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El cuento de los ‘rebeldes moderados’ de Siria que crearon los imperialistas acaba en un baño de sangre

Las cadenas de intoxicación se hacen los escandalizados con los crímenes cometidos por las milicias que acompañan al ejército de Turquía en su invasión del norte de Siria: ejecuciones de presos, decapitaciones de cadáveres, asesinatos de políticos y periodistas…

En la prensa estadounidense, los portavoces y columnistas denuncian a los pelotones de ejecución, bandidos, piratas y asesinos en serie que “deberían ser barridos de esta tierra”.

Son lágrimas de cocodrilo. Esos criminales no son sicópatas reclutados aleatoriamente por la calle. La mayor parte de ellos procede de lo que antes llamaban “ejército sirio libre”, es decir, aquellos famosos “rebeldes moderados” adiestrados por la CIA y la OTAN que hasta ahora las cadenas de intoxicación alababan tanto, frente al malvado “carnicero de Damasco”.

En el futuro habrá muchas noticias como la siguiente: un informe publicado por SETA, un grupo turco de expertos partidarios de Erdogan, pinta un panorama impresionante de la colaboración de Estados Unidos con los criminales: “De las 28 facciones [que componen las fuerzas mercenarias turcas], 21 fueron apoyadas anteriormente por Estados Unidos y tres a través del programa antiyihadista del Pentágono. 18 de esas facciones fueron equipadas por la CIA a través de […] un centro de operaciones conjunto de los ‘Amigos de Siria’ que apoyan a la oposición armada. 14 de las 28 facciones también habían recibido misiles antitanque americanos”(*).

En el norte de Siria están todos esos que antes los políticos imperialistas y los intoxicadores consideraban como la alternativa política al malvado “carnicero de Damasco”, incluidos los Cascos Blancos, propuestos para el Premio Nobel de la Paz.

Los crímenes de guerra no son casualidad; se entrenan exactamente igual que las demás operaciones militares imperialistas.

(*) https://setav.org/en/assets/uploads/2019/10/A54En.pdf

Sigue la lucha en Chile y sigue el estado de guerra contra la clase obrera y el pueblo

Con el país bajo el toque de queda y miles de militares patrullando las calle, la clase obrera chilena se mantiene en pie y los estibadores del puerto de Valparaíso, que llevan meses de paros y protestas, han lanzado un llamamiento a la huelga general (1).

Ayer estallaron nuevos enfrentamientos en la capital entre manifestantes y policías en el tercer día de los peores disturbios del país en décadas. Se han desplegado casi 10.000 efectivos policiales y militares. Las patrullas callejeras son las primeras en el país desde el fin de la criminal dictadura de Pinochet (1973-1990).

“Estamos en guerra contra un enemigo poderoso”, dice el Presidente Piñera quien, naturalmente, se refiere al propio pueblo chileno (2), contra el que los militares están cometiendo una masacre tras otra. Han muerto 11 personas, hay 1.462 manifestantes detenidos, de los cuales 644 en la capital y 848 en el resto del país. Además, el balance añade 44 heridos, 9 de ellos graves, un niño con balas en el hígado, riñón y piernas, una niña herida con un balín, un hombre golpeado con una bomba lacrimógena en el rostro y seis personas con lesiones oculares, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos (3).

Por segunda noche consecutiva, se impuso el toque de queda en Santiago. Al mismo tiempo, el estado de emergencia está en vigor en cinco regiones, incluida la capital, de siete millones de habitantes.

Se produjeron enfrentamientos entre manifestantes y policías en la Plaza de Italia, en el centro de Santiago, donde la policía atacó a los manifestantes con gas lacrimógeno y chorros de agua. Al mismo tiempo, decenas de supermercados, vehículos y gasolineras fueron saqueados o quemados en varias zonas comerciales de la capital. El acceso a varios hipermercados, que habían permanecido cerrados el domingo, fue forzado por manifestantes, que salieron con los brazos llenos de mercancías.

Después de tres días de resistencia, el centro de la capital chilena y otras grandes ciudades, como Valparaíso y Concepción, ofrecen rostros de desolación: luces rojas en el suelo, carcasas de autobuses carbonizadas, centros comerciales quemados, y miles de piedras y palos salpicando las carreteras.

Las manifestaciones comenzaron el viernes para protestar contra el aumento -de 800 a 830 pesos (unos 1,04 euros)- del precio de los billetes de metro en Santiago, que cuenta con la red más extensa (140 kilómetros) y más moderna de Sudamérica y transporta a unos tres millones de pasajeros diarios. Sebastián Piñera suspendió el aumento el sábado, pero las manifestaciones continuaron, alimentadas por las condiciones socioeconómicas y las desigualdades en un país como Chile donde el acceso a la salud y la educación es casi exclusivamente responsabilidad del sector privado.

Los autobuses y las estaciones de metro fueron especialmente atacados. Según el gobierno, 78 estaciones de metro fueron dañadas, algunas de las cuales fueron completamente destruidas. El retorno a la normalidad en algunas líneas podría llevar meses.

“No se trata sólo del metro, se trata de todo. Los chilenos ya están hartos de las injusticias”, dijo un trabajador que intentaba llegar a su lugar de trabajo el domingo a un canal de televisión local. Unos pocos autobuses operaban en la capital, lo que obligaba a los residentes a depender de taxis y VTC, cuyos precios se disparaban. En el aeropuerto de Santiago, muchos vuelos fueron cancelados o reprogramados.

(1) https://www.youtube.com/watch?v=vPLzuUS5hwM
(2) http://www.telesurtv.net/news/pdte-pinera-estamos-guerra-contra-enemigo-poderoso-20191020-0047.html
(3) https://www.indh.cl/indh-anuncia-acciones-legales-por-violencia-policial-y-denuncia-desnudamientos/

La lucha por la amnistía se pone al frente de las movilizaciones populares

En un país que es una gran cárcel, la lucha por la liberación de los presos políticos ha estado, está y estará en el primer plano de las movilizaciones populares.

Al mismo tiempo, en un país donde se generaliza un tipo de lucha así se desnuda la verdadera naturaleza carcelaria, represiva y fascista del Estado.

Un país en el que las pancartas exigen libertad y derechos democráticos denuncia lo que no hay y la necesidad de conquistarlos.

Es lo que ocurrió en España durante la transición, es lo que intentaron tapar entonces por todos los medios y es lo que ahora vuelve al primer plano.

¿Por qué? Es evidente: porque entonces no se logró lo que se pretendía, romper con el fascismo, lo cual permitió que el Estado se reprodujera tal cual había salido en 1939 de la guerra civil.

Las mismas causas generan los mismos problemas y los mismos problemas requieren las mismas soluciones: acabar con el fascismo en España. Pero no se acaba con la mierda escondiéndola bajo el felpudo: o limpiamos la casa, u olerá a podrido siempre.

Como en España las cosas han vuelto al punto de partida de siempre, los oportunistas vuelven también a lo suyo, exactamente igual que en la transición. No sólo el fascismo se reproduce en un Estado fascista, sino que junto a los fascistas son imprescindibles los embaucadores, esos que dicen que están con nosotros y dicen cosas parecidas a nosotros.

La represión genera un auge de las movilizaciones por la amnistía a las que se apuntan los costrosos. En Euskadi durante la transición a la palabra amnistía hubo que añadir la palabra “osoa” (total), o bien “orokorra” (general) porque la gangrena oportunista no tenía claro que en una amnistía hay que sacar a todos los presos antifascistas de la cárcel, y no sólo a los suyos.

Ahora ocurre lo mismo. En Andalucía algunos hablan de “amnistía social” para dar a entender que hay presos de primera y de segunda división, y que es legítimo sacar a unos para dejar a los otros dentro, que el encarcelamiento de unos es “injusto”, a diferencia de los otros (que están bien donde están).

La represión ha alcanzado unas dimensiones que los oportunistas nunca fueron capaces de imaginar y se apuntan al carro para exigir que salgan los presos “catalanes”, mientras que los otros no, como si las leyes o los tribunales que encarcelan a unos y otros no fueran los mismos.

Por eso la prensa intoxicadora (La Vanguardia, Público, El Plural) se ha afanado en poner de manifiesto que la manifestación por la amnistía del sábado en Madrid era en solidaridad con Catalunya, o por los presos políticos independentistas. ¿No vieron los lemas de las pancartas?

Los fascistas lo han dejado bien clarito cuantas veces ha sido necesario: es lo mismo que Usted sea un pacifista o un violento. Irá a la cárcel igual y créame: cuando esté preso le dará igual que le hayan condenado por el artículo 21 o por el 22.

Veamos. En una manifestación, los primeros que llegan al lugar de la convocatoria son los policías y no acuden para proteger su derecho a manifestarse, sino todo lo contrario. Tampoco acuden porque haya habido algún episodio de esos que los periodistas llaman “violencia”, porque la manifestación no ha empezado.

En una manifestación son los policías los que persiguen a los manifestantes, y no al revés. Además, lo hacen con la porra en la mano y si le alcanzan a Usted, le zurran sin hacerle ninguna pregunta. ¿Estaba Usted en la manifestación o era un mirón?, ¿fue Usted quien puso el contenedor en medio de la calle o era el pacifista que sólo estaba sentado en medio de las velitas rezando a la Virgen de los Desamparados?

Como cualquier otra persona que lucha, un manifestante nunca es violento. Los violentos son los que ponen las etiquetas, lo mismo que la Inquisición ponían un capirote para ridiculizar a sus víctimas. El primer paso es el letrero: te califican de antisistema, radical o terrorista; el segundo es quemarte en la hoguera (pero como no está de moda ahora “sólo” te meten en una cárcel.

La lucha por la amnistía y contra la represión se rige por una única consigna libertaria: a los inocentes los defendemos y a los culpables con mucho más ahínco.

En Santiago de Chile el ejército vuelve a patrullar las calles como en los sangrientos tiempos de Pinochet

En Santiago de Chile no se veía al ejército patrullando las calles desde que en 1990 acabó la sangrienta dictadura de Pinochet.

No obstante, a pesar del toque de queda impuesto por el ejército tras el segundo día de protestas en la capital, miles de personas siguieron recorriendo las calles de varias ciudades del país. Los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía volvieron a estallar en Santiago.

En la batalla campal de la capital murieron tres personas el sábado por la noche en un incendio en un supermercado: dos fueron quemadas y la tercera fue llevada a un hospital donde falleció poco después.

A pesar del toque de queda, miles de personas salieron a las calles de varias ciudades del país. En Santiago, entre otros lugares, se produjeron enfrentamientos entre manifestantes y policías. Varios coches y autobuses fueron quemados en el centro de la ciudad, así como varios edificios.

El viernes por la noche, el presidente chileno Sebastián Piñera declaró el estado de emergencia de 15 días en Santiago y le entregó a un general del ejército la responsabilidad de garantizar la seguridad después de un primer día de violencia y enfrentamientos como resultado de las protestas contra el aumento de los precios de los billetes de metro de 800 a 830 pesos (1,04 euros) durante las horas pico, después de un primer aumento de 20 pesos en enero pasado.

Luego el presidente retrocedió: el sábado anunció la suspensión del aumento: «Quiero anunciar hoy que suspenderemos el aumento de las tarifas del metro», dijo, poco antes de que el general designado para garantizar la seguridad de la capital anunciara un toque de queda total en Santiago para tratar de impedir las protestas.

Pero este anuncio no calmó la ira popular que rugía. En Santiago, frente a los soldados desplegados en la Plaza de Italia, los manifestantes levantaron fotos de personas que habían desaparecido durante la dictadura militar (1973-1990), lo que resultó en más de 3.200 muertos o desaparecidos.

Con consignas como «Cansados de los abusos» o «Chile ha despertado», difundidas en las redes sociales, el país se enfrenta a su peor crisis social en décadas.

La multinacional Nestlé confiesa que hace trabajar a los obreros en condiciones de esclavitud en Tailandia

La multinacional Nestlé está acorralada. En Tailandia confiesa que hace trabajar a los obreros en condiciones de esclavitud, mientras que en Costa de Marfil la acusan de explotación infantil.

La esclavitud se da -sobre todo- en la industria pesquera. La propia multinacional denunció los hechos tras una investigación interna y muchas personas saludaron la honestidad de Nestlé, pero no se conocen todos los detalles sobre la cadena de suministro de estos productos.

Nestlé ha anunciado que quiere iniciar una nueva era para la empresa y de mayor control sobre su cadena de suministro. Por eso llevó a cabo una investigación un año antes de anunciar sus resultados.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce ya que iniciaron la investigación con retraso. Para entonces ya se habían publicado muchas acusaciones y denuncias. Es muy conocido que Tailandia es el tercer mayor exportador de productos marinos y que la industria pesquera tailandesa es pródiga en tráfico de seres humanos.

Nestlé también lo sabía de antemano, sin necesidad de investigar nada.

El producto afectado de Nestlé es, en particular, “Fancy Feast”, un alimento para gatos. La multinacional suiza señaló que ninguna de las marcas que operan en Tailandia son inmunes a este problema.

No hay ni buena fe ni ignorancia en una multinacional que, además, está involucrada en muchos otros escándalos, como la explotación del trabajo infantil en Costa de Marfil.

Pero, ¿en qué mundo vivimos?

Nadie se esperaba el levantamiento que durante una semana ha puesto en pie a Catalunya.

Nadie se esperaba el levantamiento que durante diez días puso de rodillas al gobierno de Ecuador.

Nadie se esperaba que la subida de los billetes del metro en Santiago de Chile pusiera a todo un país en estado de guerra.

¿Por qué nos quedamos sorprendidos con ese tipo de luchas populares? Es muy sencillo de entender: porque la burguesía nos ha inculcado hasta la médula su desprecio por los obreros, por el pueblo, por las masas explotadas y humilladas.

No creemos en el coraje revolucionario de la clase obrera; creemos que están dormidos y que, a causa de ello, ningún cambio es posible.

Pero no nos engañemos: en quien no creemos es en nosotros mismos. Si, es verdad, que nos gustaría que la situación cambiara, pero que la cambien los demás, y como los demás no quieren cambiarla, entonces tiramos la toalla y nos quedamos en nuestra casa (si es que aún conservamos nuestra casa).

Nuestras ganas de cambiar las cosas tiene un tope: ir a votar cada cuatro años al último cretino con un piquito de oro que nos prometa algo (cualquier cosa), o sea, volver a engañarnos a nosotros mismos por enésima vez.

Luego vienen los desengaños, y el peor de ellos es que esas masas que creíamos adormecidas se levantan, luchan y se enfrentan a los robots del (des)orden público.

Es una auténtica faena porque entonces caemos en la cuenta de que quienes estaban narcotizados no eran los demás sino nosotros, empezando por uno mismo. Los insultos que siempre lanzamos contra los demás debemos, pues, reservarlos para nosotros mismos. Debemos ponernos delante de espejo y decirnos: sí, es verdad, el único atontado soy yo.

Los acontecimientos sólo nos sorprenden por un motivo: porque no sabemos en dónde vivimos o, por mejor decirlo, porque creemos que vivimos en otro lugar, o en otra época, o en otro mundo, o bajo otras circunstancias.

No sólo los creyentes hacen actos de fe, es decir, creen en entes que no existen, en milagros o en la vida eterna. Otros creen que el capitalismo les dará trabajo o que España es un país democrático (burgués pero demócratico al fin y a la postre).

El mundo cambiará cuando dejemos de ser creyentes.

Dejaremos de ser creyentes cuando la realidad nos de una bofetada en pleno rostro, cuando el capital nos eche de nuestra casa después de habernos echado de nuestro trabajo y cuando el juez nos meta en la cárcel porque lo que creíamos que era un derecho, era el peor de los delitos que podíamos cometer.

Ya lo decía el poema de Brecht: cuando estemos amarrados en una celda no nos podremos mover. Nos debemos mover mientras podamos evitarlo.

‘Disculpe, señora, estoy de bronca, ¿quiere apartarse?’

Bianchi

Las huelgas son un buen termómetro de la lucha de clases, indican y denotan la temperatura de las clases trabajadoras, incluso cuando son rechazadas como huelgas-farsa cuando son convocadas por sindicatos reformistas vendeobreros.

Dicho esto, cuando de cortes de tráfico o terminales de aeropuertos, trenes o autobuses se trata, los medios masivos de desinformación y propaganda del régimen (no diré «del 78» porque estos barros vienen de los lodos del 39, «Año de la Victoria»), reaccionarios en su mayoría, sacan a relucir, sistemáticamente, la oposición entre quienes ejercen su derecho a la huelga y sus manifestaciones violentas y quienes van, pacifiquísimamente, a sus trabajos (no por cuenta ajena, mayormente).

No hay derecho, no puede ser, que buenos ciudadanos-contribuyentes vean impedido su derecho constitucional al trabajo por hordas y piquetes de desalmados que lo impiden. O no respetan los horarios mínimos (en hospitales, por ejemplo, o el Metro). Si algún representante sindical «mayoritario» es entrevistado es para recalcar que serán respetados los «servicios mínimos» y que la protesta transcurrirá por los cauces previstos, esto es, una manifestación-procesión, o sea, normales y legales, nada que temer. Se trata de conciliar a las partes enfrentadas y «condenar» a los «violentos» al servicio objetivo de la gran patronal, privada o estatal.

Se pasará mil veces por las pantallas las declaraciones del paisano/a que se ha visto atropellado en sus derechos, ¡toma ya!, por un grupo de «energúmenos» que impiden dirigirse a su puesto de trabajo, sin más, sin explicar el por qué de esa situación. Sin llegar a decir que esa suerte de contradicción es, bajo el capitalismo, irresoluble e inconciliable. No tiene solución, por tanto, el choque entre un, vale decir, huelguista y un honestísimo ciudadano que va a abrir su mercería, es, por antipático que suene, secundario y por eso se pone, como si fuera lo principal del conflicto, en las pantallas. La responsabilidad siempre la tendrá quien no se aviene a negociaciones obligando a un choque inevitable con quienes por ahí. La cuestión, visto desde fuera, es posicionarse, como todo.

Otra cosa es el papel egoísta de quien dice que también es un trabajador al que se le impide trabajar, y el verdadero solidario que está con la causa del huelguista, económica o política, a sabiendas de que le puede perjudicar a él y sus intereses.

Bona tarda.

El Mosad admite los asesinatos de miembros de Hamas que comete en terceros países

El jueves el cabecilla israelí del Mossad, Yossi Cohen, reconoció el asesinato de dirigentes de Hamás en el extranjero, informó Mishpacha, un periódico israelí ultra ortodoxo.

En una entrevista con Mishpacha, reproducida por el Times of Israel, Cohen dijo “que hay más de unos cuantos asesinatos, pero el enemigo [Hamás] ha cambiado de táctica”, señalando que “no nos atribuye rápidamente el asesinato, por sus propias razones”.

Sin embargo, añade, “si hay un objetivo que estamos eliminando sin dudarlo, son los funcionarios de Hamás en el extranjero, desde los agentes locales hasta los que gestionan las adquisiciones de armas dirigidas contra Israel”.

El jefe de los asesinos asegura que sus crímenes no son actos de venganza, sino simplemente la eliminación de amenazas.

Cuando le preguntan sobre la afirmación del dirigente militar iraní Qasim Soleimani de que Israel le había atacado junto con el dirigente de Hezbolá Hassan Nasrallah en Beirut en 2006, Cohen confirmó que “con el debido respeto, [Qasim Soleimani] no ha cometido un error que lo coloque en la prestigiosa lista de objetivos del Mossad”.

Cohen añade que Soleimani “sabe muy bien que su asesinato no es imposible. Sus acciones se identifican y se sienten en todas partes… No hay duda de que la infraestructura que ha construido representa un serio desafío para Israel”.

Sobre Irán dic que “Israel no está interesado en un conflicto con Irán… Israel sólo tiene un interés: impedir que Irán adquiera una capacidad nuclear militar”.

“No queremos que el régimen se derrumbe, no queremos vengarnos de los científicos nucleares o de las bases de bombas en Teherán. En última instancia, Israel quiere llevar a Irán a la mesa de negociaciones y concluir un acuerdo que bloquee cualquier opción de capacidad nuclear militar”.

Subrayó que Irán no es actualmente “en absoluto” una amenaza existencial sino un “reto de seguridad”, lo que cambiaría si adquirieran armas nucleares.

Los imperialistas bombardean sus instalaciones en Siria para borrar las huellas del crimen

La aviación estadounidense está llevando a cabo devastadores ataques aéreos sobre lo que hasta ahora han sido sus propias bases militares en el nordeste de Siria. Dos F-16 estadounidenses atacaron la base que tenían en Kobane (Ain Al-Arab), coincidiendo con la llegada de los primeros contingentes del ejército sirio a la ciudad. Justo antes, el Pentágono había evacuado su arsenal de la base de Tall Arqam en Ras Al-Ain y de otros dos bases militares estadounidenses en Tall Abyad y Ras Al-Ain.

Tras ocho años de crímenes cometidos bajo las falsas identidades de Al-Qaeda, Frente Al-Nosra, Ahrar Al-Shaam o el Califato Islámico, invenciones de los servicios secretos estadounidenses, de la OTAN y otros, las potencias occidentales están borrando sus huellas del escenario del crimen.

Hasta ahora Estados Unidos tenía 19 bases (26 según algunas fuentes) en Siria, principalmente en el nordeste y el este del país, en las zonas operativas del Califato Islámico.

Trump dice que quiere repatriar a los 6.000 a 7.000 soldados estadounidenses en Siria a Irak, Kuwait y Jordania, lo que obviamente no se podría hacer sin borrar la vergonzosa evidencia.

El 16 de octubre Francia hizo lo propio: quemó la fábrica de Lafarge en Jalabiyeh (en la frontera turca, al norte de Alepo), antes de que el ejército sirio tomara posesión de ella.

La fábrica suministró unos 6 millones de toneladas de cemento a lo largo de la guerra a los yihadistas del Califato Islámico y el Frente Al-Nosra que, además de subvencionales, les permitieron construir fortificaciones y túneles subterráneos.

El objetivo de los imperialistas era iniciar en Siria una guerra de posiciones que se eternizara, de la la manera descrita por Abu Mussab en su libro “La gestión de la barbarie”.

Luego la fábrica se convirtió en la base de las fuerzas especiales noruegas y francesas, que le prendieron fuego antes de huir.

Así desaparecen los rastros de una operación secreta de primer orden. En 2016 Zaman Al-Wasl publicó correos electrónicos de ejecutivos de Lafarge en los que se afirmaba que la multinacional tenía vínculos con el Califato Islámico. El escándalo llevó a Francia, cuyos vínculos con los yihadistas salieron a la luz, a abrir una investigación a petición de trabajadores sirios que se consideraron perjudicados.

El diario Le Monde ha reconocido que la multinacional francesa estuvo ligada a la CIA en diversas operaciones, incluido el transporte de armas durante la guerra contra Irak. También estuvo vinculada a la Secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton, que fue directora de la empresa, con la DGSE, el espionaje exterior francés, durante la guerra contra Siria y la construcción de infraestructuras yihadistas en Siria.

Si la destrucción de la fábrica de Lafarge permite destruir las pruebas de la culpabilidad de Francia en una de las guerras más devastadoras y mortales del nuevo siglo, ¿qué pasa con los yihadistas franceses que los kurdos siguen reteniendo, pero que pronto caerán en manos del ejército sirio?

Mientras que Estados Unidos ha evacuado a sus propios yihadistas a Irak y Gran Bretaña planea hacer lo mismo, Francia no se da por enterada. Es posible que tengan orden de asesinarlos  sobre el terreno para seguir eliminando pruebas.

Más información:
— ¿Mantuvo el espionaje francés a la multinacional Lafarge en Siria para financiar a los yihadistas?
— La multinacional francesa Lafarge financió al Califato Islámico para continuar su negocio en Siria
— Lafarge trabajaba en Siria para los servicios secretos de Francia
— La multinacional Lafarge-Holcim confiesa que financió al terrorismo en Siria
— Francia pidió a Estados Unidos que no bombardeara a la empresa que financiaba al yihadismo en Siria

Los refugiados pagan dinero en Libia para ser internados en centros de reclusión

Libia es el ejemplo más vivo de los crímenes de la OTAN y la ONU, un país humillado, destruido y reducido a la guerra y la esclavitud desde hace 8 años. Los canallas que acabaron con Libia, políticos significados del imperialismo todos ellos, merecerían un castigo muy ejemplar

Para los refugiados africanos la situación no puede ser más insostenible. Algunos de ellos se ven obligados a pagar dinero por su internamiento, según el (Acnur) Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

Los refugiados viven peor en las calles que en los centros de internamiento. “A veces se sienten mejor protegidos en los centros de internamiento que en el exterior. Porque fuera de esos centros, algunos son blanco de los traficantes de seres humanos, son secuestrados y sometidos a extorsión y tortura. Así que algunas personas no se sienten seguras en muchos centros urbanos de Libia. Algunos prefieren ser detenidos, incluso si las condiciones no son buenas en estos centros de detención, otros tratan de sobornar para que entren en el centro de detención con la esperanza de que el Acnur los reubique”, explica Vincent Cochetel, portavoz del Acnur en el Mediterráneo.

El Acnur vigila a más de 5.000 detenidos en 19 centros de internamiento oficiales, algunos de ellos controlados por grupos armados. Eso les sirve de excusa: no podemos atender a todos; carecemos de recursos… Quizá si hubiera menos parásitos viviendo de sus presupuestos, a los refugiados les llegaría una pequeña parte del dinero que recaudan con sus campañas lacrimógenas por la televisión.

Para paliar el déficit, al Acnur se le ha ocurrido una soución más barata: atender a los refugiados en sus países de origen. No obstante, hay un problema: si viven en su país de origen ya no son refugiados y entonces el Acnur no pinta nada.

Por lo tanto, el Acnur no hace nada porque esa es su misión, la nada, salvo nutrir a una legión de burócratas y vagos que viven del cuento en todo el mundo.

“Nuestros programas carecen de recursos, alrededor de un 35 por ciento en esos países. Sin embargo, si pudiéramos satisfacer sus necesidades, principalmente en los ámbitos de la educación, la formación profesional y la colocación en estos países, estas personas, muchos de estos refugiados, no tendrían ganas de ir a Libia y tratar de tener un futuro mejor, principalmente a través de Libia”, dice Cochetel.

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