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Ucrania: el ‘auge de la ultraderecha’ sería imposible sin el apoyo de los medios de intoxicación

Por fin -ya era hora- el Washington Post nos dio una alegría el mes pasado al dar un vuelco de 180 grados a las posiciones que viene manteniendo desde 2014 sobre Ucrania (*), tanto el periódico como los altavoces mediáticos del imperialismo, en general.

Hasta ahora decían que no era para tanto. Los nazis no habían desempeñado ninguna función relevante en el Golpe de Estado de la Plaza Maidan. Ahora Joshua Cohen publica un artículo titulado “Las milicias de extrema derecha ucranianas desafían al gobierno por un enfrentamiento”.

Naturalmente, el alcance del artículo es muy pequeño, pero menos da una piedra. Según Cohen los fascistas están desatando una oleada de furia mientras el gobierno de Kiev cierra los ojos. Eso es algo que sabemos desde el siglo pasado y no ha cambiado.

Los matones de un grupo nazi llamado C14, cuyo número deriva del lema de catorce palabras “Debemos asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos”, golpearon a un político socialista, celebraron el cumpleaños de Hitler apuñalando a un militante pacifista y, como tienen la impunidad garantizada, se vanagloriaron de ello en su sitio web.

Otros nazis, dice Cohen, irrumpieron en los ayuntamientos de Lvov y Kiev atacaron exposiciones de arte, manifestaciones antifascistas, por la paz y los derechos de los homosexuales, así como un desfile del Día de la Victoria que conmemoraba la derrota de Hitler en 1945.

El gobierno de Kiev no ha hecho nada para detenerlo por razones que deberían ser obvias para todos. Respaldado por Estados Unidos, el Golpe de Estado de Maidan no sólo expulsó al presidente Viktor Yanukovich, que había ganado unas elecciones certificadas por la OSCE, sino que partió el país por la mitad, precisamente porque nazis como los de C14 estaban a la cabeza del movimiento.

Cuando la resistencia se opuso al golpe en Crimea y en zonas del este del país, en su mayoría de habla rusa y con base en los votantes de Yanukovich, estalló la guerra civil. Como el ejército ucraniano estaba colapsado, el nuevo gobierno golpista no tenía a nadie más en quien confiar, sino a los neofascistas que le habían ayudado a alcanzar el poder.

Se formó una alianza entre los oligarcas de arriba y los esbirros neonazis de abajo. Los fascistas no tienen el apoyo popular. Dmytro Yarosh, el cabecilla pirómano de la coalición para la supremacía blanca conocida como el Sector Derecho, recibió menos del uno por ciento de los votos cuando se postuló a la presidencia en mayo de 2014.

Pero el Estado es débil y está repleto de nazis en puestos clave. Andriy Parubiy, fundador del Partido Social Nacional de Ucrania, es el Presidente del Parlamento, mientras que el nazi Arsen Avakov es ministro del interior. Como señala Cohen, el resultado es la pasividad del gobierno, por un lado, y una creciente ola de violencia nazi, por el otro.

Al comienzo de la guerra civil, por ejemplo, los nazis quemaron a más de 40 personas vivas en un edificio sindical en Odessa, un hecho atroz minimizado por los altavoces mediáticos del imperialismo.

El Washington Post ha estado afirmando lo contrario durante más cuatro años. Ha sostenido que Rusia exageraba el papel de los nazis en Ucrania para desacreditar el Golpe de Estado, legitimar la anexión de Crimea y su propia supuesta interferencia en la Guerra del Donbas.

Diez días después del Golpe de Estado, el Washington Post aseguró a sus lectores que los informes rusos sobre “gamberros y fascistas” no tenían “ninguna base real”.

Una semana después, dijo que “el nuevo gobierno, aunque salpicado de políticos de derechas, está dirigido principalmente por políticos moderados y proeuropeos”.

Luego calificó a Bandera como “un personaje polémico” y citó a un empresario de Kiev: “Los rusos quieren llamarlo fascista, pero creo que fue un héroe para nuestro país. Putin lo está usando para tratar de dividirnos”.

Los nazis ucranianos veneran a Stepan Bandera, un colaboracionista cuyas fuerzas mataron a miles de judíos durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial y a casi 100.000 polacos.

En 1941 Bandera y los suyos dieron la bienvenida a Ucrania de los nazis, a pesar de que los nazis odian a los eslavos, y continuaron colaborando con ellos durante toda la ocupación.

En Ucrania los nazis organizaron un desfile de 15.000 antorchas en honor de Bandera y garabatearon un símbolo de las SS en una estatua de Lenin. También destruyeron un monumento a los ucranianos que lucharon por lo que los partidarios de Bandera consideran el lado equivocado de la Segunda Guerra Mundial: la URSS.

El New York Times no es mejor cloaca que el  Washington Post. En lugar de atacar a Ucrania, se ha dedicado a atacar a Rusia, acusando a Putin de “alarmismo” por lanzar “duros epítetos” como “neonazi” contras los dirigente ucranianos.

El diario Guardian, uno de los principales críticos de Putin, dijo sobre los nazis de Svoboda que “en la última década, el partido parece haberse suavizado, evitando la xenofobia”. Se apoyó en una declaraciones del embajador de Estados Unidos en Kiev, Geoffrey Pyatt, quien se mostró “positivamente impresionado” por la evolución de Svoboda en la oposición y su comportamiento en la Rada, el parlamento ucraniano. “Han demostrado su buena fe democrática”, según el embajador.

El fundador de Svovoda, Oleh Tyahnybok, dijo en un discurso de 2004 que quien gobernaba entonces en Ucrania era “la mafia judía de Moscú” y que los partidarios de Bandera habían luchado contra soviéticos, alemanes, judíos y otros enemigos que querían arrebatarles “nuestro Estado ucraniano”.

Pero lo que mejor refleja la campaña de intoxicación del imperialismo sobre Ucrania es un artículo publicado en el sitio web de Foreign Policy en mayo de 2014, titulado “Por qué judíos y ucranianos se han convertido en aliados improbables”.

El artículo comienza con el habitual remordimiento por Svoboda y Sector Derecho y lamenta que este último siga adorando al “controvertido” Bandera, cuyos partidarios “lucharon junto a los nazis desde 1944 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial”.

Pero, continuaba el artículo, por muy malos que sean los nazis ucranianos, Rusia es aún peor. “A pesar de la presencia sustancial de nacionalistas de derecha en Maidan durante la revolución, muchos miembros de la comunidad judía en Ucrania están descontentos de ser utilizados por Putin en su guerra de propaganda. La prueba de ello es una carta abierta firmada por 21 dirigentes judíos ucranianos declarando que el verdadero peligro era Moscú”.

“Sabemos que la oposición política está compuesta por varios grupos, algunos de los cuales son nacionalistas”, decía aquella carta. “Pero incluso los más marginales no dan muestras antisemitismo u otras formas de xenofobia. Y sabemos con seguridad que nuestros pocos nacionalistas están muy bien controlados por la sociedad civil y el nuevo Gobierno ucraniano, lo que es más de lo que se puede decir de los neonazis rusos, que se sienten alentados por sus servicios de seguridad”.

Aquellos judíos ucranianos salían, pues, en defensa de los nazis, a los que lavaban la cara porque estaban libres de antisemitismo y otras formas de xenofobia. “Excusatio non petita, acusatio manifesta”, decían los clásicos. Demasiadas explicaciones para justificar algo que no existía era marginal.¿Banderas confederales en el Ayuntamiento de Kiev? Sólo son símbolos. ¿Manifestaciones nocturnas con antorchas con retratos de Bandera colgados de los edificios públicos? Eso es libertad de expresión (y así sucesivamente).

El autor de la carta judía fue Josef Zissels, que tiene relaciones muy estrechas con los nazis ucranianos desde hace tiempo. Se define a sí mismo como “zhydobanderivets”, un acrónimo que se puede traducir más o menos como “un discípulo judío de Bandera”. Este nazi-judío criticó al diputado californiano Ro Khanna por enviar una carta al Departamento de Estado pidiendo que presione a los gobiernos de Polonia y Ucrania que tratan de revisar el relato acerca del ”holocausto” en sus países respectivos.

A la mayor parte de los judíos del este de Europa la deriva nazi les trae muy malos recuerdos. Enviaron una carta de agradecimiento a Khanna por su iniciativa en la que expresaban “su profunda preocupación por el aumento de los incidentes antisemitas y las expresiones de xenofobia e intolerancia, incluidos los ataques contra las comunidades romaníes” y “proclamando firmemente que el Sr. Iosif Zissels y la organización VAAD no representan a los judíos en Ucrania”.

Como vemos, los judíos no actúan al unísono, como creen los antisemitas. Un judío ruso estaba tan indignado contra Zissels y otro oligarca judío ucraniano, Igor Kolomoisky, que dijo que quería colgar a ambos “en Dnepropetrovsk frente a la Sinagoga de la Rosa Dorada hasta que dejaran de respirar”.

Resumiendo, el artículo de Foreign Policy sobre la alianza entre los judíos y los nazis ucranianos era un montaje, otro más.

Ahora los medios de intoxicación, como el Washington Post, no pueden ocultar por más tiempo la verdadera naturaleza del gobierno de Kiev.

(*) https://www.washingtonpost.com/news/democracy-post/wp/2017/06/15/ukraines-ultra-right-militias-are-challenging-the-government-to-a-showdown/

La bandera de la Confederación de Estados Unidos ondea en el ayuntamiento de Kiev

Los embustes de Bolsonaro que inundaron las redes sociales le dieron el triunfo en las elecciones

El impacto de las noticias falsas en las últimas elecciones celebradas en  Brasil no tiene precedentes, ha manifestado la Organización de Estados Americanos tras conocer la circulación que han tenido los mensajes calumniosos que las huestes de Bolsonaro han puesto en circulación a través de WhatsApp.

El tribunal electoral está investigando el asunto. Una investigación exhaustiva de Folha de Sao Paulo anterior a las elecciones encontró que las empresas que patrocinaban la campaña de Bolsonaro habían orquestado una movilización ilegal a gran escala en WhatsApp, con 300.000 grupos que llegaban a unos 77 millones de brasileños.

120 millones de brasileños, la mitad de la población, usan WhatsApp.

Los embustes corrieron como la pólvora por las redes sociales y los portales de noticias se hicieron eco de ellos. Uno de ellos alertaba sobre máquinas de votación manipuladas para favorecer a Haddad, del PT, y otra que Haddad distribuía en las escuelas unos kits para “volver gays a los niños”.

El 98,21 por ciento de los votantes de Bolsonaro interrogados había estado expuesto al menos a una noticia falsa, y el 89,77 por ciento creía en su veracidad. Un 84 por ciento de los partidarios de Bolsonaro creía en la noticia de los “kits gays”, y un 74 por ciento en la de las máquinas de votación.

En una encuesta posterior, el 40 por ciento de los encuestados declaró haber cambiado su postura de “ser contrarios o albergar dudas” sobre Bolsonaro, a “decidirse” o “plantearse” votar por él en las últimas semanas. Justo el mismo periodo en que la mayoría de las noticias falsas empezaron a circular como la pólvora.

El levantamiento de la población de Varsovia contra los nazis en 1944: mentiras, verdades e invenciones

En el otoño de 1944, hace 74 años, se produjo un levantamiento del pueblo de Varsovia contra los ocupantes nazis que fue aplastado por el ejército alemán, que destruyó la ciudad.

Los falsificadores de la historia dicen que el Ejército Rojo, que se encontraba muy cerca de la capital, no apoyó a los insurrectos, lo que hay que interpretar como una forma de complicidad con los nazis. Ya saben: son todos iguales, unos y otros, comunistas y fascistas…

En junio y julio de 1944, cuando las tropas aliadas desembarcaron en las playas de Normandía y trataban de romper la resistencia de las unidades de la Wehrmacht, el Ejército Rojo lanzó y dirigió con éxito una de las mayores operaciones de la Segunda Guerra Mundial: la Operación Bagration para liberar a Bielorrusia y luego comenzar la liberación de Polonia y los Estados bálticos.

La campaña tenía también como objetivo atraer a algunas de las fuerzas alemanas para ayudar a los Aliados en el oeste, un detalle que no se menciona nunca -por cieto- cuando se conmemora el famoso desembarco de Normandía.

Los manuales de táctica militar dicen que tarde o temprano cualquier ofensiva se acaba agontado. A finales de julio, el impulso de las primeras unidades del frente bielorruso que intentaban llegar a Varsovia se había debilitado. El 1 de agosto algunas de ellas, encabezadas por el general Vasily Chuikov, lograron cruzar el Vístula y tomar Magnuszew. Poco más podían hacer, porque desde el comienzo de la Operación Bagration, las tropas habían avanzado más de 600 kilómetros. Los convoyes con municiones, alimentos y combustible habían quedado muy atrás, mientras que la 16 Fuerza Aérea del frente no tuvo tiempo de desplegarse en los aeródromos cercanos, privando de apoyo aéreo a la vanguardia.

El embajador de Estados Unidos en la URSS, William Harriman, así lo reconoció: “El Ejército Rojo hizo recientemente un avance tan rápido que se encontró sin suministros normales. En ese momento, no tenía ni los pontones necesarios ni los medios para construir puentes”.

El mando de la Wehrmacht lo sabía y no tenía la intención de esperar a que los soldados del Ejército Rojo reforzaran la retaguardia y las reservas. Reunió cuatro divisiones de tanques e infantería y contraatacó. En Volomin los nazis vencieron en una gran batalla de tanques.

El 1 de agosto, a las 5 de la tarde, mientras las tropas de Chuikov estaban intentando tomar Magnuszew, la población de Varsovia se levantó. Ni el Kremlin ni el comandante del primer frente bielorruso, Constantin Rokossovski, fueron informados de manera inmediata. Según recordó Rokossovsky: «El 2 de agosto, nuestros servicios de inteligencia recibieron informes de que había comenzado un levantamiento contra los invasores nazis en Varsovia. Esta noticia era muy alarmante. El personal del frente comenzó inmediatamente a recopilar información para saber con precisión el alcance del levantamiento y su carácter. Todo había sucedido de una manera tan inesperada que nos perdimos en conjeturas y nos preguntamos, en primer lugar, si no eran los propios alemanes los que habían difundido estos rumores y, en caso afirmativo, con qué propósito”.

Al margen de cualquier táctica militar, la pooblación de Varsovia se había rebelado en el momento más inoportuno, sin coordinar sus acciones con el Ejército Rojo. ¿Quién impulsó un levantamiento tan temerario?, ¿con qué objetivo?

La insurrección la inició el gobierno polaco en el exilio, que durante toda la guerra había permaneció en Londres en la pasividad más completa. Cuando el Ejército Rojo empezó a liberar Polonia, despertaron de su letargo y presionaron a las unidades que tenían en Varsovia para que tomaran el poder en la capital cuando los alemanes la abandonaran.

Ahora teníain prisa. Debían hacerlo antes de que entrara el Ejército Rojo. No se trataba, pues, de un plan dirigido contra Alemania sino contra los antifascistas polacos. Por eso el Primer Ministro polaco Stanislaw Mikolajczyk mantuvo la sublevación en secreto, de tal manera que no se enteró ni el Ejército Rojo, que poco podía ayudar en tales circunstancias.

Al empujar al pueblo de Varsovia al levantamiento, los exiliados de Londres no les informaron de que los británicos y estadounidenses se habían negado a ayudar activamente a los rebeldes. La población estaba condenada a padecer una carnicería a manos de los nazis.

Sin embargo, el 26 de julio, cuando ya tenía los planes decididos y aprobados, el Primer Ministro Mikolajczyk estaba en Moscú, a pesar de lo cual no informó a Molotov de un levantamiento que empezaría cuatro días después.

La primera vez que Mikolajczyk anunció oficialmente que la capital polaca se había levantado fue el 3 de agosto, durante una reunión con Stalin. Pero es curioso porque no le pidió ayuda. Estaba absolutamente convencido de que la población de Varsovia sería capaz de expulsar a los nazis de la capital y varios ministros, y él personalmente, tenían planes para trasladarse en avión a fin de hacerse cargo de la situación.

Como tantos otros exiliados, Mikolajczyk no tenía ni idea de la situación real en la capital, donde el comandante del Armja Krajowa (AK, Ejército Nacional), el general Tadeusz Bor-Komorowski, dudó hasta el último momento en iniciar la insurrección.

A pesar de que la insurgencia se preparó durante bastante tiempo, los rebeldes lograron reunir muy pocas armas: 60 ametralladoras ligeras, 7 ametralladoras pesadas, 35 lanzagranadas, 1.000 fusiles, 3.000 fusiles de asalto, 1.700 pistolas y 25.000 granadas de mano.

Aún no se sabe si Bor-Komarovsky se creyó las promesas de Mikolajczyk de que, desde el comienzo del levantamiento, los británicos transportarían por vía aérea más unidades del Armja Krajowa y les enviarían armas, municiones y alimentos. A pesar de todo, el 1 de agosto ordenó el levantamiento.

Durante los primeros cuatro días, cuando los insurgentes sólo se enfrentaron a la policía, consiguieron apoderarse de gran parte de la ciudad. Pero la Wehrmacht mantuvo el control de los transportes, los puentes, las estaciones de ferrocarril, las centrales telefónicas, los cuarteles y los principales edificios gubernamentales. Luego retiraron tanques, armas y trenes blindados del frente para llevarlas a Varsovia. Las unidades de seguridad y policía de las SS también acudieron, además de la 29 División de Granaderos de las SS.

La insurrección se prolongó durante 63 largos días y las promesas de los británicos resultaron ser una mentira.

El 9 de agosto, antes de abandonar Moscú, Mikolajczyk dejó de hablar de una salida inminente de alemanes de Varsovia. Fue entonces cuando pidió ayuda a Stalin, asegurando que “los alemanes ya no son lo suficientemente fuertes para echar a los polacos de los barrios de Varsovia que ocupan”. Stalin le respondió que la insurrección del ejército nacionalista había sido algo “poco realista”, porque no tenían armas. Lamentablemente, añadió Stalin, “los alemanes exterminarán a los polacos”.

No obstante, Stalin le prometió ayudar a los insurgentes con armas y municiones, aunque sus objetivos no coincidían con los del gobierno soviético.

A lo largo de la guerra, el gobierno polaco en el exilio no sólo no ayudó a la URSS sino que obstaculizó sus acciones con golpes bajos.

En 1942, en medio de la batalla de Stalingrado, enviaron unidades del Armja Krajowa al mando del general Wladyslaw Anders, que se había formado en la Academia del Ejército Rojo, a luchar a Irán.

En 1943 apoyaron la provocación de Goebbels en Katyn y condenaron a muerte en ausencia al general Zygmunt Berling por deserción, bajo cuyo mando había luchado el 1 Cuerpo de Ejército del Armja Krajowa.

Cuando Stalin le preguntó a Mikolajczyk si había algún lugar en la ciudad donde se pudieran tirar las armas, el polaco no pudo responder. Sin embargo, Stalin mantuvo su promesa. Si los británicos dejaban caer su carga desde una gran altitud, con nulos resultados para los insurgentes, “nuestros aviones son capaces de operar a alturas extremadamente bajas”, añadió el dirigente soviético.

La eficacia de la ayuda soviética fue mucho mayor que la británica, lo que fue reconocido tanto por los alemanes como por los polacos. El 15 de septiembre, en su telegrama al mariscal Rokossovski, el polaco Bor-Komorowski, le dio las gracias por “la cobertura aérea, las armas, municiones y alimentos”. Sólo del 13 de septiembre al 1 de octubre los soviéticos lanzaron 156 proyectiles de mortero, 505 fusiles antitanque, 2.667 ametralladoras y rifles, 41.780 granadas, 3 millones de cartuchos, 131.221 kilos de alimentos y 500 kilos de medicamentos.

A finales de agosto, las tropas soviéticas, que entretanto habían recibido refuerzos, lanzaron una ofensiva. El 14 de septiembre, desde la otra orilla del río Vístula, los soldados del Ejercito Rojo podían saludar a los insurrectos que mantenían liberados muchos barrios de la parte oriental de Varsovia.

Sin embargo, los nazis habían volado todos los puentes sobre el río y los insurgentes no habían sido capaces de impedirlo. En la mañana del 15 de septiembre, Berling recibió la orden de intentar cruzar el Vístula. Las unidades del 1 Cuerpo de Ejército lo habían estado preparando durante muco tiempo, pero sólo lo iniciaron al día siguiente al amanecer. La Wehrmacht lanzó bombardeos masivos, impidiéndoles transportar tanques y armas de fuego a la otra orilla.

Los intentos fracasados de establecer una cabeza de puente demostraron que los insurgentes no controlaban aquella orilla. Después de una semana de combates, los alemanes lograron retrasar el desembarco en la orilla occidental. Las unidades polacas tuvieron 3.764 bajas, entre muertos y heridos.

El 27 de septiembre los alemanes pasaron al contrataque con una ofensiva contra las zonas controladas por los insurgentes. Bor-Komorowski no cruzó el Vístula y firmó un acuerdo de rendición el 2 de octubre con el comandante de las tropas alemanas en Varsovia. Según estimaciones del historiador polaco Ryszard Nazarevich, que participó en el levantamiento, se rindieron más de 17.000 insurtentes. Los nazis asesinaron a todos los civiles que aún permanecían en la ciudad, enviando a 87.250 personas a realizar trabajos forzados en Alemania y a 68.707 a campos de concentración. Una gran parte de Varsovia fue destruida.

En una nota interna, el cuartel general del Armja Krajowa reconocía: “La razón del fracaso de la Batalla de Varsovia radica en el fracaso general de la ofensiva soviética en el Vístula debido al traslado de nuevas divisiones alemanas a la zona a finales de junio y principios de agosto“.

Afirmar que las tropas soviéticas se desentendieron de la insurrección en Varsovia, es un fraude histórico, otro más.

https://arctus.livejournal.com/237934.html

¿Mantendrá Bolsonaro a Brasil dentro del grupo de países Brics?

Con la elección de Bolsonaro en Brasil hay que ver lo que ocurre con los Brics, la alianza de Brasil con Rusia, India, China y Sudáfrica.

Si Bolsonaro fuera como Trump trataría de dejar a China fuera de juego. Al menos así lo había prometido, pero ya conocen la diferencia entre una campaña electoral y lo que se aprueba en los consejos de ministros.

La economía está por encima de todo, como no podía ser de otra manera. Por eso las últimas declaraciones de Bolsonaro, que datan de ayer, van en dirección contraria: para él la cooperación con China es ahora “prioritaria”. Faltaba más.

El Brics es cosa de China, cuyo PIB constituye el 45 por ciento del PIB total del grupo. En 2014 la cumbre de Fortaleza, en Brasil, creó sus propias instituciones financieras: el banco y fondo de reserva de Shangai como alternativa al FMI.

En las reuniones del grupo, China rechaza las solicitudes de los países miembros relativas a la cotización del yuan, lo mismo que las solicitudes de ingreso de países candidatos como México, Argentina, Indonesia y Corea del sur.

La llegada de Bolsonaro coincide con un plan chino para poner a África en donde nunca ha estado: en el primer plano de los intereses del grupo Brics. En Benin, por ejemplo, esperaban impacientes la llegada de los Brics porque tenían importantes proyectos aprobados en el sector aéreo, sanitario y transportes.

Pero en África no sólo es la financiación. En pocos lugares del mundo hay menos cabida para el fascismo y el racismo que en el Continente Negro, donde la elección del capitán brasileño no ha gustado nada.

Ayer el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, advirtió de que si Bolsonaro se aleja de los Brics y de su defensa irrevocable del multilateralismo, irá en detrimento de los intereses de Brasil.

La ‘ultraderecha’ en Catalunya: cuando hay un perro sujeto con una correa es que hay un amo que lo guía

En pleno “auge de la ultraderecha” no podía faltar, como es lógico, una referencia a Catalunya y al referéndum del año pasado, que ha despertado todos los fantasmas del 18 de julio que se creían adormecidos.

Con el referéndum los mequetrefes habituales han querido llevar agua a su molino para decir que el fascismo no existía y que la culpa de que haya resucitado es de los independentistas catalanes, o que ahora hay más fascistas que nunca por culpa de ellos, o cosas parecidas.

Ese tipo de vulgaridades tienen relación con eso que ahora se llama “visibilidad”, e incluso “viralidad”: si meto la cabeza debajo del ala y no quiero ver nada, no hay fascismo. Sin embargo, cuando me ponen la bandera fascista en los balcones, ya no puedo disimular y paso a quejarme… del vecino que la pone.

Según dicen los mequetrefes, el fascismo es como un “guadiana” que aparece y desaparece porque, de repente, alguien lo hace visible y obliga a los antifascistas a mirar las cosas de frente. Nadie se pregunta si un fenómeno así es posible que aparezca y desaparezca, ni quién lo hace hace de manera intermitente, ni con qué objetivo.

Lo que más “visibiliza” al fascismo son toda esa camada de grupúsculos y matones que salen a la calle para intimidar y pasear la bandera fascista en los peores momento de crisis, como ha ocurrido en Catalunya.

Pero aunque el fascismo necesita a esos matones, no se reduce a ellos. Si vemos a un perro por la calle atado con un correa colgando del pescuezo, tenemos que suponer que el amo no andará lejos. Pues bien, no tiene sentido hablar de los perros sin el amo que los guía y eso es lo que ocurre con el fascismo la mayor parte de las veces.

Es el caso del reciente artículo de Laura Aznar y Jordi Borràs en “El Critic” (*) que reúne todos los ingredientes de quien no entiende absolutamente nada del fascismo, hasta el punto de que tal expresión sólo aparece tres veces: dos son para adjetivar agresiones violentas y la otra para etiquetar a viejos fascistas, como Josep Alsina, que proceden de viejas organizaciones y que ahora están como pez en el agua en “la ultraderecha”.

Lo mismo ocurre con la palabraz “nazi” que sólo aparece dos veces, una para aludir al arraigo de los viejos dinosaurios del fascismo catalán, como el tal Alsina, y el otro con referencia a la simbología.

En un artículo largo en el que se repasa la sopa de siglas de “la ultraderecha”, hasta los grupos más insignificantes, vemos muchos perros con muchos collares, pero nunca vemos al amo, por lo que da la impresión de que, más que perros, son lobos que se mueven por sí mismos en manada.

Por ejemplo, en alusión al caso de Alsina, los autores le describen como un “intelectual con peso teórico” lo cual es extraño tratándose de un nazi, donde ese tipo de cualidades escasean tanto. También describen su dilatada trayectoria como militante de la cloaca nazi, en grupos como el Partido Español Nacional Socialista (PENS) o Fuerza Nueva.

Este tipo de referencias son significativas porque demuestran el verdadero carácter del fascismo y de todos esos grupúsculos, que han ido cambiando de chaqueta según las necesidades del momento.

Así, lo significativo del PENS es que fue la primera organización explícitamente nazi, ya que en este país, por influencia católica, los fascistas siempre se decantaron por vincularse con sus colegas italianos o por mantener una identidad propia. Hasta finales del los años sesenta, cuando surge el PENS, nunca hubo nazis autóctonos organizados como tales.

Pero puestos a refrescar la memoria, para completar su prolija exposición, los autores hubieran debido añadir que el PENS lo creó y lo mantuvo el servicio secreto franquista de Carrero Blanco, como acabaron confesando los propios dirigentes de aquel tinglado.

Es más de lo mismo, lo típico y lo de siempre desde hace un siglo: cuando vean a un perro con una correa colgando del pescuezo, deben dirigir la mirada hacia el otro extremo, donde verán al amo que lo dirige.

En el caso del Catalunya (y fuera de ella), quien dirige la manada de perros fascistas que ha salido a la calle, desde los inofensivos caniches hasta los feroces doberman, son los aparatos del Estado fascista y centralista, incluida la prensa, hasta tal punto que no se puede hablar de los unos (los perros) sin los otros (los amos que los controlan con la correa).

(*) http://www.elcritic.cat/reportatges/la-mutacion-de-la-extrema-derecha-para-luchar-contra-el-independentismo-26009

Bolsonaro – Israel: el flechazo es mutuo

Durante la campaña electoral el diario israelí Haaretz calificó a Bolsonaro como el “Hilter de Brasil”, por lo que deberíamos suponer que en Tel Aviv están contrariados por este “auge de la ultraderecha”.

También deberíamos suponer que durante su etapa de diputado, Bolsonaro se hubiera comportado como se espera de un antisemita: llamando a encerrar a los judíos en cámaras de gas.

Pero la historia no tiene lógica, o sea, no tiene la lógica que algunos esperan extraer de ella. Por lo menos, los discursos del “Hilter de Brasil” en el Parlamento brasileño más bien muestran una lógica inversa.

Por ejemplo, durante los sangrientos bombardeos de Gaza de 2014, el diputado Bolsonaro celebró la masacre de los palestinos como cualquier otro sionista.

Entre sus promesas electorales, se comprometió a transferir la embajada brasileña a Jerusalén y a cerrar la sede diplomática de la Autoridad Palestina en Brasilia.

En unas declaraciones a i24news, Bolsonaro informó de que Israel sería el primer país al que realizaría una visita oficial si llegaba a ser presidente.

Su hijo Eduardo, también diputado, comparte la misma pasión por Israel que su padre, hasta el punto de exhibirse en público con una camiseta con las siglas del Mosad.

En 2016 Bolsonaro viajó a Israel para ser bautizado en el río Jordán, según el ritual de las sectas evangélicas.

En los dos años siguientes volvió a visitar Israel para participó en las celebraciones de la creación del nuevo Estado.

Los “ultraderechistas” del siglo XXI, como Bolsonaro, no dan ninguna muestra de antisemitismo, sino todo lo contrario. Son pro-israelíes, dice alborozada la prensa sionista de Tel Aviv. Cuando en setiembre le apuñalaron en el estómago, quiso que le atendieron en un hospital judío: el Albert Einstein de Sao Paulo.

Mientras, la prensa brasileña informa de que Netanyahu ha sido invitado a la toma de posesión de Bolsonaro, para lo que se desplazará a Brasil el 1 de enero del año que viene. Será el primer Primer Ministro en viajar a Brasil desde la creación del Estrado de Israel en 1948.

¿Declarará Bolsonaro la guerra a Venezuela?

El fascismo es el imperialismo y éste lleva la guerra en sus entrañas. Así fue en el siglo pasado y así será en el presente. Un fascista como Bolsonaro declaró la guerra (“sangre, terror, exilio y prisión”) a las fuerzas progresistas, democráticas y revolucionarias brasileñas, pero éstas no hicieron lo mismo. Nunca han plantado cara al fascismo.

Los fascistas ya cuentan con el apoyo de los tribunales, que para desalojar a Dilma Roussef, desataron la Operación Lava Jato de “lucha contra la corrupción”, lo que no fue más un golpe de Estado camuflado. En lugar de sacar los tanques a la calle, sacaron las togas.

Pero eso no es suficiente. La semana pasada uno de los hijos de Bolsonaro se dirigió a las huestes fascistas, ávidas de sangre, anunciando que una vez que en el gobierno, Brasil declarará la guerra a Venezuela.

El discurso se grabó en vídeo para que no quedaran dudas: “La próxima operación de paz de Brasil tendrá lugar en Venezuela. Liberaremos a nuestros hermanos venezolanos del hambre y del socialismo y daremos una lección al narcodictador de Venezuela, Nicolás Maduro”.

El general Mourâo, elegido para la vicepresidencia, “ya lo ha mencionado”, añadió Bolsonaro hijo. Mourâo es otro ejemplo del retorno de los gorilas brasileños a la política institucional. Lo mismo que
Bolsonaro, el candidato a la vicepresidencia es un nostálgico de los años de la dictadura militar (1964-1984).

Con 70.000 refugiados venezolanos junto a la frontera, la leña está seca para toda clase de provocaciones.

En febrero el gobierno brasileño declaró el estado de emergencia humanitaria en la región y hace un par de meses los campamentos de los venezolanos fueron atacados y quemados después de que un brasileño resultara herido. Su familia acusó a un exiliado venezolano de asaltarle y robarle.

Las palabras del joven Bolsonaro confirman el papel que Estados Unidos viene desempeñando en Brasil y en otros países latinoamericanos que también “luchan contra la corrupción” para desalojar a los restos del sueño bolivariano. “Trump ofrecerá a Bolsonaro colaboración militar para Venezuela”, titulaba ayer ABC (*).

No obstante, ayer Bolsonaro padre cambió el registro, al descartar una intervención militar en Venezuela. Sólo pretende “dar una nueva dimensión” a Mercosur, por considerar que el bloque está “supravalorado”.

Por su parte, en Venezuela se tientan la ropa. El gobierno de Maduro ha felicitado al pueblo brasileño por las elecciones. Antes había dicho que los comicios eran “falsos y estaban trucados” a causa del encarcelamiento de Lula.

“Es el momento de reaccionar frente a la epidemia fascista en América Latina”, dijo Maduro. Más bien se está haciendo un poco tarde. Venezuela ya tiene a Iván Duque a un lado, en Colombia, y a Bolsonaro en el otro.

Por lo demás, nos gustaría saber qué entiende Maduro por “reaccionar” frente al fascismo.

(*) https://www.abc.es/internacional/abci-trump-ofrecera-bolsonaro-colaboracion-militar-para-venezuela-201810292027_noticia.html

Fascismo y multinacionales: el papel de Volkswagen en las torturas practicadas durante la dictadura brasileña

La filial de Volkswagen en Brasil prestó apoyo material a las torturas perpetradas por la dictadura militar de 1964 a 1985. El informe final de la Comisión Nacional de la Verdad, publicado a finales de 2014, ofreció los detalles sobre el papel de la multinacional alemana.

El monopolio Volkswagen, con sede en Wolfsburg, Alemania, es el segundo mayor fabricante de automóviles del mundo. Su filial en Brasil produce automóviles desde 1953 y actualmente emplea a 24.000 trabajadores.

Lucio Bellentani, antiguo trabajador de Volkswagen en la planta de Sao Bernardo do Campo, cerca de Sao Paulo, contó a la Comisión su experiencia en 1972: “Me bloquearon los brazos a la espalda e inmediatamente me pusieron las esposas. La tortura comenzó en cuanto llegamos al centro de seguridad de Volkswagen. Me golpearon, apalearon y abofetearon”.

La Comisión de la Verdad fue creada en 2011 por la presidenta Dilma Rousseff para investigar los crimenes cometidos contra quienes resistieron al régimen militar. El informe final de 1.000 páginas destaca el asesinato y la desaparición de 434 personas. La Comisión precisó que “esos eran sólo los casos que habían podido comprobar… a pesar de las dificultades de la investigación, en particular la imposibilidad de acceder a los documentos de las fuerzas armadas, que, según la versión oficial, habrían sido destruidos”.

Según algunas estimaciones, varios miles de personas fueron detenidas por razones políticas y 6.000 fueron torturadas durante los años de la dictadura.

El informe señala que más de 80 empresas nacionales e internacionales colaboraron ampliamente con el gobierno militar. Proporcionaron información sobre sus trabajadores, entregaron a personas al Departamento de Orden Político y Social (antiguo centro administrativo de la policía, centro penitenciario y sala de torturas) o incluso financiaron a fuerzas paramilitares progubernamentales, como la Operação Bandeirante.

En febrero de 2014 la Comisión decidió examinar más de cerca la relación entre el régimen militar y Volkswagen. Los resultados prueban que oficiales del ejército y la policía y representantes de 25 grandes empresas se reunieron en el marco del Centro Comunitario de Seguridad (CECOSE), un organismo especial de represión creado en 1983.

El informe concluye que “el representante de Volkswagen desempeñó un papel muy importante durante estas reuniones. Inició discusiones sobre temas de gran importancia y preparó informes para el CECOSE”. Las empresas esperaban que el gobierno les ayudara a resolver los problemas que enfrentaban con sus trabajadores. Los bajos salarios de los trabajadores se consideraban un elemento clave del crecimiento económico del Brasil.

Luiz Inacio Lula da Silva era uno de los trabajadores que Volkswagen vigilaba, aunque no estaba contratado por la multinacional. Entonces Lula, que entre 2003 y 2010 fue Presidente de Brasil, informó a los obreros de Volkswagen que sus patrones les espiaban.

En Alemania se creó una coalición de veinte ONG, “Nunca Mais – Nie Wieder”, para reunir información sobre el papel de las multinacionales e instituciones alemanas que apoyaron la dictadura brasileña. Académicos como Nina Schneider, historiadora latinoamericana de la Universidad de Constanza, asegura que las empresas matrices alemanas estaban al tanto de lo que sucedía en Brasil. “Hay que arrojar luz y Volkswagen debe explicar su papel”, dijo a la radio Deutsche Welle.

Las controversias sobre las actividades de Volkswagen en Brasil no son nuevas. En 1945 Franz Paul Stangl, antiguo comandante nazi de los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka, escapó de Alemania a Brasil, donde trabajó durante 15 años para Volkswagen en Sao Bernardo do Campo. Stangl fue extraditado en 1967 y declarado culpable de la masacre de 900.000 personas.

Tras la publicación del informe de la Comisión de la Verdad, Volkswagen se comprometió a buscar información sobre la participación de matones a su servicio en el terrorismo de Estado. Pero hasta la fecha, Volkswagen sigue acumulando denuncias ya que en 2015 la multinacional fue acusada de prácticas antisindicales y de despedir a 800 trabajadores en su planta de Anchieta en Sao Bernardo do Campo.


Más información:
– Informe y conclusiones de la Comisión Nacional de la Verdad sobre los crímenes de la dictadura militar en Brasil

La jerarquía católica: el pilar más escondido del fascismo en Colombia

Horacio Duque

La Jerarquía católica colombiana es otro actor fundamental en el fascismo colombiano. Parte vital del poder colonial, después de la independencia de los años 20 del siglo XIX, ella siguió incrustada en el alma de la sociedad y de sus elites políticas. Ella misma era un poder oscurantista y retrogrado del poder.

Durante la Regeneración conservadora (1886-1930) y con la firma del Concordato con Roma, la Jerarquía católica fue pieza central de todo el andamiaje dominante del campo conservador en la sociedad colombiana de aquella época, pues era la encargada de la educación, la familia y las buenas costumbres.

Tan pronto se dan los brotes políticos de la ideología fascista, los grandes jerarcas católicos asumen su correspondiente posición y participan de las campañas del fascismo y la violencia que lo acompaña contra lo que ellos consideran son los enemigos de la civilización occidental, cristiana y creyente.

Veamos entonces cual fue el protagonismo fascista de tal Jerarquía que aun hoy sigue encuadrada con los sectores mas oscurantistas de la nación, aunque con algunas excepciones muy importantes.

En una aproximación a las relaciones “non sanctas” entre religión y política en Colombia , se encuentran muchos elementos que nos permiten ver cómo se fue perfilando un modelo de sociedad que no dio espacio para que se consolidaran principios de raigambre democrática, con un Estado sólido, donde la concepción de una sociedad diversa y plural pudiera manifestarse sin estrellarse no solo con postulados profundamente conservadores sino con controles sociales que hacían difícil ser distinto, ser diferente al modelo propuesto por quienes durante décadas tuvieron la dirección y la función de moldear la sociedad.

La iglesia colombiana, más que cualquier otra institución recibió un mayor influjo del exterior por sus vínculos jerárquicos con el Vaticano y la distribución de las congregaciones religiosas en diferentes países del mundo. Inevitablemente los cambios de obispos y arzobispos de la alta cúpula eclesiástica eran señalados por el vaticano por intermedio de su vocero el Nuncio Apostólico. De igual manera, las comunidades eclesiásticas y el clero regular como los Jesuitas, los Claretianos, los franciscanos etc., guardaban fuertes vínculos con las congregaciones hermanas, especialmente las establecidas en España. Las encíclicas papales y las bulas ideológicos señaladas por el Vaticano eran un dogma indubitable para la Iglesia colombiana que los seguía.

Por todo lo anterior, la Iglesia no podía escapar de las noticias y las influencias que llegaban de diferentes-partes del mundo, sobre los atinentes a su fuero. El Vaticano había intentado un acercamiento con los Estados totalitarios europeos firmando un concordato y alcanzando diferentes prerrogativas.

Los acuerdos del Vaticano con nazis y fascistas

El 20 de julio de 1933, el gobierno nazi acordó con el Vaticano la regulación de los propios asuntos de la Iglesia católica alemana sin interferencia del Estado. El tratado fue firmado por Von Papen y Pacelli -Pio XII más tarde- pero nunca fue llevado a la práctica y quedó como letra muerta. El gobierno de Hitler buscaba una legitimación en el concierto internacional para cubrir con un velo espeso los abusos del nuevo régimen. Además de ser una estrategia de política exterior, todos los actos de los nazis después de la ratificación del concordato, el 25 de julio, iban en contravía con los preceptos fundamentales del catolicismo. Hitler promulgó leyes de esterilización y disolvió las Juventudes Católicas. Más tarde, el nazismo reprimió y encarceló a sacerdotes y Monjas por “inmoralidad” además de censurar y prohibir los escritos de la Iglesia católica alemana. En 1937, el Papa Pío XI publicó la encíclica “Mit Brennender Sorgo” (Con Profundo Dolor) donde acusaba al nazismo por las hostilidades y las persecuciones contra la Iglesia. Esta encíclica habría de liberar de toda culpa al Vaticano por la supuesta “complicidad” que lo había ligado al totalitarismo nazi. Defendió el Concordato firmado con los nazis, pero atacó agriamente al nacionalsocialismo por destruir la dignidad humana. La Iglesia colombiana, a raíz de estos sucesos, no mostró mayor admiración por el nazismo, a pesar de algunas similitudes ideológicas como el anticomunismo que los identificaban. Los clérigos en Colombia, fueron, por el contrario, más inclinados al Estado fascista italiano que también había logrado estrechar sus lazos diplomáticos con la Santa Sede. Pío XI amante del orden, propugnó por la firma de un tratado con Mussolini quien así podía consolidar su prestigio y su autoridad sobre la base de la reconciliación con la Iglesia.

Mussolini firma los acuerdos de Letrán
Los acuerdos de Letrán, en 1929, crearon la ciudad del Vaticano y compensaron al Papado por la pérdida de sus Estados entre 1860 y 187O. El Concordato reconocía, igualmente, al catolicismo como la religión oficial y le daba al matrimonio católico fuerza de ley, prohibiendo el divorcio.

Las relaciones entre Mussolini y el Papa no fueron siempre las mejores y un leve distanciamiento se hizo evidente, en 1931, cuando el Duce quiso sustituir las Juventudes Católicas por los Hijos de la Loba, los Balillas y los Avanguardisti -jóvenes fascistas-. No obstante, en Teramo, Italia, con motivo del Congreso Eucarístico -celebrado casi simultáneamente al Congreso de Medellín en 1935- la Iglesia le hizo llegar el siguiente mensaje a Mussolini: “Congreso Eucarístico Nacional, con asistencia del delegado de Su Santidad y las autoridades eclesiásticas, invoca a Jesús Eucaristía para que conceda prosperidad y grandeza a la patria siempre amada, gracias a los esfuerzos de vuestra Excelencia que le ha hecho más compacta y fuerte”.

Innegablemente existían entre el Estado fascista y la Iglesia importantes puntos de coincidencia que permitieron la coexistencia tranquila a lo largo de la década de los 30. Tan sólo fue al finalizar la Segunda Guerra Mundial que se trató de poner de relieve las diferencias que habían marcado las relaciones entre Mussolini y el Papado para salvar de cualquier señalamiento a la Iglesia por la complicidad con el totalitarismo. De hecho, las diferencias existieron al igual que las coincidencias, pero los disentimientos obedecían más a la amenaza de perder cierto poder a manos de fascismo que por desacuerdo ideológico de fondo. El Concordato con el fascismo italiano era para la Iglesia colombiana un buen ejemplo de las prerrogativas que se podían obtener como las subvenciones y la secularización de la sociedad. Un Concordato era, a todas luces, una garantía para perpetuar el poder y las prebendas de la Iglesia en Colombia, durante los gobiernos liberales con los cuales secularmente se había enfrentado. Aunque Colombia había suscrito un Concordato con el Vaticano, en 1887, dicho tratado sólo había subsistido gracias a los gobiernos de la hegemonía conservadora. Existía, por lo tanto, gran temor por lo que pudiera suceder de llegar al poder un presidente liberal con ideas anticlericales. En el clero del país existía una predisposición por aceptar al Estado totalitario italiano toda protección y el respeto que había mostrado hacia el Estado Vaticano y la institución del papa, incluso en los momentos más álgidos de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Santa Sede había acogido a algunos fugitivos y perseguidos del régimen. Pero había más puntos de coincidencia con el fascismo. Desde el siglo XIX, León XIII había promulgado la encíclica Rerum Novarum, quizás, una de las más importantes de las que hayan sido publicadas por cuanto allí se establecía una respuesta, al mismo tiempo retórica y pragmática al socialismo. En ella se postulaban los primeros pasos para el corporativismo como una forma alternativa de aglutinar a los obreros y a los trabajadores.

La Encíclica Rerum Novarum señalaba la restauración del orden social según las leyes evangélicas. La encíclica le hizo ganar a León XIII el título de Papa de los obreros al perseguir los derechos y los deberes del capital y del trabajo. Pio XII, durante la consolidación del Estado fascista y después de las conversaciones para la firma del acuerdo de Letrán que se extendieron por tres años, promulgó la encíclica Cuadragésimo Anno, conmemorativa de los 40 años de la encíclica de León XIII. La encíclica fue redactada por clérigos italianos y alemanes en un momento en el cual el Papa debía mostrar su proximidad a Mussolini en un esfuerzo por consolidar los acuerdos diplomáticos. Por ello, para Pío XI resultó altamente provechosa la conmemoración de la encíclica Rerum Novarum para ratificar las inclinaciones de la Iglesia católica por el Estado corporativo y las asociaciones profesionales. Desde ese preciso momento, la Iglesia coincidió ideológicamente con las principales premisas corporativas y autoritarias del Duce, siempre y cuando no pusieran en juego su monopolio sobre la fe y la fidelidad de los católicos. Por ello, en 1931, la encíclica Non Abbismo Bisogno atacó el culto pagano hacia el Estado fascista, la encíclica Mit Brennender Sorge, en 1937, denunció los abusos del nazismo, y Divini Redemptoris, del mismo año, condenó el comunismo ateo que destruía el orden social y la dignidad del ser humano. En este constante acercamiento y alejamiento al fascismo se movió la Santa Sede durante casi dos décadas.

El corporativismo en la Iglesia colombiana

El fascismo italiano y el nazismo alemán no representaban necesariamente los modelos ideales a seguir por una Iglesia de derecha, entre otras cosas, porque eran considerados por algunos sectores del clero como regímenes materialistas y anticatólicos. No obstante, ciertas condiciones ideológicas, entre la Iglesia Y el fascismo, expresadas en las encíclicas papales sobre el orden social anticomunista y corporativo, le abrieron espacio a variadas simpatías por estos regímenes totalitarios.

El sacerdote Félix Restrepo, por largos años rector de la Universidad Javeriana fue el principal baluarte de las ideas corporativistas en el país. Aunque Restrepo tenía marcada influencia del corporativismo de Mussolini, el sacerdote colombiano recogió la idea decantada de Sardiña y utilizada por el régimen Salazarista en Portugal. El nacionalismo lusitano perseguía el retorno de la sociedad portuguesa a las condiciones naturales de su formación y su desarrollo. Estas condiciones estaban dadas por la familia, el Municipio, la Corporación, la Provincia y el Estado.

El Salazarismo era muy conveniente para la Iglesia en la medida en que uno de sus pilares fundamentales era el cristianismo. Es preciso ir más allá y realizar por la proyección del genio de cada patria una conciencia mayor, un ideal superior de civilización el de la civilización cristiana que ha formado el mundo y que lo esperamos con confianza, lo salvara aun, afirmaba Restrepo. En el fondo, Félix Restrepo buscaba una respuesta social a toda la ola de reivindicaciones laborales que se venía gestando en Colombia por medio de huelgas y movilizaciones de trabajadores. De esta manera, seguía fielmente las encíclicas papales que buscaban una respuesta similar para los obreros del mundo entero y así frenar los ímpetus comunistas. Si bien Restrepo seguía las directrices de la Santa Sede en cuanto a una tranquila convivencia de las clases sociales; su postura se nutrió de las ideas de Mussolini sobre Senados corporativos que representaban la expresión de las políticas de la Iglesia llevadas a la práctica. El sacerdote jesuita exponía así sus ideas, citado por Ruiz Vasquez (2004) Cámara corporativa o senado corporativo es la más alta expresión del Estado que lleva el mismo nombre. En ella el pueblo todo se siente representado, según sus diversos oficios, para que las cuestiones se estudien a la luz de la ciencia y la experiencia, con miras al bien común y lejos de toda pasión política. El corporativismo cierra la lucha de clases y establece en su lugar la cooperación de las clases en beneficio de todas. En no pocas ocasiones, el jesuita colombiano se refirió al Salazarismo con admiración y respeto en la Revista Javeriana, órgano institucional de los Jesuitas. En otras ocasiones, no escondió su denodado pro franquismo.

La postura corporativista de Félix Restrepo fue una de las pocas respuestas coherentes que se dieron en el seno de la Iglesia en procura de aglutinar a las masas y oponerse de una manera práctica a los movimientos populares y socialistas. Inveteradamente, el llamado a los feligreses, había sido bastante fructífero desde los púlpitos, pero la efervescencia laboral de la década de los 20 representó un nuevo reto para los sacerdotes de las ciudades y los pueblos. Muchos párrocos acudieron a la tradicional condenación del demonio y el mal esta vez representado por el comunismo ateo. En el fondo esta prédica pastoral podía quedar sin piso si las reivindicaciones laborales eran alimentadas, como en efecto lo fueron, por algún partido político. Los sectores tradicionalistas comenzaron a perder importancia en lo espiritual, el clero sintió que disminuía su prestigio con la secularización del Estado, en lo social sufrió deterioro un patronato rural y urbano, pues los trabajadores del campo y de la ciudad tuvieron vía ancha para organizarse. Por ello la propuesta fascista de corporativismo representaba, a todas luces, un intento apropiado por desligar a las masas de los principales preceptos marxistas de lucha de clases.

La distorsión de la Acción Social Católica

La corriente corporativa de la iglesia era el evidente rechazo al comunismo que llenaba de pavor los corazones de no pocos conservadores y devotos de la derecha. En 1926, se había fundado el Partido Socialista, y en 1930, paralelo al inicio de los gobiernos liberales, el Partido Comunista comenzaba a desarrollar sus primeras acciones. El «terror rojo» se apoderó de la Iglesia que observaba con espanto el surgimiento acelerado del comunismo toda vez que los partidos de izquierda apoyaban las reformas constitucionales de López Pumarejo como la redistribución de las tierras y la consagración institucional de prerrogativas y derechos laborales a los trabajadores, en un afán por consolidar la tesis del Estado Benefactor que estaba haciendo carrera en Estados Unidos. Entre 1931 y 1937, las asociaciones gremiales pasaron de 16 a 159.

La Acción Católica

La llamada Acción Social Católica fue otra respuesta alternativa que propuso la Iglesia colombiana para combatir a la izquierda en el terreno de la movilización de masas. El arzobispo coadjutor de Bogotá, Juan Manuel González Arbeláez, fue el principal artífice de la nueva política que desplegó una inusitada campaña por hacerse al favor de la población. Para ello se utilizaron diversas publicaciones con un tiraje total de ciento veinte mil ejemplares (44 semanarios, 60 revistas mensuales y 13 quincenales). Se repartieron radios entre los campesinos, tal como lo había hecho el Ministerio de Propaganda nazi en Alemania. La “Voz de Colombia” y más tarde la Radio Sutatenza fueron los medios de difusión de las principales ideas de la Acción Católica. La Iglesia era propietaria de 150 salas de cine y un número indeterminado de bibliotecas donde sólo se podía leer la literatura autorizada por el Papa. Al mismo tiempo, se buscaba congregar a la población en sindicatos de obreros, asociaciones femeninas, juventudes católicas (los Yocistas) y grupos de devoción. En 1938, la Acción de González, había asegurado la adhesión de cien mil simpatizantes. En distintas ocasiones el liberalismo criticó abiertamente la Acción Católica catalogándola de movimiento militar y a los Yocistas se les culpó de haber recibido un entrenamiento paramilitar. La Acción Social Católica no desvirtuó las acusaciones y los rumores que circulaban especialmente en Cundinamarca por el contrario, reforzó lo dicho con una actitud beligerante al señalar que la Acción era un ejército listo para la batalla. La actividad de la Acción Católica durante los 30 y su renovación al finalizar el segundo mandato Alfonso López Pumarejo, selló en las páginas de la historia, el carácter contrarrevolucionario y desestabilizador del movimiento. La actividad de González Arbeláez y Félix Restrepo seguía de cerca los preceptos señalados por el Vaticano desde el siglo XIX. Sin embargo, dado que sus actividades fueron desarrolladas durante el apogeo del fascismo europeo, la coincidencia ideológica no tardó en establecerse. La expresión de varios elementos que se habían puesto en juego en Alemania e Italia se utilizó en el seno de la Iglesia colombiana:

1. El anticomunismo exacerbado.
2. La movilización de las masas con preceptos conservaduristas.
3. La utilización masiva e innovadora de los medios de comunicación (en especial la radiodifusión que para la época era un medio novedoso de propaganda y publicidad).
4. La corporativizacion de la sociedad por medio de gremios y asociaciones.
5. La militarización de los cuadros más importantes de la Acción.

El Papa Pío XI señaló para todas las Acciones Católicas de América Latina, la conveniencia y el imperativo de ejercer influencia cuando los intereses católicos fueran lesionados, dirigiendo y buscando la manera de no dejarse aprovechar por interés privados o de partidos. Lo que concebía Pio XI como colaboración laica a la misión apostólica no tuvo razón de ser en Colombia donde la Acción Social Católica se convirtió en un aparato contestatario del partido liberal y sus representantes se inscribieron fervientemente en el partido conservador.

Según Fernán Gonzales (1986) no hubo un esfuerzo por formar líder laicos que pudieran ser autónomos en la vida social y política sin enajenarse al liberalismo y al comunismo, creando una especie de terreno propio de la Iglesia que evitara la contaminación y la confrontación con otras ideologías.

El énfasis dado a la lucha anticomunista por encima de una respuesta católica a los problemas de los obreros tal como lo instituía el Papa, no impidió que la Acción Católica Colombiana tuviera dimensiones sociales y desarrollara una verdadera política sectorial.

La radicalización y la violencia latente que expresó la Acción Católica en nuestro país, además de su alianza con el Partido Conservador, le imprimieron un carácter atípico con respecto a los demás casos latinoamericanos. La actitud amenazante de la Acción Católica y la línea corporativista en el seno de la iglesia estuvo reforzada por otras dos vertientes ideológicas: la tradicional y la franquista.

Las tres corrientes ideológicas de la Iglesia colombiana

En la Iglesia colombiana comenzaron a dibujarse, en la década de los 30 tres líneas ideológicas todas ellas enmarcadas dentro de la derecha y el conservatismo.

La primera, como ya se vio, siguió fielmente los postulados ínsitos a las encíclicas papales, especialmente en lo relacionado al corporativismo y a una acción social católica.

La segunda línea ideológica, tradicional por naturaleza, seguía fielmente la postura antiliberal del siglo XIX que habían adoptado las comunidades religiosas como respuesta a las políticas anticlericales de los presidentes liberales, especialmente, durante los gobiernos de Mosquera en el cual se habían expulsado a los Jesuitas y desafiado el fuero sacerdotal y en el mandato de José Hilarlo López con la expulsión del arzobispo de Bogotá. La Iglesia sólo encontró protección en el régimen conservador que se inició con Rafael Núñez y se prolongó por más de 30 años. La alianza Iglesia-conservatismo se afianzó en la Constitución de 1886 donde se estipularon todas las prerrogativas para el catolicismo apostólico y romano como religión oficial. Un año más tarde, el Estado firmo con el Papa el Concordato para afianzar el poder de la Iglesia como baluarte insustituible de la sociedad. El partido conservador, una minoría política, buscó entronizar a la Iglesia con el fin de recibir su apoyo por cuanto esta institución aglutinaba a la casi totalidad de la población en torno a los preceptos cristianos. De esta manera, el Estado quedó sujeto a las jerarquías eclesiásticas al tiempo que se preservaba el poder ideológico y político de la Iglesia sobre los colombianos, protegiendo la educación confesional y manteniendo la injerencia sobre los nacimientos, los matrimonios y las defunciones. El matrimonio entre el partido conservador y la Iglesia, le reportaba al primero el sustento de masas que no poseía y al segundo le significaba la protección a sus jugosas prerrogativas. Con el tiempo, el poder de la Iglesia llegó a ser tan decisorio en la vida política del país, que los candidatos presidenciales no eran escogidos en las urnas sino señalados por la alta cúpula clerical. El acto electoral se convirtió así, durante la hegemonía conservadora, en una simple refrendación de los designios de la Iglesia. Esta tenía dominio directo sobre la vida social y las relaciones políticas. Por último, la tercera línea ideológica se caracterizó por defender el franquismo y tomar partido por los Nacionalistas durante la Guerra Civil Española. Esta tendencia tomó fuerza en la década de los 30 y siguió fiel a su conducta incluso después de la victoria del Generalísimo Franco, en los años 40. Tal postura no fue ni mucho menos gratuita, sino que obedeció a la influencia directa de los hechos de la guerra española sobre los presbíteros colombianos. El clero asumió como suyo el papel beligerante en contra de los republicanos, que en repetidas ocasiones habían llevado a cabo políticas de laicización de la sociedad, especialmente durante el gobierno de Azaña. La leyes de 1932 abrogaron la instrucción religiosa en España y disolvieron las órdenes religiosas que representaban peligro para el Estado. La Compañía de Jesús fue liquidada y sus propiedades confiscadas. Los Jesuitas eran para el gobierno de la República una congregación poco deseable y sí muy peligrosa por su influencia en la educación y su poder económico. Los Jesuitas decidieron exilarse de manera voluntaria, pero la salida de los sacerdotes de la Compañía de Jesús se señaló en el mundo entero como la “expulsión” de la Congregación del territorio español.

En Colombia, donde los Jesuitas también habían sido considerados como un peligro inminente para la estabilidad de los gobiernos liberales del siglo XIX, la relación con lo que sucedía en España no fue difícil de establecer. Así como la República española en cabeza de Azaña “perseguía” al clero violando el Concordato y fomentando la intolerancia religiosa en Colombia, la legislación laica del gobierno de Alfonso López Pumarejo se percibió como una intromisión indebida en las potestades propias de la Iglesia. La separación natural entre el Estado y la Iglesia, es llevada a cabo por los gobiernos liberales en España y Colombia, ponía en entredicho el poder atávico de los religiosos. En esa medida, la Iglesia hacía una analogía a la vez simple y directa entre la República española y los gobiernos liberales, por un lado, y los nacionalistas y los conservadores, por el otro. Esta idea predominante, cobró más fuerza cuando diferentes religiosos españoles buscaron refugio en América Latina y expusieron a diestra y siniestra la persecución de que eran objeto en su tierra.

Al estallar la Guerra Civil Española, la tendencia dominante en el seno de la Iglesia colombiana se hizo aún más beligerante como respuesta a las innumerables informaciones provenientes de la península ibérica que ponían de manifiesto las ejecuciones de sacerdotes y la persecución indiscriminada. Si bien es cierto que los clérigos que murieron durante la guerra representaban un número considerable, no es menos verdadero que las noticias se maximizaron para dar una imagen más patética de lo que en verdad sucedía. Durante varias décadas los estudios más cezudos sobre la Guerra Civil tuvieron una enorme dificultad para establecer el número total de víctimas basándose en aproximaciones que podían oscilar del millón a los trescientos mil muertos. Hoy por hoy, difícilmente se puede contar con una cifra confiable aunque el estimativo más aceptado establece que el número total de víctimas fue de aproximadamente 600.000.

Presumiblemente, los religiosos colombianos debieron recibir informaciones alarmantes sobre la suerte de sus homónimos españoles ya que en la época, y muchos años después, fue prácticamente imposible establecer, a ciencia cierta, la veracidad de tales noticias. Las cifras de muertes de clérigos fueron o bien infladas o bien desestimadas según la conveniencia del grupo que las utilizaba. No obstante, hoy en día se sabe que los Republicanos ajusticiaron a 6.800 de 30.000 religiosos que vivían en España. Del clero regular el 23% desapareció. Del clero secular el 13% fue asesinado. Los comités revolucionarios del Frente Nacional apuntaron sus juicios contra los curas de los pueblos y los falangistas en las ciudades porque en ambos casos estas figuras representaban la imagen vívida de los nacionalistas “indeseables”.

De la orden Hospitalaria, por ejemplo, fueron fusilados a manos de los Republicanos cerca de 90 sacerdotes. Siete de ellos eran padres colombianos (antioqueños y caldenses). Todas estas circunstancias naturalmente, plantearon una relación estrecha entre los presbíteros españoles y los colombianos, no tan sólo por una identificación ideológica sino también por una participación directa en la guerra. Al coro se unieron las jerarquías y el clero colombiano que hicieron de la causa de Franco una cruzada de salvación. En la Revista Javeriana, el Padre Félix Restrepo daba cifras de 160 Iglesias incendiadas y 251 asaltadas y saqueadas. El Episcopado Colombiano envió mensajes de aliento y apoyo al clero español. Con el triunfo de Franco, la iglesia se convirtió, para el nuevo régimen, en uno de los aparatos ideológicos primordiales. El trípode sobre el cual se sostenía el Franquismo estaba conformado por la Falange, los sindicatos institucionales y la Iglesia. Desde ese preciso momento esta última recibió todas las garantías y libertades amparada por el Estado autoritario. Con esta nueva dinámica vinieron a Colombia, entre 1945 y 1952, varias misiones españolas, especialmente de Franciscanos, que llevaron a cabo una “evangelización” al norte del departamento del Valle del Cauca y al occidente del departamento del Tolima, en los momentos más álgidos de la violencia. La prédica religiosa se realizó en zonas en donde se llevaron a cabo las peores masacres como en Ceilán y Betania (municipio de Bugalagrande) y se basaba en una diatriba contra los liberales y una oda ditirámbica en honor Franco. Entre los campesinos liberales existía la convicción de que aquellos padres españoles colaboraban en la organización de la represión estatal conservadora sirviendo de enlace con los directorios del partido en cada municipio, repartiendo armas entre los conservadores. Que la Iglesia colombiana poseyera armas no era de extrañarse para aquella época por los antecedentes acaecidos con la Acción Social Católica. De igual manera durante el gobierno de Pedro Nel Ospina el Ministro de Gobierno afirmó que una congregación tenía a su haber más de 200 rifles. Mucho más tarde, el 9 de abril de 1948, en el Bogotazo, la muchedumbre que pretendía llegar al palacio presidencial para vengar el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán fue recibida a bala: desde el campanario de la Catedral Primada en la plaza de Bolívar en un esfuerzo por mantener el orden.

Anticlericalismo y secularismo: la Iglesia y los gobiernos liberales

Las líneas corporativistas y franquistas de la Iglesia surgieron además durante la década de los 30, como una respuesta a la llegada y consolidación del liberalismo en el poder al que se le atribuía el anticlericalismo recalcitrante y un desusado empeño por desplazar a la Iglesia. Desde sus inicios, los gobiernos liberales de Enrique Olaya Herrera (1930-1934) y Alfonso López Pumarejo (1934-1938) buscaron mantener unas sanas relaciones de equilibrio con la Iglesia y así legitimar los nuevos regímenes después de la larga hegemonía conservadora. De hecho, tanto Olaya como López lograron un peculiar apoyo a la Iglesia al evitar tocar las prerrogativas eclesiásticas con el ánimo de mostrar que los presbíteros podían continuar libremente, sin temor alguno, actividades durante los gobiernos liberales. No obstante, al corto tiempo, una fuerte ola anticlerical se contrapuso al sector más reaccionario de la Iglesia que señalaba a los liberales como ateos, herejes y comunistas.

El matrimonio de conveniencia, entre los Estados liberales y la Iglesia no se extendió por mucho tiempo y la separación sobrevino debido a diferentes factores.

En primer término, Laureano Gómez, una de las cabezas más visibles del partido conservador, buscó revitalizar su colectividad alinderando la Iglesia a su lado con la táctica que le fue propia por muchos años; es decir, señalando enemigos y peligros para crear temor entre sus posibles aliados y asegurar así la ferviente fidelidad de esos grupos. El periódico El Siglo mostró, desde sus páginas en agosto de 1936, el atroz asesinato de los religiosos colombianos en España en un intento por asociar el problema político y el problema religioso. En segundo término, González fue nombrado coadjutor y posible sucesor del arzobispo Primado Perdomo, lo cual radicalizó parte de la Iglesia, al plantearse la formación de la Acción Social Católica con todas sus estrategias fascistoides, militares y violentas.

Si esto sucedía entre los conservadores, los liberales especialmente los jefes regionales no desaprovecharon el advenimiento de los jefes de su partido para soslayar en los pueblos y pequeñas localidades, la actividad de la parroquia y lo curas. Por ello no faltó el hostigamiento y el enfrentamiento directo con el sacerdote de la región en una pugna por consolidar el poder político local. Las relaciones entre el Estado Liberal y la Iglesia comenzaron a deteriorarse a raíz de que el Congreso hiciera una denuncia por evasión de impuestos por parte de la Comunidad Jesuítica. Los debates en las Cámaras fueron enconados y varios representantes liberales llegaron a calificar a los Jesuitas de ladrones. Otro punto de enfrentamiento tuvo que ver con la preponderancia que quería asumir el Estado Liberal en lo que tocó, a disgusto de los clérigos, instituciones de reconocida estirpe confesional como el Colegio del Rosario y el Colegio de San Bartolomé. De hecho, la cúpula eclesiástica había reforzado su dominio sobre la educación superior desde los inicios mismos de los gobiernos liberales con la fundación de la Universidad Javeriana en Bogotá en 1930, y la Universidad Bolivariana en Medellín en 1934. Los conflictos fueron tensados al máximo con la propuesta gubernamental para la Reforma Constitucional de 1936 en donde se suprimía el nombre de Dios como fuente suprema de toda autoridad tal como había sido consagrado desde 1886 en el preámbulo de la Constitución. Igualmente, se buscó instaurar el divorcio y el matrimonio civil para escindir el poder del Estado y la sociedad, de las potestades de la Iglesia. La Constitución postulaba igualmente, la libertad de enseñanza pero con arreglo, vigilancia e inspección del poder civil del gobierno.

En 1935, se llevó a cabo el Congreso Eucarístico de Medellín que estuvo caracterizado por la radicalización de las posiciones en el seno dela Iglesia y en el partido liberal. El Congreso movilizó a cientos de miles de feligreses y reunió a importantes prelados de América Latina, en momentos en que las Cámaras legislativas discutían la conveniencia de reformar el Concordato con la Santa Sede. El Concejo de Bogotá, de mayoría liberal, manifestó, en una proposición, su pública aceptación del Congreso Eucarístico, siempre y cuando la Curia colombiana estuviese dispuesta a considerar la reforma del Concordato, la educación laica, la separación Estado-Iglesia y la prohibición de las misiones evangelizadoras.

Lo anterior creó el clima propicio para que Monseñor González Arbeláez, el representante del ala más radical de la Iglesia, llegara a Medellín portando la Custodia del Santísimo y reuniera al sínodo en contra de los liberales y del Estado Reformador. González reprochó al Concejo de Bogotá y señaló que no cedería ante los masones, ateos, comunistas y herejes concitando a los feligreses con estas palabras, al clausurar el Congreso: “Oigan Mueran los curas”, “López sí, curas no”, “Abajo Monseñor González y la Acción Católica”.

El anticlericalismo afianzó la supremacía de Monseñor González, en el seno de la Iglesia que, aliado políticamente con Laureano Gómez, utilizó la Acción Católica como un instrumento violento de respuesta militar a la vertiente anticlerical. Aunque muchas de las acusaciones contra González y la Acción Católica provenían del liberalismo, el lenguaje exacerbado del presbítero era un claro llamado a la violencia en donde se ordenaba a los católicos a “derramar hasta la última gota de sangre” en defensa de los postulados de la Iglesia. A pesar de la fuerza inusitada que cobró la Acción Social Católica, nunca llegó a representar un peligro inminente para el gobierno de López, entre otras cosas, porque la Iglesia al igual que el conservatismo se hallaba dividida y las luchas intestinas minimizaban cualquier intento por radicalizarla. A este respecto, vale la pena anotar que la división en la Iglesia obedecía a una postura de conveniencia utilizada en aras de conseguir el poder de la institución. Así hubiese una coincidencia de ideas o programas entre dos importantes clérigo, estos terminaban enfrentados si ello favorecía su predisposición por acceder al poder. Esta falta de cohesión interna fue la que impidió que las posturas de extrema derecha tuvieran mayor arraigo no sólo en la Iglesia sino en otras instancias de la vida colombiana.

El anticlericalismo, las encíclicas Papales, el advenimiento de Franco y la organización comunista, le abrieron las puertas al sector más radical representado en Monseñor González Perdomo, la cabeza más prominente de la jerarquía eclesiástica, se vio relegado a un segundo lugar frente al carisma de González quien gozaba del apoyo de Laureano Gómez. En vista de los insistentes rumores sobre un levantamiento militar auspiciado por la Acción Católica y Gómez, en el departamento del Cauca, el gobierno, por intermedio de su ministro Alberto Lleras, presionó ante el Vaticano el traslado de González Arbeláez a una Diócesis menos importante.

No obstante, la Acción Católica no cedió en sus intentos por aglutinar a los obreros independientes y asalariados rurales a pesar de la caída en desgracia de su jefe. Especialmente, el Yocismo, se reorganizó y enfiló nuevamente baterías gracias a la creación en 1936 del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) que tenía por misión coordinar las actividades de la Acción en el nivel nacional. En diciembre de 1936, los Yocistas organizaron en el Espinal, Tolima, una reunión nacional. En ella, se señaló la necesidad de luchar contra el comunismo que carcomía al liberalismo y a los sindicatos. El encuentro estuvo marcado por los grandes desfiles de corte militar con la utilización de uniformes y banderas y los actos masivos de congregación de camisas blancas. Al respecto el periódico liberal El Tolima apuntó, citado por Ruiz Vasquez (2004) en diciembre de 1936: Mientras el liberalismo se distrae en cuestiones bizantinas, la Acción Católica organiza huestes de camisas negras y se prepara para crearle problemas sociales al gobierno. Las organizaciones yocistas y los sindicatos de la clerecía corresponden a disposiciones dadas por un enemigo tan terrible como el comunismo y tan extraño y peligroso como el fascismo.

En los primeros años 1935-1936 (los Yocistas) se declaraban partidarios del corporativismo y elogiaban al fascismo italiano y al nazismo alemán por oponerse al comunismo.

No obstante, en 1937, los Yoscistas, a raíz de las encíclicas papales, renegaron del fascismo calificándolo como un producto del paganismo y afirmaron que la repuesta al comunismo no estaba ni en el fascismo ni en las dictaduras de derecha. La moderación del Yocismo traería un quiebre inevitable con la Acción Católica dirigida por Monseñor González aliada a la extrema derecha conservadora. Los choques entre ambas tendencias mostrarían las fisuras internas que irremediablemente atacaron la estructura eclesiástica restándole fuerza a los planteamientos fascistas. Si los Yocistas se convirtieron en demócratas cristianos la Acción Social Católica siguió fiel a sus premisas franquistas y fascistas.

Para finales de la década del 30, tres facciones propugnaban por sus intereses al interior de la Iglesia: la facción de Perdomo, los partidarios de Gonzalez y los Yocistas.

Los dos primeros grupos estaban fuertemente enfrentados en la pugna por el poder de la alta cúpula eclesiástica, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos liberales por desplazar a Monseñor González de la vida política del país. La facción de González giró con más fuerza hacia el falangismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. El clero falangista formó una red semi subterránea fuertemente representada en las comunidades monásticas rurales, donde se habían refugiado algunos españoles durante las guerras Carlistas y el Frente Popular. El clero falangista atacaba en privado a sus colegas moderados, alegando que estaban arrinconando al régimen liberal con un catolicismo errático.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los servicios de inteligencia británico se dieron a la acuciosa tarea de investigar cualquier actividad proclive al Eje en los países del hemisferio. El FBI de Estados Unidos y el Servicio de Inteligencia Británico realizaron labores de contraespionaje para determinar, en los países latinoamericanos, los nacionales y extranjeros que simpatizaban con las ideas nazis. El Servicio de Inteligencia Británico investigó las actividades de Monseñor González y estableció que el prelado se había envuelto en las actividades de la llamada Acción Combinada de la Hispanidad, un grupo político clandestino de tendencia fascista. La Acción Combinada, por intermedio de González, consiguió armas del gobierno argentino -ametralladoras- que luego fueron repartidas entre sus socios por medio de suscripciones parecidas a las que se hacían en las revistas. Para la fecha, 1944, el gobierno de López asistía al creciente rumor de que la extrema derecha buscaba derrocarlo. Por su lado, Monseñor Perdomo se mostró enemigo del fascismo y propuso la amplia lectura del escrito “ ¿Pueden el nazismo y la cristiandad coexistir?”, difundida profusamente por la embajada británica.

Cuando el primero de marzo de 1945, se hallaron los explosivos en la Catedral de Bogotá, Perdomo afirmó que reprobaba todo movimiento subversivo contra las autoridades constituidas. De hecho, el Primado hacía referencia en primer término a su autoridad dentro de la jerarquía de la Iglesia que habían puesto en duda los sectores más radicales inspirados por el fascismo.

La escisión en la Iglesia fue fruto indiscutible de la lucha por el poder; lo que se tradujo, incluso, en un ataque violento y directo del ala más radical. Sin embargo, el ajuste de cuentas, virulento y a veces pueril, no buscaba tan solo dirimir las diferencias entra las facciones de la elite, sino también expresaba la diferencia planteada en el binomio campo-ciudad. En efecto, los “Perdomistas” prevalecieron en los grandes centros urbanos, mientras que los “Gonzaliztas” intentaron influir en el sector rural. En el fondo, el ala clerical más recalcitrante reflejaba el temor que existía de tiempo atrás por la creciente urbanización que le significaba a la Iglesia la pérdida de poder e influencia en las curias de las pequeñas poblaciones. El universo restringido de la parroquia en el campo le permitía al clero una intromisión directa en la vida de los pobladores. Pero esta influencia se veía menoscabada en las grandes ciudades donde era más difícil establecer relaciones interpersonales y así estrechar los vínculos de adscripción a la Iglesia. Una primera reacción del clero, ante la migración campesina y la modernización del sector rural, la evidenció el tristemente célebre Miguel Ángel Builes, arzobispo de Santa Rosa de Osos. El prelado señaló, en 1929, la inconveniente injerencia del Estado en obras de infraestructura que irremediablemente descomponía al campesinado. De igual manera, las pastorales del padre se quejaban del peligro en que se encontraba la fe cristiana ante los avances de la modernización y el desarrollo. Existía el gran temor de que el campesino, tradicionalmente conservadurista, tomara posiciones opuestas a las instituciones establecidas con la entrada del capitalismo y las estructuras del mercado libre en el campo.

El ala más radical de la Iglesia, que conducía la Acción Católica, le otorgó grande importancia a la sindicalización campesina. En 1937, los sindicatos campesinos católicos comenzaron a proliferar en Cundinamarca. El gobernador del departamento, ante el giro de los acontecimientos, envió una misiva a Monseñor Perdomo donde criticaba el adoctrinamiento que se les impartía a aquellos campesinos. En estos días se ha venido creando una grave y peligrosa situación en algunos municipios que tiene por causa principal la formación de lo que se llama Sindicatos Católicos, organizados y dirigidos por los señores curas párrocos, sindicatos a los que se les han dado una organización casi militar. Tales sindicatos cuentan con un escalafón de oficiales de Cristo, donde hay una jerarquía a semejanza de la que existe en el ramo militar..

El arzobispo González en sus informes a la Santa Sede en 1938, sobre las actividades de la Acción Católica, se complacía en señalar que los campesinos eran movilizados a través de “manifestaciones masivas de fe religiosa”, con desfiles, estandartes y banderas en donde se ponían en juego los mecanismos sociológicos por encima de la religiosidad.

Posteriormente, en 1945, la Acción Católica sería conducida muy eficientemente por la Comunidad Jesuítica que habría de conformar la Unión de Trabajadores Colombianos (UTC) en un intento por mediar en los conflictos laborales en las empresas privadas. El sindicalismo católico surgió como una expresión anticomunista para ser la competencia de la Central de Trabajadores Colombianos (CTC) manipulada por el liberalismo.

La Iglesia católica y la violencia

Gonzalez (1986) plantea que la línea de González prevaleció en campos y veredas durante la Violencia entre los años de 1949 Y 1953. Hoy por hoy, es difícil señalar en qué medida influyó la Acción Social Católica, el clericalismo a ultranza, los sindicatos campesinos, el franquismo y la condenación de los liberales, en aquella Violencia que se agudizó a partir del 9 de abril de 1948 con la muerte del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán. A raíz de los sucesos del Bogotazo, importantes prelados señalaron al comunismo y al liberalismo como los directos responsables de los disturbios. Entre otros, monseñor Crisanto Luque (Obispo de Tunja), monseñor Gerardo Martínez (Obispo de Garzón Y Monseñor Builes (Obispo de Santa Rosa de Osos) hicieron estos señalamientos en sus pastorales. Los preceptos cristianos fueron utilizados como un simple pretexto para arrogarle un carácter grupista a una lucha que, en el fondo, era una redistribución violenta de la riqueza y de la tierra. Es probable, también, que la prédica pastoral beligerante calara hondamente en los sectores conservadores, exaltando los ánimos. La religión les dio a los asesinos de la violencia toda una simbología alrededor de la cual realizaban sus fechorías o cometían las masacres. Los victimarios, organizados en cuadrillas generalmente, iniciaban el asesinato colectivo con lemas como “Que vivan San Juan y San Pedro”, “Viva Cristo Rey”, “Ateos mal nacidos”. La jerga utilizada estaba acompañada por la posesión dé símbolos, fetiches del catolicismo. Los cuadrilleros llevaban en sus bolsillos estampas de la Virgen del Carmen y del Cristo Milagroso de Buga o escapularios y medallas al cuello.

Las masacres, amparadas por el supuesto de una “Santa Cruzada”, escondían un afán del campesino por ascender en la escala social ante el bloqueo que representaba la estructura agraria retardataria y hacendataria. En otras ocasiones, la violencia respondía a una pugna por el poder local de las regiones y municipios. El resultado evidente de las fisuras sociales y las necesidades económicas más apremiantes de la sociedad se manifestaron y buscaron una salida en la violencia. Las cosechas y el ganado eran robados y las tierras eran compradas a precios irrisorios debido a las amenazas y el terror. El grueso de la población era carne de cañón en este conflicto atizado desde los púlpitos con sermones que señalaban, por ejemplo, que matar liberales no era pecado. De esta manera, el asesino recibía indulgencias de la Iglesia que sobre el papel era el conductor de los sanos preceptos de la moralidad de la fe católica.

Para las elecciones de 1949, el clero se movilizo en los campos haciendo un llamado a la votación conservadora por medio del sentimiento católico. Laureano Gómez pescó en el río revuelto del enfrentamiento entre el clero metropolitano y el clero rural. Una vez más, como en la década de los 30, la Iglesia se convertía en el aparato ideológico del partido conservador. Indudablemente, la Iglesia colombiana contaba con una estructura propagandística incomparable para movilizar a los campesinos. Desde las 150 salas de cine propiedad de la Iglesia, hasta las publicaciones, pasando por la radio y la predica desde los púlpitos constituían, en su conjunto, un sistema publicitario fuerte y acabado. Sumado a lo anterior el apostolado llevado a cabo en Colombia había apuntado hacia la corporativizacion de la sociedad con organizaciones de derecha como los sindicatos de campesinos y de obreros, las asociaciones de trabajadores y los movimientos de juventud, todos guiados por la premisa de la igualdad de clases antes que su lucha. Dicho adoctrinamiento era altamente conveniente para un gobierno de extrema derecha que no quería ver expresiones contestatarias y sí un fuerte apoyo popular.

Laureano Gómez lo comprendió así y supo sacar ventaja de la muerte de Perdomo, en 1950, con el consiguiente debilitamiento del ala moderada de la Iglesia. Con el fallecimiento del Primado no sólo se radicalizó la Iglesia sino que se le abrieron las puertas al clero rural para imponerse sobre el clero metropolitano. De esta manera, los sectores más retardatarios de la Iglesia que tenían su asiento en el campo, pudieron moverse libremente para ejercer un proselitismo político virulento dirigido a atizar los ánimos en contra de los pobladores liberales. No obstante, los ataques constantes y la diatriba exagerada pusieron al clero en el incómodo papel de instrumento de la “dictadura civil”. Lo que en un principio fue la principal arma de la Iglesia –el poder de movilización- se convirtió, a la larga, en su principal defecto restándole credibilidad y legitimidad en amplios sectores de la sociedad, especialmente entre los campesinos liberales y los comerciantes de las pequeñas ciudades. A partir de ese momento la Iglesia no pudo constituirse en un instrumento de conciliación y mediación en el seno de la sociedad colombiana.

En el próximo texto vamos a intentar una sociología del fascismo en Colombia y su prolongación con el uribismo y sus ejércitos narco paramilitares, responsables de la masacre y el desplazamiento de millones (ocho) de campesinos colombianos despojados de sus bienes y tierras por las hordas asesinas de la autodefensa organizada por Uribe Vélez a partir de las Convivir, aparatos paramilitares legalizados por el narco gobierno de Samper Pizano en el año del 1997 como una concesión de Samper a la ultraderecha uribista a raíz del proceso 8000 que destapo la financiación del narco a su campaña electoral y a su gobierno.

https://www.aporrea.org/internacionales/a270906.html

El juicio por la exhibición de un documental antifranquista no entra dentro del auge del fascismo

El 14 y 15 de noviembre se celebrará un juicio en Iruña contra los miembros de ZER Clemente Bernad y Carolina Martínez por difundir el documental “A sus muertos” el año pasado dentro de las jornadas “¿Qué hacemos con el Monumento a los Caídos?”

El documental trata del conocido como “Monumento a los Caídos”, aunque su nombre oficial es “Navarra a sus muertos en la Cruzada”, un símbolo vigente en honor del golpismo y del franquismo.

Mensualmente en su cripta se celebran misas en honor a los criminales fascistas que desataron la guerra civil en 1936 y asesinaron solo en Navarra a más de 3.500 personas.

El documental se reparte en seis preguntas hechas a los viandantes en el entorno del monumento y muestra las estrechas relaciones entre el pasado y el presente en el espacio urbano.

La Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz interpuso una denuncia contra ellos a raíz de la exhibición del documental, por la que serán juzgados por un delito de revelación de secretos, con una petición por parte de la Fiscalía de 2 años de prisión y multa de 12.000 euros para cada uno de ellos. La acusación particular eleva la petición a 2 años y 6 meses de prisión.

La Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz se creó en 1939 por excombatientes requetés para “mantener íntegramente y con agresividad si fuera preciso, el espíritu que llevó a Navarra a la Cruzada por Dios y por España“. Desde entonces vienen celebrando misas en el Monumento todos los días 19 de cada mes y especialmente el 19 de julio, ya que el golpe de Estado de 1936 en Navarra fue el 19 de julio, en honor de los militares golpistas Mola y Sanjurjo y de los combatientes navarros del bando franquista muertos en la Guerra Civil, en clara apología del fascismoy el golpismo.

Este tipo de hechos no forman parte del auge del fascismo sino del fascismo mismo porque son exactamente iguales ahora que en 1939. No son ningún “peligro” sino realidades evidentes. Aquí ha cambiado (casi) nada.

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