Las crisis económicas del capitalismo se deben a la superproducción. Los mercados no son capaces de absorber lo que las unidades de producción sacan a la venta.
Para enjuagar ese exceso de producción, desde 1945 se fabrica para la exportación y, en especial, para vender en Estados Unidos lo que no se puede vender en ningún otro lugar del mundo.
Los mercados estadounidenses han sido capaces de absorber una parte de esa superproducción gracias al endeudamiento. La producción no se vende sino que se reconvierte en deuda, de manera que parece que no hay crisis de superproducción y -en ocasiones- que no hay crisis en absoluto.
El capital ha llegado a sobrevivir durante décadas gracias a ello. Ahora Estados Unidos ha tenido que cerrar el supermercado y romper las cadenas de suministro internacionales. La política “maga” no significa más que eso: los problemas de Estados Unidos están por encima de los problemas de los demás países del mundo o, en otras palabras, quieren resolver sus problemas arrojándolos encima de los demás países del mundo, algo a lo que están acostumbrados, por otra parte.
Ante el dilema, ha optado por reducir la deuda para ajustar la demanda al exceso de oferta. Eso supone inflación, aranceles, bloqueo y, en definitiva, reducción de nivel de vida de las más amplias masas de la población que, en buena parte, ya viven en la miseria más absoluta, como hemos expuesto en entradas anteriores.
En el mercado internacional, Estados Unidos acusa al resto del mundo de “producir demasiado” y “exportar demasiado”. A China le llaman “la fábrica del mundo”. Les han inundado con mercancías que ya no pueden pagar y la crisis de superproducción se agiganta a escala internacional.