En la actualidad cada vez más escritos aluden a la teoría marxista del valor, o a la filosofía marxista, o a la teoría marxista de la historia, o a la crítica de la sociología. Como poco, es una manera errónea de expresarse y conduce a equívocos aún más importantes.
El marxismo no es una teoría y, aunque lo fuera, nunca sería una teoría como la de la relatividad, por ejemplo. Cuando Lenin dice que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionaria, no se refiere a cualquier clase de teoría. Una teoría revolucionaria es lo menos parecido a una teoría corriente.
Entre los marxistas es un tópico hablar de la unión entre la teoría y la práctica, una dualidad que sirve precisamente para justificar una teoría y para aseverar, además, que la veracidad de tal teoría se demuestra en la práctica.
Es pura retórica. Cuando alguien termina de leer ese tipo de “teorías marxistas” es imposible entender a qué conducen, dónde está la práctica en medio de ese fárrago de escritos. No me refiero sólo a una práctica de carácter revolucionario, sino a la práctica sin más.
Ese “marxismo” es preocupante no sólo porque a cualquier cosa le llame teoría sino, además, porque a cualquier cosa le llama práctica. En sus documentos se critican muchas teorías pero jamás se critican las prácticas (cuando existen).
Es cierto que hablan de la práctica, pero lo hacen de manera ritual porque la han convertido en otra teoría más. Son teorías construidas sobre otras teorías que acercan al marxismo al kantismo, al sicoanálisis o al keynesianismo.
Si fuera una teoría, el marxismo estaría al lado de otras teorías o en oposición a ellas, al modo “crítico” que algunos catedráticos pretenden, esto es, transformando al marxismo en una “filosofía crítica” o en una “economía crítica” y cosas parecidas. No es nada por sí mismo sino una ideología parásita que vive de la “crítica” de las demás.
Eso que califican como “crítica” se presenta también como “lucha ideológica” en la que el marxismo aparece en medio de una ensalada de doctrinas, corrientes y opiniones aparecidas a lo largo y ancho de la historia del pensamiento humano.
El colmo del marxismo es el de quienes, precisamente para oponerse al marxismo como teoría, recuerdan aquello de que no es para tanto: “sólo” es una “guía” para la acción.
En 150 años el marxismo ha tenido un vuelco importante. En su época a Marx y Engels nadie les consideraba como unos “teóricos”. Muy pocas de sus obras se publicaron; muy pocos las leyeron y casi no se tradujeron a otros idiomas.
Lo que dio aire a la “teoría marxista” fue la práctica: la Revolución de Octubre. Sin ella nadie se acordaría hoy de Marx y Engels.
Los fundadores del marxismo no tuvieron que vivir toda su vida en el exilio por sus escritos. La policía prusiana no les persiguió por ello sino porque eran “peligrosos agitadores”, como se decía entonces, que es como hoy decir que eran “terroristas”.
Desde entonces, desde 1917 la burguesía está intentando que el marxismo deje de ser lo que es para convertirlo en una teoría que, como cualquier otra, tiene sus seguidores, sus maestros, su enseñanza, su cuerpo de doctrinas… y sus detractores, naturalmente.
La burguesía ha incorporado el marxismo a la manera que dice el refrán: si no puedes derrotar a tu enemigo, únete a él. Si hoy un profesor de instituto tiene que explicar el marxismo, cosa extraña, te enseña con toda naturalidad lo que es la alienación, pero no te habla del hambre, o del desempleo, o de la guerra, ni de sus causas, ni de cómo acabar con situaciones así.
Las diversas “teorías marxistas” han acabado convertidas en nuevas formas de socialismo utópico, de esa sociedad idílica que nunca ha existido, ni existirá. Lo que dicen es que la teoría está bien pero la práctica, la Revolución de Octubre y la construcción del socialismo en la URSS, han sido frustrantes, por no decir contraproducentes.
Justamente cuando llega la práctica, esos “marxistas” se muestran siempre tal y como son. Es una actitud que no se limita sólo a cierta intelectualidad exquisita sino que está mucho más extendida de lo que cabe imaginar. Las teorías se concentran siempre en los objetivos, cuanto más alejados mejor, pero no hablan nunca de la manera de conseguirlos, de la organización, del trabajo político, de la agitación, de las manifestaciones ni de pintar murales.
Las teorías deslumbran. Son propias de grandes intelectuales, mientras que el esfuerzo cotidiano es propio de masas anónimas, sin diplomas, que no escriben y cuya huella, por lo tanto, no es de tipo intelectual. Sin embargo, su obra es la única que pasa a la historia. Nunca hay que olvidar que el motor de los acontecimientos no son los escritos de nadie sino las acciones de las masas.
Si el marxismo no es una teoría, ¿qué es exactamente? Pues es como la música en vivo y en directo, cuya huella tampoco es sólo intelectual. Tan erróneo es creer que en un concierto no hay partitura, que todo se improvisa, como confundir la música con las notas de un pentagrama, ni mucho menos con la crónica que escribe un crítico musical.
Los marxistas no son críticos musicales sino músicos que actúan en vivo y en directo, y quiero hacer hincapié en el significado del término “actuar”. Tienen su orquesta, que es colectiva, su partitura, ensayan una y otra vez, afinan los instrumentos, prueban el sonido, suenan armónicamente y en cada concierto de manera diferente, improvisan, se emocionan y emocionan al público… y muchas cosas más que no están en el manual de ningún crítico musical.