletariado y por la construcción de la sociedad comunista.
Preparando a la clase obrera para futuras luchas
revolucionarias, Marx llegó ya en los años 70 a la conclusión de que el país
impulsor de la revolución en Europa sería Rusia. Marx estudiaba numerosos
materiales y libros sobre Rusia no porque le guiase únicamente su interés
teórico por los problemas de la renta del suelo, sino porque sentía también
interés político por un país de tan enormes posibilidades revolucionarias. Marx
seguía con simpatía extraordinaria la lucha de los revolucionarios rusos, que
constituían entonces un grupo bastante reducido, contra la autocracia, y
consideraba que una de sus tareas más importantes era ayudar a los elementos
progresistas de Rusia en sus dificultosas búsquedas teóricas, facilitarles la
comprensión de los objetivos de su lucha de liberación y el cauce que ésta
debía seguir. Por esta causa, la correspondencia que Marx mantenía con los
revolucionarios rusos aumentaba de año en año y éstos encontraban siempre en su
casa buena acogida, consejo y ayuda. En algunas cartas Marx criticaba las ideas
de los populistas, los cuales consideraban que la comunidad campesina rusa
era el embrión y la base del socialismo. En su Prefacio a la edición del Manifiesto
del Partido Comunista
 escrito en ruso y publicada en 1882, Marx
y Engels, a la pregunta acerca de las perspectivas del desarrollo
económico de Rusia y el destino de la comunidad campesina rusa, que preocupaba
mucho a los revolucionarios rusos, le dieron la siguiente respuesta: Si
la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en occidente, de
modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia
podrá servir de punto de partida a una evolución comunista
. Así, pues, Marx
y Engels admitían que, en determinadas condiciones históricas, el
desarrollo de Rusia por un camino no capitalista era posible. En ese mismo
Prefacio definían del siguiente modo el papel que Rusia había comenzado a jugar
en el movimiento revolucionario: Rusia está en la vanguardia del
movimiento revolucionario de Europa
.
Las cartas escritas por Marx en los últimos años de su vida
reflejan el ansia con que esperaba la inminente revolución rusa, que, según él,
debía marcar un próximo viraje en la historia del mundo. Pero las esperanzas de
Marx de ver aún el triunfo de esa revolución no se cumplieron.
Aún tenía en proyecto un trabajo inmenso, al que se dedicaba
cuando su salud se lo permitía. En la época de pleno desarrollo de sus fuerzas,
había trazado el modelo, los contornos y había fijado las leyes fundamentales
de la producción y del intercambio capitalista. Pero no había tenido fuerzas
suficientes para hacer de todo ello una obra viva, terminada, como el primer
tomo de El Capital, que tan brillantemente saca a la luz el
mecanismo de la producción capitalista y la lucha entre capitalistas y obreros
que se desarrolla sobre dicha base.
Pese a que iba perdiendo fuerzas por la enfermedad, su
incontenible afán por la lectura seguía siendo el mismo. No se cansaba de hacer
acotaciones, complementando con ellas sus carpetas con los manuscritos de los
capítulos inacabados de El Capital. Pero no se limitaba a los
problemas de la economía política. Estaba empeñado en utilizar el materialismo
dialéctico en distintas ramas 1a ciencia. Prestó sostenida atención a los
estudios las ciencias naturales, astronomía, química, agroquímica, biología,
geología, matemáticas y física, profundizando en todas estas materias; continúa
asimismo sus investigaciones de historia universal.
Marx estudió con toda meticulosidad libros de fisiología de
las plantas, los animales y el hombre; al leer, los recapitulaba o hacía
acotaciones. Durante muchos años Marx mostró pasión por las matemáticas. Los
estudios sistemáticos le permitieron realizar investigaciones propias en esta
materia. A comienzos de los años ochenta Marx escribió dos manuscritos: La
noción de la función derivada
 y Sobre la diferencial, que
proponía, al parecer, emplear de base para una fundamentación del cálculo
infinitesimal que no le dio tiempo de exponer.
Continuó aumentando el volumen y la variedad de estudios
históricos que acometía, relacionándolos estrechamente con las investigaciones
de economía política y también con el propósito de aplicar los resultados de
estas a otras ciencias sociales. Al descubrir la ley económica del capitalismo,
Marx deseaba presentar la formación capitalista como un organismo vivo, para lo
cual estudiaba los fenómenos de superestructura, la historia política, la
historia de la cultura, etc.
Liebknecht escribió en sus memorias que este tenía una
inteligencia universal y polifacética que abarcaba todo el Universo,
penetraba en todos los detalles, sin despreciar nada ni considerar nada
insustancial o insignificante. Observar esta inteligencia, seguir cómo
experimenta el impacto de las condiciones circundantes y cala cada vez más
hondo en la esencia de la sociedad era de por sí un gran gozo
.
Los participantes del movimiento obrero de distintos países
tenían gran confianza y respeto a Marx. Los obreros comprobaron en la práctica
el valor de los consejos que habían recibido de él respecto a las más diversas
cuestiones de la teoría y práctica del movimiento revolucionario.
La casa de Marx era un centro a donde acudían por cientos
los representantes del movimiento obrero. También se daba cordial acogida allí
a destacados científicos y demócratas. Las puertas de esta casa estaban
abiertas hospitalariamente, y para ser recibido por Mark no se requería ser un
incondicional suyo. Marx era un gran conversador, desarrollaba y aducía razones
en apoyo a su punto de vista. Y pese a que las opiniones no coincidían siempre
en todo, es difícil que entre los visitantes de Marx hubiese quien no quedara
fuertemente impresionado por su personalidad.
Era asombroso su don de gentes -escribió en sus
memorias Eleanor, la hija menor de Marx- su habilidad para inculcar a
los interlocutores lo que les interesaba a ellos. Oí hablar con frecuencia a
personas de condición y profesión diversas que él tenía una capacidad singular
para comprenderlos y para orientarse en los asuntos que les traían. Cuando
creía que uno aspira a algo de verdad, su paciencia no tenía límites. Ninguna
pregunta le parecía desmerecer respuesta; ningún argumento, fútil para ser
abordado. Su tiempo y sus extensos conocimientos siempre estaban a disposición
de cualquiera que quisiera aprender algo
.
En veinte años de vida en el destierro de Londres se
produjeron no pocos cambios en la familia de los Marx. Crecieron Jenny y Laura;
en 1870 cumplió 15 años Eleanor. Las tres hijas de Marx brillaban por sus dotes
y capacidades, por su inteligencia. Era propio de ellas la solidaridad por los
oprimidos y el deseo de contribuir a su lucha emancipadora. La hija mayor de
Marx estudió con entusiasmo la historia del movimiento obrero y las ciencias
sociales. Laura se hizo una excelente traductora: tradujo varias obras de su
padre, entre ellas el Manifiesto Comunista, al francés; canciones
de Béranger, poemas de Eugene Pottier y a otros muchos autores al inglés. En
1868 se casó con el socialista francés Paul Lafargue, y fue para él fiel
ayudante y compañera en sus actividades revolucionarias. En octubre de 1872
abandonó la casa paterna también Jenny, la mayor, como compañera de Charles
Longuet, importante figura de la Internacional. Jenny y Laura continuaron
la vida de refugiados políticos porque ni Paul Lafargue ni Charles Longuet
pudieron hasta 1880 retornar a Francia por el peligro de caer presos.
A Marx le gustaba el vino, lo que es natural en quien había
nacido en Mosela, la Rioja alemana. También tenía pasión por el tabaco. Él
mismo decía, a modo de broma, que El Capital ni siquiera le
había dado para pagar el tabaco que se había fumado preparándolo. Además, como
no tenía dinero, fumaba un tabaco infecto, y de este modo acortó
considerablemente su vida y contrajo la bronquitis crónica que tanto le hizo
sufrir durante sus últimos años.
Un trabajo intelectual excesivo y las constantes privaciones
materiales minaron prematuramente el poderoso organismo de Marx. Se encontraba
profundamente minado por la enfermedad, su organismo estaba completamente
agotado. Su último año y medio de vida fue una muerta lenta. A instancias de
sus parientes y amigos, Marx se trató en 1874, 1875 y 1876 en Carlsbad (Karlovy
Vary, actualmente Chequia). Pero el peligro de verse perseguido por los
gobiernos prusiano y austríaco le impidió seguir tratándose en dicho balneario.
La muerte de su esposa, ocurrida el 2 de diciembre de 1881,
fue un tremendo golpe para él, y Marx empeoró mucho de salud. El viaje que hizo
a Argelia y al sur de Francia para curarse una pleuritis y la vieja bronquitis
que le aquejaba no le reportó ninguna mejoría. Al poco tiempo, una nueva
desgracia se abatió sobre él: murió Jenny, su hija mayor, esposa del socialista
francés Carlos Longuet y madre de cinco hijos, que eran los favoritos de Marx.
No pudo soportar esos dos golpes extremadamente dolorosos. Algo tosco por
naturaleza, Marx, por extraño que parezca, quería mucho a su familia y era muy
tierno en su vida privada. Leyendo sus cartas a su hija mayor, cuya pérdida le
impresionó tan profundamente que sus allegados esperaban que se muriera de un
día a otro, se queda atónito quien las lee ante la sensibilidad y la ternura
extraordinaria de una persona en apariencia ruda.
En enero de 1883, Marx volvió a caer gravemente enfermo, sus
fuerzas empezaron a decaer rápidamente. El 14 de marzo, al pasar de su
dormitorio al despacho, Marx se dejó caer en un sillón y se durmió
apaciblemente para siempre.
En sus cartas dirigidas a todos los confines del
mundo, Engels comunicó a los amigos y camaradas la enorme pérdida que
había sufrido el movimiento obrero internacional: El cerebro más
poderoso de nuestro partido ha dejado de pensar, el corazón más fuerte que yo
he conocido, ha dejado de latir
. También le escribió a Sorge:
Todos los fenómenos, incluso los más horribles, que tienen
lugar según las leyes de la naturaleza, comportan un consuelo. Lo mismo ocurre
en este caso. Quizás el arte de la medicina hubiera podido permitirle vivir dos
o tres años más de un modo vegetativo, con la vida impotente de un ser que se
muere lentamente; pero Marx no habría soportado semejante vida. Vivir teniendo
ante sí una serie de trabajos no realizados, y soportar el suplicio de Tántalo
de pensar en la imposibilidad de llevarlos a cabo, hubiera sido para él mil
veces más penoso que una muerte tranquila. La muerte no es terrible
para el que muere, sino para los que quedan vivos
, solía decir siguiendo a
Epicuro. Ver a este hombre genial, lleno de fuerza, convertido en una ruina,
arrastrando su existencia a la mayor gloria de la medicina y para alegría de
los filisteos, a quienes había fustigado inmisericordiosamente cuando se
encontraba en la plenitud de sus fuerzas y que habrían encontrado ahora la
ocasión propicia para dejarle en el ridículo, hubiese sido un espectáculo
lamentable, y es mil veces mejor que haya sucedido lo ocurrido, que haya
desaparecido y que pasado mañana lo depositemos en la tumba donde duerme su
mujer.
En mi opinión, teniendo en cuenta lo que ha padecido, no
había otra solución; lo sé mejor que todos los médicos.
Que así sea. La humanidad ha perdido un gran hombre. Ha
perdido a uno de sus representantes más geniales.
El movimiento del proletariado seguirá su camino, pero no
contará ya con el jefe a quien reconocieron en sus horas críticas franceses,
rusos, americanos y alemanes, y quien siempre les daba consejos claros y
seguros, consejos que sólo un genio podía dar, consejos propios de una persona
completamente al corriente de la cuestión.
El sábado 17 de marzo de 1883, Marx fue enterrado en el
cementerio de Highgate en Londres. Engels pronunció sobre su tumba un
discurso, hablando de la hazaña titánica de Marx como sabio y como
revolucionario, de su lucha abnegada y heroica por la causa proletaria, por un
futuro mejor para toda la humanidad. Engels concluyó el discurso con
estas palabras: ¡Su nombre y su obra vivirán a través de los siglos!

Biografía de Marx (Parte 15)

La
I Internacional

Marx no sólo veía el objetivo principal de su vida en
demostrar teóricamente la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y del
triunfo de la revolución proletaria, sino también en ayudar al sepulturero de
la sociedad capitalista, al proletariado, a organizar sus fuerzas para el
asalto. Mientras terminaba el primer tomo de 
El Capital, Marx
trabajó para organizar, cohesionar y educar a las masas obreras. Engels decía
que el trabajo de Marx en la I Internacional era la cumbre de toda su actividad
política y de partido.

El desarrollo del capitalismo y el aumento de la explotación
del proletariado y de las masas trabajadoras, así como la crisis mundial de
1857 y la reanimación de los movimientos democrático-burgueses y de liberación
nacional que la siguieron, en particular, la insurrección polaca de 1863,
contribuyeron al despertar político del proletariado, engendraron en él un afán
de actuar coordinadamente. El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres, en
un mitin celebrado en St. Martin’s Hall, la Asociación Internacional de los
Trabajadores. Al éxito de la Internacional no sólo contribuyó la situación
histórica de entonces, sino también el que fuera Marx su verdadero fundador y
organizador, quien la dirigiera e inspirara en el transcurso de toda su
historia.

Se deben a Marx los principales documentos de la
Internacional, entre ellos el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional
de los Trabajadores y los Estatutos Provisionales de la Asociación. Al
redactarlos en 1864, Marx procuró, sin apartarse de sus principios, darles una
forma aceptable para los obreros de países diversos y de un grado de desarrollo
desigual. La táctica de Marx en la Internacional tendía a que se explicase de
modo tenaz y paciente a los obreros, basándose en la experiencia práctica de
las masas, la inconsistencia del reformismo, así como del sectarismo y
dogmatismo y se conquistase paso a paso a las masas, logrando que abrazaran la
teoría auténticamente científica y la táctica revolucionaria del proletariado.

Durante el primer período de la actividad de la
Internacional, Marx centraba su atención en la lucha económica del
proletariado, en la cual veía un poderoso medio para organizar y educar a las
masas obreras. Cuando, en 1865, Weston, un seguidor de Owen, intentó demostrar
en una reunión del Consejo General que las huelgas y los sindicatos no
reportaban ningún provecho a los obreros, Marx rebatió enérgicamente sus falsas
y nocivas ideas. Al mismo tiempo que defendía, en contra de los owenistas,
proudhonistas y lassalleanos la necesidad de la lucha económica cotidiana de la
clase obrera contra el capital, Marx atacaba resueltamente a los dirigentes oportunistas
de las tradeuniones inglesas, que circunscribían las tareas de la clase obrera
a la lucha por las reivindicaciones económicas cotidianas de los obreros,
relegando al olvido los intereses vitales del proletariado, la necesidad de
suprimir la propiedad privada sobre los medios de producción. En 1898, después
de la muerte de Marx, su hija Eleonora publicó, con el título Salario,
precio y ganancia
, el informe que su padre hiciera entonces en el Consejo,
y en el que, de una manera accesible y llana, exponía varias tesis
fundamentales de su futura obra El Capital.

En la primera etapa del funcionamiento de la Internacional,
los principales adversarios del marxismo fueron los partidarios de Proudhon,
contra los que hubo ya que luchar en la Conferencia de Londres (1865) y en el
Congreso de Ginebra de la Internacional (1866). Aunque, por estar ocupado
con El Capital, no pudo asistir al Congreso de Ginebra, Marx dio a
los delegados del Consejo General detalladas instrucciones en las que señalaba
como tareas inmediatas las siguientes: luchar contra la importación de obreros
extranjeros que los capitalistas practicaban durante las huelgas y los cierres
patronales; por la jornada de ocho horas y por limitar la jornada de trabajo de
los niños y los adolescentes, así como por su educación intelectual y física y
por que se les diera instrucción politécnica. Estas instrucciones concedían
gran importancia a los sindicatos, en los que Marx veía centros organizadores
del movimiento obrero, subrayando los indisolubles vínculos existentes entre la
lucha económica y la lucha política, entre la lucha cotidiana de la clase
obrera y el objetivo final de su movimiento. Al explicar el papel que
desempeñaban las cooperativas, Marx indicaba que éstas, a pesar de la gran
importancia que tenían, no podían cambiar las bases del régimen social sin que
el proletariado conquistase el poder.

Después de acalorada discusión, la mayoría de los delegados
al Congreso de Ginebra aprobó el programa práctico de acción trazado por Marx.

El Congreso de Bruselas (1868) y el de Basilea (1869) fueron
otras tantas etapas en la elaboración de un programa teórico unificado de la
Internacional. En ellos se aprobaron las resoluciones relativas a la
socialización de la tierra y la propiedad colectiva de los medios de
producción. El Programa de la Internacional adquirió un carácter netamente
socialista. Esto fue un triunfo ideológico sobre los proudhonianos, defensores
de la pequeña propiedad. Es de notar que el Congreso de Bruselas aprobó una
resolución especial sobre El Capital. En ella se señalaban los
inapreciables méritos de Marx, el primer economista que había hecho un análisis
científico del capital y se exhortaba a los obreros de todas las nacionalidades
a estudiar esta obra.

Mientras que en Francia y en Bélgica los principales
enemigos del marxismo eran los proudhonianos, en Alemania ese papel
correspondía a los partidarios de Lassalle. Cuando se fundó la Internacional,
Lassalle ya no vivía, pero sus adeptos continuaban defendiendo tenazmente sus
equivocadas concepciones y su nociva táctica. En varias cartas y artículos,
Marx y Engels advirtieron a los obreros alemanes lo perjudicial y
peligroso que eran los lazos de Lassalle con la reacción prusiana. Tomando en
consideración que los dirigentes de la Asociación General de Obreros Alemanes y
su órgano de prensa, El Socialdemócrata seguían aplicando la
táctica de Lassalle y respaldaban la política de unificación de Alemania desde
arriba, a sangre y fuego, es decir, la política bismarckista, Marx
y Engels declararon que no podían colaborar en dicho periódico y
condenaron el socialismo gubernamental monárquico-prusiano, que
profesaban los partidarios de Lassalle.

A través de Guillermo Liebknecht Marx y Engels tomaron
medidas para fundar en Alemania un partido obrero distinto del de Lassalle. En
1868, en el Congreso de Nuremberg de las asociaciones culturales obreras,
celebrado bajo la dirección de Guillermo Liebknecht y Augusto
Bebel, se acordó que dichas entidades se adhiriesen a la Internacional. Así fue
cómo la Asociación Internacional de los Trabajadores se abrió también paso
hacia las masas obreras de Alemania. Al año siguiente se fundó en Eisenach el
Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania. Además de la organización obrera
dirigida por Bebel y Liebknecht, entró en dicho partido un grupo
de lassalleanos que se habían desgajado de la Asociación General de Obreros
Alemanes.

Cuando el marxismo había obtenido ya en la Internacional una
victoria ideológica sobre el proudhonismo y grandes éxitos en la lucha contra
el lassalleanismo, salió a escena un nuevo enemigo tan peligroso como los
anteriores, aunque más pérfido: el bakuninismo. Miguel Bakunin, apoyándose
en su organización anarquista, la Alianza de la Democracia Socialista, se
proponía adueñarse de la dirección de la Internacional. Aunque, al ingresar en
la Internacional, Bakunin había declarado disuelta la Alianza, en realidad hizo
de ella una organización secreta en el seno de la Internacional.

Después del Congreso de Basilea, los bakuninistas,
paralelamente a su trabajo de zapa en la Internacional, empezaron a luchar
abiertamente contra el Consejo General y contra Marx, su dirigente. Aspiraban a
agrupar bajo su bandera conspirativa tanto a los partidarios de Lassalle,
los socialistas realistas prusianos, como a los líderes, sumamente
moderados, de las tradeuniones inglesas, con los que Marx empezaba ya a tener
serias divergencias.

Ya antes criticaba Marx la rutina y el espíritu conservador
de estos representantes de la aristocracia obrera de Inglaterra, así como su
arraigada costumbre de ir a la zaga de los liberales burgueses. Las
discrepancias entre Marx y estos representantes de la política obrera liberal
se acentuaron particularmente en la segunda mitad de la década del 60, cuando
el problema irlandés pasó a ser la cuestión central de la vida política
inglesa. A iniciativa de Marx el Consejo General de la Internacional manifestó
su apoyo a la lucha de liberación nacional del pueblo irlandés contra la
dominación colonial inglesa. En este movimiento veía Marx una fuerza dirigida
no sólo contra la aristocracia terrateniente de Inglaterra, sino también contra
la burguesía inglesa. El sojuzgamiento de Irlanda permitía a la burguesía
inglesa escindir a los obreros en dos campos enemigos, sembrar la discordia
entre los obreros ingleses e irlandeses. Marx demostraba que en esa discordia
radicaban la impotencia de la clase obrera inglesa y la clave de la fuerza de
la burguesía de Inglaterra. Marx explicaba a los obreros ingleses que la
liberación de Irlanda era la premisa primordial de su propia liberación: Un
pueblo que esclaviza a otro 
-decía Marx- forja sus propias
cadenas
.

La experiencia de la lucha del pueblo irlandés permitió a
Marx desarrollar las principales tesis de la cuestión nacional y colonial, que
había expuesto anteriormente en sus artículos sobre los movimientos de
liberación nacional en Europa, la India y China. Al elaborar los principios
teóricos de la política del proletariado en la cuestión nacional y colonial,
Marx enseñaba a la clase obrera a que examinase este problema desde el punto de
vista de los intereses de la revolución y fustigaba a los proudhonianos, que
cerraban los ojos a la cuestión nacional y afirmaban que la nación era un
prejuicio anticuado. Al mismo tiempo, Marx luchaba resueltamente contra el
nacionalismo burgués, educando a las masas obreras en el espíritu del
internacionalismo proletario. En éste veía Marx al luchador más consecuente
contra la opresión nacional y el colonialismo.

En su lucha contra los bakuninistas, Marx contó con el apoyo
de la sección rusa de la I Internacional. Dicha Sección, formada en Ginebra a
principios de 1870 por un grupo de emigrados políticos influenciados por las
ideas de Nikolai Chernishevski y Nikolai Dobroliubov, pidió a Marx que fuera su
representante en el Consejo General. A pesar de que desempeñaba ya las
funciones de secretario corresponsal de Alemania, Marx respondió por carta que
aceptaba satisfecho la tarea de representar a la sección rusa en el Consejo
General.

No fue casual que la sección rusa se dirigiese a Marx que,
ya en aquella época, era muy popular entre los jóvenes revolucionarios rusos.
La primera propuesta de traducir El Capital a una lengua
extranjera partió de Rusia. Al comunicar esta circunstancia a Kugelmann, Marx
señaló que otras obras suyas, como Miseria de la Filosofía y Contribución
a la crítica de la economía política
, no habían alcanzado en parte alguna
la difusión que tenían en Rusia. A su vez, Marx manifestaba un enorme interés
por Rusia, estudiando su economía, su cultura, su literatura y la lucha del
pueblo ruso contra el zar y los terratenientes. En 1869, Marx empezó a estudiar
el ruso y leyó en este idioma obras de Pushkin, Gogol, Saltikov-Schedrin,
Flerovski, Herzen, Dobroliubov, Chernishevski y otros autores rusos.

Desde la fundación de la Internacional, Marx trataba ya de
orientar la atención de los obreros hacia los problemas de la política
exterior, hacia los problemas de la guerra y la paz, hacia la lucha contra el
militarismo. Llamaba a la clase obrera a pronunciarse en la arena
internacional como fuerza independiente, consciente de su
responsabilidad y capaz de imponer la paz donde los que se llaman sus amos
incitan a la guerra
. Pero a diferencia de los pacifistas burgueses, el
Consejo General dirigido por Marx establecía una diferencia entre las guerras
de rapiña y las de liberación. Así, en los mensajes escritos por Marx a los
presidentes de los Estados Unidos A. Lincoln (1864) y A. Johnson (1865) se
señala el carácter progresista de la guerra del norte contra los estados
esclavistas del sur por la liberación de los negros.

Cuando comenzó la guerra franco-prusiana, en el llamamiento
del Consejo General, escrito por Marx, definió el carácter de la guerra y trazó
la táctica que el proletariado debía seguir en ella. Definía la guerra de Luis
Bonaparte contra Alemania como una guerra dinástica, como una guerra de rapiña,
y predecía que la contienda costaría la corona al emperador francés. Al
determinar el carácter de la guerra por parte de Alemania, Marx subrayaba la
diferencia entre los verdaderos intereses del país y los objetivos
reaccionarios, de rapiña, que perseguía Prusia. Marx señalaba que tanto los
obreros avanzados de Francia como los de Alemania habían sabido adoptar una
actitud acertada hacia la guerra, una actitud internacionalista: Este
hecho grandioso, sin precedentes en la historia 
-decía Marx- abre
la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja
sociedad, con sus miserias económicas y sus demencias políticas, está surgiendo
una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz,
porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo
.

En el segundo manifiesto, escrito después de la capitulación
del ejército francés en Sedán y de la proclamación de la república en Francia,
Marx señaló la profunda razón que asistía al Consejo General cuando predijo en
el primer manifiesto el próximo hundimiento del Segundo Imperio.

Subrayando que la guerra había adquirido por parte de
Alemania el carácter de una guerra de rapiña, Marx dio a los obreros alemanes
la consigna de Paz honrosa para Francia y reconocimiento de la República
Francesa
. Definiendo las tareas de los obreros franceses, Marx decía que
debían aprovechar al máximo las libertades republicanas para reforzar
sólidamente la organización de su propia clase. Marx preveía la agudización de
la lucha de clases en Francia y por ello advertía al proletariado francés que
no debía sublevarse prematuramente sin haberse preparado bien.

Pero, al llegar a Londres la noticia de que había estallado
la revolución obrera del 18 de marzo de 1871, Marx se apresuró a prestar ayuda
a los obreros insurgentes de París. Escribió centenares de cartas a todos los
países en que existían secciones de la Internacional, explicando al
proletariado internacional el verdadero sentido de la revolución del 18 de
marzo y exhortándolo a organizar un movimiento en defensa de la Comuna.

Engels prestó una gran ayuda a Marx en aquel período.
En el otoño de 1870 abandonó la oficina en Manchester y se trasladó a Londres,
entregándose por entero a sus actividades en el Consejo General.

Por medio de cartas e instrucciones verbales que trasmitían
personas de confianza, Marx trataba de ayudar a los comuneros con sus consejos,
previniéndoles contra posibles errores. Sin embargo, sus indicaciones no
siempre llegaban oportunamente a París, pues la ciudad se hallaba sometida a
estrecho cerco. Los proudhonianos y los blanquistas que encabezaban la Comuna
tomaban de muy mala gana y con retraso todas las medidas que estaban en
contradicción con sus dogmas sectarios y esta circunstancia también dificultaba
la labor de dirección desplegada por Marx.

Cuando la Comuna de París estaba aún luchando, Marx supo ver
ya su importancia histórica, poner al descubierto sus errores fundamentales y
sacar conclusiones de suma trascendencia para la teoría y la táctica
revolucionaria del proletariado. En su carta a Kugelmann del 12 de abril de
1871, destacó lo que la Comuna de París había aportado de nuevo a los
principios de la lucha revolucionaria: Si te fijas en el último
capítulo de mi Dieciocho Brumario 
-decía Marx-, verás que expongo
como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a
otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino
demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera
revolución popular en el continente. En esto precisamente consiste la tentativa
de nuestros heroicos camaradas de París
.

Marx limita al continente su conclusión acerca de la
necesidad de destruir la vieja máquina estatal, haciendo por lo tanto de
Inglaterra la única excepción entre los países europeos. Partía del hecho de
que la clase obrera de Inglaterra constituía la mayoría de la población, de que
allí no existía aún el militarismo y la burocracia no desempeñaba todavía un
papel considerable pero, según indica Engels, Marx tampoco se olvidaba
nunca de añadir que no era de esperar que las clases dominantes de Inglaterra
se sometiesen a esa revolución pacífica y legar
. En esta misma carta a
Kugelmann, Marx señaló dos errores fatales de los comuneros:

— se debía haber emprendido inmediatamente la ofensiva
contra Versalles, mientras el enemigo estaba lleno de pánico y no había tenido
tiempo de concentrar sus fuerzas. Esa ocasión se dejó escapar;
— el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes para ceder su lugar
a la Comuna.

En otra carta a Kugelmann, fechada el 17 de abril de 1871,
Marx decía que el solo hecho de haber surgido la Comuna de París era ya una
conquista del proletariado de importancia histórico-mundial. En su obra La
guerra civil en Francia
, escrita en 1871, Marx hizo una síntesis teórica de
la experiencia de la Comuna. Consideraba que el mérito principal de los
comuneros había consistido en que intentaron, por vez primera en la historia,
crear un Estado proletario. Todas las revoluciones anteriores no habían ido más
allá de simples desplazamientos entre las clases dominantes, se limitaban a
cambiar una forma de explotación por otra, y, en vez de demoler la vieja
máquina estatal, se circunscribían a hacerla pasar de unas manos a otras. Pero
la clase obrera -decía Marx- no podía adueñarse simplemente de la máquina
estatal existente y ponerla en funcionamiento para sus propios objetivos. Marx
y Engels consideraban tan importante esta conclusión, que en el prefacio
escrito para el Manifiesto del Partido Comunista en 1872 dijeron
que la estimaban una adición muy esencial a este documento programático del
proletariado.

La Comuna no sólo demostró en la práctica la justeza de la
tesis -formulada por Marx en su obra El Dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte
– que afirma la necesidad de destruir la vieja máquina estatal,
sino que procedió a erigir una organización política de nuevo tipo llamada a
sustituir dicha máquina. Basándose en la experiencia de los comuneros de París,
Marx dio un nuevo paso de importancia extraordinaria en el desarrollo de su
teoría sobre la dictadura del proletariado, llegando a la conclusión de que un
Estado del tipo de la Comuna de París era la forma política
descubierta, al fin, para llevar a cabo dentro de ella la emancipación
económica del trabajo
.

Al analizar en su trabajo las medidas sociales y económicas
adoptadas por la Comuna, Marx destacaba la idea de que, por más tímidas que
hubieran sido, su tendencia principal era la expropiación de los expropiadores.

Marx prestó gran atención a una cuestión que tuvo enorme
importancia para la suerte de la Comuna: a las relaciones de ésta con el
campesinado. El examina las medidas que la Comuna hubiera debido tomar (y no
tuvo tiempo de hacerlo) en favor del campesino francés. Marx demuestra que la
Comuna no sólo era la defensora natural del campesinado, sino también de la
pequeña burguesía urbana, que era la verdadera representante de los intereses
genuinos de la nación francesa. Termina su obra glorificando a la Comuna, como
precursora de la sociedad futura.

La guerra civil en Francia fue una nueva y brillante prueba
del carácter creador del marxismo, de su capacidad de desarrollarse y
perfeccionarse a base de la experiencia de las masas, de su iniciativa
histórica.

Publicada como llamamiento del Consejo General, fue un
trascendental documento político de la Internacional, que pertrechó al
proletariado de todo el mundo con la experiencia de la Comuna.

Después de la derrota de la Comuna, la Internacional pasó
por un período muy duro. Los gobiernos reaccionarios de diversos países
redoblaron las persecuciones contra las secciones de la Internacional y la
campaña de calumnias contra Marx, su dirigente. Los reformistas se asustaron y
se hizo más aguda la lucha en el seno de la Internacional. Odger y Lucraft,
dirigentes de las tradeuniones inglesas, declararon en la reunión del Consejo
General del 20 de junio de 1871 que retiraban sus firmas al pie del Manifiesto de
la Internacional. Fue una traición a la causa del proletariado. En
contraposición a los jefes reformistas de las tradeunionistas ingleses, Marx
declaró en la prensa que él era el autor del Manifiesto y se
hacía plenamente responsable de su contenido.

En aquel período, los más peligrosos enemigos del marxismo
eran los bakuninistas, ideólogos de la pequeña burguesía que negaban la
necesidad de la lucha política, del partido proletario y de la dictadura del
proletariado. La ideología anarquista constituía entonces el mayor obstáculo
para que el proletariado internacional asimilase la experiencia de la Comuna.
Refiriéndose a esta experiencia, Marx y Engels demostraron en la
Conferencia de Londres, celebrada en 1871, lo funesto que sería renunciar a la lucha
política e hicieron ver la necesidad de formar un partido obrero
revolucionario, cuya ausencia fue una de las causas de la derrota de la Comuna.
La Conferencia aprobó una resolución, redactada por Marx y Engels sobre
la lucha política de la clase obrera. Contrarrestando los esfuerzos que hacían
los bakuninistas para minar la disciplina de la Internacional y convertir el
Consejo General en un simple organismo de carácter informativo, la Conferencia
dejó bien sentado en varias resoluciones que el Consejo General era, más que
nunca, el centro ideológico, el Estado Mayor de la Internacional.

En respuesta a la campaña que los bakuninistas emprendieron
contra el Consejo General después de la Conferencia de Londres, se publicó la
circular Escisiones imaginarias en la Internacional. En este documento,
Marx y Engels pusieron al desnudo las intrigas, el doble juego y las
actividades escisionistas de los bakuninistas, que trataban de minar la
Internacional desde dentro. Los fundadores del comunismo científico pusieron al
desnudo la esencia traidora de las consignas bakuninistas y denunciaron su
nocivo y peligroso carácter, ya que era un medio para dejar desarmados a los
obreros frente a la burguesía, armada hasta los dientes.

La lucha contra el bakuninismo fue particularmente
encarnizada en el Congreso de La Haya (1872). En uno de sus discursos ante el
Congreso, Marx estigmatizó, como aliados de los bakuninistas, a los líderes
oportunistas de las tradeuniones inglesas, politicastros sin principios,
sobornados por su burguesía y su gobierno. El Congreso de La Haya incluyó la
parte fundamental de la resolución de la Conferencia de Londres, relativa a la
lucha política de la clase obrera, como artículo 7 de los Estatutos de la AIT.
El punto sobre el papel del partido, que tenía importancia programática,
decía: En su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, la
clase obrera sólo puede actuar como clase organizando su propio partido
político, contrapuesto a todos los viejos partidos creados por las clases
poseedoras
.

Esa organización de la clase obrera en partido político
propio es necesaria para asegurar el triunfo de la revolución y la realización
de su meta final: la supresión de las clases. Después de conocer el informe
presentado por una comisión especial encargada de investigar las actividades
escisionistas de los bakuninistas, el Congreso acordó, por una mayoría
aplastante, expulsar de la Asociación Internacional de los Trabajadores a
Bakunin y a Guillaume, cabecillas de la Alianza. También se acordó, a propuesta
de Marx y Engels, que el Consejo General trasladara su sede a Nueva York.

Cuando el Congreso de La Haya hubo terminado sus labores, se
celebró en Amsterdam un mitin, en el que Carlos Marx hizo uso de la palabra. El
gran jefe del proletariado dijo: No, yo no abandono la Internacional y,
como hasta ahora, dedicaré mi vida al triunfo de las ideas sociales que -de
ello estamos profundamente convencidos- conducirán, tarde o temprano, a la
dominación del proletariado en el mundo entero
.

El Congreso de La Haya fue el último de la Internacional. En
los ocho años que se prolongó su existencia, la Internacional, dirigida por
Marx y Engels, recorrió un grande y glorioso camino. La lucha que los
fundadores del comunismo científico sostuvieron contra las distintas sectas
socialistas y semisocialistas terminó con la victoria ideológica del marxismo.

Después de la derrota de la Comuna se produjeron cambios
radicales en toda la situación histórica, que Lenin caracterizó de la
siguiente manera: La clase obrera de Inglaterra había sido maleada por
las ganancias que los imperialistas obtenían, la Comuna había sido derrotada en
París, el movimiento nacional burgués acababa de triunfar en Alemania (en 1871),
la Rusia semisierva continuaba sumida en su letargo secular. Marx y Engels
supieron apreciar el momento, comprendieron la situación internacional,
comprendieron que la tarea era acercarse poco a poco al comienzo de la
revolución social
. Las persecuciones policíacas y la política escisionista
de los partidarios de Bakunin crearon enormes dificultades a las actividades de
la Internacional en Europa. Además, en las nuevas condiciones históricas, las
viejas formas de la Internacional ya no correspondían a las exigencias que la
historia presentaba a la clase obrera. Tomando en consideración el nuevo clima
internacional, Marx y Engels plantearon al proletariado la tarea de
llevar a cabo una larga preparación para la revolución socialista y, en primer
término, de crear en cada país un partido proletario de masas. La experiencia
de la Comuna demostró con fuerza particular lo importante e inaplazable que era
esta tarea. La Internacional, dirigida por Marx, había ido preparando las
condiciones para darle solución: La victoria ideológica del marxismo en la
Internacional y la preparación en los distintos países de cuadros que podían
ser el núcleo de los futuros partidos proletarios creaban las premisas
necesarias para la formación de éstos. Dirigida por Marx, la Internacional
cumplió su misión histórica, sentando los cimientos de la lucha
proletaria internacional por el socialismo
. La solidaridad internacional
del proletariado continuó creciendo y reforzándose con formas nuevas,
inherentes a la nueva etapa del movimiento obrero.

Biografía de Marx (Parte 14)

Su
obra cumbre
Previendo un nuevo auge del movimiento obrero, Marx quería
terminar lo antes posible su obra de economía política. Al reanudar en 1861,
después de un intervalo de un año y medio, sus investigaciones económicas,
decidió modificar el plan de su obra y publicarla en volumen aparte, y no como
continuación del libro Contribución a la crítica de la economía política, que
viera la luz en 1859. En 1862, Marx escribió a Kugelmann que su obra tendría
por título El Capital y por subtítulo, Contribución a
la crítica de la economía política
.
Las condiciones en que Marx escribió El Capital fueron
duras en extremo. Debido a la guerra civil en Norteamérica, Marx dejó de
colaborar en el New York Tribune, por lo que perdió su fuente
principal de ingresos. La familia de Marx pasaba de nuevo por una situación
difícil, y, a no ser por la constante y abnegada ayuda económica de Engels,
Marx no sólo no hubiera podido terminar El Capital, sino que
irremisiblemente, habría sucumbido bajo el peso de la miseria.
Al fundarse la Internacional recayó sobre Marx un enorme
trabajo político de partido. Tenía que trabajar de noche para escribir El
Capital
. Su organismo no pudo soportar tal tensión y Marx comenzó a
enfermar cada vez más a menudo.
A fines de 1865, Marx terminó el borrador de El
Capital
. Pero, al empezar la preparación del primer tomo para la imprenta,
volvió a redactar el manuscrito, reduciéndolo. En abril de 1867, Marx llevó
personalmente el manuscrito a Hamburgo para entregarlo al editor. El 5 de mayo
del mismo año, el día de su natalicio, recibió la primera prueba. Las pruebas
siguientes llegaban del editor con gran retraso y tardaba mucho en devolverlas
porque hacía importantes cambios, enviaba el material a Engels para
que lo viese y, a veces, introducía nuevas enmiendas por consejo de su amigo.
El 16 de agosto de 1867, Marx firmó el último pliego de El Capital,
el pliego cuarenta y nueve. Al concluir el primer tomo, Marx escribió a Engels: Así,
pues, el tomo está ya listo. Ello ha sido posible única y exclusivamente
gracias a ti. De no haber sido por tu abnegada ayuda, no hubiera podido
escribir tan enorme trabajo en tres tomos. Te abrazo y te saludo lleno de
gratitud, querido y fiel amigo
.
Después de la publicación del tomo I de El Capital en
septiembre de 1867, su intensa actividad en la I Internacional e importantes
acontecimientos -la guerra franco-prusiana y la Comuna de París- obligaron a
Marx a interrumpir una vez más su famosa obra económica. Hasta principios de la
década del 70 no pudo Marx seguir escribiendo El Capital, pues tuvo
que invertir mucho tiempo en preparar la segunda edición en alemán del tomo I y
preparar la versión francesa del mismo, para la cual rehízo en gran parte su
obra y redactó la traducción. Los demás tomos le llevaron a Marx mucho más
tiempo de lo que al principio pensara. En el prefacio al tomo II de El
Capital
, Engels señala la principal causa, diciendo: La
simple enumeración del material manuscrito dejado por Marx para el II libro
demuestra con qué sin igual meticulosidad, con qué riguroso espíritu de
autocrítica trataba de lograr la máxima perfección de sus grandes
descubrimientos económicos, antes de publicarlos; este espíritu de autocrítica
sólo raras veces le permitía adaptar la exposición, por el contenido y por la
forma, a sus horizontes intelectuales, que se ampliaban más y más debido a que
estudiaba incesantemente
.
El trabajo preparatorio que hizo Marx para escribir la
sección sobre la renta del suelo (tomo III de El Capital)
constituye un ejemplo de lo profunda que era su labor de investigación. Para
esta sección realizó Marx en los años del 70 un detallado estudio de las
relaciones agrarias en Rusia en el período posterior a la reforma de 1861.
Refiriéndose a este trabajo de Marx y a sus proyectos, Engels dice en
el prefacio al tercer tomo del libro: Dadas las múltiples formas de la
posesión de la tierra y de la explotación de los agricultores en Rusia, en la
sección sobre la renta del suelo debía este país desempeñar el mismo papel que
Inglaterra en el tomo I, al analizarse el trabajo asalariado en la industria.
Por desgracia, Marx no pudo realizar ese plan
.
La muerte de Carlos Marx puso término a su trabajo en El
Capital
. Los manuscritos que dejó necesitaban una redacción suplementaria.
Esta tarea recayó sobre Federico Engels, quien realizó un inmenso trabajo,
preparando para la imprenta el segundo tomo en 1885 y el tercero en 1894.
Hablando de estos dos volúmenes, Lenin señalaba que eran obra común
de Marx y Engels. Debía servir de broche a la grandiosa obra económica de
Marx un cuarto tomo, con la historia crítica de la cuestión central de la
economía política: la teoría de la plusvalía. Después de morir Carlos
Marx, Engels pensaba redactar el manuscrito para editarlo aparte, como
tomo IV de El Capital. Sin embargo, Engels no pudo
cumplir su propósito, y dicho trabajo no vio la luz hasta después de la muerte
de Engels, apareciendo en 1905-1910, editado por Kautsky, con el
título Teoría de la plusvalía.
A diferencia de esa edición, en la que el manuscrito fue
arbitrariamente tratado, el Instituto de Marxismo-leninismo, anexo al Comité
Central del PCUS, publicó en 1954-1961 otra, que corresponde al manuscrito
original de Marx. En 1956-1962 salió en Berlín una edición análoga, en alemán.
El Capital es una creación inmortal que coronó
la actividad científica del gran sabio y revolucionario. La hazaña realizada
por Marx fue grandiosa. En una carta a Lachatre, Marx decía: En la
ciencia no existe una vía magna y ancha… y únicamente puede alcanzar sus
deslumbrantes alturas quien, sin temer el cansancio, trepa por sus pedregosos
vericuetos
.
La doctrina económica de Marx constituyó una verdadera
revolución en la economía política. Tan sólo un teórico de la clase avanzada,
el proletariado, libre de la limitación y los prejuicios egoístas de las clases
dominantes, de las clases explotadoras, podía someter a una auténtica
investigación científica la anatomía de la sociedad capitalista,
es decir, su economía.
Marx descubrió la ley económica del movimiento de la
sociedad capitalista, estudió esta sociedad en su surgimiento, desarrollo y
decadencia demostrando de una manera científica su carácter pasajero, su
carácter históricamente limitado. Marx examina a lo largo de toda su obra las
irreconciliables contradicciones internas inherentes al capitalismo y demuestra
que, a pesar de todos los intentos de sus reformadores, burgueses y
pequeño-burgueses, de suavizarlas y borrarlas, éstas se irán agudizando
inevitablemente a medida que la sociedad capitalista se desarrolla.
Mostró que el capitalismo crea en su crecimiento las
premisas materiales de la futura sociedad socialista y que el proletariado es
la fuerza social que ha de dar cumplimiento a la sentencia que la historia ha
dictado contra el capitalismo.
Al poner al desnudo el mecanismo de la explotación
capitalista, Marx descubrió la verdadera fuente de la plusvalía, que consiste
en la apropiación del trabajo no pagado del obrero por la clase de los
capitalistas. La plusvalía es la diferencia entre el valor creado por el
trabajo del obrero y el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de
los medios de vida necesarios para el obrero y su familia. La teoría de Marx
acerca de la plusvalía descubrió el secreto de la explotación capitalista,
cuidadosamente enmascarado por los apologistas del capitalismo, la base
económica del antagonismo entre el proletariado y la burguesía. La teoría
de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. Después de
la creación de la teoría materialista sobre las leyes del desarrollo de la
sociedad humana, la teoría de la plusvalía fue el segundo y más grande
descubrimiento del genial teórico del proletariado.
Según la ley general de acumulación capitalista, descubierta
por Marx, a medida que el capitalismo se desarrolla se van agudizando las
hondas contradicciones internas que le son propias. Una parte cada vez mayor de
la población se va convirtiendo en proletarios desposeídos, mientras que más y
más riqueza se concentra en las manos de un puñado de monopolistas. En las
entrañas de la sociedad capitalista no sólo se crean las condiciones materiales
necesarias para la futura sociedad socialista, sino que se forma también la
fuerza social que llevará a cabo la revolución socialista y liberará para
siempre a la humanidad de todo yugo y explotación.
Haciendo una especie de resumen de todas sus
investigaciones, Marx caracteriza de la siguiente manera la tendencia histórica
de la acumulación capitalista: El monopolio del capital se convierte en
traba del modo de producción que ha florecido con él y bajo él. La
centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo
llegan a un punto en que son ya incompatibles con su envoltura capitalista.
Esta salta hecha añicos. La última hora de la propiedad capitalista, ha sonado.
Los expropiadores son expropiados
.
Si en el primer tomo de El Capital, Marx trata
del proceso de la producción de capital, el segundo examina el proceso de su
circulación. Subrayando la unidad del proceso de producción y el de
circulación, y el papel determinante de la producción, Marx examina aquí el
capital en movimiento y analiza la circulación del mismo en sus formas
principales: monetaria, productiva y mercantil. En el segundo tomo ocupa un
lugar destacado el análisis de la reproducción simple y la reproducción
ampliada bajo el régimen capitalista. Al investigar las contradicciones
inherentes a la sociedad capitalista, la fundamental de las cuales es la contradicción
entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de la
apropiación, Marx demuestra que la anarquía de la producción, las crisis y el
paro son la inevitable secuela del capitalismo.
En el tomo III de El Capital se analiza el proceso
de la producción capitalista tomado en su conjunto. Marx demuestra que el
beneficio industrial del fabricante, la ganancia mercantil del comerciante, el
interés del prestamista y del banquero y la renta del propietario agrícola
tienen todos el mismo origen: la plusvalía. Investiga cómo los capitalistas de
estos diversos grupos se reparten la plusvalía en su forma metamorfoseada, la
ganancia, cómo a base de la ley del valor se forma la cuota media de ganancia
que se embolsan los capitalistas. Debido a la formación de la cuota media de
ganancia, las mercancías se venden a precios de producción que, si bien no
coinciden con el valor de algunas clases de mercancías, sí coinciden con el
valor de toda la masa mercantil en su conjunto.
En El Capital halló su expresión más plena
y acabada la doctrina económica de Marx, que, según Lenin, es donde su
teoría se ve confirmada y aplicada más profunda, plena y detalladamente. Fue un
gigantesco progreso en la elaboración de todas las partes integrantes de la
doctrina de Marx -la filosofía, la economía política y el comunismo
científico-, orgánicamente vinculadas entre sí. Al emplear en sus investigaciones
la dialéctica materialista, Marx la enriqueció creadoramente y perfeccionó aún
más esta poderosa arma del conocimiento científico. El Capital proporcionó al
comunismo científico, a la teoría acerca de la misión liberadora del
proletariado, acerca de la revolución socialista y la dictadura del
proletariado, unos sólidos cimientos filosóficos, económicos e
históricos. El Capital, obra inmortal de Marx, es una poderosa arma
espiritual del proletariado en su lucha contra la esclavitud capitalista.

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