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Vuelve Millán Astray y la legión española

Darío Herchhoren

El pasado domingo 2  de diciembre de 2018, se celebraron (¿celebraron?) elecciones autonómicas en Andalucía. Y tal como estaba previsto el PSOE fue el partido más votado. Pero ocurrió algo totalmente imprevisto, al menos para los sesudos tertulianos de las diversas familias políticas españolas, para las empresas que se dedican a las encuestas y para el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) un organismo oficial que se ocupa de tomar el pulso a la sociedad española. Y ese imprevisto fue que un partido político surgido de la nada; de orientación nazi fascista llamado Vox, se ha convertido en el árbitro del futuro político en Andalucia.

¿Qué ha pasado? Al día de hoy se vienen dando muy diversas explicaciones a tal fenómeno. Pero lo cierto es que ese partido xenófobo, nacional católico, antifeminista, nazionalista, y con un discurso elemental y sin propuestas ha cobrado enorme importancia.

Se venía diciendo que en España no había posibilidad alguna de que surgiera un partido como el Frente Nacional Francés de Marine Le Pen, ni como Alternativa por Alemania, ni como el gobernante partido en Hungría, ni como la Liga Norte en Italia; y se daba como motivo de tal afirmación que el Partido Popular (Partido Podrido) servía de barrera de contención para que tal cosa no ocurriera. Todo eso resultó una falacia.

Hay que destacar que el líder de Vox, de apellido Abascal, proviene del PP, y que ocupó cargos importantes en el mismo partido en el País Vasco. Pero la pregunta que surge sin esfuerzo es ¿cómo ha podido ocurrir esto, delante de las narices de todos sin que nadie se diera cuenta de lo que podía pasar? La respuesta hay que buscarla en una sociedad harta de corrupción que afecta tanto al PP como al PSOE, en que el PSOE lleva gobernando en Andalucía 35 años y que no ha resuelto problemas tales como la propiedad y tenencia de la tierra; en que el paro y la pobreza no se han resuelto nunca; en que las opciones para los andaluces eran más de lo mismo o «cambiar» con el PP. Todo ello muy atractivo para el electorado depauperado, con una juventud con la tasa de paro no solo mayor de España, sino de Europa; cansado de mentiras y triquiñuelas.

El panorama que se presenta ahora me temo que no es coyuntural, y que el mismo escenario es extrapolable a toda España, y que la derecha más cerril y corrupta ha lanzado abiertamente la opción fascista pero en forma descarnada y sin careta.

El gobierno del PSOE se encuentra en una encrucijada. Por un lado mantiene una representación parlamentaria muy débil; por otro no puede aprobar los presupuestos para el año 2019; en Cataluña no abre la mano para la puesta en libertad de los políticos catalanes encarcelados, lo cual le permitiría un alivio en este nudo gordiano. Además de todo ello su política económica neoliberal le impide hacer una propuesta expansiva que relance la economía; y no puedo dejar de comentar algo que ocurrió hace pocos días y que pasó casi inadvertido, que fue la vista de Xi Yinping, presidente de China que visitó nuestro país trayendo como propuesta que España se convirtiera en la punta de rieles de un gran ferrocarril que comunicara China con el Atlántico en un puerto español.

La respuesta no podía ser más torpe. El gobierno de Pedro Sánchez rechazó el convite, argumentando que su pertenencia a la Unión Europea le impedía hacerlo. Es totalmente falso. La Unión Europea no prohíbe tal cosa, y España se habría convertido en un socio de China de primera magnitud. Era una oportunidad de oro para expandir la economía española y convertirse en un país central del comercio mundial; pero la ceguera y la torpeza de los políticos españoles es realmente oceánica. Y todas esas son las razones para que haya un surgimiento del fascismo en España, que ha venido lamentablemente para quedarse.

Lo que el fascismo no es…

1. El fascismo no es “la ultraderecha” y, sin embargo, “la ultraderecha” forma parte del fascismo.

2. El fascismo no es sólo un adjetivo, ni un insulto, sino también un sustantivo: una determinada forma de ejercicio del poder político por parte de la burguesía monopolista en la época moderna.

3. El fascismo no puede ser idéntico hoy que hace 90 años porque las situaciones históricas han cambiado. La lucha de clases ha cambiado. El movimiento obrero ha cambiado. La URSS ya no existe y, además, existen instituciones antes desconocidas: la ONU, la OTAN, la Unión Europea, la OEA… Que el fascismo evolucione no significa que no sea fascista, sino todo lo contrario: cambia para seguir siéndolo, para mantenerse en el poder.

4. El fascismo no puede ser idéntico en un país que en otro porque la situación política es distinta. No es lo mismo en una gran potencia imperialista que en un país sometido. No es lo mismo en Europa que en Latinoamérica.

5. El fascismo no es un partido, ni dos, ni tres, ni todos. El fascismo no es el PP, ni Ciudadanos, ni Vox, ni España 2000, ni… Esos partidos son fascistas, pero no son el fascismo.

6. El fascismo no es la clase media, ni la pequeña burguesía, ni el lumpen, ni los desclasados… Un ejército no es fascista porque lo sea su tropa sino porque lo es su Estado Mayor, es decir, quien lo dirige.

7. El fascismo no es una política económica, ni tampoco su contraria. No es el (neo)liberalismo, ni el intervencionismo, ni la autarquía, ni las nacionalizaciones, ni la liberalizaciones, ni las privatizaciones, ni el corporativismo, ni la seguridad social…

8. El fascismo no es nacionalismo, ni patriotismo. Cuando un país es socialista, a los fascistas no les importa venderse a cualquier país extranjero que quiera regresar al capitalismo.

9. El fascismo no es una ideología, ni una simbología. Tampoco es ninguna clase de cultura, sino lo contrario; es la ignorancia, el embrutecimiento, el anafabetismo y el garrulismo. Los fascistas no exponen argumentos porque no los necesitan. No es que no digan nada nuevo; no dicen nada.

10. El fascismo no es igualitario sino discriminador. Sobre todo diferencia según la clase social y, por lo tanto, según el poder. Favorece al fuerte y perjudica al débil. Su política consiste en dividir para vencer. Discrimina según el pasaporte, el color de la piel, la religión, las prácticas sexuales…

11. El fascismo no es pacifismo sino su contrario. Es la violencia, el rearme, la guerra, la represión y todas las formas de ejercicio del poder por la fuerza bruta.

12. El fascismo no se opone al reformismo sino que lo necesita. La amalgama de fascismo y reformismo se llama socialfascismo. Ambos son complementarios; se ayudan mutuamente. Los reformistas son el maquillaje del fascismo: lo encubren, lo visten y lo desvisten para que no parezca lo que es. Los fascistas no disimulan ni sus objetivos ni sus medios. Eso lo dejan para los reformistas.

Brasil otra vez bajo la bota militar yanqui

Darío Herchhoren

En 1964 el ejército brasileño dio un golpe de estado contra el presidente de Brasil Joao Goulart bajo el mando del General Castelo Branco, inauguraba de esa manera la terrible instalación de dictaduras militares en Sudamérica que siguió luego en Bolivia con el general Banzer, en Uruguay con la dictadura cívico militar de Bordaberry, en Argentina con la dictadura de Videla y en Chile con Pinochet.

Ya en años anteriores el presidente de los EEUU Richard Nixon predijo que «a donde vaya Brasil irá Sudamérica». Y se cumplió fielmente. El golpe brasileño tuvo unas características muy particulares, ya que los militares establecieron unas condiciones que les permitieron una gran autonomía con respecto a la injerencia de los EEUU en su política interior. Es así como la dictadura militar brasileña se propuso desarrollar el país sobre todo en materia científica y tecnológica, para lo cual permitió que investigadores venidos de los países limítrofes, sobre todo de Argentina y Uruguay, se instalaran y pudieran trabajar con relativa libertad.

El mentor de esa política fue el jefe de la fuerza aérea brasileña brigadier general Silvio Heck. Es decir que «solo se reprimió a aquellos que se debía reprimir». La represión se centró en líderes sociales, campesinos, estudiantiles, culturales; y con ello demostraba la dictadura militar brasileña una actitud mucho más inteligente que sus homólogas vecinas.

Pero el huevo de la serpiente ya estaba puesto y era solo cuestión de tiempo para que eclosionara, y pariera a otra serpiente.

La dictadura militar brasileña comenzó a soltar lastre, y aflojar la represión y de esa manera surgieron gobiernos civiles como el de José Sarney y el de Henrique Cardoso, que obviamente contaron con el apoyo vigilante del ejército,que dio un paso atrás y permitió la «apertura democrática», que posibilitó el triunfo de Lula Da Silva.

La presidencia de Lula significó que muchos de los «farraposos» (harapientos como les llaman las élites de Sao Paulo) salieran de la pobreza y abandonaran los peldaños más bajos de la sociedad. Ese gobierno sacó a 38 millones de brasileños de la miseria y los incorporó a las las clases medias  de la sociedad; y ese hecho hizo que sonaran las alarmas.¿Cómo era posible que los farraposos de ayer fueran a los mismos restaurantes, a las mismas escuelas, a las mismas playas y a los mismos cines que nosotros? La «buena sociedad basileña», profundamente racista, no podía permitir ese desmán. Había que impedir como sea que otra vez ganaran los desarrapados, los marginados, los miserables de siempre. Para ellos bastaba con las comparsas del carnaval, la bossa nova y el futbol.

Algo muy parecido a lo ocurrido en Argentina con el triunfo de Macri, donde la clase media dio el gobierno a ese servidor del imperio. Ese es quizá el mayor de los motivos que llevaron al triunfo de Bolsonaro, un oscuro diputado ex militar y conspicuo fascista, que ocupará el palacio de Planalto sede de la presidencia de Brasil. Esta vez el ejército brasileño, que había jugado la carta nacionalista aunque «ma non tropo» en 1964, prefirió la entrega del país al imperio con tal de que los farraposos no salgan del lugar donde deben estar. Pero esto tiene los pies de barro; y con la pérdida de la cámara de representantes por parte de Trump; el mentor de Bolsonaro, este último quedará colgado de la brocha, y su gobierno pasará con pena y sin gloria.

Aquí son los fascistas los que siguen imponiendo la ley como siempre desde 1939

La noticia importante del fin de semana no son las elecciones andaluzas, donde se ha vuelto a imponer la abstención, que ha alcanzado cotas históricas. No. La noticia es la misma de siempre: los fascistas imponen en la ley en todas partes con sus amenazas y chantajes.

El espacio cultural La Rambleta, en Valencia, se ha visto obligado a cancelar el espectáculo humorístico “Mongolia sobre hielo”, que iba a ser representado este fin de semana tras recibir amenazas de grupos fascistas, mientras la policía hacía dejación de sus funciones: decía que no podía garantizar la seguridad de los asistentes, de los trabajadores de las instalaciones y de los artistas.

Desde La Rambleta afirman que “la crispación, los insultos, las amenazas y la incitación a la violencia que se han expuesto en las redes sociales, así como las amenazas directas que han recibido los trabajadores” del Centro, “impiden la celebración» de la representación. También aseguran que han mantenido contactos «tanto con la Policía Local como con el Ayuntamiento de Valencia» y que no se puede “garantizar la ausencia de incidentes durante la celebración del espectáculo”. «Las amenazas lanzadas son verosímiles e intolerables”, arguyen.

Es la segunda vez en tres semanas que este tipo de ataques fascistas logran la cancelación de una función humorística en la ciudad. El 8 de noviembre el Teatro Olympia, también en Valencia, decidió cancelar el espectáculo protagonizado por el cómico Dani Mateo, “Nunca os olvidaremos”, después de la polémica que protagonizó al sonarse la nariz con la bandera fascista en la televisión, por las “presiones recibidas” por las bandas nazis.
Hace menos de una semana el dirigente de esa formación, José Luis Roberto, ya amenazaba con boicotear la actuación ahora retirada de La Rambleta. En un mensaje de Facebook decía: “¿Escrache a Dani Mateo y no a estos cerdos traidores que se cagan en ti?”.
El viernes la Revista Mongolia, responsable de la obra “Mongolia sobre Hielo”, emitió un comunicado aclarando que la suspensión les parece “una grave equivocación en una democracia que quiera ser digna de este nombre”.
Aseguran no comprender “que las autoridades no sean capaces de garantizar la seguridad”. A este respecto, les resulta incomprensible que un país que puede garantizar la seguridad de unos Juegos Olímpicos o “incluso nada menos que en la final de la Copa Libertadores” no pueda asegurarla en una obra de “dos humoristas en un teatro de titularidad municipal”.
Por otro lado, explican que “cada suspensión refuerza a los intolerantes, que ven cumplidos sus objetivos y se envalentonan ante la siguiente campaña”, y afirman que lo sucedido “interpela directamente al conjunto del país al amenazar las bases mismas de una sociedad abierta”.

Ya ven: en Valencia no es necesario que las elecciones las gane Vox para que triunfe “la ultraderecha”.

Quienes no aprendan lo que es el facismo acabarán aplastados por él

Juan Manuel Olarieta

La moda del “auge del fascismo” está siendo tan hipnótica que algunos hasta niegan que haya tal “auge”, mientras que otros niegan que sea “fascismo”.

Claro que si no es fascismo, ¿qué es lo que está en auge?, ¿acaso vivimos una orgía de libertades y derechos?

No hay “auge del fascismo”, ni tampoco “fascismo”, pero al menos hay una enorme producción intelectual al respecto que no se corresponde con nada real. ¿Por qué tanto escribir sobre el fascismo si no hay tal fascismo?

Osvaldo Drozd es de los que se suben a ese carro con un ingenioso juego de palabras típicamente sudamericano: “No todos los fachos son pardos”(*), que es como decir que no todos los fascistas son fascistas.

Así de confusa está la cosa, aunque reconozco que estoy totalmente de acuerdo con una tesis de Drozd que me subyuga: si no se caracteriza correctamente esta nueva situación se corre el riesgo de convertirse en un blanco predilecto de ella, que yo traduzco a mi manera: “Quienes no aprendan lo que es el fascismo acabarán aplastados por él”.

Para evitar el aplastamiento hay que saber identificar al fascismo, que es lo contrario de lo que hace Drozd en su artículo, donde lo oculta y lo camufla en medio del típico batiburrillo seudoprogre: la nueva derecha, las clases medias, el neoliberalismo, el totalitarismo, el corporativismo…

Ese lenguaje melifluo sustituye las categorías propias que jamás aparecen en las tergiversaciones del fascismo: monopolismo, imperialismo, militarismo, capitalismo monopolista de Estado…

El camuflaje del fascismo se hace evidente cuando Drozd nos previene contra un “uso generalizado” de la categoría fascismo, que debe quedar archivada para hablar de ciertos países europeos en los años treinta. Pura historia; nada que ver con el presente.

La manipulación y el ocultamiento de Drozd llega al punto de sostener que “el tinte reaccionario, represivo o totalitario no es un rasgo propio del nazifascismo”. Es la teoría del ventilador (“en todas partes cuecen habas”), un recurso para los momentos más apurados. ¿Acaso la democrática República francesa no aplastó a sangre y fuego al movimiento obrero tras la Comuna de París?

Conclusión: desde los tiempos de los asirios (hace 5.000 años) todas las clases dominantes han sido igualmente reaccionarias, represivas y totalitarias. Todos son iguales… El mundo no cambia tanto como nos creemos.

El que no quiere entender nada, recurre siempre a ese tipo de subterfugios que, finalmente, acaban lavando la cara al fascismo de esas dos maneras. La primera consiste en sostener que tal o cual régimen no es fascista (y por lo tanto es democrático). La segunda es recular un poco más para decir: vale, es un régimen fascista; pero los fascistas no son tan reaccionarios como se dice, también los demócratas lo son…

En materia de fascismo el sabor típicamente latinoamericano parece ser la identificación del fascismo con una determinada política económica, expuesta por Drozd de una manera ridícula: en otros tiempos el fascismo se oponía al liberalismo, hoy el neofascismo va de la mano del neoliberalismo.

En fin, al artículo de Drozd no le faltan ninguno de los tópicos de la posmodernidad y en la medida en que esos tópicos están arraigados en muchos grupos antifascistas, están destinados a convertirse en carne de cañón. O espabilan, o acabarán aplastados (y nunca sabrán por qué, ni por quién).

(*) http://socompa.info/opinion/no-todos-los-fachos-son-pardos/

¿Quién financia el famoso ‘auge de la ultraderecha’ en Europa?

La neonazi alemana Alice Weidel
Los neonazis alemanes de AfD (Alternativa para Alemania) ya tienen su propio Caso Bárcenas: han aparecido subvenciones en negro de una multinacional farmacéutica suiza por valor de 130.000 euros y otros 180.000 a través de una fundación holandesa.

Para tener más votos hay que tener más dinero, pero nadie habla de quién pone la pasta para financiar el famoso “auge de la ultraderecha” en Europa.

La Fiscalía ha abierto una investigación contra el partido fascista por la violación de las normas de financiación de las campañas electorales, según ha informado este miércoles un portavoz del Ministerio Público en la ciudad alemana de Constanza.

En Alemania las donaciones que se hacen desde países que no pertenecen a la Unión Europea están prohibidas, según la ley de financiación de partidos.

La donación procedente de Holanda corresponde a la Fundación Identidad Europea y los neonazis tendrían que haber comunicado de inmediato al Bundestag la llegada de ese dinero, lo que no hicieron.

Además, AfD mantiene en el anonimato el nombre y apellidos de la persona que, en concreto, aportó ese dinero pero, según la ley de financiación de partidos, las donaciones no pueden ser anónimas.

La investigación se dirige contra la dirigente fascista Alice Weidel, que es diputada federal, por lo que está amparada por la inmunidad parlamentaria.

Esta mañana Weidel ha reconocido en el Bundestag que han cometido “errores” en la gestión de las donaciones, aunque ha asegurado que devolvió todo el dinero a la famacéutica suiza.

Pero los neonazis no sólo han cometido “errores”, sino también han contado mentiras. “Ayúdenos a tener más éxito”, pedía Weidel en las redes sociales antes de las últimas elecciones. “A diferencia de otros grandes partidos, nosotros no tenemos grandes donaciones”, añadió.

Además, los neonazis alemanes se han beneficiado de bocados mucho más suculentos que los que investiga la Fiscalía: la Asociación por la Preservación del Estado de Derecho y las Libertades Civiles les entregó un sobre con más de 10 millones de euros porque no hay nadie mejor que los nazis para defender las libertades.

En fin, no es posible saber los motivos por los cuales algunos califican de “antisistema” a los nazis, cuando son la perfecta encarnación del sistema capitalista, del sistema electoral, del sistema de partidos, de la corrupción…

Tampoco es posible saber de qué se escandalizan: es imposible que un partido como AfD fundado en 2013 haya conseguido representación en todos los parlamentos regionales en apenas cinco años sin disponer de dinero en abundancia.

Fascismo e imperialismo: el mito de la ‘autarquía’ del III Reich

En su etapa actual, el capitalismo es un modo de producción dominado tanto por los monopolios como por las finanzas, que no son más que dos caras de la misma moneda, a las que hay que añadir el protagonismo del Estado, que antes no tenía la misma intensidad, más la concurrencia por los mercados internacionales entre las grandes potencias imperialistas.

Una definición del fascismo que no tenga en cuenta esos cuatro ejes al mismo tiempo es, pues, absurda y no conduce a ninguna parte. A ellos hay que añadir otros dos más, que no son los menos importantes: el desafío del movimiento obrero y la aparición de la URSS. No es ninguna casualidad que el modelo más feroz del fascismo aparezca en Alemania que, después de Rusia, tenía las mayores y mejores fuerzas proletarias organizadas.

La nueva etapa del capitalismo se inicia con la Primera Guerra Mundial, que pone en funcionamiento los cuatro pilares del monopolismo al mismo tiempo: la difusión de una moneda fiduciaria, descomunales presupuestos de guerra, pillaje del oro, créditos, endeudamiento, inflación y, para colmar el vaso, reparaciones económicas a los países derrotados, empezando por Alemania.

En 1917 la Revolución de Octubre salvó a Alemania de convertirse en un país paria, sometido a las demás potencias. El papel que los demás imperialistas le tenían reservado era el de constituir un baluarte frente a la URSS y al movimiento obrero, que en la posguerra inició tres insurrecciones sucesivas.

Ese -y no otro- es el marco de Alemania en tiempos de la República de Weimar (1919-1933) y en del surgimiento del nazismo, llamado primero a ser una batallón de choque contra los trabajadores y los comunistas y luego, una vez que el terreno quedara diáfano, tomar el poder e intensificar la explotación de la fuerza de trabajo hasta los límites que conocemos.

El III Reich no surgió de la nada, ni contra los planes de las potencias occidentales, o sin contar con ellas, sino que fue diseñado por ellas. En Alemania nunca hubo autarquía. Los vencedores de la guerra mundial tenían que apretar a Alemania sin ahogarla. Negociaban, sobornaban y chantajeaban a unos y a otros. Presionaban por un costado para aflojar en el otro. Antes y después de 1933 los imperialistas negociaron con los nazis, lo cual no significa que estos siguieran las pautas que les indicaban en Londres o París (y de ahí el estallido de otra guerra en 1939).

En 1921 fijaron la cuantía de las reparaciones económicas, pero no lo hicieron los alemanes, como es obvio, sino sus rivales imperialistas. Ascendían a 6.600 millones de libras pagaderas en 30 años y en especie, sobre todo en carbón, o sea, un expolio. La ocupación del Ruhr, donde estaba el 80 por ciento de las minas alemanas de carbón, obligó a los alemanes a aceptar lo que los imperialistas les pusieron encima de la mesa.Era imposible pagar y todos (acreedores y deudores) lo sabían. Pero no se trataba de cobrar sino de someter. Alemania era un país cuyo destino debía ser el de cualquier deudor moroso, sometido a la mendicidad y al dictado de los bancos británicos, franceses, suizos y estadounidenses.

La maquinaria productiva de Alemania se había parado al final de la guerra y, además, aparecieron unas cifras de inflación que la historia nunca había conocido. En 1920 se cambiaban 20 marcos por cada libra; un año y medio después se necesitaban 1.000 marcos, luego 35.000 y así sucesivamente, hasta los 500.000 millones.

Fue otro gigantesco expolio. Con el dinero prestado por el Banco Central, los capitalistas especulaban con el valor de su propia divisa, al más puro estilo “nacionalista”. Los impuestos se pagaban con una moneda que no valía nada, lo mismo que los salarios o las deudas. Como el marco no valía nada, se podía pagar cualquier cosa… excepto las reparaciones.

Fue, pues, una ruina calculada que obligó a reaccionar a los imperialistas que pusieron al frente de la oficina de cobro a Dawes, un general del ejército estadounidense, como quien manda a un matón de la mafia a asustar a un deudor esquivo.

En torno al matón se formó un comité que recibió su nombre y celebró la primera reunión en París en 1924, ordenando la creación de una nueva moneda alemana. Creo que no hace falta enfatizar en que los asuntos económicos de Alemania no eran competencia de los alemanes sino de los imperialistas, pero a muchos se les olvidan estas cosas al hablar de que el fascismo tiene algo que ver con el “nacionalismo” (e incluso con la autarquía).

Es más, lo que el gobierno alemán quería era crear un nuevo marco, al que llamó Rentenmark con la misma paridad que tenía con la libra, es decir, 20 marcos por libra. Pero los imperialistas no apoyaron este plan de la única manera que era posible, con oro y divisas extranjeras.

Entonces los matones impusieron su nueva moneda, el Reichmark, con la misma cotización frente a la libra esterlina de 20 a 1, pero bajo el control de los imperialistas occidentales a través de un banco emisor independiente del gobierno alemán: el Reichsbank, modelo del luego famoso Bundesbank y demás bancos centrales “independientes”, o sea, dependientes del capital financiero internacional.

Además, Alemania debía pedir un préstamo para pagar la primera cuota de las reparaciones de guerra. Es un precedente del “estilo griego” de hace unos pocos años: un país arruinado que pide un préstamo y contrae deudas para pagar otras deudas anteriores…

Asi es como la inflación llegó a su fin en Alemania, pero no fue gracias a Alemania sino a sus rivales, que cada vez eran menos rivales porque la revolución socialista estaba a las puertas de toda Europa central. Alemania era el modelo; había que apoyar a Alemania; eran necesarios más préstamos.

Comenzó una orgía de créditos públicos y privados. En términos marxistas se llama importación de capital y tiene muy poco que ver con el “nacionalismo” y la autarquía. En 1925 la afluencia de capitales extranjeros provocó una reactivación de la economía alemana. Las exportaciones alemanas aumentaron y en 1927 alcanzaron el nivel de 1913.

La reactivación dio a Alemania la oportunidad de reembolsar el préstamo de Dawes sin tener que utilizar sus propios recursos. Los extranjeros pagaron las deudas extranjeras. El ministerio alemán de Asuntos Exteriores lo explicó así: “Cuanto más nos endeudemos en el extrajero, menos tendremos que pagar en concepto de reparaciones”. Para que Alemania no quebrara quienes debían preocuparse de las reparaciones eran los acreedores extranjeros.

Entre 1921 y 1931 Alemania pagó 19.100 millones de marcos en concepto de reparaciones, mientras que contrajo 27.000 millones de marcos de deudas, lo que en otras palabras significa que el apoyo exterior a Alemania fue mucho más allá de las reparaciones de guerra y sólo se explica por la necesidad de hacer frente a la URSS y al movimiento revolucionario en Europa.

Como buenos “nacionalistas”, los demagogos nazis se lamentaban de que las desgracias de Alemania procedían “de fuera”; lo que no decían es que los remedios procedieron el mismo lugar que, además, era muy cercano: bastaba cruzar la frontera con Suiza, el país que siempre lava más blanco.

Es muy extraño leer historias de aquella época en las que se habla de la “autarquía” y el “aislamiento” de los regímenes fascistas como el de Hitler o el de Franco. El objetivo de esas concepciones es blanquear el papel de los imperialistas occidentales y, especialmente, el de Estados Unidos, en la Segunda Guerra Mundial.

Una parte de las exportaciones de capital enviadas por Estados Unidos a los nazis no eran transacciones comerciales corrientes sino flujos que pasaban por las manos del espionaje. Demuestran un compromiso político, y no sólo económico, con el nazismo. Por ese motivo Roosvelt envió a Suiza a Allen Dulles. Quien luego fuera conocido por dirigir a la CIA no sólo era un espía sino un abogado de los monopolistas de Wall Street que vigilaba sus inversiones en el III Reich. El lema del imperialismo se puede resumir en vigilar y negociar.

El flujo clandestino de dinero significa también que la cuantía de las exportaciones de capital están infravaloradas. De 1924 a 1929 se estiman oficialmente en 15.000 millones de marcos en inversiones a largo plazo y otros 6.000 millones de marcos en inversiones a corto plazo.

El 70 por ciento de las primeras (préstamos a largo plazo) era capital estadounidense y propiciaron el rearme alemán: siderurgia, petróleo, nitrato, caucho… A comienzos de la Segunda Guerra Mundial las inversiones de los grandes monopolios estadounidenses en sus filiales alemanas sumaban 800 millones de dólares, de las que 17,5 correspondian a Ford.

Varios monopolios que se consideran “alemanes”, como es el caso de IG Farben, estaban en poder de accionistas extranjeros.

La mayor parte de la financiación del partido nazi procedía del extranjero y sus funcionarios cobraban en moneda extranjera, sin que su “nacionalismo exacerbado” supusiera ningún obstáculo.

Los únicos apellidos que hoy asociamos a los nazis son Goebbels, Goering, Himmler, Keitel, Rommel, Hess… Pero no son todos; ni siquiera son los más importantes. Esos eran los que cobraban, pero ¿quién puso el dinero para pagarles a ellos?

Los nazis que en 1939 desataron la Segunda Guerra Mundial tienen apellidos alemanes tanto como estadounidenses. Eran financieros como Du Pont, Morgan, Rockefeller, Lamont y otros. A ellos se les podían añadir los nombres de los industriales, como Henri Ford, condecorado por Hitler, así como los suizos, que cumplieron un papel propio tanto como intermediario.

Lo que acabamos de decir del Plan Dawes se puede reproducir de su continuador, el Plan Young.

La burguesía ha llenado de anécdotas la historia del fascismo para ocultar las cuestiones de fondo y sus protagonistas. Por eso nadie investiga el viaje de Hitler a Zurich en 1923 y el dinero que allí le entregaron (posiblemente Henry Deterding, el patrón de la petrolera Shell) para dar el Golpe de Estado de aquel año.

Tampoco pregunta nadie por la entrevista entre Hitler y el financiero británico Norman Montagu un año antes de llegar a la Cancillería.

A nadie le suena el nombre de Wilhelm Gustloff, un banquero suizo que, a la vez, era dirigente de primera hora del aparato nazi en el exterior.

Tampoco suena el nombre de Max Warburg, director de IG Farben, cuyo hermano era el directeur del Banco de Reserva Federal de Nueva York, Paul Warburg.

Fascismo y prensa: las mil maneras de enterrar y resucitar el monigote de ‘la ultraderecha’

Tras la concentración de Vistalegre, de manera unánime las cadenas de prensa se han lanzado a despertar el monigote de “la ultraderecha” con el mismo ahínco que antes lo habían enterrado. Lo más sospechoso de todo, tanto como para pensar que estamos ante otro montaje al más puro estilo propagandístico, es precisamente esa unanimidad, a la que siguen otras dos, tambien características: la ‘ultraderecha’ es sólo Vox y no tiene relación con el franquismo.

Naturalmente, hay muchos más rasgos que llaman la atención, especialmente el que un colectivo tan insignificante sea capaz de levantar este revuelo. En 2016 Vox sólo cosechó 47.000 votos en toda España, una cifra ridícula en términos electorales.

También es ridículo en relación a los propios fascistas. Por ejemplo, en 1979 la Unión Nacional de Blas Piñar obtuvo casi 400.000 votos y nunca nadie le dio la más mínima importancia.

“Vox no tiene continuidad con el franquismo”, dice una supuesta experta a 20 Minutos. Es como si las organizaciones surgieran por generación espontánea, de la nada, lo cual es una verdadera estupidez que sirve para crear nuevos términos, como “ultraderecha”, que encubre a los verdaderos, como “fascismo”.

Por lo tanto, aseguran los “expertos” y los intoxicadores, el franquismo está tan muerto y enterrado como su fundador, lo cual suministra el título del artículo: “El franquismo en 2018: una ideología prácticamente muerta”. Podemos respirar tranquilos; no hay motivo de alarma. Así es como los “expertos” e intoxicadores encubren las evidencias más evidentes.

A continuación queda una tarea pendiente: la de encumbrar a esa “ultraderecha” que no es franquista y precisamente por ello mismo: porque no lo es.

Veamos la “noticia” del periódico “La Opinión de Zamora” que, de manera tópica, regala un espacio estelar a Vox, a pesar de que sólo tiene 60 afiliados en la provincia. El titular no puede ser más llamativo: “La ultraderecha se presenta. Vox prepara su desembarco en la provincia a finales de mes y organizará candidaturas para acceder a las instituciones”(2).

Asistimos al lanzamiento de un colectivo político insignificante exactamente igual que se si tratara del lanzamiento del último disco de David Bisbal. Se fabrican noticias donde no las hay, lo mismo que se fabrican partidos donde no los hay.

Cuando Vox aumente un poco más su recaudación de papeletas dirán que “la ultraderecha” crece en España, cuando lo cierto es que lo que crece es el cretinismo de las cadenas de prensa, que es donde está enquistado el fascismo más rancio.

(1) https://www.20minutos.es/noticia/3494793/0/franquismo-ideologia-muerta-segun-expertos/
(2) https://www.laopiniondezamora.es/zamora/2018/11/19/ultraderecha-presenta/1125176.html

‘Libertad para el pueblo, muerte al fascismo’

Ayer se manifestaron en el centro de Atenas unos 12.000 antifascistas bajo el eslogan “Libertad para el pueblo, muerte al fascismo”. La manifestación, que duró unas cuatro horas, estuvo encabezada por la asociación de presos y exiliados durante el fascismo.

Además, participaron colectivos de estudiantes y profesores, movimientos anarquistas, comunistas, antirracistas, partidos políticos progresistas y sindicatos.

Se conmemoraba el 45 aniversario de la revuelta de la Universidad Politécnica de 1973, que supuso el principio del fin de la llamada “dictadura de los coroneles” en Grecia, un régimen fascista.

Al final de la masiva manifestación, en Exarjia, un barrio de carácter antifascista donde se encuentra la Universidad Politécnica, se produjeron duros enfrentamientos entre antidisturbios y piquetes de encapuchados.

Los primeros dispararon balas de fogueo y gases lacrimógenos
y utilizaron un cañón de agua para dispersar a los manifestantes.
A su vez, los antifascistas respondieron con cócteles molotov y piedras y quemaron el mobiliario urbano para bloquear el acceso a las calles del centro de la capital griega.

La policía había desplegado más de 5.000 antidisturbios en Atenas. Horas antes de la manifestación, había quedado prohibido el tráfico en varias zonas de la ciudad y habían sido cerradas varias estaciones de metro.

Además, este año varios drones y un helicóptero vigilaron la protesta desde el aire.

La Universidad Politécnica, que había permaneció ocupada durante dos días, abrió sus puertas para la tradicional ofrenda de flores a las víctimas de la represión.

La manifestación partió de las céntricas plazas de Syntagma y Omonia y las inmediaciones de la Politécnica hasta la embajada de Estados Unidos, un ritual que se reproduce todos los años con motivo de este aniversario.

Uno de los momentos más emotivos fue cuando un grupo de estudiantes universitarios cantó el himno nacional griego frente a la embajada estadounidense  mientras sostenían una gran bandera cubierta de manchas de sangre y claveles.

Entre el 14 y el 17 de noviembre de 1973, la Universidad Politécnica de Atenas acogió un levantamiento estudiantil que terminó aplastado por la irrupción de tanques en el campus, una acción que, sin embargo, marcó el principio del fin de la llamada “dictadura de los coroneles”, que cayó en 1974 tras siete años en el poder.

Entre 1967 y 1974, la Junta militar, cuyos dirigentes más destacados fueron los coroneles Georgios Papadopulos y Nikolaos Makarezos y el general Stylianos Patakos, llevó a cabo una feroz represión contra todo elemento progresista y democrático e incluso forzó la abdicación del entonces rey Constantino II, el 29 de junio de 1973.

Tras acabar con los fascistas, en 1974 un referéndum determinó que la mayoría de los griegos se decantaron a favor de la República.

En la lista de fallecidos en el Politécnico de Atenas elaborada tras la caída de la dictadura figuraban los nombres de 55 personas, si bien el recuento oficial tan solo habla de 24 muertos.

La complicidad de la Cruz Roja Internacional en los crímenes nazis

Ahora se utilizan términos terroríficos como “holocausto” para referirse a los críemenes cometidos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que hay que preguntar qué postura tomaron los “humanitarios” de aquella época, gente “neutral” como la Cruz Roja que se dedican precisamente a eso: a asistir a las víctimas.

Pues bien, la Cruz Roja Internacional supo desde el primer momento la existencia de campos de concentración, no hizo nada para impedir las matanzas y ni siquiera las denunció sino todo lo contrario, blanqueó los crímenes.

Caben muchas explicaciones de esta complicidad. Por ejemplo, la Cruz Roja alemana era tan nazi como el III Reich del que formaba parte, de manera que los no arios no podían ser miembros.

Poco después de la llegada de Hitler al poder, Cruz Roja alemana visitó algunos campos de concentración y concluyó que la situación de los presos era “buena”.

La inspección pasó entonces a la Cruz Roja Internacional, donde ocurrió lo mismo porque Oerlikon y Alusuisse, dos de las empresas de su Presidente, Max Huber, también Presidente del Tribunal Internacional de La Haya, mantenían suculentos negocios con las empresas alemanas de armamento.

El vicepresidente era Carl Jacob Burckhardt, un anticomunista feroz estrechamente vinculado a los nazis. Cuando el Consejo Federal suizo se negó a acoger a Goebbels, fue Burckhardt quien intervino.

En 1936 Hitler invitó a Burckhardt a visitar Alemania, incluidos los campos de concentración. A su regreso también describió la situación de los presos como “buena”, e incluso elogió a Dachau, donde unos 30.000 presos fueron asesinados.

Otro delegado de la Cruz Roja que visitó los campos de concentración fue el médico Maurice Rossel, quien pudo visitar la ciudad checa de Theresienstadt, convertida por los nazis en 1941 en un campo de concentración que albergó a unos 140.000 presos.

En mayo de 1944 Himmler autorizó a Rossel la visita al campo, del que pudo sacar fotografías. En su informe describió la situación de los presos como “casi normal”, destacando la “excelente atención médica que recibían los presos”. Se trataba de un “campo modelo” para judíos ricos, decía Rossel.

Al regresar, el canalla de Rossel envió una carta de agradecimiento a los jefes nazis por las atenciones recibidas, a las que adjuntaba algunas de las fotos que había tomado del campo, que los nazis utilizaron para su propaganda.

La visita tuvo tal éxito para los nazis, que Eichemann quiso hacer otro montaje parecido en Auschwitz, para lo cual hizo construir un “campo familiar” idílico para que pudiera ser visitado por los “humanitarios” como Rossel, que estuvo en Auschwitz en setiembre de 1944. Los presos británicos le contaron la existencia de cámaras de gas.

Aquel suizo tan “humanitario” guardó silencio. Dijo que las SS que dirigían el campo estaban “orgullosos del trabajo que realizaban”.

Al terminar la guerra, la Cruz Roja escondió y ayudó a escapar a los peores criminales de guerra para que no fueran juzgados y ejecutados.

En los años cincuenta Burckhardt, que habia llegado a la Presidencia de la Cruz Roja Internacional en 1948, ordenó quemar los archivos que demostraban la complicidad de la organización suiza con los nazis.

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