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La clase obrera forma el grueso de la fuerza de trabajo en todo el mundo

En los países donde el capitalismo alcanzó su madurez hace mucho tiempo (Europa, Estados Unidos, Japón), la clase obrera es cuantitativamente mayoritaria, y sigue creciendo. En la Unión Europea la parte de los asalariados en el conjunto de la población activa pasó del 81 por ciento en 1991 al 84 por ciento en 2017

En Estados Unidos los porcentajes han pasado del 86,7 por ciento al 90 por ciento.

Los porcentajes resultarían mucho más abrumadores si tuviéramos en cuenta a los parados, que forman parte del ejército industrial de reserva, es decir, que son parte integrante de la clase obrera. Algo parecido cabe decir de los asalariados que se han jubilado.

La novedad es que hoy la mayor parte de la fuerza de trabajo mundial está en los países del Tercer Mundo, también está en crecimiento y es joven, en comparación con los países donde el capitalismo maduró antes.

En 1991 el porcentaje de asalariados entre la población activa en todo el mundo alcanzó el 44 por ciento para una población activa de 2.400 millones de personas, es decir, más de 1.000 millones de asalariados. En 2017 el porcentaje aumentó al 54,3 por ciento de una población activa en rápida expansión de 3.450 millones de personas. Son 1.870 millones de obreros en todo el mundo.

Por lo tanto, en 26 años la fuerza de trabajo mundial ha crecido en más de 800 millones de trabajadores, un aumento superior al 76 por ciento.

Una parte muy significativa de este crecimiento proviene del aumento de trabajadores chinos, que han pasado del 31,8 por ciento de la población activa en 1991 al 63,65 por ciento en 2017, es decir, de algo más de 206 millones a unos 500 millones.

India es el otro gigante asiático que está haciendo una importante contribución al fenómeno, aunque en mucho menor medida que China. Del 13,8 por ciento de la fuerza de trabajo en 1991, el empleo en India aumentará al 21 por ciento en 2017, de aproximadamente 46 millones a 110 millones. Esta transformación social en Asia es verdaderamente monumental y debe ser considerada como el mayor acontecimiento de las últimas tres décadas.

En América Latina se ha registrado un menor aumento relativo de la fuerza de trabajo asalariado, que ha pasado del 58 por ciento en 1991 al 63 por ciento en 2017. Sin embargo, el crecimiento de la población del continente significa que el número de trabajadores aumentó durante el mismo período de 101 a 195 millones. Lo mismo ocurre, en general, en el África subsahariana, que ha pasado del 21,5 por ciento y 42,25 millones de trabajadores en 1991 al 26 por ciento y 107,6 millones en 2017.

Estas cifras reflejan estrictamente el peso demográfico de la fuerza de trabajo asalariada. No tienen en cuenta a las personas dependientes de los trabajadores (hijos y padres demasiado mayores para trabajar) y a los trabajadores jubilados, lo que duplicaría el tamaño de la fuerza de trabajo.

Tampoco tienen en cuenta la semiproletarización, es decir, las personas que trabajan por cuenta propia (a menudo agricultores pobres) y que son obreros paralelamente a su actividad principal, un fenómeno está muy difundido en China, donde afecta a decenas de millones de personas. Es un fenómeno que acompaña necesariamente la transición hacia la maduración capitalista de las sociedades: lo mismo ocurrió en Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX.

La estabilidad demográfica de la fuerza de trabajo asalariada en los países del capitalismo avanzado ha ido de la mano de un cierto estancamiento de los salarios en los últimos decenios, el espectacular aumento del número de trabajadores en los países asiáticos coincide con un fuerte incremento de los salarios y una mejora de las condiciones de trabajo.

Este efecto de reducción de las diferencias salariales dentro de la estructura salarial mundial es una convergencia de la condición de la clase obrera internacional aunque, en términos absolutos, las lagunas todavía existen y están lejos de cerrarse. Los salarios chinos más altos, los de los trabajadores de las grandes metrópolis de la China costera están a la par de los salarios europeos más bajos, es decir, los salarios de los nuevos Estados miembros del Este.

El relativo estancamiento de los salarios en los países avanzados también va de la mano de la decadencia de las organizaciones de clase que florecieron durante las primeras décadas del siglo pasado, de la caída de los países socialistas y del movimiento comunista internacional en su conjunto.

Una muralla de mujeres hace frente a la represión policial en Portland

Las mujeres de Portland se han unido para formar una muralla humana entre los manifestantes y la policía, cuya violencia denuncian.

En Estados Unidos son muchas las que se han sentido interpeladas por las últimas palabras de George Floyd, quien pidió ayuda a su madre cuando la policía le asfixiaba durante su detención el 25 de mayo en Minneapolis.

Ahora las madres de Floyd están por todas partes, en la primera línea para que el terror policial no se reproduzca. “Tu madre está aquí”, dice una pancarta. “Las madres contra la violencia fascista”, dice otra.

Desde el viernes las madres se reúnen en Portland para formar una muralla humana entre las protestas contra el racismo y la policía.

“Cuando eres madre, tienes una necesidad vital de proteger a los niños, no sólo a los tuyos, sino a todos los niños”, dice la organizadora, Jennie Vinson. “Ver a un hombre adulto llamar a su madre, fue un momento transformador para muchas de nosotras”.

En Portland, como en muchas otras ciudades de Estados Unidos, la muerte de George Floyd ha desencadenado un movimiento de protesta contra el racismo y el terror policial. A principios de julio la ira callejera se estaba calmando, pero todo cambió cuando llegaron los matones federales, apodados los “Soldados de Trump” por la gobernadora de Oregón, Kate Brown, del partido demócrata.

Fue entonces cuando se formó la “Muralla de las Madres”, atrayendo a más gente a sus filas cada noche. En otras grandes ciudades demócratas, como Nueva York, Chicago y Filadelfia, que también se han visto amenazadas por la llegada de matones federales.

Pero los manifestantes se reorganizan y atraen a sus filas a nuevos sectores sociales. El movimiento es ya imparable.

¿Controla China a la Organización Mundial de la Salud?

El martes el Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, acusó el al director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, de haber sido “comprado” por el gobierno chino.

Según los diarios británicos Times y Daily Telegraph, el jefe de la diplomacia americana hizo estas declaraciones en Londres durante una reunión a puerta cerrada con diputados británicos.

Pompeo dijo que los fracasos de la OMS, una organización “política” más que científica, han provocado las 45.000 muertes atribuidas al coronavirus en Gran Bretaña.

“Cuando las cosas empezaron a moverse, en el momento más importante, cuando hubo una pandemia en China, el Dr. Tedros, que fue […] comprado por el gobierno chino. No puedo decir más, pero puedo decir, digo esto basado en una inteligencia sólida. Se llegó a un acuerdo” cuando el Dr. Tedros fue elegido jefe de la OMS, dijo Pompeo, según el Daily Telegraph.

“Hubo un acuerdo en esa elección y cuando las cosas empezaron a moverse, hubo británicos muertos por el acuerdo que se hizo”, dice el periódico.

La reunión fue organizada por la Sociedad Henry Jackson, un equipo de análisis imperialista que el Times describió como parte integrante de la línea dura contra Pekín.

Las palabras de Pompeo llegan dos semanas después de que Estados Unidos iniciara oficialmente su proceso de retirada de la OMS, a la que Washington acusa de retrasar la respuesta a la pandemia de coronavirus.

“La OMS no tiene conocimiento de tales declaraciones, pero rechazamos cualquier ataque ad hominem y las acusaciones infundadas”, dijo un portavoz de la ONU al Daily Telegraph, pidiendo a los países que se mantengan centrados en la respuesta a la pandemia.

Durante su visita a Londres, después de que el gobierno británico de Boris Johnson decidiera excluir al fabricante chino de equipos de telecomunicaciones Huawei de su red 5G en un dramático cambio de rumbo, el secretario de Estado pidió al mundo que se enfrente a China.

Epidemia de pruebas, epidemia de errores, epidemia artificiosa

Ayer los informativos de la cadena France 2 de televisión entrevistaron al Ministro de Sanidad francés, Olivier Véran, quien declaró que sólo el 1 por ciento de las pruebas de PCR realizadas en Francia para la detección del coronavirus dieron positivo.

“Por cada 100 pruebas realizadas a la población francesa, sólo una es positiva. Este resultado es el mismo en los aeropuertos para las pruebas de los extranjeros que llegan a Francia”, dijo el ministro (1).

Las pruebas de PCR que se utilizan actualmente tienen un margen de error que está entre el 1 y el 1,8 por ciento, aunque algunos ponen el umbral en el 5 por ciento (2). Esto significa que de cada 100 pruebas, en el mejor de los casos habrá 1 falso positivo y en el peor 5 falsos positivos.

En consecuencia, los resultados positivos entran dentro del margen de error de la prueba. Si el número de casos que dan positivo tras las pruebas de PCR es del 1 por ciento, la posibilidad de que sea un error es muy grande.

Por debajo de un número de casos detectados inferior al 1,8 por ciento nadie puede asegurar que haya una epidemia, e incluso si la hubiera, todavía estaríamos dentro del margen de error.

Según el ministro, en Francia se practican 400.000 pruebas semanales, por lo que se producen entre 4.000 y 20.000 errores semanales, es decir, un rango de 571 a 2.857 diarios.

Los “expertos” piden alcanzar las 700.000 pruebas semanales pero, al aumentar el número de pruebas, también aumenta el número de errores y si no informan del margen de error, a lo máximo que pueden aspirar es a dar la impresión de una epidemia puramente residual causada por la constante realización de pruebas, es decir, una epidemia artificiosa.

Ahora debemos preguntarnos por qué ningún “experto” de esos que les gusta salir por la tele habla del margen de error de la prueba PCR.

Luego debemos preguntarnos por qué sólo hablan del número de “positivos” y de “brotes” en tal o cual lugar, y no del número total de tests que realizan.

En España el doctor Simón ha demostrado ser el mejor malabarista con los números, por lo que no les debería extrañar leer cosas como lo que el 15 de abril exponía El Confidencial: “El número de test para detectar el Covid-19 que se han realizado en España es uno de los grandes misterios de esta crisis sanitaria. El dato, fundamental para entender la capacidad para detectar la enfermedad, permanece oculto. El Gobierno no lo incluye en sus informes diarios” (3).

En Suecia está aumentando el número de casos positivos al test, pero ha aumentado mucho más el número de test, por lo que la OMS ya no le clasifica como “país de riesgo”. No hay “brotes”, ni “rebrotes”, ni “segundas olas”, ni nada parecido (por más que se empeñen en decir lo contrario).

(1) https://www.francetvinfo.fr/sante/maladie/coronavirus/masques-sanitaires/olivier-veran-40-millions-de-masques-vont-etre-fournis-aux-francais-les-plus-pauvres_4053127.html
(2) https://www.cadenadelsuritapua.com/pais/no-hay-test-perfecto-sequera-explica-errores-en-pruebas-del-covid-19/
(3) https://www.elconfidencial.com/espana/2020-04-15/coronavirus-covid-19-test-pcr-rapidos-anticuerpos_2550732/

La mascarilla provoca que una adolescente entre en coma en Italia

Una adolescente de 13 años de Aosta, en Italia, ha sido dada de alta después de dos semanas en coma, durante las cuales estuvo a punto de morir, según dijeron a los padres los médicos del Hospital Regina Margherita de Turín.

El uso constante de la mascarilla quirúrgica, tal vez incluso llevada en circunstancias inadecuadas, puede haber contribuido a una sobreproducción de CO2 que, en presencia de enfermedades respiratorias, puede tener graves consecuencias si se reintroduce en el cuerpo.

La niña sufre de asma y un día, a finales de mayo, durante un ataque se sintió peor que de costumbre: “No puedo respirar, no puedo respirar”, le dijo a su madre que se dio cuenta del peligro e inmediatamente alertó a emergencias.

Los médicos diagnosticaron una crisis respiratoria grave y, tras haberla atendido y comprobar que no sufría otras patologías, la trasladaron urgentemente a un hospital de Turín, donde la joven permaneció durante dos largas semanas, mientras que sus padres, que no pudieron verla por el estricto protocolo contra el coronavirus, iban y venían entre Aosta y Turín prácticamente todos los días por turnos para informarse in situ sobre la evolución de la situación.

Los médicos de la unidad de cuidados intensivos del hospital salvaron la vida de la niña, que respondió positivamente al tratamiento y, tras ser intubada y sedada farmacológicamente, reanudó lentamente la respiración por sí misma hasta el día del alta.

Entonces los médicos revelaron a sus padres que la causa de la crisis respiratoria no era la falta de oxígeno o la falta de aire en los pulmones, sino el hecho de que había respirado demasiado dióxido de carbono autoproducido, generado por la propia actividad respiratoria de la niña, complicado, sin embargo, por el uso quizás excesivo de la mascarilla para protegerse del coronavirus: al salir de la boca la sustancia tóxica se encontraba con la barrera generada por el tejido. Estos factores, junto con la patología asmática, han generado la crisis.

“Lo que nos explicaron las autoridades sanitarias de Turín -confirmado por la familia de la niña de 13 años- nos sorprendió y preocupó, pero ahora lo más importante es que nuestra hija se ha salvado y puede volver a una vida normal a pesar de ser consciente de la enfermedad. ¿La mascarilla? Tendremos cuidado, pero sobre todo es ella la que ha comprendido ahora que un uso incorrecto del dispositivo de protección del coronavirus puede tener terribles efectos secundarios en los enfermos de asma”.

https://www.valledaostaglocal.it/2020/07/13/leggi-notizia/argomenti/cronaca-4/articolo/
respira-troppa-anidride-carbonica-sotto-la-mascherina-13enne-aostana-finisce-in-coma.html

Las mascarillas son perjudiciales para la salud

El microbiólogo canadiense Antoine Khoury cree que el gobierno de Quebec comete un grave error al hacer obligatorio el uso de mascarillas en lugares públicos cerrados.

El lunes el gobierno de Quebec anunció oficialmente que a partir del sábado será obligatorio llevar mascarilla en todos los lugares públicos cerrados y que los infractores se enfrentarían a multas que oscilan entre los 400 y los 6.000 dólares.

Quebec es actualmente la única provincia del Canadá que impone la mascarilla. En las demás se recomienda el uso sólo cuando la distancia de dos metros no se puede mantener en lugares públicos concurridos.

Khoury, director general de Vacci-Vet en Saint-Hyacinthe, aafirma que “las mascarillas que están en el mercado no hacen nada para proteger a la gente del virus: no son estériles como las mascarillas que se encuentran en los hospitales y no se deben usar por más de 15 o 20 minutos, de lo contrario se convertirán en incubadoras de bacterias. Y es aún peor para las mascarillas de tela, que son una verdadera colección de bacterias porque son porosas”.

Una barrera pegada cerca de la boca y la nariz hace que las bacterias inofensivas de nuestro cuerpo crezcan con la ayuda de los niveles de humedad, lo que les permite convertirse en patógenos en algunos casos que conducen a infecciones graves o enfermedades crónicas. “Ya está sucediendo en muchos lugares: la gente se está tomando tiempo libre en el trabajo por problemas de salud causados por la mascarilla. No sólo no los protege, sino que los ha enfermado”. Los síntomas de usar una mascarilla son siempre los mismos: dolor de cabeza, náuseas y dificultad para respirar.

El lavado de mascarillas reutilizables no elimina todas las bacterias. La única vez que Khoury admite el uso de mascarilla es en el transporte público, siempre y cuando se deseche al final del viaje.

Khoury se opone firmemente a esta tendencia de imponer la mascarilla en todas partes. El coronavirus es como la gripe, pero más virulenta. La mejor manera de combatir esta enfermedad es tener un sistema inmunológico fuerte, por lo que “la clave es evitar debilitarlo usando una mascarilla que obstruya la respiración y ayude a la bacteria a multiplicarse”.

En opinión de este microbiólogo, ninguna de las decisiones tomadas beneficia a la población. Esto incluye el fomento del lavado frecuente de manos porque distorsionaría la barrera natural de la epidermis, haciéndola más vulnerable- y un distanciamiento social de dos metros que, según él, no protege mucho. También es escéptico sobre la próxima vacuna, que ya está en peligro de ser obsoleta ya que el virus probablemente ha comenzado a mutar. “Estas son decisiones tomadas por la política y el miedo, no por la ciencia”, dice Khoury.

Espera que el gobierno revierta rápidamente la obligatoriedad del uso de mascarillas en los lugares públicos, una medida que teme que perjudique a la economía tanto como a la salud de los quebequenses “si se convierte en la nueva norma social”.

Hasta el 5 de junio la Organización Mundial de la Salud (OMS) no recomendó el uso de mascarillas. Su posición ha cambiado desde entonces.

El doctor Bernard Massie, un microbiólogo jubilado que, entre otras cosas, trabajó como Gerente Principal del Sector de Terapéutica de la Salud Humana en el Consejo Nacional de Investigación de Canadá, reconoce que la literatura científica sobre las mascarillas está lejos de ser unánime. “Desde el comienzo de la crisis, hemos estado escuchando mensajes contradictorios sobre la mascarilla y hay que decir que, científicamente, no se ha demostrado que funcione o no funcione. Por lo tanto, el gobierno no se arriesga a hacer obligatoria la mascarilla, pero es más un símbolo que una medida efectiva validada por la ciencia”.

Sin embargo, duda que las mascarillas tengan realmente el efecto de una “incubadora de bacterias” como afirma Khoury. “Después de todo, son microorganismos que ya están dentro de nosotros”.

El físico de Ontario Denis Rancourt llevó a cabo una revisión de los estudios sobre mascarillas y en abril publicó un artículo titulado “Las mascarillas no funcionan” en el sitio web de Research Gate. El texto fue censurado y eliminado a principios de junio, pero sus conclusiones son similares en muchos aspectos a las formuladas por Khoury en la actualidad, planteando también la cuestión de los peligros de las bacterias que pueden crecer en el interior de las mascarillas.

El 11 de julio el profesor de física Normand Mousseau también cuestionó el uso generalizado de mascarillas en un artículo publicado en La Presse y titulado “Mascarillas obligatorias, ciencia opcional”. También fue muy criticado.

https://www.lecourrier.qc.ca/une-mesure-dangereuse-selon-un-microbiologiste/

Estados Unidos ha sostenido la Guerra de Afganistán con los grandes traficantes de opio

La primera imagen indeleble de la guerra en Afganistán para muchos estadounidenses fue probablemente la del periodista de la CBS Dan Rather, envuelto en las voluminosas ropas de un luchador muyahidín, con el aspecto de un pariente saludable de Lawrence de Arabia —aunque con pelo que parecía recién secado con secador, como algunos espectadores señalaron rápidamente—. Desde su ladera de montaña secreta “en algún lugar en el Hindu Kush”, Rather descargó sobre su público un cargamento de sinsentidos sobre el conflicto. Los soviéticos, confió Rather portentosamente, habían puesto un precio a su cabeza de “muchos miles de dólares”. Continuó: “Fue el mejor regalo que me podían haber dado. Y que mi cabeza tenga precio era un pequeño precio a pagar por las verdades que contamos sobre Afganistán”.

Cada una de estas observaciones resultaron completamente falsas. Rather describió al Gobierno de Hafizullah Amin como un “régimen marioneta instalado por Moscú en Kabul”. Pero Amin tenía vínculos más cercanos con la CIA que con el KGB. Rather llamó a los muyahidines “los luchadores por la libertad afganos… que participaban en una lucha a muerte profundamente patriótica por su hogar”. Los muyahidines apenas estaban luchando por la libertad, en cualquier sentido con el que Rather hubiera estado cómodo, sino más bien por imponer uno de los estilos de fundamentalismo islámico más represivos conocidos en el mundo, bárbaro, ignorante y notablemente cruel para las mujeres.

Era un “hecho”, anunció Rather, que los soviéticos habían usado armas químicas contra aldeanos afganos. Esta era una afirmación promovida por el Gobierno de Reagan, que hizo la acusación de que la extraordinariamente precisa cifra de 3.042 afganos habían muerto a causa de esta lluvia química amarilla, una sustancia que había conseguido gloriosas victorias propagandísticas en su manifestación en Laos unos años antes, cuando la lluvia amarilla resultó ser excrementos de abeja altamente cargados con polen. Como Frank Broadhead señaló en el London Guardian, “su composición: una parte excrementos de abeja, más muchas partes de desinformación del Departamento de Estado mezcladas con credulidad de los medios”.

Rather afirmó que los muyahidines tenían una escasez severa de equipamiento, haciéndolo lo mejor que podían con rifles kalashnikov tomados de soldados soviéticos muertos. De hecho, los muyahidines estaban extremadamente bien equipados, al ser los receptores de armas proporcionadas por la CIA en la guerra encubierta más cara que la Agencia había jamás montado. Llevaban armas soviéticas, pero llegaron por cortesía de la CIA. Rather también mostró imágenes periodísticas que, según él, eran bombarderos soviéticos ametrallando pueblos afganos indefensos. El “bombardero soviético” era en realidad un avión de la fuerza aérea paquistaní en una misión de entrenamiento sobre el noroeste de Pakistán.

CBS afirmó haber descubierto en áreas bombardeadas por los soviéticos animales rellenos de explosivos soviéticos, diseñados para hacer volar en pedazos a niños afganos. Estos juguetes trampa de hecho habían sido fabricados por los muyahidines con el único propósito de estafar a CBS News, como un entretenido artículo en el New York Post aclaró posteriormente.

Rather recorrió de forma heroica el camino hasta Yunas Khalis, descrito como el líder de los guerreros afganos. En tonos de admiración que normalmente reserva para huracanes en el Golfo de México, Rather recuerda en su libro La cámara nunca parpadea dos veces, “la creencia en que lo correcto crea el poder puede haber estado desvaneciéndose en otras partes del mundo. En Afganistán estaba sana y salva, y golpeando a los soviéticos”. Khalis era un despiadado carnicero, con sus tropas presumiendo con cariño de su matanza de 700 prisioneros de guerra. Pasó la mayor parte de su tiempo luchando, pero las guerras no eran principalmente con los soviéticos. En vez de eso, Khalis combatía contra otros grupos rebeldes afganos, siendo el objeto de los conflictos el control de los campos de amapola y las carreteras y senderos desde ellos a sus siete laboratorios de heroína cerca de su cuartel general en la ciudad de Ribat al Ali. El 60 por ciento de la cosecha de opio de Afganistán se cultivaba en el Valle de Helmand, con una infraestructura de irrigación garantizada por USAID.

En sus informes desde el frente Rather mencionaba el comercio local de opio, pero de una forma notablemente falsa. “Los afganos”, dijo, “habían convertido Darra en una ciudad en auge, vendiendo su opio de cultivo local a cambio de las mejores armas disponibles, y después regresando a luchar a Afganistán”.

Darra es una ciudad en el noroeste de Pakistán donde la CIA había instalando una fábrica para producir armas de estilo soviético que estaba repartiendo a todos los afganos que llegaban. La fábrica de armas estaba dirigida bajo contrato por la Dirección de Inteligencia Inter-Services de Pakistán. Gran parte del opio transportado en camiones a Darra desde Afganistán se vendía al gobernador paquistaní del territorio del noroeste, el teniente general Fazle Huq. Desde este opio la heroína se refinaba en laboratorios en Darra, se colocaba en camiones del Ejército paquistaní y se transportaba hasta Karachi, para después ser embarcada a Europa y Estados Unidos.

Rather menospreciaba la reacción del Gobierno de Carter al golpe respaldado por los soviéticos en 1979, con la acusación de que la respuesta de Carter había sido tibia y tardía. De hecho, el presidente Carter había reaccionado con una gama de movimientos que deberían haber causado envidia a los halcones de Reagan que, un par de años después, le estaban atacando por ser un cobarde de la Guerra Fría. Carter no sólo retiró a Estados Unidos de los Juegos Olímpicos de 1980, sino que cortó las ventas de cereales a la Unión Soviética, para gran angustia de los granjeros del medio oeste; detuvo el tratado SALT II; se comprometió a aumentar el presupuesto de defensa de Estados Unidos en un 5 por ciento al año hasta que los soviéticos salieran de Afganistán; y reveló la doctrina Carter de contención en el sur de Asia, sobre la que el historiador de la CIA John Ranelagh dice que llevó a Carter a aprobar “más operaciones secretas de la CIA de lo que Reagan hizo más tarde”.

Carter confesó posteriormente en sus memorias que estuvo más agitado por la invasión de Afganistán que por cualquier otro acontecimiento de su presidencia, incluida la revolución iraní. La CIA convenció a Carter de que podía ser el comienzo de un impulso de los soviéticos hacia el Golfo Pérsico, un escenario que llevó a que el presidente seriamente considerara el uso de armas nucleares tácticas.

Tres semanas después de que los tanques soviéticos llegaran a Kabul, el secretario de Defensa de Carter, Harold Brown, estaba en Beijing, acordando una transferencia de armas de los chinos a las tropas afganas apoyadas por la CIA reunidas en Pakistán. Los chinos, a los que se compensó generosamente por el acuerdo, aceptaron e incluso consintieron en enviar consejeros militares. Brown consiguió un acuerdo similar con Egipto para comprar 15 millones de dólares en armas. “Estados Unidos ha sostenido la Guerra de Afganistán con los grandes traficantes de opio me contactó”, Anwar Sad recordaba poco antes de su asesinato. “Me dijeron: ‘Por favor abre tus almacenes para nosotros para que podamos dar a los afganos el armamento que necesitan para luchar’. Y les di el armamento. El transporte de armas a los afganos empezó desde El Cairo en aviones estadounidenses”.

Pero pocos en el Gobierno de Carter creían que los rebeldes tuvieran alguna posibilidad de derrotar a los soviéticos. Bajo la mayor parte de los escenarios, la guerra parecía destinada a ser una matanza, con civiles y rebeldes pagando un precio importante. El objetivo de la doctrina Carter era más cínica. Era desangrar a los soviéticos, con la esperanza de entramparles en un atolladero al estilo Vietnam. El alto nivel de bajas civiles no perturbó a los arquitectos de la intervención encubierta estadounidense. “Decidí que podía vivir con eso”, recordaba el director de la CIA de Carter, Stansfield Turner.

Antes de la invasión soviética, Afganistán apenas suponía un tema de interés para la prensa nacional, apareciendo en sólo un puñado de historias anuales. En diciembre de 1973, cuando la distensión estaba cerca de su cénit, el Wall Street Journal publicó una extraña historia en la portada sobre el país, titulada “¿Codician Afganistán los rusos? Si es así, es difícil figurarse por qué”. El reportero Peter Kann, que después se convertiría en presidente y editor del Journal, escribía que “los grandes estrategas del poder tienden a considerar Afganistán como una especie de eje sobre el que se mueve el equilibrio mundial de poder. Pero de cerca, Afganistán parece menos un eje, dominó o paso intermedio que una inmensa expansión de desierto baldío con unos pocos bazares llenos de moscas, un buen número de tribus enemistadas y mucha gente miserablemente pobre”.

Después de que la Unión Soviética lo invadiera, este páramo adquirió rápidamente el estatus de un precioso premio geopolítico. Un editorial del Journal tras la entrada soviética decía que Afganistán era “más serio que un mero paso intermedio” y, en respuesta, pedía el estacionamiento de tropas estadounidenses en Oriente Medio, el aumento de gastos militares, la expansión las operaciones encubiertas y el restablecimiento del servicio militar obligatorio. Drew Middleton, en aquel momento corresponsal del New York Times en el Departamento de Defensa, presentó un temible análisis post-invasión en enero de 1980: “La sabiduría convencional en el Pentágono”, escribió, “es que en términos puramente militares, los rusos están en una posición frente a Estados Unidos mucho mejor que como estaba Hitler contra Gran Bretaña y Francia en 1939”.

La máquina de agitprop del Pentágono y la CIA subió de marcha: el 3 de enero de 1980, George Wilson, del Washington Post, informó de que líderes militares esperaban que la invasión “ayudara a curar la resaca ‘nunca más’ de Vietnam del público estadounidense”. Newsweek dijo que el “impulso soviético” representaba “una severa amenaza” para los intereses de Estados Unidos: “El control de Afganistán pondría a los rusos a 350 millas [563 km] del Mar Arábigo, el salvavidas petrolífero de Occidente y Japón. Los aviones de guerra soviéticos situados en Afganistán podrían cortar el salvavidas a voluntad”. The New York Times apoyó la petición de Carter de mayor gasto militar y defendió los programas de misiles Cruise y Tridente, “investigación más rápida sobre el MX o algún otro misil de tierra móvil”, y la creación de una fuerza de despliegue rápido para la intervención en el Tercer Mundo, llamando a esta última una “inversión en diplomacia”.

En resumen, Afganistán demostró ser una gloriosa campaña tanto para la CIA como para el Departamento de Defensa, una fulgurante ofensiva en la que olas de crédulos y sumisos periodistas fueron enviados para promulgar la grotesca proposición de que Estados Unidos estaba bajo amenaza militar. Para cuando Reagan tomó posesión, él y su director de la CIA William Casey recibieron apoyo para su propio plan afgano intensificado desde un origen improbable, el Congreso controlado por los demócratas, que estaba presionando para duplicar el gasto en la guerra. “Fue un beneficio imprevisto” para el Gobierno de Reagan, dijo un miembro del personal del Congreso al Washington Post. “Habían recibido tanta oposición a la acción encubierta en Centroamérica y aquí viene el Congreso a ayudar y a lanzarles dinero, y ellos dicen ‘¿Quiénes somos nosotros para decir que no?”.

Mientras la CIA aumentaba su respaldo a los muyahidines —el presupuesto de la CIA para Afganistán alcanzó finalmente los 3.200 millones de dólares, la operación secreta más cara de su historia—, un miembro de la Casa Blanca del Consejo Estratégico del presidente sobre Abuso de Drogas, David Musto, informó a la administración de que la decisión de armar a los muyahidines fallaría: “Dije al Consejo que estábamos yendo a Afganistán a apoyar a los cultivadores de opio en su rebelión contra los soviéticos. ¿No deberíamos intentar evitar lo que habíamos hecho en Laos? ¿No deberíamos intentar pagar a los cultivadores si erradican su producción de opio? Hubo silencio”.

Tras lanzar esta advertencia, Musto y un colega en el consejo, Joyce Lowinson, siguieron cuestionando la política de Estados Unidos, pero vieron sus indagaciones bloqueadas por la CIA y el Departamento de Estado. Frustrados, recurrieron a la página de opinión del New York Times y escribieron, el 22 de mayo de 1980: “Nos preocupa el cultivo de opio en Afganistán o Pakistán por miembros de tribus rebeldes que aparentemente son los principales adversarios de las tropas soviéticas en Afganistán. ¿Nos estamos equivocando al hacer amistad con estas tribus igual que hicimos en Laos cuando Air America (fletada por la Agencia Central de Inteligencia) ayudó a transportar opio crudo desde ciertas zonas tribales?”. Pero Musto y Lowinson chocaron con el silencio de nuevo, no sólo de la administración sino de la prensa. Era una herejía cuestionar la intervención encubierta en Afganistán.

Más adelante en 1980, Hoag Levins, un escritor del Philadelphia Magazine, entrevistó a un hombre al que identificaba como un cargo de seguridad de “alto nivel” en el Departamento de Justicia del Gobierno de Carter y le citaba así: “Tienes al Gobierno caminando de puntillas alrededor de esto como si fuera una mina terrestre. El tema del opio y la heroína en Afganistán es explosivo… En el discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente mencionó el abuso de drogas pero fue muy cuidadoso en evitar mencionar Afganistán, aunque Afganistán es donde las cosas están pasando ahora… ¿Por qué no estamos adoptando una mirada más crítica hacia las armas que estamos enviando ahora a bandas de narcotraficantes que obviamente van a usarlas para aumentar la eficiencia de su operación de tráfico de drogas?”.

La DEA era bien consciente de que los rebeldes muyahidines estaban profundamente involucrados en el comercio de opio. Los informes de la agencia de drogas en 1980 muestran que las incursiones rebeldes afganas desde sus bases de Pakistán contra posiciones soviéticas estaban “en parte determinadas por la plantación de opio y las estaciones de cosecha”. Los números eran crudos e imponentes. La producción afgana de opio se triplicó entre 1979 y 1982. Había pruebas de que para 1981 los productores afganos de heroína se habían hecho con el 60 por cien del mercado de la heroína en Europa occidental y Estados Unidos (éstas son cifras de la ONU y la DEA).

En 1971, en el momento álgido de la participación de la CIA en Laos, había alrededor de 500.000 adictos a la heroína en Estados Unidos. Para mediados y finales de los 70 este total había caído a 200.000. Pero en 1981 con la nueva afluencia de heroína afgana y los consiguientes bajos precios, la población adicta a la heroína aumentó hasta 450.000. En la ciudad de Nueva York, sólo en 1979 —el año en que empezó el flujo de armas a los muyahidines—, las muertes relacionadas con la heroína se incrementaron un 77 por ciento. Las únicas víctimas estadounidenses públicamente reconocidas en los campos de batalla afganos fueron algunos musulmanes negros que viajaron al Hindu Kush desde Estados Unidos para luchar en nombre del profeta. Pero las víctimas de la droga dentro de Estados Unidos desde la guerra secreta de la CIA, particularmente en las ciudades del interior, se contaban por miles, además de la indecible desgracia y sufrimiento social.

Desde el siglo XVII las amapolas de opio han sido cultivadas en el así llamado Creciente Dorado, donde convergen las tierras altas de Afganistán, Pakistán e Irán. Durante casi cuatro siglos este era un mercado interno. Para la década de 1950 se producía muy poco opio tanto en Afganistán como en Pakistán, con quizás 2.500 acres bajo cultivo en estos dos países. Los fértiles campos de cultivo del valle de Helmand en Afganistán, para los 80 bajo intenso cultivo de amapola de opio, estaban cubiertos con viñedos, campos de trigo y plantaciones de algodón.

En Irán, la situación era claramente diferente a principios de los 50. El país, dominado por empresas petrolíferas y agencias de inteligencia británicas y estadounidenses, estaba produciendo 600 toneladas de opio al año y tenía 1,3 millones de adictos al opio, solo superado por China donde, en el mismo momento, los imperialistas occidentales del opio todavía dominaban. Entonces, en 1953, Mohammed Mossadegh, el equivalente nacionalista de Irán del chino Sun Yat-sen, ganó las elecciones e inmediatamente buscó suprimir el comercio de opio. En unas pocas semanas, el Secretario de Estado de Estados Unidos John Foster Dulles estaba llamando loco a Mossadegh, y el hermano de Dulles, Allen, dirigente de la CIA, envió a Kermit Roosevelt para organizar un golpe contra él. En agosto de 1953 Mossadegh fue derribado, el shah fue instalado por la CIA, y los campos de petróleo y opio de Irán estaban de nuevo en manos amigas. La producción siguió inalterada hasta la toma del poder en 1979 del ayatolá Jomeini, punto en el cual Irán tenía un problema muy serio con el opio en términos de la adicción de su propia población. A diferencia de los caudillos muyahidines, el ayatolá era un constructivista estricto de la ley islámica en el tema de los intoxicantes: los adictos y los traficantes se enfrentaban a la pena de muerte. La producción de opio en Irán cayó drásticamente.

En Afganistán en los 50 y 60, el relativamente escaso comercio de opio estaba controlado por la familia real, encabezada por el rey Mohammed Zahir. Todos los grandes estados feudales tenían sus campos de opio, principalmente para satisfacer el consumo doméstico de la droga. En abril de 1978 un golpe populista derribó al régimen de Mohammed Daoud, que había formado una alianza con el shah de Irán. El shah había enviado dinero en dirección a Daoud —2.000 millones de dólares según un informe— y se trajo a la policía secreta iraní, el Savak, para entrenar a la fuerza de seguridad interna de Daoud. El nuevo Gobierno afgano estaba dirigido por Noor Mohammed Taraki. El Gobierno de Taraki hizo movimientos hacia la reforma agraria, por lo tanto un ataque contra los estados feudales cultivadores de opio. Taraki fue a la ONU, donde solicitó y recibió préstamos para sustitución de cosechas para los campos de amapolas.

Taraki también presionó con dureza contra la producción de opio en las zonas fronterizas dominadas por fundamentalistas, ya que éstos estaban utilizando los ingresos del opio para financiar ataques contra el Gobierno central afgano, al que veían como una encarnación malsana de la modernidad que permitía a las mujeres ir al colegio e ilegalizaba los matrimonios concertados y el precio de la novia.

Para la primavera de 1979 el protagonista de los héroes de Dan Rather, el muyahidín, también estaba empezando a surgir. The Washington Post informó que a los muyahidines les gustaba “torturar a sus víctimas primero cortando sus narices, orejas y genitales, después quitando un trozo de piel tras otro”. Durante ese año los muyahidines manifestaron particular animosidad hacia los occidentales, matando seis alemanes del oeste y un turista canadiense y golpeando con severidad a un agregado militar estadounidense. Es también irónico que en ese año los muyahidines estuvieran consiguiendo dinero no sólo de la CIA sino de Muamar el Gadafi de Libia, que les envió 250.000 dólares.

En el verano de 1979, más de seis meses antes de que los soviéticos entraran, el Departamento de Estado de Estados Unidos produjo un memorándum que dejaba claro cómo veía las apuestas, sin importar lo moderno de mente que pudiera ser Taraki, o lo feudales que fueran los muyahidín: “El mayor interés de Estados Unidos… se vería satisfecho por la muerte del régimen Taraki-Amin, a pesar de cuales fueran los reveses que esto podría significar para futuras reformas sociales y económicas en Afganistán”. El informe continuaba: “El derrocamiento de la RDA [República Democrática de Afganistán] mostraría al resto del mundo, concretamente al Tercer Mundo, que la visión de los soviéticos del curso socialista de la historia como inevitable no es correcta”.

Muy presionado por las fuerzas conservadoras en Afganistán, Taraki apeló a los soviéticos en busca de ayuda, lo que declinaron en base a que eso era exactamente lo que sus mutuos enemigos estaban esperando.

En septiembre de 1979 Taraki fue asesinado en un golpe organizado por responsables militares afganos. Hafizullah Amin fue instalado como presidente. Tenía impecables credenciales occidentales, habiendo estado en la Universidad de Columbia de Nueva York y la Universidad de Wisconsin. Amin había sido presidente de la Asociación de Estudiantes Afganos, que había sido financiada por la Fundación Asia, un grupo intermediario, o fachada, de la CIA. Tras el golpe Amin empezó a encontrarse regularmente con responsables de la embajada de Estados Unidos en un momento en el que Estados Unidos estaba armando a rebeldes islámicos en Pakistán. Temiendo a un régimen fundamentalista respaldado por Estados Unidos presionando contra su propia frontera, la Unión Soviética invadió Afganistán por la fuerza el 27 de diciembre de 1979.

Después comenzó la expansión de la CIA iniciada por Carter que tanto preocupó al experto sobre drogas de la Casa Blanca David Musto. En una réplica de lo que ocurrió tras el golpe apoyado por la CIA en Irán, los estados feudales pronto volvieron a la producción de opio y el programa de sustitución de cosechas terminó.

Debido a que Pakistán tenía un programa nuclear, Estados Unidos tenía una prohibición de ayuda exterior sobre el país. Pronto fue levantada a medida que el desarrollo de una guerra próxima en Afganistán se convertía en política prioritaria. De forma bastante rápida, sin ninguna desaceleración discernible en su programa nuclear, Pakistán se convirtió en el tercer mayor receptor de ayuda estadounidense a nivel mundial, justo detrás de Israel y Egipto. Las armas llegaban a Karachi desde Estados Unidos y eran enviadas a Peshawar por la Célula Nacional de Logística, una unidad militar controlada por la policía secreta de Pakistán, el ISI. Desde Peshawar esas armas que no eran simplemente vendidas a todo tipo de clientes (los iraníes consiguieron 16 misiles Stinger, uno de los cuales fue utilizado contra un helicóptero de Estados Unidos en el Golfo) eran repartidas por el ISI a las facciones afganas.

Aunque la prensa de Estados Unidos, con Dan Rather en primer plano, retrataba a los muyahidín como una fuerza unificada de luchadores por la libertad, el hecho —nada sorprendente para cualquiera con idea de historia afgana— era que los muyahidin consistían en al menos siete facciones en guerra, todas combatiendo por territorio y control del comercio de opio. El ISI dio la mayor parte de las armas —según un cálculo el 60 por ciento— al fundamentalista particularmente fanático y enemigo de las mujeres Gulbuddin Hekmatyar, que hizo su debut público en la Universidad de Kabul matando a un estudiante izquierdista. En 1972 Hekmatyar voló a Pakistán, donde se convirtió en agente del ISI. Instó a sus seguidores a lanzar ácido a las caras de las mujeres que no llevaran velo, secuestró a líderes rivales y acumuló un arsenal nutrido por la CIA para el día en que los soviéticos se marcharan y la guerra por el dominio de Afganistán realmente estallara.

Utilizando sus armas para hacerse con el control de los campos de opio, Hekmatyar y sus hombres instaban a los campesinos, a punta de pistola, a aumentar la producción. Recogían el opio crudo y lo llevaban a las seis fábricas de heroína de Hekmatyar en la ciudad de Koh-i-Soltan.

Uno de los principales rivales de Hekmatyar en los muyahidin, Mullah Nasim, controlaba los campos de amapolas de opio en el valle de Helmand, produciendo 260 toneladas de opio al año. Su hermano, Mohammed Rasul, defendía esta iniciativa agrícola afirmando: “Debemos cultivar y vender opio para luchar en nuestra guerra santa contra los no creyentes rusos”. A pesar de este pronunciamiento bien calculado, pasaban casi todo su tiempo luchando contra sus hermanos creyentes, utilizando las armas enviadas por la CIA para intentar conseguir la ventaja en estas luchas internas. En 1989 Hekmatyar lanzó un asalto contra Nassim, intentando hacerse con el control del valle de Helmand. Nassim luchó contra él, pero pocos meses después Hekmatyar maquinó con éxito el asesinato de Nassim cuando ostentaba el puesto de viceministro de Defensa en el Gobierno provisional afgano post-soviético. Hekmatyar ahora controlaba el opio que crecía en el valle de Helmand.

Los agentes estadounidenses de la DEA estaban totalmente informados del control de la droga por los muyahidin concertados con líderes de inteligencia y militares paquistaníes. En 1983 el enlace de la DEA con el Congreso, David Melocik, dijo a un comité del Congreso: “Puedes decir que los rebeldes hacen su dinero de la venta de opio. No hay ninguna duda sobre ello. Estos rebeldes mantienen su causa mediante la venta de opio”. Pero hablar sobre que “la causa” dependía de ventas de droga no tenía sentido en ese momento en concreto. La CIA estaba pagando por todo de todas maneras. Los ingresos del opio estaban acabando en cuentas offshore en el Banco Habib, uno de los mayores de Pakistán, y en las cuentas de BCCI, fundada por Agha Hasan Abedi, que empezó su carrera bancaria en Habib. La CIA estaba utilizando simultáneamente el BCCI para sus propias transacciones secretas.

La DEA tenía pruebas de que más de 40 organizaciones de heroína funcionaban en Pakistán a mediados de los 80 durante la guerra afgana, y había pruebas de más de 200 laboratorios de heroína funcionando en el noroeste de Pakistán. Aunque Islamabad alberga una de las mayores oficinas de la DEA en Asia, nunca se tomó ninguna acción por agentes de la DEA contra ninguna de estas operaciones. Como un responsable de Interpol dijo al periodista Lawrence Lifschultz, “es muy extraño que los estadounidenses, con el tamaño de sus recursos, y el poder político que tienen en Pakistán, no hayan conseguido romper un solo caso. No se puede encontrar la explicación en una falta de adecuado trabajo policial. Han tenido algunos hombres excelentes trabajando en Pakistán”. Pero trabajando en las mismas oficinas que esos agentes de la DEA estaban cinco responsables de la CIA que, así lo contó uno de los agentes de la DEA posteriormente al Washington Post, les ordenaron retirar sus operaciones en Afganistán y Pakistán mientras duraba la guerra.

Esos agentes de la DEA eran muy conscientes del perfil marchado por la droga de una compañía que la CIA estaba utilizando para suministrar efectivo a los muyahidines, de nombre Shakarchi Trading Company. Esta empresa de propiedad libanesa había sido objeto de una larga investigación de la DEA sobre lavado de dinero. Uno de los principales clientes de Shakarchi era Yasir Musullulu, quien en una ocasión había sido agarrado intentando entregar un cargamento de 8,5 toneladas de opio afgano a miembros del sindicato del crimen de Gambino en Nueva York. Un informe de la DEA apuntó que Shakarchi mezclaba “el dinero de los traficantes de heroína, morfina base y hachís con el de los joyeros que compran oro en el mercado negro de los traficantes de Oriente Medio”.

En mayo de 1984 el vicepresidente George Bush viajó a Pakistán para conferenciar con el general Zia al Huq y otros miembros de alto rango del régimen paquistaní. En ese momento, Bush era el dirigente del Sistema Nacional de Interdicción de Narcóticos en la Frontera. En esta última función, uno de los primeros movimientos de Bush fue expandir el papel de la CIA en operaciones de drogas. Dio a la Agencia la principal responsabilidad en el control sobre, los informadores de droga. El dirigente operativo de este grupo de trabajo era el almirante retirado Daniel J. Murphy.

Murphy impulsó el acceso a la inteligencia sobre organizaciones de droga pero se quejó de que la CIA siempre estaba dando largas. “No gané”, dijo más tarde al New York Times. “No conseguí tanta participación efectiva de la CIA como yo quería”. Otro miembro del grupo de trabajo lo dijo sin rodeos: “La CIA podría ser de valor, pero necesitas un cambio de valores y actitud. No sé de una sola cosa que jamás nos hayan dado que fuera útil”.

Bush ciertamente sabía bien que Pakistán se había convertido en el origen de la mayoría de la heroína de alta calidad que entraba en Europa occidental y Estados Unidos y que los generales con los que estaba tratando estaban profundamente involucrados en el comercio de drogas. Pero el vicepresidente, quien proclamó más tarde que “nunca negociaré con traficantes de droga en Estados Unidos o en suelo extranjero”, utilizó su viaje a Pakistán para alabar el régimen de Zia por su inquebrantable apoyo a la Guerra contra las Drogas. (Entre estas excursiones retóricas encontró tiempo, hay que decir, para extraer de Zia un contrato para comprar 40 millones de dólares en turbinas de gas fabricadas por General Electric).

Como era predecible, durante los 80 los gobiernos de Reagan y Bush hicieron todo lo posible por cargar la culpa del auge en la producción de heroína paquistaní sobre los generales soviéticos en Kabul. “El régimen mantiene una absoluta indiferencia ante cualquier medida para controlar la amapola”, declaró el fiscal general de Reagan, Edwin Meese, durante una visita a Islamabad en marzo de 1986. “Creemos firmemente que en realidad hay estímulo, al menos tácitamente, sobre la creciente amapola de opio”.

Meese sabía del tema. Su propio Departamento de Justicia había estado rastreando la importación de drogas desde Pakistán desde al menos 1982 y era muy consciente de que el comercio estaba controlado por rebeldes afganos y el Ejército paquistaní. Pocos meses después de un discurso de Meese en Pakistán, la Oficina de Aduanas de Estados Unidos detuvo a un hombre paquistaní llamado Abdul Wali mientras intentaba descargar más de una tonelada de hachís y una cantidad más pequeña de heroína en Estados Unidos en Port Newark (New Jersey). El Departamento de Justicia informó a la prensa de que Wali dirigía una organización de 50.000 miembros en el noroeste de Pakistán, pero la vicefiscal general Claudia Flynn se negó a revelar la identidad del grupo. Otro responsable federal dijo a Associated Press que Wali era un líder de los muyahidin.

También era conocido para los responsables de Estados Unidos que personas con estrechas relaciones con el presidente Zia estaban haciendo fortunas con el comercio de opio. La palabra “fortuna” aquí no es ninguna exageración, ya que uno de estos asociados de Zia tenía 3.000 millones de dólares en sus cuentas de BCCI. En 1983, un año antes de la visita de George Bush a Pakistán, uno de los médicos del presidente Zia, un herbalista japonés llamado Hisayoshi Maruyama fue arrestado en Ámsterdam empaquetando 17,5 kilos de heroína de alta calidad producida en Pakistán con opio afgano. En el momento de su arresto estaba disfrazado de boy scout.

Interrogado por agentes de la DEA tras su arresto, Maruyama dijo que él sólo era un correo para Mirza Iqbal Baig, un hombre a quien los agentes de aduanas describían como “el traficante de droga más activo en el país”. Baig tenía estrechas relaciones con la familia Zia y otros altos oficiales del Gobierno. Había sido dos veces objetivo de la DEA, a cuyos agentes se les dijo que no realizaran investigaciones sobre él debido a sus vínculos con el Gobierno de Zia. Un importante abogado paquistaní, Said Sani Ahmed, contó a la BBC que éste era el procedimiento estándar en Pakistán: “Podemos tener pruebas contra una individuo concreto, pero aun así nuestras agencias de seguridad no pueden poner las manos encima de gente así, porque sus superiores les prohíben actuar. Los verdaderos culpables tienen suficiente dinero y recursos. Francamente, están disfrutando de algún tipo de inmunidad”.

Baig era uno de los magnates de la ciudad paquistaní de Lahore, dueño de cines, centros comerciales, fábricas y una planta textil. No fue procesado por cargos de drogas hasta 1992, tras la caída del régimen de Zia, cuando un tribunal federal estadounidense de Brooklyn le procesó por tráfico de heroína. Estados Unidos finalmente ejerció la suficiente presión sobre Pakistán como para arrestarle en 1993; en la primavera de 1998 estaba en la cárcel en Pakistán.

Uno de los socios de Baig (como describió Newsweek) en sus negocios con la droga era Haji Ayub Afrid, un aliado cercano del presidente Zia, que había formado parte de la Asamblea General Paquistaní. Afridi vive a 35 millas [56 km.] de Peshawar en un gran complejo sellado por muros de seis metros de alto con alambre de concertina en la parte de arriba y con defensas que incluyen una batería antiaérea y un ejército privado de hombres de su tribu. Se decía que Afridi estaba a cargo de comprar opio crudo de los señores de la droga afganos, mientras Baig cuidaba de la logística y el envío a Europa y los Estados Unidos. En 1993 presuntamente ofreció dinero para acabar con la vida de un agente de la DEA que trabajaba en Pakistán.

Otro caso próximo al Gobierno de Zia implicó el arresto por cargos de droga de Hamid Hasnain, el vicepresidente de la mayor entidad financiera de Pakistán, el Banco Habib. El arresto de Hasnain se convirtió en la pieza central de un escándalo conocido como el “asunto de la Liga Paquistaní”. La banda de narcotraficantes fue investigada por un tenaz investigador noruego llamado Olyvind Olsen. El 13 de diciembre de 1983 la policía noruega requisó 3,5 kilos de heroína en el aeropuerto de Oslo en el equipaje de un paquistaní llamado Raza Qureishi. A cambio de una sentencia reducida Qureishi aceptó dar los nombres de sus suministradores a Olsen, el investigador de narcóticos. Poco después de su entrevista con Qureishi, Olsen voló a Islamabad para destapar a los otros miembros de la organización de heroína. Durante más de un año Olsen presionó a la Agencia de Investigación Federal (AIF) de Pakistán para arrestar a los tres hombres que Qureishi había señalado: Tahir Butt, Munawaar Hussain y Hasnain. Todos eran asociados de Baig y Zia. No fue hasta que Olsen amenazó con condenar públicamente el comportamiento de la AIF que la Agencia realizó alguna acción: finalmente, el 25 de octubre de 1985 la AIF arrestó a los tres hombres. Cuando los agentes paquistaníes atraparon a Hasnain fueron asaltados por un aluvión de amenazas. Hasnain habló de “terribles consecuencias” y afirmó ser “como un hijo” para el presidente Zia. Dentro del maletín de Hasnain los agentes de la AIF descubrieron registros de las extensas cuentas bancarias del presidente Zia además de las de la esposa e hija de Zia.

Inmediatamente después de conocer el arresto de Hasnain, la esposa de Zia, que estaba en Egipto en ese momento, telefoneó al jefe de la AIF. La mujer del presidente demandó imperiosamente la liberación del “banquero personal” de su familia. Resultó que Hasnain no sólo atendía los asuntos financieros secretos de la familia presidencial, sino también de los altos generales paquistaníes, que estaban robando dinero de las importaciones de armas de la CIA y haciendo millones del tráfico de opio. Pocos días después de la llamada de su esposa, el presidente Zia mismo estaba al teléfono con la AIF, exigiendo que los investigadores explicaran las circunstancias respecto al arresto de Hasnain. Zia pronto consiguió que Hasnain saliera bajo fianza a espera de juicio. Cuando Qureishi, el correo, subió al estrado para testificar contra Hasnain, el banquero y su coacusado pronunciaron amenazas de muerte contra el testigo en pleno juicio, suscitando una protesta del investigador noruego, que amenazó con retirarse de los procedimientos.

En última instancia el juez del caso tomó medidas, revocando la fianza de Hasnain y dándole una dura condena a prisión tras su condena. Pero Hasnain era sólo un pez relativamente pequeño que fue a la cárcel mientras generales culpables salieron libres. “Se le ha convertido en un cabeza de turco”, dijo Munir Bhatti al periodista Lawrence Lifschultz: “La CIA estropeó el caso. Las pruebas estaban distorsionadas. No hubo justificación para dejar escapar a los culpables reales que incluyen importantes personalidades en este país. Había pruebas en este caso que identificaban a esas personas”.

Esos eran los hombres a quienes la CIA estaba pagando 3.200 millones de dólares al año para dirigir la guerra afgana, y no hay persona que mejor personifique esta relación que el teniente general Fazle Huq, quien supervisó operaciones militares en el noroeste de Pakistán para el general Zia, incluyendo el armamento de los muyahidin que estaban utilizando la región como una base para sus ataques. Fue Huq quien se aseguró de que su aliado Hekmatyar recibió el grueso de los envíos de armas de la CIA, y también fue Huq quien supervisó y protegió las operaciones de los 200 laboratorios de heroína dentro de su jurisdicción. Huq había sido identificado en 1982 por la Interpol como un jugador clave en el comercio de opio afgano-paquistaní. Los líderes de la oposición paquistaní se refirieron a Huq como el Noriega paquistaní. Había sido protegido de investigaciones sobre droga por Zia y la CIA y posteriormente presumió de que con esas conexiones podía escapar “de cualquier cosa”.

Como otros narco-generales en el régimen de Zia, Huq también estaba muy relacionado con Agha Hassan Abedi, el jefe del BCCI. Abedi, Huq y Zia cenaban juntos casi todos los meses, y trataron varias veces con el director de la CIA de Reagan William Casey. Huq tenía una cuenta en el BCCI de tres millones de dólares. Después de que Zia fuera asesinado en 1988 por una bomba colocada (probablemente por importantes cargos militares) en su avión presidencial, Huq perdió algo de su protección oficial, y pronto fue arrestado por ordenar el asesinato de un clérigo chií.

Después de que la primera ministra Benazir Bhutto fuera depuesta, su sustituto Ishaq Khan liberó rápidamente a Huq de prisión. En 1991 Huq murió de un disparo, probablemente en venganza por la muerte del clérigo. El general del opio recibió un funeral de estado, donde fue elogiado por Ishaq Khan como “un gran soldado y competente administrador que jugó un encomiable papel en el progreso nacional de Pakistán”.

Benazir Bhutto había llegado al poder en 1988 entre fieras promesas de limpiar la corrupción bañada en droga de Pakistán, pero no pasó mucho tiempo hasta que su propio régimen fuera el centro de serias acusaciones. En 1989 la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos encontró información de que el marido de Benazir, Asif Ali Zardari, podía haber estado financiando grandes envíos de heroína desde Pakistán a Gran Bretaña y Estados Unidos. La DEA asignó uno de sus agentes, un hombre llamado John Banks, para que trabajara clandestinamente en Pakistán. Banks era un antiguo mercenario británico que había trabajado clandestinamente para Scotland Yard en grandes casos de droga internacionales.

Mientras estaba en Pakistán, Banks afirma que se presentaba como un miembro de la Mafia y que se había encontrado con Bhutto y su marido en su casa de Sind. Banks afirma también que viajó con Zardari a Islamabad, donde grabó secretamente cinco horas de conversación entre Zardari, un general de la fuerza aérea paquistaní y un banquero paquistaní. Los hombres discutían la logística de transportar heroína a Estados Unidos y Gran Bretaña: “Hablamos sobre cómo iban a enviar las drogas a Estados Unidos en un cúter metálico”, dijo Banks en 1996. “Me dijeron que el Reino Unido era otra zona donde habían enviado heroína y hachís de forma regular”. La Oficina de Aduanas Británica también había estado vigilando a Zardari por tráfico de drogas: “Recibimos inteligencia de tres o cuatro fuentes, sobre su presunta participación como financiero”, contaba un responsable británico de aduanas retirado al Financial Times. “Se informó de todo esto a la inteligencia británica”. El oficial de aduanas dice que su Gobierno no actuó en base a este informe. De igual forma, Banks afirma que la CIA detuvo la investigación de Zardari. Todo esto surgió cuando el Gobierno de Bhutto cayó por segunda vez, en 1996, bajo cargos de corrupción presentados principalmente contra Zardari, que está ahora en prisión por su papel en el asesinato de su cuñado Murtaza. Zardari también sigue acusado de malversar más de mil millones de dólares en fondos del Gobierno

En 1991 Nawz Sharif dice que mientras ejercía como primer ministro se le acercaron dos generales paquistaníes —Aslam Beg, jefe de personal para el Ejército, y Asad Durrani, jefe del ISI— con un plan para financiar decenas de operaciones encubiertas mediante la venta de heroína. “El general Durrani me dijo: ‘Tenemos un proyecto preparado para su aprobación”, explicó Sharif al periodista del Washington Post John Ward Anderson en 1994. “Estaba totalmente atónito. Tanto Beg como Durrani insistieron en que el nombre de Pakistán no sería citado en ningún lugar porque toda la operación sería llevada a cabo por terceros de confianza. Durrani después continuó mencionando una serie de operaciones militares encubiertas que tenían una desesperada necesidad de dinero”. Sharif dijo que rechazó el plan, pero cree que fue puesto en práctica cuando Bhutto recuperó el poder.

El impacto de la guerra afgana en las tasas de adicción de Pakistán fue incluso más drástico que el auge en la adicción a la heroína en Estados Unidos y Europa. Antes de que empezara el programa de la CIA, había menos de 5.000 adictos a la heroína en Pakistán. Para 1996, según Naciones Unidas, había más de 1,6 millones. El representante paquistaní en la Comisión de la ONU sobre Narcóticos, Raoolf Ali Khan, dijo en 1993 que “no hay rama del gobierno donde no esté extendida la corrupción de la droga”. Como ejemplo señaló el hecho de que Pakistán se gaste sólo 1,8 millones de dólares al año en esfuerzos antidroga, con una asignación de mil dólares para comprar gasolina para sus siete camiones.

Para 1994 el valor del tráfico de heroína en Pakistán era el doble del presupuesto gubernamental. Un diplomático occidental dijo al Washington Post en ese año que “cuando llegas a la fase en la que los narcotraficantes tienen más dinero que el Gobierno, van a ser necesarios notables esfuerzos y notables personas para darle la vuelta”. La magnitud del compromiso que se requiere es ilustrada por dos episodios. En 1991 la mayor redada antidroga en la historia del mundo ocurrió en la carretera de Peshawar a Karachi. Los funcionarios de aduanas paquistaníes se hicieron con 3,5 toneladas de heroína y 44 toneladas de hachís. Varios días después la mitad del hachís y la heroína se habían desvanecido junto con los testigos. Los sospechosos, cuatro hombres con vínculos con la inteligencia paquistaní, habían “escapado misteriosamente”, por usar los términos de un funcionario de aduanas paquistaní. En 1993 guardas fronterizos paquistaníes requisaron ocho toneladas de hachís y 1,7 toneladas de heroína. Cuando el caso se pasó a la junta de control de narcóticos paquistaní, todo el personal se fue de vacaciones para evitar verse involucrado en la investigación. Nadie fue castigado o molestado de alguna forma y los narcotraficantes salieron impunes. Incluso la CIA se vio eventualmente obligada a admitir en un informe al Congreso de 1994 que la heroína se había convertido en “la savia de la economía y el sistema político paquistaní”.

En febrero de 1989 Mijaíl Gorbachov sacó las tropas soviéticas de Afganistán, y pidió a EE UU que aceptara un embargo sobre la provisión de armas para cualquiera de las facciones muyahidines afganas, que estaban preparándose para otra fase de la guerra interna por el control del país. El presidente Bush se negó, asegurando así un período de continuación de la miseria y el horror para la mayoría de afganos. La guerra ya había convertido a la mitad de la población en refugiados, y generado tres millones de heridos y más de un millón de muertes. Las inclinaciones de los muyahidin en este punto se ilustran con un par de anécdotas. El corresponsal en Kabul de la Far Eastern Economic Review informó en 1989 sobre el tratamiento por los muyahidin de los prisioneros soviéticos: “Un grupo fue asesinado, despellejado y colgado en una carnicería. Un cautivo se convirtió en el centro de atracción en una partida de buzkashi, esa forma ruda de polo afgano en la que normalmente la pelota es una cabra sin cabeza. En su lugar se utilizó al cautivo. Vivo. Fue literalmente despedazado”. La CIA también tenía pruebas de que sus luchadores por la libertad habían drogado a más de 200 soldados soviéticos con heroína y les había encerrado en jaulas de animales donde, informó el Washington Post en 1990, llevaban “vidas de horror indescriptible”

En septiembre de 1996 los talibanes, fundamentalistas nutridos originariamente en Pakistán como criaturas tanto del ISI como de la CIA, tomaron el poder en Kabul, donde el mulá Omar, su líder anunció que todas las leyes incompatibles con la sharia musulmana se cambiarían. Se obligaría a las mujeres a asumir el chador y quedarse en casa, con segregación total de los sexos y las mujeres fuera de los hospitales, escuelas y baños públicos. La CIA continuó su apoyo de estos fanáticos medievales que, según Emma Bonino, la comisaria de la Unión Europea para Asuntos Humanitarios, estaban cometiendo “genocidio de género”.

Una ley en conflicto con la sharia que los talibanes aparentemente no tenían interés en cambiar era el mandato del profeta contra los intoxicantes. De hecho, los talibanes instaron a sus granjeros afganos a aumentar su producción de opio. Uno de los líderes talibanes, el “zar de la droga” Abdul Rashid, apuntó: “Si intentamos parar esto [el cultivo de opio] el pueblo estará en nuestra contra”. Para finales de 1996, según la ONU, la producción de opio afgano había alcanzado 2.000 toneladas métricas. Se estimaba que había 200.000 familias en Afganistán trabajando en el comercio de opio. Los talibanes tenían el control del 96 por ciento de toda la tierra afgana con cultivo de opio e impusieron un impuesto sobre la producción de opio y un peaje sobre los camiones que llevaban la cosecha.

En 1997 un granjero de opio afgano dio una respuesta irónica a la amenaza de Jimmy Carter sobre usar armas nucleares como parte de una respuesta a la invasión soviética de Afganistán en 1979. Amhud Gul dijo a un reportero del Washington Post: “Estamos cultivando esto [el opio] y exportándolo como una bomba atómica”. La intervención de la CIA había agitado su varita de nuevo. Para 1994, Afganistán, según el programa de control de drogas de la ONU, había sobrepasado a Burma como el suministrador número uno del mundo de opio crudo.

—https://www.counterpunch.org/2020/07/10/i-could-live-with-that-how-the-cia-made-afghanistan-safe-for-the-opium-trade/

España: una sofocante ausencia de debate sobre el estado de alarma

Mark Nayler

Vivo en el sur de España, en un pequeño pueblo cerca de Málaga. Pasé allí un tiempo encerrado con mi novia. Un sábado por la tarde, después de un par de semanas de cuarentena, nos dimos cuenta de que necesitábamos algunas compras, incluyendo una o dos botellas de vino. Pero poco después de salir para el único supermercado abierto, mi novia fue detenida por un policía local, que le preguntó a dónde iba y para qué. Cuando ella se tambaleó bajo su interrogatorio sin sentido del humor y dijo que iba a comprar vino (sin mencionar los otros artículos), se le dijo que volviera a casa inmediatamente.

Era un pequeño pero revelador ejemplo de cómo la decencia común había abandonado a un funcionario normalmente amable, lo que revela los desconcertantes matices del confinamiento. ¿Quién iba a decir qué era “esencial” y por qué? Si no estaba permitido visitar una tienda sólo si se compraban artículos considerados “no esenciales” por el gobierno, ¿revisaría la policía la bolsa de la compra? Desde el principio del confinamiento, el gobierno español clasificó a los estancos como servicios “esenciales”, así que si no hubiera sido el sábado por la tarde, cuando la mayoría de las tiendas en España cierran, mi novia habría podido ir y comprar un paquete de cigarrillos sin ninguna preocupación.

Todos los que han vivido en España los dos meses de confinamiento a principios de este año tendrán historias similares que contar, historias de encuentros con funcionarios de policía que ejercen absurdos nuevos poderes, que van desde el derecho a hurgar en las bolsas de la compra hasta determinar, al milímetro, la distancia a la que deben alejarse los que pasean los perros de sus casas. Mi novia tuvo suerte de evitar una multa o incluso un arresto por su intento de hacer un viaje de compras “no esencial”.

Antes de llegar al poder en junio de 2018 el gobierno socialista de Pedro Sánchez había prometido revocar una polémica ley introducida en 2015 por los conservadores. La Ley de Seguridad Ciudadana, a menudo llamada informalmente “Ley Mordaza”, impone multas por acciones como protestar frente al parlamento en Madrid y fotografiar a los funcionarios de policía, y fue criticada por la izquierda española por obstaculizar la libertad de expresión. Pero ahora el partido de Sánchez parece haber superado cualquier duda que pudiera tener sobre el uso de esta legislación. El confinamiento se ha impuesto en gran parte bajo esta misma ley. Durante los primeros 75 días de confinamiento, hubo casi 1.1 millones de multas por infracciones a las órdenes de permanecer en casa.

No fueron sólo las órdenes de confinamiento y la policía siempre presente lo que hizo que la cuarentena en España fuera tan opresiva. También hubo una sofocante ausencia de debate sobre las inconsistencias internas del confinamiento (a menudo arriesgadas), sus méritos y defectos generales y su supuesta necesidad, tanto en el congreso como en los medios de comunicación. Con todo el tiempo del mundo para pensar, era natural preguntarse sobre el fundamento del confinamiento y hacerse preguntas que no interesaban a los políticos del país. ¿Había quizás buenos argumentos para variar las medidas de confinamiento en función de lo afectada o densamente poblada que estuviera una región determinada? Y en caso contrario, si la mejor solución era la cuarentena indiscriminada dentro de las provincias, ¿por qué?

Del mismo modo, ¿tenía sentido imponer un confinamiento tan estricto a todos los grupos de edad?, ¿cuáles eran las consecuencias probables del cierre de todo, desde la frágil economía española hasta la salud física y mental de las personas?, ¿había otras medidas efectivas que causaran menos perjuicios a su paso?, ¿era necesario que la policía y la Guardia Civil salieran a las calles en tal cantidad?, ¿estaban, de hecho, intimidando a la gente más de lo que estaban ayudando o protegiendo?

Salvo las dos últimas (a las que se responde con un simple “no” y “sí” respectivamente), se trata de preguntas complejas y matizadas, que se ven aún más agravadas por las circunstancias sin precedentes que rodearon a la pandemia. Pero a lo largo de marzo y abril, hubo una notable ausencia de una discusión continua y ecuánime sobre estos temas en España. De hecho, la respuesta estándar, incluso a un atisbo de escepticismo sobre el confinamiento se convirtió rápidamente en: “Bueno, ¿qué más propone?” Las acusaciones de insensibilidad o indiferencia a la seguridad pública a veces siguieron o al menos fueron implícitas.

Este ambiente tenso y ligeramente siniestro no se debía sólo a la postura autoritaria del gobierno socialista. La oposición, representada sobre todo por el Partido Popular (PP), de tendencia conservadora, y la derecha Vox, se contentó con lanzar insultos a Sánchez y a su adjunto, Pablo Iglesias (dirigente del socio de coalición menor del gobierno, el izquierdista Podemos), en lugar de hacer una crítica inteligente de las medidas de confinamiento. Y aunque era refrescante escuchar al menos algún disenso de la línea oficial del Estado en el Congreso, la retórica sobreexcitada de Vox estigmatizó aún más el escepticismo del confinamiento: la crítica a la postura del gobierno se asoció exclusivamente con (o al menos se presentó como el único recurso de) la extrema derecha. Destacó por su ausencia vocal durante estas sesiones polarizadas el partido centrista Ciudadanos, que podría haber proporcionado un muy necesario tercer enfoque, a saber, controlar los posibles abusos de poder del gobierno, pero sin recurrir a la odiosa pirotecnia de Vox y el PP.

Sánchez ha apelado recientemente al “patriotismo” de sus enemigos en un intento de hacer que dejen sus diferencias ideológicas y se centren en la recuperación post-Covid. Es una elección de frase reveladora, ya que implica que criticar su manejo del virus, o su propuesta de manejar sus efectos económicos, constituye un amor insuficiente por su país. Pero debemos acoger con satisfacción el hecho de que los partidos españoles no han formado un frente unido en estos asuntos: el resultado sería una fuerza monótona y multipartidaria aún menos tolerante con la disidencia y el cuestionamiento legítimo que la que está actualmente en el poder. Ningún gobierno debería estar libre de críticas, ni siquiera -o quizás especialmente- en tiempos de crisis. Y nadie debería ser multado por ir a la tienda, ni siquiera durante una pandemia.

https://www.spiked-online.com/2020/07/21/spain-has-turned-into-a-one-party-state/

Hay que dejar de alimentar el miedo (en Suiza la prensa ha procedido como cualquier otra del mundo)

Catherine Riva y Serena Tinari

Observamos con preocupación que la actual cobertura mediática de la epidemia de coronavirus es principalmente angustiante y emocional. Ello se debe a dos factores por lo menos: por una parte, la presentación de las cifras no da una idea lo más realista posible de la gravedad de la epidemia y de la forma en que se está desarrollando en Suiza; por otra parte, la tendencia a poner de relieve casos individuales que no son muy representativos o situaciones muy especiales, como la de Bérgamo (Italia), sin ponerlos en perspectiva.

De hecho, el público suizo no dispone de la información necesaria para juzgar si las medidas adoptadas en nombre de su protección le parecen aceptables y justificadas, en particular habida cuenta de los efectos negativos que esas medidas ya tienen y tendrán cada vez más, entre otras cosas, en la salud de los habitantes.

Las autoridades federales no proporcionan ciertos indicadores que permitan analizar la situación de la mejor manera posible y, lamentablemente, en la gran mayoría de los casos, los medios de comunicación no los piden.

Ejemplos de información indispensable que las autoridades no comunican de manera proactiva son la evolución de la tasa de letalidad, los criterios con arreglo a los cuales se realizan las pruebas o la base sobre la cual se atribuyen las muertes a Covid-19 (¿basta con que un paciente que muere como portador de la infección por coronavirus diga que murió «a causa de Covid-19» o se aplican otros criterios?) Y desafortunadamente, hasta donde sabemos, virtualmente ningún periodista los ha reclamado.

En cambio, la Oficina Federal de Salud Pública (OFSP) y la gran mayoría de los medios de comunicación siguen presentando sistemáticamente en primer lugar el número acumulado de casos identificados y el número acumulado de muertes, reforzando así día tras día la impresión infundada entre el público de que una epidemia se está propagando como un incendio forestal y está haciendo estragos en nuestro país.

Esta impresión es infundada porque, hasta la fecha, los modelos que preveían un desarrollo dramático que podría poner en peligro nuestras infraestructuras sanitarias han demostrado ser erróneos: nuestras unidades de cuidados intensivos no están desbordadas, al contrario, incluso tienen capacidad suficiente para acoger a varias decenas de pacientes de Francia. E incluso en Italia, un análisis más detallado revela que la situación extremadamente difícil de Lombardía y, en menor medida, de Emilia-Romaña parece seguir limitada a esta zona geográfica, ya que ninguna otra región ha experimentado una evolución similar.

http://www.re-check.ch/wordpress/fr/medias-suisses-covid-19/

(*) Catherine Riva y Serena Tinari son periodistas suizas especializadas en salud pública. El artículo lo publicaron el 5 de abril, en la etapa culminante de la pandemia

La técnica del Golpe de Estado sanitario: el caso de Burundi, un país que se atrevió a quitarse el bozal

El fallecido Pierre Nkurunziza
La declaración de pandemia no sólo puso en marcha en casi todo el mundo el terrorismo de Estado con pretextos sanitarios. No sólo ha difundido el pánico a escala individual sino también entre los países.

Hay países gregarios como hay personas gregarias, que en lugar de tomar sus propias decisiones se sienten mejor aceptando las que otros les imponen, sean guardias civiles o médicos.

Uno de los países díscolos del mundo frente a la pandemia fue Burundi, como ya expusimos en otra entrada. Si los “expertos” tuvieran razón, la población de Burundi habría sido arrasada por el coronavirus, y no es así: a fecha 14 de julio Worldometers sólo le atribuye un muerto y 269 positivos (1).

El Presidente de Burundi, Pierre Nkurunziza, tenía razón razón: el coronavirus es un absurdo, una declaración a partir de la cual la prensa mundial le vilipendió con los calificativos típicos que se imponen a los políticos africanos.

Nkurunziza hizo algo más que hablar: expulsó a la OMS del país y poco después murió súbitamente “a causa de una crisis cardíaca”, según fuentes oficiales del país africano. El resto del relato sobre la salud del Presidente africano se lo dejamos a la imaginación del lector.

Lo que sí debemos decir para completar el cuadro es que su sucesor, Evariste Ndayishimiye, le dio la vuelta a la tortilla sanitaria, aceptando todo lo que los imperialistas le pusieron encima de la mesa, incluido el bozal (*), que siempre fue lo más característico de los esclavos negros.

Lo más interesante es relatar la campaña de los portavoces del imperialismo contra Nkurunziza, empezando por un artículo del 6 de mayo en un blog tan característico como el del Consejo de Relaciones Exteriores: “El coronavirus coincide con peligrosas tendencias en la democracia de Burundi”, se titulaba (2).

Esclavo negro con bozal

Aquí no somos, pues, los únicos que observamos “coincidencias” entre la política mundial y los virus. Tampoco somos los únicos afectados porque el terrorismo de Estado no sólo se muestre como tal sino a través de los “vecinos”: no nos impiden a nosotros que hagamos lo que nos de la gana porque somos “muy libres”, pero no quieren quedar contaminados por nosotros y por eso están dispuestos a lincharnos hasta ponernos el bozal (*).

El Consejo de Relaciones Exteriores también se escudaba en los vecinos de Burundi. Eran ellos los que protestaban por la política sanitaria de Nkurunziza en un momento en el que sólo había 7 casos positivos. No habían encontrado más apestados, decía el artículo, porque se realizan pocos tests. Está claro que las pandemias no son consecuencia de la detección de enfermedades sino de la realización de tests, cuantos más mejor.

Curiosamente, a Nkurunziza le reprochan sus tendencias autoritarias por su empeño en celebrar las elecciones, algo que nos recuerda a lo que la izquierda domesticada (Bildu, BNG) propuso en Euskadi y Galiza durante las recientes elecciones autonómicas. La salud (la vida) está por encima de todo, según han confirmado los jueces en España.

El melodrama acaba con la muerte “súbita” de Nkurunziza el 8 de junio que, según The Guardian, no se debió a una crisis cardíaca sino “posiblemente” al coronavirus (3). Es el titular favorito de la prensa imperialista: la muerte de un negacionista a causa de aquello mismo que niega, la demostración perfecta de que ellos tienen razón y los demás cierran los ojos ante la evidencia.

Tras la muerte de Nkurunziza, el nuevo Presidente, Ndayishimiye, lo tiene claro: el coronavirus es “el peor enemigo” que tiene Burundi (4). Casi no hay ningún otro problema en el país africano que no sea el coronavirus. Antes no había pandemia y ahora sólo hay pandemia.

¿Se había recrudecido la situación?, ¿aumentó el número de muertos?, ¿se propagó la peste? En absoluto. Se trata de puras declaraciones políticas, primero en un sentido y luego en el contrario porque las pandemias no son otra cosa que eso: decisiones políticas amplificadas hasta el hartazgo por las cadenas de comunicación.

La diferencia es que Nkurunziza tenía su propio criterio, mientras Ndayishimiye es un lameculos y a partir de que demuestras tu sumisión, la prensa internacional habla bien de ti; dejas de ser el típico “dictador africano”.

Ndayishimiye es un lacayo tan bien amaestrado que en vida de Nkurunziza decía una cosa y ahora dice la contraria. Siempre sirve a su amo, siempre hace lo que le dicen. A partir de entonces, comienzan a practicar más tests, dicen a la población que tanto las pruebas como el tratamiento contra la plaga son gratuitos. De esa manera introducen a cada uno de los habitantes dentro de la rueda sanitaria.

Si alguien no se presta a realizar las pruebas de coronavirus, dice Ndayishimiye, “será considerado como un brujo y tratado como tal”. Ya ven que la “lucha” contra el coronavirus ha desatado una caza de brujas, otra más. ¿O acaso creyeron que eso se había acabado para siempre?

(1) https://www.worldometers.info/coronavirus/country/burundi/
(2) https://www.cfr.org/blog/covid-19-coinciding-dangerous-trends-burundis-%20democracy
(3) https://www.theguardian.com/world/2020/jun/09/burundi-president-dies-%20illness-suspected-coronavirus-pierre-nkurunziz
(4) https://www.monitor.co.ug/News/World/Burundi-changes-tack-president-%20declares-COVID-19–biggest-enemy-/688340-5585992-13veo1d/index.html

Más información:
– Tras Tanzania también Burundi expulsa a los miembros de la OMS

(*) Originariamente en castellano la palabra “bozal” se refería a un negro recién esclavizado al que se le ponía una máscara en la boca para impedir que se rebelara contra su amo. Aún no había sido amaestrado convenientemente y había que impedir que se pusiera en contacto con otros para levantarse contra la opresión.

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