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Te rompen la mandíbula por 200 €

Jon Iurrebaso Atutxa

El derecho a la libertad de expresión y manifestación está proscrito en Euskal Herria cuando “atenta” a la dictadura de las burguesías españolas y francesas. Ni qué decir cuando se trata de salvaguardar a los fascistas más visibles, independientemente del tema en cuestión. La cuestión es que no puede ser de otra forma porque la España actual no ha roto aún con el régimen que proviene del alzamiento fascista y su maquillaje de 1978.

Para empezar, y unido directamente con la protesta ante la comparecencia en Bilbo del partido fascista VOX (13.04.2019), hay que subrayar que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Cada vez que los fascistas vienen a Euskal Herria las vascas y vascos somos multados, apaleados y detenidos/as en nombre de la democracia de quienes nos ocupan y explotan.

Los cipayos (políticos y coercitivos) de los españoles siempre defienden la ley de nuestros ocupantes y enemigos de clase. No es baladí que muchos conozcamos a la variada policía “vasca y navarra” como la Policía Autonómica Española (PAE).

Dicho esto, les preguntaríamos a los que piensan que desde el sistema se pueden hacer muchas cosas vitales para conseguir una Euskal Herria Socialista, ¿por qué el ayuntamiento de Bilbao no se persona como acusación particular ante la salvajada que hizo la PAV el día cuatro de abril del presente año? (entre otras, romperle la mandíbula a una joven y multarle con 200 € por injurias) ¿Por qué ante una violación machista aparece en los medios de comunicación la convocatoria de protesta de los ayuntamientos (todos los partidos a una) antes que las organizaciones feministas y diversos colectivos populares, etc.? La respuesta parece evidente. La mandíbula rota demuestra con el ejemplo quien es el que manda aquí. “Encabezar” las denuncias de las violaciones y el acoso sexual, no es que les salga gratis, sino que les da rédito. Mientras, ocultan de un lado, la cultura y dominación patriarcal y el verdadero planteamiento para acabar con ellas y, de otro, los acuciantes problemas que tiene el pueblo trabajador vasco en general y la clase obrera en particular.

Y si a esta chica el pelotazo le hubiera golpeado en la sien en vez de en la mandíbula (cuestión de muy pocos centímetros) ¿qué hubiera pasado? Que tendríamos otro asesinato por “una actuación proporcionada”. Y nos preguntamos, teniendo las fiestas de Bilbao en ciernes, ¿qué hubiera hecho la clase política oficial y sistémica? Y sobre todo ¿Qué hubiéramos hecho otros y otras? Teniendo tan cerca el llamado G-7, ¿y si ocurre?

Tenemos derecho a opinar, a movilizarnos, a defender nuestras ideas, en pocas palabras, tenemos derecho a defendernos y tenemos derecho a luchar. Los que no estamos alineados con la filosofía del capital y la burguesía no tenemos derecho a dejar pasar situaciones como ésta.

Mencionamos esta situación en concreto por su clara visualización y, con la intención de sacudir nuestras conciencias y nuestras contradicciones. Para terminar, una doble consigna de ayer y de hoy: ¡que se vayan! ¡disolución cuerpos represivos!

¿Hacia donde va Turquía?

Dario Herchhoren

La nación turca, heredera del antiguo imperio otomano, y obra de Mustafá Kemal “Ataturk” (El padre de los turcos) siempre se ha debatido entre considerase un país europeo, o ser un país asiático. Y esto no significa la pertenencia a un determinado continente; hecho que por cierto es una mera convención. En sus entrañas significa ser un país avanzado, moderno y vinculado a los centros de poder mundial; o ser un país dependiente, ir a la zaga de las grandes potencias y ocupar un puesto subalterno en el concierto de las naciones.

Al fin de la primera guerra mundial, el imperio otomano al que se llamaba “el enfermo de Europa” había sido derrotado junto a los paises centrales (Austria y Alemania) Ello significó el fin del imperio otomano, que se redujo a lo que es el actual territorio de Turquía.

Ante esta situación y el total desbarajuste producido en la nación turca un grupo de militares patriotas encabezados por Mustafá Kemal (Los jóvenes turcos) toman el poder y fundan una nueva Turquía. Obligan a cortarse la barba a los hombres, se prohiben los vestidos a la oriental (se hace obligatorio el uso de que trajes con chaqueta y el uso de corbatas) se separa el clero del estado; el estado pasa a ser laico y quedan abolidas las costumbres otomanas tales como los matrimonios concertados, la circuncición de los hombres, la enseñanza primaria se hace obligatoria, se hace un nuevo alfabeto con letras latinas; y el ejército pasa a ser el verdadero motor del país. Mustafá Kemal visita la URSS en 1921, y aplica en Turquía algunas de las medidas aplicadas por el estado soviétivo; tales como la expropiación de los grandes latifundios, el pase al control del ejército de las fábricas de material estratégico, se crea una empresa estatal de petróleo, y el estado se hace cargo de la electricidad, las comunicaciones telegráficas y los puertos. Se permite una banca privada, pero bajo control del estado.

Todo cambia en Turquía, pero todo sigue más o menos como estaba.

¿Por qué pasó esto? Simplemente por el hecho de que a pesar de las buenas intenciones de Ataturk, no había en Turquía una herramienta política que aglutinara a los sectores populares y los movilizara para respaldar esos ambiciosos cambios.

La vieja oligarquía vuelve a ocupar los cargos de decisión; y el problema kurdo no se termina de resolver dando autonomía a ese pueblo, lo cual significa un conflicto interno permanente, y que no se ha resuelto hasta ahora mismo.

A la muerte de Ataturk, los militares son corrompidos por los británicos, y al finalizar la segunda guerra mundial, son los EEUU quienes reemplazan a los británicos y someten a su control a la República turca. La política interior de Turquía malgasta enormes sumas de dinero, bienes y hombres para reprimir a los kurdos, en un conflicto interminable, que es siempre azuzado y empujado por los EEUU, que están detrás de los kurdos para no permitir nunca que ese conflicto se acabe.

Los diversos gobiernos turcos posteriores a la segunda guerra mundial se han alineado siempre con los EEUU, y Turquía es un miembro de la OTAN muy impostante, ya que posee el mayor ejército de esa organización.

Hubo luego de la segunda guerra mundial una sola excepción, que fue el gobierno de Adnan Menderes, que intentó romper el dogal que lo uniía a los EEUU, que terminó con la vida de Menderes en la horca.

Sus sucesores, Turgut Ozal y Tansu Ciller, y los gobiernos militares que hubo entre medias, se caracterizaron por su servilismo hacia los EEUU, y su represión contra el movimiento obrero, el encarcelamiento y muerte de los líderes populares, y sus flirteos con la Unión Europea para que Turquía sea admitida como socio de esa unión.

No ha sido esto posible, ya que los miembros de la UE, han hecho saber a los gobiernos turcos que la UE es un club cristiano, y que no hay lugar para ellos.

Todo esto hasta la llegada de Abdullah Gulen y Recep Tayip Erdogan al gobierno de Turquía.

Estos dos políticos y conocidos estafadores, asociados con el ministro de exteriores turco Mevlut Cavusoglu, son los propietarios de todas las fábricas que falsifican las grandes marcas europeas tales como relojes Rolex, ropa de Lacoste, perfumes de Dior, etcétera, y que se venden en Europa a precios bajos, han logrado hacerse con el poder; pero en una pelea interna entre Gulen y Erdogan, este último consiguió desplazar al primero y luego de una elecciones discutidas.

La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

La evolución de la ideología climática (y 6)

Los científicos como Revelle jamás hubieran podido desatar una paranoia, como la climática, sin su estrecha asociación al centro de poder por antonomasia de la Guerra Fría, sito en Washington. Ahora sabemos que, como cualquier otro tinglado de ese tipo, formaban parte de un equipo secreto llamado Jason cuyo objeto eran operaciones ideológicas en masa como las que iniciaron contra Lysenko o las de tipo climático.

Durante aquellos primeros años, la ideología oficial seguía siendo el enfriamiento, que los portavoces ideológicos del imperialismo presentaban con el mismo alarde catastrofista que ahora. Los científicos que hablaban del calentamiento eran una minoría insignificante, incluso dentro del ámbito académico. Eran pocos pero eran el imperialismo o, por lo menos, una parte de él.

Se trataba, pues, de imponer la doctrina dentro de la “ciencia” para luego propagarla como tal a los altavoces mediáticos, es decir, no como una consigna militarista sino como “ciencia”. Naturalmente que tampoco se trataba de unas u otras teorías, como algunos creen, sino que ya se había dado el salto de la “ingeniería climática” al armamento climático.

Con el apoyo de General Electric y el Pentágono, en los años cuarenta los científicos Vincent Schaefer y Irving Langmuir pusieron en marcha el Proyecto Cirrus, luego reconvertido en Stormfury, un plan para modificar el clima con fines bélicos (lluvias, huracanes, tornados, ciclones), que en 1967 se puso en marcha en Vietnam con el nombre de Operación Popeye, un intento de modificar el clima que se prolongó hasta 1974.

Muy pocos años después, en 1978, los mismos imperialistas que habían convertido al clima en un arma de guerra, introdujeron en la ONU un tratado internacional que prohibía el uso del armamento climático en la guerra, otro ejemplo del “doble juego” ideológico que desempeña la paranoia climática: al mismo tiempo que los “científicos” estadounidenses utilizan el clima como arma, previenen sobre el cambio climático.

Los mismos organismos que alertan sobre el cambio climático financian los programas militares de cambio climático. Por ejemplo, entre 1962 y 1983 el Instituto Meteorológico (Weather Bureau, luego denominado National Weather Service) financió el Proyecto Stormfury.

Quien llevó a cabo el intento de modificar el clima de Indochina no fue la Fuerza Aérea sino los aviones de la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), un organismo a la vez científico y militar, hoy muy conocido por ser uno de los propulsores de la paranoia climática.

El imperialismo encubría sus planes de cambiar el clima con la manta del CO2. En 1963 el Presidente Johnson aseguró ante el Congreso que a causa de la quema de combustibles fósiles su generación “había alterado la composición de la atmósfera a escala mundial”. Su gobierno encargó un estudio sobre el asunto a su Comité Científico Asesor.

Dos años después el Comité publicó su informe sobre los tópicos favoritos que forman parte de la alarma climática: aumento de los niveles de CO2, la rápida descongelación de la Antártida, el aumento del nivel del mar, el aumento de la acidez del océano… El informe señala, además, que esos cambios requerirán un esfuerzo mundial coordinado para prevenirlos, lo que indica que Estados Unidos comenzaba a imponer su propia política como algo consustancial a la ONU.

Uno de los “científicos” que contribuyeron a desatar la alarma fue Gordon MacDonald, asesor del Presidente Johnson y enlace de la CIA con Jason. En 1968 publicó “Cómo destruir el medio ambiente”, un recetario de las modernas paranoias seudoecologistas. Al mismo tiempo que se preocupaba del medio ambiente, MacDonald colaboraba como geofísico en la guerra contra el pueblo vietnamita.

Como el resto del equipo científico Jason, MacDonald mostraba dos rostros. Por un lado, fue uno de los fundadores de la Agencia de Protección Medioambiental y, por el otro, escribió que “un huracán bajo control se puede utilizar como arma para aterrorizar a los adversarios en partes sustanciales de la población mundial”.

Fue pionero en la SRM (Solar Radiation Management), la manipulación de la radiación solar con fines bélicos. La SRM tiene la pretensión de devolver la radiación infrarroja de nuevo al espacio exterior mediante la dispersión de partículas en la atmósfera, lo que puede impedir el calentamiento, según creían. Para ello, MacDonald propuso recurrir al empleo de misiles en lugar de aviones.

Otro interesante arma ecológica que se le ocurrió a MacDonald fue explotar bombas atómicas para hacer que las capas de hielo polar se deslizaran hacia el océano, causando así maremotos “catastróficos para cualquier país costero”.

También sugirió que la creación de un agujero en la capa de ozono de la atmósfera podría ser un arma eficaz “fatal para la vida”. Según MacDonald las perturbaciones del medio ambiente podían producir, además, cambios en los patrones de comportamiento de las personas, es decir, manipular a la población manipulando el medio ambiente. En cualquier caso, escribe, para Estados Unidos “es ventajoso garantizar su propio entorno natural pacífico para sí mismo y un entorno perturbado para sus competidores”.

Entre 1964 y 1967 formó parte de los asesores de la National Science Foundation para la Modificación del Clima, cuyas conclusiones fueron criticadas por el Journal of the American Statistical Association por la característica manipulación de las estimaciones: “Es deplorable que tales tonterías aparezcan con la cobertura de la Academia Nacional de Ciencias”.

En 1992 el Vicepresidente Al Gore le introdujo en el exótico Comité Medea (Measurements of Earth Data for Environmental Analysis), a medio camino entre el espionaje y la ciencia. Se trataba de recuperar viejos archivos de la CIA y el KGB que contenían información sobre el Ártico tomada por los satélites de vigilancia.

Tanto la Armada como la Fuerza Aérea de Estados Unidos crearon varios escuadrones, conocidos como los “guerreros del clima”,  para militarizar el clima. Algunos de ellos colaboran con la Organización Meteorológica Mundial.

En 1973, tras la guerra árabe israelí, los precios del petróleo se dispararon y, con ellos, las campañas seudoecologistas contra los combustibles fósiles.

El Presidente Carter instaló 32 paneles solares en el techo de la Casa Blanca y los grandes monopolios comenzaron a crear fundaciones contra el cambio climático. Entre ellos destacan Krupp y MacDonald’s, por cuya iniciativa Estados Unidos creó una Oficina sobre los efectos del dióxido de carbono (1). Al calor de las subvenciones las ONG ambientalistas comenzaron a proliferar por todos los países occidentales.

La prensa cambió los titulares que habían predominado hasta entonces: ya no hay que tener miedo el enfriamiento sino al calentamiento. No escatimaron en gastos. En 1958 subcontrataron al director de cine  Frank Capra para que realizara el documental “The Unchained Goddess” que, entre otros temas, ya alertaba sobre el calentamiento mundial (2), un anticipo de la “verdad incómoda” que en 2006 rodaría la Paramount para Al Gore.

En 1977 el equipo Jason envió un informe al Departamento de Energía con las típicas previsiones para el futuro, una vez que se duplique la concentración de CO2 en la atmósfera que, como las demás, es pura ficción.

Estados Unidos internacionaliza la paranoia. En 1979, en la reunión del G-7 en Tokio, las grandes potencias imperialistas firman una declaración solemne comprometiéndose a reducir las emisiones de CO2. Al mismo tiempo, se celebra en Ginebra la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, en la que científicos de 50 países aseguran que es necesario actuar urgentementemente. Son los primeros pasos para llevar el cambio climático a la ONU e institucionalizarlo.

Progresivamente, a los partidarios de la doctrina del calentamiento les ponen al frente de los departamentos universitarios, e incluso los crean para ellos, como la unidad del clima de la Universidad de East Anglia, en Gran Bretaña, financian investigaciones dirigidas, organizan conferencias internacionales de expertos y crean revistas especializadas… En 1981 el New York Times llevó por primera vez el “efecto invernadero” a su primera plana. Aquel año sólo un 38 por ciento de los estadounidenses había oído hablar alguna vez del “efecto invernadero”. En 1989 el porcentaje había subido al 79 por ciento.

El punto de viraje de las ideologías climáticas se produjo en 1988 con las dos compareciencias de James Hansen y el senador demócrata Thimothy Wirth en el Senado de Estados Unidos, aunque las doctrinas climáticas posmodernas deben su triunfo  a Margaret Thatcher, como reconoció en 2006 la revista Nature en un editorial.

El Partido Conservador británico, entonces en el gobierno, quería reducir la dependencia de Reino Unido de las energías fósiles y desactivar los poderosos sindicatos mineros, cerrando las minas de carbón, para potenciar la energía nuclear y el gas escocés.

En 1985 Thatcher aplastó una importante huelga minera que se prolongó durante un año. Tres años después pronunció un famoso discurso seudoecologista ante la Royal Society en el que puso varios tópicos sobre la mesa: calentamiento, agujero de ozono y lluvia ácida, entre otros.

Thatcher fue la primera jefa de gobierno en apadrinar públicamente la lucha contra el cambio climático, una política seguida después por el Partido Conservador durante su conferencia anual.

En 1987 Thatcher fichó a Crispin Tickell, embajador de Reino Unido ante la ONU entre 1987 y 1990, como asesor en cuestiones ecologistas. Diez años antes Tickell había escrito un libro, reeditado en 1986, titulado “Climate Change and World Affair”, donde profetizaba el calentamiento global y en 2001 se presentó a las elecciones generales por el Partido Verde.

Pero para cambiar la ideología climática entonces imperante y presentarlo como ciencia era necesario crear, además, centros de investigación. De ahí que, poco antes de salir del gobierno en 1990, Thatcher creó, a partir de una unidad especial para el estudio de modelos climáticos formada ya en 1988 en el Instituto Británico de Meteorología, el Centro Hadley para la Predicción e Investigación del Clima.

No obstante, el triunfo de las doctrinas posmodernas sobre el clima no hubiera sido posibles sin la creación en 1988 de su propio Vaticano, el IPCC, que contó con el apoyo de Thatcher, Reagan, Tickell y Bert Bolin, su primer presidente.

El IPCC no se crea porque en aquel momento la doctrina del calentamiento fuera una corriente mayoritaria entre los científicos, sino al revés: se creó precisamente para imponer esa doctrina como mayoritaria y con el aval de una institución internacional, como la ONU. Fue un montaje de envergadura que culminó en 2007 con la insólita concesión del Premio Nóbel de la Paz, junto con el vicepresidente Al Gore.

Cuando dos años después se publicaron los correos internos de los climatólogos de la Universidad de East Anglia confesando sus manipulaciones, “el mayor escándalo científico de nuestra generación”, según confesó The Telegraph (3), a nadie pareció importarle. Lo que sostiene las concepciones climáticas actuales no es la verdad ni la mentira sino los padrinos.

En muy pocos años el imperialismo ha podido alterar radicalmente una concepción científica tan arraigada, como el enfriamiento, por su contraria. En  un libro, David F. Noble lo calificó en 2007 como un “golpe de Estado
climático de las multinacionales” (4).

La proliferación de este tipo de doctrinas muestra a las claras la actitud gregaria de la humanidad en general y de los científicos en particular, que disimulan bajo términos grotescos, tales como “consenso científico”, lo que no son más que ideologías trasnochadas.

(1) https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/002194369903600101
(2) http://www.youtube.com/watch?v=0lgzz-L7GFg
(3) https://www.telegraph.co.uk/comment/columnists/christopherbooker/6679082/Climate-change-this-is-the-worst-scientific-scandal-of-our-generation.html
(4) https://www.globalresearch.ca/the-corporate-climate-coup/5568

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El origen de la subcultura carbónica
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

 Las portadas de la revista Time, un altavoz del imperialismo, empezaron asustando por las doctrinas del enfriamiento y ahora hacen lo mismo con las del calentamiento

El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

La evolución de la ideología climática (5)

La centralidad climática del CO2 adquiere una nueva dimensión como consecuencia de la Guerra Fría, las explosiones nucleares y la radiactividad, una página de la historia de la climatología que ha sido convenientemente descuidada por razones obvias, lo que vuelve a poner de manifesto que no se puede falsificar la ciencia sin falsificar, al mismo tiempo, su historia.

En 1945 Estados Unidos tiene el monopolio nuclear, cuyo mantenimiento requiere la presencia de una industria atómica anexa que, además de suministrar la materia prima del nuevo armamento, confiere superioridad también en el terreno económico y, sobre todo, energético. Nacen así las centrales nucleares, contrapuestas a los viejos métodos productivos “sucios”, basados en la quema de “combustibles fósiles”.

Como potencia hegemónica, Estados Unidos también tiene la pretensión de decidir desde el final de la guerra lo que es ciencia y lo que no lo es, y tanto una (la ciencia) como otra (la seudociencia) son subproductos de la guerra. El Proyecto Manhattan, la fabricación de la bomba atómica, es uno de los ejemplos más conocidos de la manera en que el ejército de Estados Unidos puso a los científicos a su servicio, engendrando un híbrido entre el burócrata y el investigador. No se sabe dónde acaba uno y empieza el otro.

En el caso del clima, la Armada llevó la ideología climática a un terreno hasta entonces inexplorado, el océano. Se había hablado bastante de las emisiones de carbono, pero faltaba otro aspecto capital: su absorción por las plantas y las aguas.

Las explosiones atómicas crean isótopos del carbono, algunos de los cuales son muy inestables, con periodos de vida de milisegundos, mientras que otros permanecen en la atmósfera antes de disolverse en el océano. Había que seguir su rastro tanto en el aire como en el agua. Para ello era necesario explorar el ciclo del carbono a lo largo y ancho de todo el planeta.

Había varias cuestiones conexas que eran del interés de la Armada: ¿se podía convertir el clima en un arma de guerra contra la URSS?, ¿era posible acabar con el Ártico mediante explosiones nucleares?, ¿se podían almacenar residuos radiactivos en el fondo del océano?, ¿podían provocar tsunamis oceánicos las explosiones atómicas?, ¿podían guiar los rayos infrarrojos la trayectoria de los misiles?

Muchos científicos se pusieron al servicio del espionaje y de la guerra nuclear. La Armada subcontrató una parte de las investigaciones atómicas con el Instituto Scripps de California, donde trabajaba el oceanógrafo Roger Revelle, uno de los prototipos de Jason, científicos de nuevo cuño fabricados por la Guerra Fría. Fue muy condecorado y habló mucho de sí mismo. Se definió como el “abuelo del efecto invernadero” y dijo que su mayor contribución a la preservación de la paz mundial fue recomendar a la Armada el programa Polaris: la fabricación de misiles de largo alcance capaces de surcar los océanos.

Había participado en varias expediciones náuticas en buques y guardacostas de la Armada, que le reclutó al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de comandante. Al final de la guerra fue trasladado a la ONR, la Oficina de Investigación Naval, un precedente de la actual Darpa. En 1946 le destinaron a la primera prueba atómica de posguerra en el Atolón Bikini, en el Océano Pacífico, a fin de estudiar su impacto que, desde luego, era mucho más que el puramente ambiental.

Durante las pruebas nucleares en el Pacífico, Revelle dirigió un equipo de 80 científicos especializados en la “lluvia radiactiva”. Estaba surgiendo la “megaciencia” (“big science”), las “cadenas de montaje del conocimiento”, grandes organizaciones científicas financiadas por organismos burocráticos y monopolios.

A partir de 1948, cuando la Unión Soviética, realizó su primer ensayo atómico, el interés por ese tipo de investigaciones se multiplicó. Había que detectarlas y conocer su impacto. Para ello era necesario saber el tiempo que tardan los restos de una explosión atómica atmosférica en disolverse en el océano. Es como el tiempo que tarda la patrulla de policía en llegar al escenario del crimen.

A su vez, para averiguar la antigüedad de cualquier resto, no solo arqueológico, en la posguerra se inventó la datación por radiocarbono, el carbono 14, una forma radiactiva del carbono que, por razones muy distintas de las climáticas, se ponía de actualidad. El austriaco Hans E. Suess era uno de los padrinos de esta nueva técnica de datación. Había descubierto que en los anillos de los árboles quedan trazas de carbono 13, un isótopo estable del carbono, que permiten datar su edad.

Se producen dos fenómenos contrapuestos. Por un lado, las explosiones nucleares aumentan la presencia de radiocarbono, lo que reduce las mediciones, que parecen más recientes. Por el otro, la combustión del petróleo lo que aumenta es la presencia de carbono 12, lo que incrementa las mediciones, que parecen más antiguas.

Revelle incorporó a Suess al Instituto Scripps para investigar los efectos de las radiaciones atómicas cuando las explosiones se llevaban a cabo en las profundides de las aguas oceánicas, descubriendo que la radiactividad se extiende a lo largo de cientos de kilómetros cuadrados de superficie pero sólo en un metro de profundidad. Los elementos químicos radiactivos permanecen diluidos en el agua durante años, pero sólo aparecen en una parte insignificante del océano.

Revelle y Suess calcularon que una molécula de CO2 tarda unos 10 años en pasar de la atmósfera al agua superficial, donde permanece cientos de años. Por dicho motivo la hidrosfera atesora 50 veces más CO2 que la atmósfera.

Las conclusiones más importantes de su investigación son que la absorción por el océano de las emisiones de CO2 no es inmediata y que sólo la parte superficial la lleva a cabo. De ahí Revelle quería deducir que el océano no es capaz de absorber todas las emisiones de CO2, como se creía hasta entonces. Para ello tenía que saber cuánto CO2 se añade a la atmósfera y en 1956 reclutó a Charles D. Keeling para que lo calculara.

Como es típico hoy en determinados científicos, Revelle tenía buenos contactos que le permitían administrar unos recursos gigantescos y pudo fundar un observatorio en Mauna Loa, un volcán de 4.000 metros de altitud, uno de los más altos del mundo, en Hawai, en medio del Océano Pacífico, destinado exclusivamente a medir la evolución de las emisiones de CO2 a la atmósfera, poniendo a Keeling al frente del mismo.

Desde entonces y hasta la fecha el CO2 se mide de una manera sistemática, al instante, casi exactamente igual que la temperatura. Keeling formuló gráficamente sus resultados en una curva ascendente que expresa el incremento exponencial de CO2 en la atmósfera. Los cálculos indican que dicha concentración ha pasado de unas 310 ppm (0,031 por ciento) a unas 410 ppm (0,041 por ciento). Hoy dicha curva se puede seguir en internet de manera continua:

Curva de Keeling: https://scripps.ucsd.edu/programs/keelingcurve/

Las mediciones de Keeling se consideran hoy como referenciales y válidas no sólo para Hawai sino para cualquier lugar del mundo. Sin embargo, no son las primeras, ni las únicas. Como demostró Beck en 2007 (1), desde que se identificó el CO2 a finales del siglo XVIII, los científicos han calculado su concentración en la atmósfera, a pesar de lo cual Revelle y Keeling hacen tabla rasa de los resultados obtenidos. Es como si nunca antes a nadie se le hubiera ocurrir medir la concentración de CO2 atmosférico. Además, esas mediciones se obtienen después de “filtrar información contaminada” y “eliminar información sospechosa”, como reconoció el mismo Keeling en 1986 (2). Había que olvidar ciertos datos para poner otros en su lugar y, en concreto, rebajar lo más posible las mediciones de CO2 de la “época preindustrial” para incrementar las actuales.

Si se examina su curva, es evidente que mezcla las mediciones directas que comenzó en 1958 con otras relativas a épocas pasadas, que se obtienen del hielo por métodos indirectos (proxies). ¿Por qué Keeling recurre a cálculos indirectos cuando tiene cálculos directos encima de la mesa? Es evidente que para llegar al tópico de que “la concentración de CO2 se dispara a una velocidad jamás conocida en la historia de este planeta”. El problema es que este planeta tiene 4.500 millones de años de historia y no es tan fácil reconstruir esas mediciones, ni siquiera de manera indirecta.

Algunos de los cálculos que Revelle, Keeling y el IPCC esconden bajo la alfombra demuestran que en el siglo XIX ya hubo científicos que estimaron concentraciones de CO2 del mismo nivel que las actuales, lo que derriba el núcleo de argumentaciones climáticas vigentes.

Por buena que sea, una estimación siempre puede ser mejorada por otra y, como consecuencia de la paranoia climática, actualmente se llevan a cabo centenares de mediciones del CO2 cada día, muy diferentes unas de otras. Ni el IPCC ni nadie está obligado a conformarse con las de Revelle y Keeling. El año pasado se lanzó un satélite al espacio que realizará 300 millones de mediciones diarias de los niveles de CO2 atmosférico.

(1) Ernst Georg Beck, 180 Years of CO2 gas analysis by chemical methods, Energy & Environment, 2007, vol.18, núm.2, pgs.259 y stes, https://www.geocraft.com/WVFossils/Reference_Docs/180_yrs_Atmos_CO2_Analysis_by_chemical_methods_Beck_2007.pdf
(2) Eric From y Ch.D. Keeling, Reassessment of Late 19th-Century Atmospheric Carbon Dioxide Variations, Tellus, 1986, 38B, pg.101, https://cyberleninka.org/article/n/146215.pdf

El Presidente Bush condecora a Keeling por sus investigaciones sobre el CO2

Serie completa:
— La evolución de la ideología climática
— Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
— El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
— El origen de la subcultura carbónica
— La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

El origen de la subcultura carbónica

La evolución de la ideología climática (4)

Hacia mediados del siglo XIX la ciencia ya disponía de algunos de los elementos fundamentales para elaborar una teoría embrionaria sobre el clima, aunque sólo ha llegado a desarrollar piezas inconexas de ella, de las que se pueden poner dos ejemplos que se corresponden con otros tantos nombres que, por derecho propio, figuran entre los más grandes de la ciencia de aquel siglo.

El francés Joseph Fourier es uno de ellos y pertenece a la primera mitad del siglo. Además de su obra maestra, la “Teoría analítica del calor”, publicada en 1822, el científico napoleónico prestó mucha atención al clima terrestre en otras obras. De no ser por las limitaciones científicas de su tiempo, se le podría considerar incluso como el fundador de la climatología y hay quien, como el IPCC, le considera como el descubridor del “efecto invernadero”.

No obstante, Fourier no demuestra nada, ni lleva a cabo ningún experimento, ni descubre nada nuevo. Trata de explicar fenómenos ya conocidos anteriormente, especialmente el de Saussure, sobre el que apunta lo siguiente: “El calor del Sol, que llega en forma de luz, posee la propiedad de penetrar las sustancias sólidas o líquidas diáfanas, y la pierde casi enteramente cuando se convierte, por su comunicación a los cuerpos terrestres, en calor radiante oscuro”. Esta distinción entre calor luminoso y calor oscuro, añade Fourier, “explica la elevación de temperatura causada por los cuerpos transparentes” (1).

En dicho pasaje no existe nada de lo que hoy el IPCC y algunos historiadores de la ciencia tratan de dar a entender:

1. Fourier no se refiere sólo a la atmósfera, sino también a la hidrosfera y al hielo polar
2. Lo que trata de explicar es el motivo por el cual el calor no se dispersa hacia el espacio exterior sino que se acumula en la superficie terrestre, es decir, el gradiente vertical de temperatura de Saussure así como la relativa uniformidad de la temperatura de la que, naturalmente, no conoce su evolución en el tiempo, aunque supone que se enfría progresivamente
3. El científico francés considera a la atmósfera como un todo y no diferencia entre unos u otros componentes de ella, una tarea que llevó a cabo Tyndall en 1861: no todos los gases de la atmósfera absorben y emiten calor en la misma medida, considerando que el vapor de agua era el más influyente (2)
4. Fourier no tiene una noción clara de lo que es el “calor oscuro” y su interés se centra casi exclusivamente en su absorción por la atmósfera, descuidando la emisión
5. Pero lo más importante es que Fourier suponía -erróneamente- que el calor era un fluido y sabía que era una opinión controvertida. Hay varias hipótesis al respecto, añade, ante lo cual reacciona como la mayor parte de los científicos: no sabemos lo que es el calor pero podemos describir cómo se disipa (3).

Con la climatología de Fourier se cumple el principio de que para falsificar la ciencia hay que falsificar también su historia. El francés está siendo instrumentalizado para inculcar que la hipótesis del “efecto invernadero” no es reciente, lo cual es falso.

El segundo científico que expresa las paradojas de la ideología climática es el sueco Svante Arrhenius, al que le atribuyen una de esas leyes contundentes de la física cuya formulación no deja lugar a dudas: si las emisiones de CO2 a la atmósfera crecen geométricamente, la temperatura crecerá aritméticamente. En un artículo de 1896 el sueco Arrhenius ilustró gráficamente esa ley por la analogía con un invernadero (4).

Por lo tanto, desde Fourier, en el transcurso de casi un siglo el planteamiento climático había cambiado. Ya no se trataba de explicar la retención del calor en la superficie de la Tierra sino el cambio en su temperatura.

El interés de Arrhenius por el cambio de temperatura forma parte de la defensa de su tesis sobre la panespermia: la vida en la Tierra no tiene un origen temporal sino que preexiste desde siempre en todo el universo y seguirá existiendo indefinidamente. Ahora bien, en 1863 el físico alemán Clausius le había dado un vuelo absurdo al segundo principio de la termodinámica, según el cual la equiparación de temperaturas conducía a la “muerte térmica del universo”, de donde deriva todo el conjunto actual de elucubraciones acerca de la entropía, la irreversibilidad, la teoría del caos y otros.

Acertadamente Arrhenius criticó a Clausius apoyándose en las glaciaciones, que mostraban la posibilidad de que los procesos térmicos fueran reversibles. Es más, Arrhenius pensaba que la Tierra se enfriaba y, en consecencia, para retardar el fantasma de una futura glaciación y la “muerte térmica del universo”, había que invertir un fenómeno natural para hacerlo reversible artificialmente. Siguiendo a Tyndall, Arrhenius consideró que el CO2 atmosférico era la clave para ello, no obstante su carácter residual.

Así comenzó la subcultura carbónica. Según Arrhenius si el CO2 explica la retención de calor en la superficie de la Tierra, el aumento de su concentración en la atmósfera aumentará también la temperatura. Más CO2 retiene más calor. La manera de retrasar la futura glaciación es emitir más CO2. Se trataba de algo diferente, un problema práctico: cómo frenar la futura caída de las temperaturas. Con el científico sueco estaba naciendo la “ingeniería climática”, que ponía el acento en la capacidad humana para alterar el clima de la Tierra de manera artificial. Es una doctrina al alcance de la mano. La humanidad puede alcanzar la troposfera, pero no la superficie solar. Es más fácil alterar la atmósfera que los rayos procedentes del Sol.

La “ingeniería climática” es algo más bien propio de las cábalas de la ciencia ficción que de la ciencia propiamente dicha, pero en la misma medida en que algunos científicos se fueron convenciendo de que podían modificar el clima, la ideología del enfriamiento se convirtió en una pesadilla, similar a la actual del calentamiento. El químico alemán Walter Nernst propuso quemar carbón, pero no para incrementar la temperatura de una vivienda sino la de toda la atmósfera. En 1938 el ingeniero inglés Guy Stewart Callendar insistió en lo mismo porque el incremento de CO2 en la atmósfera era beneficioso para retrasar la siguiente glaciación.

Las tesis de Callendar no eran en nada diferentes de las de Arrhenius, aunque su propagación fue notablemente mayor y durante años el aumento de las temperaturas como consecuencia de las emisiones crecientes de CO2 se conoció como “Efecto Callendar”.

Al aludir a los crecimientos geométricos y aritméticos, Arrhenius añade otro problema nuevo de medición: la sensibilidad climática. ¿Cuánto CO2 habría que enviar a la atmósfera para aumentar un grado la temperatura? Para ello antes habría que calcular la cantidad de CO2 que hay en la atmósfera. Aunque el científico sueco introduce varias cifras, no mide nada, ni tampoco demuestra nada; ni siquiera lo intenta porque, siguiendo de nuevo a Tyndall, todos sus experimentos los lleva a cabo con el vapor de agua de la atmósfera.

Los científicos empezaron a interesarse por la capacidad de los diferentes gases atmosféricos para absorber los rayos infrarrojos y surge así el diluvio de mediciones que meten a la climatología en una ratonera: el laboratorio. Tyndall había inventado un espectrómetro diferencial capaz de detectar la absorción de rayos infrarrojos por pequeñas cantidades de gas encerradas en un tubo de ensayo.

Por un lado, no todos los gases atmosféricos absorbían la radiación infrarroja; por el otro, el vapor de agua, la humedad del aire, era capaz de bloquearla por sí misma. El CO2 no absorbía ninguna longitud de onda que no fuera también absorbida por el vapor de agua. Su concentración en la atmósfera es tan pequeño comparado con el del vapor de agua, que su efecto es irrelevante. Es el “efecto de saturación”, el mismo que tendría en un salón de tiro las capas sucesivas de rejillas interpuestas entre la bala y el blanco. A medida que se incrementa el número de rejillas o su densidad, es más difícil que una bala alcance su blanco, hasta que llega un punto en que se hace imposible. A partir de ahí es inútil interponer más rejillas.

Para demostrar el “efecto de saturación”, en 1900 Knut Angström y su colaborador Herr J. Koch hicieron un experimento enviando radiación infrarroja a través de un tubo de 30 centímetros de largo lleno con una determinada concentración de CO2. Luego redujeron la concentración en un tercio y la cantidad de radiación absorbida apenas cambió. En contra de la hipótesis de Arrhenius, a partir de un determinado punto, la emisión adicional de más CO2 no absorbía más radiación y, por lo tanto, no calentaba la atmósfera.

Tras el experimento, la revista que expresaba el punto de vista de los meteorólogos estadounidenses, Monthly Weather Review, advirtió expresamente de que la hipótesis de Arrhenius era falsa (5).

La temperatura de Marte parece confirmar el “efecto de saturación”. La atmósfera del planeta rojo se compone casi en su totalidad de CO2. La cantidad de CO2 en Marte es 50 veces mayor que en la Tierra, a pesar de lo cual la temperatura en la superficie oscila entre -90 grados centígrados y -30 grados.

La validez del experimento sobre el “efecto de saturación” permaneció 50 años, hasta que la Guerra Fría llevó a los aviones de espionaje a las capas altas de la atmósfera. De la mano de los militares, los científicos volvieron a romper otra vez la unidad de la atmósfera, descubriendo que no sólo se componía de gases diferentes sino que no era la misma arriba que abajo. En los estratos más elevados hay menos vapor de agua que en los inferiores.

La atmósfera no es un invernadero; tampoco hay en ella ningún invernadero ni nada parecido. A efectos climáticos, la atmósfera se compone de varios subsistemas y estratos que interaccionan entre sí de manera continua, lo mismo que con una masa sólida (continentes) y otra líquida (océanos).

Gracias también a los militares, en los años cuarenta se desarrolló la espectrofotometría de infrarrojos, que le permitió al canadiense Gilbert Norman Plass descubrir en 1956 que el vapor de agua y el CO2 no superponen sus efectos porque el vapor agua no puede absorber todo el espectro de radiación infrarroja (6). Las balas de determinado calibre no pueden ser frenadas por las rejillas del vapor de agua, pero sí por las del CO2. El “efecto de saturación” no existe; el CO2 es un “gas de efecto invernadero”. Aunque en la atmósfera haya estratos muy secos, el CO2 suple la escasez de vapor de agua y, por lo tanto, aumenta la capacidad de absorción de la radiación infrarroja.

Plass obtuvo sus conclusiones con la ayuda de un ordenador, lo que anunciaba la llegada de una nueva era para la ciencia que había comenzado en 1945, una mezca explosiva de militarismo, laboratorios y ordenadores que sirve para explicar el calentamiento de la Tierra, mientras guarda silencio sobre el enfriamiento de Marte.

(1) Fourier, Mémoire, cit., pg.573.
(2) John Tyndall, On the absorption and radiation of beat by gases and vapour, and on the physical connection of radiation, absorption and conduction, Philosophical Magazine, 1861, 22:167-194, pgs.273 y stes., http://web.gps.caltech.edu/~vijay/Papers/Spectroscopy/tyndall-1861.pdf
(3) Fourier, Théorie, cit., pg.18
(4) Svante Arrhenius, On the Influence of Carbonic Acid in the Air upon the Temperature of the Ground, Philosophical Magazine and Journal of Science, vol.41, 1896, pgs. 237-276. http://www.trunity.net/files/108501_108600/108531/arrhenius1896_greenhouse-effect.pdf
(5) Monthly Weather Review, Knut Ansgström On Atmospheric Absorption, ftp://ftp.library.noaa.gov/docs.lib/htdocs/rescue/mwr/029/mwr-029-06-0268a.pdf
(6) Gilbert N. Plass, The Carbon Dioxide Theory of Climate Change, Tellus, 1956, vol. 8, núm. 2 pgs. 140 y stes.

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle
– La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito

Antoine Lavoisier
La evolución de la ideología climática (3)

Juan Manuel Olarieta

En la segunda mitad del siglo XVIII Lavoisier dio otra sacudida a las doctrinas imperantes, tanto sobre el aire como sobre el calor. El aire no era un elemento elemento simple, como se había creído hasta entonces, sino compuesto por los gases diferentes que integran la atmósfera. La combustión no es otra cosa que una oxidación. En en lenguaje actual, la quema de carbón o cualquier otro de los llamados “combustibles fósiles”, de los que el carbono es un elemento integrante, al combinarse con el oxígeno del aire, da lugar a otro gas, el CO2 o dióxido de carbono.

Pero el calor ni siquiera es un elemento. Lavoisier no fue de capaz de sustituir las concepciones imperantes sobre el calor por una teoría correcta. El químico francés se limitó a derribar la muralla: el calor no es una cosa, ni compuesta ni simple y, a partir de ahí, las doctrinas vigentes no podían ser más confusas. A comienzos del siglo XIX se impuso la concepción ondulatoria de la luz, que vibraba en un medio rígido e imponderable de propiedades extrañas, el “éter lumínico”, un elemento que nunca ha sido hallado.

Al mismo tiempo, el electromagnetismo y la óptica se separaban de la termodinámica, como si la luz ya no tuviera relación con el calor. Las nuevas ciencias, que trataban fenómenos no mecánicos, no se podían explicar con los viejos recursos de la física de Newton, como puso de manifiesto Fourier en 1822: “Existe una clase muy extensa de fenómenos que no se producen por fuerzas mecánicas, sino que resultan solamente de la presencia y la acumulación de calor. Esta parte de la filosofía natural no se puede reconducir a las teorías dinámicas, tiene principios que le son propios y se fundamenta en un método parecido al de las demás ciencias exactas” (1).

Sin embargo, en 1842 Mayer, Joule y Grove formularon la noción de “equivalente mecánico del calor”, de donde se desprende que el calor es un tipo especial de fuerza, una energía intercambiable con cualquier otra (2). Hasta entonces hubo un vacío importante en una ciencia emergente, como la termodinámica.

El tercer pilar que se suma antes de 1800 a las concepciones climáticas vigentes es la atmósfera, un descubrimiento que debemos a otro suizo, Horace Benedict de Saussure. En cierta medida la temperatura en la superficie de la Tierra dependía de la atmósfera y, como se sabía gracias a Lavoisier y otros, de los diferentes gases que la componían.

El suizo llevó a cabo mediciones de las temperaturas en la alta montaña, que son mucho más bajas de las que se toman en los valles. La temperatura cambia en la horizontal y también en la vertical. El aire frío de las cumbres, que es más denso que el caliente, no desciende, por lo que la temperatura no se iguala entre ambos puntos, un efecto que se discutió en las décadas siguientes. Si en determinadas situaciones el calor se acumula, estamos en presencia de un fenómeno que necesita una buena explicación, porque se podía volver del revés: si el calor no se disipa, ¿por qué la Tierra tampoco se calienta hasta extremos insoportables?

A partir de entonces, las estimaciones de temperatura se llevaron de los Alpes a los círculos polares y de ahí al espacio exterior, que en 1838 Claude Pouillet calculó en -142ºC. Hoy sabemos que la cara de la Luna a la que el Sol no llega tiene una temperatura de unos -240ºC. Estas observaciones contradecían las concepciones tradicionales, que en 1822 Fourier enunció de la siguiente manera:

“Cuando el calor se distribuye de forma desigual entre los diferentes puntos de una masa sólida, tiende a ponerse en equilibrio, y pasa lentamente de las partes más calientes a las que lo son menos; al mismo tiempo se disipa por la superficie y se pierde en el medio o en el vacío” (3).

Es el segundo principio de la termodinámica, heredero de las concepciones tradicionales y milenarias de los seres humanos. En otras palabras, significa que al abrir una nevera el frío se disipa y al abrir un horno lo que se disipa es el calor. El movimiento del calor equipara las temperaturas entre dos sitios distintos. Según la termodinámica, lo que nunca ocurre es que al abrir la nevera suba la temperatura del frigorífico. Lo mismo cabe pensar del calor que acumula un invernadero, aunque para ello sería necesario que estuviera bien cerrado; como la puerta de un horno.

Hacia 1800 William Herschel descubrió el “calor oscuro” (4), que hoy llamamos “rayos infrarrojos”, un hallazgo que el científico (y revolucionario) italiano Macedonio Melloni desarrolló en 1831, seguido luego por la estadounidense (hoy olvidada) Eunice Foote en 1859 y el irlandés John Tyndall en 1861, lo que rompía otra unidad del pensamiento antiguo: la luz tampoco era un elemento simple sino un espectro de diferentes emisiones, cada una de las cuales tiene una temperatura diferente.

Además del Sol, hay otras fuentes de calor. Todos los cuerpos emiten y absorben radiaciones. La temperatura depende de la radiación y, a su vez, la radiación depende de la temperatura (ley de Stefan-Boltzmann). La Tierra también es una fuente de calor que emite (y absorbe) radiación lo mismo que los gases de la atmósfera. A pesar de sus gélidas temperaturas, también el éter transmitía calor a la Tierra, escribió Pouillet en 1838, un recorrido opuesto al que cabe esperar. La termodinámica y la climatología empezaron a vivir de espaldas una de otra. La primera se preocupaba de la dispersión del calor y la segunda de lo contrario.

La ciencia siempre ha digerido muy mal esa paradoja. Si un invernadero tiene las ventanas abiertas, ¿cómo es posible que acumule calor?

(1) Fourier, Théorie analitique de la chaleur, París, 1822, pgs.13 y 14
(2) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pgs.33, 158 y 222
(3) Fourier, Théorie, cit., pg.2
(4) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.228

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El origen de la subcultura carbónica
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle
– La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo
 

Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones

La evolución de la ideología climática (2)

Juan Manuel Olarieta

El “siglo de las luces” puso los cimientos para acabar, uno a uno, con el cúmulo de concepciones climáticas dominantes hasta la fecha, de manera que a mediados del XIX el castillo de naipes había caído por completo.

Con la invención del termómetro, a partir de siglo XVII la temperatura empezó a gozar de mediciones cuantitativas en puntos muy diversos, como las cuevas, donde los rayos del Sol no penetran y las diferencias de temperatura oscilan mucho menos. Sin embargo, se produce otro hallazgo significativo: con la profundidad el frío no aumenta sino que se transforma en su contrario: calor. De ahí y del volcanismo se deducía que la Tierra atesoraba su propio calor interno, geotérmico, independiente del Sol. A partir de un determinado punto de la vertical, cada 32 metros la temperatura aumenta un grado, escribió Fourier (1).

Naturalmente esas estimaciones se referían a la litosfera, la parte sólida de la Tierra; en los océanos con la profundidad la temperatura desciende. Sin embargo, el océano siempre quedó fuera del círculo de interés y de las mediciones porque era irrelevante desde el punto de vista económico. Cuando se habla de temperatura se supone que se refiere a una medición en tierra firme y durante siglos no se conoció otra que esa.

En su origen el planeta era una bola de fuego que, como cualquier otro astro, estaba sometido a las leyes inexorables del enfriamiento progresivo, una tesis a la que Buffon le dio la vuelta: a partir del enfriamiento cuantitativo de la Tierra era posible medir su edad. Hasta el siglo XVIII se había calculado que dios creó la Tierra unos 4.000 años antes, según establecían los primeros relatos bíblicos. Buffon demostró que “la palabra de dios” era equivocada y que había que empezar a superar las mediciones del tiempo en años, décadas y siglos. Nacieron los “eones” o grandes eras geológicas de millones de años marcadas -entre otros factores- por el clima.

Por más que hoy sepamos que los cálculos de Buffon tenían errores muy groseros, cambiaron por completo la comprensión de la humanidad y de la ciencia acerca del tiempo, hasta el punto de que el científico francés jamás tuvo la oportunidad de exponer públicamente sus concepciones porque la Universidad de La Sorbona se sometió al canon cristiano y le censuró. Como escribió Engels, “la tradición es una fuerza no sólo en la Iglesia católica, sino también en las ciencias naturales” (2). Cuando hace diez años se destaparon los correos internos de la unidad climática de la Universidad East Anglia se volvió a comprobar que la represión y la manipulación forman parte integrante de la ciencia y la divulgación científica.

A pesar de la censura, Buffon llevó a cabo varios experimentos basados en el enfriamiento de la corteza terrestre que, afortunadamente, consignó meticulosamente en sus manuscritos, que se han conservado hasta la actualidad, una labor continuada luego por otros científicos, como Lord Kelvin, que siguieron realizando cálculos sobre la edad de la Tierra partiendo de la base de su enfriamiento progresivo.

Para concebir el clima hay que pensar geológicamente en eones, no en años. También hay que medir y desde Buffon el aspecto cuantitativo del clima fue adquiriendo una importancia creciente. Al mimo tiempo, el desarrollo de las fuerzas productivas perfeccionó los instrumentos de medida, hasta llegar a los satélites actuales. Hay más mediciones, pero también mediciones distintas cualitativamente. Se toman medidas de temperaturas en lugares muy distintos unos de otros, desde tierra firme hasta los océanos y la atmósfera, a diferentes altitudes, etc.

En su sentido científico, climático, la medición de una temperatura no es un “hecho” como se supone vulgarmente, sino una estimación, un promedio, que se puede calcular estadísticamente de maneras diferentes. Tiene una naturaleza cuantitativa y cualitativa a la vez.

Casi al mismo tiempo que escribe Buffon, a finales del siglo XVIII se lleva a cabo en Suiza uno de los descubrimientos más importantes de la ciencia. En el fondo de los valles alpinos, los geógrafos observan cantos rodados que habían sido arrastrados por unos glaciares que, con el transcurso del tiempo, retrocedieron. En aquella época Louis Agassiz le dio su forma más acabada al descubrimiento de que algunas de las grandes eras geológicas del pasado habían sido mucho más frías que las actuales.

La temperatura del planeta no había sido siempre más elevada que en la actualidad, sino al revés y, lo que es más importante: la historia del planeta se podía describir como una sucesión de épocas de frío y calor en el que las primeras, las épocas glaciares, eran dominantes, más largas y más intensas que las otras, llamadas interglaciares. Por fin se descubrió que la época actual era interglaciar y, por lo tanto, más cálida que su precedente.

A pesar de su importancia, el descubrimiento de las glaciaciones no logró acabar con la tendencia dominante en la ciencia, que siguió siendo la de un enfriamiento gradual y progresivo, entre otras razones porque, a diferencia de lo que suelen explicar en las universidades, la ciencia es un cúmulo complejo y contradictorio de conocimientos y, en el caso del clima, prevaleció una disciplina emergente, la termodinámica, que mantuvo el canon tradicional que había imperado desde la Antigüedad. Desde mediados del siglo XIX la ciencia se convierte en un “reino de taifas”: destroza el mundo real en pedazos y no es capaz de recomponerlo de nuevo. Cuando los químicos y los físicos suplantan a los geógrafos y los geólogos, la climatología se transforma en una auténtica pesadilla. El laboratorio sustituye a la naturaleza.

Como cualquier otro fenómeno periódico, las glaciaciones introdujeron la contradicción dialéctica, fenómenos de la naturaleza que abren el camino a sus contrarios, que son la esencia misma de las percepciones inmediatas que la humanidad tiene acerca de un clima, que es esencialmente oscilante. Las temperaturas nunca se modifican de manera lineal, ni en cantidad ni en signo. No sólo suben y bajan sino que se transforman en su contrario de la noche al día y con las estaciones del año. También se modifican con los hemisferios: cuando en el norte es invierno en el sur es verano.

Otros fenómenos, como la corriente del Pacífico “El Niño” (y su contrario “La Niña”), también siguen, un ciclo temporal, que en inglés denominan como ENSO (“Southern Oscillation” u Oscilación Meridional), lo que confirma los postulados fundamentales con los que Vernadsky concebía los ecosistemas (3). No se trata de fenómenos lineales en los que cada momento es un poco más frío o un poco más caliente que el anterior. En las largas eras climáticas, “la excepción confirma la regla”. Hay fases cálidas en épocas de glaciaciones y fases frías en épocas interglaciares.

Los fenómenos cíclicos, como la temperatura, indican la intervención de numerosos factores que, además, son complejos y contradictorios, es decir, que no operan simultáneamente en la misma dirección y que son capaces de provocar efectos contrapuestos de calor y frío.

(1) Fourier, Mémoire sur les temperatures du globe terrestre et des espaces planetaires, Mémoires de l’Académie des Sciences de l’Institut de France, 1828, pg.571
(2) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, pg.32
(3) La ecología soviética de Vernadsky, http://civilizacionsocialista.blogspot.com/2009/12/la-ecologia-sovietica-de-vernadsky.html

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La evolución de la ideología climática (1)

A lo largo de una historia milenaria, los seres humanos han sostenido concepciones contrapuestas sobre el clima de clara naturaleza ideológica, en donde se confundían de manera abigarrada numerosos conocimientos, doctrinas e hipótesis.

Hasta épocas muy recientes la humanidad no conoció las sutilezas actuales que diferencian el clima de la meteorología o el calor de la temperatura; ni siquiera sabía lo que era el calor, ni la luz, ni la combustión y, lo que es peor, las doctrinas al respecto eran erróneas.

Como es obvio, la evolución del clima sobre la Tierra a lo largo del tiempo no se corresponde exactamente con su reflejo sobre el pensamiento humano. Las ideologías climáticas siguen el mito de la caverna de Platón: un recorrido que va de la “oscuridad” a la “luz” a medida de que la humanidad se libera de sus cadenas, hasta salir al exterior y conseguir, además, que “un exceso de luz” no acabe por deslumbrarnos, es decir, que unas cadenas no sustituyan a otras.

Cualquier ideología se afirma por oposición a sus contrarias, de donde surgen las diferentes corrientes históricas que en sus rasgos más generales se pueden resumir en tres.

Las corrientes idealistas consideran el clima como una obra de la creación del universo, al modo del Génesis: en un principio la Tierra estaba sumida en la “oscuridad” hasta que dios la iluminó… hasta cierto punto porque el resto quedó sumido en las tinieblas.

La religiones presentan a dios como luz y en el Éxodo aparece ante Moisés como una “zarza ardiente”. Además de luz, dios y los seres celestiales representan el calor, que es fuente de vida.

Por el contrario, un determinado tipo de materialismo, que podemos adscribir a Demócrito, considera el calor como una cosa, algo que en nada sustancial difiere de todas las demás cosas. El mundo material, es decir, todo el universo, se compone de los mismos átomos, uno de los cuales es el fuego, por lo que la luz y el calor tienen el mismo origen material que las demás cosas que integran el universo.

En una tercera línea podemos situar a Epicuro, un materialista de un tipo diferente al anterior, más avanzado, según expuso Marx en su primera obra. La diferencia entre uno y otro se resume en el “clinamen” o, en otras palabras, la contradicción, el cambio y la dialéctica, que también están presentes en los fenómenos físicos.

En el griego antiguo clima y clinamen forman parte de la misma familia semántica, junto a otras palabras como “inclinación” o “declinación” porque la humanidad siempre tuvo claro que el clima dependía del ángulo diferente con el que los rayos del Sol y otros astros luminosos impactaban en la Tierra, lo que a veces, se definió como su “alineamiento” o posición relativa de unos con otros.

Como dicho ángulo depende de la región geográfica del planeta, en cada una de ellas el clima es diferente. La consecuencia ideológica de ello es que, históricamente, la humanidad siempre vinculó el estudio del clima más al espacio que al tiempo.

Dado que la supervivencia de los seres humanos dependía de la agricultura, básicamente, y dado también que, a su vez, la agricultura dependía del clima, los aspectos económicos dependían de los naturales. El “buen tiempo” propiciaba buenas cosechas y el “mal tiempo” creaba dificultades de aprovisionamiento, lo que expresa el carácter ideológico de las doctrinas climáticas y seudoecologistas, en general, que van unidas a una teoría económica, e incluso una política económica.

La “buena” (o la “mala”) relación del hombre con la naturaleza, el salvajismo y la civilización, es uno de los tópicos más frecuentes en la historia del pensamiento humano, que ha desatado toda clase de pronunciamientos. No obstante, el desasarrollo progresivo de las fuerzas productivas ha independizado cada vez más al ser humano de la naturaleza, que ha ido adquiriendo un punto de vista cada vez más estético de la misma, así como un complejo de intruso dentro de ella, que irá a más en el futuro.

Las ideologías climáticas han tenido siempre un tono fatalista, de tal manera que a la humanidad no le cabía sino adoptar una posición pasiva: “aclimatarse” o adaptarse al clima del lugar.

Uno de los ejemplos más conocidos de la importancia que las ideologías han otorgado al clima es “El espíritu de las leyes” de Montesquieu, escrita a mediados del siglo XVIII, que estudia la dependencia de los diferentes regímenes políticos y sociales de las diferencias climáticas que se pueden observar en la Tierra. Los pueblos originarios de regiones cálidas “casi siempre” los ha convertido en esclavos, mientras que el coraje de los de climas fríos los ha mantenido libres. “Es un efecto que deriva de una causa natural”, escribía Montesquieu. Las causas naturales, podríamos concluir, producen efectos políticos, y también: los efectos políticos derivan de causas naturales.

Las doctrinas climáticas, pues, no sólo son política económica, sino política en el sentido más estricto del término.

Al fatalismo climático le acompañó siempre un dogmatismo absoluto: todas las hogueras se acaban apagando y lo mismo ocurrirá con el Sol y demás astros, por lo que la temperatura descenderá inexorablemente y el frío se extenderá, acabando con la vida sobre este planeta.

Hasta hace muy poco tiempo, pues, los científicos defendieron la doctrina del enfriamiento climático con mucho más ardor del que ahora muestran al defender la contraria. La forma en que se producía el supuesto enfriamiento era lineal, de la misma manera errónea en que hoy se supone que se produce el calentamiento: cada año la temperatura batía sus propios registros y desciende -o sube- un poco más en todas partes al mismo tiempo.

La ruptura con la ideología dominante fue un camino tortuoso, balbuceante y lleno de paradojas. Hace 2.500 años, Teofrasto, un discípulo de Aristóteles, ya había llamado la atención sobre el “clinamen”: el clima actúa sobre la humanidad, pero la humanidad también reaciona sobre su entorno y es capaz de modificarlo.

Nadie hizo caso de aquel filósofo, entre otras razones por el escaso desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, cuando en el siglo XVIII las monarquías absolutas emprenden importantes obras públicas (canales, pantanos, carreteras, puentes), los ingenieros comienzan a desarrollar nuevas concepciones sobre lo que hoy llamaríamos estudios de “impacto ambiental”.

Aquellas primeras investigaciones sobre la “huella ecológica” extraen a los seres humanos de la naturaleza y contraponen a ambos en la forma ideológica que hoy se ha impuesto: lo artificial como enemigo de lo natural o destructor del entorno. La civilización es el pecado original, el progreso no existe porque estamos destruyendo el “paraíso terrenal”…

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La militarización de la política exterior del imperialismo

Estados Unidos está construyendo una nueva base militar con una pista de aterrizaje cerca de Al-Darbasiyah, en el norte de Siria, cerca de la frontera con Turquía, según la agencia kurda de noticias ANF News.

Los vecinos de Al-Darbasiyah vienen observado un número cada vez mayor de camiones cargados con materiales de construcción que se dirigen hacia el lugar, donde se está construyendo una importante infraestructura.

“La creacion de la base militar de la coalición al sur de Al-Darbasiyah confirma el plan para un despliegue a largo plazo de fuerzas internacionales en el noreste de Siria”, dice ANF, citando fuentes militares de las Fuerzas Democráticas Sirias (FSD) al servicio del ejército de Estados Unidos.

Algunos usuarios de Twitter han publicado imágenes tomadas por satélite que muestran la construcción de la nueva base militar.

Una delegación de la coalición encabezada por Estados Unidos, acompañada por dirigentes de las FDS, inspeccionó la base de la Fuerza Aérea de Tabqa en Raqqqa el mes pasado. En ese momento, fuentes de la oposición dijeron que la coalición planeaba desplegar allí tropas y helicópteros.

A principios de este año Trump renunció a su decisión de retirar todas las tropas estadounidenses de Siria. Estos nuevos informes sugieren que Estados Unidos está trabajando actualmente para fortalecer su presencia militar en este país de Oriente Medio devastado por la guerra.

Estados Unidos cuenta con bases militares en Qatar, Arabia saudí, Bahrein, Kuwait, Omán, Emiratos Árabes Unidos y Jordania y en septiembre de 2017 inauguró su primera base en Israel.

El Pentágono reconoce que mantiene 514 bases militares en 45 países diferentes del mundo, un número jamás alcanzado anteriormente, lo que indica una militarización de la política exterior o, en otras palabras, el recurso a la guerra como instrumento más relevante de su hegemonía.

Acabar con las personas para ‘salvar’ a la naturaleza

Paramilitares al servicio de la ecología de WWF
El primer cuarto del siglo XXI ha estado marcado por la revitalización de todo tipo de organizaciones “humanitarias”, algo comprensible porque la protección de las minorías se ha convertido en la fachada principal del capitalismo. La ayuda humanitaria, o más bien su apariencia, es uno de los fetiches de moda que muestra el imperalismo moderno, “multicultural” y cosmopolita.

El mundo está lleno de gente que actua por buena voluntad, desinteresadamente, al mismo tiempo que los “humanitarios” han comenzado a cometer crímenes y sus acciones se han vuelto cada vez más repulsivas. Esto ha chocado con las minorías que se suponía que debían proteger.

Algunas organizaciones humanitarias están siendo atacadas por otras organizaciones, no menos humanitarias. Las organizaciones humanitarias han concentrado sus energías unas en otras, sacando a la luz una serie de trapos sucios y escándalos.

Por ejemplo, “Survival International” (SI), anteriormente conocida como “Primitive People’s Fund”, ataca a WWF (1), al tiempo que sus actividades son más que dudosas. Quieren prohibir la circulación de personas desde pequeños pueblos y aldeas a grandes ciudades para “proteger” a las pequeñas poblaciones indígenas.

Están tratando de transformar por la fuerza las aldeas en reservas o incluso en zoológicos humanos. Es un manera como cualquier otra de financiar su propia organización.

Mientras WWF protege la flora y la fauna, “Survival International” protege a los indígenas. Al menos eso dicen cada uno de ellos. Da la impresión de que los indígenas son los enemigos de las reservas naturales, o que no forman parte de ellas.

Los monos de las reservas están más protegidos que los indígenas que tradicionalmente han vivido en ellas.

WWF ha desarrollado un programa para protegerlas con medidas interesantes como la posibilidad de esterilizar a la población indígena, una vez que alcance una determinada edad.

Otra medida: disparar a matar a los indígenas que no respeten las señales de advertencia que han impuesto en las reservas. Las poblaciones que viven en las cercanían no las cumplen por una razón muy simple: no saben leer.

En 2017 los ecologistas formaron las primeras milicias para impedir que los habitantes del Congo entraran en los cinturones forestales para cazar o pescar porque son “zonas de conservación”, es decir, que se trata de conservar la flora y la fauna pero no a los seres humanos.

En 2015 se publicó una investigación “El silencio de los pandas” (2) sobre los acuerdos comerciales de WWF con las grandes multinacionales. Unas 3.000 hectáreas de tierras en áreas de conservación habían sido transferidas a Shell, Monsanto y Bayer para usos industriales específicos. Gracias al acuerdo, WWF recibió aproximadamente unos 3.000 millones de dólares en “donaciones voluntarias”.

La investigación se publicó en forma de libro. La primera edición se agotó y luego se prohibió su venta en varios países de la Unión Europea, alegando que la investigación no incluía ninguna prueba. Sólo eran especulaciones.

Sin embargo, nadie presentó ninguna queja por difamación.

(1) https://www.survivalinternational.org/news/12142
(2) https://www.filmsforaction.org/watch/wwf-the-silence-of-the-pandas/ https://www.dailymotion.com/video/x105tsl https://vimeo.com/129958368

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