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¡Amemus patriam! Serventesio patafísico a lo Jarry (I)

Bianchi

A Darío Herchhoren

Todavía causa sonrojo aquella frase salida de pusilánimes intelectuales y «progres» descastados que rezaba «África empieza en los Pirineos», dicterio inicuo contra el cual ya protestaba el P. Feijóo (demasiado ilustrado para nuestros gustos, pero viene a cuento de  nuestras porfías). Pero, como dijera un edil del PP, hace ya muchos años, del asturiano pueblo de Luarca, «no ofende quien quiere sino quien puede y a palabras emitidas por laringes inconscientes, trompas de Eustaquio en estado letárgico; o lo que es lo mismo: a palabras húmedas, oídos impermeables». En roman paladino: a palabras necias, oídos sordos. Ahí queda eso.

Pero ni uno está sordo ni quiere que los lectores de este blog, o como se diga, alternativo se queden sin saber ni oír LO QUE DEBE A ESPAÑA LA CULTURA MUNDIAL. Sea, pues, y a ello me apresto en estos tiempos de molicie y pandemias por bien de nuestra juventud. ¡Qué sepa nuestro divino tesoro lo que fueron capaces de hacer e inventar nuestros bienaventurados antepasados y cognados! ¡Y ello dejándome en el tintero gran número de eméritos e ilustres!

¡Ah, la Patria! ¿Seré yo un desmochado anarquista y renegaré de las patrias? ¿O un degenerado marxista que propala que la clase obrera no tiene patria? O Stalin, ese abominable dictador bolchevique, que dijera que la patria de la burguesía radica y/o se ubica en el bolsillo. Hagamos, amigos, una somera historia de NUESTRA PATRIA. La idea de patria brota en la Edad Media porque en tiempos de Virgilio sólo en el país, comarca o región, se empleó en nuestro siglo de oro por los clásicos españoles. La nuestra, Hesperia o poética región del ocaso para los griegos. Iberia o bañada por el Iberus o Ebro, Hispalis de los romanos o Sevilla donde Escipión fijó su gobierno al expulsar a los cartagineses, Spanis o Spann de los celtas y España de los expedicionarios fenicios mencionados en la Biblia (¡?). Al principio de nuestra era ya éramos, y perdonen la licencia, los putos amos. Los tartesios (o turdetanos) eran los más sabios de Occidente en literatura, historia, leyes, herederos de la sabiduría de los atlantes, según San Agustín. Vegetarianos, más longevos que los otros europeos (Filostrato); raza distinta a la de todos los pueblos de Europa, distinguíanse los antiguos iberos, como nuestro Jabato, por su resistencia física, valor heroico, amor a la libertad, respetuosos para mujeres y ancianos y niños y una fidelidad llevada hasta la muerte.

España va bien. España no termina en los Pirineos sino en la Tierra de Fuego, siendo América y Oceanía espejos en que se refleja. ¡Amemos, sí, a la Patria! Amor que, decía el gran Napoleón, es la primera y más preciosa virtud del hombre civilizado; el amor patrio, según la brutal sentencia de Esquilo, está aún por encima de los deberes de la humanidad. Amantes cual ninguno de sus respectivas regiones fueron cuantos laboraron por la España indivisible, alentadores del genio hispano como Pérez Galdós, el gallego Brañas, el leonés Picavea, el aragonés Costa, el granadino Ganivet (quien propugnara la «africanización» de España y no la europeización, pero ya sabemos que estaba como una chota). O el valenciano Llorente que quería que «seamos muy valencianos para ser muy españoles».

Lo que debe a España el mundo mundial

Falange (no la del «Ausente») apestosa la de esos que suelen aplicarse el vidrio de aumento y nos miran con espejo cóncavo para enanizarnos caricaturescamente, cual quasimodos de la civilización o «meninos» velazquianos. Picard osó escribir que cuando comen los vascos parecen porcinos, y si hablan, canes. Popielovo -que nadie sabe quién es-, que gallegos y andaluces viven como brutos; el grosero Danzat, que los españoles parecen paquidermos; nos satiriza Shakespeare; búrlase de nosotros el pedante Montesquieu, tan tolerante para las bromas de Federico de Prusia, y hasta Voltaire se desata en improperios contra España. Byron supone que todos los españoles son livianos; Víctor Hugo en sus «Orientales» y «Hernani», o Musset en sus «Cuentos de España», nos consagran también sus zarpazos; y así, Dumas y Merimée, que sólo tropezaron aquí con bailarinas y criminales, toreros y mendigos. En fin, disparates repetidos hasta el fastidio por gentes que hoy son pasto del olvido como Delabord, Robertson, Prescot, Weiss, Diercks, Bradford, Salvandy, creyéndonos Custin casi antropófagos insistiendo, otros, en que el español se reduce a mendigar la sopa de los conventos. En una palabra, que somos semibárbaros, injerto de holgazanes y de fanáticos, con instintos feroces. De poco sirvieron las protestas de Quevedo o Morel Fatio, de Cavanilles y Tromer, Lampilles, Masdeu, Foix, Duque de Rivas, Núñez de Arce, Echegaray, Castelar, Valera, Vidart, Lacerda, Menéndez Pelayo… ni la viva simpatía de nuestros admiradores Schopenhauer, Edmundo de Amicis o Fitzmaurice Kelly.

Pero, con todo, producen dolor más acerbo algunos hijos de la patria, mal nacidos por ingratos, repetidores sempiternos de que hemos de regenerarnos, pues, como escribía Mariano de Cavia (profiláctico protoperiodista de pro y más «pro»), «cuanto fuera de España se diga de nosotros, no es más que repetición de cosas que ya se nos han dicho por españoles». Un ex-primate afirmó que «España es una caricatura de nación». No faltan sinvergüenzas que esputan un «me avergüenzo de ser español» y tampoco quienes abusan de la frase hecha «los españoles somos así», o sea, como si no sirviéramos para nada. Hay que refrescar la memoria de quienes repiten aquellas necias preguntas de Masson de Morvilliers, enciclopedista él: «¿qué se debe a España?»

El español, que dista de ser bilioso o antro de rencores y envidias, cual dijo Fouilée, con gran amor propio, inhumano, poco sociable, sin culto para la mujer aunque sensualista, ¡no, no y mil veces no! Muy al contrario, esos caballeros de la triste figura que estereotipó Cervantes fueron justamente alabados desde antiguo: Ortelio les atribuye (no a los hispanorromanos o los visigodos o a los celtíberos, no, ¡sino a los españoles!), entre otras excelencias, ser liberales, benignos, obsequiosos; Mesala celebró nuestra integridad y amor a la justicia; Justino la honradez y fiel custodia de los secretos. No seguiré por pudor.

Con semejantes virtudes no es extraño que en este feraz suelo naciesen innumerables varones con un colmo de perfección y mártires altruistas que derramaron su sangre, generosa, en provecho de la Patria y la Humanidad:infinitos Santos, cuatro Papas españoles (sin contar el antipapa Luna), muchos cardenales, el obispo Osio que presidió el Concilio de Nicea (que condenara el arrianismo), incontables teólogos, amén de reyes y caudillos que se dió a Roma.

(Continuará)

Ennio Morricone: la muerte de un genio de la música

A.Baeza

Si bien la palabra “genialidad” se suele sobreutilizar, particularmente luego de una muerte, cuesta encontrar otro adjetivo para referirse a Ennio Morricone. Todos los artículos y columnas escritas desde que se comunicó su fallecimiento a los 91 años las primeras horas de hoy lunes probablemente queden cortos para agradecer el inmenso legado que nos deja al arte y la cultura popular, cada elogio escrito en cualquier idioma no es suficiente. Sin embargo, poco abordado ha sido por la mayoría de los medios su militancia comunista así como su relación con nuestro país.

Morricone, es junto a John Williams, Hans Zimmer y Philip Glass, uno de los compositores de bandas sonoras de películas más trascendentales de la historia, responsable de generar ambientaciones emblemáticas y melodías que acompañan escenas marcadas a fuego en el imaginario colectivo de toda una generación, desde la tensión en las miradas de tres vaqueros en un cementerio en medio del desierto a punto de dispararse por una bolsa de oro, hasta la emotividad un hombre en una butaca de una sala de cine vacía.

Su carrera comenzó como compositor fantasma en la edad dorada del cine hollywoodense de los 50, sin embargo, a mediados de los 60, sus trabajos para la llamada “Trilogía del dólar” para su compatriota, el director y guionista italiano Sergio Leone (que si bien no es propiamente una trilogía, tener a Leone, Eastwood y Morricone basta para calificarla como tal), lo elevaron desde ahí en adelante en la primera plana del cine.

La música de Morricone es tan increíblemente icónica, que no es exagerado afirmar que prácticamente hizo la mitad de las películas en que participó. Y pese a que su trabajo marcó buena parte del sonido del cine en la segunda mitad del Siglo XX, a cargo de los inolvidables soundtracks de, por ejemplo, “Los Despiadados” (1967), “Agáchate maldito” (1971), “Las mil y una noches” (1974), “Saló o los 120 días en Sodoma” (1975), no recibió una nominación a los Premios Oscar (¡ni quiera por “El bueno, el malo y el feo” de 1966!), sino recién hasta 1978 por “Días de gloria”. Sin embargo, recién lo obtendría el año 2016 en aquella ceremonia en que las redes sociales felicitaban y hacían bromas con Di Caprio y los años que tuvo que esperar por su premio, sin saber quizás, la importancia del reconocimiento a Morricone por el que injustamente tuvo que esperar toda su vida (sin contar el jubilatorio “premio a la trayectoria” de 2006).

“Los odiosos ocho” (2015), cinta que finalmente le dio el Oscar, muy probablemente quede en un segundo plano tanto para la carrera de Quentin Tarantino como para el legado de Ennio Morricone, a quien le negaron tantas veces la estatuilla debido a su afiliación al Partido Comunista Italiano, un pecado mortal para la industria cultural norteamericana de la Guerra Fría. Fue por este motivo también, que no obtuvo el galardón por joyas musicales como “La misión” (1986), “Los intocables” (1987), “Bugsy” (1991) y “Malena” (2000), en las que estuvo nominado.

Su postura política le hizo estar siempre interesado por la situación de los Derechos Humanos y las dictaduras militares por las que pasaba el continente latinoamericano en los años 70 y 80.

Si bien los grandes medios recuerdan su relación con Chile desde sus visitas a actuar a nuestro país desde 2008, lo cierto es que ésta comenzó mucho antes. En una acto político-cultural en solidaridad con Chile por las violaciones a los Derechos Humanos de la criminal dictadura realizado en Inglaterra y que fuera organizado por Joan Jara -viuda de Víctor Jara-, el músico de Shwager exiliado en el Reino Unido desde 1977, Mauricio Venegas Astorga, interpretaba instrumentos andinos. Cuenta Venegas que Morricone, presente en el público, demostró gran interés por los sonidos de la quena y el charango, por lo que se contactó con él y lo invitó a tocar tiempo más tarde para la banda sonora de “La Misión”, la que le abriría las puertas y sería la primera de muchas incursiones del coronelino en la música incidental del cine y televisión.

Por su parte, mientras Inti Illimani desarrollaba su prolífica carrera artística en su exilio en Italia, donde llegó a ser una de las bandas más importantes de ese país, fue Morricone quien facilitó sus estudios para que grabaran gran parte de los álbumes de este período, uno de los más destacados, “Fragmentos de un sueño” (1987) que cuenta con la colaboración del guitarrista español Paco Peña y del guitarrista clásico australiano y también militante de izquierda, John Williams (no confundir con el compositor), con quién actuaron en un prácticamente en ruinas Teatro de Lota en la década del 90.

La visión ideológica de Morricone también se refleja en alguna de las películas en que participó, con un alto contenido político, tales como “La Batalla de Argel” (1966) película que aborda la independencia de la colonización francesa, “Tepepa… Viva la revolución” (1969) ambientada en la revolución mexicana, “Sacco y Vanzetti” (1971) sobre dos obreros anarquistas condenados a muerte, “La clase obrera va al paraíso” (1971), “La gran burguesía” (1974), “Mussolini: último acto” (1975), entre otras.

Como suele ocurrir con los grandes personajes, intentar encasillarlo en una determinada área resulta infructuoso, pues su genio desborda cualquier intento de apropiación. Y si bien no tuvo el reconocimiento merecido de parte del establishment de la gran industrial del cine, sí lo recibió de la gente común que siempre llenó cada uno de los recintos en que se presentó en vivo junto a su orquesta, y su música será parte del patrimonio del cine y de la cultura popular, incluso para personas que reconozcan su trabajo y no al autor, como suele suceder con las obras inmortales.

https://resumen.cl/articulos/ennio-morricone-cine-musica-politica-y-su-relacion-con-chile/

Patrioteando, que es gerundio (adenda)

Bianchi

La Patria en un concepto sociohistórico y, como tal, cambiante según las épocas y las clases sociales que la sustancien. Y es que la Patria, como el Estado, no está por encima de las clases y, al igual que las banderas o los himnos, tienen un significado simbólico concreto y distinto en función de quién las enarbole o invoque o se aflija.

No es lo mismo, por supuesto, gritar un estentóreo ¡Patria o muerte! en Cuba que un ¡Todo por la Patria! como reza en los frontispicios de los cuarteles de la Benemérita. En un caso estamos, sobra decirlo, ante un epinicio de carácter más nacionalista democrático revolucionario que comunista sinso stricto, y en el otro lado lo contrario: una leyenda de contenido fascista ergo: contrarrevolucionario.

El himno francés «La Marsellesa» alude a la patria: «allons enfant de la Patrie, le jour de gloire est arrivé» con marcado significado nacionalista, patriótico, como el italiano celebra una hazaña bélica o una ópera nacionalista de Verdi y, en general, los himnos y marchas del XIX, siglo de las nacionalidades. La pregunta, haciendo una digresión, sería interrogarse por cómo es posible que «La Marsellesa» todavía provoque emoción en una Francia reaccionaria, como la contemplación de las ruinas griegas subliman los espíritus, rozando lo intemporal, como se preguntaba Marx. Oyes el himno español -sin letra- en un partido internacional de fútbol, y hay quien se inflama, o finge hacerlo, y hay a quienes, muchísimos catalanes y vascos, simplemente les deja indiferentes. O se la suda.

Cuando Pablo Iglesias se reclama como «patriota» -lo ha vuelto a hacer anteayer mismo reclamando «patriotismo» a las rentas millonarias-, no trata de «arrebatar» esa bandera a quien hoy la tiene en propiedad exclusiva: el Ejército, a quien no discute ni cuestiona su monopolio -ni a las FSE, a quien ha «descubierto» su valor y heroísmo, como Barrionuevo «descubrió» a la Guardia Civil en 1982 siendo ministro del Interior- o el valor y heroísmo de soldados españoles en misiones de la OTAN en el exterior. Lo que está transmitiendo es que él, ciudadano español, demócrata, se muestra tan orgulloso de su patria tanto como pueda estarlo un teniente general y, por descontado, está dispuesto a luchar por su patria JUNTO a ese militar frente a un eventual enemigo.

Esa es la patria de Iglesias, la misma que el Ejército español (la oligarquía se olvidaría de la «patria» en cuanto viera peligrar sus intereses económicos). Y no, por supuesto, la Patria revolucionaria de Fidel Castro, Ho Chi Minh o un militante vasco. Por esta se está dispuesto a dar la vida, y mire usted… También José Díaz, Secretario General del PCE en la guerra civil, apelaba a la Patria y su defensa  frente al fasismo. Y Azaña. Ni siquiera la patria de la actual burguesía catalana independentista contra la que él, igual que el Ejército, se opone, bien que valiéndose de logomaquias y sofistiquerías que engolosinan a su público. Pero eso no cambia el chovinismo del Estado español opresor de las naciones oprimidas por ese Estado jingoísta, por esa cárcel de pueblos, por ese Estado fallido y mal cosido y peor remendado.

P.S. Sobre el tan manido y manoseado «los obreros no tienen patria», además de escabullir el contexto en que lo dice Marx, y ser utilizado como ataque torticero por la pequeña burguesía, no hay más que ir al «Manifiesto Comunista» donde se puede leer: «Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país debe acabar en primer lugar con su propia burguesía».

Pero no -añado yo por mi cuenta tratando de interpretar la mente de Marx- contra la, p.ej., burguesía vasca, o catalana, sino contra ella unida a la oligarquía financiera española que forma y sostiene un único Estado opresor y principal enemigo.

Todo lo que Usted siempre quiso saber sobre la hidroxicloroquina, el brebaje favorito de Trump

La pandemia ha metido al mundo en un gran cursillo de farmacia en el que hemos aprendido términos tan complicados como “hidroxicloroquina”, el brebaje que toma Trump a pesar de que no padece ninguna enfermedad (lamentablemente).Para simplificar nosotros hablaremos sólo de “quina” o “quinina” porque es más fácil y nos resulta mucho más familiar: en España, sobre todo en la posguerra, a los niños españoles también les suministraban “quina” de marcas comerciales como Santa Catalina, San Clemente o Sansón para paliar la desnutrición. También hoy las bebidas tónicas, normalmente carbonatadas, tienen quina.

Pero hasta hace muy pocos años se fabricaban vinos y bebidas alcohólicas con quina, incluso para los niños, que los médicos recomendaban como parte de una dieta sana. En los setenta, los anuncios de la quina en la televisión española causaron furor entre los niños.

Desde el principio de la pandemia, en Francia hay una batalla mediática acerca de su empleo para “combatir” al feroz coronavirus, de la que aquí no nos hemos enterado porque para eso están las grandes cadenas de incomunicación.

Pero con Trump todo ha cambiado, y a los farmacéuticos hispanos les ha faltado tiempo para decir que las terapias con derivados de la quina no están contrastadas científicamente (bla, bla, bla, bla, bla, bla) y lo que es peor: tienen contraindicaciones. Creemos entender que es el único fármaco que tiene efectos secundarios…

A los científicos auténticos nunca les gustó la quina porque es un remedio casero, propio de hechiceros, conspiranoicos y terraplanistas. Son unos polvos derivados de la corteza de la chinchona, “el árbol que cura la fiebre” (Cinchona officinalis). El secreto de su fabricación lo plagiaron los jesuitas en las colonias americanas en el siglo XVII. Luego se hicieron con el monopolio de la exportación antes incluso de que existieran las patentes.

Se utilizó ampliamente en Europa contra la malaria, que entonces estaba muy extendida, mucho más que ahora, a pesar de que mata a un millón de personas en el mundo cada año, cuatro veces más que el coronavirus.

Por cierto, la malaria o paludismo tampoco es una enfermedad contagiosa. La provocan algunas variedades de un parásito unicelular, el plasmodium, que se transmite a través de la picadura de la hembra del mosquito anófeles.

Durante siglos los distintos preparados del brebaje, incluidos los alcohólicos, tuvieron un enorme éxito comercial. Los holandeses lo plagiaron a los jesuitas. Cultivaron el árbol en Indonesia, que resultó una gigantesca fuente de ganancias hasta hace muy pocos años.

Fue el producto estrella de la farmacia militar. Las expediciones coloniales de las grandes potencias europeas contra el Tercer Mundo hubieran sucumbido de malaria si a las tropas no les hubieran suministrado quina.

Durante la campaña de Madagascar en 1895, la fuerza expedicionaria francesa tuvo 12 soldados muertos y 88 heridos en el campo de batalla, contra más de 5.000 muertes por enfermedad, tres cuartas partes de ellas debidas a la malaria.

Por eso Madagascar conoce muy bien la quina. No hay guerra ni ejército imperialista que no haya estado acompañado de la quina. En 1942 el Afrika Korps de Rommel se bañó en quina para combatir a los británicos en el Alamein. En 1945 el general McArthur dijo que en la Batalla de Pacífico la quina había sido más importante que los portaviones.

Progresivamente la ciencia auténtica se fue apoderando de lo que hasta entonces sólo era un conglomerado de diferentes brebajes naturales, al tiempo que introducía nuevas patentes y repudiaba los antiguos remedios porque le hacían la competencia. El pretexto es siempre el mismo: sus efectos no están corroborados por ensayos clínicos, experimentos de laboratorio y bla, bla, bla, bla, bla, bla…

La quina había recorrido 400 años y los mequetrefes quieren hacernos creer que no había suficiente experiencia terapéutica para sustituirla por los diferentes derivados que elaboran las marcas comerciales: pamaquina, mepacrina, cloroquina, mefloquina, halofantrina…

Durante la Guerra de Vietnam, las tropas imperialistas llevaban sus frascos con derivados de la quina. Los vietnamitas tuvieron que recurrir a China, que elaboraba extractos de artemisa (Artemisia annua), alguna de cuyas variedades en España se llaman “hierba de San Juan” (Artemisia vulgaris).

Hacia 1980 los chinos aislaron el ingrediente activo, la artemisinina, que hoy es el remedio antipalúdico más eficaz.

A partir de una artemisa diferente de la Artemisia annua se prepara la absenta, una bebida alcohólica muy fuerte que ingería la bohemia intelectual parisina en el siglo XIX. Los médicos militares franceses también recurrían a la absenta para tratar a los soldados que padecían malaria (al tiempo que los emborrachaban).

Si pasamos de Francia a una de sus colonias, Madagascar, el asunto cambia un poco. El mes pasado el Presidente del país africano, Andry Rajoelina, anunció que sus científicos habían desarrollado CVO, otro remedio derivado de la artemisa para tratar la malaria.

Pero además de antibacteriano, en Madagascar creen que el CVO es también antiviral y con la pandemia de coronavirus creen disponer de una fuente de ingresos. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud lo ha saboteado para que los africanos sigan dependiendo de las multinacionales farmacéuticas. El CVO es brujería, seudociencia y bla, bla, bla, bla, bla, bla…

Como ya hemos expuesto en otra entrada, el Presidente malgache ha reaccionado pidiendo a todos los países africanos que abandonen la Organización Mundial de la Salud.

Más información:
– Tras Tanzania también Burundi expulsa a los miembros de la OMS
– El Instituto Pasteur reconoce que infló las cifras reales de ‘contagiados’ de coronavirus en Madagascar
– El remedio africano contra el coronavirus es un mal trago para la Organización Mundial de la Salud
– Madagascar no vacunará a la población contra el coronavirus (de momento)

Eres tonto Simón y no tienes elección

Ya se retira el sol y los hombres acechan
sentados a la puerta del bar.
Las parejas se van por la carretera
y aquí viene Simón con su extraño andar.

Hola simón, ¿dónde vas tan aprisa?
Para un poco, ¿qué quieres tomar?

Dicen que siempre cuenta la misma historia.
Es lo que esperan todos, se sienten mejor.
Que tu padre murió por quemar la iglesia,
que tu desdicha es castigo del Señor

Eres tonto Simón
y no tienes elección
de tu cráneo rapao al cero
quita esa gorra de obrero
y sortea la cuestión, Simón

Vuelve a enfilar tus pasos hacia la calle
si llamas a esa puerta sale una mujer
que te ofrece alimento de vez en cuando
y da conversación si te portas bien

Hola Simón, ¿dónde vas tan aprisa?
Para un poco, ¿qué quieres comer?

Has visto el engaño en sus ojos
que ya no tienen más que decir.
Los golpes ya no duelen, ¡ay Simón!
¡si pusieras tu cuerpo en acción!

Vale más que te largues fuera del pueblo
resucita tu oración y no pienses mal.
Tendrás allí el aliento de los luceros
y tal vez el calor de algún animal.

Eres tonto Simón
y no tienes elección
de tu cráneo rapao al cero
quita esa gorra de obrero
y sortea la cuestión, Simón.

Radio Futura, 1985

Ele, arsa, olé, ojú, etc.

Bianchi

Mal tienen que ir las cosas para que el Gobierno tenga que recurrir a las supuestas gracias del «chistoso» jugador de fútbol Joaquín (del Betis) que, como andaluz que es, cree que es «gracioso» por naturaleza y por dos motivos: primero, por serlo -andaluz- y con eso basta: y, segundo, el hecho de serlo -andaluz- patrimonializa el humor. Y no digo yo que no, pero esta es otra vaina. La última parida de este catedrático en Facecia y Eutrapelia ha sido salir en bata de ducha -digo yo que sería eso-, contar unos chistecitos, jijijajá, y… recomendarnos que estemos en casa, que no salgamos.

También se están pasando videos donde se ven a personas de ambos sexos cantando soleás, jotas, aurreskus y otros casticismos varios desde balcones, ventanas, plazas, plazuelas o jugando al paddle desde ventanas, y tampoco diré que está mal para entretenerse en los días de confinamiento. Parece como si, de no haber irrumpido desde algún siniestro laboratorio el Coronavirus este de los cojones -para castizo el menda-, o gracias a él, el pueblo está más animado descubriendo el folklore, el estar en casa, la parienta, los hijos, otras habilidades, menos estrés y demás disfrutes del hogar, dulce hogar. Desde el poder y, sobre todo los mass mierda, se comentan estos shows con risa hueca y falsa animando al personal… «¡a que nos envíen sus números!» para que, con esa alegría y alacridad del pueblo español ante la adversidad, jajajajá, disfrute el resto de confinados («estamos en guerra contra el virus, contra el enemigo, métanse en sus casas». Lenguaje bélico, el Ejército en las calles).

Probablemente nada de eso se haría de no haber ni virus -si es que es un virus- ni un confinamiento ni un estado de alerta ni una cuasi ley marcial. Y las multas que ya empiezan a poner por la puta cara socolor de echar encima al «respetable» por «ir de listos» los multados. Se hace bajo esas condiciones. O sea, ni espontánea ni libremente porque, si fuera así, pasarían por medio majaras, simpáticos, sí, inofensivos, sí, pero zumbadillos. Se hace porque se promueve y se publicita y algo está pasando -la peste del siglo XXI- y hay que reaccionar. ¿Cómo? Encerrándose en casa y ver películas o arrancarse por bulerías. Si no hubiera «invasión», ganas tengo yo de hacer el chorra en el balcón.

Se ríen del pueblo desinformando o con «opulencia informativa» -lávese las manos-, que viene a ser lo mismo, y ahora se ríen animándolo a hacer el payaso. Y, como siempre, poniendo los muertos.


Ya apuntaba Aristóteles que «hay personas que, llevando al exceso la manía de hacer reír, pasan por bufones insípidos y molestos, diciendo a todo trance chistes y proponiéndose más excitar la risa que decir cosas aceptables» (Ética a Nicómaco. Libro IV, Cap. VIII. Del donaire en el decir)

La historieta de España

Bianchi

El siglo XIX es conocido como el «siglo de las nacionalidades» por ser en esa centuria cuando se formaron políticamente la mayor parte de las naciones hoy conocidas. También la española (y, finisecularmente, la vasca, catalana…). Fue el desarrollo del capitalismo quien forjó las condiciones para el nacimiento de las naciones; antes, en la Europa feudovasallática, no existían, al menos según los patrones en que hoy las vemos.

No obstante, el hipotipo actual que de España se tiene, a juzgar por las puerilidades que se oyen, es precapitalista y ultramontano. E intemporal: España ha existido siempre, y, por supuesto, los españoles. El filósofo Séneca, por ejemplo, era «español» de Córdoba, y no romano de la provincia hispánica romana.

Hubo dos conatos de ruptura epistemológica para crear una nueva historiografía. El primero parte del palentino Modesto Lafuente, católico y liberal, que en 1850 escribiera una Historia de España en la que el pueblo está presente, además de (como hasta la fecha) reyes, espadones, generales y nobles. Lafuente escribe cuando en España se está tratando de romper con el Antiguo Régimen para generar las bases de un Estado moderno ya en la era isabelina y en el sexenio democrático del XIX.

Era un avance, aunque insuficiente. La historia de Lafuente no puede evitar tics providencialistas como, por ejemplo, la conversión del arriano rey godo Recaredo al catolicismo (año 587) encontrando en la monarquía visigótica la primera etapa de la vertebración de la nación española. Lafuente se convertirá en otro «clásico» de la historia oficial. Fue con Rafael Altamira, krausopositivista, que se dejaran los patriotismos, provindecialismos e identidades intemporales, pero es otro capítulo.

Pues bien, a poco que se siga el «procès» catalán, cunde la impresión de que la España a la que se apela no es ya la más racional, a fuer de positivista, de Altamira, o siquiera la patriotera de Lafuente, sino otra anterior, a saber: la de tebeo, la historieta de tebeo (nos negamos a decir «comic») y la contada en la Enciclopedia Álvarez -que estudiamos algunos en edad escolar-, esto es, la España del Cid, los Reyes Godos, Pelayo, Indíbil y Mandonio y Di Stefano. La España suya, la de ellos, la cañí y el ¡Santiago y cierra España! (o sea, ¡a por ellos!) de mi admirado Capitán Trueno. El resto es la Anti-España.

Buenas tardes.

El cuento de los dos lobos del viejo indio cheroki

Durante 30 años Edward S. Curtis recorrió 125 veces el norte de América visitando 80 tribus amerindias, tomando 40.000 fotografías, grabó sus conversaciones en 75 idiomas y dialectos nativos diferentes, así como 10.000 canciones.

Una parte de su investigación se publicó en 20 volúmenes. Muchas de sus páginas son cuentos que los viejos narran a los más pequeños con intenciones pedagógicas.

Uno de ellos es el de los dos lobos.

Una noche un viejo cheroki hablaba con su nieto sobre la lucha que tiene lugar en el interior de cada cual:

“Hijo mío: dentro de cada uno de nosotros hay una lucha entre dos lobos.

“Uno es el malo, la ira, la envidia, los celos, la pena, el pesar, la avaricia, la arrogancia, la autocompasión, la culpa, la amargura, los sentimientos de inferioridad, la mentira, el orgullo, la superioridad y el ego.

“El otro es el bueno, la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la bondad, cordialidad, la empatía, la generosidad, la verdad, la compasión y la confianza”.

El nieto reflexionó durante un momento y luego le preguntó a su abuelo:

“¿Qué lobo vencerá?”

El viejo cheroki le respondió simplemente: “El que tú alimentes”.

4 de junio de 1943: un nuevo aniversario

Enrique Santos Discépolo
Darío Herchhoren

El 4 de junio de 1943 el ejército argentino dió un golpe de estado, y separó de la presidencia de la República Argentina al presidente Ramón Castillo. Con ese golpe se ponía fin a lo que se llamó con toda justicia «la década infame», que en realidad duró 13 años. Ese ominoso período de la historia argentina comenzó con otro golpe dirigido por el general fascista José Félix Uriburu, que destituyó al gobierno democráticamente elegido de Hipólito Yrigoyen, el 6 de septiembre de 1930, y que inauguró un tiempo obscuro de falta de trabajo, miseria moral y económica, y entrega de la economía argentina a Gran Bretaña y a los monopolios norteamericanos de la carne y de los granos.

La vieja oligarquía argentina, aliada al capital extranjero y siempre servil ante él gobernaba el país como si fuera una finca privada, y bautizó esa misma época como la del «fraude patriótico». Es decir que además de cometer ese fraude amañando elecciones, se ufanaba de ello diciendo que todo lo hacían «por el bien de la patria». Esto recuerda a Carlos III de España cuando practicaba el despotismo ilustrado. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo.

La Argentina surgida del golpe fascista de 1930 era en realidad una colonia inglesa al uso. El primer ministro inglés, que era Sir Winston Churchill bautizó a la Argentina como el «quinto dominio» de Inglaterra. Los otros cuatro eran Canadá, la India, (llamada la India inglesa para que no quepan dudas), Australia y Nueva Zelanda.

El director del Banco de la Nación Argentina era Sir Otto Leguizamón (argentino), que había sido nombrado Lord del imperio británico, por sus importantes servicios a la corona inglesa. Los ferrocarriles argentinos lo eran solo de nombre, ya que su propietario era Inglaterra, y el jefe de los letrados del servicio jurídico de esos ferrocarriles era Roberto Ortiz, que luego fue digitado como Presidente de la República Argentina en la misma década infame.

Es en esa misma época en que la cultura argentina está representada por dos grupos de intelectuales. Uno de ellos era el grupo de Florida, calle donde estaban las tiendas de moda más caras, y que se reunían en la cafetería Richmond, y el grupo de Boedo, una calle de Buenos Aires del barrio del mismo nombre, y donde se reunían los intelectuales comprometidos con la clase obrera.

En el primero de esos grupos militaban Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo, y que escribían una literatura traductora de valores que no eran los nativos. Eran en realidad lenguaraces de la cultura británica y norteamericana de la época.

En el grupo de Boedo militaban autores como Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi, Leopoldo Lugones, Elías Castelnuovo, y que escribían letras y música de tangos que era la música del pobrerío, y obras de teatro, que planteaban una problemática popular, ligada a la vida desgraciada que pasaban los sectores populares.

El principal renglón de la economía argentina era sin duda la carne vacuna, que estaba en manos de frigoríficos ingleses, y que con el objeto de su mejor control, el gobierno argentino, firma con el británico el tratado Roca Runciman, por el cual los precios de la carne se fijaban no por el vendedor que era el gobierno argentino, sino que se fijaba según las cotizaciones de la bolsa londinense.

En esa década proliferaron en los grandes núcleos urbanos de Argentina barrios de chabolas (villas miseria según la nomenclatura argentina) sobre todo en Buenos Aires, y en el puerto de Rosario (segunda ciudad del país en aquellos tiempos), y que por cierto pertenecía a una compañía inglesa. Esos barrios de chabolas tenían unos nombres muy expresivos como Villa desocupación, o Villa Cartón.

Proliferaron las enfermedades venéreas como la sífilis y la blenorragia, y miles de mujeres se vieron sometidas a su explotación sexual. Las obras públicas eran ejecutadas por empresas extranjeras, marginando al capital nacional, y esa ejecución se efectuaba sin control alguno del estado, que solo pagaba gordas facturas donde se pagaban sobreprecios enormes, que iban a abultar los bolsillos de los amigos de la oligarquía.

Pero dentro de esa fatalidad, en Europa había estallado la guerra en 1939, y como efecto colateral Inglaterra ya no podía controlar a su quinto dominio como en años anteriores. Las importaciones desde Europa estaban paralizadas, y ello trae como consecuencia no querida por la oligarquía, que comiencen a fabricarse en el país insumos y artículos que no podían importarse. Otra consecuencia no querida es que comienza a crecer la clase obrera, nutrida por contingentes de trabajadores rurales que abandonan el campo y se acercan a las ciudades en busca de salarios mejores y de mejores condiciones de vida con un horario y un sueldo que mes a mes viene en un sobre.

El ejército argentino estaba atravesado por diversas logias secretas de oficiales, que en forma embrionaria comenzaban a pensar en un país independiente, desarrollado y soberano. No tenían claro de qué manera llevar a cabo ese proyecto, pero sabían que era necesario acabar con los gobiernos  corruptos de la vieja oligarquía y poner en su lugar a otra clase social, que era una pujante burguesía que había crecido al amparo protector de la guerra europea y que reclamaba «su» lugar.

El golpe militar del 4 de junio de 1943, del que se cumple un nuevo aniversario significó un punto violento de la lucha de clases entre la vieja oligarquía terrateniente y la nueva burguesía nacional no aliada al imperialismo. Eso es el comienzo de una nueva andadura que culmina con el gobierno del General Juan Domingo Perón, que intenta una alianza entre la burguesía nacional y la clase obrera. Esa alianza funcionó bien, hasta que la relación de fuerzas en el mundo cambió, y la burguesía abandona a Perón y provoca su caida en 1955. Pero esa es otra historia de la cual ya hablaremos en otra entrada.

El gato y el cocinero

El poeta ruso Iván Krylov
El gran poeta ruso Pushkin ponía a Iván Krylov como uno de los mejores ejemplos de la literatura popular de su país.

Krylov había escrito fábulas en verso, un género que en castellano tiene su contrapartida en autores como Samaniego, muchas de ellas reelaboraciones de las de Esopo y otras basadas en proverbios rusos llenos de sabiduría campesina.

En 1812 escribió el poema “El gato y el cocinero” sobre cierto trabajador de los fogones al que solía acompañar un gato llamado Vaska, aunque no tiene nada que ver con Euskadi.

En un momento de descuido, el gato se apoderó del pastel que el cocinero acababa de preparar, llevándoselo a un rincón. Cuando el cocinero lo vio, comenzó a reprenderle acerca de su mal comportamiento, de que no debía robar, y otros buenos consejos parecidos.

Mientras el cocinero le hablaba, el gato comenzó a devorar el pastel, de manera que cuando acabó el sermón, ya no quedaba nada del postre.

La moraleja es que la retórica no sirve de nada ante los hechos consumados y el empleo de la fuerza. Quien quiere algo debe poner los medios necesarios para conseguirlo, se podría concluir.

La fábula tenía un transfondo político. En 1812 Napoleón había ocupado el ducado de Württemberg y se disponía a hacer lo mismo con Rusia, concentrando sus tropas en Polonia y Prusia.

Entonces el zar Alejandro decidió enviar notas de protesta al embajador francés que, naturalmente, no sirvieron para nada. Los rusos criticaban que el zar no estuviera haciendo nada eficaz para contener el avance francés. Las lamentaciones eran una pérdida de tiempo.

En España también hay muchos cocineros a quienes no les gusta lo que tienen delante y quieren cambiar las cosas. Pero, lo mismo que el cocinero de Krylov, no hacen nada por sí mismos.

Algunos de ellos creen que son los demás quienes deben solucionar los problemas. Por eso votan y, entretanto, el gato se está devorando el pastel.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado. Si Ustedes quieren arreglar algo, pónganse a la faena ya. Olvídense de las urnas. Organícense en torno a un programa claro y comprensible. Si ya están organizados, organícense aún mejor y ayuden a que se organicen quienes están a su alrededor.

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