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Una agencia de prensa paga 17.000 dólares mensuales por fabricar propaganda contra Siria

La agencia de las denominadas “Fuerzas Revolucionarias de Siria” que no es más que un conglomerado de medios de una parte de la oposición siria, paga 17.000 dólares mensuales a los “periodistas” que fabrican propaganda contra Siria.

Como cualquier otro tinglado de la oposición, las “Fuerzas Revolucionarias de Siria” no son nada por sí mismos sino un hatajo de mercenarios reunido para la ocasión por los imperialistas británicos, que en la Guerra de Siria se han encargado del aparato de propaganda de los grupos yihadistas.

Operando desde Turquía, las “Fuerzas Revolucionarias de Siria” son una de las fuentes de calumnias más importantes que suministra “informaciones” para consumo de la prensa imperialista, junto con el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, que también tiene su sede en Reino Unido, y los Cascos Blancos.

La información procede de un periodista de Oriente Medio al que “un americano” intentó sobornar cuando trabajaba en Estambul para HMG, del gobierno británico. Dicho periodista, que no ha querido publicar su nombre, ha denunciado la corruptela a través de AlterNet (*), a la que ha aportado enlaces a los sitios de dicho movimiento, tanto en inglés, como en árabe: el sitio SMO Media.

El periodista relata que su trabajo consistía en contactar sobre el terreno con miembros de la oposición siria para escribir artículos basados en ellas y en comunicados de los medios que ejercen de portavoces de los grupos armados en lugares como Alepo

Los mercenarios del humanitarismo no descansan. A comienzos de octubre varias ONG defensoras de los derechos humanos organizaron en Roma una exposición fotográfica, pero quien pagó los gastos fue Qatar, un país conocido por las libertades de todo tipo que disfrutan sus habitantes.

La exposición ya se había mostrado en la ONU y en el Museo del Holocausto de Washington, por inciativa de otros conocidos defensores de los derechos humanos, como Estados Unidos, Arabia saudí y Turquía.

Una parte de la exposición consiste en 55.000 fotos de un misterioso desertor sirio, cuyo apodo es “César”, quien dice que las tomó para el gobierno de Bashar Al-Assad, con el fin de documentar las torturas y asesinatos cometidos con sus propios presos.

Sí, sí, han leído Ustedes bien. Estamos rodeados de farsantes

(*) http://www.alternet.org/grayzone-project/british-government-funded-outlet-offered-us-journalist-17000-month-produce

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Las mentiras sobre la Guerra de Siria ya se han convertido en materia de análisis académico. Una pequeña muestra bibliográfica:

Tim Andersen: The dirty war on Syria. Washington, regime change and resistance, 2016; traducido al alemán: Der schmutzige Krieg gegen Syrien. Washington, Regime Change und Widerstand, Editions Liepsen Verlag Marburg, 2016

François Belliot: Guerre en Syrie. Le mensonge organisé des médias et des politiques français, vol. 1, Éditions Sigest, 2015; Guerre en Syrie. Quand médias et politiques instrumentalisent les massacres, vol. 2, Éditions Sigest, 2016. 

Adolfo Ferrera Martínez: Manipulación, propaganda y guerra en Siria, Canarias Semanal, 3 de octubre de 2016.

Alepo 2011: un millón de sirios se manifiesta contra el imperialismo y sus peones yihadistas

El 19 de octubre de 2011, en plena Primavera Árabe, más de un millón de sirios saltó a las calles de Alepo para manifestar su oposición al imperialismo y a la guerra que estaba a punto de estallar.


La población de Alepo era de unos dos millones de habitantes, es decir, que casi uno de cada dos salió a la calle. Si el lector observa el vídeo con un poco de atención, verá las banderas rojas con la hoz y el martillo.

¿Es eso una protesta contra el gobierno?, ¿una rebelión?, ¿o más bien todo lo contrario?

Nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña

Para un leninista es una obviedad poner de manifiesto que desde que existe el imperialismo existe también el socialimperialismo, que es uno de sus rasgos característicos, es decir, que los imperialistas reclutan a una parte de sus peones en el interior de la clase obrera, de los sindicatos y de esos que hoy, consecuencia de la desorganización imperante, se llaman “movimientos sociales”.

El socialimperialismo, el mero uso de un disfraz, hace que muchos no sean capaces de diferenciar a un antimperialista de su contrario, porque un socialimperialista no es otra cosa que eso exactamente: un imperialista. “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Una de las tareas que persigue el imperialismo es lograr que haya quienes se dediquen a pintarle todas las monas que pone en movimiento. No es que la mona se disfrace, se vista de lo que no es, sino que siempre hay alguien que le ayuda a organizar los múltiples carnavales que se celebran en este país: el carnaval comunista, el anarquista, el independentista…

Pondré un ejemplo para que no quepan dudas de lo que estoy hablando. El 8 de octubre, es decir, hace dos meses, la Librería Traficantes de Sueños de Madrid organizó la presentación del último libro de Leila Nachawati. Para quienes no lo sepan, desde hace años dicha librería tiene fama de difundir obras progresistas, e incluso revolucionarias algunas de ellas, mientras que Nachawati es una agente de la CIA en España.

Ese tipo de actos tienen por objeto lograr que Nachawati no parezca lo que es y los miembros de la librería se prestan a ello, a partir de lo cual podemos pensar dos cosas: 1) La teoría del “tonto útil”: los libreros no se han enterado de quién es Nachawati, no saben lo que se traen entre manos, lo cual desacredita mucho su trabajo; 2) Contribuyen deliberadamente a camuflar el trabajo de los espías de la CIA en España o, dicho con otras palabras, ayudan al imperialismo.

Por su propio trabajo, los libreros deberían tener dificultades para justificarse diciendo que sólo son los “tontos útiles” del imperialismo. En medio de tanta información como difunden, es difícil creerles si dicen que no saben quién es Nachawati, cómo funciona la CIA en cada país, las redes que tiende en cada uno de ellos, a dónde va a parar el dinero de la fundación Soros y el gran número de mercenarios que están dispuestos a venderse por un puñado de dólares. ¿Es que sólo venden libros?, ¿no leen?Además de llenar el mundo de armas, el imperialismo lo llena de confusión y hay quienes nadan en ella, se sienten a gusto y la propagan, por un motivo muy sencillo de entender: “A río revuelto ganancia de pescadores”. La confusión de unos con otros sirve siempre al más fuerte, al imperialismo, y hasta el más tonto sabe que los espías siempre van disfrazados de algo que no son.

Antiguamente las “medias tintas” no eran bien vistas, pero ahora ocurre al revés: los colectivos que se mueven en la ambigüedad quedan bien en los ambientes seudoprogresistas, mientras que a otros les corresponde el papel antipático, que alguno considera incluso “insultante” y hasta “dogmático”, de poner a cada uno en su sitio. Como decía Lenin, nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña. En cualquier lucha hay que empezar por aclarar dónde está cada cual.

Aunque resulte desagradable decirlo, es obvio que, precisamente por la ambigüedad imperante, a su vez derivada de la debilidad de la vanguardia revolucionaria, hay quien aún no sabe cuál su sitio ni, por lo tanto, el sitio de los demás. No sabe quiénes son sus adversarios ni, por lo tanto, quiénes son sus amigos, quién le puede echar una mano. Si eso ocurre muy frecuentemente a escala local, con más razón cuando aludimos a un fenómeno complejo, como es el imperialismo.

Es cierto que en cualquier crítica o denuncia, por acertada que sea, se puede medir mal, acabando en esa serie de truculencias que a veces se leen y que se justifican a sí mismas por el mero hecho de “tener razón” o de “estar en lo cierto”. No basta con tener razón sino que hay que saber hacer valer esas razones.

Sin embargo, no todo es discutible. A diferencia de la burguesía, que es pragmática y se mueve por intereses, el movimiento obrero se atiene a principios: como se dice ahora, existen determinadas “líneas rojas” que nadie, absolutamente nadie, antifascistas, comunistas, anarquistas, independentistas, puede cruzar. De lo contrario, alguno podría creer que vestirse a sí mismo con una etiqueta le da patente de corso. Pues no es así. Podemos discutir si esas líneas están más acá o más allá, pero están en algún sitio.

La lucha contra el imperialismo es, sin duda, una de esas “líneas rojas”. Esto lo digo por lo siguiente: algún lector estará pensando en quién está autorizado a trazar esas líneas, y entonces cavila mal. Piense mejor en qué es lo que las dibuja, qué es lo que en cada momento impone determinados límites a cada cual, tanto a las personas, como a los colectivos o a las organizaciones.

Pues bien, en lo que al imperialismo concierne, las contradicciones han llegado al punto que amenazan con desatar una guerra que será, sin duda alguna, devastadora. No puede haber una demarcación más evidente, que está a conduciendo a que las máscaras vayan cayendo, a que los imperialistas y sus cómplices queden al descubierto. Lo que pone a cada uno en su sitio es, pues, el propio desarrollo de la lucha de clases, el imperialismo y la guerra. Es lo que está ocurriendo desde hace cinco años con Siria, que se reproducirá luego en cualquier otro lugar del mundo, siempre con los mismos protagonistas, travestidos o no.

Más de 300 policías británicos acusados de explotar sexualmente a las víctimas de los delitos

306 policías de Reino Unido están acusados de aprovechar su posición como representantes de la ley para explotar sexualmente a ciudadanos del país, entre ellos a víctimas de diferentes delitos, la mayoría de ellas, mujeres.

El informe de la inspección interna del Ministerio del Interior divulgado el jueves es el resultado de una investigación realizada durante los dos últimos años y hasta el pasado mes de marzo. El encargo lo realizó la actual primera ministra británica, Theresa May (Partido Conservador), cuando era titular de Interior.

El documento señala que los agentes abusaron de prostitutas, víctimas de violencia doméstica o, incluso de una adolescente de 15 años que acudió a denunciar una violación. Otras de sus víctimas fueron personas con problemas de drogas y alcohol.

El abuso de autoridad con fines sexuales, recoge el texto, es la forma «más grave» de corrupción que afrontan las fuerzas del orden en Inglaterra y Gales, las regiones incluidas en el documento.

Amber Rudd, ministra del Interior, calificó el informe de «escandaloso». Mike Cunningham, inspector a cargo de las pesquisas, reclamó a las fuerzas del orden un papel más activo a la hora de combatir este fenómeno. «¿Qué puede ser peor que un protector abuse de la confianza de una persona abusada?», denunció.

Amber Rudd, ministra del Interior, también calificó el informe de «escandaloso» y alertó de que «perjudica a la Justicia y la confianza de la población» en la policía.

El Consejo Nacional de Jefes de Policía consideró que esta situación no puede justificarse.

Fuente: http://www.20minutos.es/noticia/2907859/0/policia-reino-unido-acusa-agentes-explotar-sexualmente/

Los fascistas italianos crearon el Vaticano

Todas las religiones son el opio del pueblo. Están para embaucar a las masas, someterlas e impedir que se levanten contra sus opresores. Pero entre todas las religiones, el catolicismo destaca como un conglomerado singularmente reaccionario y pernicioso para los trabajadores.

Ninguna religión está encabezada por un único tirano espiritual y material; ninguna religión tiene un Estado propio y es a la vez un poder espiritual, económico y político en todo el mundo; ninguna religión dispone de los medios financieros y monopolistas de los que disponen el Vaticano y los obispos católicos; ninguna religión ha tan estado apegada al poder dominante como los católicos ya desde la época del imperio romano; ninguna religión ha recurrido a feroces guerras exterminadoras para imponerse como el catolicismo desde la época de la Cruzadas.

Los católicos disponen de un Estado propio gracias al fascismo, gracias a Mussolini, a la vieja Italia fascista. Con la firma en 1929 del Tratado de Letrán entre el gobierno de los camisas negras y el Vaticano, Mussolini regaló a la iglesia católica su propio Estado soberano y toda una serie de garantías y medidas de protección diplomáticas de las que ninguna otra religión disfruta. Se le concedió inmunidad y sus diplomáticos empezaron a gozar de privilegios internacionales. Por eso el Vaticano es el único Estado teocrático del mundo, una reliquia de la más siniestra reacción mundial en el mundo del siglo XXI.

Desde sus mismos orígenes el Vaticano demostró su habilidad para entablar lucrativos negocios con los gobiernos fascistas. Los tres grandes defensores de la fe católica fueron Hitler, Mussolini y Franco; los tres firmaron sus respectivos concordatos con el Vaticano. Al concordato de 1929, firmado con Mussolini, le siguió otro con el III Reich de Hitler. Su gestor, Francesco Pacelli, fue una de las figuras clave del pacto con Mussolini; su hermano el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío XII fue el encargado de negociar como Secretario de Estado vaticano, la firma del tratado con la Alemania de Hitler, que era de origen católico, como Goebbels, Von Pappen y muchos otros jerarcas nazis. El cinturón de la Wehrmacht decía así: Gott mit uns (Dios está con nosotros). Dios estuvo siempre con los campos de concentración y las cámaras de gas, en la cavernas de la Gestapo y en el búnker hitleriano en Berlín.

Pero dios no era omnipotente; el Ejército Rojo fue más fuerte que todas la plegarias y liberó a toda Europa de la peste parda.

La Santa Sede se benefició de la exención impositiva de sus bienes en beneficio de sus curas, misioneros, parroquias, fundaciones, empresas y todo su gigantesco imperio monopolista. Los beneficios que recibió el Vaticano del fascismo fueron enormes pero, entre ellos, los beneficios fiscales fueron preponderantes. El Vaticano es el más grande paraíso fiscal del mundo: no pagan derechos arancelarios por sus importaciones. Se ahí que uno de sus negocios más lucrativos sea el blanqueo del dinero negro proveniente del tráfico de armas y del narcotráfico, muy por delante de Panamá, las islas Caimán, Suiza, Bermudas o Liechtenstein.

Pio XI siempre se deshacía en elogios hacia Mussolini. Llegó a afirmar que era un hombre enviado por la divina providencia. Por su parte, Mussolini se comprometió a introducir la enseñanza de la religión católica en todas las escuelas del país y dejó el matrimonio bajo el patronazgo de las leyes canónicas, que no admitían el divorcio.

Los regímenes fascistas de Europa estuvieron siempre apoyados de manera entusiasta por los católicos. El régimen nazi en Alemania bajo Hitler, el fascismo italiano bajo Mussolini, el fascismo español bajo Franco, la dictadura salazarista en Portugal, el régimen clerical-fascista de Tiso en Eslovaquia, los rexistas en Bélgica, los vichystas en Francia, el régimen de los ustachis en Croacia y el de los militares golpistas en Argentina son pruebas contundentes del compromiso católico con la más negra reacción mundial.

Orwell: homenaje al delator

El escritor George Orwell aúna en su persona la condición de soplón del espionaje británico (IRD) con la de trotskista que estuvo en la guerra civil española, naturalmente en las filas del POUM de Andrés Nin y Maurín. Es una criatura encumbrada por la guerra fría, un vulgar alcahuete de la policía británica, un vil delator de los intelectuales progesistas.Su importancia deriva del detalle siguiente: no sólo desfigura la historia sino que trata de silenciar y encarcelar a quienes luchan por un mundo mejor, por la revolución. Para que él pueda mentir los demás deben ser acallados. Una cosa conduce a la otra.

Hace años que la apertura de los archivos del Foreign Office puso al descubierto su personalidad fraudulenta. La ausencia de escrúpulos del escritor británico sólo fue equiparable con la de los más despreciables protagonistas de sus propias novelas. La recuperación del material secreto de la época demuestra que Orwell denunció hasta 125 escritores y artistas como compañeros de viaje, testaferros del comunismo o simpatizantes. Haciendo uso de las lecciones aprendidas en la policía colonial del Imperio Británico, Orwell se dedicó a anotar escrupulosamente sus impresiones acerca de los intelectuales con los que mantenía relación en una libreta de tapas azules. La mayoría de ellos ni siquiera eran comunistas, sino intelectuales progresistas o, simplemente, liberales. Del poeta inglés Tom Driberg, por ejemplo, decía: “Se cree que es miembro clandestino del PC, judío inglés, homosexual”. Del músico de color Paul Robeson: “muy antiblanco”. Definió a Kingsley Martin, director del semanario laborista de izquierdas, New Statesman, como “un liberal degenerado, muy deshonesto”. Calificaba a Malcolm Nurse, uno de los padres de la liberación africana, de “negro, antiblanco”. Insertó a John Steinbeck en su cuaderno delator por ser, según su opinión, un escritor espurio y pseudoingenuo. Ni Charles Chaplin ni Bernard Shaw ni Orson Welles ni E.H.Carr, se libraron del lápiz acusador de George Orwell.Sobre las milicianas del PCE que combatían al fascismo en el frente en primera línea, Orwell escribió: “Las pocas mujeres que están en el frente, son simplemente una fuente de celos”. Pese a ello, una editorial que alardea de libertaria como Virus reeditó en 2000 -por enésima vez- la obra (Homenaje a Cataluña) de un trotskista como Orwell que parece alejado de su línea, no por trotskista sino por imperialista, racista, misógino, homófobo y reaccionario. Eso sólo se explica por el pragmatismo sin principios que caracteriza a determinados libertarios de hoy día que, como los de Virus, dan por bueno todo aquello que sea la difamación más grosera del comunismo, sin siquiera alertar a sus lectores de la conexiones del libro que publican con el imperialismo. Algunos anarquistas alardean de su lucha contra el Estado, contra todo Estado, para convertirse en altavoces de sus más inmundas cloacas, editando los libros que El País luego reseña. ¿Tienen repartidas las tareas entre ellos?

Orwell escribió en 1945 “Rebelión en la granja” a la estela ideológica del agente de la CIA Burnham, a quien veneraba. La narración tuvo una pobre acogida en Inglaterra donde Orwell sólo logró vender 23.000 ejemplares. Sin embargo, al año siguiente la novela cruzó el Atlántico y en Estados Unidos los servicios de inteligencia se encargaron de convertirla en un éxito de ventas. La obra se vendió por centenares de miles, aunque su calidad literaria fuera algo más que dudosa. No en vano, la CIA disponía de la influencia necesaria en los medios de comunicación para convertir lo mediocre en excelente. Los elogios fueron casi unánimes en la prensa norteamericana. El periódico New Yorker, por ejemplo, calificaba a “Rebelión en la granja” como un libro “absolutamente magistral” y sostenía que había que empezar a considerar a Orwell como un escritor de primera línea, comparable con Voltaire.

Como no podía ser menos, la infraestructura de la CIA en Hollywood se hizo cargo también de financiar la versión cinematográfica de “Rebelión en la granja”. No se escatimaron dólares a la hora de invertir. Un ejército de ochenta dibujantes asumió la tarea de construir las 750 escenas con los 300.000 dibujos a color que requería la producción de la película en dibujos animados. El guión fue asesorado por el Consejo de Estrategia Psicológica, que procuró que el mensaje fuera nítido y favorable a los planes de la CIA. La película contó con una enorme cobertura publicitaria y pudo verse hasta en el último confín del mundo capitalista.En 1949, unos meses antes de su muerte, Orwell publicó la novela 1984. Animado por el inesperado éxito de su granja, el escritor británico rescató el anticomunismo como tema central del nuevo libro. No fue tampoco original. Su novela es un plagio de la obra Nosotros, escrita por Evgeni Zamiatin, un narrador ruso de principios del siglo XX.

Esta novela también encajaba en la ofensiva ideológica de la CIA. Isaac Deutscher describía así el impacto que el libro había provocado en la opinión pública norteamericana: “¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. ¡Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la bomba atómica sobre los bolcheviques!” Con esas palabras -decía Deutscher- un ciego, vendedor de periódicos, le recomendó en Nueva York 1984, pocas semanas antes de la muerte de su autor.

La transmisión de un mensaje construido por los diseñadores de la guerra fría le permitió a Orwell el éxito fácil y la notoriedad rápida. Era un farsante. Su vida acabó donde había empezado: al servicio de la policía imperial británica. No criticaba una sociedad burocratizada de vigilancia total sino que estaba contribuyendo a crearla y fomentarla.

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