En la primavera de 2026, la administración estadounidense lanzó una operación militar de envergadura en Venezuela con el secuestro del Presidente Nicolás Maduro. Un acto que, bajo el paraguas de la «defensa de la democracia», tenía como objetivo explícito desmantelar uno de los principales bastiones de influencia de sus adversarios en el hemisferio occidental.
La recurrente pregunta que recorre América Latina en la actualidad es que si la escalada de Estados Unidos en el hemisferio occidental busca, en última instancia, debilitar a sus grandes competidores, ¿por qué potencias como China y Rusia, principales destinatarias de esta escalada, no responden con una beligerancia equivalente?. La respuesta, desde sus respectivas perspectivas, revela un cálculo estratégico profundo que va más allá de la mera reacción. Además, el análisis dialéctico de esta escalada sugiere que lo que parece un signo de fortaleza inmediata podría ser, en realidad, un síntoma de debilidad estructural del poder estadounidense.
Lejos de ser una postura pasiva, la respuesta de Pekín y Moscú responde a una lógica estratégica multidimensional. Su perfil «no beligerante» no implica inacción, sino una acción calculada en otros terrenos.
En primer lugar, desde el lado ruso y chino hay un profundo análisis de la asimetría de costos y el teatro de operaciones. El costo de una confrontación militar directa en el «patio trasero» de EE. UU. es prohibitivo y no justifica los beneficios. Para China y Rusia, Venezuela, Cuba o Irán son socios estratégicos importantes, pero no son extensiones vitales de su territorio. Una respuesta militar sería caer en la trampa de confrontar a Estados Unidos en su esfera de influencia histórica, donde este tiene ventajas logísticas y de proyección de poder abrumadoras. En cambio, su estrategia se centra en desgastar a a la administración norteamericana en sus propios puntos débiles (Ucrania para Rusia, el Indo-Pacífico para China), donde esa asimetría de costos se invierte
Por otro lado, existen evidencias de una coordinación tácita o explícita entre ambos gobiernos para administrar esta forma de confrontación sin llegar a una escalada incontrolable. Es un juego de espejos: mientras los Estados Unidos aumentan la presión en Venezuela, Rusia la aumenta en Ucrania. China, por su parte, refuerza su presencia en el Mar de China Meridional y mantiene su presión sobre Taiwán, enviando un mensaje de que su capacidad de respuesta no se limita a un solo frente.
Esta dinámica refleja lo que se denomina la «paradoja de la doble contención»: los intentos de Estados Unidos por contener simultáneamente a China y Rusia terminan fortaleciendo su alineamiento y su papel como contrapeso, pero sin necesidad de una fusión militar formal. Y es que desde ambos países tienen claro que el viejo paradigma de la disuasión, basado en la «racionalidad» de los actores para evitar guerras de agresión ya no existe más.
Sin embargo, tanto China como Rusia operan bajo una forma actualizada de este principio. Para ellos, la respuesta militar directa en el hemisferio occidental sería una escalada que no buscan (en Rusia, por ejemplo, tiene muy vivo y reciente el recuerdo de la intervención de la URSS en Afganistán contra los talibanes). En su lugar, utilizan herramientas de presión no militares igual de efectivas, pero cuyas consecuencias solamente pueden medirse a largo plazo.
El núcleo de la respuesta sino-rusa reside en la creación de alternativas al orden económico global dominado por Estados Unidos. El objetivo principal es «sanction-proof» de sus economías («a prueba de sanciones»), es decir, hacerlas resistentes a la principal arma financiera de Washington. Ambos países han profundizado su cooperación energética (China es el principal comprador de petróleo ruso, con un 40% de las transacciones en yuanes y rublos) para eludir el dólar y el sistema SWIFT.
China controla el procesamiento global de tierras raras (vital para la defensa de Estados Unidos) y ofrece «industrialización por minerales» en países como Indonesia, integrándolos en su órbita industrial. Rusia utiliza acuerdos de «armas por minerales» en África (oro, diamantes, cobalto) para financiar su esfuerzo bélico y evadir sanciones, socavando la influencia occidental en el continente y generando una ola de simpatías entre la población, harta de siglos de colonialismo.
China además estudia al detalle las sanciones a Rusia para entrenar y proteger su economía de futuras medidas de Estados Unidos. Además, aprovechan el enfoque unilateral de Washington (como los aranceles) para generar incertidumbre y mostrar la aplicación desigual de las reglas estadounidenses, debilitando su autoridad moral y práctica.
En esencia, mientras Estados Unidos se enfoca en operaciones militares, sus rivales libran una guerra de desgaste económico construyendo las bases de un orden mundial alternativo y minando los cimientos del poder estadounidense, y todo esto sin contar con el polvorín social interno, que es toda una bomba de relojería.
China y Rusia no utilizan su arsenal militar completo por una razón de supervivencia estratégica. Una confrontación directa con Estados Unidos sería una apuesta existencial que ninguna de las dos partes puede permitirse ganar. En su lugar, han optado por una estrategia de desgaste sistémico: fortalecen su alianza, construyen alternativas al orden occidental y presionan en los flancos, pero siempre deteniéndose en el umbral que podría desencadenar una guerra abierta.