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¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (y 3)

Nikita Jrushov, dirigente renegado del PCUS
En los tiempos de Kronstadt y Majno, los anarquistas ya pusieron en circulación el discurso ultrarrevolucionario, que también les conduce a los paraísos del idealismo histórico. Lo que ellos dicen es que en el repertorio de víctimas y perseguidos de la URSS, no sólo están los burgueses sino también ellos, los anarquistas, que son proletarios, por lo que la represión bolchevique no tuvo nada que ver con las clases sociales sino con la ideología. En la URSS encarcelaban a las personas por sus ideas políticas.

Es siempre el mismo argumento circular: sean capitalistas o socialistas, los Estados son todos iguales. Como los anarquistas son los revolucionarios de verdad, siempre van a ser las víctimas, perseguidos y encarcelados por sus ideas políticas.

Los anarquistas lo quieren todo y lo quieren ya, como los niños pequeños. En 1917 ellos hubieran empezado las cosas por el final, por la abolición del Estado mismo, que es el prototipo de la instantaneidad, de que las cosas se pueden cambiar de la noche a la mañana, el borrón y cuenta nueva de la historia.

Donde hay un Estado, cualquiera que sea, no hay nada bueno. No importa que se erradique el hambre o el paro, que se alfabetice, que se organice un servicio de salud… Lo único realmente importante es que hay un Estado, un poder y una coerción.

En los años treinta al acervo de renegados se le unen los trotskistas, que recurren a otras palabras para sostener los ataques de la burguesía mundial: la URSS fue pero ya no es, cambió en un momento determinado de su evolución.

Lo mismo que los anarquistas, también ellos relatan una serie de cambios históricos fulminantes que convierten en negro lo que hasta entonces era blanco. A partir de los años veinte la URSS es un Estado obrero degenerado, burocrático, capitalismo de Estado…

Nadie como los trotskistas aprovecha el mito de la pureza, que ellos convierten en el lema infantil “clase contra clase”. Todo lo que no sea poner a los obreros contra los  burgueses en campos nítidamente separados por una trinchera, es un error, el mayor de los cuales es el Pacto Molotov-Von Ribbentrop de 1939, una alianza antinatural donde las haya.

Jrushov es la estrella de los renegados. Su Informe de 1956 fue el sostén más importante que tuvo nunca la propaganda imperialista porque era la URSS contada desde dentro por sus propios protagonistas. Si comunistas como él decían tales cosas, tenían que ser ciertas; es más, posiblemente Jrushov se quedó corto.

Al repertorio imperialista de críticas Jrushov le añade un matiz, el personalismo, que es imprescindible para una propaganda de masas porque le da un aire concreto. Las personas son identificables, tienen rostro. Lo que se critica no son abstracciones como la URSS o el socialismo, sino algo tan concreto y eficaz como Stalin, el culto a la personalidad, la dictadura, el ejercicio del poder político como manifestación de la voluntad omnímoda de una única persona.

Hasta 1956 Stalin fue el dirigente político mejor valorado de la primera mitad del siglo. No sólo era un héroe para los soviéticos sino para el mundo. A partir de entonces se convirtió en lo contrario, un Calígula de la historia contemporánea, capaz de engendrar por sí mismo un subgénero propio, el más importante dentro de la literatura antisoviética: atacar a Stalin es atacar a la URSS y al socialismo.

El momento histórico permite, además, poner en marcha otra simetría eficaz: la equiparación entre Hitler y Stalin. Ambos quedan asimilados, son iguales: dictadores que persiguen intereses propios, descabellados.

Jrushov lleva la simetría hasta las últimas consecuencias, embarcando a la URSS en una especie de competición deportiva que sólo tiene sentido si los competidores son equiparables. “Vamos por detrás, pero pronto adelantaremos a los grandes países capitalistas”, fue la consigna de Jrushov.

La Guerra Fría quiso parecer una sucesión de carreras: carrera espacial, carrera armamentística… Se trataba de llegar al mismo sitio, pero un poco antes.

Las equiparaciones son piruetas inagotables del intelecto. Dan mucho juego a un escritor medianamente hábil y son extraordinariamente impactantes. Estados Unidos tiene bombas nucleares, pero la URSS también las tenía; no es posible diferenciar a unas de otras. Saltando por encima de cualquier aspecto concreto y de la historia, se pueden hacer comparaciones sincrónicas, del tipo Stalin y Hitler, pero también diacrónicas, como la de Stalin con Iván El Terrible.

Con los ataques a Stalin se abre camino otra forma de idealismo histórico típicamente utópico: el socialismo a la carta, que tiene múltiples variantes. Hay quienes defienden a la URSS, pero en ningún caso a Stalin; hay quienes defienden el socialismo, pero en ningún caso el soviético, y así sucesivamente es posible que una revolución se adapte a nuestros gustos, a nuestros sueños y a nuestros más nobles ideales de perfección y pureza.

En el capitalismo los seres humanos somos libres, podemos elegir. La alternativa al ideal que imaginamos es lo real que padecemos, o sea, el propio capitalismo. Lo que la URSS demuestra es que las cosas no se deben cambiar porque cuando lo intentamos, lo empeoramos. Hay un largo listado de clichés que llevan agua al molino de la burguesía: “es peor el remedio que la enfermedad”, “todas las teorías son buenas, pero las prácticas son muy malas”… El renegado oculta lo principal: ¿cómo es posible que una buena teoría ocasione tan malas prácticas? O la teoría no es tan buena, o la práctica no es tan mala.

En todas las apuestas la banca, o sea, el capitalismo, siempre gana porque es el “mal menor”, “lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Es la excusa perfecta de los renegados para ponerse del lado de la burguesía contra la revolución.

Las teorías y las utopías no ganan ni pierden. Ninguna de ellas le interesa lo más mínimo a la burguesía. Lo que le preocupa son las prácticas, las revoluciones. La URSS le preocupa porque teme que la experiencia se reproduzca y que el proletariado vuelva ser capaz de desafiarla de la única manera que eso se puede hacer: por la fuerza de los hechos.

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¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (2)

En la propaganda antisoviética los mejores aliados de la burguesía son siempre los renegados, la legión de los frustrados, los que una vez fueron pero ya no son. Aportan un punto de vista nuevo a las campañas típicas: “yo también simpaticé una vez, pero ahora estoy desengañado”.

Es una cuña hecha con la propia madera, un tipo de ataque superior al de la burguesía porque es interno al movimiento revolucionario, destapa sus interioridades y secretos. Expone un argumento irrefutable del tipo “yo estaba allí” o “yo soy víctima del socialismo” que no admite discusión. Las víctimas siempre tienen razón. En la literatura antisoviética hay numerosas vivencias, relatos subjetivos y directos que conmueven al oyente, que no puede dejar de identificarse con ellos.

Da la impresión de que el renegado abre los ojos al oyente, pero no es así. Lo que hace es cerrárselos porque logra que asuma su mismo punto de vista: hay que ahorrarse un viaje personal que conduce a la frustración indefectiblemente.

Es, pues, un ataque preventivo cuya meta es llegar al propio revolucionario para defraudarle desde el primer momento. La URSS no es el Nirvana, no creó una sociedad perfecta, seguía habiendo muchas lacras… Hablemos de ellas; hablemos sólo de ellas.

La burguesía siempre había atacado a la URSS desde su propio punto de vista, es decir, de la contrarrevolución. Con los renegados empiezan las críticas desde el punto de vista de la revolución. No tratan sobre lo que se ha hecho, sino sobre lo que falta por hacer. La botella está medio vacía.

Este tipo de ataques no se apoyan en la historia, ni en la experiencia, sino en ideales absolutos de pureza. Instrumentalizan el socialismo utópico para enfrentarlo al socialismo real, es decir, otra incursión del idealismo en la historia, el de quienes quieren: 1) cambiarlo todo, 2) hacerlo, además, instantáneamente y 3) hacerlo siempre bien, acertar con los cambios correctos.

El renegado aparenta asumir la defensa de la revolución verdadera, el punto de vista ultrarevolucionario. En la URSS lo criticable no es la revolución en sí sino que en algún momento de la historia se detuvo. Hubo poca revolución. Por eso hay cosas que se dejaron sin cambiar.

El idealismo histórico conduce al voluntarismo, un terreno que el renegado aprovecha para justificarse a sí mismo: “las cosas no han ido como a mí me hubiera gustado y el equivocado no soy yo sino la URSS porque a mí me gustan las cosas perfectas. Si yo hubiera tomado las decisiones, hubieran sido las adecuadas”.

Los ataques de los renegados llevan a la pasividad. Si algo va mal no hay que esforzarse por cambiarlo sino desistir. Las cosas que no se hicieron en 1917 jamás se harán; las que se hicieron mal no se mejorarán.

La fuerza de los ataques de los renegados es que tienen razón en un punto: hay cosas que en 1917 no cambiaron. De ahí deducen que todos los Estados son iguales: hacen lo mismo precisamente porque son Estados. Es una tautología que inicia la fase de las equiparaciones de lo que es cualitativamente distinto: la URSS no sólo fue un Estado, no sólo tenía ejército, policía, juicios o cárceles, sino que además era homologable a cualquier otro Estado capitalista. La URSS era un país poderoso, una potencia, pero también el III Reich lo fue, Stalin era como Hitler, Estados Unidos es un país imperialista y la URSS exactamente igual…

Los renegados se llaman así no sólo porque se han pasado al bando de la burguesía, sino porque la burguesía también se ha pasado al bando de los renegados. Se ha producido una simbiosis; ambos forman una piña. Para atacar a la URSS a la burguesía no le importó nunca ser anarquista, ni trotskista.

Sin embargo, el renegado se presenta a sí mismo como una tercera opción, que es diferente tanto de la burguesía como del proletariado. Dicen que no “atacan” a la URSS sino que la “critican”.

Pero eso no es verdad porque ellos no son nada por sí mismos, sino uno de los brazos de la propia burguesía, que es de donde deriva su influencia ideológica. Una crítica se sirve de medios propios y tiene por objeto impulsar la revolución. Ninguna de esas dos circunstancias reunían los ataques renegados.

Desde Trotski ha habido numerosos ejemplos de renegados, pero el perfecto llegó con Jruschov, que en 1956 dio un salto cualitativo a la propaganda antisoviética.

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¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (1)

Como todas las revoluciones que ha habido en la historia moderna, la de 1917 desató una oleada de simpatía en todo el mundo de tal calibre que en varios países del mundo se transformó rápidamente en revoluciones, insurrecciones y levantamientos.

Con el tiempo esa oleada no se detuvo sino que, por el contrario, llegó a su culmen en 1945 por la victoria soviética contra el III Reich, que liberó al mundo entero de la peste nazi.

Hasta entonces la burguesía no vio la necesidad de poner en marcha un dispositivo especial de propaganda en el mundo entero capaz de contrarrestar esa corriente de simpatía hacia la Revolución de 1917, la URSS y el comunismo, que iban mucho más allá de la clase obrera y llegaron a representar una esperanza para toda la humanidad en su conjunto.

Al principio, en 1940, en Europa sólo se hablaba de que la Wehrmacht era un ejército invencible. Al final, en 1945, todo se veía de una manera muy distinta. No ocurrió lo que la burguesía mundial esperaba: la URSS no fue rápidamente vencida por el fascismo.

La burguesía es una clase social que ni entiende ni acepta ninguna clase de argumentos. Sólo tiene en cuenta el peso de la fuerza militar y la Segunda Guerra Mundial le demostró algo fundamental que hasta entonces no sabía: que el socialismo no sólo era viable sino, además, muy superior al capitalismo.

La victoria de 1945 fue posible porque la revolución de 1917 sacó a un país entero del atraso y la miseria, poniéndole a la altura de cualquier potencia mundial de primera línea en un tiempo histórico que ninguna otra sociedad ha conocido jamás.

En 1945 la URSS ya no contaba entre los parias del mundo, uno de esos países que los imperialistas estaban acostumbrados a tratar. Por el contrario, estaba por encima de una gran potencia imperialista, como Alemania, y tuvo que ser tratada en consecuencia en lo sucesivo.

Por lo tanto, las campañas de propaganda que los imperialistas desataron contra la URSS a partir de entonces no procedían del fracaso sino del rotundo éxito en la construcción del socialismo.

El aspecto más importante de todas las campañas de propaganda de la burguesía consistía en no reconocer esa evidencia: que la URSS no sólo había demostrado la viabilidad del socialismo sino también que sólo el socialismo era capaz de acabar con el atraso.

En ese argumento había una única excepción: la burguesía podía admitir el éxito soviético sólo para denunciar que había pasado de una etapa de guerras defensivas (guerra civil, Segunda Guerra Mundial) a otra de guerras ofensivas, es decir, que el éxito de la URSS la había conducido, al mismo destino que a cualquier otra potencia mundial, al expansionismo.

Si la URSS no hubiera salido del atraso, hubiera fracasado. Pero al salir del atraso, murió de éxito porque nadie se compadece nunca de los países poderosos, geográfica y económicamente. La burguesía nos ha inculcado que quienes tienen mucho poder nunca lo utilizan bien. Siempre abusan.

Si mutuamente las grandes potencias se tratan como iguales es porque son iguales. Es la conclusión que se desprende de la foto tomada durante la Conferencia de Yalta, donde las grandes potencias se repartieron el mundo, según dicen. A todas ellas se las debe meter en el mismo saco, todas son imperialistas y quieren lo mismo: expansionarse, dominar, controlar…

Dos factores diferenciaban el expansionismo soviético de los demás: 1) utilizaba un caballo de Troya, los partidos comunistas locales, que no estaban al servicio de su clase sino de intereses extranjeros, los de la URSS, y 2) porque justificaba sus propios intereses nacionales bajo una cobertura internacionalista (falsa).

Un Estado es sólo un Estado. Entre ellos no hay diferencias de clase. En la diplomacia, que es un asunto “de Estado”, tampoco. La URSS funcionaba como cualquier otro Estado (burgués) y, por lo tanto, ponía sus propios intereses nacionales por encima de cualesquiera otros.

A pesar de todas las mixtificaciones, el lenguaje propagandístico debe ser sutil: Estados Unidos tenía aliados, como Gran Bretaña por ejemplo, mientras que la URSS tenía satélites, como Bulgaria por ejemplo.

En el mundo entero la coordinación de las campañas de propaganda sólo las podía llevar a cabo Estados Unidos, que desde 1945 era la potencia hegemónica. Para ello crearon la CIA que funcionaba también como una agencia de publicidad y relaciones públicas, una disciplina académica que acababa de nacer en Estados Unidos.

Pero en 1945 la propagada experimentó un salto cualitativo: el mundo jamás ha conocido una campaña de las proporciones iniciadas por la CIA contra la URSS, ni en cantidad, ni en calidad, ni en intensidad, ni en alcance.

La literatura antisoviética es un género en sí mismo creado por mercenarios del intelecto que está presente por todas partes: en las hemerotecas, las bibliotecas, el cine, los documentales…

La URSS ha pasado a la historia pero los ataques a la URSS
siguen presentes, de plena actualidad, porque la burguesía confía más que el proletariado en que algo como lo que ocurrió en 1917 se pueda
reproducir en cualquier lugar del mundo.

A fecha de hoy la historia de la URSS es imposible. Lo que hay escrito es una montaña de propaganda y algunos intentos aislados por contrarrestarla.

La historiadores podrán empezar a pensar en la historia de la URSS cuando sean conscientes de que lo que se ha escrito hasta este momento sólo es una parte de una gran campaña de publicidad.

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Estados Unidos no quiere compromisos ni con sus mejores amigos

En una sola película “Tras las líneas enemigas” (Behind Enemy Lines), la maquinaria de propaganda imperialista más eficaz, Hollywood, mató varios pájaros de un tiro.

Trataba de la Guerra de los Balcanes, mostrando los crímenes de guerra de los serbios (los malos), con sus matanzas indiscriminadas y sus fosas comunes, mientras que los buenos entonces aún no se calificaban como yihadistas, sino de una manera apologética. La Wikipedia les llama “guerrilla musulmana”.

La Guerra de los Balcanes fue una agresión imperialista de la OTAN, que es lo que permite expresar el aspecto más relevante de la película: el enfrentamiento entre los militares estadounidenses (el almirante Gene Hackman) y los demás comparsas de la OTAN (el almirante Joaquim de Almeida), así como la insoportable situación de que en un operativo militar unos (los estadounidenses) tengan que subordinarse a los demás (los portugueses nada menos).

La película se estrenó en 2001, con la llegada de Bush a la Casa Blanca y muy poco antes de la fatídica voladura de las Torres Gemelas, cuando a la historia se le dio una vuelta de tuerca: convirtieron a los yihadistas en los malos de la película y empezó la “guerra contra el terrorismo”.

El nuevo jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, llevó al Pentágono la amarga experiencia de la Guerra de los Balcanes. Aquello nunca se debería volver a repetir. El tiburón Rumsfeld inició una “revolución” (RMA o “Revolution in Military Affairs”) que no es consecuencia sino causa del atentado contra las Torres Gemelas.

La RMA o Doctrina Rumsfeld se puede resumir en que en el futuro Estados Unidos quiere tener las manos completamente libres. Por ello renuncia a cualquier clase de compromisos, empezando por Rusia, como es lógico, acabando con todos y cada uno de los tratados de reducción de armas que había venido firmando desde los tiempos más remotos de la URSS y no van a firmar ningún otro que les ate las manos.

Por supuesto que tampoco admite ninguna clase de subordinación hacia la ONU, ni instituciones internacionales de ninguna clase.

El Pentágono ni siquiera quiere supeditarse a la OTAN, ni a sus aliados más incondicionales porque está dispuesto a a asumir la iniciativa, sin esperar el beneplácito de terceros. En el Trío de las Azores no había más que un único actor, Bush, mientras que los otros dos (Blair y Aznar) eran meros comparsas.

El ejemplo fue el ataque contra Afganistán en 2001. El Pentágono aceptó la intervención de una fuerza de la ONU, pero sus tropas se quedaron fuera y, desde luego, jamás admitieron instrucciones procedentes de ella.

Hay otros aspectos militares interesantes en la RMA, pero posiblemente el que muestra la película es el más significativo: Estados Unidos no quiere compromisos, ni siquiera con sus mejores amigos (si es que los tiene).

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Memoria Histórica

La pequeña burguesía se pasa a la clandestinidad

Aprovechando la fiesta del colonialismo, hemos dedicado varias horas de esta madrugada a tratar de entender el artículo de Joseph A. Todd sobre “Ocupaciones, asambleas y acción directa” que publica la revista Diagonal (*) y que es una traducción del original aparecido en Red Pepper.

Como el artículo es crítico, autocrítico diríamos, hemos de empezar por una crítica de las faltas de ortografía: el verbo rebelarse se escribe con b, mientras que aparece varias veces escrito con v, por lo que cuando se pretende tratar las “tácticas del siglo XXI” hay que empezar por leerse el manual de los programas informáticos de edición de textos que, sin necesidad de saber gramática, realizan un buen trabajo.

De ello hemos sacado la impresión de que el artículo no representa a la “generación de activistas del siglo XXI” sino a la del siglo XIX.

Es muy mala señal que un artículo que va sobre las diversas formas de protesta utilice expresiones (activismo, hacktivismo y clicactivismo) que denotan el origen ideológico del artículo, que no es otro que las múltiples policías estadounidenses y sus equipos de sociólogos y sicólogos expertos en contrarrestar el “activismo del siglo XXI” que Todd propone.

Los estudiantes, como Todd, son aficionados a este tipo de tediosos artículos psicoanalíticos más que políticos. Nosotros no tenemos ni noción de psicoanálisis, por lo que no podemos competir con gente tan leída y tan estudiosa, del estilo Todd y Monedero. No sabemos quiénes son ninguno de los autores que cita, como Nick Srnicek o Fredric Jameson, no sabemos lo que significa “mapeo cognitivo” pero debe ser algo terrible.

En lo que hemos alcanzado a comprender, Todd tiene bastante razón en lo que dice. No sólo en Gran Bretaña los estudiantes están hasta la coronilla de todo ese desfile de comedias que padecemos desde hace décadas y que, como bien dice, se han agotado: las “performances” callejeras, los teatrillos “light” y los “shows” que con la excusa de la protesta y la “lucha” imitan a los carnavales de Cádiz, como los occupys, el Día del Orgullo Gay y otros espectáculos lúdicos, festivos y divertidos.

Nosotros siempre estuvimos en contra de ese tipo de farsas y nos gusta comprobar que ahora también la pequeña burguesía se ha cansado de ellas porque tienen muy poco que ver con el cabreo monumental que muestra otra clase social, como la que pertenecen aquellos que son despedidos de su trabajo o desahuciados de sus viviendas.

Si no hemos entendido mal, lo que Todd propone es algo mucho más “heavy” y está bien argumentado: hacer el payaso en la calle no le evita a nadie la posibilidad de ser golpeado, detenido, juzgado y encarcelado. Por el mismo o similar precio existe la posibilidad de pasarse a la clandestinidad, aunque para no caer en las zarpas de Scotland Yard matiza un poco su propuesta. No pretende animar “a los activistas a realizar acciones más ‘radicales’, que puedan ser violentas, ilegales, peligrosas o perturbadoras”.

Es un pasito, pero tampoco se crea el lector que la pequeña burguesía va mucho más allá. Se trata exactamente de lo que el autor dice: molestar e incordiar. Es lo propio de los adolescentes díscolos.

(*) https://www.diagonalperiodico.net/global/31833-ocupaciones-asambleas-y-accion-directa-critica-la-politica-poner-cuerpo.html

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Sortu y el triple salto mortal

Lola Flowers
Bianchi

O cómo rizar el rizo o cómo me la maravillaría yo, que diría la folklórica «Lola Flowers». En una ponencia para el «proceso congresual», así le dicen, el nuevo Sortu -partido de la nueva izquierda abertzale en los nuevos tiempos que corren donde todo es nuevo menos mi calva- busca tener «forma de partido y cualidades de movimiento».

Podemos intuir qué se quiere decir con eso, pero no nos atrevemos a tratar de desentrañarlo pues no somos cabalistas ni alquimistas, sino materialistas dialécticos, o sea, que no somos dados a vestir muñecos con prosopopeyas pretenciosas pero vacuas y hueras.

Acabaremos rápido porque se acerca la hora del vermú y no queremos pasar por parecer el azote bíblico ni el pepito grillo de esta muchachada con líderes ya carrocillas expertos en blanquear sepulcros. Y lo haremos mencionando lo que ellos mismos dan en definir a Sortu (crear, nacer, brotar, en euskera) como un «partido-movimiento», y ello -se dice- «en la medida en que se tiene que desenvolver tanto en la lucha institucional como en la de masas». Lo segundo suponemos que será una inercia de viejos discursos de lucha reivindicativa, mientras que lo primero es lo que priva y se persigue, es decir, qué hay de lo mío, que esto es lo «nuevo».

Si el «podemismo rampante» decía ser «ni de derechas ni de izquierdas», máxima del falangismo joseantoniano y nacional-sindicalista (el nacional-socialista era el nazismo hitleriano), esto es, un partido desideologizado por encima de la lucha de clases y casi de las clases mismas, nos vemos sorprendidos ahora por algo tan novedosísimo como en «Partido-Movimiento», suponemos que «nacional» tal y como lo prescribía también Primo de Rivera (hijo) que abominaba de la palabra «partido» de resonancias demoliberales y acuñó el término «Movimiento» para evitar tener que llamarse «partido único», que es a lo que aspiraban.

No seremos tan burros de estar comparando a unos y a otros, pero, por favor, elijan mejor sus logos-tipos, o estudien un poco de historia para evitar resonancias enojosas que no son precisamente «nuevas» como presumen ustedes Y es que cuando se habla de «participación, activismo, asamblearismo, movimientos populares, etc.» me parece estar oyendo el eco de viejísimas consignas que se repiten cíclicamente cada equis tiempo y que se pretende que son «nuevas» arrinconando la vieja y muy molesta lucha de clases.

Buenos días.

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El coste de la velocidad hacia ninguna parte

Gara
Samsung suspendió ayer definitivamente la producción y venta del Galaxy Note 7, un híbrido entre teléfono y tableta, tras constatar que es incapaz de encontrar una solución al error que provoca que algunos aparatos ardan literalmente. En un primer momento la multinacional decidió sustituirlos, pero los nuevos terminales presentaban el mismo problema, lo que ha llevado a tomar la drástica decisión de abandonarlo totalmente. Todavía no se conocen oficialmente las razones del fallo, que puede deberse al parecer o a un defecto en la pila del dispositivo o a un problema en el software que gestiona la batería.

La compañía ha alegado para justificar la decisión que su prioridad es la seguridad de los consumidores, pero los hechos muestran que no fueron su principal preocupación cuando decidió producir y lanzar al mercado un producto cuya validez no estaba suficientemente contrastada. Esta decisión fue inducida probablemente por la feroz competencia que obliga a comercializar periódicamente nuevos productos con el objeto de mantener ventas y cuota de mercado, y consiguientemente con los bonos de los directivos o los dividendos a sus accionistas. La mayoría de los nuevos artilugios que se comercializan no suelen aportan innovaciones sustanciales, pero incitan a los consumidores a tirar sus antiguos aparatos –a pesar de que continúan siendo perfectamente funcionales– y a comprar los nuevos. El fenómeno se conoce desde hace tiempo como obsolescencia programada y es uno de los múltiples gastos ocultos que genera el actual sistema capitalista en su afán por acrecentar el poder y los beneficios de una minoría. Esta vez el señuelo ha fallado estrepitosamente.

Mientras se concede el Nobel de Economía a aquellos que conciben sofisticados modelos que justifican las elevadas remuneraciones a los directivos de las grandes multinacionales, estos continúan pisando el acelerador de un sistema que corre a toda velocidad hacia ninguna parte.

Fuente: http://www.naiz.eus/iritzia/editorial
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La continuidad de los nazis en la dirección de la República Federal de Alemania

Tribunal del Reich, la Audiencia Nacional nazi
Tras la Segunda Guerra Mundial cerca del 80 por ciento de los cuadros del Ministerio de Justicia de la República Federal de Alemania habían trabajado en el mismo puesto con el III Reich, un número mucho más elevado de lo que siempre se había reconocido oficialmente.

Los datos los publicó ayer el diario Süddeutsche Zeitung, reproduciendo una vieja polémica a la que el historiador Peter Reichel ha calificado como “la segunda historia del nazismo”, es decir, la continuidad del III Reich en la nueva Alemania.

“El número de [antiguos] miembros del NSDAP [el partido nazi] en el seno del Ministerio de Justicia no se redujo tras la guerra, como se había supuesto, sino que aumentó en los años cincuenta”, ha manifestado al Süddeutsche Zeitung uno de los codirectores de la investigación, Christoph Safferling.

Es un tema recurrente que muestra el íntimo vínculo del fascismo con el capitalismo en su última etapa, tal y como analizara Dimitrov en su informe de 1935 a la Internacional Comunista.

Formalmente, la República Federal de Alemania se creó en 1949 como un repudio explícito del pasado más inmediato. Los hechos demuestran algo bien distinto. El contraste con la República Democrática Alemana y otros países del este de Europa es flagrante: sólo la revolución socialista puede acabar con la pervivencia del fascismo.

No sólo los historiadores alemanes, entre otros, como los españoles, están perdidos sino, sobre todo, quienes dicen luchar contra el fascismo sin saber contra qué ni contra quién se enfrentan porque del fascismo, como dice Reichel sólo cuentan la primera parte; les falta la segunda: la persistencia del fascismo bajo “una burda falsificación del parlamentarismo”, como denunciaba Dimitrov en su informe.

En Alemania la historiografía se ceba en el falso anzuelo del holocausto. Pero lo importante es tener en cuenta, como escribió en 1964 Rolf Hochhuth en “Der Stellvertreter” (El Vicario), que los implicados en la “solución final” son los mismos que forjaron luego la “nueva” República Federal de Alemania.

Afortunadamente, hace 20 años saltó una polémica con las últimas investigaciones sobre los crímenes nazis en Serbia y la Unión Soviética.

Los historiadores se hacen los tontos, como en España. Parece que no se quieren enterar de lo que para casi todos los demás es una evidencia, la “Sonderweg” típica de la historia germana, que no es Hitler, como no es Franco en España. El verdadero nudo es que los mismos, las mismas clases sociales coaligadas que llevaron al Reich a la Primera Gran Guerra, la llevaron luego a la Segunda y finalmente a la “nueva” Alemania y a la edificación del sueño fascista: la Unión Europea.

Sin derrocar a esas clases sociales, hoy fundidas en la burguesía monopolista, no es posible acabar con el fascismo, ni en Alemania ni en España.

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Los haitianos piden que no se hagan donaciones a la Cruz Roja de Estados Unidos

En Haití una investigación de la cadena de radio NPR acusa a la Cruz Roja de Estados Unidos de no cumplir sus compromisos de ayuda humanitaria y de falsear sistemáticamente sus actividades, según informa The Independent.

El país centroamericano acaba de padecer los estragos del huracán Matthew, que ha causado más de 1.000 fallecimientos en el país. A pesar de que al menos 350.000 supervivientes necesitan asistencia con premura, no quieren que nadie entregue ninguna cantidad de dinero a la Cruz Roja estadounidense.

“En los próximos días muchos de vosotros me escribiréis para preguntarme cómo podéis ayudar a Haití”, comenta tras el paso del huracán una mujer en su cuenta de Twitter. “No entreguéis el dinero a la Cruz Roja americana”, añade.

La desconfianza se explica porque una investigación llevada a cabo por la radio NPR, la principal cadena de radio no comercial de Estados Unidos, acusa a la Cruz Roja de su país de haberse apropiarse de los fondos recibidos durante el terremoto que asoló Haití en 2010.

Entonces la Cruz Roja de Estados Unidos recaudó 500.000 dólares para edificar 700 viviendas, de las que sólo ha construido siete. La radio acusa también a la ONG que falsear las cuentas para ocultar la malversación de fondos.

Tras el seísmo, las donaciones totales obtenidas para Haití ascendieron a 11 millones de dólares y seis años después a los haitianos aún no han llegado más que migajas. Según la Unicef, cerca de 55.000 familias viven aún en tiendas de campaña.

Sólo en la provincia de Grand Anse, el huracán Matthew ha destruido más de 66.000 viviendas. Han aparecido nuevos brotes de cólera, una enfermedad que desde 2010 ha matado ya a 10.000 personas.

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Turquía desvincula de la OTAN su sistema de defensa aérea

Ayer Putin mantuvo un encuentro con Erdogan en Estambul que ha pasado completamente desapercibido para la prensa internacional. Además de avanzar en la coordinación de sus acciones militares en Siria y de la firma del acuerdo para la construcción de gasoducto Turk Stream, ambos países pretenden colaborar en la defensa aérea, lo que supone que en este punto Turquía renuncia a su colaboración con la OTAN.

El Kremlin ha anunciado oficialmente que Rusia está “dispuesta a cooperar con Turqiía en la industria de defensa” y que eso se traducirá en “proyectos concretos”, aunque no los ha enumerado.

Los planes turcos para la renovación de su defensa aérea se iniciaron en 2013, cuando optó por el sistema chino Hongqi-9/FD 2000, poniendo de manifiesto el distanciamiento que el gobierno de Erdogan tomaba respecto de la OTAN.

La adjudicación china triunfó frente a la oferta franco-italiana Eurosam (SAMP-T) y la estadounidense Raytheon/Lockheed-Martin (Patriot PAC-3). Previamente Turquía también había renunciado al sistema ruso S-300 PMU-2 de Almaz-Antey por ser excesivamente oneroso.

La decisión turca fue duramente criticada por la OTAN por su incompatibilidad con las redes de la Alianza y porque suponía entregar a los chinos información confidencial, como el código IFF.

En noviembre del año pasado el gobierno de Ankara anunció que desistía de la adjudicación china, por lo que en la OTAN creyeron que se decantaría por una de las dos opciones restantes, la europea o la estadounidense.

No fue así. El gobierno turco anunció el lanzamiento de un programa autóctono que confió a Aselsan, una empresa especialista en electrónica militar, y a Rokestan, que fabrica misiles, que trabajarían con un misterioso “sistema de armamento mundialmente reconocido”.

Ahora fuentes diplomáticas turcas han reconocido que se trata del sistema ruso de defensa aérea, lo que ha vuelto a desatar toda clase de comentarios sobre el progresivo alejamiento de Turquía de la OTAN.

Los síntomas son inequívocos. El 30 de setiembre Erdogan criticó el Tratado de Lausana de 1923 que fijó la frontera con Grecia en el Mar Egeo, lo que ha sido recibido por el gobierno de Tsipras con enorme desagrado. Ha calificado las declaraciones de Erdogan como “peligrosas” para las relaciones entre ambos países y toda la región.