La web más censurada en internet

Etiqueta: Guerra psicológica (página 42 de 94)

Israel aprovecha la paranoia del coronavirus para movilizar al servicio secreto

El servicio de seguridad interna de Israel, que antes se centraba en las «actividades antiterroristas», está ahora autorizado a reunir datos sobre los ciudadanos con el pretexto de combatir la propagación del coronavirus.

Deprisa y corriendo, antes de abandonar el gobierno, Netanyahu ha declarado que utilizará todos los medios “en la guerra contra un enemigo invisible” y el sábado encargó al Shin Beth la recogida de datos sobre los ciudadanos.

Ayer el Shin Beth emitió un comunicado anunciando que había sido autorizado a “poner sus avanzadas tecnologías”, pero no ya al servicio de la muerte, como hasta ahora, sino de la salud pública.

El Shin Beth sabe que esta misión va más allá de sus actividades normales de lucha contra el “terrorismo”, dijo su jefe Nadav Argaman, añadiendo que han establecido mecanismos de vigilancia.

Sin necesidad de autorización judicial, la policía hará una magia que no está al alcance de ningún médico: localizar a los portadores del coronavirus y de las personas en cuarentena a través de operadores telefónicos.

A diferencia de los médicos, el Shin Beth no necesita pruebas clínicas de seropositividad. Localizará a los pacientes durante un período de 14 días antes de su diagnóstico para “identificar sus viajes y las personas con las que han estado en contacto”.

Según una última evaluación del Ministerio de Salud, en Israel 304 personas se han infectado con el coronavirus y decenas de miles más están siendo confinadas.

El Ministerio de Salud se puso en contacto con el Shin Beth porque las demás instituciones no tienen la tecnología necesaria, dijo su jefe Argaman. “Nuestra esperiencia es única”, añadió.

Se trata de juegos malabares porque la policía localizará a los “sospechos de enfermedad” sin la intrusión masiva en los teléfonos, dijo el lunes un verdugo.

En referencia a la medida aprobada, el general Gabi Ashkenazi, un ayudante del Gantz, el nuevo Primer Ministro, denunció “una decisión tomada en medio de la noche a escondidas”.

Si alguien cree que las medidas fascistas que se están tomando en todo el mundo son provisionnales, se equivoca. La medida se va a mantener “durante mucho tiempo” una vez que haya terminado la paranoia del coronavirus, admite Michael Birnhack, profesor de derecho de la Universidad de Tel Aviv.

Tehilla Shwartz Altshuler, del Instituto de la Democracia de Israel, dijo que involucrar a un servicio de seguridad en una crisis de salud establece “un precedente peligroso”.

“El Shin Beth se ocupa de cuestiones de seguridad nacional”, añadió, argumentando que al involucrar al servicio de seguridad en tales circunstancias, Israel ya no se comporta como una democracia.

Contagio: el ‘paciente cero’ surgió de Estados Unidos

Robert Redfield, director de los CDC
Estados Unidos está enfrascado en una guerra abierta con China, que no es sólo comercial. La desestabilización de Hong Kong fue sólo un pequeño aperitivo y no escatiman medios. Ahora le ha tocado el turno al coronavirus, una campaña mucho más imaginativa.

Trump repite que el coronavirus es “Made in China” y que el país asiático es una amenaza para Estados Unidos.

El Secretario de Estado Mike Pompeo lo llama el “coronavirus de Wuhan” y la intoxicación (la mediática) no se cansa de repetir que China ha propagado el “virus de Wuhan” por el mundo.

Los chinos han replicado de una manera insólita y nada diplomática, devolviendo la pelota a Estados Unidos, pero lo realmente interesante es que aliados de Estados Unidos en el Extremo Oriente, como Japón, le dan la razón.

En febrero la cadena japonesa Asahi News afirmó que, en efecto, el coronavirus se originó en Estados Unidos y no en China, y que algunos de los 14.000 muertos en Estados Unidos atribuidos a la gripe estacional fueron causados por el coronavirus (1).

No obstante, lo más sorprendente llegó la semana pasada, cuando la tesis china fue confirmada por Robert Redfield, director de los CDC (2), durante una declaración ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes que está grabada y se puede ver en internet (3).

Redfield, nombrado por Trump, admitió que algunos casos diagnosticados de gripe estacional en Estados Unidos podrían tener su origen en el coronavirus, según los análisis póstumos que han llevado a cabo.

Recientemente Estados Unidos padeció más de 200 casos de fibrosis pulmonar que acabaron en muerte debido a la incapacidad de los enfermos para respirar.

Algunas estimaciones consideran que el brote de coronavirus puede haber comenzado antes de lo esperado, posiblemente en septiembre del año pasado.

La declaración del director de los CDC (2) ha redundado en apoyo de la tesis china que sitúa el foco infeccioso en Estados Unidos, pero a ningún periodista del mundo se le ocurrirá jamás hablar de un “virus gringo”.

(1) http://en.people.cn/n3/2020/0223/c90000-9661026.html
(2)
Las siglas CDC se refieren a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, una institución sanitaria estadounidense dedicada a las infecciones y la salud ambiental.
(3) https://www.c-span.org/video/?c4860650/user-clip-diagnosed-flu-covid-19

Contagio: carros blindados del ejército francés entran en París para patrullar por las calles

El domingo el gobierno francés se apresuró a publicar en el Boletín Oficial un decreto sobre “la asignación temporal de personal militar”. Al mismo tiempo, las redes sociales difunden imágenes de la entrada de convoyes militares en París, con vehículos blindados y material de guerra.

En un discurso televisado, Macron ha reconocido que están “en guerra”, para lo cual reagrupan transportes militares en la localidad de Charenton, en los alrededores de París.

Portavoces extraoficiales del Ministerio de Defensa aseguran que “el despliegue militar no se refiere al mantenimiento del orden” porque la población ya está confinada.

El ejército francés se está preparando para hacer frente a situaciones de pánico sanitario y sus recursos complementarán un servicio hospitalario público bajo mínimos después de los recortes. El ejército podría tomar incluso el mando de los hospitales civiles.

Las cadenas de televisión mienten allá tanto como aquí. Según BFM TV, el decreto aprobado el domingo no tiene nada que ver con la epidemia del Coronavirus

Las explicaciones oficiales son absolutamente inverosímiles. El Ministerio de Defensa asegura que el decreto es una simple adaptación administrativa, no relacionada con la crisis sanitaria.

Según Le Parisien, el decreto prevé “un puesto de actividad estatutaria, en el que un soldado puede ser destinado, por un período limitado y en interés del servicio, a una serie de organizaciones”, cuya lista da a continuación. Éstas se clasifican en un total de doce categorías, entre ellas establecimientos públicos industriales y comerciales, establecimientos sanitarios públicos o privados, autoridad local o establecimiento público bajo su autoridad y administración del Estado.

“No hay nada extraordinario en este texto. Sólo nos recuerda la posibilidad de reforzar cualquiera de estos organismos con competencias militares”, comenta el coronel de infantería de marina Michel Goya a la prensa.

El decreto habría sido planeado varios meses y sería pura coincidencia que se publicara en medio de una epidemia de coronavirus. Una segunda coincidencia es que esperaran a un domingo para publicarlo.

El sitio Reporterre es más claro y publica un artículo titulado “Frente al coronavirus, el gobierno se prepara para utilizar el ejército” (1), cita a un general que considera que “el texto organiza el marco normativo para poder asignar especialistas del ejército -incluyendo enfermeras y médicos del ejército- en un hospital en tiempos de crisis”.

Según Reporterre, se podría autorizar a los oficiales especializados a ejercer su competencia en hospitales y otros servicios públicos para satisfacer sus necesidades, en caso de saturación.

En una entrevista a Mediapart, la historiadora Celia Miralles Buil ha asegurado que las epidemias siempre han contribuido a reforzar el poder militar (2).

(1) https://reporterre.net/Face-au-coronavirus-le-gouvernement-prepare-le-recours-a-l-armee
(2) https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/150320/les-epidemies-sont-marquees-par-un-accroissement-du-pouvoir-militaire

Contagio y guerra imperialista: el caso de la ‘gripe española’ de 1918

Una de las características de las ideologías no es que sean erróneas o falsas sino que consiguen que el mundo mire hacia otro lado. Por ejemplo, la religión consigue que pensemos en el “más allá” para evadirnos del “más acá”. Lo mismo ocurre con la industria del entretenimiento: logra que lo pasemos bien cuando lo estamos pasando mal.

Las doctrinas de los microbios también consiguen que los investigadores no miren el universo que les rodea. Para ellos la realidad se reduce a una minúscula placa de Petri en la que cultivan y observan toda suerte de microrganismos. Luego, en sus escritos, sólo hablan de eso: de una insignificante parte de la realidad que han visto encerrados entre cuatro paredes.

A un virólogo no le puedes preguntar hoy por lo más obvio: el papel que tuvo la Primera Guerra Mundial en la llamada “gripe española” de 1918 porque se encoje de hombros, a pesar de que las primeras noticias que hay en Europa sobre dicha epidemia, el primer “foco infeccioso”, estuvo en las trincheras del pueblo francés de Villers-sur-Coudun.

La burguesía escribe la historia a retazos, con pequeñas pinceladas. Un especialista te hablará del virus H1N1 pero se olvidará del imperialismo y de la guerra, mientras que otro hará miles de relatos de las batallas, pero pasará por encima de que la mayor de ellas, la que más muertos causó, fue una enfermedad.

No hace falta ser un especialista en virología para darse cuenta de que la llamada “gripe española” es un caso único entre las gripes conocidas en el mundo moderno, aunque sólo sea por el enorme número de muertos que causó, donde hay un baile de cifras parecido al actual.

Un siglo después, la epidemia de 1918 se sigue prestando a toda clase de manipulaciones, la más importante de las cuales es para meternos el miedo en el cuerpo: la presentan como norma cuando es una excepción. Se empeñan en ponerla como ejemplo de lo que puede ocurrir ahora, cuando no es una gripe canónica porque no tiene semejanzas con las posteriores.

Fue “la primera pandemia global”, dice National Geographic, lo cual es falso, pero con su típico amarillismo la revista tira por lo alto con otra falsedad: entre 50 y 100 millones de muertos (*). Otros hablan de diez veces menos, aunque los especialistas coinciden en ocultar que aquella “crisis sanitaria” estuvo directamente relacionada con la guerra imperialista. En eso consiste precisamente su carácter excepcional: no en la cepa del virus sino en la guerra.

La burguesía oculta la realidad tras éste o el otro virus mortífero, lo que a su vez oculta una segunda realidad, muy importante a efectos epidemiológicos: la “gripe española” ha sido mucho más mortífera que cualquier otra del último siglo precisamente a causa de la guerra.

Si alguien necesita saber lo que está ocurriendo hoy, tiene que entender lo que ocurrió hace un siglo. Lo mismo que ahora, entonces la propaganda imperialista consiguió que el mundo levantara la vista de una guerra absolutamente impopular para hablar de una enfermedad.

No hace falta añadir que, exactamente igual que ahora, lo que la prensa decía de ella no era más que otro mito, es decir, que sustituyeron un mito (los ejércitos) por otro (los médicos), empezando por la calificación de la gripe como “española”, lo cual tiene también sus pequeñas y grandes explicaciones.

España no formaba parte de la guerra imperialista, así que nada mejor que distraer la conexión de la enfermedad con ella que ponerle el nombre de un país ajeno a la misma. Además en Francia algunos periodistas se aferraron a la típica teoría de la conspiración: la enfermedad la estaban propagando los alemanes desde España a través de las conservas con las que abastecían de alimento a las tropas francesas. Lo que esos periodistas franceses ocultaban es que los soldados alemanes estaban tan enfermos como los suyos.

No obstante, lo fundamental de aquella paranoia mediática es que estaba propiciada por la típica censura militar que caracteriza a cualquier guerra y que, naturalmente, no alcanzaba a España. En plena guerra, una parte de la información que circulaba por Europa tenía su origen en España.

Por lo demás, el tratamiento periodístico de la enfermedad fue, como hoy, el mismo que el de la guerra y no se expresaba en términos médicos sino bélicos: estaban en “lucha” contra una enfermedad y confiaban en poder “derrotarla”.

Al capitalismo la salud le importa un bledo, antes y ahora. Lo que preocupaba de la gripe de 1918 no era la población sino las bajas de efectivos en las trincheras, que debilitaban la capacidad de combate de los ejércitos imperialistas. No obstante, aquella gripe alcanzó tanto al frente como a la retaguardia, especialmente a los trabajadores militarizados, sobreexplotados y subalimentados como consecuencia del esfuerzo bélico.

Es más, en Francia la “gripe española” de 1918 estuvo precedida por lo que allí llamaron la “neumonía de los annamitas”, otra epidemia hoy olvidada que reúne las mismas características que todas las demás: la neumonía tenía su origen en los extranjeros que trabajaban en Marsella y otros puertos de la costa sur, es decir, mano de obra sobreexpolotada procedente de las colonias, especialmente de Indochina, pero también del norte de África y Martinica.

Es imposible resumir la campaña racista que la prensa francesa llevó a cabo como consecuencia de aquella epidemia “extranjera”, aunque lo más característico es que los médicos tampoco fueron ajenos a la xenofobia y a todo tipo de tonteorías, a cada cual más disparatada.

La “neumonía de los annamitas” la atribuyeron a una bacteria y lo mismo hicieron cuando poco después llegó la gripe española, algo que ahora sabemos que es erróneo. En aquella época no había antibióticos, por lo que el tratamiento que recibieron los enfermos, cuando no eran contraproducentes, eran poco más que paños calientes. Como consecuencia de ello, cuando llegó la gripe española, llovía sobre mojado. La guerra imperialista había puesto encima de la mesa todos los ingredientes para una gran matanza sin necesidad de que la artillería empezara a vomitar sus obuses.

Deslindar la gripe de 1918 de la guerra imperialista es, pues, una de tantas aberraciones de la microbiología moderna. Un cuento indo-chino. Los millones de víctimas, sea cual sea la cifra más aproximada, no lo fueron a causa de ningún microbio sino del imperialismo.

(*) https://historia.nationalgeographic.com.es/a/gripe-espanola-primera-pandemia-global_12836

Interferón: el medicamento que Cuba ha desarrollado con éxito para el coronavirus y que España silencia

Aunque todavía no existe una cura efectiva contra la neumonía viral COVID-19, causada por el nuevo coronavirus, las autoridades sanitarias chinas están desarrollando tratamientos efectivos que reduzcan todo lo posible el número de muertes. 
Uno de los medicamentos utilizados para tratar a los pacientes enfermos es el interferón alfa-2b humano recombinante, que se produce desde el año 2007 en la empresa mixta sino-cubana Changchun Heber Biological Technology (ChangHeber), ubicada en la provincia nororiental de Jilin. 
Li Wenlan, directora ejecutiva de la compañía, indicó que la Comisión Nacional de Salud de China incluyó el interferón alfa-2b en su plan de diagnóstico y tratamiento para la neumonía COVID-19, por lo que aumentó la demanda del medicamento. 
Fabricación cubana a contrarreloj
De acuerdo con la directora, no existían grandes existencias en los almacenes de dicha medicina y el proceso de producción del interferón original y luego el antiviral terminado demora al menos 50 días.

Sin embargo, si se produce directamente con el interferón original, se ahorra por lo menos dos tercios del tiempo. 

 «Al enterarse del grave brote del nuevo coronavirus en China y la urgente necesidad del interferón original para la producción de medicamentos antivirales, el lado cubano aplazó sus pedidos anteriores de importación a China», detalló Li. Además, decidieron designar un grupo de expertos cubanos para brindar ayuda a China. 
ChangHeber inició la producción a partir del interferón original y del 25 de enero al 14 de febrero, en solo 21 días, pusieron en el mercado del país asiático la primera partida del interferón alfa-2b humano recombinante.

Hasta el momento están disponibles 190.000 unidades, aliviando en cierto grado la presión de la demanda del antiviral. 

La experiencia de un hospital sevillano
El interferón ha sido utilizado junto a otros fármacos relativos al tratamiento del VIH/Sida, en el Hospital “Virgen del Rocío” de Sevilla. 
Según explicó el médico del centro
sevillano, Miguel Ángel Benítez el medicamento ha sido catalogado como
un “éxito”, ya que los pacientes responden positivamente al tratamiento
experimental. 
Se trata de la aplicación de lopinavir y ritonavir
—también usado para prevenir el VIH— que  junto al interferón beta, ha
tenido éxito en China y sigue siendo utilizado por varios países
afectados por la epidemia.
El
Interferón alfa 2B, indican los especialistas, posee un mecanismo de
actuación distinto a los otros dos fármcados que se están usando, pero
es igual de efectivo. El medicamento cubano es una proteína que, de
forma natural, producen las células del ser humano cuando son infectadas
por un virus.“El objetivo
es alertar a las demás células, que desarrollan así una mayor
resistencia a la infección”, dijeron los médicos.
Cuba fue uno de los primeros países del Tercer Mundo en desarrollar su propia tecnología para el interferón a finales de la década de 1980. La isla caribeña y el país asiático mantienen diversos proyectos de cooperación en materia de medicina y biotecnología.

Contagio y clases sociales: lo que los manuales de medicina no cuentan sobre el carbunco

El carbunco fue una de las primeras infecciones estudiadas a finales del siglo XIX por los fundadores de la doctrina microbiana: Pasteur y Koch.Como la mayor parte de las enfermedades calificadas como “contagiosas”, por no decir todas, el carbunco era una plaga para la clase obrera y para los pobres y marginados en general.

El éxito de la microbiología emergente radicó en el encubrimiento de los problemas sociales como problemas médicos. Según Pasteur y Koch las causas de las plagas que asolaban a los obreros en aquella época no tenían su origen en las insalubres condiciones de trabajo y de vida sino en los microbios.

En la ideología burguesa ninguna enfermedad conoce de clases sociales ni de diferencias de clase, y menos las contagiosas. El concepto de “accidente de trabajo” y el de “enfermedad laboral” no han sido un descubrimiento científico, ni de los médicos, sino una conquista de la clase obrera que, en sí misma, es una denuncia de la explotación capitalista.

El capitalismo no era responsable de la enfermedad y la muerte de los trabajadores y por eso los microscopios de Pasteur y Koch no apuntaban a la explotación sino a una bacteria, el Bacillus anthracis. Naturalmente, una vez conocida la causa, con el progreso científico, la enfermedad tenía cura dentro del propio capitalismo.

La mejor demostración de la condición de clase del carbunco es que Pasteur y Koch no estudiaron la enfermedad porque les preocuparan los trabajadores sino porque les preocupaban los ganaderos. El carbunco destruía las cabañas ganaderas y por eso los veterinarios la conocían mejor que los médicos.

El carbunco se contrae por el contacto directo de los trabajadores (curtidores, peleteros, colchoneros, pastores, traperos, esquiladores o cardadores de lana) con ciertos animales o sus restos. No es una enfermedad infecciosa que se propaga por las poblaciones humanas, sino propia exclusivamente de los trabajadores de determinados sectores económicos.

Tampoco es una enfermedad grave si se contrae por vía cutánea, que representa casi la totalidad de los casos.

En contacto con el aire el Bacillus anthracis forma esporas que se depositan en los pastos, donde son capaces de resistir largo tiempo hasta que son ingeridas por el ganado, desde donde se transmiten a los seres humanos.

Como cualquier otra teoría científica, la microbiología afirma que si se conoce la causa, se le puede poner remedio a la enfermedad y, lo que es aún mejor: prevenirla. Para cualquier enfermedad infecciosa se puede encontrar el microbio que la origina y, por lo tanto, su remedio correspondiente. Incluso el argumento se puede volver del revés: si los remedios médicos lograron erradicar la enfermedad es porque habían combatido eficazmente el microbio que la provocaba.

Sin embargo, el carbunco no es una enfermedad que haya remitido por ningún antibiótico ni vacuna, sino por la modificación de los sistemas de producción fabriles, la sustitución de la lana como materia prima textil por los productos sintéticos, la fabricación de colchones de muelle o el retroceso de la economía pastoril y ganadera.

Antes de Pasteur y Koch, en Inglaterra la enfermedad de los trabajadores textiles por carbunco promovió en 1880 la promulgación de las normas Bradford para la manipulación de las balas de lana, que exigían tomar precauciones y modificar las condiciones de manipulación de la materia prima (1).

En los centros de trabajo donde las normas Bradford se implantaron, los casos de carbunco entre los obreros desaparecieron. Si la desaparición no fue completa, se debió a que hubo capitalistas que no las aplicaron, normalmente porque encarecían o complicaban los procesos productivos en los talleres.

En 1921 la Oficina Internacional del Trabajo celebró en Ginebra una reunión sobre el carbunco, de donde surgieron medidas que seguían teniendo relación con las condiciones de trabajo más que con remedios de tipo médico.

Las expectativas creadas por Pasteur ante la Academia de Ciencias de París sobre el descubrimiento de una vacuna para prevenir el carbunco resultaron absolutamente falsas.

Pasteur, que fue uno de los primeros mercachifles de la medicina, organizó un carnaval público en 1881 con un desproporcionado despliegue mediático que ha pasado a la historia, en la que se omite sistemáticamente el fraude que cometió. El relato anovelado del acontecimiento ha quedado como el “experimentum crucis” de la vacunación y se agota en sí mismo, en su propia ficción. Tomó 50 corderos, vacunando a la mitad de ellos y utilizó al resto de testigos. Luego les inoculó a todos el bacilo, falleciendo exactamente aquellos que no habían sido vacunados. La prensa alabó el milagro que habían contemplado sus ojos atónitos y ahí parece haber acabado la historia, la experiencia y la misma ciencia…

Se trata una narración triunfalista, dice Collier (2), ensalzada hasta la caricatura, característica de los genios que con sus maravillosos experimentos lo dejaron todo atado y bien atado de una vez y para siempre; la ciencia y la medicina triunfaron sobre la enfermedad, porque se trataba justamente de eso, de una enfermedad microbiana carente de otras connotaciones.

El propio éxito publicitario de la vacuna, que recorrió el mundo entero, provocó que a Pasteur le llovieran peticiones de la pócima milagrosa por parte de los ganaderos cuya cabaña diezmaba el carbunco.

Es la parte de la historia que falta por contar: la conversión del experimento crucial en una cruz de experimento. Lo cierto es que nunca se llegó a fabricar una vacuna estabilizada, por lo que cuantas veces se inoculó en todo el mundo, provocó dos consecuencias contradictorias: o bien la atenuación del bacilo era tan grande que no causaba ninguna reacción inmunitaria, o bien en otras era tan pequeña que provocaba la enfermedad que debía prevenir.

Según Paul de Kruif, a medida que se distribuía la vacuna, las quejas de los ganaderos se fueron amontonando sobre la mesa de Pasteur: “Las ovejas morían de carbunco; pero no de la enfermedad natural adquirida en los campos contaminados, sino de carbunco producido por las mismas vacunas que debían salvarlas. De otros lugares llegaban también noticias alarmantes: las vacunas que habían costado tanto dinero, no surtían efecto; ganaderos que después de vacunar rebaños enteros se habían acostado dando gracias a Dios por la existencia de Pasteur, una mañana encontraban los campos cubiertos de ovejas muertas; ovejas que debiendo quedar inmunizadas, habían muerto víctima de las esporas de carbunco escondidas en los pastizales. Pasteur empezó a odiar las cartas; hubiera querido taparse los oídos para no percibir los comentarios irónicos que por por todas partes surgían y, por último, sucedió lo peor que podía suceder: aquel alemán molesto, Koch, publicó un informe científico, frío y terriblemente exacto, en que dejó comprobado que la vacuna anticarbuncosa no tenía ningún valor práctico” (3).

Con la vacuna del carbunco se cumple aquello de que “es peor el remedio que la enfermedad”. Resultaba tan peligrosa que algunos países restringieron su utilización sólo para el ganado. Aunque posteriormente fue mejorada (4), la vacuna siempre fue un fracaso, si bien “en este terreno la verdad no es siempre lo más importante”, escribe Kruif. Gracias a que, incluso en materia de salud, la verdad no es lo más importante, la vacunación contra el carbunco se impuso por decreto en varios países y Pasteur guardó silencio porque el volumen de negocio crecía de manera espectacular.

Entonces la vacuna dejó de ser una cuestión veterinaria para transformarse en política. Como consecuencia del peligro, algunos veterinarios se opusieron a la vacunación de los animales. En España muchos profesores de veterinaria criticaron la vacunación, entre ellos Juan Ramón y Vidal y Braulio García Carrión porque, aseguraba este último que “no había carbunco en España” y que “era muy malo traer virus que pudieran producir la afección” (5).

En 1886 otro catedrático, Santiago de la Villa, llegó a afirmar que con el tiempo la teoría microbiana de la enfermedad sería juzgada “como la más grande vergüenza del último tercio del siglo XIX”. Al año siguiente escribió que las enfermedades amainarían con una higiene rigurosa. Los descubrimientos de Pasteur no sólo eran “innecesarios” sino también “perjudiciales” porque difundían las enfermedades: “¡Jamás, jamás nos haremos solidarios de semejante desatino, siquiera este desatino fuese defendido por todos los reputados sabios del mundo!” (6).

Ya ven que la oposición a las vacunas no ha nacido ahora; es tan antigua como las vacunas y la han defendido tanto médicos como veterinarios.

Para acabar: un siglo después nadie se acordaría de la historia del carbunco de no ser por el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de setiembre de 2001. La paranoia del derribo fue acompañada del envío de esporas de Bacillus anthracis por correo y, según cuentan, varias personas fallecieron a causa de ello.

(1) P.W.J.Bartrip: The Home Office and the dangerous trades. Regulating occupational disease in victorian and edwardian britain, Nueva York, 2002, pgs.233 y stes.; Chris Holmes: Spores, plagues and history. The story of anthrax, Durban, Texas, 2003, pgs.92 y stes.
(2) Sarah Elizabeth Collier: The conquest of woolsorters’ disease (industrial anthrax) that never happened, 2007 (http://www.lib.ncsu.edu/resolver/1840.16/2391). Cfr. M. Bucchi: The public science of Louis Pasteur. The experiment on anthrax vaccine in the popular press of the time, en History and Philosophy of the Life Sciences, vol.19, 1997, pgs. 181 y stes.
(3) Paul de Kruif: Cazadores de microbios, Porrúa, México, 2010, pg.161.
(4) Nicolas Stamatin en 1931 y Max Sterne en 1937 mejoraron la vacuna contra el carbunco que, en cualquier caso, siguió siendo peligrosa y el porcentaje de éxito escaso. En seres humanos A.Sclavo creó otra vacuna con suero procedente de mulos a los que se les inoculó el bacilo, pero los resultados siguieron siendo dudosos, a pesar de lo cual fue adoptado como protocolo médico, hasta que a partir de 1945 se generalizó el empleo de antibióticos (P.C.Turnbull: Anthrax vaccines: past, present and future, en Vaccine, vol.9, 1991, pgs.533 y stes.; E.Shlyakhov, J.Blancou y E.Rubinstein: Les vaccins contre la fièvre charbonneuse des animaux, de Louis Pasteur à nos jours, en Revue de Science et Technologie, vol.15, 1996, pgs.853 y stes.). El ejército de Estados Unidos dispone de una vacuna contra el carbunco registrada desde 1967, pero el estudio científico sobre el que se apoya nunca se ha publicado.
(5) ¿Qué ha hecho la Liga?, en Gaceta Médico-Veterinaria, 28 de enero de 1887.
(6) Microbiazo, en La Veterinaria Española, núm. 1040, 10 de setiembre de 1886; ¡Microbiazo! ¡Microbiazos!, en La Veterinaria Española, núm. 1063, 30 de abril de 1887.

Contagio: Estados Unidos mantiene la presión contra Irán a pesar de la pandemia de coronavirus

Nosotros no nos creemos ninguna de las “informaciones” sobre la epidemia de coronavirus, y menos si procede de expertos de pacotilla. Sin embargo, no nos queda otra que argumentar a partir de algunas de ellas, como la que afirma que Irán es el país más afectado por la pandemia, después de China e Italia.

Supongamos que esa y muchas más cosas de las que cuentan sean ciertas. Supongamos también que los virus y las epidemias, en contra de lo que siglos de historia muestran, es algo por encima de las clases sociales y las fronteras.

En tal caso, el mundo (o sea el imperialismo) debería estar muy interesado en contener la epidemia, cualquiera que sea el lugar en el que se manifieste.

Del mismo modo que la sociedad nos ha impuesto a cada uno de nosotros un estado de guerra con el pretexto de “contener” la propagación de la enfermedad, deberían de preocuparse de “contenerla” en todos los países del mundo, como Irán, sin ir más lejos.

Sin embargo, lo que está ocurriendo es todo lo contrario: el imperialismo aprovecha la propagación de la pandemia en Irán para apretar las tuercas al gobierno. El bloqueo imperialista no se ha levantado, ni siquiera en materia sanitaria o farmacéutica.

Es más, la epidemia resulta funcional al bloqueo porque el remedio -según dicen- está en el aislamiento, el cierre de las fronteras, la prohibición de viajes y el cese de las importaciones.

Ya ocurrió en los años noventa durante el bloqueo de Irak, que incluyó la prohibición de suministrar material sanitario, medicinas e incluso alimentos, lo que causó la muerte de medio de millón de personas, muchos de ellos niños.

En términos relativos, la muerte de medio de millón de personas en un único país a causa de un bloqueo económico demuestra la insignificancia -al menos cuantitativa- de la epidemia actual, atendiendo al número de muertos.

Ayer Amir Afkhami, un experto en el sistema sanitario iraní pronunció una conferencia en la Universidad George Washington, donde afirmó que “las sanciones de Estados Unidos han contribuido a empeorar una situación ya muy mala”.

La política del imperialismo, que es la política por antonomasia en el mundo, incluida la política sanitaria, no es la “contener” y mucho menos la de “luchar” ni contra la enfermedad, ni contra el virus, ni contra su propagación. Más bien habría que afirmar lo contrario: al imperialismo la propagación de la epidemia le favorece, al menos para intensificar la presión contra ciertos países, como Irán. Estirando el argumento se podría decir que el imperialismo quiere que la epidemia se propague.

La mejor demostración de ello es que la OMS no ha exigido el levantamiento del bloqueo a Irán, siquiera con carácter provisional, lo cual no extraña nada y pone al descubierto que es un organismo ajeno a lo que ella misma ha calificado como una “pandemia mundial”. Si Irán le importa un bledo al imperialismo, la pandemia le importa un bledo a la OMS. Por decirlo con otras palabras: la salud le importa un bledo a los organismos internacionales encargados de protegerla.

Contagio: con la lepra dios castiga a los pueblos malditos

A lo largo de la historia de la humanidad la lepra ha sido una enfermedad que ha causado estragos entre las poblaciones, por lo que adquirió un aura mítica y mística. Los libros sagrados de las religiones monoteístas hablan de ella porque la consideran como un castigo divino. El evangelio de Lucas (17:11-19) relata el encuentro de Jesucristo con los diez leprosos, que “se pararon de lejos”, es decir, guardando la debida distancia, lo mismo que ahora dice la televisión que debemos hacer: evitar el contacto para evitar el contagio.

En cuanto que, erróneamente, se consideraba una de tantas enfermedades contagiosas, que castigaba a masas y pueblos enteros, la lepra tampoco se consideró una dolencia individual o privada, sino algo que permitía intervenir de una manera draconiana contra minorías, chivos expiatorios a los que calificaban de “apestados”.

La respuesta social frente a los apestados siempre ha sido la misma: el tabú, la prohibición de contacto, el confinamiento o incluso el encarcelamiento. Eso fueron históricamente los lazaretos y las leproserías, como el de la isla de San Simón, en la ría de Vigo, un lugar de confinamiento tanto de leprosos como de otro tipo de enfermedades supuestamente contagiosas.

Tras la guerra, la isla de San Simón se convirtió en una cárcel en la que encerraron a los antifascistas y una de sus características más importantes es que estaba junto a un puerto marítimo porque siempre fue un lugar para confinar en cuarentena a todos aquellos barcos en los que se declaraba un epidemia.

Antes de conocer sus causas, ya en el siglo XVII, la lepra había sido controlada, gracias a una dilatada experiencia empírica.

Sin embargo, el pánico estaba arraigado tanto entre la población como entre los científicos, de manera que, pese a menguar el impacto de la enfermedad, los tratados de medicina empezaron a hablar de que existían dos tipologías: los leprosos auténticos y los semileprosos. Los primeros habían desaparecido en gran medida pero subsistían los segundos.

Aunque la experiencia empírica demostraba que la enfermedad no era contagiosa, los manuales de medicina divulgaron que era hereditaria, por lo que a partir del siglo XVII empezó a aparecer -por arte de magia- un supuesto colectivo de semienfermos cuyo mal se transmitía de padres a hijos como la maldición del pecado original.

Se denominaron “agotes” y fueron confinados en los Pirineos, en los pueblos del norte de Nafarroa. Un avance científico abría el camino a una deformación ideológica, con sus lamentables secuelas de marginación, legal y social, seguidas durante siglos (1).

Al igual que los leprosos, los agotes fueron internados, se les marcó con distintivos en sus ropas para que la población no tuviera ningún contacto con ellos y se decía que olían mal (fetidez, halitosis), lo mismo que los gitanos, los moros y los judíos, etc. En castellano la palabra “peste” no sólo designa a una enfermedad sino también al mal olor, e incluso a la suciedad.

Hoy día subsiste el apellido “Agote” o “Argote” que aún recuerda a los descendientes de aquellas poblaciones “apestosas”.

Como a cualquier otro monstruo, los médicos extraían sangre a los agotes e hicieron toda clase de experimentos con ellos, lanzándose las más absurdas teorías acerca de su origen porque -no cabían dudas- tales personas no podían tener el mismo origen que el resto de las personas “normales”: eran una raza distinta y las razas distintas siempre llegan hasta aquí desde algún lugar bien remoto.

Es algo que tienen en común todas las enfermedades consideradas como “contagiosas”: siempre son extranjeros, proceden de fuera, por lo que hay que confinarlos, impedir el contacto con ellos, etc.

De los diez leprosos del evangelio de Lucas, al menos uno de ellos era “extranjero”. Fue el único que se acercó a Jesucristo para agradecerle el milagro de la curación.

Con los agotes también había que adoptar precauciones: sólo podían casarse entre ellos porque -una vez más- la mezcla, el contacto sexual, volvía a presentarse como arriesgada. Lo que se había iniciado como un problema médico, en vías de resolución, degeneró en un problema étnico. La pureza se convertía en una cuestión de salud pública. Los agotes eran falsos enfermos, eso que hoy llamaríamos “un grupo de riesgo”, una condición equívoca impuesta por las seudociencias como un pesado fardo que debieron soportar de padres a hijos poblaciones completas durante siglos porque, como bien saben en Nafarroa, la marginación de los agotes llega hasta los años setenta del siglo pasado.

En 1947 un estudiante de medicina argentino de 22 años, Meny Bergel, defendió la teoría metabólica de la lepra, que chocó con la teoría bacteriana vigente desde que la expuso Hansen en 1873, según la cual la lepra está causada por un bacilo que lleva su nombre.

Con varios libros editados y 215 publicaciones científicas, Bergel es uno de los grandes y más ignorados científicos del siglo pasado. Demostró que la lepra no es una patología infecciosa, ni está causada por el bacilo de Hansen, ni tampoco se trata con antibióticos, sino que la produce el “estrés oxidativo” y, por lo tanto, se trata con antioxidantes (2).

Se inició así una sorda batalla que se prolonga desde hace setenta años, pero en 2005 siete leprólogos de la Universidad de Madras, en India, confirmaron la tesis de Bergel (3), aunque es dudoso que los defensores de la tesis dominante reconozcan un error tan prolongado sin quedar en evidencia.

En occidente los científicos se miran al espejo y se gustan a sí mismos. No conocen otra cosa que su propio universo y, desde luego, no valoran nada que no publiquen sus propias revistas científicas en Estados Unidos. Un investigador argentino que habría merecido el Premio Nobel es un asboluto desconocido y a unos científicos de la India tampoco se les puede tomar ni en consideración.Pero no es necesario leer nada, no hace falta: cualquiera que haya trabajado en una leprosería sabe que esa enfermedad no se contagia. El Che, que era médico, lo sabía y no tuvo ningún inconveniente en asistir a unos leprosos que yacían abandonados y marginados. No le contagiaron nada, ni a él ni a nadie. Jamás.

Es una vergüenza que hayamos llegado al siglo XXI y sigamos igual que siempre.

(1) Christian Delacampagne: Racismo y occidente, Argos Vergara, Barcelona, 1983, pgs.92 y stes.
(2) Una doctrina terapéutica basada en los procesos de óxido-reducción. Su aplicación en el tratamiento de la lepra, en Revista Argentina de Dermatosifilología, 1947, vol.87, pg.513; Metabolic theory of leprosy, Diorky Editores, Madrid, 1998.
(3) R.Vijayaraghavan y otros: Protective role of vitamine E on the oxidative stress in Hansen’s disease (leprosy) patients, en European Journal of Clinical Nutrition, 2005, vol.59, pgs.1121 y stes.; R.Vijayaraghavan y otros: Vitamin E reduces reactive oxygen species mediated damage to bio-molecules in leprosy during multi-drug therapy, en Current Trends in Biotechnology and Pharmacy, 2009, vol.3, pg.4.

Contagio: la oscura historia de las enfermedades mediáticas

La primera enfermedad mediática fue la polio. Aún hoy muchas personas asocian la polio con afecciones típicamente infantiles porque desde siempre la propaganda utilizó a los niños como reclamo.Sin embargo, el ejemplo más visible de un enfermo de polio fue el presidente F.D.Roosvelt postrado en una silla de ruedas para siempre.

En Estados Unidos, donde todo este tipo de tonteorías se originaron hace un siglo, las campañas de prensa sobre la polio iban acompañas de la recaudación de dinero y de las obras benéficas, las fundaciones, la beneficencia y todo ese entramado que busca lo mejor para nuestra salud (al tiempo que se embolsan la pasta).

A partir de entonces un cierto tipo de medicina, la de los virus y las cuarentenas, empezó a ser noticia. Igual que hoy, las personas fueron intimidadas con el miedo al contagio, creando la prensa una auténtica paranoia colectiva. Si los niños se asustan con dragones, los mayores nos asustamos con virus.

Las medida profilácticas que pregonaban los médicos contra la polio eran las mismas que hoy: evitar el contacto entre las personas. Se cerraron lugares públicos, como cines, escuelas y locales de diversión. Impusieron una especie de estado de excepción por supuestas razones de salud pública. ¿Les suena de algo?

Sin embargo, la polio tampoco es una enfermedad contagiosa. El cartel de enfermedades contagiosas se ha ido despoblando progresivamente con el transcurso del tiempo, en silencio, para que nadie se entere de que le han estado engañando.

Como las enfermedades consideradas como contagiosas no son un asunto privado, como las demás, sino público, desde hace un siglo los Boletines Oficiales del Estado imponían lo que había que hacer con los enfermos que las padecían. La sanidad se reconvertía en decretos, circulares e instrucciones ministeriales.

En España el 28 de agosto de 1916 el gobierno dictó una circular para “evitar una invasión de poliomielitis”, imponiendo a los médicos la declaración obligatoria de cada caso detectado a la autoridad pública, el aislamiento de la persona “infectada”, una medida equivalente a su encarcelamiento, la “desinfección” de los lugares en los que había permanecido (vivienda, centros de trabajo, barcos, escuelas) y, finalmente, la vacunación, a cuyos efectos el “infectado” debía llevar consigo una cartilla que registrara su administración bajo pena de multa en caso contrario.

Se dictaron numerosas disposiciones parapoliciales de esa naturaleza. En 1921 el gobierno español creó una Brigada Epidemiológica Central que disponía de un horno crematorio móvil montado sobre un camión. Burocráticamente se crearon de arriba a abajo, asociaciones de afectados para que ellos mismos participaran en su marginación social, desencadenando a tales efectos amplias campañas de prensa que coadyuvaban a generar una espectacular histeria colectiva.

No obstante, las enfermedades que propiciaban tan draconianas medidas en nombre de la salud pública, tales como la polio o la lepra, no tenían carácter infeccioso. Ni los protocolos de actuación, ni la campaña de histeria tenían justificación científica ninguna.

No fue más que el comienzo de una triste historia. El 6 de marzo de 2004, la revista nigeriana Weekly Trust publicó una entrevista con el doctor Haruna Kaita en la que denunciaba que las vacunas orales contra la polio que se estaban suministrando a los niños de aquel país contenían contaminantes tóxicos con efectos anticonceptivos.

Se cierra así un círculo que tiene 100 años de historia que las seudociencias modernas se esfuerzan por ocultar, porque cuando un diagnóstico médico falla, el coste se mide en vidas humanas. Que no nos cuenten que todo lo hacen por nuestra salud. No hay quien se lo crea.

La polio reconvertida en una ‘parálisis infantil’ que intimida a cualquiera

Contagio: la búsqueda del ‘foco infeccioso’ no conduce a ninguna parte

Mattia: el enfermo número 1
La microbiología ha llevado a la informática el término “virus”, e incluso la política posmoderna utiliza la expresión “viral” para referirse a algo que se propaga rápidamente.

Cuando algo se propaga, la ciencia busca el foco, el punto de partida, donde todo empezó, que, en el caso de Italia, se llama Mattia, un trabajador de Unilever de 38 años que fue el “paciente número 1”, el primero en ser diagnosticado en el hospital de Codogno, un pequeño pueblo de Lombardía.

Mattia llegó al hospital “en un estado grave”, según dicen, y dio positivo al test de coronavirus. También dicen que infectó a su esposa y hasta cinco enfermeras y médicos.

Todo esto no es que sea falso, sino que resulta absolutamente inverosímil y el recorrido posterior así lo demuestra.

A partir de Mattia los médicos debían seguir la pista del virus. ¿Dónde lo contrajo?, ¿quién se lo contagió a Mattia?

La pista tenía que ir hasta China, así que las sospechas se centraron en un amigo suyo que acababa de regresar de Shanghai, donde trabajaba para una empresa italiana. Sin embargo, las pruebas que le realizaron a él y a todos sus colegas resultaron negativas. Nada de nada, reconoce la revista Fortune (*).

Durante días, los investigadores escudriñaron todas todas las relaciones de Mattia al más puro estilo House y no encontraron nada, ni de China ni de ningún otro sitio.

En consecuencia, no hay un punto de partida y la teoría microbiológica se desvanece, una vez más, como ocurre desde hace un siglo de experiencia médica.

Casi simultáneamente, en el cercano Véneto, Adriano Trevisan, de 78 años de edad, presentó los síntomas de la enfermedad después de ver un partido de fútbol en un bar de su ciudad frecuentado por clientes chinos y murió poco después, convirtiéndose en la primera víctima “probada” del coronavirus en Italia.

Pero cuando realizaron las pruebas a los ciudadanos chinos, no encontraron nada, y el bueno de Adriano no había estado nunca en el extranjero y no había tenido ningún contacto con ninguno de los primeros infectados.

En la cercana ciudad de Mira, otro paciente aquejado de lo mismo nunca había abandonado la ciudad.

La cadena viral no existe. No sólo falta el primer eslabón, sino toda la cadena de transmisión. Como en las demás enfermedades infecciosas, las pruebas han demostrado en todos los países del mundo dos cosas muy claramente. La primera es que hay enfermos en los que no aparece el coronavirus. La segunda es que hay quien da positivo al coronavirus, pero no tiene síntomas de ninguna enfermedad.

Ahora reflexionemos un poco acerca de una teoría en la que las causas no producen el efecto esperado y en la que, además, el efecto no se produce por dichas causas. ¿Verdad que parece absurda? Pues, efectivamente, es absurda.

(*) https://fortune.com/2020/03/06/how-many-people-have-coronavirus-cases-covid-19-spread/

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies