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El arte de debatir

Uno de los más grandes genios que ha conocido la humanidad, Leibniz, decía que la lógica es el arte de debatir. Para Leibniz la lógica era tanto la lógica llamada “formal” como la lógica dialéctica pero, sobre todo, para Leibniz la lógica es el conocimiento mismo, cualquier clase de conocimiento científico. Dialéctica y debate son términos sinónimos. Donde no hay debate no hay ciencia. Por consiguiente, cuando alguien afirma que hay algo por encima del debate, algo indiscutible, está fuera de la ciencia por un motivo elemental: porque no sabe dónde está el debate, porque no lo encuentra. Los grandes científicos se diferencian de los pequeños porque hacen discutible lo indiscutible. Plantean preguntas que otros no saben formular y ven dudas donde otros se aferran a certezas absolutas.

Hasta tal punto el conocimiento es dialéctica que, incluso en su forma, los más grandes pensadores, como el propio Leibniz, expusieron su pensamiento de esa manera: como un diálogo. Es el caso de la obra maestra de Galileo “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” que parece más bien una obra de teatro que un libro rupturista en la historia de la física. Pues bien, en su estudio Galileo expresa el punto de vista de la ciencia en medio de otros puntos de vista que no sólo son diferentes, sino incluso opuestos. La ciencia es, pues, como todo, oposición de contrarios. A toda tesis le sigue una antítesis y luego una síntesis.

Como ejemplo de tesis científica hoy “fuera de toda duda” en la química se puede poner la ley de Avogadro que demostró de manera rotunda, siglos después, el carácter científico del atomismo y, por lo tanto, del materialismo de Demócrito, de Epicuro, de Newton, de Dalton y de tantos otros. Al mismo tiempo pareció que las tesis anti-atomistas de Leibniz eran falsas, de donde alguien podría estar tentado de acusar a Leibniz de no ser un científico o algo peor: de apelar a la Inquisición, a la censura o a la hoguera.

Ahora bien, la ley de Avogadro y todos y cada uno de los principios científicos que se sustentan sobre el atomismo, como la mecánica estadística de Boltzmann, tienen las limitaciones propias de su origen, del atomismo. El problema es que la formación actual de un científico es tan sumamente deficiente que no las conoce porque no sabe lo que es el atomismo. Lo da por sentado y por sabido, de tal manera que cuando alguien lo pone en duda, aunque sea el mismísimo Leibniz, empieza a largar la retahíla de insultos propios de la ignorancia contemporánea: magufería, conspiracionismo, superchería, seudociencia…

Lo que digo respecto de la ley de Avogadro lo repito respecto de cualquier otro concepto científico que por manoseado, repetido y utilizado hasta la saciedad se ha convertido en tan familiar que nadie lo pone en duda, y ese es justamente el momento en el que empieza la mistificación que convierte en absoluto (en una verdad absoluta) algo que sólo es relativo (una verdad relativa). En esa frontera imperceptible es donde se acaba la ciencia y empieza la ideología. Es el punto en el que se borran los límites que toda tesis científica tiene de manera inherente.

A partir de ese punto la ideología convierte un postulado científico en un mito, en eso que Marx y Engels calificaban como “ideología dominante”, que parece adquirir vida propia, por sí misma: no es algo que deba ser demostrado cuantas veces sea necesario, cuantas veces alguien lo ponga en duda. Entonces aparece esa referencia imprecisa que confunde a la ciencia de verdad, objetiva, con su aspecto subjetivo, la “comunidad científica”, lo que todos o casi todos los científicos aceptan, o admiten, o lo que se publica, o lo que se publica en Estados Unidos, es decir, una concepción del saber que, además de subjetivista, es convencionalista: hoy la ciencia es lo que los científicos dicen que es (y mañana dios dirá).

Dejaré aparcado ese feo asunto para referirme a otro aspecto que toda ideología dominante pone siempre de manifiesto por el hecho de serlo, es decir, por el hecho de dominar: los debates no son simétricos, las dos partes no están en el mismo plano porque una de ellas se atribuye a sí misma la representación de la ciencia y los demás no sólo dicen bobadas sino algo peor: no demuestran lo que dicen. Por su parte, ellos lo tienen todo ya demostrado. Como en cualquier mercado capitalista actual, también en la ciencia quienes sostienen la posición dominante actúan como los monopolios: abusan de su posición dominante, lo cual les conduce -en definitiva- a negar la existencia del contrario. No sólo no quieren abrir un debate sino que tratan de impedirlo con todas sus fuerzas. Por si no se dan cuenta de ello, les diré que esa actitud siempre se ha llamado censura, que ha sido, es y será siempre enemiga jurada de la ciencia.

Llegados hasta aquí hay que volver a abandonar este asunto a medias, porque no es posible abordar ahora una teoría de la demostración científica, o de lo que los marxistas califican como “práctica”. Me lo reservaré para un momento posterior.

Lo que quiero poner de manifiesto es que la ciencia avanza en lucha contra la ideología dominante, es decir, que a medida que el conocimiento progresa, el universo de certezas, de teorías absolutas, exactas y perfectas se desmorona y aparecen al desnudo como lo que son: ideología. Entonces lo que es mayoritario (“la comunidad científica”) se convierte en minoritario, y al revés.

El enconamiento que suele acompañar a estas disputas me obliga también a una precisión, que en cualquier otra circunstancia resultaría superflua. En los debates asimétricos, frente a la posición mayoritaria, los demás no suelen formar un bloque sino grupos diversos y dispersos. Por lo tanto, no basta criticar a uno o algunos de ellos para meterlos todos en el mismo saco y así ridiculizarlos más fácilmente. Las triquiñuelas miserables nunca han formado parte del método científico.

Eso tiene también otra consecuencia, que es la fundamental: cuando la ideología dominante se tambalea no es porque las concepciones de todos los demás sean válidas, ni científicas. Lo que se opone a una tesis admitida como científica sólo puede ser una antítesis igualmente científica, y de esa pugna sólo se deduce una única síntesis, que nunca es cualquier mezcolanza de concepciones heterogéneas, sino una unidad articulada de conceptos, definiciones, hipótesis, inferencias y prácticas. Que una corriente minoritaria no tenga las mismas posibilidades que la mayoritaria nunca es excusa para que no se formule con todo el rigor científico que sea posible.

Quizá esa idea se pueda expresar mejor diciendo que la ciencia es un ejercicio de autocrítica. Quien puede criticar una tesis científica no es cualquier otra tesis sino una tesis de la misma naturaleza, esto es, científica. Se me ocurren también otras formulaciones posibles que pueden ayudar a aclarar esta cuestión: cuando alguien critica rigurosamente determinados aspectos de la ciencia, lo que hace no es oponerse a la ciencia; lo que hace también es ciencia y debe tomarse como tal.

Para terminar -por el momento- daré un giro de 180 grados a lo que acabo de decir hasta ahora: los debates y las discusiones a los que son tan aficionados los diletantes y los charlatanes se cierran igual que se abren. Junto a la polémica existe otra cosa que se llama práctica. Los debates se organizan. Cuanto más mejor. Pueden durar una hora, un día, una semana o un mes, pero no se puede estar debatiendo permanentemente. Hay que ir al laboratorio o salir a la calle.

Es comprensible que haya quienes necesiten tenerlo todo claro (“formarse”) antes de hacer nada. Pero es mejor que se queden en casa hasta que se aclaren (que será nunca). A la práctica casi todos vamos con dudas en la cabeza porque es ahí precisamente donde se despejan. Nunca antes, en ningún debate, en ninguna biblioteca.

El mito de la masacre de la Plaza de Tienanmen

Mientras la revista trotskista española “Sin Permiso” sigue ejerciendo de fiel portavoz del imperialismo al denunciar la “tragedia” de Tienanmen (1), ocurrida en Pekín en 1989, el antiguo diplomático australiano Gregory Clark afirma en un reciente artículo que dicha tragedia es un mito y una operación de intoxicación informativa por parte del imperialismo británico (2).

Clark, que actualmente reside en Japón, donde dirige una universidad, la califica como una de las operaciones más espectaculares de desinformación por parte del Reino Unido, casi a la altura del mito de las armas de destrucción masiva con las que justificaron la agresión a Irak. Los hechos, escribe Clark, ni siquiera ocurrieron en la misma Plaza de Tienanmen sino en las calles adyacentes.

El artículo lo escribe Clark con motivo del 26 aniversario de aquella matanza y sostiene que las tropas chinas no ametrallaron a los estudiantes chinos indefensos en la noche del 3 al 4 de junio de 1989, aportando como prueba varios testimonios de testigos presenciales de los hechos, entre ellos un equipo de TVE, un corresponsal de la agencia Reuters y los propios manifestantes, quienes siempre reconocieron que en la Plaza sólo entró una unidad del ejército chino para pedir a los pocos centenares de estudiantes que permanecían en ella que abandonaran el lugar.

La falsificación de la historia comenzó con un artículo publicado seis días después de los hechos en el diario de Hong Kong South China Morning Post, cuando Hong Kong aún era colonia británica, por un supuesto estudiante del que nunca más se supo. Este tipo de historias anónimas y rumores son una de las técnicas tradicionales de los imperialistas británicos encargados de las operaciones de desinformación.

A pesar de ello, el 12 de junio el New York Times retomó el bulo, al que añadió fotos que mostraban 400 autobuses de transporte de tropas incendiados, seguidas por la más conocida, que mostraba a un estudiante plantado delante de un carro de combate en actitud de pretender detener su avance hacia el centro de la Plaza para proteger a los manifestantes.

A raíz de la “noticia” del New York Times, el mito adquirió vida propia y empezó a circular por todas las televisiones, constituyendo una de las noticias más relevantes de Asia en el pasado siglo, e incluso todo un icono del hombre que protesta contra un gobierno despótico, como el de Pekín, o la lucha en condiciones muy desiguales, la humanidad contra la maquinaria de guerra… algo más bien propio de filósofos de cátedra que de las crónicas políticas de finales del siglo pasado.

La intoxicación imperialista transmitió que los estudiantes quemaron los autobuses de tropas encolerizados después de que comenzaran a disparar. En realidad, fueron quemados antes, como se comprobó al observar los cadáveres calcinados y colgados de cuerdas sobre los pasos de cebra de la calzada. Un fotógrafo de Reuters logró tomar las imágenes, que jamás han sido publicadas. Otras fotos muestran a los soldados chinos gravemente afectados por las quemaduras que buscan refugio en las casas vecinas. Algunos de ellos abrieron fuego contra la multitud que se congregaba por los alrededores, causando un número indeterminado de muertos.

La embajada de Estados Unidos en Pekín publicó en internet los informes puntuales de los acontecimientos según se iban produciendo. Inicialmente el gobierno chino quiso enviar tropas desarmadas para evacuar la Plaza de los estudiantes congregados en ella, que eran cada vez menos numerosos. Bloqueados por la multitud, las tropas armadas llegaron en autobús y fueron recibidos por los estudiantes con bombas incendiarias, con un resultado aterrador. Algunas unidades militares trataron de calmar a los soldados, presas del pánico. Uno de los informes de la embajada relata el asesinato por los estudiantes de un soldado del ejército chino que trataba de entrar en la Plaza para explicar la carnicería que estaba ocurriendo en los alrededores.

En lo que concierne al estudiante que se plantó delante de los carros de combate, el propio fotógrafo dijo que tomó la imagen desde la ventana de la habitación del hotel en el que se hospedaba al día siguiente de los hechos y que los tanques no trataban de entrar en la Plaza sino de abandonar la zona.

El conocido escritor taiwanés Hu Dedjian estaba en la Plaza en aquel momento en huelga de hambre y explicó así lo sucedido: “Algunos dicen que 200 personas murieron en la Plaza y otras gritan que fueron 2.000. También hay historias de carros de asalto aplastando a los estudiantes que trataban de salir. Debo decir que yo no vi nada de eso. Esa noche yo estuve en Tienanmen hasta las 6 y media de la mañana. No he dejado de preguntarme: ¿vamos a utilizar la mentira para atacar a un enemigo que miente?”

Un detallado informe de la Columbia Journalist Review, titulado “El mito de la masacre de Tienanmen y el precio a pagar por una prensa pasiva” se lamentaba de la preferencia de los medios de comunicación por las historias sangrientas. Sin embargo, nada de eso parece haber desacreditado la leyenda oficiosa de la masacre de Tienanmen.

Una parte de la responsabilidad incumbe al propio gobierno de Pekín, lo cual siempre fue asumido de manera expresa. Entonces se hallaba más que nunca bajo la férula de Den Xiaoping que dos años antes había expulsado del gobierno a Hu Yaobang, antiguo Secretario General del Partido Comunista de China, porque se había escorado excesivamente hacia Estados Unidos. En 1989 la división interna aún no se había superado y los partidarios de Den Xiaoping seguían temiendo que Estados Unidos manejara ciertas riendas dentro del país, lo cual no era descabellado del todo.

En el desencadenamiento de las protestas Tienanmen concurrió mucha frustración por la deriva capitalista de China, alimentada sin duda por manejos del imperialismo que luego se hicieron típicos en otros países, desde las revoluciones de colorines hasta las primaveras árabes.

No cabe duda que la protesta era absolutamente legítima, ni tampoco que se agrupó de manera pacífica y que inicialmente contra ella no intervinieron ni la policía ni las tropas del ejército. El secretario general del Partido Comunista de China, Zhao Ziyang en persona, trató de negociar con ellos personalmente. Pero a medida que durante seis semanas la concentración se prolongó, fue perdiendo fuelle porque la pasividad del gobierno chino sorprendió a los imperialistas que movían los hilos desde la trastienda. Necesitaban carnaza y empujaron a los peones que aún les quedaban en las calles a la provocación.

No se sabe la manera en que los estudiantes se apoderaron de las bombas incendiarias, ni tampoco quién las fabricó. Pero es un arma completamente desconocida en las protestas chinas.

(1) http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=8055
(2) Tiananmen Square Massacre is a Myth, All We’re ‘Remembering’ are British Lies, http://www.ibtimes.co.uk/tiananmen-square-massacre-myth-all-were-remembering-are-british-lies-1451053

McDonalds vuelve a tratar implantarse en Bolivia

A pesar de una publicidad obsesiva, la cadena de restaurantes de comida basura sólo pudo permanecer 14 años en Bolivia, funcionando con pérdidas todos los años. Inútilmente la multinacional rebajó los precios para hundir a los restaurantes locales, pero no logró convencer a los bolivianos para que consumieran sus BigMacs, McNuggets o McRibs y demás porquerías. Los restaurantes tuvieron que cerrar uno tras otro, hasta desaparecer completamente en 2002.

Lamentablemente han vuelto a la carga en marzo de este año y esperamos que se vuelvan a arruinar de nuevo.

El fenómeno fue tan significativo que se rodó un documental titulado “¿Por qué McDonald quebró en Bolivia?”, presentando testimonios de cocineros, nutricionistas, educadores e historiadores expresando que para ellos la comida ofrecida por la multinacional y su proceso de elaboración eran repugnantes.

El rechazo no se basó en el sabor o el tipo de alimento, sino que más bien en el sistema mismo de comida basura. A diferencia de los españoles, los bolivianos valoran la calidad de los alimentos que ingieren. El tiempo de preparación de la comida basura sirve de advertencia para ellos. Prefieren la comida local y les gusta saber que se ha preparado adecuadamente.

La composición de los alimentos de las cadenas de comida basura siempre ha sido un secreto, hasta que el año pasado McDonalds los publicó y se supo que las tiras de bacon de las hamburguesas llevan “aromatizantes de humo”.

Las patatas fritas incluyen dextrosa, un tipo de azúcar, ácido sodio pirofosfato para mantener el color de las patatas, ácido cítrico como conservante y dimetilpolisiloxano, un derivado de la silicona que sirve de antiespumante.

El McRib se procesa con 70 ingredientes diferentes, que incluyen azodicarbonamida, la misma substancia para blanquear utilizada en la producción de espuma y plástico. McRib está constituido por mezclas de tripas, corazón y estómago. Las proteínas se extraen de la mezcla de esos componentes, con carne de cerdo, lo que facilita su moldeado en las fábricas. A pesar de que se vende como costilla, no hay nada de costillas en la repugnante mezcla.

Además llevan una combinación muy variada de aceites, como aceite de canola, elaborado a partir de semillas de colza modificadas genéticamente, de maíz, de cártamo o de soja hidrogenado con terc-butil-hidroquinona (TBHQ), una sustancia relacionada con enfermedades como el asma, trastornos cutáneos, hormonales, y, en estudios en animales a largo plazo, con ciertos tipos de cáncer y daños en el ADN, es decir, que los consumidores transmiten a las generaciones sucesivas.

La ideología del contagio

Una de las concepciones más extrañas de la medicina es la del contagio, una palabra que procede del latín “contactu” y asegura que las enfermedades se transmiten de unas personas a otras incluso por el simple acercamiento entre ellas. No obstante, la posibilidad de un contagio ha llegado a arraigar de tal forma que está plenamente asumida como normal. No plantea la menor duda. Debo ser de los pocos a los que aquí algo no les cuadra en absoluto.

La teoría del contagio tiene enormes consecuencias políticas, además de médicas, que el Estado (más que los médicos) se encarga de recordarnos a cada paso: cada uno puede hacer consigo lo que quiera, pero hay enfermedades en lo que eso no está permitido porque puedes contagiar tu enfermedad a los demás.

De ahí procede la palabra “viral” que ha pasado a la informática y al lenguaje corriente para referirse a algo que se multiplica o propaga indefinidamente, de boca en boca. Cuando esa expansión se produce, convierten a determinadas enfermedades en “amenazas” que pueden acabar con la humanidad entera o con una parte importante de ella.

Recordar ahora las olas de pánico que han desatado en torno a este tipo de concepciones, cuyo origen es siempre Estados Unidos, resultaría ilustrativo de eso a lo que algunos llaman “ciencia” y del intento de mantener a la humanidad atemorizada de forma permanente, como el lamentable espectáculo de esos asiáticos a los que vemos por las calles con una mascarilla en la boca para no contagiar o contagiarse.

Una vez asimilado que el contagio no sólo es posible sino corriente, es decir, que hay enfermedades que son “muy contagiosas”, se deslizan teorías aún más extrañas según las cuales el origen del contagio puede proceder de animales, como ese origen simiesco atribuido al Sida a causa de las relaciones sexuales de hombres (africanos) con monos o por comer carne de dicho animal.

La teoría del contagio surge en la medicina renacentista europea como consecuencia de la recepción del platonismo, es decir, del idealismo objetivo mezclado con supersticiones heredadas de la Edad Media, el orfismo y otro tipo de concepciones religiosas más o menos oscurantistas. Lo mismo que en la actualidad, tales concepciones no se presentaban como lo que eran realmente sino como auténtica “ciencia”, que se puso inmediatamente en marcha con la epidemia de sífilis que invadió Europa en el siglo XVI.

Hasta entonces el contagio parecía algo más bien propio de la mística: todo el universo está lleno de vida, incluso las cosas inertes, la vida pasa de unos cuerpos a otros, y entonces la vida se equiparaba al alma como hoy se equipara al ADN. Al morir un cuerpo el alma no muere sino que pasa a otro cuerpo… Lo mismo que decían de la vida o del alma se decía también de las enfermedades, que eran parte de la vida y se transmitían de unos cuerpos a otros, o bien de padres a hijos.

Con la sífilis y con las enfermedades venéreas, en general, el contacto se concretó en algo tan tangible como las prácticas sexuales. Si el sexo no era pecado, por lo menos era un peligro, decían los médicos. La historia de la sífilis a lo largo de 400 años, de lo que los médicos han escrito sobre ella y de los tratamientos que impusieron a los enfermos, demuestran que era peor el remedio de que la enfermedad. Es uno de los capítulos más ilustrativos que se pueden poner acerca del contagio, porque la experiencia es muy dilatada. La sífilis, las enfermedades venéreas y contagiosas y, en especial, la viruela en la América postcolombina, tenían relación directa con el colonialismo rampante de la época, con los cambios bruscos del medio ambiente, con los primeros viajes interoceánicos, el cambio en la alimentación o la imposición de trabajos forzosos a los indígenas.

En la medida en que un enfermo contagioso es un apestado en el sentido más literal de la palabra, el Estado se apoyó en los médicos para imponer medidas coercitivas contra ellos, por su propio bien y por el de todos los demás. En nombre de la “ciencia”, los galenos asumieron el papel de policías: impusieron cuarentenas, crearon leproserías y lazaretos en los puertos para encerrar a los apestados, los identificaron para que no se mezclaran con los demás, los confinaron en islas remotas… cualquier medida represiva se justificaba en nombre del “tratamiento”.

La consecuencia de ello y del pánico artificioso que crearon alrededor fue que un sinfín de enfermedades pasaron a convertirse en contagiosas y un sinfín de enfermos pasaron a convertirse en una especie de delincuentes. Incluso la literatura de todos los países del mundo está repleta de relatos escalofriantes de ese tipo de prácticas. El tiempo y la ciencia, la de verdad, han ido demostrando que la mayor parte de las enfermedades tradicionalmente consideradas como contagiosas, como la lepra, no lo son. Pero no sólo han demostrado la falsedad de todo ese tipo de concepciones médicas sino que han puesto al descubierto los verdaderos motivos que se encubren detrás de la paranoia del contagio, que desembocan directamente en el fascismo, como modelo de lo que debe ser la “higiene social”, la limpieza étnica, la pureza racial y la eliminación pura y simple de los tullidos, deficientes y degenerados.

Pongamos un caso reciente, el de la pelagra, que hace 100 años se consideró como una enfermedad contagiosa e incluso alguno como el “científico” estadounidense Charles Davenport, hoy olvidado, la consideró, además, hereditaria. La pelagra es una enfermedad de los pobres, consecuencia de una alimentación deficiente.

Cuando a comienzos del pasado siglo en Estados Unidos se desató una “epidemia” de pelagra, el gobierno ordenó la típica investigación para encubrir sus causas verdaderas, el hambre y la miseria que padecía el país, y sustituirlas por otras ficticias avaladas por los típicos “expertos” bien subvencionados.

La investigación se llevó a cabo con presos utilizados como cobayas humanas. El origen verdadero de la enfermedad, que ya se sabía de antemano, se confirmó una vez más, pero se mantuvo en secreto durante 20 años mientras se engañaba a las masas con la correspondiente campaña desinformativa de bulos y fábulas en la que participaron toda esa cohorte de “médicos prestigiosos”, profesores universitarios y facultativos. Los clásicos argumentos infecciosos estuvieron acompañados de una manera burda con los raciales, porque los más pobres y los más enfermos de pelagra eran los negros y, por consiguiente, no había que mezclarse con ellos: no tratar con ellos, no hablarles y, sobre todo, no mantener relaciones sexuales con negros.

De la sífilis al virus del Ébola, a lo largo de siglos y hasta el día de hoy, en todo el mundo la ideología del contagio encubre al colonialismo y al imperialismo, encubre la pobreza de millones de seres humanos, encubre el hambre, encubre la explotación brutal de las masas, encubre el racismo, encubre la condiciones miserables de vida, encubre la suciedad de los barrios más humildes, encubre el hacinamiento, encubre la contaminación… La única vacuna que cura esas lacras es el socialismo. No conozco otra.

Investigación interna de la ONU sobre las violaciones cometidas por sus cascos azules

Ayer la agencia Reuters divulgó (*) un informe interno de los servicios de control de la ONU fechado el 15 de mayo que relata cientos de violaciones y casos de explotación sexual cometidos por los cascos azules y, por consiguiente, por la propia ONU.

En los países ocupados por tropas del organismo internacional los soldados intercambiaron dinero, joyas, perfumes, teléfonos móviles y otras mercancías a cambio de prestaciones sexuales a pesar de la prohibición formal.

Interrogadas por los investigadores de la ONU, las mujeres declararon haber actuado motivadas por el hambre, la pobreza y el deseo de mejorar sus condiciones de vida.

“Pruebas procedentes de dos misiones de mantenimiento de la paz demuestran que las transacciones sexuales son comunes y están subestimadas”, indica el documento de la ONU.

Es seguro que sólo conocemos la punta del iceberg. En total el documento contabiliza 480 denuncias por violación y explotación sexual contra soldados de la ONU entre 2008 y 2013, de los que un tercio de las víctimas fueron niños. El año pasado se registraron 80 casos de violación.

La mayor parte de los casos registrados se produjeron en el Congo, Liberia, Haití y Sudán del sur.

Los servicios de control de la ONU no sólo reconocen la absoluta impunidad por los delitos cometidos sino que califican, además, la asistencia a las víctimas como “deficiente”.

En Centroáfrica las acusaciones de violación contra los soldados del ejército francés procedentes de niños que fueron explotados a cambio de alimentos han hecho que los fariseos se rasguen las vestiduras. A comienzos de este mes la ONU anunció la apertura de una investigación externa independiente. Al menos 14 soldados franceses están acusados de violar niños entre diciembre de 2013 y 2014.


(*) http://uk.reuters.com/article/2015/06/10/uk-un-peacekeepers-abuse-idUKKBN0OQ2CV20150610

‘En materia de salud pública la verdad no es siempre lo más importante’

A diferencia de las facultades universitarias actuales, imbuidas de ideología anglosajona, el materialismo dialéctico ofrece una ventaja insuperable porque explica los conceptos científicos tal y como son: de una manera histórica. El materialismo dialéctico ha quedado casi como la única corriente que defiende que la historia de la ciencia forma parte de la ciencia misma. Por el contrario, el positivismo está erradicando de las facultades universitarias las disciplinas históricas: historia de la física, historia de la biología, historia de la farmacia, etc. De esta manera la ciencia es como una moda: hay que estar a la última, a lo más reciente, porque lo nuevo incorpora en su seno a lo viejo.

El origen de esta tara es que se ha tomado a la física como la ciencia por antonomasia y la física es una disciplina que ignora una de las categorías fundamentales de cualquier ciencia: el tiempo. Basta leer a Newton para darse cuenta de que apenas menciona al tiempo, a pesar de que el tiempo es una de las magnitudes básicas de la mecánica. Pero hay algo aún peor: en las pocas ocasiones en que Newton se refiere al tiempo, lo hace de una manera errónea, que posteriormente se traslada a la teoría de la relatividad, donde las explicaciones acerca del tiempo están repletas de absurdos: continuo espacio-temporal, la cuarta dimensión, viajes en el tiempo, etc.

A diferencia de la mecánica, el tiempo desempeña un papel primordial en cualquier otro ámbito. Por ejemplo, para las personas el tiempo es su biografía, para las sociedades el tiempo es su historia, para la biología es la teoría de la evolución, e incluso en la geología el tiempo ha llegado a ser una parte integrante de su disciplina. En fin, el tiempo ha inundado las ciencias en una batalla permanente contra la mecánica porque el tiempo es todo lo contrario: dialéctica, movimiento y cambio.

Pero la ciencia no sólo explica los cambios, la evolución y la historia sino que en sí misma es cambiante y, por lo tanto, se debería explicar de esa misma manera: como un desarrollo cambiante de los conceptos, de las teorías y de las corrientes mutuamente enfrentadas que la transforman.

Es posible que haya muchos que crean -erróneamente- que los médicos son los únicos profesionales que estudian las enfermedades. Pero -como todo- las enfermedades son esencialmente historia y los historiadores lo saben bien porque enfermedades conocidas como la “peste negra”, por ejemplo, han desempeñado un papel de cierta relevancia en la historia de las sociedades. Sin embargo, para analizar las enfermedades los historiadores no han mirado por el microscopio en busca de virus o bacterias, sino que han tenido en cuenta factores de otro tipo, como el hambre, el urbanismo, la alimentación, el comercio, la carestía, la meteorología, la agricultura, la ganadería, etc.

Si algún médico tuviera la paciencia de leer un “anticuado” tratado sobre la epidemia de cólera de 1883 en España (1) se llevaría muchas sorpresas. Hoy a un médico le resultaría difícil explicar por qué dicha epidemia afectaba a los barrios pobres y no a los barrios ricos. ¿No es el cuerpo humano igual para todos? Si ya es difícil acudir a una facultad de ciencias económicas y escuchar algo relativo a las clases sociales, en medicina eso es tarea imposible. Como máximo uno puede encontrar algún departamento, convenientemente aislado, en el que estudian “medicina del trabajo” y enfermedades típicas de los mineros, como la silicosis, que no se pueden ocultar. También es posible que encuentre manuales descatalogados, como el de Renzo Ricchi (2), cuidadosamente escondidos.

Pongamos otro ejemplo “histórico”: el carbunco, al que hoy llaman ántrax, una enfermedad que actualmente ha remitido, no por ningún antibiótico ni vacuna, sino por el desarrollo de las fuerzas productivas, la modificación de los sistemas de producción fabriles, la sustitución de la lana como materia prima textil por los productos sintéticos, la fabricación de colchones de muelle o el retroceso de la economía pastoril y ganadera. Es la típica enfermedad que apareció por las fuerzas productivas y desapareció por el mismo motivo.

Antes de que Koch y Pasteur impulsaran la medicina moderna, en Inglaterra la enfermedad de los trabajadores textiles por carbunco promovió en 1880 la promulgación de las normas Bradford para la manipulación de las balas de lana, que exigían tomar precauciones y modificar las condiciones de manipulación de la materia prima (3). En los centros de trabajo donde las normas Bradford se implantaron, los casos de carbunco entre los obreros desaparecieron. Si la desaparición no fue completa, se debió a que hubo capitalistas que no las aplicaron, normalmente porque encarecían o complicaban los procesos productivos en los talleres. En 1921 la Oficina Internacional del Trabajo celebró en Ginebra una reunión sobre el carbunco, de donde surgieron medidas que seguían teniendo relación con las condiciones de trabajo más que con remedios de tipo médico.

A los talibanes de la medicina moderna les gusta asegurar que las vacunas son inocuas y que han salvado muchos millones de vidas. A todos los fantoches les gusta presumir de lo que carecen. Hablan de sus éxitos y no de sus fracasos. La historia dice algo bien distinto. Por ejemplo, el carbunco del que acabo de hablar es también una enfermedad de las ovejas. A medida que se empezó a vacunar al ganado contra el carbunco, las quejas de los ganaderos se amontonaron sobre la mesa de Pasteur:

“Las ovejas morían de carbunco; pero no de la enfermedad natural adquirida en los campos contaminados, sino de carbunco producido por las mismas vacunas que debían salvarlas. De otros lugares llegaban también noticias alarmantes: las vacunas que habían costado tanto dinero, no surtían efecto; ganaderos que después de vacunar rebaños enteros se habían acostado dando gracias a Dios por la existencia de Pasteur, una mañana encontraban los campos cubiertos de ovejas muertas; ovejas que debiendo quedar inmunizadas, habían muerto víctima de las esporas de carbunco escondidas en los pastizales. Pasteur empezó a odiar las cartas; hubiera querido taparse los oídos para no percibir los comentarios irónicos que por por todas partes surgían y, por último, sucedió lo peor que podía suceder: aquel alemán molesto Koch, publicó un informe científico, frío y terriblemente exacto, en que dejó comprobado que la vacuna anticarbuncosa no tenía ningún valor práctico” (4).

Si cambiamos de tercio y en lugar de ovejas empezamos a hablar de personas, el relato puede llegar a ser espeluznante y resulta verdaderamente repugnante que nadie hable de ello en una facultad universitaria, e incluso que los ignorantes hagan alarde de su estulticia.

La vacuna contra el carbunco resultaba tan peligrosa que algunos paí­ses restringieron su utilización sólo para el ganado. Aunque posteriormente fue mejorada, es decir, lograron que fuera menos dañina, la vacuna siempre fue un fracaso, si bien “en este terreno la verdad no es siempre lo más importante”, dice cínicamente Kruif. Gracias a que, incluso en materia de salud pública, la verdad no es lo más importante, la vacunación contra el carbunco se impuso por decreto en varios países y Pasteur guardó silencio porque el volumen de negocio crecía de manera espectacular. Entonces dejó de ser una cuestión veterinaria para transformarse en economía y en política: capitalismo en estado puro.

Pero para enterarse de ello hay que hacer algo que en las facultades de veterinaria tampoco enseñan: leer viejos artículos de revistas descatalogadas. Es otra sorprendente faena porque es posible que más de uno vea clases y lucha de clases hasta en la veterinaria, en el ganado. Sencillamente alucinante.

(1) Philip Hauser: Estudios epidemiológicos relativos a la etiología y profilaxis del cólera, Madrid, 1887.
(2) La muerte obrera. Investigación sobre los homicidios blancos y los accidentes de trabajo, Madrid, 1981.
(3) P.W.J.Bartrip: The Home Office and the dangerous trades. Regulating occupational disease in victorian and edwardian britain, Nueva York; Chris Holmes: Spores, plagues and history. The story of anthrax, Durban, Texas, 2003.
(4) Paul de Kruif: Cazadores de microbios, México, 2010, pg.161.

El día que Israel atacó a Estados Unidos

Es un secreto a voces que la posición de Estados Unidos en Oriente Medio se tambalea. Sus más viejos y fieles lacayos le dan la espalda. De lo contrario no se explica que Al Jazira, una televisión qatarí, publique un documental titulado “El día que Israel atacó América” (porque ya saben que todo un continente, América, se reduce a Estados Unidos).

El documental está realizado por un director prestigioso como el británico Richard Belfield y cuando se emitió desencadenó la correspondiente polémica. Relata que en 1967, durante la Guerra de los Seis Días, el ejército israelí simuló un ataque egipcio contra un buque estadounidense matando a 34 marinos e hiriendo a otros 174.

Los libros de historia militar lo califican como el “incidente del USS Liberty” y, a lo máximo, algunos se habían atrevido a aventurar que hubo un acuerdo entre Estados Unidos e Israel para hundir el buque y echar las culpas a Egipto, un país que entonces reunía lo peor del Eje del Mal: aliado de la URSS, enemigo de Israel e integrante del bloque de los países no alineados.

Un superviviente del ataque, James Ennes, publicó también un libro en 1993 en el que desveló la existencia de un informe militar aprobado dos meses antes de la guerra por el Comité 303, encargado de las operaciones encubiertas que aludía a la presencia de un submarino en aguas egipcias alrededor del USS Liberty.

En 2001 Peter Hounam ya rodó otro documental sobre este asunto, “Dead in the Water”, difundido por la BBC, en el que defendía la existencia de un plan israelo-americano de 1966 llamado Cyanid para derrocar al presidente egipcio Nasser.

Que el asunto sigue candente lo demuestra que en 2005 France Inter también lo abordó durante una entrevista con un antiguo agente anónimo de los servicios secretos.

Una investigación independiente, ignorada por la prensa estadounidense, confirmó varios aspectos importantes que Israel siempre ha negado:

1. El ataque fue deliberado y tenía como objetivo la destrucción total del navío con sus 294 tripulantes a bordo
2. Las frecuencias de radio fueron interferidas justo antes del ataque israelí
3. Las lanchas de salvamento también fueron destruidas por el ataque
4. La Casa Blanca impidió el envío de embarcaciones que ayudaran al navío durante el ataque
5. Los supervivientes fueron amenazados por sus jefes militares con ser enviados a prisión si revelaban información a la prensa

En 2007 el periodista John Crewdson realizó una investigación exhaustiva sobre el ataque para el Chicago Tribune. Aportó como novedad que la Agencia de Seguridad Nacional que supervisaba el espectro radioeléctrico del USS Liberty había descartado grabaciones que fueron esenciales para el ataque.

Analizando los detalles del ataque al USS Liberty es imposible no encontrar semejanzas con otro tipo de provocaciones parecidas del imperialismo estadounidense (2), desde el hundimiento del Maine en 1898 hasta el 11-S.

Los asesinos profesionales del imperialismo quedan al descubierto

En 1994 la CIA asesinó en Mogadiscio, en el cuerno de África, a la periodista italiana Ilaria Alpi y a su operador de cámara Miran Hrovatin. El crimen se ha podido aclarar gracias a la larga investigación de otro periodista, Luigi Grimaldi, quien también involucra en el crimen a la Red Gladio, es decir, a la OTAN y a los servicios secretos italianos.

La investigación ha servido de base para rodar “Ilaria Alpi, L’Ultimo Viaggio” que se puede ver en el sitio de Rai Tre (1) como si se tratara de “ficción”.

La CIA envió un mensaje claro del destino que le espera a los periodistas valientes que, como Ilaria Alpi, buscan mas allá de las versiones oficiales: la muerte. La periodista italiana descubrió la red de tráfico de armas que gestionaba la CIA a través de la flota de la empresa Schifco, entregada por cooperantes italianos a Somalia y que tenía por objeto ayudar a los pescadores autóctonos.

El descubrimiento tiene relación con otra información reciente del New York Times según la cual el mando de operaciones especiales del ejército de Estados Unidos tiene un equipo de asesinos profesionales llamado “Team 6” al que califica como “máquina mundial de caza al hombre” (2), una de cuyas bases radica en Somalia precisamente.

El 24 de marzo de 2013 el New York Times también confirmaba (3) la existencia de una red internacional de la CIA que suministra armamento a los fundamentalistas en Siria en aviones qataríes, jordanos y saudíes. Las armas procedían de Croacia, que devolvía de esta manera el favor obtenido años antes del imperialismo que despedazó a Yugoeslavia tras varios años de cruel guerra.

A comienzos de los años noventa los barcos de Schifco, además de suministrar armas a Croacia, se utilizaron, junto con buques letones, para transportar armas estadounidenses y desechos tóxicos, comprendidos los de tipo radioactivo, a Somalia.

(1) http://www.rai.tv/dl/RaiTV/programmi/media/ContentItem-77f45782-2361-40cd-a00a-1ede256a8794.html
(2) http://www.nytimes.com/2015/06/07/world/asia/the-secret-history-of-seal-team-6.html?_r=1
(3) http://www.nytimes.com/2013/03/25/world/middleeast/arms-airlift-to-syrian-rebels-expands-with-cia-aid.html?_r=0

A ignorancia dos virus

Un artículo de la doctora Iria Veiga sobre el reciente caso de difteria que mantiene gravemente enfermo a un niño en Olot, Girona (*), tiene la pretensión de ser “de izquierdas”, materialista y científico para defender las políticas convencionales de salud pública, favorables a la vacunación, frente a las corrientes que, además de minoritarias, son acientíficas. Los unos exponen “datos ciertos”, mientras que los otros engañan, mienten u ocultan.De la lectura de su artículo deduzco que la doctora y yo tenemos dos concepciones opuestas de lo que es el materialismo y la ciencia, e incluso que los datos que para ella son ciertos, no lo son para mí, no son tan ciertos o bien faltan datos. Por lo tanto, creo que existe un nivel de incertidumbre que, sobre todo si se trata de la salud de los niños, debería llevarnos a tener un poco más de precaución, que yo no veo en esos para los cuales la medicina y la ciencia son ese corpus cerrado de conocimientos que enseñan en las universidades y que han acabado en forma de leyes, decretos y órdenes ministeriales aprobados por razones que no siempre tienen que ver con la ciencia sino con otro tipo de consideraciones, como las económicas y las políticas.

Si nos preocupamos por la salud de las masas y exigimos del Estado una atención médica gratuita y generalizada, necesariamente hemos de poner sobre la mesa uno de esos “datos ciertos” del que nadie quiere hablar, a saber, que una de las causas de mortalidad más importantes en los tiempos recientes son los tratamientos médicos y las medicinas. Por lo tanto, personalmente exijo que los médicos tengan precaución con aquellos a quienes atienden y también advierto a las masas que tengan cuidado con los médicos, con las medicinas y con los sistemas de salud canonizados jurídicamente.

De aquí deduzco que el responsable de la salud es siempre uno mismo y que el médico es un auxiliar que nos debe ayudar a que cuidemos de ella con su experiencia y sus conocimientos especializados. Ese principio choca con una de las taras que la medicina moderna pone de manifiesto a cada paso: que no se trata de curar enfermedades sino enfermos, y nadie se conoce mejor a sí mismo que el propio interesado.

Que nuestro mejor médico somos nosotros mismos tiene, además, otro significado adicional cuando tratamos con enfermedades como la difteria: cada ser humano lleva consigo un sistema inmunitario que le protege de las enfermedades o las remedia una vez que se manifiestan. En determinadas circunstancias el cuerpo humano no necesita ir al garaje a que lo reparen porque es capaz de cuidar de sí mismo. En otras, ciertamente, no queda más remedio.

Además de científica y materialista, la medicina es, como cualquier otra disciplina, dialéctica ya que, especialmente en enfermedades como la difteria, es una contradicción entre dos elementos opuestos, como son el antígeno (virus, bacterias) y el anticuerpo (defensas naturales del organismo). Pues bien, desde hace un siglo la medicina viene poniendo el acento unilateralmente en uno de los aspectos del problema (virus, bacterias) descuidando el otro, a pesar de que habla continuamente de “inmunización”.

¿Qué ocurre para que el cuerpo humano deje de ser inmune y haya que inmunizarlo de manera artificial? Que las prácticas de la medicina moderna, como el consumo delirante de antibióticos, muestran una obsesión por virus y bacterias, contribuyendo al desequilibro y la destrucción del sistema inmune. Esas prácticas médicas son consistentes con el capitalismo en todos los sentidos posibles, especialmente en el de que encubren el verdadero origen de eso que llaman enfermedades “contagiosas”, que no está en la naturaleza (o no está sólo en ella) sino en la sociedad.

Es una tradición que el movimiento obrero ha perdido. Cuando hace 100 años se convocó en París un congreso médico internacional para tratar la tuberculosis, la CGT francesa (que entonces era anarco-sindicalista) convocó otro paralelo para denunciar al oficial y sostener que el remedio a la tuberculosis no era médico sino económico y político. Además de mirar al microscopio, en determinadas enfermedades la medicina tiene que mirar otros aspectos de la salud: ¿come adecuadamente el enfermo?, ¿qué bebe?, ¿está el agua contaminada?, ¿qué drogas consume?, ¿qué cantidad?, ¿donde vive?, ¿se trata de casas llenas de humedad?, ¿de ratas?, ¿de parásitos?, ¿qué aire respira?, ¿tiene hábitos higiénicos?, ¿vive junto a una fábrica contaminante?, ¿que trabajo desempeña?, ¿cuántas horas trabaja?, ¿en qué condiciones?

Hay muchas preguntas, además de si los padres deben vacunar (obligatoriamente) a sus hijos, o no. En la experiencia milenaria de la medicina hay muchos “datos ciertos” que las facultades universitarias no quieren poner sobre la mesa, quizá para que concentremos nuestra atención sobre otros. No entiendo que en el título de su artículo, tanto en gallego como en castellano, la doctora Iria Veiga hable de virus para tratar una enfermedad que -según aseguran los manuales- está causada por una bacteria. No entiendo que si es así, si la bacteria causa la enfermedad, haya personas que tienen la causa (la bacteria) pero no tienen el efecto (la enfermedad). No entiendo que si es una enfermedad que se contagia, sea un caso único, es decir, no se haya contagiado. No entiendo por qué hay que tratar a una persona sana, es decir, vacunarla, para evitar una hipótesis: que caiga enferma. No entiendo que si las vacunas inmunizan, haya que “reforzarlas” o “recordarlas” con más vacunas periódicamente. No entiendo que las vacunaciones se deban imponer, además, de manera obligatoria, para posibles enfermedades que, como la difteria, casi han desaparecido. No entiendo que la medicina moderna nos pretenda hacer creer que dicha desaparición es consecuencia de las vacunas y no de la lucha del movimiento obrero por mejorar sus condiciones de vida y de trabajo.

A mi lo que me preocupa es que la doctora afirme que “los virus y las bacterias son seres vivos con los que compartimos medio” porque eso no es ni materialista ni científico. Hoy la ciencia no es unánime al afirmar que los virus sean precisamente seres “vivos”. Mas bien el origen semántico de la palabra (del latín, veneno, tóxico) conduce a lo contrario: a suponer que los virus son sustancias inertes. Hoy la ciencia tampoco afirma que “compartimos medio” con los virus y bacterias. Lo que asegura es que somos virus y bacterias evolucionados, que tenemos en nuestro interior más virus y bacterias que células, o sea, que el medio somos nosotros. Asegura también que los mismos no son patógenos (normalmente) y que, por consiguiente, la paranoia de la medicina moderna contra los virus y bacterias procede de un grave error que lastra sus propios fundamentos.

La propia doctora incurre en dicho error cuando afirma que los virus y bacterias “no van a desaparecer únicamente por una mejor higiene y alimentación”. Pero con excepción de la medicina moderna, nadie en su sano juicio pretende tal desaparición, entre otras razones porque es imposible. No hay más que recordar el bofetón de realismo propinado por la “resistencia antibacteriana” a ese tipo de “científicos” que querían acabar con ellas. Es la vieja historia del cazador cazado: no es la “ciencia” la que ha acabado con las bacterias sino las bacterias las que han acabado con esa “ciencia”.

Así que, en efecto, como escribe Veiga: “no tiremos piedras contra nuestros propios tejados de clase”. Entre los motivos del descenso de la mortalidad de las clases populares en el siglo XX no está la vacunación, ni esos sedicentes “avances” de la medicina moderna, sino la lucha de clases, el tratamiento de las aguas, como bien reconoce la doctora, la reducción de la jornada de trabajo, los descansos semanales y las vacaciones, la mejora en la alimentación, la edificación de viviendas confortables, la instalación de duchas y baños, las reformas en los barrios obreros, la reducción del alcoholismo y un sinfín de mejoras que hace muchos años que -por desgracia- tenemos olvidadas.

Dado que todas esas mejoras en las condiciones de vida y trabajo de los obreros están en trance de liquidación, no cabe duda alguna: volverán de nuevo las enfermedades “contagiosas”, las plagas y las pestes, y con ellas volverán a imponer vacunaciones masivas para ocultar los verdaderos motivos de su reaparición, todo ello en medio de una histeria masiva promovida por los medios de comunicación, como hemos visto con el virus del Ébola.

Ya sólo queda explicar cómo es posible que un conjunto de hipótesis erróneas haya seducido a “la inmensa mayoría de la comunidad científica”. Quizá sea debido que, como dice también Veiga, “no existe debate científico en torno a la vacunación”, ni tampoco sobre la “teoría de la evolución”. Es que no hay debate científico sobre nada. Así les luce el pelo.

(*) O virus da ignorancia, http://www.sermosgaliza.gal/opinion/iria-veiga/virus-da-ignorancia/20150607012123038044.html

5 años de cárcel para dos capitalistas-estafadores

A dos capitalistas de Jaén la Fiscalía les pide cinco años de prisión por simular contratos laborales a personas con discapacidad para beneficiarse de las subvenciones que ofrecía la Junta de Andalucía para incentivar la integración laboral de los trabajadores con discapacidad.

Valiéndose de una empresa comercial de su propiedad, los dos capitalistas idearon un procedimiento para defraudar a la Hacienda Pública andaluza obteniendo las subvenciones que ésta ofrecía para incentivar la integración laboral de personas con discapacidad.

Con este procedimiento, los capitalistas obtuvieron subvenciones por la contratación de 95 trabajadores a lo largo de 2008, 2009 y 2010, contrataciones que resultaron ficticias ya que los supuestos trabajadores después de ser contratados por tiempo indefinido y haber sido dados de alta en tal concepto en la seguridad social, eran despedidos, algunos de ellos sin haber llegado a desempeñar actividad laboral alguna.

A lo largo de los tres años, los acusados defraudaron por este procedimiento 158.516,79 euros. La Fiscalía les acusa de un delito continuado de estafa por el que les reclama los cinco años de prisión.

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